UNA MANO EN LA OSCURIDAD

Zeuxis Vargas




Jamás había visto que una lengua pudiera salir tanto. El músculo le llegaba hasta el cuello, largo, blando, desteñido y seco. Sin embargo, así de flácida como le salía de la boca, se parecía más a un pedazo de carne desangrado. Aquello me impactó. Era la lengua más larga que había visto en mi vida y me parecía inconcebible que todos tuviéramos un órgano tan grande en la boca. Entre las últimas muelas y la garganta había terrones húmedos: era tierra de abono, suave, todavía fresca.
Cuando nos avisaron, había pasado la medianoche. Peligro pitó dos veces y Má y yo supimos que se trataba de una emergencia. Mientras Má se cambiaba la bata del piyama por el descolorido y curtido uniforme blanco que le disgustaba, ya que prefería los nuevos modelos que el Hospital le había prometido, salté de la cama y caminé a oscuras hacia la puerta. La sombra abombachada de Peligro se filtraba por el cuadriculado ventanal de la sala. Solím no había ladrado, estaba profundo sobre el pequeño compartimiento de mimbre debajo del televisor. Abrí y me asomé hacia la verja. Allí estaba Peligro, junto al alcalde y dos policías. Al parecer la situación suponía urgencia.
―Necesitamos también al médico.
―Mi Má ya va a salir, voy a avisarle al doctor ―les dije, mientras buscaba el interruptor para encender los bombillos que alumbraban el pórtico que daba hacia el jardín y la pila de tres fuentes. Mecánicamente, y al mismo tiempo, me fui quitando las lagañas de los ojos, espantando el sueño y el cansancio.
Más allá de la reja, en la avenida de Las Palmas, había más hombres alrededor del Toyota destartalado de Peligro.
Salimos a las tres de la mañana, rumbo a una finca que estaba ubicada cerca de un lugar montañoso e inhóspito conocido como el Alto de las Tres Cruces. El lindero se marcaba entre los confines de la vereda Las Mercedes y el Municipio vecino.
Daney y yo jamás habíamos llegado tan lejos. El lugar más remoto que recordábamos haber conquistado, a través de la cordillera, había sido la cumbre de Los Pantanos, así que aquel lugar me causaba entusiasmo y curiosidad.
Por estos descubrimientos, me encantaba acompañar a mi Má, a veces se trataba de ir a recoger ahogados en el río Negro o en el Contador, otras, a empacar en un costal a un recién nacido que se había atorado con una pepa de mamoncillo. Una vez, nos tocó sacarles tres lombrices intestinales a unos subversivos que habían sido tirados al frente del cementerio: los habían abaleado y cuando los fuimos a rajar, los gatos ya les habían comido las orejas y la nariz.
El olor del campo es diferente al del pueblo, hay cierto aroma de pasto mojado que se mezcla con la caña de azúcar, el guayabo y el “siete cueros”; pero por sobre todo ese manantial de alusiones está el olor vetusto de la madera húmeda a medio pudrir que uno imagina repleta de Orejas de Judas y musgo. Los muertos tienen un olor más singular: huelen a víscera descompuesta y fría, es un olor que se mete a la fuerza por nariz y boca y enhiela la sangre. La gente de mi pueblo dice que el hielo de los muertos es malo y que uno se puede descuajar o hasta morir si no sabe tolerarlo. Yo no les creo nada. Para mí son meras supersticiones. Muchas veces he almorzado junto a los cadáveres y aquí estoy sano, sanito, puro machote. Pero… yo también tengo mis creencias. Siempre que salimos con mi Má, me guardo en el bolsillo una navaja patecabra con mango de incienso que huele delicioso y que me quita los nervios. Suelo sacarla y maniobrar con ella un rato entre mis manos; a veces, solo la huelo.
Germán, el médico, es un señor de cara redonda y gorda, es cachetón y sus ojos verdes, saltones, le sobresalen como los ojos de un sapo. Tiene las manos velludas y suele hacerle dobladillo a los jeans que usa, dizque, según él, para caminar mejor, ya que por la gordura que tiene, ha adoptado un estilo de caminata que está entre el borracho y el torpe; da risa. El hombre vive empujándose los pantalones hacia arriba como si anduviera cagado. A mí me asusta cuando se saca los lentes de contacto porque la cara se le pone roja y abre la boca como si estuviera aullando hacia adentro.
Cuando terminamos de coser los cadáveres, German y yo nos hacemos en la pila de tres fuentes que hay al frente del jardín de mi casa, para charlar de las chicas. Nos gusta hablar de las niñas del pueblo ya que hay muchas que están buenísimas. El doctor siempre compra dos mil de salchichón y mientras me cuenta de sus aventuras, le tira trozos de esa carne embutida a Solím. A veces nos olemos el antebrazo y reconocemos que estamos enhielados, el olor de los muertos es pegachento y no se quita. Entonces, para amagar el olor, nos sobamos los brazos, hasta que huelen a quemado. Ese truco me lo enseño el Doc, y cuando lo hacemos compartimos el olor y nos echamos a reír.
A mis amigos les da miedo acompañarme a atender a los muertos, a Daney no le da miedo, dice que le da es asco y yo sé que es cierto, porque con él nos hemos metido a medianoche al cementerio y hemos sacado huesos de los nichos para ponerlos junto a velas encendidas y huevos de gallina para que al día siguiente las viejitas que vienen a orar por los difuntos, salgan gritando que adentro hay brujas y que están haciendo ritos de satanismo.
Ya hemos avanzado bastante, atrás han quedado las últimas veredas que conozco, a mi lado está el flacuchento de Fastidio que me sonríe a cada rato con su cara desmuelada y huesuda, apenas sembrada por unos escasos pelos que dan es pena. Peligro nunca habla como lo hace el profe Julio, que maneja desde la plaza hasta el puente de la Cabuya con el carro apagado. Pero Peligro es Peligro, maneja a toda velocidad y mete los cambios como si estuviera en una pista de carreras, por eso es el conductor que más buscan para las urgencias. Todos sabemos que nunca se ha accidentado, pero uno se sube con miedo al carro de Peligro; encima, somos muy pocos los que hablamos; la mayoría solemos agarrarnos duro para no marearnos y vomitarle el carro.
―El dueño de la finca fue el que dio aviso, nos dijo que se encontró con la mano sembrada en el suelo mientras bajaba las bestias del páramo. Un ternero la estaba lamiendo.
―Qué miedo, yo me hubiera cagado del susto allí mismo.
―Quién no… El viejo dejó tirado el sombrero. ¡Ay! Se me había olvidado capitán, don Humberto nos pidió encarecidamente que le recogiéramos el sombrerito.
La conversación pasaba del espanto a las confabulaciones, de las confabulaciones al sarcasmo, del sarcasmo a los chistes, de los chistes a la aprensión, de la aprensión a las intrigas y volvía con mayor turbación y desasosiego al espanto, con la misma rapidez y repetición con la que un perro persigue su propia cola.
La carretera destapada tenía tramos atrofiados por las lluvias y había segmentos donde las ruedas forcejeaban entre el lodo. A veces el abismo aparecía hacia la derecha y en otras hacia la izquierda, la noche era clara y podía divisarse, por las ventanillas, las montañas contiguas. El pueblo había desaparecido hacía dos horas.
―Llegamos. Desde aquí son como diez minutos caminando por esa trocha. Yo los espero ―dijo Peligro mientras se sobaba la panza que le sobresalía como una bomba de cumpleaños por entre la camisa a cuadros desapuntada.
Los policías se enredaron al bajar con las palas y los fusiles que llevaban terciados, Curruco, Cuarenta muelas y Fastidio soltaron carcajadas y yo me colé por la puerta trasera para darle la vuelta al Toyota e ir a ayudarle a mi Má, al médico y al alcalde a bajar.
―Es mejor que no den boleta con esas armas, mi capitán. Dicen que se trata del cuerpo de un guerrillero y podría haber guerreros por estos lados esperando para una emboscada.
―¡Qué va, don Álvaro! Usted cree que, si hubiera muchachos por estos lares, habrían dejado el cadáver sembrado.
Su lógica tenía sentido, la guerrilla lo hubiera recuperado. A lo mejor corríamos con suerte. Caminamos por la trocha que nos había indicado Peligro; al fondo, detrás de una tranca hecha con palos gruesos y viejos de café nos esperaba don Humberto. Se le notaba tranquilo y algo enojado, se trataba de uno de esos campesinos acostumbrados a la soledad; para nada habituado a que un evento de estos alterara su cotidianidad.
―Está allá atrás, cerca de los yucales que están por los lados del café mocito que hay por el guadual ―eso nos dijo y desapareció por la trocha como quien no quiere saber nada de nada.
La mano estaba sembrada tal y como me la había imaginado. La única diferencia es que estaba desgonzada, no era una mano apretada en puño o estirada con todos los dedos hirsutos hacia l cielo nocturno, se trataba de un muñón laxo asomado, a través un terreno removido.
A medida que el cuerpo se fue desenterrando el horror fue robusteciéndose hasta mostrar los atributos de una escena macabra. Recuerdo muy bien que la niebla subía por la peña como persiguiendo algo y los guamos se movían como tiritando de frío o de miedo. El silencio era absoluto, ni las palas con su rasguño metálico lograban romper el mutismo.
Además, había que cavar con cuidado para no estropear el cuerpo. Al parecer, habían lanzado el cadáver de lado, tomándose la delicadeza de mantenerle el brazo derecho erguido como una estaca mientras lo iban sepultando. Era claro que la mano al descubierto era un mensaje, una manera de señalar el siniestro.
La tierra no pertenecía al terreno donde se había cavado la fosa; curiosamente, quienes habían sepultado el cuerpo lo habían hecho con tierra de abono, como si hubieran querido sembrar su primer cultivo.
―¡Virgen santisima! ¿Quién pudo haberle hecho esto a esta criatura? Estas no son cosas de Dios ―exclamó mi madre algo desconcertada. Todos los que estaban ahí tenían clara la situación, pero las palabras de mi Má intentaban inocular el acontecimiento con la compasión y la lástima.
Cuando comenzamos a halar el cadáver hacia afuera fue cuando nos percatamos que se trataba de una mujer. Era una adolescente, de unos 16 años, le habían arrancado los pezones y el vello púbico, tenía quemaduras hechas con colillas de cigarrillo, expuestas y en descomposición y el estómago estaba hinchado y negro.
―Debe tener unos dos días de enterrada; esta chiquilla ya estaba comenzando a descomponerse ―señaló el doctor mientras le chuzaba el vientre a la muerta con una rama.
―Muchos hijueputas. Mire que dejarla así, tuvieron tiempo hasta para violarla y pegarle el tiro de gracia.
Los policías se habían alejado un poco y se habían juntado en una pose lamentable, llevando instintivamente los dedos a los gatillos de sus fusiles. Se les notaba perturbados y horrorizados.
Don Álvaro los mandó a que cargaran con el cuerpo hasta donde se encontraba el carro de Peligro. Hasta el capitán se acomodó el fusil con ligereza a la espalda y como si hubiese sido una orden del mismísimo general, fue de los primeros en ayudar a echar a la muerta en los costales.
―¡Doc! ―le dije mientras lo jalaba de la manga.
―Deja de molestar al doctor mijito, más bien colabora allá, abriéndoles la puerta del carro para que puedan echar el cuerpo.
―Tranquila Rosita. Dime parcerito, ¿hallaste algo?
―Sí, Doc, sí vio como tenía la palma de la mano izquierda, estaba como cuando llegan los quemados al Centro, como cuando les ha caído agua hirviendo.
―Mmm…, a lo mejor es porque ya estaba descomponiéndose.
―Pero… Es que es muy raro, la otra mano no estaba así.
El médico me zarandeó la melena lisa de mi cabeza y acomodándome el cuello de la camisa que tenía, se agachó y me susurró que me felicitaba por ser tan detallista.
―En la morgue miramos qué fue lo que pasó ¿Te parece?
―Sí ―le dije y salí corriendo. Pasé como un ninja por el lado de los policías y de don Álvaro que llevaban el cuerpo y de un salto alto me brinqué la tranca de la finca. Yo era de los más rápidos, el más veloz y ágil; a veces, sólo a veces, me superaba Daney, pero era porque él era tramposo y muy violento; en cambio yo, prefería el método, la minuciosa precisión. Corrí mejor que cuando lo hacía allá, al frente del atrio de la iglesia, en los cien metros. No sé por qué, pero siempre corría más cuando estaba en el monte. En un abrir y cerrar de ojos estuve por delante de Fastidio. Cuarenta Muelas y Currucu. Intentaron atajarme cerrándome el paso, pero a la velocidad que iba, apenas si alcanzaron a rozar la sombra de mi sombra.
―¡Yo abro, yo abro! ―le grité a Peligro.
―¿Qué traen muchacho?
―¡A una guerrillera como de dos días de muerta!
―Ah no, ni por el chiras me van a meter esa muerta aquí en el carro. Acaso quieren que se me enhiele. Después nadie se me vuelve a subir. Eso sí que no. No, señor.
―Ya la traen ― le alcancé a señalar mientras jadeaba y abría la puerta trasera del Toyota.
El alcalde y Peligro se enfrascaron en una pelea de que sí y de que no. La noche era dura como una piedra, estaba encima de todo, salvo la luna y las estrellas; nada brillaba con color o titilaba en la distancia. Del suelo subió un calorcito menudo como de hormigas trepando y al fondo, por allá entre los árboles negros, los gallos comenzaron a celebrar la madrugada. Al final Peligro aceptó llevarnos por más dinero y con la condición de que la policía le lavara el carro. El capitán aceptó y a empujones mandó a subir el cadáver. Cuando todos estábamos listos, Peligro quitó el freno de mano y dejó que el carro comenzara a rodar carretera abajo como si fuera una zorra de balineras.
―¡Ojo, con contar algo de esto en el pueblo! ―gritó don Álvaro, por entre la música que acababa de poner Peligro en la radio.
Nadie chistó ni una señal de la santa cruz, sólo se escuchaba la risa tonta de Cuarenta muelas y la canción Cruz de marihuana, del grupo Las águilas negras, que salía agripada y medio disfónica de los bafles destartalados que le había metido Peligro al carro y que estaban acomodados debajo de las sillas.
Por entre los costales se alcanzaban a ver los senos de la muerta y la lengua y la mano sin quemar que tanto me había llamado la atención; los senos eran redonditos y pequeños, bien puestos, lo único que los dañaba eran los tremendos agujeros que le habían dejado tras arrancarle los pezones. Recordé a la doctora Paty, estaba enamorado de la doctora. Germán y Paty eran amantes y solían manosearse en los baños del Centro de Salud o en el apartamento antes de encerrarse en una de las alcobas. A mí me encantaba espiar a la doctora en las noches por detrás del patio y verla desvestirse. Sin que ella se diera cuenta le había hecho un roto a la cortina; así, en las noches, bien ubicado, había podido admirarla como Dios la había traído al mundo. La doctora era muy linda, tenía unos senos inmensos y su cabello era igualito al de mi novia. No tenía nada de pelito entre las piernas y solía untarse una crema por todo el cuerpo antes de irse a dormir.
Los senos de la guerrillera eran muy pequeños, pero no se caían como los de la odontóloga. En varias ocasiones Paty nos había acompañado a la morgue a realizar la carta dental. Aunque poco le gustaba ese ambiente, lo hacía con sumo profesionalismo; siempre me pedía el favor de que le fuera indicando la existencia de tal o cual muela para ella anotar en su hoja. A veces me decía que abriera bien la boca de los muertos para que pudiera mirar alguna cosa allá en lo profundo de la garganta. En pocos días Paty sería mi madrina de la primera comunión y a mí me encantaba que me mimara y me abrazara contra sus enormes senos. Senos que no eran como los de la muerta.
A las nueve de la mañana comenzamos la autopsia. Apenas si habíamos logrado descansar una hora. El alcalde y los policías se habían desatendido de la muerta y ahora, ella, era nuestro problema. Así era siempre. Peligro debía andar en el matadero con los policías que estarían lavándole el carro y don Álvaro estaría roncando a pierna suelta como si nada hubiera pasado.
Cuarenta muelas, Currucu y Fastido siempre deseaban entrar a chismosear, pero el Doc, era enfático. Les agradecía; hasta ahí podían llegar. Recuerdo que Currucu se acarició la barba roja y despeinada parecida a una esponjilla de brillo oxidada y riéndose como el pajarraco de su apodo, le tocó el hombro al médico y, dándole dos palmaditas, le dijo:
―Doctor Germán, usted haga lo mejor, que nosotros se lo agradeceremos.
A las nueve y media yo había logrado sacarle el esternón y había zafado el cráneo con la segueta. Mi Má trajo un balde con agua y embutimos los pulmones. El Doc comenzó a revisar el cerebro, mientras, con las tijeras de podar, alcancé a cortar un pedazo de costilla que estaba estorbando y no me dejaba sacar el corazón.
A Paty no le gustaba ver ese procedimiento así que esperaba siempre afuera hasta que el Doc, y yo hubiésemos cosido con cáñamo el pecho y el cuero cabelludo.
―Tenías razón, la mano derecha está intacta. ¿Qué crees que haya podido suceder?
El Doc, era un tipazo, cuando podía me compraba libros para leer y en las autopsias me hacía preguntas sobre los muertos. Así yo aprendía y mi Má se inflaba. Lo que ella más deseaba era que yo me convirtiera en médico. Ese era su orgullo, su esperanza, su futuro.
Aquella mañana, mi madre tenía que ir a entregar la bienestarina y los mercados que acababan de llegar por parte del hospital para los campesinos de la vereda, así que me dejó bien claro que apenas termináramos tenía que bañarme y estar bien listo para ir a ayudarle. Se despidió del doctor diciéndole «Ahí le dejo a su pupilo», mientras yo seguía pensando en una respuesta.
A la palma de la mano izquierda le habían despellejado la piel por completo, yo no pude entender en aquellos años lo que habían querido decir con eso los verdugos de aquella niña. Supuse que todo se debía a una especie de tortura y que no habían querido despellejarla por completo debido al tremendo dolor que le habían infligido. Algo de verdad había en mis pensamientos, pero la cruda realidad tenía que ver con un sistema más perverso que le daba orden a la política y al mundo en el que vivía.
―Se van a tardar todo el día, ya me está dando hambre y yo no voy a ir a comer con ustedes así oliendo a muerto ―la doctora Paty se había vestido de manera muy provocativa, estaba más mamasita que nunca. Afuera el sol acariciaba su escote y sus piernas, con tal poder que, verla a contraluz, era como apreciar una Madona. La minifalda que llevaba puesta parecía de mentiras y el cabello rizado y rubio se confundía con el color del día. Toda ella era una estampita de los milagros.
―Apúrate pues, tu carta dental es lo único que falta.
La doctora entró y me hizo señas de que le abriera la boca a la occisa. La lengua volvió a salir como una babosa gigantesca. Mientras la Doc, anotaba aquí y allá en su libreta, desde el rincón donde estaba sentado, los ojos saltones de Germán me hicieron la señal adecuada.
Sin que se diera cuenta, cogí la mano izquierda de la muerta y con la delicadeza de un ladrón, cuando intenta abrir una caja fuerte, resbalé los dedos de la muerta por entre las piernas de la doctora.
Los gritos se escucharon en todo el pueblo, Paty salió como un volador, vociferando y llorando, gritando que la muerta le había agarrado las piernas, que esa mujer estaba viva, y llore que llore. Pobre mujer, casi le da un infarto,
Adentro, en la morgue, el Doc y yo reíamos como demonios.
Yo levantaba la mano ennegrecida por la descomposición y la zarandeaba hacia arriba y hacia abajo imitando lo que le había hecho a la doctora.
Apenas tenía doce años. Y no entendía mucho del mundo que me rodeaba.
―Doc, creo que se nos olvidó el sombrero de don Humberto ―le dije y me miró serio por uno instante, luego, volvimos a reír.
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