El día que se ahogó Juanita

Zeuxis Vargas




El día que se ahogó Juanita, Daney y yo, estábamos enfrascados en una apuesta que no tenía límite, los pastizales, dorados como hebras de trigo, se mecían al compás de un viento que peinaba, en olas diminutas, toda la meseta. Aun recuerdo aquello; impreso en mi memoria como una contemplación muda, pero nítida, de ese ser silencioso que iba moldeando la soledad hasta convertirla en una postal de la infancia, marcada para siempre en lo más profundo de mis ojos.
Durante la mañana habíamos estado construyendo unas cometas gigantes y deseábamos verlas volar lo más lejos posible. Como pensamos que se perderían en el cielo, ahorramos unos meses para comprar unos binoculares. Tras ver, a través de los cristales que ampliaban todo y lo traían sin dificultad a nuestro deseo, decidimos turnarnos el nuevo juguete durante dos semanas, una semana él, una semana yo, y así, durante un tiempo, antes de comenzar la construcción de las dos cometas; mariposas descomunales que sorprenderían al pueblo con su vuelo en el horizonte.
Todo a al lado de Daney, era único e irrepetible, nos unía una amistad que no tenía ningún epíteto equiparable, éramos amigos, y esa palabra definía una clase de amor y lealtad, de camaradería y sueños, de, estoy seguro de ello, libertad y conocimiento que no cabía en otra palabra ni en ningún otro tipo de relación. Teníamos conciencia de nuestra amistad. Cada gesto, cada acción que realizábamos, tenía el firme propósito de divertimos o asombrarnos y, sobre todo, de otorgarnos gratificantes dones y descubrimientos.
Libres por los senderos que íbamos desbrozando en los parajes enmarañados de las montañas que rodeaban el pueblo, la naturaleza nos fue manifestando una especie de conocimiento que se unía a los nervios y los instintos como si atendiera al rezago de una milenaria voz que buscábamos con anhelo para mantenernos alertas y preparados ante el peligro.
Éramos, por así decirlo, porque así lo creíamos, seres extraordinarios, nacidos para la misión de ir revelando cada elemento que hacía parte de la realidad. A través de nuestras limitadas palabras, buscábamos comprender las plantas, los pájaros, la forma inescrutable y testaruda de las raíces enredándose y extendiéndose por el bosque húmedo, el delicado y gelatinoso impulso de vida y fragilidad de las algas, la juguetona y laberíntica invitación de las ramas en lo alto de los árboles, la angustiante pose de los insectos enormes que encontrábamos al paso o las ráfagas de aire y niebla estrellándose con frescor contra nuestras alegrías y expectativas constante.
Esos pequeños hechos eran la definición de nuestra inmortalidad, de nuestra camaradería y afecto.
Las cañabravas, aparecieron aquella mañana como material sacrificado, la madera se había convertido en algo que tenía las dimensiones precisas para un ritual donde cada uno realizaba un oficio específico y exquisito.
Mientras amarrábamos con cabuya y anudábamos las colas para las cometas, nos percatamos del imponente día que caía sobre nosotros y nos entusiasmamos por el sol y la nitidez de los colores. Era la tercera semana de abril, semana santa había pasado de largo con sus estaciones y sus películas mesiánicas, y aunque aún nos vanagloriábamos de lo fuertes que habíamos sido cargando las imágenes de los santos por todas las calles de pueblo, el viento ansioso de los llanos nos recordaba que el mejor punto para arrojar las cometas era la peña del Volador y que el espectáculo que nos esperaba era mil veces mejor que esa tarde crepuscular de color anaranjado ladrillo en el jardín ovalado de la casa cural cuando jugamos con las chicas de séptimo grado y nos dimos cuenta que a Juanita le habían crecido unas tetas redondas y duras coronadas por unos pezones rozados y pequeños como frambuesas.
Habernos disfrazado de Pedro y Judas nos puso en un movimiento patético de imitación de una adultez extranjera, donde las aparentes barbas permitieron que la falseada voz que salía de nuestras gargantas no fuera tan ridícula. Quizás esa seguridad bufona en la que escondíamos nuestra excitación hizo posible que entre juego y juego le pellizcáramos las tetas con picardía a Juanita y que ésta se dejara y nos sonriera al sentir que le gustaba.
No fue el maloliente y sucio baño de la escuela o el empolvado rincón debajo de la escalera que llevaba al sótano de los utensilios de aseo; sino el amplio jardín repleto de rosas y jazmines, de gladiolos, y costillas de adán; el centro mismo del huerto, ante la mirada deshabitada de la escultura de san Francisco, amigo de los animales, el que nos otorgó el disfrute de la iniciación de nuestra educación sentimental.
La máscara del evangelio permitió nuestro primer coqueteo con el morbo y fuimos felices en ese momento donde supimos que éramos hombres y que el pipí se nos levantaba duro ante cierta atracción que desconocíamos hasta entonces podíamos sentir hacia las chicas, pero la tarde que nos esperaba, era diferente y más inquietante, no tenía que ver con la irrigación de la sangre excitada y los músculos, sino con la exaltación de una emoción inaudita que jamás he podido borrar de mi memoria.
No se trataba solo de romper nuestro propio récord de elevar cometa, sino de asegurarnos de que poseíamos un don especial para ser los mejores en algo. Aquella sensación de invulnerabilidad no tenía mayor recompensa, salvo la de la satisfacción denunciada de nuestra felicidad marcada en el rostro mientras pudiéramos ver alejarse allá, hacia las montañas distantes, nuestras cometas.
Abril era un pequeño verano en medio de las lluvias que cercaban al pueblo durante casi todo el resto del año. Sabíamos que abril traía cucarrones pequeñitos de color miel, cucarrones hércules petrolizados por cierta irisación ancestral, centenares de cucharitas viscosas y lisas, sapos resecos y rugosos, ciempiés ruidosamente silenciosos, abejas ensordecedoras y alas de comején esparcidas por todas partes como cascarilla de arroz.
Aquel era un mes que nos gustaba, no se trataba de las típicas vacaciones cortas porque aún estábamos estudiando, eran incluso los días más duros de la escuela ya que un periodo académico terminaba y otro comenzaba, pero era una temporada ideal para salir de casa en las tardes sin la presión de los padres, que se desesperaban buscando organizar, con actividades o castigos aburridos nuestra vida. Sabían que aquel era el mes del señor y que sus pecados serían perdonados y por lo tanto se daría la oportunidad de festejar y olvidar.
Mientras nuestros papás y la mayoría de papás de todos los niños del pueblo se ocupaban en los asuntos de los adultos, nosotros teníamos más oportunidad de ser lo que queríamos.
―Vamos a ir a la piscina luego de que volemos las cometas.
―Sí, quiero verle de nuevo las tetas a Juanita.
―Verdad que son bonitas. La vez pasada entró a la tienda de doña Lucrecia con una camisa esqueleto, adivina, no llevaba nada debajo. Le vi las tetas de nuevo. Casi se las toco.
―Y por qué no pudiste, yo se las hubiera cogido y hubiera salido corriendo.
―No sé, me dio miedo, ella me miró raro, como brava, pero luego se agachó mucho acercándose a la vitrina mientras le pedía un roscón a doña Lucrecia y entonces uno de sus senos se salió, yo lo vi.
―Eres miedoso.
―No lo soy, tú sabes que jamás me he acobardado ante nada.
―Apostemos entonces.
―Listo, el que le coja las tetas primero, hoy, en la piscina, a Juanita, gana.
―Listo.
Así eran nuestras apuestas, sin premios, solo el reto, ambos sabíamos que la medalla era la superioridad, el ser el primero, el orgullo.
Íbamos, con nuestras cometas de colores azul y verde, saliendo del Zafiro hacia la calle del teatro cuando bobo Polo desde el andén, frente a la puerta de su cuarto se puso a lanzarnos porras. El bobo se acomodó el negro sombrero de cachaco y el saco envejecido, se acomodó el corbatín encurtido pero pulcro como el de la gente que iba a misa los domingos, y tras golpear duro el suelo con las cotizas negras, nos hizo señas con los dedos torcidos para que los esperáramos en la esquina de Ojiverde.
―Ya te-te-tengo novia ―le oímos decir al tartamudo con esa risa picarona y tonta de los ingenuos. Reconocíamos esa risa de mentira maravillosa que sabe ganarse la compasión.
Estábamos festejando su conquista y preguntándole muchas cosas para avergonzarlo cuando vimos salir de la casa de los Piraquive a Juanita. Iba de pantaloneta blanca, medias largas blancas, camiseta blanca, moñas bancas y zapatillas de hebilla negras.
La cara pecosa de Juanita se convirtió en una sonrisa y los ojos achinados parecieron brillar mientras se le sonrojaban las mejillas. Tenía un cuerpo robusto y su tamaño sobrepasaba a todas las de su edad, la mayoría de los niños la veíamos como una marimacho, pero últimamente Juanita nos estaba generando otra impresión
―Juanita ―dijimos al tiempo y matamos un diablito. Nos miramos algo incómodos, como si no nos reconociéramos.
―Vamos, rápido, antes de que se vaya el ventarrón.
―Pero si en el volador siempre hay viento Daney.
―Cállese la jeta.
Corrimos por la calle principal y bajamos por la de las palmas hasta llegar al cementerio. Hubo en esa carrera una competencia afiebrada, una loca esperanza de llegar de primeros a una meta invisible. Siempre competíamos en todo, aquellos duelos eran los duelos de dos niños que se estaban convirtiendo en hombres y que en cada encuentro, iban alejándose de la criatura primaria que los había hecho quererse dentro de la lealtad de la amistad más entrañable.
Aquellas justas nos estaban alejando, buscaban lo mejor de nosotros, no por nosotros, sino porque ahora sentíamos un ardor y una atracción hacia las mujeres que nos llevaba a sentirnos como contrincantes. Nos estábamos convirtiendo en hombres y lo sabíamos. En la esquina de Ojiverde cuando apareció Juanita, blanca como la virgen del microfútbol, cada uno, automáticamente, ensayamos una pose. Era una pose diferente, de macho exhibiéndose, recuerdo que Daney se tocó las dos pepas de músculos de sus bíceps mientras yo me acomodé los anteojos y la pantaloneta. Juanita no advirtió la payasada, pero Polo sí y comenzó a reírse mientras nos gritaba.
―¡Car-car- carlitos y Da-da-daney tieneeeeen no-novia! ¡Car-car- carlitos y Da-da-daney tieneeeeen no-novia!
―Ese bobo casi nos hace poner en ridículo.
―¡Qué va! Juanita ni se dio cuenta. Sí pilló cómo me jalaba la cometa en la carrera. De la velocidad el viento casi me arrastra ―le dije como restándole importancia a Polo y a Juanita y sumándole maravilla a la persecución que acabábamos de celebrar por toda la calle de las palmas.
Antes de adentrarnos hacia el volador por el atajo, nos prometimos, detrás del cementerio, que ninguno de los dos tendría jamás novia. Sabíamos que las novias eran bonitas, pero también que las novias hacían pelear a los amigos y nosotros no queríamos eso.
Dos o tres imágenes retiene mi memoria de aquella proeza. La primera es un rollo de cuerda blanca perdiéndose en el vacío, dando tumbos por el pasto hasta tropezar con las primeras piedras del precipicio y saltar hacia el fondo. La segunda es el cuerpo de Daney aferrándose a la cuerda para no dejar ir la cometa mientras los ventarrones buscaban levantarlo del suelo. Y la última es mi cometa, allá a los lejos, a cientos de metros de distancia, pasando por encima de la cuerda extendida de la cometa de Daney, y cortándola.
―Se ha ido, ¡mira!, se ha ido― gritaba mientras reía a carcajadas.
Dos meses de preparación se iban arrastrados por el viento mientras saltábamos en el borde del peñasco, con los brazos abiertos en triunfo imitando a Tarzán de los monos con aullidos de victoria, golpeándonos el pecho y festejando como auténticos trogloditas. Una felicidad indescriptible pero auténtica.
Dos meses se habían reducido a ese instantáneo alborozo. Y habían valido la pena.
Luego de recobrar el aliento nos acostamos sobre la yerba a contemplar el infinito. Siempre he sentido un gusto especial por la admiración que producen los abismos y los peñascos, toda mi infancia estuvo marcada por aquellos finales felices donde una pandilla de niños disfrutaba sus primeros éxtasis al pie de los precipicios observando el cielo azul y sintiendo el vértigo.
Expertos en miradas de coraje contra los barrancos, en ese momento sabíamos que acabábamos de realizar un acto inolvidable que haría parte de nuestra historia de la infancia para siempre.
Casi siempre esperábamos que las cometas cayeran allá a los lejos para saber el sitio exacto a donde podríamos ir a recuperarlas. Pero aquel día no miramos, estábamos seguros que jamás las recuperaríamos
Tras aquel disfrute secreto, nuestro afán se limitó en llegar pronto a la piscina.
Corrimos por el serpenteante camino que salía al patio de la casa de las Gutiérrez y desde ahí calculamos que nos demoraríamos unos diez minutos para llegar y estar en la alberca. Pronto veríamos las tetas de Juanita.
La carrera la hicimos al rededor del pueblo por la calle adoquinada de Kalimán, luego subimos por la calle de las escaleras y tras llegar a la calle de los tibrotes giramos hacia la salida del pueblo. Con la cauchera en la mano y perdidos en nuestra alegría, jugábamos tiro al blanco con los arbustos, las piedras y los pájaros.
Al llegar a la piscina, vimos en el fondo de la casa el tractor abandonado en el que muchas tardes habíamos jugado. Por donde saldría la voz de la profesora Marina que nos intimidaba tanto. Si a alguien podía señalársele como bruja, seguro la profe Marina, era la elegida por nosotros Le teníamos miedo, nunca era condescendiente, y casi siempre era el conducto oficial entre el regaño académico y el castigo familiar.
Aquel día la profe no estaba y sentimos alivio. Podíamos ser nosotros, los niños crueles y burletones. Recuerdo muy bien a Juanita que corría tímidamente tapándose el pecho y tiritando de frío, pero por sobre todas las cosas, recuerdo aquel triangulo negro que a través de la pantaloneta y los calzones mojados se le marcaba con toda claridad.
Aquella fue una revelación y el motivo perfecto par que Daney comenzara la burla contra la gigantona Juanita. Tras gritar que a juanita se le notaban los pelos de la cuca, comenzó la risa falsa y exagerada tan típica en Daney. Era una risa patética que horrorizaba, comenzaba suave y rápido y se iba intensificado hasta ser un espasmo horrible que ponía al mismo Daney de rodillas. En cambio yo, estaba curioso y sentía cierto placer de poder verle la mancha negra que representaba su intimidad. La miraba con deseo, con ganas de saber que había allí, de ver más.
Juanita sintió vergüenza y se metió en la piscina para que no pudiéramos examinarla con mayores bromas. Había en ese acto no sólo el abatimiento causado por el pavor y la timidez, sino, además, el extrañamiento, ese erizamiento horroroso donde el ser humano se siente extranjero, desencajado y perdido. Juanita estaba acostumbrada a que la vieran como un ser extraño, su gigantismo le había enseñado a ser invisible, y el camuflaje infantil de todos esos años de entrenamiento, habían sido desmantelados por la burla.
Un niño se había reído de ella, pero no era aquella risa la que la perturbaba, era la mirada, de deseo que había percibido en el otro niño, la que por encima de todo la confundía y torpemente la había metido sin darse cuenta, en el fondo de la piscina, olvidando que no sabía nadar.
Al principio se mantuvo pegada al borde de la alberca, en una parte de la piscina donde todo su cuerpo, salvo su rostro estaba por debajo del agua y el cloro.
No sé si fueron celos lo que sintió Daney. Lo cierto es que hubo una explosión parecida a la ira, lo que lo llevó a empujarme e intentar ahogarme.
Por unos minutos forcejeamos bajo el agua, peleando de verdad por una extraña sensación que no entendíamos y que nos hizo ignorar todo a nuestro al rededor, lo suficiente, para no saber lo que ocurría en la superficie. Cuando salimos, los demás niños gritaban. Al principio los alaridos eran incomprensibles y pensamos que se trataba de una algarabía causada por nuestra pelea, pero cuando escuchamos: “Juanita se ahoga”, la tarde se hizo añicos.
No pudimos hacer nada, estábamos petrificados, espantados ante la desgracia. Aquello era un chapoteo desesperado y fatigado que no duró mucho.
Todos salimos corriendo, gritando lo mismo. Aún recuerdo la vibración espantosa que me causó aquel grito: “¡Juanita se ahogó, Juanita se ahogó!”.
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