Zeuxis Vargas
El amo se había ido a caballo y llevaba varios días sin regresar; acaso los habría abandonado a su suerte.
Habían estado esperando la paga; se entretenían apostando cada centavo aún no recibido. El único que no jugaba era un negro ya anciano que no le quitaba el ojo a la mansión.
—Nos vas a contagiar con tus agüeros, negro —solían decirle a coro.
Aquella mañana amanecieron convencidos de que el amo estaba en la mansión y que se escondía allí para no darles su paga.
Lo primero que los golpeó de frente, atontándolos, dejándolos hechos un nudo de nervios entre sus machetes y sus sombreros de paja, fueron los alacranes. "Esta hacienda está infestada por esos bichos", dijo uno. De atrás llegó la mansión, mole de cal y yeso; se irguió con su horrible arquitectura, con sus techos de circo y sus pasadizos hacia ninguna parte; se les plantó de frente entre los alacranes y su miedo.
El negro más cimarrón sacó el machete y, limpiando el suelo de la invasión de alacranes, entró mientras lanzaba al trío restante un escupitajo.
—Gallinas —se alcanzó a escuchar desde uno de los estrechos zaguanes, por donde lo negro hecho músculos se perdió entre lo negro hecho tinieblas.
Un silbato los sorprendió: alguien llamaba desde el morichal, un hombre montado en su caballo venía al galope.
¿Qué diablos pasaba en esta propiedad? La llanura se extendía hacia alguna parte; sin embargo, la enmarañada selva parecía crear una geografía aparatosa, infranqueable, que acechaba como esperando, de súbito, el mejor momento para tragárselos, entre ese verde oscuro, para siempre. Pero había algo más terrorífico: la mansión, allí, como un portal abierto y silencioso a algo espantoso.
El hombre a caballo los alcanzó justo mientras ellos mismos pisaban de nuevo el horcón; el más anciano parecía una gallina culeca, moviendo la cabeza de un lado hacia otro, como buscando salidas hacia algún lugar seguro; el del medio tenía la cara partida por una estupidez que le dejaba la mandíbula colgada a unos ojos tristones. El último, pigmeo de pantalones cortos que quitaba el polvo del sombrero, parecía sentirse raptado.
El grupo de negros saludó, como saludan los esclavos, con la mirada clavada al suelo. El hombre se bajó del caballo, sacudió a la masa asustada y les aseveró algo inatendible.
Los primeros goterones hicieron trizas la tierra reseca del sendero; una cortina intentó tumbar a los negros que trotaban como perros asustados detrás del hombre blanco, que no hacía más que maldecir en su inentendible lengua.
Unos nubarrones de polvo y hojarasca se levantaron, remolinos que se alzaban y se estrellaban entre sí, enredándose con la tormenta. Un par de guacamayas pasó con su alharaca; más allá, en lo profundo de lo que se iba haciendo tarde y horizonte, casi crepúsculo, unos mochileros comenzaron un canto eléctrico. La selva empezó a despertar, acallando a las chicharras.
—¿Quién le dijo a ese negro maldito que podía entrar en la mansión? —dijo el amo, que parecía estar más preocupado que enfadado—. Vayan y amarren al caballo, pero no los tres, idiotas, parecen unos pendejos caminando para todos lados juntos como si estuvieran pegados de las bolas —dijo mientras cargaba el revólver y se hacía del coraje necesario para entrar en la mansión.
La casa era pequeña, o eso parecía, pero quienes habían logrado escapar solían hablar de una zona entre el laberinto de la caverna llamada La Catedral. Lugares inhóspitos parecían poblar con miedo eso que quedaba detrás de la mansión, mas sólo podían ser vistos atravesándola.
El más pequeño de los negros volvía de amarrar al caballo; la vista, apaleada por una lluvia salubre y violenta, le permitió entrever la monstruosidad de la mansión: aquella casa deforme, con paredes redondas y muros serpenteantes, parecía un monstruo a punto de levantarse.
—Ahora a buscarlo —gritó el hombre blanco, y el grupo entero comenzó a internarse en la mansión.
El río que los había traído se escuchaba lejano, como si fuera una serpiente asustada que pasaba sigilosa por entre la selva. Cada zaguán daba a otro más largo y más extraño: tres avemarías, unas siete maldiciones, el destripamiento de alacranes por todas partes hecho a zapatazos, y de pronto un centenar de murciélagos volando alrededor.
—Patrón, lo mejor es prender fuego, ya no se ve nada.
—Aquí nadie va a iluminar nada. ¿Acaso quieren que la bruja nos encuentre?
Ya iban cinco grupos de hombres desaparecidos. Desde que los caucheros de la región se habían empecinado en matar a la bruja, patrullas de asesinos a sueldo y hombres dados a los más duros oficios de la selva habían partido rumbo a la desgracia. Sólo tres sobrevivientes contaron, meses después, el infierno vivido. Mencionaron el descubrimiento de la mansión, hablaron de los pasadizos y los alacranes; los capataces, dándolos por locos, les metieron varios balazos para acallar tanta tontería. Cuando las noticias de la mansión no pudieron ser desmentidas, todos los hombres del oriente deliraron: por fin habían dado con la morada de la bruja, y si lograban matar a esa monstruosidad, ya no tendrían más problemas para ser los dueños, los generales absolutos de esa región olvidada. Aunque llegar a la mansión, hasta ese paraje, había sido más perjudicial: cinco grupos de mercenarios seguían sin dar noticias de vida.
Los tres negros pensaron en su compañero perdido. Desde el escupitajo hasta la búsqueda por esas gargantas de miedo no habían calculado el tiempo, pero ahora comenzaban a percatarse de la supuesta larga hora que se habían gastado entre la tormenta.
Un grito de auxilio se escuchó bien adentro, y de pronto el grupo se vio sumergido de lleno entre las cavernas. Era como si la mansión se hubiese convertido en un gran termitero repleto de túneles y galerías.
—Ya no hay nada que hacer, también estamos perdidos —dijo el hombre blanco, y se sentó al borde de una estalagmita.
Los negros olvidaron la paga; ahora sólo les interesaba salir con vida de aquel laberinto.
Un nuevo grito se confundió con el canto de un currucucú. Un murciélago se estrelló contra el anciano, y el desplome, a causa del infarto, fue fulminante para que todos supieran que estaba más muerto que un muñeco de arcilla.
El hombre blanco se sacó las botas, desanudó las bolsas repletas de monedas y le arrojó al muerto su paga.
—Hay cosas que se respetan, y la paga de un muerto es una de ellas.
La plata era para unos remedios. Mientras viajaban encima de la volqueta, limpiando de tramo en tramo toda la carretera, el anciano se había confesado: padecía de ácido úrico y necesitaba contrarrestar el dolor agudo en las rodillas y en los huesos con unas inyecciones que le costaban toda la paga.
Ahora ya no tendría que comprar más inyecciones ni sufriría de calambres. Cinco alacranes se le montaron encima y se quedaron sobre su espalda, avistando el nuevo reino conquistado.
—Afuera todavía es de día.
—Nadie puede asegurar eso.
—Quizás llevamos semanas aquí perdidos —dijo finalmente el amo, y los negros se confundieron; acaso no llevaban apenas unas cuantas horas ahí adentro.
—¿Alguien recuerda cuántos éramos? —dijo el negro de mandíbula desencajada.
Tenía razón: nadie podía saber cuántos habían entrado a la mansión. Cuántos no habrían caído ya como el anciano.
El negro con apariencia de pigmeo olvidó la advertencia y prendió un tabaco. El arco apareció profundo, como si siempre hubiese estado allí esperándolos. Estaban justo en La Catedral; estaban cerca de la salida. Quienes habían logrado salir con vida recordaban La Catedral; más allá estaría el río subterráneo, los peces ciegos y la cascada hacia la libertad.
Tres semanas en la selva pueden volver loco a cualquiera; por eso ellos habían sido seleccionados para esta clase de trabajo. El grupo era grande: venían de los agrestes paisajes de la cordillera, habían soportado el infierno del páramo y habían trabado amistad con los indios en los laberintos de la jungla, mientras comían camarones blancos y guindaban sus chinchorros al pie de cualquier hoguera.
Pero este lugar no era un lugar. Había una desolación flotando, yendo contra cada muro, buscando también una salida. El hombre blanco gritó: un alacrán lo había alcanzado y ahora el veneno se le subía pierna arriba.
Se mataron en unos cuantos segundos. Luego de que el pequeño negro le cortara de un solo tajo el pie al amo, quien sacó el revólver y le metió un tiro en la mitad del pecho, el último negro cortó en pedazos al hombre blanco, que alcanzó a intentar un nuevo disparo.
Una picada, dos picadas, tres picadas; la muerte era segura.
—Él no venía con nosotros —alcanzó a decir el negro de la cara estúpida, mientras dejaba desencajada la mandíbula para siempre.
A la entrada de la mansión, el negro que había barrido los alacranes de un machetazo apareció. Se limpió la boca untada de sangre; una familia de cusumbos que pasaba por allí alcanzó a ver cómo el negro se metamorfoseaba en una decrépita mujer que no hacía más que reír.
Mientras el primer rayo de sol le alcanzaba los ojos a la bruja, la tierra comenzó a crecer y a enredarse por entre sus piernas. A las nueve de la mañana, la estatua de barro con forma de bruja estaba completa.
Cuando el siguiente destacamento de mercenarios llegó, confundieron la mole de barro con un termitero gigante. Dos semanas acamparon frente a la escultura de barro y la mansión, hasta que vieron los alacranes.
