Vladimir Nabokov
La primavera
en Fialta es nubosa y pesada. Todo está húmedo: los troncos moteados de los
plátanos, los arbustos de enebro las verjas, el asfalto. A lo lejos, prendido
en el húmedo horizonte marítimo, entre los filos dentados de unas pálidas casas
azulencas que se esfuerzan por encaramarse a la pendiente (siguiendo las
indicaciones de un ciprés), la vaga efigie del monte San Jorge está más lejos
que nunca de parecerse a la imagen que figura del mismo en las postales que
desde 1910, digamos (aquellos sombreros de paja, aquellos taxistas tan
jóvenes), han venido cortejando al turista desde el triste carrusel de las
tiendas de souvenirs donde se exponen, entre trozos mellados de amatistas y
sueños de concha cuyo destino inexorable es la repisa de las chimeneas
familiares. El aire es cálido y sin viento, con un débil sabor a humo. El mar,
su sal ahogada por la lluvia, no es tanto gris sino glauco, con olas demasiado
perezosas para romper en espuma.
Era un día
así, al comienzo de los años treinta cuando me encontré, con los sentidos
alerta, en una de las callejuelas empinadas de Fialta, contemplándolo y
absorbiéndolo todo, la marina rococó del puesto callejero, los crucifijos de
coral en el escaparate de una ventana, y también el cartel desvalido de un
circo que visitaba la ciudad, una de cuyas esquinas se había despegado de la
pared, y la cascara amarilla de una monda de naranja todavía verde en la vieja
acera de pizarra azul, que aún conservaba en algunos puntos el recuerdo
marchito de un antiguo diseño de mosaicos. Me gusta Fialta; me gusta porque en
el vacío de sus sílabas violáceas siento la dulce y oscura humedad de esas las
más arrugadas florecillas, y porque en su viola se deja oír el eco atiplado del
nombre de una maravillosa ciudad de Crimea; y también porque hay algo en la
somnolencia de su Cuaresma húmeda que unge el alma de una manera muy especial.
Por lo tanto, me sentía dichoso al encontrarme de nuevo allí, afanándome por
subir sus empinadas callejuelas en dirección inversa al riachuelo del arroyo,
al descubierto, con la cabeza mojada, y toda mi piel bañada ya en calor, aunque
solo llevaba un ligero impermeable sobre la camisa.
Yo había
llegado en el Capparabella expres, que, con ese gusto intrépido que tienen los
trenes en los territorios de montaña, había hecho todo lo atronadoramente
posible para congregar a lo largo de la noche todos los túneles posibles. Un
par de días, el respiro mínimo que me permitía un viaje de negocios, era lo que
esperaba quedarme allí. Había dejado a mi mujer y a los niños en casa, y
aquello constituía una isla de felicidad siempre presente en el norte claro de
mi ser, una isla que flotaba constante junto a mí, que incluso me atrevería a
decir, me inundaba en ocasiones, manteniéndose, sin embargo, fuera de mí, a mi
lado, la mayor parte del tiempo.
En el umbral
de una puerta había un niño sin pantalones, con la barriga al aire, tensa,
gris, y sucia de barro, que saltó a la acera y empezó a caminar contoneándose
como un pato, con las piernas arqueadas, tratando de que no se le cayeran al
suelo las tres naranjas que llevaba en la mano; una de ellas caía por turno e
indefectiblemente al suelo y finalmente fue el propio niño el que dio con sus
huesos en la acera y entonces una niña de unos doce años, que llevaba un collar
de cuentas pesadas en su cuello moreno y una falda larga como la de una gitana,
se apresuró a arrebatarle el botín con sus manos, más ágiles y también más
numerosas. Cerca, en la terraza húmeda de un café, un camarero limpiaba los
tableros de las mesas; un bandido melancólico, que vendía una especie de
chupa-chups locales, unos pirulís muy elaborados y con una capa de brillo
lunar, había colocado una cesta desesperadamente llena en la barandilla toda
agrietada, sobre la que se inclinaba para conversar con el camarero. O bien la
llovizna había cesado o bien Fialta se había acostumbrado tanto a ella que ya
no sabía si respiraba aire húmedo o lluvia caliente. Un inglés, un ejemplar
genuino de los que exporta con orgullo Gran Bretaña, vestido con los
inevitables pantalones de golf y ocupado, como no podía ser menos, en llenar su
pipa con el tabaco que sacaba de una tabaquera de goma, emergió de debajo de un
arco y entró en una farmacia donde unas grandes esponjas pálidas morían de sed
tras su vitrina. ¡Qué exaltación exquisita sentí desgranarse en mis venas, con
qué gratitud respondía mi ser entero a las pulsiones y emociones de aquel día
gris, saturado de una esencia vernal de la que apenas era consciente! Mis
nervios, después de una noche de insomnio, se encontraban especialmente
receptivos; lo asimilaba todo: el silbido de un gorrión en los almendros detrás
de la capilla, la paz de las casas que se derrumbaban, el pulso del mar
distante, jadeando en la niebla, todo ello junto con el verde celoso del vidrio
de los cascotes de botella erizados a lo largo de un muro y los colores vivos
del anuncio d circo que mostraba a un indio con plumas sobre un caballo
encabritado en el acto de echarle el lazo a una cebra descaradamente endémica,
mientras que unos elefantes absolutamente perplejos cavilaban sentados sobre
sus tronos de barras y estrellas.
Y entonces el
inglés me adelantó. Mientras trataba de cantar su figura junto con todo el
espectáculo que me rodeaba, observé casualmente la repentina mirada de través
de sus grandes ojos azules que se tensaban en su rostro carmesí, así como la
rapidez con que se lamía los labios —debido a la sequedad de aquellas esponjas,
pensé; pero luego seguí la dirección de su mirada y en ese momento vi a Nina.
Cada vez que
la he visto a lo largo de los quince años de nuestra… —bueno, no encuentro el
término preciso para describir nuestro tipo de relación—, no parece que me haya
reconocido al momento; y también esta vez se quedó quieta durante un instante,
en la acera de enfrente, volviéndose a medias en una suerte de incertidumbre no
exenta de curiosidad, y lo único que hacía ademán de moverse hacia mí era su
bufanda amarilla, como uno de esos perros que te reconocen antes de que lo
hayan hecho sus dueños; luego dio un grito, levantó las manos, y todos los
dedos iniciaron una especie de danza, y en mitad de la calle, con la
impulsividad y franqueza de una vieja amistad (de la misma forma que al
despedirse de mí siempre lo hacía con la señal de la cruz sobre mi rostro), me
besó tres veces con más boca que sentido y luego se puso a pasear a mi lado,
colgándose de mí, ajustando con dificultad su paso al mío, debido a su estrecha
falda marrón negligentemente abierta en un costado.
—Sí, Ferdie
está también aquí conmigo —contestó e inmediatamente, pasó a preguntarme
amablemente por Elena.
—Debe de
estar paseando por algún lado con Segur —continuó refiriéndose a su marido—. Y
yo tengo que hacer algunas compras; nos vamos después del almuerzo. Espera un
momento, ¿adónde me llevas, querido Víctor?
De vuelta al
pasado, de vuelta al pasado, como hacía cada vez que la encontraba, repitiendo
cada uno de los sumandos del argumento de nuestra relación desde el primer
hasta el último asiento —haciendo mía la estructura de los cuentos maravillosos
rusos donde lo ya contado vuelve a repetirse en resumen y atropellado, cada vez
que el relato adquiere un nuevo giro. Esta vez nos habíamos encontrado en la
cálida y brumosa Fialta, y yo no habría podido celebrar la ocasión más
artísticamente, ni tampoco habría podido adornar con viñetas más brillantes la
lista de los favores anteriores que nos había brindado el destino, incluso si
hubiera sabido que éste iba a ser el último encuentro; el último, insisto,
porque no puedo imaginarme firma celestial alguna de intermediarios que hubiera
consentido en concertarme un encuentro con ella más allá de la tumba.
Mi escena
introductoria con Nina había sido dispuesta en Rusia hacía mucho tiempo, yo
diría que en torno a 1917, a juzgar por el ruido de sables que se percibía
entre bastidores en ciertos teatros de izquierda. Fue en alguna fiesta de
cumpleaños en la finca de mi tía, cerca de Luga, en los pliegues más profundos
del invierno (cómo me acuerdo de los primeros signos de que nos acercábamos al
lugar: un establo rojo entre la nada blanca). Yo acababa de terminar el
bachillerato en el Liceo Imperial; Nina ya estaba prometida: aunque éramos de
la misma edad y cumplíamos años con el siglo, parecía sin embargo tener por lo
menos veinte años, y ello a pesar o quizá precisamente debido a su poca
corpulencia, mientras que a los treinta y dos años aquella ligereza suya la
hacía parecer más joven. Su novio era un oficial que acababa de llegar con
permiso, del frente, un tipo corpulento y guapo, increíblemente bien educado,
imperturbable, que pesaba escrupulosamente cada una de sus palabras en la
balanza del sentido común y luego la formulaba con una voz aterciopelada de
barítono que aún se hacía más dulce cuando se dirigía a ella; su decencia y
devoción probablemente le ponían nerviosa; ahora no es más que un próspero,
aunque solitario, ingeniero en un lejano país tropical.
Las ventanas
se iluminan y tienden sus paños luminosos sobre los meandros de la oscura
nieve, dejando un cierto espacio para acomodar un abanico de luz que se refleja
justo encima de la puerta entre las dos ventanas. Los pilares que la enmarcan
llevan una cenefa de nieve aborregada, que más bien estropea las líneas de lo
que hubiera podido ser un ex libris perfecto para el libro de nuestras dos
vidas. No consigo recordar por qué todos habíamos abandonado el ruidoso
vestíbulo para adentrarnos en la silenciosa oscuridad, poblada solamente por
abetos, henchidos de nieve hasta alcanzar el doble de su tamaño; ¿acaso el
guarda nos invitó a contemplar un taciturno resplandor rojo, el portento de un
posible fuego provocado? Probablemente. ¿Acaso salimos para admirar la estatua
ecuestre de hielo esculpida junto al estanque por el preceptor suizo de mis
primos? Posiblemente. Mi memoria solo vuelve a la vida cuando ya regresábamos a
la mansión simétricamente radiante, un camino que recorrimos en fila india a lo
largo de un surco estrecho entre bancos de nieve, con ese crunch-crunch-crunch
que constituye el único comentario posible entre una noche de invierno
taciturna los humanos. Yo cerraba la expedición; tres pisadas cantarinas
delante de mí caminaba una forma pequeña y medio doblada; los abetos mostraban
gravemente sus patas cargadas de nieve. Me resbalé y se me cayó al suelo la
linterna muerta que alguien me había obligado a llevar; era dificilísimo
recuperarla; mis juramentos atrajeron de inmediato a Nina, que, con una risa
sorda y ávida donde ya apuntaba la inminencia del placer, se inclinó
confusamente hacia mí. La llamo Nina, pero mal podía saber su nombre entonces
apenas podíamos haber tenido tiempo, ella y yo, para cualquier presentación:
«¿Quién es?», preguntó ella con interés, pero yo ya estaba besando su cuello,
suave e incluso un poco caliente debido a la larga esclavina de piel de zorro
de su abrigo, que no hacía más que dificultar mis movimientos hasta que ella me
abrazó, y con ese candor que la caracteriza depositó sus labios, generosos y
sumisos, sobre los míos.
Pero de
repente nos vimos separados por el consabido estallido de alegría de una
batalla de bolas de nieve que se desencadenó en la oscuridad; luego alguien se
puso a correr, se cayó, crujió sobre la nieve, rió, jadeó, se encaramó en un
ventisquero, trató de correr y acabó emitiendo un terrible ruido: la nieve
profunda le había amputado una bota de goma. Y poco después nos dispersamos
todos a nuestras respectivas casas, sin que yo hubiera podido hablar con Nina,
ni tampoco esbozar plan alguno para un futuro, un futuro de quince años
itinerantes que ya habían iniciado su marcha hacia el horizonte oscuro, cargado
con las distintas partes de nuestras reuniones dispersas; y mientras la
contemplaba en el abanico de gestos y de sombras en los que consistió el resto
de aquella noche (probablemente juegos de salón, en los que Nina siempre jugaba
en el bando contrario), me asombraba, recuerdo, no tanto de su falta de interés
hacia mí después del calor de la nieve, sino de la inocencia y naturalidad de
su falta de atención, porque yo no sabía todavía que una sola palabra mía
hubiera transmutado al instante su distracción en un maravilloso estallido de
atención y amabilidad, en una actitud alegre, comprensiva, cooperante en todos
sus términos, como si el amor de aquella mujer fuera un manantial de agua que
contuviera sales salubres que concediera magnánima y a la mínima oportunidad a
quienquiera que manifestara el deseo de beber de sus fuentes.
«Veamos,
dónde nos vimos por última vez», empecé (dirigiéndome a la versión Fialta de
Nina), con la intención de lograr que en su rostro de pómulos marcados y labios
rojo oscuro, apareciera una cierta expresión que yo bien conocía y,
efectivamente, la sacudida de su cabeza y la expresión preocupada de su rostro
parecían insinuar no tanto un cierto olvido como deplorar la escasa gracia de
un viejo chiste; o para ser más exactos, era como si todas aquellas ciudades en
las que el destino había fijado nuestras distintas citas sin que se hubiera
dignado por ello a acudir personalmente a las mismas, como si todos aquellos
andenes y escaleras y habitaciones y oscuras callejuelas fueran tan solo
escenarios manidos, abandonados después de que otras vidas hubieran llegado a
su fin hacía mucho tiempo, unos escenarios que apenas tenían relación con el
curso de nuestro errático destino y que por tanto, resultaba incluso de mal
gusto tan siquiera mencionarlos.
La acompañé a
una tienda bajo los porches; allí, en el crepúsculo, tras una cortina de
cuentas, se puso a manosear unos bolsos de piel roja rellenos de papel de seda
y a mirar las etiquetas con los precios, como si quisiera aprenderse sus
nombres de museo. Quería, dijo, un bolso exactamente como aquél, pero de color
tostado y, cuando después de diez minutos de mucho buscar desesperado por todas
partes, el viejo dálmata encontró por fin aquella curiosidad que ella le pedía,
como por un milagro del que me asombro todavía, ella cambió de opinión y
atravesó la cortina de cuentas de la puerta de aquel comercio sin haber
comprado nada.
Fuera todo
estaba tan lechoso y tan pesado como antes; el mismo olor a quemado que avivaba
mis recuerdos tártaros salía de las ventanas de las pálidas casas; un enjambre
de mosquitos se entretenía zurciendo el aire encima de una mimosa, que florecía
distraída, con sus mangas arrastrándose por el suelo; dos trabajadores, con
sombreros de ala ancha, almorzaban un poco de queso con ajo, con la espalda
apoyada en un cartel del circo que mostraba a un húsar rojo y a una especie de
tigre naranja; curioso —en su denodado intento por conseguir un tigre lo más
feroz posible, el artista se había casi extralimitado hasta caer en el extremo
opuesto, porque la cara del tigre parecía en verdad humana.
—Au fond, lo
que yo quería era un peine —dijo Nina con arrepentimiento tardío.
Qué conocidas
me resultaban sus dudas, sus pensamientos cambiantes, sus vacilaciones que
acababan siempre volviendo a su decisión original, sus preocupaciones efímeras
entre dos trenes. Siempre acababa de llegar a un lugar o estaba a punto de
irse, y me resulta difícil pensar en ello sin sentirme humillado por la
variedad de rutas intrincadas que uno sigue enloquecido para poder llegar a esa
cita final que el más impenitente indeciso sabe inevitable. Si tuviera que
someter ante los jueces de nuestra existencia terrena un ejemplo de su postura
más común, quizá la colocaría apoyada en un mostrador de Cooks, con la pierna
izquierda cruzada sobre la derecha, el pie izquierdo golpeteando contra el
suelo, y el bolso abierto con las monedas derramadas en el mostrador, mientras
que el empleado, lapicero en mano, discute con ella el plan de un eterno coche
cama.
Después del
éxodo ruso, la vi —y fue la segunda vez—, en Berlín en casa de unos amigos. Yo
estaba a punto de casarme; ella acababa de romper con su prometido. Al entrar
en el cuarto, la vi al instante, y, tras mirar a los otros invitados, supe
instintivamente cuál de aquellos hombres sabía más cosas de ella que yo. Estaba
recostada en la esquina de un sofá, con los pies encogidos, su pequeño cuerpo
doblado cómodamente en forma de Z; un cenicero estaba apoyado de costado en el
sofá junto a uno de sus talones; y tras mirarme de reojo al oír mi nombre, se
quitó su larguísima boquilla de los labios y procedió a exclamar lenta y
gozosamente: «Mira quién aparece aquí de repente…», y al punto todo el mundo se
enteró, empezando por ella, de que hacía mucho tiempo que nos conocíamos y que
teníamos una relación íntima: sin lugar a dudas ella se había olvidado del beso
real, pero quizá aquel encuentro trivial la sorprendió con el recuerdo del vago
esbozo de una amistad cálida, agradable, que en realidad nunca había existido
entre nosotros. De este modo, la naturaleza misma de nuestra relación quedó
fraudulentamente basada sobre una cierta amistad imaginaria, sin relación
alguna con su fortuita buena voluntad. Nuestro encuentro resultó ser
insignificante si atendemos tan solo a las palabras que intercambiamos, pero
hizo desaparecer toda barrera entre nosotros y, cuando aquella noche me
encontré sentado a su lado en la cena, puse descaradamente a prueba su
paciencia.
Luego se
desvaneció de nuevo; un año más tarde mi mujer y yo estábamos despidiéndonos de
nuestro hermano que se iba a Posen y, cuando el tren se hubo ido y ya nos dirigíamos
hacia la salida por el otro lado del andén, de repente, junto a un vagón del
París-Expres vi a Nina, con el rostro oculto tras las flores de un ramo que
llevaba en las manos, en medio de un grupo de gente, amigos suyos que yo
desconocía, que habían formado un círculo en torno suyo y la contemplaban con
la boca abierta como los transeúntes ociosos contemplan una pelea callejera, un
niño perdido o la víctima de un accidente. Alegremente me saludó con las
flores; yo le presenté a Elena, y en ese ambiente tan vivaz de una gran
estación de ferrocarril donde todo está como temblando y a punto de
transformarse en otra cosa, presta a ser consumida y adorada, el intercambio de
unas cuantas palabras fue suficiente para permitir que dos mujeres totalmente diferentes
empezaran a llamarse por sus nombres de pila en su próximo encuentro. Aquel
día, en la sombra azul del vagón que se dirigía a París, se mencionó a
Ferdinand por primera vez: me enteré con una angustia ridícula de que iba a
casarse con él. Las puertas empezaban a cerrarse con ruido; ella besó a sus
amigos rápida y piadosamente, subió al tren y desapareció; y entonces yo la vi
a través de la ventana acomodarse en su departamento, olvidada de pronto de
todos nosotros o ya en otro mundo, y nosotros, todos, con las manos en los
bolsillos, parecíamos estar espiando una vida ajena a nuestro escrutinio que se
moviera en la oscuridad de un acuario, hasta que ella se dio cuenta de nuestra
presencia y golpeteó en la ventanilla para luego alzar los ojos y juguetear con
el marco como si estuviera tratando de colgar un cuadro, pero no sucedió nada;
un pasajero que pasaba por el pasillo le prestó ayuda, y ella sacó la cabeza,
audible y real, radiante de placer; uno de nosotros, corriendo al paso del tren
que ya había iniciado su marcha, le entregó una revista y una guía Tauchnitz
(solo leía en inglés cuando viajaba); todo se desvanecía con hermosa suavidad,
y yo tenía el billete de andén en la mano, tan arrugado que resultaba
irreconocible, y una canción del siglo pasado (relacionada, dicen, con un drama
parisino de amor) no dejaba de sonar en mi cabeza, surgida, Dios sabe por qué,
de la caja de música de mi memoria, una balada quejumbrosa que solía cantar a
menudo una tía soltera mía, cuyo rostro era tan amarillo y cerúleo como las
velas de una iglesia rusa, y dotada sin embargo por la naturaleza de una voz
tan potente, tan llena, que casi la hacía entrar en el trance glorioso de una
nube de fuego cuando entonaba:
On dit que tu
te maries,
tu sais que j’en vais mourir
y aquella
melodía, el dolor, la ofensa, el lazo entre el himen y la fuerte evocado por el
ritmo y la propia voz de la cantante muerta, acompañaba al recuerdo como única
dueña de la canción, me tuvieron inquieto durante varias horas tras la marcha
de Nina e incluso más tarde aquellas notas surgían en intervalos crecientes
como las últimas pequeñas olas que un barco que pasa arroja sobre la playa y
que cada vez lamen la arena con menos frecuencia y con más ensoñación, o como
la agonía de bronce de un campanario que vibra después de que su campana haya
vuelto a ocupar su posición inicial en el círculo acogedor de su familia. Uno o
dos años más tarde, fui a París en viaje de negocios: y una mañana en el
descansillo de la escalera de un hotel, adonde había ido a buscar a un actor de
cine amigo, allí estaba ella de nuevo, vestida con un traje de chaqueta gris,
esperando al ascensor para bajar, con una llave colgando entre los dedos.
«Ferdinand se ha ido a hacer un poco de esgrima», dijo como si no pasara nada; sus
ojos se fijaron en la parte inferior de mi cara, como si estuviera leyéndome
los labios y, tras quedarse pensativa unos momentos (su capacidad de intuición
amatoria no tenía rival) se volvió y balanceándose sobre sus esbeltos tobillos
me llevó a lo largo del pasillo alfombrado de azul mar. Una silla a la puerta
de su habitación sostenía una bandeja con los restos de un desayuno: un
cuchillo manchado de miel, migas de pan en una porcelana gris; pero ya habían
hecho el cuarto y debido a una repentina corriente de aire una ola de muselina
bordada con dalias blancas se quedó embutida, con un golpe y un
estremecimiento, entre las sensibles puertas de una ventana francesa que se
quedaron trabadas hasta que se cerró la puerta de golpe, liberando la cortina
con un suspiro de felicidad; y un poco más tarde salí al diminuto balcón de
hierro a respirar el aroma combinado de las hojas secas del arce y de la
gasolina, los rastros mañaneros de la calle azul brumoso y, como todavía no era
consciente de la presencia de aquel azar mórbido que iba a amargar de tal
manera mis encuentros subsiguientes con Nina, salí del hotel con ánimo tan
despreocupado y tranquilo como el suyo, para acompañarla desde el hotel hasta
alguna oficina perdida a buscar una maleta que había extraviado, y desde allí
al café donde su marido presidía su ateneo particular con su corte de aquel
momento.
No mencionaré
la naturaleza (y los pocos ejemplos que doy aquí aparecen bajo un decoroso
disfraz) de aquel hombre, de aquel escritor franco-húngaro… prefiero no
ocuparme de él para nada, pero no puedo evitarlo —surge de la plumilla de mi
pluma. Hoy no se oye hablar demasiado de él y eso es bueno, porque prueba que
yo tenía razón al resistir su encanto malvado, que tenía razón al sentir un
escalofrío espeluznante a lo largo de mi columna cuando uno de sus libros caía
en mis manos. La fama de esos tipos crece rápidamente pero pronto caduca y se
consume y, en cuanto a la Historia, estoy seguro limitará la historia de su
vida a un guión entre dos fechas. Delgado y arrogante, siempre con un acertijo
envenenado presto a ser disparado contra ti, y con una extraña mirada de
expectación en sus velados ojos de un marrón grisáceo, aquel bromista falso
tenía, me atrevo a decir, un efecto irresistible en los pequeños roedores.
Habiendo dominado a la perfección el arte de la invención verbal, se
enorgullecía de ser un tejedor de palabras, un título que valoraba más que el
de escritor; personalmente, nunca he podido entender cuál es el propósito de
inventar libros, de escribir cosas que no hayan sucedido de una forma u otra; y
recuerdo que una vez le dije mientras me enfrentaba a la sorna con que asentía
en silencio a mis palabras que si yo fuera escritor, limitaría el reino de la
imaginación al ámbito del corazón dejando que la memoria, esa alargada sombra
crepuscular de nuestra verdad personal, ocupara el espacio restante.
Conocí sus
libros antes que su persona; el placer estético que sentí con su primera novela
fue cediendo el paso progresivamente a una cierta repugnancia. Al principio de
su carrera, era todavía posible quizás distinguir algún paisaje humano, algún
viejo jardín, alguna disposición ensoñadora de los árboles a través del cristal
emplomado de su prosa prodigiosa… pero con cada nuevo libro los tintes se hacían
más densos, las gulas y las púrpuras se volvían más ominosas; y hoy ya no hay
quien logre ver nada a través de aquel cristal blasonado, de la suntuaria
riqueza estéril de su prosa, y mucho me temo que si lográramos romper su
cristal, tan solo encontraríamos un vacío absolutamente negro confrontando
nuestra alma estremecida. ¡Pero qué peligroso era aquel hombre cuando estaba en
plenitud de facultades, qué feroz su látigo contra quienes le provocaban! El
tornado de su sátira dejaba a su paso un páramo baldío donde los robles
derribados quedaban dispuestos en hilera, y el polvo seguía agitándose en
remolinos, y el desafortunado autor de una crítica adversa, aullando de dolor,
giraba como una peonza en medio del polvo.
En la época
en que nos vimos, su Passage à Niveau era aclamado en París; estaba, como
vulgarmente se dice, «acaparado» y Nina (cuya adaptabilidad resultaba un
increíble sucedáneo de la cultura de la que carecía) había ya asumido si no la
función de musa al menos la de alma gemela y sutil consejero que seguía las
evoluciones creativas de Ferdinand, compartiendo lealmente sus gustos
artísticos; porque aunque fuera remotamente improbable que ella hubiera ni
siquiera vadeado uno de sus volúmenes, tenía una habilidad especial, mágica,
para adivinar los mejores pasajes a través de las conversaciones de sus amigos
literatos.
Cuando
entramos en el café estaba tocando una orquesta de mujeres; en primer lugar
observé la curva como de avestruz de un arpa que se reflejaba en las columnas
cubiertas de espejos y luego vi la mesa dispuesta (una serie de mesas pequeñas
juntas para formar una grande) en la que, de espaldas a la pared de terciopelo.
Ferdinand presidía, y por un momento, su actitud entera, la posición de sus
manos separadas, y los rostros de sus compañeros de mesa todos vueltos hacia
él, me trajeron a la memoria un recuerdo grotesco, como de pesadilla, todavía
muy vago, y sin embargo, cuando el tal recuerdo adquirió perfiles más nítidos
no me pareció más sacrílego que el arte de tal maestro. Llevaba un jersey
blanco de cuello vuelto bajo una chaqueta de tweed; su cabello reluciente
estaba peinado hacia atrás, y sobre el mismo flotaba como un halo el humo de
los cigarrillos; su rostro huesudo como el de los faraones estaba inmóvil: solo
los ojos se movían de un lado a otro, llenos de oscura satisfacción. Después de
abandonar los dos o tres garitos donde los inocentes bohemios de Montparnasse
hubieran esperado encontrarle, empezó a frecuentar aquel establecimiento
perfectamente burgués debido a su peculiar sentido del humor, un punto macabro,
que le hacía divertirse con la patética spécialité de la maison —aquella
orquesta compuesta de media docena de damas tímidas de aspecto cansado que
entrelazaban suaves armonías, apretadas allí en aquella tarima, sin saber muy
bien qué hacer, decía él, con sus pechos de matronas, más bien superfluos en el
mundo de la música. Después de cada pieza él iniciaba un ataque epiléptico de
aplausos al que aquellas señoras no prestaban ya la más mínima atención y que,
pensé yo, suscitaba ya serias dudas en la mente del propietario del café y
también en sus habituales parroquianos, pero que parecía divertir sobremanera a
los amigos de Ferdinand. Entre ellos recuerdo a un artista con una calva
impecable aunque un poco abollada, al que bajo varios pretextos siempre
introducía en sus frescos; a un poeta cuya gracia especial era la de
representar, cuando se lo pedían, la caída de Adán por medio de cinco cerillas;
a un humilde hombre de negocios que financiaba aventuras surrealistas (y que
pagaba los aperitivos) siempre que le permitieran introducir en las mismas
alguna referencia elogiosa a una actriz que era su amante y a la que mantenía;
a un pianista, de magnífico rostro y terribles dedos; a un escritor ruso,
satisfecho y lingüísticamente impotente, que acababa de llegar de Moscú, con
una vieja pipa y un reloj de pulsera nuevo, que no tenía la más mínima idea de
quién era aquel grupúsculo de gente ridícula con la que trataba; estaban
presentes otros caballeros que se confunden en mi recuerdo, entre los cuales,
dos o tres sin duda habían sido íntimos de Nina. Era la única mujer en la mesa:
allí estaba, inclinándose sobre la copa para sorber ávidamente de la paja de su
limonada cuyo nivel bajaba con celeridad infantil, y solo cuando engulló con un
ruido la última gota, y se deshizo de la paja con la lengua, solo entonces
logré que me mirara, algo que llevaba tiempo intentando, incapaz de admitir el
hecho de que ella ya se hubiera olvidado de lo que había ocurrido entre
nosotros por la mañana, que lo hubiera olvidado completamente, pero cuando sus
ojos se encontraron con los míos, me devolvió una sonrisa insulsa y como
inquisitiva y tuve que esperar a que me sostuviera la mirada perpleja para que
se acordara del tipo de sonrisa cómplice que yo andaba buscando. Mientras
tanto, Ferdinand (las damas habían abandonado temporalmente el estrado después
de deshacerse de sus instrumentos como de muebles viejos) llamaba la atención
de sus compinches hacia la persona de un anciano, que almorzaba en un rincón
remoto del café, que lucía, como algunos franceses, una cinta roja o algo
parecido en la solapa de su americana y cuya barba gris se combinaba con sus
bigotes para formar un confortable nido amarillento para su boca que mascaba
alimentos y líquidos con cierta desmesura. De alguna manera, Ferdie siempre se
había reído de las miserias de la edad.
No me quedé
mucho tiempo en París, pero aquella semana fue suficiente para que naciera
entre nosotros esa falsa camaradería para la que él mostraba tanto talento.
Años más tarde, incluso llegué a prestarle algún servicio: mi empresa adquirió
los derechos cinematográficos de uno de sus relatos más inteligibles, lo que
dio lugar a que se entretuviera con mi acoso y derribo, importunándome con
infinitos telegramas. En el transcurso de los años, nos fuimos encontrando de
cuando en cuando en un sitio y en otro, pero nunca me sentí a gusto en su
presencia, y también aquel día en Fialta experimenté una leve depresión al
enterarme de que merodeaba por los alrededores; hubo algo, sin embargo, que me
levantó considerablemente el ánimo: el desastre de su última obra de teatro.
Y ahora venía
hacia nosotros, vestido con una trinchera absolutamente impermeable, con
cinturón y todo tipo de bolsillos de solapa, y también con una cámara
fotográfica cruzada al hombro, doble suela de goma en los zapatos, chupando con
una imperturbabilidad que pretendía ser graciosa el largo palitroque de un
pirulí de caramelo, especialidad de Fialta. Junto a él caminaba Segur, apuesto
y sonrosado, un muñeco amante del arte y un perfecto idiota; nunca logré
descubrir por qué Ferdinand lo necesitaba; y todavía oigo a Nina exclamar con
una ternura quejumbrosa que no la comprometía en absoluto: «¡Oh, es tan
encantador, Segur!». Se acercaron; Ferdinand y yo nos saludamos
apasionadamente, con un apretón de manos y un abrazo cordial y fervoroso,
pretendiendo que aquel saludo fuera un preámbulo de algo más sólido que luego
la experiencia siempre desmentía; porque siempre sucedía lo mismo: después de
cada separación nos volvíamos a encontrar al son de los címbalos, en una
explosión de genialidad, en un brote de todo tipo de sentimientos que parecía
presagiar un torrente de emociones; pero los acomodadores cerraban las puertas
y tras este acto ya no se admitía a nadie más.
Segur se
quejó del tiempo y al principio no entendí de qué me estaba hablando; incluso
si la esencia de Fialta, húmeda, gris, de invernadero, hubiera podido
denominarse «tiempo», aquello era un tema de conversación tan absurdo entre
nosotros como lo hubiera sido, por ejemplo, el esbelto codo de Nina, que yo
sujetaba entre el índice y el pulgar, o un trozo de papel de estaño que alguien
hubiera dejado caer en la calzada y que brillara a cierta distancia entre los
adoquines de la calle.
Los cuatro seguimos
caminando, con el vago pretexto de una serie de compras que teníamos intención
de hacer más adelante. «¡Dios, vaya indio!», exclamó de repente Ferdinand presa
de un entusiasmo violento, dándome un gran codazo para que me fijara en un
cartel. Un poco más adelante, cerca de una fuente, le regaló el pirulí a una
niña del lugar, una niña atezada que llevaba un collar de cuentas; nos
detuvimos a esperarle: se agachó mientras le decía algo, hablándole
directamente a los ojos, velados por unas pestañas negras de mugre, y luego nos
alcanzó sonriendo y nos obsequió con una de esas observaciones tan típicas
suyas con las que le gustaba adornar sus frases. Luego su atención se quedó
prendida en un objeto desgraciado que se mostraba en una tienda de recuerdos: una
horrorosa imitación en mármol del monte San Jorge que mostraba en su base un
túnel negro, que resultaba ser la boca de un tintero, y que tenía un
compartimento para las plumas en forma de raíles de ferrocarril. Con la boca
abierta, temblando, fuera de sí como si acabara de lograr un triunfo sardónico,
manoseó aquel engorroso objeto polvoriento y totalmente irresponsable, pagó sin
pestañear, y todavía con la boca abierta salió con aquel monstruo en las manos.
Como un autócrata que se rodea de jorobados y enanos, él se aferraba a
cualquier objeto repugnante; esta adoración le podía durar unos cuantos o
también muchos días, incluso más si se trataba de un objeto animado.
Nina,
melancólica, hizo alusión al almuerzo y, aprovechando la oportunidad de que
Ferdinand y Segur se habían detenido en correos, me apresuré a llevármela de
allí. Todavía me pregunto qué es lo que ella representaba exactamente para mí,
aquella mujer pequeña y oscura, de espalda estrecha y «miembros líricos» (por
citar la expresión de un remilgado poeta del exilio, uno de los pocos hombres
que había suspirado platónicamente por ella) y aún entiendo menos el propósito
de aquel destino que se empecinaba en propiciar nuestros constantes encuentros.
Después de nuestro encuentro en París estuve mucho tiempo sin verla y luego un
día, al volver del despacho, me la encontré en casa tomando el té con mi mujer,
contemplando sobre su mano enguantada en seda que traslucía el brillo de su
alianza de casada, la textura de unas medias baratas compradas en la
Tauentzienstrasse. En una ocasión me mostraron su fotografía en una revista de
modas llena de hojas de otoño y de guantes y de campos de golf azotados por el
viento. Unas Navidades me envió una tarjeta de felicitación con nieve y con
estrellas. En una playa de la Riviera casi se me escapa detrás de unas gafas de
sol oscuras y de un bronceado de terracota. Otro día, en que por alguna razón
me pasé inopinadamente por casa de unos desconocidos donde había una fiesta, vi
su bufanda y su abrigo de piel entre extraños espantapájaros que colgaban en un
perchero. En una librería me saludó desde la página de uno de los relatos de su
marido, una página que se refería a una criada, un personaje secundario, en
cuya descripción se había metido Nina como de contrabando a la contra de las
intenciones del autor: «Su rostro», escribía, «era una instantánea tomada de la
naturaleza más que un retrato meticuloso, de forma que… cuando trataba de
imaginarlo solo conseguía visualizar una serie volátil de rasgos inconexos: la
silueta amelocotonada de sus pómulos al sol, la oscuridad parda y con tintes de
ámbar de sus ojos inquietos, los labios que formaban una sonrisa amistosa que
siempre estaba dispuesta a transmutarse en un beso ardiente».
Una y otra
vez volvía a aparecer apresurada en los márgenes de mi vida, sin influir para
nada en su texto básico. Una mañana de verano (un viernes, porque las doncellas
estaban sacudiendo las alfombras para limpiarlas en el patio polvoriento al
sol), mi familia había salido al campo y yo estaba vagueando y fumando en la
cama cuando oí que sonaba el timbre con tremenda violencia, y allí estaba ella,
había irrumpido en el vestíbulo para dejar (accidentalmente) una horquilla de
pelo y (fundamentalmente) un baúl adornado con etiquetas de hoteles que una
semana más tarde vino a buscar de su parte un joven austríaco que (según
síntomas intangibles pero seguros) pertenecía a la misma cofradía cosmopolita
que yo. De cuando en cuando, en medio de una conversación alguien mencionaba su
nombre, y ella bajaba las escaleras de una frase fortuita, sin siquiera volver
la cabeza. En un viaje por los Pirineos pasé una semana en un castillo que era
propiedad de una gente con la que por azar Ferdinand y ella estaban pasando
unos días, y nunca olvidaré mi primera noche en aquel lugar: cómo esperé, qué
seguro estaba de que sin tener necesidad de decírselo, ella se escaparía hasta
mi cuarto, cómo no vino, y el ruido que los miles de grillos hacían en la
profundidad delirante del jardín rocoso donde se derramaba a mares la luz de la
luna, los arroyos que borboteaban delirantes, y cómo me debatí entre ceder a la
bienaventurada fatiga sureña después de un largo día de caza en los barrancos y
la sed salvaje de que ella viniera en secreto, riéndose por lo bajo, con sus
tobillos rosas sobre las plumas de cisne que bordeaban sus zapatillas de tacón,
pero la noche siguió su locura y ella no vino y, cuando al día siguiente, en el
transcurso de un paseo que dimos todos por las montañas, le conté mi espera,
ella apretó las manos desolada… y al momento, con un rápido vistazo, calculó la
distancia que nos separaba de la espalda del gesticulante Ferd y de su amigo.
Recuerdo mis llamadas telefónicas a través de media Europa (en viajes de
trabajo de su marido) y también recuerdo no reconocer en principio su ávida voz
como de perro; y recuerdo que una vez soñé con ella: soñé que mi hija mayor
venía a decirme que el portero estaba en un buen aprieto —y cuando bajé a ver
qué le pasaba, vi, sobre un ataúd, con un rollo de arpillera bajo la cabeza,
los labios pálidos y envuelta en una bufanda de lana, a Nina, completamente
dormida, como los miserables refugiados que duermen en estaciones de
ferrocarril abandonadas de Dios. E independientemente de lo que le hubiera
pasado a ella o a mí, en los interludios de nuestros encuentros, nunca
discutíamos nada, como si en los intervalos nunca hubiéramos pensado en el otro
ni en el destino, de manera que cuando nos encontrábamos, el ritmo de la vida
se alteraba inmediatamente, todos sus átomos se combinaban de manera nueva y
diversa, y nosotros vivíamos en otro medio temporal, más ligero, que se medía
no en razón de las largas separaciones sino en razón de aquellos pocos
encuentros con los que se iba formando artificialmente una vida corta,
supuestamente frívola. Y con cada nuevo encuentro mi inquietud iba creciendo;
no, no experimentaba ningún colapso interno, emocional, la sombra de la
tragedia no acechaba nuestros gozos, mi vida marital no se veía atacada,
mientras que, por otro lado, su ecléctico marido ignoraba sus affaires
accidentales aunque les sacaba provecho en forma de contactos agradables y
útiles. Yo me inquietaba porque algo precioso, delicado, irrepetible se estaba
perdiendo: algo que yo mismo estropeaba al cortarlo apresuradamente en pequeños
trozos brillantes mientras que desatendía el centro modesto pero verdadero que
quizá insistía en ofrecerme con un susurro lleno de piedad. Yo me inquietaba
porque, a la larga, estaba aceptando la vida de Nina, las mentiras, la
futilidad, la tontería, el galimatías de aquella vida. Aun cuando no existiera
desencuentro sentimental, yo me sentía obligado a buscar una interpretación
racional, que no moral, de mi existencia y ello significaba escoger entre el
mundo en el que me hacían un retrato, con mi mujer, mis hijas jóvenes, el
dobermann (guirnaldas idílicas, un anillo de sello, un bastón ligero) entre un
mundo feliz, prudente y bueno… ¿y qué? ¿Había alguna posibilidad práctica de
vivir con Nina, una vida que yo apenas podía imaginarme, porque estaría
penetrada, lo sabía, por una apasionada, intolerable amargura y en cada momento
de la misma sería consciente de la existencia de un pasado, abarrotado de
proteicos amantes? No, aquello era absurdo. Y además, ¿no estaba encadenado a
su marido por algo más fuerte que el amor —la amistad inquebrantable entre dos
criminales? ¡Absurdo! ¿Pero qué hubiera tenido que hacer contigo, Nina, qué
hubiera debido hacer para liberarme de la carga de tristeza que se había ido
acumulando como resultado de nuestros encuentros, despreocupados en apariencia,
pero en verdad desesperados?
En Fialta se
amalgaman la ciudad vieja y la nueva; aquí y allí, el pasado y el presente se
entrelazan, luchando cada uno de ellos por liberarse o por deshacerse del otro;
cada una de ellas tiene sus propios métodos: el recién llegado lucha
honradamente —importando palmeras, abriendo elegantes agencias de viajes,
pintando en tonos crema la superficie roja de las pistas de tenis; mientras que
la vieja ciudad furtiva surge subrepticiamente desde un rincón, bajo la forma
de una callejuela necesitada de muletas o de las escalinatas de una rampa que
no lleva a ninguna parte. De camino al hotel pasamos delante de una villa
blanca a medio construir, llena de basura en su interior, en una de cuyas
paredes se veía a los mismos elefantes de siempre, con las rodillas bien
abiertas, sentados sobre unos tambores enormes y llamativos; y de un macizo de
nubes etéreas surgía una amazona (a la que ya le habían pintado un bigote) a
horcajadas en el poderoso lomo de un corcel; y un payaso con nariz de tomate
caminaba por la cuerda floja, con un paraguas adornado con aquellas estrellas
recurrentes —un vago recuerdo simbólico de la madre patria celestial de todos
los artistas de circo. Aquí en la parte de la Riviera de Fialta, la grava
mojada crujía de manera más lujosa, y el suspiro perezoso del mar era más
audible. En el patio de atrás del hotel, un pinche de cocina armado con un
cuchillo perseguía a una gallina que cloqueaba enloquecida mientras corría para
salvar la vida. Un limpiabotas me ofreció su trono inmemorial con sonrisa
desdentada. Bajo los plátanos había una motocicleta de marca alemana, una
limosina toda cubierta de barro, y un Icaro amarillo de cuerpo largo que
parecía un escarabajo gigante («Ese es nuestro, quiero decir de Segur», dijo
Nina, para añadir después: «¿Por qué no vienes con nosotros, Víctor?», aunque
sabía muy bien que yo no podía ir con ellos); en la laca de sus élitros se
encerraba un gouache de cielo y ramas; en el metal de uno de los faros con
forma de bomba se reflejaron momentáneamente nuestras figuras, pasajeros de
fina película que se deslizan por la superficie convexa; y cuando tras unos
cuantos pasos, eché la vista atrás, vi, o mejor, anticipé visualmente lo que
iba a suceder en las próximas horas: los tres con cascos de conducir,
metiéndose en el coche, sonriéndome y despidiéndose de mí, y yo los veía con la
transparencia de los fantasmas, aunque en realidad los colores del mundo
brillaban y se reflejaban en sus cuerpos, y luego, se ponían en movimiento, se
perdían en la distancia, se iban haciendo cada vez más pequeños (el último
adiós de los diez dedos de Nina); pero la verdad es que el automóvil seguía
allí inmóvil, suave y entero, como un huevo y Nina apoyada en mi abrazo
atravesaba una puerta flanqueada de laurel, y al sentarnos vimos por la ventana
a Ferdinand y a Segur que venían hacia nosotros por otro camino.
No había
nadie en la terraza donde almorzamos excepto aquel inglés con quien me había
cruzado anteriormente; ante él, un vaso largo con una bebida carmesí producía
un reflejo ovalado en el mantel. Comprobé que sus ojos seguían conservando el
mismo deseo sangriento de nuestro primer encuentro, pero aquel deseo ya no
apuntaba a Nina; aquella mirada ávida ya no se dirigía a ella, sino que estaba
fija en el extremo superior derecho de la gran ventana junto a la que se
sentaba.
Nina liberó
sus manos menudas y delgadas de los guantes que las protegían y por última vez
en su vida, se dispuso a comer aquel marisco que tanto le gustaba. También Ferdinand
estaba enfrascado en su comida y yo me aproveché de su apetito para iniciar una
conversación que pensé me daba un cierto poder sobre él: para ser más concreto,
le mencioné su reciente fracaso. Tras de un breve período de conversión
religiosa, entonces de moda, en el que la gracia descendió sobre él y le llevó
a emprender una serie de peregrinaciones bastante ambiguas que terminaron en
una aventura decididamente escandalosa, fijó su aburrida mirada en el bárbaro
Moscú. Si soy sincero, debo admitir que siempre me han irritado quienes
sostienen con toda complacencia que una leve dosis de monólogo interior,
mezclada con una serie de vigorosas obscenidades a las que se les añade un
toque de comunismo teórico y posteriormente tratan de fundirse en la redoma de
una fregona naturalista puedan producir automáticamente y como por alquimia una
literatura ultramoderna; y defenderé hasta la muerte que tan pronto como el
arte entra en contacto con la política se degrada inevitablemente hasta
alcanzar el nivel de basura ideológica. Bien es verdad que en el caso de
Ferdinand, estas disquisiciones resultan bastante irrelevantes: los músculos de
su musa eran excepcionalmente fuertes, además de que no le importaba lo más
mínimo la situación de los desheredados de la fortuna; pero su arte, en razón
precisamente de ciertas corrientes de este tipo, oscuramente dañinas, se había
vuelto todavía más repugnante. A excepción de unos cuantos snobs nadie había
entendido la obra; yo no la había visto, pero me podía imaginar muy bien
aquella elaborada noche kremlinesca en torno a cuyas imposibles espirales había
elaborado varias ruedas de símbolos desmembrados; por lo que ahora experimenté
un cierto placer al preguntarle si no había leído una crítica reciente acerca
de su obra.
—¡La crítica!
—exclamó—. ¡Bonita crítica! Cualquier mequetrefe con cierta habilidad se
considera legitimado para darme lecciones. La ignorancia de mi trabajo
constituye su felicidad. Pasan por mis obras de puntillas, como si fueran a
estallarles en las manos. ¡Crítica! Examinan mis obras desde todos los puntos
de vista a excepción del único que de verdad interesa. Es como si un
naturalista al describir el genio de los caballos empezara a hacer
disquisiciones acerca de las sillas de montar o de madame de V. —mencionó a una
conocida anfitriona literaria que se parecía muchísimo a un caballo cuando se
reía—. Me gustaría también tomar un poco de la sangre de ese pichón —dijo
dirigiéndose al camarero, que solo entendió lo que le pedía después de seguir
con la mirada la dirección de su dedo afilado que sin ninguna ceremonia
apuntaba a la copa del inglés. Por alguna que otra razón, Segur mencionó a Ruby
Rose, la dama que se pintaba flores en el pecho, y la conversación adquirió un
sesgo menos agresivo. Mientras tanto, el corpulento inglés tomó una decisión,
se subió a una silla, de ahí pasó al alféizar de la ventana y se estiró hasta
alcanzar la esquina codiciada del marco donde descansaba una polilla compacta y
velluda que él diestramente encerró en una cajita.
—… más bien
como el caballo blanco de Wouwerman —dijo Ferdinand, en relación con algo que
estaba discutiendo con Segur.
—Tu es très
hippique ce matin —observó este último.
En seguida
los dos amigos se fueron a hablar por teléfono. A Ferdinand le gustaban particularmente
las llamadas internacionales y tenía una especial disposición para concederles,
cualquiera que fuera la distancia, un calor de amistad cuando era necesario,
como por ejemplo ahora, asegurarse alojamiento gratis.
De lejos
llegaba el sonido de la música, una trompeta, una cítara. Nina y yo nos fuimos
de nuevo a pasear. El circo, camino de Fialta, había enviado al parecer
acróbatas y artistas que le precedieran y anunciaran su llegada: un desfile
publicitario marchaba por la ciudad; pero nos perdimos la cabeza del mismo,
porque ya había subido a la parte alta de la ciudad y se había metido en una
calle lateral: la trasera dorada de un carro se alejaba en la distancia, un
hombre en albornoz tiraba de un camello, una hilera de cuatro indios entecos
portaba unos carteles sujetos a unos palos y, detrás de ellos, con un permiso
especial, venía el hijo pequeño de algún turista vestido de marinero y sentado
reverencialmente a lomos de un pony diminuto.
Nos acercamos
a un café donde las mesas ya estaban casi secas aunque seguían vacías; el
camarero examinaba (y espero que se lo apropiara más tarde) un hallazgo
horroroso, aquel tintero absurdo que Ferdinand había dejado en la barandilla al
pasar. En la esquina siguiente nuestra atención se quedó prendida en una vieja
escalera de piedra y subimos por ella y yo no dejaba de mirar el ángulo agudo
de las pisadas de Nina mientras subía, levantándose la falda cuya estrechez
requería el mismo gesto que su longitud necesitara en épocas pasadas; ella
difundía una suerte de calor que me resultaba conocido y subiendo junto a ella,
me acordé de la última vez que habíamos estado juntos. Fue en una casa en
París, con mucha gente, y mi querido amigo Jules Darboux, que quería hacerme un
favor estético y refinado, me dio un toque en la manga y me dijo: «Quiero que
conozcas…», y me llevó hasta Nina, que estaba sentada en una esquina del sofá,
con el cuerpo doblado en forma de Z, y un cenicero en los tobillos; se sacó la
larga boquilla turquesa de los labios y lentamente, gozosamente exclamó: «Pero
bueno quién me iba a decir a mí que…», y luego, a lo largo de la noche, sentí
como si el corazón se me fuera a romper mientras iba de grupo en grupo con una
copa pegajosa en la mano, mirándola de cuando en cuando en la distancia (ella no
me miraba…) y escuchando retazos de conversación hasta que sorprendí a un
hombre que le decía a otro: «Qué gracioso, cómo huelen, todas igual, hojas
quemadas, cualquiera que sea el perfume que lleven, esas chicas angulosas y
morenas», y como ocurre a menudo, una observación trivial relacionada con un
tema desconocido se enredó y se quedó prendida en mis recuerdos, un parásito de
su tristeza.
En la parte
más alta de las escaleras, nos encontramos con una especie de tosca terraza.
Desde allí se veía la silueta delicada y gris de paloma del monte San Jorge con
un puñado de manchas color hueso (alguna aldea) en una de sus pendientes; el
humo de un tren apenas visible se elevaba en ondas desde su base… para
desaparecer repentinamente; más abajo, entre el desorden de los tejados, se
distinguía un ciprés solitario, que parecía la punta húmeda y gastada de un
pincel de acuarelas; a la derecha, se conseguía una breve vista del mar, que
era gris, con arrugas de plata. A nuestros pies había una vieja llave roñosa, y
en la pared de la casa medio en ruinas que lindaba con la terraza, colgaban
todavía los restos de unos cables… Pensé que hubo un tiempo en el que existió
vida en aquel lugar, en el que una familia gozó del fresco de la noche, que
unos niños torpes entretuvieron sus horas coloreando una serie de cromos a la
luz de una lámpara… Nos quedamos ahí sin hacer nada como si estuviéramos
escuchando algo; Nina, que se había subido a una especie de escalón, me puso
una mano en el hombro y sonrió, y con cuidado, para no estropear su sonrisa, me
besó. Con una fuerza insoportable, reviví (o por lo menos eso creo ahora) todo
lo que había sucedido entre nosotros, todo aquello que había comenzado con un
beso semejante, y dije (sustituyendo nuestro barato y formal «tú» por ese
«usted» expresivo y lleno de sentido al que el navegante retorna, tras dar la
vuelta al mundo que ha enriquecido toda su persona): «Escuche, ¿y qué pasaría
si le dijera que la quiero?». Nina me miró, yo repetí aquellas palabras, quería
añadir… pero algo como un murciélago pasó veloz por su rostro, una expresión
rápida, extraña, casi fea, y ella, que no tenía miramientos para decir tacos y
juramentos con toda naturalidad, sintió vergüenza; yo también me sentí raro…
«No importa, era una broma», me apresuré a decirle abrazándola suave por la
cintura. Un ramo de violetas pequeñas, oscuras, que no escatimaban su aroma
apareció en sus manos sin saber bien de dónde, y antes de que volviera junto a
su marido y su coche, nos quedamos un poco más junto al parapeto de piedra y
nuestro romance fue entonces más desesperado que nunca. Pero la piedra estaba
caliente como la carne y de repente entendí algo que había estado viendo sin
comprenderlo —por qué un trozo de papel de aluminio había brillado tanto sobre
el asfalto, por qué el brillo de una copa había temblado sobre el mantel, por
qué el mar brillaba glorioso: de alguna manera, imperceptiblemente, el cielo
blanco sobre Fialta se había saturado de sol, y ahora toda ella estaba
impregnada de sol, y este resplandor blanco rebosante no dejaba de crecer, todo
se disolvía en él, todo se desvanecía, todo desaparecía y yo estaba en el andén
de la estación de Mlech con un periódico recién comprado que me informaba de
que el coche amarillo que había visto bajo los plátanos había sufrido un
accidente al salir de Fialta, al chocar a toda velocidad con el vagón de un
circo ambulante que entraba en la ciudad, un choque del que Ferdinand y su
amigo, aquellos sinvergüenzas invulnerables, aquellas salamandras del destino,
aquellos basiliscos de la buena suerte, habían escapado indemnes, con heridas
leves y localizadas, mientras que Nina, a pesar de haberlos imitado fielmente
durante largos años, había resultado ser, después de todo, mortal.
