Zeuxis Vargas
Jacinta está tumbada sobre el mostrador, arrellanada en una especie de cansancio existencial que nada tiene que ver con la jornada del café o las lascivas olas de palabras verdes y pálidas que le lanzan los ancianos cuando los atiende. Lo que pesa encima de Jacinta, es una especie de aburrimiento casi metafísico que le pone a ver lejano, pero ya sin esperanza, porque Jacinta, a esta altura de la vida, ya tan vivida, piensa que nada único y especial le va ocurrir y que va a morirse un día cualquiera de ordinario, de día monótono y velado.
Así se le ha visto durante los últimos días y hasta los viejos que suelen citarse en el café para jugar al ajedrez y mirarle el culo, se han dado cuenta que Jacinta se está apagando. Hace días que lleva el cabello amarrado en una sola y larga trenza que le cae por toda la mitad de la espalda. Le han nacido como brotes a esa trenza magullada, trenza deshecha que se enreda y empieza a esparcirse como buscando ser raíz, como queriendo enterrase en algo y los longevos del café le miran la greña entretejida y confirman que a la indiecita algo la está anegando de nostalgia y aturdimiento el alma.
Jacinta es mesera, pero también es otra cosa mágica y sagrada en ese café. Sin ella, ese lugar estaría frío como una cueva abandonada, pero ella lo llena, lo hace habitable. Lo primero que llama la atención en Jacinta es su cascada de cabello que le crece brillante y carmesí por todos lados, que le impone una presencia vegetal húmeda y que se extiende hasta imponerse sobre cualquier espacio que explore. Lo segundo es su mirada, una mirada de animal solitario, de desierto, de lejana tierra difícil, de extensión y vibración cósmica; mirada que olisquea, que avizora, que busca noches estrelladas y campos casi perdidos en la tiniebla.
Jacinta nació en el norte, dónde las carreteras están repletas de nidos de periquitos y los postes se caen por el peso de esos hormigueros de paja que van agrandándose a medida que se reproducen o se mueren los pajaritos.
En ese norte de tierra roja y descolorida que pareciera hecha solo para perpetrar la erosión o el deliro, en esa tierra de montañas pequeñas, rapadas, peinadas en estratos y colores, Jacinta aprendió a llamar a las alpacas con la caricia de su cabello.
Toda la infancia fue pastorear y mimarse el cabello y ver, a veces, un ñandú, medio loco, correr por todo el desierto sin ton ni son o presenciar el nacimiento de un remolino de aire y tierra, pequeñito, en medio de la erosión.
Pero un día, toda la familia se fue para la ciudad, una ciudad también del norte, casi insular y orillada a la frontera como si la ciudad y la familia estuvieran huyendo o escondiéndose de algo y allí, Jacinta leyó por primera vez a Ciorán y comenzó a partirse en dos y a irse de noche por los bulevares y los malecones, a caminar por caminar, mientras el cabello le seguía creciendo y escuchaba las primeras canciones de Sabina.
Con los años olvidó a Ciorán y se enamoró de Trakl y de Keats y un día en la biblioteca pública vio un libro de Pizarnik y entonces comenzó a llorar en las mañanas, a sentirse perdida en todos lados, mientras el cabello seguía creciendo y solo las canciones de Sabina lograban darle algún consuelo.
A los once años su padre la abandonó, a ella, a sus tres hermanas y a su madre y las dejó encerradas, el muy varón, en un desconsuelo inconmensurable y entonces Jacinta empezó a amar a los hombres de una manera dolorosa.
A los doce años, su madre se encerró a dormir y a fumar y a desaparecerse en un silencio apabullante y un día le dio por irse también.
Jacinta aprendió a cocinar papas congeladas y podridas y pudo proteger a sus hermanas el tiempo suficiente para que un buen fin de semana fueran rescatadas por unos tíos. Las tres chicas se largaron en un silencio cabizbajo, con unas pequeñas maletas, de la casa que antes había tenido una familia. Jacinta abrazó a sus tres hermanitas, ignoró a sus tíos y sin maleta alguna comenzó a caminar la ciudad de trabajo en trabajo mientras el cabello le crecía y escuchaba a Sabina.
Lo que más les gustaba a los clientes del café dónde trabajaba Jacinta eran las entusiastas charlas que ella hacía de la vida, a los diez y siete años ya había leído A Clarice Lispector y solía abordar la noche por el lado más entregado al desaliento.
Sus amigos eran chicos de las villas, maleantes con cara de niños todavía, que solo sabían levantar las manos para cantar una cumbia de gánsteres y que la besaban en cualquier esquina con ganas terribles de arrancarle los senos.
Pero a Jacinta le gustaba vestirse con pantalones anchos que solamente le dejaran agarrado el culo a sus piernas duras para dejar claro que sabía patear y correr al mismo tiempo. Usaba gabanes, regalados, y bufandas porque amaba el frío y siempre, como si fuera su sello personal, llevaba el cabello suelto y escuchaba a Sabina que se había convertido en su droga, en ese mundo que escuchaba mejor que toda la realidad y que le sacudía por dentro hasta hacerla sonar como un palo de agua.
Por eso, cuando Jacinta se ató el cabello y todos le vieron por primera vez la cara despejada de sueños y tristezas supieron que algo estaba muriendo en la indiecita. Los ancianos se reunieron a cavilar, como sabios de alguna Alejandría, y pensaron que lo mejor sería regalarle más libros o por lo menos otorgarle otro destino.
—En Corrientes hay un barcito, se le llama Sabina, porque no vas, al toque empezás a laburar…
Jacinta escucha que existe un bar que se llama Sabina y por más filosofía que le sale de los poros, por más poesía y marihuana y alcohol que tiene entre los pechos y las piernas, no hay nada que valga más que el nombre de su cantante favorito, así que se deshace la trenza, se quita el delantal, y sale y se sube en el primer bus que va para Corrientes y como si fuera la primera vez que se soltara el cabello en su vida; la ventana y la brisa se confunden.
Quizás nunca llegue a conocer a Sabina, pero, por lo menos, irá a un bar que tiene su nombre y en él, escuchará todas las canciones. Se lo promete, mientras se queda dormida de golpe frente a la noche que cae contra el vidrio.
Corrientes es una ciudad húmeda que siempre está cerrada y sola como si se tratara de una ciudad prohibida. Pero Corrientes tiene el río y el río y los puentes la circundan y los árboles le crecen gigantes a la orilla como cíclopes ciegos y moribundos que de pronto les hubiera dado por sentarse a mojarse los pies en el agua. Al fondo siempre están los edificios y las luces titilando y la ciudad es como una taberna al fondo de una calle.
Con todo y eso, Jacinta se baja y comienza a vagabundear por la ciudad.
La noche comienza a sacar de golpe a todos los hombres de sus aburrimientos y es como si se empezara una caza de mujeres y de deseos inevitables. De todas las esquinas del viento y de la noche le llegan piropos y ella lo único que hace es preguntar qué dónde queda el Sabina.
—Dale que te acompaño —le dice uno que se queda medio perdido mirándole el cabello— pero vas a tener que conseguir un disfraz porque esta noche hay concurso y así no vas a poder entrar.
Jacinta se sube y mientras la calle se convierte en un tubo de silencio, piensa en un disfraz, pero nada le llega a su excitación, a su momento de euforia y desconocimiento total y entonces deja que la corriente de tiempo y la velocidad la lleven de la mano hasta una idea.
El hombre le habla torpemente, quiere algo con ella, pero no sabe cómo llegarle, como acercarla a su soledad. Jacinta reconoce muy bien esta clase de languidecimientos que van por el borde intentándolo todo con desesperanza y sabe que una mirada amistosa les basta.
Cuando llegan, Jacinta se queda atolondrada al frente del bar, le tiemblan las manos y por primera vez puede escuchar su corazón latiendo.
Lo ha logrado, ha llegado hasta el bar, ha cumplido con una promesa y se siente completa, pero la felicidad es tanta que cada parte de su cuerpo está en cualquier parte menos donde debería estar.
Una chica, vestida de compadrito, sale a fumarse un cigarro, mira a Jacinta, la detalla y le ofrece algo para que fume y calme los nervios.
Jacinta la ha visto pero es como un cristal limpio y la ignora.
Esta embelesada en su dicha. Mira las letras de neón, la puerta hacia su paraíso y entre tanto pensamiento atropellado le parece genial que hayan tenido ese detalle en el pórtico del bar. Que hayan tallado las puertas del infierno de Rodin, es algo que supera el umbral de lo alucinante. Es promover una grieta en lo invisible y ella es por una noche no la Cenicienta pero si Alicia.
Jacinta siente que nada más espectacular podrá sucederle en la vida. El hombre que la ha traído le abre la puerta y una brisa caliente, esotérica le mece el cabello como si una transparente criatura estuviera acariciando a una bestia. Todo el cabello se le viene encima y se le enreda y se hace follaje o maraña o travesura y a ella se le ocurre, de golpe, una idea.
Jacinta mira a la chica que fuma y le pide un lápiz para delinear, la chica comprende y le desea suerte mientras ve entrar a ese exótico animal excitado. Jacinta busca el único baño y se encierra. Pasan unos minutos y una fila de vejigas comienza a crecer ante la puerta.
—Dale piba, hacela corta q necesito el biorsi.
Pero Jacinta no abre. Un puñetazo de gritos comienza a rebotar por todo el túnel donde la música llega como un radio escondido. Pero Jacinta no sale.
Cuando la puerta del baño se abre, todos los hombres de la fila se quedan hechizados y entonces algo que se reúne y se agolpa en una sola frase plural se escucha:
—Apa...q bonita quedaste piba...así, seguro ganas el concurso, al menos yo te voto!!!
Y Jacinta ya no es Jacinta, es otra cosa, no es un disfraz, es otra cosa, se ha trenzado el cabello de nuevo, pero esta vez, la larga raíz esplendente se la ha enredado alrededor de la cabeza como un turbante y se ha partido la frente, tan repleta de desorden, a la mitad. Toda ella ha quedado de pronto como untada por el latigazo de una goma brillante y húmeda que le peina a manera de jarrón la cabeza, a manera de florero y carcaza. Jacinta se ha unido las cejas con la tinta del lápiz y se ha pellizcado los pómulos hasta recordar su infancia entre las alpacas.
Alguien le pone una bufanda manta y una chica que está torpemente vestida de campesina le pasa, de su canasto, unas flores para que ella se las ponga en la cabeza. Al terminar el pasillo y salir a la fiesta, Jacinta no es Jacinta es Frida Kahlo y todos se quedan mudos y no sienten envidia de saber que ya perdieron el concurso.
A la media noche el fallo del jurado ya tiene los dos finalistas, Frida y un mimo se miran. Muy adentro hay una Jacinta que llora, que gime, que no sabe si vivir o morir al mismo tiempo. Y la felicidad ya no tiene nombre sino una noche.
Todo cuanto pensaba ha sido superado por la realidad y ahora tiene que vivirlo como vive todas las canciones de Sabina. Una lágrima, que bien podría ser toda la felicidad, se le escurre cara abajo.
Alguien la alza, otro menciona que la ganadora indiscutible es ella y otro más le extiende un sobre.
Frida mira el sobre con indiferencia, no quiere dinero alguno, está viviendo en una canción de su cantante favorito, está en el cielo. El mejor premio ha sido esa noche y nadie lo sabe.
La fiesta continua y Frida besa a varios hombres y varios hombres intentan besar a Jacinta, pero Jacinta está adentro, encerrada entre la música, escuchando extasiada a Sabina.
La fiesta termina y todos van saliendo con sus encuentros infinitos, con la caricia y el brebaje uncido al sexo y con la noche exhortando hacia otra aventura. Algunos no salen y otros se van apagando por la calle, vomitando, durmiéndose, tambaleándose como si un terremoto perpetuo los llevara hacia la resaca.
Jacinta está afuera, un poco despeinada, con la trenza desahuciada por tanto vino y abrazo y las cejas han vuelto a ser dos siluetas de pájaros volando separadas encima de sus ojos.
Jacinta está estupefacta, ha logrado un sueño y del fondo del sueño ha logrado sacar un imposible como un instante.
Quién le va a creer, mañana, que en una noche conoció toda la felicidad.
Entonces recuerda que tiene una prueba, hay un sobre de ganadora entre sus manos, con eso bastará para que el recuerdo nos sea solo una palabra tartamuda de alegría en la garganta.
Jacinta abre el sobre.
No lo puede creer.
Es un boleto para ir a un concierto de Sabina.
