Zeuxis Vargas
“La física contemporánea sospecha que dos cosas distintas pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo”.1
Una partícula de ceniza flotó en el aire hasta posarse sobre uno de los bigotes. El gato se desperezó, se estiró y comenzó a deambular por la sala, afuera la nieve caía lenta y aburrida de sí misma, aquel paisaje navideño tenía la perfidia de esas bolas de cristal donde la nieve nunca es nieve y sin embargo, cuando se sacude el artefacto pareciera que, de pronto, se hubiese encerrado todo un temporal en aquella esfera. Adentro el fuego de la chimenea parecía un perro con la lengua afuera, ansioso por quitarle, a un niño, una golosina de las manos. A veces crecía y otras menguaba hasta ser un pequeño ardor pero la mayoría del tiempo se mantenía como papel crepe ondeando en el silencio de la oficina como un pabellón izado y olvidado.
Los ojos del felino observaron las llamas y como si acabaran de percatarse de todo cuanto había a su alrededor, motivaron al gato a una ronda monótona sobre los objetos.
La fogata crepitaba desde el fondo amenazante como las fauces de un animal dormido. Todo parecía irreal a su alrededor, mientras el resto de vecindario rebosaba en adornos, mientras el mundo circundante a la casa cárcel se desbordaba en una naturaleza de verdes y rojos artificiales donde árboles de plástico y estrellas de papel se multiplicaban como dioses, en el interior de la soledad solo había un tibio silencio cobijando los objetos más comunes. Las paredes, desnudas de bastones y guirnaldas, solo permitían retratos domésticos y un tapiz que parecía una cobija puesta a orear en el desamparo.
Su amo lo había dejado encerrado, lo había dejado en aquella casa, enorme y desalojada, justo el día que el más odiaba. Aquella jaula infinita de pasillos y barandales de madera parecía crecer con maldad. Al otro lado de la pared se escuchaban los pasos de los hijos de los vecinos bajando las escaleras. De seguro iban a ver que les habían dejado de regalo bajo el árbol de navidad.
Ya casi eran las doce, todas las casas centelleaban en luces y se podía observar a través de la ventana como resplandecían los coros y los villancicos en el calor familiar de aquel suburbio levantando sobre el desierto.
El gato comenzó a estresarse, desubicado caminaba de un lado para otro temeroso de algún peligro, los movimientos afelpados le daban a la sombra felina un porte virtuoso y dubitativo. La delgadez elástica cambiaba de posición, daba vueltas, se detenía, miraba con desespero el reloj que no entendería nunca y de vez en cuando maullaba. La figura estilizada y gris no consentía la soledad, desde pequeño había sido rescatado de ella y no toleraba, por lo tanto, el mínimo gesto de abandono que hiciera perder su frágil seguridad y confort.
Gibbins lo había encontrado en el hangar número cuatro donde se estaba rodando el incidente de la taberna de la película Fuego con fuego. Aquel día los operarios habían encontrado tres gatos recién nacidos entre los sacos de harina. Gibbins detuvo la filmación, dejó que su equipo escogiera dos de los gatos y se quedó con el tercero.
Al principio no se podía suponer nada respecto al felino pero con los años Gibbins se fue dando cuenta de la enorme similitud que ostentaba su gato con el gato egipcio que había debutado en su película La hoguera. Quizás no había sido un gato sino una gata la que había protagonizado el papel de la mascota de Cleopatra. A lo mejor un gato de los otros estudios o uno vagabundo había conseguido perpetuar un linaje y la gata había escondido entre os sacos de harina las consecuencias de su aventura.
Esta conjetura fue una de las anécdotas que más asombraba a las amantes que continuamente visitaban su casa en los suburbios. Al parecer la piedad estallaba en las mujeres una corriente de lujuria incontenible.
El gato se había convertido en la mascota preferida y en un talismán erótico. Pero Gibbins, no sabía ser dueño de un animal, al parecer solo sabía compartir anécdotas falsas sobre los cuidados y la relación que mantenía hacia su mascota. Rara vez se le veía en casa y más raras eran las veces que se le podía sorprender mimando al animal, el felino pasaba la mayor parte del tiempo solo y furioso, no obstante, la llegada de su amo era un verdadero fenómeno dentro de los días del animal, ya que había una especie de cariño aristocrático, grandes abastecimientos de comida y una algarabía de cuerpos desnudos por toda la casa.
Aquella noche el increíble gato estaba más desamparado que nunca. Se había mal acostumbrado a la presencia ebria y nocturna de su dueño cada fin de semana, se había vuelto dependiente a ese insomnio humano que lo perseguía y jugaba con él hasta el amanecer llenándole es estomago de chucherías. Pero este fin de semana el amo no tan solo había venido para irse de nuevo.
Gibbins dejó en el equipo de sonido una lista de música reproduciéndose para que el gato no se sintiera solo y dejó la fogata encendida para que no sintiera frio, pero el gato no entendía la música, aquel ruido iba y venía sobre su presente sin causarle ninguna sensación placentera. La chimenea, en cambio, era algo amenazante, las llamas, que flameaban, que crecían y disminuían parecían querer salir de su encierro e ir tras él para quemare los bigotes.
Muchas veces, desde el alféizar de la ventana, vio clavarse el sol por detrás de los tejados. Ese círculo naranja sanguinolento reverberaba en sus ojos como un espejismo sagrado. Algunos días no existía el sol, solo había un color grisáceo deshaciéndose en el horizonte, en cúmulos, como si el cielo se hubiese convertido en una pradera repleta de paquidérmicas nubes desasosegadas. Aquella errancia tumultuosa lo hacía maullar de miedo. Los niños corrían a guarecerse, los garajes se cerraban y las calles quedaban desiertas. Tan solo los árboles, acribillados por las ráfagas del viento húmedo que pasaban, silbado invisibles, como bolas de heno del oeste, resistían el embate de esa conflagración celestial.
El gato reconocía estas tardes y aquellas temperaturas vehementes que dilataban la sangre de los metales y hacían que las puertas se trancaran.
Desde su mundo había aprendido a observar el mundo de los humanos allá afuera. Las ventanas eran esas claraboyas mágicas que lo llevaban a reconocer una realidad que confundía con la mayoría de sus somnolencias faraónicas o sus sueños sagrados
La casa parecía siempre vacía. De no ser, porque algunos de los moradores del barrio lo habían visto sentado en el rebajo de las ventanas como una esfinge mirando algo tan lejano que ninguna otra criatura podía observar, hubiesen dado por seguro que aquella vivienda estaba abandonada.
Poco a poco los vecinos fueron reconociendo en aquel gato una presencia necesaria para sus tardes. La niña pasaba y le sonreía y les señalaba a sus amigas el gato increíble, el gato egipcio.
—Ves esa casa, dicen que está embrujada, yo he visto el gato que cuida la casa, es como esos que salen en las películas de Egipto, no tiene pelos, mi mamá dice que en su mirada se puede leer el futuro. Si quieres no quedamos un rato y te aseguro que podrás verlo ―le afirmaba un niño a su amiguito, mirando con concentrada expectativa las ventanas altas del ático de la casa.
Arrinconado, atento al fulgor peligroso de la lumbre, escuchó la algarabía de los niños en la casa aledaña. El padre repartiendo los regalos, los niños despedazando los envoltorios, sacando los objetos preciados, gritando, corriendo como perros que acaban de ver a su amo en la entrada de la casa, la madre sirviendo los bizcochos e imponiendo el orden en la mesa, el perro jadeando, los villancicos estrangulándolo todo. La orquesta de inventada felicidad traspasaba las paredes de madera y se le metía en los oídos, irritándolo.
Todo aquello era tan patético, tan desmesurado y falso. No eran agradables aquellas puestas en escena que realizaban los humanos para conmemorar de alguna manera el afecto. Para el gato era claro y veraz el hecho de una mano resbalando por su lomo, la mirada tierna comunicándole el apego. No había mayor prueba de la devoción que la presencia misma. Pero para él, esas experiencias estaban negadas, su amo pocas veces se aparecía y cuando se trataba de demostrar cariño no hacía más que fastidiarlo. Sin embargo, sabía que lo quería, la casa estaba repleta de su retrato en todas las fotografías. No había un día en que Gibbins no le tomara una fotografía, en esos días escasos de carne y hueso de su amo, no había momento en que no lo pusiera aquí o allá para captarlo en alguna en agua pose misteriosa o cómica. El lente de la cámara lo seguía por toda la casa como si fuera la boca de un fusil. Esa inexplicable forma del amor, era la que el gato conocía.
Todos estaban celebrándola navidad, hasta el amo estaría celebrando en alguna taberna con alguna actriz o modelo ese día en que el mundo fraternizaba unánimemente por unos cuantos segundos. El gato se sintió lleno de agresividad, quería que el amo supiera que a él no le había gustado que lo dejara solo.
De un salto se encaramó al escritorio donde Gibbins solía escribir algunos de sus guiones más malos. De un manotazo tiró a la alfombra los retratos, luego, se abalanzó sobre el resto de fotografías que se hallaban en la biblioteca. El gato despedazaba, lanzaba sobre los cojines, sobre las repisas, esa, su manera más original de reproche.
Los trozos se esparcieron por toda la habitación hasta alcanzar la chimenea.
El papel comenzó a arder, a alimentar vorazmente el fuego. Un pedazo carbonizado de madera salió disparado como una palomita de maíz hacia la alfombra. El fuego aprovechó la oportunidad y comenzó a devorarlo todo.
El gato se espantó, corría de un lado para otro y en un impulso último por salvar la vida se lanzó contra la ventana. El fuego comenzó a consumirlo todo.
Los vecinos alertados por las llamas, empezaron a pedir auxilio y acercarse curiosos como una ola que va aumentando a medida que se acerca a la playa.
—Mira, la casa del señor Matheson se está incendiando ―dijo una niña que salía a la calle en piyama abrazada a su nuevo oso de peluche.
El fuego se extendía acabando con todo. El gato estaba acorralado. Unos niños se percataron del animal y comenzaron a llorar. Lo más probable era que el felino muriera ya que los bomberos tardarían en llegar y nadie de los vecinos se atrevía a entrar en ese infierno.
Una anciana había comenzado a lamentar el siniestro cuando apareció un carro a toda velocidad, el auto chocó contra las vallas del jardín y fue a detenerse contra los primeros escalones de la terraza. Allí se paralizó como un pedazo de meteorito que acabara de caer sobre la tierra. La puerta del conductor se abrió y un viejo, tambaleante, se bajó como si fuera un borracho que acaban de echar de una taberna.
—¡Señor Matheson! ―gritó una voz―. Salve el gatito de por Dios.
—En donde está mi gato ―respondió el anciano al borde de un ataque cardiaco.
—En su oficina, justo donde está la chimenea… ahí lo vieron mis hijos por última vez. El humo ya no permite observar nada ―exclamó una señora, que con la voz de madre angustiada solicitaba un milagro.
Matheson se arrojó sobre la puerta, cayó adentro, sobre las llamas, el fuego lo envolvía y el humo lo ahogaba. Pero se levantó decidido a salvar a su mascota.
El gato vio al hombre tumbar la puerta, lo vio atravesar el vestíbulo, lo vio quemarse, lo vio gritar y lo vio mirándolo. Era Gibbins, su amo, que venía en su auxilio.
Esa vez no se trataba de las inconfundibles películas que tanto le gustaba grabar a Gibbins, esta vez las llagas y las ampollas le desfiguraban la piel y los brazos. El amo avanzó, entre las llamas, resuelto a salvarlo. Como en la película Quemaduras de tercer grado, el hombre luchaba hendiendo a manotazos las llamaradas pero el terror de morir quemado lo asustó y se percató de que si seguía imitado al héroe de sus películas, lo más probable era que moriría calcinado. Gibbins llegó como pudo hasta la oficina, agarró al gato y lo apretó contra su pecho para mantenerlo lejos de las llamas que como espíritus malignos se abalanzaban sin piedad. El fuego que le quemaba los pantalones le hizo soltar al gato mientras dejaba escapar un grito despavorido, las llamas lo habían atrapado, el barandal del segundo piso se desplomó y los maderos al rojo vivo los aplastaron.
Ninguno de los tuvo tiempo de nada. Conformado a su suerte el increíble gato egipcio cerró los ojos mientras caía hacia el centro mismo de la chimenea. En el aire unas manos lo atraparon y saltaron con él a través de la ventana.
El cristal se hizo añicos y muchos de los trozos que cayeron se enterraron en la carne del vejete, los vecinos corrieron a socorrerlo, el gato siguió en su salto hacía la oscuridad del jardín.
—El señor Matheson lo logró mami ―gritó un niño mientras los vecinos corrían a prestarle los primeros auxilios al anciano.
—Es usted un héroe señor Matheson.
—Un hombre muy arriesgado, merece una medalla.
—Mire que poner su vida en peligro por salvar a un gato.
—Es lo único que tenía y que debía salvar señora ―respondió Matheson.
Los aplausos comenzaron tan espontáneamente como había comenzado el incendio y lo acompañaron mientras dos madres le curaban las heridas.
—¿Dónde está mi gato?
Escondido entre las plantas del jardín el gato observaba al anciano. Matheson lo llamó por su nombre y el gato luego de unos dubitativos segundos, acudió al cuenco amoroso del anciano.
No sabía que había sucedido, Alguna vez, quizás, esto podía explicarlo todo, había soñado con un dueño muy joven que vivía sacándole fotografías.
Una partícula de ceniza flotó en el aire hasta posarse sobre uno de los bigotes. El tiempo desapareció con sus pesadillas y el gato volvió al presente.
Los brazos del anciano que lo acariciaban con fervor desmedido eran la prueba verdadera del afecto. El gato se arrellanó hasta convertirse en un ovillo de ronroneos, mientras veía como las llamas consumían poco a poco toda la casa.
—Esta casa está maldita señor Matheson, hace cinco años un incendió en plena navidad casi acaba con todo el vecindario. Dicen que el dueño de la casa tomó unas copas de más y que se quedó dormido. Fue la única víctima fatal. Gracias Dios a usted no le pasó nada.
El anciano acarició al gato, veía como el fuego desaparecía para siempre la vivienda. Sin embargo, sonreía, había salvado lo esencial.2
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Notas:
1. Esta frase figura al final del primer párrafo de la presentación “Julio Cortázar, o la construcción de la figura”, escrita, de manera anónima o quizás por el editor, para la antología “El perseguidor y otros relatos”. El libro se encuentra en forma digital en Epub, editada por “mjge” en noviembre 3 de 2014
2. Osvaldo Soriano en su libro Cómicos, tiranos y leyendas. Papeles dispersos. 2012. Cuenta que Richard Matheson, el autor de Soy leyenda, “ya viejo, se jugó la vida en el incendio de California para salvar a su gato”. Lo interesante (esto también lo comenta Soriano) es que “un tal Duncan Gibbins ― director de cine de las películas Fuego con fuego y Quemaduras de tercer grado ―, en la misma situación, por salvar a su gato murió en el intento.
