¿POR QUÉ SOLO LES DUELE A LAS MUJERES?

 Helen Garner


Una tarde de la primavera de 1972, tranquilicé a mi clase de primero llena de niños de trece años y emprendimos diligentemente el aprendizaje sobre la Grecia Antigua. Con ayuda del único material del aula que no estaba descaradamente desfasado, me las había apañado para organizar un pequeño número sobre los roles de género en la antigüedad comparados con los actuales. (Todo ello para compensar haber repartido dieciocho ejemplares de un libro tan lamentable como Looking at Ancient History.)

Vale, que todo el mundo vaya a la página 51. Crujir de páginas. Un momento de silencio mientras todos nos quedamos mirando, fascinados, los garabatos con que otras clases han desfigurado la representación de un atleta griego: en casi todos los ejemplares se ha añadido con bolígrafo grueso una polla monstruosa con un chorro colosal de esperma acertando en el blanco, el coño de una mujer en la página opuesta que muestra recatadamente los pliegues de un quitón jónico. Veintinueve pares de ojos se miran en los míos.

—¡Señorita! —se aventura Tania—. ¡Mire lo que hay en mi libro!

Lo levanta y un silbido de excitación recorre el aula. Giro mi ejemplar para enseñarles otros adornos similares: sus ojos se clavan en mi cara a la espera de la señal. No puedo evitarlo, en realidad, ni siquiera lo intento. Me echo a reír y de repente se desmadran, todos se levantan de las sillas, Angelo sacude violentamente las caderas imitando a un conejo follando, Georgia se ha sonrojado y me sonríe de soslayo. Paul ha escondido la cabeza entre los brazos y solo asoman sus ojos histéricos, espiándome. Cathy brama con envidia: «¡En mi libro no hay nada!».

Calmaos todos, a ver si podemos trabajar un poco. Leemos la página 51 y la pasamos; que baje Dios y lo vea si no hay dos hombres follando (so pretexto de practicar la lucha griega) completamente desnudos, en cueros. Más risas eufóricas, patadas al suelo, ojos en blanco, chillidos, gritos de «¡Señorita! ¡Señorita!».

Me veo obligada a enfrentarme a la realidad. Está claro que no tiene sentido intentar que miren cualquier otra cosa de la página que no sean las asombrosas ilustraciones. Comprendo que no puedo dejar pasar la ocasión. Todas las discusiones aburridas en las reuniones de profesores sobre los cursos de educación sexual de pronto no vienen al caso. De modo que les digo, mirad, la razón por la que dibujan estas cosas y por la que estos dibujos nos hacen reír es que el sexo es más interesante que casi todo lo demás, y también que la mayoría de los colegiales no saben tanto de sexo como deberían. ¿Queréis hablar del tema?

Un silencio incrédulo. Georgia murmura:

—¿Podemos preguntar? ¿Lo que sea? ¿Nos responderá a todo lo que le preguntemos?

Sí, responderé. Preguntad. Silencio. ¿Silencio? Veo a estos niños a diario desde comienzos de año y lo único que no quieren es guardar silencio. ¿Qué ocurre?

—Señorita —dice Angelo, rojo como un tomate—, ¿podemos anotar las preguntas en un papel?

Claro que sí. Al momento las tapas de los pupitres se levantan, Grace ha abierto el armario, bolígrafos y papel pasan de mano en mano, cuatro o cinco corrillos cuchichean enardecidamente con los culos huesudos en pompa. Risotadas y más cuchicheos, garabatos acelerados, gritos de «¿No lo sabes?», «Va... ¡Pregúntale!», «¿Cómo se escribe...?», «Venga, ¡rápido!».

A los cinco minutos tengo una montaña de papeles en la mesa y todos los alumnos están sentados y quietos, menos Drago, que escribe sin parar, con la cara ruborizada inclinada sobre el bolígrafo y mirando al resto de niños impacientes cada pocos segundos con una sonrisilla tonta y encantadora. «Dale, Drago, ¡dale! ¡Que está esperando, va!», gruñen. Paul lanza otra pregunta: «¿Podemos matar a Drago?». Por fin Drago se adelanta pesadamente y me empuja seis preguntas por encima de la mesa. Su ancho rostro yugoslavo se ve brillante y sudoroso por el esfuerzo de escribir tan rápido y acalorado por la determinación de preguntarlo todo a pesar de la presión acuciante del resto. Ahora me esperan a mí, a que coja la primera pregunta.

¿POR QUÉ SOLO LES DUELE A LAS MUJERES?

¡Ah, Georgia, ah, Rita! Miro sus caras francas, ansiosas, y pienso en que sus padres les pegan por hablar con chicos en la calle y en que no les permiten ir a la iglesia cuando tienen el periodo. Esparzo los papeles y paseo la vista por su torpe escritura.

¿CÓMO SE PRODUCE EL ESPERMA?

¿POR QUÉ A LOS HOMBRES LES GUSTA MORDERLES LAS TETAS A LAS SEÑORAS?

¿POR QUÉ LOS HOMBRES MIRAN A LAS MUJERES Y LES ENTRAN GANAS DE TOCARLAS? ¿QUÉ SIGNIfiCA?

¿POR QUÉ UNA SEÑORA NO PUEDE TENER UN BEBÉ DE VIEJA?

¿EL ACTO SEXUAL DUELE?

Antes de empezar, quiero que entendáis que las palabras que algunos consideran sucias son las mejores, las más adecuadas para hablar de sexo. Así que no pienso decir «acto sexual», voy a decir «follar», y también «polla» y «coño», mejor lo aclaramos de entrada. ¿Os parece bien?

Sin mediar palabra, Darryl se levanta del pupitre, junto a la puerta, y pasa el cerrojo.

Y arrancamos. No, follar no duele, ¡es maravilloso!, y dibujo burdos úteros en la pizarra y me señalo el cuerpo, donde creo que tengo el útero, y les explico lo que es un clítoris y para qué sirve, les cuento que no, no siempre tienes que pedir un polvo, a veces ocurre sin más.

—¿Sin más, señorita? ¿No te lo tiene que pedir tu marido?

—Señorita, ¿es verdad que hay un agujero para cagar, un agujero para mear y otro agujero para hacerlo con los chicos?

¿SOLO PUEDES FOLLAR CUANDO TIENES EL PERIODO?

¿QUÉ ES UNA GOMA?

¿PUEDES FOLLAR TODOS LOS DÍAS?

Cada pocos minutos alguien sale con otra pregunta. Enseguida empiezan a decir «follar» sin sonrojos ni risitas. Cuanto más contesto, más fácil es responder con absoluta sinceridad. No me cohíben. Están tan ávidos de información que me agotan. Suena la campana y todos se quejan: es el final de la clase. Salen de mala gana, pensando que todo ha terminado. «Hasta luego, señorita. Gracias, señorita.»

Me siento a la mesa. Me zumba la cabeza ante la sorprendente constatación de que es la única clase totalmente honesta que he impartido, de la que no se ha desperdiciado ni un segundo, en la que su atención no se ha desviado ni un instante y en la que su curiosidad ha vuelto innecesaria cualquier actitud autoritaria por mi parte. Han preguntado y les he respondido.

A la mañana siguiente, David y Chris, que el día anterior se habían saltado la clase, se me acercan corriendo en el patio, consternados.

—¡Nos hemos perdido la clase, señorita! ¿No podemos continuar esta tarde?

Sí, si queréis. Cuando entro no me encuentro el alboroto de rigor. Están sentados como estatuas y en la mesa me espera un montón de papeles de quince centímetros de altura. Les explico que me despedirán si corre la voz de que he dicho «follar» y «coño» en clase. Asienten con gesto solemne. Recojo los papeles y arrancamos de nuevo. Esta vez, dado que la mayoría ha asimilado las nociones anatómicas básicas de ayer, pasamos a refinamientos de diversa índole. También empiezan a aparecer los miedos.

¿QUÉ ES UN PERVERTIDO?

¿Y SI UNO TIENE LA POLLA DEMASIADO PEQUEÑA, PERO SE MUERE DE GANAS DE ECHAR UN POLVO?

¿SE TE PUEDE QUEDAR ATASCADA EN EL COÑO DE LA SEÑORA?

¿Y SI EL HOMBRE SE DESVÍA Y SE METE EN LA POLLA DE LA SEÑORA?

¿CÓMO CONSIGUES QUE SALGA ESPERMA?

Es el trabajo más duro que he hecho en la vida. Dibujo, interpreto. Muestro formas y acciones con las manos y el cuerpo. Angelo quiere saber cómo se mete exactamente la polla. Mientras se lo explico, asiente sin parar, imita los movimientos de agarrarse la polla y empujarla delicadamente, adelante y arriba. Nadie se ríe.

Lou, de la primera fila, clava sus ojos, bellos y serios, en mí y pregunta:

—Señorita, ¿cómo es un coño?

Les digo, como una flor, y que las chicas deberían mirarse en un espejo. Todo el mundo se ríe, pero de placer y alegría. Los chicos se vuelven a mirar a las chicas, y sus caras se ven tiernas y curiosas. Nos estamos riendo mucho; estamos haciendo bromas que son sensuales sin caer en la grosería. Intento dibujar un coño y me apuntan a gritos que le añada pelos. De sus labios salen palabras nuevas: «placentero». Oigo a Georgia practicar la palabra.

Fue fácil aportar datos, aunque me hubiese gustado tener con nosotros a un hombre cuando empecé a toparme con lagunas en mi conocimiento: por ejemplo, cuando David quiso saber qué le pasaba en las pelotas cuando se la cascaba. Las preguntas más difíciles fueron las que en el fondo preguntaban «¿Cómo es follar?». Drago quiere saber: «¿Cuánto rato tienes que aguantar la polla dentro del coño antes de soltar el jugo? ¿Una hora? ¿Dos horas?». Supongo que imagina que se deja dentro sin hacer nada. Respiro hondo e intento explicárselo, pero la descripción va degenerando y, al verles la expresión de paciencia, sencillamente me rindo. Tendréis que esperar a descubrirlo por vosotros mismos. Yo no sé describirlo. Quizá lo único que haces respondiendo a las preguntas de los niños con la mayor sinceridad es quitarles el miedo.

Las niñas se muestran más reticentes que los niños a la hora de compartir su experiencia, sin duda porque sus padres y sus hermanos las han protegido con fiereza desde pequeñas. Georgia ha besado a un chico y la consideran un oráculo en la materia. En posteriores conversaciones con las chicas, varias me han contado aterradores encuentros con inquilinos masculinos y son extremadamente susceptibles a las miradas y los silbidos callejeros.

Lo que me preguntan las chicas, una y otra vez, es: ¿UNA CHICA PUEDE PEDIRLE A UN CHICO PARA FOLLAR?

Me escudriñan ansiosamente la cara mientras respondo, ¡pues claro, por supuesto!, y cuando comento que los hombres pueden preferir compartir las tareas introductorias, los chicos se muestran de acuerdo con entusiasmo.

Llevamos un par de horas conversando cuando una de las chicas escribe: ¿PUEDES COGER UNA ENFERMEDAD POR CHUPÁRSELA A UN CHICO?

Con todo el cuidado que puedo, separo las dos cuestiones, chuparla y enfermedad venérea; confío en explicar la enfermedad venérea sin asustarlos para siempre e instilando al mismo tiempo un respeto saludable por su gravedad. A continuación hablo del placer de chupar cualquier cosa: los pechos de tu madre, una botella, un pulgar, luego un caramelo, un lápiz, un chupachup y, por último, las distintas partes del cuerpo de un amante. Me contemplan con seriedad. Quieren saber por qué iba alguien a hacer algo así. Bueno, digo, cuando quieres a alguien o te gusta follar con esa persona no se te ocurre nada, salvo dañarle en contra de su voluntad, que no estés dispuesto a hacer.

—¡Pero, señorita! —susurra alguien—. ¿Y si se corre en la boca?

Todos sonríen, pero están demasiado interesados para reírse y romper el hechizo. Les cuento que a mí también me preocupaba lo mismo, pero que aprendes libertad, aprendes que es otro placer que puedes dar o recibir.

Se forma un pequeño barullo en un rincón. «Pregúntaselo tú.» «No, yo no puedo. Tú.» Drago se gira hacia mí, ruborizado y sonriente.

—Señorita, ¿la ha chupado alguna vez?

Durante un segundo veo la situación desde la distancia: un niño acaba de preguntarle a su profesora si chupa pollas. Debería estar estupefacta, indignada, pero me miran veintinueve niños, expectantes, con la cara franca y luminosa. ¿Por qué mentir? Confían en mí. Quieren saber la verdad. Sin pausa, la respuesta simplemente resbala de mis labios con la naturalidad del siguiente tic del reloj. Sí. Sigue un segundo de silencio atónito. Para romperlo, digo con calma, bueno, supongo que os cuesta un poco imaginarme con una polla en la boca. Y entonces, en el aula 8 de la planta alta una tarde de miércoles de primavera, en el instituto cuyo nombre no puedo mencionar para que no me despidan —¿me despedirían?, ¿acaso la verdad no te hace más fuerte?—, los treinta estallamos en risotadas felices y descontroladas.

La campana anuncia el final de la jornada y los chavales recogen sus cosas alegremente y salen en tropel, despidiéndose como si hubiera sido un día cualquiera. Un chico se entretiene, el que siempre quiere charlar conmigo mientras los demás juegan. Se acerca a la mesa donde estoy sentada.

—Señorita —dice, señalando al montón desperdigado de preguntas respondidas—, ¿quiere que la ayude a destruirlas?

Nos miramos y nos echamos a reír de nuevo. Sin hablar, rompemos los papeles en trocitos minúsculos y los tiramos a la papelera.

1972

Epílogo

«¿Me despedirían?» Por supuesto que me despidieron. El presente artículo se publicó en Digger en octubre de 1972: de forma anónima, pero era fácil identificarme. El penúltimo día de ese curso escolar me citaron en el Departamento de Educación, en Treasury Place, y el subdirector de Educación Secundaria me riñó. Me preguntó si había «empleado palabras malsonantes en el aula». Clara hasta el final, contesté que sí. Me despidió en el acto. Cogí el tren de vuelta a la escuela; recuerdo que era un día de verano en Melbourne, perfecto, caluroso y seco. Para cuando llegué al aula, mi sustituta ya ocupaba la pizarra. Los críos estaban sentados a los pupitres, pálidos y llorosos. Apenas tuvimos ocasión de despedirnos.

Algunos de mis colegas pasaron el sombrero para mí, algunos de los padres me escribieron cartas cariñosas y a comienzos del curso siguiente el sindicato convocó un día de huelga... pero pronto los ánimos decayeron y la vida, como debe ser, siguió adelante.

Me ha costado volver a leer esta historia, por no hablar de publicarla otra vez. La gente ha olvidado lo estrechas, miedosas e hipócritas que eran las actitudes australianas hacia el sexo en los primeros años setenta. La «liberación sexual», en la era del sida, suena trasnochada, casi cómica, pero por entonces tenía sentido. Ahora, a los cincuenta y pico, me sobresalta la cruda ingenuidad de lo que dije e hice. Sé que para algunas personas parecerá obsceno. Lo que más recuerdo de las conversaciones, sin embargo —y entonces no era bastante buena escritora para transmitirlo— es la ternura con la que hablamos. La franqueza del lenguaje, mío y suyo, oscurece la delicadeza y urgencia de su indagación, la calidez y dulzura y curiosidad tiernas de las miradas que se cruzaron chicos y chicas salvando una divisoria donde la moneda de cambio siempre había sido la jocosidad y el insulto.

Y parece importante añadir que, entre las conversaciones y el día que me despidieron, en aquella aula transcurrieron dos meses de absoluta normalidad escolar. No volvimos a hablar de sexo ni a aludir a las conversaciones; realizamos nuestro trabajo en armonía, estudiamos y jugamos y aprendimos, como se hace en las escuelas. Las conversaciones fueron un interludio, un momento privilegiado, eléctrico, extraño, en la vida laboral de veintinueve niños y su maestra.


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