Barbara Baynton
La mujer
llevaba la bolsa con el hacha, el mazo y las cuñas; el hombre, el cazo y las
bolsas limpias de la comida. La sierra la llevaban entre los dos, de modo que
parecía que caminaban unidos por ella. La mujer era más alta que el hombre, y
la firmeza de su cuerpo, tan distinto del de él, que caminaba con flojera,
arrastrando los pies y dejando caer los hombros, hacía que la diferencia entre
ambos resultara más evidente. Los hombres la llamaban «la compañera de
Squeaker», y todos parecían estar de acuerdo en que no había mejor camarada de
pelo largo capaz de medir con pasos la longitud de una parcela con unas enaguas
puestas. Las mujeres de los colonos agrícolas1 habían intentado retarla a que
se pusiera unas ropas más femeninas, pero la compañera de Squeaker no les hizo
ni caso, si es que llegó a escuchar siquiera lo que querían.
Nueve postes y
tal vez dieciséis travesaños… Ella calculó que ese árbol sería pan comido.
—Vamos —le
dijo al hombre para animarlo—. A por él.
Sacó el hacha
de la bolsa y abrió a tajazos un círculo completo en la corteza, mientras él
buscaba un lugar con sombra para poner el cazo y las bolsas de la comida.
—Venga.
Ella lo estaba
esperando con la sierra engrasada, y él se acercó por fin. La herramienta
rechinó cuando empezó a serrar unos pocos centímetros, pero entonces él se
detuvo y miró al sol.
—Es casi la
hora de comer —dijo. Y, como ella no le prestó atención, exclamó con una
energía repentina—: ¡Mira! ¡Ahí va otra abeja! Espera. Tú sigue con el hacha y
yo voy a ver de dónde viene.
Cuando estaban
de camino ya habían perseguido a una abeja hasta dar con la colmena. Ahora ella
no fue capaz de ver ninguna, a pesar de que sus ojos grises eran tan agudos y
penetrantes como los de una aborigen, pero ya sabía cómo se las gastaba aquel
hombre. Para todos era un misterio de los grandes por qué tenía tanta paciencia
con él.
Sacó la
sierra, se escupió en las manos y empezó a golpear con el hacha el lado más
inclinado del árbol.
Lo que no
sabía era que, durante un prolongado periodo de tiempo, de forma secreta e
ininterrumpida, los gusanos se habían encargado de ir carcomiendo las entrañas
del tronco. Así que la hoja del hacha se hundió en la madera con demasiada
suavidad, y los bordes heridos del árbol se cerraron sobre el filo y lo
atraparon como un cepo. En las ramas más altas se produjo un estremecimiento que
parecía indicar que el árbol se había «reasentado». Ella lo oyó y comprendió lo
que significaba. El hombre, animado por los sonidos del hacha, había regresado
con una brazada de palos para calentar el cazo, y gritó con entusiasmo:
—¡Cae!
¡Cuidado!
Pero ella
esperó a recuperar el hacha.
Y el árbol,
efectivamente, se desplomó con un crujido estremecedor. Ella se apartó por fin.
Pero una gruesa rama carcomida se había partido justo antes y fue a caerle
encima cuando se estaba alejando.
—Mira que te
lo he dicho. Que tuvieras cuidado —le recordó él mientras alzaba la pesada rama
con otro palo, a modo de palanca, gruñendo con cierta preocupación—: Ahora sal
de ahí. Rapidito.
Ella lo
intentó. Intentó hacer lo que él le decía. Haz esto. Haz lo otro. Hacia la derecha.
Hacia la izquierda. Al principio logró mover los brazos y la parte superior del
cuerpo. Pero ahí se quedó. No pudo moverse más.
El hombre
parecía nervioso, ya que ahora era él quien tenía que actuar y hacer uso de su
fuerza. Por lo general, su manera de levantar los objetos más pesados consistía
en emitir un gruñido exagerado en el momento apropiado, como si estuviera
haciendo un esfuerzo descomunal. No le importaría, al parecer, soltar la
palanca y dejar que la rama volviera a caerle encima. Y le dijo que lo haría
«si no se movía de una vez».
Cerca de él
había un pequeño trozo de madera. Con un pie logró acercarlo y fue colocándolo
poco a poco en la posición perfecta para que sirviera de punto de apoyo para la
palanca. A continuación, consiguió arrastrar a su compañera y sacarla de debajo
de la rama.
La puso boca
arriba y se quedó mirándola como si esperara algún tipo de agradecimiento por
todo su sacrificio, pero ella se mantuvo en silencio. Como aún no se había dado
cuenta de que el hacha que había tratado de salvar había ido a parar debajo del
tronco, él se lo dijo. Ella se preocupaba a diario de que todas sus posesiones
se mantuvieran en buen estado y las trataba casi con ternura, como si fueran
sus amigas. Pero no le importó que el hacha se hubiera roto y que estuviera
medio enterrada debajo del árbol. A él le extrañó, ya que la semana anterior la
había visto picar la madera astillada adherida a la antigua cabeza del hacha, y
ponerle un mango nuevo.
—¿Estás mal?
—le preguntó por fin.
—La pipa.
Tráemela —respondió ella con los labios flojos.
Las dos pipas
se encontraban en la división del tronco de un árbol cercano. Él cogió la suya,
sacudió las cenizas, la llenó, cogió un carbón y dio unas caladas hasta
encenderla. Luego llenó la de ella. Sirviéndose de un pequeño atizador, le
tendió la pipa y ella alzó una mano tembloro-sa y logró cogerla, aunque muy
desmayadamente. No habría sido extraño que se le hubiera caído al suelo. No
obstante, se las arregló con gran esfuerzo para llevársela a la boca. Un
segundo después, él perdió del todo la paciencia al ver cómo intentaba
prenderla con una mano convulsa que no lograba acercar el fuego a su destino.
—Date prisa
—dijo—. Ese maldito perro está rondando la comida.
De mala gana,
él le incrustó la pipa en la mano, pero ella no pudo mantenerla alzada y dejó
que le cayera como un plomo sobre el pecho. El carbón que empleaban para
encender las pipas rodó hasta quedar entre uno de sus brazos desnudos y el
vestido, y empezó a quemarle lentamente la carne y a prenderle la ropa.
Mientras, él fue a rescatar la comida de los olfateos de su propio perro,
gritándole hasta que el animal se perdió de vista. El perro de ella, en cambio,
seguía tumbado junto a su ama, cerca de su cabeza.
El hombre puso
el cazo al fuego y después volvió con ella.
La pipa se le
había caído de los labios. Había sangre en la boquilla.
—¿Es que te
has mordido la lengua? —le preguntó.
Ella solía
hacer caso omiso de las pequeñeces, y él lo sabía. De modo que aceptó su
silencio, aunque sí le dijo que se le había prendido el vestido. Como tampoco
entonces pareció prestarle atención, él se agachó y consiguió que el vestido
dejara de arder. Se quedó mirando la piel del brazo quemado, y luego la miró a
ella largamente. Había alzado sus ojos al cielo y, sin pestañear, los mantenía
fijos en la distancia, con los labios tristemente separados; una extraña
grisura se le había asentado en el rostro. Las gotas de sudor se le iban
extendiendo por la cara, cruzándose unas con otras.
—¿Qué tal un
trago de té? ¿Tienes sueño?
Partió una
rama verde del árbol derribado y la agitó ante su propia cara para apartar a
las moscas que habían salido de él.
Cuando volvió
a mirarla, se preguntó por qué estaría sudando si no se movía ni hacía nada. De
una manera poco lúcida, se preguntó por qué no se apartaba las moscas de la
boca y los ojos. Si no se las quitaba de encima, se le iban a hinchar los ojos,
con todas aquellas moscas pululando por ahí. Y, si se había quedado dormida,
¿por qué no los cerraba?
Estuviera
dormida o despierta, él se alejó cuando el contenido del cazo comenzó a hervir.
Se preparó el té y empezó a comer. Su perro había desaparecido y, como no
atendía a sus silbidos, le echó las sobras al de ella; sin embargo, este no se
apartó de donde se había sentado, cerca de la cabeza de la mujer, a pesar de la
comida que le estaban ofreciendo.
Él siguió
silbando la única canción que se sabía, sin mucha entonación, marcando el ritmo
con los golpecitos de un palo en la punta de la bota. Luego alzó la mirada,
observó la posición del sol y calculó que debía de llevar ahí tumbada, sin
moverse, como cerca de una hora. Vio que el mango del hacha se había partido en
dos puntos distintos, y se preguntó, sin llegar a profundizar en su
pensamiento, si ella volvería a usar aquel mango roto o si preferiría
desecharlo de una vez. Eso es lo que él haría, lo menos problemático. Sobre
todo si se había estropeado el filo de la cuchilla. Examinó los rastros de los
gusanos en el tocón y en las ramas del árbol recién caído. Fue alzando los ojos
sobre el perfil del tronco y finalmente abarcó con la mirada toda la llanura.
Las ovejas se estaban dispersando y, de seguir así, se vería obligado a meterse
entre ellas para rodearlas a todas y volver a reunirlas en un único rebaño. Si
ella no se levantaba y se recuperaba de una vez, tendría que ser él quien se
encargara de cerrarlas esa noche. Volvió a mirarla y volvió a comprobar que
seguía igual, de modo que empezó a silbar con otro tono para llamar a su perro,
que se había escondido.
—Vamos, viejo
—le ordenó al perro de ella—. ¡Tráelas!
Siguió
silbando, para darle más instrucciones sobre lo que quería que hiciera,
mientras se golpeaba el muslo y señalaba a las ovejas con todo tipo de gestos.
Pero los
pliegues y los surcos dibujados a cada lado de la boca cerrada del animal le
dieron a entender que no iba a hacerle caso y que se mantendría firme en su
desobediencia. El perro solo iría si ella se lo ordenaba, y tendría que hacerlo
tarde o temprano.
Encendió su
pipa y estuvo media hora fumando, matando el tiempo. Con la frugalidad que se
deriva de haber tenido que trabajar mucho para conseguir algo, ella solía
restringir tanto su propio tabaco como el de él, así que no iba a poder fumar
en toda la tarde. No tenía a nadie detrás diciéndole lo que debía y no debía
hacer, y no había nadie de quien huir para escaquearse, por lo que las horas
comenzaron a hacérsele eternas. Fue entonces cuando vio cómo un varano trepaba
por un árbol. Hizo acopio de unos cuantos misiles y trató en vano de acertar en
el cuerpo del reptil, que parecía estar riéndose de él. Al poco regresó y le
robó a su compañera un montoncito de tabaco. El suficiente para llenarse la
pipa. Mientras fumaba, vio cómo pasaba un carro blanco inclinado hacia un lado.
Se levantó de
un salto.
—Ahí va Red
Bob. Ya ha recogido la miel y viene a casa para pagárnosla —dijo—. Voy a pesar
lo que lleva y a que nos dé el dinero.
Corrió hacia
el carro mientras miraba hacia atrás como si temiera que ella fuera a seguirlo
para desbaratarle los planes.
A Red Bob,
como comerciante, le preocupó, desde una perspectiva mercantil, que la
compañera de Squeaker estuviera «durmiendo porque le había caído un árbol
encima». En su vida había conocido a nadie que se encargara del filtrado y el
calentamiento de la miel como ella. Era una mujer recta y cuadriculada. Jamás
le echaría agua a la miel, ni después de haberla calentado ni simplemente tras
filtrarla, y, en cada lata de queroseno, el peso de la miel era exactamente el
que ella decía, hasta el último gramo, con una precisión absoluta. Además, a
Red Bob no le apetecía pagar a Squeaker, al que veía tan indecentemente
ansioso, antes de haber comprobado cómo estaba la mujer. Claramente,
desconfiaba de él. De modo que, a regañadientes, Squeaker lo llevó al lugar en
que ella seguía tumbada, boca arriba. A base de todo tipo de amenazas y
palabras gruesas, pronunciadas con una violencia incesante, Red Bob consiguió
que aquel que por ley debía protegerla y cuidar de ella fuera en busca de
ayuda. Mientras esperaba, derramó un poco de la bebida que llevaba para él en
sus labios, asegurándose, tierna y caritativamente, de que el líquido le
llegara hasta la garganta, y sacudió las moscas que seguían posándose en su
cara hasta que llegaron los otros hombres.
Una vez allí,
todos juntos arrancaron una tira de corteza de un árbol y, con sumo cuidado,
pusieron a la mujer sobre esa cama improvisada. Así la transportaron hasta su
cabaña. Squeaker iba detrás, llevando el cazo y la comida.
Red Bob soltó
al caballo del carro y se fue a la ciudad en busca del doctor. Esa misma noche,
ya tarde, en la parte trasera de la cabaña vieja (había dos), se reunieron él y
los otros que habían oído que la mujer estaba herida para, de cuclillas, con
las pipas sin encender en la boca, esperar el veredicto del doctor. Una vez
dado y una vez recibido, después de que el doctor se hubiera ido, los hombres
se comunicaron en susurros con esa mirada que solo se ve en las caras de los
que viven en el monte. De lo que hablaban era de la mala suerte que había ido a
tener esa mujer que solo se había dedicado a trabajar como una mula, codo con
codo junto a los mejores de todos ellos, para hacerse con cada metro y con cada
cabeza de ganado de aquel lote de terreno que habían ido a elegir.
Squeaker se
quedaría sin nada en día y medio. ¿Cómo había permitido ella que todo se
pusiera a nombre de Squeaker, cuando el dinero era suyo? También eso constituía
uno de los muchos misterios que se plantearon en aquella conversación.
A él lo
consideraban «una vieja» y así lo llamaban. Y no porque estuviera todo el día
merodeando en torno a las latas de la miel, sino por esa tendencia masculina a
eliminar cualquier tipo de virtud. Le hicieron señas para que se les acercara
y, tras haberle explicado la lesión de su compañera, le dijeron que lo mejor
sería que no le contara a ella que iba a quedarse impedida ya para siempre.
—Qué más me
da. Lo que importa ahora —respondió mientras señalaba a Red Bob— es que este me
pague. Tengo que ir a la ciudad.
Le dijeron sin
alzar la voz lo que pensaban de él y, tras echar un vistazo al lugar en el que
ella descansaba, con cierta cobardía, los hombres se fueron a sus casas sin
más, sin pronunciar una sola palabra de despedida, como sombras.
Al día
siguiente llegaron las mujeres. La compañera de Squeaker no formaba parte de su
grupo ni era una de las personas a las que más apreciaban. Resultaba imposible
que lo fuera, alguien como ella, sin tiempo para el comadreo. Después de aquel
primer día, la dejaron completamente sola, y la excusa que les pusieron a sus
maridos fue que ella siempre había defendido su independencia con uñas y
dientes. Y, al fin y al cabo, está en el orden de las cosas el que poco a poco
los maridos terminen por aceptar la opinión de sus esposas con respecto al
resto de las mujeres.
Las manchas de
harina que salpicaban la ropa de Squeaker, tan descuidada ahora que tenía que
encargarse de todo, mostraban claramente que había intentado hacer pan,2 pero
que no le había salido del todo bien. Las mujeres le dieron de comer varias
veces, tras llegar a la conclusión de que aquella situación debía de ser
horrible para él.
También podían
haber llegado a la conclusión de que la situación era horrible para ella. Quizá
se sintiera inmensamente sola. Pero la compañera de Squeaker no se quejaba.
Para ella, los largos, larguísimos días solo daban paso a largas, larguísimas
noches. Noches en las que el inmenso silencio de la espesura se veía
repentinamente atravesado por una de las voces de la propia espesura que, sin
embargo, para ella no suponía ningún peligro. No era una mujer especialmente
fantasiosa y, en cambio, sí una perfecta conocedora del entorno y del paisaje.
De modo que sabía que el prolongado gimoteo proveniente de los matorrales que
cercaban el lugar en el que seguía enterrada el hacha, debajo del mismo árbol
carcomido por los gusanos, era solo la llamada del dingo. Y ese lamento
tembloroso que le llegaba desde la charca y que se extendía con turbio misterio
hacia el este era tan solo el grito del asustado zarapito.
Mientras, su
perro —siempre tan alerta y vigilante como ella— esperaba pacientemente a que
se levantara y volviera a estar activa, yendo de aquí para allá otra vez. «Cosa
que sucederá pronto», le dijo ella a su compañero, que seguía quejándose a
todas horas.
—No es verdad.
Te has destrozado la espalda —respondía Squeaker secamente—. Eso es lo que te
pasa. Tienes una lesión en la columna. Según el doctor, eso quiere decir que te
has partido la espalda y que nunca más volverás a andar. No está bien que no te
lo diga porque yo no puedo hacerlo todo solo.
En el rostro
de la mujer se dibujó una mirada salvaje, e intentó sentarse.
—Ahí lo tienes
—dijo él—. Ya lo ves. No puedes. Estás igual que una serpiente con el espinazo
partido. Solo que tú no te muerdes a ti misma como lo haría una serpiente
cuando ya no puede arrastrarse más. Lo único que te mordiste fue la lengua
cuando el árbol te derribó.
Ella jadeó, y
él pudo escuchar cómo le latía el corazón mientras dejaba que se le cayera la
cabeza hacia atrás. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, y
luego dijo que el doctor se había equivocado. No obstante, siguió comprobando
día tras día lo que podía y lo que no podía hacer, y hasta dónde llegaban sus
fuerzas. Y, fuera cual fuese el resultado, seguía manteniéndose en silencio, a
pesar de que unos testigos de color blanco, a modo de halo, iban cercándole progresivamente
la frente y las sienes.
—No es como si
fueras a mejorar mañana. El doctor dice que nunca más volverás a trabajar en la
vida. ¡Y yo no puedo cocinar y trabajar y hacerlo todo!
Murmuró algo
acerca de «vender», pero ella se negó firmemente a pensar en una idea tan
monstruosa.
Él se fue a la
ciudad un sábado por la tarde, y no regresó hasta el lunes.
Las
provisiones que había dejado para ella, un cazo con té, unos restos de ternera
en salmuera y algo de pan (la carne se la dio al perro), se acabaron el primer
día. Y eso no fue nada comparado con el balido de las ovejas que había dejado
encerradas. Era verano y hacía calor y no les había dejado agua. Y el perro no
podía abrirles la cerca para dejarlas salir.
Cuando por fin
regresó, de lo único que ella le habló fue de las ovejas y del perro. Él
maldijo al perro y la maldijo a ella, y le espetó: «Retuércete sobre esa
espalda rota tuya y muérdete de una vez». Tiró al suelo las cosas que tenía a
su alcance, hizo amago de patear a distancia a su perro, que le gruñía
dispuesto a morderlo, y luego fue a sentarse afuera, a la sombra de la cabaña
vieja, intentando mantenerse erguido hasta que se quedó dormido.
Por diversos
motivos, en el pasado se había encargado ella de hacer esos viajes a la ciudad
cuando era necesario. Iba y venía, llevando un caballo de carga para los
suministros. Y nunca había dejado de agasajarlo con media pinta. El único lujo
que ella se permitía era una pipa entera.
Las ovejas
esperaron hasta el día siguiente. Ella también.
Durante los
días posteriores, él estuvo trabajando un poco para que ella lo viera. No
mucho, pero es que nunca había trabajado mucho. Era ella quien levantaba el extremo
más pesado del tronco y quien cargaba con las herramientas. Él, en cambio,
tenía bastante con el cazo y la comida.
La mujer lo
miraba incómoda y sin energías mientras él perdía el tiempo. Le recordó que el
alambre que habían dejado pegado a la cerca se iba a oxidar. Un solo hombre
podía extender todo el alambre fácilmente y, cuando ella se levantara pasado un
día o dos, le ayudaría a tensarlo y a sujetarlo. Al principio él fingió que lo
había hecho, pero luego dijo que no iba a pasarse el día poniendo cables él
solo ni nada por el estilo. Y le daba igual que todos los demás hombres de la
zona sí lo hicieran.
Ella le
respondió que una sola persona podía hacer otras muchas cosas. Solo tenían que
esperar a que ella se recuperara para volver a ocuparse de los quehaceres más
duros. A veces él se ponía a silbar cuando ella hablaba. También soltaba todo
tipo de insultos y groserías. Aunque por lo general se largaba, y cuando no
quería irse, ya que era un hombre básicamente perezoso, le soltaba su «Anda, ve
y muérdete como una serpiente», ya que había descubierto que semejante
expresión hacía que ella se callara al instante. Así, poco a poco, ella fue
desentendiéndose de los asuntos laborales y él, por su lado, cada vez espaciaba
más las noches en que regresaba a casa para dormir.
Su perro
recogía y trasladaba a las ovejas cuando el sol se ponía, y él no daba señales
de vida. Los dos, perro y dueña, vigilaban los movimientos del ganado hasta el
amanecer. Sabía que no debía decírselo porque, si él llegaba a enterarse de que
entre ellos dos se las arreglaban con las ovejas, era capaz de dejar en sus
manos la labor de cuidarlas para siempre. En cualquier caso, se dio cuenta de
que el poco interés que él era capaz de dedicarle a algo, a lo que fuera, se
centraba por entero en las ovejas. Y pronto averiguó por qué.
Un día vio a
través de las rendijas de la cabaña cómo ante sus ojos, siempre atentos y
vigilantes, iba emergiendo el polvo de la llanura. La polvareda fue acercándose
más y más, hasta que vio cómo él y un hombre a caballo recogían y cercaban a
las ovejas en el corral, para luego quedarse ellos a cargo de un grupo más
pequeño. Sus balidos le llegaban a los oídos como aullidos pidiendo ayuda.
Muchas de aquellas ovejas habían sido sus favoritas. Las había acariciado al
andar entre ellas, y ahora tenía que ver cómo él se las vendía a los carniceros
de la ciudad.
A mediados de
la semana siguiente, vino de la ciudad con un caballo nuevo y una silla de
montar y una brida recién estrenadas. Llevaba una camisa roja brillante y,
alrededor del cuello, un pañuelo de seda. Cuando se acercó, ella notó que olía
a perfume, y aunque él no quería que advirtiera su flamante pipa nueva, una
coqueta pipa de espuma de mar, ella la vio y oyó también cómo chirriaban sus
botas nuevas, que ya no eran las de siempre, sus usadas botas planas del
trabajo. Sin embargo, esta vez fue más amable con ella y le ofreció un poco de
tabaco picado, el suficiente para llenar su pipa. Llevaba mucho tiempo sin
darle nada. Muchos de los hombres que pasaban por allí y que se acercaban a
echarle un vistazo podrían haberle dado un poco de tabaco de haberlo sabido,
pero de sus labios no salió nunca ni una sola queja.
Mientras
Squeaker le llenaba la pipa con el tabaco de su propia bolsa, ella mantuvo los
ojos fijos en los suyos, pero él no le devolvió la mirada. Y, como si tuviera
miedo de algo, al instante se dio la vuelta y desapareció.
Poco después
oyó cómo empezaba a dar martillazos en la vieja cabaña de atrás, que servía
para almacenar las herramientas y cualquier otro objeto al que no le afectaran
la luz del sol y la lluvia. Entraba y salía rápidamente, y ella lo observaba a
través de las rendijas de su cabaña. Vio cómo transportaba hasta allí un
estrecho listón de corteza de árbol, y supo que estaba fabricando un catre.
Cuando hubo terminado, se echó un cigarro. A continuación fue hasta ella y
empezó a deambular por la estancia. Nervioso. Le dijo que esa cabaña era
demasiado fría y que nunca se pondría bien si seguía ahí metida. Ella no tenía
ningún frío, pero se dejó llevar por él, por sus ideas y su estado de ánimo, y
le permitió encender un fuego en el que se podría asar una oveja. Él se quitó
el sombrero y, abanicándose, le dijo que se estaba achicharrando, ¿ella no?
Sí, ella
también.
De modo que se
ofreció a llevarla a la otra cabaña. Le instalaría al cabo de uno o dos días un
techo nuevo, que sería mejor que este, y allí se pondría bien en un periquete.
Estaba de pie mientras le contaba todo esto, y ella no podía verle la cara.
Sus propias
ansias lo estaban traicionando.
Todavía
faltaban unos meses para que terminaran de cumplir todos los requisitos de
residencia, etcétera, que imponía el Gobierno para poder obtener la cesión
definitiva de aquel lote de tierra. Aun así, ella pensó que tal vez él
estuviera intentando vender.
Y ella no se
movería de allí.
En esa ocasión
estuvo fuera cuatro días, y cuando regresó durmió en el catre nuevo.
Así que ella
intentó que llegaran a un acuerdo. ¿Por qué no se ponía un catre para él a su
lado y dejaba de ir tanto a la ciudad y de pensar en esa tontería de vender? Él
le prometió al instante que así lo haría, pero con condiciones.
—¿Podrás
arrastrarte? —insistió, observándola de pies a cabeza.
Ella dejó de
respirar y notó cómo le temblaban las aletas de la nariz. Apretó los labios con
todas sus fuerzas, pero no se movió.
Era evidente
que se traía algo entre manos. Después de intentar arrastrarla para
trasladarla, la empujó y la hizo rodar sobre la misma hoja de corteza en que la
habían llevado a casa. Por fin, con mucho esfuerzo, consiguió remolcarla.
Ella le pidió
un trago, y él colocó su cazo y una taza de aluminio al lado del catre. A
continuación, la dejó allí, jadeando y aturdida, al cuidado de su complaciente
perro.
Ella lo vio
correr y montarse en el caballo. Y, aunque lo llamó y lo llamó, ni obtuvo
respuesta ni consiguió que se diera la vuelta para quedarse a su lado.
En cuanto él
se largó a toda prisa, en dirección a la ciudad, el perro saltó sobre el catre
y se unió a sus lamentos, pero el gato se fue hacia la maleza y desapareció.
Él regresó al
día siguiente, al anochecer, en un carretón de dos ruedas. Y no venía solo.
Ahora traía a otra compañera. Aunque intentaron dar un rodeo y girar en un
camino que no iba directo, tratando de estar frente a la cabaña nueva para
evitar que ella la viera, ella la vio.
Debían de
traer muchas cosas en aquel carro. Por los sonidos que hacían, supo que estaban
sacando un objeto tras otro, y que luego los trasladaban a la cabaña. Después
él se puso justo delante de una de las ranuras que había cerca de donde estaba
ella tumbada, y le dijo en susurros que si se estaba calladita todo le iría
bien, pero que, en cambio, si no lo hacía, le prendería fuego a esa cabaña
suya. Ella era una persona reservada, así que no era necesario que le
advirtiera al respecto. No tenía nada que temer, además, ya que en esa ocasión
había superado todo lo esperable. La había dejado estupefacta.
El caballo,
liberado de su carga, llegó hasta la cabaña vieja tambaleándose y empujó la
puerta con la cabeza como lo haría cualquier animal domesticado. No obstante,
el perro no iba a permitir ni por un segundo que ese recién llegado tomara su
casa por un establo, y empezó a ladrar. Los gruñidos enfurecidos del perro
junto con el clamor de los cascos del intruso, que se dio la vuelta y se largó
al instante, parecieron molestar a la pareja que había empezado a instalarse en
la cabaña nueva. De repente dejaron de moverse. Todos los sonidos previos
cesaron, y la lisiada oyó cómo la extraña cerraba la puerta a pesar de las
afirmaciones de Squeaker, que le decía una y otra vez que aquella mujer de la
cabaña vieja no podría moverse del catre ni aunque le fuera la vida en ello. Y
tampoco debían preocuparse por el perro porque jamás se separaba de su lado.
Empezó a
recibir más y mejor comida.
Se la dejaban
junto al catre, pero ella, muda e inmóvil, yacía con la cara vuelta hacia la
pared, y su perro gruñía amenazadoramente a la extraña. La nueva mujer estaba
intranquila y le habló a Squeaker sobre lo que la gente podría decir, e incluso
llegar a hacer, si la primera moría.
Fue el «hacer»
lo que le asustó.
Se escondió en
la maleza y esperó.
La intrusa se
quedó en la puerta y le dijo que había ido hasta allí para cocinar y cuidar de
ella. No quiso ponerse ante la ranura, que era el lugar hacia el que la lisiada
dirigía la cara y la mirada.
Esta giró la
cabeza despacio y observó a la extraña largamente. No es que fuera de esas
mujeres que hacen que los demás se vuelvan a su paso para mirarlas. Sobre la
frente le caía un flequillo de pelo rojo sin rizar, la parte inferior de la
cara se había apoderado de la parte superior, y por su perfil podía adivinarse
que iba a ser madre dentro de poco. Lo que resultaba difícil de averiguar era
si aquella mujer infértil, al darse cuenta del estado de la recién llegada,
supo deducir mediante un simple cálculo que el padre no era Squeaker. No era
muy ducha en esos asuntos, aunque lo supiera todo sobre ovejas y carneros.
Había una cosa
cierta (¡ah!, la mayor de las amarguras para toda mujer): la recién llegada era
más joven.
El abundante
cabello que caía sobre la frente de la mujer que yacía en el catre estaba ya
completamente blanco.
La recién
llegada le llevó pan y mantequilla, y la tullida se quedó mirando el plato.
Miró a su perro. Miró a la intrusa. ¡Pan y mantequilla para un perro! Pero la
extraña no entendió nada hasta ver cómo la otra le ofrecía su comida al perro.
El pan y la
mantequilla no eran para el perro. Trajo carne.
El hombre
siguió escondido durante todo el día siguiente. La lisiada vio a su perro y
supo que no andaba lejos.
En algún
momento tendría que llegar el final de aquella pantomima, y este se produjo
cuando, al atardecer, el hombre regresó visiblemente alterado, con una cuerda
atada a un dedo de la mano derecha, que parecía muy hinchado. La nueva
compañera se alteró mucho al verlo, pero la vieja compañera, que ya se sabía
ese truco de la picadura de serpiente —lo mismo hasta había estado presente en
el momento en que él se lo inventó—, asistió serena a los inútiles esfuerzos de
la aterrorizada intrusa por despertar al hombre, que, después de haber lanzado
una botella de cerveza vacía al montón que se alzaba en el exterior, ya
roncaba.
Resultaba
imposible, en cualquier caso, precisar con certeza qué era lo que pensaba la
mujer enferma, porque siempre se mantenía en silencio. Tampoco estaba claro
cuánto comía, si es que comía, y cuánto le daba a su perro, aunque la nueva
compañera le dijo un día a Squeaker que, en su opinión, aquel animal nunca se
tragaría ni un solo bocado más de lo que le correspondía.
El silencio de
la tullida afectaba sobremanera a la recién llegada, especialmente cuando las
dos se quedaban solas. Habría preferido que la tratara mal. Contaba una y otra
vez los días que ya habían transcurrido y los que quedaban por transcurrir.
Después de que sucediera lo que tenía que suceder volvería a la ciudad, pero no
le habló de eso a Squeaker. Él no pintaba nada en sus planes para el futuro. De
modo que si él, en algún momento, se ponía a parlotear sobre lo que harían
juntos más adelante, cuando por fin pudiera vender, y vendería tarde o temprano,
ella se limitaba a escuchar en silencio, sin el menor interés.
Lo que sí le
contó fue que tenía miedo de «ella». Después del primer día no volvió a ponerse
a su alcance. Todas las mañanas le hacía el té, pero era Squeaker quien se lo
llevaba, con algo de pan y un trozo de carne.
El montón de
basura que iba creciendo en el exterior se vio coronado, por primera vez, por
unas latas de mermelada y de pescado procedentes de la mesa de la cabaña nueva.
Parecía que daban por sentado que ni la mujer ni el perro que seguían viviendo
en la cabaña vieja necesitaban comer nada de todo aquello.
El perro de
Squeaker solía olfatear el suelo y ladrar alegremente alrededor de la pareja.
En una ocasión, su empeño por lamer el fondo de una lata de salmón hizo que se
lanzara a una frenética carrera que se vio bruscamente interrumpida por la
cuerda con que estaba atado, lo que provocó que los gruesos labios de la recién
llegada se separaran en una sonrisa. Sonrisa que duró justo hasta el instante
en que el perro se volvió hacia ella y se le acercó demasiado.
Aún les
quedaban ovejas que reunir y cerrar en el patio; Squeaker se encargaba de
ellas. Su antigua compañera le oía silbar mientras lo hacía. También empezó con
las primeras quemas controladas, de modo que ahora, junto con las otras voces
del matorral, la mujer paralizada captaba los lamentos de aquellos gigantes que
iban cayendo demasiado pronto, cerca de ella. No hay sonido tan humano como el
que procede de las almas arrancadas de estos seres arbóreos o los trémulos
lamentos de sus vecinos verticales, cuyas ramas terminarían juntándose tarde o
temprano sobre el cuerpo derribado de la pobre víctima.
No había
ningún otro catre en la parte de la cabaña que abarcaba con la mirada, pero su
perro llenaba ese espacio vacío, y la extraordinaria luminosidad que crecía
entre esta mujer que se había roto la espalda y su perro podría haber sido el
espíritu de las mismas criaturas arbóreas que estaban siendo asesinadas, de tan
fantasmalmente maravillosa que era. Aun así, su sentido práctico regresaba de
vez en cuando y volvía a imponerse sobre el desánimo, ya que una personalidad
tan realista y libre de fantasías como la suya, respaldada por su fuerza
corporal, no permitiría que la esperanza desapareciera del todo. Y así,
olvidándose de sí misma, casi deseaba volver a llamar a Squeaker para hablarle
del peligro que, desde su punto de vista, corrían algunas colmenas.
Un día él se
fue a la ciudad y regresó, como había prometido, mucho antes de la puesta de
sol. Y al día siguiente apareció una cuerda extendida, a modo de tendedero,
entre dos árboles situados cerca de la parte trasera de la cabaña vieja.
Igualmente extraño le pareció a la antigua compañera de Squeaker que el hombre
se pusiera sobre los hombros el yugo que ella había diseñado para sí misma, con
una lata de queroseno a cada lado, y que regresara con ambas llenas de agua
desde el lejano arroyo, para descubrir que con el agua que traía en las dos
latas solo se llenaba parcialmente la tina, otra nueva adquisición. Mostrando
un absoluto desdén por el calor y la sudorosa frente de Squeaker, su nueva
compañera le dijo, incluso después de que él hubiera hecho otro viaje, que
necesitaba dos más para el blanqueador. Y, siguiendo sus órdenes, él trajo más
agua, aunque de mala gana. Quizá estuviera comparando los métodos de la antigua
compañera con los de la nueva.
Su antigua
compañera solía llevar lo que fuera que hubiera que lavar hasta el arroyo, y
sus pantalones siempre habían estado blancos como la nieve sin necesidad de
ningún blanqueador.
Hacia el
mediodía había muchas prendas exóticas ondeando en la cuerda de tender, en lo
que parecía una burla dirigida a la mujer estéril. Incluso podría haber visto
cómo, con la puesta de sol, el diligente Squeaker bajaba los nuevos palos de
apoyo para el tendedero y se inclinaba una y otra vez para recoger las pinzas
que su desconsiderada compañera actual había dejado caer. Sin embargo, a la
mañana siguiente, después de haber cargado con dos nuevas latas de agua, oyó
que ella le decía que con tres viajes más bastaría para lavar sus cosas, y fue
ahí cuando Squeaker se rebeló. Nada de lo que él pudiera argumentar haría que
la recién llegada decidiera enfrentarse a aquel penoso camino hasta el arroyo,
donde las serpientes azotadas por la sed esperaban la llegada de alguien, de
cualquiera, para atacar y morder. Ella se enfurruñó y fingió que recogía sus
cosas para largarse, hasta que a Squeaker se le ocurrió una idea brillante. Ató
un tonel a un trineo y, tras ponerle los arreos al caballo nuevo, enganchó el
trineo al animal. A continuación, bajo la mirada de aprobación de su nueva
compañera, salió hacia el arroyo dirigiendo al caballo a pie. Aunque, en cuanto
ella se metió en la cabaña, lo primero que hizo Squeaker fue montarse a lomos
del lento animal.
Tuvo varios
contratiempos y cualquiera de ellos le habría bastado para plantarse ante su
antigua compañera y decirle que aquello que le había ordenado hacer era
imposible. Pero hasta los bebés aprenden pronto a diferenciar a quiénes pueden
imponerse y a quiénes no. Con una energía desconocida en él, siguió trabajando
y llenó el tonel, pero el viejo caballo se negó a arrastrar semejante peso a
pesar de los despiadados latigazos de Squeaker. Perdieron casi la mitad del
agua durante el triste proceso de carga. Impulsado por el aluvión de golpes, el
caballo consiguió desplazarla unos pocos metros, pero finalmente el tonel se
inclinó hacia un lado y la sedienta tierra se tragó su contenido en un abrir y
cerrar de ojos. Todos los adjetivos que Squeaker pudo pronunciar para
lamentarse de su trabajo perdido resultaron tan vanos e inútiles como las
soluciones para la leche derramada.
Tuvo que
dedicarle tanta destreza como paciencia a la labor de amarrar de nuevo el
tonel. Lo llenó solo en parte y, justo en el instante en que parecía que
aquello iba a salir bien, el alambre oxidado con el que había atado el barril
al trineo se rompió por la tensión y, tras saltar por los aires, se enredó en
los corvejones del aterrorizado caballo. La velocidad a la que marchaba aquel
viejo animal de ciudad a pesar del trineo (del tonel se libraron de inmediato)
era lo máximo a lo que él podía aspirar en ese momento. Horas después, en la
llanura que se unía al horizonte pudieron verse dos borrones: la distancia que
había entre ellos era fácilmente cuantificable. El más grande era Squeaker.
Como pensó que
contaba con un suministro más que suficiente y como carecía por completo de la
cautela que aquel lugar les había inculcado a las demás mujeres, la nueva
compañera usó su medio cubo de agua para hervir el cordero con sal. Hacia el
mediodía, colocó la carne y el pan en la tosca mesa, y se dispuso a esperar a
Squeaker mirando en la dirección incorrecta.
Ya se había
acabado el contenido de la nueva tetera, pero volvió a llevarse la boquilla a
la boca, muerta de sed.
Continuó
esperándolo durante horas. ¿Se habría largado a la ciudad pensando que ella no
iba a usar el agua, o quizá sin darle la menor importancia a si lo hacía o no?
No se fiaba de él. Ya había habido otros hombres antes y también la habían
abandonado. Además, no había más que ver cómo trataba a la mujer que yacía allí
con los ojos abiertos. De todos modos, no serviría de nada llorar. La única que
podría oírla sería esa callada mujer.
¿Le quedaría a
ella un poco de agua?
Trató de
comprobarlo a través de las ranuras, a distancia, pero la ropa de cama tendida
se interponía entre ella y el cazo, de modo que se dirigió a la puerta y, sin
querer mirar el catre, se centró en el cazo.
Estaba medio
lleno.
Por puro
instinto supo que la mujer la estaba observando. Se alejó y esperó. Y esperó.
Durante sedientos minutos que se le hicieron horas.
La
desesperación la llevó de nuevo hasta la puerta. ¿Se atrevería a seguir? No. No
podía.
Se hizo con un
palo largo que terminaba bifurcándose como una horca, e intentó alcanzarlo
desde la puerta, pero el perro saltó intentando atrapar la vara. Así que ella
la soltó y echó a correr.
A lo lejos se
veía un esmirriado manchón de matorrales que flanqueaba los límites de la
llanura. Allí estaba el arroyo. ¿A cuánta distancia?, se preguntó. A mucha. Ya
lo sabía. Además, solo había agua en unas pocas pozas y por allí andaban
también las serpientes. Squeaker, siempre ansioso de lucirse ante ella, le había
hablado una y otra vez de aquellas serpientes con las que tenía que batirse a
diario. Le había contado que eran muchas y despiadadas.
Recordó la
tarde en que él llegó con una cuerda atada a un dedo después de haber estado
escondido entre los arbustos. Le dijo que le había mordido una serpiente, y fue
entonces cuando se bebió el medio litro de brandy que ella había llevado
consigo para sus náuseas. Luego durmió hasta bien entrada la mañana. Al día
siguiente tuvo que trabajar más de lo habitual con la cuerda atada al hinchado
dedo azul, pero no parecía encontrarse peor que aquellos a los que ella había
visto en el Descanso del Esquilador, recuperándose de cosas parecidas. Y lo
cierto era que no había dejado ni una gota de brandy por si ahora las serpientes
la picaban a ella.
Lloró un poco,
compadeciéndose de sí misma. Luego apartó los ojos, que se le estaban poniendo
rojos, dejó de mirar el lejano riachuelo y se fue otra vez hacia la puerta. La
mujer del catre yacía con los ojos cerrados.
¿Estaría
dormida? El corazón le latía acelerado mientras avanzaba de puntillas hacia el
cazo, a pesar de no estar del todo decidida a llegar hasta él. El perro,
agachado con la cabeza entre las dos patas, la miraba fijamente, pero no
pareció oponerse a su presencia. Y ella dio paso a la pantomima:
—Ya sabes que
quiero ser tu amiga. No voy a hacerle ningún daño.
Volvió a mirar
a la mujer y luego al perro, que no se movía ni parecía darse cuenta de lo que
estaba sucediendo. Además, si ese animal, que, ciertamente, seguía vigilándola,
quisiera morderla, podría hacerlo cuando quisiera y como quisiera, en cualquier
momento. (Ella separó los labios, sedientos y secos.) Aquel perro tenía una
inteligencia casi humana. Era fácil llegar a esa conclusión después de observar
lo que hacía y lo que no hacía en presencia de la otra mujer.
Lamentaba no
tener el palo a mano. Ningún perro podría resistirse a eso.
Otros dos
pasos más.
Y después
quedaría solo uno. Entonces, con agacharse y estirar un poco el brazo, lo
alcanzaría. ¿Podría hacerlo? Quiso darse ánimos a sí misma recordando lo mucho
que se había acercado a aquella misma mujer el primer día, y pensando en lo
deliciosos que serían un par de tragos. Por la garganta, mientras tanto, lo
único que le pasaba era una constante sequedad.
Midió el
espacio que había entre el cazo y el lugar en el que había estado la primera
vez. ¿Podría encontrar algo con que acercárselo? No. El perro no se lo
permitiría, y además, al moverlo, el asa podría emitir algún sonido, y la
mujer, al oírlo, abriría los ojos.
La idea de que
esos ojos hundidos pudieran abrirse de repente hizo que le diera un vuelco el
corazón. Tenía que respirar con calma. Inspiraciones profundas e intensas. Su
garganta emitió un ruidoso chasquido y, sin pensarlo, mirando hacia atrás
aterrorizada, salió de allí inmedia-tamente.
En cualquier
caso, ya no iba a esperar a Squeaker. Lo había dado por desaparecido y había
decidido olvidarse de él.
Mientras
esperaba a que se le acompasara la respiración, vio, para su sorpresa, que el
perro salía al exterior. Aquello supuso un enorme alivio para ella, aunque, no
obstante, hizo el amago de salir corriendo en dirección a la cabaña nueva. El
perro ni la miró y, ajeno a ella, se encaminó hacia la llanura para recoger a
las ovejas. Fiel a su deber, debía de estar al tanto de que el hombre se había
marchado a la ciudad.
Squeaker se
había ido.
El corazón le
latía acelerado. ¿Sería porque lo que ella hacía en el catre era dormir en vez
de aceptar su compañía?
Esperó un poco
más hasta que el corazón decidió volver a latirle con normalidad. A
continuación, se deslizó de nuevo por la puerta.
La cabeza de
la mujer tumbada en el catre se había vencido hacia la pared, como atrapada por
un sueño profundo. No miraba en dirección al cazo, y la recién llegada podría
avanzar hacia él si ponía todo el cuidado del mundo.
Entró de
nuevo, esta vez más despacio. Con la máxima cautela y una inmensa solemnidad.
No quiso
adentrarse tanto como en la ocasión anterior, aunque ahora se sentía bastante
más segura, ya que los ojos de la mujer seguían mirando a la pared y estaban
tan cerrados que era imposible que supiera dónde se encontraba ella en ese
momento.
Se agacharía e
intentaría alcanzar el cazo desde donde estaba.
Empezó a
agacharse.
Un poco más…
Todo fue tan
rápido y tan repentino que no pudo ni gritar. De repente, esos dedos huesudos
habían apresado la mano que, tal vez demasiado pronto, estaba intentando asir
el cazo, y durante un instante la dejaron paralizada de terror. Poco después,
la nueva mujer se puso a chillar con unos gritos penetrantes y, mientras,
jadeando, agotada por la victoria, la mujer postrada la agarraba con una fuerza
de la que la otra ni siquiera intentaba liberarse.
Tirando de
ella, hizo que se agachara.
Abajo.
Más abajo.
Tenía los
labios entreabiertos mostrando los dientes mientras casi calcinaba con el
aliento la cara de la otra mujer, a la que mantenía cerquísima de su boca para
que sus propios ojos, fijos en ella, pudieran jactarse de la victoria. Su
exaltación era tan grande que solo podía resoplar y jadear, mientras continuaba
agarrando la mano de la recién llegada con una fuerza que la estaba dejando sin
circulación.
Del mismo modo
en que una tigresa herida y privada de libertad inmovilizaría y miraría a su
víctima, así inmovilizó y miró ella a la suya.
Ninguna de las
dos escuchó los pasos del hombre. Y, aun en el caso de que la tigresa lo
hubiera visto entrar, lo cierto es que no se sintió intimidada en absoluto.
—¡Líbrame de
ella! —chilló la otra, aterrorizada—. ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Líbrame de ella! —repitió
una y otra vez. Solo eso—: ¡Líbrame de ella!
Él cerró la
puerta. Entró y dijo algo que quedó ahogado por los alaridos de pavor de su
nueva compañera. Luego cogió el palo y, produciendo un ruido sordo, golpeó con
él unos brazos que se habían convertido en puro acero por la tensión de los
tendones. Una vez. Dos veces. Tres veces. Los golpes lograron que por fin
cediera uno de los brazos, el que tenía agarrada con más fuerza a la otra
mujer. Por ese lado, la víctima quedó libre.
El palo se
había partido en dos. Con una de las mitades volvió a golpear a quien había
sido su compañera, y al fin logró que la otra mujer quedara completamente
libre. No obstante, ella no dejó de gritar «¡Líbrame de ella! ¡Líbrame de
ella!», y siguió haciéndolo mientras aporreaba la puerta para salir.
Hasta que
Squeaker fue a abrirla. En ese momento, el hombre tuvo que enfrentarse al
enloquecido perro de su antigua compañera. El animal, enfurecido al haber
encontrado la puerta de la cabaña cerrada, dejó que pasara ante él la mujer,
que seguía chillando. Pero no hizo lo mismo con Squeaker, quien, a pesar de
haber empezado a golpear al perro de manera agónica, partiéndole el palo sobre
el lomo, al final tuvo que ceder ante la superioridad de aquella bestia
salvaje.
—Llámale,
Mary. ¡Me está comiendo! —imploró—. ¡Por Dios! ¡Llámale!
Pero la mujer
yacía inmóvil, impasible.
—Dile que vaya
tras ella. ¡Que la ataque a ella! —dijo señalando con un dedo a la mujer que,
guiada por un terror irracional, seguía corriendo como si toda la llanura
condujera a su ansiada ciudad—. ¡Es culpa suya! —suplicó mientras saltaba al
catre de su vieja compañera—. ¡Que vaya tras ella! —Pero cuando fue a tocarla,
intentando despertar en la mujer algún tipo de compasión, los colmillos del
perro se clavaron en su mano y tiraron de él hacia abajo con todas sus fuerzas.
