Ricardo Piglia
Hay
distintas maneras de contar esta historia —dijo el pianista— porque no es cierto que una imagen valga más
que mil palabras. Si el juez hubiera escuchado a la chica en vez de verla, todo
se habría aclarado. No el crimen, si es que hubo un crimen, pero al menos la
verdad.
Se
tiró un poco atrás en el banquito en el que se sentaba frente al piano y empezó
a tocar desde abajo, lejos del teclado, como si los brazos no estuvieran en su
cuerpo y tocara ladeado, agitándose, mientras se largaba a improvisar, a la
manera de Erroll Garner, sobre el standard de «I Found a Million Dollar Baby
(in a Five and Ten Cent Store)».
—Al
menos la verdad… —repitió, y se inclinó a buscar al mono que se movía,
nervioso, de costado, en el piso, agitando la cola, pero no alcanzó a agarrarlo
porque el mono se escapó hacia un rincón y se escondió bajo las patas de una
mesa en el fondo del salón vacío.
Porque
tenía un mono, el pianista, un monito de cara blanca, despierto, rápido, y lo
llamaba Thelonius, aunque el mono, para decir las cosas como son, jamás le
hacía caso y solo lo miraba, a veces, cuando el pianista le decía, al mono,
Villegas.
El
pianista tocaba todas las noches para tres o cuatro contrabandistas y dos o
tres dealers de droga y algunas chicas de vida fácil y varios viajantes de
comercio, en el cabaret Mogambo, ahí, en ese pueblito perdido de la frontera
con Brasil, en la provincia de Misiones, en medio de la selva, al final de un
camino de asfalto que todos, en el lugar, decían que era la ruta Panamericana y
que si uno la seguía hacia el norte, subiendo y subiendo sin perder la línea
blanca del macadam, al final llegaba a Alaska.
—Y
dicen Alaska —dijo el pianista— porque Alaska es el paraíso para un pueblo como
este donde siempre hace más de cuarenta grados a la sombra. Oh, la blancura de
Alaska —recitó, irónico—, pienso en los grandes icebergs que flotan
en el mar helado cada vez que alguien hace tintinear el hielo en un vaso de
whisky.
Después
repitió que él conocía la historia de la chica y el juez mejor que nadie porque
se pasaba las noches escuchando aventuras y delirios y sueños de todos los
desesperados que venían a morir a la frontera. Tocaba a partir de las ocho y
hacía varias entradas hasta que empezaba a clarear y siempre alguno le contaba
algún cuento extraordinario. El pianista pensaba que las piezas que tocaba en
el piano y las historias que escuchaba en el cabaret formaban una sola melodía.
Como si él las acompañara en el piano, como si la vida no pudiera ser contada
sin música de fondo.
—Para
empezar, la chica estuvo varios días en el pueblo (y vino a verme) antes del
accidente. Si después quiso escapar ella sabrá por qué. La selva transforma a
la gente y la enloquece, pero ella era más loca antes de llegar que después de
haberse ido. Loca es un decir. Nunca se vio una mujer así por estos
territorios. Bella como un ángel y distinguida como una princesa polaca. Clide
Calveyra. Se sentaba ahí donde está usted a escucharme tocar y siempre me pedía
«The Lady Is a Tramp» y yo se lo tocaba como si fuera Bill Evans y ella, si había
bebido suficiente ginebra, cantaba en voz baja algunas estrofas, solo para mí,
imitando el estilo sosegado de Maria Bethania.
Algunos
dicen que la chica usó a Toninho como anzuelo para pescar a Míster Morrison
pero si uno ha visto, una vez, los ojitos de gato de Morrison se dará cuenta de
que eso es imposible. Un seductor, una especie de bebé gordo y malvado. Dicen
que ella lo mató por la plata, que fingió un accidente para sacarse de encima a
Toninho, que ahora sus abogados litigan con la familia Morrison mientras Clide
está descansando en un convento de monjas en Paraguay. Falso, si le alcanza con
cruzar las piernas para conseguir lo que quiere. Y además falso porque ella
nunca tuvo familia y por lo que se sabe terminó apelando, para protegerse, a un
abogado muerto de hambre, un defensor de pobres y ausentes, un borracho
desahuciado que tiene su estudio en el fondo del mundo, en un pueblo que se
llama San Bartolomé.
A
Charlie «Toninho» Samoná lo habíamos visto antes aquí, en la frontera, porque
vive de la selva. Fue el único sobreviviente en un accidente de aviación hace
un par de años y pasó un mes perdido en el monte y caminó más de una semana
antes de llegar a Manaos. Se gana la vida contándole esa historia a las viudas
ricas y haciendo excursiones por el río hasta el fin del Amazonas.
Parece
que Toninho conoció a Míster Morrison y a la muchacha en un hotel de Buenos
Aires y los entusiasmó para subir al monte. Thomas Morrison III es
heredero de herederos y la fortuna de su familia cotiza en la bolsa de Tokio.
Encontraron
el Land Rover de Toninho en un barranco, cincuenta kilómetros al norte de aquí,
con el cadáver de los dos hombres y ningún rastro de la mujer. En el baúl había
dos cintas de Super-8. Morrison los había filmado continuamente, a Clide y a
Toninho, sobre todo a Clide, como si para eso hubiera hecho el viaje.
Para
eso y para morir en un descampado. En la última imagen se lo ve sentado en un
tronco, en el claro del bosque, con anteojos negros y desnudo, una pistola 7,65
en la mano mientras que al fondo se adivina la silueta huidiza de Toninho que
extiende la mano hacia la chica que escapa. Seguro Morrison apuntaló la cámara
en un árbol y se filmó a sí mismo y la imagen captó el momento en que Toninho
le dice a la chica que huya o quiere retenerla pero todo es confuso porque los
dos están ya fuera de foco.
Esa
imagen final y las imágenes de la última semana casi se pierden porque un
campesino se robó la cámara la tarde del accidente; encontró la camioneta con
los muertos y la cámara tirada en un costado y se la llevó para venderla. Lo
descubrieron varias semanas después y el hombre estaba despavorido porque temía
que lo acusaran del crimen.
Era un
mestizo japonés, que tenía un cultivo de yuca en las afueras del San Cristóbal.
No había visto nada, no sabía nada, solo dijo que los monos y los loros esa
noche habían chillado hasta el alba y que él salió a ver qué pasaba y encontró
el Land Rover volcado y restos de un campamento en el claro del bosque.
La
cámara estaba intacta, cargada con los últimos metros de película. Claro que
cuando se pudo ver lo que Morrison había filmado antes de morir ya todos en el
pueblo teníamos una versión y nadie necesitaba otras pruebas ni creía en las
imágenes.
Nadie,
claro, salvo el juez. Pero el juez era un empecinado, un hombre abstracto, lo
que yo llamo un hombre abstracto, que vive de acuerdo con sus principios y solo
hace juicios críticos a priori, un kantiano, un discípulo de Kelsen, cuya
concepción básica, su razón suficiente, diría, era que solo hay que creer en lo
que se ve y solo en eso. Tenía ojos claros, de ese celeste desganado que los
ingleses llaman gris, y porque era hijo de ingleses se sentía obligado a ser
irónico, distante, indirecto, con un humor tan fino que uno tardaba una semana
en darse cuenta de dónde estaba la gracia del asunto cada vez que el juez decía
algo divertido.
Era un
hombre detallista, muy cuidadoso, me acuerdo que llevaba una petaca de brandy,
una de esas petaquitas de metal, forradas de cuero fino, que se guardan en un
bolsillo secreto del chaleco, y eso lo sé porque una vez lo vi meter los dedos
finos en la sisa, como si fuera un carterista de sí mismo, el juez, y sacar la
petaca limpiamente y beber un trago, en medio de la calle. La levantó apoyada
contra la palma de la mano izquierda, porque era zurdo, entre el pulgar y el
dedo chico, mientras con la derecha abría la tapita niquelada y le dio un golpe
seco, quebrando la muñeca, y después de beber le limpió el borde con un pañuelo
blanco y me convidó pero yo le dije que no tomaba en la calle y él sonrió
resignado y me empezó a contar que se había hecho hacer varios chalecos con un
sastre de Olivos que era el único, según el juez, que todavía recordaba la
costumbre de los caballeros ingleses de llevar su petaca de brandy en el
bolsillo del chaleco y seguía cortando esos chalecos con bolsillo secreto
aunque el juez y el dueño de una cadena de cines de Adrogué y el embajador de
la India en Buenos Aires eran los últimos clientes que le quedaban al sastre,
claro que, por supuesto, agregó el juez, hacerse el chaleco quería decir
también hacerse el traje, así que el sastre podía sobrevivir, en su casa de
Olivos, donde tenía el taller y vivía solo, entre casimires y centímetros de
hule amarillo y sacos con las entretelas dibujadas con grandes tizas
triangulares exhibidos sobre blancos maniquíes de madera sin cabeza.
Me dio
toda esa explicación porque pensó que yo me había sorprendido, no por verlo
tomar un trago en la calle y en esas circunstancias, sino por la costumbre
insólita de usar chaleco en verano, en el norte de Misiones, como si me dijera
que usaba el chaleco y las camisas blancas y el traje oscuro solo para llevar
la petaca de brandy con él donde fuera que iba. No era un alcohólico ni nada
parecido, sobre todo comparado con la gente de por aquí, que toma alcohol marca
Acevedo que compra en la farmacia y lo mezcla con cáscaras de naranja para
perder la cabeza al primer sorbo, nada de eso, el juez usaba la petaquita
cuando estaba desesperado o muy nervioso porque en realidad su costumbre,
enseguida, fue venir aquí a tomarse su vaso de whisky al caer la tarde, a la
vista de todos, cuando había terminado el trabajo del día, en el juzgado que
había improvisado en el hotel.
Era un
hombre decente que llegó a este lugar, en el fin del mundo, y se largó a buscar
la verdad como quien rastrea, en la selva, un caballo perdido.
Trabajaba
en Posadas pero era de Rosario y había vivido en Londres y le asignaron este
caso porque sabía hablar inglés. Lo vimos llegar una noche a la estación y
bajar del tren con una valija y un perramus y mirar el pueblo como quien acaba
de desembarcar en el infierno. Y era ahí donde había desembarcado, claro; pero
él lo confirmó solo al final.
Tenía
una pieza reservada en el hotel de la plaza y enseguida quiso ver las
filmaciones. Pasó tres días encerrado en el cuarto del hotel con las imágenes
titilando contra un lienzo colgado en la pared, sentado en la penumbra bajo el
ventilador de paleta, atrás del proyector, fumando y tomando notas, haciendo
planos, mapas, certificando datos, rostros, recuerdos. Después instaló la
oficina del juzgado y abrió el sumario y empezó a llamar a los testigos. Gente
de la zona, campesinos, pescadores, que habían visto pasar a Morrison, a Clide
y a Toninho, acampar, seguir, meterse cada vez más adentro en la selva. Los
relatos confirmaban, desmentían, completaban lo que se veía en las imágenes
filmadas.
La
historia se iba construyendo en fragmentos, una historia densa, cada vez más
perversa. Habían viajado hacia el norte, paralelos al curso del río, pescando y
cazando y fotografiando a los pájaros o grabando el chillido de los monos como
si ese hubiera sido el sentido de la aventura. A partir de ese itinerario
podían tejerse varias tramas igualmente verdaderas e igualmente siniestras.
En
una, por ejemplo, Morrison usaba a Clide y a Toninho para su placer personal;
en otra Toninho engañaba a Morrison; en otra se enfrentaban los dos aplastados
por el tedio y el horror de estar lejos de todo, perdidos en el monte. Lo
cierto es que de pronto habían tomado la decisión inesperada de regresar y se
volvían y tenían el accidente en el barranco del norte. En esa trama
contradictoria solo la figura de la muchacha se destacaba, nítida, siempre
igual a sí misma. Como si solo la mujer hubiera existido realmente, y todo el
resto, incluso los muertos, fueran ficciones, conjeturas. En ese juego de
imágenes y de falsas realidades quedó capturado el juez.
Todas
sus convicciones se derrumbaron cuando el campesino entregó la cámara y pudo
ver la cinta que faltaba. Esas imágenes lo alucinaron, se quedó fijo ahí,
fascinado por la chica y por su historia. Primero buscaba pruebas, pero después
solo buscaba a la muchacha. Detenía la imagen sobre la imagen desnuda de Clide,
sobre la cama donde Toninho y ella se deleitaban en la depravación, sobre la
chica besando a Morrison, sobre la chica caminando sola por un claro del bosque
o durmiendo en el catre, bajo el mosquitero, junto al fuego, en medio de la
noche.
Pasaba
cada vez más tiempo en su cuarto, detenido en el cuerpo bellísimo de Clide
reproducido en la pantalla, y tomaba cerveza, porque empezó a pedir cerveza, y
esa fue la primera señal de que ya se había hundido. Se sentaba en el sillón de
caña en medio del cuarto, a mirar las imágenes. A veces salía al balcón,
enfrente estaba el monte, atrás la luz celeste del proyector con la figura
inolvidable de la muchacha.
La
gente es rara, cambia de golpe, basta una ilusión y la vida se da vuelta.
Empezó a tomar cerveza brasileña y a quedarse horas quieto frente a la imagen
de la chica, buscando algo que se le había perdido. Y esos fueron los primeros
signos de que el juez había cambiado. Tomaba cerveza en su cuarto, whisky en el
cabaret y brandy en la calle. Esa sería para mí, dijo el pianista, la forma más
rápida de describir su evolución.
Me
acuerdo la primera vez que entró aquí. El local estaba vacío, yo tocaba «How
Deep Is the Ocean» de Irving Berlin según la versión de Oscar Peterson y el
juez se paró frente a la barra y pidió un whisky. La luz entraba por la
claraboya y todo estaba quieto y tranquilo. De pronto Thelonius se trepó a la
barra, corrió por el estaño, se detuvo frente al juez y metió los deditos en su
vaso de whisky, eso duró un instante que pareció eterno, porque enseguida el
mono se escapó hacia el costado y se empezó a chupar los dedos, sentado sobre
el mostrador, levantando y bajando la carita, con una expresión de asombro y de
tristeza en sus ojos enormes.
—Oiga
—dijo el juez, y me miró, ahora con el vaso en la mano—, el mono se lavó los dedos en mi vaso de
whisky.
—The monkey washed his fingers in my glass of whiskey
—dije yo—. Por el título no lo conozco,
pero si me lo tararea seguro lo saco.
Entonces,
luego de un segundo de vacilación, el juez se largó a reír; fue una risa rara,
lejana, como si se hubiera reído en inglés. Después se bajó del taburete y vino
hasta aquí y se sentó a la misma mesa donde se sentaba Clide para cantar «The
Lady Is a Tramp».
Estaba
en otro planeta, eso supo, ese día, el juez, cuando Thelonius hizo su numerito
de meter sus dedos en el vaso de whisky y chupárselos, porque también el mono
(como todos nosotros) necesitaba emborracharse para soportar la vida. Estaba en
otro mundo, estaba en la frontera, en el borde de la nada.
Nos
entendimos enseguida, el juez y yo, por el chiste del mono, porque ninguno de
los dos era de aquí, porque los dos habíamos perdido todo salvo el prestigio
incierto de lo que parecíamos ser (un juez, un pianista) y porque ninguno de
los dos hubiera hecho lo que el otro hacía.
Él
empezó a venir para escucharme hablar de Clide, porque yo había visto de cerca
a la muchacha y se me acercó para tener una visión un poco más directa de las
cosas. Era obvio que estaba obsesionado con ella, no ya con lo que podía
complicarla en el crimen (si es que hubo un crimen) sino con el misterio de la
chica.
Nunca
antes había visto de cerca a un juez —dijo el pianista—, pero entiendo que es una profesión solitaria. Difícil ser juez, pero
este además de ser juez era un alucinado, un poseído. A la madrugada, si alguno
de nosotros salía a caminar por las calles vacías, veía siempre, en el piso
alto del hotel, al juez, fumando, en el balcón, buscando el fresco de la madrugada
con la luz mortecina del proyector iluminando apenas la ventana del cuarto.
Hablaba
de Clide como si fuera un recuerdo personal, como si ella lo hubiera abandonado
por otro o se hubiera marchado sin darle explicaciones. Buscaba detalles,
rasgos que confirmaran lo que ya sabía. Parecía enfermo, enfurecido.
No
tenía otra cosa que imágenes en un lienzo blanco, pero las convirtió en lo
único que había de verdaderamente real en su vida.
Lo
supe claramente una noche en la que esperó hasta que cerrara el cabaret y se
vino conmigo. Salimos juntos al calor húmedo que subía del monte y caminamos
hasta su hotel. Esa fue la vez que lo vi tomar de la petaca en la calle y esa
fue la vez que me contó la historia del sastre de Olivos que fabricaba los
chalecos con bolsillo secreto para él, para el dueño de los cines de Adrogué y
para el embajador de la India en Buenos Aires.
Esa
madrugada vino como a despedirse, porque había decidido, me dijo, subir a
buscarla. Dijo subir y esa fue otra prueba de que había cambiado y de que ya
hablaba como nosotros, como los forasteros que terminamos hundidos en la selva.
¿Sabía
yo de la hacienda Las Lobas en la frontera sur? Tenía datos, ella estaba ahí,
se lo había dicho el capanga de esa plantación de café del lado del Brasil. No
tenía jurisdicción pero eso no lo detuvo. Contrató un chofer y se fue esa misma
mañana. Salió a buscarla, se metió en la selva, solo con la imagen de la chica
y la seguridad de que si alguien la había visto alguna vez no podría olvidarla.
Llegó
a la hacienda dos días después. Se entrevistó con el patrón, don Cayetano
Souza, que lo recibió como a un dignatario del gobierno. La muchacha había
estado ahí, se sentía perseguida, decía que era víctima de una conjura, que
querían culparla de un crimen. Se había quedado dos semanas y después había
seguido viaje, estaba asustada, necesitaba que la defendieran. No se fue muy
lejos, le dijo Souza, se fue a San Bartolomé a buscar un abogado, un tal
Quiroga.
Entonces
el juez siguió esa pista, anotó los datos, cruzó el río y llegó a San Bartolomé
en una lancha al anochecer y se metió en los barrios altos del poblado. La casa
del abogado tenía dos pisos y tardaron en abrirle. Conducido por una mucama que
parecía muda cruzó varias escaleras y pasillos hasta una pieza donde un hombre
deliraba de fiebre tendido en una cama cubierta con un mosquitero. Era Quiroga.
Cada tanto el hombre sacaba un brazo fuera del tul y levantaba una botella de
ginebra para tomar del pico.
A las
dos horas el juez pudo entender que la muchacha le había pedido protección
legal, que era inocente y que él le había aconsejado que se presentara ante el
juez pero ella se había ido y había cruzado otra vez la frontera y que andaba
por ahí, escondida, entre Misiones y Formosa.
Eso
fue todo lo que trajo del viaje. La conversación con Souza y los papeles
indecisos del descargo que le había escrito ese defensor de pobres y ausentes,
el Tordo Quiroga, como lo llamaban todos en San Bartolomé, un borracho perdido,
enfermo de malaria, que se ganaba la vida firmando sin leer pedidos de habeas
corpus para los traficantes paraguayos que se defendían de la extradición en la
zona de la triple frontera.
Eso
era todo, es decir no era nada, pero le alcanzó. Con esos testimonios y esos
datos que cualquiera hubiera descartado, dictó sentencia. Dijo que había sido
un accidente, que la chica estaba libre de culpa y cargo y mandó el escrito a
Posadas y, antes de que la justicia se hubiera enterado de su dictamen, hizo
sacar en los diarios de la provincia el fallo con el nombre y la foto de Clide
y la declaración donde se aseguraba, una y otra vez, que la muchacha era
inocente.
Después
de eso se sentó a esperar. Estaba convencido de que ella iba a venir. Pero lo
que llegó no fue la chica, sino una orden del tribunal federal de Santa Fe que
le exigía volver de inmediato y llevar las pruebas, las cintas, los documentos,
porque su fallo había sido apelado y su conducta jurídica y su ética
profesional puestas en cuestión.
El
juez iba a ser juzgado.
Pagó
todas sus cuentas, preparó la valija, y se fue, con el perramus que nunca había
usado en el brazo derecho, la petaca de brandy en el bolsillito del chaleco y
su mirada siempre clara, siempre imperturbable.
Pidió
un taxi y se hizo llevar al aeropuerto de Posadas. Cuando terminó de hacer los
trámites y despachó la valija, entró en el bar y pidió una cerveza.
Y
entonces sucedió algo extraordinario.
Sentada
a una mesa, contra la ventana, tomando un cóctel, estaba Clide. Él estaba
parado en la barra, muy cerca de ella, y la miró contra el aire limpio de la
tarde y no la reconoció.
La
chica estaba ahí, tranquila, con su bello rostro iluminado por la luz que
entraba por el ventanal, pero fue como si él nunca la hubiera visto.
¿No es
maravilloso? —dijo el pianista—. Un momento perfecto, inolvidable. Estuvieron
juntos, en ese bar casi vacío, igual que en un sueño.
Se
miraban tranquilos, indiferentes, nítidos en la claridad de ese lugar limpio y
bien iluminado.
Hasta
que por fin el juez terminó la cerveza, salió, cruzó el hall y pasó a la zona
de embarque.
Clide
siguió en el bar, esperando su vuelo a Buenos Aires, y sin duda lo vio por la
ventana caminar por la pista, con el perramus en el brazo, y subir al avión que
lo llevaba de vuelta a la realidad.
Siempre
lamenté no haber estado ahí para poder acompañar la escena con el piano.
Todo
podía haber cambiado en un instante y todo siguió igual. La vida es rara, dijo
el pianista, sonriendo apenas.
Entonces
se inclinó sobre el teclado y empezó a tocar «The Lady Is a Tramp».
El
mono, desde un rincón, se agitó cuando escuchó la melodía, y miró hacia la
puerta de entrada con sus grandes ojos inquietos.