Antón Chéjov
En una
tarde maravillosa, el no menos maravilloso alguacil Iván Dmítrich Cherviakov se
hallaba sentado en la segunda fila de butacas y miraba con los gemelos Las
campanas de Corneville [opereta de R. J. L. Planquette (1848-1903)]. Miraba y
se sentía lleno de felicidad. Pero de pronto… En los relatos aparecen con
frecuencia estos «pero, de pronto». Los autores tienen razón: la vida está
llena de imprevistos. Pero, de pronto su rostro se amigó, sus ojos se pusieron
en blanco, su respiración cesó… apartó los gemelos de los ojos, se inclinó y…
¡atchís! Como ven, estornudó. En ninguna parte se prohíbe a nadie estornudar.
Estornudan los muzhiks [hombres de bajo estatus social que trabajaban el
campo], los jefes de policía y a veces hasta los Consejeros secretos. Todos
estornudan. Cherviakov no se azoró en absoluto, se limpió con el pañuelo y,
como persona bien educada, miró a su alrededor para ver si había molestado a
alguien con su estornudo. Entonces le llegó la hora de azorarse. Vio que un
viejo, sentado delante de él en la primera fila de butacas, se frotaba
cuidadosamente la calva y el cogote con un guante, refunfuñando algo. En el
viejo Cherviakov reconoció al general del Estado Brizhálov, del Ministerio de
Caminos.
«¡Le he salpicado! —pensó Cherviakov—.
No es mi jefe, pero de todos modos es una situación incómoda. Tengo que
disculparme».
Cherviakov tosió, se inclinó hacia delante y
susurró al oído del general:
—Disculpe, Excelencia, le he salpicado…
no era mi intención…
—No es nada, no es nada…
—Por el amor de Dios, discúlpeme. Es
que… ha sido sin querer.
—¡Por favor, siéntese! ¡Déjeme escuchar!
Cherviakov se azoró, sonrió
estúpidamente y comenzó a mirar al escenario. Miraba, pero ya no sentía
felicidad alguna. Comenzó a sentirse molesto. En el descanso se acercó a
Brizhálov, pasó a su lado y, venciendo su timidez, balbuceó:
—Le he salpicado, Excelencia…
Discúlpeme… Es que… no era para…
—¡Déjelo ya! Ya lo había olvidado y
usted sigue con lo mismo —dijo el general moviendo con impaciencia el labio
inferior.
«Lo ha olvidado, pero me mira con mal
ojo —pensó Cherviakov mirando recelosamente al general—. Ni siquiera quiere
hablarme. Tendría que explicarle que yo en absoluto quería… que es ley de la
naturaleza. Si no, pensará que quería escupirle. Si no lo piensa ahora, lo
pensará después…».
Al llegar a casa, Cherviakov contó su
grosería a su mujer. Le pareció que ésta se tomaba el suceso muy a la ligera;
sólo se inquietó al principio, pero luego, cuando supo que Brizhákov no era su
jefe, se tranquilizó.
—De todos modos, ve y pídele disculpas
—dijo ella—. Si no, creerá que no sabes comportarte en público.
—¡Eso es! Yo me he disculpado, pero él
estaba tan raro… No dijo ni una palabra sensata. Además, no hubo tiempo para
hablar.
Al día siguiente Cherviakov se puso el
uniforme nuevo, se cortó el pelo y fue a ver a Brizhánov para explicarse… Al
entrar en la sala de espera del general vio a muchos demandantes, y entre
ellos, al propio general que ya había empezado a atender las solicitudes. Tras
despachar con algunos demandantes, el general alzó la vista hacia Cherviakov.
—Ayer, en el «Arcadia» [jardín de verano
de Petersburgo, que tenía un teatro donde se representaban obras cómicas],
quizás lo recuerde, Excelencia —comenzó a exponer el alguacil—, yo estornudé y,
sin querer, le salpiqué… Le ruego…
—¡Por Dios! ¡Qué tontería! ¿Qué se le
ofrece? —preguntó el general al siguiente demandante.
«No quiere hablar —pensó Cherviakov,
poniéndose pálido—. O sea, que está enfadado… No, esto no hay que dejarlo así…
Se lo explicaré…».
Cuando el general terminó de hablar con
el último demandante y se dirigía a las salas de dentro, Cherviakov dio un paso
hacia él y balbuceó:
—¡Excelencia! Si me atrevo a importunar
a Su Excelencia es precisamente por sentir, puedo decir, arrepentimiento… No
fue a propósito… permítame asegurárselo.
El general puso cara de llanto y agitó
la mano.
—Usted se burla de mí, Señor mío —dijo,
desapareciendo tras la puerta.
«¿De qué burla se trata? —pensó Cherviakov—.
No hay en absoluto ninguna burla. Es general, y no puede entenderlo. Pues bien,
no pienso pedir más disculpas a ese fanfarrón. ¡Que se vaya al diablo! Le
escribiré una carta, pero no vuelvo. ¡Por Dios, que no vuelvo!».
Así pensaba Cherviakov de camino a casa.
No escribió la carta al general. Pensó una y otra vez en ella, pero no
consiguió redactarla. Tuvo que volver al día siguiente a explicarse en persona.
—Ayer vine a importunar a Su Excelencia
—empezó a decir, cuando el general levantó hacia él unos ojos inquisidores— no
para reírme de usted, como usted tuvo a bien decirme. Le pedía disculpas porque
al estornudar, le salpiqué…, pero para nada pensé en reírme de usted. ¿Cómo me
iba a atrever a burlarme? Si nos burláramos, entonces no tendríamos respeto
alguno… a las personas…
—¡Fuera! —bramó de pronto el general,
lívido y trémulo.
—¿Cómo? —susurró Cherviakov, pasmado de
terror.
—¡Fuera! —repitió el general,
pataleando.
Algo se quebró en el vientre de
Cherviakov… Sin ver ni oír nada, retrocedió hacia la puerta, salió a la calle y
echó a andar despacio… Al llegar maquinalmente a su casa, sin quitarse el
uniforme, se tumbó en el diván y… murió.