Robert E. Howard
Me
desperté de repente y me incorporé en la cama, preguntándome somnoliento quién
podría estar aporreando la puerta con tanta violencia; amenazaba con romper las
jambas. Se oyó un grito, afilado intolerablemente por un terror demencial.
—¡Conrad!
¡Conrad! —gritaba alguien al otro lado de la puerta—. ¡Por amor de Dios!
¡Déjame entrar! ¡Lo he visto!… ¡Lo he visto!
—Suena
a la voz de Job Kiles —dijo Conrad levantando su robusto cuerpo del diván en el
que había estado durmiendo tras cederme su cama—. ¡No tires la puerta abajo!
—gritó cogiendo las zapatillas—. Ya voy.
—¡Date
prisa! —berreó el visitante invisible—. ¡Acabo de mirar al mismísimo infierno a
los ojos!
Conrad
encendió la luz y abrió la puerta de par en par; y medio cayéndose, medio
tambaleándose, entró una figura con los ojos desorbitados, que reconocí como el
hombre agrio y tacaño que vivía en la pequeña hacienda vecina a la de Conrad.
Ahora se observaba un espeluznante cambio en el anciano, normalmente tan
circunspecto y comedido. Con el ralo cabello erizado y gotas de sudor sobre su
piel cenicienta, su cuerpo se convulsionaba con violentos espasmos.
—En el
nombre de Dios, ¿qué ocurre, Kiles? —exclamó Conrad, mirándole fijamente—.
¡Parece que hubieras visto un fantasma!
—¡Un
fantasma! —la aguda voz de Kiles se rompió y se tornó en un estertor de risa
histérica—. ¡He visto un demonio del infierno! Créeme, lo he visto… ¡esta
noche! ¡Hace tan sólo unos minutos! ¡Miró por la ventana y se rió de mí! ¡Oh,
Dios mío… su risa!
—¿La
risa de quién? —gruñó Conrad impaciente.
—¡De
mi hermano Jonas! —gritó el viejo Kiles.
Incluso
Conrad dio un respingo al oírle. Jonas, el hermano gemelo de Job, llevaba
muerto una semana. Tanto Conrad como yo habíamos visto el cadáver en el
sepulcro situado en la cima de las pronunciadas pendientes de Dagoth Hills.
Recordé el odio que había existido entre ambos hermanos… Job el avaro, Jonas el
derrochador, que en sus últimos días había estado sumido en la pobreza y la
soledad en la vieja y ruinosa mansión familiar al pie de las laderas de Dagoth
Hills, destilando en su alma amargada un odio venenoso contra su hermano, que
vivía en su propia casa en el valle. Era un sentimiento recíproco. Incluso
cuando Jonas yacía agonizante, Job permitió a regañadientes que lo llevaran a
su lado. Justamente se encontraba a solas con Jonas cuando éste murió, y la
escena de la muerte debió de ser terrible, porque Job salió a toda prisa de la
habitación con el rostro lívido y el cuerpo tembloroso, perseguido por un
horrible cacareo de risa burlona que cesó abruptamente con el último estertor.
Ahora
el viejo Job se encontraba frente a nosotros; el sudor le caía por la piel
cenicienta y balbucía el nombre del hermano muerto.
—¡Lo
he visto! Esta noche me quedé despierto hasta más tarde de lo habitual. En
cuanto apagué la luz para dormir… lo vi mirándome maliciosamente a través de la
ventana bajo la luz de la luna. Ha regresado del infierno para arrastrarme con
él a las profundidades, como juró que haría cuando agonizaba. ¡No es humano!
¡No lo ha sido desde hace años! Lo sospeché cuando regresó de sus largas
estancias por Oriente. ¡Es un demonio con apariencia humana! ¡Un vampiro!
¡Planea la destrucción tanto de mi cuerpo como de mi alma!
Permanecí
sentado sin habla, profundamente conmovido, e incluso Conrad no halló respuesta
alguna. Enfrentado a una aparente prueba de total locura, ¿qué podía decir o
hacer? Obviamente, mi único pensamiento era que Kiles había perdido la cabeza
por completo. En ese momento, asió a Conrad por las solapas de su bata y lo
sacudió violentamente en un ataque de pánico.
—¡Sólo
puede hacerse una cosa! —gritó con un brillo desesperado en los ojos—. ¡Tengo
que ir a su tumba! ¡Debo comprobar con mis propios ojos que aún yace allí donde
lo dejamos! ¡Y tú debes venir conmigo! ¡No me atrevo a cruzar a solas la
oscuridad! Podría estar esperándome… ¡acechándome tras un arbusto o un árbol!
—¡Esto
es una locura, Kiles! —protestó Conrad—. Jonas está muerto… debe de haber sido
un mal sueño…
—¡Un
mal sueño! —su voz se alzó en un grito ronco—. He tenido muchos desde que
estuve junto a él en su maléfico lecho de muerte y escuché sus amenazas
blasfemas brotando como un río negro de sus labios espumeantes… ¡Pero esto no
ha sido un sueño! Estaba totalmente despierto, y créeme… ¡créeme cuanto te digo
que vi al demonio de mi hermano Jonas mirándome diabólicamente a través de la
ventana!
Se
retorcía las manos, gimiendo aterrorizado; todo su orgullo, comedimiento y
compostura habían sido sustituidos por un hondo terror primitivo y animal.
Conrad me miró, pero no tenía ninguna sugerencia que ofrecerle. El asunto
parecía tan absurdo que lo único obvio parecía ser dar parte a la policía para
que condujesen al viejo Job al manicomio más cercano. Sin embargo, en sus
gestos se adivinaba un terror primigenio que parecía incluso más insondable que
la propia locura, y el cual, debo admitir, hizo que un espeluznante cosquilleo
me recorriese la columna vertebral.
Como
si percibiera nuestras dudas, Job volvió a hablar:
—¡Ya
sé! ¡Pensáis que estoy loco! ¡Estoy igual de cuerdo que vosotros! Pero voy a ir
a esa tumba, aunque tenga que ir solo. Y si permitís que vaya solo, mi sangre
ensuciará vuestras manos… ¿Vais a venir, o no?
—¡Espera!
—Conrad comenzó a vestirse apresuradamente—. Iremos contigo. Supongo que lo
único que puede acabar con esta alucinación es la visión de tu hermano en su
ataúd.
—¡Sí!
—el viejo Job se carcajeó con risa siniestra—. ¡En su tumba, dentro de ese
ataúd sin tapa! ¿Por qué preparó aquel ataúd abierto antes de su muerte y dio
instrucciones para que no se colocase ningún tipo de tapa sobre él?
—Siempre
fue un excéntrico —contestó Conrad.
—Siempre
fue un demonio —gruñó el viejo Job—. Nos odiábamos desde que éramos jóvenes.
Cuando dilapidó toda su herencia y regresó arrastrándose sin un penique, le
mortificaba que yo no quisiera compartir la riqueza que había amasado con tanto
trabajo. ¡Es el perro negro! ¡El demonio salido de los fosos del Purgatorio!
—Bueno,
pronto comprobaremos que yace seguro en su tumba —dijo Conrad—. ¿Listo,
O’Donnel?
—Listo
—respondí, ajustando la funda de mi pistola del calibre 45. Conrad se rió.
—No
puedes olvidarte de tus raíces texanas, ¿eh? —bromeó—. ¿Crees que será
necesario disparar a un fantasma?
—Bueno,
nunca se sabe —respondí—. No me gusta salir de noche sin ella.
—Las
pistolas no sirven de nada contra un vampiro —dijo Job, sacudiéndose
nerviosamente con impaciencia—. Tan sólo hay una cosa que puede acabar con él…
una estaca clavada en su negro y demoníaco corazón.
—¡Por
todos los santos, Job! —Conrad soltó una corta risotada—. No puede ser que
estés hablando en serio.
—¿Por
qué no? —una llamarada de locura prendió en sus ojos—. En el pasado existían
los vampiros… y aún existen en Europa del Este y Oriente. Oí a mi hermano
pavonearse de sus conocimientos acerca de los cultos secretos y la magia negra.
Yo ya lo sospechaba… y, entonces, cuando agonizaba, me reveló su terrible
secreto… ¡me juró que volvería de la tumba y me arrastraría al infierno con él!
Salimos
de la casa y cruzamos el jardín. Aquella parte del valle estaba poco poblada,
aunque a tan sólo unos cuantos kilómetros hacia el sudeste brillaban las luces
de la ciudad. Hacia el oeste, anexas a las tierras de Conrad, se extendían las
tierras de Job, y la sombría casa se erguía adusta y silenciosa entre los
árboles. Aquella casa era el único lujo que el anciano tacaño se permitía. Un
kilómetro al norte fluía el río, y hacia el sur se dibujaba el sombrío contorno
de aquellas colinas bajas y ondulantes, con las cimas yermas y pendientes
cubiertas de matorrales que se conocían como las Dagoth Hills, un nombre
curioso sin conexión con ninguna de las lenguas indias conocidas, y sin embargo
utilizado por primera vez por un piel roja para designar este achatado
accidente geográfico. Estaban prácticamente deshabitadas. Había granjas a los
pies de algunas colinas, orientadas hacia el río, pero en los valles interiores
la capa de tierra era muy poco profunda, y las colinas demasiado rocosas para
el cultivo. A menos de medio kilómetro de las tierras de Conrad se hallaba el
viejo caserón laberíntico en el que la familia Kiles había vivido durante tres
siglos… al menos, los cimientos de piedra tenían esa antigüedad, aunque el
resto de la vivienda era más moderno. Me pareció que Job se estremeció al
mirarla, agarrotado como un buitre sobre un palo contra el oscuro fondo sinuoso
de las Dagoth Hills.
Nos
adentramos en una noche azotada por el viento para llevar a cabo nuestra
demencial misión. Las nubes se cruzaban por delante de la luna sin cesar y el
viento aullaba entre los árboles, produciendo extraños ruidos nocturnos y
dotando a nuestras voces de curiosos efectos. Nuestro objetivo era la tumba que
se erguía en la parte más elevada de una colina que sobresalía por encima del
resto, y se alzaba a espaldas y por encima de la alta meseta en la que estaba
situado el viejo caserón de los Kiles. Era como si el ocupante del sepulcro
dominara con la vista la casa ancestral y el valle que sus antepasados habían
poseído entre la cordillera y el río. Ahora las únicas tierras que aún formaban
parte de las posesiones familiares se limitaban a una franja de tierra de la
ladera que subía la colina, con la casa en el extremo más bajo y la tumba en el
más alto.
La
colina sobre la que se había construido la tumba era distinta al resto, como ya
dije, y al dirigirnos hacia el sepulcro pasamos cerca de la cumbre recubierta
de matorrales y que acababa bruscamente en un precipicio boscoso. Estábamos
llegando al punto de esta cresta rocosa cuando Conrad hizo una observación.
—¿Qué
es lo que llevaría a Jonas a construir esta tumba tan lejos del panteón familiar?
—El no
la construyó —gruñó Job—. Fue construida hace mucho tiempo por nuestro
antepasado, el viejo Capitán Jacob Kiles, por el cual este saliente en
particular es aún conocido como la Colina del Pirata… era bucanero y
contrabandista. Por algún extraño capricho construyó su tumba allí arriba, y
mientras vivió pasó mucho tiempo allí a solas, especialmente de noche. Pero no
llegó a ocuparla porque su cuerpo se hundió en el océano en el transcurso de
una contienda contra un buque de guerra. Solía vigilar en busca de enemigos o
soldados desde ese montículo, y ésa es la razón de que la gente lo siga
llamando hoy en día el Cabo del Contrabandista.
»La
tumba estaba en ruinas cuando Jonas comenzó a vivir en el viejo caserón, e hizo
que la reconstruyeran para recibir sus restos. ¡Bien sabía que no sería capaz
de descansar eternamente en tierra consagrada! Antes de morir dejó todas las
instrucciones… la tumba había sido reconstruida, y el ataúd sin tapa situado en
su interior para recibir sus restos…
Me
estremecí en contra de mi voluntad. La oscuridad, las nubes embravecidas que se
deslizaban por delante de la luna leprosa, el enervante ulular del viento, las
lúgubres colinas negras cerniéndose sobre nuestras cabezas, las dementes
palabras de nuestro compañero, todo ello se confabuló en mi imaginación para
poblar la noche de siluetas de horror y pesadilla. Miré nerviosamente las
laderas recubiertas de matorrales, negras y repulsivas bajo la luz cambiante, y
deseé que no tuviéramos que pasar tan cerca de los acantilados boscosos y
malditos por la leyenda del Cabo del Contrabandista, que sobresalían como la
proa de un barco de la siniestra cordillera.
—No
soy una niña tonta que se asusta de las sombras —farfullaba el viejo Job—; vi
su diabólico rostro en la ventana iluminada por la luna. Siempre he tenido la
secreta certeza de que los muertos pasean de noche. Esperad… ¿qué ha sido eso?
Se
paró en seco, paralizado con una expresión de profundo terror.
Agudizamos
los oídos instintivamente. Oímos las ramas de los árboles agitándose en el
vendaval, también el crujir de la hierba crecida.
—Sólo
es el viento —murmuró Conrad—. Distorsiona todos los sonidos…
—¡No!
¡No, créeme! Era…
Un
alarido fantasmal llegó hasta nosotros arrastrado por el viento… una voz
embargada de un miedo mortal y agónico.
—¡Auxilio!
¡Auxilio! ¡Oh, Dios, ten piedad! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!…
—¡Es
la voz de mi hermano! —gritó Job—. ¡Me está llamando desde el infierno!
—¿De
dónde provenía? —susurró Conrad, con los labios repentinamente resecos.
—No lo
sé —se me erizó el cabello de mis húmedos miembros—. No sabría decirte. Podría
venir de arriba… o de abajo. Llega extrañamente amortiguada.
—¡La
barrera de la tumba amortigua su voz! —gritó Job—. ¡La mortaja que le cuelga
apaga sus gritos! ¡Creedme, está aullando sobre los hierros candentes del
infierno, y quiere arrastrarme ahí abajo para que comparta su destino!
¡Continuemos! ¡Sigamos nuestro camino a la tumba!
—Que
es el camino final de toda la humanidad —susurró Conrad.
Pero
su truculento malabarismo con las palabras de Job no ayudó a confortarme lo más
mínimo. Fuimos tras el viejo Kiles, casi sin poder seguirle el paso, mientras
avanzaba a grandes zancadas; una figura demacrada y grotesca atravesando las
laderas hacia la mole acurrucada y con apariencia de calavera tenuemente
brillante bajo la irreal luz de la luna.
—¿Reconociste
esa voz? —pregunté a Conrad.
—No lo
sé. Estaba amortiguada, como dijiste. Podría tratarse de algún efecto del
viento. Si te dijese que me sonó a la voz de Jonas, pensarías que estoy loco.
—A
estas alturas no —susurré—. Pensé que era una locura al principio. Pero el
espíritu de la noche ha invadido mi sangre. Estoy predispuesto a creer
cualquier cosa.
Escalamos
la última pendiente y llegamos hasta la enorme puerta de hierro del sepulcro.
Por la parte superior y posterior de ésta se elevaba una empinada colina, enmascarada
por espeso matorral. El lúgubre mausoleo parecía envuelto en un aire siniestro,
intensificado por los fantásticos acontecimientos de la noche. Conrad encendió
una linterna y alumbró el pesado candado, de apariencia anticuada.
—Esta
puerta no ha sido abierta —dijo Conrad—. El candado no está forzado. Mira… las
arañas ya han comenzado a tejer sus telas en el umbral de la puerta, y los
hilos no están rotos. La hierba frente a la puerta no está pisoteada, como
hubiera ocurrido si alguien hubiera entrado recientemente en la tumba… o
hubiera salido.
—¿Y
qué son las puertas y los candados para un vampiro? —sollozó Job—. Atraviesan
paredes sólidas como fantasmas. Creedme, no descansaré hasta que haya ido a esa
tumba y haga lo que tengo que hacer. Tengo la llave… la única llave en el mundo
que puede abrir ese candado.
Nos la
mostró… era un objeto antiguo… y la introdujo con ímpetu en la cerradura. Se
oyó el crujir y chirriar de mecanismos oxidados, y el viejo Job reculó
estremeciéndose como si temiese que algún fantasma con colmillos de hiena se
fuera a abalanzar sobre él a través de la rendija de la puerta.
Conrad
y yo miramos al interior… y debo admitir que tuve que forzarme
inconscientemente, atormentado por conjeturas caóticas. La oscuridad del
interior era infernal. Conrad hizo ademán de apagar la linterna, pero Job lo
detuvo. El viejo parecía haber recobrado parte de su comedimiento habitual.
—Pásame
la luz —dijo con siniestra determinación en la voz—. Iré solo. Si ha regresado
a la tumba… si está de nuevo en el ataúd, sabré qué hacer con él. Esperad aquí,
y si chillo o si oís ruido de pelea, entrad a toda prisa.
—Pero…
—Conrad comenzó a mostrar su desacuerdo.
—¡No
discutas! —chilló el viejo Kiles, perdiendo de nuevo toda compostura—. ¡Debo
hacerlo yo, y lo haré solo!
Dejó
escapar una maldición cuando Conrad le alumbró accidentalmente el rostro; a
continuación le arrebató la linterna y, sacando algo del abrigo, se adentró en
el sepulcro cerrando la pesada puerta tras de sí.
—Cada
vez más chiflado —susurré inquieto—. ¿Por qué ha insistido tanto para que le
acompañásemos, si tenía intención de entrar solo? ¿Y te has fijado en el brillo
de sus ojos? ¡Pura locura!
—No
estoy tan seguro —respondió Conrad—. Me pareció más un brillo de diabólico
triunfo. En cuanto a lo de estar solo, difícilmente podemos considerar que sea
así, estamos a tan sólo unos pocos metros de él. Debe de tener algún motivo para
que no quiera que entremos con él al sepulcro. ¿Qué fue lo que sacó de su
abrigo cuando entró?
—Parecía
un palo afilado, y un martillo pequeño. ¿Para qué habrá cogido un martillo? No
hay que abrir ninguna tapa en el ataúd.
—¡Claro!
—exclamó Conrad—. ¡Qué tonto he sido al no comprenderlo antes! ¡No me extraña
que quisiera entrar en el sepulcro a solas! O’Donnel, ¡Kiles se ha tomado en
serio todas esas tonterías sobre vampiros! ¿No recuerdas las alusiones que ha
hecho acerca de estar preparado, y todo eso? ¡Tiene la intención de clavar esa
estaca en el corazón de su hermano! ¡Vamos! No permitiré que mutile…
En ese
momento nos llegó desde la tumba un grito que me perseguirá hasta mi lecho de
muerte. El aterrorizado alarido nos inmovilizó por completo, y antes de que
pudiéramos sobreponernos se oyó un trasiego apresurado de pies, el impacto de
un cuerpo aterrizando en la puerta y, abalanzándose al exterior de la tumba
como un murciélago que saliera disparado de las puertas del infierno, salió
volando la figura de Job Kiles. Cayó de bruces a nuestros pies, y la linterna
que sostenía en la mano golpeó el suelo y se apagó. Tras él, la puerta de
hierro permaneció entreabierta y creí oír un extraño ruido de pisadas y algo
arrastrándose en la oscuridad. Pero toda mi atención quedó centrada en el
desgraciado que se retorcía a nuestros pies con terribles convulsiones. Nos
inclinamos sobre él. La luna asomaba a través de un oscuro nubarrón, un rayo de
luz iluminó su espantoso rostro y ambos dejamos escapar un grito involuntario
ante el horror estampado en su expresión. De sus ojos dilatados había
desaparecido todo rastro de cordura… se había apagado como una vela consumida
en la oscuridad. Sus labios laxos se movían, soltando espumarajos. Conrad lo
sacudió.
—¡Kiles!
Por amor de Dios, ¿qué te ha ocurrido?
La
única respuesta fue un babeante gimoteo. Entonces, entre los babeos y sollozos
sin sentido, pudimos distinguir algunas palabras escupidas y medio
pronunciadas.
—La
cosa… ¡la cosa del ataúd!
A
continuación, mientras Conrad le chillaba preguntas con furia, sus ojos se
quedaron en blanco y abiertos, los labios tensos se congelaron en una terrible
y triste mueca, y la estructura ósea del hombre pareció hundirse y derrumbarse
sobre sí misma.
—¡Muerto!
—murmuró Conrad, atónito.
—No
veo ninguna herida… ni una sola gota de sangre.
—Entonces…
entonces… —no me atrevía a traducir aquel terrible pensamiento en palabras.
Dirigimos
nuestras miradas aterrorizadas hacia el rectángulo de oscuridad que se dibujaba
en la puerta entreabierta del sepulcro. El viento rugió súbitamente atravesando
la hierba, como un canto de triunfo demoníaco, y un repentino temblor se
apoderó de mí. Conrad se levantó y enderezó la espalda.
—¡Vamos!
—dijo—. Sabe Dios qué es lo que anda merodeando en esta gruta endemoniada… pero
debemos averiguarlo. El viejo Kiles estaba demasiado alterado, ha sido víctima
de sus propios terrores. Y su corazón ya no era tan fuerte. Cualquier cosa
puede haber causado su muerte. ¿Me acompañas?
Ningún
terror a lo tangible y comprensible puede igualar al terror originado por lo
invisible y desconocido. Sin embargo acepté. Conrad recogió la linterna y la
volvió a encender dejando escapar un suspiro de alivio al comprobar que aún
funcionaba. Luego nos aproximamos a la tumba con la cautela de hombres que se
acercan a un nido de serpientes. Blandía la pistola en una mano cuando Conrad
abrió la puerta con ímpetu. La luz de la linterna alumbró rápidamente las
húmedas paredes, el polvoriento suelo y el techo abovedado, para finalmente
enfocar el ataúd situado sobre un pedestal de piedra en el centro del sepulcro.
Nos acercamos conteniendo la respiración, y sin atrevernos a hacer conjeturas
acerca de qué terror sobrenatural iban a encontrar nuestros ojos. Con un breve
suspiro, Conrad dirigió la luz a su interior. Un grito escapó de nuestras
gargantas: el ataúd estaba vacío.
—¡Dios
mío! —susurré—. ¡Job tenía razón! Pero ¿dónde está el… vampiro?
—Ningún
ataúd vacío mataría de miedo a Job Kiles —contestó Conrad—. Sus últimas
palabras fueron «la cosa en el ataúd». Había algo en ese ataúd… algo cuya
visión terminó con la vida de Job Kiles como una vela que se apaga.
—Pero
¿dónde está? —pregunté inquieto, un terrible escalofrío me recorría la columna
vertebral—. No pudo salir de la tumba sin que lo viéramos. ¿O es que puede
hacerse invisible a voluntad? ¿Quizás esté agazapado y escondido con nosotros
aquí en la tumba en este instante?
—Eso
es una locura —exclamó Conrad ásperamente; pero, echando una ojeada instintiva
por encima de mi hombro hacia derecha e izquierda, luego añadió—: ¿No notas un
hedor repulsivo alrededor del ataúd?
—Sí,
pero no podría definirlo.
—Ni
yo. No es exactamente el hedor de un osario. Es más bien un tipo de olor a
tierra, a reptil. Me recuerda vagamente al olor que alguna vez he percibido en
las minas, en las galerías profundas alejadas de la superficie terrestre. Flota
alrededor del ataúd… como si algún diabólico ser procedente de las
profundidades de la tierra hubiera yacido allí.
Volvió
a enfocar la linterna hacia las paredes, y repentinamente se detuvo en la pared
trasera escarbada en la piedra viva de la colina en la que estaba asentado el
sepulcro.
—¡Mira!
En la
pared aparentemente sólida se adivinaba una rendija larga y estrecha. Conrad se
acercó de una zancada y juntos la examinamos. Empujó con cautela la sección de
la pared más cercana a la apertura y cedió hacia dentro silenciosamente,
abriéndose a una oscuridad tal que nunca pensé que pudiera existir a este lado
de la tumba. Ambos retrocedimos inconscientemente y permanecimos quietos y
tensos como si esperásemos que algún terror de la noche saltara sobre nosotros.
En ese momento Conrad dejó escapar una seca risotada que cayó como un jarro de
agua fría sobre nuestros nervios en tensión.
—Al
menos el ocupante de la tumba usa medios no sobrenaturales para entrar y salir
—dijo—. Esta puerta secreta fue construida con sumo cuidado, evidentemente.
Mira, se trata simplemente de un bloque rectangular de piedra que oscila sobre
un eje. Y el silencio con el que se acciona demuestra que el eje y las bisagras
han sido engrasados recientemente.
Dirigió
el haz de luz hacia el hueco y se reveló un estrecho túnel que corría paralelo
al umbral de la puerta, toscamente excavado en la roca sólida de la colina. Las
paredes y el suelo parecían lisos y uniformes, y el techo estaba abovedado.
Conrad
retrocedió y se giró hacia mí.
—O’Donnell,
tengo la impresión de que efectivamente hay algo oscuro y siniestro aquí, y
tengo casi la total seguridad de que su origen es humano. Presiento que hemos
topado con un oscuro y secreto río que fluye bajo nuestros propios pies. Adonde
lleva, no lo sé, pero creo que la mano oscura que hay tras él es la de Jonas
Kiles. Creo que el viejo Job sí vio a su hermano asomado a la ventana esta
noche.
—Pero
esté o no la tumba vacía, Conrad, Jonas Kiles está muerto.
—Creo
que no. Creo que provocó en sí mismo un estado cataléptico, como el practicado
por los faquires hindúes. He visto algunos casos, y en todos ellos habría
podido jurar que estaban realmente muertos. Estos hombres han descubierto los
secretos de la animación suspendida a voluntad, a pesar de lo que afirman los
científicos y los escépticos. Jonas Kiles vivió varios años en la India, y
debió aprender ese secreto.
»El
ataúd abierto, el túnel que se aleja del sepulcro… todo apunta a la idea de que
aún vivía cuando fue traído aquí. Por alguna razón deseaba que la gente creyera
que estaba muerto. Podría ser el capricho de una mente trastornada. Podría
tener más profundas y oscuras implicaciones. Y en vista de su aparición ante el
hermano y la posterior muerte de Job, me inclino por esto último; pero de
momento mis sospechas son demasiado horribles y fantásticas para expresarlas
con palabras. Sin embargo, tengo la intención de explorar este túnel. Jonas
podría estar escondido en algún lugar ahí dentro ¿Cuento contigo? Recuerda,
podríamos estar enfrentándonos a un maniaco homicida, o incluso a algo más
peligroso que un demente.
—Estoy
contigo —gruñí, a pesar de que todo mi cuerpo se estremeció ante la perspectiva
de adentrarme por aquella negra abertura—. Pero ¿qué hay de aquel grito que
oímos cuando pasamos junto al Cabo? ¡No parecía que estuviese fingiendo su
agonía! ¿Y qué es lo que Job vio en el ataúd?
—No lo
sé. Quizás vio a Jonas, vestido con algún endiablado disfraz. Debo admitir que
este asunto está envuelto en demasiado misterio, incluso si aceptásemos la
teoría de que Jonas está vivo y es el causante de todo. Pero exploremos ese
túnel. Ayúdame a levantar a Job. No podemos dejarlo aquí en el suelo de esa
manera. Lo colocaremos en el ataúd.
Levantamos
a Job Kiles y lo tumbamos en el ataúd del hermano que tanto había odiado, y
allí lo dejamos con sus ojos vidriosos mirando fijamente desde un rostro
ceniciento y congelado. Al mirarle, el canto funerario del viento parecía traer
de nuevo sus palabras a mis oídos: «¡Continuemos! ¡Sigamos nuestro camino a la
tumba!». Y, efectivamente, sus pasos le habían llevado precisamente hasta ese
lugar.
Conrad
entró en primer lugar por la puerta secreta, la cual dejamos abierta. Cuando
nos adentrábamos por el oscuro corredor experimenté un instante de puro pánico,
y me alegré de que la pesada puerta exterior del sepulcro no estuviera equipada
con un mecanismo de cierre, y que Conrad tuviera en su bolsillo la única llave
que podía cerrar el enorme cerrojo. Estaba inquieto ante la idea de que el
diabólico Jonas pudiera cerrar la puerta, dejándonos abandonados en la tumba
hasta el día del Juicio Final.
El
túnel parecía extenderse en su mayor parte de este a oeste, siguiendo la línea
exterior de la colina. Tomamos la bifurcación de la izquierda, en dirección
este, y avanzamos con precaución alumbrando al frente.
—Este
túnel no es obra de Jonas Kiles —musitó Conrad—. Todo él tiene un aire de
antigüedad… ¡mira!
A
nuestra derecha apareció otra sombría entrada. Conrad dirigió la luz hacia ella,
revelando otro pasaje aún más angosto. Se podían ver en él otras entradas a
ambos lados.
—Parece
una red regular de galerías —murmuré—. Corredores paralelos conectados por
túneles más pequeños. ¿Quién habría imaginado que existía tal cosa bajo Dagoth
Hills?
—¿Cómo
lo descubrió Jonas? —se preguntó Conrad—. Mira, hay otra entrada a nuestra
derecha… y otra… ¡y otra más! Tienes razón… es una extensa red de túneles. ¿Y
quién demonios la construiría? Debe de ser obra de alguna raza prehistórica.
Pero este corredor en concreto parece que ha sido utilizado recientemente. ¿Ves
el polvo removido en el suelo? Todas las entradas dan a la derecha, ninguna a
la izquierda. Este corredor sigue la línea exterior de la colina, y debe de
haber una salida en algún punto. ¡Mira!
Estábamos
pasando junto al cruce con uno de los oscuros túneles perpendiculares, y Conrad
alumbró la pared cercana a él. Allí pudimos ver una flecha primitiva pintada
con tiza roja que apuntaba hacia el corredor más estrecho.
—Esto
no puede llevar al exterior —susurré—. Se adentra aún más profundamente en las
entrañas de la colina.
—Explorémoslo,
de todas formas —respondió Conrad—. Siempre podemos volver a este túnel
exterior fácilmente.
Así
que allá que fuimos, cruzando otros corredores más grandes, y en todos ellos
encontramos la flecha, apuntando en todas las ocasiones en la dirección en la
que marchábamos. El delgado haz de luz parecía perderse en la densa oscuridad,
e innombrables presentimientos y miedos instintivos me embargaban a medida que
nos adentrábamos a mayor profundidad hacia el corazón de aquella maldita
colina. Sin previo aviso el túnel acabó de forma abrupta en unas estrechas
escaleras que bajaban y se perdían en la oscuridad.
Un
temblor involuntario me sacudió cuando miré aquellos escalones excavados en la
roca. ¿Qué pies paganos habían transitado por ellos en épocas olvidadas? Y
entonces vimos algo más… una pequeña sala se abría desde el túnel, justo al
comienzo de las escaleras. Cuando Conrad la alumbró, una exclamación
involuntaria explotó en mis labios. No había nadie dentro, pero había
suficientes indicios de que había sido ocupada recientemente. Entramos y, allí
de pie, seguimos con la mirada el delgado dedo de luz.
Que la
habitación estuviera amueblada para uso humano no resultaba ahora tan extraño,
tras los anteriores descubrimientos, pero nos sobrecogió el estado de su
contenido: un catre de campamento volcado sobre un lateral, roto, y con las
sábanas a jirones sobre el suelo rocoso, libros y revistas hechos trizas y
esparcidos sin orden ni concierto por el suelo, latas de comida tiradas por ahí
descuidadamente, golpeadas y dobladas, algunas incluso reventadas y con los
contenidos derramados. Había una lámpara tirada en el suelo, hecha añicos.
—Un
escondite para alguien —dijo Conrad—. Y me juego la cabeza a que ese alguien es
Jonas Kiles. ¡Pero menudo caos! Mira esas latas, parecen reventadas al haber
impactado contra el suelo de piedra… y esas sábanas, a jirones, como si fueran
de papel. ¡Dios mío, O’Donell, ningún ser humano hubiera podido provocar
tremendo desorden!
—Un
loco podría hacerlo —musité—. ¿Qué es eso?
Conrad
se había detenido y había recogido una libreta. La sostuvo delante de la
linterna.
—Está
bastante destrozada —gruñó—. Pero hemos tenido suerte, de todas formas. ¡Es el
diario de Jonas Kiles! Reconozco su letra. Mira, esta página está intacta, ¡y
la fecha es de hoy! Esto es una prueba definitiva de que está vivo, suficiente
aunque no existieran otras pruebas.
—Pero
¿dónde está él? —susurré, mirando a mi alrededor atemorizado—. ¿Y a qué se debe
toda esta devastación?
—Lo
único que se me ocurre —afirmó Conrad— es que el hombre estaba aún parcialmente
cuerdo cuando entró en estas cavernas, pero desde entonces ha perdido
totalmente la cabeza. Será mejor que estemos alerta… si es un loco, cabría la
posibilidad de que nos atacase en la oscuridad.
—Ya se
me había ocurrido —refunfuñé sin poder evitar un temblor—. Bonita perspectiva…
un demente acechándonos por estos endiablados y negros túneles, y dispuesto
para saltar sobre nuestras espaldas. Continúa… lee el diario mientras yo vigilo
la puerta.
—Leeré
la última entrada —dijo Conrad—. Quizás arroje algo de luz sobre todo el
asunto.
Y
apuntando la luz sobre la apretada escritura, leyó:
—Todo
está a punto para mi gran golpe. Esta noche abandonaré este escondrijo para
siempre, y no es que vaya a apenarme hacerlo, porque la oscuridad y el silencio
eternos están empezando a minar incluso mis nervios de acero. Estoy empezando a
imaginarme cosas. Incluso mientras escribo ahora, me parece oír ruidos
sigilosos, como de algo que se arrastra desde las profundidades, aunque lo
único que he visto hasta el momento por estos túneles es un murciélago o una
serpiente. Pero mañana me mudaré a la confortable casa de mi maldito hermano.
Mientras, él ocupará mi lugar en esta fría oscuridad… más oscura y fría incluso
que estos oscuros corredores. Es una jugada tan genial que lamento no poder
compartirla con nadie.
»Debo
escribirlo, ya que no puedo relatarlo, porque estoy totalmente entusiasmado con
mi propia inteligencia. ¡Qué diabólica astucia la mía! ¡Con qué endemoniado
arte lo he urdido y preparado! Por no hablar de la astuta forma en que, antes
de mi «muerte» —¡ja, ja, ja!, si supiesen, los muy idiotas—, avivé las
supersticiones de mi hermano… lanzando indirectas y crípticos comentarios.
Siempre me consideró un instrumento del Maligno. Antes de mi «enfermedad»
final, temblaba al borde de la fe ciega acerca de mi naturaleza sobrenatural o
infernal. Más tarde, en mi lecho de «muerte», cuando desaté toda mi furia sobre
él, su terror era genuino. Sé que está totalmente convencido de que soy un
vampiro. Conozco bien a mi hermano. Estoy seguro, como si lo hubiera visto con
mis propios ojos, de que tras mi amenaza corrió huyendo a su casa y preparó una
estaca para clavármela en el corazón. Pero no hará nada hasta que esté seguro
de que lo que sospecha es cierto.
»Y yo
le proporcionaré esa certeza. Esta noche apareceré ante su ventana. Apareceré y
me esfumaré. No quiero matarlo de un susto, porque entonces mis planes se irían
al garete. Sé que cuando se recupere del primer susto, vendrá a mi tumba para
destruirme con su estaca. Y cuando se encuentre dentro de la tumba, lo mataré.
Me cambiaré las ropas con él… lo pondré en la tumba, en el ataúd abierto… y le
arrebataré su confortable hogar. Nos parecemos bastante físicamente, de forma
que mi conocimiento sobre sus ademanes y manías me ayudará a imitarlo a la perfección.
Además, ¿quién podría sospechar? Es demasiado extraño… demasiado fantasioso.
Tomaré su vida donde él la dejó. La gente puede que se sorprenda por el cambio
experimentado por Job Kiles, pero no pasará de simples comentarios
sorprendidos. Viviré y moriré en los zapatos de mi hermano, y cuando la
verdadera muerte me llegue —¡y cuanto más tarde mejor!— yaceré en una tumba en
el panteón de nuestros antepasados Kiles, con el nombre de Job Kiles escrito en
mi lápida, ¡mientras que el verdadero Job duerme olvidado en la vieja tumba de
la Colina del Pirata! ¡Es una jugada excepcional!
»Me
pregunto cómo descubriría el viejo Jacob Kiles estos pasajes subterráneos. No
fue él quien los construyó. Han sido excavados atravesando sombrías cavernas y
piedra sólida por las manos de hombres olvidados… sabe Dios en qué lejana
época. Mientras me escondía aquí, esperando a que llegase el momento de actuar,
me he entretenido explorándolos. He descubierto que son bastante más extensos
de lo que sospechaba. Las colinas deben de estar totalmente surcadas con estos
túneles que se hunden en la tierra hasta profundidades increíbles, estrato bajo
estrato, como los pisos de un edificio, y cada altura se halla conectada con la
inferior por una sola escalera. El viejo Jacob Kiles probablemente utilizó
estos túneles, al menos los de los niveles más altos, para almacenar la
mercancía robada y de contrabando. Construyó el sepulcro para enmascarar sus
actividades reales y, por supuesto, esconder la entrada secreta con la puerta
de piedra pivotante. Debió de descubrir las madrigueras al acceder por la
entrada en el Cabo del Contrabandista. La vieja puerta que construyó allí era
tan sólo una maraña de ramas podridas y barras de metal oxidadas cuando la
encontré. Como nadie más lo ha descubierto, aparte de él, no es probable que
nadie dé con la nueva puerta que he construido yo con mis propias manos para
reemplazar a la antigua. De todas formas, tomaré precauciones a su debido
tiempo.
»Mucho
he reflexionado sobre cuál podría ser la naturaleza de la raza que alguna vez
habitó estos laberintos. No he encontrado huesos o calaveras, pero he
descubierto en el nivel superior instrumentos de cobre curiosamente tallados.
En los siguientes niveles inferiores encontré algunos instrumentos de piedra, y
más allá, en el nivel décimo, desaparecen. También, en el nivel más alto hallé
porciones de pared decorada con dibujos, muy borrosos, pero que evidenciaban
una depurada técnica. Encontré este tipo de pinturas hasta el quinto nivel,
aunque las decoraciones y elementos en cada nivel eran más rudimentarios que
los del piso superior, hasta el punto de que los dibujos en los niveles más
bajos no eran más que brochazos sin sentido, como los que podría hacer un simio
con un pincel. Además, los instrumentos de piedra se hacían mucho más toscos
conforme descendía niveles, así como la construcción de tejados, escaleras y
entradas, etc. Uno puede hacerse allí una fantástica impresión sobre la raza
prisionera que ha escarbado sus madrigueras cada vez más profundamente hacia el
interior de la negra tierra, siglo tras siglo, y cada vez perdiendo más y más
atributos humanos al tiempo que se hundía en un nivel más profundo.
»El
nivel decimoquinto no tiene ni orden ni concierto, los túneles se extienden sin
rumbo ni plan aparente… contrastan tanto con el nivel superior, triunfo de la
arquitectura primitiva, que se hace difícil creer que ambos niveles hayan sido
construidos por miembros de la misma raza. Muchos siglos deben de haber
transcurrido entre la construcción de ambos, y los constructores deben de haber
degenerado enormemente. Pero el nivel decimoquinto no es el final de estas
misteriosas madrigueras.
»El
paso que se abría por la única escalera en el nivel más bajo se hallaba
bloqueado con piedras desprendidas del techo… probablemente hace cientos de
años, antes de que el viejo Capitán Jacob descubriese los túneles. Movido por
la curiosidad, aparté los escombros, a pesar del gran esfuerzo que me supuso, y
hoy mismo he abierto un hueco en el desprendimiento, aunque no he tenido tiempo
de explorar lo que había más allá. Y es que dudo que pueda hacerlo. La linterna
me mostró, no la serie habitual de escalones de piedra, sino un empinado y liso
agujero que se perdía en la oscuridad. Un simio o una serpiente podrían subir o
bajar por él, pero no un ser humano. No me atrevo ni a imaginar los impensables
fosos a los que daba entrada. Por algún motivo, saber que el nivel decimoquinto
no era la última frontera de los laberintos me impresionó. La visión del
agujero sin escalera produjo en mí una tétrica sensación, y me llevó a hacerme
todo tipo de conjeturas fantásticas sobre el destino de la raza que vivió en
estas colinas tiempo atrás. Supuse que los excavadores, al hundirse cada vez
más en la cadena vital, se extinguieron en los niveles más profundos, aunque no
hallé resto alguno que apoyase mi teoría. Los niveles más bajos no se asientan
en roca sólida, como los niveles más cercanos a la superficie. Están escarbados
en tierra negra y un tipo de piedra muy maleable, y fueron excavados
aparentemente a paladas con utensilios sumamente primitivos; en algunos lugares
incluso parece que hayan excavado con dientes y uñas. Podría tratarse de
madrigueras de animales, si no fuera por el intento evidente de imitar los
niveles superiores más civilizados. Pero más allá del nivel decimoquinto, según
pude ver incluso tras mi superficial vistazo desde arriba, toda imitación cesa;
las excavaciones de niveles inferiores al decimoquinto nivel son demenciales y
bestiales pozos, y sabe Dios hasta qué blasfema profundidad descienden.
»Estoy
fascinado ante especulaciones fantásticas acerca de la identidad de la raza que
literalmente se hundió en la tierra y desapareció en sus negras profundidades
hace tanto tiempo. Aún pervive una leyenda entre los indios de tierras vecinas
que narra la llegada siglos atrás de hombres blancos; sus antepasados empujaron
a esta extraña raza extranjera a las profundidades de las cavernas de Dagoth
Hills, sellando la entrada para que pereciesen allí. Parece obvio que no perecieron,
sino que sobrevivieron de alguna forma durante al menos varios siglos. Quiénes
eran, de dónde provenían, cuál fue su final, nunca lo sabremos. Los
antropólogos podrían arrojar alguna luz a partir de los dibujos del primer
estrato, pero no tengo intención de que nadie descubra jamás estas madrigueras.
Algunas de estas pinturas borrosas representan sin duda a indios en guerra
contra hombres obviamente de la misma raza que el pintor. Estos modelos, me
atrevería a decir, parecían de raza caucásica más que india.
»Pero
ha llegado el momento de la visita a mi querido hermano. Saldré por la puerta
del Cabo del Contrabandista y regresaré por el mismo lugar. Llegaré al sepulcro
antes que mi hermano, por muy rápido que llegue hasta aquí… como sé que hará.
Luego, cuando culmine el mortal acto, saldré por la puerta del sepulcro, y
ningún hombre volverá a pisar estos corredores. Me aseguraré de que la tumba
nunca sea abierta de nuevo, y una oportuna explosión de dinamita derribará
suficientes piedras de las colinas circundantes para sellar totalmente la
puerta del Cabo del Contrabandista para siempre.
Conrad
se guardó la libreta en el bolsillo.
—Loco
o cuerdo —murmuró lúgubremente—, Jonas Kiles es un demonio. No puedo decir que
me sorprenda, pero sí que estoy ligeramente conmocionado. ¡Qué plan más
endemoniado! Pero se equivocó en una cosa: aparentemente dio por sentado que
Job acudiría al sepulcro solo. El hecho de que no fuera así bastó para
desbaratar sus planes.
—Finalmente,
así es —respondí—. Sin embargo, en cuanto a lo concerniente a Job, Jonas ha
cumplido su terrible plan: de alguna forma logró asesinar a su hermano.
Evidentemente debía de estar en la tumba cuando Job entró. Lo mató del susto, y
luego, obviamente apercibido de nuestra presencia, se esfumó a través de la
puerta secreta.
Conrad
negó con la cabeza. Un nerviosismo cada vez mayor en sus gestos se había hecho
evidente mientras progresaba con la lectura del diario. Durante la misma, había
parado intermitentemente y alzado la cabeza en actitud de escuchar.
—O’Donnel,
no creo que fuera Jonas lo que Job vio en el ataúd. Por algún motivo, he
cambiado de opinión. Una maligna mente humana estaba tras todo esto en un
principio, pero algunos aspectos de este asunto no pueden ser atribuidos a
hombre alguno. Aquel grito que escuchamos en el Cabo… el estado en que
encontramos esta habitación… la ausencia de Jonas… todo apunta a algo incluso
más sombrío y más siniestro que el plan criminal de Jonas Kiles.
—¿Qué
quieres decir? —pregunté inquieto.
—¡Supongamos
que la raza que cavó estos túneles no está extinguida! —susurró—. ¡Supongamos
que sus descendientes aún moran en algún estado de existencia anormal dentro de
las negras oquedades bajo los estratos de pasadizos! Jonas menciona en sus
anotaciones que creyó oír ruidos sigilosos, como de criaturas reptando hacia la
superficie ¡desde abajo!
—¡Pero
él vivió en estos túneles durante una semana! —afirmé.
—Olvidas
que el paso a los fosos estuvo bloqueado hasta hoy, cuando Jonas retiró las
rocas. O’Donnel, creo que los fosos inferiores están habitados, que las
criaturas han encontrado el paso hacia niveles superiores a través de estos
túneles, ¡y que ha sido la visión de uno de ellos, acechando en el ataúd, lo que
ha matado a Job Kiles!
—¡Pero
eso es totalmente demencial! —exclamé.
—Sin
embargo estos túneles estuvieron habitados en épocas anteriores y, según lo que
hemos leído, los habitantes deben de haber degenerado hasta niveles de vida
increíblemente bestiales. ¿Qué pruebas tenemos de que sus descendientes no han
continuado viviendo en los escabrosos agujeros negros que Jonas divisó bajo el
último nivel? ¡Escucha!
Conrad
había apagado la linterna, y habíamos permanecido de pie en medio de la
oscuridad durante algunos minutos. Desde algún lugar me llegó un débil sonido
de algo arrastrándose y arañando. Sigilosamente, nos adentramos por el túnel.
—¡Es
Jonas Kiles! —susurré, pero una sensación gélida me recorrió la espalda de
arriba abajo.
—Entonces
debe de haber estado escondido abajo —murmuró Conrad—. Los sonidos vienen de
las escaleras… como de algo que trepa y repta desde abajo. No me atrevo a
encender la luz… si va armado podría dispararnos.
Me
extrañó ver que Conrad, cuyos nervios eran de acero siempre que se enfrentaba a
enemigos humanos, temblaba ahora como una hoja. Me preguntaba qué gélidos dedos
de impronunciable horror parecían recorrer mi columna vertebral. Y entonces me
quedé totalmente petrificado. Desde algún lugar de arriba del túnel, en la dirección
en la que habíamos llegado hasta allí, se oyó otro sonido amortiguado y
espeluznante. Y en ese instante los dedos de Conrad se hundieron en mi brazo
como si fueran de acero. En la tenebrosa oscuridad del nivel inferior dos
chispas oblicuas y amarillentas centellearon repentinamente.
—¡Dios
mío! —musitó Conrad atónito—. ¡Eso no es Jonas Kiles!
Y
mientras hablaba, otro par se unió al primero… A continuación y súbitamente el
oscuro pozo a nuestros pies comenzó a bullir con rayos amarillentos flotantes,
como estrellas diabólicas reflejadas en un negro abismo. Flotaron subiendo las
escaleras y acercándose a nosotros, sin ruido alguno a excepción de aquel
detestable rozamiento reptante. Un infame hedor terreo inundó nuestras fosas
nasales.
—¡Atrás,
por Dios! —jadeó Conrad, y comenzamos a retroceder alejándonos de las escaleras
y en dirección al túnel por el que habíamos venido.
Entonces,
y sin previo aviso, una forma sólida pasó volando junto a nosotros. Me di la
vuelta y disparé ciegamente y a quemarropa a la oscuridad. Mi grito fue
acompañado por el de Conrad cuando el estallido del disparo alumbró la sombra.
Al instante siguiente corríamos subiendo el túnel como un par de hombres
huyendo del infierno, mientras a nuestras espaldas algo se retorcía y se
revolcaba agonizando sobre el suelo.
—Enciende
la luz —dije casi sin aliento—. No debemos perdernos en estos laberintos
infernales.
El
rayo de luz se clavó en la oscuridad frente a nosotros, y nos mostró el
corredor exterior en el que habíamos divisado la primera flecha. Allí nos
detuvimos unos instantes, y Conrad dirigió la luz hacia el túnel a nuestras
espaldas. Tan sólo vimos una oscuridad vacía, pero más allá del corto rayo de
luz, tan sólo Dios sabe qué horrores reptaban en la oscuridad.
—¡Dios
mío, Dios mío! —jadeó Conrad—. ¿Lo viste? ¿Lo viste?
—¡No
lo sé! —farfullé—. Vislumbré brevemente algo… como una sombra volando… a la luz
del disparo. No era un hombre… su cabeza era como la de un perro…
—No
estaba mirando en esa dirección —susurró él—. Estaba mirando escaleras abajo
cuando el estallido de tu pistola rompió la oscuridad.
—¿Qué
viste? —noté mi piel empapada de sudor frío.
—¡No
puedo describirlo con palabras humanas! —gritó—. La oscura tierra hervía como
si estuviera llena de gusanos gigantes. La oscuridad palpitaba y se retorcía
con formas de vida blasfemas. ¡Por Dios, salgamos de aquí… por este pasillo…
hacia la tumba!
Pero
en el momento en que dimos el primer paso, nos quedamos paralizados al oír unos
ruidos amortiguados delante de nosotros.
—¡Los
corredores están infestados de estas criaturas! —susurró Conrad—. ¡Rápido… por
el otro camino! Este túnel sigue la línea de la colina y debe dar a la entrada
del Cabo del Contrabandista.
Recordaré
hasta que muera aquella huida por el silencioso y negro corredor, con el terror
pisándonos los talones. En algunos momentos temí que algún espectro con
colmillos de demonio saltase sobre nuestras espaldas, o surgiera a través de la
oscuridad delante de nosotros. Entonces Conrad, apuntando la cada vez más tenue
luz delante de nosotros, dejó escapar un suspiro de alivio.
—¡La
puerta, por fin! Dios mío, ¿qué es esto?
Al
apuntar con la luz la pesada puerta reforzada de hierro, con la enorme llave
dentro del cerrojo, tropezó con algo que yacía encogido en el suelo. La luz
reveló una forma humana retorcida, con la cabeza reventada en medio de un
charco de sangre. Los rasgos eran indistinguibles, pero reconocimos la delgada
y flácida figura, aún ataviada con la ropa que había llevado en el ataúd. La
verdadera Muerte había alcanzado finalmente a Jonas Kiles.
—¡Aquel
grito al pasar el Cabo esta noche! —susurró Conrad—. ¡Era su grito de muerte!
Regresó a los túneles después de aparecerse a su hermano… ¡y el horror lo
sorprendió en la oscuridad!
Súbitamente,
mientras permanecíamos de pie junto al cadáver, oímos de nuevo aquel maldito
rasgueo reptante en la oscuridad. En un ataque de pánico saltamos hacia la
puerta… giramos la llave… y abrimos la puerta de par en par. Con un gemido de
alivio nos abrimos paso hasta la noche iluminada por la luna. Por un instante
la puerta se meció abierta a nuestras espaldas; a continuación, cuando nos
giramos para mirar, una fuerte ráfaga de viento la cerró de golpe. Pero antes
de cerrarla, una horripilante visión nos sobrecogió, tenuemente alumbrada por
los rayos rezagados de la luna: el cadáver tendido y mutilado, y sobre él una
monstruosidad gris arrastrándose sobre los pies… un horror de ojos
centelleantes y cabeza de perro, como el que sueñan los locos en sus negras
pesadillas. Al cerrarse la puerta violentamente, la terrible visión desapareció
de nuestra vista, y mientras huíamos por las pendientes en la cambiante luz de
la luna, pude oír a Conrad balbuciendo.
—¡Brotan
de los negros fosos de la locura y la noche eterna! Reptantes obscenidades que
bullen en un limo de profundidades desconocidas… el terror definitivo de la
retro-regresión… el nadir de la degeneración humana… Santo Dios, ¡sus
antepasados fueron humanos! Aquellos pozos bajo el nivel decimoquinto, ¿hasta
qué infiernos de terror negro se hunden, y por qué clase de hordas demoníacas
se hallan habitados? Que Dios proteja a los hijos de los hombres de los
Moradores… ¡Los Moradores bajo la tumba!
