CONFIANZA EN SÍ MISMO

Ralph Waldo Emerson


Leí el otro día unos versos escritos por un pintor eminente que eran originales y no convencionales. El alma siempre oye una advertencia en tales versos, al margen de su tema. El sentimiento que instilan tiene mayor valor que cualquier pensamiento que puedan contener. Creer en vuestro propio pensamiento, creer que lo que es verdad para vosotros en vuestro fuero interno es cierto para todos los hombres, eso es el genio. Pronunciad vuestra convicción latente y resultará el sentido universal, porque lo más interno a su debido tiempo se convierte en lo más externo, y nuestro primer pensamiento nos es devuelto por las trompetas del Juicio Final. Familiar como es la voz de la mente para cada uno, el mérito superior que adscribimos a Moisés, Platón y Milton es que omitieron libros y tradiciones, y dijeron no lo que los hombres, sino lo que ellos pensaron. El hombre debería aprender a detectar y vigilar ese destello de luz que ilumina su mente desde dentro, más que el lustre del firmamento de bardos y sabios. Sin embargo, desprecia desatento su pensamiento solo porque es suyo. En toda obra de genio reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados: vuelven a nosotros con cierta majestad alienada. Las grandes obras de arte no tienen una lección más influyente para nosotros que esta. Nos enseñan a acatar nuestra impresión espontánea con jovial inflexibilidad, sobre todo cuando el vocerío viene de la otra parte. De lo contrario, mañana un extraño dirá con buen sentido magistral lo que hemos pensado y sentido todo el tiempo, y nos veremos forzados a adoptar con vergüenza nuestra propia opinión de otro.

Hay un momento en la educación de todo hombre en que llega a la convicción de que la envidia es ignorancia, que la imitación es suicida, que debe tomarse a sí mismo para bien o para mal como su sino, que, aunque el ancho mundo esté lleno de cosas buenas, ni un grano de nutritivo maíz llegará a él salvo por el esfuerzo dedicado a esa porción de tierra que le ha sido dado labrar. El poder que reside en él es nuevo en la naturaleza, y nadie salvo él sabe lo que puede hacer, ni lo sabe él hasta que lo ha intentado. No por nada un rostro, un carácter, un hecho le impresiona mucho, y otro no. Esta escultura en la memoria no carece de armonía preestablecida. El ojo estaba situado donde debía caer un rayo, para poder dar fe de ese rayo particular. Solo nos expresamos a medias y nos avergonzamos de esa idea divina que cada uno de nosotros representa. Se confiará en ella como algo proporcionado y con buenos resultados, de modo que se imparta fielmente, pero Dios no permitirá que su obra se haga manifiesta por cobardes. El hombre está aliviado y alegre cuando ha puesto su corazón en su obra y lo ha hecho lo mejor posible, pero lo que ha dicho o hecho de otro modo no le dará paz. Es una liberación que no libera. En el intento su genio le abandona; ninguna musa le ayuda, ni la invención ni la esperanza.

Confía en ti mismo: todo corazón vibra con esa cuerda de hierro. Aceptad el lugar que la divina Providencia ha encontrado para vosotros, la sociedad de vuestros contemporáneos, la conexión de los acontecimientos. Los grandes hombres siempre lo han hecho así y se han confiado como niños al genio de su época, revelando su percepción de que lo absolutamente digno de confianza residía en su corazón, trabajando con sus manos, predominando en todo su ser. Ahora somos hombres y debemos aceptar con la mente más elevada el mismo destino trascendental, no como menores e inválidos al resguardo de una esquina, ni como cobardes que huyen ante una revolución, sino como guías, redentores y benefactores, obedeciendo al esfuerzo todopoderoso e irrumpiendo en el caos y las tinieblas.

¡Qué hermosos oráculos nos proporciona la naturaleza con este texto, en el rostro y comportamiento de los niños, bebés y aun brutos! No tienen esa mente dividida y rebelde, esa manera de desconfiar de un sentimiento porque nuestra aritmética ha calculado la fuerza y medios opuestos a nuestro propósito. Al estar su mente entera, su mirada aún no ha sido conquistada y, cuando nos fijamos en sus rostros, quedamos desconcertados. La infancia no se conforma a nadie: todo se conforma a ella, así que un bebé suele disponer de cuatro o cinco adultos que parlotean y juegan con él. Así Dios ha armado no menos a la juventud y pubertad y virilidad con su propia picardía y encanto, y la ha hecho envidiable y graciosa, y sus exigencias no eludibles, si ha de estar preparada. No penséis que el joven carece de fuerza porque no pueda hablaros a vosotros o a mí. ¡Escuchad! En la habitación contigua su voz es suficientemente clara y enfática. Parece que sabe cómo hablar a sus contemporáneos. Tímido u osado, entonces, sabrá cómo volvernos seniles muy innecesarios.

La indolencia de los muchachos que cuentan con la cena y, como un lord, desdeñan hacer o decir nada conciliador, es la actitud saludable de la naturaleza humana. Un muchacho es en el salón lo que la platea en el teatro; independiente, irresponsable, con la vista puesta en las personas y hechos que pasan, los juzga y sentencia según sus méritos, a la manera rápida, sumaria de los muchachos, como buenos, malos, interesantes, tontos, elocuentes, fastidiosos. No se molesta por las consecuencias, por los intereses: emite un veredicto independiente, genuino. Debéis cortejarle: él no os cortejará a vosotros. Pero el hombre está, por así decirlo, preso en la cárcel por su conciencia. Tan pronto como ha actuado o hablado con brillantez, es una persona comprometida, vigilada por la simpatía o el odio de cientos cuyos afectos debe tener ahora en cuenta. No hay Leteo para esto. ¡Ah, si pudiera volver de nuevo a su neutralidad! Quien puede evitar así toda promesa y, habiendo observado, observa de nuevo con su misma inocencia inafectada, imparcial, insobornable, impasible, debe ser siempre formidable. Expresaría opiniones sobre todos los asuntos corrientes, las cuales, visto que no son privadas, sino necesarias, se hundirían como dardos en el oído de los hombres y los aterrarían.

Estas son las voces que escuchamos en la soledad, pero se desvanecen y vuelven inaudibles cuando entramos en el mundo. La sociedad en todo lugar conspira contra la virilidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es una compañía anónima en que los miembros acuerdan, para asegurar el pan de cada accionista, rendir la libertad y cultura del comensal. La virtud más solicitada es la conformidad. La confianza en sí mismo es su aversión. No ama realidades y creadores, sino nombres y costumbres.

Quien quiera ser un hombre debe ser un inconformista. Quien quiera reunir palmas inmortales no debe verse obstaculizado por el nombre de la bondad, sino que debe explorar si se trata de bondad. Nada es al final sagrado salvo la integridad de vuestra propia mente. Absolveos a vosotros mismos y tendréis el sufragio del mundo. Recuerdo una respuesta que cuando era joven me vi urgido a dar a un apreciado consejero que solía importunarme con las viejas y queridas doctrinas de la iglesia. Al preguntarme yo qué tenía que ver con lo sagrado de las tradiciones si vivía por completo desde dentro, mi amigo sugería: «Pero estos impulsos pueden venir de abajo, no de arriba». Repliqué: «No me lo parecen, pero si soy hijo del Diablo, viviré por el Diablo». Ninguna ley puede ser sagrada para mí salvo la de mi naturaleza. Bueno y malo no son sino nombres fácilmente transferibles a eso o esto; lo único correcto es lo que se conforma a mi constitución, lo único equivocado lo que la contradice. Un hombre ha de mantenerse en presencia de toda oposición, como si todas las cosas fueran titulares y efímeras salvo él. Me avergüenza pensar lo fácilmente que capitulamos ante insignias y nombres, ante grandes sociedades e instituciones muertas. Todo individuo decente y bienhablado me afecta y agita más de lo debido. Debería mostrarme derecho y vital y decir la verdad cruda de todas las maneras. ¿Ocurrirá eso si la malicia y la vanidad llevan el abrigo de la filantropía? Si un airado fanático asume esta generosa causa de la abolición y me viene con las últimas noticias de Barbados, ¿por qué no debería decirle: «Ve a amar a tu hijo, a tu leñador, sé amable y modesto, ten esa gracia y no barnices tu dura, desabrida ambición con esta ternura increíble por hombres negros a mil millas. Tu amor lejos es rencor en casa»? Ese saludo sería áspero y falto de gracia, pero la verdad es más hermosa que la afectación del amor. Vuestra bondad debe tener un margen para ella, de otro modo no es nada. La doctrina del odio debe predicarse para contrarrestar la doctrina del amor cuando esta gime y lloriquea. Cuando mi genio me llama rehúyo a padre y madre y esposa y hermano. Escribiría en el dintel de la puerta Capricho[19]. Confío en que sea algo mejor que el capricho al final, pero no podemos pasar el día con explicaciones. No esperéis que os diga por qué busco o excluyo compañía. Por tanto, de nuevo, no me digáis, como hizo un buen hombre hoy, que mi obligación es mejorar la situación de todos los pobres. ¿Son mis pobres? Te digo a ti, necio filántropo, que doy a regañadientes el dólar, los diez centavos, el centavo que doy a los hombres que no me pertenecen y a los que no pertenezco. Hay una clase de personas a las que estoy unido por una total afinidad espiritual: por ellas iría a prisión, si fuera necesario; pero respecto a vuestra miscelánea caridad popular, la educación universitaria de necios, la construcción de templos para el vano fin que muchos ahora representan, las limosnas para borrachos y las mil sociedades de beneficencia, aunque confieso con vergüenza que a veces sucumbo y doy el dólar, se trata de un dólar malo que pronto tendré la virilidad de retener.

Las virtudes son, en la estimación popular, antes la excepción que la regla. Hay el hombre y sus virtudes. Los hombres hacen lo que se llama una buena acción, como un acto de valentía o caridad, tal como pagarían una multa por expiar su ausencia diaria en el desfile. Hacen sus obras por apología o extenuación de su vivir en el mundo, tal como los inválidos y locos pagan una pensión alta. Sus virtudes son penitencias. No deseo expiar, sino vivir. Mi vida es para sí misma y no para un espectáculo. Prefiero que sea de un tenor inferior, y con ello genuina y ecuánime, a que deba ser reluciente e inestable. Deseo que sea sana y dulce y no necesite dieta y sangría. Pido prueba ante todo de que eres un hombre y rechazo la apelación del hombre a sus acciones. Sé que para mí mismo no importa si hago o me abstengo de esas acciones consideradas excelentes. No puedo consentir pagar por un privilegio si tengo un derecho intrínseco. Pocos y mezquinos como pueden ser mis dones, existo en realidad, y no necesito para mi seguridad o la de mis semejantes testimonio secundario alguno.

Lo que debo hacer es cuanto me concierne, no lo que la gente crea. Esta regla, igualmente ardua en la vida real y en la intelectual, puede servir para distinguir por completo entre la grandeza y la mezquindad. Es la más difícil, ya que siempre encontraréis a los que creen que conocen cuál es vuestro deber mejor de lo que vosotros lo conocéis. Es fácil vivir en el mundo conforme a la opinión ajena; es fácil vivir en soledad conforme a la vuestra propia; pero el gran hombre es el que en medio de la multitud mantiene con perfecta dulzura la independencia de la soledad.

La objeción a conformaros a los usos que os resulten muertos es que vuestra fuerza se dispersa. Vuestro tiempo se pierde y se borra la impresión de vuestro carácter. Si mantenéis una iglesia muerta, contribuís a una sociedad bíblica muerta, votáis con un gran partido a favor o en contra del gobierno, desplegáis vuestra mesa como ruines amas de casa, bajo estas pantallas me resulta difícil detectar al hombre preciso que sois y, desde luego, os veis privados de otra tanta fuerza en vuestra propia vida. Haced vuestro trabajo y os conoceré. Haced vuestro trabajo y os reforzaréis. El hombre debe considerar que este juego de la conformidad es la gallina ciega. Si conozco vuestra secta, anticipo vuestro argumento. Oigo a un predicador anunciar para su texto y tópico la conveniencia de una de las instituciones de su iglesia. ¿Acaso no sé de antemano que posiblemente no puede decir una palabra nueva y espontánea? ¿Acaso no sé que no lo logrará con toda esta ostentación al examinar los fundamentos de la institución? ¿Acaso no sé que solo se compromete a mirar un aspecto, el aspecto permitido, no como un hombre, sino como un ministro parroquial? Es un abogado contratado y estos aires de estrado son la afectación más vacua. Ahora bien, la mayoría de los hombres se ha tapado los ojos con uno u otro pañuelo y se ha atado a una de estas comunidades de opinión. Esta conformidad no los hace falsos en algunos asuntos, autores de unas pocas mentiras, sino falsos en todos los asuntos. Toda verdad suya no es verdad alguna. Su dos no es el dos real, su cuatro no es el cuatro real, de modo que cada palabra que dicen nos apena y no sabemos por dónde empezar a corregirlos. Entretanto, la naturaleza no es lenta en equiparnos con el uniforme carcelario del partido al que nos adherimos. Llegamos a llevar un corte de cara y figura y adquirimos por grados la más gentil expresión asnal. Hay una experiencia mortificante en particular que no deja de aparecer también en la historia general; me refiero al «necio gesto de la alabanza», la sonrisa forzada que ponemos en compañía donde no estamos a gusto en respuesta a una conversación que no nos interesa. Los músculos, movidos no espontáneamente, sino por una baja intención usurpadora, tensan el contorno del rostro con la sensación más desagradable.

Por inconformismo el mundo os azota con su disgusto. Por tanto, un hombre debe saber cómo estimar una cara agria. El espectador la mira de reojo en la vía pública o en el salón del amigo. Si esta aversión tuvo su origen en un desprecio y resistencia como el suyo, bien podría irse a casa cariacontecido; pero las caras agrias de la multitud, como las dulces, no tienen una causa profunda, sino que aparecen y desaparecen como el viento sopla y el periódico dirige. Sin embargo, el descontento de la multitud es más formidable que el del senado y la universidad. Es bastante fácil para un hombre firme que conoce el mundo soportar la furia de las clases cultivadas. Su furia es decorosa y prudente, porque son tímidas al ser ellas mismas vulnerables. Pero cuando se añade a su furia femenina la indignación del pueblo, cuando se despierta al ignorante y al pobre, cuando la zafia fuerza bruta que yace en el fondo de la sociedad gruñe y siega, es necesario el hábito de la magnanimidad y religión para tratarla a lo divino como una nadería sin interés.

El otro terror que nos espanta ante la confianza en sí mismo es nuestra coherencia; una reverencia por un acto o palabra pasada, porque la mirada de los demás no tiene otros datos para calcular nuestra órbita que nuestros actos pasados, y somos reacios a decepcionarlos.

Pero ¿por qué deberíais conservar la cabeza sobre los hombros? ¿Por qué arrastrar este cadáver de vuestra memoria, para no contradecir algo que hayáis dicho en este o aquel lugar público? Suponed que os contradecís, ¿y qué? Parece una regla de la sabiduría no confiar nunca solo en vuestra memoria, ni siquiera en actos de pura memoria, sino traer el pasado a juicio ante el presente de mil ojos y vivir siempre en un nuevo día. En vuestra metafísica habéis negado la personalidad a la deidad; sin embargo, cuando lleguen las mociones devotas del alma, cededles el corazón y la vida, aunque vistan a Dios de forma y color. Dejad vuestra teoría, como José su capa en manos de la ramera, y huid.

La necia coherencia es el duende de las mentes pequeñas, adorado por pequeños estadistas y filósofos y santos. Con la coherencia un alma grande no tiene sencillamente nada que ver. Puede preocuparse tanto por su sombra en la pared. Decid lo que pensáis ahora en palabras duras, y decid mañana lo que mañana penséis con palabras duras de nuevo, aunque contradigan las de hoy. «¡Ah, a buen seguro os malentenderán!» ¿Y tan malo es ser malentendido? Pitágoras fue malentendido, y Sócrates, y Jesús, y Lutero, y Copérnico, y Galileo, y Newton, y todo espíritu puro y sabio que se haya encarnado. Ser grande es ser malentendido.

Supongo que ningún hombre puede violar su naturaleza. Todas sus ocurrencias voluntarias quedan pulidas por la ley de su ser, como las desigualdades de los Andes y el Himalaya son insignificantes en la curva de la esfera. Ni importa cómo lo calibráis y probáis. Un carácter es como un acróstico o estrofa alejandrina; leída adelante, atrás o de través, dice lo mismo. En esta vida boscosa, grata, contrita, que Dios me concede, dejadme registrar día a día mi pensamiento honesto sin perspectiva o retrospectiva y, sin duda, resultará simétrico, aunque no lo pretenda ni lo vea. Mi libro debe oler a pinos y resonar con el zumbido de los insectos. La golondrina sobre mi ventana debería entrelazar ese hilo o paja que lleva en su pico también en mi red. Pasamos por lo que somos. El carácter enseña por encima de nuestras voluntades. Los hombres se imaginan que comunican su virtud o vicio solo con acciones abiertas y no ven que su virtud o vicio emiten un hálito a cada momento.

Habrá un acuerdo entre cualesquiera acciones con tal de que cada una sea honrada y natural a su hora. Las acciones de una voluntad serán armoniosas, por diferentes que sean. Estas variedades se pierden de vista a poca distancia, a poca altura del pensamiento. Una tendencia las une todas. El viaje del mejor barco es un zigzag de cien viradas. Ved la línea a suficiente distancia y se enderezará por la tendencia media. Una acción genuina vuestra se explicará a sí misma y explicará vuestras otras acciones genuinas. Vuestra conformidad no explica nada. Actuad solos y lo que ya habéis hecho solos os justificará ahora. La grandeza apela al futuro. Si hoy puedo ser lo bastante firme para hacer lo correcto y desdeñar miradas, debo haber hecho antes lo correcto tanto como para defenderme ahora. Comoquiera que sea, haced lo correcto ahora. Desdeñad siempre las apariencias y siempre podréis. La fuerza del carácter es acumulativa. Todos los días pasados de virtud forjan su salud en este. ¿En qué consiste la majestad de los héroes del senado y el campo de batalla que colma la imaginación? En la conciencia de una serie de grandes días y victorias anteriores. Arrojan una luz única en el actor que avanza. Parece acompañado por una escolta visible de ángeles. Eso es lo que pone el trueno en la voz de Chatam y la dignidad en el porte de Washington y a América en la mirada de Adams. El honor es venerable para nosotros porque no es una efeméride. Es siempre virtud antigua. Lo adoramos hoy porque no es de hoy. Lo amamos y lo homenajeamos porque no es una trampa para nuestro amor y homenaje, sino que depende de sí, deriva de sí y, por tanto, tiene un viejo pedigrí inmaculado, aun si se muestra en una persona joven.

Espero que estos días hayamos oído lo último sobre conformidad y coherencia. Que en adelante sean ridículas palabras de gaceta. En lugar del gong para la cena, oigamos un silbido del pífano espartano. No nos inclinemos ni disculpemos más. Un gran hombre viene a comer a mi casa. No quiero agradarle; quiero que quiera agradarme. Representaré aquí a la humanidad y, aunque quiera que sea amable, quiero que sea sincera. Afrontemos y reprimamos la rasa mediocridad y escuálido contento de la época y arrojemos a la cara de la costumbre y el negocio y el cargo el hecho que es el resultado de toda la historia, que hay un gran pensador y actor responsable dondequiera que un hombre trabaja; que un verdadero hombre no pertenece a otro tiempo o lugar, sino que es el centro de las cosas. Donde está, hay naturaleza. Os mide a vosotros y a todos los hombres y todos los acontecimientos. Por lo común, todos en sociedad nos recuerdan a otra cosa o a otra persona. El carácter, la realidad, no te recuerda a nada más; ocupa el lugar de toda la creación. El hombre debe ser tanto que vuelva indiferentes todas las circunstancias. Todo verdadero hombre es una causa, un país y una época; requiere plenamente espacios y números y tiempo infinito para cumplir su designio, y la posteridad parece seguir sus pasos como una caterva de clientes. El hombre César nace y tiempo después tenemos un Imperio romano. Nace Cristo y millones de mentes crecen y se aferran a su genio hasta confundirlo con la virtud y lo posible en el hombre. Una institución es la sombra alargada de un hombre; el monaquismo, del eremita Antonio; la Reforma, de Lutero; el cuaquerismo, de Fox; el metodismo, de Wesley; la abolición, de Clarkson. A Escipión Milton lo llamó «la cumbre de Roma», y toda la historia se resuelve muy fácilmente en la biografía de unas pocas personas firmes y sinceras.

Que el hombre conozca su valor y mantenga las cosas a sus pies. Que no husmee o robe o se escabulla con el aire de un menesteroso, un bastardo o un intruso en el mundo que existe para él. El hombre de la calle, al no descubrir en sí mismo valor alguno que corresponda a la fuerza que ha erigido una torre o esculpido un dios de mármol, se encoge cuando mira estas cosas. Para él un palacio, una estatua o un libro caro tienen un aire extraño e imponente, como un coche elegante, y parecen decir: «¿Quién es usted, señor?». Sin embargo, todos son suyos, pretendientes de su atención, peticionarios de sus facultades, para que salgan y tomen posesión. El cuadro espera mi veredicto: no ha de mandarme, yo he de fijar sus derechos a la alabanza. La hablilla del borracho que fue recogido en la calle, conducido a casa del duque, lavado y vestido y llevado a la cama del duque, y que, al despertar, fue tratado con la misma obsequiosa ceremonia, asegurándole que había enloquecido, debe su popularidad al hecho de que simboliza bien el estado del hombre, que en el mundo es una especie de borracho que a veces despierta, ejerce su razón y descubre ser un verdadero príncipe.

Nuestra lectura es mendicante y sicofanta. En la historia, nuestra imaginación nos traiciona. Reino y señorío, poder y estado forman un vocabulario más vistoso que los particulares John y Edward en una casita y un día laborable; pero las cosas de la vida son las mismas para ambos: la suma total de ambos es la misma. ¿Por qué toda esta deferencia a Alfred y Scanderberg y Gustavus? Suponed que fueran virtuosos, ¿han gastado la virtud? Una apuesta tan grande depende de vuestro acto privado hoy como la que siguió sus pasos públicos y renombrados. Cuando los particulares actúen con ideas originales, se transferirá el lustre de las acciones de los reyes a las de los caballeros.

El mundo ha sido instruido por sus reyes, que han magnetizado la mirada de las naciones. Este símbolo colosal le ha enseñado la mutua reverencia debida de un hombre a otro. La alegre lealtad con que los hombres han sufrido en todo lugar que el rey, el noble o el gran propietario caminen entre ellos según una ley propia, configurado su propia escala de hombres y cosas e invertido la de ellos, pagado los beneficios no con dinero, sino con honor, y representado la ley con su persona, era el jeroglífico por el que oscuramente significaban la conciencia de su propio derecho y atractivo, el derecho de todo hombre.

El magnetismo que toda acción ejerce se explica cuando inquirimos la razón de la confianza en sí mismo. ¿Quién es el fideicomisario? ¿Cuál es la identidad original sobre la que puede fundarse una confianza universal? ¿Cuál es la naturaleza y poder de esa estrella desconcertante para la ciencia, sin paralaje, sin elementos calculables, que lanza un rayo de belleza aun a las acciones triviales e impuras si aparece la menor marca de independencia? La indagación nos lleva a esa fuente, a la vez la esencia del genio, de la virtud, de la vida, que llamamos espontaneidad o instinto. Denotamos esta sabiduría primaria como intuición, mientras que todas las lecciones posteriores son enseñanzas. En esa fuerza profunda, el último hecho en que se detiene el análisis, todas las cosas encuentran su origen común, porque el sentido del ser que en las horas tranquilas surge, sin saber cómo, en el alma, no es diverso de las cosas, del espacio, de la luz, del tiempo, del hombre, sino uno con ellos, y procede obviamente de la misma fuente de la que también procede su vida y ser. Primero compartimos la vida por la que las cosas existen y después las vemos como apariencias en la naturaleza y olvidamos que hemos compartido su causa. Aquí está el manantial de la acción y el pensamiento. Aquí están los pulmones de esa inspiración que da la sabiduría al hombre y que no puede negarse sin impiedad y ateísmo. Yacemos en un regazo de inmensa inteligencia que nos hace receptores de su verdad y órganos de su actividad. Cuando discernimos la justicia, cuando discernimos la verdad, no hacemos nada por nosotros mismos, sino que permitimos que pasen sus rayos. Si preguntamos de dónde provienen, si queremos fisgar en el alma que los causa, toda la filosofía resulta errónea. Cuanto podemos afirmar es su presencia o su ausencia. Todo hombre discrimina entre los actos voluntarios de su mente y sus percepciones involuntarias y sabe que sus percepciones involuntarias se deben a una fe perfecta. Puede equivocarse al expresarlas, pero sabe que estas cosas son así, como el día y la noche, sin discusión. Mis acciones y adquisiciones voluntarias no son sino vagabundeo; la ensoñación más ociosa, la más débil emoción nativa dominan mi curiosidad y respeto. Las personas irreflexivas contradicen tan fácilmente la afirmación de percepciones como de opiniones, o mucho más fácilmente, porque no distinguen entre percepción y noción. Se imaginan que elijo ver esto o aquello. Pero la percepción no es caprichosa, sino fatal. Si veo un rasgo, mis hijos lo verán después y, con el tiempo, toda la humanidad, aunque puede ocurrir que no lo vea nadie más que yo, porque mi percepción es un hecho tanto como lo es el sol.

Las relaciones del alma con el espíritu divino son tan puras que resulta profano buscar ayudas interpuestas. Debe ser que cuando Dios habla debe comunicar no una cosa, sino todas las cosas; debe llenar el mundo con su voz; debe esparcir luz, naturaleza, tiempo, almas desde el centro del pensamiento presente; y lo nuevo fecha y lo nuevo crea el todo. Si una mente es sencilla y recibe la sabiduría divina, las cosas viejas desaparecen: caen medios, profesores, textos, templos; vive ahora y absorbe el pasado y el futuro en la hora presente. Todas las cosas resultan sagradas en relación con ella, tanto una como otra. Todas las cosas se disuelven hasta el centro por su causa y, en el milagro universal, los milagros mezquinos y particulares. Si, por tanto, un hombre afirma conocer y hablar de Dios y os hace retroceder a la fraseología de una vieja nación desmoronada en otro país, en otro mundo, no le creáis. ¿Es la bellota mejor que el roble que es su plenitud y compleción? ¿Es el padre mejor que el hijo en el que ha arrojado su ser maduro? ¿De dónde viene, pues, esta adoración del pasado? Los siglos son conspiradores contra la cordura y autoridad del alma. El tiempo y el espacio no son sino colores fisiológicos que compone el ojo, pero el alma es la luz; donde está, es de día; donde ha estado, es de noche; y la historia es una impertinencia y una ofensa, si es algo más que un alegre apólogo o parábola de mi ser y devenir.

El hombre es tímido y apologético, ya no es recto; no se atreve a decir «pienso», «existo», sino que cita a algún santo o sabio. Se avergüenza ante la brizna de hierba o la rosa floreciente. Estas rosas bajo mi ventana no se refieren a rosas anteriores o mejores, representan lo que son; existen con Dios hoy. No hay un tiempo para ellas. Hay solo la rosa; es perfecta en cada momento de su existencia. Antes de que un brote estalle, su vida entera actúa; en la flor abierta ya no hay más, en la deshojada raíz no hay menos. Su naturaleza está satisfecha, y satisface a la naturaleza, en todos los momentos por igual. Pero el hombre pospone o recuerda; no vive en el presente, sino que con mirada revertida lamenta el pasado o, desatento a las riquezas que le rodean, se encarama para adivinar el futuro. No podrá ser feliz y fuerte hasta que también él viva con la naturaleza en el presente, por encima del tiempo.

Esto debería estar bastante claro. Sin embargo, ved cuán fuertes intelectos no se atreven a oír a Dios a menos que hable con la fraseología de no sé qué David o Jeremías o Pablo. No siempre pondremos un precio tan alto a unos pocos textos, a unas pocas vidas. Somos como niños que repiten de memoria las oraciones de ancianas y tutores y, al envejecer, de los hombres de talentos y carácter que acaso vean, recordando dolorosamente las palabras exactas que dijeron; después, cuando alcanzan el punto de vista de los que pronunciaron aquellas frases, las comprenden y están dispuestos a dejar ir las palabras, porque en cualquier momento pueden usar palabras tan buenas cuando se presente la ocasión. Si vivimos verdaderamente, veremos verdaderamente. Es tan fácil para el hombre fuerte ser fuerte como para el débil ser débil. Cuando tengamos una percepción nueva, descargaremos alegremente la memoria de sus tesoros acumulados como desperdicios. Cuando un hombre vive con Dios, su voz es tan dulce como el murmullo del arroyo y el susurro del maíz.

Queda por decir ahora, al fin, la verdad superior sobre este asunto; probablemente no pueda decirse, porque cuanto decimos es el lejano recuerdo de la intuición. Ese pensamiento, por cuanto ahora puedo aproximarme a decirlo, es este. Cuando lo bueno esté cerca de vosotros, cuando contengáis vida, no será de una manera conocida o acostumbrada; no discerniréis las huellas de ningún otro; no veréis la cara del hombre; no oiréis nombre alguno; la manera, el pensamiento, lo bueno será por completo extraño y nuevo. Excluirá el ejemplo y la experiencia. Tomáis el camino del hombre, no al hombre. Todas las personas que han existido son sus ministros olvidados. El temor y la esperanza están debajo por igual. Hay algo inferior aun en la esperanza. En la hora de la visión no hay nada que pueda llamarse gratitud ni propiamente gozo. El alma elevada sobre la pasión contempla la identidad y la causa eterna, percibe la existencia en sí misma de la verdad y lo correcto y se calma al saber que todas las cosas van bien. Vastos espacios de la naturaleza, el océano Atlántico, los Mares del Sur, largos intervalos de tiempo, años, siglos, carecen de importancia. Esto que pienso y siento refuerza todo estado anterior de la vida y las circunstancias, como subyace a mi presente y a lo que se llama vida y a lo que se llama muerte.

Solo vale la vida, no el haber vivido. El poder cesa en el instante del reposo; radica en el momento de transición desde el pasado a un nuevo estado, en cruzar el abismo, en lanzarse a un fin. El mundo odia este solo hecho, que el alma deviene; pues ello siempre degrada el pasado, convierte las riquezas en pobreza, toda reputación en vergüenza, confunde al santo con el pícaro, aparta igualmente a Jesús y a Judas. ¿Por qué, pues, parlotear sobre confianza en sí mismo? En la medida en que el alma está presente, habrá poder no confidente, sino agente. Hablar de confianza es una pobre manera externa de hablar. Hablad más bien de lo que confía, porque funciona y existe. Quien tenga más obediencia que yo me domina, aunque no mueva un dedo. Debo girar en torno a él por la gravitación de los espíritus. Consideramos retórico hablar de virtud eminente. Aún no vemos que la virtud es una cumbre y que un hombre o una compañía de hombres, plásticos y permeables a los principios, por la ley de la naturaleza deben superar y regir todas las ciudades, naciones, reyes, ricos, poetas, que no lo son.

Este es el último hecho que rápidamente alcanzamos en este como en todo tópico, la resolución de todo en el bendito UNO. La existencia por sí misma es el atributo de la causa suprema y constituye la medida de lo bueno por el grado en que entra en todas las formas inferiores. Todas las cosas verdaderas lo son por tanta virtud como contienen. El comercio, la agricultura, la venación, la caza de ballenas, la elocuencia, la gravedad personal son algo, y merecen mi respeto como ejemplos de su presencia e impura acción. Veo que la misma ley opera en la naturaleza para la conservación y el crecimiento. El poder es en la naturaleza la medida esencial del derecho. Nada sufre la naturaleza al permanecer en sus reinos sin ayuda. La génesis y maduración de un planeta, su equilibrio y órbita, el árbol combado que se recobra del fuerte viento, los recursos vitales de todo animal y vegetal, son demostraciones de la autosuficiencia y, por tanto, del alma que confía en sí misma.

Así todo se concentra: no deambulemos; sentémonos en casa con la causa. Aturdamos y asombremos a la chusma entrometida de hombres y libros e instituciones por una sencilla declaración del hecho divino. Pedid a los invasores que se descalcen, porque Dios está aquí dentro. Que nuestra sencillez los juzgue y nuestra docilidad a nuestra propia ley demuestre la pobreza de la naturaleza y la fortuna junto a nuestras riquezas nativas.

Ahora somos una masa. El hombre no admira al hombre, ni se advierte a su genio que se quede en casa, que se comunique con el océano interno, sino que se va al extranjero a pedir un vaso de agua de las urnas de otros hombres. Debemos ir solos. Me gusta la iglesia silenciosa antes de que comience el servicio, mejor que cualquier sermón. ¡Qué distantes, qué frías, qué castas parecen las personas, rodeada cada una con un recinto o santuario! Sentémonos siempre así. ¿Debemos asumir los errores de nuestro amigo o esposa o padre o hijo por sentarse en nuestro hogar o porque se diga que tenemos la misma sangre? Todos los hombres tienen mi sangre y yo tengo la de todos los hombres. No por ello adoptaré su petulancia o locura, ni siquiera hasta el punto de avergonzarme de ella; pero vuestro aislamiento no debe ser mecánico, sino espiritual, es decir, debe ser elevación. A veces el mundo parece conspirar para importunaros con enfáticas fruslerías. El amigo, el cliente, el hijo, la enfermedad, el temor, la necesidad, la caridad, todos llaman a la vez a la puerta y dicen: «Venid con nosotros». No os alteréis, no entréis en su confusión. El poder que tienen los hombres para fastidiarme se lo otorgo por una débil curiosidad. Ningún hombre puede aproximarse a mí salvo a través de un acto mío. «Tenemos lo que amamos, pero por el deseo nos privamos del amor».

Si no podemos de una vez elevarnos a la santidad de la obediencia y la fe, al menos resistamos nuestras tentaciones; entremos en estado de guerra y despertemos a Thor y Woden, el coraje y la constancia, en nuestro pecho sajón. Esto ha de hacerse en nuestros tiempos suaves diciendo la verdad. Examinad esta mentirosa hospitalidad y mentiroso afecto. No viváis más para la expectativa de estas personas engañadas y engañosas con quienes conversamos. Decidles: oh, padre, madre, esposa, hermano, amigo, hasta ahora he vivido con vosotros según las apariencias. En adelante pertenezco a la verdad. Sabed que en adelante no obedeceré otra ley que la ley eterna. No tendré pactos, sino proximidad. Me esforzaré en alimentar a mis padres, mantener a mi familia, ser el casto esposo de una mujer, pero debo colmar estas relaciones de una manera nueva y sin precedentes. Apelo de vuestras costumbres. Debo ser yo mismo. No puedo quebrarme más por ti o por vosotros. Si podéis quererme por lo que soy, seré el más feliz. Si no, intentaré merecer que debáis hacerlo. No ocultaré mis gustos o aversiones. Confiaré tanto en que lo profundo es sagrado que haré firmemente ante el sol y la luna lo que interiormente me regocija y el corazón designa. Si sois nobles, os querré; si no lo sois, no os heriré a vosotros ni a mí mismo con atenciones hipócritas. Si sois sinceros, pero no mostráis conmigo la misma verdad, quedaos con vuestros compañeros; yo buscaré a los míos. No hago esto egoísta, sino humilde y sinceramente. Vivir en la verdad os interesa por igual a vosotros, a mí y a todos los hombres, por mucho que hayamos habitado en mentiras. ¿Suena esto desabrido hoy? Pronto amaréis lo que dicta vuestra naturaleza tanto como la mía y, si seguimos la verdad, estaremos seguros al fin. Así podríais molestar a estos amigos. Sí, pero no puedo vender mi libertad y poder para salvar su sensibilidad. Además, todas las personas tienen sus momentos de razón cuando miran en la región de la verdad absoluta; entonces me justificarán y harán lo propio.

El populacho cree que vuestro rechazo de los modelos populares es un rechazo de todo modelo y mero antinomianismo; y el osado sensualista usará el nombre de la filosofía para sobredorar sus crímenes, pero la ley de la conciencia permanece. Hay dos confesionarios, en uno u otro debemos ser escuchados. Podéis cumplir vuestra ronda de deberes aclarándoos de manera directa o de manera refleja. Considerad si habéis satisfecho vuestras relaciones con padre, madre, primo, vecino, ciudad, gato y perro; si alguno puede reprenderos. Pero también puedo dejar este modelo reflejo y absolverme a mí mismo. Tengo mis propias firmes exigencias y círculo perfecto. Niegan el nombre de deber a muchos cargos que llaman deberes, pero si puedo pagar sus deudas, ello me permite prescindir del código popular. Si alguien imagina que esta ley es laxa, que observe sus mandamientos un día.

En verdad se demanda algo divino a quien desecha los motivos comunes de la humanidad y se arriesga a confiar en sí mismo como capataz. ¡Elevado sea su corazón, fiel su voluntad, clara su vista, para que en serio pueda ser doctrina, sociedad, ley para sí mismo, para que un sencillo propósito sea para él tan fuerte como la necesidad de hierro para los demás!

Si un hombre considera los aspectos presentes de lo que se llama por distinción sociedad, verá la necesidad de esta ética. El tendón y corazón del hombre parece arrancado y nos hemos vuelto quejosos timoratos, desalentados. Nos asusta la verdad, nos asusta la fortuna, nos asusta la muerte y nos asustamos unos de otros. Nuestra época no produce personas grandes y perfectas. Necesitamos hombres y mujeres que renueven la vida y nuestro estado social, pero vemos que la mayoría de las naturalezas es insolvente, que no puede satisfacer su propia necesidad, tiene una ambición no proporcionada a su fuerza práctica y se inclina y ruega día y noche continuamente. Nuestro quehacer doméstico es mendicante, no hemos elegido nuestras artes, ocupaciones, matrimonios, religión, sino que la sociedad ha elegido por nosotros. Somos soldados de salón. Rehuimos la áspera batalla del hado, donde nace la fuerza.

Si nuestros jóvenes se descarrían en sus primeros empeños, pierden todo ánimo. Si el joven mercader fracasa, los hombres dicen que está arruinado. Si el genio más excelente estudia en una de nuestras universidades y no se instala en un despacho al cabo de un año en la ciudad o suburbios de Boston o Nueva York, les parece a sus amigos y a él mismo que hace bien en estar descorazonado y en quejarse el resto de su vida. El tipo robusto de New Hampshire o Vermont, que a su vez prueba todas las profesiones, que la enyuga, la cultiva, la vende, dirige una escuela, predica, edita un periódico, va al Congreso, compra un término municipal, y cosas así, durante años, y siempre, como el gato, cae de pie, vale por cien de estos muñecos urbanos. Corre parejo con sus días y no se avergüenza de no «estudiar una carrera», porque no pospone su vida, sino que ya vive. No tiene una oportunidad, sino cien oportunidades. Que el estoico abra los recursos del hombre y les diga a los hombres que no son sauces combados, sino que pueden y deben destacar; que con el ejercicio de la confianza en sí mismos aparecerán nuevos poderes; que un hombre es el mundo hecho carne, nacido para esparcir la curación a las naciones, que debiera avergonzarse de nuestra compasión y que, en el momento en que actúa por sí mismo y lanza por la ventana las leyes, los libros, idolatrías y costumbres, ya no lo compadecemos más, sino que nos vuelve agradecidos y reverentes, y ese profesor restaurará la vida del hombre hasta el esplendor y hará su nombre querido a toda la historia.

Es fácil ver que una mayor confianza en sí mismo debe producir una revolución en todos los cargos y relaciones de los hombres, en su religión, en su educación, en sus búsquedas, sus modos de vida, su asociación, en su propiedad, en sus ideas especulativas.

1. ¡Qué rezos se permiten los hombres! Lo que llaman un oficio sagrado no es tan bravo y varonil. El rezo mira afuera y pide que una adición extranjera venga por una virtud extranjera, y se pierde en los interminables laberintos de lo natural y lo sobrenatural, lo mediador y lo milagroso. El rezo que anhela una mercancía particular —cualquier cosa menos que todo lo bueno— es vicioso. El rezo es la contemplación de los hechos de la vida desde el punto de vista superior. Es el soliloquio de un alma contemplativa y jubilosa. Es el espíritu de Dios que juzga sus obras buenas. Pero el rezo como un medio para lograr un fin privado es mezquindad y robo. Supone el dualismo y no la unidad en la naturaleza y la conciencia. Tan pronto como el hombre sea uno con Dios no rogará. Verá entonces el rezo en toda acción. El rezo del granjero arrodillado en su campo para desherbarlo, el rezo del remero arrodillado con el golpe de su remo, son verdaderos rezos oídos en toda la naturaleza, aunque por fines bajos. La catarata, en Bonduca de Fletcher, cuando le aconsejan conocer la intención del dios Audate, replica:

Su sentido oculto reside en nuestro esfuerzo;

nuestros valores son nuestros mejores dioses.

Otro tipo de falsos rezos son nuestros lamentos. El descontento es la falta de confianza en sí mismo: es la enfermedad de la voluntad. Lamentad calamidades si podéis con ello ayudar al damnificado; de lo contrario, atended a vuestro trabajo y el mal comienza ya a repararse. Nuestra simpatía es así de mezquina. Venimos junto a los que lloran absurdamente y nos sentamos y pedimos compañía, en lugar de impartirles la verdad y la salud con descargas eléctricas, poniéndoles de nuevo en comunicación con su razón. El secreto de la fortuna es la alegría en nuestras manos. Siempre es bienvenido para dioses y hombres el que se ayuda a sí mismo. Ante él se abren todas las puertas; todas las bocas le saludan, todos los honores le coronan, todas las miradas le siguen con deseo. Nuestro amor llega hasta él y le abraza, porque no lo necesita. De manera solícita y apologética le acariciamos y celebramos porque se mantuvo en su camino y despreció nuestra desaprobación. Los dioses le aman porque los hombres le odiaron. Dijo Zoroastro: «Para el mortal perseverante los benditos inmortales son veloces».

Así como los rezos de los hombres son una enfermedad de la voluntad, sus credos son una enfermedad del intelecto. Dicen con aquellos necios israelitas: «Háblanos tú, y te escucharemos; pero que no nos hable Dios, no muramos»[20]. Por doquier tengo trabas para encontrar a Dios en mi hermano, porque ha cerrado las puertas de su templo y solo recita las fábulas del Dios de su hermano, o del Dios del hermano de su hermano. Toda mente nueva es una nueva clasificación. Si resulta una mente de actividad y poder insólito, un Locke, un Lavoisier, un Hutton, un Bentham, un Fourier, impone su clasificación a otros hombres y, ¡mirad!, un nuevo sistema. En proporción a la profundidad del pensamiento y al número de objetos que toca y pone al alcance del pupilo, está su complacencia. Esto resulta aparente, sobre todo, en credos e iglesias, que también son clasificaciones de una mente poderosa que actúa sobre el pensamiento elemental del deber y la relación del hombre con lo supremo. Tal es el calvinismo, el cuaquerismo y el swedenborgismo. El pupilo obtiene el mismo placer al subordinar todo a la nueva terminología que la muchacha que, por la botánica recién aprendida, ve una nueva tierra y nuevas estaciones. Ocurrirá que, durante un tiempo, el pupilo descubrirá que su poder intelectual ha crecido por el estudio de la mente de su maestro, pero todas las mentes desequilibradas idolatran la clasificación, la convierten en el fin, y no en un medio rápidamente agotado, de modo que los muros del sistema se mezclan a su vista en el remoto horizonte con los muros del universo; las luminarias del cielo les parecen colgadas del arco levantado por su maestro. No pueden imaginar cómo vosotros, extraños, tenéis derecho a ver, cómo podéis ver: «Debe ser que de algún modo nos habéis robado la luz». Aún no perciben que la luz, asistemática, indomable, irrumpirá en toda cabaña, incluida la suya. Dejadles gorjear un rato y llamarla suya. Si son honrados y obran bien, al instante su limpia perrera nueva será demasiado estrecha y baja, se agrietará, ladeará, pudrirá y desvanecerá, y la luz inmortal, joven y alegre, con un millón de órbitas y colores, brillará sobre el universo como la primera mañana.

2. Por falta de cultura propia retiene su fascinación para todos los americanos educados la superstición de viajar, cuyos ídolos son Italia, Inglaterra, Egipto. Los que hicieron a Inglaterra, Italia o Grecia venerables en la imaginación lo hicieron hincándose donde estuvieron, como el eje de la tierra. En horas viriles sentimos que el deber es nuestro lugar. El alma no es un viajero; el sabio se queda en casa y, cuando sus necesidades y deberes le convocan desde su casa en cualquier ocasión, o a tierras extrañas, aún está en casa, y hará a los hombres conscientes por la expresión de su rostro de que es el misionero de la sabiduría y virtud, y visita ciudades y hombres como un soberano y no como un entrometido o un criado.

No tengo ninguna burda objeción a la circunnavegación del globo por mor del arte, del estudio y la benevolencia, de modo que el hombre primero es domesticado o no va al extranjero con la esperanza de encontrar algo mayor que lo que conoce. El que viaja para entretenerse o para lograr algo que no lleva, se aleja de sí mismo y envejece aun joven entre cosas viejas. En Tebas, en Palmira, su voluntad y mente resulta vieja y dilapidada como ellas. Lleva ruinas a las ruinas.

Viajar es el paraíso del necio. Nuestros primeros viajes nos descubren la indiferencia de los lugares. En casa sueño que en Nápoles, o en Roma, puedo embriagarme de belleza y perder mi tristeza. Hago la maleta, abrazo a mis amigos, me embarco y, al fin, me despierto en Nápoles, y allí está junto a mí el hecho severo, el triste ser, implacable, idéntico, del que había huido. Busco el Vaticano y los palacios. Finjo embriagarme con vistas y sugestiones, pero no me embriago. Mi gigante va conmigo dondequiera que vaya.

3. La furia de viajar es un síntoma de una precariedad más profunda que afecta a toda la acción intelectual. El intelecto es vagabundo y nuestro sistema de educación promueve la inquietud. Nuestra mente viaja cuando nuestros cuerpos están obligados a quedarse en casa. Imitamos, ¿y qué es la imitación sino el viajar de la mente? Nuestras casas están construidas con gusto extranjero; nuestros estantes, repletos de adornos extranjeros; nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestras facultades se inclinan y siguen lo pasado y lejano. El alma ha creado las artes dondequiera que hayan florecido. El artista buscaba su modelo en su propia mente. Se trataba de una aplicación de su propio pensamiento a la obra por hacer y a las condiciones que observar. ¿Por qué necesitamos copiar el modelo dórico o el gótico? La belleza, la conveniencia, la grandeza de pensamiento y la expresión singular están tan cerca de nosotros como de cualquiera, y si el artista americano estudia con esperanza y amor la obra precisa que ha de hacer, considerando el clima, el suelo, la duración del día, las necesidades del pueblo, el hábito y forma de gobierno, creará una casa que todos encontrarán idónea y el gusto y sentimiento quedará también satisfecho.

Insistid en vosotros mismos, nunca imitéis. Podéis presentar vuestro propio don a cada momento con la fuerza acumulativa del cultivo de toda una vida; del talento adoptado de otro solo tendréis una posesión extemporánea, incompleta. Lo que cada uno puede hacer mejor nadie salvo su Hacedor puede enseñárselo. Ningún hombre sabe aún lo que es, ni puede saberlo, hasta que esa persona lo ha exhibido. ¿Dónde está el maestro que pudo enseñar a Shakespeare? ¿Dónde está el maestro que pudo haber instruido a Franklin o Washington o Bacon o Newton? Todo hombre grande es único. El escipionismo de Escipión es precisamente esa parte que no pudo tomar prestada. El estudio de Shakespeare nunca hará a Shakespeare. Haced lo que se os asigne y no podréis esperar demasiado o atreveros demasiado. En este momento hay para vosotros una valiente y gran pronunciación como la del colosal cincel de Fidias o el palustre de los egipcios o la pluma de Moisés o Dante, pero diferente de todas estas. Posiblemente el alma plenamente rica, elocuente, de mil lenguas hendidas no se digne a repetirse, pero si podéis oír lo que dicen estos patriarcas, seguramente podréis replicarles con el mismo tono de voz, porque el oído y la lengua son dos órganos de una naturaleza. Permaneced en las sencillas y nobles regiones de vuestra vida, obedeced a vuestro corazón y reproduciréis el mundo primigenio de nuevo.

4. Así como nuestra religión, nuestra educación, nuestro arte miran al extranjero, también lo hace el espíritu de nuestra sociedad. Todos los hombres se empluman para la mejora de la sociedad y ningún hombre mejora.

La sociedad nunca avanza. Retrocede tan rápido por un lado como gana por otro. Sufre continuos cambios; es bárbara, es civilizada, es cristianizada, es rica, es científica, pero este cambio no es mejoramiento. Por cada cosa dada se quita algo. La sociedad adquiere nuevas artes y pierde viejos instintos. ¡Qué contraste entre el americano pulcro, leído, letrado, reflexivo, con un reloj, un lápiz y una letra de cambio en el bolsillo, y el desnudo neozelandés, cuya propiedad es un garrote, una lanza, una estera y la indivisa vigésima parte de un cobertizo en que dormir! Comparad la salud de los dos hombres y veréis que el hombre blanco ha perdido su fuerza aborigen. Si el viajero nos dice la verdad, golpead al salvaje con un hacha y en uno o dos días la carne se unirá y curará como si hubierais golpeado blanda resina, y el mismo golpe enviará al blanco a la tumba.

El hombre civilizado ha construido un coche, pero ha perdido el uso de sus pies. Se apoya en muletas, pero carece de ese apoyo muscular. Tiene un hermoso reloj de Ginebra, pero no la habilidad de decirnos la hora por el sol. Tiene un almanaque náutico de Greenwich y, seguro de estar informado cuando lo necesita, el hombre de la calle no conoce una estrella en el cielo. No observa el solsticio; conoce tan poco el equinoccio, y no hay ni una esfera en su mente de todo el brillante calendario solar del año. Sus anotaciones perjudican su memoria, sus bibliotecas sobrecargan su ingenio; la compañía de seguros aumenta el número de accidentes, y nos preguntamos si la maquinaria no le estorba, si no hemos perdido cierta energía por refinamiento, cierto vigor de virtud salvaje por un cristianismo atrincherado en establecimientos y formas. Pues todo estoico era un estoico, pero ¿dónde está el cristiano en la cristiandad?

No hay más desvío en la media moral que en la media de altura o peso. No hay mayores hombres ahora que antes. Se observa una igualdad singular entre los grandes hombres de la época primitiva y tardía; toda la ciencia, arte, religión y filosofía del siglo XIX no puede servir para educar hombres mayores que los héroes de Plutarco hace tres o cuatro o veinte siglos. La raza no es progresiva en el tiempo. Foción, Sócrates, Anaxágoras, Diógenes son grandes hombres, pero no dejan clase alguna. Quien pertenece realmente a su clase no será llamado por su nombre, sino que será su propio hombre y, a su vez, el fundador de su secta. Las artes e invenciones de cada periodo son solo su traje y no vigorizan a los hombres. El perjuicio de la maquinaria mejorada puede compensar su beneficio. Hudson y Behring lograron tanto en sus pesqueros que asombraron a Parry y Franklin, cuyo equipamiento agotaba los recursos de la ciencia y arte. Galileo, con unos prismáticos, descubrió una serie más espléndida de fenómenos celestes que nadie desde entonces. Colón descubrió el Nuevo Mundo en un bote descubierto. Es curioso ver el periódico desuso y extinción de medios y maquinaria introducidos con ruidosa alabanza pocos años o siglos antes. El gran genio vuelve al hombre esencial. Contamos las mejoras del arte de la guerra entre los triunfos científicos y, sin embargo, Napoleón conquistó Europa por el vivaque, que consistía en recurrir al puro valor y librarse de toda ayuda. El emperador creyó imposible lograr un ejército perfecto, dice Las Casas, «sin abolir nuestras armas, almacenes, comisiones y transportes, hasta que, a imitación de la usanza romana, el soldado recibiera su parte de grano y él mismo lo moliera y cociera su pan».

La sociedad es una ola. La ola se mueve adelante, pero no el agua de que está compuesta. La misma partícula no se eleva desde el valle hasta la cresta. Su unidad es fenoménica. Las personas que componen hoy una nación mueren al año siguiente y su experiencia con ellas.

Así, la confianza en la propiedad, incluida la confianza en los gobiernos que la protegen, es la falta de confianza en sí mismo. Hace tanto que los hombres han apartado la mirada de sí mismos y la han puesto en las cosas, que han llegado a estimar las instituciones religiosas, doctas y civiles como defensas de la propiedad y desprecian los ataques que reciben porque los consideran ataques a la propiedad. Miden su estima mutua por lo que cada uno tiene y no por lo que cada uno es. El hombre culto se avergüenza de su propiedad al respetar de nuevo su naturaleza. Odia en especial lo que tiene si ve que es accidental, si le ha llegado por herencia, donación o crimen; entonces siente que no lo tiene, no le pertenece, no tiene raíces en él y solo yace ahí porque ninguna revolución o ladrón se lo ha llevado. Lo que un hombre es siempre lo adquiere por necesidad, y lo que un hombre adquiere es propiedad viva, que no está al albur de gobernantes, masas o revoluciones o incendios o tormentas o bancarrotas, sino que perpetuamente se renueva dondequiera que el hombre respira. Dijo el califa Ali: «Tu suerte o porción de vida te busca; no te canses buscándola». Nuestra dependencia de estos bienes ajenos nos lleva a un respeto servil por los números. Los partidos políticos se reúnen en numerosas convenciones; cuanto mayor el concurso, y con el rugido de cada nuevo anuncio, ¡la delegación de Essex!, ¡los demócratas de New Hampshire!, ¡los Whigs de Maine!, el joven patriota se siente más fuerte que antes por mil nuevas miradas y brazos. De manera similar los reformadores convocan convenciones y votan y deciden en multitudes. Oh, amigos, no es así como Dios se digna a entrar y habitar en vosotros, sino precisamente con el método inverso. Solo cuando el hombre se deshace de todo apoyo ajeno y permanece solo veo que es fuerte y dominante. Cada nuevo recluta de su bandera lo debilita. ¿No es mejor un hombre que una ciudad? No pidáis nada a los hombres y, por una mutación interminable, la única columna firme pronto deberá parecer el sostén de cuanto os rodea. Quien sabe que el poder es innato, que es débil porque ha buscado el bien fuera de él y en otra parte y, al advertirlo, se lanza sin dudar a su propio pensamiento, al instante se corrige, permanece en posición erecta, manda sobre sus miembros, obra milagros, tal como un hombre erguido sobre sus pies es más fuerte que un hombre erguido sobre su cabeza.

Usad así cuanto se llama fortuna. La mayoría de los hombres juega con ella y gana todo y pierde todo cuando gira su rueda. Abandonad como ilegítimas estas ganancias y tratad con la causa y el efecto, los cancilleres de Dios. Trabajad y adquirid en la voluntad y habréis encadenado la rueda del azar y os sentaréis en adelante sin temor a sus rotaciones. Una victoria política, una subida de rentas, la recuperación tras la enfermedad o el regreso del amigo ausente o algún otro suceso favorable eleva los ánimos, y creéis que se avecinan días buenos. No lo creáis. Nada puede traeros paz salvo vosotros mismos. Nada puede traeros paz salvo el triunfo de los principios.


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