Paul Auster
Cuando llegué a la treintena, pasé por unos años en los cuales
todo lo que tocaba se convertía en fracaso. Mi matrimonio terminó en divorcio,
mi trabajo de escritor se hundía y estaba abrumado por problemas de dinero. No
me refiero simplemente a una escasez ocasional, ni a tener que apretarme el
cinturón de cuando en cuando, sino a una falta de dinero continua, opresiva,
casi agobiante, que me envenenaba el alma y me mantenía en un inacabable estado
de pánico.
La culpa era sólo mía. Mi relación con el dinero siempre había sido
imperfecta, enigmática, llena de impulsos contradictorios, y ahora pagaba el
precio de negarme a adoptar una posición clara al respecto. Des de siempre, mi
única ambición había sido escribir. Lo sabía desde los dieciséis o diecisiete
años, y nunca me había hecho ilusiones de que podría ganarme la vida
escribiendo. El escritor no «elige una profesión», como el que se hace médico o
policía. No se trata tanto de escoger como de ser escogido, y una vez que se
acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar preparado para
recorrer un largo y penoso camino durante el resto de la vida. A menos que se
resulte ser un elegido de los dioses (y pobre de quien cuente con ello), con
escribir no se gana uno la vida, y si se quiere tener un techo sobre la cabeza
y no morirse de hambre, habrá que resignarse a hacer otra cosa para pagar los
recibos. Yo comprendía todo eso, estaba preparado para ello, no me quejaba. En
ese aspecto, tuve una suerte inmensa. No sentía un interés particular por los
bienes materiales, y la perspectiva de ser pobre no me asustaba. Lo único que
quería era una oportunidad de realizar la obra que sentía en mi interior.
La mayoría de los escritores llevan una doble vida. Ganan buen dinero en
profesiones normales y se las arreglan lo mejor que pueden para escribir por la
mañana temprano, a altas horas de la noche, durante el fin de semana, las
vacaciones. William Carlos Williams y Louis-Ferdinand Céline eran médicos.
Walla ce Stevens trabajaba en una compañía de seguros. T. S. Eliot fue
banquero, luego editor. Entre mis conocidos, el poeta francés Jacques Dupin es
codirector de una galería de arte en París. William Bronk, el poeta
norteamericano, dirigió el negocio familiar de carbones y madera al norte del
estado de Nueva York durante más de cuarenta años. Don DeLillo, Peter Carey,
Salman Rushdie y Elmore Leonard trabajaron durante largas temporadas en
publicidad. Otros escritores se dedican a la enseñanza. Ésa es quizá la
solución más corriente en la actualidad, y con tantas universidades importantes
y facultades de provincias ofreciendo cursos de eso que llaman «talleres de
escritura», novelistas y poetas andan continuamente a la greña para pescar
clases. ¿Quién puede reprochárselo? El sueldo quizá no sea muy alto, pero se
trata de un trabajo fijo y el horario es bueno.
Mi problema era que no quería llevar una doble vida. No es que no quisiera
trabajar, pero la idea de fichar en algún sitio de nueve a cinco me dejaba
frío, totalmente desprovisto de entusiasmo. Con veintipocos años me sentía
demasiado joven para sentar cabeza, demasiado lleno de proyectos para perder el
tiempo ganando más dinero del que quería o necesitaba. En el aspecto
financiero, sólo pretendía arreglármelas. La vida era barata en aquella época
y, como no tenía a nadie a mi cargo, me imaginaba que podría ir tirando con
unos ingresos anuales de unos tres mil dólares.
Hice un curso de posgrado, pero sólo porque la Universidad de Columbia me
ofrecía una beca de dos mil dólares y matrícula gratuita, lo que significaba
que en realidad me pagaban por estudiar. Incluso en aquellas condiciones
ideales, enseguida comprendí que no tenía nada que hacer allí. Estaba harto de
clases, y la perspectiva de pasarme otros cinco o seis años estudiando me
parecía un destino peor que la muerte. Ya no quería hablar más de libros,
quería escribirlos. No me parecía bien, por principio, que un escritor se
refugiase en la universidad, rodeándose de personas afines y viviendo demasiado
a gusto. Existía un riesgo de autocomplacencia, y una vez que cae en ella, el
escritor puede darse por perdido.
No voy a justificar las decisiones que tomé. Si carecían de sentido
práctico, lo cierto era que yo no pretendía serlo. Lo que deseaba eran
experiencias nuevas. Ansiaba salir al mundo y ponerme a prueba, pasar de una
cosa a otra, explorar todo lo que pudiera. Mientras mantuviese los ojos
abiertos, me figuraba que todo lo que pasara sería aprovechable, me enseñaría
cosas que ignoraba. Parece una actitud anticuada, y quizá lo fuese. Joven
escritor se despide de familia y amigos y sale hacia un destino desconocido
para des cubrir de qué está hecho. Para bien o para mal, dudo de que me hubiese
convenido cualquier otra actitud. Tenía energía, la cabeza llena de ideas y el
gusanillo de los viajes. Como el mundo era tan grande, lo último que deseaba
era andar con pies de plomo.
No me resulta difícil describir estas cosas y recordar lo que
me parecían entonces. El problema empieza cuando me pregunto por qué las hice y
por qué las consideraba de aquel modo. Los demás jóvenes poetas y escritores de
mi clase tomaban decisiones sensatas sobre su futuro. No éramos chavales ricos
que pudieran contar con el apoyo económico de sus padres, y una vez que
saliéramos de la universidad tendríamos que arreglárnoslas por nuestra cuenta.
Todos nos enfrentábamos a la misma situación, todos conocíamos el paño, y sin
embargo ellos actuaban de una forma y yo de otra. Eso es lo que sigo sin
explicarme. ¿Por qué mis amigos obraban con tanta prudencia y yo con tanta
temeridad?
Procedía de una familia de clase media. Había te nido una infancia cómoda y
nunca había sufrido las carencias y privaciones que acosan a los seres humanos
que viven en este mundo. Nunca había pasado hambre, ni frío, jamás había
sentido que peligrase ninguna de las cosas que tenía. La seguridad era algo
natural y sin embargo, pese a las comodidades y a la buena suerte de mi
familia, el dinero era un tema de conversación e inquietud constantes. Mis
padres habían conocido la De presión, y ninguno de los dos se había recuperado
plenamente de aquellos tiempos difíciles. Ambos estaban marcados por la
experiencia de no tener lo suficiente, pero llevaban la herida de modo
diferente.
Mi padre era avaro; mi madre, pródiga. Ella gas taba; él, no. El recuerdo de
la pobreza no se le había borrado de la mente, y aunque las circunstancias de
su vida habían cambiado, no lograba creérselo del todo. Ella, por el contrario,
disfrutaba mucho del cambio de situación. Le gustaban los rituales del
consumismo y, como tantas norteamericanas antes y después de ella, cultivaba
las compras como un medio de expresión, elevado a veces al rango de forma
artística. Entrar en una tienda era iniciar un proceso alquímico que dotaba a
la caja registradora de propiedades mágicas y transformadoras. Deseos
incoherentes, necesidades intangibles, anhelos inexpresables, pasaban por la
caja del dinero y se hacían realidad, convirtiéndose en objetos palpables que
podían tenerse en la mano. Mi madre nunca se cansaba de hacer ese milagro, y
las facturas resultantes se convertían en la manzana de la discordia entre mi
padre y ella. Ella pensaba que podíamos permitírnoslo; él, no. Dos estilos, dos
concepciones del mundo, dos filosofías morales se encontraban en eterno
conflicto, que al final destrozó su matrimonio. El dinero era la línea de
falla, y se convirtió en el único y agobiante tema de discusión entre ellos. La
tragedia consistía en que ambos eran buenas personas —atentos, honrados, trabajadores—,
y aparte de ese feroz campo de batalla parecían llevarse bastan te bien. Nunca
llegué a entender cómo una cuestión relativamente tan poco importante podía
causarles tantos problemas. Pero el dinero, por supuesto, nunca es sólo dinero.
Siempre es otra cosa, siempre es algo más, y siempre tiene la última palabra.
De pequeño me encontré en medio de esa guerra ideológica. Mi madre me
llevaba a comprar ropa, arrastrándome en el torbellino de su entusiasmo y
generosidad, y una y otra vez yo me dejaba convencer de que deseaba las cosas
que ella me ofrecía: siempre más de lo que esperaba, siempre más de lo que
creía necesitar. Era imposible resistirse, imposible no disfrutar de la
atención que le dedicaban los dependientes y de su diligencia en servirla,
imposible no entusiasmarse con su dominio de la situación. Mi felicidad siempre
iba mezclada, sin embargo, con una buena dosis de inquietud, ya que sabía
exactamente lo que diría mi padre al recibir la factura. Y el caso era que
siempre lo decía. El inevitable estallido se producía, y casi ineludiblemente
el asunto se resolvía con mi padre declarando que la próxima vez que yo
necesitara algo sería él quien me llevaría de compras. Así que llegaba el
momento de comprarme una nueva chaqueta de invierno, por ejemplo, u otro par de
zapatos, y una no che después de cenar mi padre y yo íbamos a un almacén de
saldos situado junto a una autopista en la oscuridad de Nueva Jersey. Recuerdo
el brillo de las luces fluorescentes de aquellos sitios, los muros de ladrillo,
los interminables estantes de ropa barata de caballeros. Como decía la canción
del anuncio radiofónico: «Robert Hall le dirá la razón / esta temporada. /
Reduce gastos de fabricación. / Bum, bum, bum. / ¡Reduce gastos de
fabricación!». Bien pensado, esa canción forma parte de mi infancia tanto como
las canciones de los campamentos de verano o el padre nuestro.
Lo cierto es que esa búsqueda de oportunidades con mi padre me gustaba tanto
como las descontroladas compras organizadas por mi madre. Mi lealtad es taba
equitativamente repartida entre los dos, y nunca me planteé pasarme a un bando
o a otro. La actitud de mi madre era, quizá, más atractiva al menos por la
excitación que provocaba, pero en la terquedad de mi padre había algo que
también me asombraba, una impresión de experiencia duramente adquirida y de
sabiduría en el núcleo de sus convicciones, una integridad de intereses que
jamás le hacía dar marcha atrás, ni siquiera a riesgo de quedar mal ante los
demás. Yo encontraba eso admirable, y tanto como adoraba a mi maravillosa madre
de encanto sin límites por su forma de embelesar al mundo, adoraba a mi padre
por resistir a ese mismo mundo. Verle en su salsa podía ser desesperante —una
persona a la que nunca parecía importarle lo que pensaran de él—, pero también
resultaba instructivo, y a la larga creo que presté a esas lecciones más
atención de lo que me figuraba.
Mi infancia estuvo cortada por el patrón del clásico despabilado. Al primer
signo de nieve, salía corriendo con la pala y empezaba a llamar a las puertas,
preguntando a la gente si querían emplearme para limpiar caminos y entradas.
Cuando las hojas caían en octubre, allí estaba yo con el rastrillo, llamando a
las mismas puertas y preguntando por el césped. Otras veces, cuando no había
nada que recoger del suelo, buscaba «pequeños trabajos». Ordenar el garaje, limpiar
el sótano, podar los setos: para cualquier cosa que se necesitase, yo era la
persona indicada. En verano, vendía limonada a diez centavos el vaso en la
acera frente a mi casa. Recogía botellas vacías de la despensa, las cargaba en
mi carrito rojo y las llevaba a la tienda a cambiarlas por dinero contante y
sonante. Dos centavos por las pequeñas; cinco por las grandes. Utilizaba
principalmente las ganancias para comprar cromos de béisbol, revistas
deportivas y tebeos, y guardaba diligentemente lo que me quedara en la hucha,
que tenía forma de caja registradora. Era digno hijo de mis padres y nunca puse
en entredicho los principios que animaban su mundo. El dinero mandaba, y en la
medida en que uno le obedeciera y se plegara a sus argumentos, aprendería a
hablar el lenguaje de la vida.
Recuerdo que un día me encontré en posesión de una moneda de cincuenta
centavos. No me acuerdo de cómo llegó a mis manos —esa moneda era entonces tan
rara como ahora—, pero ya fuera porque me la diesen o porque la ganase, tengo
una viva sensación de lo mucho que significaba para mí y de la suma tan
considerable que representaba. Con cincuenta centavos se podían comprar en
aquel entonces diez sobres de cromos de béisbol, cinco tebeos, diez pirulís,
cincuenta caramelos o, si se prefería, combinaciones varias de todo eso. Me
guardé el medio dólar en el bolsillo trasero del pantalón y me dirigí a la
tienda, calculando febrilmente lo que iba a comprar con mi pequeña fortuna. En
alguna parte del camino, sin embargo, por causas que se me siguen escapando, la
moneda desapareció. Metí la mano en el bolsillo trasero para comprobar
—sabiendo que estaba allí, sólo queriendo asegurarme—, y la moneda ya no
estaba. ¿Tenía roto el bolsillo? ¿La había dejado caer accidentalmente del
pantalón la última vez que la había tocado? Ni la menor idea. Tenía seis o
siete años, y todavía recuerdo lo desgraciado que me sentí. Había procurado
tener mucho cuidado y, sin embargo, a pesar de todas mis precauciones había
acabado perdiendo el dinero. ¿Cómo podía haber dejado que pasara una cosa así?
A falta de toda explicación lógica, decidí que Dios me había castigado. No
sabía por qué, pero estaba seguro de que el Todopoderoso me había metido la
mano en el bolsillo y me había birlado personalmente la moneda.
Poco a poco, empecé a volver la espalda a mis padres. No es
que empezara a quererlos menos, sino que el mundo del que procedían ya no me
parecía un lugar tan atractivo para vivir. Tenía diez, once, doce años, y ya me
estaba convirtiendo en un emigrado interior, un exiliado en mi propia casa.
Muchos de esos cambios pueden atribuirse a la adolescencia, al simple hecho de
que me hacía mayor y empezaba a pensar por mi cuenta; pero no todos. Otras
fuerzas me estaban influyendo al mismo tiempo, y cada una de ellas contribuyó a
empujarme hacia el camino que seguí más tarde. No era únicamente el dolor de
tener que presenciar el derrumbe de su matrimonio, ni la frustración de estar
atrapado en una pequeña ciudad de las afueras, ni tampoco el ambiente
norteamericano de los últimos años cincuenta; pero si sumamos todo eso,
tendremos de pronto un sólido argumento contra el materialismo, una condena del
punto de vista ortodoxo de que el dinero era un bien más valioso que cualquier
otro. Mis padres apreciaban el dinero, ¿y qué habían sacado con eso? Habían
hecho grandes esfuerzos por conseguirlo, le tenían mucha fe y, sin embargo, por
cada problema que les había resuelto, otro nuevo había surgido. El capitalismo
estadounidense había creado uno de los momentos más prósperos de la historia
humana. Había fabricado cantidades innumerables de coches, verduras congeladas
y champús milagrosos, pero Eisenhower era presidente y el país entero se había
convertido en un gigantesco anuncio televisivo, en una incesante arenga para
comprar más, producir más, gastar más, bailar en torno al árbol del dólar hasta
caerse muerto de puro frenesí al tratar de mantenerse a la altura de los demás.
No tardé en descubrir que no era la única persona que pensaba así. A los
diez años, encontré por casualidad un número de Mad Magazine en una
tienda de caramelos de Irvington, en Nueva Jersey, y recuerdo el intenso
placer, casi la estupefacción que sentí al leer aquellas páginas. Me enseñaron
que tenía almas gemelas en este mundo, que otros ya habían franqueado las
puertas que yo trataba de abrir. Rociaban con mangueras contra incendios a los
negros en los estados sureños, los rusos habían lanzado el primer Sputnik, y yo
empezaba a prestar atención. No, no había que tragarse los dogmas que
intentaban colocarnos. Se les podía resistir, ponerles en evidencia, burlarse
de ellos. La saludable y deprimente rectitud de la vida americana no era más
que una farsa, una campaña publicitaria sin interés. En cuanto se analizaban
los hechos, las contradicciones empezaban a saltar a la vista, flagrantes
hipocresías quedaban al descubierto, toda una nueva forma de mirar las cosas se
hacía de pronto posible. Nos habían enseñado a creer en la «libertad y justicia
para todos», pero el caso era que la libertad y la justicia solían estar
reñidas. La persecución del dinero no tenía nada que ver con la equidad; su
motor era el principio social de «sálvese quien pueda». Como para demostrar la
esencial falta de humanidad del mercado, casi todas sus metáforas están sacadas
del mundo animal: mundo de lobos, toros y osos, competencia brutal,
supervivencia del más fuerte. El dinero dividía el mundo en triunfadores y
perdedores, en ricos y pobres. Lo que suponía una excelente situación para los
triunfadores, pero ¿y los que perdían? Basándome en las pruebas de que
disponía, deduje que debían apartarlos y olvidarlos. Una pena, desde luego,
pero ésas eran las reglas del juego. Si se construye un mundo tan primitivo
como para convertir a Darwin en el principal filósofo y a Esopo en el mayor
poeta, ¿qué otra cosa puede esperarse? Es como la selva, ¿no? No hay más que
ver la publicidad de la Dreyfus, con el león paseándose en medio de Wall
Street. ¿Podía ser más claro el mensaje? Comed o sed comidos. Es la ley de la
selva, amigo mío, y si no lo aguantas mejor será que te largues mientras
puedas.
Yo me largué antes de entrar. Al principio de la adolescencia ya había
decidido que el mundo de los negocios tendría que pasarse sin mí. Probablemente
nunca he sido peor que entonces, más insufrible, más confuso. Ardía en la
fiebre de un idealismo recién encontrado, y la severidad de la perfección que
buscaba me convertía en un pequeño puritano en prácticas. Me repugnaba el boato
de la riqueza, y trataba con desprecio cada señal de ostentación que mis padres
traían a casa. La vida era injusta. Había llegado final mente a esa conclusión,
y como fue un descubrimiento propio, me afectó con toda la fuerza de una
revelación. A medida que pasaban los meses, más difícil me resultaba
reconciliar mi buena suerte con el infortunio de tantos otros. ¿Qué había hecho
yo para merecer las comodidades y ventajas de que me habían colmado? Mi padre
podía permitírselas —eso era todo—, y que se peleara o no con mi madre por
dinero era algo insignificante en comparación con el hecho de que, para
empezar, poseyera el dinero que originaba sus discusiones. Me sentía violento
cada vez que tenía que subir al coche familiar —tan reluciente, tan nuevo, tan
caro—, una ostensible invitación a que el mundo ad mirase la posición tan
acomodada de que disfrutábamos. Todas mis simpatías iban a los oprimidos, a los
desposeídos, a las víctimas del orden social, y un coche como aquél me llenaba
de vergüenza; no sólo por mí, sino por vivir en un mundo que permitía la
existencia de esas cosas.
Mis primeros empleos no cuentan. Mis padres se guían
manteniéndome, y yo no tenía obligación alguna de valerme por mí mismo ni de
contribuir al presupuesto familiar. La tensión estaba por tanto ausente y, sin
presión, no puede haber nada importante en juego. Me gustaba disponer del
dinero que ganaba, pero no tenía que emplearlo en primeras necesidades, nunca
debía preocuparme de llevar comida a la mesa ni del retraso en pagar el
alquiler. Esos problemas vendrían después. De momento no era más que un
estudiante de bachillerato a la espera de unas alas que me llevaran lejos de
donde estaba.
A los dieciséis años, pasé dos meses trabajando de camarero en una colonia
de vacaciones al norte del estado de Nueva York. Al verano siguiente, trabajé
en la tienda de electrodomésticos que mi tío Moe tenía en Westfield, en Nueva
Jersey. Los dos empleos se pare cían en que la mayoría de las tareas eran
físicas y no requerían pensar mucho. Si llevar bandejas y fregar platos era
algo menos interesante que instalar aparatos de aire acondicionado y descargar
frigoríficos de camiones con remolque de doce metros, yo no quería darle
demasiada importancia. No se trata de manzanas y naranjas, sino de dos clases
de manzanas, ambas del mismo tono verde. Por aburrido que pudiera ser el
trabajo, sin embargo, ambos empleos me procuraron una inmensa satisfacción.
Había demasiados personajes pintorescos, demasiadas sorpresas, demasiadas ideas
nuevas que asimilar para que sintiera la monotonía, y nunca me pareció que
estuviese perdiendo el tiempo simplemente por una paga. El dinero tenía su
importancia, pero el trabajo no se reducía únicamente al dinero. Se trataba de
saber quién era y de cómo encontrar mi lugar en el mundo.
Incluso en la colonia, donde mis compañeros de trabajo eran estudiantes de
bachillerato de dieciséis o diecisiete años, los marmitones procedían de un
universo radicalmente distinto. Vagabundos, desechos del Bowery, hombres de
pasado dudoso habían sido recogidos de las calles de Nueva York por el
propietario de la colonia y convencidos para que aceptaran aquel empleo mal
pagado, que incluía dos meses de aire puro con alojamiento y comida gratis. La
mayo ría de ellos no duraba mucho. Desaparecían de pronto, tomando el camino de
vuelta a la ciudad sin molestarse en decir adiós. Uno o dos días después, el
desaparecido era sustituido por otra alma perdida que raramente permanecía más
tiempo que el anterior. Me acuerdo de uno que fregaba platos, un tal Frank, un
tipo hosco y malhumorado que bebía mucho. Como fuese, nos hicimos amigos y por
la noche, después del trabajo, nos sentábamos a charlar en los escalones de la
parte de atrás de la cocina. Resultó que Frank era un individuo cultivado, muy
inteligente. Había sido agente de seguros en Springfield, Massachusetts, y
hasta que le dominó la botella había llevado la vida de un ciudadano productivo
que cumplía sus obligaciones fiscales. Recuerdo claramente que no me atrevía a
preguntarle lo que le había pasado, pero una noche me lo contó de todas formas,
sintetizando lo que debía de ser una historia complicada en un relato breve y
descarnado de los acontecimientos que le habían destrozado. En el espacio de
dieciséis meses, me dijo, murieron todas las personas que habían significado
algo para él. Hablaba con un tono filosófico, casi como refiriéndose a otra
persona, y sin embargo había una resaca de amargura en su voz. Primero sus
padres, me dijo, luego su mujer, y después sus dos hijos. Enfermedades,
accidentes y entierros, y cuando todos hubieron desaparecido fue como si se le
hubieran des garrado las entrañas.
—Me rendí —concluyó—. Ya no me importaba lo que me pasase, así que me hice
vagabundo.
Al año siguiente, en Westfield, conocí a otros personajes inolvidables.
Carmen, por ejemplo, la divertida contable, rellena y voluminosa, que hasta el
día de hoy sigue siendo la única mujer barbuda que he conocido (realmente tenía
que afeitarse), y Joe Mansfield, el ayudante mecánico con dos hernias y un
Chrysler destrozado que había dado cinco veces la vuelta al cuentakilómetros y
llegaba entonces a los quinientos ochenta mil. Joe pagaba la universidad a sus
dos hijas y, aparte de su trabajo diurno en la tienda de electrodomésticos,
trabajaba ocho horas todas las noches como encargado en una panadería
industrial, leyendo tebeos junto a las enormes cubas de masa para no quedarse
dormido. Era el hombre más agotado que he conocido jamás, y también uno de los
más vigorosos. Se mantenía fumando cigarrillos mentolados y bebiendo de doce a
dieciséis botellas de naranjada al día, pero ni una sola vez le vi probar
bocado. Si almorzaba, decía, la fatiga se apoderaría de él y se derrumbaría.
Las hernias le habían salido unos años antes, cuando otros dos hombres y él
subían un frigorífico descomunal por una escalera estrecha. Los otros dos
soltaron el aparato, dejando que Joe aguantara todo el peso, y fue precisamente
entonces, mientras luchaba por no quedar aplastado por los centenares de kilos
que cargaba, cuando los testículos se le saltaron del escroto. Primero un
huevo, dijo, y luego el otro. Pop… pop. Ya no debía cargar objetos pesados,
pero siempre que había que entregar un aparato especial mente grande, venía con
nosotros para ayudarnos; sólo para asegurarse de que no nos matáramos.
El nosotros incluía a un pelirrojo de diecinueve años llamado Mike,
un mequetrefe fuerte y nervioso al que le faltaba el dedo índice, y una de las
lenguas más largas que he conocido. Mike y yo éramos los que instalábamos los
aparatos de aire acondicionado y pasábamos mucho tiempo juntos en la camioneta
de reparto de la tienda, yendo de un servicio a otro. Nunca me cansaba de
escuchar la avalancha de metáforas socarronas y comentarios ofensivos que
profería cada vez que abría la boca. Si un cliente le parecía demasiado pretencioso,
por ejemplo, no decía «ese tío es gilipollas» (como diría la mayoría de la
gente), ni «ese tipo es un engreído» (como dirían algunos), sino «ese tío se
comporta como si meara colonia». El joven Mike tenía un don especial, y aquel
verano tuve ocasión de ver lo bien que lo aprovechaba. Siempre íbamos a alguna
casa a instalar un aparato de aire acondicionado e invariablemente, justo
cuando estábamos en pleno trabajo (ajustando tornillos, midiendo burletes para
calafatear las ventanas), se presentaba una chica en la habitación. Casi nunca
fallaba. Siempre te nía diecisiete años, siempre era bonita, siempre estaba
aburrida, siempre «dando vueltas por la casa». Y en cuanto entraba, Mike era
todo encanto. Como si supiera que iba a aparecer, como si ya hubiese ensayado
el diálogo y estuviese completamente preparado. En cambio, a mí siempre me
pillaba desprevenido, y mientras Mike hacía su número (una combinación de
tonterías, bromitas y simple cara dura), yo seguía trabajando en silencio. Mike
decía algo, la chica sonreía. Mike hablaba un poco más, la chica soltaba una
carcajada. En unos minutos eran buenos amigos, y cuando yo daba los últimos
toques al trabajo, ellos intercambiaban números de teléfono y decidían dónde
quedaban el sábado por la noche. Era ridículo; era sublime; me dejaba
boquiabierto. Si hubiese pasado sólo una vez, incluso dos, habría dicho que era
por chiripa, pero la escena se repitió varias veces, no menos de cinco o seis
durante el verano. Al final, tuve que admitir a regañadientes que aquello era
más que simple potra. Mike sabía crear su propia suerte.
En septiembre empecé el último curso de bachillerato. Fue el
último año que pasé en casa, y también el último del matrimonio de mis padres.
Su ruptura había tardado tanto en producirse que, cuando me dieron la noticia
al final de las vacaciones de Navidad, me sentí más aliviado que triste.
Había sido un matrimonio desacertado desde el principio. Si habían
permanecido juntos tanto tiempo, era más «por el bien de los niños» que por el
de ellos. No me atrevo a dar ninguna explicación, pero supongo que ocurrió algo
decisivo dos o tres años antes del final, cuando mi padre se encargó de hacer
la compra de la casa. Ésa fue la última gran batalla que mis padres libraron
por el dinero, y la guardo en la memoria como la última gota simbólica, lo que
les dio la puntilla. Era verdad que a mi madre le gustaba llenar el carrito del
supermercado del barrio hasta que casi pesaba demasiado para llevarlo; cierto
era que disfrutaba trayendo las golosinas que mi hermana y yo le pedíamos; y
sin duda en casa se comía bien y la despensa estaba abundantemente provista.
Pero también era cierto que nos lo podíamos permitir y que la economía familiar
no se veía en absoluto amenazada por las sumas que mi madre soltaba a paletadas
en la caja del supermercado. A ojos de mi padre, sin embargo, no controlaba los
gastos. Cuando finalmente intervino, metió la pata y acabó haciendo lo que
ningún marido debe hacer jamás a su mujer. En realidad, la relevó de sus
funciones. A partir de entonces, fue él quien asumió la responsabilidad de
traer la comida a casa. Una, dos y hasta tres veces a la semana se paraba en
algún sitio al volver del trabajo (como si no tuviera ya bastantes cosas que
hacer) y llenaba de provisiones la parte de atrás de su ranchera. La carne de
primera que traía mi madre fue sustituida por trozos de cuello y espalda. Los
productos de marca se convirtieron en genéricos. Las meriendas de después del
colegio desaparecieron. No recuerdo que mi madre se quejara, pero para ella
tuvo que ser una derrota colosal. Ya no estaba a cargo de su casa, y el hecho
de que no protestara, de que no se defendiera, debía de significar que ya daba
por perdido su matrimonio. Cuando llegó el final, no hubo dramas, ni ruidosos
ajustes de cuentas ni lamentaciones de última hora. La familia se dispersó
tranquilamente. Mi madre se mudó a Newark, a un apartamento de Weequahic
(llevándonos con ella a mi hermana y a mí), y mi padre se quedó solo en el
caserón, donde vivió hasta el fin de sus días.
Con cierta perversidad, yo me alegré mucho de tales acontecimientos. Estaba
contento de que la ver dad hubiera salido finalmente a la luz, y acogí con
agrado los trastornos y los cambios que aquella verdad trajo consigo. Fue como
una especie de liberación, el júbilo de hacer borrón y cuenta nueva. Terminaba
toda una época de mi vida, y aunque mi cuerpo realizase todos los movimientos
necesarios para acabar el instituto y ayudar a mi madre a mudarse a su nueva
casa, mi espíritu ya se había largado. No sólo me iba a ir de casa, sino que la
casa misma había desaparecido. Ya no había sitio adonde volver, ninguna parte
adonde ir sino a lo desconocido.
Ni siquiera me molesté en asistir a la ceremonia de graduación. Doy eso como
prueba, como indicio de lo poco que significaba el bachillerato para mí. Cuando
mis compañeros de clase se ponían los birretes y las togas para recibir los
diplomas, yo ya estaba al otro lado del Atlántico. El instituto me había con
cedido un permiso especial para marcharme antes, y había reservado un pasaje en
un barco de estudiantes que zarpaba de Nueva York a primeros de junio. In vertí
todos mis ahorros en aquel viaje. Dinero que me habían dado por mi cumpleaños,
por la graduación, por el Bar Mitzvah, el que había ahorrado gracias a mis
trabajos veraniegos: mil quinientos dólares o así, no recuerdo la cantidad
exacta. Era la época de «Europa por cinco dólares diarios», y si uno vigilaba
bien sus fondos, esa cantidad alcanzaba perfectamente. Pasé un mes en París,
viviendo en un hotel que me costaba siete francos la noche (un dólar cuarenta);
viajé a Italia, España, Irlanda. En dos meses y medio, perdí más de diez kilos.
En todas partes adonde iba, traba jaba en la novela que había empezado a
escribir en primavera. Afortunadamente, el manuscrito ha desaparecido, pero la
historia que llevaba aquel verano en la cabeza no me parecía menos real que los
lugares que visitaba y la gente en cuyo camino me cruzaba. Tuve algunos
encuentros extraordinarios, sobre todo en París, pero pasé la mayor parte del
tiempo solo, a veces excesivamente solo, solo hasta el punto de oír voces
dentro de mi cabeza. Sabe Dios lo que pensar ahora de aquel muchacho de
dieciocho años. Me veo como un enigma, el centro de torbellinos inexplicables,
una especie de criatura descarnada, de mirada ardiente, un poco tocada quizá,
proclive a desesperadas pulsiones íntimas, a cambios súbitos y radicales, a
desfallecimientos, a ideas desbordadas. Si alguien se me acercaba como era
debido, podía mostrarme abierto, en cantador, verdaderamente gregario. Si no,
era un ser reservado y taciturno, apenas presente. Creía en mis capacidades, y
sin embargo no tenía confianza en mí mismo. Era atrevido y tímido, ágil y
torpe, resuelto e impulsivo: un monumento viviente al espíritu de la contradicción.
Mi vida acababa de empezar y ya me movía en dos direcciones a la vez. Aún no lo
sabía, pero para llegar a algún sitio tendría que esforzarme el doble que los
demás.
Las dos últimas semanas del viaje fueron las más extrañas. Por motivos que
tenían todo que ver con James Joyce y Ulises, fui a Dublín. No tenía
planes. Mi único objetivo era estar allí, y me figuraba que lo de más vendría
por sí solo. La oficina de turismo me envió a una pensión de Donnybrook, a
quince minutos de autobús del centro. Aparte del matrimonio mayor que llevaba
la pensión y de dos o tres huéspedes, apenas hablé con nadie en todo el tiempo.
Ni siquiera tuve valor para entrar en una taberna. En algún punto de mis viajes
se me empezó a encarnar una uña del pie, y aunque parezca una molestia cómica,
a mí no me divirtió en absoluto. Era como si me hubieran metido la punta de una
navaja en el dedo gordo. Caminar se había convertido en un suplicio y, sin
embargo, desde por la mañana temprano hasta última hora de la tarde apenas hacía
otra cosa que andar, cojeando por Dublín con mis zapatos demasiado estrechos,
que se desintegraban. Podía vivir con el dolor, según des cubrí, pero el
esfuerzo que aquello exigía parecía en cerrarme aún más en mí mismo, eliminarme
como ser social. En la pensión había un huésped estable, un norteamericano
viejo y cascarrabias —un jubilado de setenta años de Illinois o Indiana—, y en
cuanto se enteró de mi dolencia empezó a llenarme la cabeza de historias sobre
su madre, que se había dejado un uñero sin curar durante años, tratándolo con
remedios caseros —pomadas desinfectantes, bolitas de algodón—, pero sin coger
el toro por los cuernos, y quién iba a decirlo, le entró un cáncer en el
dedo gordo que se le pasó al pie, luego a la pierna y después se le extendió
por todo el cuerpo para acabar finalmente con ella. Le en cantaba adornar los
pequeños y horribles detalles del fallecimiento de su madre (por mi propio
bien, desde luego) y, al ver cómo me impresionaba su relato, nunca se cansaba
de repetirme la historia. No voy a negar que me afectó mucho. Una incómoda
molestia se había convertido en una plaga que amenazaba mi vida, y cuanto más
tardara en hacer algo, más sombrías se rían mis perspectivas. Cuando iba al
centro en autobús, cada vez que pasaba frente al hospital de incurables,
desviaba la vista. No podía quitarme de la cabeza las palabras del viejo. El
destino me acechaba, y en todas partes había indicios de muerte inminente.
Una o dos veces me acompañó en mis excursiones una enfermera de veintiséis
años. Era de Toronto, se llamaba Pat Gray y se había alojado en la pensión la
misma tarde que yo. Me enamoré locamente de ella, pero era una pasión sin
esperanza, una causa perdida desde el principio. No sólo era demasiado joven
para ella, y no sólo era demasiado tímido para declararle mis sentimientos,
sino que ella estaba enamorada de otro; de un irlandés, por supuesto, lo que
explicaba el motivo de que se encontrase en Dublín. Recuerdo que una noche
llegó de una cita con su amado a eso de las doce y media. Yo aún estaba
despierto a esa hora, garabateando páginas de mi novela, y cuando ella vio luz
por la rendija de la puerta, llamó y preguntó si podía pasar. Ya estaba metido
en la cama, escribiendo en un cuaderno apoyado en las rodillas, y ella soltó
una carcajada, las mejillas encendidas por la bebida, desbordante de
entusiasmo. Antes de que pudiera decir palabra, me echó los brazos al cuello y
me besó, y yo pensé: Milagro de milagros, mi sueño se ha hecho realidad. Pero,
lamentablemente, no fue más que una falsa alarma. Ni siquiera tuve oportunidad
de devolverle el beso antes de que se apartara de mí para explicarme que
aquella noche su irlandés le había propuesto matrimonio y que era la chica más
feliz del mundo. Era imposible no alegrarse por ella. Aquella chica guapa y
espontánea, con su pelo corto, sus ojos inocentes y su cálido acento canadiense
me había es cogido para compartir la buena noticia. Hice lo que pude por
felicitarla, por ocultar mi decepción después de aquella breve oleada de
esperanza plenamente in justificada, pero el beso me había deshecho, me había
derretido los huesos totalmente, y apenas logré evitar una seria metedura de
pata. Si logré dominarme fue a costa de convertirme en un trozo de madera. No
hay duda de que un trozo de madera tiene buenos modales, pero no es compañía
adecuada para una celebración.
Todo lo demás fue soledad, silencio, caminatas. Leí libros en Phoenix Park,
hice una excursión por la playa hasta la Torre Martello de Joyce, crucé y volví
a cruzar el Liffey no sé cuántas veces. Las revueltas de Watts se produjeron
por entonces, y recuerdo que leí los titulares en un quiosco de la calle O’Connell, pero también me acuerdo de una niña que cantaba
una tarde con una banda del Ejército de Salvación mientras la gente volvía cansadamente
del trabajo —una canción triste, lastimera, sobre la miseria humana y las
maravillas de Dios—, y esa voz sigue dentro de mí, una voz tan cristalina que
haría arrodillarse y llorar a la persona más insensible, y lo curioso es que
nadie le prestaba la menor atención. La multitud de la hora punta pasaba
precipitadamente a su lado y ella permanecía sin moverse en la esquina,
cantando bajo aquella luz nórdica, inquietante y crepuscular, mostrando a los
transeúntes la misma indiferencia que éstos hacia ella, un pajarillo en harapos
entonando su himno a la desolación.
Dublín no es una gran ciudad, y no tardé mucho en conocerla. Había algo
obsesivo en los paseos que daba, un impulso insaciable de merodear, de vagar
como un fantasma entre extranjeros, y al cabo de dos semanas las calles se
habían convertido en algo enteramente personal, en un mapa de mi territorio
interior. Y después, durante años, cada vez que cerraba los ojos antes de
dormirme, volvía a Dublín. Mientras me abandonaba la conciencia y me iba sumiendo
en el sueño, allí me encontraba de nuevo, caminando por aquellas mismas calles.
No me lo explico. Algo importante me ocurrió allí, pero nunca he logrado
determinar exactamente lo que fue. Algo horrible, su pongo, un encuentro
fascinante con lo más hondo de mi ser, como si en la soledad de aquellos días
hubiera atisbado en las tinieblas y me hubiese visto por primera vez.
Ingresé en la Universidad de Columbia en septiembre, y durante
los cuatro años siguientes el dinero fue la última de mis preocupaciones.
Trabajé de forma intermitente en diversos empleos, pero en aquellos años no se
trataba de hacer planes, ni de preparar mi futuro económico. Los libros, la
guerra de Vietnam, el esfuerzo por descubrir la forma de hacer lo que me
proponía, ésa era la cuestión. Si pensaba en cómo ganarme la vida, sólo lo
hacía de manera ocasional, caprichosa. Todo lo más imaginaba una especie de
existencia marginal, recogiendo migajas en los confines del mundo del trabajo,
la vida de un poeta muerto de hambre.
Los empleos que tuve de estudiante, sin embargo, fueron instructivos. Si no
otra cosa, me enseñaron que mi preferencia por el trabajo manual frente al de
oficina estaba justificada. Durante el segundo año, por ejemplo, fui contratado
por el departamento educativo de una editorial para redactar textos de
diapositivas. En mi infancia me habían sometido a un bombardeo de «soportes
audiovisuales», y recordaba el intenso aburrimiento que invariablemente nos
producían a mí y a mis amigos. Siempre era un placer salir de clase y sentarse
a oscuras durante veinte o treinta minutos (¡como ir al cine!), pero las
temblorosas imágenes de la pantalla, la monótona voz del narrador y el
intermitente «ping» que avisaba al profesor de cuándo debía apretar el botón
para pasar a la siguiente diapositiva pronto acababan con nuestra paciencia.
Poco después, la sala zumbaba de conversaciones musitadas y de risitas
nerviosas mal contenidas. Al cabo de unos minutos, las pelotillas de papel
mascado empezaban a volar.
Era reacio a imponer ese tedio a otra generación de chavales, pero supuse
que me las arreglaría para dar algo de chispa al asunto. El primer día de
trabajo, el director me dijo que echara una mirada a algunas producciones
anteriores de la editorial para familiarizar me con la forma de las
diapositivas. Escogí una al azar. Se titulaba Gobierno o Introducción
al gobierno, algo así. Instaló el carrete en el aparato y me dejó solo para
que viera las diapositivas. Al cabo de dos o tres imágenes, me encontré con una
afirmación que me alarmó. Los antiguos griegos habían inventado la idea de
democracia, decía el texto, acompañado de un dibujo de hombres barbudos
vestidos con togas. Eso estaba muy bien, pero a continuación declaraba («ping»:
vista de un cuadro del edificio del Capitolio) que Esta dos Unidos era una
democracia. Apagué el aparato, salí al pasillo y llamé a la puerta del despacho
del di rector.
—Hay un error en las diapositivas —le informé—. Estados Unidos de América no
es una democracia, sino una república. Es muy distinto.
Me miró como si acabara de comunicarle que yo era nieto de Stalin.
—Es para niños pequeños —repuso—, no para estudiantes universitarios. No hay
espacio para entrar en detalles.
—No se trata de detalles —contesté—, sino de una diferencia importante. En
una democracia pura, todo el mundo vota sobre todas las cuestiones. Nosotros
elegimos representantes para que voten por nosotros. No digo que sea malo. La
democracia pura puede ser peligrosa. Hay que proteger los derechos de las mino
rías, y eso es lo que una república hace por nosotros. Todo esto se explica en
los Federalist Papers. El gobierno tiene que protegerse de la dictadura
de la mayoría. Los niños deben saberlo.
La conversación se acaloró. Yo estaba resuelto a defender mis argumentos, a
demostrar que la afirmación de la diapositiva era errónea, pero él se negó a
admitirlo. En cuanto abrí la boca me calificó de albo rotador, y se acabó.
Veinte minutos después de haber empezado a trabajar, me dieron la patada.
Mucho mejor fue el trabajo que tuve el verano del primer año, de jardinero
en el Hotel Commodore de los Catskills. Me contrataron a través de la Oficina
de Empleo del Estado de Nueva York, en Manhattan, un enorme edificio que el
Gobierno tenía en el centro de la ciudad para buscar trabajo a personas no
cualifica das y sin suerte, la escoria de la sociedad. Por modesta y mal pagada
que fuese la colocación, al menos brindaba la oportunidad de salir de la ciudad
y huir del calor. Mi amigo Bob Perelman y yo firmamos juntos y a la mañana
siguiente nos enviaban a Monticello, Nueva York, en un autocar de la Short Line
Bus Company.
Era la misma situación que había conocido tres años antes, y nuestros
compañeros de viaje eran los mismos vagabundos y desechos humanos con los que
me había codeado cuando trabajé de camarero en la colonia de verano. La única
diferencia es que ahora yo era uno de ellos. El precio del billete se
descontaba de la primera paga, lo mismo que los honorarios de la Oficina de
Empleo, y a menos que uno se quedara cierto tiempo en el trabajo, no se ganaba
un centavo. Hubo a quienes no les gustó y se despidieron al cabo de unos días.
Acabaron sin nada, sin un céntimo y a ciento cincuenta kilómetros de casa, con
la sensación de que los habían estafado.
El Commodore era un establecimiento pequeño y desaliñado, de la cadena
Borscht Belt. No podía competir con los hoteles de la zona, el Concord y el Grossinger’s, y cierta añoranza melancólica flotaba en el
ambiente, un recuerdo de días más prósperos. Bob y yo llegamos unas semanas
antes de que empezara la temporada veraniega, y nos encargaron arreglar los
jardines para recibir a la afluencia de clientes de julio y agosto. Cortamos
césped, podamos arbustos, recogimos basura, pintamos vallas, reparamos mosquiteras.
Nos dieron una pequeña cabaña para vivir, un cajón destartalado con menos
metros cuadrados que una cabina de playa, y poco a poco cubrimos de poemas las
paredes de nuestro cuarto —ripios absurdos, coplas obscenas, cuartetos
floridos—, desternillándonos de risa mientras bebíamos de un trago innumerables
botellas de Budweiser. Bebíamos cerveza porque no había cosa mejor que hacer,
pero teniendo en cuenta la comida que nos daban, el lúpulo se convirtió en un
necesario ingrediente de nuestro régimen. Entonces sólo había una docena de
empleados en el hotel, y en lo que se refería a las cuestiones culinarias nos
trataban en plan barato. El menú era el mismo para el almuerzo y la cena: chow
mein de pollo Chung King, directamente de la lata. Ya han transcurrido
treinta años, y prefiero pasar hambre antes que llevar me a la boca un trozo de
esa cosa.
No valdría la pena mencionar nada de esto de no ser por Casey y Teddy,
encargados del mantenimiento del interior del hotel con los que trabajé aquel
verano. Casey y Teddy eran amigos desde hacía diez años y formaban un tándem,
un equipo indisoluble, una unidad dialéctica. Todo lo hacían juntos, viajando
de sitio en sitio y pasando de un trabajo a otro como si fuesen una sola
persona. Eran compañeros de por vida, como uña y carne, compinches. No maricas,
ni el más mínimo interés sexual el uno por el otro, sino colegas. Casey y Teddy
eran los clásicos vagabundos americanos, trabajadores errantes que parecían
salidos directamente de una novela de Steinbeck, y sin embargo eran tan
divertidos juntos, estaban tan llenos de agudezas, ebriedad y alegría, que su
compañía era irresistible. A veces me recordaban a alguna pareja cómica
olvidada, a payasos de la época del vodevil y el cine mudo. El espíritu de
Laurel y Hardy había sobrevivido en ellos, pero estos dos no estaban sometidos
a las presiones del mundo del espectáculo. Formaban par te del mundo real, y
representaban su número en el escenario de la vida.
Casey era el serio, Teddy el gracioso. Casey era delgado, Teddy gordo. Casey
era blanco, Teddy negro. Los días que libraban se dirigían juntos a la ciudad,
se emborrachaban tontamente y volvían para cenar su chow mein con igual
corte de pelo o idénticas camisas. El plan consistía siempre en gastarse todo
el dinero en una sola juerga, pero en gastárselo exactamente del mismo modo,
metódicamente, céntimo a céntimo. Las camisas destacan en mi memoria como un
hecho de lo más estridente. No paraban de reírse cuando se presentaban con
aquellos atuendos gemelos, sujetándose los costados y señalándose el uno al
otro como si acabaran de gastar al mundo una tremenda broma. Eran las camisas
más chillonas y feas que puedan imaginarse, un doble insulto al buen gusto, y
Casey y Teddy, rebosantes de alborozo, se exhibían con ellas delante de mí y de
Bob. Luego, Teddy se dirigía arrastrando los pies al desierto salón de baile
del edificio principal, se sentaba al piano y acometía lo que de nominaba su Concierto
del vino de Oporto. Durante la siguiente hora y media, sus discordantes
improvisaciones resonaban por el salón, llenándolo de una tempestad de ruido y
ebriedad. Teddy era un hombre con muchas dotes, pero entre ellas no se contaba
la música. Pero ahí estaba, más contento que unas pascuas a la luz crepuscular,
un maestro dadá en paz consigo mismo y satisfecho de la vida.
Había nacido en Jamaica, según me contó, y durante la segunda guerra mundial
se había alistado en la Marina británica. En cierto momento, su buque fue
torpedeado. No sé cuánto tiempo pasó hasta que lo rescataron (¿minutos, horas,
días?), pero cuando lo encontraron, fue un barco norteamericano el que lo
salvó. Desde entonces siguió en la Marina de Estados Unidos, decía, y al final
de la guerra se hizo ciudadano americano. A mí me parecía una historia
sospechosa, pero eso era lo que contaba, y ¿quién era yo para dudarlo? En los
últimos veinte años había hecho todo lo que un hombre es capaz de hacer,
cubriendo toda la gama de ocupaciones. Vendedor, artista callejero en Greenwich
Village, camarero, borracho de arrabal. Nada de eso tenía importancia para él.
Una risotada de bajo retumbante acompañaba cada historia que contaba, y esa
risa era como una interminable reverencia a su propia ridiculez, una señal de
que el único propósito de sus relatos era reírse de sí mismo. Montaba escenas
en sitios públicos, se comportaba con la testarudez de un niño, siempre
poniendo en evidencia a la gente. Estar con él podía ser agotador, pero su
forma de armar líos tenía algo de admirable, un carácter casi científico, como
si llevara a cabo un experimento, sacudiendo las cosas por el puro placer de
ver dónde aterrizarían cuando el polvo se asentase. Teddy era un anarquista, y
como no tenía ambiciones porque no quería poseer las cosas que otros deseaban,
nunca se guiaba por más reglas que las suyas.
No tengo idea de dónde conoció a Casey. Su compinche era un personaje menos
brillante, y lo que mejor recuerdo de él era que no tenía olfato ni sentido del
gusto. Casey se había visto envuelto en una pe lea de bar unos años atrás, le
habían dado un golpe en la cabeza y desde entonces había perdido las funciones
olfativas. En consecuencia, todo le sabía a cartón. Si le tapaban los ojos era
incapaz de decir lo que estaba comiendo. Chow mein o caviar, patatas o
pudín, lo mismo daba. Aparte de ese impedimento, Casey, un viva racho peso
medio, gozaba de una condición física excelente, y su acento neoyorquino
irlandés le daba cierto aire barriobajero. Su papel consistía en reír los
chistes de Teddy y velar por que su amigo no llevara las cosas demasiado lejos
y acabara en chirona. Aquel verano, Teddy estuvo a punto de que lo metieran en
la cárcel —se puso de pie en un restaurante de Monticello y, agitando el menú,
gritó: «¡Yo no me voy a comer esta bazofia japonesa!»—, pero Casey le
tranquilizó y todos nos las arreglamos para terminar de comer. Creo que no será
necesario añadir que no estábamos en un restaurante japonés.
Desde cualquier punto de vista, Casey y Teddy eran unos don nadie, un par de
locos excéntricos, pero me causaron una impresión inolvidable, y nunca he
vuelto a encontrar gente parecida. Ése era el motivo de ir a trabajar a sitios
como el Hotel Commodore, supongo. No es que quisiera hacer carrera con eso,
pero aquellas pequeñas excursiones a las ciénagas y le trinas del mundo nunca
dejaron de ofrecerme algún descubrimiento interesante, de completar mi
formación de manera inesperada. Casey y Teddy son un ejemplo perfecto. Tenía
diecinueve años cuando los conocí, y las cosas que hicieron aquel verano siguen
nutriendo mi imaginación.
En 1967, me apunté al programa de la Columbia para estudiar en
el extranjero el tercer curso de universidad. Era en París, y las semanas que
había pasado allí al terminar el bachillerato me habían estimulado el deseo de
volver a esa ciudad, así que no dejé escapar la ocasión.
París seguía siendo París, pero yo ya no era el mismo de entonces. Había
pasado los dos últimos años en un delirio de libros, y en mi cabeza se habían
vertido nuevos mundos, transfusiones capaces de alterar la vida habían
reconstituido mi sangre. Casi todo lo que sigue siendo importante para mí en el
ámbito de la literatura y la filosofía lo descubrí en esos dos años.
Rememorando ahora esa época, me parece casi imposible asimilar la profusión de
libros que leí. Me los tragaba en cantidades pasmosas, consumía países y
continentes enteros de libros, nunca me cansaba. Dramaturgos isabelinos,
filósofos presocráticos, novelistas rusos, poetas surrealistas. Leía como si el
cerebro se me hubiera prendido fuego, como si mi propia supervivencia estuviese
en juego. Una obra conducía a otra, un pensamiento llevaba a otro, y cada mes
cambiaba de ideas sobre todas las cosas.
El programa resultó ser una amarga decepción. Fui a París con toda clase de
proyectos grandiosos, su poniendo que podría asistir a todas las conferencias y
seminarios que quisiera (Roland Barthes en el Collè ge de France, por ejemplo),
pero cuando me puse a discutir esas posibilidades con el director del programa,
me dijo terminantemente que las olvidara. Ni hablar, declaró. Tiene usted que
estudiar la lengua francesa, pasar determinados exámenes, conseguir ciertos
diplomas, seguir tantas horas de un curso y tantas de otro. Me pareció absurdo,
un programa de estudios para niños pequeños. Yo ya he superado todo eso,
repuse. Ya sé francés. ¿Por qué tendría que retroceder? Porque ésas son las
normas, concluyó, y eso es todo.
Se mostraba tan inflexible, tan desdeñoso conmigo, tan dispuesto a
interpretar mi entusiasmo como arrogancia y a pensar que pretendía ofenderle,
que nos enfrentamos inmediatamente. Yo no tenía nada contra aquel hombre, pero
él parecía inclinado a convertir nuestro desacuerdo en conflicto personal.
Quería humillarme, aplastarme con su poder, y cuanto más avanzaba la
conversación, más resistencia le oponía yo. Finalmente, llegó un momento en que
me harté. Muy bien, le anuncié, si las cosas son así, entonces lo dejo. Dejo el
programa, dejo la universidad, dejo todo este puñetero asunto. Y luego me
levanté de la silla, le estreché la mano y salí del despacho.
Era una locura hacer algo así. La perspectiva de no obtener una licenciatura
no me preocupaba, pero abandonar la universidad significaba perder
automáticamente la prórroga de estudiante. Cuando los envíos de tropas a
Vietnam crecían a un ritmo alarmante, de pronto me ponía en la perfecta
situación para que me llamasen a filas. Habría estado muy bien si hubiese sido
partidario de la guerra, pero no era así. Estaba en contra, y por nada del
mundo iba a combatir. Si trataban de incorporarme, me negaría a hacer el
servicio. Si me detenían, iría a la cárcel. Era una decisión categórica, una
postura radical, inamovible. No iba a participar en la guerra, aunque
significara arruinarme la vida.
Pese a todo, seguí adelante y dejé la universidad. No tuve absolutamente
ningún temor, no sentí el menor espasmo de vacilación ni de duda, y me tiré del
trampolín con los ojos bien abiertos. Esperaba que la caída fuese dura pero, en
cambio, me encontré flotando en el aire como una pluma, y durante los meses
siguientes me sentí más libre y feliz de lo que nunca había sido.
Vivía en un pequeño hotel de la rue Clément, justo enfrente del Marché
Saint-Germain, un mercado cubierto que ya han derribado. Era un sitio barato
pero limpio, bastante mejor que la pensión de mala muerte en la que me había
alojado dos años antes, y la joven pareja que lo dirigía se portaba
extraordinariamente bien conmigo. El hombre se llamaba Gaston (corpulento,
bigote fino, camisa blanca, sempiterno delantal negro), y se pasaba la mayor
parte del tiempo sirviendo a los clientes en el café de la planta baja, un
local de poca monta que hacía las veces de lugar de encuentro de la gente del
barrio y de recepción del hotel. Allí era donde tomaba el café por la mañana y
leía el periódico, y allí me convertí en adicto a las máquinas del millón. Caminé
mucho durante esos meses, igual que había hecho en Dublín, pero también pasé
innumerables horas en mi cuarto, leyendo y escribiendo. La mayoría del trabajo
que realicé entonces se ha perdido, pero recuerdo que escribí y traduje poesía,
y también escribí un guión largo, complejo y agotador para una película muda
(parte Buster Keaton, parte claqué filosófico). En los dos años anteriores,
además de leer también había ido mucho al cine, sobre todo al Thalia y al New
Yorker, que estaban en Broadway, a poca distancia de Morningside Heights. El
Thalia ponía un programa doble diferente todos los días, y como la entrada de
estudiante sólo costaba cincuenta centavos, me pasaba allí tanto tiempo como en
las aulas de Columbia. Resultó que París era aún mejor que Nueva York en
cuestión de cine. Me hice parroquiano de la Cinemathèque y de las salas de cine
clásico de la Orilla Izquierda, y al cabo de un tiempo esa pasión se apoderó de
mí de tal manera que empecé a acariciar la idea de hacerme director. Incluso
fui a informarme de cómo podía matricularme en el I. D. H. E. C., la
escuela de cine de París, pero los formularios de solicitud eran tan imponentes
y desalentadores que no me molesté en rellenarlos.
Cuando no estaba en mi cuarto o en la butaca de un cine, curioseaba en
librerías, comía en restaurantes baratos, conocía gente, pillaba unas
purgaciones (muy dolorosas) y, en general, disfrutaba de la decisión que había
tomado. Sería difícil exagerar lo bien que me sentí durante esos meses. Estaba
a la vez animado y en paz conmigo mismo, y aunque sabía que mi pequeño paraíso
tendría que acabarse, hice lo posible por prolongarlo, por aplazar el día del
juicio hasta el último momento.
Logré aguantar hasta mediados de noviembre. Cuando volví a Nueva York, el
semestre de otoño estaba a medio acabar. Suponía que no habría posibilidad de
que me readmitieran, pero había prometido a mi familia que volvería y
discutiría el asunto con la universidad. Estaban preocupados por mí, al fin y
al cabo, y pensé que al menos les debía eso. Una vez cumplida la desagradable
tarea, tenía intención de volver a París y buscar trabajo. A hacer puñetas el
reclutamiento, me dije. Si acababa siendo un «fugitivo de la justicia», tanto
mejor.
Nada salió como esperaba. Concerté una cita para ver a uno de los decanos de
Columbia, y aquel hombre resultó ser tan simpático, estar tan plenamente de mi
parte, que me derribó las defensas en cuestión de minutos. No, me aseguró, no
creía que me hubiera comportado como un estúpido. Comprendía lo que estaba haciendo
y admiraba el espíritu de mi decisión. Por otro lado, estaba el asunto de la
guerra, recordó. Columbia no deseaba que me llamaran a filas si yo no quería, y
mucho menos que acabase en la cárcel por negarme a cumplir el servicio militar.
Si quería volver a la universidad, las puertas estaban abiertas. Al día
siguiente podía empezar a asistir a clase, y oficialmente sería como si no
hubiera faltado un solo día.
¿Cómo discutir con una persona así? No era un funcionario que se limitara a
hacer su trabajo. Hablaba con demasiada calma para eso, y pronto comprendí que
lo único que le movía era un sincero deseo de evitar que un muchacho de veinte
años cometiera un error, de convencer a alguien de que no se jodiera la vida
sin necesidad. Ya habría tiempo para eso después, n’est-ce
pas? Era joven —treinta, treinta y cinco años, quizá—, y todavía recuerdo
su nombre, aunque nunca he vuelto a verlo. El decano Platt. Cuando la
universidad cerró aquella primavera debido a la huelga estudiantil, dimitió
para protestar por la forma en que la administración había llevado el asunto.
Luego me enteré de que se había ido a trabajar a las Naciones Unidas.
Los disturbios en Columbia duraron desde comienzos de 1968
hasta la licenciatura de mi promoción, en junio del año siguiente. La actividad
normal quedó prácticamente interrumpida durante ese período. El campus se
convirtió en una zona bélica de manifestaciones, sentadas y moratorias. Hubo
tumultos, incursiones de la policía, tortazos y escisiones de bandos. Abundaron
los excesos retóricos, se trazaron líneas ideológicas, afloraron pasiones por
todos lados. Siempre que había un momento de calma, se suscitaba otra cuestión
y los estallidos empezaban de nuevo. A la larga, no se logró nada
verdaderamente importante. Se cambió el emplazamiento propuesto para un
gimnasio universitario, se suprimió una serie de requisitos académicos, el
rector dimitió y fue sustituido por otro. Eso fue todo. Pese a los esfuerzos de
miles de personas, la torre de marfil no se derrumbó. Pero vaciló durante un
tiempo, sin embargo, y un buen número de sus piedras se desprendieron y se
vinieron abajo.
Yo participé en algunas cosas y me distancié de otras. Contribuí a la
ocupación de uno de los edificios del campus, fui maltratado por la bofia y
pasé una no che en el calabozo, pero principalmente fui espectador,
simpatizante, compañero de viaje. Por mucho que me hubiera gustado incorporarme
al movimiento, descubrí que no tenía temperamento para actividades de grupo.
Mis instintos solitarios estaban demasiado arraigados, y nunca logré embarcarme
en el gran navío Solidaridad. Para bien o para mal, seguí remando en mi
pequeña canoa; un poco más desesperadamente, quizá, un poco menos seguro de
adónde me dirigía, pero mucho más resuelto a salir de allí. De todas formas,
tampoco habría tenido tiempo. Navegaba en medio de rápidos, y todas mis fuerzas
apenas me bastaban para agarrar el remo. De haber vacilado, es muy probable que
me hubiera ahogado.
Como otros. Algunos fueron víctimas de su propia rectitud y nobles intenciones,
y las pérdidas humanas fueron catastróficas. Ted Gold, del curso superior al
mío, voló en pedazos en una casa del West Village cuando la bomba que montaba
estalló accidentalmente. Mark Rudd, amigo de la infancia y vecino en el colegio
universitario, se metió en el Weather Underground y vivió en la clandestinidad
durante más de diez años. Dave Gilbert, un portavoz de los SDS cuyos discursos
me impresionaban como modelos de perspicacia y de inteligencia, está cumpliendo
una sentencia de setenta y cinco años por su participación en el atraco al
camión que transportaba el dinero de la Brinks. En el verano de 1969, entré en
una oficina de Correos del oeste de Massachusetts con una amiga que iba a
enviar una carta. Mientras ella esperaba en la cola, observé los carteles que
había en la pared con las fotos de las diez personas más buscadas por el FBI.
Resultó que conocía a siete.
Ése fue el ambiente de mis dos últimos años de universidad. Pese a las
distracciones y a la incesante efervescencia, logré escribir bastante, pero
ninguna de mis tentativas condujo a gran cosa. Empecé dos no velas y las dejé,
escribí varios dramas que no me convencieron, trabajé en un poema tras otro con
resultados muy decepcionantes. Por entonces mis ambiciones eran mayores que mis
capacidades, y con frecuencia me sentía frustrado, perseguido por una sensación
de fracaso. La única realización de la que me sentía orgulloso era la poesía
francesa que había traducido, pero eso sólo era un objetivo secundario,
distante de la meta que me había fijado. Sin embargo, no debía de estar
completamente desanimado. Seguí escribiendo, después de todo, y cuando empecé a
publicar artículos sobre libros y películas en el Columbia Daily Spectator,
acabé viendo impresos mis trabajos con bastante frecuencia. Hay que empezar por
algún sitio, supongo. Quizá no fuese tan deprisa como hubiese querido, pero
algo adelantaba. Me mantenía en pie y caminaba con paso vacilante, pero aún no
sabía correr.
Al recordar ahora esa época, me veo reducido a fragmentos. Numerosas
batallas se libraban al mismo tiempo, y partes de mí mismo, disgregadas por un
ancho campo, luchaban cada una con un ángel diferente, con un impulso
diferente, con una idea diferente de quién era yo. Eso me llevaba a veces a
comportamientos totalmente inusitados. Me convertía en alguien que no era,
intentando llevar otra piel durante una temporada, imaginando que me había
reinventado. El pretencioso, displicente y contemplativo se transformaba en
cínico desvergonzado. El intelectual libresco, excesivamente entusiasta,
cambiaba repentinamente y adoptaba a Harpo Marx como padre espiritual. Se me
ocurren varios ejemplos de esas torpes bufonadas, pero el que mejor capta el
espíritu de la época es un artículo absurdo que publiqué en The Columbia
Review, la revista literaria de la universidad. Por razones que ahora se me
escapan enteramente, se me ocurrió instituir el Primer Premio Anual Christopher
Smart. Estaba entonces en último año, y las reglas del concurso se publicaron
en la última página del número de otoño. Tomo al azar estas frases del texto:
«El objeto de este concurso es rendir homenaje a los grandes antihombres de
nuestro tiempo…, hombres de talento que renunciaron a las ambiciones mundanas,
que volvieron la espalda a los banquetes de los ricos… Hemos elegido como
modelo a Christopher Smart…, ese inglés del siglo XVIII renunció a la gloria fácil que le esperaba como inventor
de los pareados… por una vida de borracheras, locura, fanatismo religioso y
escritos proféticos. Encontró en el exceso su verdadero camino, alcanzó su
auténtica grandeza en el rechazo de las promesas formuladas en sus comienzos a
los poetas académicos de Inglaterra. Difamado y ridiculizado durante los dos
últimos siglos, su nombre fue arrastrado por el lodo… Christopher Smart se ha
visto relegado a la esfera de los des conocidos. Pretendemos ahora, en una
época sin héroes, limpiar su reputación».
El propósito del premio era recompensar el fracaso. No los reveses y las
vicisitudes triviales y cotidianas, sino los tropiezos monumentales, los actos
pantagruélicos de autosabotaje. En otras palabras, pretendía elegir a la
persona que hubiera hecho lo mínimo con el máximo de medios, que hubiese
empezado con todas las ventajas, con todas las facilidades, con todas las
expectativas de éxito mundano, y no hubiese llegado a nada. Se pedía a los
candidatos que escribieran un artículo de al menos cincuenta palabras que
describiera su propio fracaso o el de alguien que conociesen. El ganador
recibiría en un estuche los dos volúmenes de las Obras completas de
Christopher Smart. Menos a mí, a nadie le sorprendió que no se presentara ni
una sola composición.
Era una broma, por supuesto, un ejercicio de tomadura de pelo literaria,
pero bajo mis intenciones humorísticas había algo inquietante, algo que no era
en absoluto divertido. ¿Por qué esa necesidad de glorificar el fracaso? ¿Por
qué ese tono arrogante, burlón, la pose de sabelotodo? Quizá me equivoque, pero
ahora me parece que todo aquello expresaba miedo —temor al futuro incierto que
me había forjado—, y que mi verdadera razón al crear el concurso era declararme
ganador. Las normas disparatadas, aberrantes, eran una forma de cubrir los
riesgos, de eludir los gol pes que la vida me tenía reservados. Perder era
ganar, ganar era perder, y por consiguiente, aunque llegara a pasar lo peor,
podría reclamar una victoria moral. Pobre consuelo, quizá, pero sin duda ya me
estaba agarrando a un clavo ardiendo. Antes que expresar abiertamente mis
temores, los enterraba bajo una avalancha de sarcasmo y agudezas. Nada de eso
era consciente. Trataba de aceptar anticipadamente las derrotas futuras,
endurecerme para las batallas que me esperaban. Durante los años siguientes, mi
cita favorita de las letras inglesas fue una frase del poeta isabelino Fulke
Greville: «Escribo para quienes han sido pateados por el toro negro».
Da la casualidad de que acabé conociendo a Christopher Smart. No el
verdadero, quizá, pero sí una de sus reencarnaciones, un ejemplo vivo de
promesas incumplidas y truncada fortuna literaria. Era la primavera del último
curso, justo unas semanas antes de la presunta licenciatura. Como surgido del
cielo, apareció un hombre en el campus de Columbia y empezó a causar revuelo.
Al principio yo sólo era vaga mente consciente de su presencia, pero a veces me
llegaban ecos de las historias que circulaban sobre él. Me enteré, por ejemplo,
de que se llamaba a sí mismo «Doc» y de que por oscuras razones relacionadas
con el sistema económico norteamericano y el futuro de la humanidad, regalaba
dinero a los extraños, sin condiciones. Con tantas cosas raras que había por
entonces, apenas presté atención.
Una noche, unos amigos míos me convencieron de que los acompañase a Times
Square para ver el último spaghetti western de Sergio Leone. Al salir
del cine, decidimos rematar la noche con un pequeño jolgorio y nos dirigimos al
Metropole Café, en la esquina de Broadway con la calle Cuarenta y ocho. El
Metropole había sido en otro tiempo un buen club de jazz, pero se había
convertido en un top-less por todo lo alto, con
espejos de pared a pared, luces estroboscópicas y media docena de chicas con
tangas centelleantes bailando en una plataforma elevada. Nos sentamos a una
mesa del fondo y empezamos a beber. Una vez que se nos habituaron los ojos a la
oscuridad, uno de mis amigos distinguió a Doc, solo en una mesa al otro extremo
de la sala. Mi amigo se le acercó y lo invitó a que se sentara con nosotros, y
cuando aquel hombre misterioso, barbudo y un tanto desaliñado se sentó junto a
mí, murmurando algo acerca de Gene Krupa y de qué coño había pasado con aquel
lo cal, aparté un momento la mirada de las bailarinas y estreché la mano a
H. L. Humes, el legendario y olvidado novelista.
Había sido uno de los fundadores de The Paris Review en los años
cincuenta, había publicado con éxito dos libros (Underground City y Men
Die), y entonces, justo cuando comenzaba a labrarse una reputación, se
esfumó. Simplemente desapareció del mapa literario y nunca se volvió a saber
una palabra de él.
No conozco toda la historia, pero los detalles aislados que había oído
sugerían que lo había pasado mal, que había sufrido una larga serie de
desgracias y reveses. Se hablaba de tratamientos de choque, un matrimonio
destrozado, diversas estancias en hospitales psiquiátricos. Según contó él, no
dejó de escribir por decisión propia, sino obligado por razones físicas. Los
electrochoques le habían perjudicado el organismo, afirmó, y cada vez que cogía
la pluma se le empezaban a hinchar las piernas, causándole un dolor in
soportable. Con la palabra escrita ya vedada para él, tenía ahora que recurrir
al discurso hablado para difundir su «mensaje» por el mundo. Aquella noche dio
una demostración completa del absoluto dominio con que manejaba el nuevo medio.
Primero en el top-less, y luego durante un
paseo de casi setenta manzanas desde Broadway a Morningside Heights, habló por
los codos, atronándonos los oídos, rompiéndonos los tímpanos con un monólogo
inconexo que no se parecía a nada de lo que yo había oído hasta entonces. Era
el desvarío de un visionario, de un neoprofeta hippy, un flujo
inexorable de paranoia e inteligencia, una escorada travesía mental que saltaba
de la realidad a la metáfora y luego a las conjeturas con tanta rapidez y de
forma tan imprevisible que le dejaba a uno pasmado, incapaz de articular
palabra. Había ido a Nueva York a cumplir una misión, nos dijo. Llevaba quince
mil dólares en el bolsillo, y si sus teorías sobre las finanzas y la estructura
del capitalismo eran ciertas, con ese dinero podría derrocar al Gobierno de la
nación.
Todo era muy simple, en realidad. Su padre acababa de morir, dejando de
herencia a Doc la suma antes citada, y antes que dilapidar ese dinero en sí
mismo, nuestro amigo se proponía regalarlo. No de una vez, y no a una obra de
caridad o a una persona de terminada, sino a todo el mundo, al universo entero
al mismo tiempo. A tal fin, había ido al banco a cobrar el cheque,
convirtiéndolo en un fajo de billetes de cincuenta dólares. Sirviéndose de
aquellos trescientos retratos de Ulysses S. Grant como tarjetas de visita, iba
a presentarse a sus compañeros de conspiración para desencadenar la mayor
revolución económica de la historia. A fin de cuentas, el dinero es una
ficción, papel sin importancia que sólo adquiere valor porque un gran número de
personas deciden dárselo. El sistema se basa en la fe. No en la verdad ni en la
realidad, sino en la creencia colectiva. ¿Y qué pasaría si esa fe fuese
socavada, si un gran número de personas empezara a dudar del sistema? Teóricamente,
el sistema se derrumbaría. Ése era, en pocas palabras, el objeto del
experimento de Doc. Los billetes de cincuenta dólares que entregaba a los
desconocidos no eran simples regalos, sino armas de la lucha por un mundo
mejor. Quería dar un ejemplo con su despilfarro, demostrar que era posible el
desencanto, romper el hechizo que el dinero ejercía sobre nuestro espíritu.
Cada vez que desembolsaba otro fajo de pasta, daba instrucciones al receptor de
que lo gastara cuanto antes. Gástelo, regálelo, hágalo circular, recomendaba, y
dígale al siguiente que haga lo mismo. De la noche a la mañana, se produciría
una reacción en cadena y, antes de que uno se diera cuenta, habría tantos
billetes de cincuenta dólares volando por el aire que el sistema empezaría a descomponerse.
Se formarían ondas, cargas de neutrones procedentes de miles, incluso de
millones de fuentes diferentes que rebotarían por la habitación como pequeñas
pelotas de goma. En cuanto tomasen suficiente impulso y velocidad, cobrarían la
fuerza de balas y las paredes empezarían a resquebrajarse.
No sé en qué medida llegaba a creérselo verdaderamente. Por trastornado que
estuviese, una persona de su inteligencia tenía que reconocer enseguida la
estupidez de ciertas ideas. Nunca lo dijo abiertamente, pero creo que en su
fuero interno sabía que era una auténtica bobada. Eso no le impedía divertirse
con ella, por supuesto, ni dar la tabarra con su plan a la menor oportunidad,
pero más en el espíritu de una comedia disparatada que en el de un genuino acto
político. H. L. Humes no era un chiflado esquizofrénico que recibiera órdenes
del puesto de mando marciano. Era un escritor extinguido, apagado, que había
encallado en los bajíos de su propia conciencia y, antes que renunciar
completamente a su existencia, había montado aquella pequeña farsa para
levantarse la moral. Con el dinero tenía público de nuevo y, mientras la gente
le prestase atención, se volvía inspirado, delirante, un verdadero hombre
orquesta. Hacía cabriolas como un bufón, dando volteretas, brincando entre las
llamas y disparándose como una bala de cañón, y según todas las apariencias
disfrutaba plenamente de todo ello.
Aquella noche, mientras caminábamos por Broadway con mis amigos, montó un
número espectacular. Entre cataratas de palabras, aullidos de hilaridad y
arranques de música cosmológica, giraba sobre sus talones y se ponía a hablar
con los transeúntes, interrumpiéndose a mitad de una frase para soltar otro
billete de cincuenta dólares en la mano de algún des conocido e instarle a
gastarlo sin preocuparse del mañana. La turbulencia se apoderó de la calle
aquella noche, y Doc fue la atracción principal, el Flautista del Caos. Era
imposible no contagiarse, y debo reconocer que su actuación me pareció muy
entretenida. Sin embargo, cuando nos acercábamos al final de nuestro paseo y me
disponía a marcharme a casa, cometí un grave error. A mi derecha oí murmurar a
Doc:
—¿Tenéis un sitio donde pueda dormir, chicos?
Y como parecía tan tranquilo y despreocupado, tan ajeno a las cosas
mundanas, no lo pensé dos veces.
—Pues claro —contesté—, puedes dormir en mi sofá, si quieres.
Ni que decir tiene que aceptó mi invitación. Y huelga añadir que yo no tenía
ni idea de dónde me había metido.
No es que no me cayera simpático, ni que no nos lleváramos bien. Los
primeros días, en realidad, todo fue como una seda. Instalado en el sofá, Doc
apenas se movía, rara vez ponía la planta del pie en contacto con el suelo.
Aparte de alguna ocasional excursión al baño, no hizo otra cosa que estar
tumbado, comer pizzas, fumar marihuana y hablar. Yo le compraba las pizzas
(con su dinero), y tras repetirle cinco o seis ve ces que no me interesaba la
hierba, acabó entendiendo el mensaje y dejó de ofrecerme. Su discurso era
incesante, sin embargo, el mismo repertorio de improvisaciones descabelladas
que había desplegado la primera noche, pero ahora sus argumentos eran más
amplios, más desarrollados, más centrados. Pasaban las horas, y sus labios no
cesaban de moverse. Incluso cuando me levantaba y salía de la habitación, seguía
hablando, exponiendo sus ideas a la pared, al techo, a las lámparas, dándose
apenas cuenta de que yo no es taba.
No habría habido problema alguno si el apartamento hubiese sido un poco más
grande. Pero sólo te nía dos habitaciones y la cocina y, como mi cuarto era
demasiado pequeño para que cupiera otra cosa además de la cama, había colocado
mi mesa de trabajo en el cuarto de estar, precisamente donde se encontraba el
sofá. Y con Doc allí tumbado de forma permanente, no había manera de hacer
nada. El semestre de primavera llegaba a su fin, y tenía que escribir una serie
de trabajos para completar el curso y licenciarme, pero durante los dos
primeros días ni siquiera me molesté en intentarlo. Calculaba que tenía un poco
de margen y, por tanto, no me entró el pánico. Doc se marcharía pronto y, en
cuanto recuperase la mesa, podría ponerme a trabajar. La mañana del tercer día,
sin embargo, comprendí que mi huésped no tenía intención de marcharse. No era
que estuviese abusando conscientemente de mi hospitalidad; simplemente, la idea
de marcharse no se le había pasado por la cabeza. ¿Qué podía hacer? No tenía
valor para darle la patada. Me inspiraba demasiada compasión, y no sería capaz
de tomar una medida tan drástica.
Los siguientes días fueron sumamente difíciles. Hice lo posible para
adaptarme, para ver si algunos pequeños cambios podían mejorar la situación. Al
final las cosas habrían podido arreglarse, no sé, pero tres o cuatro días
después de trasladar a Doc a la habitación, quedándome yo en el cuarto de estar,
ocurrió el desastre. Fue uno de los domingos más hermosos que pueda recordar, y
nadie tuvo la culpa salvo yo. Un amigo vino a buscarme para jugar un partido de
baloncesto al aire libre y, antes que dejar a Doc solo en el apartamento, lo
llevé conmigo. Todo salió bien. Yo me fui a jugar y él se quedó sentado frente
al campo, escuchando la radio y parloteando solo o con mis amigos, cuando
alguno se ponía a su alcance. Al volver a casa por la tarde, sin embargo, nos
encontramos por la calle con un conocido.
—Ajá —me dijo éste—, de modo que ahí es donde se esconde.
Esa persona nunca me había caído especialmente simpática, y cuando le pedí
que mantuviera en secreto el paradero de Doc, comprendí que lo mismo me hubiera
dado hablar con una farola. Y, en efecto, al día siguiente por la mañana empezó
a sonar el timbre de mi apartamento. Habían descubierto a la celebridad del
campus, y después de su misteriosa ausencia de una semana,
H. L. Humes estaba más que dispuesto a complacer a sus seguidores.
Durante todo el día, grupos de estudiantes de diecinueve y veinte años me
invadieron el apartamento para, sentados en el suelo, dejar que Doc les
impartiera su retorcida sabiduría. Era el rey filósofo, el pachá metafísico, el
santón bohemio que descubría las mentiras impartidas por sus profesores, y no
se cansaban de escucharle.
Me cabreé mucho. Mi apartamento se convirtió en un salón de actos
permanente, y por mucho que deseara achacar la responsabilidad a Doc, sabía que
la culpa no era suya. Sus acólitos habían venido por propia voluntad, sin cita
ni invitación, y una vez que la muchedumbre empezó a congregarse, pedirle que
los echara hubiese sido lo mismo que decir al sol que de jara de brillar. Vivía
para hablar. Era su última barrera contra el olvido, y como aquellos chicos
estaban con él ahora, sentados a sus pies y pendientes de cada palabra suya,
podía hacerse momentáneamente la ilusión de creer que no todo estaba perdido
para él. Yo no tenía ningún inconveniente. Por mí, podía tirarse hablando hasta
el nuevo siglo. Sólo que no quería que lo hiciese en mi apartamento.
Dividido entre la compasión y la indignación, se me ocurrió una solución de
cobarde. Fue durante uno de los raros momentos de calma de aquel período,
cuando no había en casa ningún visitante intempestivo. Le dije a Doc que podía
quedarse, que sería yo el que se marchase. Tenía un montón de trabajo que
hacer, le expliqué, y en vez de dejarlo en la calle antes de que encontrara
otro sitio donde vivir, me iría a hacer los trabajos del curso a casa de mi madre,
a Newark. Volvería exactamente dentro de una semana, y esperaba que a mi vuelta
se hubiese marchado. Cuando ter miné, le pregunté si lo había entendido.
—Lo entiendo, tío —contestó con su voz más tranquila y grave de jazzman—.
Muy legal.
Y eso fue todo. Pasamos a hablar de otras cosas y, en algún momento de la
conversación, aquella noche me contó que muchos años antes, cuando era joven,
en París, había jugado de cuando en cuando al ajedrez con Tristan Tzara. Ése es
uno de los pocos hechos concretos que guardo en la memoria. Casi todo lo que oí
de labios de H. L. Humes se ha ido diluyendo a lo largo del tiempo.
Me acuerdo del sonido de su voz, pero muy poco de lo que decía. Todos aquellos
grandes maratones verbales, las marchas forzadas por las remotas regiones de la
razón, las incontables horas escuchándole mientras desenredaba sus intrigas y
conspiraciones y correspondencias secretas, se han esfumado. Ahora sus palabras
no son más que un zumbido en mi cabeza, un ininteligible enjambre de nada.
A la mañana siguiente, cuando hacía la maleta y estaba a punto de marcharme,
trató de darme dinero. Lo rechacé, pero él insistió, desprendiendo trescientos
dólares del fajo de billetes de cincuenta como un apostante en el hipódromo,
diciéndome que lo cogiera, que fuera buen chico, que teníamos que «compartir la
riqueza», y acabé cediendo a la presión y aceptándolo. Lo sentí mucho entonces
y lo sigo lamentando ahora. Esperaba quedar por encima de todo aquello, negarme
a participar en el patético juego que se traía entre manos y, sin embargo,
cuando mis principios se vieron finalmente puestos a prueba, sucumbí a la
tentación y me dejé llevar por la avaricia. Trescientos dólares era una suma
considerable en 1969, y el señuelo de aquel dinero resultó ser más fuerte que yo.
Me guardé los billetes en el bolsillo, me despedí de Doc con un apretón de
manos y me largué rápidamente. Cuando volví una semana después, el apartamento
estaba limpio como una patena, y en ninguna parte había señales de Doc. Se
había marchado, tal como había prometido.
Volví a verlo sólo una vez. Fue como un año después, al volver del centro en
el autobús número 4. Justo al torcer por la calle Ciento diez, lo vi por la
ventanilla: de pie, en la esquina de la Quinta Avenida y la parte norte de
Central Park. No presentaba buen as pecto. Tenía la ropa arrugada, parecía
sucio y en sus ojos había una expresión ausente, perdida, que no le había visto
antes. Se ha enganchado a la droga, pensé. Entonces el autobús pasó de largo y
le perdí de vista. Durante los días y semanas siguientes esperé volver a verlo,
pero no fue así. Pasaron veinticinco años, y entonces, apenas hace cinco o seis
meses, abrí el New York Times y en la sección necrológica me encontré
con un breve artículo que anunciaba su muerte.
Poco a poco, fui aprendiendo a improvisar, a entrenarme para
encajar los golpes. Durante mis dos últimos años en Columbia, acepté toda clase
de colaboraciones, y gradualmente fui tomándole gusto al trabajo de escritor a
sueldo, que me mantendría hasta la treintena, y que acabó siendo mi ruina.
Había en ello cierto romanticismo, supongo, una necesidad de afirmarme como
independiente y demostrar que podía arreglármelas solo sin inclinarme ante la
idea que los demás tenían de vivir dignamente. Mi vida sólo se ría digna si me
mantenía en mis trece y no me doblegaba. El arte era sagrado, y seguir su
llamada suponía hacer todos los sacrificios que impusiera, conservar la pureza
de sus designios hasta el final.
Saber francés me ayudó. No se trataba de un conocimiento que escaseara, pero
se me daba bastante bien y me encargaron algunas traducciones. Textos sobre
arte, por ejemplo, y un documento particularmente aburrido de la embajada
francesa sobre la reorganización de su personal que se extendía monótonamente a
lo largo de más de cien páginas. También di clases una primavera a una
estudiante de instituto, cruzando la ciudad todos los sábados por la mañana
para hablarle de poesía, y en otra ocasión me enrolló un amigo para que me
subiera a un estrado al aire libre con Jean Genet y tradujese (sin cobrar) su
discurso en defensa de los Panteras Negras. Genet se paseaba con una flor
encarnada detrás de la oreja, y rara vez dejó de sonreír durante todo el tiempo
que estuvo en el campus de Columbia. Parecía contento en Nueva York, y acogió
con gran serenidad la atención que recibió aquel día. Una noche, no mucho
después de aquello, me encontré con un conocido en el West End, el concurrido
bar estudiantil de la esquina de Broadway con la calle Ciento catorce. Me dijo
que acababa de empezar a trabajar en una editorial de pornografía y que, si
quería probar a escribir una novela verde, pagaban mil quinientos dólares por
original. Yo estaba más que dispuesto a intentarlo, pero se me acabó la
inspiración al cabo de treinta o cuarenta páginas. No había muchas maneras de
describir ese asunto, según descubrí, y mi acervo de sinónimos se agotó en
seguida. En cambio, empecé a escribir críticas de libros para una publicación
destinada a estudiantes universitarios y producida de cualquier manera. Presintiendo
que la revista no iba a tener mucho futuro, firmaba los artículos con
seudónimo, sólo para darle interés a la cosa. Quinn fue el nombre que elegí,
Paul Quinn. Si mal no recuerdo, me pagaban veinticinco dólares por artículo.
Cuando a finales de 1969 se anunciaron los resultados del sorteo para el
servicio militar, salí agraciado con el número 297. El ciego azar me había sal
vado, y la pesadilla para la que me preparaba desde hacía años se esfumó de
repente. ¿A quién agradecer esa merced inesperada? Me habían evitado una enorme
cantidad de sufrimiento y preocupaciones, devolviéndome prácticamente el
control de mi vida, y la sensación de alivio fue incalculable. La perspectiva
de la cárcel había desaparecido. El horizonte estaba despejado en toda su anchura,
y era libre para tomar la dirección que quisiera. Mientras viajase ligero de
equipaje, nada me impediría llegar a donde las piernas me llevaran.
El que acabara trabajando varios meses en un pe trolero fue en gran parte
cuestión de suerte. No se puede trabajar en un barco sin una cartilla de
navegación, y ese documento no puede obtenerse si no se trabaja en un barco. A
menos que se conozca a alguien capaz de romper el círculo vicioso, resulta
imposible. En mi caso, ese alguien fue el segundo marido de mi madre, Norman
Schiff. Mi madre había vuelto a casarse un año después de divorciarse de mi
padre, y en 1970 mi padrastro y yo éramos buenos amigos desde hacía casi cinco
años. Persona excelente y de corazón generoso, me había ayudado continuamente
apoyando mis ambiciones vagas y nada prácticas. Su prematura muerte en 1982 (a
los cincuenta y cinco años) sigue siendo una de las grandes penas de mi vida,
pero por entonces, cuando acababa el año de mi licencia tura y me disponía a
dejar los estudios, su salud era bastante buena. Era abogado, principalmente
laboralista, y entre sus muchos clientes de la época se contaba el sindicato de
marineros de la Esso, donde traba jaba como asesor jurídico. Así fue como se me
metió la idea en la cabeza. Le pregunté si podía conseguirme trabajo en un
petrolero, y me contestó que lo arregla ría. Y eso es lo que hizo, sin más.
Hubo que ocuparse de un montón de trámites, viajes a la sede del sindicato
en Belleville, en Nueva Jersey, reconocimientos médicos en Manhattan, y luego
un período indefinido de espera hasta que hubo un puesto vacante en uno de los
buques que entraban en la zona de Nueva York. Entretanto, encontré un empleo
temporal en la Oficina de Empadronamiento de Estados Unidos, recogiendo datos
en Harlem para el censo de 1970. El trabajo consistía en subir y bajar
escaleras de edificios mal iluminados, llamar a las puertas de los pisos y
ayudar a la gente a que rellenara formularios oficiales. No todos querían que
les ayudasen, claro está, y no pocos recelaban del estudiante blanco que
merodeaba por sus pasillos, pero muchos me acogieron bien y me hicieron pensar
que no estaba perdiendo completamente el tiempo. Me dediqué a eso durante un
mes aproximadamente, y luego —antes de lo que esperaba— llegó el buque.
Dio la casualidad de que en aquel momento me encontraba en el sillón del
dentista, a punto de que me sacaran una muela del juicio. Desde que incluye ron
mi nombre en la lista, todas las mañanas llamaba a mi padrastro para
comunicarle dónde podría localizarme durante el día, y él fue quien dio conmigo
en la consulta del dentista. No podían haber elegido momento más cómico. Tras
inyectarme la novocaína en las encías, el dentista acababa de coger las pinzas
y se disponía a atacar mi muela podrida cuando entró la recepcionista
anunciando que me llamaban por teléfono. Bajé del sillón, con el babero todavía
atado al cuello y, de sopetón, Norman me dijo que tenía tres horas para hacer
el equipaje y embarcarme en el S. S. Esso Florence en
Elizabeth, Nueva Jersey. Balbuceé unas disculpas al dentista y salí de allí
como alma que lleva el diablo.
La muela siguió en mi boca durante una semana. Cuando finalmente
desapareció, yo me encontraba en Baytown, Texas.
El Esso Florence era uno de los petroleros más viejos
de la flota, una insignificante reliquia de tiempos pasados. Si ponemos un
Chevrolet de dos puertas junto a una limusina, tendremos una idea del aspecto
que tenía en comparación con los superpetroleros que construyen hoy en día. Ya
de servicio durante la segunda guerra mundial, el buque había recorrido in
contables miles de millas marinas cuando me embarqué. Tenía camas suficientes
para acomodar a cien hombres, pero sólo se necesitaban treinta y tres para el
trabajo que había que hacer. Lo que significaba que cada uno disponía de su
propio camarote, una ventaja enorme si se consideraba el tiempo que debíamos
pasar juntos. En otros trabajos se volvía a casa por la noche, pero allí
estábamos encerrados veinticuatro horas al día. Cada vez que se levantaba la
cabeza, se veían las mismas caras. Trabajábamos, vivíamos y comíamos juntos, y,
sin la posibilidad de un poco de verdadera intimidad, la rutina habría sido
intolerable.
Íbamos y veníamos entre la costa atlántica y el Golfo de México, cargando y
descargando carburante de aviones en varias refinerías a lo largo del trayecto:
Charleston, en Carolina del Sur; Tampa, en Florida; Galveston, en Texas. Al
principio mi cometido consistía en fregar suelos y hacer camas, primero para la
tripulación y luego para los oficiales. El término técnico para ese puesto era
el de «mozo de cubierta», pero en lenguaje corriente se trataba de una
combinación de conserje, basurero y camarera. No puedo decir que me
entusiasmara fregar retretes y recoger calcetines sucios, pero cuando le cogí
el tranquillo, el trabajo resultó in creíblemente fácil. En menos de una semana
había perfeccionado mi habilidad para las tareas domésticas hasta el punto de
que sólo tardaba dos horas o dos horas y media en terminar el trabajo
cotidiano. Eso me dejaba tiempo libre en abundancia, la mayor parte del cual
pasaba solo en mi camarote. Leía libros, escribía, hacía todo lo que había
hecho hasta entonces, pero de forma más productiva, en cierto modo, con mayor
capacidad de concentración, ahora que apenas había algo que me distrajera. En
muchos aspectos me parecía una existencia ideal, una vida perfecta.
Luego, tras un par de meses de aquel venturoso régimen, perdí la «plaza». El
barco rara vez navegaba más de cinco días entre dos puertos, y en casi todos en
los que atracábamos algunos tripulantes se bajaban y otros embarcaban. Los
puestos libres se repartían entre los recién llegados por orden de antigüedad.
Había un auténtico escalafón, y cuanto más tiempo se hubiese trabajado en la
compañía, más posibilidades se tenían de elegir el puesto deseado. Como último
mono de la escala, yo no tenía ninguna. Si un veterano quería mi trabajo, sólo
tenía que pedirlo y era suyo. Tras mi larga racha de buena suerte, el batacazo
me vino finalmente en un puerto de Texas. Mi sustituto era un tal Elmer,
soltero, fundamentalista e indolente, que resultó ser el más antiguo y célebre
de todos los mozos. Lo que yo solía hacer en dos horas, Elmer lo hacía ahora en
seis. Era el más lento de los lentos, un peso ligero mental, santurrón y
taciturno, que se paseaba por el barco absorto en su propio mundo, totalmente
ignorado por el resto de la tripulación, y en mi vida he conocido a nadie que
comiese más que él. Elmer engullía montañas de comida —tres, cuatro raciones
cada vez—, pero lo fascinante no era tanto ver el alcance de su apetito sino la
forma en que lo satisfacía: delicada, meticulosamente, con obsesivo decoro. Lo
mejor era la operación de limpieza al final. Una vez saciado, Elmer extendía la
servilleta frente a él sobre la mesa y empezaba a acariciar y alisar el tenue
papel, transformándolo poco a poco en un cuadrado plano. A continuación lo
doblaba longitudinal mente en partes iguales, separándolo metódicamente en dos
hasta dividirlo en octavos. Al final, el cuadrado se convertía en una tira
larga, rectilínea, con las cuatro esquinas perfectamente alineadas. En ese
momento, Elmer lo cogía cuidadosamente por los bordes, se llevaba la servilleta
a los labios y empezaba a frotarse. El movimiento era todo de cabeza: una lenta
oscilación de vaivén que duraba veinte o treinta segundos. De principio a fin,
las manos de Elmer no se movían. Permanecían fijas en el aire mientras su ancha
cabeza giraba a la izquierda, a la derecha y otra vez a la izquierda, y en todo
el tiempo sus ojos no traslucían el menor pensamiento ni emoción. La Limpieza
de los Labios era un procedimiento mecánico, tenaz, un acto de purificación
ritual. La Limpieza es hermana de la Santidad, me dijo Elmer una vez. Al verlo
con aquella servilleta, se comprendía que realizaba un acto divino.
Tenía ocasión de observar tan de cerca las mane ras de mesa de Elmer porque
me habían destinado a la cocina. El trabajo de marmitón me cuadruplicaba el
horario y, en general, me hacía la vida más interesante. Mi tarea consistía
ahora en servir tres comidas diarias a la tripulación (unos veinte hombres),
fregar los platos a mano, limpiar el comedor y escribir los menús para el
sobrecargo, que solía estar demasiado borracho para hacerlo él mismo. Mis
descansos eran breves —no más de una o dos horas entre las comidas—, y pese a
trabajar mucho más que antes, mis ingresos se habían reducido notablemente. En
el puesto anterior, me había sobrado tiempo para hacer un par de horas
extraordinarias por la tarde, rascando y pintando en la sala de máquinas, por
ejemplo, o restaurando manchas de óxido en cubierta, y esos trabajos
voluntarios habían redondeado agradablemente mi paga. Sin embargo, pese a las
desventajas, descubrí que trabajar en el comedor era más estimulante que fregar
suelos. Era un trabajo público, por decirlo así, y encima de todo el ajetreo
que ahora tenía, debía andar de puntillas en lo que a la tripulación se
refería. Ésa, finalmente, fue mi tarea más importante: saber cómo responder a
las irritantes y desabridas reclamaciones, defenderme de los insultos, devolver
golpe por golpe.
Menos Elmer, la tripulación era un hatajo de tipos toscos y mugrientos. La
mayoría de ellos vivían en Texas y Luisiana, y aparte de un puñado de chicanos,
un par de negros y algún extranjero que aparecía de cuando en cuando, a bordo
dominaba la nota blanca, reaccionaria y obrera. Prevalecía un ambiente jocoso,
lleno de historias divertidas y chistes verdes y mucha charla sobre armas y
coches, pero había un mar de fondo racista en muchos de aquellos hombres, y
procuré escoger bien a mis amigos. Escuchar que un compañero de trabajo
defiende el apartheid Sudáfrica no mientras te tomas con él una taza de
café («allí saben cómo tratar a los negros») no es ningún plato de gusto, y si
solía andar principalmente con personas de piel oscura o hispanohablantes,
había una buena razón para ello. Como judío neoyorquino provisto de un título
universitario, en aquel barco yo era un bicho raro, un marciano. Habría sido
fácil inventar historias sobre mí mismo, pero no tenía interés alguno en hacerlo.
Si alguien me preguntaba qué religión tenía o de dónde era, se lo decía. Si mi
respuesta no le gustaba, era asunto suyo. Yo no iba a ocultar quién era ni a
fingir que era otro sólo para evitar líos. En realidad, sólo tuve un altercado
desagradable en todo el tiempo que estuve allí. Uno se puso a llamarme Sammy
cada vez que pasaba. Parecía encontrarlo divertido, pero como yo no veía la
gracia al epíteto, le pedí que lo de jara. Volvió a hacerlo al día siguiente, y
una vez más le dije que no lo hiciera. Cuando lo repitió al otro día, comprendí
que las palabras corteses no bastarían. Lo cogí de la camisa, lo puse contra la
pared y, con mucha calma, le advertí que si volvía a llamarme así otra vez, lo
mataría. Me chocó oírme hablar de ese modo. Yo no iba por ahí ejerciendo la
violencia, y nunca había amenazado a nadie de esa manera pero, por un breve
instante, fue como si hubiera estado poseído por el demonio. Afortunadamente,
mi determinación a pelear bastó para resolver la situación sin que llegáramos a
las manos. Mi martirizador levantó las manos en señal de paz.
—Era una broma —aseguró—, sólo una broma.
Y en eso acabó todo. Con el tiempo, incluso nos hicimos amigos.
Me encantaba estar en el mar, rodeado única mente de cielo y luz, la
inmensidad del aire vacío. A todas partes nos acompañaban gaviotas,
describiendo círculos sobre nuestras cabezas mientras esperaban los cubos de
basura que arrojábamos por la borda. Hora tras hora, se cernían pacientemente
sobre el barco, apenas agitando las alas hasta que los desechos salían por los
aires, y entonces se hundían frenéticamente en la espuma, gritándose mutuamente
como borrachos en un partido de rugby. Pocos placeres son comparables al
espectáculo de aquella espuma, sentado en la popa de un buque y contemplando el
blanco y agitado tumulto de la estela. Hay algo hipnótico en ello, y en un día
tranquilo la sensación de bienestar que le in vade a uno puede ser abrumadora.
Por otro lado, el mal tiempo también tiene su encanto. A medida que el verano
se desvanecía y entrábamos en el otoño, las inclemencias se multiplicaron,
trayendo vientos furiosos y lluvias torrenciales, y en esos momentos el buque
no parecía más seguro ni sólido que el barquito de papel de un niño. Hay
petroleros que se parten en dos, ya se sabe, y para ello basta una mala ola. La
peor travesía, según recuerdo, fue cuando pasamos frente al cabo Hatteras a
finales de septiembre o primeros de octubre, un período de doce o quince horas
de sacudidas y zarandeos en medio de una tormenta tropical. El capitán estuvo
al timón toda la noche, e incluso cuando pasó lo peor y el sobrecargo me ordenó
a la mañana siguiente que llevara el desayuno al capitán, casi salí volando por
la borda al subir al puente con la bandeja. Aunque la lluvia había cesado, el
viento se guía teniendo una velocidad de galerna.
Pese a todo, trabajar en el Esso Florence tenía poco que ver con una
aventura en alta mar. El petrolero era esencialmente una factoría flotante, y
antes que des cubrirme una vida fascinante y llena de andanzas, me enseñó a
considerarme como un obrero industrial. Ahora era uno entre millones, un
insecto que trabajaba afanosamente junto a otros insectos innumerables, y cada
tarea que realizaba formaba parte de la apabullante empresa del capitalismo
norteamericano. El petróleo era la principal fuente de riqueza, la materia
prima que alimentaba la máquina del beneficio y la mantenía en marcha, y yo me
alegraba de estar donde estaba, agradecido por haber aterrizado en el vientre
de la bestia. Las refinerías donde descargábamos eran estructuras inmensas,
infernales, redes laberínticas de tuberías silbantes y torres de fuego, y andar
de noche por una de ellas era como estar viviendo una de las peores pesadillas.
Sobre todo, nunca olvidaré los pe ces, los centenares de peces muertos, que
flotaban iridiscentes en el agua rancia y saturada de petróleo en torno a los
muelles de las refinerías. Ése era el habitual comité de bienvenida, el
espectáculo que nos saludaba cada vez que los remolcadores nos conducían a
puerto. La fealdad era tan uniforme, estaba tan profundamente vinculada a la
actividad de ganar dinero y al poder que confería a los que lo ganaban —aun a
costa de desfigurar el paisaje, de trastornar el mundo natural—, que a pesar
mío empezó a inspirarme una especie de respeto. Bien mirado, me decía, ése es
el as pecto que tiene el mundo. Aparte de lo que pueda pensarse, esa fealdad es
la verdad.
Siempre que atracábamos, me las arreglaba para salir del barco y pasar
cierto tiempo en tierra. Nunca había estado al sur de la línea Mason-Dixon, y
aquellos breves vagabundeos por tierra firme me llevaron a sitios que me
resultaban mucho menos familiares o comprensibles que los que había conocido en
París o Dublín. El Sur era un país diferente, un universo americano aparte del
que había conocido en el Norte. La mayoría de las veces seguía como un
corderito a algunos compañeros del barco, haciendo con ellos el recorrido de
sus bares habituales. Si Baytown, en Texas, permanece en mi memoria con
especial claridad, es porque allí pasé más tiempo que en cualquier otro sitio.
Me pareció un pueblo triste y decrépito. Por la calle principal, una serie de
cines en otro tiempo ele gantes se habían convertido en iglesias baptistas, y
en vez de anunciar los títulos de las últimas películas de Hollywood, los carteles
exhibían ahora vehementes citas bíblicas. Casi siempre acabábamos en bares de
marineros, por callejuelas de barrios destartalados. Todos eran básicamente
iguales: locales sórdidos, rufianescos; tascas sombrías; húmedos recovecos del
olvido. El interior siempre estaba desprovisto de adornos. Ni un solo cuadro en
las paredes, ni un solo toque de calor tabernario. Todo lo más había una
desvencijada mesa de billar, un tocadiscos de monedas lleno de canciones country
and western, y un menú en el que sólo figuraba una bebida: cerveza.
Una vez, cuando el barco se encontraba en un di que seco de Houston para
algunas reparaciones meno res, pasé la tarde en un bar de mala nota con un
marinero danés llamado Teddy, un tipo raro que se reía a la menor provocación y
hablaba inglés con un acento tan marcado que apenas se entendía una palabra de
lo que decía. Yendo por la calle bajo el sol cegador de Texas, nos cruzamos con
un hombre y una mujer completa mente borrachos. Aún era pronto, pero la pareja
estaba tan ajumada, tan afianzada en su embriaguez, que debía de estar dándole
al alpiste desde el amanecer. Iban tambaleándose por la acera, cogidos el uno
del otro, dando bandazos, con la cabeza colgando, las rodillas flojas, y sin
embargo con energía suficiente para mantener una pelea desagradable, plagada de
palabrotas. Por el tono de voz, supuse que les duraba desde hacía años: una
pareja de vagabundos tambaleantes en busca de la siguiente copa, que reñía
repitiéndose siempre la misma canción. Dio la casualidad de que acabaron en el
mismo bar donde Teddy y yo habíamos decidido pasar la tarde, y como no
estábamos a más de tres metros de ellos, me encontraba en perfecta posición
para presenciar este pequeño drama.
El hombre se inclinó hacia la mujer sentada en la mesa frente a él.
—¡Darlene —gritó con voz lenta y embrutecida—, tráeme otra cerveza!
Darlene estaba cabeceando en aquel momento, y tardó bastante en abrir los
ojos y fijarse en el hombre. Pasó otro largo momento y, finalmente, ella
contestó:
—¿Qué?
—Que me traigas otra cerveza —repitió el hombre—. Y volando.
Darlene se estaba despertando, y un encantador desplante, una insolente
expresión de «vete a tomar por culo», le iluminó de pronto la cara. Era
evidente que no estaba de humor para que la mangoneasen.
—Tráetela tú, Charlie —replicó—. No soy tu esclava, ¿sabes?
—Hay que joderse —comentó Charlie—. Eres mi mujer, ¿no? ¿Para qué coño me
casé contigo? ¡Tráeme la puta cerveza!
Darlene soltó un sonoro y teatral suspiro. Se veía que tramaba algo, pero
aún no estaban claras sus intenciones.
—Muy bien, cariño —dijo, poniendo voz de esposa sumisa y zalamera—. Te la
traeré.
Se levantó de la mesa y se acercó vacilante a la barra.
Charlie permaneció inmóvil con una sonrisa en el rostro, regocijándose en su
pequeña victoria masculina. Era el que mandaba, no cabía duda, y nadie iba a
decirle lo contrario. Si alguien quería saber quién llevaba los pantalones en
aquella familia, no tenía más que preguntarle a él.
Momentos después, Darlene volvía a la mesa con una botella de Bud.
—Aquí tienes la cerveza, Charlie —le dijo, y entonces, con un rápido
movimiento de muñeca, vertió el contenido de la botella sobre la cabeza de su
marido. Se le formaron burbujas en el pelo y las cejas; arroyuelos de líquido
ambarino le corrieron por la cara. Charlie se lanzó hacia ella, pero estaba
demasiado borracho para alcanzarla. Darlene echó la cabeza atrás y soltó una
carcajada.
—¿Te gusta la cerveza, Charlie? —le dijo—. ¿Te gusta la puta cerveza?
De todas las escenas que presencié en aquellos bares, ninguna puede
realmente compararse a la triste comedia del bautizo de Charlie, pero, por su
extravagancia general —una incursión en lo más profundo de lo grotesco—,
debería mencionar el Big Mary’s Place de Tampa, en
Florida. Era un gran almacén, brillante mente iluminado, que satisfacía los
antojos de estibadores y marineros, y que estaba abierto desde hacía muchos
años. Entre sus alicientes se contaban una docena de mesas de billar, una larga
barra de caoba, techos excesivamente altos y un espectáculo en vivo de
bailarinas casi desnudas. Las chicas eran la piedra angular del negocio, el
elemento que distinguía el Big Mary’s Place de los
demás establecimientos de su estilo, y con sólo mirarlas se sabía que no las
contrataban por su belleza, ni por sus dotes para el baile. El único criterio
era la talla. Cuanto más grandes mejor, era el principio de Big Mary, y cuanto
más voluminosas eran, mejor pagadas estaban. El efecto resultaba bastante
inquietante. Se trataba de una monstruosa exhibición de carne, un cortejo de
grasa blanca y saltarina, y con las cuatro chicas bailando juntas en el estrado
detrás de la barra, el número parecía una prueba de interpretación para elegir
a la protagonista de Moby Dick. Cada una era un continente en sí misma,
una masa de tembloroso tocino engalanada con un tanga, y como salía un grupo
detrás de otro, la agresión que sufrían los ojos era implacable. No me acuerdo
de cómo llegué allí, pero sí recuerdo claramente que mis compañeros de aquella
noche eran dos de las mejores personas del barco (Martinez, padre de familia
texano, y Donnie, un chaval de diecisiete años originario de Baton Rouge) y que
estaban tan cortados como yo. Aún los puedo ver sentados frente a mí con la
boca abierta, haciendo lo posible por no reírse de vergüenza ajena. En un
momento dado, Big Mary en persona se acercó a la mesa y se sentó con nosotros.
Tan imponente como un dirigible, ataviada con un traje pantalón de color
naranja y una sortija en cada dedo, quiso saber si nos estábamos divirtiendo.
Cuando le contestamos que sí, hizo una seña a una chica de la barra.
—¡Barbara! —gritó, lanzando la palabra con una voz grave de tres paquetes de
tabaco diarios—. ¡Mueve ese culazo y ven aquí!
Vino Barbara, toda sonrisas y buen humor, riendo mientras Big Mary le hundía
el dedo en el vientre y le pellizcaba los amplios michelines que le sobresalían
de las caderas.
—Al principio estaba flacucha —explicó Mary—. Pero la he engordado bien.
¿Verdad, Barbara?
Se reía entrecortadamente, como un científico loco que acabara de realizar
un experimento, y Barbara no podía estar más de acuerdo con ella. Mientras las
oía hablar, se me ocurrió de pronto que estaba completamente equivocado. No me
había hecho a la mar. Me había escapado con un circo.
Otro amigo mío era Jeffrey, el segundo cocinero (también conocido como
cocinero jefe del desayuno), natural de Bogalusa, en Luisiana. Daba la
casualidad de que habíamos nacido el mismo día, y aparte de Donnie, casi un
niño, éramos los miembros más jóvenes de la tripulación. Era la primera vez que
nos embarcábamos, y como trabajábamos juntos en la cocina llegamos a conocernos
bastante bien. A Jeffrey todo le sonreía en la vida —inteligente, guapo,
aficionado a la diversión y a las mujeres, inclinado a llevar ropa llamativa—,
pero era un individuo práctico y ambicioso, sin embargo, un pícaro interesado
que se servía conscientemente de su trabajo en el barco para aprender los
intríngulis del arte de cocinar. No tenía intención de hacer carrera en los
petroleros, ni deseos de convertirse en lobo de mar. Su sueño era ser chef en
un restaurante elegante, incluso dueño de alguno, y si no le ha surgido ningún
contratiempo, no me cabe duda de que ya lo habrá hecho realidad. No podíamos
haber sido más distintos, Jeffrey y yo, pero nos entendíamos muy bien. Era muy
natural que a veces bajáramos juntos a tierra cuando el barco estaba en puerto,
pero como Jeffrey era negro y había vivido toda la vida en el Sur, sabía que
muchos de los sitios adonde yo iba con miembros blancos de la tripulación le
estaban vedados. Me lo dijo con toda claridad la primera vez que pensamos
salir.
—Si quieres que te acompañe —me advirtió—, tendrás que ir a donde me dejen
entrar.
Traté de convencerle de que podía entrar en donde le diese la puñetera gana,
pero Jeffrey no se lo tragó.
—En el Norte quizá sí —repuso—. Aquí abajo es diferente.
No insistí. Cuando salía a tomar una cerveza con Jeffrey, íbamos a bares de
negros, y no de blancos. Salvo por el color de la piel de los parroquianos, el
ambiente era el mismo.
Una noche, en Houston, Jeffrey me convenció de que le acompañase a un baile.
Yo nunca iba a bailar ni frecuentaba discotecas, pero me tentaba la idea de
pasar unas horas en un sitio que no fuese un tabernucho miserable, y decidí
arriesgarme. Resultó que el baile era una ostentosa discoteca atestada de
centenares de jóvenes negros, el local nocturno más animado de la ciudad. Había
una orquesta que tocaba en el escena rio, psicodélicas luces estroboscópicas
que rebotaban en las paredes, bebidas alcohólicas en el bar. Todo vibraba de
sexualidad, caos y música ensordecedora. Era la fiebre del sábado por la noche,
estilo Texas.
Jeffrey, que iba de punta en blanco, entabló conversación al cabo de cuatro
minutos con una de las muchas espléndidas chicas que pululaban en torno a la
barra, y cuatro minutos después estaban juntos en la pista, perdidos en un
océano de cuerpos. Me senté a una mesa, el único blanco del local, y me bebí la
copa despacito. Nadie llegó a molestarme, pero me lanzaban miradas raras,
penetrantes, y cuando terminé el bourbon comprendí que debía largarme.
Llamé a un taxi por teléfono y salí a esperarlo al aparcamiento. Cuando llegó,
unos minutos después, el taxista empezó a soltar tacos.
—¡Joder! —exclamó—. ¡Joder! Si hubiera sabido que me llamaba desde aquí, no
habría venido.
—¿Por qué no? —le pregunté.
—Porque éste es el peor sitio de todo el jodido Houston. El mes pasado hubo
aquí seis asesinatos. Todos los puñeteros fines de semana, matan a alguien a
tiros.
Al final, los meses que pasé en aquel barco me parecían años. El tiempo pasa
de distinto modo en el mar, y como debido a la absoluta novedad de las
experiencias me encontraba en un continuo estado de alerta, logré acumular un
asombroso número de impresiones y recuerdos en una etapa relativamente breve de
mi vida. Aún ahora no entiendo bien lo que pretendía demostrar embarcándome
así. Para mantener me en desequilibrio, supongo. O, sencillamente, para ver si
era capaz de hacerlo, de defenderme solo en un mundo que no era el mío. En ese
aspecto, creo que lo conseguí. No podría explicar lo que logré en esos meses,
pero al mismo tiempo estoy seguro de que no fracasé.
En Charleston me dieron la liquidación. La empresa pagaba el avión hasta
casa, pero uno podía embolsarse el dinero si lo deseaba y organizarse el viaje
como quisiera. Decidí quedarme con el dinero. El viaje en tren correo duró
veinticuatro horas, y lo hice en compañía de otro miembro neoyorquino de la tripulación,
Juan Castillo. Juan era un hombre de unos cincuenta años, achaparrado y
corpulento, con una cabeza enorme y un rostro que parecía hecho con la piel y
la pulpa de diecinueve patatas hechas puré. Había desembarcado de un petrolero
por última vez y, en agradecimiento a sus veinticinco años de servicio en la
empresa, Esso le había regalado un reloj de oro. No sé cuántas veces sacó el
reloj del bolsillo para mirarlo durante el largo viaje de regreso a casa, pero
cada vez que lo hacía, sacudía unos instantes la cabeza y soltaba una
carcajada. En un momento dado, el revisor se paró a hablar con nosotros en uno
de sus recorridos por el pasillo. Tenía un aspecto muy elegante con su
uniforme, según recuerdo, un caballero negro del Sur de la vieja escuela. En
tono altivo, casi condescendiente, inició la conversación preguntando:
—¿Vais al Norte, chicos, a trabajar en las acerías?
Debíamos de resultar una curiosa pareja, Juan y yo. Recuerdo que por
entonces yo llevaba una vieja chaqueta de cuero, pero aparte de eso no me
imagino bien, no sé el aspecto que tenía ni lo que veían los de más cuando me
miraban. La pregunta del revisor es la única pista que tengo. Juan había tomado
en el barco fotos de los compañeros para ponerlas en el álbum familiar, en su
casa, y me acuerdo de estar en cubierta y mirar a la cámara mientras él pulsaba
el obturador. Prometió enviarme una copia de la foto, pero no lo hizo.
Acaricié la idea de volver a embarcarme en un pe trolero de la
Esso, pero al final decidí no hacerlo. Me seguía llegando la paga por correo
(por cada dos días a bordo, recibía un día de paga en tierra), y mi cuenta del
banco empezaba a cobrar un sólido aspecto. A lo largo de los últimos meses,
había llegado poco a poco a la conclusión de que mi próximo paso sería marcharme
a vivir una temporada al extranjero. Estaba dispuesto a embarcarme otra vez si
era necesario, pero me pareció que ya había acumulado bastante dinero. Los tres
o cuatro mil dólares que había ganado en el petrolero eran suficientes para
empezar, así que en vez de continuar en la marina mercante, cambié bruscamente
de rumbo y empecé a proyectar una es capada a París.
Francia parecía la elección lógica, pero no creo que fuese allí por motivos
lógicos. El hecho de que hablara francés, de que hubiera traducido poesía
francesa, que conociera y apreciara a una serie de gente que vivía en Francia,
fueron argumentos que, desde luego, pesaron en mi decisión, pero no llegaron a
ser facto res determinantes. Lo que me animó a ir, creo, fue el recuerdo de lo
que me había pasado en París tres años antes. Aún no lo había asimilado, y como
la estancia se había interrumpido bruscamente y me había marchado con la idea
de volver pronto, tenía la impresión de haber dejado algo sin acabar, de
haberme quedado a medias. Lo único que quería entonces era ponerme a escribir.
Recobrando la interioridad y la libertad de aquella primera época, esperaba
situarme en las mejo res condiciones posibles para hacerlo. No tenía intención
de convertirme en un expatriota. Renunciar a Estados Unidos de América no
entraba en los planes, y en ningún momento consideré la posibilidad de no
volver. Sólo me hacía falta un poco de espacio para respirar, la ocasión de
comprobar, de una vez por todas, si era verdaderamente la persona que creía que
era.
Lo que me vuelve más vívidamente a la memoria de mis últimas semanas en
Nueva York es la conversación de despedida que mantuve con Joe Reilly, el
vagabundo que merodeaba por el vestíbulo del edificio donde vivía, en la calle
Ciento siete Oeste. Era una construcción destartalada, de nueve pisos, y como
muchos sitios del Upper West Side, albergaba una serie variopinta de
individuos. Sin el menor esfuerzo, puedo evocar a bastantes de ellos, aun
después de un cuarto de siglo. El cartero puertorriqueño, por ejemplo, el
camarero chino y la cantante de ópera, gorda y rubia, con su perrito tibetano.
Sin mencionar al dibujante de modas negro, homosexual, con su abrigo negro de
piel, o a los clarinetistas rivales, cuyos violentos altercados se filtraban
por las paredes de mi apartamento envenenándome las noches. En la planta baja
de aquel edificio de ladrillo gris, una de las viviendas se había dividido en
dos, y cada una de las mitades es taba ocupada por un hombre confinado a una
silla de ruedas. Uno de ellos trabajaba en un quiosco de periódicos en la
esquina de Broadway y la calle Ciento diez; el otro era un rabino retirado. El
rabino era un tipo especialmente encantador, con una puntiaguda perilla de
artista y una eterna boina negra que llevaba ladeada con aire elegante y
desenvuelto. Casi todos los días salía de su casa en la silla de ruedas y se
quedaba un poco en el vestíbulo, charlando con Arthur, el conserje, o con los
diversos inquilinos que entraban y salían del ascensor. Una vez, al entrar en
el edificio, lo divisé a través de la puerta de cristales, en su sitio
habitual, hablando con un vagabundo que llevaba un abrigo largo y oscuro. Me
pareció una asociación extraña, pero por la postura del vagabundo y la
inclinación de la cabeza del rabino, estaba claro que se conocían bien. El
vagabundo era un auténtico zarrapastroso, un borrachín con la cara llena de
costras, ropa mugrienta y el cráneo medio calvo salpicado de cicatrices, un
desecho escrofuloso que parecía haber salido a rastras de una alcantarilla.
Entonces, al empujar la puerta y poner el pie en el vestíbulo, le oí hablar.
Acompañada de gestos exagerados, teatrales —un giro del brazo izquierdo, un
dedo señalando al cielo como una flecha—, resonó una frase, una sarta de
palabras tan ininteligibles e inesperadas que al principio no di crédito a mis
oídos.
—¡Sólo fue el efímero encuentro de una noche! —afirmó, declamando cada
sílaba de esa frase recargada y literaria con tanto deleite, con tan brioso
alarde, con tan magnífica pompa que parecía un comicastro recitando un pasaje
de un melodrama victoriano. Era puro W. C. Fields, aunque varias
octavas más bajo, con la voz más firme, más dueño de sus registros. W. C.
Fields mezclado con Ralph Richardson, quizá, con un toque de grandilocuencia
tabernaria para rematar la faena. Aparte de las definiciones que quisiera
aplicarle, nunca había oído una voz que causara aquella impresión.
Cuando me acerqué a saludar al rabino, me presentó a su amigo, y así fue
como me enteré del nombre de aquel personaje singular, el más grande de los
caballeros venidos a menos, el incomparable Joe Reilly.
Según el rabino, que más tarde me puso al corriente de la historia, al
principio Joe llevó una vida privilegiada como hijo de una acaudalada familia
de Nueva York, y en su juventud tuvo una galería de arte en Madison Avenue. En
esa época fue cuando lo conoció el rabino, en los buenos tiempos, antes del
derrumbamiento y la ruina de Joe. El rabino ya se había apartado del púlpito
por entonces, y dirigía una editorial de obras musicales. El amante de Joe era
compositor, y como el rabino publicaba sus partituras, era natural que sus
caminos se cruzaran. Entonces, de repente, el amante murió. Joe siempre había
bebido mucho, contaba el rabino, pero ahora empinaba el codo de lo lindo, y su
vida empezó a desintegrarse. Perdió la galería, su familia le dio la espalda;
sus amigos le abandonaron. Poco a poco fue cayendo en el arroyo, en la última
alcantarilla del fin del mundo y, según el rabino, nunca volvería a salir de
ella. En su opinión, Joe era un caso perdido.
A partir de entonces, siempre que veía a Joe me metía la mano en el bolsillo
y le daba unas monedas. Lo que me conmovía de esos encuentros era que nunca se
desenmascaraba. Manifestando tumultuosamente su agradecimiento en aquel
lenguaje dickensiano, tan primoroso, que le salía tan fácilmente, me aseguraba
que me las devolvería pronto, en cuanto las circunstancias lo permitiesen.
—Le estoy muy agradecido por su munificencia, joven —decía—, muy agradecido,
sinceramente. Sólo se trata de un préstamo, desde luego, y no debe inquietarse
por su reembolso. Como quizá sepa, o quizá no, últimamente he sufrido ciertos
reveses, y esta muestra de su generosidad contribuirá grandemente a mi
recuperación.
Las sumas en cuestión no eran más que una mi seria —cuarenta centavos por
aquí, veinticinco por allá, lo que llevara en el bolsillo—, pero el entusiasmo
de Joe nunca flaqueaba, nunca revelaba la menor conciencia de encontrarse en
tan lamentable miseria. Allí estaba, vestido con harapos de payaso de circo, con
la asquerosa peste que emanaba de su cuerpo sin lavar, insistiendo en mantener
su actitud de hombre de mundo, un dandi momentáneamente en apuros. El orgullo y
la ceguera que entrañaba aquella actitud eran a la vez cómicos y desgarradores,
y cada vez que realizaba el ritual de darle otra limosna, me resultaba difícil
mantener la compostura. No sabía si reír o llorar, si admirarle o compadecerle.
—Vamos a ver, joven —proseguía, examinando las monedas que le acababa de
poner en la mano—. Tengo, vamos a ver, tengo en la mano, hmmm, cincuenta y
cinco centavos. Si sumamos a esto los ochenta que me dio la última vez, y luego
añadimos a eso, hmmm, añadimos los cuarenta centavos que me había entregado
antes, resulta que le debo un total de… un dólar con quince centavos.
Así era la aritmética de Joe. Simplemente cogía cifras al azar esperando que
sonaran bien.
—No se preocupe, Joe —contestaba yo—. Un dólar y quince centavos. Ya me lo
pagará la próxima vez.
Cuando volví a Nueva York tras desembarcar del petrolero de la Esso, daba la
impresión de estar torpe, de perder pie. Parecía más machacado, y la antigua
desenvoltura había dado paso a cierto abatimiento espiritual, a una especie de
desesperación quejumbrosa y plañidera. Una tarde se derrumbó delante de mí al
contarme la paliza que le habían dado en un callejón la noche anterior.
—Me robaron los libros —se lamentó—. ¿Se lo puede imaginar? ¡Esos animales
me robaron los libros!
En otra ocasión, en plena tormenta de nieve, al salir de mi apartamento del
noveno piso y dirigirme al ascensor por el pasillo, me lo encontré sentado en
la escalera, con la cabeza hundida entre las manos.
—Joe —le dije—, ¿se encuentra bien?
Alzó la cabeza. Tenía los ojos llenos de tristeza, miseria y derrota.
—No, joven —repuso—. No me encuentro bien, ni remotamente.
—¿Puedo hacer algo por usted? —le pregunté—. Tiene un aspecto fatal,
verdaderamente horroroso.
—Sí, ahora que lo menciona, podría hacer algo por mí —contestó, y acto
seguido alargó el brazo y me cogió la mano. Entonces, mirándome fijamente a los
ojos, hizo acopio de valor y, con la voz temblorosa de emoción, añadió—: Puede
llevarme a su apartamento, tumbarse en la cama y dejar que le haga el amor.
La brusquedad de su petición me pilló completa mente por sorpresa. Yo estaba
pensando más bien en algo como un té o un tazón de sopa.
—Eso no puede ser —repliqué—. Me gustan las mujeres, Joe, no los hombres. Lo
siento, pero no hago esas cosas.
Su respuesta permanece en mi memoria como una de las mejores y más cáusticas
réplicas que he oído jamás. Sin perder un segundo y sin la menor huella de
decepción ni arrepentimiento, desechó mi respuesta con un encogimiento de
hombros y, en tono vibrante y despreocupado, dijo:
—Bueno, me lo ha preguntado, y yo se lo he dicho.
Me fui a París hacia mediados de febrero de 1971. Después del encuentro en
la escalera, no volví a ver a Joe en varias semanas. Luego, unos días antes de
mi marcha, me tropecé con él en Broadway. Tenía mucho mejor aspecto, y la
expresión intimidada había desaparecido de su rostro. Cuando le conté que
estaba a punto de irme a vivir a París, enseguida recobró el brío, mostrando la
misma efusividad de siempre.
—Es curioso que mencione París —me dijo—. En realidad, es una coincidencia
de lo más oportuna. Hace sólo dos o tres días, iba paseando por la Quinta
Avenida y a quién me encuentro sino a mi viejo amigo Antoine, director de la
Cunard Lines. «Joe», me dijo, «no tienes buen aspecto, Joe», y yo le contesté:
«No, Antoine, es cierto, últimamente no me he encontrado muy bien», y Antoine
repuso que quería hacer algo por mí, echarme una mano, por decirlo así, para
encarrilarme de nuevo. Lo que me propuso el otro día ahí mismo, en la Quinta
Avenida, era embarcarme a París y alojarme en el Hotel George V. Con
todos los gastos pagados, por supuesto, además de un guardarropa nuevo. Me dijo
que podía quedarme allí el tiempo que quisiera. Dos semanas, dos meses, y hasta
dos años, si me apetecía. Si me decido a ir, y creo que sí, me marcharé a
finales de mes. Lo que significa, joven, que coincidiremos en París. Agradable
perspectiva, ¿no? Confíe en verme allí. Tomaremos el té, cenaremos juntos. No
tiene más que dejarme recado en el hotel. En los Campos Elíseos. Allí nos
veremos la próxima vez, amigo mío. En París, en los Campos Elíseos.
Tras lo cual, se despidió de mí estrechándome la mano y deseándome un buen y
feliz viaje.
Nunca volví a ver a Joe Reilly. Incluso antes de decirnos adiós aquel día, supe
que hablaba con él por última vez, y cuando acabó desapareciendo entre la
multitud unos momentos después, fue como si ya se hubiera convertido en un
fantasma. Durante todos los años que viví en París, me acordaba de él siempre
que ponía los pies en los Campos Elíseos. Incluso ahora, cada vez que vuelvo
allí, pienso en él.
El dinero no me duró
tanto como creía. Encontré un apartamento a la semana de llegar, y una vez que
pagué la comisión de la agencia, la garantía, la conexión del gas y la
electricidad, el primer mes de alquiler, el último mes de alquiler y la póliza
de seguros obligatoria, no me quedó mucho. Justo desde el principio, por tanto,
tuve que bregar por mantenerme a flote. En los tres años y medio que viví en
Francia, tuve muchos empleos, salté de un trabajillo a tiempo parcial a otro, y
me hinché a hacer colaboraciones. Cuando estaba sin trabajo, lo buscaba. Cuando
tenía, pensaba en la forma de encontrar más. Aun en las mejores épocas, rara
vez ganaba lo suficiente para vivir tranquilo, y a pesar de estar un par de
veces al borde de la ruina total, me las arreglé para evitarla. Vivía, como
suele decirse, a salto de mata. Durante todo el tiempo escribí sin parar, y si
deseché muchos textos (principalmente en prosa), conservé buena parte de ellos
(sobre todo poemas y traducciones). Para bien o para mal, cuando volví a Nueva
York, en julio de 1974, la idea de no escribir me resultaba inconcebible.
Conseguía la mayoría
de los trabajos a través de amigos, de amigos de amigos o de amigos de amigos de
amigos. El hecho de vivir en un país extranjero reduce las posibilidades, y sin
conocer a gente dispuesta a echar una mano es casi imposible arrancar. No sólo
no se abren las puertas, sino que ni siquiera se sabe a qué puertas llamar. Yo
tuve la suerte de disponer de algunos aliados, y en un momento u otro todos
movieron pequeñas montañas para mí. Jacques Dupin, por ejemplo, un poeta cuya
obra llevaba varios años traduciendo, resultó ser el director de publicaciones
de la Galerie Maeght, una de las principales galerías de arte europeas. Entre
los pintores y escultores que allí se exponían, se contaban Miró, Giacometti,
Chagall y Cal der, por mencionar a unos cuantos. Por mediación de Jacques, me
contrataron para traducir varios libros y catálogos de arte, y el segundo año
de mi estancia en París, cuando mis fondos estaban peligrosamente a punto de
agotarse, salvó la situación cediéndome un cuarto para vivir… gratis. Tales
gestos de generosidad fueron esenciales, y no puedo imaginarme cómo hubiera
podido sobrevivir sin ellos.
En un momento dado, me
encontraron trabajo en la oficina parisiense del New York Times. No recuerdo
quién fue el autor de la recomendación, pero una redactora jefe, Josette Lazar,
empezó a darme traducciones siempre que podía: artículos para el suplemento
literario dominical, editoriales de Sartre y de Foucault, esto y aquello. Un
verano, cuando mis fon dos se encontraban de nuevo de capa caída, se las
arregló para conseguirme el puesto de telefonista nocturno en la oficina. El
teléfono no sonaba muy a menudo, y pasaba la mayor parte del tiempo sentado a
un escritorio, trabajando en algún poema o leyendo. Una noche, sin embargo,
hubo una angustiada llama da de una enviada especial a alguna parte de Europa.
—Siniavski se ha
pasado a Occidente —anunció—. ¿Qué hago?
Yo no tenía ni idea de
lo que debía hacer, pero como a aquellas horas no andaba por allí ningún
redactor, me figuré que tenía que decirle algo.
—Siga la historia —le
recomendé—. Vaya adonde tenga que ir, haga lo que haya que hacer, pero siga la
historia pase lo que pase.
Me agradeció
profusamente el consejo y luego colgó.
Algunos trabajos
empezaban siendo una cosa y acababan en otra, como un estofado chapucero que no
se deja de manipular. Vamos a añadir unos cuantos ingredientes más, a ver si le
damos más sabor. Buen ejemplo de eso sería mi aventura con los norvietnamitas
en París, que empezó con una llamada de Mary McCarthy a mi amigo André du
Bouchet. Le preguntó si conocía a algún traductor de poesía del francés al
inglés y, cuando le dio mi nombre, ella me invitó a su casa para discutir el
proyecto. Era a principios de 1973, y la guerra del Vietnam seguía alargándose.
Mary McCarthy llevaba varios años escribiendo sobre la guerra, y yo había leído
la mayoría de sus artículos que, en mi opinión, se contaban entre los mejores
textos periodísticos de la época. A lo largo de su trabajo, se había puesto en
contacto con muchos vietnamitas, tanto de la parte norte como de la parte sur
del país. Uno de ellos, profesor de literatura, estaba recopilando una
antología de poesía vietnamita, y ella se había ofrecido para preparar una
versión en inglés con miras a su publicación en Estados Unidos. Los poemas ya
estaban traducidos al francés, y la idea consistía en verter esas traducciones
al inglés. Así fue como surgió mi nombre, y por eso quería hablar conmigo.
En su vida privada,
Mary McCarthy era la señora West. Su marido era un acomodado hombre de negocios
norteamericano, y su casa de París era un piso amplio, bien montado, lleno de
objetos de arte, antigüedades y muebles exquisitos. Nos sirvió el almuerzo una
criada con uniforme blanco y negro. Había una campanilla de porcelana en la
mesa, al alcance de la mano derecha de mi anfitriona, y cada vez que la cogía y
la agitaba ligeramente, la criada volvía al comedor a recibir nuevas
instrucciones. Mary McCarthy tenía un estilo impresionante, de grande dame, al
realizar ese protocolo doméstico, pero lo cierto es que se comportó tal como yo
esperaba: ingeniosa, simpática, sin pretensiones. Hablamos de muchas cosas
aquella tarde, y cuando salí de su casa varias horas después, iba cargado con
seis o siete libros de poesía vietnamita. El primer paso consistiría en
familiarizar me con su contenido. Después, el profesor y yo nos reuniríamos
para ponernos a trabajar en la antología.
Los leí y me gustaron,
sobre todo El libro de Kieu, el poema épico nacional. Los detalles se me
escapan ahora, pero recuerdo que me interesaron algunos de los problemas
formales que presentaban las estructuras poéticas tradicionales de Vietnam, que
no tienen equivalentes en la poesía occidental. Me alegraba de que me hubieran
ofrecido el trabajo. No sólo iban a pagarme bien, sino que además aprendería
cosas. Una semana después de nuestro almuerzo, sin embargo, Mary McCarthy me
llamó para decirme que había ocurrido un imprevisto y que su amigo el profesor
había vuelto a Hanoi. No estaba segura de cuándo regresaría a París pero, al
menos de momento, el proyecto se había suspendido.
Así venían las cosas.
Dejé los libros a un lado esperando que el trabajo no estuviese muerto, aunque
sabía que lo estaba. Pasaron varios días y entonces, de buenas a primeras,
recibí una llamada telefónica de una vietnamita que vivía en París.
—El profesor Fulanito
de Tal nos ha dado su nombre —me anunció—. Nos ha dicho que traduce usted al
inglés. ¿Es así?
—Sí —contesté—, así
es.
—Bueno —concluyó
ella—. Entonces tenemos trabajo para usted.
Resultó que se trataba
de traducir la nueva Constitución vietnamita. Yo no tenía inconveniente en
hacerlo, pero me pareció raro que recurrieran a mí. Cabía pensar que un
documento de ese tipo sería traducido por alguien del Gobierno, directamente
del vietnamita al inglés, no del francés, y aun así, no por un enemigo
norteamericano que vivía en París. Seguía manteniendo los dedos cruzados con respecto
a la antología y no quería echar a perder la posibilidad, de modo que acepté el
trabajo. A la tarde siguiente, la mujer se presentó en mi apartamento a dejarme
el manuscrito. Era bióloga, de treinta y tantos años, delgada, sencilla,
sumamente reservada. No mencionó nada sobre los honorarios, y por su silencio
deduje que no iba a haberlos. En vista de los complejos matices políticos de la
situación (la guerra entre nuestros dos países, mis ideas sobre el conflicto,
etcétera), no me sentía dispuesto a importunarla con la cuestión del dinero. En
cambio, empecé a hacerle preguntas sobre los poemas vietnamitas que había
leído. En un determinado momento, hice que se sentara conmigo a la mesa y
dibujase un diagrama para explicarme las formas poéticas tradicionales que
habían suscitado mi curiosidad. El dibujo fue muy ilustrativo, pero cuando le
pregunté si podía quedármelo para consultarlo en el futuro, ella sacudió la
cabeza, arrugó el papel y se lo guardó en el bolsillo. Me quedé tan pasmado que
no dije una palabra. En aquel pequeño gesto, un universo entero se me había
revelado, un mundo subterráneo de miedo y traición en el que hasta un trozo de
papel era objeto de sospecha. No confiar en nadie, borrar las huellas, destruir
las pruebas. No era que tuviese miedo de lo que yo podría hacer con el
diagrama. Actuaba simplemente por costumbre, y no pude me nos de sentir
compasión de ella, lástima por nosotros dos. Aquello suponía que la guerra
estaba en todas partes, que la guerra lo había impregnado todo.
La Constitución tenía
ocho o diez páginas, y aparte de algunas sentencias corrientes del marxismo
leninismo («perros guardianes del imperialismo», «la cayos burgueses»), era un
texto bastante árido. Hice la traducción al día siguiente, y cuando llamé a mi
amiga bióloga para comunicarle que el trabajo estaba hecho, manifestó una
alegría y un agradecimiento exagerados. Sólo entonces hizo alusión a mis
honorarios: una invitación a cenar. «En señal de agradecimiento», según dijo.
El restaurante se encontraba en el quinto arrondissement, no lejos de donde yo
vivía, y ya había ido varias veces a comer allí. Era el restaurante vietnamita
más sencillo y barato de París, pero también el mejor. El único adorno del
establecimiento era una fotografía en blanco y negro de Ho Chi Minh colgada en
la pared.
Otros trabajos eran
muy simples, la esencia misma de la sencillez: dar clases particulares de
inglés a un estudiante de bachillerato, servir de intérprete simultáneo en una
pequeña conferencia internacional de eruditos judíos (cena incluida), traducir
textos de y sobre Giacometti para el crítico de arte David Sylvester. Pocos de
esos encargos estaban bien pagados, pero todos me aportaban algo y, aunque no
siempre tuviese bien provista la nevera, rara vez me encontraba sin un paquete
de tabaco en el bolsillo. Sin embargo, no habría podido subsistir únicamente a
base de trabajillos sueltos. Me ayudaban a ir tirando pero, sumándolos todos,
no me habrían bastado para vivir más de unas semanas, unos meses todo lo más.
Necesitaba otra fuente de ingresos para pagar las facturas, y la suerte quiso
que la encontrara. Mejor dicho, ella me encontró a mí. Durante los primeros
años que pasé en París, representó la diferencia entre comer y no comer.
La historia se remonta
a 1967. Durante mi primera estancia en la época de universidad, un amigo
americano me había presentado a una mujer a la que llamaré Madame X. Su
marido, Monsieur X, era un célebre productor cinematográfico de la vieja
escuela (epopeyas, grandes espectáculos, películas sonadas) y a través de ella
empecé a trabajar para él. La primera oportunidad surgió unos meses después de
llegar. El apartamento que había alquilado no tenía teléfono, lo mismo que
muchos en los que viví en 1971, y sólo existían dos medios de ponerse en contacto
conmigo: por pneumatique, un rápido telegrama urbano enviado por correo, o
viniendo a mi casa y llamando a la puerta. Una mañana, no mucho después de
despertarme, Madame X llamó a la puerta. «¿Le gustaría ganar cien dólares
hoy?», me preguntó. El trabajo parecía bastante sencillo: leer un guión
cinematográfico y luego escribir una sinopsis de seis o siete páginas. El único
inconveniente era el plazo. Un posible patrocinador de la película esperaba en
un yate en algún punto del Mediterráneo, y había que entregarle el resumen en
cuarenta y ocho horas.
Madame X era un
personaje exuberante, tempestuoso, la primera mujer de armas tomar que había
conocido nunca. Mexicana de nacimiento, casada desde los dieciocho o diecinueve
años, madre de un chico que sólo tenía unos años menos que yo, llevaba una vida
independiente, entrando y saliendo de la órbita del marido de una forma que yo
aún era demasiado inexperimentado para comprender. De temperamento artístico,
se dedicaba por turnos a la pintura y la escritura, mostrando capacidades en
los dos ámbitos pero sin la disciplina ni la concentración necesarias para
llevarlas muy lejos. Sus verdaderas dotes consistían en ayudar a los demás, y
se rodeaba de artistas y de aspirantes a artistas de todas las edades, codeándose
con famosos y desconocidos, a la vez colega y me cenas. Dondequiera que iba,
era el centro de atención: una mujer espléndida, enternecedora, de larga cabe
llera negra, envuelta en mantos con capucha y tintineantes joyas mexicanas, de
humor cambiante, generosa, leal, la cabeza llena de sueños. Sea como fuere,
entré a formar parte de su lista y, como era joven y es taba empezando, me
incluyó entre los amigos de los que debía ocuparse, los pobres y menesterosos
que de cuando en cuando necesitaban que se les echase una mano.
Había otros, desde
luego, y un par de ellos también habían sido invitados aquella mañana a ganar
la misma redonda suma que me habían prometido. Cien dólares hoy parecen
calderilla, pero entonces representaban más de la mitad del alquiler mensual, y
no me encontraba en condiciones de rechazar una suma de tal magnitud. El
trabajo debía efectuarse en el piso de X, una vivienda inmensa, palaciega,
en el décimo sexto arrondissement, con innumerables estancias de altos techos.
Debíamos empezar a las once en punto, y yo me presenté media hora antes.
Ya conocía a mis
compañeros. Uno era un norteamericano de veintitantos años, pianista
excéntrico, sin trabajo, que se paseaba con zapatos de mujer de tacón alto y
acababa de pasar una temporada en el hospital por una enfermedad pulmonar. El
otro era un francés con decenas de años de experiencia cinematográfica, sobre
todo como auxiliar de dirección. Entre sus realizaciones se contaban las
escenas de cuadrigas en Ben-Hur y las secuencias del desierto en Lawrence de
Arabia, pero después de aquellos tiempos de éxito y opulencia habían venido las
vacas flacas: depresiones nerviosas, períodos de internamiento en pabellones
psiquiátricos, desempleo. El pianista y él constituían para Madame X
proyectos prioritarios de recuperación, y el hecho de meterme a mí en el mismo
saco sólo era un ejemplo de su forma de actuar. Por buenas que fuesen sus
intenciones, estaban invariablemente socavadas por ideas complicadas, poco
prácticas, por el deseo de matar demasiados pájaros de un tiro. Rescatar a una
persona ya es difícil, pero si uno cree que puede salvar a todo el mundo a la
vez está expuesto a un buen chasco.
Así que allí
estábamos, el trío peor emparejado que se hubiera reunido jamás, sentado en
torno a la gigantesca mesa del comedor del inmenso piso de X. El
guión de que se trataba también era descomunal. Con sus casi trescientas
páginas (tres veces más de lo normal), parecía la guía telefónica de una gran
ciudad. Como el francés era el único con conocimientos cinematográficos
profesionales, el pianista y yo respetamos su experiencia y le dejamos que
llevara la voz cantante en la conversación. Lo primero que hizo fue coger una
hoja en blanco y anotar nombres de acto res. Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy
Davis Jr., seguidos de otros seis o siete. Al terminar, puso las manos de golpe
en la mesa con gran satisfacción.
—¿Veis este papel?
—preguntó. El pianista y yo asentimos con la cabeza—. Lo creáis o no, esta
hojita de papel vale diez millones de dólares. —Dio unos golpecitos a la lista
y luego la puso a un lado—. Diez, quizá doce millones de dólares.
Hablaba con la mayor
convicción, sin el menor rastro de humor ni ironía. Tras una breve pausa, abrió
el manuscrito por la primera página.
—Bueno —dijo—, ¿listos
para empezar?
Casi inmediatamente,
empezó a entusiasmarse. A la segunda o tercera línea de la primera página,
observó que el nombre de uno de los personajes empezaba con la letra Z.
—¡Ajá! —exclamó—. Z.
Esto es muy importante. Poned mucha atención, amigos. Es una película política.
Fijaos en lo que digo.
Z era el título de una
película de Costa-Gavras que había tenido un gran éxito dos años antes y que
trataba un tema indudablemente político, a diferencia del guión cuya sinopsis
nos habían encargado. La nuestra era una película de intriga con ambiente de
contrabando. La acción transcurría en el desierto del Sahara, con muchos
camiones, motocicletas, rifles y varias bandas de malos que se peleaban entre
sí, aparte de todo un rosario de explosiones espectaculares. Lo único que la
distinguía de otras mil películas semejantes era su extensión.
Llevábamos trabajando
aproximadamente minuto y medio, cuando el pianista perdió el interés. Se quedó
mirando a la mesa, riéndose con disimulo de las divagaciones del francés, que
pasaba de un disparate a otro. De pronto, sin transición ni preámbulo alguno,
el pobre hombre se puso a hablar de David Lean, rememorando varias discusiones
filosóficas que había mantenido con el director quince años antes. Luego, con
la misma brusquedad, interrumpió sus reminiscencias, se levantó de la mesa y se
puso a dar vueltas por el comedor, colocando bien los cuadros en las paredes.
Cuando concluyó esa tarea, anunció que iba a la cocina por una taza de café. El
pianista se en cogió de hombros.
—Me voy a tocar el
piano —dijo, y, sin más, desapareció también.
Mientras esperaba que volviesen,
me puse a leer el guión. No se me ocurría otra cosa que hacer, y cuando
comprendí que ninguno de ellos aparecería, ya había leído la mayor parte.
Finalmente, uno de los socios de Monsieur X entró en la habitación. Era un
norteamericano simpático, de aspecto juvenil, que además resultó ser el amigo
íntimo de Madame X (las complejidades de aquella familia eran
insondables), y me dio instrucciones de que acabara solo el trabajo,
garantizándome que si llegaba a un resultado aceptable para las siete de la
tarde, los tres pagos de cien dólares serían para mí. Le dije que haría todo lo
posible. Cuando me disponía a largarme a casa para ponerme delante de la
máquina de escribir, me dio un consejo excelente.
—Esto es el cine, no
Shakespeare. Hágalo lo más vulgar que pueda.
Acabé escribiendo la
sinopsis en el lenguaje extra vagante e inflamado con que Hollywood anunciaba
sus próximos espectáculos. Si lo querían vulgar, yo les daría algo vulgar.
Había visto suficientes avances de películas para saber de qué iba, e
incorporando todas las expresiones trilladas que me venían a la cabeza,
acumulando un exceso tras otro, reduje el guión a siete páginas de acción
frenética e incesante, un baño de sangre en una prosa trepidante y en
tecnicolor. Acabé de escribirlo a máquina a las seis y media. Una hora después,
un coche con chófer se detuvo frente al portal para llevarnos a mi novia y a mí
al restaurante adonde Monsieur y Madame X nos habían invitado a cenar. En
cuanto llegáramos, tenía que entregarle la sinopsis personalmente.
Monsieur X era un
hombre menudo y enigmático de cincuenta y tantos años. De origen ruso-judío,
hablaba perfectamente varias lenguas, y a menudo pasaba del francés al inglés y
al español en la misma con versación, pero siempre con idéntico acento cuidado,
como si en el fondo no se sintiera a gusto en ninguna de esas lenguas. Llevaba
produciendo películas más de treinta años y, a lo largo de una carrera llena de
altibajos, había hecho grandes y pequeñas producciones, buenas y malas
películas, obras de arte y simple basura. Con algunas había ganado montañas de
dinero, con otras se había endeudado miserablemente. Antes de aquella noche no
le había visto más que unas pocas veces, pero siempre me había parecido un
personaje siniestro, alguien que ocultaba su juego: astuto, secreto,
impenetrable. Incluso cuando hablaba, se no taba que estaba pensando en otra
cosa, elaborando cálculos misteriosos que podrían o no tener relación con sus
palabras. No es que tuvieran algo que ver con lo que decía, pero al mismo
tiempo habría sido un error suponer lo contrario.
Aquella noche, cuando
llegué al restaurante, estaba visiblemente tenso. La posibilidad de un
lucrativo contrato dependía del trabajo de uno de los amigos pseudoartistas de
su mujer, y no se sentía muy optimista. Apenas me hube sentado me pidió las
páginas que había escrito. Mientras los demás charlábamos de cosas sin
importancia en torno a la mesa, Monsieur X permaneció silencioso y
encogido en el asiento, leyendo mis recargados párrafos llenos de violencia.
Poco a poco, en sus labios empezó a dibujarse una sonrisa. Movía
afirmativamente la cabeza al pasar las páginas, y una o dos veces masculló la
palabra «bien». No levantó la vista, sin embargo. Sólo al llegar a la última
frase alzó la cabeza y me dio su veredicto.
—Excelente —declaró—.
Es justo lo que quería.
El alivio que había en
su voz era casi palpable. Madame X le comentó que ya se lo había dicho, y
él confesó que había tenido sus dudas.
—Pensé que sería
demasiado literario —explicó—. Pero está bien. Justo lo que hace falta.
Se mostró muy efusivo,
a partir de ahí. Estábamos en un restaurante amplio y ostentoso de Montmartre,
e inmediatamente se puso a chasquear los dedos para llamar a la florista. Ella
acudió a toda prisa, y Monsieur X compró una docena de rosas que espontánea
mente regaló a mi novia. Luego se llevó la mano al bolsillo interior de la
chaqueta, sacó el talonario y me extendió un cheque por valor de trescientos
dólares. Era el primer cheque de un banco suizo que había visto en la vida.
Estaba satisfecho de
haber hecho el trabajo con aquellas prisas, contento de haberme ganado los tres
cientos dólares, complacido por el resultado de los absurdos acontecimientos de
aquel día, pero cuando nos marchamos del restaurante y volví a mi apartamento
de la rue Jacques Mawas, me figuraba que la historia se había acabado. No se me
pasó por la cabeza que Monsieur X podría tener otros proyectos para mí.
Una tarde de la semana siguiente, sin embargo, cuando estaba sentado a la mesa
trabajando en un poema, me interrumpió una fuerte llamada a la puerta. Era uno
de los empleados de Monsieur X, un señor mayor que había visto acechando
por la casa pero con quien nunca había tenido ocasión de hablar. Sin perder
tiempo, fue directamente al grano. ¿Es usted Paul Auster?, me preguntó. Cuando
le dije que sí, me in formó de que Monsieur X deseaba verme. ¿Cuándo?,
quise saber. Ahora mismo, contestó. Hay un taxi esperando abajo.
Era un poco como ser
detenido por la policía secreta. Supongo que podría haber declinado la
invitación, pero el ambiente de misterio me despertó la curiosidad y decidí ir
a ver lo que pasaba. En el taxi, pregunté a mi acompañante por qué había sido
convocado de aquella manera, pero el anciano se limitó a encogerse de hombros.
Monsieur X le había ordenado que me llevara a su casa, y eso era lo que
estaba haciendo. Su trabajo consistía en cumplir órdenes, no en hacer
preguntas. Seguí por tanto a oscuras, y mientras rumiaba la cuestión para mis
adentros, la única explicación que se me ocurría era que Monsieur X ya no
estaba satisfecho con el trabajo que le había entregado. Cuando entré en su
casa, prácticamente esperaba que me exigiera la devolución del dinero.
Llevaba un esmoquin
con solapas de satén, y cuando entró en la habitación donde me habían dicho que
le esperase, observé que venía frotándose las manos. No tenía ni idea de lo que
significaba aquel gesto.
—La semana pasada me
hizo usted un buen trabajo —me aseguró—. Ahora quiero hacerle una propuesta.
Eso explicaba lo de
las manos. Era el gesto de un hombre que se dispone a cerrar una operación, y
de repente, debido al apresurado e irónico manuscrito que yo le había fabricado
unos días antes, parecía que estaba a punto de hacer negocios con
Monsieur X. Tenía al menos dos trabajos que proponerme inmediata mente, y
si salían bien, habría otros después. Necesitaba el dinero y acepté, pero no
sin cierta reticencia. Estaba metiéndome en un ambiente que no entendía y, a
menos que mantuviese la serenidad, me daba cuenta de que me sucederían cosas
raras. No sé cómo ni por qué lo sabía, pero así era. Cuando Monsieur X
empezó a hablar de darme un papel en una de sus próximas películas, una
historia de espadachines para la que necesitaría clases de esgrima y
equitación, me mantuve firme.
—Ya veremos —le
contesté—. El caso es que no me interesa mucho ser actor.
Al parecer, la
sinopsis había gustado al hombre del yate tanto como a Monsieur X. Ahora
quería dar el siguiente paso y había pedido una traducción del guión del
francés al inglés. Ése era el primer trabajo. El segundo era algo menos
rutinario. Madame X estaba trabajando en una obra de teatro, según me
explicó su marido, y él había convenido en financiar la producción la próxima
temporada en el Round House Theatre de Londres. La obra trataba de
Quetzalcóatl, la mítica serpiente emplumada, y como en gran parte estaba
escrita en verso y la mayoría de los versos estaba en español, quería que yo la
tradujese al inglés y me encargase de que el drama fuese representable. Muy
bien, le dije, y en eso quedamos. Hice los dos trabajos, todo el mundo quedó
contento y, dos o tres meses después, la obra de Madame X se representó en
Londres. Era una producción vanidosa, naturalmente, pero las críticas fueron
buenas y, en conjunto, la obra tuvo bastante buena acogida. Dio la casualidad
de que un editor inglés asistió a una de las representaciones, quedando tan
impresionado por el espectáculo que propuso a Madame X que hiciera una
versión en prosa del texto dramático con intención de publicarla después.
Así fue como las cosas
empezaron a ponerse difíciles entre Monsieur X y yo. Madame X no era
capaz de escribir el libro por sí sola, y su marido creía que yo era la única
persona en el mundo que podía ayudarla. En otras circunstancias habría aceptado
el trabajo, pero como también quería que fuese a escribirlo a México, le dije
que no me interesaba. Nunca se me llegó a explicar la razón por la cual debía
hacerse en México. Investigación, color local, algo por el estilo, no estoy
seguro. Yo apreciaba a Madame X, pero el estar en su compañía durante un
período de tiempo in determinado no me parecía buena idea. Ni siquiera tuve que
meditar la oferta de Monsieur X. La rechacé en el acto, suponiendo que el
asunto quedaría zanjado de una vez por todas. Los hechos demostraron que estaba
equivocado. La verdadera indiferencia desprende fuerza, según comprobé, y mi
negativa a aceptar el trabajo irritó a Monsieur X, llegando a exasperarle.
No estaba acostumbrado a que le dijeran que no, y se dedicó resueltamente a
hacerme cambiar de opinión. En los meses siguientes, lanzó una auténtica
campaña para debilitar mi resistencia, asediándome con cartas, telegramas y
promesas de sumas de dinero cada vez mayores. Al final, de mala gana, me rendí.
Como en cualquier otra decisión equivocada que he tomado en la vida, actué
contra mi deseo, dejando que consideraciones secundarias influyesen en la
claridad de mi intuición. En este caso, lo que inclinó la balanza fue el
dinero. Pasaba entonces por una mala temporada, en la que perdía
desesperadamente terreno en mi lucha por mantener la solvencia, y la oferta de
Monsieur X había adquirido tal importancia, resolvería tan tos problemas
de un plumazo, que me convencí de que sería sensato asumir el compromiso. Creí
que obraba con astucia. Una vez que me apeé del burro, establecí mis
condiciones en los términos más duros que se me ocurrieron. Estaría en México
un mes, le dije —ni más, ni menos—, y quería que me pagase la totalidad de la
suma en efectivo antes de salir de París. Era la primera vez que negociaba
algo, pero estaba decidido a proteger mis intereses, y me negué a ceder en
aspecto alguno. A Monsieur X no le gustó nada mi intransigencia, pero
comprendió que hasta ahí había llegado y cedió a mis peticiones. El mismo día
que salí para México, deposité veinticinco billetes de cien dólares en la
cuenta del banco. Pasara lo que pasase durante el mes siguiente, al menos no
estaría arruinado al volver.
Esperaba que las cosas
fuesen mal, pero no hasta aquel punto. Sin dar más vueltas a toda la complicada
historia (el tipo que quiso matarme, la esquizofrénica que me tomó por un dios
hindú, la miseria alcohólica y suicida que permeaba todas las casas donde
entré), los treinta días que pasé en México fueron los más sombríos, los más
perturbadores de mi vida. Madame X ya llevaba allí dos semanas cuando yo
llegué, y enseguida comprendí que no se encontraba en condiciones de trabajar
en el libro. Su amante acababa de abandonarla, y su drama amoroso la había
sumido en una extrema desesperación. No es que le reprochara su estado
emocional, pero se la veía tan enloquecida, tan perdida en su dolor, que el
libro era lo último en que quería pensar. ¿Qué podía hacer yo? Traté de que se
pusiera a trabajar, procuré que se sentase conmigo a hablar del proyecto, pero
sencillamente había perdido todo interés. Cada vez que lo intentábamos, la con
versación se desviaba rápidamente a otro tema. Una y otra vez, se venía abajo y
rompía a llorar. Una y otra vez, no íbamos a ninguna parte. Tras varias
tentativas similares, comprendí que el único motivo por el que se esforzaba era
yo. Sabía que me habían pagado para ayudarla, y no quería dejarme en la
estacada, se negaba a admitir que había hecho el viaje para nada.
Ése era el fallo
esencial del trato. Pensar que alguien que no es escritor puede escribir un
libro ya resulta una proposición lamentable pero, suponiendo que una cosa así
sea posible, y suponiendo que la persona que quiere escribir el libro tiene a
otra que le ayude a hacerlo, puede que las dos juntas, con mucho trabajo y
dedicación, lleguen a un resultado aceptable. En cambio, si la persona que no
es escritor no quiere escribir un libro, ¿de qué sirve la otra? Ése era el
apuro en el que me encontraba. Yo estaba deseoso de ayudar a Madame X a
escribir su libro, pero no podría a menos que ella quisiera hacerlo, y si no le
apetecía, yo no podía hacer otra cosa sino esperar a que le apeteciese.
Así que esperé, en el
pueblecito de Tepotzotlán, aguardando la ocasión de que Madame X se des
perta se una mañana y viese la vida de otra manera. Me alojaba con el hermano
de Madame X (cuyo infeliz matrimonio con una norteamericana daba las
últimas boqueadas), y pasaba el tiempo deambulando por las polvorientas calles,
sorteando perros sarnosos y aceptando invitaciones a cerveza de los borrachos
del pueblo. Mi cuarto estaba en unas dependencias de estuco de la finca del
hermano, y dormía bajo una mosquitera de muselina para protegerme de las
tarántulas y los insectos. La joven loca acudía sin cesar con un amigo suyo, un
hare krishna centroamericano con la cabeza afeitada y túnicas de color naranja,
y el aburrimiento me corroía como una enfermedad tropical. Escribí uno o dos
poemas breves, pero la mayor parte del tiempo languidecía, incapaz de pensar,
sumido en una ansiedad continua, indefinible. En Nicaragua mu rieron miles de
personas en un terremoto, y mi jugador de béisbol favorito, Roberto Clemente,
el más fino y electrizante de su generación, se estrelló en una avioneta que
intentaba llevar ayuda de emergencia a las víctimas. Si hay algo agradable que
destacar entre el miasma y el estupor de aquel mes, serían las horas que pasé
en Cuernavaca, la pequeña y luminosa ciudad que Malcolm Lowry describió en Bajo
el volcán. Allí, por pura casualidad, me presentaron a un hombre que, según me
aseguraron, era el último descendiente vivo de Moctezuma. Un señor alto, muy
digno, de unos sesenta años, de modales impecables, que llevaba un pañuelo de
seda al cuello.
Cuando finalmente
volví a París, Monsieur X me citó en el vestíbulo de un hotel de los
Campos Elíseos. No en el Hotel George V, sino en otro que está justo
enfrente. No recuerdo por qué eligió aquel sitio, pero creo que tenía relación
con otra cita anterior a la mía, una cuestión estrictamente práctica. En
cualquier caso, no hablamos en el hotel. En cuanto aparecí, volvió a llevarme
afuera y me señaló su coche, que esperaba a la entrada. Era un Jaguar con
tapicería de cuero, y el hombre sentado al volante llevaba una camisa blanca.
—Hablaremos ahí dentro
—dijo Monsieur X—. Hay más intimidad.
Subimos al asiento
trasero, el conductor arrancó y el coche se apartó de la acera.
—Da una vuelta —ordenó
Monsieur X al con ductor. De pronto me sentí como si hubiera aterrizado en
una película de gánsteres.
Por entonces él ya
sabía casi toda la historia, pero quería que le diera un informe completo, una
autopsia del fracaso. Le describí lo mejor posible lo que había pasado,
repitiéndole más de una vez lo mucho que sentía que las cosas no hubieran
salido bien, pero como Madame X ya había perdido el entusiasmo por el
libro, le expliqué, yo no había podido hacer mucho para animarla.
Monsieur X pareció aceptarlo todo con mucha calma. A juzgar por las
apariencias, no estaba enfadado, ni siquiera particularmente decepcionado. Pero
justo cuando creía que la entrevista tocaba a su fin, sacó el tema de mis
honorarios. Como no se había realizado nada, argumentó, parecía justo que le
devolviera el dinero, ¿no? No, repuse, no sería justo en absoluto. Un trato es
un trato, y yo había ido a México de buena fe y había cumplido mi parte. Nadie
me había sugerido nunca que escribiese el libro para Madame X, sino que
debía escribirlo con ella, y si ella no quería hacer el trabajo, yo no era
quién para obligarla. Por eso precisamente es por lo que había pedido el dinero
de antemano. Temía que pasara algo así, y necesitaba estar seguro de que me
pagarían por el tiempo empleado, con independencia de cómo saliesen las cosas.
Vio la lógica de mi
argumentación, pero eso no significaba que estuviese dispuesto a dar marcha
atrás. Muy bien, concluyó, quédese con el dinero, pero si quiere seguir
trabajando para mí, tendrá que hacerme alguna cosa más para saldar la deuda. En
otras palabras, en vez de pedirme que le devolviera el dinero en efectivo, lo
quería en forma de trabajo. Le contesté que eso era inaceptable. Nuestras
cuentas estaban saldadas, manifesté, no le debía nada y, si quería contratarme
para otros trabajos, tendría que pagármelos en su justo valor. Ni que decir
tiene que eso le pareció inaceptable. Creía que quería un papel en la película,
añadió. Yo nunca he dicho eso, repuse. Porque si es así, tendremos que zanjar
primero este asunto. Una vez más, le repetí que no había nada que zanjar. De
acuerdo, concluyó, si ésa es su opinión, no tenemos nada más que hablar. Y con
esa observación se apartó de mí y ordenó al conductor que parase el coche.
Ya llevábamos media
hora dando vueltas, aproximándonos poco a poco a la periferia de París, y el
barrio donde se detuvo el coche me resultaba desconocido. Era una fría noche de
enero y no tenía ni idea de dónde me encontraba, pero la conversación había
concluido y no me quedaba sino decirle adiós y bajar del coche. Si recuerdo
bien, ni siquiera nos dimos la mano. Bajé a la acera, cerré la puerta y el
coche se alejó. Y así terminó mi carrera cinematográfica.
Me quedé en Francia
dieciocho meses más, la mitad en París y la mitad en Provenza, donde mi novia y
yo trabajamos de guardeses en una finca al norte del Var. Cuando llegué a Nueva
York, tenía menos de diez dólares en el bolsillo y ni un solo plan concreto
para el futuro. Tenía veintisiete años y, sin más méritos que un libro de
poemas y un puñado de oscuros artículos literarios, no estaba más cerca de
resolver el problema económico que cuando salí de Estados Unidos. Para
complicar aún más las cosas, mi novia y yo habíamos decidido casarnos. Fue una
decisión impulsiva, pero como tantas cosas estaban a punto de cambiar, nos
dijimos: ¿Por qué no seguir adelante y cambiar todo de una vez?
Inmediatamente me puse
a buscar trabajo. Llamé por teléfono, cumplí trámites, me presenté a
entrevistas, exploré todas las posibilidades que encontraba. Intentaba
comportarme con sensatez y, después de todos los altibajos por los que había
pasado, de todos los apuros y desesperadas estrecheces en que me había visto
atrapado a lo largo de los años, estaba decidido a no repetir los antiguos
errores. Había aprendido la lección, creía yo, y esta vez iba a hacer bien las
cosas.
Pero ni había
aprendido nada, ni hice nada bien. Pese a mis loables intenciones, resultó que
era incorregible. No es que no encontrase trabajo, sino que en vez de aceptar
el puesto fijo que me ofrecieron (sub director de una importante editorial),
opté por un trabajo a tiempo parcial con media paga. Había prometido tomarme la
medicina, pero cuando me acercaron la cuchara cerré la boca. Hasta aquel
momento, no te nía idea de que iba a plantarme así, de que me resistiría con
tal obcecación. Contra viento y marea, parecía que aún no había renunciado a la
vana y estúpida esperanza de sobrevivir a mi manera. Un trabajo a tiempo
parcial parecía una buena solución, pero ni eso me bastaba. Quería una
independencia total, y cuando finalmente se me presentaron algunas
traducciones, dejé la editorial y empecé a trabajar otra vez por mi cuenta. De
principio a fin, el experimento apenas duró siete meses. Por poco que durase,
fue el único período de mi vida en que recibí un salario fijo.
En todos los aspectos,
el empleo que encontré era excelente. Mi jefe era Arthur Cohen, persona de
múltiples aficiones, mucho dinero y gran inteligencia. Autor de novelas y
ensayos, antiguo director de publicaciones y apasionado coleccionista de arte,
acababa de montar un pequeño negocio como salida a su exceso de energías. En
parte pasatiempo, en parte empresa comercial seria, Ex Libris era una editorial
especializa da en publicaciones sobre arte del siglo XX. No en libros
sobre arte, sino en manifestaciones artísticas propia mente dichas. Revistas
del movimiento dadá, por ejemplo, o libros concebidos por miembros de la Bauhaus,
fotografías de Stieglitz o una edición de las Metamorfosis de Ovidio ilustrada
por Picasso. Como anunciaba la contraportada de los catálogos de Ex Libris:
«Libros y publicaciones en edición original para la documentación del arte del
siglo XX: futurismo, cubismo, dadá, Bauhaus y constructivismo, De Stijl,
surrealismo, expresionismo y arte de posguerra, así como arquitectura,
tipografía, fotografía y diseño».
Arthur apenas empezaba
a levantar la empresa cuando me contrató como único empleado. Mi principal
tarea consistía en ayudarle a escribir los catálogos de Ex Libris, que se
publicaban dos veces al año con una extensión de poco más de un centenar de
páginas. Entre otros cometidos, escribía cartas, organizaba el envío por correo
de grandes cantidades de catálogos, me ocupaba de los pedidos y preparaba
bocadillos de atún para el almuerzo. Pasaba la mañana en casa, trabajando en lo
mío, y a las doce bajaba a Riverside Drive y cogía el autobús número 4 hasta la
oficina. Un piso alquilado en un edificio de cuatro plantas de la calle Sesenta
y nueve Este servía de almacén para los fondos de Ex Libris, y sus dos
habitaciones estaban atestadas de miles de libros, revistas y grabados.
Amontonados sobre las mesas, encajados en estanterías, apilados en armarios,
aquellos objetos preciosos ocupaban todo el espacio de la casa. Todas las
tardes pasaba allí cuatro o cinco horas, y era un poco como trabajar en un
museo, un pequeño santuario de la avant-garde.
Arthur trabajaba en
una habitación y yo en otra, delante de una mesa donde repasábamos los
artículos en venta y preparábamos las meticulosas entradas de los catálogos en
fichas de trece por dieciocho centímetros. Todo lo relacionado con el francés y
el inglés era para mí; Arthur se ocupaba de los documentos ale manes y rusos.
La tipografía, el diseño y la arquitectura eran su especialidad; yo me
encargaba de todo lo literario. El trabajo se realizaba con una precisión un
tanto anticuada (medir los libros, examinarlos en busca de imperfecciones,
detallar la procedencia si era necesario), pero resultaba emocionante manipular
la mayoría de los objetos, y Arthur me daba carta blanca para expresar mi
opinión sobre ellos, e incluso para inyectar una pequeña dosis de humor si me
daba por ahí. Unos ejemplos del segundo catálogo darán una idea de lo que
suponía el trabajo:
233.
DUCHAMP, M., y
HALBERSTADT, V. L’opposition et les cases conjuguées sont réconciliées
par M. Duchamp et V. Halberstadt. Éditions de l’Echiquier,
Saint-Germain-en-Laye y Bruselas, 1932. Texto paralelo en alemán e inglés
en las páginas de la izquierda. 112 pp. de doble numeración, con 2
ilustraciones en color. 9 5/8 × 11’’. Tapas de papel impreso.
El famoso libro sobre
ajedrez escrito y confeccionado por Duchamp (Schwarz, p. 589). Aunque se trata
de un texto serio, dedicado a un problema real de ajedrez, es tan confuso que
prácticamente resulta inútil. Schwarz cita las siguientes palabras de Duchamp:
«Los finales de partida en torno a los cuales gira este hecho carecen en
absoluto de interés para cualquier jugador de ajedrez; y ése es su aspecto más
curioso. Sólo tres o cuatro personas en el mundo se interesan en él, y son
ellas quienes han proseguido las mismas líneas de investigación que Halberstadt
y yo, ya que escribimos el libro juntos. Los campeones de ajedrez jamás leen
este libro, pues el problema que plantea no se presenta realmente más que una
sola vez en la vida. Son posibles problemas de finales de partida, pero tan
raros que casi resultan utópicos» (p. 63).
$ 1000,00
394.
(STEIN, GERTRUDE).
Testimonio: contra Gertrude Stein. Textos de Georges Braque, Eugène Jolas,
Maria Jolas, Henri Matisse, André Salmon, Tristan Tzara. Servire Press, La
Haya, febrero de 1935. (Transition, cuaderno n.º 1; suplemento de Transition
1934-1935; n.º 23). 16 pp. 5 11/16 × 8 7/8’’. Tapas de papel impreso. Grapado.
En vista del gran
interés que Stein vuelve a suscitar en los años setenta, es innegable el valor
permanente de este cuadernillo. Sirve de antídoto a la autocomplacencia
literaria y, en sí mismo, es un documento importante de la historia literaria y
artística. A causa de los errores y distorsiones de los hechos presenta dos en
la Autobiografía de Alice B. Toklas, Transition organizó este foro con objeto
de que algunos de los personajes mencionados en el libro de Miss Stein tuvieran
la oportunidad de desmentir el retrato que de ellos se hacía. El veredicto
parece unánime. Matisse: «En resumen, es como un traje de arlequín cuyas
diversas piezas, más o menos de su propia invención, se hubiesen cosido sin
gusto alguno y sin relación con la realidad». Eugène Jolas: «La Autobiografía
de Alice B. Toklas, con los oropeles de su bohemia vacía y sus deformaciones
egocéntricas, bien puede un día convertirse en el símbolo de la decadencia que
se cierne sobre la literatura contemporánea».
Braque: «La señorita
Stein no entendía nada de lo que pasaba a su alrededor». Tzara: «Bajo el estilo
“infantil”, bastante agradable cuando se trata de sonreír tontamente en los
intersticios de la envidia, es fácil discernir un espíritu tan realmente
grosero, tan habituado a los artificios de la más baja prostitución literaria,
que no me parece necesario insistir en la existencia de un caso clínico de
megalomanía». Salmon: «¡Y qué confusión! ¡Qué incomprensión de la época!
Afortunadamente, hay otros que la han descrito mejor». Por último, la
colaboración de Maria Jolas es particularmente notable por su descripción
detallada de los primeros tiempos de Transition. En la época, este cuadernillo
no se vendía aparte.
$ 95.00
437.
GAUGUIN, PAUL. Noa
Noa. Voyage de Tahiti. Les Éditions G. Crès & Cie. París, 1924. 154
pp., ilustrado con 22 grabados en boj a imitación de Paul Gauguin de Daniel de
Monfreid. 5 3/4 × 7 15/16’’. Tapas de papel ilustrado sobre papel.
Se trata de la primera
edición definitiva, que incluye poemas y textos introductorios de Charles
Morice. Relato de los dos primeros años de Gauguin en Tahití, es notable no
sólo por sus significativas revelaciones biográficas, sino también por su
intuitivo enfoque antropológico de una cultura extraña. Gauguin sigue la
elocuente máxima de Baudelaire: «Di tes, qu’avez vous vu?», y el resultado es
un milagro de visión: un francés, en el punto álgido del colonialismo europeo,
que viaja a un «país subdesarrollado» no para conquistar ni convertir, sino
para aprender. Esa experiencia es el acontecimiento central de la vida de
Gauguin, como artista y como hombre a la vez. También: Noa Noa, traducido al
inglés por O. F. Theis. Nicholas L. Brown, Nueva York, 1920.
(Quinta edición; primera edición en 1919). 148 pp. + 10 reproducciones de
Gauguin. 5 5/16 × 7 13/16. Papel y tela sobre cartón. (Algunos remiendos
menores en la edición francesa; lomo de las ediciones francesa e inglesa
ligeramente deshilachado).
$ 65.00
509.
RAY, MAN.
Mr. and Mrs. Woodman. Édition
Unida, s. l. de ed., 1970. Páginas sin numeración; con 27 fotografías
originales y un grabado firmado y numerado por Man Ray. 10 1/2 × 11 7/8’’.
Encuadernado en piel, páginas de papel grueso con canto dorado; estuche de piel
jaspeado.
Una de las más
extrañas entre las muchas obras extrañas de Man Ray. Mr. y Mrs. Woodman son dos
figuras de madera, casi marionetas, construidas por Man Ray en Hollywood en
1947, y el libro, compuesto en 1970, consiste en una serie de montajes fotográficos
de esos personajes ingeniosos, sorprendentemente vivos, en algunas de las
posturas eróticas más contorsionadas que pueda imaginarse. En cierto sentido,
este libro podría describirse mejor como una guía sexual para personajes de
madera. De una edición de sólo 50 ejemplares, éste es el número 31, firmado por
Man Ray. Todas las fotografías son originales del artista y llevan su marca.
Hay un grabado original intercalado, numerado y firmado, realizado por Man Ray
especialmente para esta edición.
$ 2100,00
Arthur y yo nos
llevábamos bien, sin tensiones ni conflictos, y trabajábamos juntos en un
ambiente amistoso y tranquilo. Si yo hubiese sido diferente, habría seguido
durante años en aquel empleo, pero en vista de que no lo era, al cabo de unos
meses empecé a aburrirme e impacientarme. Me gustaba hojear los textos sobre
los que tenía que escribir, pero no tenía mentalidad de coleccionista y no
llegaba a sentir el adecuado respeto o veneración por las cosas que vendíamos.
Cuando uno se dispone a escribir sobre el catálogo que Marcel Duchamp concibió
para la exposición surrealista de 1947 en París, por ejemplo —el que tiene una
teta de goma en la portada, el famoso postizo acompañado de la advertencia
Prière de toucher («Se ruega tocar»)— y se lo encuentra protegido con varias
capas de papel burbuja que, a su vez, están en vueltas en grueso papel marrón
que, a su vez, se ha metido en una bolsa de plástico, no puede menos que
detenerse un instante y preguntarse si no está perdiendo el tiempo. Prière de
toucher. El imperativo de Duchamp juega claramente con los letreros que hay por
toda Francia: Prière de ne pas toucher («Se ruega no tocar»). Invierte la
prohibición y nos invita a acariciar el objeto que ha creado. ¿Y qué mejor
objeto que ese pecho esponjoso, de formas perfectas? No lo veneréis, afirma, no
lo toméis en serio, no adoréis esa frívola actividad que llamamos arte.
Veintisiete años después, la advertencia se invierte de nuevo. El pecho desnudo
se ha cubierto. El objeto que debía tocarse se ha hecho intocable. La broma se
ha transformado en una transacción sumamente seria, y el dinero tiene una vez
más la última palabra.
Esto no es para
criticar a Arthur. Nadie amaba esos objetos más que él, y si los catálogos que
enviábamos por correo a nuestros posibles clientes eran vehículos comerciales,
también eran obras de erudición, documentos rigurosos en sí mismos. La
diferencia entre los dos no consistía en que yo comprendiese las cosas mejor
que él (si acaso, todo lo contrario), sino que él era un hombre de negocios y
yo no, lo que explicaba que él fuera el jefe y yo sólo ganase unos miserables
dólares a la hora. Arthur disfrutaba sacando algún beneficio, le gustaba el
ajetreo de llevar bien la empresa para que tuviera éxito, y aunque también era
una persona muy culta y refinada, un auténtico intelectual que vivía en y para
el mundo de las ideas, no podía negarse el hecho de que era un empresario
astuto. Al parecer, la vida del espíritu no era incompatible con la búsqueda
del dinero. Yo me conocía bastante bien para saber que eso era imposible para
mí, pero entonces veía que sí era posible para otros. Algunas personas no
tenían que elegir. No necesitaban dividir el mundo en dos campos separados.
Podían vivir perfectamente en los dos lados al mismo tiempo.
Unas semanas después
de que empezara a trabajar con él, Arthur me recomendó a un amigo suyo que
buscaba a alguien para que le hiciese un trabajo de corta duración. Arthur
sabía que me vendría bien ganar algo más de dinero, y menciono ese pequeño
favor como ejemplo de lo bien que se portó conmigo. El hecho de que tal amigo
resultara ser Jerzy Kosinski y de que el trabajo consistiese en corregir el
manuscrito de su último libro, hace que valga la pena extenderse un poco sobre
este episodio. Una intensa controversia rodea a Kosinski desde hace unos años,
y como en gran parte emana de la novela en la que yo trabajé (Cockpit), creo que
debería añadir mi testimonio a los demás. Tal como Arthur me explicó, el
trabajo consistía simplemente en examinar el manuscrito para asegurarse de que
el inglés era correcto. Como el inglés no era la lengua materna de Kosinski, me
pareció muy lógico que quisiera comprobar el libro antes de entregarlo al
editor. Lo que no sabía era que otros habían trabajado en el manuscrito antes
que yo; tres o cuatro, depende de la versión que se tenga. Kosinski nunca me
habló de esa ayuda anterior, pero los problemas que el libro siguiera teniendo
no se debían a que el inglés no sonase bien. Sus defectos eran más
fundamentales, y estaban más relacionados con el libro en sí que con la forma
de narrar la historia. Corregí unas cuantas frases aquí, cambié unas palabras
allá, pero cuando me entregaron el manuscrito, la no vela estaba prácticamente
terminada. Si me hubieran dejado, habría podido acabar en un par de días, pero
como Kosinski no consentía que el manuscrito saliese de su casa, tuve que ir a
trabajar a su piso de la calle Cincuenta y siete Oeste, y como andaba constante
mente a mi alrededor, interrumpiéndome cada veinte minutos con historias,
anécdotas y su charla nerviosa, el trabajo se prolongó durante siete días. No
sé por qué, pero Kosinski parecía tremendamente deseoso de impresionarme, y lo
cierto es que lo consiguió. Era tan profundamente excitable, se comportaba de
forma tan rara y maniática, que no pude permanecer indiferente. Lo que hacía
aquellas interrupciones doble mente extrañas e intrigantes era que casi todas
las historias que me contaba aparecían en su novela, en el libro cuyas páginas
estaban abiertas delante de mí cuando él aparecía en la habitación. Cómo se le
había ocurrido la idea genial que le permitió escapar de Polonia, por ejemplo.
O cómo merodeaba por Times Square a las dos de la madrugada disfrazado de poli
secreto puertorriqueño. O cómo se presentaba de cuando en cuando en
restaurantes caros vestido con un uniforme militar de pacotilla (confeccionado
por su sastre y sin indicar rango, país ni cuerpo definido), y gracias a la
prestancia que le daba el uniforme, cubierto de incontables medallas y
estrellas, el maître le daba la mejor mesa: sin reserva, sin propina, sin una
mirada siquiera. El libro era presuntamente una obra de ficción, pero cuando
Kosinski me contaba esas historias las presentaba como hechos, acontecimientos
reales de su vida. ¿Podía distinguirlos? No estoy seguro ni me atrevo a
adivinarlo, pero si tuviera que dar una respuesta diría que sí. Me parecía
demasiado inteligente, con una conciencia de sí mismo y de la impresión que
causaba en los demás demasiado aguda para no disfrutar de la confusión que
creaba. El tema común de las historias era la impostura, después de todo, el
placer de tomar el pelo a la gente, y por el modo en que se reía al contarlas
—como si experimentase una maligna satisfacción, como si gozase de su propio
cinismo— me daba la impresión de que sólo es taba jugando conmigo, colmándome
de halagos para probar los límites de mi credulidad. Quizá sí. Y quizá no. Lo
único de lo que estoy seguro es que Kosinski era un hombre de una complejidad
laberíntica. Cuando empezaron a circular rumores sobre él a mediados de los
años ochenta y en las revistas aparecían artículos con acusaciones de plagio,
de utilizar a negros para escribir sus libros y de falsas afirmaciones con
respecto a su pasado, no me extrañó. Años después, cuando se suicidó
asfixiándose con una bolsa de plástico, me sorprendí. Murió en el mismo piso
donde había trabajado con él en 1974, en el mismo cuarto de baño donde me había
lavado las manos y utilizado el retrete. Sólo tengo que cerrar los ojos un
momento, y vuelvo a verlo todo.
Aparte de eso, los
meses pasaron tranquilamente en Ex Libris. No ocurrió nada extraordinario, y
como el grueso del negocio se realizaba por correo, raro era el día que alguien
venía al piso a molestarnos mientras trabajábamos. Una tarde, sin embargo, a
última hora, cuando Arthur había salido a un recado, John Lennon llamó a la
puerta.
—Hola —me saludó,
tendiéndome la mano—. Soy John.
—Hola —contesté,
dándole un buen apretón de manos—. Soy Paul.
Quería ver las
fotografías de Man Ray. Mientras las buscaba en uno de los armarios, Lennon se
detuvo frente a un cuadro de Robert Motherwell colgado en la pared junto al
escritorio de Arthur. La pintura no era gran cosa —unas líneas rectas y negras
sobre un amplio fondo anaranjado—, y tras examinarla durante unos momentos se
volvió hacia mí y comentó:
—Se diría que le ha
costado mucho trabajo, ¿eh?
Con todas las
mojigaterías que imperaban en el mundo del arte, me pareció un alivio oír algo
así.
Arthur y yo nos
separamos en los mejores términos, sin rencores por ninguna de las partes.
Antes de despedirme me había ocupado de encontrar un sustituto, y eso hizo mi
marcha relativamente fácil y sencilla. Nos mantuvimos en contacto durante algún
tiempo, llamándonos de vez en cuando para comunicarnos las últimas noticias,
pero acabamos distanciándonos, y cuando Arthur murió de leucemia hace unos
años, ni siquiera me acordaba de la última vez que había hablado con él. Luego
vino el suicidio de Kosinski. Añadamos a eso el asesinato de John Lennon más de
una década antes, y casi todas las personas que conocí en los meses pasados en
aquella oficina han desaparecido. Incluso el amigo de Arthur, Robert
Motherwell, el espléndido artista autor de la mala pintura que suscitó el
comentario de Lennon, ya no está entre nosotros. Llegados a cierto momento de
la vida, descubrimos que nuestros días transcurren tanto en compañía de los
muertos como de los vivos.
Los dos años
siguientes fueron una época de in tensa actividad. Entre marzo de 1975, cuando
dejé de trabajar en Ex Libris, y junio de 1977, cuando nació mi hijo, saqué a
la luz otros dos libros de poemas, escribí varias obras en un acto, publiqué
quince o veinte artículos de crítica y traduje media docena de libros con mi
mujer, Lydia Davis. Las traducciones eran nuestra principal fuente de ingresos,
y trabajábamos juntos, en equipo, a tantos dólares por mil palabras y aceptando
todos los trabajos que nos ofrecían. Salvo una obra de Sartre
(Situaciones 10, una recopilación de ensayos y entrevistas), los libros
que nos pasaban los editores eran aburridos, obras triviales cuya calidad
oscilaba entre lo regular y lo francamente malo. Los honorarios también dejaban
que desear, y aun cuando nuestras tarifas iban aumentando de un libro a otro,
si lo calculamos con arreglo a hora trabajada, apenas salíamos a unos céntimos
por encima o por debajo del salario mínimo. La clave consistía en trabajar
rápido, dar vueltas a la manivela de las traducciones lo más deprisa que
podíamos sin parar nunca a tomarnos un respiro. Seguro que hay maneras más
alentadoras de ganarse la vida, pero Lydia y yo nos dedicábamos a la tarea con
mucha disciplina. Cuando una editorial nos entregaba un libro, lo dividíamos en
dos (partiendo literalmente el libro por la mitad si sólo disponíamos de un
ejemplar), y nos fijábamos un cupo diario. Nada podía desviarnos de esa
cantidad. Había que hacer tantas páginas diarias, todos los días, y estuviéramos
o no de humor, nos poníamos a hacerlas y las hacíamos. Hacer hamburguesas
habría sido igual de lucrativo, pero al menos éramos libres, o creíamos serlo,
y nunca lamenté haber dejado el empleo. Para bien o para mal, así era como
había decidido vivir. Entre ganarme la vida traduciendo y escribir para mí, en
aquellos años raro fue el momento en que no estaba sentado a la mesa, poniendo
palabras en una hoja de papel.
No escribía críticas
por dinero, pero me pagaban la mayoría de los artículos que publicaba y, hasta
cierto punto, eso me ayudaba a redondear los ingresos. Sin embargo, ir tirando
costaba trabajo, y cada final de mes nos encontrábamos a un breve paso de la
verdadera pobreza. Entonces, en el otoño de 1975, después de medio año de aquel
pasar à deux por la cuerda floja, mi suerte cambió. La Fundación Ingram Merrill
me concedió una beca de cinco mil dólares, y duran te un tiempo la tensión
disminuyó. Era un dinero tan inesperado, de tan enormes repercusiones, que fue
como si un ángel hubiese bajado del cielo para darme un beso en la frente.
El mayor responsable
de aquel golpe de suerte era John Bernard Myers. No me dio el dinero de su
bolsillo, pero él fue quien me habló de la fundación y me animó a solicitar la
beca. El verdadero benefactor, por supuesto, era el poeta James Merrill. De la
manera más callada, con la mayor discreción posible, llevaba años compartiendo
la riqueza de su familia con otros escritores y artistas, ocultándose tras su
segundo nombre a fin de no llamar la atención sobre su pasmosa generosidad. Un
comité se reunía cada seis meses para examinar las nuevas solicitudes y
conceder las becas. John era el secretario de ese comité, y aunque no
participaba en la elección de los beneficiarios, asistía a las reuniones y
conocía la mentalidad de sus componentes. No era seguro, advirtió, pero opinaba
que se inclinarían a apoyar mi trabajo. Así que recopilé una muestra de mis
poemas y se la envié. En la siguiente reunión semestral, la intuición de John
se materializó.
No creo que haya conocido
nunca a una persona más divertida ni efusiva que John. La primera vez que lo
vi, a finales de 1974, llevaba treinta años participando activamente en la
escena neoyorquina, y había adquirido fama sobre todo como director de la
galería Tibor de Nagy en los años cincuenta, pero también como fundador del
Artists Theatre, redactor jefe de diversas revistas literarias de vida efímera
y como di rector teatral y versátil defensor de jóvenes talentos. John fue el
primero en montar exposiciones importantes de artistas como Red Grooms, Larry
Rivers, Helen Frankenthaler y Fairfield Porter, y publicó las primeras obras de
Frank O’Hara, John Ashbery y otros poetas de la escuela de Nueva York. Los
dramas que producía eran colaboraciones de muchos de esos poetas y pintores:
O’Hara y Rivers, por ejemplo, o James Schuyler y Elaine de Kooning, uno
escribiendo el texto y otra creando los decorados. El Artists Theatre no hacía
muchos ingresos de taquilla, pero John y su socio lo mantuvieron en marcha
durante años y, en una época en que el Off-Broadway estaba aún por nacer, era
prácticamente el único teatro experimental que había en Nueva York. Lo que
distinguía a John de los demás marchantes, editores y productores que he
conocido, es que no lo hacía por dinero. A decir verdad, quizá no fuese un gran
hombre de negocios, pero tenía una auténtica pasión por el arte en todas sus
formas, principios rigurosos, espíritu abierto y verdadera ansia de obras
diferentes, provocadoras, nuevas. Con sus casi dos metros de estatura, por su aspecto
físico a veces me recordaba a John Wayne. Este John, sin embargo, que era
orgullosa y abiertamente homosexual, que se mofaba alegremente de sí mismo con
toda clase de gestos remilgados y posturas extravagantes, que disfrutaba con
bromas disparatadas y canciones ridículas y todo un repertorio de humor
infantil, no tenía nada que ver con el otro John. Lo contrario del tipo duro,
este John era todo entusiasmo y buena voluntad, un hombre que dedicó su vida a
las cosas bellas, que siempre iba con el corazón en la mano.
Cuando lo conocí,
acababa de lanzar una revista —«de palabras e imágenes»— titulada Parenthèse.
No recuerdo quién sugirió que le enviase mi obra, pero lo hice, y desde
entonces John procuró incluir algo mío en casi todos los números. Después,
cuando dejó la revista y se puso a publicar libros, la primera obra de su
catálogo fue una recopilación de mis poemas. La fe de John en mi obra era
absoluta, y me apoyó en una época en que poca gente conocía siquiera mi
existencia. En las notas finales del número 4 de Parenthèse, por ejemplo,
enterrado entre la árida exposición de las anteriores realizaciones de los
colaboradores, incluyó un comentario en el que declaraba que «Paul Auster ha
causado gran revuelo en el mundo literario con su lúcido análisis de la obra de
Laura Riding Jackson, con sus artículos sobre pintura francesa y con su
poesía». Poco importaba que esa declaración no fuese cierta, que John fuese el
único que me prestara atención. Me apoyaba alguien, y en aquellos primeros días
de lucha e incertidumbre, de no producir impresión alguna, aquel estímulo tenía
mucha importancia. John fue la primera persona que tomó postura en mi favor, y
nunca he dejado de agradecérselo.
Cuando llegó el dinero
de la beca, Lydia y yo nos pusimos de nuevo en marcha. Subarrendamos el
apartamento y nos marchamos a Quebec, a los montes laurentinos, alojándonos en
casa de un amigo pintor durante un par de meses mientras él estaba fuera, luego
regresamos unas semanas a Nueva York y volvimos a hacer enseguida las maletas
para cruzar el país en tren hasta San Francisco. Finalmente nos instalamos en
Berkeley, donde alquilamos un apartamento de una habitación con una pequeña
cocina no lejos de la universidad, y allí vivimos seis meses. Nuestra situación
no era tan próspera como para dejar de traducir, pero ahora el ritmo era menos
frenético, y eso me permitía pasar más tiempo trabajando en lo mío. Seguí
escribiendo poemas, pero también empezaron a manifestarse nuevos impulsos e
ideas, y no tardé mucho en escribir una obra de teatro. Detrás de ésa vino
otra, que a su vez fue seguida de otra, y cuando volví a Nueva York, en otoño,
se las enseñé a John. No sabía qué pensar de lo que había escrito. Las obras
habían surgido de improviso, y producían una sensación completamente distinta
de lo que había hecho hasta entonces. Cuando John me dijo que le gustaban,
pensé que quizá había dado un paso en la buena dirección. Nada estaba más lejos
de mis propósitos que sacarles algún beneficio práctico. No había pensado en
ponerlas en escena, ni en publicarlas. En lo que a mí respectaba, apenas eran
sino modestos ejercicios minimalistas, una primera tentativa de algo que podría
convertirse o no en realidad. Cuando John anunció su deseo de montar la obra
más extensa, me pilló completamente por sorpresa.
A nadie puede
achacarse la culpa de lo que pasó. John se dedicó inmediatamente a ello con su
energía y entusiasmo habituales, pero las cosas empezaron a ir mal y, al cabo
de un tiempo, tuvimos la impresión de que en vez de montar una obra
intentábamos demostrar la inexorable fuerza de la ley de Murphy. Encontramos un
director y tres actores, y poco después se organizó una lectura para ver si
conseguíamos financiación para el montaje. Ése era el plan, en cualquier caso.
El hecho de que los actores fuesen jóvenes e inexpertos, incapaces de decir sus
diálogos con convicción o verdadero sentimiento, no ayudó mucho, pero lo peor
fue el público que asistió a la audición. John había invitado a una docena de
sus más acaudalados amigos coleccionistas de arte, y ninguno de aquellos
posibles patrocinadores contaba menos de sesenta años ni tenía el más mínimo
interés por el teatro. Pensaba seducirlos con la obra, subyugarles el corazón y
el espíritu con tal fuerza que no tuviesen más remedio que meterse la mano en
el bolsillo y sacar el talonario. El acontecimiento se celebraba en un lujoso
piso del Upper West Side, y mi tarea consistía en cautivar a aquellos ricos
mecenas, sonreír y charlar para convencerles de que apostaban su dinero al
caballo ganador. El problema era que yo no tenía dotes para la sonrisa ni el
parloteo. Llegué en un estado de extrema tensión, enfermo de nervios, y
rápidamente me eché dos whiskies al coleto para deshacer el nudo que tenía en
el estómago. El alcohol me hizo justa mente el efecto contrario, y cuando
empezó la lectura ya tenía un dolor de cabeza tremendo, apabullante, que me
comprimía el cerebro y que fue haciéndose cada vez más intolerable a medida que
pasaba la tarde. La obra siguió avanzando a trompicones, y de principio a fin
aquella gente adinerada permaneció en silencio, completamente indiferente.
Diálogos que a mí me parecían divertidos a ellos no les producían la menor
risita. Les aburrían los chistes, no les conmovía el patetismo, todo los dejaba
perplejos. Al final, tras un aplauso sombrío, mecánico, sólo podía pensar en
cómo salir de allí. La cabeza me estallaba de dolor. Me sentía herido y
humillado, incapaz de hablar, pero no podía abandonar a John, y por eso durante
media hora escuché cómo comentaba la obra a sus desconcertados amigos, haciendo
esfuerzos por no caer desvanecido sobre la moqueta. John mantenía gallarda
mente el tipo, pero cada vez que se volvía a pedirme ayuda, yo sólo lograba
mirarme fijamente los zapatos y farfullar una observación breve e
ininteligible. Finalmente, de buenas a primeras, murmuré una débil excusa y me
marché.
Cualquier otro se
habría rendido tras una derrota así, pero John permaneció impávido. Ni un
céntimo a nuestro favor salió de aquella tarde horrenda, pero él siguió
adelante y empezó a improvisar un nuevo plan, desechando su sueño de gloria
teatral por un enfoque más modesto y practicable. Si no podíamos disponer de un
teatro de verdad, argumentó, tendríamos que conformarnos con otra cosa. La obra
era lo único que importaba, y aunque su existencia se limitase a una sola
representación, únicamente por invitación se pondría en escena. Si no lo
hacíamos por mí, declaró, ni tampoco por él, al menos por su amigo Herbert
Machiz, que había muerto aquel verano. Herbert había dirigido las representaciones
del antiguo Artists Theatre, y como durante veinticinco años había sido su
compañero, John estaba resuelto a revivir el Theatre en su memoria; aunque sólo
fuese por una noche.
Un restaurador que
tenía un taller en la calle Sesenta y nueve Oeste ofreció a John su local.
Resultó que estaba al lado de la oficina de Ex Libris —coincidencia curiosa,
aunque menor—, pero más interesante aún era que, en su anterior encarnación, la
antigua cochera donde ahora trabajaba el amigo de John había sido el estudio de
Mark Rothko. Allí era donde se había suicidado el pintor en 1970, y ahora,
menos de siete años después, mi obra iba a representarse en el mismo local. No
quisiera mostrarme excesivamente supersticioso, pero teniendo en cuenta la
forma en que salieron las cosas, me parece que estábamos malditos, que por
mucho que hiciéramos o no hiciéramos, el proyecto estaba condenado al fracaso.
Empezaron los
preparativos. El director y los tres actores trabajaron mucho, y poco a poco su
actuación fue mejorando. No me atrevería a afirmar que era buena, pero al menos
ya no daba vergüenza. Uno de los actores destacaba de los demás, y a medida que
se sucedían los ensayos iba poniendo en él mis esperanzas, rogando que su
inventiva y su audacia llevaran la representación a un nivel medianamente
aceptable. Se fijó una fecha de principios de marzo para la representación, se
enviaron las invitaciones y se dispuso lo necesario para que llevaran ciento
cincuenta sillas plegables a la cochera. No debí confiarme, pero lo cierto es
que empecé a sentirme optimista. Entonces, justo unos días antes de la gran
noche, el buen actor pilló una neumonía y, como no teníamos suplentes (¿cómo
podríamos tenerlos?), no había más remedio que sus pender la representación. El
actor, sin embargo, que llevaba semanas dedicando tiempo y esfuerzos a los
ensayos, no estaba dispuesto a rendirse. Pe se a una fiebre alta y a que tosía
sangre unas horas antes del comienzo anunciado de la obra, salió a rastras de
la cama, se atiborró de antibióticos y apareció tambalean te a la hora
señalada. Fue un gesto de lo más noble, la actitud heroica de un luchador nato,
y me quedé impresionado por su valor —no, más que impresionado, lleno de
admiración—, pero la triste verdad era que no se encontraba en condiciones de
hacerlo. Todo lo que brillaba en los ensayos perdió la chispa. La
representación salía insulsa, desentonada y, una tras otra, las es cenas se
echaban a perder. De pie al fondo de la sala, yo miraba, incapaz de hacer nada.
Veía morir mi pequeña obra delante de ciento cincuenta personas, y no podía
mover ni un puñetero dedo para impedirlo.
Antes de olvidar toda
la lamentable experiencia, me puse a rehacer la obra. La actuación sólo había
sido una parte del problema, y no estaba dispuesto a que el director y los actores
cargaran con la responsabilidad de lo ocurrido. La obra era demasiado larga,
según comprendí, con demasiadas digresiones, muy difusa, y para corregirla era
precisa una cirugía radical. Empecé a podar y recortar, suprimiendo todo lo que
me parecía débil o superfluo y, cuando hube terminado, sólo quedaba media obra,
un personaje había desaparecido y el título había cambiado. Pasé a máquina la
nueva versión, ahora titulada Laurel y Hardy van al cielo, la metí en una
carpeta junto con las otras dos obras que había escrito (Apagones y Escondite)
y guardé la carpeta en un cajón de mi mesa. Mi intención era dejarla allí y
nunca volver a mirar dentro del cajón.
Tres meses después del
fracaso de la obra, nació mi hijo. Presenciar la venida al mundo de Daniel fue
un momento de suprema felicidad para mí, un acontecimiento de tal magnitud que
en el momento en que rompí a llorar a la vista de su cuerpecito y lo cogí en
brazos, hasta me pareció que el mundo había cambiado, que yo acababa de pasar
de un estado a otro de la vida. La paternidad era la línea divisoria, el gran
muro que separaba la juventud de la edad adulta, y ya me encontraba para
siempre al otro lado.
Me alegraba estar
allí. Emocional, espiritual e incluso físicamente no quería estar en ningún
otro sitio, y me sentía completamente dispuesto a hacerme cargo de las
responsabilidades de vivir en él. Desde el punto de vista económico, sin
embargo, no estaba mínimamente preparado para nada. Para pasar al otro lado del
muro hay que pagar peaje, y cuando llegué al otro lado llevaba los bolsillos
casi vacíos. Lydia y yo ya nos habíamos marchado entonces de Nueva York para
instalarnos en una casa cerca del Hudson, a dos horas de la ciudad, y allí fue
donde los malos tiempos cayeron finalmente sobre nosotros. La tormenta duró
dieciocho meses, y cuando el viento se calmó lo suficiente para salir a rastras
del agujero y comprobar los daños, vi que todo había desaparecido. El paisaje
había quedado arrasado.
Salir de la ciudad fue
el primero de una larga serie de errores. Creíamos que en el campo la vida
sería más barata, pero en realidad no era así. Los gastos de coche, calefacción
y mantenimiento de la casa, más los honorarios del pediatra, devoraban las
pocas ven tajas que pensábamos haber sacado, y pronto tuvimos que trabajar
tanto, sólo para llegar a fin de mes, que no quedaba tiempo para nada más.
Antes siempre me las había arreglado para reservarme unas horas todos los días
y dedicarme a los poemas y a lo que estuviera escribiendo, después de pasarme
la primera parte de la jornada trabajando para ganarme la vida. Ahora, a medida
que necesitábamos más dinero, disponía de menos tiempo para mi trabajo
personal. Empecé dejando escapar un día, luego dos, después una semana, y al
cabo de un tiempo perdí mi ritmo de escritor. Cuando logré encontrar un poco de
tiempo para mí, estaba demasiado tenso para escribir bien. Pasaron los meses, y
cada hoja de papel que tocaba con la pluma acababa en la papelera.
A finales de 1977 me
sentí atrapado, desesperado por encontrar una solución. Me había pasado la vida
eludiendo el tema del dinero y ahora, de repente, no podía pensar en otra cosa.
Soñaba con milagrosos vuelcos de la fortuna, millones de la lotería que caían
del cielo, indignos planes para hacerse rico de la no che a la mañana. Incluso
los anuncios de las cajas de cerillas empezaban a fascinarme. «Gane dinero
criando gusanos en el sótano». Como entonces vivía en una casa con sótano, no
es descabellado pensar que me sintiera tentado. Mi antigua manera de hacer las
cosas había conducido al desastre, y había llegado el momento de probar ideas
nuevas, un nuevo modo de abordar el dilema que me perseguía desde el principio:
cómo conciliar las necesidades físicas y espirituales. Los términos de la
ecuación seguían siendo los mismos: tiempo por un lado, dinero por el otro.
Había apostado por mi capacidad de administrar ambas cosas, pero tras años de
esfuerzos por alimentar primero una boca, luego dos y después tres, había
acabado perdiendo. No era difícil comprender por qué. Me había empeñado
demasiado en conseguir tiempo, y no lo suficiente en ganar dinero, con el
resultado de que ahora no tenía ni una cosa ni otra.
A primeros de
diciembre, un amigo vino de la ciudad a pasar unos días con nosotros. Nos
conocíamos desde la universidad, y él también luchaba por ser escritor; otro
licenciado de Columbia que no tenía donde caerse muerto. Si acaso, su situación
era aún más apurada que la mía. Apenas había publicado algo, y se ganaba la
vida saltando de un miserable empleo temporal a otro, viajando sin objeto por
el país como un vagabundo en busca de aventuras extrañas. Acababa de recalar
otra vez en Nueva York, donde trabajaba en una juguetería de Manhattan, en esa
brigada de auxiliares que contratan para estar detrás de los mostradores durante
las compras de Navidad. Lo recogí en la estación y, durante la media hora de
trayecto hasta casa, hablamos sobre todo de juguetes y de juegos, de lo que
vendía en la tienda. Por motivos que aún me tienen perplejo, esa conversación
removió una piedrecita que se me había atascado en alguna parte del
subconsciente, una obstrucción que cubría un di minuto agujero de mi memoria, y
ahora que podía mirar de nuevo por aquel agujero encontré algo que había estado
perdido durante casi veinte años. Cuando tenía diez o doce años, había
inventado un juego. Con una baraja corriente de cincuenta y dos cartas, me
senté una tarde en la cama e imaginé una forma de jugar al béisbol con ellas.
Ahora, mientras hablaba en el coche con mi amigo, aquel juego regresó de pronto
a la memoria. Lo recordaba todo: los principios básicos, las reglas, hasta el
último detalle de todo el tinglado.
En circunstancias
normales, probablemente habría vuelto a olvidarlo todo. Pero estaba
desesperado, me encontraba con la espalda contra la pared y era consciente de
que si no hacía algo pronto, el pelotón de ejecución me acribillaría a balazos.
Un golpe de suerte era lo único que podía sacarme del atolladero. Si lograba
hacerme con un buen montón de dinero, la pesadilla desaparecería en el acto.
Podría sobornar a los soldados, salir del patio de la prisión y volver a casa
para escribir de nuevo. Si traducir libros y escribir artículos en las revistas
ya no era suficiente, debía, por mí y por mi familia, probar otra cosa. Bueno,
la gen te compraba juegos, ¿no? ¿Y si perfeccionaba mi viejo juego de béisbol
hasta hacerlo bueno, verdaderamente bueno, y conseguía venderlo? A lo mejor
tenía suerte y encontraba mi saquito de oro, después de todo.
Ahora casi parece una
broma, pero me lo tomé muy en serio. Sabía que mis posibilidades eran casi
nulas, pero una vez que me asaltó la idea, no pude quitármela de la cabeza.
Cosas más demenciales habían pasado, me decía, y si no estaba dispuesto a de
dicar un poco de tiempo y esfuerzo a intentarlo, ¿qué clase de mequetrefe
estaba hecho?
El juego de mi
infancia se organizaba en torno a algunas operaciones simples. El lanzador
descubría cartas: cada carta roja, del as al diez, era strike; cada carta
negra, del as al diez, era pelota. Si descubría una figura, significaba que el
bateador tenía que golpear la bola, con lo que descubría una carta. Del as al
nueve, era una eliminación. Cada eliminado correspondía al número de las
posiciones de los defensas: lanzador = as (1); receptor = 2; primera base = 3;
segunda base = 4; tercera base = 5; medio = 6; exterior izquierdo = 7; exterior
medio = 8; exterior derecho = 9. Si el bateador descubría un cinco, por
ejemplo, significaba que el eliminado era el tercera base, que se retiraba. Un
cinco negro indicaba bola a ras del suelo; un cinco rojo, una bola elevada
(rombo = curva; corazón = rápida). En cuanto a las pelotas golpeadas hacia el
campo exterior (7, 8, 9), el negro indicaba bola corta y el rojo bola larga. Si
se descubría un 10, se ganaba una simple. Una jota era una doble, una reina una
triple, y un rey un home run.
Era tosco pero
bastante efectivo, y aunque la distribución del tanteo era matemáticamente
falsa (tenía que haber habido más simples que dobles, más dobles que home runs,
y más home runs que triples), las partidas solían ser reñidas y apasionantes. Y
aún más, el resultado final se parecía al de los verdaderos partidos de béisbol
—3 a 2, 7 a 4, 8 a 0—, y no al de los partidos de fútbol o baloncesto. Los
principios básicos eran sólidos. Lo único que tenía que hacer era olvidarme de
las cartas corrientes y dibujar una baraja nueva. Eso me permitiría dar
corrección estadística al juego, añadir nuevos elementos de estrategia y
adopción de decisiones (toques amortiguados, robo de bases, sacrificios),
dándole a todo un grado más alto de sutileza y complejidad. El trabajo
consistía fundamentalmente en hacer bien los números y jugar con las
matemáticas, pero yo conocía bien los intríngulis del béisbol, y no tardé mucho
en encontrar las fórmulas adecuadas. Jugué partido tras partido, y al cabo de
dos semanas ya no había que hacer más ajustes. Entonces vino la parte aburrida.
Una vez concebidas las cartas (dos barajas de noventa y seis cartas cada una),
tuve que sentarme con cuatro rotuladores de punta fina (rojo, verde, negro y
azul) a dibujarlas a mano. No recuerdo cuántos días me llevó esa tarea, pero
cuando terminé, me pareció no haber hecho otra cosa en la vida. El dibujo no
era para ufanarse, pero como no tenía experiencia ni cualidades de dibujante,
era cosa de esperar. Procuraba encontrar una presentación clara y práctica,
algo que pudiera interpretarse sin confusiones, y teniendo en cuenta la
cantidad de in formación que debía concentrarse en cada carta, creo que logré
al menos eso. La estética y la elegancia vendrían luego. Si alguien mostraba
interés en fabricar el juego, podría confiarse la cuestión a un dibujante
profesional. De momento, después de muchas vacilaciones, di el título de
Béisbol en acción al juego nacido de mi imaginación infantil.
Una vez más, mi
padrastro vino al rescate. Resultó que tenía un amigo en una de las fábricas
más importantes de juguetes de Estados Unidos, y cuando le presenté el juego se
quedó impresionado y pensó que tenía verdaderas posibilidades de gustar. En
aquel momento yo seguía trabajando en las cartas, pero me animó a terminarlo
cuanto antes para presentarlo a la Feria de Juguetes de Nueva York, que iba a
celebrarse dentro de cinco o seis semanas. Yo no había oído hablar de ella
pero, según el decir general, era el acontecimiento anual más importante del
sector. Cada mes de febrero, empresas de todo el mundo se reunían en el Centro
del Juguete, en la esquina de la Quinta Avenida con la calle Veintitrés, para
exhibir sus productos de la temporada siguiente, tomar nota de lo que planeaba
la competencia y hacer proyectos para el futuro. Lo que la Feria de Frankfurt
es para los libros y el Festival de Cannes para el cine, la Feria del Juguete
de Nueva York es para los juguetes. El amigo de mi padrastro me lo arregló todo.
Hizo que incluyeran mi nombre en la lista de «inventores», lo que me dio
derecho a una acreditación y entrada libre, y luego, por si fuera poco, me
concertó una cita con el presidente de su empresa: a las nueve de la mañana del
primer día de la Feria.
Le agradecí la ayuda,
pero al mismo tiempo me sentía como quien acaba de reservar un vuelo para un
planeta desconocido. No tenía idea de lo que me esperaba, ni mapa del
territorio ni guía que me ayudara a entender los usos y costumbres de las
criaturas con quienes tendría que hablar. La única solución que se me ocurrió
fue llevar chaqueta y corbata. Sólo te nía una corbata, colgada en el armario
para casos de emergencia, como bodas y entierros. Ahora podía añadir a la lista
las entrevistas de negocios. Debía de tener un aspecto ridículo cuando entré
aquella mañana en el Centro del Juguete para recoger la acreditación. Llevaba
una cartera, pero dentro sólo iba el juego, metido en una caja de puros. Eso
era todo lo que tenía: el juego, junto con varias fotocopias de las reglas. Iba
a hablar con el presidente de una empresa multimillonaria, y ni siquiera tenía
tarjeta de visita.
Incluso a primera hora
de la mañana, el sitio estaba lleno de gente. Dondequiera que se mirase, había
interminables filas de casetas, mostradores engalanados con muñecas, títeres,
coches de bomberos, dinosaurios y extraterrestres. Todas las diversiones y
artefactos infantiles que puedan imaginarse se amontonaban en aquella nave, y
no había uno que no emitiese silbidos, crujidos, bocinazos, pitidos o rugidos.
Mientras me abría paso a través del estruendo, se me ocurrió que la cartera que
llevaba bajo el brazo era el único objeto silencioso del edificio. Los juegos
informáticos hacían furor aquel año. Eran el acontecimiento más importante
acaecido en el mundo del juguete desde la invención del muñeco que sale de la
caja impulsado por un resorte, y yo esperando hacer fortuna con una anticuada
baraja de cartas. Tal vez la hiciese, pero hasta el momento en que entré en
aquella ruidosa verbena no comprendí las pocas posibilidades que había.
Mi entrevista con el
presidente de la empresa fue una de las reuniones más breves en la historia de
los negocios americanos. No me molestó que rechazara mi juego (ya me lo temía,
sólo esperaba malas noticias), sino que lo hiciese de forma tan fría, con tan
poca consideración por los buenos modales, que todavía me duele pensarlo. Aquel
directivo no era mucho mayor que yo, y con su elegante traje, de corte
impecable, sus ojos azules, su pelo rubio y sus facciones duras e inexpresivas,
tenía aspecto y maneras de jefe de una red de espionaje nazi. Me estrechó
apenas la mano, casi no me saludó, no pareció notar mi presencia. Nada de
palique, ni bromas, ni preguntas.
—A ver qué trae usted
—dijo en tono seco, así que abrí la cartera y saqué la caja de puros.
Un centelleo de
desprecio apareció en sus ojos. Como si le hubiera puesto una mierda de perro
en las narices. Abrí la caja y saqué las cartas. En aquel momento vi que no
había ninguna esperanza, que él ya había perdido todo interés, pero no podía
hacer otra cosa que seguir adelante y mostrarle el juego. Barajé, dije algo
sobre cómo había que leer los tres niveles de información de las cartas, y puse
manos a la obra. Al primer o segundo bateador de la primera parte de la primera
entrada, se levantó de la silla y me tendió la mano. Como no había dicho ni
palabra, yo no tenía idea de por qué quería estrecharme la mano. Seguí
descubriendo cartas, explicando el juego a medida que se desarrollaba: pelota,
strike, swing.
—Gracias —dijo el
nazi, apoderándose finalmente de mi mano. Yo seguía sin entender lo que pasaba.
—¿Es que no quiere ver
más? —le pregunté—. Ni si quiera he tenido tiempo de mostrarle cómo funciona.
—Gracias —repitió—.
Puede marcharse.
Sin una palabra más,
apartó la vista y me dejó con mis cartas, aún extendidas sobre la mesa. Tardé
unos minutos en volver a guardarlas en la caja de puros, y fue precisamente
entonces, en aquellos sesenta o no venta segundos, cuando toqué fondo, cuando
llegué a lo que sigo considerando el punto más bajo de mi vida.
Como fuese, logré
sobreponerme. Salí a desayunar, cobré ánimos y volví a la Feria, donde pasé el
resto del día. Uno tras otro, visité a todos los fabricantes que pude
encontrar, estreché manos, sonreí, llamé a puertas, mostré las maravillas de
Béisbol en acción a todo el que quería dedicarme diez o quince minutos. El
resultado fue uniformemente desalentador. La mayoría de las grandes empresas
habían dejado de trabajar con inventores independientes (demasiados pleitos), y
las pequeñas o bien querían juegos informáticos de bolsillo (bip, bip), o bien
se negaban a mirar todo lo relacionado con los de portes (bajas ventas). Al
menos, esas personas eran educadas. Después del tratamiento sádico que me
habían infligido por la mañana, aquello me sirvió de consuelo.
A última hora de la
tarde, agotado de tantas horas de esfuerzos inútiles, di con una empresa
especializa da en juegos de naipes. Hasta entonces sólo habían producido un
juego, pero con gran éxito, y ahora que rían adquirir otro. Era un negocio
pequeño, de bajo presupuesto, llevado por dos individuos de Joliet, Illinois,
una compañía doméstica que carecía del aparato industrial y de los artificios
promocionales de las demás empresas de la Feria. Eso era prometedor y, mejor
aún, los dos socios admitieron ser forofos del béisbol. No tenían mucho que
hacer, aparte de pegar la hebra sentados en su pequeña caseta, y cuando les
hablé de mi juego parecieron más que dispuestos a echarle una mirada. No un
vistazo superficial, sino detallado; querían sentarse a jugar un partido
completo de nueve entradas.
Si hubiese trucado las
cartas, el resultado del partido que jugué con ellos no habría podido ser más
emocionante, más acorde con la realidad. De principio a fin fue cuestión de
perder y ganar por estrecho margen, con una tensión que crecía a cada lanza
miento, y tras ocho entradas y media de empates, ven tajas, y dos retiradas con
las bases ocupadas, el marcador iba dos a uno. Los chicos de Joliet eran el
equipo local, y cuando les tocó el último turno de bateo necesitaban una
carrera para empatar y dos para ganar. Los dos primeros bateadores no hicieron
nada, y en seguida agotaron su última retirada, sin corredores en las bases. El
bateador siguiente, sin embargo, logró una simple, dándoles un respiro. Luego,
para asombro de todos, cuando el tanteo era de dos pelotas y dos strikes, el
siguiente bateador logró un home run y ganó el partido. No podría haber pedido
más. Dos retira das, una simple y un home run al final de la novena entrada
para alzarse con la victoria en el último momento. Había sido un partido
electrizante, y cuando el tío de Joliet levantó la última carta, su rostro se
iluminó con una expresión de pura y franca alegría.
Querían pensarlo,
dijeron, rumiarlo durante un tiempo antes de darme una respuesta. Necesitarían
una baraja para estudiarlo, naturalmente, y les dije que les enviaría a Joliet
una fotocopia en color lo antes posible. Así es como quedamos: estrechándonos
la mano e intercambiando direcciones, con la promesa de mantenernos en
contacto. Tras las tristes y desmoralizadoras experiencias de aquel día, de
pronto había un motivo de esperanza, y salí de la Feria pensando que
verdaderamente podría llegar a alguna parte con mi demencial proyecto.
Las fotocopias en
color eran una novedad por entonces, y hacerlas me costó una pequeña fortuna.
No recuerdo la cantidad exacta, pero fue más de cien dólares, me parece, quizá
incluso dos cientos. Les envié el paquete rogándoles que me contestaran pronto.
Pasa ron semanas, y mientras procuraba concentrarme en los trabajos que debía
entregar, poco a poco fui comprendiendo que me esperaba una decepción. El
entusiasmo significaba rapidez, la indecisión implicaba retraso, y cuanto más
tiempo pasaba más se reducían las posibilidades. Tardaron casi dos meses en
contestar me, y para entonces ni siquiera tuve que leer la carta para saber lo
que decía. Lo que me sorprendió fue su brevedad, su absoluta falta de calor
personal. Había pasado casi una hora con ellos, notando que los entretenía y
despertaba su interés, pero su rechazo consistía en un solo párrafo, seco y
torpemente redactado. La mitad de las palabras tenían faltas de ortografía, y
casi todas las frases contenían algún error gramatical. Era un documento
embarazoso, una carta escrita por necios, y cuando se me pasó un poco el
bochorno, me avergoncé de mí mismo por haberlos juzgado tan tremendamente mal.
El que confía en imbéciles, termina comportándose como un imbécil.
Pero no estaba
dispuesto a renunciar. Había ido demasiado lejos para permitir que un revés me
apartara de mis planes, así que agaché la cabeza y seguí adelante. Hasta que
agotara todas las posibilidades, mi deber era continuar, llevar aquel
descabellado asunto hasta el fin. Mis suegros me pusieron en contacto con un
individuo que trabajaba en Ruder y Finn, una importante empresa de relaciones
públicas de Nueva York. Le encantó el juego, mostró verdadero entusiasmo cuando
se lo enseñé y desplegó todos sus esfuerzos para ayudarme. Eso formaba parte
del problema. A todo el mundo le gustaba Béisbol en acción, a bastante gente,
en todo caso, para que yo no desistiera, y con una persona educada, amable y
bien relacionada como aquélla, que me desbrozaba el camino, renunciar habría
sido una insensatez. Mi nuevo aliado se llamaba George, y resultó que se
encargaba de las relaciones de la General Foods, uno de los principales
clientes de Ruder y Finn. Su plan, que me pareció ingenioso, consistía en que
la General Foods incluyera cupones de Béisbol en acción en las cajas de
cereales como oferta especial. («¡Eh, chavales! ¡Enviad dos tapas de Wheaties y
un cheque o giro postal de $ 3,98, y recibiréis este maravilloso juego!»)
George les presentó el proyecto y, durante un tiempo, pareció que daría
resultado. Wheaties buscaba ideas para una nueva campaña de promoción, y George
pensaba que eso les serviría. Pero no. Se decidieron por el campeón olímpico de
decatlón, y durante no sé cuántos años cada caja de Wheaties iba adornada con
una fotografía de la cara sonriente de Bruce Jenner. Verdaderamente no se les
puede reprochar. Al fin y al cabo era el «Desayuno de los campeones», y debían
mantener cierta tradición. Nunca averigüé si George estuvo a punto de que
aceptaran su idea, pero debo confesar (con alguna reticencia) que me sigue
siendo difícil mirar una caja de Wheaties sin experimentar una pequeña punzada.
George se llevó casi
la misma decepción que yo, pero ahora que le había picado el gusanillo no iba a
desistir. Conocía a alguien en Indianápolis que tenía tratos (ya no sé cuáles)
con la Babe Ruth League, y pensó que sería bueno si me ponía en contacto con
él. El juego volvió a expedirse debidamente al Medio Oeste, y luego siguió otro
silencio desmesuradamente largo. Tal como se apresuraba a explicarme cuando
finalmente me escribió, el conocido de George no era enteramente responsable
del retraso: «Lamento haber tardado tanto en acusar recibo de su carta del 22
de junio y de su juego, Béisbol en acción. Me llegaron con retraso debido a que
un tornado nos ha destruido la oficina. Trabajo en casa desde entonces, y no he
recibido el correo hasta hace unos diez días». Mi mala suerte iba adquiriendo
dimensiones bíblicas, y cuando volvió a escribirme unas semanas después para comunicarme
que no podía aceptar mi juego (lamentablemente, sintiéndolo mucho, en los
términos más corteses posibles), no me afectó demasiado. «Es indudable que su
juego es original, innovador e interesante. Puede que tenga salida al mercado,
ya que es el único béisbol de mesa que no requiere un montón de accesorios,
cosa que le da más vivacidad, pero aquí la opinión mayoritaria es que sin
jugadores de las gran des ligas y sus estadísticas, la competencia establecida
es insuperable». Llamé a George para darle la noticia y agradecerle su ayuda,
pero ya estaba bien, le aseguré, no debía desperdiciar más el tiempo conmigo.
Las cosas
permanecieron en suspenso durante un par de meses pero luego surgió otro
contacto, así que recogí la lanza y me lancé de nuevo a la carga. Mientras
hubiese algún molino de viento a la vista, estaba dispuesto a presentarle
batalla. Ya no tenía ni pizca de esperanza, pero me sentía incapaz de renunciar
completamente a la estupidez que había emprendido. El hermano menor de mi
padrastro conocía a alguien que había inventado un juego con el que ganó un
montón de dinero, por lo que parecía lógico que hablara con él y le pidiera
consejo. Nos encontramos en el vestíbulo del Hotel Roosevelt, no lejos de la
Grand Central Station. Era un embaucador de unos cuarenta años, especialista en
tejemanejes, un individuo absolutamente antipático que utilizaba toda clase de
triquiñuelas, pero debo admitir que no le faltaba brío a su verborrea.
—Venta por
correspondencia —dictaminó—, ésa es la solución. Diríjase a un campeón de gran
liga, convénzalo de que patrocine el juego a cambio de un porcentaje en los
beneficios y anúnciese en todas las revistas de béisbol. Si le llegan bastantes
pedidos, in vierta el dinero en producir el juego. Si no, lo devuelve y en paz.
—¿Y cuánto costaría
eso? —le pregunté.
—Veinte, veinticinco
mil dólares. Como mínimo.
—No puedo reunir esa
suma —repuse—. Ni aunque me fuera la vida en ello.
—Entonces no puede
intentarlo, ¿verdad?
—No, no puedo. Yo sólo
quiero vender el juego a una empresa. Nunca he pensado en otra cosa: cobrar
derechos de autor por los ejemplares que vendan. Yo no sería capaz de ocuparme
personalmente del negocio.
—Es decir —concluyó,
dándose finalmente cuenta de que estaba hablando con un lelo—, que le ha salido
una cagada y ahora quiere que alguien le tire de la cadena.
Yo no me habría
expresado exactamente así, pero no discutí con él. Estaba claro que sabía más
que yo, y cuando me recomendó que buscara a un «corredor de juegos», un agente
comercial que hablara con las empresas en mi nombre, tuve la certeza de que me
in dicaba el camino adecuado. Hasta aquel momento desconocía la existencia de
tales «agentes». Me dio el nombre de una mujer que, al parecer, era muy buena
en eso, y la llamé al día siguiente. Resultó ser mi última gestión, el capítulo
final de todo el embrollado serial. La mujer habló por los codos, enumerándome
las cláusulas, las condiciones y porcentajes, lo que debía hacerse y lo que no,
lo que cabía esperar y lo que debía evitarse. Daba la impresión de que era su
perorata habitual, una furiosa condensación de años de golpes duros y maniobras
implacables, y durante los prime ros minutos no logré meter baza. Luego,
finalmente, hizo una pausa para tomar aliento, y entonces fue cuando me preguntó
por el juego.
—Se llama Béisbol en
acción —anuncié.
—¿Ha dicho béisbol?
—Sí, béisbol. Se van
descubriendo cartas. Es muy realista, y se puede jugar un partido completo de
nueve entradas en unos quince minutos.
—Lo siento —dijo—.
Nada de juegos deportivos.
—¿Qué quiere decir?
—Son un fracaso. No se
venden, y nadie los quiere. Yo no cogería su juego ni con pinzas.
Eso concluyó el
asunto. Con la brusca declaración de la mujer aún resonando en mis oídos,
colgué, guardé las cartas y me olvidé de ellas para siempre.
Poco a poco se me iba
acabando la cuerda. Después de la siniestra y embarullada carta de Joliet,
había comprendido que Béisbol en acción no tenía ni la más remota posibilidad.
Contar con ello como fuente de ingresos habría sido engañarme a mí mismo, un
error ridículo. Había insistido en ello durante unos meses más, pero aquellos
esfuerzos finales sólo habían consumido una pequeña parte de mi tiempo. En el
fondo ya había aceptado la derrota; no sólo la del juego, no la de mi ridícula
incursión en el mundo de los negocios, sino la de todos mis principios, de la
postura que toda la vida había mantenido frente al dinero, el trabajo y la
búsqueda de tiempo. El tiempo ya no contaba. Lo había necesitado para escribir,
pero ahora que era un exescritor, un autor que sólo escribía por el placer de
arrugar papel y tirarlo a la papelera, estaba dispuesto a abandonar la lucha y
a vivir como todos los demás. Nueve años de penuria trabajando por mi cuenta me
habían extenuado. Había intentado salvarme inventando el juego, pero nadie lo
había querido, y ahora estaba como al principio; sólo que peor, más quemado que
nunca. Al menos el juego había representado una idea, una momentánea inyección
de esperanza, pero ahora también se me habían acabado las ideas. Lo cierto era
que había caído a un pozo hondo y oscuro, y la única forma de salir era
encontrar un empleo.
Llamé por teléfono,
escribí cartas, fui a la ciudad para presentarme a entrevistas. Busqué trabajo
en la enseñanza, en el periodismo, en editoriales, me daba igual lo que fuese.
Si me daban una paga semanal, me interesaba. Dos o tres cosas estuvieron a
punto de dar resultado, pero al final fallaron. No voy a entrar en de talles
deprimentes, pero pasaron varios meses y no salió nada tangible. Me sumí aún
más en la confusión, con la mente casi paralizada de inquietud. Mi rendición
era total, había capitulado en todos los frentes que defendía desde años atrás,
y seguía sin llegar a parte alguna, retrocediendo a cada paso. Entonces, como
llovida del cielo, me vino una beca de tres mil quinientos dólares del
Instituto de Bellas Artes del estado de Nueva York, dándome un respiro
inesperado. No duraría mucho, pero era algo; suficiente para aplazar la
catástrofe unos momentos más.
Una noche, poco tiempo
después, mientras estaba en la cama batallando contra el insomnio, se me
ocurrió otra idea. No una idea, quizá, sino una conjetura, una pequeña
intuición. Aquel año había leído un montón de novelas policíacas, sobre todo
novela negra de la escuela americana, y aparte de que las consideraba como un
medicamento eficaz, un bálsamo contra la tensión y la ansiedad crónica, había
llegado a admirar a algunos especialistas del género. Los mejores eran
escritores modestos, concienzudos, que no sólo tenían más que decir sobre la
vida americana que los llamados autores serios, sino que muchas veces también
parecían escribir frases más agudas, mejor hechas. Una de las artimañas
convencionales en las tramas de esos relatos consistía en el suicidio aparente
que luego resulta asesinato. Una y otra vez, un personaje muere ostensiblemente
por su propia mano y al final de la historia, después de que todos los
enmarañados hilos de la intriga se han desenredado, se descubre que en realidad
el culpable ha sido el malo. Se me ocurrió: ¿Por qué no invertir el truco y
hacerlo al revés? ¿Por qué no escribir un relato en el cual un aparente
asesinato resulte ser un suicidio? Que yo supiera, nadie lo había hecho.
No era más que una
elucubración gratuita, una repentina inspiración de las dos de la mañana, pero
no lograba quedarme dormido, y con el corazón palpitándome cada vez más fuerte,
desarrollé un poco más la idea con la intención de tranquilizarme urdiendo una
historia que siguiera la torcida trayectoria de mi ocurrencia. No me
interesaban los resultados, simple mente buscaba un sedante para calmarme los
nervios, pero las piezas del rompecabezas empezaron a encajar una tras otra, y
cuando sentí que me iba quedando dormido, ya tenía el descarnado argumento de
una novela de misterio.
A la mañana siguiente
pensé que no sería tan mala idea ponerme a escribir. No es que no tuviese algo
mejor que hacer. Hacía meses que no escribía una frase decente, no encontraba
empleo y mi cuenta en el banco estaba casi a cero. Si lograba escribir una
novela policíaca medianamente buena, seguro que ganaría unos dólares. Ya no
soñaba con saquitos de oro. Sólo con un honrado salario por una honrada jornada
de trabajo, una oportunidad de sobrevivir.
Empecé a primeros de
junio, y a finales de agosto había terminado un manuscrito de poco más de
trescientas páginas. El libro era un puro ejercicio de imitación, una tentativa
consciente de escribir una nove la que se pareciese a otras, pero sólo porque
la escribí por dinero no significa que no me divirtiese. Como muestra del
género, no me parecía peor que otras mu chas que había leído, y hasta mucho
mejor que algunas. En todo caso, era lo bastante buena para publicarse, y eso
era todo lo que pretendía. Mi única ambición con el libro consistía en ganar
dinero para pagar todas las facturas posibles.
Una vez más, enseguida
tropecé con dificultades. Hacía cuanto podía por prostituirme, ofreciendo mi
mercancía a precio de ganga, pero nadie la quería. En este caso, el problema no
radicaba tanto en lo que in tentaba vender (como con el juego), sino en mi
pasmosa incompetencia como vendedor. Los únicos editores que conocía eran los
que me contrataban para traducir libros, y no estaban bien preparados para
emitir un juicio sobre literatura popular. Carecían de experiencia, nunca
habían leído ni publicado relatos como el mío, apenas eran conscientes siquiera
de que existían las novelas de misterio, y mucho menos de los diversos
subgéneros de ese ámbito: novelas de detectives privados, procedimientos
policiales, etcétera. Envié mi manuscrito a uno de esos editores y, cuando al
fin encontró tiempo para leerlo, me sorprendió el entusiasmo de su reacción.
—Es buena —declaró—,
muy buena. Quítale el as pecto detectivesco y tendrás una excelente novela de
intriga psicológica.
—Pero si se trata
precisamente de eso —protesté—. Es una novela policíaca.
—Es posible
—concedió—, pero nosotros no publicamos novelas policíacas. Hazle unas
adaptaciones, de todos modos, y te garantizo que nos interesará.
Modificar el libro le
habría interesado a él, pero a mí no. Lo había escrito de una forma determinada
con un fin preciso, y empezar a desmantelarlo ahora habría sido absurdo.
Comprendí que necesitaba un agente, alguien que se paseara por las editoriales
mientras yo me ocupaba de asuntos más urgentes. La pega era que no tenía la
menor idea de dónde encontrarlo. Al fin y al cabo, los poetas no tienen agente.
Los traductores no tienen agente. Los críticos literarios que ganan doscientos
o trescientos dólares por artículo no tienen agente. Había vivido en las
provincias más apartadas del mundo literario, muy lejos del centro comercial
donde los libros y el dinero mantienen mutuas relaciones, y las únicas personas
que conocía eran jóvenes poetas cuya obra aparecía en pequeñas revistas,
editores modestos cuyas empresas no arrojaban beneficios y otros excéntricos
varios, marginales y exiliados. No había nadie a quien recurrir en busca de
ayuda, ni una migaja de conocimiento o información a mi alcance. Y si lo había,
era demasiado torpe para saber dónde encontrarla. Por pura casualidad, un
antiguo amigo del instituto me comentó que su exmujer dirigía una agencia
literaria y, cuando le hablé de mi manuscrito, me instó a que se lo enviase. Lo
hice y, tras esperar respuesta durante casi un mes, lo rechazó. Aquel género no
era lo bastante rentable, me explicó, y no valía la pena molestarse. Nadie leía
ya no velas de detectives privados. Estaban caducas, pasadas de moda, era algo
condenado al fracaso. Palabra por palabra, su discurso era idéntico al que me
había soltado la corredora de juegos no hacía ni diez días.
Finalmente se publicó
el libro, pero eso no sucedió hasta cuatro años después. Entretanto ocurrió
toda clase de catástrofes, un cataclismo tras otro, y la suerte de ese libro
concebido para ganar dinero y escrito con seudónimo no me preocupaba lo más mínimo.
Mi matrimonio se rompió en noviembre de 1978, y el manuscrito de mi novela
alimenticia permaneció guardado en una bolsa de plástico, casi perdido y
olvidado a lo largo de varios traslados de domicilio. Mi padre murió justo dos
meses después —de pronto, inopinadamente, sin haber estado enfermo un solo día
de su vida—, y durante muchas semanas es tuve casi todo el tiempo ocupado con
el testamento, arreglando sus asuntos, atando los cabos sueltos. Su muerte me
afectó mucho, causándome un profundo dolor, y utilicé mi escasa energía
creadora en escribir sobre él. La tremenda ironía era que me había llegado
algo. No se trataba de una cuantiosa herencia, pero era más dinero del que
había tenido nunca y me ayudó a pasar de una existencia a otra. Volví a Nueva York
y seguí escribiendo. Al final acabé enamorándome y me casé otra vez. En
aquellos cuatro años todo cambió para mí.
Hacia la mitad de
aquel período, a finales de 1980 o principios de 1981, recibí una llamada de un
individuo al que sólo había visto en una ocasión. Era amigo de un amigo, y como
nuestro encuentro se había producido ocho o nueve años antes, apenas recordaba
quién era. Me anunció que iba a montar una editorial y quería saber si, por
casualidad, tenía algún manuscrito para echarle un vistazo. No se trataría de
otra editorial pequeña, me explicó, sino de un verdadero negocio, de una
operación comercial. Hmmm, contesté, recordando la bolsa de plástico al fondo
del armario de mi habitación, en ese caso quizá tenga algo para usted. Le hablé
de la novela policíaca y, como me dijo que le interesaría leerla, hice una
copia y se la envié aquella misma semana. Inesperadamente, le gustó. Más
asombrosamente aún, afirmó que quería publicarla.
Me alegré, claro está,
y me hizo gracia, pero también sentí una pizca de inquietud. Me parecía
demasiado bonito para ser verdad. Publicar un libro no podía ser tan fácil, y
me preguntaba si no habría alguna pega por alguna parte. Según observé, el
editor dirigía el negocio desde su piso del Upper West Side, pero el contrato
que recibí por correo era de verdad, y tras echarle un vistazo y comprobar que
las condiciones eran aceptables, no vi motivo alguno para no firmar lo. Nada de
anticipos, desde luego, ningún dinero sobre el tapete, pero empezaría a
percibir derechos de autor con el primer ejemplar vendido. Supuse que era
normal en una editorial que empezaba a despegar, y como no tenía accionistas ni
apoyos financieros importantes, no podía soltar un dinero que no poseía. Ni que
decir tiene que su empresa no podía calificar se de operación comercial, pero
él confiaba en que llegara a serlo, ¿y quién era yo para echar un jarro de agua
fría a sus esperanzas?
Nueve meses después
logró sacar un libro (una reedición de bolsillo), pero la producción de mi
novela se retrasó casi dos años. Cuando al fin se publicó, el editor se había
quedado sin distribuidora, ya no tenía dinero y, a todos los efectos, había
muerto como editor. Algunos ejemplares se abrieron paso hasta un par de
librerías de Nueva York, distribuidos a mano por el propio editor, pero el
resto de la edición permaneció en cajas de cartón, criando polvo en el suelo de
algún almacén de Brooklyn. Y por lo que yo sé, allí sigue.
Tras haber ido tan
lejos con el asunto, me pareció que debía hacer un último esfuerzo para ver si
podía zanjarlo de una vez por todas. Como el libro se había «publicado», no era
posible lanzar una edición en tapa dura, pero quedaban las editoriales de
libros de bolsillo, y no quería abandonar la novela sin darles una oportunidad
de rechazarla. Volví a buscar agente y esta vez encontré a la persona indicada.
Era una mujer que envió la novela a un director literario de Avon Books, y tres
días después la aceptaron. Así, sin más, en nada de tiempo. Me ofrecieron un
anticipo de dos mil dólares, y me pareció bien. Ni regateo, ni contra oferta ni
negociaciones astutas. Con la sensación de que finalmente se me hubiera hecho
justicia, ya no me preocupaban los detalles. Tras repartir el adelanto con el
primer editor (tal como disponía el contrato), me quedaron mil dólares.
Descontando el diez por ciento de la comisión de la agente, me correspondió una
cantidad neta de novecientos dólares.
Así se escriben libros
por dinero. Y así se venden.

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