El sepulturero de las estrellas

 Zeuxis Vargas


En homenaje a H. P. Lovecraft, Robert Bloch, Robert Ervin Howard y Jorge Luis Borges.


Todos huyeron, todo está hecho, así que levantadme en la pira;

La fiesta ha terminado y expiran las lámparas

VIOLA GARVIN,

La casa del César

 

DIARIO SIN FECHA MEDIADOS DE 1930

Two-Gun Bob, fue recluido con su madre en el Arkham Sanitarium por unos episodios crónicos de violencia y pánico.

La primera vez que fuimos a su hogar, pudimos ser testigos, desde la calle, de los profundos y perversos gritos que salían de la habitación donde se encontraba. La casa nos dio la impresión de estar siendo devastada por una especie de hálito mefítico que, adherido a las paredes y las puertas, a la madera y las ventanas las iba deteriorando velozmente, todo el hierro estaba cubierto por pátina y el óxido, en algunas partes, parecía extenderse en várices que iban agrietando aquí y allí toda la propiedad. Las escaleras de la entrada estaban fosilizadas o esa fue la impresión que le causó a Belknapius.

La madre estaba recostada en el pórtico y era como si se hubiese convertido en una momia viviente. Los escasos mechones de plata opacada se resbalaban como girones podridos sobre el cráneo casi calvo.

La mujer era lo único que nos parecía real. Habíamos acompañado muchas veces a Bob, al hospital para tratar el cáncer que su madre tenía desde hacía años.

Bob había hecho el juramento de que el día que muriera su madre, él se metería en su destartalado y accidentado Plymouth Modelo 30U y se volaría la tapa de los sesos con el inservible revolver Colt. 380, que le había comprado a Lindsey Tyson.

Unos meses antes de que fuese internado en el sanatorio, les había comentado, a todos los del círculo, que me preocupaba la salud de Two-Gun. Una de sus cartas me sobresaltó, les leí a todos, el siguiente pasaje:

“Para los ancianos la muerte es inevitable, sin embargo, a menudo siento que es una tragedia mayor que la muerte de un joven. No quiero vivir para conocer la vejez. Quiero morir cuando llegue mi tiempo, rápida y súbitamente, en el punto más alto de mis fuerzas”.

Pero ninguno estuvo de acuerdo con mis preocupaciones, las vieron exageradas.

Más adelante, en la misma misiva, Bob confesaba que había logrado descifrar un horror inconmensurable y que debía hacer lo posible para salvar al mundo entero de dicho peligro.

Al parecer, su última adquisición, el Manuscrito Voynich, lo estaba interpretando como podía.

La carta era imprecisa y caótica, en el siguiente pasaje se olvidaba por completo del libro en mención y pasaba a una denuncia agresiva: culpaba a nuestro reciente compañero Robert Blake, muerto en extrañas circunstancias en Providence, de la muerte de nuestro líder, el místico Luveh-Kerapf.

El Arkham Advertiser, había dado la noticia del fallecimiento de nuestro erudito. Al parecer, una lámpara había comenzado el incendio de la mansión. Nada pudo salvarse. Pero Bob, insistía en reconocer a Blake como el asesino. Aquello me parecía un delirio, Blake había muerto meses después, lo que hacía más sospechosa e increíble su denuncia. Dos integrantes de la hermandad: primero nuestro líder y más tarde Blake; el niño prodigio, habían abandonado este mundo.  Ahora, parecía que le llegaba el turno a nuestro más querido hermano, el menor, el más charlatán y extravagante, el loco Two-Gun Bob.

Estas noticias no las compartí con los demás, pero todos estuvieron de acuerdo en ir a visitar a nuestro entrañable amigo. Después de la visita ninguno dudó.

Dos semanas después decidimos sacarlo del sanatorio y llevarlo a mi villa donde suponíamos estaría mejor. Aquel día, en el sanatorio, nos encontrábamos frente a la gran entrada hecha en hormigón y que contrasta desde la colina con el resto del entramado urbano de estilo georgiano fantasmagórico que siempre ha tenido Arkham.

Solo faltaban Melmoth y Klarkash-Ton, los esperábamos en la entrada del edificio oeste, la única edificación del sanatorio que mantiene el ladrillo, los adornos en madera y los listones blancos.

Detrás, podíamos observar el río Humpback hill y a un costado, el jardín de corte inglés repleto de violas “Molly Sanderson”, tulipanes negros conocidos como “Queen of Night”, diferentes cortes de Diábolos y los tétricos árboles de las pelucas. 

Melmoth y Klarkash-Ton habían decidido pasar por el profesor emérito Albert N. Wilmarth de la Universidad del Miskatonic quien nos ayudaría a comprender el discurso de nuestro amigo en todo lo referente al misterioso manuscrito Voynich.

UN DÍA DESPUÉS

Nunca alcanzamos a entrevistarnos con Two-Gun Bob.

Las enfermeras nos entregaron sus pertenencias: el sombrero negro de ala ancha y el místico mechero Kick Start Colibrí con el que tanto se jactara.

Bob despreciaba los Zippo, aduciendo que eran mecheros para mujercitas. El sombrero me pareció un objeto mágico que de inmediato me llevó a las más felices imágenes que podía recordar de Two-Gun: Bob con su sonrisa descarnada frente a las los faroles encendidos de su auto, lanzando puñetazos al aire, sin que se le cayera el sombrero, al mejor estilo Gene Tunney; Bob quitándose el sombrero antes de entrar a un bar como si entrara a una iglesia; Bob arreglándose el sombrero cuando veía a una chica y escupiendo para parecer malvado; Bob, elogiando su sombrero y comparándolo con el señoritero de Eddie Cantor a quien odiaba por ser tan afeminado; Bob, el loco Bob, pegándole con el sombrero a la máquina de escribir cuando no lograba hallar la palabra precisa. Ese era nuestro Bob.

Nos comentaron que se había disparado en la mañana tras haber recibido la noticia de que su madre jamás despertaría. Ambos estaban internados y, durante los últimos días, se le había visto a Bob más relajado, se le habían permitido algunos paseos en su automóvil y hasta había reanudado su trabajo frente a la máquina de escribir.

Una cosa era cierta, Bob seguía obsesionado con la idea de que tenía que salvar al mundo de un terror inminente. La habitación 198 o, mejor llamada por las enfermeras como “la incubadora del mal” estaba repleta de dibujos y escritos pegados a la pared. La mayoría trataban sobre sus pesadillas, pero otros papeles hablaban de una extraña sustancia que solo podía ser fabricada con el manuscrito Voynich.

Lo que más me impresionó durante aquella época, fue el detallado diario que encontraron los médicos debajo de la almohada y que nos fue entregado junto a sus pertenecías. En él, Bob ahondó sobre los arquetípicos y los primordiales.

Todos sabíamos de la despiadada lucha que los dioses benefactores habían logrado ganar contra los primordiales y reconocíamos que la mayoría de los lugares donde los habían confinado estaban resguardados y vigilados por integrantes de nuestra hermandad, o de otras hermandades afines, que seguirían cumpliendo con su promesa de generación en generación, manteniendo al planeta a salvo de aquellos demonios dormidos y moribundos.

Cthulhu, seguía descansando en su tumba de R’lyeh, bajo el Océano Pacífico; Azathoth, seguía morando fuera del tiempo y lo más probable es que se hubiese dado por vencido y estuviese durmiendo; Yog-Sothoth, seguiría confinado a su tumba en el mar negro formado por plasma en el planeta Chag-Hai; y Nyarlathotep, era el único que seguía disuelto de alguna manera en el universo, de aquí para allá, inofensivo, gracias al Necromicón que teníamos bajo nuestro poder.

La hermandad de las estrellas, a la cual pertenecía, era el último reducto en la tierra con el suficiente poder y con los suficientes recursos para mantener a todos salvo.

Pero Bob en su diario hablaba de un primordial que había sido despertado por Blake y nuestro hermano mayor Luveh-Kerapf.

Al parecer intentaron invocar una legión de vampiros estelares para poder atrapar a una criatura que estaba atemorizando a los pobladores por aquellos días, pero nuestro líder murió en el intento y a Blake, aquella terrible criatura de las tinieblas, le había absorbido el alma y el espíritu como una sanguijuela gigante.

Casi todo el diario tenía anotaciones al pie donde Bob logró traducir una infinidad de fórmulas en Aklo sabaoth, en ellas se notaba un afán por encontrar una especie de conjuro eficaz para petrificar a un primordial.

Esa ciencia, que hasta para nuestro difunto líder, había sido ocultada, por fin, nuestro loco Bob pudo manejarla.

Yo me llevé el libro mientras que el erudito Albert N. Wilmarth junto a Melmoth y Klarkash-Ton, intentaron durante años descifrar todo aquello que había escrito Bob como apéndice al manuscrito Voynich.

Estábamos seguros de que fuera lo que fuera que hubiese descubierto o delirado Bob, se trataba de algo serio, urgente y que era preciso reconocer.

Por su lado, Belknapius había decidido visitar todas las fraternidades para solicitar colaboración y avisar de aquello que nos preocupaba.

Años después nos enteramos de que había sido despellejado. La autopsia reveló que el cuerpo había sido enterrado en la nieve y que por algún proceso que desconocían los médicos se le había eliminado el cerebro sin tener que abrirle el cráneo. Suponían que había sido drenado por los oídos, pero no encontraron daño alguno en los órganos auditivos. Lo que más les causó controversia fue, que, a pesar de haber sido enterrado durante semanas, el cuerpo se encontraba en un estado de flacidez incorruptible que no podían comprender.

Dentro de su boca, en un completo estado de conservación inusual, se encontraron, en un pequeño tubo, de una madera no identificable, las copias de los folios 68 y 69 del manuscrito Voynich.

De inmediato nos abocamos al estudio del manuscrito y fue entonces cuando nuestros terrores se confirmaron. Bob había logrado descifrar lo indescifrable, Blake y Luveh-Kerapf habían despertado al primigenio más devastador, al demonio de los demonios, al dios exterior y único.

Nunca habíamos escuchado de él, pero, al parecer, este monstruoso dios era el que hacía posible la muerte de todo lo que existía. Ni los primigenios ni los arquetípicos escapaban a su influencia. Lifurtihopetayoua más conocido por Ang Bituin y latinizado al nombre Pyre siderum o El gran sepulturero de las estrellas, estaba libre, no había, no existía por el momento artilugio ni conjuro que lo controlara y su sed era ilimitada, tantos siglos, semiconsciente, le habían reprimido sus instintos más esenciales.

Ubicuo y conocedor de todo tiempo y espacio Lifurtihopetayoua quería matar, deseaba venganza, sus poderes se habían utilizado para mantener, controlar y desaparecer civilizaciones enteras y nuestras hermandades, habían utilizado su poder para destruir y crear.

Mundos como el nuestro habían sido acabados para siempre, gracias a sus ventosas que podían adherirse y atravesar tiempo y espacio, pasado, presente y futuro.

La última vez que se había utilizado para fines particulares, el obispo Pontoppidan casi no logra contener al dios que, según registros noruegos, era una horripilante masa que tenía una longitud de 1,50 millas inglesas (más de dos kilómetros y medio).

Ahora, libre, Lifurtihopetayoua, quería eliminar a aquellos que le habían utilizado.

Bestia feroz de las profundidades exteriores del universo, Lifurtihopetayoua solo deseaba matar, acabar con todas las estrellas que habían supuesto un orden diferente al destino que les había sido prefijado.

Millones y millones de galaxias y sistemas solares serían destruidos, cada uno por una ventosa que se adheriría y explotaría en los bordes de cada nebulosa como una nova hasta desaparecer todo.

Bob había muerto en el intento por hallar el conjuro para volver a tenerlo semiconsciente y oculto en el icosaedro truncado denominado Gravedigger o fosa del sepulturero.  Pero no había dado con el icosaedro y tampoco había logrado el conjuro.

SIN FECHA

Todo lo que narro y que escribo de manera dislocada y casi caótica como alguna vez lo hizo Bob, todo esto, de lo cual intento dejar un registro, sucedió hace años. Es mi deber dejar un testimonio.

Nadie sabía dónde estaba el Gravedigger o cómo podía construirse, pero por los cálculos que pudimos realizar año tras año y con el apoyo de todas las hermandades que habían quedado, estábamos de acuerdo en algo, nuestra galaxia era la 56.465.335 en turno, lo que significaba que tan solo nos quedaban 198 años. 

Albert N. Wilmarth, Melmoth y Klarkash-Ton, murieron hace algunos años de la manera más aterradora y que no describiré por respeto a su heroico trabajo.

Antes de morir lograron descifrar todo el manuscrito y pudieron transferirme todo su conocimiento, viajaron incansablemente por todo el planeta buscando cada una de las plantas y metales, cada una de las mujeres y animales que eran ineludibles, según el manuscrito Voynich, para fabricar una especie de emanación que era necesaria para combatir, por apenas unos minutos, al sepulturero de las estrellas y así poder utilizar sin peligro el Gravedigger.

29 DE FEBRERO DE 1948

Ayer gracias los folios 68 y 69, junto a tres hermanos, logramos dar al fin con la fórmula para poder fabricar el Gravedigger.

La fórmula es aterradora pero no tenemos otra salida, desde esta noche comenzaremos el proceso para la fabricación del icosaedro truncado.

DIARIO SIN FECHA

Mi nombre es D’Erlette trigésimo conde de Providence. De los primeros hechos que he narrado en este diario, han pasado ya 43 años, soy el último maestro de La hermandad de las estrellas, he invocado en esta noche a Lifurtihopetayoua, tengo en mi poder el Gravedigger.

Que el espíritu de los dioses arquetípicos, de los primigenios y de todas las razas extintas me acompañe.

Esta noche enfrentaré al sepulturero de las estrellas. Tengo miedo. Si no lo logro, sepan que hice todo lo que estuvo a mi alcance, desperté a los primigenios, desperté a los arquetípicos y ellos se sacrificaron para poder construir este nuevo Gravedigger, solo espero que no se hayan olvidado de algo y que esta esfera reluciente y poderosa sirva para que sea la última morada del sepulturero.

***

Debo anotar algo más, quizás es importante. Hace unos minutos, mientras comenzaba a susurrar el conjuro, me quedé observando el centro del Gravedigger, pero lo he dejado y me he venido de inmediato al escritorio para dejar constancia de lo experimentado, del horror que vi allí en el centro de esa perversa esfera.

En el fondo de la “esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”, comenzaron a aparecer ciertas imágenes. Al principio me pareció fascinante. He visto todas las cosas que son y serán, he visto todo el universo, todas sus criaturas, todos los tiempos y todos los espacios, he visto el cosmos sin límites, sin ningún horizonte que le evidencie abismo, he visto cada objeto y cada partícula desde lo más grande hasta lo más pequeño. Cada uno de los cuerpos, sustancias, esencias y entidades que pueblan el universo, he visto el infinito.

Vi los mares congelados y los mares dulces, los mares de fuego y los mares de gas, nuestro salado mar, vi el rosicler, el véspero y el crepúsculo de todos los planetas, vi las multitudes de ciudades descomunales, de ciudades enterradas y subterráneas, de ciudades flotantes y viajeras, de ciudades submarinas, vi una harija azul luminiscente pasando a través de las hendiduras de una telaraña abandonada en un rincón de una escultura extraterrestre y otra en lo profundo de un ataúd oculto en el hielo de un planeta carbonizado, vi un laberinto de satélites y otro, tatuado en la campanilla de un hombre que gritaba en medio de la nieve, vi la mirada de todos los hombres, mujeres, niños, y criaturas observándose ante un azogue, una cámara, un instrumento de reflejo, un espejo ciego en el fondo de un caleidoscopio, vi todos los cristales atravesados por la luz, vi solares y pequeños recintos, salones, naves y barcos surcando extrañas geografías, vi el último aliento de todos los seres, su agonía, los ojos petrificados, vi el orgasmo de todo lo vivo, todas las manifestaciones del amor y la alegría, todas las lágrimas, vi frutas, minerales, gases, elementos perdidos en el tiempo, vi todas las playas y todas las orillas, las rocas más grandes y las microscópicas, vi a mi esposa, a mi madre, a mis hermanos, a todas las fraternidades, al primer chamán, al primer brujo, al primer maestro, vi al primer humano, a los primeros dioses formándose, vi el violento trazo de los proyectiles, todas las espadas ensangrentadas, todas las flechas surcando el aire, los colmillos hendiendo, las garras tajando, los tentáculos, el polen, todas las alas, vi todos los libros de todas las bibliotecas, todos los dispositivos de lectura y memoria, de escritura, la primer tinta y el primer hombre escribiendo, vi mi corazón y su furia, mis pupilas y pude contar todos los pelos de mi cabeza, vi mi piel y la luz de mi centelleante cerebro, “vi mi cara y mis vísceras”.

Iba a llorar “porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural” en el que encerraría para siempre al sepulturero de las estrellas, sentía compasión, piedad por esa criatura condenada a una soledad interminable, pero de pronto algo me sobresaltó, me horrorizó, vi a un hombre muy viejo que bajaba unas escalares hacia un sótano que tenía la apariencia de un pozo, vi a este anciano frente a una esfera tornasolada y lo vi siendo testigo de todo el universo que dejaba entrever aquella esfera, de pronto, vi al viejo a través del icosaedro, mirándome, de frente, retador y malvado.

Fue atroz. El anciano me sonrió y tartamudeando comenzó a conjurar lo que yo apenas había intentado susurrar.

Algo, entre las palabras que pronunció pude entender: “Aleph”.

Aleph, juro que dijo Aleph, Gravedigger y por último Lifurtihopetayoua, después, me miró y volvió a sonreír.

Detrás de él, una gran masa, una masa repleta de ventosas, uñas, colmillos, púas y garras, una criatura horrorosa estaba acechándome, aquel monstruo parecía sonreír, macabro. Desde atrás, todo el mal parecía reír a carcajadas.

Sé lo que he visto, sé que no fue una alucinación. En lo profundo de mi Gravedigger, allí donde todo está, allí hay más cosas.

Quizás alguien, ese vejete, ha logrado lo impensable, quizás, aquel anciano, en ese sótano, ha conjurado al sepulturero y ahora lo tiene a su merced.

Si es así, estamos perdidos para siempre.

Me duele el pecho, las manos se me encalambran, veo una luz como si estuviera amaneciendo en mis pupilas, siento que voy a desfall….

NOTA A LOS LECTORES:

Nunca encontraron el cuerpo del conde D’Erlette. Los primeros en ingresar a la mansión aseguran haber visto una pequeña esfera rodar. Tampoco la encontraron. Solo estaban los papeles del erudito, desperdigados aquí y allá por el estudio, como si una ráfaga de viento los hubiese levantado.  Ninguna ventana estaba abierta.


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