Efe Gómez
Es de noche.
La luz de una vela de sebo del altar de los retablos lucha con la sombra. Están
terminando de rezar el rosario de la Virgen santísima. Todos se han puesto de
rodillas. Doña Luz recita, con voz mojada en la emoción de todos los dolores,
de todas las esperanzas, de las decepciones todas de su alma augusta crucificada
por la vida, la oración que pone bajo el amparo de Jesucristo a su familia, a
los viajeros, a los agonizantes, a los amigos y a los enemigos: a la humanidad
entera.
Se oyen
pisadas en los corredores del exterior. Se entremiran azorados. Se ponen de
pies. Se abre la puerta del salón, y van entrando, descubiertos, silenciosos,
Juan Gálvez, los Tabares, padre e hijo, y los dos Restrepo. Son los mineros que
se fueron a veranear a las selvas de las laderas del remoto río que corre por
arenales auríferos. Se han vuelto porque el invierno se entró.
—¿Y Manuel?
—pregunta Doña Luz.
Silencio.
—¿Se quedó de
paso en su casa?
—No, señora.
—¿Y entonces?
Silencio
nuevo.
—Pero ¿qué
pasa? Su mujer lo espera por instantes. Quiere —naturalmente— que esté con ella
en el trance que se le acerca.
—¡Pobre
Dolores! —dice Micaela—. De esta llenada de luna no pasa.
A Juan Gálvez
empiezan a movérsele los bigotes de tigre: va a hablar.
—Que se cumpla
la voluntad de Dios, señora —dice al fin—. Manuel no volverá.
—¿Qué hubo,
pues?… Cuenta, por Dios.
—Mire, señora.
Eso fue horrible. Ya casi terminaba el verano… Y ni un jumo de oro. Cuando una
mañanita cateamos una cinta a la entrada de un organal… y empezamos a sacar
amarillo… y la cinta a meterse por debajo del organal… La señora no sabe lo que
es un organal… Son pedrones sueltos, redondeados, grandísimos… amontonados
cuando el diluvio, pero pedrones. Como catedrales, como cerros… ¡Y qué montones!
Con decirle que el río, que es poco menos que el Cauca, se mete por debajo de
un montón de esos… Y se pierde. Se le oye mugir allá… hondo. Uno pasa por
encima, de piedra en piedra. El otro día, por tantear qué tan hondo pasa el
río, dejé ir por una grieta el eslabón de mi avío de sacar candela. Y empezó a
caer de piedra en piedra… a caer de piedra en piedra… a chilinear: tirín,
tirín… Allá estará chilineando todavía.
Por entre las
junturas de las piedras íbamos arrastrándonos desnudos, de barriga, como
culebras, detrás de la cinta, que era un canal angosto. Llegamos a un punto en
que no cabíamos… Ni untándonos de sebo pasaba el cuerpo por aquellas
estrechuras. Manuel dio con una gatera por donde le pasaba la cabeza. Y él, que
era más que menudo, pasó, sobándose la espalda y la barriga. Taqueamos en
seguida las piedras, como pudimos, con tacos de guayacán.
—Aquí va la
cinta —dijo Manuel, ya al otro lado.
Le echamos una
batea de las chiquitas: las grandes no cabían. La llenó con arena de la cinta.
—¿Qué opinás
viejo? —me dijo cuando me la devolvió por el agujero, por donde había pasado,
llena de material.
—Mirá: se ven,
así en seco, los pedazos de oro. En este güeco está el oro pendejo. Pa educar a
mis muchachos. Pa dale gusto a Dolores…
Y pegó un
grito de los que él pegaba cuando estaba alegre, que retumbó en todo el
organal, como un trueno encuevao.
Los compañeros
salieron a lavar afuera, a bocas del socavón, la batea que Manuel acababa de
alargarnos. Yo me puse a prender mi pipa y a chuparla, y a chuparla… Cuando de
golpe, ¡tran! Cimbró el organal y tembló el mundo. De susto me tragué la pipa
que tenía entre los dientes. La vela se me cayó, o también me la tragaría. Me
quedé a oscuras… ¡Y las prendo! Tendido de barriga, corría, arrastrándome, como
se me hubiera vuelto agua y rodara por una cañería abajo. No me acordé de
Manuel… pa qué sino la verdá.
—¡Bendita sea
la Virgen! —dijeron los que estaban afuera, lavando el oro, cuando me vieron
llegar—. Creímos que no había quedado de ustedes, mano Juan, ni el pegao.
—¿Y qué fue lo
que pasó?
—Es que onde
hay oro, espantan mucho.
—¿Y Manuel?
—Por ai vendrá
atrás.
Nos pusimos a
clarear el cernidor. Era tanto el oro, que nos embelesamos más de dos horas
viéndolo correr, sin reparar que Manuel no llegaba.
—¿Le pasaría
algo a aquél?
—Allá estará,
como nosotros, embobao con todo el amarillo que hay en ese güeco.
—Vamos a ver.
Y empezamos de
nuevo a entrar, tendidos, de punta, como lombrices; pero alegres, deshojando
cachos. Porque el oro emborracha. Se sube a la cabeza como un aguardiente.
Llegamos al
punto en donde habíamos estado antes.
—Pero qué
sustico el tuyo, Juan. Mirá donde dejaste la pipa —dijo Quin Restrepo, con una
carcajada.
—¡Y la vela!
—¡Y los
fósforos!
—Fíjate a ver
si dejó también las orejas este viejo flojo.
—¡Y quien le
oye las cañas!
—Pero ¡qué fue
esto, Dios! Vengan, verán —gritó Penagos.
—¡A ver!
—Nos
amontonamos en el lugar en que estaba alumbrando con la vela. ¡Qué espanto,
Señor de los Milagros! Nos voltiamos a ver, unos a otros, descoloridos como
difuntos. Los tacos de guayacán que sostenían las piedras que formaban el
agujero por donde Manuel entró, se habían vuelto polvo. Del agujero no quedaba
nada: ciego, como ajustado a garlopa.
—Nada.
—¡Manuel!
—Nada.
Volví a
gritar, arrimando la boca a una grieta por donde cabía apenas la mano de canto:
—¡Manuel!
—¡Oooh!…
—respondieron al mucho rato, por allá, desde muy hondo. Desde muy hondo…
—¿Qué hubo,
hombre?
—A mí déjenme
quieto.
—Pero ¿qué
fue, hombre?
—Por mí no se
afanen. Ya yo no soy de esta vida.
—¿Qué pasa,
hombre, pues?
—Encerrado
como en el sepulcro… De aquí ya no me saca nadie… Sacará Dios el alma cuando me
muera… Si es que se acuerda de mí.
—Buscá,
hombre, tal vez quedará alguna juntura, por onde…
—He buscado ya
por todas partes… Los pedrones, juntos, apretados… ¡Y qué pedrones!… Tengo una
sed…
Inventamos un
popo, por onde le echábamos agua y cacaíto.
Así nos
estuvimos ocho días: callaos, mano sobre mano, como en un velorio.
Si tuviéramos
dinamita —pensábamos— volaríamos el pedrejón que rompió los tacos… pero como
todos los pedrones están sueltos, sostenidos unos con otros, el organal se
movería íntegro, se acomodaría cada vez más de manera diferente… y nos
trituraría a todos… o nos dejaría encerrados…
Y lo horrible
fue que se nos acabaron los víveres.
Manuel lo
adivinó. ¡Con lo avispado que era!
—Váyanse
muchachos… ya hay agua aquí. Con el invierno ha brotado entre las piedras…
Déjenme los tabacos que puedan, fósforos y mecha, y… váyanse… ¿Qué se suplen
con estarse ai…? Váyanse, les digo. Déjenme a mí el alma quieta: ya yo estoy
resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a
nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecito güerfano!… Me le dicen a doña Luz
que ai se los dejo… a él y a Dolores. Que los cuide como propios… y no me
llamen más, porque no les contesto…
¿Qué hacíamos,
pues, nosotros? Venirnos. Venirnos y dejarlo: ¡Cosa más berrionda!
Y el viejo
Juan, con un movimiento brusco, se puso el sombrero y se agachó el ala para
taparse los ojos. Lloraba.
La puerta del
exterior se abrió con estrépito.
Y entra
Dolores, pálida, la piel del rostro bello pegada a los huesos, los ojos
enormes, extraviados, trágicos.
—Todas son
patrañas. Todo lo he oído… Me voy por Manuel. ¡Ya! ¡Cobardes, que dejan a un
compañero abandonado! ¡Quien oye al viejo Juan! ¡Viejo infeliz! Traeré a
Manuel. Lo que cinco hombres no pudieron, lo haré yo… ¡Y ustedes sinvergüenzas,
tiren esos pantalones y pónganse unas fundas! ¡Maricos…!
Abre los
brazos, da un grito y cae al suelo, retorciéndose entre los dolores del parto.
Se lanza doña
Luz, severa, enérgica, bella, y hace salir a los hombres y a los niños.
