Antonio Mora Vélez
Glitza estaba
sentada en su reclinomática, esperando las noticias del cosmódromo de Libia en el Sahara. Miraba
ansiosa a cada instante el videófono, deseosa de contemplar las manos en alto
de su amado despidiéndose para siempre. Más que un torbellino, su cerebro era
un tornado de emociones y de ideas. Por
sus mejillas resbalaban lágrimas de angustia que se coloreaban con la luz
multicolor alternada de la lámpara de noche de su sillón electromecánico.
Transcurrieron
pocos minutos, quince tal vez, antes de que la pantalla se iluminara. Quince
minutos durante los cuales Glitza repasó la historia de sus relaciones con
Vernon, desde cuando lo conoció en la sala de centrifugación de la Academia
Astronáutica, hasta el día en que él le pidió, delante de sus compañeros
astronautas, con ocasión de la fiesta de grado justamente, que lo acompañara
por el resto de su vida. Recordó las sonrisas de los demás graduandos al
escuchar la fórmula empleada por Vernon. "Quiero que seas mi compañera y
que me acompañes siempre". Y se sonrieron porque ella no era astronauta,
era doctora en genética. Dos profesiones de áreas operativas diferentes cuyo
ejercicio no les iba a permitir mayor tiempo juntos. La regla general era que
los matrimonios se concertaban entre parejas con profesiones iguales o
complementarias. Pero Glitza pensaba de otra manera y así lo hizo saber a todos
esa mañana de la petición de Vernon. "Para seres que se aman y que
simultáneamente entregan su ciencia y su energía en ramas diferentes de la
actividad humana, el disfrute del amor durante las etapas vacacionales es mucho
más intenso", dijo. "Es mejor entregar totalmente cuerpo y alma en el
rito maravilloso del amor que perturbar el éxtasis con una palabra, un gesto o
un pensamiento que denuncien nuestra vinculación mental con otra sitio",
sostuvo finalmente. Y todos comprendieron. Las relaciones entre los hombres
habían llegado a un grado tal de hermandad y de solidaridad, que todos se
esforzaban por superar a los demás en la infinita tarea de hacer la vida más
hermosa. Cada ser humano daba todo lo que tenía de sí en su trabajo, entregaba
la totalidad de su capacidad y de su tiempo laboral, consciente de que su
aporte, además de necesario, lo ennoblecía, lo hacía cada vez más hombre. Fue
por eso por lo que Glitza defendió entonces la tesis de que, lejos de
constituir un obstáculo, la diferencia de profesiones era más bien un incentivo
para el trabajo de ambos. Además, desaparecido el egoísmo en las relaciones
sociales, todo el orbe había convertido en norma el viejo lema de los
mosqueteros: "Todos para uno y uno para todos". Un verdadero tributo
de energía para esa sociedad que facilitaba una vida individual pletórica de
satisfacciones materiales y espirituales.
Glitza se
ilusionaba con las períodos vacacionales del año, cuatro en total, en compañía
de Vernon, gozando de la brisa cálida del mar Nuevo, durmiendo en las casas
flotantes de Berquelot, dibujando los perfiles del crepúsculo amazónico y
conquistando la medalla del explorador meritorio con las siete aventuras del
Kilimanjaro. Jamás pensó que la primera misión de Vernon llevara consigo el
peligro real de no poder realizar todos esos sueños. Por eso lloraba y deseaba
verlo desde el videófono de su casa veraniega. No se sentía con fuerzas para
despedirlo en el cosmódromo.
Los quince
minutos necesarios para que el filme de toda su vida con Vernon se proyectara
en su conciencia, pasaron más rápido que nunca. Al final de los mismos la luz
violeta del videófono anunció el inicio de la emisión: "Habla Libia
--decía el locutor, mientras las cámaras tomaban el paisaje amarillo de maíz
que servía de marco a la imponente nave "Astral"-- En estos momentos
el cosmonauta Vernon Koste se despide de sus hermanos de La Tierra".
Vernon hizo un ademán de optimismo y de triunfo con ambas manos, y Glitza creyó
ver, no obstante, un par de lágrimas que empañaban el cristal de la escafandra
y que reflejaban el dolor de la despedida de un hombre seleccionado para el
viaje no precisamente por débil o emotivo. Pero Vernon no la podía ver y
parecía resignado a no verla cuando la voz de Glitza le hizo retroceder el
movimiento de entrada a la cosmonave. Por videotelex ella había pedido la
comunicación. Ahora podía contemplarla, inmensa, en la pantalla del edificio
central y podía escuchar su voz temblorosa decirle: "Vernon querido...te
deseo suerte...te esperaré siempre". "Regresaré Glitza, regresaré
para casarme contigo", le contestó. Segundos después de que Glitza le
sentenciara "Vernon mío: te casarás conmigo", la comunicación se
interrumpía para dar paso a la cuenta regresivo en su fase final.
II
El pulsador
neutrínico hacía avanzar la nave "Astral" a velocidades próximas a la
de la luz. El capó de cristal platinado estaba completamente dibujado por un
enjambre de estrellitas de indefinidas tonalidades cromáticas que superponían
al paisaje azabache del infinito una imagen de colorido y belleza. Tal enjambre
era producido por la fricción de las partículas de gas y polvo en las
condiciones de una nave ya próxima al rojo blanco de la conversión energética.
Vernon impartía órdenes desde su cabina energomática. Comprobaba el desgaste de
los pulmotores láser. Preparaba la tercera pulsación que arrojaría
definitivamente la nave fuera de la gravitación solar. La ruta apenas si se
había modificado en dos microgrados discretos y no había necesidad de una nueva
corrección retropulsátil. Si todo marchaba como hasta ese día, la tripulación
debía estar en la órbita del planeta verde de Alfa del Centauro, cinco años
convencionales después.
"El
hombre en su afán de dominar a la Naturaleza --decía Vernon a los demás
tripulantes-- no escatima esfuerzos. La vida, se ha dicho y comprobado, no es
un fenómeno exclusivo de nuestro sistema solar. En el planeta verde de Alfa del
Centauro los radioastrónomos han encontrado pruebas de una vegetación
exuberante que puede darnos la clave para la cosmoproducción agrícola en gran
escala". Vernon siguió hablando, explicando los objetivos de la expedición
en la primera reunión de estudio.
Diez meses
terrestres después en la nave (muchos años en La Tierra que los vio partir)
nuevas concepciones éticas y científicas anunciaban el advenimiento de una
nueva era entre los hombres. De Glitza quedaba apenas el recuerdo filmado de su
figura, de sus ademanes, de su sonrisa amplia y contagiosa. Todos los ratos de
descanso, Vernon los dedicaba a la contemplación de su amada y al recuerdo del
hijo por nacer. "¿Qué será de él? Un astronauta, sin duda", se decía
casi siempre. Y soñaba entonces con la fantasía de las dos presencias. "Yo
estoy aquí, pero también en La Tierra --sostenía-- Allá tengo otro cuerpo, pero
son mis genes y mi espíritu los que activan ese otro pedazo de mi ser".
Qué lejos estaba de imaginar que Glitza había logrado la más extraordinaria
conquista de la genética con el control y dirección de los genes para fines
estéticos. Ahora las características accidentales del físico humano obedecían a
la regulación de la inteligencia y no a la casualidad de las combinaciones
nucleicas. Y qué lejos estaba de pensar que su hija había escogido la profesión
de Glitza, que pensaba como ella, sonreía como ella y le amaba tanto como ella,
a pesar de solo conocerlo por filmes. Glitza, la Glitza que amó desde que la
sorprendió con un cachorro de oso en la sala de centrifugación del cosmódromo,
era ya una mujer dos veces mayor que él, con una idea fija en su mente: el
regreso de la nave y de su amado. Y un propósito: el cumplimiento de la promesa
que le hiciera minutos antes del despegue.
Los años
convencionales se sucedían en la "Astral" casi simultáneamente con
las etapas generacionales en La Tierra. Vernon vivía interiormente con la
imagen de Glitza, aunque sabía que no volvería a verla ni a estrecharla entre
sus brazos. Se había resignado a vivir con su recuerdo y lo hizo hasta que el
planeta verde apareció en la distancia, cuatro y medio años convencionales después, extraordinariamente
denso de vegetación, convertido en verde esperanza de la humanidad terrestre.
La operación
de aterrizaje y la posterior instalación del laboratorio fue cosa de horas
terrestres gracias a la precisión que la moderna técnica facilitaba. Poco
después el joven biólogo de la expedición recogía las primeras muestras de las
muchas especies nutritivas que se encontraban en el planeta. Este parecía una
inmensa hacienda de cultivo construida por la Naturaleza para disfrute de los
hombres que consiguieran descubrir su glauca existencia. En él no se
encontraron vestigios de vida animal, ni siquiera de la escala zoológica
inferior, lo cual fue explicado por el joven biólogo afirmando que la
concentración clorofílica del océano primitivo era tan grande que hizo
imposible la aparición de seres vivos desprovistos de ella que necesitaran
consumir substancias del medio exterior, en lugar de producirlas sintéticamente
con la ayuda solar. Tal vez por esa circunstancia la nave "Astral"
pudo cumplir con relativa facilidad su misión y Vernon realizar el sueño de
regresar con vida a La Tierra y poder saber, con eso se conformaba, qué fue de
Glitza y de su descendencia.
III
La inercia
parabólica acortaba la distancia cada vez más. El tiempo de regreso debería ser
menor en año y medio según los cálculos. En Vernon sólo la inmensa felicidad de
llevar a La Tierra el mecanismo de los futuros planetoides agrícolas, y la
esperanza de encontrar a Glitza, mantenía dormida la angustia de saberse
separado de la mujer amada. Porque, no obstante el conocimiento científico, en
los más profundo de sus sentimientos había siempre una esperanza. La esperanza
de que Einstein se hubiera equivocado. La esperanza de un movimiento espacial
complejo que compensara la relativa lentitud del movimiento terráqueo en torno
a su estrella. La terrestre esperanza de que hablara Neruda, "elaborada
como si fuera un duro pan" para acompañar al hombre en todas partes. Y
estaba Vernon tan completamente enamorado de su esperanza que perdía por completo la noción del tiempo frente a
los filmes desgastados que le complementaban espiritualmente el viaje de
regreso. Con la misma intensidad de pensamiento con que deseó el éxito de la
empresa, ahora deseaba convertir en realidad el sueño de volver al lado de
Glitza. Más que la inercia parabólica, ahora era la fuerza de sus sentimientos
la que devoraba las distancias y acercaba la "Astral" a La Tierra que
lo vio partir ciento cincuenta años atrás.
Las estaciones
ecuatoriales de rastreo habían detectado las primeras señales hertzianas de la
legendaria nave. En La Tierra todo era expectativa y emoción, en especial en el
corazón de una linda joven de veinte años, estudiante de último año de la
Academia de Astronáutica, que aguardaba ansiosa la aparición de la
"Astral" en los cielos de América.
A los pocos
días de ser detectada, la nave "Astral", de líneas aerodinámicas
anacrónicas pero admirada por todos, tomó pista en el cosmódromo de
Arizona. Millares de personas observaron entonces la aparición de los
cosmonautas de ayer una vez abierta la escotilla. Y escucharon también el
diálogo del comandante con la joven cadete que se acercaba a recibirlo.
__¡Glitza!
__exclamó al verla sonriente, con la misma sonrisa de siempre y el mismo
movimiento de cabeza. Llevaba un ramo de flores caliotas de Marte y un
brazalete de oro venusino que le hizo recordar a Vernon la tarde en que la
conoció en el parque "Konstanton Tiolkovski" de la ciudad cosmódromo
de Libia.
__No soy la
Glitza que usted supone. Soy descendiente en la octava generación de ella __le
contestó, al tiempo que le entregaba las flores y le estampaba un beso en la
mejilla.
__¡Pero si
eres igual a Glitza! __insistió Vernon y la tomó por los hombros.
__Gracias a la
genética dirigida __le repuso la joven cadete.
__Pero...¿cómo?
__Todo es obra
del al amor, del más grande y universal de los sentimientos de la evolución.
Por él pudo la Glitza que usted amó revolucionar la ciencia de los genes con el
propósito de cumplirle una promesa. ¿La recuerda usted?
__Sí, ya lo
creo que la recuerdo. Me dijo entonces: "Vernon mío, te casarás
conmigo" __Vernon se quedó un rato pensativo, ahondando en sus recuerdos,
revolviendo imágenes del pasado. Después le preguntó: "Entonces tú ¿cómo
te llamas?".
__Me llamo
Glitza, como mi madre y mi abuela, como Glitza quiso que nos llamáramos todas.
Los ojos de
Vernon se empañaron, igual que en la tarde de la despedida en Libia y por sobre
la gritería de los asistentes dijo dulcemente a la joven Glitza: "Sabes,
no habrá una segunda despedida, la próxima vez viajaremos juntos". Ella
simplemente sonrió y le tomó la mano. Habían bajado las escalinatas de la
astronave y ya se dirigían por el pasillo rumbo a la sección central del
edificio de la Dirección Cosmonáutica. En esos instantes las paredes sonoras
dejaban escuchar la voz del cantante más popular de la ciudad cosmódromo, quien
decía:
"Podrá
acabarse el calor del sol
y La Tierra
convertirse en hielo
pero el amor y
el calor humanos
tendrán
siempre un mañana..."
