Philip K. Dick
—Se llaman botones —explicó George Miller—. Tenían una
utilidad y, al mismo tiempo, servían de adorno. Los llevo por la naturaleza de
mi empleo.
Pagó al robot, tomó su maletín y se encaminó por la rampa a
la Oficina de Historia. El edificio principal ya había abierto; hombres y
mujeres ataviados con túnicas hormigueaban por todas partes. Miller entró en un
ascensor privado, se embutió entre los inmensos controladores de la división
precristiana y, al cabo de un momento, subió hasta su nivel, la Segunda Mitad
del Siglo Veinte.
—Güenosdías —murmuró, cuando el controlador Fleming se
reunió con él ante la vitrina del reactor atómico.
—Güenosdías —respondió Fleming con brusquedad—. Escuche,
Miller, acabemos con esto de una vez por todas. ¿Qué pasaría si todo el mundo
vistiera como usted? El gobierno ha promulgado severas leyes respecto a la
indumentaria. ¿No puede olvidar sus malditos anacronismos de vez en cuando?
¿Qué lleva en la mano, por el amor de Dios? Parece un reptil del Jurásico
aplastado.
—Es un maletín de piel de cocodrilo —explicó Miller—. Guardo
en él mis útiles de estudio. El maletín era un símbolo de autoridad de los
ejecutivos que vivieron a finales del siglo veinte. Al acostumbrarme a los
objetos cotidianos de mi período de investigación, mi relación se transforma de
simple curiosidad intelectual en genuina empatía. A menudo me subraya que
pronuncio algunas palabras de manera extraña. Utilizo el acento de un ejecutivo
norteamericano de la administración Eisenhower. ¿Capta?
—¿Eh? —murmuró Fleming.
—«Capta» era una expresión del siglo veinte. —Miller colocó
sus útiles de estudio sobre el escritorio—. ¿Quiere algo? Si no, empezaré a
trabajar. Cuento con pruebas fascinantes que, si bien los norteamericanos del
siglo veinte colocaban a mano sus baldosas, no tejían sus prendas de vestir.
Tengo la intención de cambiar la exposición en ese sentido.
—No hay peor fanático que un académico —graznó Fleming—. Va
atrasado doscientos años. Inmerso en sus reliquias y artefactos, sus malditas
réplicas de trivialidades desechadas.
—Me gusta mi trabajo —respondió Miller con humildad.
—Nadie se queja de su trabajo, pero existen otras cosas,
además del trabajo. En esta sociedad, usted es una unidad político-social.
¡Vaya con cuidado, Miller! La Junta ha recibido informes sobre sus
excentricidades. La devoción al trabajo está bien vista —entornó los ojos de
forma significativa—, pero usted ha ido demasiado lejos.
—Debo lealtad a mi arte antes que a cualquier otra cosa
—dijo Miller.
—¿A su qué? ¿Qué significa eso?
—Una palabra del siglo veinte. —Una expresión de
superioridad apareció en el rostro de Miller—. Usted no es más que un burócrata
sin importancia dentro de una inmensa maquinaria. Es una pieza de una totalidad
cultural impersonal. Carece de criterio. Los hombres del siglo veinte poseían
criterios propios, capacidad artística, el orgullo de la obra bien realizada.
Estas palabras no significan nada para usted. Usted no tiene alma, otro
concepto de la época dorada del siglo veinte, cuando los hombres eran libres y
podían expresar sus opiniones.
—¡Cuidado, Miller! —Fleming palideció y bajó la voz,
nervioso—. Malditos eruditos. Salga de sus cintas y enfréntese a la realidad.
Si continúa hablando así, nos meterá a todos en un lío. Idolatre el pasado, si
quiere, pero recuerde que está muerto y sepultado. Los tiempos cambian. La
sociedad progresa. —Indicó con un gesto de impaciencia las piezas exhibidas en
el nivel—. Sólo son réplicas imperfectas.
—¿Pone en tela de juicio mi investigación? —Miller estaba
enfurecido—. ¡Esta exposición es impecable! La voy corrigiendo en función de
los nuevos datos que surgen. Lo sé todo sobre el siglo veinte.
Fleming meneó la cabeza.
—Es inútil.
Dio media vuelta y se encaminó a la rampa descendente.
Miller enderezó el cuello de la camisa y la corbata de vivos
colores pintada a mano. Alisó su chaqueta azul a rayas, encendió una pipa con
tabaco de dos siglos antes y devolvió la atención a sus herramientas.
¿Por qué Fleming no le dejaba en paz? Fleming, el
representante oficioso de la gran jerarquía que se extendía como una telaraña
pegajosa sobre todo el planeta. En el seno de cada unidad industrial,
profesional y residencial. ¡Ay, la libertad del siglo veinte! Detuvo su
reproductor de cintas un momento y sus facciones adoptaron una expresión
soñadora. La excitante era de la virilidad y la individualidad, cuando los
hombres eran hombres…
Fue entonces cuando, sumido en la belleza de su
investigación, escuchó aquellos sonidos inexplicables. Provenían del centro de
la exposición, de su complejo interior, cuidadosamente regulado.
Había alguien en su exposición.
Volvió a escuchar ruidos procedentes del fondo. Algo o
alguien había burlado la barrera de seguridad dispuesta para mantener al
público alejado. Miller cerró el reproductor y se levantó poco a poco. Se
dirigió con sigilo hacia la exposición, temblando de pies a cabeza. Eliminó la
barrera y trepó al pavimento de hormigón. Algunos visitantes parpadearon cuando
el hombrecillo vestido de manera extraña se deslizó entre las réplicas
auténticas del siglo veinte que componían la exposición y desapareció entre
ellas.
Miller, con la respiración agitada, avanzó hacia un sendero
de grava muy cuidado. Tal vez se trataba de otro teórico, un servil gusano de
la Junta, que buscaba algo para desacreditarle. Una inexactitud aquí, un error
sin importancia allí. Su frente se perló de sudor: la ira se convirtió en
terror. Un macizo de flores a su derecha. Rosas Paul Scarlet y pensamientos
poco crecidos. Después, el césped verde y húmedo. El reluciente garaje blanco,
con la puerta subida a medias. La pulida parte posterior de un Buick de 1954…,
y la casa.
Tenía que ir con cuidado. Si era alguien de la Junta, se
enfrentaría a la jerarquía oficial. Quizá era un pez gordo. Quizá se trataba de
Edwin Carnap, presidente de la Junta, la máxima autoridad de la rama neoyorkina
del Directorio Mundial. Miller, tembloroso, subió los tres peldaños de cemento.
Llegó al porche de la casa del siglo veinte que constituía el centro de la
exposición.
Era una bonita casa; si hubiera vivido en aquella época, le
habría gustado tener una igual. Tres dormitorios, una casa que imitaba el
estilo de los ranchos californianos. Abrió la puerta principal y entró en la
sala de estar. El hogar en un extremo. Alfombras color vino. Sofá y butaca
modernos. Mesa de café de madera dura con superficie de cristal. Ceniceros de
cobre. Encendedor y revistero. Lámparas de pie relucientes, de plástico y
acero. Un librero. Televisor. Ventana panorámica con vistas al jardín. Atravesó
la sala y salió al pasillo.
La casa estaba sorprendentemente completa. Bajo sus pies, el
reactor del piso proyectaba una leve aura de calor. Echó un vistazo al primer
dormitorio. Un tocador de señora. Cubrecama de seda. Sábanas blancas
almidonadas. Pesadas cortinas. Un tocador. Frascos y tarros. Un enorme espejo
redondo. Ropas invisibles en el interior del ropero. Una bata tirada sobre el
respaldo de una silla. Zapatillas. Medias de nilón cuidadosamente colocadas al
pie de la cama.
Miller continuó por el pasillo y se asomó a la siguiente
habitación. Papel pintado de alegres colores: payasos, elefantes y acróbatas.
El dormitorio de los niños. Dos camas para dos chicos. Aviones a escala. Una
cómoda sobre la que descansaba una radio, un par de peines, libros de texto,
banderines, una señal de «Prohibido Estacionar», fotos pegadas en el espejo. Un
álbum de sellos.
Tampoco había nadie.
Miller examinó el moderno cuarto de baño, y también la ducha
de azulejos amarillos. Atravesó el comedor, echó un vistazo al sótano, donde
estaban la lavadora y la secadora. Después, abrió la puerta de atrás y examinó
el patio trasero. Césped y el incinerador. Un par de árboles pequeños y, como
fondo, la proyección en tres dimensiones de otras casas que se extendían hasta
unas colinas azules increíblemente convincentes. Pero tampoco vio a nadie. El
patio estaba vacío, desierto. Cerró la puerta y volvió sobre sus pasos.
Oyó risas en la cocina.
Una carcajada de mujer. Tintineo de cucharas y platos. Y
olores. Tardó un momento en identificarlos, aunque era un erudito. Tocino y
café. Y pastelillos calientes. Alguien estaba desayunando. Un desayuno del
siglo veinte.
Continuó pasillo adelante, pasó frente a un dormitorio
masculino, en que había zapatos y ropa tirada de cualquier manera, y se detuvo
en la entrada de la cocina.
Una atractiva mujer cercana a la cuarentena y dos
adolescentes estaban sentados alrededor de la pequeña mesa de plástico y cromo.
Habían terminado de desayunar; los muchachos se removían impacientes. El sol
que se filtraba por la ventana bañaba el fregadero. El reloj eléctrico señalaba
las ocho y media. La radio canturreaba en un rincón. Una enorme cafetera
descansaba en el centro de la mesa, rodeada de platos vacíos, vasos de leche y
cubiertos.
La mujer vestía una blusa blanca y falda de tweed a cuadros.
Ambos muchachos llevaban tejanos descoloridos, camisetas y zapatillas de tenis.
Aún no habían reparado en su presencia. Miller estaba petrificado en la puerta,
absorbiendo el sonido de las risas y la conversación.
—Tendrán que pedir permiso a su padre —estaba diciendo la
mujer, con burlona gravedad—. Esperen a que vuelva.
—Ya nos lo dio —protestó uno de los chicos.
—Bueno, pues pídanselo otra vez.
—Por la mañana siempre está de mal humor.
—Hoy no. Ha dormido bien. La fiebre del heno no le ha
molestado. El nuevo medicamento ha dado resultado. —Echó un vistazo al reloj—.
Ve a ver qué está haciendo, Don. Llegará tarde al trabajo.
—Estaba buscando el periódico. —Uno de los muchachos tiró la
silla hacia atrás y se levantó—. Ha vuelto a caer entre las flores.
Se volvió hacia la puerta y Miller se encontró cara a cara
con él. Tuvo la impresión que el chico le resultaba familiar. Muy familiar,
como alguien a quien conociera, pero más joven. Se preparaba para la inminente
escena cuando el chico se detuvo con brusquedad.
—Caray, me has asustado —dijo el muchacho.
La mujer lanzó una rápida mirada a Miller.
—¿Qué estabas haciendo, George? —preguntó—. Ven a terminar
tu café.
Miller entró poco a poco en la cocina. La mujer estaba
terminando su café; los dos chicos se habían levantado y empezaban a asediarle.
—Dijiste que podía ir de campamento este fin de semana a
Russian River con el grupo del colegio, ¿cierto? —preguntó Don—. Dijiste que
pidiera prestado un saco de dormir en el gimnasio, porque el que tenía lo diste
al Ejército de Salvación, ya que eres alérgico al kapok que llevaba.
—Sí —murmuró Miller, vacilante.
Don. Era el nombre del muchacho. Y su hermano, Ted. ¿Cómo lo
sabía? La mujer se había levantado también y apilaba los platos sucios para
llevarlos al fregadero.
—Han dicho que se lo habías prometido —dijo sin volverse.
Los platos tintinearon en el fregadero y procedió a derramar sobre ellos
escamas de jabón—. Me acordé de aquella vez en que querían conducir el coche y,
por la forma en que lo dijeron, me dio la impresión que les habías dado
permiso, pero no era así, por supuesto.
Miller se dejó caer en una silla. Jugueteó con su pipa. La
depositó en el cenicero de cobre y examinó el puño de la chaqueta. ¿Qué estaba
pasando? La cabeza le daba vueltas. Se puso en pie de repente y corrió hacia la
ventana abierta sobre el fregadero.
Casas, calles. Las colinas lejanas. Gente. El telón de fondo
tridimensional proyectado era muy convincente. ¿Qué estaba pasando?
—George, ¿qué ocurre? —preguntó Marjorie mientras se ataba
alrededor de la cintura un delantal rosa de plástico y llenaba el fregadero de
agua caliente—. Será mejor que saques el coche y vayas a trabajar. ¿No decías
anoche que el viejo Davidson se queja que los empleados llegan tarde y se
quedan charlando junto a la fuente de agua, desperdiciando el tiempo de la
empresa?
Davidson. La palabra agitó la mente de Miller. Lo sabía,
claro. Una diáfana imagen apareció ante él: un hombre alto, de cabello cano,
delgado y sereno. Chaleco y reloj de cadena. Y la oficina, Suministros
Electrónicos Unidos. El edificio de doce plantas situado en el centro de San
Francisco. El quiosco de periódicos y tabaco en el vestíbulo. Los sempiternos
bocinazos de los coches. Los estacionamientos abarrotados. El ascensor, lleno
de secretarias de ojos alegres, jerseys ceñidos y perfumadas.
Salió de la cocina, caminó por el pasillo, dejó atrás su
dormitorio, el de su mujer, y entró en la sala de estar. La puerta principal
estaba abierta y salió al porche.
El aire era frío, agradable. Una luminosa mañana de abril.
El césped aún estaba mojado. Los coches avanzaban por la calle Virginia hacia
la avenida Shattuck. El tráfico matutino, gente camino del trabajo. Al otro
lado de la calle, Earl Kelly agitó su Oakland Tribune mientras corría hacia la
parada del autobús.
A lo lejos, Miller distinguió el puente de la Bahía, la isla
Yerba Buena y la Isla del Tesoro. Más allá comenzaba San Francisco. Dentro de
pocos minutos atravesaría el puente en su Buick, camino de la oficina, junto
con otros miles de ejecutivos, vestidos con trajes azules a rayas.
Ted salió al porche.
—Entonces, ¿nos das permiso? ¿Podemos ir de campamento?
Miller se humedeció sus labios resecos.
—Ted, escúchame. Pasa algo raro.
—¿Como qué?
—No lo sé. —Miller deambuló por el porche, nervioso—. Hoy es
viernes, ¿verdad?
—Claro.
—Me lo figuraba.
¿Cómo sabía que era viernes? ¿Cómo sabía lo demás? Pues
claro que era viernes. Una semana larga y dura, el aliento de Davidson
bañándole la nuca. Sobre todo el miércoles, cuando el pedido de la General
Electric se había retrasado por culpa de una huelga.
—Voy a hacerte una pregunta —dijo Miller a su hijo—. Esta
mañana…, ¿salí de la cocina para ir a recoger el periódico?
Ted asintió.
—Sí. ¿Y qué?
—Me levanté y salí de la habitación. ¿Cuánto tiempo estuve
ausente? No mucho, ¿verdad? —Buscó las palabras precisas, pero su mente era un
laberinto de pensamientos inconexos—. Estaba sentado a la mesa con todos
ustedes, me levanté y fui a buscar el periódico. ¿Correcto? Y luego volví.
¿Correcto? —Su voz adquirió un tono de desesperación—. Por la mañana, me
levanté y afeité. Tomé el desayuno. Pastelillos calientes y café. Tocino.
¿Correcto?
—Correcto —aprobó Ted—. ¿Y?
—Como cada día.
—Sólo comemos pastelillos calientes los viernes.
Miller cabeceó lentamente.
—Exacto. Pastelillos calientes los viernes. Porque tu tío
Frank come con nosotros los sábados y domingos y no puede soportar los
pastelillos calientes, de modo que dejamos de hacerlos los fines de semana.
Frank es el hermano de Marjorie. Estuvo con los marines de la primera guerra
mundial. Fue cabo.
—Adiós —dijo Ted, cuando Don salió—. Hasta la noche.
Los muchachos, cargados con sus libros de texto, se
encaminaron hacia la moderna escuela secundaria situada en el centro de
Berkeley.
Miller volvió a entrar en la casa y buscó de manera
automática su maletín en el ropero. ¿Dónde estaba? Lo necesitaba, maldita sea.
Guardaba en él la cuenta Throckmorton. Davidson exigiría su cabeza a gritos si
la olvidaba en algún sitio, como en la cafetería True Blue, aquella vez que
todos fueron a celebrar el triunfo de los Yankees en la liga. ¿Dónde demonios
estaba?
Se enderezó poco a poco, a medida que recuperaba la memoria.
Por supuesto. Lo había dejado junto a su escritorio, después de sacar las
cintas de investigación, mientras Fleming le hablaba. En la Oficina de
Historia.
Se reunió con su mujer en la cocina.
—Escucha —dijo con voz hueca—. Marjorie, creo que no voy a
ir a la oficina.
Marjorie se giró en redondo, alarmada.
—George, ¿algo va mal?
—Estoy… muy confuso.
—¿Te ha vuelto a dar la fiebre del heno?
—No. Mi cabeza. ¿Cuál es el nombre de aquel psiquiatra de la
ATP que trató al hijo de la señora Bentley cuando tuvo el ataque? —Rebuscó en
su mente desorganizada—. Grunberg, creo. Del edificio Médico-Dental. —Caminó
hacia la puerta—. Voy a verle. Algo va mal, muy mal. Y no sé lo que es.
Adam Grunberg era un hombre grande y fornido, casi
cincuentón, de cabello castaño rizado y gafas de montura metálica. Cuando
Miller terminó, Grunberg carraspeó, se frotó la manga de su traje Brooks Bros y
preguntó con aire pensativo:
—¿Ocurrió algo cuando salió a buscar el periódico? ¿Algún
accidente? Debería repasar esa parte con todo detalle. Se levantó de la mesa,
salió al porche y empezó a buscar entre los arbustos. Y después, ¿qué?
Miller se acarició la frente.
—No lo sé. Todo es muy confuso. No recuerdo que buscara el
periódico. Recuerdo que regresé a casa. A partir de ese momento, todo está
claro. Pero lo anterior se mezcla con la Oficina de Historia y mi discusión con
Fleming.
—Repita lo sucedido con su maletín.
—Fleming dijo que parecía un reptil del Jurásico aplastado y
yo le respondí…
—No, me refiero a eso que lo buscó en el armario y no lo
encontró.
—Miré en el armario y no estaba, desde luego. Lo dejé junto
a mi escritorio, en la Oficina de Historia, en el nivel del Siglo Veinte. Al
lado de mi exposición. —Una extraña expresión cruzó el rostro de Miller—. Santo
Dios, Grunberg. ¿Se da cuenta que tal vez esto no sea más que una exposición?
Usted y todos los demás… Puede que usted no sea real, sino una simple pieza de
la exposición.
—Lo cual sería muy desagradable para todos, ¿verdad? —dijo
Grunberg, con una leve sonrisa.
—La gente está muy segura que sus sueños son reales, hasta
que despierta —replicó Miller.
—Por lo tanto, usted está soñando conmigo —rió Grunberg—.
Supongo que debería darle las gracias.
—No estoy aquí porque usted me caiga especialmente bien,
sino porque no puedo soportar a Fleming ni la Oficina de Historia.
—Este Fleming… —protestó Grunberg—. ¿Está consciente de
haber pensado en él antes de salir a buscar el periódico?
Miller se levantó y empezó a pasear por el lujoso
consultorio, entre las butacas forradas de piel y el enorme escritorio de
caoba.
—Quiero hacer frente a la situación. Soy un objeto de la
exposición. Una réplica artificial del pasado. Fleming dijo que me pasaría algo
por el estilo.
—Siéntese, señor Miller —dijo Grunberg, con voz suave pero
autoritaria. Siguió hablando cuando su visitante obedeció—. Entiendo lo que
dice. Tiene la sensación que todo cuando le rodea es irreal. Una especie de
escenario.
—Una exposición.
—Sí, una exposición de un museo.
—De la Oficina de Historia de Nueva York. Nivel R, el nivel
del Siglo Veinte.
—Y, además de esta sensación general de… insubstancialidad,
existen recuerdos específicos proyectados de personas y lugares ajenos a este
mundo, otro plano que contiene a ésta; la realidad, podríamos decir, en la que
este mundo no es más que una sombra.
—Este mundo no me parece una simple sombra. —Miller golpeó
con violencia el brazo en su butaca—. Este mundo es completamente real. Eso es
lo extraño. Entré para investigar unos ruidos y ahora no puedo salir. Dios
Santo, ¿tendré que vagar por esta réplica el resto de mi vida?
—Debe saber que su sensación es común a casi todos los seres
humanos, sobre todo en períodos de gran tensión. A propósito, ¿dónde estaba el
periódico? ¿Consiguió encontrarlo?
—En lo que a mí concierne…
—¿Le supone una causa de irritación? Veo que reacciona con
violencia a la sola mención del periódico.
Miller meneó la cabeza, agotado.
—Olvídelo.
—Sí, una fruslería. El repartidor tira descuidadamente el
diario, que va a parar entre los arbustos, no al porche. Usted se irrita.
Sucede una y otra vez. Nada más empezar el día, antes de ir a trabajar. Al
parecer, simboliza a pequeña escala las frustraciones de su trabajo. De toda su
vida.
—Personalmente, me importa un comino el periódico. —Miller
consultó su reloj—. Me voy. Son casi las doce. El viejo Davidson pedirá mi
cabeza a gritos si no estoy en la oficina a las… —Se interrumpió—. Otra vez.
—Otra vez, ¿qué?
—¡Todo esto! —Miller señaló la ventana—. Este lugar. Este
maldito mundo. Esta exposición.
—Se me ocurre una idea —dijo el doctor Grunberg—. Se la
explicaré, a ver qué le parece. Rechácela sin ambages si no le gusta. —Levantó
sus ojos astutos y profesionales—. ¿Ha visto alguna vez a niños jugando con
cohetes espaciales?
—Señor —respondió Miller—, he visto cargueros espaciales
comerciales que transportaban mercancías entre la Tierra y Júpiter, y
aterrizaban en el espaciopuerto de La Guardia.
Grunberg sonrió.
—Escúcheme con atención. Una pregunta. ¿El trabajo le
agobia?
—¿Qué quiere decir?
—Sería estupendo vivir en el mundo del futuro. Los robots y
los cohetes se encargarían de hacer todo el trabajo. Usted podría arrellanarse
en un sillón y descansar. Sin preocupaciones, cansancios ni frustraciones.
—Mi cargo en la Oficina de Historia trae consigo muchas
preocupaciones y frustraciones. —Miller se levantó con brusquedad—. Escuche,
Grunberg, o esto es una exposición en el nivel R de la Oficina de Historia, o
yo soy un ejecutivo de clase media que se inventa una fantasía como válvula de
escape. En este momento, soy incapaz de decidir. En un momento dado pienso que
esto es real, y al siguiente…
—Podemos decidirlo con suma facilidad.
—¿Cómo?
—Usted buscaba el periódico. Siguió el camino particular y
penetró en el jardín. ¿Dónde estaba? ¿En el camino, en el porche? Trate de
recordar.
—No hace falta. Estaba en el pavimento. Había saltado por
encima de la barandilla y dejado atrás las barreras de seguridad.
—En el pavimento. Regrese a ese punto. Localice el lugar
exacto.
—¿Por qué?
—Para demostrarse a usted mismo que no hay nada al otro
lado.
Miller respiró hondo.
—¿Y si lo hay?
—Es imposible. Usted mismo lo ha dicho: sólo uno de los
mundos puede ser real. Este mundo es real. —Grunberg descargó su puño sobre el
macizo escritorio de caoba—. Ergo, no encontrará nada al otro lado.
—Sí —dijo Miller, tras un momento de silencio. Una peculiar
expresión se pintó en su rostro—. Ha descubierto el error.
—¿Qué error? —preguntó Grunberg, estupefacto—. ¿Qué…?
Miller se encaminó hacia la puerta del despacho.
—Empiezo a comprenderlo. Estaba planteando una pregunta
equivocada, al intentar decidir qué mundo era el real. —Dirigió una sonrisa
desprovista de humor al doctor Grunberg—. Ambos son reales, por supuesto.
Tomó un taxi y volvió a casa. No había nadie. Los chicos
estaban en el colegio y Marjorie había ido de compras al centro. Esperó hasta
asegurarse que nadie miraba desde la calle y bajó por el camino particular
hacia el pavimento.
Encontró el lugar sin la menor dificultad. Distinguió un
leve brillo en el aire, justo al borde del estacionamiento. A través de él vio
formas confusas.
Tenía razón. Ahí estaba, completo y real. Tan real como el
pavimento que pisaba.
Los bordes del círculo cortaban una larga barra metálica. La
reconoció: era la barandilla de seguridad que había saltado para entrar en la
exposición. Al otro lado se encontraba el sistema de barreras de seguridad.
Desconectado, por supuesto. Y más allá, el resto del nivel y los muros más
alejados del edificio de Historia.
Avanzó con cautela y se internó en la niebla. Brillaba a su
alrededor, brumosa y oblicua. Las formas adquirieron una mayor definición. Una
figura móvil ataviada con una túnica azul oscuro. Un curioso que examinaba las
piezas exhibidas. La figura prosiguió su camino y se desvaneció. Vio su
escritorio. El reproductor de cintas y las herramientas de trabajo. Junto al
escritorio estaba su maletín, exactamente donde lo había dejado.
Mientras sopesaba la posibilidad de pasar por encima de la
barandilla y tomar el maletín, apareció Fleming.
Un sexto sentido aconsejó a Miller retroceder hacia la
neblina. Tal vez se debió a la expresión de Fleming. En cualquier caso, Miller
se encontró de nuevo sobre el pavimento, antes que Fleming se detuviera junto a
la grieta, el rostro congestionado, los labios retorcidos en una mueca de
indignación.
—Miller, salga de ahí —dijo con voz estrangulada.
Miller lanzó una carcajada.
—Sea buen chico, Fleming. Tíreme el maletín. Es esa cosa de
aspecto extraño que hay junto a mi escritorio. Se la enseñé antes, ¿recuerda?
—¡Deje de decir tonterías y escúcheme! Se lo digo muy en
serio. Carnap lo sabe. Me vi en la obligación de informarle.
—Bien por usted. El leal burócrata.
Miller se encogió para encender su pipa. Inhaló y expulsó
una gran bocanada de humo gris por la grieta. Fleming tosió y retrocedió.
—¿Qué es eso?
—Tabaco. Una de las cosas que hay aquí. Una sustancia muy
común en el siglo veinte. Usted no sabe nada de él. Su período es el siglo
segundo antes de Cristo. El mundo heleno. No sé si le gustará mucho. Las
instalaciones sanitarias eran deficientes, y la media de vida, corta.
—¿De qué está hablando?
—En comparación, la esperanza de vida de mi período es muy
alto. Tendría que ver sus cuartos de baño. Azulejos amarillos. Y ducha. No
tenemos nada parecido en los aposentos de ocio de la Oficina.
—En otras palabras —gruñó Fleming—, piensa quedarse ahí.
—Es un lugar agradable —reconoció Miller—. Mi posición es
superior a la media, por supuesto. Se la voy a describir. Tengo una mujer muy
atractiva. El matrimonio está permitido en esta era, incluso santificado. Tengo
dos hijos estupendos, ambos varones, que irán a Russian River este fin de
semana. Viven conmigo y con mi mujer; se hallan bajo nuestra custodia absoluta.
El Estado carece de poder a ese respecto. Tengo un Buick nuevo de trinca y…
—Ilusiones —barbotó Fleming—. Fantasías psicóticas.
—¿Está seguro?
—¡Maldito idiota! Siempre supe que su ego era demasiado
regresivo para enfrentarse a la realidad. Usted y sus retrocesos anacrónicos. A
veces me avergüenzo de ser un teórico. Ojalá me hubiera dedicado a la
ingeniería. —Fleming torció los labios—. Usted está loco. Se encuentra en medio
de una exposición artificial, que pertenece a la Oficina de Historia, un
amasijo de plástico, cables y postes. La réplica de una época pretérita. Una
imitación. Y prefiere vivir ahí antes que en el mundo real.
—Muy extraño —dijo Miller en tono pensativo—. Tengo la
impresión de haber oído algo muy parecido hace poco. ¿Conoce por casualidad a
un tal doctor Grunberg? Es psiquiatra.
El director Carnap llegó sin previo aviso con su cohorte de
ayudantes y expertos. Fleming se apresuró a retroceder unos pasos. Miller se
encontró frente a frente con una de las figuras más poderosas del siglo
veintidós. Sonrió y extendió la mano.
—Maldito imbécil —masculló Carnap—. Salga antes que le
saquemos a rastras. Si nos obliga, está acabado. Ya sabe lo que se hace con los
psicóticos avanzados. Significará la eutanasia para usted. Le doy la última
oportunidad de abandonar esa exposición falsa…
—Lo siento —dijo Miller—, pero no es una exposición.
El rotundo rostro de Carnap expresó una repentina sorpresa.
Durante un breve instante, su pose desapareció.
—Aún se empeña en sostener…
—Esto es una puerta temporal —dijo Miller con serenidad—. No
puede sacarme, Carnap. No puede alcanzarme. Estoy en el pasado, a doscientos
años de distancia. He viajado a un continuo existencial anterior. Encontré un
puente y escapé de su continuo. Y no hay nada que pueda hacer al respecto.
Carnap y sus expertos se sumieron en una veloz conferencia
técnica. Miller aguardó con paciencia. Tenía mucho tiempo; había decidido que
no aparecería por la oficina hasta el lunes.
Al cabo de un rato, Carnap volvió a aproximarse a la grieta,
con cuidado de no pasar por encima de la barandilla.
—Una teoría interesante, Miller. Eso es lo más extraño de
los psicóticos: racionalizan sus fantasías y las integran en un sistema lógico.
A priori, su concepto es convincente, consistente, pero…
—Pero, ¿qué?
—Pero no es verdadero. —Carnap había recuperado su
confianza; daba la impresión que el diálogo le satisfacía—. Usted piensa que ha
vuelto al pasado. Sí, la exposición es muy precisa. Su trabajo siempre ha sido
excelente. Ninguna otra exposición iguala la autenticidad de los detalles.
—Intento hacer mi trabajo lo mejor posible —murmuró Miller.
—Usted llevaba prendas arcaicas y se expresaba con términos
arcaicos. Hizo todo lo posible por proyectarse hacia el pasado. Se dedicó en
cuerpo y alma a su trabajo. —Carnap dio unos golpecitos con el dedo sobre la
barandilla—. Sería una pena, Miller. Sería una terrible pena destruir una
réplica tan auténtica.
—Entiendo lo que quiere decir —respondió Miller, al cabo de
unos instantes—. Estoy de acuerdo con usted, desde luego. Me siento muy
orgulloso de mi trabajo. Detestaría verlo destruido, pero no le servirá de
nada. Sólo conseguirá cerrar esta puerta temporal.
—¿Está seguro?
—Por supuesto. Esta exposición es un simple puente, un
vínculo con el pasado. Atravesé la exposición, pero ya no estoy en ella. He
trascendido la exposición. —Sonrió con los labios apretados—. Su destrucción no
me afectará, pero aísleme de su mundo, si así lo desea. No tengo la menor
intención de regresar. Ojalá pudiera ver este lado, Carnap. Es un bonito lugar.
Libertad, oportunidades. Gobierno limitado, responsable ante el pueblo. Si no
le gusta su trabajo, lo deja. Aquí no hay eutanasia. Pase, le presentaré a mi
mujer…
—Le atraparemos —dijo Carnap—, y también a sus invenciones
psicóticas.
—Dudo que alguna de esas «invenciones psicóticas» esté
preocupada. Grunberg no lo estaba. No creo que Marjorie esté…
—Ya hemos iniciado los preparativos de demolición —explicó
Carnap con calma—. No lo haremos de golpe, sino pieza por pieza. Así tendrá la
oportunidad de apreciar nuestro método científico y artístico de volar en
pedazos su mundo imaginario.
—Pierde el tiempo —dijo Miller.
Se volvió, bajó por el pavimento, se internó por el sendero
de grava y llegó al porche.
Se acomodó en la butaca de la sala de estar y conectó el
televisor. Después, entró en la cocina y sacó de la nevera una lata de cerveza
bien fría. Regresó a la confortable sala de estar.
Mientras se sentaba ante el televisor, reparó en algo
enrollado sobre la mesita de café.
Sonrió con ironía. Era el periódico de la mañana, que había
buscado con tanto ahínco. Marjorie lo había entrado junto con la leche, como de
costumbre. Y se había olvidado de decírselo, por supuesto. Bostezó, satisfecho,
y lo tomó. Lo desdobló y leyó los grandes titulares en letra negra:
RUSIA DESCUBRE LA BOMBA DE COBALTO,
CAPAZ DE DESTRUIR EL MUNDO ENTERO
