Philip K. Dick
El hombrecillo estaba cansado. Se abrió paso entre la gente que llenaba el vestíbulo de la estación hasta la ventanilla. Esperó su turno con impaciencia. Su cansancio se reflejaba en los hombros hundidos y en el abolsado abrigo marrón.
—El siguiente —graznó Ed Jacobson, el vendedor de billetes.
El hombrecillo depositó un billete de cinco dólares sobre el
mostrador.
—Deme un abono nuevo. He terminado el último. —Su mirada se
desvió de Jacobson al reloj de pared—. Santo Dios, qué tarde es.
Jacobson tomó los cinco dólares.
—Muy bien, señor. Un abono. ¿Para dónde?
—Macon Heights —dijo el hombrecillo.
—Macon Heights. —Jacobson consultó la lista—. Macon Heights.
Ese lugar no existe. El rostro del hombrecillo traslució suspicacia.
—¿Me está tomando el pelo?
—Señor, no consta ningún Macon Heights. No puedo venderle un
billete para un lugar que no existe.
—¿Qué quiere decir? ¡Yo vivo allí!
—No me importa. Hace seis años que vendo billetes y ese
lugar no existe. El hombrecillo abrió los ojos con estupefacción.
—Pero mi casa está allí. Vuelvo cada noche. Yo…
—Tome. —Jacobson empujó hacia él la lista—. Búsquelo usted
mismo.
El hombrecillo la leyó frenéticamente, recorriendo con un
dedo tembloroso los nombres de las ciudades.
—¿Lo ha encontrado? —preguntó Jacobson, apoyando los brazos
sobre el mostrador—. No está, ¿verdad?
El hombrecillo negó con la cabeza, aturdido.
—No lo entiendo. No tiene sentido. Debe haber alguna
equivocación. Tiene que haber…
De pronto, se desvaneció. La lista cayó al suelo. El
hombrecillo se había evaporado.
—¡Por el fantasma de César! —susurró Jacobson.
Abrió y cerró la boca. Sobre el suelo de cemento sólo se
veía la lista. El hombrecillo había dejado de existir.
—Y entonces, ¿qué? —preguntó Bob Paine.
—Di la vuelta y tomé la lista.
—¿Y había desaparecido?
—Exacto, había desaparecido. —Jacobson se frotó la frente—.
Ojalá lo hubiera visto usted. Desapareció como una luz al apagarse. Por
completo. Sin un ruido. Sin el menor movimiento.
Paine encendió un cigarrillo y se reclinó en la silla.
—¿Le había visto antes?
—No.
—¿Qué hora era?
—Esta misma, más o menos. Alrededor de las cinco. —Jacobson
se acercó a la ventanilla—. Viene un montón de gente.
—Macon Heights. —Paine hojeó el callejero oficial—. No
consta en ningún listado. Quiero hablar con él, si vuelve a aparecer. Hágale
entrar en el despacho.
—Claro. No quiero saber nada más de él. No es normal.
—Jacobson volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señora?
—Dos billetes de ida y vuelta a Lewisburg. Paine apagó el
cigarrillo y encendió otro.
—Sigo teniendo la sensación que el nombre me resulta
familiar. —Se levantó y examinó el plano mural—. Pero no consta en la lista.
—No consta en la lista porque ese lugar no existe —insistió
Jacobson—. ¿Cree que no lo sabría, vendiendo cada día un billete tras otro?
—Volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señor?
—Quiero un abono para Macon Heights —dijo el hombrecillo,
echando una nerviosa mirada al reloj de pared—. Y dese prisa.
Jacobson cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, el
hombrecillo seguía allí, con el rostro pequeño y arrugado, cabello ralo, gafas,
abrigo ajado que formaba bolsas.
Jacobson dio media vuelta y se dirigió al despacho de Paine.
—Ha vuelto. —Jacobson tragó saliva, pálido—. Es él otra vez.
Los ojos de Paine centellearon.
—Tráigale aquí.
Jacobson asintió y regresó a la ventanilla.
—Señor —dijo—, ¿sería tan amable de ir al despacho? —Indicó
la puerta—. Al subdirector le gustaría verle un momento.
El rostro del hombrecillo se ensombreció.
—¿Qué pasa? El tren está a punto de salir. —Empujó la puerta
y entró en el despacho, gruñendo para sí—. Nunca me había ocurrido algo
semejante. Cada vez es más complicado comprar un abono. Si pierdo el tren,
denunciaré a su empresa…
—Siéntese —dijo Paine, indicando la silla colocada frente a
su escritorio—. ¿Es usted el caballero que quiere un abono para Macon Heights?
—¿Qué tiene de extraño? ¿Qué les pasa a todos ustedes? ¿Por
qué no pueden venderme un abono como de costumbre?
—¿Como…, como de costumbre?
El hombrecillo se controló con un gran esfuerzo.
—Mi esposa y yo nos mudamos a Macon Heights el pasado
diciembre. He viajado en su tren diez veces a la semana, dos trayectos cada
día, durante seis meses. Cada mes compro un nuevo abono.
Paine se inclinó hacia él.
—¿Qué tren toma exactamente, señor…?
—Critchet. Ernest Critchet. El tren B. ¿No recuerda sus
propios horarios?
—¿El tren B? —Paine consultó los horarios del tren B
ayudándose con un lápiz. No constaba ningún Macon Heights—. ¿Cuánto dura el viaje?
¿Cuánto tiempo tarda en llegar?
—Cuarenta y nueve minutos, exactamente. —Critchet miró el
reloj de pared—. Si consigo alcanzarlo.
Paine hizo un cálculo mental. Cuarenta y nueve minutos. A
unos cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad. Se levantó para acercarse al
gran mapa mural.
—¿Qué ocurre? —preguntó Critchet con marcada suspicacia.
Paine dibujó un círculo de cuarenta y cinco kilómetros en el
mapa. El círculo cruzaba varias ciudades, pero ninguna era Macon Heights. Y en
la línea B no había nada.
—¿Qué tipo de lugar es Macon Heights? —preguntó Paine—.
¿Cuánta gente vive, en su opinión?
—No lo sé. Cinco mil personas, tal vez. Paso casi todo el
tiempo en la ciudad. Trabajo de contable en Seguros Bradshaw.
—¿Macon Heights es una población nueva?
—Bastante moderna. Vivimos en una casa de dos habitaciones,
construida hace un par de años. —Critchet se agitó inquieto—. ¿Qué pasa con el
abono?
—Me temo que no puedo venderle un abono —respondió Paine
lentamente.
—¡Cómo! ¿Por qué no?
—No tenemos servicio a Macon Heights.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Critchet, levantándose de un
salto.
—Ese lugar no existe. Mire el mapa.
Critchet se quedó boquiabierto. Su rostro cambió de
expresión varias veces consecutivas. Por fin, irritado, se acercó al mapa y lo
examinó con suma atención.
—Esta situación es muy curiosa, señor Critchet —murmuró
Paine—. No consta en el mapa ni en el listado oficial. Nuestros horarios no lo
incluyen. No tenemos abonos para viajes a ese lugar. No…
Enmudeció. Critchet había desaparecido. Un momento antes
estaba allí, examinando el mapa. Un segundo después se había volatilizado.
Desvanecido. Esfumado.
—¡Jacobson! —bramó Paine—. ¡Ha desaparecido!
Los ojos de Jacobson se abrieron desmesuradamente. El sudor
le brotó de la frente.
—Vaya, vaya —murmuró.
Paine se abismó en sus pensamientos, contemplando el lugar
vacío que Ernest Critchet había ocupado.
—Algo está pasando —musitó—. Algo muy extraño.
De pronto tomó su abrigo y se encaminó hacia la puerta.
—¡No me deje solo! —suplicó Jacobson.
—Si me necesita, estaré en el apartamento de Laura. El
número está en algún lugar de mi escritorio.
—Ahora no es el momento de ir a jugar con chicas. Paine
abrió la puerta que daba al vestíbulo.
—Dudo que se trate de un juego —dijo con semblante sombrío.
Paine subió los escalones que llevaban al piso de Laura
Nichols de dos en dos. Apretó el timbre hasta que la puerta se abrió.
—¡Bob! —Laura parpadeó, sorprendida—. ¿A qué debo esta…?
Paine pasó junto a ella y entró en el piso.
—Espero no interrumpirte.
—No, pero…
—Se trata de un asunto muy serio. Voy a necesitar ayuda.
¿Puedo contar contigo?
—¿Conmigo?
Laura cerró la puerta. Su bien amueblada casa estaba en
penumbra. Sólo había encendida una lámpara de mesa, en el extremo del mullido
sofá verde. Las pesadas cortinas estaban corridas. El fonógrafo sonaba a bajo
volumen en un rincón.
—Tal vez me estoy volviendo loco. —Paine se dejó caer en el
lujoso sofá verde—. Es lo que quiero averiguar.
—¿Cómo puedo ayudarte?
Laura se acercó lánguidamente, con los brazos cruzados y un
cigarrillo entre los labios. Se apartó de los ojos el largo cabello con un
movimiento brusco de la cabeza.
—¿Qué pasa por tu mente?
Paine dirigió una sonrisa de aprobación a la joven.
—Vas a llevarte una sorpresa. Quiero que bajes al centro
mañana por la mañana temprano, bien guapa y…
—¡Mañana por la mañana! Tengo un trabajo, ¿recuerdas? Y en
la oficina nos esperan esta semana un montón de informes nuevos.
—Envíalos al infierno. Tómate la mañana libre. Ve a la
biblioteca central. Si no consigues la información allí, ve a la sede del
tribunal del condado y examina los registros tributarios de los años pasados.
Búscalo hasta que lo encuentres.
—¿El qué?
Paine encendió un cigarrillo con aire positivo.
—Alguna mención de un lugar llamado Macon Heights. Sé que he
oído ese nombre antes. Hace años. ¿Te has hecho ya una idea? Echa un vistazo a
los atlas antiguos, a periódicos atrasados de la hemeroteca, revistas antiguas,
informes, planes urbanísticos, propuestas a la legislación del Estado.
Laura se sentó lentamente en el brazo del sofá.
—¿Estás bromeando?
—No.
—¿He de hurgar mucho en el pasado?
—Unos diez años…, si es necesario.
—¡Santo Dios! Tendría que…
—No salgas hasta encontrarlo. —Paine se levantó con
brusquedad—. Hasta luego.
—¿Te marchas así, por las buenas? ¿No me llevarás a cenar?
—Lo siento. —Paine se encaminó hacia la puerta—. Estaré muy
ocupado. Ocupadísimo.
—¿En qué?
—En visitar Macon Heights.
Por la ventanilla del tren divisó campos interminables,
interrumpidos de vez en cuando por alguna granja. Los postes telefónicos se
alzaban hacia el cielo del anochecer.
Paine consultó su reloj. Ya faltaba poco. El tren atravesó
una ciudad pequeña. Un par de gasolineras, estacionamientos a la orilla de la
carretera, una tienda de televisores. Los frenos chirriaron al parar en la
estación. Lewisburg. Bajaron algunos pasajeros, hombres vestidos con abrigos
que llevaban bajo el brazo el periódico vespertino. Las puertas se cerraron y
el tren arrancó.
El subdirector se recostó en el asiento, inmerso en sus
pensamientos. Critchet se había esfumado mientras examinaba el mapa mural. Se
había esfumado por primera vez cuando Jacobson le enseñó la lista de horarios…
Cuando le habían demostrado que no existía ningún lugar llamado Macon Heights.
¿Sería una pista? Todo el asunto era inverosímil, como un sueño.
Paine miró por la ventana. Estaba a punto de llegar…, si
existía un lugar así. Los campos de color pardo se extendían hasta perderse de
vista. Colinas y campos uniformes. Postes telefónicos. Coches que corrían por
la autopista estatal, ínfimas motas negras que se precipitaban hacia el
crepúsculo.
Pero ni rastro de Macon Heights.
El tren prosiguió su camino con gran estrépito. Paine
consultó su reloj. Habían pasado cincuenta y un minutos. Y no había visto nada.
Nada, excepto campos.
Recorrió el vagón y se sentó al lado del revisor, un hombre
ya mayor de cabello blanco.
—¿Ha oído hablar de un lugar llamado Macon Heights?
—preguntó Paine.
—No, señor.
Paine le mostró sus credenciales.
—¿Está seguro de no haber oído nunca ese nombre?
—Por completo, señor Paine.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo este trayecto?
—Once años, señor Paine.
Paine continuó hasta la próxima parada, Jacksonville. Bajó y
transbordó a un tren B que regresaba a la ciudad. El sol se había puesto. El
cielo estaba casi negro. Le costó distinguir el paisaje que se extendía al otro
lado de la ventana.
Se puso en tensión y contuvo el aliento. Faltaba un minuto.
Cuarenta segundos.
¿Habría algo? Campos llanos. Solitarios postes telefónicos.
Un paisaje árido y yermo entre las ciudades.
¿Entre? El tren avanzaba con estruendo en la oscuridad.
Paine forzó la vista. ¿Había algo allí afuera? ¿Algo entre los campos?
Una masa alargada de humo transparente se extendía sobre los
campos. Una masa homogénea, que mediría un kilómetro y medio de largo. ¿Qué
era? ¿El humo de la locomotora? Pero la locomotora era diesel. ¿De un camión
que transitaba por la autopista? ¿Matorrales quemados? En los campos no se
observaba nada similar.
De repente, el tren empezó a perder velocidad. Paine se puso
en guardia al instante. El tren estaba frenando, iba a detenerse. Los frenos
chirriaron, los vagones oscilaron de un lado a otro. Después, silencio.
Un hombre alto, sentado al otro lado del pasillo y cubierto
con un abrigo ligero, se levantó, se puso el sombrero y avanzó con rapidez
hacia la puerta. Saltó a tierra. Paine le miró, fascinado. El hombre se alejó a
buen paso del tren, caminando por los campos oscurecidos. Se dirigió sin la
menor vacilación hacia un banco de neblina gris.
El hombre se elevó. Andaba a unos treinta centímetros sobre
la tierra. Giró a la derecha. Se elevó de nuevo, y ahora…, a unos noventa
centímetros sobre la tierra. Caminó paralelamente a la tierra durante un
momento, alejándose todavía del tren. Después desapareció en el banco de
niebla. Se había esfumado.
Paine corrió por el pasillo, pero el tren había empezado a
acelerar. Los campos pasaban ante la ventana a toda velocidad. Paine localizó
al revisor, un joven de rostro lleno, apoyado contra la pared del vagón.
—Escuche —gritó Paine—, ¿cuál era esa parada?
—¿Perdón, señor?
—¡Esa parada! ¿Cuál era?
—Siempre paramos ahí.
El revisor introdujo la mano en su chaqueta y sacó con
parsimonia un puñado de folletos de horarios. Los examinó y le pasó uno a
Paine.
—El B siempre se detiene en Macon Heights. ¿No lo sabía?
—¡No!
—Está puesto en el folleto. —El joven se concentró de nuevo
en su revista de aventuras—. Siempre para ahí. Siempre lo ha hecho. Y siempre
lo hará.
Paine abrió el folleto. Era cierto. Macon Heights constaba
entre Jacksonville y Lewisburg. A cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad,
exactamente.
La nube de neblina gris. La enorme nube que ganaba forma a
cada momento. Como si algo cobrara vida. De hecho, algo estaba cobrando vida.
¡Macon Heights!
A la mañana siguiente, localizó a Laura en su casa. Estaba
sentada ante la mesita de café, vestida con un jersey rosa pálido y pantalones
negros. En la mesa había un montón de notas, papel, goma de borrar y un vaso de
leche malteada.
—¿Cómo te fue? —preguntó Paine.
—De primera. Tengo la información que querías.
—¿Cuál es la historia?
—Encontré mucho material. —Dio una palmada a la pila de
notas—. He resumido lo más interesante.
—Adelante con ese resumen.
—Este agosto hará siete años que la junta de supervisores del
Estado votó la creación de tres nuevas zonas residenciales, que se instalarían
fuera de la ciudad. Macon Heights era una de ellas. Se produjo un acalorado
debate. La mayoría de los comerciantes de la ciudad se oponían a las nuevas
zonas. Sostenían que llevarían muchos comercios al por menor fuera de la
ciudad.
—Sigue.
—Hubo una larga discusión. Por fin, se aprobaron dos de las
tres zonas. Waterville y Cedar Groves. Pero no Macon Heights.
—Entiendo —murmuró Paine, pensativo.
—Macon Heights fue rechazada. Se alcanzó un compromiso: dos
zonas en lugar de tres. Las dos zonas se empezaron a construir en seguida, ya
lo sabes. Pasamos por Waterville una tarde. Un lugar pequeño y encantador.
—Pero no Macon Heights.
—No. Macon Heights fue rechazada. Paine se acarició el
mentón.
—Así que ésa es la historia.
—Ésa es la historia. ¿Te das cuenta que he perdido la paga
de medio día por culpa de esto? Has de invitarme a salir esta noche. Quizá
debería buscarme otro novio. Empiezo a pensar que no eres tan buen partido como
me imaginaba.
Paine asintió con la cabeza, absorto en sus pensamientos.
—Hace siete años. —De pronto, un pensamiento acudió a su
mente—. ¡La votación!
¿Por cuánto perdió Macon Heights?
Laura consultó sus notas.
—El proyecto fue derrotado por un solo voto.
—Un solo voto. Hace siete años. —Paine salió al recibidor—.
Gracias, cariño. Las piezas empiezan a encajar. ¡Encajan de maravilla!
Tomó un taxi nada más salir. El taxi le condujo a la
estación ferroviaria. Por la ventanilla veía desfilar letreros y calles. Gente,
tiendas y coches.
Su presentimiento era correcto. Había oído antes el nombre.
Siete años atrás. Un encarnizado debate sobre una zona residencial situada en
las afueras. Dos ciudades aprobadas: una rechazada y olvidada.
Pero ahora, la ciudad olvidada estaba cobrando vida…, siete
años después. La ciudad, y con ella un fragmento indeterminado de realidad.
¿Por qué? ¿Había cambiado algo en el pasado? ¿Se había producido alguna
alteración en un continuo temporal?
Podía ser la explicación. El resultado de la votación fue
muy apretado. Macon Heights casi logró la aprobación. Tal vez, ciertas partes
del pasado eran inestables. Tal vez, aquel período en particular, siete años
antes, había sido crítico. Tal vez, nunca había terminado de cuajar. Una idea
extraña: un pasado que cambia después de haber sucedido.
De pronto, los ojos de Paine se concentraron en un punto
concreto. Se irguió con rapidez. En la acera opuesta, a mitad de la manzana,
vio el letrero de un comercio sobre un establecimiento pequeño y discreto.
Paine forzó la vista cuando el taxi pasó por delante.
SEGUROS BRADSHAW (o)
NOTARIO PÚBLICO
Recordó. La empresa de Critchet. ¿También aparecía y
desaparecía? ¿Había estado siempre en el mismo sitio? Algo de su aspecto
externo le intranquilizó.
—Dese prisa —urgió Paine al chofer—. Acelere.
Cuando el tren se detuvo en Macon Heights. Paine se levantó
al instante y corrió hacia la puerta. Las ruedas chirriantes se inmovilizaron y
Paine saltó al apartadero de grava caliente. Paseó la vista a su alrededor.
Macon Heights centelleaba y resplandecía a la luz del
atardecer. Sus pulcras hileras de casas se extendían en todas direcciones. La
marquesina de un teatro se erguía en el centro de la ciudad.
Un teatro, al menos. Paine atravesó la vía y se encaminó
hacia la ciudad. Al otro lado de la estación había un estacionamiento. Lo cruzó
y siguió un sendero que dejaba atrás una gasolinera y desembocaba en una acera.
Se hallaba en la calle principal de la ciudad. Una doble
fila de comercios se extendía frente a él. Una ferretería. Dos drugstores. Un
bazar. Unos grandes almacenes.
Paine paseaba con las manos en los bolsillos, admirando
Macon Heights. Un edificio de apartamentos. Un conserje sacaba brillo a los
peldaños de la puerta principal. Todo parecía nuevo y moderno. Las casas, las
tiendas, el pavimento y las aceras. Los parquímetros. Un policía de uniforme
marrón estaba multando a un coche. Árboles, separados a intervalos. Podados con
gusto.
Pasó frente a un gran supermercado. Había un canasto de
frutas delante, con naranjas y uvas. Tomó un grano de uva y lo mordió.
La uva era auténtica, de acuerdo. Una enorme uva negra de la
variedad concord, dulce y madura. Sin embargo, veinticuatro horas antes sólo
había allí un campo yermo.
Paine entró en un drugstore. Ojeó algunas revistas y se
sentó en la barra. Pidió una taza de café a la pequeña camarera de mejillas
sonrosadas.
—Esta ciudad es muy bonita —dijo Paine cuando la chica le
trajo el café.
—Sí que lo es.
—¿Cuánto…? —Paine vaciló—. ¿Desde cuándo trabaja aquí?
—Tres meses.
—¿Tres meses? —Paine examinó a la pequeña rubia de curvas
generosas—. ¿Vive en Macon Heights?
—Oh, sí.
—¿Hace mucho?
—Un par de años, más o menos.
Se alejó para atender a un joven soldado que había ocupado
un taburete frente a la barra.
Paine bebió su café y fumó, mientras observaba a la gente
que pasaba por la calle. Gente corriente. Hombres y mujeres, sobre todo
mujeres. Algunas llevaban bolsas y carritos de la compra. Los automóviles
circulaban a escasa velocidad en ambas direcciones. Una tímida ciudad
suburbana. Moderna, clase media alta. Una ciudad con clase. Allí no había
barriadas obreras. Casas pequeñas y bonitas. Tiendas con pequeños jardines
inclinados en la parte delantera y letreros de neón.
Unos chicos de la escuela superior entraron como una tromba
en el drugstore, riendo y dándose palmadas. Dos muchachas con jerseys de
colores brillantes se sentaron al lado de Paine y pidieron zumos. Charlaban
alegremente; captó retazos de su conversación.
Las miró, reflexionando con aire sombrío. Eran auténticas,
de acuerdo. Lápiz de labios y uñas rojas. Jerseys y libros de texto. Cientos de
adolescentes que salían de la escuela superior y se apelotonaban en el
drugstore.
Paine se frotó la frente, cansado. No parecía posible. Tal
vez estaba loco. La ciudad era real. Completamente real. Debía haber existido
siempre. Toda una ciudad no podía surgir de la nada, de una nube de neblina
gris. Cinco mil personas, casas, calles y tiendas.
Tiendas. Seguros Bradshaw.
De pronto, lo comprendió todo. Un escalofrío le recorrió de
pies a cabeza. Se estaba extendiendo. Más allá de Macon Heights. Hasta el
corazón de la ciudad. La ciudad también estaba cambiando. Seguros Bradshaw. La
empresa de Critchet.
Macon Heights no podía existir sin alterar la ciudad; se
complementaban. Los cinco mil habitantes provenían de la ciudad. Sus trabajos.
Sus vidas. La ciudad estaba implicada hasta las últimas consecuencias.
Pero, ¿hasta qué punto? ¿Cuánto estaba cambiando la ciudad?
Paine tiró una moneda de veinticinco centavos sobre la barra
y salió corriendo del drugstore, en dirección a la estación de tren. Tenía que
volver a la ciudad. Laura, el cambio. ¿Seguiría ella allí? ¿Se encontraba él a
salvo?
El miedo le atenazó. Laura, todas sus propiedades, sus
planes, esperanzas y sueños. De pronto, Macon Heights dejó de tener
importancia. Su mundo se hallaba en la cuerda floja. Sólo le importaba una
cosa: asegurarse que su vida no se había alterado, preservada de los incesantes
cambios que emanaban de Macon Heights.
—¿Adónde vamos, tío? —preguntó el conductor del taxi, cuando
Paine salió a toda velocidad de la estación.
Paine le dio la dirección de la casa de Laura. El coche se
adentró en el tráfico. Paine se acomodó, nervioso. Las calles y los edificios
de oficinas pasaban ante la ventanilla. Los oficinistas empezaban a salir de
sus trabajos, invadiendo las aceras y formando corrillos en las esquinas.
¿Cuánto había cambiado? Se concentró en las hileras de
edificios. Los grandes almacenes. ¿Estaban antes allí? La diminuta tienda del
limpiabotas, al lado. Nunca había reparado en ella.
MUEBLES NORRIS.
No se acordaba de eso, pero tampoco estaba seguro. Se sentía
confuso. ¿Cómo saberlo?
El coche le dejó frente a los apartamentos. Paine se quedó
inmóvil un momento, mirando a su alrededor. Al final de la manzana, el
propietario de la charcutería italiana había salido para subir el toldo. ¿Se
había fijado antes en esa charcutería?
No se acordaba.
¿Qué le había ocurrido a la gran carnicería de enfrente?
Sólo había hermosas casitas: casitas antiguas, con aspecto de llevar allí mucho
tiempo. ¿Había existido antes una carnicería? Las casas parecían sólidas.
En la siguiente manzana brillaba la enseña a rayas de una
barbería. ¿Había existido siempre una barbería en ese lugar?
Tal vez siempre había estado allí. Tal vez sí y tal vez no.
Todo estaba cambiando. Nuevas cosas cobraban vida, otras desaparecían. El
pasado sufría alteraciones, y la memoria estaba ligada al pasado. ¿Cómo iba a
confiar en su memoria? ¿Cómo podía estar seguro?
El terror se apoderó de él. Laura. Su mundo…
Paine subió corriendo los escalones y abrió de un empujón la
puerta del edificio. Subió por la escalera alfombrada hasta el segundo piso. La
puerta del piso no estaba cerrada con llave. Aplicó el hombro a la hoja y
entró, con el corazón en un puño, rezando en silencio.
La sala de estar se hallaba a oscuras, silenciosa. Las
cortinas estaban medio corridas. Paseó la mirada a su alrededor, angustiado. El
alegre sofá azul, revistas apiladas sobre sus brazos. La mesita baja de roble
claro. El televisor. Pero la sala estaba vacía.
—¡Laura! —exclamó, con voz estrangulada.
Laura salió al instante de la cocina, sobresaltada.
—¡Bob! ¿Qué haces en casa? ¿Sucede algo? Paine se
tranquilizó y exhaló un suspiro.
—Hola, cariño. —La besó, estrechándola contra su cuerpo. La
sintió cálida y firme, completamente real—. No, no pasa nada. Todo va bien.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Paine se quitó el abrigo, tembloroso, y lo dejó sobre el
respaldo del sofá. Paseó por la sala, examinaba los objetos, recobraba la
confianza. Su familiar sofá azul, quemaduras de cigarrillos en los brazos. Su
raído escabel. El escritorio en el que trabajaba por las noches. Las cañas de
pescar apoyadas contra la pared, detrás del librero.
El gran televisor que había comprado el mes pasado; también
se había salvado. Todas sus pertenencias estaban a salvo. Intactas. Ilesas.
—La cena no estará preparada hasta dentro de media hora
—murmuró Laura ansiosamente, desanudándose el delantal—. No esperaba que
llegaras tan pronto. Me he pasado sentada todo el día. He limpiado la cocina.
Un vendedor me dejó una muestra de un nuevo limpiador.
—Estupendo. —Examinó su grabado favorito de Renoir, colgado
en la pared—. No te des prisa. Es estupendo volver a ver todo esto. Yo…
Se oyó un sollozo en el dormitorio. Laura se volvió al
instante.
—Me parece que hemos despertado a Jimmy.
—¿Jimmy?
—Cariño, ¿ya no te acuerdas de nuestro hijo? —rió Laura.
—Por supuesto —murmuró Paine, molesto. Siguió a Laura hacia
el dormitorio—. Por un momento, todo me ha parecido extraño. —Se frotó la
frente y frunció el ceño—. Extraño y desconocido, como desenfocado.
Se quedaron de pie junto a la cuna, contemplando al niño.
Jimmy miró a sus padres.
—Será culpa del sol —dijo Laura—. Hoy ha hecho un calor
terrible.
—Será eso. Ahora estoy muy bien. —Paine acarició al niño.
Rodeó con el brazo a su esposa, atrayéndola junto a él—. Habrá sido culpa del
sol —dijo.
La miró a los ojos y sonrió.
