Reinaldo Arenas
¡Solo encuentro un montón de piedras sin vida y un recuerdo vivo!
Condesa de Merlin,
La Habana.
Santa Fe. La Habana, noviembre 3 de 1994.
Querido Ismael:
Aunque ya hace mucho tiempo que no tengo noticias tuyas, y
lo más probable es que nunca recibas esta carta, te escribo para decirte que
nuestro hijo, Ismaelito, ya cumplió veintitrés años y que a cada rato pregunta
por ti. Y yo también me pregunto qué haces, cómo vives, si todavía te acuerdas
de nosotros, de mi. Tú sabes, tienes que saberlo, cómo está esto por acá. Ahora
muchos cubanos de allá vienen otra vez de visita. No te pido que lo hagas, pero
si te decides, sabes que aquí puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Creo
que para un hijo es siempre necesario ver a su padre aunque sea una sola vez en
su vida. Y yo también quisiera verte. Yo no he vuelto a casarme, pero no te
asustes, nunca lo volveré a hacer. Ven como un amigo. Aquí nadie se acuerda de
ti, salvo, desde luego, tu hijo y yo.
Elvia.
P. D. Por si te decides a venir (sé que te decidirás), Ismaelito
ha hecho una lista de cosas que quiere que le traigas si puedes. Ya tú sabes, a
su edad todo joven quisiera tener un par de zapatos y alguna ropa de salir. Por
si no lo recuerdas, ayer hizo quince años que te fuiste.
Nevaba tan copiosamente que desde la ventana toda la ciudad
desaparecía por momentos, envuelta en aquella ráfaga de blancura. A veces la
nieve no caía, sino que, súbitamente, se elevaba en torbellinos silenciosos.
Desde hacía varias horas nevaba de esa forma, como si del cielo hubiese
descendido un frío sin tiempo para quedarse definitivamente sobre el paisaje.
Desde la ventana, Ismael podía ver, cuando la tempestad se lo permitía, todos
los techos absolutamente blancos; las blancas calles con los autos estacionados
ya desapareciendo en lo blanco. La Novena Avenida ya no era una calle comercial
y latina, sino un río congelado y pacífico, tan inmóvil como el Hudson, que un
poco más abajo era también una enorme explanada blanca desde la cual ascendía
Nueva Jersey, una simple cordillera blanca… Desde luego, pensaba Ismael, si en
vez de aquel viejo apartamento del West Side (un quinto piso sin ascensor)
habitase en alguna elegante torre del East Side o junto a la Quinta Avenida o
al Parque Central, el panorama que sus ojos estuvieran contemplando sería aún
más impresionante. Pero al menos, se dijo, la blancura es igual para todo el
mundo, aunque sea mientras dure la tormenta y la gente y los carros no
conviertan todo aquello en un fanguero helado y grisáceo… Una vez más el
espectáculo de la nieve lo fascinaba e intrigaba: ¿Cómo llamar «tormenta» a
algo que caía tan majestuosa y suavemente Por otra parte: ¿Cómo decir que caía
si más bien flotaba, se posaba, y a veces, incluso, ascendía. Tampoco podía
decirse que cayera torrencialmente pues entre más espesa fuera la caída más
unánime era la sensación de serenidad. Un aguacero, una granizada, por ejemplo,
sí podían ser fuertes, torrenciales, violentos. Pero, cómo calificar de
torrencial a algo que descendía tan suavemente y, sobre todo, con tanto
silencio. El silencio, ese unánime silencio (y estaba en la ciudad más populosa
del mundo) que se producía mientras nevaba, era lo que más le fascinaba. Pero
¿no había una teoría que explicase el fenómeno? Sin duda la había. Pero existía
una enorme diferencia entre aquella teoría y los efectos de este silencio…
Ahora volvía el torbellino (¿Pero no dijimos ya que no se trataba
específicamente de un torbellino?) a inundar todo el aire, todo el cielo.
Ismael pegó la nariz y lo ojos a la ventana y sintió, a pesar del frío que
traspasaba el cristal, algo cálido y suave, remoto y único (y por lo tanto
efímero), que de alguna forma lo compensaba de todo lo demás, y así mientras
suavemente aquello subía y descendía rozando el cristal, donde Ismael
permanecía extasiado, le decía: has triunfado, has triunfado, es decir, aún no
has perecido, porque si algún acto heroico merece atención es el de haber
sobrevivido un día más… E Ismael recordó, sintió, volvió a pensar en su cálido
país treinta años atrás, y él allá, intentando como siempre no perecer. Y allí
sí que era difícil observar todas las reglas de la supervivencia; sobre todo
cuando se es joven, cuando se desea y sueña… Cuando se desea y sueña y se vive
en un sitio donde salir a la calle con un pantalón de marca extranjera es ya un
acto delictivo; cuando se desea y sueña, por lo demás, obtener ese pantalón, lo
cual también es algo casi imposible… Y allá estaba él, con treinta años o menos
queriendo precisamente demostrar que admiraba lo que aborrecía, que aborrecía
lo que verdaderamente deseaba, y entre esos deseos entraban los más decisivos y
los que allí nunca podría confesar: aquellos rotundos muchachos que a pesar de
tantas leyes promulgadas para aniquilarlos, proliferaban en forma inminente e
ineludible por todos los sitios. Qué gesto, qué expresión de indiferencia, de
desprecio o de despreocupada camaradería, hacer ante ellos para que el que me
vigila se dé por derrotado y no pueda consignar en su agenda: «maricón»… Y él
bien sabía que solo con la unción a uno de aquellos cuerpos varoniles y jóvenes
encontrarían sus furias algún sosiego; pero su voluntad, aún más fuerte que su
tragedia o su posible felicidad, le permitió controlarse ante los gestos
promisorios y hasta ante las abiertas, peligrosísimas, proposiciones que los
más atrevidos, o los policías que funcionaban como agentes provocadores,
llegaron a hacerle. Pero no bastaba solamente evitar todo vínculo sospechoso
con algún joven que pudiera comprometerlo, había que reafirmar esa actitud en
la práctica, ante la opinión pública; dar el ejemplo. Y así fue como Ismael se
hizo novio (la palabra en sí misma le resultaba ridículo) de Elvia y, al cabo
de unos meses, esposo (y esta palabra sí que le era realmente intolerable) de
aquella mujer que parecía idolatrarlo. Cuánta soledad cuando precisamente lo
suponían plenamente acompañado, qué necesidad de amor cuanto todos pensaban,
hasta la misma esposa, que él gozaba del amor absoluto, qué esfuerzo, y a todas
estas sin que pareciera que era un esfuerzo, para abrazarla y poseerla
varonilmente, satisfaciéndola, simulando mi gozo, sin que remotamente
comprendiera cuánto necesitaba yo también un cuerpo como él que ella abrazaba…
Pero aún las cosas no estaban completamente arregladas —y ya Ismael ocupaba un
pequeño cargo burocrático— a la vista de muchos, de la jefa de personal, por
ejemplo, del administrador, por ejemplo; a la vista de casi todos, pensaba, aún
soy, aún puedo ser, un sospechoso; pueden creer, se decía, que este matrimonio
con faldas largas, pastel, fotografía y toda la familia presente, no haya sido
más que una pantalla, un acuerdo, una boda por conveniencia, y yo realmente no
sea lo que aparento. Así, para cubrir todas las reglas, tuvo un hijo. Y por dos
años la familia vivió al parecer apaciblemente. Ismael llegó a sentir verdadero
afecto hacia Elvia. Ella, sin hacer aspavientos, lo adoraba. Quizás, pensaba
Ismael para consolarse, le sucede así a todos los demás: un dominarse, un
contenerse, un no llegar nunca a romper el reglamento, una complicidad nunca
manifestada, un no precipitarse, un no existir, sabiendo siempre que de hacerlo
no tendríamos escapatorias; un juego, un juego, un juego horrible pero
imprescindible, porque si algo no perdona la vida es que la vivamos. Y en ese estado
de desesperación donde la misma desesperación se ahoga y olvida ante el
panorama de todos los deberes cotidianos (el niño, el trabajo, la cola, la
guardia), aquella soledad, aquel deseo, aquel mandato de ser acariciado por
alguien como él, fue también casi olvidándose, o lentamente expirando ante el
nuevo televisor que en el trabajo nos autorizan a comprar, ante el apartamento
que finalmente nos autorizaron a ocupar, cerca del mar, donde había
transcurrido toda mi juventud, ante el cumpleaños de Ismaelito o la posibilidad
remota de que en un futuro les autorizaran a comprar un automóvil… Pero un día,
Elvia quiso visitar a sus familiares en el interior, sintió deseos de
mostrarles a Ismaelito a todos sus parientes (el niño era muy hermoso), sintió
deseos, aunque quizás nunca lo supo, de estar sola, en otro sitio, y se marchó
a casa de sus padres por una semana. El primer día, Ismael lo pasó encerrado en
la casa sin saber qué hacer. Ya no era el muchacho solitario que vagaba por las
playas de Marianao, oyendo de paso alguna conversación, mirando furtivamente
hacia algún cuerpo, pero sin compartir con nadie, sin dejarse descubrir por los
demás. Se preparó, como pudo, algo de comer y luego se acostó a dormir. Por la
madrugada se despertó y dudó si allí vivía alguien más que él, hasta que
comprendió que ya no era tampoco aquel joven con su pequeño cuarto, al menos
para él y con su inmensa soledad, al menos para él. Y mirando el apartamento,
tan pulcramente ordenado por Elvia; muebles, cojines, plantas, todo eso
obtenido con tantos esfuerzos (había una cortina hecha con cajas de fósforos
vacías), Ismael sintió pena, no por él —por quien la sentía siempre— sino por
ella, por Elvia; toda su vida, pensó, dedicada a alguien que no existe,
viviendo para alguien que no es, amando a alguien que no es, haciéndole de
esposa, de mujer, de madre a una sombra. Y no solamente sintió lástima por ella
y, desde luego, por sí mismo, sino que me sentí miserable y cobarde por haberla
hecho participar en aquella farsa de la cual ahora él ya no sabía cómo escapar.
Pero, después de todo, se dijo, ¿acaso no es ella feliz conmigo, acaso no le
soy fiel, muy fiel en todos los aspectos? Nunca se ha quejado, ni le he dado
motivos para hacerlo. Soy, pensó, y no pudo evitar sonreírse, un marido ideal.
Entonces salió a la calle, es decir, a aquellos callejones soleados llenos de
arena y casas de madera tras las cuales retumbaba el mar. En una de las
esquinas estaba un joven, uno de los tantos muchachos que parecen surgir del
mismo mar, ensimismado en su indolencia, ofreciéndose sin ofrecerse, llamándolo
sin siquiera decirle media palabra. Ven, ven, ahora mismo ven aquí… Si, ya sé
que otros podrán decir que han sentido lo mismo o algo parecido, pero lo que yo
sentía era precisamente único porque era mi sentimiento. Y ese sentimiento me
decía que aquel muchacho me estaba esperando, que esa manera de sonreírse al yo
pasar, de estirar a un más las piernas, de recostarse a la pared de la esquina;
todo eso estaba dedicado —deparado—, quizás desde hacia muchos siglos,
exclusivamente a mi, y que ese momento, por múltiples razones, incluyendo la
ausencia de Elvia y del niño y hasta la misma calle súbitamente vacía, era mi
momento, el único que quizás en toda mi vida iba a ser exclusivamente mío. Ya
sé, ya sé, ya sé que no es así. Pero es así… Ismael saludó al joven y este con
mucha desenvoltura le extendió un mano y dijo llamarse Sergio. Caminaron un
corto tramo bajo los portales de madera. Sergio le preguntó que si vivía en
Santa Fe. Ismael no pudo negarlo e incluso señaló para la calle donde estaba su
apartamento. Sergio preguntó entonces que si vivía solo. Sí, ahora estoy solo,
dijo Ismael. Es por aquí, agregó. Y los dos subieron hasta el apartamento. No
hubo mayores preámbulos, ningún tipo de comentarios o preguntas. Sergio no era
Sergio. Era como una aparición, como una compensación, como algo previsto por
el tiempo quizás por los dioses o por lo menos por algún dios piadoso, por
alguna marica divina, por alguien que a pesar de todo quería y lograba que uno
no fuese completamente desdichado. Y al desabrocharle la camisa, Ismael supo
que aquel joven no era una aparición, sino algo más rotundo e inefable a la
vez: un cuerpo real, un joven y bello cuerpo deseoso de ofrecerse. Se amaron
desenfrenadamente, como si ambos (también Sergio) viniesen de tortuosos caminos
de abstinencia obligatoria. Abrazados se revolcaron en la sobrecama tejida por
la misma Elvia, entre las sábanas almidonadas y también planchadas por Elvia;
cayeron sobre el piso y volvieron a abrazarse y a poseerse entre ronquidos de
placer mientras tropezaban con la cuna de Ismaelito que rodó hasta chocar
contra el espejo del cuarto que reflejaba los cuerpos desnudos. Así, en el
suelo, todavía abrazados, se quedaron por un rato. No se trata de una compensación
o de un desahogo, pensó Ismael (la cabeza todavía colocada sobre el vientre del
muchacho), es la felicidad, algo que no volverá a repetirse nunca y que no es
necesario que se repita; al contrario, que no debe repetirse nunca para que
siempre sea la felicidad. Despacio, Sergio apartó la cabeza de Ismael de su
vientre, y aún excitado, dando testimonio de los dieciocho años que en cierto
momento dijo tener, se puso la ropa y despidiéndose apresuradamente se marchó.
Desnudo, tirado sobre el piso, apoyándose entre algunos cojines, Ismael se
quedó solo en la habitación matrimonial, disfrutando toda la escena que acaba
de ocurrir, disfrutando ahora más que en el momento en que ocurrió. Hasta que
escuchó que alguien tocaba con fuerza a la puerta. Todavía por un momento,
Ismael se quedó ensimismado en el piso. Pero las llamadas insistían y pensando
que podía ser alguna vecina que solicitaba algo de Elvia, un sobre de café, una
cuchara de manteca, se tiró encima la sobrecama y fue a abrir. Junto a la puerta
estaba Sergio acompañado de dos milicianos con brazaletes, la presidenta del C.
D. R. y más atrás un policía. No sé que tiempo estuve así, tirado en el piso
abrazado a los cojines hechos por las manos de Elvia, siempre pensando, o más
bien sintiendo (porque en ese momento no se piensa), sintiendo: la dicha, la
dicha la verdadera dicha, mucho más grande, mucho más grande a medida que pase
el tiempo y lo recuerde. No, no sé que tiempo estuve así, quizás solo el
necesario para que el muchacho regresara con la policía, tocara a la puerta y
señalando para Ismael envuelto en la sobrecama dijera: Es él, este señor me
invitó a su casa e inmediatamente se me tiró al rabo. No, no sé qué tiempo
estuve así, sin decir nada, la sobrecama cubriéndome hasta los tobillos, el
muchacho frente a mi señalándome con un gesto de odio, detrás la vieja del C.
D. R. mirando fijamente a Ismael intentaba darse a la fuga: ¿Qué tiempo, qué
tiempo estuve así? Toda mi vida, toda mi vida, desde ese momento hasta ahora
aquí junto a la nieve, desde ese momento hasta que muera aquí, y me pudra (o no
me pudra) bajo la nieve. De todos modos no pudo haber sido mucho tiempo, pues
el muchacho que era del vecindario y de una familia integrada al sistema,
volvió a testificar rápidamente la acusación, y como si eso fuera poco allí
estaba Ismael semidesnudo, dando pruebas de su inmoralidad, y más allá la cama
revuelta, las sábanas tiradas por el piso y hasta un olor a sexo, a un reciente
combate erótico, flotando en el aire. Todo eso fue cogido al vuelo por la
presidenta del C. D. R. quien dueña de la situación, y al parecer ya del
apartamento, avanzó resuelta hacia Ismael… Aquello fue un verdadero escándalo
en todo el pueblo de Santa Fe. Que lo hubiera hecho otro, un pájaro común, un
maricón reconocido, alguien que estuviera definido, pero Ismael, él que era
incluso jefe de los círculos de estudio del C. D. R., un hombre que parecía tan
serio, tan moral, que parecía tan hombre, y con un niño, con un muchacho de
buena familia y que tenía, según él mismo confesó, solo diecisiete años; uno
menos que los que Ismael recordaba haberle oído decir cuando se conocieron.
Hasta las locas comunes, aquellas que pagaban el precio de su autenticidad con
el campo de concentración o los trabajos más indeseables, aprovecharon la
oportunidad para desquitarse y levantar un poco la imagen de ellos, incapaces,
según confesaban, de violar (pues ya se hablaba de violación) a un menor de
edad, pero todos esos comentarios yo solo pude imaginarlos en la celda común
donde estaba incomunicado. Y cuando llegué allí, cuando me encerraron como un
criminal verdaderamente peligroso, sentí hasta una suerte de descanso, un
desprendimiento: Al menos, me dije, ya todo ha concluido. Pero, en realidad,
para Ismael las cosas no habían concluido, sino que, por el contrario, podría
decirse que empezaban. Llegó el día del juicio y esposado y pelado al rape, fue
presentado ante el Tribunal Provincial de La Habana; escoltado lo sentaron en
el sitio de los acusados donde podía ser visto por un público numerosísimo; en
realidad casi todo el pueblo de Santa Fe (algunos de los vecinos iban como
testigos de cargo). Entre ese público, en primera fila, estaban Elvia e
Ismaelito, los dos mirándolo fijamente (hasta el niño que solo tenía dos años
de edad), no con odio, no con desprecio, sino con lástima, con verdadera pena.
Y eso era aún más insoportable… La secretaria del tribunal leyó rápidamente los
cargos, corrupción de menores, intento de violación en las personas en lugar
cerrado, a las que siguieron otra serie de acápites y por cuantos que
agrandaban el crimen. Cuando fue llamado el acusador, es decir, Sergio, este
compareció vestido correctamente con su uniforme de estudiante de Secundaria
Básica, hasta el pelo, antes revuelto y libre, ahora venía envaselinado y
pegado a la cabeza. Sus declaraciones fueron breves y contundentes. Aquel señor
—señalaba para Ismael— lo había invitado a su casa para darle un libro. Él fue
y cuando llegó, el otro se le abalanzó a la portañuela. Ante la pregunta del
presidente del tribunal, solemnemente cubierto con su larga toga, de si ¿te la
mamó o no te la mamó?, algunos en el público no pudieron evitar la carcajada.
Sergio enrojeció y dijo que no, que había intentado hacerlo, pero que él, como
hombre, le había dado un golpe y entonces Ismael intentó también pegarle,
forzarlo, se produjo una pequeña y violenta batalla, luego él salió a escape y
llamó a la policía. Finalmente, el presidente del tribunal le dijo a Sergio que
podía retirarse. El muchacho, al abandonar la sala, miró fijamente a Ismael, y
de alguna manera que el resto del público no pudo notar, pero Ismael sí, le
sonrió. Tomó entonces la palabra el abogado de la defensa, un viejo al parecer
casi honesto, que Elvia había contratado en un bufete colectivo. Esgrimió ante
el jurado todos los certificados, bonos y premios que Ismael había obtenido en
sus numerosas jornadas voluntarias en la agricultura. Es un hombre, señores,
dijo alzando la voz, que ha participado en siete zafras del pueblo, incluso en
una brigada millonaria, su condición revolucionaria es intachable. Pero aquí el
fiscal lo interrumpió: ¿Cómo podía llamar «hombre revolucionario» a alguien que
estaba acusado, con testigo directo, de un acto contranatura? Y el presidente
del tribunal le ordenó al abogado de la defensa que se limitara a presentar las
pruebas concretas de descargo sobre el caso. Este dijo entonces que el acusado
no podía ser incriminado de violación porque, evidentemente, no la había habido
y como prueba bastaban las palabras del mismo denunciantes tampoco podía
inculparse a Ismael de corrupción de menores porque dicha corrupción no se
llevó a cabo, además —dijo el abogado esgrimiendo un papel—, el joven, aunque
declaró tener diecisiete años, tiene dieciocho cumplidos y sus acusaciones no
están apoyadas por ningún testigo presencial, por lo cual, concluyó, pedía la
absolución del acusado. Pero el fiscal precisó que de acuerdo con el código de
defensa social vigente, en los casos de perversión sexual, bastaba el
testimonio de la víctima para el arresto y encausamiento, y poniéndose los
espejuelos citó el acápite de dicho código. Luego hizo comparecer a la
presidente del C. D. R. y al policía que arrestó a Ismael, los cuales
manifestaron que el acusado se encontraba desnudo y que evidentemente en toda la
habitación había señales de haber tenido lugar una batalla. (Aquí las risas del
público llegaron hasta los oídos de Elvia y de Ismaelito y, desde luego, del
acusado). En conclusión, señores, se trata de un flagrante hecho de corrupción
e intento de violación, al cual, el joven, estudiante integrado y de familia
revolucionaria, respondió varonilmente dando un buen golpe; también el golpe de
la justicia debe caer sobre este tipo de persona sin escrúpulos ni moral que no
respeta ni siquiera a su propia familia, ni a su esposa ni a su hijo pequeño.
Yo pido por lo tanto un castigo ejemplar de acuerdo con la ley y la moral de
nuestra sociedad revolucionaria… Al final hubo aplausos. Sé que hubo aplausos
cuando terminó el fiscal su discurso. Entonces se me ordenó ponerme de pie. Se
oyeron algunos chiflidos. El juicio queda concluso para dictar sentencia dijo
el presidente entre el guirigay de los que le gritaban a Ismael, algunos
intentaron abofetearme, y las miradas de Elvia y de Ismaelito. De allí fue
conducido hasta la prisión de El Morro y llevado a una galera con 250 presos
comunes, condenados por variadísimos delitos que oscilaban desde la
falsificación de una libreta de racionamiento hasta la estrangulación de la
esposa o de la madre. Al parecer los mismos guardias que escoltaron a Ismael
difundieron su delito entre los presidiarios, pues inmediatamente que llegó a
la galera fue apodado con el nombre de La Ternera —según decían los presos más
duchos, por la maestría con que Ismael mamaba. Pero lo cierto es que allí,
rodeado de doscientos cincuenta hombres, todos deseosos de fornicar, Ismael
evitó casi heroicamente cualquier contacto sexual, negándose a ello aún a
riesgo de perder la vida. De modo que los presos llegaron a tomarlo por un loco
y los argumentos que esgrimían eran contundentes: Si ahora que está condenado
públicamente se niega a singar con los machos y cuando era un padre de familia
lo hacía, es señal de que no solamente es una loca sino un loco, un tostao. Y
bajo esta nueva clasificación, Ismael, encaramado en la última litera del
pasillo, permaneció así casi sin moverse hasta que se le comunicó la sentencia:
«Tres años de privación de libertad por abusos lascivos en las personas». Si,
en las personas, porque al parecer, y así era, también uno podía ser condenado
por practicar abusos lascivos con los animales y también con las cosas… Un día,
aunque Ismael no salía nunca al lugar donde se recibían a las visitas (una
explanada cercada de alambre situada a un lado de la prisión), un guardia le
comunicó que lo acompañara. Ismael, sin saber de qué se trataba lo siguió. Lo
llevaron hasta la explanada donde estaban los presos con sus familiares. Entre
ellos estaba Elvia con una jaba y el niño en brazos. El alboroto que hacían los
doscientos cincuenta presidiarios y casi quinientos visitantes se paralizó.
«Ahí está la mujer del cherna», dijo alguien. «Buena tortillera debe ser», dijo
otra voz. «Y con el hijo, qué inmoralidad»… Pero luego hasta esos comentarios
cesaron. Elvia vio a su esposo rapado, envuelto en un mono azul y soltando la
jaba lo abrazó. Que tela tan dura —dijo mientras le arreglaba el cuello del
uniforme—, y con estos calores… Y puso la cabeza entre los hombros de Ismael y
lloró hasta empaparle aquella «tela tan dura», mientras el niño, quizás por un
simple instinto de imitación o asustado al ver a tanta gente, comenzó también a
llorar. Llévate la jaba, llévate al niño y no vuelvas más, le dijo Ismael aún
abrazándola. Nunca pensé que fueras a venir, pero ahora mismo le voy a decir al
oficial de guardia que no acepto visitas, ¿me oíste? Sí, sí, dijo ella sin
mirarlo, y en medio de un silencio general caminó hasta la puerta; antes de
salir se volvió y le regaló la jaba a uno de los presos. Inmediatamente una
estruendosa euforia se desató entre todos los reos. El agraciado con la jaba
comenzó a repartir sus productos, tiraba caramelos, galletas, una barra de
dulce de guayaba, un paquete de gofio y hasta varias latas de leche condensada;
cosas que todos los demás se disputaban a gritos y luego volvían a lanzarse,
como en un extraño juego de pelotas. De esta manera, Ismael pasó inadvertido y
con el permiso del oficial de guardia volvió a su galera. Al otro día salí en
cordillera, es decir con otros cientos de presidiarios, para un campo abierto,
es decir para un campo de trabajo forzado. No, no se trataba de darse por
vencido, se trataba sencillamente de una vez más sobrevivir; resistir el
trabajo, el frío, el calor, las madrugadas, los golpes, el hambre, y, sobre
todo, resistir a esos espléndidos, aunque esclavizados, cuerpos de los jóvenes
presidiarios (reclutas desertores, obreros indisciplinados, estudiantes que
cometieron infracciones en los exámenes, tractoristas que no cuidaron fielmente
su maquinaria, o simplemente hampones magníficos), eludirlos, jamás mirarlos,
pues sabía, ahora sí que no le quedaba la menor duda, que toda entrega, aún la
más apasionada y sincera, es una maldición en un sitio donde precisamente solo
la hipocresía nos conduce al triunfo, es decir a la supervivencia. Y allí estaban
ellos, insinuantes y sudorosos, inminentes y lascivos (seguramente conocían la
historia de Ismael) a la hora del baño colectivo, en los urinarios, en el mismo
barracón: sobándose los testículos y, los más audaces, invitándolo a caminar
por entre los matorrales o a fumarse un cigarro detrás de los baños. Pero ahora
sí que nadie me va a venir con ningún tipo de historia, el más ingenuo, el más
amoroso, el más inocente es siempre el más malvado. Además, pensaba, mi mundo
no es este, esos gestos procaces, esa manera vulgar y evidente de tocarse el
sexo, esa confianza autootorgada por el simple hecho de saber que no son las
mujeres el objeto de mi preferencia sexual. Mi mundo no está en esta isla
condenada, ni mucho menos entre esos cuerpos condenados. Mi mundo está fuera de
esta isla maldita; y si solo me queda el infierno, si para gente como yo solo
existe el infierno, no quiero que ese infierno tenga aquí su sitio. Primero que
nada debo salir de aquí. Después escogeré o me adaptaré a la desgracia que más
me convenga. Pero Ismael sabía que no es fácil salir de un sitio donde todo el
mundo no piensa más que en eso, y, por lo mismo, intentarlo es ya un delito.
Fue una suerte que como «lacra social», como «apátrida» que deseaba abandonar
la revolución, como «gusano», me enviaran, una vez cumplida la sentencia, a una
granja henequenera, al norte de Matanzas, hasta que me llegara el permiso de
salida. Ahora su problema no era el riguroso trabajo obligatorio que allí
también debía realizar (a los que no cumplían las metas se le retardaba el
turno de salida del país) sino los dos días de pase que tenía todos los meses:
A dónde iba a ir. Como casi siempre renunciaba a estos días de descanso
reglamentario, una vez el jefe de reeducación (hasta allí llegaba el
proselitismo político) se le acercó, e intentó convencerlo para que se
integrase al «carro de la revolución». Mire, le dijo Ismael tranquilamente, si
yo he trabajado hasta los días de descanso es porque aspiro a que esos días me
los descuenten de los que tengo que esperar para largarme de aquí. Y con esto
bastó para que el reeducador no me volviera a molestar. Muchas veces desde
niño, desde adolescente, desde joven, desde recluta, desde hombre integrado a
ese «carro de la revolución» desde presidiario en un cañaveral o desde
trabajador forzado en aquel campo de henequén, Ismael se había quedado
extasiado ante el vuelo de un avión que ascendía hasta perderse más allá de las
nubes. Muchas veces en pleno campo, cortando aquellas hojas punzantes, él y
todos los demás se quedaban paralizados, como embobecidos, mirando la nave
centellear contra el cielo, y hasta el estruendo de los motores era un canto,
una llamada, algo que probaba que aún existían otros sitios donde uno podía
escoger la esclavitud que mejor desease, donde todo no sería un vasto campo de
henequén para ser recolectado. Allá voy, allá voy, allá voy, decía el avión.
Allá voy con gente afortunada, realmente afortunada, aunque no lleven más que
las ropas que traen puestas, aunque toda su vida quede atrás, pero han alzado
el vuelo conmigo, parten, parten, no han sucumbido, no han sucumbido, no han
sucumbido porque vuelven a empezar… «Arriba, gusanos, pónganse a trabajar o los
borro de la lista de salida», gritaba entonces el jefe de brigada que era
también un militar, y todos volvían afanosamente al surco, pero pensando,
mientras miraban de reojo al jefe de brigada: algún día yo estaré en ese avión
y tú te quedarás aquí abajo con tus matas de henequén… Y ahora Ismael estaba en
el avión y ahora había al fin alzado el vuelo y ahora recorría aún atemorizado,
pero hechizado, las calles de Nueva York. Pues aunque de casi nada de lo que
había dejado atrás podía olvidarse, si de algo realmente no podía deshacerse
era del miedo, y, desde luego, del odio, al principio, decía, aunque ya habían
pasado más de dos años de su llegada, soñaba siempre el mismo sueño o una
cadena sucesiva de sueños que se alternaban y repetían noche a noche.
Misteriosamente, sin saber por qué ni cómo, estaba de nuevo en Cuba. Aunque ya
había salido de allí, no sabía por qué error, por qué maldición, había ido a
parar de nuevo a aquel sitio, y ahora, desde luego, no podía salir, y ahora de
nuevo tocaba la policía a su casa para conducirlo al tribunal y luego a la
celda y después al campo de trabajo. Otras veces soñaba que estaba en Nueva
York (ya habían pasado más de tres eaños de su llegada) pero de pronto se
despertaba rodeado por agentes de la policía secreta cubana y antes de que
pudiera incorporarse en la cama, aquellos agentes, con sobretodos y caras inmutables,
sacaban sus armas y lo asesinaban. Cuando se despertaba estaba bañado en sudor
aunque la temperatura estuviese bajo cero, sudor que él se secaba con alegría,
pensando: no es sangre, no es sangre. Fue durante esa etapa cuando se afilió a
varias organizaciones políticas. Cuando asistí a todos los mítines contra el
régimen de Fidel Castro que se celebraban en Nueva York y hasta en Miami.
Participaba en todas las protestas contra el régimen, y contra los que aquí lo
defendían sin padecer sus calamidades. En plena calle me paraba a darle charlas
o a insultar a esa gente imbécil o perversa. Tenia que hacer algo, tenia que
hacer algo, no podía dejar que aquel infierno llegase hasta aquí donde yo,
desesperadamente, me había refugiado, quizás en el único sitio donde ya podía
guarecerme. Pero al cabo de cinco o seis años (ya hablaba un inglés coloquial
que le resolvía todas sus necesidades). Ismael se retiró súbitamente de los
eventos políticos, no era que hubiese dejado de aborrecer al castrismo, por el contrario,
cada día, cada minuto, mi desprecio contra el régimen es mayor, pero llegó a la
conclusión de que con aquellos métodos nada iba a resolver. El mismo sistema
democrático, los mismos Estados Unidos, por ser un país libre, eran de hecho
los mejores aliados del crimen, sencillamente porque para poder seguir siendo
(presumir ser) un sistema democrático tenía que permitir de una u otra forma
(no importa cual) que los criminales lo invadiesen. El mismo F. B. I. había
arrestado a algunos de los compañeros de Ismael que habían participado en un
«acto terrorista», así se le llamaba a lo que para él, para todo el que hubiera
padecido el terror y el crimen, era un acto de justicia, o de protesta contra
la injusticia. La política es siempre un juego sucio, pero aquí es, además de
eso, un juego estúpido y suicida. Y basta, terminó diciéndole a sus conocidos
en los círculos políticos en el exilio; conocidos, pues amigo no tuvo ninguno.
Al fin, pensaba, se había podido desprender de todo vínculo con la isla, y se sentía
en paz consigo mismo por esa decisión. Y estaba realmente satisfecho con esa
separación que lo alejaba rotundamente de todos los cubanos. ¿Pues acaso
piensan ustedes que Fidel Castro surgió por generación espontánea? Todo lo
contrario, Fidel Castro, la dictadura que allí se padece, los crímenes que allí
se sufren, son sencillamente las consecuencias lógicas de nuestra tradición,
una tradición vinculada a la miseria, él chantaje, la inescrupulosidad, la
sinvergüenzura, el robo y la demagogia. Las razones porque en Miami no hay una
dictadura es sencillamente porque no es una isla y porque está en los Estados
Unidos… Y ante esas manifestaciones, ningún grupo político del exilio quiso
saber más nada de Ismael, por el contrario, ya en algunos círculos se comenzaba
a difundir el rumor de que tal vez (casi seguro) podía ser un agente
infiltrado, un provocador, quién sabe… Pero a mí todo eso me importa un pito.
Aquí están mis quince años de trabajo diario, aquí están los comprobantes de
todos los impuestos que reglamentariamente he pagado día tras día, y aquí está
lo más importante, aquí estoy yo sobreviviendo al margen de todo chanchullo, de
todo brote, de todo barullo que en definitiva al cabo de treinta y cinco años
nada ha resuelto. Pobre gente, buena gente en definitiva, que de una u otra
manera han perecido, viviendo siempre en una suerte de vaivén, ni aquí ni allá,
recordando y viviendo siempre lo que no existe, muriéndose día a día de
nostalgia, sin reventar, como sería mejor para ellos, de un solo estallido.
Porque si algo enseña el exilio, es decir la libertad, es que la felicidad no
consiste en ser feliz, sino en poder elegir nuestras desgracias… Y él sí las
había elegido. Lo primero que se prometió cuando llegó a Nueva York fue no
perecer; luego, no entregarse nunca a nadie; después, encontrar la paz. La paz,
ese era el centro verdadero de toda su vida. Y ese centro, esa paz, solo cabía
en una palabra, esa magnífica palabra que todos quieren rechazar y que es la
única que nos salva: soledad. No entregarse a más nadie que no sea a sí mismo,
no vivir para nadie más que no sea para él mismo y, sobre todo, no tratar de
expulsar la soledad, sino todo lo contrario, buscarla, perseguirla, defenderla
como un tesoro. Porque de lo que se trata no es de renunciar al amor, sino de
darlo por descartado, comprender que no existe esa posibilidad y luego
disfrutar ese conocimiento. A menudo salía a la calle precisamente para pasear
su soledad, para disfrutarla. Al caminar por Broadway o por la calle 42, no
podía dejar de sentir una enorme piedad hacia los solitarios como él, pero que,
a diferencia de él, no habían podido sobrellevar la soledad, y por ahí
deambulaban, de cine pornográfico en cine pornográfico, en caravana larga y
desesperada. También están los vagabundos, esos solitarios vencidos por la
soledad, solitarios burlados por la soledad, pues nunca se está solo, pero
tampoco acompañado, cuando se duerme en un parque o en un portal. El colmo de
su angustia llegaba cuando se tropezaba (y eso era lo frecuente) con algún
drogadicto o un borracho ya en estado seminconsciente, y cuando caía finalmente
en medio del tumulto, bocarriba, en plena acera congestionada, ya en otro
mundo, quizás hasta muerto, Ismael pensaba hasta qué punto aquella soledad, que
podía haber sido para esa persona un triunfo, se convirtió en un peso
insoportable que terminó aplastándolo. Pero ese no es mi caso, se decía, quizás
para animarse, porque yo sé cual es el sentido de la vida porque yo sí he
sufrido verdaderamente, porque yo sí he visto lo que es verdaderamente el
horror, lo que es verdaderamente el desamparo, la incomunicación la gran
soledad, cuando se está en una galera con doscientos o más asesinos que además
te consideran un depravado y un inmoral y desde luego te desprecian. Yo he visto,
yo he visto, yo sí he visto y he padecido, y como he sobrevivido, nadie me va a
hacer un cuento, nadie me va a hacer un cuento a mí. Ellos no saben nada, ellos
no saben lo que les espera, ellos no saben de dónde vengo ni yo puedo
explicárselo, ellos no saben lo que yo he dejado atrás y a ellos les aguarda.
Ellos no están preparados. Pero yo sí lo sé, y esta ciudad, este mundo, no
podrán destruirme. Entonces —y ya han pasado quince años—, Ismael regresa a su
apartamento; cierto que es modesto, pero confortable; prepara la comida, oye
alguna música, lee algún libro y luego si es invierno (y aquí para él los
inviernos duran casi todo el año) arregla minuciosamente su cama, se arrebuja
bajo la frazada, apaga la luz y sintiendo afuera caer la nieve piensa casi feliz:
Estoy solo, estoy solo, estoy solo… Pero ahora Ismael no está solo bajo la
tibia colcha y con la luz apagada, sino de pie ante la ventana, contemplando la
ciudad anegada por la nieve, y ni siquiera, a pesar del carácter meticuloso de
todo solitario, se detiene a pensar si la palabra «anegada» sería la adecuada
para describir una ciudad inundada por la nieve, y mucho menos piensa si no
sería mejor cambiar «inundada» por «cubierta». Porque allí, cerca de él, en la
mesita de noche, está la carta de Elvia, y él sabe, aunque sigue fijo ante la
ventana cuyos cristales casi se han nublado completamente por el vapor de su
respiración, que esa carta no es una carta, sino una especie de extraño y
siniestro insecto, una serpiente, algo realmente maléfico que, escapando del
infierno con sus plantaciones y humillaciones y cárceles, voló sobre aquella
tormenta de nieve que supuestamente debía ampararlo a él, a Ismael, y se posó
allí en su habitación, con alguna intención siniestra y probablemente
mortífera. Ismael dio unos pasos por el cuarto contemplando a distancia la
carta como quien mira con recelo una alimaña que en cualquier momento puede
saltarle encima. Por último, tal vez comprendiendo que se trataba de un simple
papel, lo tomó, y volvió a leer. «Aunque ya hace mucho tiempo que no tengo
noticias tuyas». Las mujeres, pensó, siempre con esa necesidad de tener algo,
de poseer algo o de quejarse por no tener algo. «No tengo noticias tuyas».
¿Pero es que acaso tenía que tenerlas? ¿Es que aún en estos quince años, Elvia
no había podido comprender que él no solo se fue de Cuba huyéndole a Fidel
Castro, a la persecución, a las incesantes y delirantes leyes, a todos los
vecinos, y aquellos muchachos insólitamente atrevidos, bellos y desalmados,
sino que me fui también huyéndole a ella? Ella con su mirada dulce, compasiva,
triste, demasiado piadosa, demasiado cómplice para poder tolerarla, para
poderla engañar, para poderme engañar. Si por lo menos hubiese sido una mujer
como casi todas las que había conocido, que exigiese y defendiese lo que le
pertenecía, su hombre, su esposo, su marido, el padre de su hijo, su casa, y
ante cualquier violación de las reglas tradicionales, hubiese manifestado a
gritos, vulgarmente su desprecio. ¿Pero, cómo olvidar aquella mirada triste, casi
comprensiva (si es que alguien puede comprender la tragedia ajena) el día del
juicio? ¿Cómo olvidar el rostro de ella, allí en la sala, rodeada de militares,
jueces que eran también militares y un público eufórico ante las pruebas
evidentes contra «el maricón cogido con las manos en la masa». Y ella, en otro
mundo, en medio de los gritos y las risas, mirándolo no encolerizada, sino
compasiva, diciéndole con aquellos ojos enormes eso no importa, eso no tiene
ninguna importancia, mientras sostenía al niño en los brazos, que lo observaba
con tanta curiosidad que a Ismael le pareció una burla, como si el niño también
supiera… Y ahora, más de veinte años después, ella volvía a recordarle ese
hijo, del cual también salió huyendo, ese hijo que ahora parecía como un acto
lejano y ridículo, extraño a su vida. A nadie, ni siquiera a sus compañeros de
trabajo, Ismael le había confesado que era casado, que tenía un hijo; por otra
parte, allí a nadie le interesaba su vida privada que además no existía. Pero
ella, Elvia, parecía aún interesarse por la vida privada de Ismael, parecía que
de alguna forma, que él casi intuía pero que no podía explicarse, ella seguía
queriéndolo. «Yo también me pregunto, qué haces, cómo vives, si todavía te
acuerdas de nosotros, de mí…». E Ismael pensó, releyendo otra vez la carta, que
en aquel tono, que era un poco a lo canción popular, había una sinceridad y
hasta una pena a la cual él no podía, aunque lo desease, ser ajeno. Por otra
parte, aquella manera de insinuar la circunstancia que allá se padecía, dicha
así, como de paso, entre líneas, pensando en la censura y en la complicidad de
quien leería, también lo conmovió. «Tú sabes, tienes que saberlo, cómo está
esto por acá…». Claro que lo sé, claro que lo sé, ¿acaso por saberlo, por saberlo
y padecerlo antes que tú misma, no salí de allí huyendo? ¿Pero, por qué tienes
que recordármelo? ¿Por qué tienes que insistir en algo que precisamente es lo
que quiero olvidar? ¿Por qué precisamente escribirme ahora, volver ahora? ¿Por
qué traerle ahora otra vez aquella visión siniestra (y también amada) aquella
visión que aquí era aún realidad cotidiana, cuando precisamente por huir de esa
realidad lo había abandonado todo, o había tratado de abandonarlo todo, incluso
los afectos y hasta el morboso placer de recordar el horror cuando ya el mismo
es una pesadilla lejana e incapaz de alcanzarnos? Y luego ese atrevimiento, esa
confianza tan femenina, de, sin mayores trámites, invitarlo al regreso, como si
entre aquel mundo y yo nada hubiese ocurrido, como si desde el mismo instante
en que tuve que abandonar aquel mundo, mi mundo, por el mismo hecho de hacerlo,
no estuviéramos ya en guerra perpetua, guerra que solo terminará cuando alguno
de los dos, aquel mundo o yo, haya desaparecido. ¿Cómo se atrevía ahora (como
si nada hubiese ocurrido, como si no lo hubiesen humillado públicamente, como
si allá no lo hubiesen perseguido, vejado, acosado y condenado incesantemente)
a invitarlo a volver aunque solo fuera de visita? En la noble y corta
mentalidad femenina de Elvia, pensaba, todo está ya resuelto: «Aquí nadie se
acuerda de ti». Pero yo sí me acuerdo de todo, pero yo sí me acuerdo de mí.
¡No! ¡No iría! ¡No iría jamás! ¡Nunca más! Cómo volver al lugar que nos ha
marcado y destruido para siempre. Para siempre, sí. Porque una vez que dejamos
el lugar donde fuimos niños, donde fuimos jóvenes, donde pensamos,
estúpidamente pensamos, que podía existir la amistad y hasta el amor; una vez
que abandonamos ese sitio donde fuimos, desgraciados o ingenuamente
ilusionados, pero fuimos, seremos ya para siempre una sombra, algo que existe
precisamente por su inexistencia: esta sombra, esta sombra, extirpada (y sin
consuelo) de su centro… Nunca antes, desde que abandonó Cuba, por su mente
había pasado la idea del regreso, y ahora esa carta, esa maldita carta, se la
planteaba. Y no solamente se la planteaba, sino que taimadamente lo retaba a
que fuera. Con esa inteligencia innata en algunas personas poco instruidas,
Elvia sutilmente argumentaba, tironeaba: «No te pido que lo hagas, pero si te
decides». Ella sabía que el pedir algo sugiriéndolo inspiraba más compasión. Y
sobre todo, Ismael se detuvo de nuevo en esta frase, en estas ridículas y
dramáticas líneas: «Creo que para un hijo es siempre necesario ver a su padre
aunque sea una sola vez en su vida». Un hijo, así que él tenía un hijo… Y tiró
otra vez la carta, el terrible bicho venenoso y contaminante, y volvió otra vez
a la ventana. Todos los automóviles del vasto parqueo habían sucumbido a la
blancura, los tejados y los balcones de los edificios también habían
desaparecido bajo la nieve que ahora se acumulaba en las escaleras de incendio,
trasformando sus armaduras mohosas y renegridas en senderos nacarados,
algodonosos y relucientes que zigzagueaban como en una bella postal navideña.
Cerca del cristal, Ismael veía ahora cómo la nieve se iba acumulando hasta
formar pequeñas montañas tras la ventana. Alzó la vista y creyó escuchar
aquella suave caída, aquel descenso de lo blanco, acumulándose sobre las
aceras, sobre los árboles sin hojas, sobre el pavimento, sobre los faroles que
comenzaron a encenderse a medida que avanzaba el frío y la oscuridad. ¿Por
cuánto tiempo había tenido que luchar contra aquel paisaje inhóspito? El
inhóspito clima, la inhóspita ciudad, la inhóspita jerga del inglés que al
principio lo excluyó totalmente y que nunca podría aceptar como algo suyo.
Cuántos días, cuántos años robados a la desesperación, a la soledad y a la
furia, para crearse una disciplina, un método lógico de vida, una vida
independiente, libre, desasida que culminara en ese pequeño ámbito de tranquilo
retiro que ahora disfrutaba y que de pronto aquella breve carta había venido a
sacudir… Había que ver la manera taimada con que Elvia iba apoderándose de su
conciencia; lentamente, discretamente iba avanzando por las líneas para
finalmente lanzarse, ya segura, sobre su presa en la postdata cuando escribía
«por si te decides (sé que te decidirás)». ¿Hasta qué punto aquella mujer que
de cierta forma él había amado y, sobre todo, había hecho sufrir, lo conocía
para que al cabo de quince años de ausencia, y muchos más de estar separados,
se atreviese a afirmar que él iba a volver? ¿Hasta qué punto ella era él mismo?
Sí, él mismo, allá, contemplándose acá, realizando tantos trabajos, padeciendo
tanta crueldad, imponiéndose tantas disciplinas para no verlo a él allá, para
no verse de una vez, los dos mirándose, ambos solos y desesperados, sí,
desesperados, a pesar de todo lo que haya dicho anteriormente, esgrimiendo
poderosas razones para que uno de ellos (¿El Ismael de allá? ¿El Ismael de
acá?) saltase definitivamente la barrera y fuese a su encuentro… Pero de
ninguna manera, por ningún motivo, se dijo otra vez, mirando la carta, volvería
él allá, ni siquiera debo pensar en eso… «Ismaelito ha hecho una lista de cosas
que quiero que le traigas». Ya aquí no se trata de un deseo, sino casi de una
orden. Y como si eso fuera poco, el nombre de su hijo, Ismaelito, su propio
nombre, él mismo; Ismaelito, es decir, Ismael niño… Ismaelito, como lo llamaba
su madre, como lo llamaba toda su familia en el pueblo y, desde luego, sus
amigos de infancia, aquellos que nunca recuerdo, pero que nunca podré olvidar.
Y se vio no entre esta blancura desolada que petrifica hasta la misma
imaginación, sino allá, en medio de una tibieza y de un paisaje
resplandeciente, junto a un mar y unos árboles que eran parte de su propia vida
y que la distancia ennoblecía aún más. Se vio, no como realmente había vivido o
creía solo haber vivido, esclavo, humillado, mal vestido, insatisfecho y
hambriento, sino joven y entusiasmado, respirando desenfadadamente una
atmósfera que no le era agresiva sino cómplice y protectora; respirando,
sintiendo, disfrutando una sensación de estar, de sentirse en su sitio, en el
único sitio donde realmente su existencia puede tener ese nombre. Porque no se
trata solo de un paisaje, del mar, de un árbol o de una calle, se trata de que
una vez que abandonamos esos sitios donde realmente existimos, donde nacimos,
fuimos jóvenes y vivimos, nos abandonamos a nosotros mismos, dejamos para
siempre de ser, y, lo que es aún peor, sin morir de una vez. Iré. No me queda
otra alternativa que volver. Y de pronto, toda aquella juventud, que cuando fue
no fue como ahora la veía, lo invadió, y él quiso ser aquel joven, solitario e
independiente que nadaba en un mar transparente, no como estos de aquí fríos y
cenicientos donde nunca se les ve el fondo; quiso sentir la brisa de su tierra,
no este viento cortante que nos obliga a forrarnos con trapos de pies a cabeza,
quiso, solo por un momento, solo por una vez más en su vida, en mi muerte,
pasearse por las calles donde había sido joven, donde había sido él, no por
estas calles donde siempre he sido un extraño caminando a empujones; quiso no
solamente pasearse por las calles de su barrio, de allá, sino detenerse en una
esquina, tocar una pared, aquella pared, tocar un poste del tendido eléctrico,
precisamente aquel donde a veces me recostaba para esperar el ómnibus, ver
aquellos portales, sentir la brisa de la tarde entrar a sus pulmones, y cómo la
noche le rozaba la piel, esa noche única del trópico; sentir que entre él y el
paisaje no había hostilidad, sino, por el contrario, una dulce y sensual
sensación de complicidad donde todas las fronteras quedan eliminadas; escuchar
su idioma, ese ritmo intransferible, ese balanceo, no del español, sino del
cubano, y no del cubano sino del lenguaje que se habla exactamente en su
pueblo; pasar inadvertido entre los otros, mirando esa forma de andar, o esa
manera de detenerse… Diluirse, diluirse entre ellos para no perecer. Ah, como
la desesperación, y hasta el mismo odio se le habían ido enfriando con el
tiempo, cómo no había podido comprender hasta ahora que para poder reforzar ese
odio, disfrutar aun más su soledad se imponía un regreso al pasaje amado (donde
tanto lo habían jodido) para luego abandonarlo definitivamente… Y volvió a leer
la parte final de la carta de Elvia. «Todo joven quisiera tener un par de
zapatos y alguna ropa de salir»… Sí, iría, iría con las maletas repletas de
trapos, iría a ofrecerles a ellos (también eso, también eso) la miseria de su
generosidad, les mostraría que él tuvo razón al marcharse, que el triunfador
había sido él. Ahora la misma policía que lo había despreciado y humillado
sería la primera en recibirlo, amistosamente, pues ahora, al llegar no sería un
«gusano» qué va, sino un miembro honorable de una comunidad en el exilio, es
decir alguien que pagaba con dólares y por lo tanto había que explotarle su
sentimentalismo. Sí, iría, iría a humillar a esos policías, y a demostrarse a
sí mismo cuánta razón tuvo en abandonar todo aquello y, sobre todo, a comprobar
de una vez y para siempre que no existe el regreso, que no puede existir, por
lo menos en tanto que no se haya abolido el tiempo… Y además de todo eso, Ismael
sentía una curiosidad casi morbosa por conocer a su hijo. Su hijo. Su esposa…
¿No era para morirse de risa? ¿No era para empezar a dar gritos? Sin embargo,
allá estaban ellos aguardándolo, prisioneros, detenidos en el tiempo,
esperando, quizás entusiasmados, el milagro (la limosna) de su regreso,
esperando por él que en definitiva fue el causante de esa larga espera, el
responsable de que ellos existieran; esposa, hijo, a quienes él primero había
utilizado para sobrevivir y luego supo eludirlos para encontrar, y disfrutar,
su verdadera condición. Ahora ve y paga, aunque sea con unas cuantas maletas
repletas de trapos, el bochorno y la humillación de todas sus vidas. Así
pensaba, así pensaba también Ismael, quizás injustamente para consigo mismo, y
pensaba también, de ninguna manera voy a negarlo, en el estruendo de aquel mar
rompiendo contra las rocas y deshaciéndose en la arena, en La Estrella
Giratoria del Coney Island en las playas de Marianao, en los pinos
invariablemente verdes de la Quinta Avenida, en una figura joven, aún esbelta,
aún deseada, yo, yo, yo, paseándose bajo aquellos árboles, pisando con fruición
las hojas y la yerba húmeda… Iría, iría, pero no les anunciaría con precisión
su viaje, llegaría súbitamente, cargado de paquetes, hasta el mismo pueblo de
Santa Fe, a darles la sorpresa… Ismael retiró del banco los veinte mil dólares
que había ahorrado durante quince años de trabajo. Desde luego que aunque el
viaje era costosísimo (solo por el pasaje había que pagar más de mil dólares),
Ismael no pensaba gastar todo su dinero, pero, aún así, prefirió extraer todos
sus ahorros. Pagado el pasaje y hechas las compras, que incluían efectos
eléctricos y cinco maletas atestadas de ropa, le quedaron unos quince mil
dólares que en lugar de reintegrarlos, al menos en parte, a su cuenta, decidió
llevarlos en efectivo a La Habana donde él sabía que había tiendas especiales
donde los extranjeros podrían comprar y obsequiar a sus familiares;
naturalmente, tampoco pensaba gastar todo ese dinero, el resto lo traería con
él a Nueva York y en algo le ayudaría a sobrellevar su ya cercana vejez. El
viaje a Cuba, es decir, a La Habana, es decir, a Santa Fe, y a las playas de
Marianao, que era el sitio donde había pasado su juventud, era por muchas
razones excitante, no solo por el encuentro con aquel paisaje y con su familia,
sino porque durante esos quince años de exilio, Ismael jamás había salido al
extranjero. Sus veinte mil dólares eran el resultado de quince años de
economía, de renuncias y limitaciones, en un mundo donde con ese dinero tantas
cosas se podían obtener aún, incluso, quizás, hasta un crédito para habitar una
casa propia… Pero ahora se trata de viajar a La Habana, repartir los trapos,
ver aquello, reírme de todo, y regresar para instalarme aquí definitivamente,
comprar si es posible una casa, jubilarme, y ya, sin una memoria que me
obsesione, vivir en paz lo que me quede de vida mirando la nieve. Pero para
eso, para lograr eso, para saber que eso es lo mejor y lo único a que puedo
aspirar, tengo que ir allá.
El 23 de diciembre de 1994 (¿pero quién recuerda un hecho
tan insignificante y remoto?), llegó Ismael a La Habana. Como todo cubano
residente en los Estados Unidos que quisiera visitar su país, tuvo que entregar
su pasaporte norteamericano, acogiéndose, con eventual documentación cubana, a
las leyes imperantes en la isla. Después de esas formalidades, Ismael pensó que
podría dirigirse directamente a casa de Elvia. Pero, según las reglas del
turismo cubano —le explicó en tono más bien militar el guía que lo atendía—,
Ismael debía primero, junto con el resto de los visitantes, pasar por el hotel
que se le había designado y permanecer allí por lo menos una noche —aunque
obligatoriamente debía pagar la semana completa que iba a permanecer en el
país—; al otro día podría visitar a sus familiares. Por otra parte, la escasez
de transporte hacía prácticamente imposible que Ismael se dirigiera
directamente a su destino. La Empresa, así se expresaba el guía, solo podía
llevarlos hasta el hotel. Ismael llegó con todos los visitantes (unas ciento
veinte personas) y el guía al hotel Tritón, edificio situado junto al mar,
precisamente en el reparto Miramar, cerca de las playas de Marianao. Luego de
cumplir con otras formalidades burocráticas, llenando innumerables planillas,
pude al fin subir a la habitación y depositar allí todo el equipaje por el cual
tuve que pagar además de la aduana, un «monto» de tres dólares por cada libra
de peso incluyendo los efectos eléctricos por los que también tuve que pagar no
sé qué «prima» por el derecho a dejarlos en el país… Ismael escondió en un
sitio que él le pareció estratégico (detrás del espejo del cuarto de baño) casi
todos sus dólares, cerró cuidadosamente la habitación y, luego de entregarle la
llave al recepcionista, salió a la calle. Seguramente para las personas que
vivían en La Habana, aquel 23 de diciembre era un día normal, un día soleado y
cálido, con la ventaja de que ya los calores sofocantes habían pasado. Pero
para Ismael, salir de pronto a aquella claridad, a la tibieza de aquella tarde,
fue como recuperar súbitamente su juventud, como sentirse súbitamente
transportado a un tiempo mágico, detenido en la espera, exclusivo para él,
donde en oleadas vivificantes, algo —aquella luminosidad, aquel resplandor,
aquel cielo insólitamente alto y azul— le penetraba por los poros, por la
nariz, por el cabello, por la punta de los dedos y lo conminaba a avanzar,
ajeno a toda sensación que no fuera andar, ver, estar. Allí estaba ya la Quinta
Avenida, con su paseo en el centro por donde tantas veces él había caminado.
Cada árbol parecía hacerle como una misteriosa señal de complicidad, emitiendo
un susurro que le saludaba; el mismo césped, los bancos de la avenida, el
tiempo, todo, también parecía saludarlo. Estaba ya frente a la playa, aquella
playa donde él había pasado su juventud, los mejores momentos de su juventud,
tendido en la arena o nadando mar afuera, mientras pensaba si pudiera salir de
aquí, si pudiera salir de aquí… Y ahora regresaba, y ahora iba a entrar otra
vez en esa playa; luego de quince años de ausencia. Pero dos soldados le
cortaron el paso, preguntándole qué quería. Ismael les explicó que
sencillamente quería llegar a la playa. Ellos le explicaron que aquello no era
una playa, sino un círculo social para los trabajadores, específicamente para
los trabajadores del ejército revolucionario. En otras palabras, se trataba de
un club militar. ¿Esta no, era la playa pública Patricio Lumumba? Preguntó aún
desconcertado Ismael. Esta es, compañero, pero ahora es un círculo social solo
para miembros del ejército. Ismael pensó alegar que él no era cubano: mejor
dicho, que no era un cubano residente en Cuba, sino un turista. Tal vez así lo
dejarían entrar. Pero quizás no, volvió a pensar, quizás eso complique aún más
las cosas. Además, qué sentido tenía entrar a una playa ocupada solo por
militares. Ismael pidió disculpas por su equivocación. Equivocación que, por
cierto, a los militares le pareció insólita, pues desde hacía más de veinte
años aquella playa era un círculo exclusivo para oficiales del ejército. Este
parece que llegó de la luna, oyó Ismael comentar a uno de los militares cuando
ya él se marchaba, y tomando por la Tercera Avenida avanzó rumbo al Coney
Island, donde también había pasado parte de su juventud. Cómo era posible que
con una tarde tan bella como esta no hubiera casi nadie en la calle, pensó
Ismael. De hacer un tiempo así en Nueva York apenas si se podría dar un paso.
Por otra parte, las pocas personas que veía marchaban siempre como apresuradas,
rumbo a un sitio exacto, al parecer con algún fin expreso y práctico. Cómo era
posible que nadie se detuviera a disfrutar del tiempo. El tiempo, lo único que
realmente importaba. Y, observándolo todo, Ismael notó que los escasos
caminantes lo miraban de reojo y algunos hasta con odio o resentimiento. Y al
intentar dirigirle la palabra a una mujer que pasaba apresuradamente junto a
él, esta le contestó: «Yo no hablo con gusanos» y apresuró aún más el paso.
Ismael se detuvo y se miró a sí mismo. ¿Llevaría alguna señal donde decía
«apátrida» o algo por el estilo? Pero ¿acaso no había entrado legalmente en el
país? ¿No había pagado una buena suma de dólares con la que podría haberle dado
la vuelta al mundo? Pero no todos lo miraban con desprecio, algunos, los jóvenes
en su mayoría, observaban sus ropas con envidia. Ismael volvió a inspeccionarse
a sí mismo. Vestía de una manera muy diferente a la gente de allí. Zapatos,
camisa, pantalón, reloj, todo extranjero, y como si eso fuera poco para
diferenciarlo, ahí estaba su piel, una piel más blanca y cuidada que la de las
personas que pasaban por su lado. No se trataba pues de un odio patriótico,
imbuido de una ideología contraria, se trataba de que lo veían como un
vencedor, como un intruso, alguien que había podido salir huyendo y ahora
volvía a restregarles a ellos, a aquellos cuerpos mal vestidos y mal
alimentados, su triunfo, es decir el hecho de no haberse muerto de hambre y de
poder vestirse pulcramente, Sí, ese es mi triunfo y bien me lo merezco pues he
tenido el coraje de largarme de este sitio donde he vuelto solo para olvidarlo
definitivamente. ¡Y lo iba a lograr! ¡Y lo iba a lograr! Se dijo, y vio casi
sin regocijo donde estaba, frente a una calle en malas condiciones, junto a
edificios de fachadas despintadas, entre gente que lo miraba con odio o envidia
sencillamente porque donde vivía trabajaba ocho horas y eso era suficiente para
poder vestirse y comer. Y una sensación de pánico lo invadió de pronto al pesar
que tal vez, por alguna de las tantas formalidades burocráticas allí
imperantes, no podría salir nunca más de aquel sitio. Algo mucho peor que la
muerte, pensó. Pero no, pero no, volvió a decirse mientras avanzaba. Él era
ciudadano norteamericano, aun cuando provisionalmente había tenido que
renunciar a esa ciudadanía para entrar en la isla; era un hombre establecido en
Nueva York, tenía además el pasaje de ida y vuelta, incluso la fecha del vuelo
y la hora de regreso, y tenía los dólares, su fortuna, bien escondida en el
hotel. Sí, sí, ¿pero por qué tuviste que traer todos tus ahorros? ¿Qué sentido
tenía esa acción? Y mientras se interrogaba a sí mismo, Ismael experimentó algo
que ya casi había olvidado: la sensación de estar en un lugar donde el miedo es
la única ley, la sensación de estar amenazado; y esa amenaza, impalpable, pero
inminente, brotaba de los mismos árboles, se agazapaba en el aire, avanzaba con
él por la acera carcomida… De todos modos, solo estaré aquí seis días, se dijo
para estimularse a sí mismo. Y siguió andando rumbo al Coney Island, cerca de
la playa. Al llegar allí, Ismael experimentó otra sorpresa desagradable. Los
pinos casi centenarios que rodeaban la rotonda frente al Coney Island, formando
un tupido bosque, habían desaparecido. Los habían talado, y ahora se alzaba
allí, un monumento militar, todo cemento y hormigón, sin un árbol. Ismael se
acercó a la mole de concreto y pudo leer una placa donde explicaba que aquello
se trataba de un monumento erigido en homenaje a «los países no alineados y a
los combatientes internacionalistas». Decidido a no dejarse impresionar por tal
armatoste y disfrutando del sol, que sí era el mismo, Ismael se dirigió
finalmente al Coney Island; pero al ir a comprar el boleto, la empleada, desde
su jaula, le espetó: «Compañero, la entrada es solo para niños acompañados por
sus padres». Y como Ismael la mirara sorprendido, agregó: «Esa es la
orientación». Ismael no quiso discutir aquella «orientación», que después de
todo, pensó para animarse, no era tan descabellada, y se conformó con mirar
tras las rejas el parque infantil. Así pudo comprobar que aquellos fabulosos
aparatos en los que él había montado siendo niño ya no existían; la enorme
Estrella Giratoria había desaparecido; la Montaña Rusa se había (o la habían)
derrumbado; El Meteoro, El Avión del Amor, La Silla Voladora, todas aquellas
máquinas que para él habían sido cosas mágicas y monumentales, eran ruinas
oxidadas, inválidas por la yerba, reemplazadas por carritos mínimos que giraban
lentamente y donde solo cabía un niño de pocos años. Tal parecía que allí solo
aquellos que aún no tuvieran conciencia de la felicidad podían disfrutar de
ella; para los adolescentes y para las personas mayores no había ya ningún
paraíso, hasta el mismo parque había sido reducido y el resto era un manigual
donde se acumulaban los escombros. De todos modos, al fondo se veía el mar, un
mar luminoso donde el sol comenzaba a descender. Dejando atrás la algarabía de
los niños quienes, todos con pañoletas rojas al cuello, se disputaban alguno de
aquellos carritos, Ismael se dirigió hacia el mar. Se trataba de la playa La
Concha, donde él había pasado los mejores momentos de su adolescencia. De todas
las playas de Marianao era aquella la que más le gustaba, no solo porque era la
única que poseía arena propia, sino por los almendros que crecían a lo largo,
formando una concha verde alrededor de las olas. Ahora fueron dos hombres con
uniformes al parecer de camareros quienes lo interceptaron. «Carnet y
comprobante sindical, compañero». Ismael preguntó qué de qué carné y
comprobante se trataba y por qué había que mostrarlos. «Este es el círculo
social Braulio Coronaux», explicó uno de los empleados, «solo para obreros del
MINSAP y del MICONS que tengan carné de socio y que estén sindicalizados lo
cual se demuestra con el comprobante de pago de la cuota mensual al sindicato»…
Ismael caminó por toda la acera que bordeaba el Braulio Coronaux desde la cual
se veía el mar ahora con mayor nitidez pues los almendros (vaya usted a saber
por qué) también habían sido talados. Al final de la acera se levantaba una
muralla de concreto que se adentraba en el mar, sin duda para impedir que
alguna persona no sindicalizada pudiera entrar en la playa. Y a unos pocos
metros de ese muro se alzaba otra mole semejante. Sin duda, otro círculo social
al cual solo podrían entrar los seleccionados. Pero al menos entre un muro y el
otro había un pedregal y una porción de mar, que no de playa, al cual sorteando
los erizos se podría llegar, o al menos se podrían hacer el intento. Así lo
hizo Ismael y pudo tocar finalmente, después de más de veinte años las aguas de
aquel mar tan amado, tan lejano, y ahora casi prohibido, por el cual, sí,
solamente por él, debo confesarlo ahora mismo, había hecho aquel viaje. Por
mucho rato, Ismael estuvo agachado frente al mar, mirando las olas que se
rompían contra el pedregal, junto a sus pies ya empapados. Comenzó a oscurecer
y el estruendo del oleaje se hizo más intenso. Por entre aquellos muros era
imposible ver el sol, como Ismael lo hubiera querido ver: cayendo enorme y
rojizo sobre el mar, (tal como durante tantos años lo había sostenido en su
memoria). Detrás de él se encendieron las luces del Coney Island y poco a poco
el olor de la noche, ese olor casi palpable y dulce de la isla, en ese momento,
lo fue reconfortando. Y sintiendo aquel perfume, oyendo ya el estruendo de los
insectos, disfrutando de aquel frescor que lo inundaba deshaciéndose junto a
sus pies, Ismael cerró los ojos, y, siempre agachado sobre las piedras, pensó
que no era posible, que no era posible, que no era posible que él tuviera ya
cincuenta años, que no era posible que estuviera allí frente a aquellas aguas,
junto a aquel mar, solo de paso, que no era posible que aquel mar fuera un mar
amurallado que apenas si podía visitar… Ah, si al abrir los ojos se viera tal
como tenía que ser, tal como debía de ser, aún adolescente y esbelto, caminando
descalzo por aquellas playas sin barreras, «bajo los árboles de su infancia,
bajo los árboles de su juventud, probando las diversas temperaturas de las
aguas, saltando en un charco y emergiendo empapado, corriendo hacia donde el
oleaje era más empinado, nadando bajo las aguas para emerger, brillante y
bronceado, entre cientos de bañistas tan espléndidos como él mismo y corriendo
otra vez por sobre los puentes de madera, nadando a tramos, así, de playa en
playa, hasta llegar por el mar hasta su propia casa… ¡No podía, no podía ser de
otra manera! Pensó. ¿Realmente no podía ser de otra manera? ¿Cómo aceptar que
aquella juventud, lo único realmente hermoso de su vida, se haya perdido? ¿Y
cómo aceptar que aquel lugar donde había pasado esa juventud sea ahora solo una
prisión? Dios mío, ¿y cómo aceptar, cómo concebir que por simple
sentimentalismo, por mera cobardía, por pura nostalgia, haya yo regresado a
esta prisión? Y saber que estoy aquí de paso, y que debo alegrarme que así sea,
que este sitio que es mi tierra, que este paisaje que es mi mundo, el único
mundo que reconozco como mío, sea precisamente el lugar donde no pueda vivir y
donde solo pueda venir de visita y como extranjero… Rápidamente, como ocurre
siempre en el trópico, se hizo absolutamente de noche, los insectos
disminuyeron su estruendo, el tráfico en la Quinta Avenida se volvió aún más
espaciado, luego las luces del Coney Island (en realidad ahora era el Círculo de
Diversiones «Conrado Benítez») se apagaron y casi todos los ruidos fueron
descendiendo, solo las olas seguían batiendo con un fragor cada vez más intenso
junto a un hombre que agachado y con las manos puestas sobre la cara, como
ocultándose hasta de la misma oscuridad, lloraba. Por un rato, Ismael lloró
casi serenamente, podría decirse que hasta despreocupadamente, olvidándose de
lo que lo rodeaba y del sitio donde estaba. Así estuvo hasta que sintió que
alguien lo observaba. Al quitarse las manos del rostro y levantar la vista vio
una alta sombra a su lado. Al principio, en la oscuridad, Ismael no pudo
comprender que se trataba de alguien envuelto en una capa. Inmediatamente,
Ismael se puso de pie, disculpándose. A esta hora de la noche es peligroso andar
por la costa, dijo la figura. Fue entonces cuando Ismael vio el joven, vestido
de verde olivo y envuelto en una capa del mismo color. Evidentemente, pensó, se
trata de algún guardacostas, o alguien que hacía una función parecida, aunque
por lo menos, a simple vista, no portaba arma. Soy un turista, dijo Ismael, y
no conozco bien las leyes de este país. De todos modos, traigo conmigo las
identificaciones. No se moleste, le dijo el joven, si es un turista no se le
puede acusar de que intentara irse del país. Ismael miró al joven y creyó ver
en su rostro una expresión de burla. Los dos hombres comenzaron a abandonar la
costa. Mi familia, mi mujer y mi hijo, son de por aquí siguió explicándose
Ismael, viven en Santa Fe. Yo llegué hoy de Nueva York con un permiso de una
semana. A ellos no les anuncié el día exacto en que iba a llegar, aunque les
puse un telegrama diciéndoles que venía. Quiero darles la sorpresa… Pero, según
las reglas de inmigración debe usted quedarse por lo menos una noche en el
hotel antes de visitar la familia, le contestó el joven. Además no le
recomiendo que ande solo por estos sitios, y mucho menos a estas horas. Toda
esta zona está llena de delincuentes, hay bandas completas, puede ser
peligroso, sobre todo para gentes como ustedes que tienen otro rostro y otras
ropas. ¿Bandas de delincuentes? Pensé que esas cosas habían sido ya eliminadas
de esta sociedad, dijo Ismael irónico. Pensó mal dijo el joven. Ya habían
llegado a la Primera Avenida. Ismael lo volvió a mirar y observó que se trataba
de un joven de unos veintitantos años, verdaderamente apuesto. Por un momento
ambos hombres se miraron fijamente. Cerca pasaron algunos camiones repletos de
soldados. Bruscamente, Ismael extendió una mano a manera de despedida. Gracias
por no haberme arrestado, dijo.
Buenas noches. ¿Y quién le ha dicho a usted que no lo voy a
arrestar? Preguntó el joven, parado ahora en el centro de la acera con los
brazos cruzados. Ismael también se detuvo y lo miró sin sorpresa. Lo esperaba,
dijo. Entonces el joven se echó a reír casi a carcajadas. Pues se equivocó, le
respondió a Ismael. Aquí casi todo se ha perdido, pero no el sentido del humor.
No pienso arrestarlo. No sería la primera vez que arrestas a alguien, pensó
Ismael, diciendo: Entonces, buenas noches… No lo voy a arrestar, pero sí lo voy
a escoltar, dijo el joven acercándose más a Ismael. Ya le dije que es peligroso
andar solo por esta zona. No se moleste, dijo Ismael. De no hacerlo, terminaría
usted arrestado por la Patrulla Territorial o por la Urbana, dijo el joven.
Muchas gracias, dijo Ismael, pero de aquí a mi hotel es un poco lejos, puedo
tomar un taxi. Ni sueñe con tomar un taxi a esta hora, además su hotel es el
Tritón y no está tan lejos, podemos ir caminando. Cómo sabe que estoy en ese
hotel, preguntó con fingida ingenuidad Ismael. Es el único hotel destinado a
los miembros de la comunidad cubana en el extranjero, dijo el joven, allí están
mejor albergados. Y custodiados, agregó Ismael. Desde luego, dijo el joven. Por
aquí —y señaló para un estrecho sendero entre el Coney Island y los yerbazales
que los conducía hasta la Quinta Avenida. Ya allí echaron a andar por el sitio
donde una vez estuvo el pinar, bordeando el monumento de piedra. ¿No tendrá
algún problema si se aleja de la costa? Preguntó Ismael. Sus compañeros podrían
informar… No se preocupe, yo soy el responsable de mis compañeros. Además, no
soy guardacostas. Cumplo con mi turno en la doble guardia. ¿Y eso qué cosa es?
Interrogó Ismael realmente interesado. Casi todos los días, después del trabajo
o el estudio está la simple-guardia, explicó el joven; luego viene la
doble-guardia, que es la que estoy haciendo ahora, a las dos de la madrugada ya
estaré libre. Bruscamente el joven se detuvo junto a la mole que formaba la
estatua o monumento. ¿Qué le parece? Le preguntó a Ismael. Horrible, dijo este
a quien la pregunta lo cogió por sorpresa y no pudo evitar ser sincero. A mí
también, dijo el joven. Y siguieron andando. Volvían ahora a pasar camiones con
soldados. Algunos vehículos estaban cubiertos por una lona bajo la cual se
podían imaginar, casi entrever, armas de alto calibre, cañones, ametralladoras
antiaéreas… Parece que están en guerra, señaló Ismael. Aquí siempre estamos en
guerra, dijo el joven. Contra quién, preguntó Ismael. Contra casi todo el
mundo, dijo el joven, pero, específicamente, contra ustedes. ¿Contra nosotros?
Sí. ¿Acaso no es usted ciudadano norteamericano? De no serlo seguro que no iba
a estar aquí, no iba a correr el riesgo, aseguró Ismael. Vine solo a ver a mi
familia, dentro de una semana me marcho. Un hombre afortunado, dijo el joven, y
agregó algo más que el ruido de una rastra repleta de militares le impidió a
Ismael entender. ¿Qué dijo?, nada, respondió el joven y siguieron caminando en
silencio. De vez en cuando se cruzaban con algún soldado vestido de verde olivo
a quien el acompañante de Ismael saludaba militarmente. ¿Y dónde están los
demás? Preguntó Ismael. ¿Quiénes? Los civiles, el pueblo… Nosotros somos los
civiles, dijo el joven. Los militares son esos que van en los camiones. ¿Nunca
ha viajado fuera del país? Le preguntó Ismael. Nunca dijo el joven. Y otra vez
caminaron un tramo en silencio. Habían casi llegado a la avenida que
desembocaba en el hotel. Aquí ya yo no corro ningún peligro, murmuró Ismael.
Quién sabe, dijo el joven, a veces las bandas de delincuentes están metidas
hasta en las mismas habitaciones del edificio. ¡Pero, con tanta vigilancia!
Comentó irónicamente Ismael. ¡Con tantos guardias!… A veces los mismos guardias
son los delincuentes, dijo el joven. Espero que esta vez no sea así, respondió
Ismael casi sarcástico. Usted es un hombre afortunado, dijo el joven. Y al
pasar junto a los primeros reflectores que alumbraban la explanada o supuesto
jardín del hotel. Ismael pudo certificar que efectivamente aquel joven era un
bello ejemplar masculino, alto, trigueño, apuesto a pesar del uniforme mal
cortado y aquella capa que le llegaba más abajo de las rodillas… No sabía que
fuera tan peligroso caminar ahora por este país, yo pensaba esta misma noche
pasearme por el centro y por La Habana Vieja. Ni pensar en eso, dijo el joven.
En primer lugar, ese «centro» que usted imagina ya no es tal. En cuanto a La
Habana Vieja es zona de demolición o de Patrimonio Nacional a la que no se
puede entrar sin un permiso, y el muelle es una zona estratégica y para llegar
allí se necesita una autorización especial. ¿Fuera del hotel a dónde puedo ir?
Preguntó Ismael realmente interesado. También quise visitar las playas de por
aquí y todas están cerradas, al menos para mí… Ahora no son playas, respondió
el joven, son círculos sociales para los trabajadores. Si, dijo Ismael, pero
como los trabajadores —y miró al joven de arriba a abajo— trabajan día y noche,
imagino que las playas están siempre descansando… Más o menos, dijo el joven. E
Ismael volvió a mirarlo, luego le dijo: No quisiera irme de aquí, de mi país,
sin ir a una playa, sin bañarme en el mar. Ya este no es su país, dijo el
joven. ¡Sí! Respondió categóricamente Ismael, parándose frente al joven. Este
es mi país… Ya este no es su país, dijo el joven tranquilamente. ¿Por qué?
Preguntó Ismael. ¿Porque ustedes quieren que no lo sea? Ya este no es su país,
volvió a repetir tranquilamente el joven, porque ya esto no es un país. ¿Y qué
cosa es entonces? Preguntó aún más irritado Ismael, pensando: ahora me dirá que
esto es un imperio moral, un territorio libre de América, un paraíso
intemacionalista… ¿Y qué cosa es entonces? Repitió la pregunta. El joven se
acercó aún más a Ismael, lo miró de frente y dijo: Una mierda… Por un momento,
Ismael no supo qué responderle, pero en seguida pensó: Me está provocando, me
está dando cuerda, este gusano, piensa, seguro que se va a desbocar y entonces
me lo llevo preso, como si yo no los conociera… Eso lo dijo usted, dijo Ismael,
yo no he abierto la boca. No la ha abierto porque no se atreve, respondió el
joven. Eso lo dijo también usted, le respondió sonriendo Ismael. Bueno, agregó,
ya estamos casi frente al hotel, ha sido muy amable en acompañarme. No me
atrevo invitarlo a darse un trago, aunque supongo que adentro venderán bebidas…
Adentro venden bebida, siempre y cuando usted la pague con dólares, le dijo el
joven, pero yo no puedo aceptarle la invitación. Como ve, estoy de guardia. De
todos modos muchas gracias. Sí, sí, dijo Ismael, ya sé que está de servicio,
que cumple sus funciones como policía. Yo no soy policía, dijo el joven
molesto. Hago una guardia, es una obligación. Un deber, claro, agregó Ismael.
De todos modos quisiera ofrecerle algo, podría comprarle una botella de coñac,
o una lata de café para que se la lleve a su familia, en fin, no sé… Está
prohibido, interrumpió el joven, aceptar regalos de los extranjeros eso entra
en el acápite de debilidad ante el soborno y de desmoralización ideológica. Veo
que se conoce usted las leyes al dedillo, ironizó Ismael. Hombre, respondió el
joven, de no conocerlas no estuviera en la calle. Cierto, dijo Ismael y volvió
a hacer silencio mientras se preguntaba: ¿Se tratará realmente de un agente
provocador, se porta como tal, pero parece demasiado inteligente para serlo?
Bueno, volvió a hablar, entonces nada puedo hacer; solo darle las gracias. A lo
mejor puede oír mis consejos dijo el joven, y esperó a que se alejase un grupo
de militares que salían del Tritón. Luego siguió hablando: Salga a la calle
vestido lo más normalmente posible, es decir con la peor ropa que haya traído,
y nunca deje su pasaporte en el cuarto. Otra cosa, hable con pocas personas y
tenga mucho cuidado con lo que dice. Gracias, volvió a decir Ismael apretándole
la mano al joven, el consejo viene de muy buena fuente. Puede estar seguro de
que así es, le dijo el joven mirándolo fijamente. En esos momentos llegaban a
la puerta principal del Tritón que estaba custodiada por varios milicianos con
armas largas. Me extraña que usted no traiga arma, dijo en voz baja Ismael. Yo
no pertenezco a esa categoría, le replicó también en voz baja el joven. Espero
que eso no sea peor, susurró Ismael. Quién sabe, dijo el joven y alzando la voz
se dirigió a la posta: Compañeros, el ciudadano estaba extraviado. Es un
huésped de la comunidad. Los milicianos de guardia asintieron e Ismael fue a
sacar su identificación. Ahora no es necesario, lo cortó el joven; además ya a
usted lo tienen fichado allá adentro. Espero que nos volvamos a ver, dijo como una
simple formalidad Ismael, despidiéndose. Sí, dijo entonces en voz baja pero con
absoluta seguridad el joven, nos vamos a ver mañana. Cómo, preguntó Ismael
sorprendido. Después que salga del trabajo no tengo guardia pues ya he cumplido
con la meta de la semana. Salgo a las cuatro, pero si renuncio a mi hora de
almuerzo puedo salir a las tres. A las tres y cuarto estaré esperándolo aquí
mismo. Vendré con el uniforme pero no se asuste, es solo para no buscarle
problemas a usted… Pero, objetó Ismael, yo no le he pedido nada de eso. ¿No
quiere visitar el centro, no quiere ver La Habana Vieja, no quiere ir a una
playa? Entonces aproveche esta oportunidad o se queda con los deseos. Mañana
debo ir a ver a mi familia, respondió Ismael. Si ha esperado quince años, puede
esperar un día más, contestó el joven. ¿Cómo sabe usted que he esperado quince
años? Interrogó sorprendido Ismael. Usted mismo lo dijo hace un rato. No
recuerdo haberlo hecho. Eso solo indica que tiene usted mala memoria; de todos
modos espero que no olvide que mañana a las tres y cuarto lo estaré esperando
aquí mismo. Hasta mañana. Y el joven le apretó la mano a Ismael, saludó
militarmente a los milicianos, y se marchó.
¡Un policía! ¡Un policía! Se dijo absolutamente convencido
Ismael al entrar en la habitación del hotel. Un policía que por lo menos no se
oculta, se volvió a decir, reflexionando, concediéndole hasta cierto valor al
joven, y terminó concluyendo: Aunque policía no puede ser espía a no ser que me
considere un idiota. Pues idiota tenía que ser para criticar al régimen ante un
militar uniformado. Y por supuesto, terminó diciéndose mientras se desvestía y
se acostaba, que no piense que lo veré mañana a las tres y cuarto, como
puntualizó con precisión oficial. Mañana bien temprano me voy a Santa Fe,
entrego los regalos, doy algún dinero y arreglo las cosas para ver si puedo
irme antes de que se me cumpla el permiso. De todos modos, bien poco hay que
hacer aquí. E Ismael trataba de pensar, para controlar su desesperación
(desesperación que no podía precisar cual era la causa) en Elvia y en su hijo.
¿De qué manera lo recibirían? ¿Acaso no tenían muchísimas cosas que
reprocharle? Sin duda él nunca había sido un buen padre. ¡Qué un buen padre! Ni
bueno ni malo, sencillamente no sentía (no admitía) su responsabilidad como
padre. Todo eso no había sido más que una patraña, algo que se hizo, ya se lo
había explicado a sí mismo miles de veces, para sobrevivir, pero ahora, más de
veinte años después, Ismael respondía otra vez a esa farsa: Ahí estaban las
maletas repletas, los efectos eléctricos, el dinero, todo lo que pensaba
entregarle a su familia. Su familia. Y casi sintió deseos de reír al pronunciar
esas palabras. Pero si me río, pensó, ¿qué dirán los que en algún sitio
descifran las grabaciones que recoge el aparato situado estratégicamente en
algún lugar de esta habitación? Entonces, sin duda para confundir a los agentes
encargados de interpretar cualquier sonido que se produjese en aquella
habitación, Ismael se rio a carcajadas… Luego en el silencio de la habitación
ya a oscuras, Ismael creyó escuchar algunos disparos lejanos y después los
ruidos producidos por los vehículos militares en la Quinta Avenida. Pero a
pesar de todo. Ismael pudo oír también el estruendo del mar. Y ya de madrugada
se quedó dormido. Entonces, sin un minuto de tregua, echó a caminar por el
muro. Se trataba, desde luego, de uno de los dos muros que había visto en la
playa donde había estado llorando. Pero ahora estaba en medio de un día
luminoso que se fraccionaba sobre el mar hasta producir una claridad aterradora
que subía, anegando también el cielo. ¿Qué hacía encaramado en aquella muralla
altísima, mucho más alta que el muro que había visto el día anterior? ¿Cómo
había ido a parar allí? ¿Y sobre todo, cómo iba a poder bajarse de aquella
altura si al final del muro estaba el mar, un mar de aguas que evidentemente
hervían y que solo de mirarlas fijamente lo precipitarían hasta el fondo.
Ismael fue retrocediendo y comprobó que el muro, por la parte opuesta,
descendía hasta llegar al mismo nivel de la tierra. Pero frente al mar, al
terminar su descenso, no había más que un arenal tan infinito como el mar, pero
helado, sin un árbol, ni una casa, ni ningún tipo de vida. Y a todas estas con
aquella cantidad de maletas, que habían ido a parar allí quién sabe cómo, y que
ahora relucían sobre el muro. Desconcertado, Ismael miró para todo los sitios y
descubrió en el extremo del otro muro, tan alto como el que él ocupaba, a Elvia
con el niño, quienes señalaban casi entusiasmados para las aguas hirvientes,
ordenándole, pero con júbilo, que se lanzase. Inclusive, Ismael creyó que le
gritaban algo que por la violencia del viento y del oleaje no podía entender.
Hasta allí lo había llevado aquella mujer estúpida, se dijo enfurecido y la amenazó
con un ademán. Pero al parecer, tanto Elvia como el niño interpretaron aquel
gesto como un saludo, o una señal de asentimiento, y ahora aplaudían y volvían
a señalarle las aguas. Ismael trasladó todo el equipaje hasta el extremo
opuesto de la muralla donde comenzaba el arenal. Allí el viento era el mismo,
pero la temperatura cambiaba tan súbitamente que si en el otro extremo sentía
que se achicharraba, aquí se congelaba. Y como si eso fuera poco, aquellas dos
figuras, el niño y la mujer, en el otro precipicio, haciendo aquellos gestos y
conminándolo a que se lanzase al mar. Hasta que pudo tolerar el frío les dio la
espalda, sentándose sobre el equipaje y protegiéndose del viento con algunas
ropas que había sacado de una maleta. Cuando se volvió, Elvia y el niño habían
desaparecido. El muro opuesto estaba completamente vacío. Ismael pensó que
habían caído al agua y fue a investigar. Solo la inmensa claridad, el viento y
aquel hervor sonoro seguían batiendo. Ni la menor seña de los desaparecidos.
Ismael se inclinó un poco para ver si estaban allá abajo, flotando o quizás
sujetos a la muralla. Luego, con una mano en la frente, a manera de pantalla,
retrocedió unos pasos para mirar hacia el arenal. Entonces cayó al vacío.
Mientras un enorme escalofrío lo recorría caía de espaldas sobre el mar. Y
aunque sentía que cualquier acción ya era inútil, gritó, volvió a gritar; tuvo
tiempo de gritar otra vez hasta sentirse empapado, ahogándose de calor entre
las sábanas. Y una sensación casi de triunfo lo poseyó al comprender que todo
aquello no era más que un sueño, una pesadilla sin duda provocada por los
ajetreos del viaje. Se levantó. La claridad estaba allí, pero era la claridad
del trópico. Y el mar también estaba allí, podía verlo ahora desde la ventana,
pero era también el mar del trópico, tibio y bastante tranquilo a pesar de la
época. Rápidamente se vistió, desayunó en el restaurante del hotel, y aunque se
había prometido ir bien temprano a Santa Fe y aunque el joven le había dicho
que no caminara solo por la ciudad. Ismael decidió (tal vez precisamente por
eso) hacer un recorrido por La Habana Vieja. Al llegar a la Quinta Avenida,
Ismael comprobó que la caravana de camiones repletos de soldados no solo
continuaba sino que se hacía más intensa. Le preguntó a alguien que cruzaba
apresurado la acera donde podía tomar una guagua (evitó decir ómnibus), pero
esta persona, una figura infundada en un mono verde y con los cabellos rapados
(imposible deducir si se trataba de un hombre o de una mujer), le dijo
cortante: La Quinta Avenida es solo para vehículos oficiales rápidos, el
transporte urbano-colectivo es tres cuadras más arriba… Luego de más de una
hora de espera, Ismael pudo tomar un ómnibus repleto, que con la nueva invasión
de pasajeros no pudo cerrar sus puertas hasta que la Patrulla de Vigilancia de
Vehículos (así decían los brazaletes que ostentaban sus miembros) empujó al
tumulto hacia adentro. Lo que más le chocó a Ismael fue el hedor de aquel
sitio. Evidentemente, pensó, los que estaban allí no conocían el desodorante.
Por otra parte, ¿qué gente era aquella? ¿Eran realmente cubanos? No era un
problema de raza, aunque desde luego allí había gente de varias nacionalidades,
era más bien una manera de comportarse, de hablar, de mirar, todo un conjunto
de detalles que le comunicaban a Ismael una sensación de extrañeza y hasta de
peligro. Como el vehículo seguía avanzando sin detenerse en ninguna parte,
Ismael le rogó al chófer que lo dejara en la parada de Galiano y San Rafael.
Esta petición provocó un sinnúmero de risas y cacareos en toda la guagua.
¿Galeano y San Rafael? Preguntó el chófer también burlón. Usted dirá Mártires
de Granada y Treinta Aniversario. Por fortuna, allí paró el ómnibus e Ismael
pudo salir a la calle. Detrás de él saltó una figura pequeña y verde, que a
Ismael le pareció haberla visto con anterioridad aunque no recordaba dónde. De
todos modos, si me vigilan nada tengo que temer pues lo único que quiero es
caminar un poco, se dijo Ismael para tranquilizarse a sí mismo. Aunque ya eran
más de las once de la mañana, había muy pocos transeúntes y casi todos eran
gentes uniformadas y en su mayoría mujeres. Muchas calles estaban acordonadas y
desde luego no se podía pasar por ellas. Y aunque Nueva York no era en realidad
una ciudad estimulante, el panorama de La Habana lo deprimió. Casas
apuntaladas, paredes derruidas, edificios reducidos a escombros, latas y
cartones que tapaban un hueco, charcos de agua putrefacta, enormes montones de
basura acumulada en las puertas de los edificios, y sobre todo aquella
polvareda y aquella impresión de deterioro general, pues no se trataba solo de
viejos edificios, o de balcones apuntalados o de paredes remendadas, se trataba
de un moho, de algo que carcomía y subía royendo, contaminando no solo las
paredes, sino los troncos de los escasos árboles, las hojas, el aire y hasta
los rostros de las personas. Al llegar al Parque Central, un silbato manipulado
por una mujer guardaparque lo detuvo, haciéndole desviar el rumbo. El acceso al
Parque Central estaba prohibido durante el día por motivos laborales, pudo
finalmente leer en un cartel que estaba clavado a un tronco. Muy cerca estaba
La Habana Vieja que él tantas veces en su juventud había recorrido, maravillado
ante aquellos balcones bordados de hierro, columnas y vitrales. Al llegar a
Monserrate, un enorme cartel que bloqueaba la calle Obrapía le demostró que el
joven de la noche anterior no le había mentido. El cartel decía: PUERTO DE LA
HABANA, ZONA ESTRATÉGICA PROHIBIDO EL PASO. Ismael se preguntó de qué manera si
aquella era una zona prohibida podrían allí entrar los vecinos del barrio, pero
prefirió no averiguarlo. Al desembocar en El Prado, otro gran cartel, ZONA DE
MONUMENTOS PATRIMONIO NACIONAL, fue la señal de que por allí tampoco podía
caminar. No obstante, sorteando cloacas, promontorios de tierra y otros
desperdicios, Ismael siguió avanzando paralelo a El Prado, rumbo al Malecón,
por todos los sitios lo sorprendían enormes carteles, anunciando algún evento o
triunfo político. Los verbos eran realmente optimistas (arribaremos,
cumpliremos, sobrepasaremos, ganaremos, venceremos…) y hasta los colores de los
carteles, radiantes y vivos, contrastaban con el resto de la ciudad que era,
suite los ojos de Ismael, un basurero gigantesco. Al llegar al Malecón, dos
mujeres uniformadas y con relucientes cascos hicieron sonar sus silbatos.
Ismael no pudo resistirse a preguntar cual era la causa de que no pudiera
llegar hasta el muro del Malecón de La Habana. Solo para vehículos oficiales
rápidos, le informó una de las mujeres en tono que no admitía ninguna objeción.
Antes de retroceder. Ismael pudo ver los invariables camiones repletos de
soldados. También en una de las esquinas vio al mismo personaje verde que se
bajara del ómnibus. Para evitarle más trotes a aquel minúsculo ser que lo
perseguía, y porque empezaba a sentir miedo y un poco de cansancio, Ismael
decidió regresar al hotel. ¿Pero dónde tomar un ómnibus en un sitio donde las
señales de parada habían sido abolidas, en cuanto a los taxis, no había visto
ninguno en todo su recorrido. ¿Y no sería un escándalo preguntarle a alguien
por un taxi? ¿Además, a quién preguntarle? Pero por qué no preguntar, se dijo,
¿acaso eso es un delito? Y sin mayores trámites se dirigió a su perseguidor y
en tono muy amable le espetó: ¿Tendría usted la bondad de informarme dónde
conseguir un taxi? Y al terminar de pronunciar la palabra taxi, Ismael se dio
cuenta de que había cometido un grave error ideológico. ¿Taxi? Preguntó el
pequeño ser que al principio se hizo el desentendido, como si la misma palabra,
taxi, le causase repugnancia. Aquí no existen taxis, señor. Usted querrá decir
un transporte especial. Lo que busco es un vehículo que me lleve hasta el
hotel, dijo Ismael, soy turista, estoy en el Tritón. El otro personaje, que al
parecer olvidó simular cierto desprecio o sorpresa ante la palabra turista,
respondió: Tiene que llamar al centro, servicios especiales, señor. Sí, dijo
Ismael, pero podría decirme, dónde puedo encontrar un teléfono. Tiene que ir al
centro telefónico, en el nuevo Ministerio de Comunicaciones, dijo inmutable el
personaje, y, de pronto, como si el nuevo Ministerio de Comunicaciones fuera
algo familiar para Ismael, se despidió con una reverencia casi militar y
desapareció entre los escombros. Al parecer allí terminaba su misión. Y
efectivamente así era, pues unos momentos después, Ismael vio que otra figura,
algo semejante a la desaparecida, lo seguía de cerca por el otro lado de la
calle con tan manifiesta indiscreción que más bien lo escoltaba. Como no sabía
dónde tomar un ómnibus y además para fastidiar a su perseguidor, Ismael decidió
ir a pie hasta el Tritón. Al llegar desfallecido al hotel, el joven que lo
acompañara la noche anterior le salió al encuentro. Yo pensé que en el Norte la
gente era más puntual, dijo. Llegas con cinco minutos de retraso. Son casi las
cuatro y media dijo Ismael. Ya es muy tarde para ir a la playa. La hora que tú
tienes es la de Nueva York, le dijo el joven. Son las tres y veinte, pero como
se ha adelantado el horario para ahorrar electricidad, en realidad no son más
que las dos de la tarde, faltan como seis horas para que oscurezca. Ismael
pensó rechazar la invitación, diciendo que estaba cansado, que había venido a
pie desde La Habana Vieja, pero, de pronto, se sintió completamente restablecido
y hasta con deseos de ir a la playa. En definitiva, se dijo, puedo dejar el
viaje a Santa Fe para mañana… Espero, le dijo Ismael al joven, que no tenga que
ir caminando. Mis compañeros, respondió este, nos dejarán en la parada de la
guagua que va hasta Guanabo, ya está todo hablado. E Ismael se vio de pronto
entre un grupo de jóvenes, casi todos sin uniformes y alegres (quizás porque
habían terminado su jornada de trabajo) que lo encaminaban hacia la playa. El
que lo había invitado, y que desde hacía rato lo tuteaba —cosa que a Ismael no
le desagradó— se sentó a su lado y prendió un cigarro, ofreciéndole otro a
Ismael. Gracias, no fumo, dijo este y agregó: Hoy fui por La Habana Vieja. Me
lo imaginé, dijo el joven, te llamé a tu cuarto y no estabas. ¿Cómo, pero
también sabe mi nombre y el número de mi habitación? ¿Pero ya no recuerda que
me los dio anoche, respondió molesto el joven, tratando a Ismael de usted.
Además como hago guardias en aquella zona en el hotel no tienen por qué
sorprenderse si pregunto por usted. Lo más lógico es que piensen que lo estoy
vigilando, y eso te favorece porque así no te ponen otro vigilante… Ya me
pusieron dos por la mañana, dijo Ismael. Por cierto, que realmente no recuerdo
haberle dado mi nombre, pero ya que lo sabe no tengo que presentarme. Y sonrió.
Yo sí, dijo el joven, me llamo Carlos. Y extendió una mano apretando
fuertemente la de Ismael. Somos amigos, dijo Carlos, desde el principio me
caíste muy bien. Gracias, dijo Ismael con un acento irónico que Carlos no pareció
captar pues siguió hablando en el mismo tono: No se si me has autorizado a
tratarte de tú, pero si somos amigos, no tiene sentido eso de usted. Además, no
eres un viejo para tanto respeto. Puedo ser tu padre, dijo Ismael mirando por
la ventanilla la ciudad deteriorada. ¿Mi padre? Entonces yo soy un recién
nacido, dijo Carlos, y dirigiéndose al grupo de jóvenes agregó: El neoyorquino
se está haciendo el muerto a ver el entierro que le hacen; dice que es un
anciano, pero, por si acaso, no le vayan a presentar a sus novias. Todos los
jóvenes se rieron y hasta el mismo Ismael sonrió casi sin darse cuenta. Le
sorprendía que aquellos jóvenes que hasta hacía unos momentos antes exhibían
unos rostros impenetrables y de tragamundos mientras hacían la guardia ante el
hotel, fueran ahora estos muchachos risueños y jaraneros. Al llegar al punto
donde se tomaba el ómnibus para Guanabo, todos le estrecharon la mano a Ismael
y le dijeron que esperaban volverlo a ver, no sé cómo todavía tienen ganas de
reírse, comentó Ismael, luego de tantas horas de guardia. Tú también te reíste
después de caminar durante toda la mañana por La Habana y regresar a pie hasta
el hotel. ¿También sabes que no he comido nada? Preguntó Ismael. Lo sé, dijo
Carlos. Espero que no me respondas que te lo dijeron mis tripas. Me lo dijo la
realidad, respondió Carlos, dónde rayos ibas a encontrar algo de comer. ¿Es que
ya se te olvidó que aquí hay racionamiento? No te preocupes, de todos modos,
desayuné en el hotel, le dijo Ismael a Carlos, a quien, tal vez sin darse
cuenta, ya tuteaba. Yo traje el almuerzo y algo más que conseguí en el comedor
obrero, por suerte ahí está la guagua. Al llegar el ómnibus se formó tal
confusión en la cola que el chófer decidió partir con el vehículo vacío. Pero
Carlos abrió de un golpe la puerta, tirando de Ismael, oportunidad que
aprovecharon algunos de la cola para entrar también en el ómnibus que partió
casi vacío ante las exclamaciones enfurecidas de la muchedumbre… Al menos el
mar está igual, dijo Ismael al llegar finalmente a la playa. Sí, respondió
Carlos, eso aún no lo han podido cambiar por completo, y quitándose la ropa,
hasta quedarse solo con el calzoncillo verde olivo, se tiró sobre la arena.
Esta es la zona autorizada para bañarse, dijo entonces, un poco más allá
empieza la zona militar y después la zona técnica. Pero siéntate; ahí en la
jaba hay un short, lo traje por si olvidabas la trusa. Ismael intentó rechazar
la oferta, pero bastó un gesto de Carlos para detenerlo. Hombre, parece
mentira, dijo el joven, no pienses que es fácil llegar hasta aquí, y mucho
menos para mí. Anda, ponte el short y vamos a nadar. Pues me imagino que sabrás
nadar, después de todo has cruzado el charco y además eres cubano. Ismael no
respondió. Aún sin desvestirse se tiró sobre la arena y colocó la cabeza sobre
el short verde olivo que Carlos le había ofrecido. Cubano, pensó. Y se preguntó
qué sentido tendría para Carlos esa palabra. Acaso hacer la guardia, comer en
el comedor obrero, vigilar a los turistas (a los sospechosos como él), ser
amable con ellos, sacarles la mayor información posible y luego redactar un
informe. Cubano. ¿Pero esa palabra no era ya ridícula? Sobre todo, ahora lo
comprendía, si se le aplicaba a él, al mismo Ismael. ¿Qué tenía él que ver ya
con aquel país, con aquella gente resentida y esclavizada, acobardada o
hipócrita? No, ya él no pertenecía a esta realidad, pero tampoco, pensó,
pertenecía a la otra, tampoco amaba aquella otra realidad, nunca, eso era lo
cierto, había podido identificarse con el mundo donde vivía desde hacía quince
años. Pero muchos menos podría identificarme con este. Y otra vez, como en
tantas otras ocasiones, una sensación de autocompasión, una ridícula sensación
de pena por mí mismo, lo invadió. Porque lo cierto era que ni siquiera aquel paisaje
que tanto había deseado contemplar, lo había impresionado. Verdad que ya la
playa no era la misma que él frecuentase treinta años atrás; sucia, descuidada
apenas si tenía árboles. Y en cuanto a la ciudad, era una pesadilla que quería
abandonar lo más pronto posible. Y cuando regresara, cuando volviera a Nueva
York, entonces estaría en el terror absoluto, pues ya sabría definitivamente
que aquel mundo, que nunca será su mundo, que no le pertenecía, y al cual él le
era indiferente, era lo único que tenía. Es decir, el único sitio donde, como
una sombra, podría seguir existiendo. ¿Por qué he venido? ¿Para qué he
regresado? Y ya se veía, siempre autocompadeciéndose, transitando por entre la
nieve neoyorquina, triste, enfurecido, casi resignado… Pero la voz de Carlos
que lo conminaba a que se desvistiese y se pusiese el short lo sacaron de sus
meditaciones. Sí, sí, ahora mismo. Y púdicamente se dirigió con el short verde
olivo hasta un promontorio de piedras (al parecer una trinchera abandonada) y
allí se desvistió. Pareces un recluta, le dijo Carlos cuando Ismael regresó con
el short puesto que le quedaba además bastante grande. Espero que no me vayan a
meter en el cuartel, respondió Ismael, pensando: ¿Y tú qué eres? ¿Una puta? ¿Un
policía encargado de vigilarme? Sin duda, las dos cosas. En fin, qué más da,
concluyó, tirándose en la arena. Pero cuando oyó a Carlos silbar a su lado, no
pudo contenerse y dijo: Es increíble, anoche parecías un hombre amargado y
cínico y hoy eres otra persona. Carlos no respondió al instante. Luego dijo:
Anoche era un guardia, ahora soy un ser humano. Hasta ahora creo que solo he
visto guardias respondió Ismael. Sí, dijo Carlos, se acaba de implantar la Ley
de la Movilización Permanente. ¿Contra quién? Indagó Ismael. Contra todo lo que
esté vivo, dijo de pronto Carlos en voz alta. Supongo que como eres policía no
tendrás miedo a que los otros policías te escuchen, comentó Ismael. ¡Yo no soy
policía!, gritó entonces Carlos. ¡Oíste, yo no soy policía!… Pero entonces,
¿qué hacías anoche con el uniforme?… Eso es obligatorio. ¿Qué quieres que haga,
que me muera de hambre, que mi madre también se muera de hambre? ¿O es que no
sabes que aquí todo lo que no está prohibido es obligatorio? Me imagino que si
te fuiste de aquí fue por alguna razón. Por eso me fui, dijo Ismael, por los
policías, para no ser un policía, porque si todo es obligatorio también es
obligatorio ser un policía… ¡Yo no soy policía! Volvió a protestar Carlos.
Policía es el que denuncia a los otros, el que vigila y delata, yo no… Tú, si
vieras a alguien haciendo algo contra el gobierno también lo denunciarías. ¡No!
Protestó Carlos. Sí, dijo Ismael, aún cuando no quieras denunciarlo tendrías
que hacerlo, pues sino el otro, que a lo mejor es un policía, te denunciaría
por no haberlo denunciado a él. Carlos volvió a hacer silencio, luego dijo: Al
menos hasta ahora nunca lo he hecho… Qué sentido tiene una vida así, dijo de
pronto Ismael, no en tono de pregunta, sino como un comentario. Casi ninguno,
habló Carlos, pero tal vez menos sentido tenga estar muerto… Yo no estoy
muerto, protestó Ismael. No me refiero a ti, le respondió Carlos, me refiero a
los que no han podido soportar más y se han suicidado, a los que un día han
protestado y también han muerto. ¿Me entiendes? Perfectamente, le contestó
Ismael. Hoy es 24 de diciembre, dijo lentamente Carlos, al que se le ocurra
celebrar la Nochebuena puede ir preso. Yo traje unos dulces de Navidad para mi
familia, comentó Ismael. Tíralos por el inodoro, todo lo que sea un recuerdo de
otra época puede convertirse aquí en un crimen. No me explicó entonces cómo
dejan entrar aquí a una persona como yo, yo soy otra época. Tú significas
dólares, y el gobierno los necesita. Vales lo que traes. El gobierno también
necesita a jóvenes inteligentes y hermosos como tú para engatusar a visitantes
tontos como yo… Sí que los necesita y los tiene, de eso puedes estar seguro,
pero yo no soy de esa calaña, le respondió Carlos y siguió hablando: Tuve un
amigo que sí lo era, era un joven como yo; no era una mala persona, pero poco a
poco se metió (lo metieron) en la policía secreta. Eso es aquí un mérito, un
día estando de guardia me llamó por teléfono al centro donde yo era operador,
me dijo: Nada más te llamo para despedirme de ti, adiós. Y sonó un disparo. Se
había metido la punta del rifle en la boca y la cabeza se le hizo pedazos. Yo
oí el disparo porque él había dejado descolgado el teléfono. Quería que yo
oyera ese disparo, su despedida. Carlos hizo silencio, luego dijo: Tú te fuiste
de aquí porque pudiste irte. Pero ahora no es posible. Está prohibido. Para
nosotros ya no hay salida. No, no soy un policía, no quiero serlo y no lo seré,
pero tampoco quiero terminar como mi amigo. Y no soy el único. Sí, ya sé en lo
que estás pensando: Por qué no se rebelan, si todo es tan siniestro, por qué no
hacen algo. ¿Por qué? Por lo mismo que no te rebelaste tú. Porque no podemos.
¿O es que no te has dado cuenta de que si hay un ejército de criminales y
aprovechados que están por encima de nosotros, y si protestamos nos eliminan?
Mira para allá, toda esa zona, todos esos muros, todas esas casas con sus
autos, los que viven allí, los que están allí disfrutando son los verdaderos
policías, no nosotros… Algunas personas cruzaron cerca de Ismael y Carlos y
este hizo silencio. Luego desde algún lugar de la playa salió un largo silbido.
Ese es el primer aviso para que dejemos la costa, dijo Carlos, una vez que
llegue la noche nadie puede quedarse cerca del mar. Es un delito. Temen que uno
se vaya hasta nadando. Pero todavía tenemos casi una hora, podemos bañamos. Los
dos hombres se lanzaron al agua y nadaron hasta la línea reglamentaria marcada
por unas boyas blancas; allí se quedaron flotando bocarriba. Carlos hablaba
pero Ismael ahora casi no lo escuchaba, maravillado ante la tibieza del agua en
pleno diciembre. Otra cosa que no había cambiado, esa tibieza, ese mar, esa
transparencia donde se puede flotar, horas y horas suspendido de todo, de todo.
El cielo sigue siendo el mismo, el agua sigue siendo la misma, el sol es el mismo,
pero dónde estoy yo, dónde está aquel tiempo de ilusiones lejanas y mermadas,
pero todavía ilusiones, pero todavía ilusiones; dónde está realmente mi
juventud, qué hice con mi juventud, qué amigos tuve, qué placeres disfruté, qué
dulces e inolvidables locuras cometí, dónde están esos fantasmas que me
persiguen siempre porque nunca pudieron realizarse; qué he hecho, qué he hecho
con mi vida. Porque mi verdadera tragedia no está en tener ya cincuenta años
(una verdadera tragedia por otra parte) sino en no haberlos vivido nunca. E
Ismael se zambulló en aquellas aguas tibias y ahora doradas por el sol del
atardecer, descendió hasta el fondo con los ojos abiertos, buscando, intentando
recuperar, rescatar, recoger entre la arena aquella juventud, su propia juventud
ya irrecuperable y, por lo mismo, cada día más anhelada e imprescindible… Soy
joven, soy joven, soy joven, se dijo. No puede ser que ya no sea un joven si
sigo sintiendo como un joven, si sigo deseando, necesitando, padeciendo como un
joven… Y por un rato, mientras se lo permitió la respiración, se quedó en el
fondo, casi pegado a la tibia arena, esperando que una gracia superior, única,
le concediese allá abajo la juventud, y que al emerger saliese completamente
transformado. Ismael volvió otra vez a la superficie. Allí estaba el joven,
flotando cerca de él (de él, el viejo), acercándose aún más a él (él, el viejo)
para contarle su terror. He querido traerlo a usted hasta aquí (y ahora, Dios
mío, lo trataba nuevamente de usted, por lo que en vez de haber rejuvenecido,
Ismael pensó que había envejecido aún más), he querido traerlo a usted hasta
aquí, a esta playa y hasta acá, dentro del mar, para decirle que usted no es la
primera persona que yo traigo aquí, que cada vez que viene un turista al hotel lo
invito, sea hombre o mujer; y si acepta la invitación lo traigo a este sitio,
lo invito a nadar, y ya a esta altura, lo más lejos que podemos llegar, donde
solo esa persona y yo podemos escucharnos, donde ningún espía puede oírnos, le
digo siempre esto que le voy a decir a usted: Sáqueme de aquí, sáqueme de aquí.
Haga todo lo que pueda para sacarme de aquí, de alguna manera yo se lo pagaré,
de la manera que usted quiera, de la manera que usted me lo pida, pero dígame
que va a hacer todo lo posible, que por lo menos lo va a intentar… Amigo mío,
dijo entonces Ismael profundamente desencantado por el trato de usted con que
el joven se le había dirigido, anoche mismo nos conocimos, precisamente cuando
hacía usted un recorrido militar, y hoy me pide que lo saque del país, todo
esto ¿no es casi una locura?… Claro que es una locura, interrumpió dando una
brazadas Carlos, pero no te das cuenta (¡Vaya, volviste al «tú») que todo este
país es una locura, que vivir aquí es una locura, que cualquier locura que se
cometa por salir de esta locura es un síntoma de sensatez… Lo sé, lo sé, dijo
Ismael mientras se disponían a abandonar la costa (pues ya el segundo silbato
acaba de retumbar). ¿Pero qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer yo?… Piense,
piense en algo —dijo Carlos, otra vez tratando a Ismael de usted, como si la
importancia de la súplica le impidiese tutearlo—, algún contacto, alguna
embajada, algún barco. Tiene que haber alguna posibilidad. Desde allá hay más
probabilidades. Si pudiera creerte, dijo Ismael mientras revolvía con un pie la
arena. Yo no quiero que me crea, dijo Carlos, lo que quiero es que me ayude. Y
si no puede ayudarme, por lo menos quiero que haga una cosa: Cuando llegue
allá, cuando vuelva a ser otra vez un ser humano, diga lo que vio, cuéntele a todo
el mundo lo que yo le he dicho. Lo haré, pero te cambiaré el nombre para no
perjudicarte, le respondió Ismael. Y ahora los dos hombres apresuraron el paso
pues ya el tercer silbato irrumpía por toda la playa. Lejos de la costa, en la
explanada autorizada para el reposo, se sentaron. Carlos sacó la comida que
había traído. Al principio, Ismael se negó a comer, alegando que no tenía
apetito, aunque en verdad se moría de hambre. Pero Carlos le dijo que de
ninguna manera podía dejar de probar las «croquetas del cielo» llamadas así,
dijo, no porque tengan un sabor celestial, sino porque se te pegan al cielo de
la boca y de ahí no hay quien las arranque. Será un buen recuerdo, dijo Ismael
irónico, aceptando la invitación y al instante comprobó con horror que la
croqueta no se le había pegado al cielo de la boca, sino a la prótesis dental y
de tal manera que ahora casi no podía ni hablar y eso, la croqueta, sus dientes
postizos, volvieron a colmarlo de tristeza. Por último, pudo disimuladamente
llevarse un dedo a la boca y liberarse del pegajoso alimento. Terminada la
comida se vistieron, pero ninguno de los dos parecía decidido a regresar a La
Habana. En silencio, sentados en el suelo junto a los restos de la comida
permanecieron por un rato mientras la tarde era invadida por el estruendo de
las cigarras y por el violeta del cielo, como una misericordia del tiempo, como
una misericordia del tiempo, pensó entonces Ismael bañado por esa luz y pensó
otra vez: Dios mío, ¿por qué he regresado, por qué he tenido que regresar? Y de
pronto, sin podérselo explicar, asoció la carta de Elvia a uno de aquellos
insectos que clamaban entre los árboles hasta reventar. Comenzó a oscurecer.
Carlos seguía a su lado, acuclillado en el suelo, los brazos sobre las
rodillas, mirando hacia el mar donde ya se divisaban las patrullas del
recorrido nocturno y el centelleo de las lanchas guardacostas. También la
explanada donde descansaban fue iluminada por potentes focos y las patrullas de
recorrido territorial hicieron su aparición. Vámonos antes de que nos molesten
pidiéndonos identificación, dijo Carlos poniéndose de pie y extendiendo una
mano para ayudar a Ismael a incorporarse. Mano que Ismael rechazó o no la dio
por advertida, poniéndose de pie por su propia cuenta. Estrechos senderos
blanqueaban en la oscuridad, buscando la fosforescencia de la carretera. Las
luces del lujoso reparto militar, solo para oficiales, se encendieron. Un foco
comenzó a girar iluminando las nubes y cayendo luego sobre el mar. Ismael
descubrió entonces que a un costado del mar un árbol enorme (al parecer un pino
centenario) se mantenía en pie, y allí súbitamente unas aves (¿gaviotas? ¿Auras
tiñosas? ¿Patos de la Florida?), surgidas al parecer de las olas, se refugiaron
de golpe como si hubiesen burlado casi milagrosamente a un perseguidor
implacable. Ya en la carretera, Ismael pudo ver otra vez la playa desierta y el
mar que se deshacía en la arena. Más allá, sobre ese mar tan añorado y que
ahora deseaba cruzar rápidamente, apareció la luna en cuyo rostro él creyó ver
un rictus de amargura que no excluía la compasión. Y otra vez una sensación de
soledad sin tiempo, ni subterfugios para evadirla, un desarraigo que estaba más
allá de todas las circunstancias, de toda patria recuperada (cosa por lo demás
imposible), de toda juventud rescatada (cosa por lo demás imposible), de todo
deseo y hasta de toda felicidad alcanzados (cosas por lo demás imposibles) lo
invadió. Era un destierro cósmico que precisamente por ser perfectamente
implacable no tenía ni siquiera una explicación plausible y, menos aún, alguna
solución… La cola para tomar el ómnibus de regreso a La Habana se extendía
varias cuadras más allá de la parada. Carlos dejó a Ismael marcando al final y
se aventuró hacia adelante. Quizás encuentre a algún conocido y podamos
colarnos, le dijo en voz baja a Ismael. E Ismael se vio rodeado de numerosos
jóvenes que lo miraban con curiosidad. Sin duda por las ropas extranjeras que
tengo puestas, pensó. Ya era noche cerrada, pero la luz de la luna iluminaba
todos aquellos cuerpos impregnándoles una vitalidad y hasta una elasticidad que
quizás no tuvieran durante el día. Ismael los veía reír, jugar entre ellos,
correr a veces entre los arbustos para reaparecer súbitamente con una expresión
aún más radiante. Aquellos muchachos pobremente vestidos, algunos con zapatos
rotos y pantalones remendados, tenían un aire de despreocupación, de desenfado,
de absoluta irresponsabilidad, de plena vitalidad que no parecía congeniar con
el ambiente represivo en que vivían y, sin embargo, tal vez por esa misma
represión, mantenían aquella vitalidad, aquella necesidad de juego, de no tomar
nada en serio y disfrutar del hecho de estar vivos y, por lo menos en aquel
momento, ociosos. No había ningún subterfugio en la manera de mostrarse, de mirar
directamente a Ismael, haciéndole a veces alguna señal libidinosa. Sí, a pesar
de tanta represión, o quizás por lo mismo, aquellos jóvenes no observaban
ningún principio en su conducta. El mismo Ismael, viviendo en Nueva York por
tantos años (y en el famoso Hell Kitchen), no podía evitar ruborizarse ante
aquellos gestos y ademanes que ostensiblemente le prometían, de él decidirse,
acontecimientos rotundos y hasta quizás venturosos… Pronto en la ausencia de
Carlos, algunos muchachos se acercaron a Ismael y lo abordaron, pidiéndole
cigarros, fósforos, chicles. Cualquier objeto extranjero era para aquellos
jóvenes un talismán que los ponía en contacto con otro mundo, el que ellos
soñaban a su manera. Sin duda diferente, sin duda diferente, pensaba Ismael, a
como es, a como realmente es. Y no sabiendo qué darles, le entregó los
pañuelos, las medias que llevaba puestas (y que alguien se las había elogiado
codiciosamente), el cinto, la billetera y los dólares que en ella llevaba. Todo
eso provocó una enorme algazara de jovialidad y de complicidad entre los
muchachos e Ismael. Pero lo cierto es que ninguno de aquellos jóvenes a pesar
de sus manifiestas insinuaciones le interesaron a Ismael; sentía por ellos
demasiada piedad para poder desearlos. Cuando finalmente llegó Carlos (¡y había
conseguido un puesto entre los primeros de la cola!), Ismael ya mostrarle algún
lugar especial. Pero Ismael sintió un gran alivio era conocido como el tío del
extranjero a quienes todos querían al despedirse de ellos y tomar el ómnibus…
De noche, y avanzado dentro del ómnibus, el paisaje parecía recuperar la
belleza, el encanto, el prestigio que quizás nunca tuvo. Junto a la ventanilla,
junto a Carlos, Ismael contemplaba aquellas extensiones blanqueadas por la
luna; las pequeñas elevaciones, los árboles que proyectaban su sombra en la
explanada. De vez en cuando, la luz de alguna casa parpadeaba y desaparecía en
el horizonte desde el que se alzaba un cielo donde no cabía ni una estrella
más. E Ismael sintió, creyó sentir, mientras el ómnibus repleto avanzaba por la
carretera, una plenitud misteriosa —Nochebuena, Navidad, fiesta ancestral y
única— que se desparramaba sobre aquella región esclavizada, trayendo el
espíritu, aunque las leyes lo prohibiesen, de un acontecimiento único. El nacimiento
de un niño, un campesino de padres imprecisos y que él, por lo mismo,
consideraba dioses, que vino a inmolarse, a entregarse, a crucificarse, para
que el mito de la vida, es decir, del amor, no se extinguiese. Porque solo
había una palabra, allí y en cualquier otro sitio, pensó Ismael,
contradiciéndome, ya lo sé, que pudiera salvarnos, y esa palabra no era otra,
no podía ser otra, que aquella vieja y maltratada palabra, ya en muchos lugares
prohibida y perseguida y en otros comercializada y deformada. Amor. Aunque a
algunos le pudiera parecer cursi y a otros terrible, esa era la palabra. No
había otra. Por muchas vueltas que se le diera al asunto, por muchos libros,
tratados o códigos que hayan surgido o surgieran, contra todo el horror, por
encima de toda libertad y de toda desesperación, pánico o tedio se alzaba como
un consuelo aquella palabra tan imposible y tan remota (pero también tan
imprescindible y tan evidente) como las estrellas… Para ahorrar combustible, el
chófer, siguiendo las orientaciones superiores, había apagado las luces del
interior del ómnibus. Ismael no se sorprendió cuando en la penumbra se vio a sí
mismo extender una mano, tomar la de Carlos y en voz baja decirle: Quisiera que
cuando llegaras subieras conmigo a la habitación del hotel, allí podríamos
hablar más tranquilos. Allí no podríamos hablar nada, susurró Carlos sin
retirar la mano, porque en todas las habitaciones hay micrófonos instalados.
Además, tampoco puedo subir al hotel porque el policía de la carpeta, es decir,
el carpetero, no lo permite. Y apartando su mano de la de Ismael hizo silencio.
En seguida agregó: De todos modos haré lo posible. Antes de que llegaran al
hotel, Carlos ya tenía un plan para subir a la habitación. Como al otro día
tenía que marcar la tarjeta allí mismo, en las oficinas de vigilancia, le diría
a los milicianos que se quedaría a trabajar varias horas voluntarias en dichas
oficinas, con el propósito de acumular méritos para El Gran Aniversario; y al
entrar a marcar la tarjeta en dicha oficina, cuya dependencia estaba en los
bajos del hotel, subirá a la habitación de Ismael. Aún había un grave
obstáculo, el carpetero-policía quien, desde luego no iba a dejar que Carlos
tomase el ascensor. Entonces Carlos sacó de su mochila un periódico Grama Unidimensional
Nocturno e instruyó a Ismael de la siguiente manera: Tenía que entregarle el
periódico al carpetero como una oferta inofensiva para que se entretuviese,
pero dentro del periódico iría un billete de cien dólares, colocado como al
descuido. De ese modo el carpetero no podría acusar a Ismael de soborno,
defendiéndose de esa manera en el caso de que el mismo Ismael fuese un policía
disfrazado, y si el carpetero era un policía incorruptible, tampoco podía
acusar directamente a Ismael puesto que el billete estaba dentro del periódico.
Este trueque o la aceptación de dólares (aunque castigado duramente) era algo
que ocurría con frecuencia en el Tritón, explicaba Carlos. Allí hay una tienda
donde se puede comprar con dólares. Todos los empleados están locos por comprar
algo pero a la vez delatan cualquier maniobra que pueda reportarles algún
mérito laboral. Haz las cosas con cuidado. Lo haré, dijo Ismael tomando el
Granma Unidimensional Nocturno. Bien, dijo Carlos, entonces si el carpetero
coge el periódico y no protesta, tú le dirás que esperas la edición matutina
del diario que un compañero de guardia te llevará hasta la habitación. Desde
luego, si no te dice nada es que es posible. Entonces, al poco rato yo subiré
con la edición matutina del Granma Unidimensional Perfecto, murmuró Ismael.
Pero aún hay otro problema —dijo Carlos—: el ascensorista, es decir, el policía
del ascensor. A ese debo ser yo quien le entregue otro Granma Unidimensional
con otro billete dentro.
Le diré que es un regalo tuyo, el cual tú debes anunciarle
cuando tomes el ascensor. Él seguramente comprenderá en cuanto vea el billete
de cien dólares. Lo conozco mejor que al carpeta. Pero recuerda que todo debe
ser con discreción, en voz baja y que el dinero no se vea a simple vista. Hay
pantallas en el ascensor y en el lobby, pero por suerte, aún no las han
instalado dentro de la habitación, salvo en casos muy especiales. No te
preocupes, dijo Ismael, a quien todos esos trámites para subir a Carlos a su
habitación lo entusiasmaban. Pero agregó: encima no tengo ni un dólar. Se los
regalé a los muchachos de la playa. Tengo que subir primero a mi habitación. Ve
rápido dijo Carlos, son casi las doce de la noche y a esa hora es el cambio de
guardias lo cual nos traería más problemas. Cómo un bólido subió Ismael a su
cuarto y bajó con los doscientos dólares, le dio cien a Carlos y le entregó los
otros cien dólares dentro del Granma Unidimensional Nocturno al carpetero,
quien, con verdadera profesionalidad, lo tomó limitándose a pronunciar un displicente
«gracias ciudadano». Ismael dio la contraseña indicada y tomó el ascensor. El
policía del ascensor era un viejo que parecía estar siempre medio dormido.
Ismael le recalcó varias veces que esperaba un Granma Unidimensional Matutino
autorizado por el carpetero. Y al momento pensó que a lo mejor había cometido
un error al repetir tantas veces lo mismo. Casi temblando entró en su
habitación; con desesperación vio que el reloj de la mesa de noche daba las
doce; con verdadera tristeza vio marcar las doce y treinta, no queriendo
pensar, pero pensando: fue una bonita treta para robarme cien dólares y hacer
que su socio de la carpeta ganase otros cien, seguramente están en combinación.
Es un tonto después de todo, si me hubiera pedido los doscientos dólares yo se
los hubiera dado, sin que hubiera tenido que acudir a tantas artimañas. A la
una, aunque no tenía el menor deseo de dormir, se dispuso a acostarse.
Entonces, unos golpes suaves sonaron en la puerta de la habitación. Ismael
saltó corriendo de la cama y la abrió. Ante él, con otro Granma Unidimensional
Matutino estaba Carlos. Le traje un periódico para que lo conserve como un
documento muy importante que todo ciudadano debe leer. Todo esto lo dijo Carlos
en voz alta y haciéndole señas a Ismael para que no abriera la boca.
Inmediatamete entró en la habitación, desconectó el teléfono y cubrió con una
almohada dos enchufes eléctricos que estaban cerca de la cama. Luego de una
minuciosa inspección por toda la habitación y el baño, Carlos abrió la boca. Te
han ubicado en una habitación normal, dijo, no creo que haya más micrófonos que
los que ya hemos bloqueado. Al parecer para ellos no eres un tipo peligroso.
Ahí en el Granma te he puesto mi dirección para que me escribas algún día. Fui
un idiota al dejar la puerta cerrada, dijo Ismael aún aturdido, a lo mejor
alguien te ha visto tocar; puede venir la patrulla de vigilancia. No te
preocupes, dijo Carlos, los periódicos han cumplido su cometido
maravillosamente, nunca antes el Granma tuvo para mí tantos méritos. Siéntate,
le rogó Ismael. E inmediatamente comenzó a revolver las maletas mientras decía:
Tengo alguna botella de bebida, debes darte un trago; también traje comida en
lata. Abriremos una. Debes estar muerto de hambre. Ah, y aquí hay ropa, traje
demasiadas cosas para mi hijo, quiero que te las pruebes y tomes lo que más te
guste. Y abriendo varias maletas, Ismael desplegó ante el joven pulóveres de
varios colores, pantalones de diversas marcas, zapatos relucientes, medias,
jamones, botellas de bebida, latas de café, una grabadora y decenas de otros
objetos. Carlos, indiferente a aquel muestrario se sentó en un sillón y dijo:
No olvides lo que hablamos en la playa. No lo olvidaré, exclamó Ismael alzando
la voz, te aseguro que no lo olvidaré, solo tienes que darme las instrucciones.
No hay instrucciones, todo depende del azar, de la suerte, de las diligencias
que allá tú puedas hacer, respondió Carlos y bajando la voz agregó: Yo soy el
que está en la cárcel, tú, desde afuera, tienes que buscar la cuerda. Y no
olvides (le dijo en un susurro, como si desconfiase de la inspección que había
hecho en el cuarto), de todo lo hablado ni una palabra a nadie, a nadie aquí.
Recuerda que tú te vas y yo me quedo. No te preocupes, no te preocupes, dijo
Ismael acercándose con una camisa y un pantalón entre las manos. Pero por
favor, ahora, acepta esto como regalo. Eres tan joven, todo te debe quedar tan
bien. Pruebátelos y toma lo que te sirva. Mientras Carlos se desvestía. Ismael
depositó a su lado un montón de ropa. El joven tomó varias de aquellas piezas,
un pantalón de mezclilla, un pulóver azul, unos zapatos de tenis, se vistió no
sin cierta ceremonia y luego se miró al espejo. Parece como si hubiesen
fabricado todo esto para mí, dijo sonriente. Ismael lo contempló maravillado.
Con aquella ropa, Carlos lucía aún mucho más hermoso. Su piel, sus ojos, su
cuerpo, todo él había cobrado repentinamente un brillo, una juventud
avasalladora. Es para ti, es para ti, decía Ismael mientras giraba junto al
joven, cada vez más admirado de su hermosura. No, dijo Carlos, y comenzó a
desvestirse. ¿A dónde voy a ir con esta ropa? Si salgo con ella puesta y la
patrulla me pide la propiedad, ¿qué le voy a responder? Pero, cómo, dijo Ismael
enfurecido, ¿también hay que tener la propiedad de la ropa que uno lleva
puesta, eso es horrible. Me alegro que lo comprendas, dijo Carlos que ya se
había desvestido y permanecía de pie junto a Ismael mientras le devolvía la
ropa, quizás algún día pueda aceptar tu regalo, cuando logre largarme de aquí.
Lo lograrás, lo lograrás, repitió Ismael en un susurro tomando a Carlos por un
brazo, tienes que lograrlo. Yo haré todo lo que pueda para que lo logres. Tú,
dijo con voz calmada Carlos, sentándose desnudo en el sillón, no te acordarás
de mí en cuanto yo salga por esa puerta. ¡No! Gritó Ismael, olvidando las
posibles grabadoras no desconectadas. No pienses que todo el mundo es así. Yo,
yo… yo te amo. No puedo explicarte ahora, tal vez nunca, cuánto he esperado
este momento, no puedes imaginarte qué ha sido de mi vida durante estos quince
años fuera de aquí, de ninguna manera podrías comprender, ni yo explicarte,
cuánto he sufrido, cuánta soledad he padecido, cuando odio y resentimiento he
guardado en mi memoria, no me creerías, no podrías creerme, si te dijera que
nunca en Nueva York, con todas las libertades que allá se disfrutan, he llevado
a un amigo, a nadie, a mi apartamento. Tú, tú eres la primera persona que
invito desde hace más de veinte años, tú eres la única persona que ha podido
cambiar toda la visión que yo tenía del mundo, sí, del mundo, no solo de mi
persona, no solo de mi convicción equivocada de que nunca encontraría a nadie
por quien valiese la pena sacrificarse, no solo eso, lo cual para mí es muy
importante, sino algo más, algo más: Tú significas para mí la certeza de que a
pesar de todo el horror, de todos los horrores, el ser humano no puede ser
aniquilado. Carlos, Carlos, volvió a susurrar Ismael casi sollozando mientras
se arrodillaba ante el joven desnudo y lo abrazaba. ¿No te das cuenta que yo
estaba muerto y tú me has resucitado? Sí, no te reías, no pienses que es
ridículo lo que te digo, tal vez para otros lo sea, pero no es más que la
verdad. ¡Tienes que irte! ¡Tienes que salir de aquí! Dijo ahora Ismael
poniéndose de pie. Yo haré todo lo que pueda por sacarte de aquí. Tiene que
haber una vía. Mira, se me ocurre una idea: Aquí, por lo visto, todo el mundo
tiene dos caras, la oficial y la verdadera. Ya he visto que hasta los policías
secretos se dejan sobornar por cien dólares. ¿Y si en vez de cien fueran mil,
diez mil, veinte mil? ¿No crees? ¿No crees? ¿Qué crees? Con esa cantidad de
dinero intentaríamos, con cautela, claro, sobornar a un guardacostas, a un
oficial que tenga una lancha, yo conseguiría el dinero. ¡Yo tengo ya el dinero!
Y dando un salto, Ismael fue hasta el espejo y le mostró a Carlos toda su
fortuna, el resto de los veinte mil dólares que había traído desde Nueva York.
Ya ves, ya ves, dijo acercándose hasta el joven que lo observaba sentado en el
sillón. Ya ves, aquí está el dinero.
¿Por qué lo traje? ¿Por qué lo traje? Seguramente por alguna
señal misteriosa. No había ninguna justificación para que yo viniese de visita
a Cuba con todos mis ahorros. Pero aquí están. Son tuyos, son tuyos si crees
que con ellos existe una posibilidad aunque remota de que puedas marcharte del
país. Carlos tomó el dinero, lo miró con indiferencia y se lo devolvió a
Ismael. Nunca podré aceptar ese dinero, dijo. Además, tampoco eso funciona aquí
tan fácilmente. El servicio de guardacostas es toda una flota. No un hombre
independiente o un barquito. Perdona que te haya echado a perder el día con mi
petición. Yo sé que nunca podré salir de aquí. ¡No!, gritó otra vez Ismael. No
pienses así. Lo lograrás, lo lograrás. Sino nada tendría sentido entonces. Aquí
ya casi nada tiene sentido, dijo Carlos con voz tranquila. Guarda todas esas
cosas, mañana pensaremos en alguna solución. Apaga la luz, a lo mejor me
equivoqué y hay alguna cámara escondida por ahí. Ah, y vamos a darnos un trago,
de todos modos, hoy, aunque no lo parezca, y aunque mucha gente ni se acuerde
de eso, es día de Nochebuena. En la penumbra de la habitación, Ismael abrió
rápidamente una botella y llenó dos vasos. Los dos hombres brindaron en
silencio. Carlos se levantó de su sillón fue hasta la ventana, puso el vaso en
la mesita de noche donde el reloj daba las dos de la madrugada, corrió las
cortinas y se tiró bocarriba en la cama. Ismael, que apenas si había probado la
bebida, se acostó junto al joven. Cuando sus manos se extendieron y palparon el
cuerpo desnudo de Carlos, Ismael sintió que llegaba a un sitio y a un tiempo
ignorados y sin embargo no desconocidos. Y aquel pecho, aquellos muslos, aquel
sexo, aquella serpiente erguida, todo el joven, era una tierra de promisión,
algo que su desamor, su desengaño y su resentimiento habían postergado, pero
que secretamente, muy secretamente, él sabía que por haberse negado a aceptar
la posibilidad de aquel encuentro ahora el mismo se hacía más sublime. No había
sido en vano la renuncia, el rechazo, el exilio, el desencanto y la soledad si
todo lo había conducido hasta aquel hombre joven y no solamente hermoso sino
sensible. Y todo el horror, todas las humillaciones, todo el tiempo anterior
desapareció del mundo de Ismael cuando Carlos enardecido se volvió y abrazó a
Ismael. Y en aquel instante, Ismael dejó de ser un hombre de cincuenta años,
para convertirse también en un hermoso joven que era amado y poseído por su
hermoso compañero. Sensación de flotar, certeza de diluirse, de integrarse, de
fundirse a alguien que siendo él mismo —él mismo— es el opuesto, la resistencia
anhelada y amada, que siendo uno mismo puede darnos el placer de ser otro, ese
otro yo tan desgarradoramente dado ya por desaparecido y de pronto, en medio
del infierno, en plena llama, encontrado… Sensación de estar, de sentirse
recorrido, invadido, rodeado, por un cuerpo vivo, deseoso, dulce, joven,
anhelante y cómplice y sobre todo peligroso, y sobre todo peligroso, y sobre
todo efímero y sobre todo imposible de retener, y sobre todo imposible una vez
poseído, una vez disfrutado de poder renunciar a él… Sensación de estar por
primera vez vivo y por lo mismo presto al sacrificio, al inminente adiós, al
peligro a la mismísima, verdadera, gloriosa muerte. ¿Cómo era posible que nunca
antes se hubiese dado cuenta que esa era precisamente la vida? Que en su caso
—quizás en todos los casos— estar vivo es estar en peligro, en peligro
inminente. Porque estar vivo era estar a merced de cuerpos extraños, hermosos y
nefastos, en un cuarto provisorio, en sitios infestados de asesinos o en
paredes donde seguramente habían instalado todo tipo de grabadoras que ahora
detectarían sus triunfales resoplidos. Cómo era posible que durante tantos años
no hubiese comprendido que solamente hay dos opciones: el riesgo que presupone
la aventura de una cierta felicidad, o el recogimiento, la lenta muerte ante
una seguridad sin sentido ni brillo, prevista, mezquina aún en sus goces
triviales, ajena a toda explosión vital, a toda grandeza, y por lo tanto a todo
riesgo. E Ismael comprendió y admiró de pronto a aquellos drogadictos que caían
fulminados en las calles de Nueva York, a los vagabundos que un buen día
reventaban súbitamente igual que los que habían llevado una vida desenfrenada.
Qué mejor tributo a la vida que estallar precisamente por haber vivido. Sí,
había sido necesario viajar a La Habana, regresar allí, volver a aquel sitio
sin duda espantoso y único, para experimentar todo eso, para saber —para
comprender— definitivamente todo aquello. Ismael se unió más al cuerpo del
joven que parecía desearlo furiosamente como si él también desde mucho tiempo
lo aguardara. Formando una sola transpiración, un mismo susurro, una sola
plenitud, se quedaron dormidos.
Cuando Ismael despertó, aún dentro de una deliciosa
embriaguez, la plenitud del mediodía irrumpía por las ventanas, burlando las
cortinas y bañando toda la habitación. Instintivamente, extendió un brazo para
acariciar a Carlos, pero el joven no estaba en la cama. Ismael se incorporó y
lo buscó con la mirada por toda la habitación. Lo llamó, creyendo que estaría
en el baño, pero no recibió respuesta alguna. Ismael se puso de pie, pensando
que como la puerta del baño estaba cerrada, Carlos no podía escucharlo. También
la idea de tomar juntos una ducha lo animaba. Fue entonces, de pie en el centro
de la habitación, la claridad entrando a raudales por entre las cortinas,
cuando Ismael comprendió de golpe lo que había sucedido. Mientras él dormía.
Carlos se había marchado, llevándose todo el equipaje, todas las pertenencias y
el dinero; sus quince años de ahorro, los regalos que había comprado para Elvia
e Ismaelito, hasta la ropa que se había quitado antes de ir a la cama, todo se
había esfumado. En la habitación solo había una edición del Granma
Unidimensional Matutino, el pasaporte, el pasaje de regreso a Nueva York y el
short verde olivo (cosas que evidentemente Carlos no podía negociar). Ninguna
otra pertenencia poseía ahora Ismael. Despacio Ismael descorrió la cortina y
dejó que entrara la inminente claridad más allá de la cual se disfuminaba el
mar. Al menos dijo entonces, tomando el short verde olivo y mirando hacia la
habitación vacía, no fue un sueño. Hemos pasado la noche juntos… En ningún
momento se le ocurrió llamar a la policía. Pensaba, quizás con razón, que en caso
de llamarla solo haría el ridículo y nada iba a recuperar, al contrario, me
hubiese buscado más problemas y sería otra vez fichado. Hubiese tenido que
decir que recibió a un hombre en su habitación, cuando de acuerdo a los
reglamentos del hotel —estampados y acuñados en la puerta— se «prohibía
terminantemente recibir visitas». Además, Ismael sentía una extraña admiración
ante la habilidad —y hasta la sensibilidad— que el joven desplegó para poder
desvalijarlo. Por el momento lo que más le fastidiaba era tener que ponerse
aquel short verde olivo y salir descalzo a la calle. Porque, desde luego, a
pesar de la catástrofe, había venido a ver a su esposa y a su hijo y hacia
ellos tenía que ir. Luego, con alguna ropa de uso de Ismaelito (¡Él que estaba
esperando los regalos!) regresaría a Nueva York. En cuanto a la explicación que
tendría que darles a Elvia y a su hijo ya pensaría luego. Todo había sido
demasiado brusco, demasiado violento para poderlo razonar ahora. Así pues,
Ismael se puso el short verde olivo que le quedaba en extremo holgado, cogió
una de las toallas del hotel y, verdaderamente «ligero de equipaje», tomó el
ascensor, bajó hasta el lobby y salió rumbo a la Quinta Avenida. Por fortuna,
aquel 25 de diciembre fue tan soleado que parecía un día de verano por lo que
(así por lo menos pensaba Ismael) nadie se sorprendería de ver a un turista en
short. Para no llamar la atención (aunque varios policías de la Patrulla
Especial Diurna lo seguían subrepticiamente desde que abandonó su habitación)
Ismael fue avanzando rumbo al pueblo de Santa Fe mientras trataba de mantenerse
cerca de la costa, salvo en los casos en que los círculos obreros o las
unidades militares se lo prohibieran. Debido a tantos rodeos, el recorrido no
solo se hizo más extenso, sino más penoso. Atravesó pedregales, terraplenes y
arrecifes que le desgarraron los pies y hasta las manos, pues a cada rato se
iba de bruces. Por suerte a medida que se alejaba del reparto Miramar la
amenaza de ser detenido parecía disminuir. Pero nuevos peligros surgían:
Pandillas de muchachos, al parecer vagabundos o delincuentes de ocasión, que lo
miraban con recelo. Cierto que no tenía nada que pudieran robarle, con
excepción de la toalla que ostentaba las iniciales del hotel Tritón por lo que
Ismael la dejó caer sobre un yerbazal; al momento la pandilla se abalanzó sobre
ella. Al parecer inconscientemente, Ismael tomó un largo y pesado tronco lleno
de clavos que las olas habían dejado en la costa y con él en hombros siguió
andando. A las dos o tres horas de viaje con aquel madero a cuestas, el pelo
desgreñado, la piel sudorosa y enfangada, el short desgarrado y los pies
sangrando, Ismael estaba muy lejos de que pudiera ser confundido con un
turista, más bien parecía un loco. Qué otra cosa podía ser aquel viejo con un
short verde olivo que arrastraba un tronco carcomido por toda la orilla del
mar. Y como loco fue tratado por la pandilla de delincuentes quienes para
entretenerse comenzaron a tirarle piedras y hasta golpearlo con estacas,
correas y cabillas. Ismael se cayó varias veces, pero tomando el tronco se
incorporó y siguió avanzando. Al pasar cerca de una unidad militar, el soldado
de guardia ahuyentó a la muchedumbre (pues muchedumbre era ya la que perseguía
y golpeaba a Ismael) y convencido de que aquel hombre no podía ser más que uno
de los tantos maniáticos que siempre se las arreglaban para aparecer en
cualquier sitio (a pesar de la campaña oficial contra los vagabundos), golpeó
con la culata del rifle a Ismael, dándole luego un puntapié y ordenándole que
dejara allí mismo aquel madero y desapareciese del lugar o de lo contrario
llamaría de inmediato a la patrulla. Aun perseguido por las piedras y los
palos, Ismael soltó el tronco y dando tumbos se perdió por toda la costa. Casi
al oscurecer, llegó al pueblo de Santa Fe. Rápidamente, a pesar de su estado
lamentable, tomó la calle que desde hacía veinte años no cruzaba, dobló la
esquina, aquella esquina donde una vez siendo joven se había encontrado con
Sergio, el adolescente que ahora parecía que en cualquier momento iba a surgir
del mar. Pero el pueblo estaba desierto y en tal estado de deterioro que hasta
el mismo Ismael, a pesar de su aspecto, podía pasar inadvertido. Sin mirar
aquellas ruinas, Ismael avanzó un poco más y finalmente se encontró frente al
edificio donde había vivido con Elvia. Aun pensando qué explicaciones más o
menos razonables podría ofrecerles, subió las escaleras y tocó en la puerta.
Elvia en persona le abrió. Un poco más gruesa, un poco más vieja, un poco más
triste, pero era ella. Era ella quien lo abrazaba ahora con entusiasmo mientras
lo invitaba a que entrara a la casa («a tu casa», dijo a la vez que lo miraba
escrutadoramente). Me robaron, dijo Ismael como saludo, ya explicaré, ya te
explicaré. No importa, dijo ella —y parecía sincera—, lo importante es que
hayas vuelto que no te hayas olvidado de nosotros. Ismaelito ha estado muy
impaciente, no sé por qué pero sospechaba que tú llegarías hoy. Está en el
balcón, esperándote, pero parece que no te vio entrar al edificio. Y Elvia
llamó entonces a Ismaelito, diciéndole que ya había llegado su padre. Ismael
estaba ya sentado cuando por la puerta del balcón apareció Carlos, el hermoso
joven con quien había pasado la noche y lo había desvalijado. Y en verdad lucía
ahora mucho más bello, ataviado con las ropas modernas y juveniles que Ismael
había comprado en Nueva York. Precisamente para él. Radiante, el hijo se acercó
hasta el padre y lo abrazó. Elvia, arrobada, comenzó a llorar uniéndose a aquel
abrazo que se prolongó por unos minutos. Luego, con verdadera devoción lavó,
secó y curó los pies ensangrentados de Ismael y le ayudó a ponerse unas piyamas
de Ismaelito. Vamos para el comedor, dijo, he conseguido una pierna de lechón
en bolsa negra (aquí su voz se hizo casi un susurro), así que celebraremos la
Navidad en grande, como desde hacía años no lo hacíamos. Los tres se sentaron a
la mesa. El padre frente al hijo. Rápidamente, Elvia dispuso los platos y
cubiertos, solo faltaba el lechón que ella fue a buscar a la cocina, dejando
solos a los dos hombres. La ropa te queda muy bien, le dijo Ismael a Ismaelito.
Sí, está hecha a mi medida, le dijo el hijo y tomándole una mano al padre
agregó: No pienses que no sabía quién eras tú, lo supe desde el momento en que
te encontré en la costa estando yo de guardia. ¡Mentira! Dijo Ismael,
interrumpiendo a Ismaelito. No es mentira, mamá tiene algunas fotos tuyas. Te
reconocí al momento. Y yo estoy seguro de que tú te diste cuenta de quien yo
era. Te dije cosas sobre ti mismo que tú nunca me habías dicho. ¡Mentira! Dijo
de nuevo Ismael alzando más la voz. No es mentira, dijo Ismaelito. Yo sabía que
tú eras mi padre y eso me alegraba, y tú sabías que yo era tu hijo. No trates
de engañarte, porque yo no te engañé. Busca el periódico que te deje en la habitación.
¿Recuerdas que te escribí mi nombre y mi dirección? ¿No los leíste? Allí está
puesto mi verdadero nombre, que es el tuyo y mi dirección, que es esta. Te lo
dejé anoche en el cuarto. Pensé que lo ibas a leer por lo menos al otro día
cuando descubrieras que me había ido con todas las cosas. Era la manera más
eficaz de localizar al ladrón… ¡Mentira! Gritó entonces Ismael con tal fuerza
que Elvia que ya volvía con el lechón asado dijo sonriendo: ¡Pero qué
barbaridad, acaban de verse luego de tantos años y ya están peleando! Bueno, me
alegro, eso quiere decir que a pesar del tiempo no se sienten como dos extraños
que no se conocen. Con razón Ismaelito miraba tanto tus fotografías, agregó
mirando a Ismael y sirviendo el lechón. Sabrás que tu hijo nunca dejó de
mencionarte ni de esperarte. Fíjate que ayer consiguió, con mil dificultades,
me dijo, esa ropa para recibirte. Ya lo veo, dijo Ismael y volvió a contemplar
a su hijo. Claro, siguió Elvia, ese tipo de ropa solo puede usarla en la casa,
afuera tendría que presentar la propiedad. Ay, Ismael, las cosas han cambiado
tanto desde que te fuiste. Tenemos tanto de qué hablar. Tienes que contarme eso
del robo. Claro, si este país es ahora un nido de delincuentes. A Ismaelito le
digo siempre que ande con mucho cuidado. Aquí mismo, en la esquina, mataron los
otros días a un muchacho para quitarle un radio portátil. Al ladrón lo cogieron
por el radio, que estaba encendido y él no sabía cómo apagarlo. Prefirió
dejarse capturar antes que tirar el radio. Pero vamos a comer y dejemos de
hablar de esas cosas, dijo Elvia sin dejar de hablar. E Ismael sintió pena por
ella al ver cuánto había cambiado. Elvia continuó: En realidad, las intenciones
de mi carta eran que vinieras para poderte plantear un asunto muy serio —y bajó
la voz todo lo que pudo—: Ismaelito quisiera que tú lo ayudaras a salir del
país. No sé cómo podrá ser eso —dijo, mirando asustada para todos los sitios—,
pero tú eres su única esperanza.
Antes de responder, Ismael miró a su hijo que asintió, se
volvió hacia Elvia y luego, contemplando otra vez al joven, dijo:
—Ismaelito sabe que yo haré cuanto pueda, y aún más, para
resolver su salida.
Elvia, olvidándose del Comité de Vigilancia, aplaudió. Besó
a Ismael y a Ismaelito. Luego, en silencio, los tres comenzamos a comer.
Nueva York, octubre-noviembre, 1983.
Nueva York, septiembre-noviembre, 1987
