Adolfo Bioy Casares
Un lunes a la noche, a principios de otoño del año 51, ese
mozo Correa, que muchos apodan el Geógrafo, esperaba en un muelle del Tigre la
lancha que debía llevarlo a la isla de su amigo Mercader, donde se había
retirado a preparar las materias que debía de primer año de Derecho. Por
supuesto, la isla en cuestión no era más que un matorral anegadizo, con una
casilla de madera sobre pilotes; lugar indescifrable en el laberinto de riachos
y de sauces del enorme delta. Mercader le previno: «Allá perdido, sin más
compañía que los mosquitos ¿qué recurso te queda sino meterle el diente al
estudio? Cuando suene tu hora, vas a estar hecho un campeón». El propio doctor
Guzmán, viejo amigo de la familia, que por encargo de ésta benévolamente
vigilaba los pasos de Correa por la Capital, dio su aprobación a ese breve
destierro, que reputó muy oportuno y hasta indispensable. Sin embargo, en tres
días de isleño, Correa no alcanzó a leer el número de páginas previsto. Perdió
el sábado en cuidar un asado y en chupar mate, y el domingo fue a ver el
encuentro de Excursionistas y Huracán, porque francamente no sentía ganas de
abrir los libros. Había empezado sus dos primeras noches con la firme intención
de trabajar, pero el sueño lo volteó pronto. Las recordaba como si hubieran sido
muchas, y con la amargura del esfuerzo inútil y del remordimiento ulterior. El
lunes tuvo que viajar a Buenos Aires, para almorzar con el doctor Guzmán y
porque se había comprometido a concurrir, con un grupo de comprovincianos, a la
función vermouth del teatro Maipo. Ya de vuelta, en el Tigre, mientras esperaba
la lancha, que venía con singular atraso, pensó que la culpa de esta última
demora no era suya, pero que en adelante debía aprovechar todo minuto, porque
la fecha del primer examen se aproximaba.
Con inquietud pasó de una preocupación a otra. «¿Qué hago»
se preguntó «si el lanchero no sabe cuál es la isla de Mercader?». (El que lo
llevó el domingo sabía). «Yo no estoy seguro de reconocerla».
La gente se puso a conversar. Alejado del grupo, acodado en
la baranda, Correa miraba las arboledas de la ribera opuesta, borrosas en la
noche. Es verdad que para él, a pleno sol no hubieran sido menos confusas, ya
que era un recién llegado a la región, que no se parecía a nada de lo que había
visto anteriormente, pero sí a un paisaje muchas veces imaginado y soñado: el
archipiélago malayo, según se lo reveló en las aulas del colegio de la
provincia natal, más de un volumen de Salgari, forrado en papel madera, para
que los curas lo confundieran con los libros de texto.
Cuando empezó a llover debió guarecerse bajo el tinglado,
junto a los conversadores. Descubrió muy pronto que no había un solo grupo,
como había supuesto, sino tres; por lo menos tres. Una muchacha, prendida de
los brazos de un hombre, se quejaba: «Entonces no sabés lo que siento». La
respuesta del hombre se perdió tras una voz trémula, que decía: «El proyecto,
que ahora parece tan sencillo, encontró grandes resistencias, a causa de las
erradas nociones que se tenía sobre los continentes». Después de un silencio,
continuó la misma voz (quizá chilena), en tono de dar una buena noticia:
«Felizmente Carlos acordó su más decidida protección a Magallanes». Correa
quería seguir el diálogo de la pareja, pero una tercera conversación, cuyo tema
eran los contrabandistas, dominó a las otras y le trajo a la memoria un libro
sobre contrabandistas o piratas, que nunca leyó, porque tenía láminas con
personajes de una época lejana, arropados con bombachas, faldones y camisas
demasiado holgadas, que de antemano lo aburrían.
Se dijo que inmediatamente de llegar a la isla empezaría el
estudio. Recapacitó luego que estaba muy cansado, que no podría concentrarse,
que se dormiría sobre las páginas. Lo más juicioso era poner el despertador a
las tres y echar un sueñito —eso sí, bien cómodo en el catre— y después, con la
cabeza fresca, emprender la lectura. Melancólicamente imaginó el campanillazo,
la hora destemplada. «Tampoco es cuestión de desanimarse» pensó «ya que en la
isla no me quedará otro recurso que estudiar. Cuando me presente a examen
estaré hecho un campeón».
Le preguntaron:
—¿Usted qué opina?
—¿Sobre qué?
—Sobre el contrabando.
Ahora nos parece (pero ahora sabemos lo que sucedió) que lo
más juicioso hubiera sido salir del paso con una contestación que no lo
comprometiera. La discusión lo arrastró y antes de pensar ya estaba diciendo:
—Para mí el contrabando no es delito.
—Ajá —comentó el otro—. ¿Y se puede saber qué es?
—Para mí —insistió Correa— una simple contravención.
—Lo que usted dice me interesa —declaró un señor alto, de
bigote blanco y anteojos.
—Le hago notar —gritó alguien— que por esa contravención
corre sangre.
—El fútbol también tiene sus mártires —protestó un gigantón
que parecía llevar una boina encasquetada, pero que sólo tenía pelo crespo.
—Y no es delito, que yo sepa —dijo el de bigote blanco y
anteojos—. En materia de fútbol hay que distinguir entre aficionados y
profesionales. En materia de contrabando ¿el señor se declara profesional,
aficionado o qué? El punto me interesa.
—Voy más lejos —insistió Correa—. Para mí el contrabando es
la inevitable contravención a una ordenanza arbitraria. Arbitraria como todo lo
que hace el Estado.
—A través de opiniones tan personales —observó alguien— el
señor se perfila como todo un ácrata.
Esas opiniones tan personales eran en realidad las del
doctor Guzmán. Para formularlas ahora, Correa había repetido fielmente las
frases de Guzmán y hasta le había imitado la voz.
Desde la otra punta del grupo, un gordito atildado —«un
profesional» pensó Correa «un dentista, sin duda»— le sonreía como si lo
felicitara. En cuanto a los demás, ya no le hablaron; pero hablaron de él,
quizá desdeñosamente.
La lancha llegó al rato. Correa no estaba seguro de cómo se
llamaba. «La Victoria no sé cuántos» dijo. En todo caso era una especie de
ómnibus fluvial, de largo recorrido por el delta.
Cuando subieron a bordo se encontró, al azar de los
empujones, junto al gordito, que le preguntó sonriendo:
—¿Usted ha visto alguna vez a un contrabandista?
—Que yo sepa, nunca.
El otro se llevó las manos a la solapa, sacó el pecho y
declaró:
—Aquí tiene uno.
—Qué me cuenta.
—Le cuento. Puede llamarme doctor Marcelo.
—¿Dentista?
—Adivinó: odontólogo.
—Y contrabandista en los ratos libres.
—Estoy seguro (me remito a las razones que usted explicó
admirablemente) que en tal carácter no perjudico a nadie. A nadie, salvo a los
comerciantes y al fisco, lo que no me quita el sueño, créame. Gano algunos
pesitos, casi tantos como en el consultorio, pero de un modo que por ahora me
divierte más, porque bordea la aventura, algo inédito en un hombre como yo. O
como usted, apostaría.
—¿El doctor me conoce?
—Lo juzgo por la traza. Parece un buen muchacho, un poco
tímido, pero de buena pasta. Ustedes, los de tierra adentro, son mejores,
cuando no son peores… Aunque hoy en día, con la juventud, chi lo sa?
—¿Desconfía de la gente joven? No es cuestión de creer que
porque uno es joven se mete en todas las barbaridades y estupideces que andan
por ahí.
—No, no creo. Por eso le hablé como le hablé.
—Ahora, a lo mejor se arrepiente. A lo mejor piensa que lo
voy a delatar a los milicos.
—Ni se me ocurre. Lo que pasa es que le hablé como si lo
conociera y que, en realidad, no lo conozco.
Para tranquilizarlo, Correa le dijo quién era. Estudiaba
Derecho; estaba preparando algunas materias de segundo año; iba a quedarse unos
quince días en la isla de su amigo Mercader; era nuevo en la zona.
—Todo lo que sé es que después de un recreo, que se llama La
Encarnación, tengo que bajar. Temo no reconocer el sitio y pasar de largo. En
caso de llegar a destino, me espera mi dilema de hierro: ¿estudiar o dormir?
—Eso está bueno —exclamó el dentista muy contento—. Usted me
ha dado espontáneamente, óigame bien, la mejor prueba de sinceridad.
—¿Por qué no iba a darla, si tengo ganas de dormir? Fíjese:
quiero estudiar y me caigo de sueño.
—¿Quiere estudiar? ¿Está seguro?
—Cómo no voy a estar seguro.
—Óigame bien: no le pregunto si de una manera general usted
quiere estudiar. Le pregunto si quiere estudiar esta noche.
Correa pensó que el dentista era inteligente. Dijo:
—La verdad es que esta noche no tengo lo que se llama ganas.
—Entonces duerma. Lo mejor es que duerma. A menos que…
—¿A menos qué?
—Nada, nada, una idea que no mastiqué todavía.
Como hablando solo, Correa murmuró:
—Eso de empezar una frase…
—Cuidadito con lo que dice. Recuerde que está delante de un
profesional. De un universitario.
—No quise ofenderlo.
—A veces me pregunto si a la gente no hay que educarla a
patadas.
—No se ponga así.
—Me pongo como se me antoja. Usted me irritó, justamente
cuando iba a proponerle algo con la mejor intención…
En el recreo La Encarnación bajaron tumultuosamente casi
todos los que discutían sobre contrabando, un rato antes. Correa preguntó:
—¿Qué iba a proponerme?
—Una tercera alternativa para ese dilema de fierro.
—Perdone, señor, no lo sigo. ¿Qué dilema?
—Dormir o estudiar. Y usted, joven, hasta en sueños me llama
doctor.
Correa pensó, o simplemente sintió, que una proposición que
le permitiera zafarse de la alternativa de dormir o estudiar era tentadora. Ya
iba a decir que sí, cuando se acordó de las actividades del doctor.
—Antes de aceptar su propuesta, voy a pedirle una
aclaración. Por favor, eso sí, contésteme francamente.
—¿Sugiere que yo no soy franco?
—De ningún modo.
—Pida, pida.
—No piense que tengo miedo, pero ¡vaya que me pase algo y no
pueda estudiar, o no pueda presentarme a examen! Sería un verdadero desastre.
¿Me expongo? ¿Corro peligro?
—Siempre uno está expuesto a lo inesperado, así que para el
cobarde hay un solo consejo: la cucha. No salir de la cucha. Pero en este
momento usted viaja como una testa coronada, de incógnito, así que no corre el
menor peligro.
Antes que dijera que sí, ya el doctor lo había aceptado como
compañero y se puso a darle toda suerte de explicaciones que, según Correa, no
venían al caso. Dijo el doctor que vivía con su señora en una isla; que un
rematador de mucha labia le había propuesto un negocio, otra isla, que no
quedaba lejos de la suya; que él lo dejó hablar, aunque no tenía intención de
comprarla, porque nada lo contrariaba como desprenderse del dinero, aunque
fuera para una inversión beneficiosa. El día en que la señora se enteró de la
oferta, se le acabó la paz.
—Mi señora bulle de vida interior —explicó—. Usted no va a
creer: tiene un motor adentro, y desde el principio fue partidaria fanática de
la compra de la isla. Empezó a decirme: «Siempre hay que agrandarse. La isla es
un escalón». A mi modo, yo también soy terco, así que la dejé hablar, pero no
cedí un tranco, por lo menos hasta el último domingo del mes pasado, en que nos
cayeron de visita unas amigas de mi señora, y me dije: «¿Por qué no darme una
vuelta por esa isla y echarle un vistazo?». Me largué en mi lancha particular.
Cuando llegué, el cuidador, que estaba oyendo un partido, me dijo que por favor
la recorriera solo, aunque no había mucho que ver.
En ese punto de su relato, el doctor hizo una pausa, para
después agregar con aire de misterio:
—El cuidador se equivocaba.
Si había misterio, Correa no creyó en él. Sin embargo
sospechó que el doctor le hablaba para entretenerlo, para evitar que mirara a
la orilla y que luego recordara o reconociera lugares del trayecto.
La verdad era que por más que los mirara, esos parajes desconocidos,
sucesivos, parecidos entre sí, irremediablemente se le confundían como partes
de un sueño.
—¿Por qué se equivocaba el cuidador?
—Ya verá. Mi abuelo, que juntó una respetable fortuna en
Polonia, pero que después tuvo que emigrar, solía decir: «El que busca
encuentra. Aún donde no hay nada, si uno busca bastante, encuentra lo que
quiere». Decía también: «Los mejores lugares para un buscador son los altillos
y el fondo de los jardines». Esta isla no sera un jardín, pero…
—Pero ¿qué?
—Ahora bajamos —dijo el doctor y en seguida gritó—:
Lanchero, atraque por favor.
El muelle, de maderas podridas, era chico y sin duda
endeble.
Correa lo miró con aprensión.
—Hago mal —gimió—. Yo, señor, debiera estar estudiando.
—Dale con señor. Usted sabe, mejor que yo, que no iba a
estudiar esta noche. Déjese de pavadas y tenga la bondad de seguirme. Pise
donde piso. ¿Ye la casilla que asoma entre los sauces? Allá vive el cuidador.
No tema. No hay perro.
—¿Su palabra?
—Mi palabra. Ese hombre no tiene más amigo que el aparato de
radio. Acá, en la isla, usted sigue pisando donde piso. Hay que ir por terreno
firme, para no dejar huellas. Apuesto que si no le digo nada, endereza para el
barro, como los chanchos.
El doctor, con las manos en alto, apartaba las ramas, abría
camino. A Correa le pareció que bajaban por un declive en la penumbra; en una
penumbra que gradualmente se convirtió en oscuridad, como si estuvieran bajo
tierra, en un túnel. Comprendió que era precisamente en un túnel donde se
hallaban: un angosto y largo túnel vegetal, con el piso de hojas y las paredes
y el techo de hojas y de ramas, salvo en la parte más profunda que estaba
realmente bajo tierra, y donde la oscuridad era absoluta. El sitio le resultó
desagradable, sobre todo por lo extraño y lo inesperado. Se preguntó por qué
había permitido que lo apartaran de su deber. ¿Quién era su acompañante? Un
contrabandista, un delincuente en el que nadie, en su sano juicio, podía
fiarse. Lo peor era que dependía de él; por lo menos creyó que si el otro lo
dejaba solo, no sería capaz de encontrar la salida. Se le ocurrió una idea
irracional, que le pareció evidente: para los dos lados el túnel era infinito.
Empezaba a sentirse muy ansioso cuando se encontró afuera. La travesía no había
durado más de tres o cuatro minutos; a cielo abierto hubiera sido cuestión de
segundos. Estaban en un paraje completamente distinto al que dejaron en la otra
boca del túnel. Correa lo describió como «ciudad jardín», expresión que había
oído más de una vez, pero cuyo significado exacto ignoraba. Caminaron por una
calle sinuosa, entre jardines y quintas, con casas blancas, de techo colorado.
El doctor le preguntó en tono de reproche:
—¿Se me vino sin pesos oro? Me lo figuraba, me lo figuraba.
En cualquier lugar le darán cambio, pero no deje que lo estafen. Yo sé dónde le
dan buen cambio y dónde se compra mercaderías que uno puede colocar
ventajosamente en Buenos Aires. Conocimientos como éstos, usted comprenderá,
tienen su precio y no se los voy a comunicar gratuitamente, de buenas a
primeras. Un día, quién le dice, uno puede asociarse. Hoy por hoy cada cual se
las arregla por su lado. ¿Ve el letrero?
—¿El que dice Parada 14?
—El mismo. Ahí nos encontramos mañana, a las cinco en punto
de la madrugada.
Correa protestó. Eso no era lo convenido. Él se había
resignado a perder una noche y ahora iba a perder dos noches y un día.
El doctor retrocedió un paso, como si quisiera examinarlo
bien.
—Mire lo que me está proponiendo. Que volvamos a plena luz,
para rifar nuestro secreto entre la concurrencia. ¿Sabe que si me descuido,
usted a lo mejor me sale caro? Ahora, dígame ¿qué hace, en el extranjero, sin
mi protección? ¿Se pone a llorar? ¿Le pide al cónsul que lo repatríe en un
baúl?
Correa comprendió que estaba a la merced del doctor y que
más valía no enconarlo.
—Hasta mañana —dijo.
—Hasta mañana —dijo el doctor y miró el reloj—, a las cinco
en punto, así tenemos tiempo de sobra, porque amanece a las seis. No me gusta
andar con apuros. Yo me voy por acá y usted por allá. Cuidadito con seguirme,
porque le rompo el alma.
Cuando Correa había caminado un rato, pensó que si el doctor
faltaba a la cita, él se vería en una situación difícil. Andaba con poco dinero
encima y, desde luego, no se tenía mucha fe para encontrar la boca del túnel.
Lo más prudente sería buscarla antes que se le confundieran los recuerdos.
Trató de rehacer el camino, pero muy pronto las calles sinuosas lo desorientaron.
Había un detalle sobre el que no había pedido aclaración, para no quedar como
estúpido: ¿Dónde estaban? Sintió que se mareaba y pensó que era mejor, con ese
cansancio, no seguir describiendo Círculos por calles que ignoraban el
rudimento del trazado en damero. Comprendió también que lo más urgente para él
era dormir un poco. Después encararía la situación. «Me tiro a dormir en
cualquier parte» dijo en voz alta, y agregó: «En cualquier parte en que no haya
perro». En seguida empezaron las dificultades, porque en aquella comarca había
un perro por jardín, cuando no dos. Tal vez para acallar su mala conciencia,
pensó que si en lugar de cometer la idiotez de escucharlo al doctor, hubiera
vuelto, como cualquier individuo con uso de razón, a la isla de Mercader, con
semejante cansancio no podría estudiar. Si no encontraba pronto un jardín sin
perro, dormiría en la calle. Bastante asustado entró en una quinta y avanzó por
una glorieta de laureles, fantasmagórica a la luz del alba. Como ningún perro
ladró, se echó a dormir.
Cuando despertó, el sol le daba en los ojos. Advirtió con
sobresalto que alguien lo miraba de cerca. Era una mujer joven, que no parecía
fea y tenía, quizá, la cara congestionada. Como estaba nervioso, confusamente
pensó que debía tranquilizarla.
—Perdón por haber entrado —dijo—. Tenía tanto sueño que me
eché a dormir. No tema, no soy un ladrón.
—No me importa lo que usted sea —contestó la mujer—. ¿Quiere
tomar algo? Ha de estar con hambre, a estas horas, pero tendrá que contentarse
con un desayuno. Hoy no preparé nada.
Caminaron por el pasto, entre plantas, hasta que apareció la
casa, blanca, de techo de tejas, rodeada de un corredor de baldosas coloradas.
Adentro era sombría y fresca.
—Me llamo Correa —dijo.
La mujer contestó que se llamaba Cecilia y agregó un
apellido, que sonó tal vez como Viñas, pero en otro idioma. Aparentemente
estaban solos en la casa.
—Siéntese —dijo la mujer—. Voy a preparar el desayuno.
Correa pensó en ese extraño túnel, muy corto en definitiva,
que según todas las apariencias lo había llevado muy lejos, y se preguntó dónde
estaba. Se levantó, caminó por un corredor, llegó a la cocina. Cecilia, de
espaldas, atareada en calentar el agua y tostar el pan, no se volvió
inmediatamente. Con un movimiento rápido se pasó la mano por la cara.
—Voy a hacerle una pregunta —anunció Correa; pero calló, y
después dijo—: ¿Qué sucede?
—Me dejó mi marido —explicó Cecilia, llorando—. Ya ve, nada
extraordinario.
Postergó de nuevo la pregunta, para consolar a la mujer,
pero encontró dificultades, que aumentaron a medida que se enteraba de la
situación. Cecilia quería a su marido, que la había dejado por otra más linda y
más joven.
—Ahora resulta que me engañó siempre, así que de mi gran
amor no me queda ni el buen recuerdo.
Como Cecilia no paraba de llorar, Correa se dijo que tal vez
fuera inoportuno señalarle que el agua hervía. Cuando olieron el pan quemado,
ella sonrió entre lágrimas. A Correa la sonrisa le gustó, en parte porque
interrumpía el llanto. Éste, por desgracia, no tardó en empezar de nuevo, y
Correa la acarició, porque no encontraba argumentos para consolarla, y
descubrió que las lágrimas servían de estímulo para las caricias, que retribuyó
Cecilia, sin dejar de llorar. Consiguió reanimarla un poco, hasta que alguna
imprevisible palabra debió de evocar recuerdos que amenazaron con una recaída.
Cuando él se preparaba para lo peor, Cecilia observó:
—Ahora yo también tengo hambre. Voy a cocinar algo.
«Mucho llanto, pero buena disposición», pensó Correa.
Comieron, durmieron la siesta y pareció que había tiempo para todo. La primera
vez que se acordó del doctor Marcelo, pensó: «Con tal de que no falte a la
cita». Después tuvo miedo que la hora de irse llegara demasiado pronto y
encontró que su reflexión sobre el hecho de que Cecilia aceptara las caricias
no era únicamente cínica, sino también grosera y estúpida. «Precisamente porque
siente dolor necesita que la consuelen», pensó. «Las caricias, como lo prueban
los chicos que lloran, son el consuelo universal». Olvidó al doctor, olvidó los
exámenes. Descubrió que Cecilia le gustaba mucho.
Ese largo día, que trajo tantas cosas, le trajo también la
ocasión de formular la pregunta:
—¿Dónde estamos?
Cecilia contestó:
—No entiendo.
—¿En qué parte del mundo estamos?
—En el Uruguay, naturalmente. En Punta del Este.
Correa necesitó un tiempo para comprender lo que le habían
dicho. Después preguntó:
•—¿A qué distancia queda Punta del Este de Buenos Aires?
—Como Mar del Plata. En avión se tarda más o menos lo mismo.
—¿Cuántos kilómetros serán?
—^Alrededor de 400.
Correa le dijo que ella sabía mucho, pero que había una cosa
que tal vez no supiera y que él sabía. Continuó:
—Apuesto que no sabés que hay un túnel, por el que te venís
caminando, lo más tranquilo, lo que se llama sin apuro, en cinco minutos.
—¿De dónde?
—Del Tigre, es claro. Del propio delta. ¿Crees que te
miento? Anoche, con un doctor de nombre Marcelo, salimos del Tigre, navegamos
un ratito nomás y llegamos a una isla cubierta de álamos y de maleza, como
tantas otras. Ahí, bien escondida, se halla la boca del túnel. Nos metimos
adentro y no tardamos cinco minutos (pero, bajo tierra, aquello fue la
eternidad) en aparecer entre jardines y parques, en un barrio parque, en una
ciudad jardín.
—¿Punta del Este?
—Lo has dicho. Debo agregarte que el túnel es un secreto
para todo el mundo, salvo el doctor, vos y yo. Te pido que no se lo cuentes a
nadie.
Interesado en sus explicaciones, no advirtió que Cecilia
estaba de nuevo triste.
—No se lo voy a contar a nadie —aseguró Cecilia; cambiando
de tono observó—: Por más que te acompañe, un mentiroso te deja sola.
Correa exclamó con sinceridad:
—No entiendo cómo pudo alguien tener ganas de mentirte.
De pronto y como porque sí, lo acometió un intolerable temor
de que Cecilia creyera que el túnel era una mentira. Volvió a historiar, con
más detalles, por si acaso, el viaje de esa noche, desde el encuentro con el
doctor Marcelo hasta la despedida en la Parada 14. Enfáticamente precisó:
—Justo en esa parada, mañana a las cinco en punto, me espera
el doctor, para llevarme de vuelta.
—¿Por el túnel? —dijo Cecilia, al borde del llanto.
—Tengo que ir a estudiar. Faltan pocos días para los
exámenes. Derecho, segundo año.
—¿Por qué todo ese cuento? Ya me voy a acostumbrar a que me
dejen.
—No es cuento. Al contrario: te he dado espontáneamente la
mejor prueba de sinceridad. Si el doctor Marcelo se entera, me mata.
—Ay, por favor, es como si te dijera que por un túnel vine
de Europa en cinco minutos.
—Es distinto. Oíme bien: entre Europa y nosotros hay muchos
kilómetros y mucha agua. Si todavía no me crees, le voy a pedir al doctor
Marcelo que me aclare los conceptos, así la semana que viene, cuando vuelva, te
explico todo.
Cecilia dijo como hablando sola:
—Cuando vuelvas.
Para ganar tiempo, hasta encontrar una respuesta decisiva,
la estrechó entre sus brazos. La mejor parte de aquel día fue muy feliz y duró
mucho; más que el día mismo, según le pareció. Aunque un despertador se
apresuraba en la mesa de luz, pudieron creer que el Lempo no iba a agotarse,
pero de pronto se oscureció la casa, y Correa fue hasta la ventana, y sin saber
por qué se entristeció al ver el crepúsculo.
Todavía la noche les reservaba felicidades. Comieron algo
(recordaba aquello como un festín), volvieron a la cama y de nuevo pareció que
el tiempo se ensanchaba. Tuvieron hambre y cuando Cecilia fue a la cocina,
Correa puso el despertador en las cuatro y media. Comieron fruta, conversaron,
se abrazaron, volvieron a conversar y debieron de dormir, porque el despertador
los sobresaltó.
—¿Qué es eso? —preguntó ella—. ¿Por qué?
—Yo puse el despertador. Me esperan. Acordate.
Cecilia tardó en contestar:
—Es verdad. A las cinco en punto.
Correa se vistió. La abrazó y, para mirarla en los ojos, la
apartó un poco. Prometió:
—Vuelvo la semana que viene. —Aunque estafaba seguro de volver,
le molestaban las dudas de Cecilia, que aparentemente no creía en el túnel ni
en las promesas—. Me hubiera gustado que me acompañaras a la Parada 14, para
que vieras con tus propios ojos que el doctor Marcelo no es un invento. Ya que
no venís, indícame el camino, por favor.
Cecilia se empeñó menos en darle indicaciones que en
abrazarlo.
Finalmente se fue. Más de una vez creyó que se había
extraviado, pero llegó al lugar de la cita. Nadie lo esperaba. «Qué desastre si
el doctor se ha ido», pensó. «Qué desastre si no me presento a exámenes».
Le daría un poco de vergüenza reaparecer en casa de Cecilia,
y tener que anunciarle que traía poco dinero y que, hasta conseguir trabajo, no
podría pagar su parte en los gastos. A lo mejor ese anuncio era una formalidad,
porque ellos dos se querían, pero una formalidad molesta, para quien había
tomado fama de embustero. Admitió, sin embargo, que la situación no era tan
grave; que Cecilia estaría contenta y que si vivían juntos los malentendidos
desaparecerían pronto. Ensimismado en sus imaginaciones vio, sin prestar mayor
atención, a un hombre que avanzaba hacia él. Desde hacía un rato se acercaba
arrastrando trabajosamente dos grandes bultos.
—¿Por qué diablos no me ayuda? —gritó el hombre.
Sorprendido, Correa se disculpó:
—No lo vi.
El doctor se pasó un pañuelo por la frente y suspiró.
Después dijo:
—¿No compró nada? Me lo palpitaba, créame. Usted no traía
plata, lo que me parece mal, y no me pidió un préstamo, lo que me parece bien,
verdaderamente bien. En nuestra próxima excursión empezará Su ganancia. Ahora
ayúdeme a cargarlo.
Como pudo, Correa cargó con las dos bolsas, que eran
bastante pesadas. Para no tropezar, fijó su atención en el camino, más
precisamente en dónde ponía los pies.
—Temí que no viniera —dijo.
Casi no podía hablar. Jadeaba. El doctor le contestó:
—Yo temí que usted no viniera. ¿Sabe lo que pesan esas
bolsas? Ahora me parece que tengo alas, créame. Camino con gusto. Sigamos.
En pleno túnel, Correa debió hacer otro alto para descansar,
y comentó:
—Lo que no entiendo es cómo por aquí, por este simple túnel,
Punta del Este y el Tigre quedan tan cerca.
—El Tigre, no —puntualizó el doctor—. La isla que voy a
comprar con mis ahorros.
—Es lo mismo, prácticamente. Si de Punta del Este a Buenos
Aires un avión tarda una hora…
—Se lo digo sin ambages: El avión a mí no me convence. Por
el túnel llego en seguida, sin gastar un centavo, fíjese bien.
—Ahí está lo que no entiendo. Si partimos de la premisa que
la tierra es redonda…
—Qué premisa ni premisa. Usted dice que es redonda porque se
lo contaron, pero en realidad no sabe si es redonda, cuadrada o como su propia
cara. Le prevengo: si el detalle geográfico es lo que le llama la atención, no
cuente conmigo. A mis años no tengo paciencia para estupideces. Me pregunto si
tomarlo de socio no habrá sido un error fatal. Un hombre como usted, que está
completamente fuera de la realidad, a lo mejor se pone a ventilar mi túnel con
mujeres y extraños.
Correa protestó:
—¿Cómo se le ocurre que voy a ventilar estas cosas? Con
extraños, menos todavía.
—Con nadie —subrayó el doctor y lo miró escrutadoramente.
—Con nadie.
Salieron a la isla: vio el cielo, sintió que pisaba barro,
caminaron entre sauces, después entre un hijerío de álamos. Apenas podía
avanzar.
—¿Adrede me trae por donde es más tupido?
—¿No entendió todavía que estamos buscando un lugar para
esconder los bultos? ¿O pretende que los cargue en la lancha colectiva, a vista
y paciencia de todo el mundo?
Por fin llegaron a un cañaveral que el doctor juzgó
adecuado.
—Acá ni Dios los encuentra —aseveró Correa.
—No le he pedido su opinión.
Dejó pasar la impertinencia y preguntó:
•—¿Hasta cuándo los deja?
—Me vengo esta misma noche, con mi lancha particular, y me
los llevo. Pero usted se ha puesto muy curioso. ¿No andará con ganas de alzarse
con lo ajeno?
Correa preguntó con furia:
—¿Por quién me ha tomado?
El otro perdió el aplomo y se excusó:
—Fue una broma. Una simple broma. Ojalá que llegue pronto la
lancha. Le confieso que no me siento verdaderamente cómodo en éstos pantanos.
Además no me gustaría que nos vieran aquí. En cualquier momento aclara y
quedamos expuestos al primer mirón. Le participo que estoy por darle toda la
razón a mi señora: debo comprar la isla. Cuanto antes, porque el día menos
pensado uno de esos desocupados que no tiene nada que hacer va a preguntarse en
qué andará el caballero ése, que dos veces por semana viaja a una isla que no
es de su pertenencia. No soy partidario de tirar la plata, pero esta vez cierro
los ojos y compro.
—Tiene razón —observó Correa—. No vaya a pasarnos algo
desagradable.
Cuando apareció la lancha, la llamaron. El doctor pagó los
boletos; no se habían acomodado en el asiento, que ya reclamaba:
—Estoy esperando que me salde la deuda. En cuanto uno se
distrae, lo comen vivo.
Correa le dio un billete de diez pesos. Era bastante plata
en aquellos años. Dijo:
—Cóbrese.
—¿Quiere llevarse todo mi cambio?
—Le di lo que tengo.
El doctor dejó ver su irritación. Luego se palmeó un
bolsillo y con súbita alegría declaró:
—Está más seguro aquí. Recibirá su cambio la próxima vez.
—¿Cuándo volvemos?
No obtuvo respuesta y no se atrevió a repetir la pregunta.
Por un rato guardaron silencio.
—Si usted para en casa de Mercader —dijo, por último, el
doctor— mejor será que se vaya arrimando a la borda, porque los lancheros no
están para perder tiempo.
Obedeció Correa y preguntó:
—Entonces ¿no volvemos allá?
El doctor lo empujó descomedidamente.
—No tiene arreglo —protestó—. Hable bajo, si no quiere que
medio mundo se entere. Nos encontramos el jueves, a la misma hora, en el mismo
sitio. ¿Estamos?
Apenas podía Correa contener el júbilo. Se dijo que las
perspectivas mejoraban. Cecilia lo esperaba la semana siguiente, pero él
llegaría el viernes a la madrugada y le daría una sorpresa que no vaciló en
calificar de extraordinaria. Ya estaba por saltar a tierra, cuando se preguntó
si no quedaría algún punto sin aclarar. Lo asustaba la posibilidad de un
desencuentro. Murmuró:
—¿A las once y media?
—Perfectamente.
—¿En el Tigre?
—Si usted y yo sabemos todo —lo interrumpió el doctor,
temblando de rabia— ¿para qué informar a los otros? Baje, hágame el favor,
baje.
Desde la orilla miró cómo la lancha se alejaba. Después
caminó hasta la casa, a grandes trancos subió los escalones, abrió la puerta y
se detuvo, para armarse de valor, porque sabía que al entrar en ese cuarto
empezaría la espera. La impaciente y larga espera de un segundo viaje al
Uruguay. Comentó en voz alta: «No sé qué tengo. Estoy nervioso». Lo que
evidentemente no tenía eran ganas de estudiar. Para no malgastar el tiempo
—hasta el día del examen, todos los minutos eran preciosos— lo mejor era dormir
un rato. Ya se entregaría de lleno al estudio, cuando se hubiera calmado y
refrescado.
No bien se echó en el catre, descubrió que tampoco tenía
ganas de dormir. Se dijo que para el jueves faltaba mucho, y siglos para el
viernes, en que vería a Cecilia: hasta entonces podrían ocurrir cosas que valía
más no prever. Pensó en la cita del Tigre; en la posibilidad de que el doctor,
por cualquier inconveniente, faltara. Con los datos que tenía, no sería fácil
dar con él. Ni siquiera le conocía el apellido. Si el doctor no se presentaba
el jueves, no había más remedio que pasarse todos los días de plantón en el
embarcadero, hasta que se le ocurriera aparecer. ¿Y si el doctor no volvía al
Tigre, si de ahora en adelante viajaba directamente desde su casa a la isla del
túnel? Correa pensó que lo más prudente era ir esa misma tarde a esperarlo
junto a los bultos. Así, por lo menos, tendría la seguridad de verlo, ya que el
hombre los recogería al caer la noche. Se preguntó si era capaz de reconocer la
isla en esa costa desconocida, donde una casa, un embarcadero, lo que fuera, se
confundía, se perdía en la invariable sucesión de árboles. Por cierto, si
volvía pronto, la probabilidad de identificarla sería algo mayor.
Encontró un dinero que había guardado entre las páginas de
la Economía Política de Gide. El doctor, al quedarse con el cambio, no
solamente lo había privado de unos pesos, que siempre son útiles, sino también
de la posibilidad de conocer el importe del viaje a la isla, lo que le hubiera
servido de punto de referencia para encontrarla. Ahora no sabía qué palabras
emplear para pedir el boleto. No podía pedir un boleto de tantos pesos ni un
boleto hasta tal o cual lugar. Conocía de nombre pocos lugares en el delta.
Cavilo sobre el viaje planeado. Había que elegir bien el
momento, porque si llegaba con luz, tal vez lo vieran en la isla, y si llegaba
al anochecer, tal vez no la reconociera. Con el paso de las horas imaginaba más
vívidamente las ansiedades a que se expondría. Quién sabe cuánto tendría que
esperar agazapado junto a los bultos, entre nubes de mosquitos, en ese pantano
con yuyos. ¿Para qué? Ni siquiera para librarse del temor de un desencuentro.
Al contrario: veía razones para que el temor aumentara después de la
entrevista. Hasta entonces no le había dado al doctor motivo de queja; le había
sido útil, lo había ayudado con los bultos; pero si el doctor lo encontraba, de
pronto, en la isla ¿quién le sacaría de la cabeza que estaba ahí con la
intención de robarlo o de aprovechar su conocimiento del túnel para trabajar
por su cuenta?
En cambio, si no lo molestaba con apariciones intempestivas
¿por qué faltaría a la cita el doctor? ¿Para escamotearle los pesos del boleto?
No parecía creíble.
La única decisión inteligente era atenerse a lo convenido.
Se quedaría, pues, hasta el jueves, lo más tranquilo, estudiando como Dios
manda.
Apenas tomó esa decisión cayó en el peor desasosiego.
Renunciaba a la acción inmediata, se dijo, porque era apocado, haragán y
cobarde. Pasó el miércoles entre cavilaciones y resoluciones contradictorias.
Porque no podía estudiar, trataba de dormir; porque no podía dormir, trataba de
estudiar. Al amanecer del jueves quedó dormido. Cuando despertó faltaba poco
para la cita con el doctor. Se bañó y se afeitó con agua fría, se puso una
camisa limpia, se vistió rápidamente y corrió a esperar la lancha que lo
llevaría al Tigre. Todo salió bien. A las once y media en punto, de acuerdo a
lo convenido, estaba esperando en el embarcadero. Al rato se dijo que para
mayor seguridad debió llegar a las once, a más tardar a las once y cuarto. Es
claro que si el doctor quería evitarlo, de nada le valdría la anticipación, y
si no quería evitarlo, no se iría antes de hora. «A menos que mi reloj atrase»,
pensó Correa y lo cotejó con el de un hombre que esperaba la lancha. No
atrasaba.
Llegó la lancha. Preguntó si era la última. Había otra.
Si no venía el doctor, tomaría la última lancha y no sacaría
los ojos de la costa, poniendo gran atención, para identificar la isla. Ya en
la isla, encontraría fácilmente la boca del túnel. Con el doctor las cosas
hubieran sido muy simples, pero solo también se las arreglaría para llegar sin
demora adonde lo esperaba Cecilia.
El doctor no llegaba. Cayó en supersticiones: en pensar que
hasta que no pasaran tres embarcaciones río arriba, antes que una río abajo, no
aparecería… Pasaron las tres embarcaciones. Llegó la lancha. Estaba decidido a
embarcarse, pero ¡con cuánta intensidad deseó la llegada del doctor! Ya estaba
por saltar a la lancha, cuando vio a un hombre, cruzando la calle, en dirección
al embarcadero. Agitó una mano, tal vez gritó algo. Sólo cuando el hombre entró
en el embarcadero y en el círculo de luz del farol, Correa vio que no era el
doctor, que ni siquiera se parecía al doctor, aunque los dos eran bajos y más
bien gordos. Increíblemente, el desconocido se dirigió a Correa.
—¿Usted espera a alguien, no? —preguntó.
—Así es.
—¿A un doctor?
—Al doctor Marcelo.
—No pudo venir. Sígame.
Tras alguna vacilación lo siguió. Bordearon el río, doblaron
a la izquierda. Correa pudo leer en la chapa de la calle el nombre Tedín. Había
todavía gente en las puertas.
—¿Falta mucho? —preguntó.
—No me diga que ya está cansado —contestó el individuo;
parecía menos atildado que el doctor y más fornido—. Cruzamos el puente sobre
el Reconquista y en seguida llegamos.
Bordearon la tapia del Club Gas del Estado. Contra la tapia,
más adelante, había un hombre enorme. Correa se detuvo un poco y dijo:
—Ése no es el doctor.
—Ni por asomo ¿no me diga que desconfía?
—No desconfío, pero…
—No hay pero que valga. Si desconfía, sus motivos tendrá,
¿me sigue o hay que empujarlo?
Antes de seguirlo, Correa miró rápidamente, a un lado y
otro.
—Inútil que mire: no hay nadie a la redonda.
—No entiendo.
—Entiende. Y le voy a decir más: que usted desconfíe nos da
que pensar, a mí y al señor, que es un amigo.
El grandote lo miraba impávidamente. Su cabeza, notable por
lo redonda, estaba cubierta de pelo negro y corto. Correa pensó que lo había
visto alguna vez.
—¿Van a asaltarme?
—¿Por quién nos ha tomado? ¿Para ensuciarnos con las dos o
tres porquerías que lleva encima? No me haga reír. Mire si seremos buenos que
nos hemos costeado hasta aquí para darle un consejo. Ponga atención: al socio
que se ha agenciado, usted lo olvida. Lo olvida enteramente. Por su bien ¿sabe?
El señor ése lo com-pro-me-te. ¿Está claro?
Para ganar tiempo y pensar, porque sentía la mente ofuscada,
Correa preguntó:
—¿Al doctor?
—Sí, al doctor o como lo llame. No se haga el que no
entiende, porque el amigo se pone nervioso y a usted también podría pasarle
cualquier cosa. Usted sabe de quién hablamos: un gordito bastante retacón.
El grandote, que tenía una voz inesperadamente suave, dijo:
—Usted, por favor, se nos va a olvidar de todo lo que sabe,
y de nosotros también, y se nos mantiene alejado de los parajes donde lo vieron
con el doctor en cuestión. ¿De acuerdo?
—Sí, por qué no, de acuerdo —dijo Correa.
Cuando comprendió que el peligro se volvía menos apremiante,
se acordó de Cecilia, y se dijo que por simple cobardía no iba a dejarla. No
había que tener miedo de hablar, porque la suya era una situación bastante
común, al alcance de cualquiera. Preguntó:
—¿Puedo sincerarme?
—Puede, puede —contestó el alto—. Siempre que no le lleve
demasiado tiempo.
—Es muy sencillo lo que voy a decirles. Yo no lo busco al
doctor por cuestión de intereses. ¿Saben para qué lo busco? Para que me lleve a
la otra Banda, a ver una persona que dejé allá.
Señalándolo, el grandote comentó:
—El señor es desinteresado.
—Y suertudo. Tiene una persona en la otra Banda.
—Y sufre si no la ve. El señor cree que vos y yo somos
sonsos.
—Como creía el doctor, que en paz descanse.
—Es que el doctor se pasó de vivo. Quería entretenernos con
infundios.
—Inventos, como la persona que el señor tiene en la otra
Banda.
Airadamente Correa protestó primero por las cosas que le
decían, después porque lo tocaban, pero se calló y sólo atinó a llevarse las
manos a la cabeza, cuando empezó el castigo. En algún momento —bastante más
tarde, según comprobó— lo despertó un hombre, que preguntaba con insistencia y
afabilidad:
—¿Qué le pasa? ¿No está bien?
Ayudado por el desconocido, un señor alto, de bigote blanco
y anteojos, Correa se incorporó con la mayor dificultad. Le dolía todo el
cuerpo. Observó tristemente:
—Creo que me dieron una paliza.
—¿Tiene pensado presentar la denuncia? Lo acompaño, si
quiere, a la comisaría. El comisario es un amigo.
—Me parece que no tengo ganas de meterme en la comisaría.
Por esta noche con la paliza me basta.
—Está en su derecho. Véngase hasta casa un momentito, a ver
si le limpio esas magulladuras.
Caminando penosamente, Correa se dejó llevar. Le pareció que
la casa era muy presentable, con rejas y arañas de hierro forjado y sillones
fraileros.
—Perdón, si molesto —dijo Correa.
—Aquí voy a tener luz para curarlo. ¿Está cómodo? Es lo
principal.
Lo sentaron junto a una lámpara de pie, de hierro forjado,
en el rincón de una sala. Correa pensó con gratitud y respeto: «Estoy en el
salón comedor, que se reserva para las grandes ocasiones». En el centro había
una larga mesa de madera barnizada, negra.
El señor le desinfectó las heridas con agua oxigenada y le
sopló la cara cuidadosamente.
—Quema —dijo Correa.
—No es nada —aseguró el señor.
—Porque no le quema a usted.
—Eso no le discuto. Convenga, sin embargo, que la sacó
barata, si tiene bien en cuenta lo que le pasó al otro ¿me sigue? Y no vaya a
creer que los muchachos son malos.
—¿Los conoce? —preguntó Correa, sorprendido.
El señor sonrió afablemente.
—Aquí uno conoce a todo el mundo —explicó—. Los muchachos,
como le decía, no son malos; un poco nerviosos, producto de la juventud. Usted
no debió mentirles.
—No les mentí.
—El viaje a la otra Banda, para ver a una mujer, es cuento
viejo.
—Pero no es mentira.
—Mi buen señor, le hago ver que si usted se encuentra en una
discusión con gente seria, más le vale no salir con esa pavada. Es natural, es
humano, que nuestros amigos se alterasen. Además, para visitar una mujer ¿por
qué precisaba al doctor de ladero?
—El doctor conoce una isla, donde hay un túnel.
En esta altura, la escena se aceleró.
—¿Usted quiere decir una cueva, una cueva para guardar
mercadería? ¿Me espera un instante?
—Yo me voy.
—Me espera un instante.
Al salir agitó pausadamente una mano, insistiendo en que lo
esperara y cerró con llave la puerta. El simple hecho de que lo encerrasen lo
asustó más que la discusión de un rato antes con los matones (explicó:
«Entonces los golpes llegaron sin darme tiempo»). Pudo entender, aunque no
distinguía las palabras, que el señor hablaba por teléfono, en el cuarto de al
lado. «No me embroman» pensó. «Me voy por la ventana». La ventana daba a un
jardín oscuro y tenía rejas de barrotes muy juntos. Le quedaba la posibilidad
de pedir socorro, con el consiguiente riesgo de que el señor oyera antes que
nadie, y… Mejor no pensar.
El «instante» del señor duró media hora larga. Después oyó
la llave que giraba en la cerradura, vio que la puerta se abría y que entraba
el señor, seguido de los dos matones. Las alarmas de esa noche no tenían fin.
—Aquí estamos juntos, de nuevo —dijo el más bajo—. Para bien
de todos, quiero creer.
—¿En esa cueva suya abunda la mercadería? —preguntó con
sincero interés el grandote.
—No es una cueva y no hay absolutamente nada.
El señor le aconsejó:
—Mida sus palabras.
—¿Qué quiere? ¿Que invente?
El señor dijo:
—No cuesta nada ir a ver.
—Eso sí —le previno a Correa el más bajo—. Por su integridad
personal convendría que encontráramos la cueva bien repleta.
—¿Quién va a encontrarla? —preguntó Correa, sin asustarse.
—Usted. Lo metemos en el crucerito y lo nombramos capitán
—dijo alegremente el grandote.
—Yo no estoy seguro de encontrarla.
—¿Ahora salimos con ésa?
—El doctor me llevó una sola vez. Yo soy nuevo en la zona.
Todos los lugares de la costa me parecen iguales.
—No cuesta nada probar —dijo el señor—. Pero ustedes no me
lo apabullen. Con esas compadradas no vamos a ninguna parte. Si no intervengo
¿qué sabíamos de la cueva?
Lo metieron en un automóvil, en el asiento de atrás. De un
lado tenía al grandote, del otro al gordo. Manejaba el señor. Cuando llegaron a
la costa amanecía. Correase acongojó y sin contenerse dijo:
—Estoy seguro que no voy a reconocer la isla y que ustedes
me van a matar. Prefiero que me maten ahora.
Los matones recibieron esas palabras risueñamente. El señor
les explicó:
—Para él no hay motivo de risa. Viene de tierra adentro y no
le gusta que lo tiren al agua.
Se embarcaron. El gordo iba en el timón, conversando con el
grandote; el señor y Correa se sentaron más atrás. Correa estaba muy asustado,
muy triste y aterido de frío. Le ardían los tajos de la cara y le dolía el
cuerpo. Sin saber por qué, fijó su atención en un botecito que llevaban a
remolque y en dos remos que había en la parte descubierta del crucero. Cuando
llegaron al recreo La Encarnación, el señor dijo:
—Aquí bajamos nosotros.
Con sorprendente agilidad Correa se incorporó. Los otros
echaron a reír. El gordo dijo:
—No se haga ilusiones, que tenemos navegación para rato. El
señor recordaba nomás que bajamos aquí, la noche ésa que usted viajó con su
compinche el doctor.
El señor se dirigió al grandote:
—¿Vos te quedaste dormido en seguida?
—No lo hice queriendo.
—No se trata de eso. Contesta lo que te pregunto.
—Al promediar esta parte de la costa me mantenía despierto,
pero empezaba a luchar con el sueño, lo que es un engorro.
—Te luciste. —Miró fijamente a Correa y le preguntó—: ¿En
algún momento ustedes cambiaron de lancha?
—No ¿por qué?
—¿Cuánto tiempo navegaron antes de bajar en la isla?
—Veinte minutos por lo menos. Media hora, qué sé yo. La isla
queda a la derecha.
—Mire con atención y con fe y la va a encontrar.
Correa afirmó:
—Yo siempre he pensado que si uno busca bastante encuentra
lo que quiere.
Se preguntó si no habría dicho algo peligroso.
—Así me gusta —exclamó el señor y lo palmeó en la espalda.
Reflexionó Correa que tal vez el destino estaba ofreciéndole
su mejor oportunidad. Parecía poco probable que él solo encontrara la isla, y,
por lo visto, no debía contar con el doctor. Ahora estos hombres lo forzaban a
encontrarla. El túnel lo llevaría en un santiamén a Punta del Este y él
aprovecharía el desconcierto general para fugarse. No habría fuerza en el mundo
capaz de impedir su reunión con Cecilia.
Se dijo que tal vez no guardó literalmente, como había
prometido, el secreto del túnel; pero obro así bajo amenaza de muerte y porque
al doctor, ahora, no podía perjudicarlo.
En la calma de esa navegación pareja y sin novedades, Correa
se adormeció un poco, hasta que el río entró en una zona más abierta, más vasta
y de tonalidad más clara, donde apareció en la margen izquierda un aserradero y
en la derecha una plantación de álamos en hileras interminables. Entonces (pero
no inmediatamente) Correa tuvo un sobresalto. Aunque no fuera capaz de
identificar ningún paraje de la costa, sabía que a éstos no los había visto
nunca. Asustado, murmuró:
—Creo que nos pasamos.
El grandote se incorporó, sin apuro concluyó su conversación
con el gordo, caminó hasta Correa y lo abofeteó dos veces.
—Basta —ordenó el señor—. Demos vuelta. —Se dirigió a Correa
y le dijo—: Usted siga mirando.
La cara le ardió y se preguntó si les diría a esos malevos
lo que pensaba, sin importarle las consecuencias. Cuando habló finalmente, a él
mismo le pareció que se quejaba como un chiquilín. Dijo:
—Si vamos a navegar en sentido contrario, me desoriento del
todo.
—¡Con usted hay que tener una paciencia! —comentó el señor.
Después (había pasado una media hora) logró serenarse y contestó:
—Quisiera verlo, sintiéndose como me siento, y con la
amenaza de más golpes. Yo creo que estoy completamente aturdido: sino ya
hubiera encontrado la isla. Fíjese: como íbamos navegando, queda en la orilla
derecha; tiene un embarcadero de maderas podridas, que alguna vez habrá estado
pintado de verde…
—Estoy pensando en lo que le pasó con nosotros. Como en este
mundo todos mienten, no creemos en nada y cuando llega uno que dice la verdad
lo escarmentamos. Yo creo en usted.
Correa continuó la explicación:
—Si desde el embarcadero mira en línea recta hacia el fondo
de la isla va a divisar, casi tapada por los árboles, una casilla de madera. Si
camina unos cincuenta metros a la izquierda y se mete en la zona en que hay
mayor espesura de árboles y matorral, encuentra la boca del túnel. Recuerde lo
que le digo: no es una cueva, es un túnel.
El señor indicó a los matones:
—Ahora, a este joven, que ya ha de estar cansado, lo dejamos
en su casa.
—Primero tiene que llevarnos a la cueva —dijo el gordo.
El señor le recordó:
—No te di permiso de opinar. —A Correa le dijo—: Lo dejamos
tranquilo, pero ¿contamos con su discreción o va a andar charlando por ahí?
—Yo no voy a hablar.
Sabían dónde paraba: lo llevaron directamente a la isla de
Mercader. Para atracar, el gran dote, con un remo hacía palanca en el fondo del
río. Sin creer del todo en que esa gente lo dejaba libre, Correa saltó al
embarcadero. En ese instante, con súbita vergüenza de sí mismo, se acordó de
Cecilia y quiso decirle al señor que seguiría con ellos, que los ayudaría a
encontrar el túnel. Al volverse para hablar, alcanzó a ver una sonrisa en la
cara del señor y muy cerca, mojado, reluciente y enorme, el remo. La dureza del
golpe se confundió con la caída en el pasto barroso. El golpe había sido muy
fuerte, pero no terrible, porque lo vio llegar y se echó atrás. No perdió el
conocimiento; quedó inmóvil, por si acaso. Cuando ya no oía el motor del
crucero, miró. Se levantó, entró en la casilla, juntó sus cosas, tomó la
primera lancha para el Tigre y el primer tren para Buenos Aires. Quería seguir
viaje hasta su provincia, para sentirse protegido y en casa, pero se quedó en
Buenos Aires, con la intención de volver al Uruguay, cuando reuniera el dinero
del pasaje, porque de verdad creyó que sin Cecilia no podía vivir. Mercader, a
quien le pidió un préstamo, le dijo:
—Te olvidás que el gobierno ha prohibido los viajes al
Uruguay. Quizá podríamos ir al Tigre y hablar con un lanchero, de esos que
pasan a emigrados, o con un contrabandista.
Correa dijo: «Mejor que no». Tampoco fue a buscar el túnel.
Para saber que existía, no necesitaba verlo. En cuanto a comunicar el
conocimiento a los demás, le parecía un esfuerzo inútil. A su debido tiempo se
recibió de abogado, se doctoró y, porque todo llega, se jubiló de empleado
público. Hombre poco dado a la aventura, de carácter parejo aunque melancólico,
únicamente se dejaba arrebatar, según los amigos, en conversaciones que
versaban sobre temas de geografía. Entonces Correa se habría mostrado, más de
una vez, irritable y soberbio.
