Martin Heidegger
con los tránsitos entre las lecciones
PRIMERA LECCIÓN
[1] Alcanzaremos lo que significa pensar,
si nosotros mismos pensamos. Para que tal intento resulte bien, debemos
prepararnos para aprender a pensar.
Tan pronto como entramos en este
aprender, concedemos también que aún no somos capaces de pensar.
Pero del hombre se dice, y con toda
razón, que él puede pensar. Pues, el hombre es el viviente racional. La razón,
la ratio, se despliega en el pensar. En cuanto viviente racional, el hombre
debe poder pensar, solo con que quiera. Quizás, el hombre quiere pensar, y, sin
embargo, no pueda. En último término, él quiere demasiado en este querer
pensar, y por eso mismo puede tan poco. El hombre puede pensar en cuanto tiene
esa posibilidad. Pero esta posibilidad no nos garantiza que seamos capaces de tal
cosa. Pues, somos capaces solo de lo que preferimos. Pero, a su vez, nosotros preferimos
solo verdaderamente aquello que, por su parte, nos prefiere a nosotros mismos,
y nos prefiere en nuestra esencia, suscitándose a nuestra esencia como lo que
mantiene en la esencia. Mantener significa propiamente, pastorear [hüten: proteger],
dejar apacentar. Lo que nos mantiene en nuestra esencia, nos mantiene, empero,
solo durante el tiempo que nosotros, desde nosotros mismos, re-tenemos a lo que
nos mantiene. Lo retenemos si no lo dejamos fuera de la memoria. La memoria es
la recolección del pensar. ¿Sobre qué? Sobre lo que nos mantiene, en cuanto que
es meditado en nosotros, y meditado porque permanece como
lo-quehay-que-meditar. Lo meditado es lo regalado con un recuerdo, regalado
porque lo preferimos. Solo si nosotros preferimos lo que es en sí lo-que-hay-que-meditar
seremos capaces de pensar.
Para ser capaces de pensar, tenemos que
aprenderlo. ¿Qué es aprender? El hombre aprende cuando su hacer y omitir lo
realiza de acuerdo con lo que le es suscitado como lo esencial. Aprenderemos a
pensar, si prestamos atención a lo que da que meditar.
[2] Nuestro lenguaje llama, por ejemplo,
a lo que pertenece a la esencia del amigo, lo amistoso. Igualmente, llamamos
ahora a lo que en sí hay que meditar: lo meditable. Todo lo meditable
[Bedenkliche] da que pensar [denken]. Pero él solo da este don siempre y cuando
que lo meditable por sí mismo ya es lo-que-hay-quemeditar. Nosotros llamamos
ahora y en lo que sigue a aquello que constantemente, porque desde antaño, a
aquello que ante todo y así desde siempre, está por meditar: lo-más-meditable
[das Bedenklichste]. ¿Qué es lo-más-meditable? ¿Cómo se muestra en nuestro
tiempo meditable?
Lo-más-meditable es que nosotros aún no
pensamos; siempre aún no, aunque la situación del mundo se haga cada vez más
meditable. Por cierto, que este proceso parece que exige más bien que el hombre
obre, y ciertamente, sin tardanza, en lugar de hablar en congresos y
conferencias y así azacanarse con la simple idea de lo que debería ser y cómo
debería ser hecho. Según esto, lo que falta es el obrar [Handeln: acción] y, de
ninguna manera, el pensar.
Y, sin embargo, quizás el hombre hasta
ahora y desde hace siglos ha obrado muchísimo y ha pensado demasiado poco. Pero
¿cómo puede hoy alguien afirmar que nosotros aún no pensamos cuando por
doquiera se despierta el interés por la filosofía y se hace cada vez más
altisonante, de tal manera que todo el mundo quiere saber ¿qué pasa con la
filosofía? Los filósofos son “los” pensadores. Se llaman así porque el pensar
tiene lugar propiamente en la filosofía.
Nadie negaría que hoy existe un interés
por la filosofía. Pero ¿hay hoy alguna cosa en la que el hombre no se interese,
en la peculiar manera como se entiende el “interesarse”?
Inter-esse significa: estar entre y en
medio de las cosas, estar en el justo medio de una cosa y perseverar en él.
Pero, para el interés actual vale solo lo interesante. Este es de tal manera
que permite que en el instante inmediatamente siguiente, ya sea indiferente y
sea borrado por otra cosa que nos importa tan poco como la anterior. Se cree
frecuentemente hoy que algo es especialmente apreciado porque se lo encuentra
interesante. En verdad, con este juicio, se ha rebajado lo interesante hasta lo
indiferente, e inmediatamente después, se lo rechaza como aburridor.
Que se muestre un interés por la
filosofía, no atestigua ninguna preparación para el pensar. Cierto, que se da
por todas partes una ocupación seria con la filosofía y sus cuestiones. Se da
un laudable esfuerzo de erudición para la investigación de su historia. Se
desarrollan aquí útiles y loables trabajos, para cuya realización solo pueden
bastar las mejores fuerzas, sobre todo [3] si nos hacen patentes los arquetipos
del gran pensar. Pero, aun el mismo hecho de que nosotros nos hayamos entregado
profundamente y durante años al estudio de los tratados y escritos de los más
grandes pensadores, no es garantía de que pensemos, o –lo que es más–de que ni
siquiera estemos preparados para aprender a pensar. Por el contrario: la ocupación
con la filosofía puede embaucarnos con la obstinada apariencia de que nosotros
pensamos, porque nosotros incesantemente “filosofamos”.
Sin embargo, resulta extraño y parece
desmedido el afirmar que lo-másmeditable en nuestro meditable tiempo, sea que
nosotros aún no pensamos. Por eso, tendríamos que probar esa afirmación.
Entretanto, es aún más aconsejable,
aclarar siquiera la afirmación. Hasta pudiera ocurrir que la exigencia de una
prueba se hiciera accidental, tan pronto como se consiguiera una suficiente
claridad sobre lo que dice la afirmación. Suena:
Lo-más-meditable en nuestro meditable
tiempo es que nosotros aún no pensamos.
Cómo haya que entender el nombre “lo
meditable”, fue ya indicado. Es lo que nos da que pensar. Observémoslo bien y
dejemos ahora su peso a cada palabra. Él da lo que por sí mismo, de suyo, nos
da que pensar. Él da lo que nos habla de que lo meditemos, de que, pensando,
nos volvamos hacia él: para pensarlo.
Lo meditable, lo que nos da que pensar,
no es, según eso, en absoluto, establecido por nosotros, ni puesto
[aufgestellt] por nosotros especialmente, ni solo por nosotros (re)pre-sentado
[vor-gestellt]. Lo que se da por sí mismo como lo que más hay que pensar,
lo-más-meditable, es según la afirmación esto: que nosotros aún no pensamos.
Esto dice ahora: nosotros no hemos
llegado todavía ante el ámbito, ni hemos alcanzado el ámbito de lo que por sí
mismo, en un sentido esencial, quisiera ser meditado. Presumiblemente esto
estriba en que no nos hemos vuelto aún suficientemente a lo que quisiera ser
meditado. Entonces se debería esto, que nosotros aún no pensemos, solo a una
negligencia, un retraso en el pensar, a lo más a una omisión por parte del
hombre. Según eso, tal descuido humano podría ser remediado de manera humana
por medio de medidas adecuadas. La omisión humana daría ciertamente que pensar,
pero solo transitoriamente. Que nosotros todavía no pensemos, sería,
ciertamente meditable; sin embargo, en cuanto que es la situación actual y creciente
del hombre de hoy, jamás [4] podría ser nombrado sencillamente
lo-más-meditable. Pero, nosotros lo llamamos así y añadimos por eso lo
siguiente: que nosotros aún no pensemos no estriba, de ninguna manera, solo en
que el hombre no se haya vuelto suficientemente a lo que de suyo quisiera ser meditado,
porque permanece en su esencia lo-que-hay-que-pensar. Que nosotros aún no
pensemos ocurre, más bien, porque lo-que-hay-que pensar, él mismo, se ha apartado
del hombre, se ha apartado ya desde hace mucho tiempo.
Inmediatamente quisiéramos saber cuándo
ocurrió esto. Y aún preguntaremos más anhelosamente, cómo podríamos llegar a
saber, en general, de tal acontecimiento [Ereignis]. Se ponen en acecho y se
precipitan grandemente preguntas de tal tipo, si nosotros a eso aun añadimos
esto: lo que propiamente nos da que pensar, no se ha apartado del hombre en
ningún tiempo datable historiográficamente, sino: lo que propiamente da que
pensar, se mantiene desde antaño en tal apartamiento.
Por otra parte, el hombre de nuestra
historia ha pensado siempre y en alguna manera; ha pensado incluso lo más
profundo y lo ha confiado a la memoria. Queda como el que piensa así, y queda
referido a lo-que-hay-que-pensar. Sin embargo, el hombre no podrá pensar
propiamente, mientras se le sustraiga lo-que-hay-que-pensar.
Si nosotros entonces, así como estamos
aquí ahora, no nos dejamos embaucar por nada, tendríamos que tomar todo lo
dicho hasta ahora como una sola cadena de afirmaciones vacías y además aclarar
que lo dicho anteriormente no tiene nada que ver con la ciencia.
Sería bueno que nosotros permaneciéramos,
el mayor tiempo que se pueda, en tal actitud de reserva frente a lo dicho;
pues, únicamente así nos mantendremos a la distancia necesaria para adquirir el
impulso desde el cual conseguir tal o cual salto en el pensar. Pues, es verdad
que lo dicho hasta ahora y la total discusión subsiguiente no tiene nada que
ver con la ciencia, precisamente cuando la discusión debiera ser un pensar. El
fundamento de este estado de cosas está en que la ciencia, por su parte, no
piensa y no puede pensar y, ciertamente, por suerte para ella, lo que quiere
decir para seguridad de su propio y determinado proceso. La ciencia no piensa. Esta
es una frase chocante. Dejemos a la frase su carácter chocante, aun cuando en
la frase siguiente añadamos inmediatamente que la ciencia, empero, siempre tiene
que ver y a su manera peculiar, con el pensar. Esta manera es especialmente
auténtica y, en consecuencia, fructífera, si se hace visible el abismo que
media entre las ciencias y el pensar y, ciertamente, como infranqueable. No hay
aquí ningún [5] puente, sino, solamente, salto. Por eso están completamente
demás todos los puentes accesorios y supletorios entre el pensar y las
ciencias, que hoy precisamente quisieran establecer un cómodo mercado de
explotación. Por eso, nosotros tenemos ahora, en cuanto provenimos de las
ciencias, que mantener lo chocante y extraño del pensar –suponiendo que estemos
preparados para aprender a pensar. Aprender quiere decir: llevar nuestro hacer
y omitir en correspondencia con lo que, en cada caso, se nos suscita en lo
esencial. Para que nosotros podamos con tal llevar, tenemos que ponernos en
camino. Si nosotros aprendemos a pensar, tenemos, ante todo, que fijarnos en su
camino, para no embaucarnos precipitadamente con agudas preguntas, sino que
debemos introducirnos en el preguntar, que busca aquello que no se deja
encontrar par ningún inventar. Especialmente nosotros, los de hoy, solo
podremos aprender si para ello al mismo tiempo desaprendemos; para el caso que
nos importa hay que decir: nosotros solo podremos aprender a pensar, si
desaprendemos su esencia sida hasta ahora, desde sus cimientos. Pero, para eso es
necesario que nosotros al mismo tiempo podamos aprenderlo.
Dijimos: el hombre no piensa todavía y,
ciertamente, porque lo-que-hayque-pensar se ha apartado de él; él no piensa, de
ninguna manera, solo porque el hombre no se haya vuelto suficientemente a
lo-que-hay-que-pensar.
Lo-que-hay-que-pensar se aparta del
hombre. Se retrae a él. Sin embargo, ¿cómo podríamos saber en general lo más
mínimo de lo que se le retrae desde antaño, o aunque solo fuera nombrarlo? Lo
que se retrae rehúsa el acceso. Pero, el retraerse no es como nada.
Retraimiento es acontecimiento [Ereignis]. Lo que se retrae puede, incluso,
importarle al hombre más esencialmente e interpelarle más que todo lo presente
que a él afecte y ataña. El ser afectado por lo real se mantiene con gusto como
lo que constituye la realidad de lo real. Pero, el ser afectado por lo real puede
precisamente cerrar al hombre para lo que le importa, importar ciertamente de
esa enigmática manera, ya que en el importarle le rehúye, retrayéndosele. El acontecimiento
[Ereignis] del retraimiento podría ser lo más presente en todo lo ahora
presente y, de esa manera, superar infinitamente la actualidad de todo lo
actual.
Lo que se nos retrae, nos arrastra
precisamente con él, aunque nosotros, en general y al mismo tiempo, lo notemos
o no. Si nosotros alcanzamos el trazo del retraerse, estaremos –no de manera
distinta que el ave de paso– en el trazo de lo que nos atrae, retrayéndose. Si
nosotros estamos, en cuanto que somos atraídos de esa manera, en el trazo de lo
que nos atrae [6], entonces está nuestra esencia ya acuñada por este “en el
trazo de…” [“auf dem Zuge zu…”: “en camino que nos lleva a…”]. En el trazo de
lo que se retrae, nosotros mismos mostramos esto que se retrae. Nosotros somos
nosotros, mostrándonos en él; no supletoriamente o junto a él, sino: este “en
el trazo de…” es en sí un mostrar esencial y, por tanto, constante,de lo que se
retrae. “En el trazo de…” dice ya: señalando hacia lo que se retrae.
En cuanto que el hombre es en este trazo,
señala como el que es traído de esa manera, en lo que se retrae. Como el
señalante en, es el hombre el-que-señala. Empero, el hombre no es primeramente
hombre y después, además y ocasionalmente, un señalador, sino: traído en lo que
se retrae, en el trazo de este y así señalante en el retraimiento, es el hombre
ante todo hombre. Su esencia estriba en ser tal señalador. A lo que en sí y
según su esencia es algo que señala, llamamos una señal.
En el trazo de lo que se retrae, es el
hombre una señal. Sin embargo, porque esta señal muestra hacia lo que se retrae
[Sichentziehende], ella indica no tanto hacia lo que allí se retrae, sino más
bien hacia el retraerse. La señal queda sin indicación [Deutung:
interpretación].
Hölderlin dice en un esbozo de un himno:
“Ein
Zeichen sind wir, deutungslos.”
“Somos una señal sin sentido”.
El poeta continúa con estos dos versos:
“Schmerzlos
sind wir und haben fast
Die Sprache in der Fremde verloren.”
“Somos insensibles al dolor y casi hemos
perdido
el lenguaje en lo extranjero”.
Los esbozos de este himno tienen escrito
junto a títulos como “La serpiente”, “La señal”, “Las ninfas”, también el de
“Mnemosyne”. Podemos traducir la palabra griega por: Gedächtnis –memoria. La
lengua alemana dice: das Gedächtnis –la memoria; pero también dice: die
Erkenntnis –el conocimiento, die Berugnis –la autorización, y nuevamente: das
Begrabnis –el entierro, das Geschehnis –el acontecimiento. Kant, por ejemplo,
dice en su uso lingüístico, ya die Erkenntnis, ya das Erkenntnis
[conocimiento]. Por eso nosotros podemos traducir sin violencia el término
correspondiente al femenino griego Μνημοσύνη, por: “die Gedächtnis” –la
memoria.
Hölderlin nombra también el término
griego Μνημοσύνη como el nombre de una Titánide. Ella es, según el mito, la
hija del Cielo y la Tierra. Mito quiere decir: palabra dicente. Decir es para
los griegos: patentizar, dejar aparecer, esto es, el brillar [das Scheinen: el
aparecer] y lo esente en el brillar, en la epifanía.
Μύθος es lo esente [das Wesende: lo que
se hace presente] en su dicho: lo brillante en el desvelamiento de su
interpelación. El μύθος es la interpelación previa a toda esencia humana y que
le concierne desde el fundamento, que deja pensar en lo brillante, en lo
esente. Λόγος dice lo mismo; μύθος y λόγος no están, de ninguna manera, como
opina la historia de la filosofía corriente, en oposición por medio de la
filosofía en cuanto tal, sino que precisamente los pensadores mañaneros de los
griegos (Parménides, frag. 8) usaron μύθος y λόγος en la misma significación; μύθος
y λόγος se separaron y contrapusieron especialmente cuando ni μύθος ni λόγος
pudieron mantener su esencia principal. Esto ya ha ocurrido en Platón. Sobre la
base del platonismo del racionalismo moderno se ha aceptado el prejuicio de la historiografía
y de la filología, de creer que el μύθος fue destruido por el λόγος. Lo
religioso jamás se destruye con la lógica, sino siempre y solo porque el Dios se
retrae.
Mnemosyne, la hija del Cielo y la Tierra,
fue, como esposa de Zeus, en nueve noches, la madre de las musas. Juego y
Música, Danza y Poesía, pertenecen al seno de Mnemosyne, de la memoria
[Gedächtnis]. Evidentemente, mienta aquí esta palabra algo completamente
distinto de la capacidad, establecida en psicología, de retener el pasado en la
representación. La memoria piensa en lo pensado. Pero, “memoria” en cuanto
nombre de la madre de las musas, no mienta un pensar cualquiera de algo de
cualquiera manera pensable. Memoria es la reunión del pensar sobre lo que por
todas partes y de antemano, quisiera ser meditado. Memoria es la reunión del recuerdo.
Esta reunión alberga en sí y vela en sí a aquello que, de antemano, es lo que
hay que pensar en todo lo que es esencialmente y se atribuye como siendo y habiendo
sido: Memoria, la madre de las musas: el recuerdo [Andenken] de lo que hay que
pensar es el manantial fundamental del poetizar. El poetizar [Dichten] es por
eso el arroyo, que, a veces, corre hacia atrás, hacia la fuente, al pensar como
recuerdo [Denken als Andenken]. Por cierto, que mientras opinemos que lo que sea
el pensar nos lo puede decir una explicación lógica, no podremos meditar hasta
qué punto todo poetizar descansa en el recordar. Todo lo poetizado brota del recogimiento
[An-dacht: meditación] del recuerdo.
Debajo del título Mnemosyne, Hölderlin
dice:
“Ein
zeichen sind wir, deutungslos…”
“Una señal somos nosotros, sin sentido…”
¿Quiénes somos nosotros? Nosotros, los
hombres de hoy; los hombres de un hoy, que dura ya desde largo tiempo, y aún
durará en una largura, para la que no puede dar medida ninguna cronología
historiográfica. En el mismo himno Mnemosyne se dice: “Lang ist / die Zeit”:
“Largo es / el tiempo” –esto es, aquel en que somos una señal sin sentido. ¿No
da suficientemente que pensar el que seamos una señal y, ciertamente, sin
sentido? Quizás lo que el poeta [8] dice ahí y en las siguientes palabras,
pertenece a aquello en que se nos muestra lo-más-meditable, lo que se intenta
pensar en la afirmación sobre nuestro meditable tiempo. Quizás arroje esta afirmación
alguna luz sobre la palabra del poeta, si la elucidamos suficientemente; quizás,
también la palabra de Hölderlin, a su vez, porque es poetizadora, nos llama más
suscitadoramente y, por eso, muy señalante hacia el camino de un pensar, que
persigue pensar lo más meditable. Sin embargo, queda especialmente oscuro lo
que deba ser, en general, la alusión a la palabra de Hölderlin. Es problemático
con qué derecho en el camino de un intento de pensar nombramos a un poeta y, precisamente,
a ese. También queda sin aclarar sobre qué bases y en qué límites tiene que
tomarse la alusión a lo poético.
