¿QUÉ SIGNIFICA PENSAR?

 Martin Heidegger


Curso del semestre de invierno de 1951-1952,

con los tránsitos entre las lecciones 

PRIMERA LECCIÓN

[1] Alcanzaremos lo que significa pensar, si nosotros mismos pensamos. Para que tal intento resulte bien, debemos prepararnos para aprender a pensar.

Tan pronto como entramos en este aprender, concedemos también que aún no somos capaces de pensar.

Pero del hombre se dice, y con toda razón, que él puede pensar. Pues, el hombre es el viviente racional. La razón, la ratio, se despliega en el pensar. En cuanto viviente racional, el hombre debe poder pensar, solo con que quiera. Quizás, el hombre quiere pensar, y, sin embargo, no pueda. En último término, él quiere demasiado en este querer pensar, y por eso mismo puede tan poco. El hombre puede pensar en cuanto tiene esa posibilidad. Pero esta posibilidad no nos garantiza que seamos capaces de tal cosa. Pues, somos capaces solo de lo que preferimos. Pero, a su vez, nosotros preferimos solo verdaderamente aquello que, por su parte, nos prefiere a nosotros mismos, y nos prefiere en nuestra esencia, suscitándose a nuestra esencia como lo que mantiene en la esencia. Mantener significa propiamente, pastorear [hüten: proteger], dejar apacentar. Lo que nos mantiene en nuestra esencia, nos mantiene, empero, solo durante el tiempo que nosotros, desde nosotros mismos, re-tenemos a lo que nos mantiene. Lo retenemos si no lo dejamos fuera de la memoria. La memoria es la recolección del pensar. ¿Sobre qué? Sobre lo que nos mantiene, en cuanto que es meditado en nosotros, y meditado porque permanece como lo-quehay-que-meditar. Lo meditado es lo regalado con un recuerdo, regalado porque lo preferimos. Solo si nosotros preferimos lo que es en sí lo-que-hay-que-meditar seremos capaces de pensar.

Para ser capaces de pensar, tenemos que aprenderlo. ¿Qué es aprender? El hombre aprende cuando su hacer y omitir lo realiza de acuerdo con lo que le es suscitado como lo esencial. Aprenderemos a pensar, si prestamos atención a lo que da que meditar.

[2] Nuestro lenguaje llama, por ejemplo, a lo que pertenece a la esencia del amigo, lo amistoso. Igualmente, llamamos ahora a lo que en sí hay que meditar: lo meditable. Todo lo meditable [Bedenkliche] da que pensar [denken]. Pero él solo da este don siempre y cuando que lo meditable por sí mismo ya es lo-que-hay-quemeditar. Nosotros llamamos ahora y en lo que sigue a aquello que constantemente, porque desde antaño, a aquello que ante todo y así desde siempre, está por meditar: lo-más-meditable [das Bedenklichste]. ¿Qué es lo-más-meditable? ¿Cómo se muestra en nuestro tiempo meditable?

Lo-más-meditable es que nosotros aún no pensamos; siempre aún no, aunque la situación del mundo se haga cada vez más meditable. Por cierto, que este proceso parece que exige más bien que el hombre obre, y ciertamente, sin tardanza, en lugar de hablar en congresos y conferencias y así azacanarse con la simple idea de lo que debería ser y cómo debería ser hecho. Según esto, lo que falta es el obrar [Handeln: acción] y, de ninguna manera, el pensar.

Y, sin embargo, quizás el hombre hasta ahora y desde hace siglos ha obrado muchísimo y ha pensado demasiado poco. Pero ¿cómo puede hoy alguien afirmar que nosotros aún no pensamos cuando por doquiera se despierta el interés por la filosofía y se hace cada vez más altisonante, de tal manera que todo el mundo quiere saber ¿qué pasa con la filosofía? Los filósofos son “los” pensadores. Se llaman así porque el pensar tiene lugar propiamente en la filosofía.

Nadie negaría que hoy existe un interés por la filosofía. Pero ¿hay hoy alguna cosa en la que el hombre no se interese, en la peculiar manera como se entiende el “interesarse”?

Inter-esse significa: estar entre y en medio de las cosas, estar en el justo medio de una cosa y perseverar en él. Pero, para el interés actual vale solo lo interesante. Este es de tal manera que permite que en el instante inmediatamente siguiente, ya sea indiferente y sea borrado por otra cosa que nos importa tan poco como la anterior. Se cree frecuentemente hoy que algo es especialmente apreciado porque se lo encuentra interesante. En verdad, con este juicio, se ha rebajado lo interesante hasta lo indiferente, e inmediatamente después, se lo rechaza como aburridor.

Que se muestre un interés por la filosofía, no atestigua ninguna preparación para el pensar. Cierto, que se da por todas partes una ocupación seria con la filosofía y sus cuestiones. Se da un laudable esfuerzo de erudición para la investigación de su historia. Se desarrollan aquí útiles y loables trabajos, para cuya realización solo pueden bastar las mejores fuerzas, sobre todo [3] si nos hacen patentes los arquetipos del gran pensar. Pero, aun el mismo hecho de que nosotros nos hayamos entregado profundamente y durante años al estudio de los tratados y escritos de los más grandes pensadores, no es garantía de que pensemos, o –lo que es más–de que ni siquiera estemos preparados para aprender a pensar. Por el contrario: la ocupación con la filosofía puede embaucarnos con la obstinada apariencia de que nosotros pensamos, porque nosotros incesantemente “filosofamos”.

Sin embargo, resulta extraño y parece desmedido el afirmar que lo-másmeditable en nuestro meditable tiempo, sea que nosotros aún no pensamos. Por eso, tendríamos que probar esa afirmación.

Entretanto, es aún más aconsejable, aclarar siquiera la afirmación. Hasta pudiera ocurrir que la exigencia de una prueba se hiciera accidental, tan pronto como se consiguiera una suficiente claridad sobre lo que dice la afirmación. Suena:

Lo-más-meditable en nuestro meditable tiempo es que nosotros aún no pensamos.

Cómo haya que entender el nombre “lo meditable”, fue ya indicado. Es lo que nos da que pensar. Observémoslo bien y dejemos ahora su peso a cada palabra. Él da lo que por sí mismo, de suyo, nos da que pensar. Él da lo que nos habla de que lo meditemos, de que, pensando, nos volvamos hacia él: para pensarlo.

Lo meditable, lo que nos da que pensar, no es, según eso, en absoluto, establecido por nosotros, ni puesto [aufgestellt] por nosotros especialmente, ni solo por nosotros (re)pre-sentado [vor-gestellt]. Lo que se da por sí mismo como lo que más hay que pensar, lo-más-meditable, es según la afirmación esto: que nosotros aún no pensamos.

Esto dice ahora: nosotros no hemos llegado todavía ante el ámbito, ni hemos alcanzado el ámbito de lo que por sí mismo, en un sentido esencial, quisiera ser meditado. Presumiblemente esto estriba en que no nos hemos vuelto aún suficientemente a lo que quisiera ser meditado. Entonces se debería esto, que nosotros aún no pensemos, solo a una negligencia, un retraso en el pensar, a lo más a una omisión por parte del hombre. Según eso, tal descuido humano podría ser remediado de manera humana por medio de medidas adecuadas. La omisión humana daría ciertamente que pensar, pero solo transitoriamente. Que nosotros todavía no pensemos, sería, ciertamente meditable; sin embargo, en cuanto que es la situación actual y creciente del hombre de hoy, jamás [4] podría ser nombrado sencillamente lo-más-meditable. Pero, nosotros lo llamamos así y añadimos por eso lo siguiente: que nosotros aún no pensemos no estriba, de ninguna manera, solo en que el hombre no se haya vuelto suficientemente a lo que de suyo quisiera ser meditado, porque permanece en su esencia lo-que-hay-que-pensar. Que nosotros aún no pensemos ocurre, más bien, porque lo-que-hay-que pensar, él mismo, se ha apartado del hombre, se ha apartado ya desde hace mucho tiempo.

Inmediatamente quisiéramos saber cuándo ocurrió esto. Y aún preguntaremos más anhelosamente, cómo podríamos llegar a saber, en general, de tal acontecimiento [Ereignis]. Se ponen en acecho y se precipitan grandemente preguntas de tal tipo, si nosotros a eso aun añadimos esto: lo que propiamente nos da que pensar, no se ha apartado del hombre en ningún tiempo datable historiográficamente, sino: lo que propiamente da que pensar, se mantiene desde antaño en tal apartamiento.

Por otra parte, el hombre de nuestra historia ha pensado siempre y en alguna manera; ha pensado incluso lo más profundo y lo ha confiado a la memoria. Queda como el que piensa así, y queda referido a lo-que-hay-que-pensar. Sin embargo, el hombre no podrá pensar propiamente, mientras se le sustraiga lo-que-hay-que-pensar.

Si nosotros entonces, así como estamos aquí ahora, no nos dejamos embaucar por nada, tendríamos que tomar todo lo dicho hasta ahora como una sola cadena de afirmaciones vacías y además aclarar que lo dicho anteriormente no tiene nada que ver con la ciencia.

Sería bueno que nosotros permaneciéramos, el mayor tiempo que se pueda, en tal actitud de reserva frente a lo dicho; pues, únicamente así nos mantendremos a la distancia necesaria para adquirir el impulso desde el cual conseguir tal o cual salto en el pensar. Pues, es verdad que lo dicho hasta ahora y la total discusión subsiguiente no tiene nada que ver con la ciencia, precisamente cuando la discusión debiera ser un pensar. El fundamento de este estado de cosas está en que la ciencia, por su parte, no piensa y no puede pensar y, ciertamente, por suerte para ella, lo que quiere decir para seguridad de su propio y determinado proceso. La ciencia no piensa. Esta es una frase chocante. Dejemos a la frase su carácter chocante, aun cuando en la frase siguiente añadamos inmediatamente que la ciencia, empero, siempre tiene que ver y a su manera peculiar, con el pensar. Esta manera es especialmente auténtica y, en consecuencia, fructífera, si se hace visible el abismo que media entre las ciencias y el pensar y, ciertamente, como infranqueable. No hay aquí ningún [5] puente, sino, solamente, salto. Por eso están completamente demás todos los puentes accesorios y supletorios entre el pensar y las ciencias, que hoy precisamente quisieran establecer un cómodo mercado de explotación. Por eso, nosotros tenemos ahora, en cuanto provenimos de las ciencias, que mantener lo chocante y extraño del pensar –suponiendo que estemos preparados para aprender a pensar. Aprender quiere decir: llevar nuestro hacer y omitir en correspondencia con lo que, en cada caso, se nos suscita en lo esencial. Para que nosotros podamos con tal llevar, tenemos que ponernos en camino. Si nosotros aprendemos a pensar, tenemos, ante todo, que fijarnos en su camino, para no embaucarnos precipitadamente con agudas preguntas, sino que debemos introducirnos en el preguntar, que busca aquello que no se deja encontrar par ningún inventar. Especialmente nosotros, los de hoy, solo podremos aprender si para ello al mismo tiempo desaprendemos; para el caso que nos importa hay que decir: nosotros solo podremos aprender a pensar, si desaprendemos su esencia sida hasta ahora, desde sus cimientos. Pero, para eso es necesario que nosotros al mismo tiempo podamos aprenderlo.

Dijimos: el hombre no piensa todavía y, ciertamente, porque lo-que-hayque-pensar se ha apartado de él; él no piensa, de ninguna manera, solo porque el hombre no se haya vuelto suficientemente a lo-que-hay-que-pensar.

Lo-que-hay-que-pensar se aparta del hombre. Se retrae a él. Sin embargo, ¿cómo podríamos saber en general lo más mínimo de lo que se le retrae desde antaño, o aunque solo fuera nombrarlo? Lo que se retrae rehúsa el acceso. Pero, el retraerse no es como nada. Retraimiento es acontecimiento [Ereignis]. Lo que se retrae puede, incluso, importarle al hombre más esencialmente e interpelarle más que todo lo presente que a él afecte y ataña. El ser afectado por lo real se mantiene con gusto como lo que constituye la realidad de lo real. Pero, el ser afectado por lo real puede precisamente cerrar al hombre para lo que le importa, importar ciertamente de esa enigmática manera, ya que en el importarle le rehúye, retrayéndosele. El acontecimiento [Ereignis] del retraimiento podría ser lo más presente en todo lo ahora presente y, de esa manera, superar infinitamente la actualidad de todo lo actual.

Lo que se nos retrae, nos arrastra precisamente con él, aunque nosotros, en general y al mismo tiempo, lo notemos o no. Si nosotros alcanzamos el trazo del retraerse, estaremos –no de manera distinta que el ave de paso– en el trazo de lo que nos atrae, retrayéndose. Si nosotros estamos, en cuanto que somos atraídos de esa manera, en el trazo de lo que nos atrae [6], entonces está nuestra esencia ya acuñada por este “en el trazo de…” [“auf dem Zuge zu…”: “en camino que nos lleva a…”]. En el trazo de lo que se retrae, nosotros mismos mostramos esto que se retrae. Nosotros somos nosotros, mostrándonos en él; no supletoriamente o junto a él, sino: este “en el trazo de…” es en sí un mostrar esencial y, por tanto, constante,de lo que se retrae. “En el trazo de…” dice ya: señalando hacia lo que se retrae.

En cuanto que el hombre es en este trazo, señala como el que es traído de esa manera, en lo que se retrae. Como el señalante en, es el hombre el-que-señala. Empero, el hombre no es primeramente hombre y después, además y ocasionalmente, un señalador, sino: traído en lo que se retrae, en el trazo de este y así señalante en el retraimiento, es el hombre ante todo hombre. Su esencia estriba en ser tal señalador. A lo que en sí y según su esencia es algo que señala, llamamos una señal.

En el trazo de lo que se retrae, es el hombre una señal. Sin embargo, porque esta señal muestra hacia lo que se retrae [Sichentziehende], ella indica no tanto hacia lo que allí se retrae, sino más bien hacia el retraerse. La señal queda sin indicación [Deutung: interpretación].

Hölderlin dice en un esbozo de un himno:

“Ein Zeichen sind wir, deutungslos.”

“Somos una señal sin sentido”.

El poeta continúa con estos dos versos:

“Schmerzlos sind wir und haben fast

Die Sprache in der Fremde verloren.”

“Somos insensibles al dolor y casi hemos perdido

el lenguaje en lo extranjero”.

Los esbozos de este himno tienen escrito junto a títulos como “La serpiente”, “La señal”, “Las ninfas”, también el de “Mnemosyne”. Podemos traducir la palabra griega por: Gedächtnis –memoria. La lengua alemana dice: das Gedächtnis –la memoria; pero también dice: die Erkenntnis –el conocimiento, die Berugnis –la autorización, y nuevamente: das Begrabnis –el entierro, das Geschehnis –el acontecimiento. Kant, por ejemplo, dice en su uso lingüístico, ya die Erkenntnis, ya das Erkenntnis [conocimiento]. Por eso nosotros podemos traducir sin violencia el término correspondiente al femenino griego Μνημοσύνη, por: “die Gedächtnis” –la memoria.

Hölderlin nombra también el término griego Μνημοσύνη como el nombre de una Titánide. Ella es, según el mito, la hija del Cielo y la Tierra. Mito quiere decir: palabra dicente. Decir es para los griegos: patentizar, dejar aparecer, esto es, el brillar [das Scheinen: el aparecer] y lo esente en el brillar, en la epifanía.

Μύθος es lo esente [das Wesende: lo que se hace presente] en su dicho: lo brillante en el desvelamiento de su interpelación. El μύθος es la interpelación previa a toda esencia humana y que le concierne desde el fundamento, que deja pensar en lo brillante, en lo esente. Λόγος dice lo mismo; μύθος y λόγος no están, de ninguna manera, como opina la historia de la filosofía corriente, en oposición por medio de la filosofía en cuanto tal, sino que precisamente los pensadores mañaneros de los griegos (Parménides, frag. 8) usaron μύθος y λόγος en la misma significación; μύθος y λόγος se separaron y contrapusieron especialmente cuando ni μύθος ni λόγος pudieron mantener su esencia principal. Esto ya ha ocurrido en Platón. Sobre la base del platonismo del racionalismo moderno se ha aceptado el prejuicio de la historiografía y de la filología, de creer que el μύθος fue destruido por el λόγος. Lo religioso jamás se destruye con la lógica, sino siempre y solo porque el Dios se retrae.

Mnemosyne, la hija del Cielo y la Tierra, fue, como esposa de Zeus, en nueve noches, la madre de las musas. Juego y Música, Danza y Poesía, pertenecen al seno de Mnemosyne, de la memoria [Gedächtnis]. Evidentemente, mienta aquí esta palabra algo completamente distinto de la capacidad, establecida en psicología, de retener el pasado en la representación. La memoria piensa en lo pensado. Pero, “memoria” en cuanto nombre de la madre de las musas, no mienta un pensar cualquiera de algo de cualquiera manera pensable. Memoria es la reunión del pensar sobre lo que por todas partes y de antemano, quisiera ser meditado. Memoria es la reunión del recuerdo. Esta reunión alberga en sí y vela en sí a aquello que, de antemano, es lo que hay que pensar en todo lo que es esencialmente y se atribuye como siendo y habiendo sido: Memoria, la madre de las musas: el recuerdo [Andenken] de lo que hay que pensar es el manantial fundamental del poetizar. El poetizar [Dichten] es por eso el arroyo, que, a veces, corre hacia atrás, hacia la fuente, al pensar como recuerdo [Denken als Andenken]. Por cierto, que mientras opinemos que lo que sea el pensar nos lo puede decir una explicación lógica, no podremos meditar hasta qué punto todo poetizar descansa en el recordar. Todo lo poetizado brota del recogimiento [An-dacht: meditación] del recuerdo.

Debajo del título Mnemosyne, Hölderlin dice:

“Ein zeichen sind wir, deutungslos…”

“Una señal somos nosotros, sin sentido…”

¿Quiénes somos nosotros? Nosotros, los hombres de hoy; los hombres de un hoy, que dura ya desde largo tiempo, y aún durará en una largura, para la que no puede dar medida ninguna cronología historiográfica. En el mismo himno Mnemosyne se dice: “Lang ist / die Zeit”: “Largo es / el tiempo” –esto es, aquel en que somos una señal sin sentido. ¿No da suficientemente que pensar el que seamos una señal y, ciertamente, sin sentido? Quizás lo que el poeta [8] dice ahí y en las siguientes palabras, pertenece a aquello en que se nos muestra lo-más-meditable, lo que se intenta pensar en la afirmación sobre nuestro meditable tiempo. Quizás arroje esta afirmación alguna luz sobre la palabra del poeta, si la elucidamos suficientemente; quizás, también la palabra de Hölderlin, a su vez, porque es poetizadora, nos llama más suscitadoramente y, por eso, muy señalante hacia el camino de un pensar, que persigue pensar lo más meditable. Sin embargo, queda especialmente oscuro lo que deba ser, en general, la alusión a la palabra de Hölderlin. Es problemático con qué derecho en el camino de un intento de pensar nombramos a un poeta y, precisamente, a ese. También queda sin aclarar sobre qué bases y en qué límites tiene que tomarse la alusión a lo poético.

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