Jorge Luis Borges
Este texto
es el de una conferencia dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores, en
marzo de 1949.
El sueño,
autor de representaciones,
en su
teatro sobre el viento armado,
sombras
suele vestir de bulto bello.
En el siglo
XVIII, Addison lo dirá con más precisión. «El alma, cuando sueña —escribe
Addison—, es teatro, actores y auditorio.» Mucho antes, el persa Umar Khyyam
había escrito que la historia del mundo es una representación que Dios, el
numeroso Dios de los panteístas, planea, representa y contempla, para distraer
su eternidad; mucho después, el suizo Jung, en encantadores y, sin duda,
exactos volúmenes, equipara las invenciones literarias a las invenciones
oníricas, la literatura a los sueños.
Si la literatura
es un sueño, un sueño dirigido y deliberado, pero fundamentalmente un sueño,
está bien que los versos de Góngora sirvan de epígrafe a esta historia de las
letras americanas y que inauguremos con el examen de Hawthorne, el soñador.
Algo anteriores en el tiempo hay otros escritores americanos —Fenimore Cooper,
una suerte de Eduardo Gutiérrez infinitamente inferior a Eduardo Gutiérrez;
Washington Irving, urdidor de agradables españoladas— pero podemos olvidarlos
sin riesgo.
Hawthorne
nació en 1804, en el puerto de Salem. Salem adolecía, ya entonces, de dos
rasgos anómalos en América; era una ciudad, aunque pobre, muy vieja, era una
ciudad en decadencia. En esa vieja y decaída ciudad de honesto nombre bíblico,
Hawthorne vivió hasta 1836; la quiso con el triste amor que inspiran las
personas que no nos quieren, los fracasos, las enfermedades, las manías;
esencialmente no es mentira decir que no se alejó nunca de ella. Cincuenta años
después, en Londres o en Roma, seguía en su aldea puritana de Salem; por ejemplo,
cuando desaprobó que los escultores, en pleno siglo XIX, labraran estatuas
desnudas…
Su padre, el
capitán Nathaniel Hawthorne, murió en 1808, en las Indias Orientales, en
Surinam, de fiebre amarilla; uno de sus antepasados, John Hawthorne, fue juez
en los procesos de hechicería de 1692, en los que diecinueve mujeres, entre
ellas una esclava, Tituba, fueron condenadas a la horca. En esos curiosos
procesos (ahora el fanatismo tiene otras formas), Justice Hawthorne obró con
severidad y sin duda con sinceridad. «Tan conspicuo se hizo —escribió
Nathaniel, nuestro Nathaniel— en el martirio de las brujas, que es lícito
pensar que la sangre de esas desventuradas dejó una mancha en él. Una mancha
tan honda que debe perdurar en sus viejos huesos, en el cementerio de Charter
Street, si ahora no son polvo.» Hawthorne agrega, después de ese rasgo
pictórico: «No sé si mis mayores se arrepintieron y suplicaron la divina
misericordia; yo, ahora, lo hago por ellos y pido que cualquier maldición que
haya caído sobre mi raza, nos sea, desde el día de hoy, perdonada.» Cuando el
capitán Hawthorne murió, su viuda, la madre de Nathaniel, se recluyó en su
dormitorio, en el segundo piso. En ese piso estaban los dormitorios de las
hermanas, Louisa y Elizabeth; en el último, el de Nathaniel. Esas personas no
comían juntas y casi no se hablaban; les dejaban la comida en una bandeja, en
el corredor. Nathaniel se pasaba los días escribiendo cuentos fantásticos; a la
hora del crepúsculo de la tarde salía a caminar. Ese furtivo régimen de vida
duró doce años. En 1837 le escribió a Longfellow: «Me he recluido; sin el menor
propósito de hacerlo, sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme. Me he
convertido en un prisionero, me he encerrado en un calabozo, y ahora ya no doy
con la llave, y aunque estuviera abierta la puerta, casi me daría miedo salir.»
Hawthorne era alto, hermoso, flaco, moreno. Tenía un andar hamacado de hombre
de mar. En aquel tiempo no había (sin duda felizmente para los niños)
literatura infantil; Hawthorne había leído a los seis años el Pilgrim's
Progress; el primer libro que compró con su plata fue The Faerie Queen, dos
alegorías. También, aunque sus biógrafos no lo digan, la Biblia; quizá la misma
que el primer Hawthorne, William Hawthorne de Wilton, trajo de Inglaterra con
una espada, en 1630. He pronunciado la palabra alegorías; esa palabra es
importante, quizá imprudente o indiscreta, tratándose de la obra de Hawthorne.
Es sabido que Hawthorne fué acusado de alegorizar por Edgar Allan Poe y que
éste opinó que esa actividad y ese género eran indefendibles. Dos tareas nos
encaran: la primera, indagar si el género alegórico es, en efecto, ilícito; la
segunda, indagar si Nathaniel Hawthorne incurrió en ese género. Que yo sepa, la
mejor refutación de las alegorías es la de Croce; la mejor vindicación, la de
Chesterton. Croce acusa a la alegoría de ser un fatigoso pleonasmo, un juego de
vanas repeticiones, que en primer término nos muestra (digamos) a Dante guiado
por Virgilio y Beatriz y luego nos explica, o nos da a entender, que Dante es
el alma, Virgilio la filosofía o la razón o la luz natural y Beatriz la
teología o la gracia. Según Croce, según el argumento de Croce (el ejemplo no
es de él), Dante primero habría pensado: «La razón y la fe obran la salvación de
las almas» o «La filosofía y la teología nos conducen al cielo» y luego, donde
pensó razón o filosofía puso Virgilio y donde pensó teología o fe puso Beatriz,
lo que sería una especie de mascarada. La alegoría, según esa interpretación
desdeñosa, vendría a ser una adivinanza, más extensa, más lenta y mucho más
incómoda que las otras. Sería un género bárbaro o infantil, una distracción de
la estética. Croce formuló esa refutación en 1907; en 1904, Chesterton ya la
había refutado sin que aquél lo supiera. ¡Tan incomunicada y tan vasta es la
literatura! La página pertinente de Chesterton consta en una monografía sobre
el pintor Watts, ilustre en Inglaterra a fines del siglo XIX y acusado, como
Hawthorne, de alegorismo. Chesterton admite que Watts ha ejecutado alegorías,
pero niega que ese género sea culpable. Razona que la realidad es de una
interminable riqueza y que el lenguaje de los hombres no agota ese vertiginoso
caudal. Escribe: «El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes,
más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal. Cree, sin
embargo que esos tintes en todas sus fusiones y conversiones, son
representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de
chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que
significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo…»
Chesterton infiere, después, que puede haber diversos lenguajes que de algún
modo correspondan a la inasible realidad; entre esos muchos, el de las alegorías
y fábulas.
En otras
palabras: Beatriz no es un emblema de la fe, un trabajoso y arbitrario sinónimo
de la palabra fe; la verdad es que en el mundo hay una cosa —un sentimiento
peculiar, un proceso íntimo, una serie de estados análogos— que cabe indicar por
dos símbolos: uno, asaz pobre, el sonido fe; otro, Beatriz, la gloriosa Beatriz
que bajó del cielo y dejó sus huellas en el Infierno para salvar a Dante. No sé
si es válida la tesis de Chesterton; sé que una alegoría es tanto mejor cuanto
sea menos reductible a un esquema, a un frío juego de abstracciones. Hay
escritor que piensa por imágenes (Shakespeare o Donne o Víctor Hugo, digamos) y
escritor que piensa por abstracciones (Benda o Bertrand Russell); a priori, los
unos valen tanto como los otros, pero, cuando un abstracto, un razonador,
quiere ser también imaginativo, o pasar por tal, ocurre lo denunciado por
Croce. Notamos que un proceso lógico ha sido engalanado y disfrazado por el
autor, «para deshonra del entendimiento del lector», como dijo Wordsworth. Es,
para citar un ejemplo notorio de esa dolencia, el caso de José Ortega y Gasset,
cuyo buen pensamiento queda obstruido por laboriosas y adventicias metáforas;
es, muchas veces, el de Hawthorne. Por lo demás, ambos escritores son
antagónicos. Ortega puede razonar, bien o mal, pero no imaginar; Hawthorne era
hombre de continua y curiosa imaginación; pero refractario, digámoslo así al
pensamiento. No digo que era estúpido; digo que pensaba por imágenes, por
intuiciones, como suelen pensar las mujeres, no por un mecanismo dialéctico. Un
error estético lo dañó: el deseo puritano de hacer de cada imaginación una
fábula lo inducía a agregarles moralidades y a veces a falsearlas y a
deformarlas. Se han conservado los cuadernos de apuntes en que anotaba, brevemente,
argumentos; en uno de ellos, de 1836, está escrito: «Una serpiente es admitida
en el estómago de un hombre y es alimentada por él, desde los quince a los
treinta y cinco, atormentándolo horriblemente.» Basta con eso, pero Hawthorne
se considera obligado a añadir: «Podría ser un emblema de la envidia o de otra
malvada pasión.» Otro ejemplo, de 1838 esta vez: «Que ocurran acontecimientos
extraños, misteriosos y atroces, que destruyan la felicidad de una persona. Que
esa persona los impute a enemigos secretos y que descubra, al fin, que él es el
único culpable y la causa. Moral, la felicidad está en nosotros mismos.» Otro,
del mismo año: «Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él,
plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal.
Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. Los sueños tenían
razón. La explicación sería la percepción instintiva de la verdad.» Son mejores
aquellas fantasías puras que no buscan justificación o moralidad y que parecen
no tener otro fondo que un oscuro terror. Esta, de 1838: «En medio de una
multitud imaginar un hombre cuyo destino y cuya vida están en poder de otro,
como si los dos estuviesen en un desierto». Ésta, que es una variación de la
anterior y que Hawthorne apuntó cinco años después: «Un hombre de fuerte
voluntad ordena a otro, moralmente sujeto a él, que ejecute un acto. El que
ordena muere y el otro, hasta el fin de sus días, sigue ejecutando aquel acto.»
(No sé de qué manera Hawthorne hubiera escrito ese argumento; no sé si hubiera
convenido que el acto ejecutado fuera trivial o levemente horrible o fantástico
o tal vez humillante.) Éste, cuyo tema es también la esclavitud, la sujeción a
otro: «Un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Ésta se
muda ahí; encuentra un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe
expulsar. Este los atormenta; se descubre, al fin, que es el hombre que les ha
legado la casa.» Citaré dos bosquejos más, bastante curiosos, cuyo tema (no
ignorado por Pirandello o por André Gide) es la coincidencia o confesión del
plano estético y del plano común, de la realidad y del arte. He aquí el
primero: «Dos personas esperan en la calle un acontecimiento y la aparición de
los principales actores. El acontecimiento ya está ocurriendo y ellos son los
actores.» El otro es más complejo: «Que un hombre escriba un cuento y compruebe
que éste se desarrolla contra sus intenciones; que los personajes no obren como
él quería; que ocurran hechos no previstos por él y que se acerque una
catástrofe que él trate, en vano, de eludir. Ese cuento podría prefigurar su
propio destino y uno de los personajes es él.» Tales juegos, tales momentáneas
confluencias del mundo imaginario y del mundo real —del mundo que en el curso
de la lectura simulamos que es real— son, o nos parecen, modernos. Su origen,
su antiguo origen, está acaso en aquel lugar de la Ilíada en que Elena de Troya
teje su tapiz y lo que teje son batallas y desventuras de la misma guerra de
Troya. Ese rasgo tiene que haber impresionado a Virgilio, pues en la Eneida
consta que Eneas, guerrero de la guerra de Troya, arribó al puerto de Cartago y
vio esculpidas en el mármol de un templo escenas de esa guerra y, entre tantas
imágenes de guerreros, también su propia imagen. A Hawthorne le gustaban esos
contactos de lo imaginario y lo real, son reflejos y duplicaciones del arte;
también se nota, en los bosquejos que he señalado, que propendía a la noción
panteísta de que un hombre es los otros, de que un hombre es todos los hombres.
Algo más grave
que las duplicaciones y el panteísmo se advierte en los bosquejos, algo más
grave para un hombre que aspira a novelista, quiero decir. Se advierte que el
estímulo de Hawthorne, que el punto de partida de Hawthorne era, en general,
situaciones. Situaciones, no caracteres. Hawthorne primero imaginaba, acaso
involuntariamente, una situación y buscaba después caracteres que la
encarnaran. No soy un novelista, pero sospecho que ningún novelista ha
procedido así: «Creo que Schomberg es real», escribió Joseph Conrad de uno de
los personajes más memorables de su novela Victory y eso podría honestamente
afirmar cualquier novelista de cualquier personaje. Las aventuras del Quijote
no están muy bien ideadas, los lentos y antitéticos diálogos —razonamientos,
creo que los llama el autor— pecan de inverosímiles, pero no cabe duda de que
Cervantes conocía bien a Don Quijote y podía creer en él. Nuestra creencia en
la creencia del novelista salva todas las negligencias y fallas. Qué importan
hechos increíbles o torpes si nos consta que el autor los ha ideado, no para
sorprender nuestra buena fe, sino para definir a sus personajes. Qué importan
los pueriles escándalos y los confusos crímenes de la supuesta Corte de
Dinamarca si creemos en el príncipe Hamlet. Hawthorne, en cambio, primero
concebía una situación o una serie de situaciones, y después elaboraba la gente
que su plan requería. Ese método puede producir, o permitir admirables cuentos,
porque en ellos, en razón de su brevedad, la trama es más visible que los
actores, pero no admirables novelas, donde la forma general (si la hay) sólo es
visible al fin y donde un solo personaje mal inventado puede contaminar de
irrealidad a quienes lo acompañan. De las razones anteriores podría, de
antemano, inferirse que los cuentos de Hawthorne valen más que las novelas de
Hawthorne. Yo entiendo que así es. Los veinticuatro capítulos que componen La
letra escarlata abundan en pasajes memorables, redactados en buena y sensible
prosa, pero ninguno de ellos me ha conmovido como la singular historia de
Wakefield que está en los Twice-Told Tales. Hawthorne había leído en un diario,
o simuló por fines literarios haber leído en un diario, el caso de un señor
inglés que dejó a su mujer sin motivo alguno, se alojó a la vuelta de su casa,
y ahí, sin que nadie lo sospechara, pasó oculto veinte años. Durante ese largo
período, pasó todos los días frente a su casa o la miró desde la esquina, y
muchas veces divisó a su mujer. Cuando lo habían dado por muerto, cuando hacía
mucho tiempo que su mujer se había resignado a ser viuda, el hombre, un día,
abrió la puerta de su casa y entró. Sencillamente, como si hubiera faltado unas
horas. (Fue hasta el día de su muerte un esposo ejemplar.) Hawthorne leyó con
inquietud el curioso caso y trató de entenderlo, de imaginarlo. Caviló sobre el
tema; el cuento Wakefield es la historia conjetural de ese desterrado. Las
interpretaciones del enigma pueden ser infinitas; veamos la de Hawthorne.
Este imagina a
Wakefield un hombre sosegado, tímidamente vanidoso, egoísta, propenso a
misterios pueriles, a guardar secretos insignificantes; un hombre tibio, de
gran pobreza imaginativa y mental, pero capaz de largas y ociosas e inconclusas
y vagas meditaciones; un marido constante, defendido por la pereza. Wakefield,
en el atardecer de una día de octubre, se despide de su mujer. Le ha dicho —no
hay que olvidar que estamos a principios del siglo XIX— que va a tomar la
diligencia y que regresará, a más tardar, dentro de unos días. La mujer, que lo
sabe aficionado a misterios inofensivos, no le pregunta las razones del viaje.
Wakefield está de botas, de galera, de sobretodo; lleva paraguas y valijas.
Wakefield —esto me parece admirable— no sabe aún lo que ocurrirá, fatalmente.
Sale, con la resolución más o menos firme de inquietar o asombrar a su mujer,
faltando una semana entera de casa. Sale, cierra la puerta de la calle, luego
la entreabre y, un momento, sonríe. Años después, la mujer recordará esa
sonrisa última. Lo imaginará en un cajón con la sonrisa helada en la cara, o en
el paraíso, en la gloria, sonriendo con astucia y tranquilidad. Todos creerán
que ha muerto y ella recordará esa sonrisa y pensará que, acaso, no es viuda.
Wakefield, al cabo de unos cuantos rodeos, llega al alojamiento que tenía
listo. Se acomoda junto a la chimenea y sonríe; está a la vuelta de su casa y
ha arribado al término de su viaje. Duda, se felicita, le parece increíble ya
estar ahí, teme que lo hayan observado y que lo denuncien. Casi arrepentido, se
acuesta; en la vasta cama desierta tiende los brazos y repite en voz alta: «No
dormiré solo otra noche.» Al otro día, se recuerda más temprano que de
costumbre y se pregunta, con perplejidad, qué va a hacer. Sabe que tiene algún
propósito, pero le cuesta definirlo. Descubre, finalmente, que su propósito es
averiguar la impresión que una semana de viudez causará en la ejemplar señora
de Wakefield. La curiosidad lo impulsa a la calle. Murmura: «Espiaré de lejos
mi casa.» Camina, se distrae; de pronto se da cuenta que el hábito lo ha traído,
alevosamente, a su propia puerta y que está por entrar. Entonces retrocede
aterrado. ¿No lo habrán visto; no lo perseguirán? En una esquina se da vuelta y
mira su casa; ésta le parece distinta, porque él ya es otro, porque una sola
noche ha obrado en él, aunque él no lo sabe, una transformación. En su alma se
ha operado el cambio moral que lo condenará a veinte años de exilio. Ahí,
realmente, empieza la larga aventura. Wakefield adquiere una peluca rojiza.
Cambia de hábitos; al cabo de algún tiempo ha establecido una nueva rutina. Lo
aqueja la sospecha de que su ausencia no ha trastornado bastante a la señora
Wakefield. Decide no volver hasta haberle dado un buen susto. Un día el
boticario entra en la casa, otro día el médico. Wakefield se aflige, pero teme
que su brusca reaparición pueda agravar el mal. Poseído, deja correr el tiempo;
antes pensaba: «Volveré en tantos días», ahora, «en tantas semanas». Y así
pasan diez años. Hace ya mucho que no sabe que su conducta es rara. Con todo el
tibio afecto de que su corazón es capaz, Wakefield sigue queriendo a su mujer y
ella está olvidándolo. Un domingo por la mañana se cruzan los dos en la calle,
entre las muchedumbres de Londres. Wakefield ha enflaquecido; camina
oblicuamente, como ocultándose, como huyendo; su frente baja está como surcada
de arrugas; su rostro que antes era vulgar, ahora es extraordinario, por la
empresa extraordinaria que ha ejecutado. En sus ojos chicos la mirada acecha o
se pierde. La mujer ha engrosado; lleva en la mano un libro de misa y toda ella
parece un emblema de plácida y resignada viudez. Se ha acostumbrado a la
tristeza y no la cambiaría, tal vez, por la felicidad. Cara a cara, los dos se
miran en los ojos. La muchedumbre los aparta, los pierde. Wakefield huye a su
alojamiento, cierra la puerta con dos vueltas de llave y se tira en la cama
donde lo trabaja un sollozo. Por un instante ve la miserable singularidad de su
vida. «¡Wakefield, Wakefield! ¡Estás loco!», se dice. Quizá lo está. En el
centro de Londres se ha desvinculado del mundo. Sin haber muerto ha renunciado
a su lugar y a sus privilegios entre los hombres vivos. Mentalmente sigue
viviendo junto a su mujer en su hogar. No sabe, o casi nunca sabe, que es otro.
Repite «pronto regresaré» y no piensa que hace veinte años que está repitiendo
lo mismo. En el recuerdo los veinte años de soledad le parecen un interludio,
un mero paréntesis. Una tarde, una tarde igual a otras tardes, a las miles de
tardes anteriores, Wakefield mira su casa. Por los cristales ve que en el
primer piso han encendido el fuego; en el moldeado cielo raso las llamas lanzan
grotescamente la sombra de la señora Wakefield. Rompe a llover; Wakefield
siente una racha de frío. Le parece ridículo mojarse cuando ahí tiene su casa,
su hogar. Sube pesadamente la escalera y abre la puerta. En su rostro juega,
espectral, la taimada sonrisa que conocemos. Wakefield ha vuelto, al fin.
Hawthorne no nos refiere su destino ulterior, pero nos deja adivinar que ya
estaba, en cierto modo, muerto. Copio las palabras finales: «En el desorden
aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema
con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todos a todo— que el
individuo que se desvía un solo momento, corre el terrible albur de perder para
siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del
Universo».
En esta breve
y ominosa parábola —que data de 1835— ya estamos en el mundo de Herman
Melville, en el mundo de Kafka. Un mundo de castigos enigmáticos y de culpas
indescifrables. Se dirá que ello nada tiene de singular, pues el orbe de Kafka
es el judaísmo, y el de Hawthorne, las iras y los castigos del Viejo
Testamento. La observación es justa, pero su alcance no rebasa la ética, y
entre la horrible historia de Wakefield y muchas historias de Kafka, no sólo
hay una ética común sino una retórica. Hay, por ejemplo, la honda trivialidad
del protagonista, que contrasta con la magnitud de su perdición y que lo
entrega, aún más desvalido, a las Furias. Hay el fondo borroso, contra el cual
se recorta la pesadilla. Hawthorne, en otras narraciones, invoca un pasado
romántico; en ésta se limita a un Londres burgués, cuyas multitudes le sirven,
por lo demás, para ocultar al héroe.
Aquí, sin
desmedro alguno de Hawthorne, yo desearía intercalar una observación. La
circunstancia, la extraña circunstancia, de percibir en un cuento de Hawthorne,
redactado a principios del siglo XIX, el sabor mismo de los cuentos de Kafka
que trabajó a principios del siglo XX, no debe hacernos olvidar que el sabor de
Kafka ha sido creado, ha sido determinado, por Kafka. Wakefield prefigura a
Franz Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es
mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los
justifica. Así ¿qué sería de Marlowe sin Shakespeare? El traductor y crítico
Malcolm Cowley ve en Wakefield una alegoría de la curiosa reclusión de
Nathaniel Hawthorne. Schopenhauer ha escrito, famosamente, que no hay acto, que
no hay pensamiento, que no hay enfermedad que no sean voluntarios; si hay
verdad en esa opinión, cabría conjeturar que Nathaniel Hawthorne se apartó
muchos años de la sociedad de los hombres para que no faltara en el universo,
cuyo fin es acaso la variedad, la singular historia de Wakefield. Si Kafka
hubiera escrito esa historia, Wakefield no hubiera conseguido, jamás, volver a
su casa; Hawthorne le permite volver, pero su vuelta no es menos lamentable ni
menos atroz que su larga ausencia.
Una parábola
de Hawthorne que estuvo a punto de ser magistral y que no lo es, pues la ha
dañado la preocupación de la ética, es la que se titula Earth's Holocaust: el
Holocausto de la Tierra. En esa ficción alegórica, Hawthorne prevé un momento
en que los hombres, hartos de acumulaciones inútiles, resuelven destruir el
pasado. En el atardecer se congregan, para ese fin, en uno de los vastos
territorios del oeste de América. A esa llanura occidental llegan hombres de
todos los confines del mundo. En el centro hacen una altísima hoguera que
alimentan con todas las genealogías, con todos los diplomas, con todas las
medallas, con todas las órdenes, con todas las ejecutorias, con todos los
escudos, con todas las coronas, con todos los cetros, con todas las tiaras, con
todas las púrpuras, con todos los doseles, con todos los tronos, con todos los
alcoholes, con todas las bolsas de café, con todos los cajones de té, con todos
los cigarros, con todas las cartas de amor, con toda la artillería, con todas
las espadas, con todas las banderas, con todos los tambores marciales, con
todos los instrumentos de tortura, con todas las guillotinas, con todas las
horcas, con todos los metales preciosos, con todo el dinero, con todos los
títulos de propiedad, con todas las constituciones y códigos, con todos los
libros, con todas las mitras, con todas las dalmáticas, con todas las sagradas
escrituras que hoy pueblan y fatigan la Tierra. Hawthorne ve con asombro la
combustión y con algún escándalo; un hombre de aire pensativo le dice que no
debe alegrarse ni entristecerse, pues la vasta pirámide de fuego no ha
consumido sino lo que era consumible en las cosas. Otro espectador —el demonio—
observa que los empresarios del holocausto se han olvidado de arrojar lo
esencial, el corazón humano, donde está la raíz de todo pecado, y que sólo han
destruido unas cuantas formas. Hawthorne concluye así: «El corazón, el corazón,
esa es la breve esfera ilimitada en la que radica la culpa de lo que apenas son
unos símbolos el crimen y la miseria del mundo. Purifiquemos esa esfera
interior, y las muchas formas del mal que entenebrecen este mundo visible
huirán como fantasmas, porque si no rebasamos la inteligencia y procuramos, con
ese instrumento imperfecto, discernir y corregir lo que nos aqueja, toda
nuestra obra será un sueño. Un sueño tan insustancial que nada importa que la
hoguera, que he descrito con tal fidelidad, sea lo que llamamos un hecho real y
un fuego que chamusque las manos o un fuego imaginado y una parábola».
Hawthorne, aquí, se ha dejado arrastrar por la doctrina cristiana, y
específicamente calvinista, de la depravación ingénita de los hombres y no
parece haber notado que su parábola de una ilusoria destrucción de todas las
cosas es capaz de un sentido filosófico y no sólo moral. En efecto, si el mundo
es el sueño de Alguien, si hay Alguien que ahora está soñándonos que sueña la
historia del universo, como es doctrina de la escuela idealista, la
aniquilación de las religiones y de las artes, el incendio general de las
bibliotecas, no importa mucho más que la destrucción de los muebles de un
sueño. La mente que una vez los soñó volverá a soñarlos; mientras la mente siga
soñando, nada se habrá perdido. La convicción de esta verdad, que parece
fantástica, hizo que Schopenhauer, en su libro Parerga und Paralipomena,
comparara la historia a un calidoscopio, en el que cambian las figuras, no los
pedacitos de vidrio, a una eterna y confusa tragicomedia en la que cambian los
papeles y máscaras, pero no los actores. Esa misma intuición de que el universo
es una proyección de nuestra alma y de que la historia universal está en cada
hombre, hizo escribir a Emerson el poema que se titula History.
En lo que se
refiere a la fantasía de abolir el pasado, no sé si cabe recordar que ésta fue
ensayada en la China, con adversa fortuna, tres siglos antes de Jesús. Escribe
Herbert Allen Giles: «El ministro Li Su propuso que la historia comenzara con
el nuevo monarca, que tomó el título de Primer Emperador. Para tronchar las
vanas pretensiones de la antigüedad, se ordenó la confiscación y quemazón de
todos los libros, salvo los que enseñaran agricultura, medicina o astrología.
Quienes ocultaron sus libros, fueron marcados con un hierro candente y
obligados a trabajar en la construcción de la Gran Muralla. Muchas obras
valiosas perecieron; a la abnegación y al valor de oscuros e ignorados hombres
de letras debe la posteridad la conservación del canon de Confucio. Tantos
literatos, se dice, fueron ejecutados por desacatar las órdenes imperiales, que
en invierno crecieron melones en el lugar donde los habían enterrado». En
Inglaterra, al promediar el siglo XVII, ese mismo propósito resurgió, entre los
puritanos, entre los antepasados de Hawthorne. «En uno de los parlamentos
populares convocados por Cromwell —refiere Samuel Johnson— se propuso muy
seriamente que se quemaran los archivos de la Torre de Londres, que se borrara
toda memoria de las cosas pretéritas y que todo el régimen de la vida
recomenzara.» Es decir, el propósito de abolir el pasado ya ocurrió en el
pasado y —paradójicamente— es una de las pruebas de que el pasado no se puede
abolir. El pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas,
y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado.
Como
Stevenson, también hijo de puritanos, Hawthorne no dejó de sentir nunca que la
tarea de escritor era frívola o, lo que es peor, culpable. En el prólogo de la
Letra escarlata, imagina a las sombras de sus mayores mirándolo escribir su
novela. El pasaje es curioso. «¿Qué estará haciendo? —dice una antigua sombra a
las otras—. ¡Está escribiendo un libro de cuentos! ¿Qué oficio será ese, qué
manera de glorificar a Dios o de ser útil a los hombres, en su día y
generación? Tanto le valdría a ese descastado ser violinista.» El pasaje es
curioso, porque encierra una suerte de confidencia y corresponde a escrúpulos
íntimos. Corresponde también al antiguo pleito de la ética y de la estética o,
si se quiere, de la teología y la estética. Uno de sus primeros testimonios
consta en la Sagrada Escritura y prohíbe a los hombres que adoren ídolos. Otro
es el de Platón, que en el décimo libro de la República razona de este modo:
«Dios crea el Arquetipo (la idea original) de la mesa; el carpintero, un
simulacro». Otro es el de Mahoma, que declaró que toda representación de una
cosa viva comparecerá ante el Señor, el día del Juicio Final. Los ángeles
ordenarán al artífice que la anime; éste fracasará y lo arrojarán al Infierno,
durante cierto tiempo. Algunos doctores musulmanes pretenden que sólo están
vedadas las imágenes capaces de proyectar una sombra (las esculturas)… De
Plotino se cuenta que estaba casi avergonzado de habitar en un cuerpo y que no
permitió a los escultores la perpetuación de sus rasgos. Un amigo le rogaba una
vez que se dejara retratar; Plotino le dijo: «Bastante me fatiga tener que
arrastrar este simulacro en que la naturaleza me ha encarcelado. ¿Consentiré
además que se perpetúe la imagen de esta imagen?».
Nathaniel
Hawthorne desató esa dificultad (que no es ilusoria) de la manera que sabemos;
compuso moralidades y fábulas; hizo o procuró hacer del arte una función de la
conciencia. Así para concretarnos a un solo ejemplo, la novela The House of the
Seven Gables (La casa de los siete tejados) quiere mostrar que el mal cometido
por una generación perdura y se prolonga en las subsiguientes, como una suerte
de castigo heredado. Andrew Lang ha confrontado esa novela con las de Emilio
Zola, o con la teoría de las novelas de Emilio Zola; salvo un asombro momentáneo,
no sé qué utilidad puede rendir la aproximación de esos nombres heterogéneos.
Que Hawthorne persiguiera, o tolerara, propósito de tipo moral no invalida, no
puede invalidar, su obra. En el decurso de una vida consagrada menos a vivir
que a leer, he verificado muchas veces que los propósitos y teorías literarias
no son otra cosa que estímulos y que la obra final suele ignorarlos y hasta
contradecirlos. Si en el autor hay algo, ningún propósito, por baladí o erróneo
que sea, podrá afectar, de un modo irreparable, su obra. Un autor puede
adolecer de prejuicios absurdos, pero su obra, si es genuina, si responde a una
genuina visión, no podrá ser absurda. Hacia 1916, los novelistas de Inglaterra
y de Francia creían (o creían que creían) que todos los alemanes eran demonios;
en sus novelas, sin embargo, los presentaban como seres humanos. En Hawthorne,
siempre la visión germinal era verdadera; lo falso, lo eventualmente falso, son
las moralidades que agregaba en el último párrafo o los personajes que ideaba,
que armaba, para representarla. Los personajes de la Letra escarlata
—especialmente Hester Prynne, la heroína— son más independientes, más
autónomos, que los de otras ficciones suyas; suelen asemejarse a los habitantes
de la mayoría de las novelas y no son meras proyecciones de Hawthorne,
ligeramente disfrazadas. Esta objetividad, esta relativa y parcial objetividad,
es quizá la razón de que dos escritores tan agudos (y tan disímiles) como Henry
James y Ludwig Lewisohn, juzguen que la Letra escarlata es la obra maestra de
Hawthorne, su testimonio imprescindible. Yo me aventuro a diferir de esas
autoridades. Quien anhele objetividad, quien tenga hambre y sed de objetividad,
búsquela en Joseph Conrad o en Tolstoi; quien busque el peculiar sabor de
Nathaniel Hawthorne, lo hallará menos en sus laboriosas novelas que en alguna
página lateral o que en los leves y patéticos cuentos. No sé muy bien cómo
razonar mi desvío; en las tres novelas americanas y en el Fauno de mármol sólo
veo una serie de situaciones, urdidas con destreza profesional para conmover al
lector, no una espontánea y viva actividad de la imaginación. Ésta (lo repito)
ha obrado el argumento general y las digresiones, no la trabazón de los
episodios y la psicología —de algún modo tenemos que llamarla— de los actores.
Johnson
observa que a ningún escritor le gusta deber algo a sus contemporáneos;
Hawthorne los ignoró en lo posible. Quizá obró bien; quizá nuestros
contemporáneos —siempre— se parecen demasiado a nosotros, y quien busca
novedades las hallará con más facilidad en los antiguos. Hawthorne, según sus
biógrafos, no leyó a De Quincey, no leyó a Keats, no leyó a Víctor Hugo —que
tampoco se leyeron entre ellos—. Groussac no toleraba que un americano pudiera
ser original; en Hawthorne denunció «la notable influencia de Hoffmann»;
dictamen que parece fundado en una equitativa ignorancia de ambos autores. La
imaginación de Hawthorne es romántica; su estilo, a pesar de algunos excesos,
corresponde al siglo XVIII, al débil fin del admirable sido XVIII.
He leído
varios fragmentos del diario que Hawthorne escribió para distraer su larga
soledad; he referido, siquiera brevemente, dos cuentos; ahora leeré una página
del Marble Faun para que ustedes oigan a Hawthorne. El tema es aquel pozo o
abismo que se abrió, según los historiadores latinos, en el centro del Foro y
en cuya ciega hondura un romano se arrojó, armado y a caballo, para propiciar a
los dioses. Reza el texto de Hawthorne:
"Resolvamos
—dijo Kenyon— que éste es precisamente el lugar donde la caverna se abrió, en
la que el héroe se lanzó con su buen caballo. Imaginemos el enorme y oscuro
hueco, impenetrablemente hondo, con vagos monstruos y con caras atroces mirando
desde abajo y llenando de horror a los ciudadanos que se habían asomado a los bordes.
Adentro había, a no dudarlo, visiones proféticas (intimaciones de todos los
infortunios de Roma), sombras de galos y de vándalos y de los soldados
franceses. ¡Qué lástima que lo cerraron tan pronto! Yo daría cualquier cosa por
un vistazo.
"Yo creo
—dijo Miriam— que no hay persona que no eche una mirada a esa grieta, en
momentos de sombra y de abatimiento, es decir, de intuición.
«Esa grieta
—dijo su amigo— era sólo una boca del abismo de oscuridad que está debajo de
nosotros, en todas partes. La sustancia más firme de la felicidad de los
hombres es una lámina interpuesta sobre ese abismo y que mantiene nuestro mundo
ilusorio. No se requiere un terremoto para romperla; basta apoyar el pie. Hay
que pisar con mucho cuidado. Inevitablemente, al fin nos hundimos. Fue un tonto
alarde de heroísmo el de Curcio cuando se adelantó a arrojarse a la hondura,
pues Roma entera, como ven, ha caído adentro. El Palacio de los Césares ha
caído, con un ruido de piedras que se derrumba. Todos los templos han caído, y
luego han arrojado miles de estatuas. Todos los ejércitos y los triunfos han
caído, marchando, en esa caverna, y tocaba la música marcial mientras se
despeñaban…» Hasta aquí, Hawthorne. Desde el punto de vista de la razón (de la
mera razón que no debe entrometerse en las artes) el ferviente pasaje que he
traducido es indefendible. La grieta que se abrió en la mitad del foro es
demasiadas cosas. En el curso de un solo párrafo es la grieta de que hablan los
historiadores latinos y también es la boca del Infierno «con vagos monstruos y
con caras atroces» y también es el horror esencial de la vida humana y también
es el Tiempo, que devora estatuas y ejércitos, y también es la Eternidad, que
encierra los tiempos. Es un símbolo múltiple, un símbolo capaz de muchos valores,
acaso incompatibles. Para la razón, para el entendimiento lógico, esta variedad
de valores puede constituir un escándalo, no así para los sueños que tienen su
álgebra singular y secreta, y en cuyo ambiguo territorio una cosa puede ser
muchas. Ese mundo de sueños es el de Hawthorne. Éste se propuso una vez
escribir un sueño, «que fuera como un sueño verdadero, y que tuviera la
incoherencia, las rarezas y la falta de propósito de los sueños» y se maravilló
de que nadie, hasta el día de hoy, hubiera ejecutado algo semejante. En el
mismo diario en que dejó escrito ese extraño proyecto —que toda nuestra
literatura «moderna» trata vanamente de ejecutar, y que, tal vez, sólo ha
realizado Lewis Carroll— anotó miles de impresiones triviales de pequeños
rasgos concretos (el movimiento de una gallina, la sombra de una rama en la
pared) que abarcan seis volúmenes, cuya inexplicable abundancia es la
consternación de todos los biógrafos. «Parecen cartas agradables e inútiles
—escribe con perplejidad Henry James— que se dirigiera a sí mismo un hombre que
abrigara el temor de que las abrieran en el correo y que hubiera resuelto no
decir nada comprometedor.» Yo tengo para mí que Nathaniel Hawthorne registraba,
a lo largo de los años, esas trivialidades para demostrarse a sí mismo que él
era real, para liberarse, de algún modo, de la impresión de irrealidad, de
fantasmidad, que solía visitarlo.
En uno de los
días de 1840 escribió: «Aquí estoy en mi cuarto habitual, donde me parece estar
siempre. Aquí he concluido muchos cuentos, muchos que después he quemado;
muchos que sin duda, merecen ese ardiente destino. Esta es una pieza embrujada,
porque miles y miles de visiones han poblado su ámbito, y algunas ahora son
visibles al mundo. A veces creía estar en la sepultura, helado y detenido y
entumecido; otras, creía ser feliz… Ahora empiezo a comprender por qué fui
prisionero tantos años en este cuarto solitario y por qué no pude romper sus
rejas invisibles. Si antes hubiera conseguido evadirme, ahora sería duro y
áspero y tendría el corazón cubierto de polvo terrenal… En verdad, sólo somos
sombras…» En las líneas que acabo de transcribir, Hawthorne menciona «miles y
miles de visiones». La cifra no es acaso una hipérbole; los doce tomos de las
obras completas de Hawthorne incluyen ciento y tantos cuentos, y éstos son unos
pocos de los muchísimos que abocetó en su diario. (Entre los concluidos hay uno
— Mr. Higginbotham's Catastrophe [La muerte repetida]— que prefigura el género
policial que inventaría Poe.) Miss Margaret Fuller, que lo trató en la
comunidad utópica de Brook Farm, escribió después: «De aquel océano sólo hemos
tenido unas gotas», y Emerson, que también era amigo suyo, creía que Hawthorne
no había dado jamás toda su medida. Hawthorne se casó en 1842, es decir, a los
treinta y ocho años; su vida, hasta esa fecha, fue casi puramente imaginativa,
mental. Trabajó en la aduana de Boston, fue cónsul de los Estados Unidos en
Liverpool, vivió en Florencia, en Roma y en Londres, pero su realidad fue,
siempre, el tenue mundo crepuscular, o lunar, de las imaginaciones fantásticas.
En el
principio de esta clase he mencionado la doctrina del psicólogo Jung que
equipara las invenciones literarias a las invenciones oníricas, la literatura a
los sueños. Esta doctrina no parece aplicable a las literaturas que usan el
idioma español, clientes del diccionario y de la retórica, no de la fantasía.
En cambio, es adecuada a las letras de América del Norte. Éstas (como las de
Inglaterra o las de Alemania) son más capaces de inventar que de transcribir,
de crear que de observar. De ese rasgo, procede la curiosa veneración que
tributan los norteamericanos a las obras realistas y que los mueve a postular,
por ejemplo, que Maupassant es más importante que Hugo. La razón es que un
escritor norteamericano tiene la posibilidad de ser Hugo; no, sin violencia, la
de ser Maupassant. Comparada con la de los Estados Unidos, que ha dado varios
hombres de genio, que ha influido en Inglaterra y en Francia, nuestra
literatura argentina corre el albur de parecer un tanto provincial; sin
embargo, en el siglo XIX, produjo algunas páginas de realismo —algunas
admirables crueldades de Echeverría, de Ascasubi, de Hernández, del ignorado
Eduardo Gutiérrez— que los norteamericanos no han superado (tal vez no han
igualado) hasta ahora. Faulkner, se objetará, no es menos brutal que nuestros
gauchescos. Lo es, ya lo sé, pero de un modo alucinatorio. De un modo infernal,
no terrestre. Del modo de los sueños, del modo inaugurado por Hawthorne.
Este murió el
dieciocho de mayo de 1864, en las montañas de New Hampshire. Su muerte fue
tranquila y fue misteriosa, pues ocurrió en el sueño. Nada nos veda imaginar
que murió soñando y hasta podemos inventar la historia que soñaba —la última de
una serie infinita— y de qué manera la coronó o la borró la muerte. Algún día,
acaso, la escribiré y trataré de rescatar con un cuento aceptable esta
deficiente y harto digresiva lección.
Van Wyck Brooks, en The Flowering of New
England, D. H. Lawrence en Studies in Classic American Litterature y Ludwig
Lewisohn, en The Story of American Literature, analizan o juzgan la obra de
Hawthorne. Hay muchas biografías. Yo he manejado la
que Henry James redactó en 1879 para la serie English men of Letters, de
Morley.
Muerto
Hawthorne, los demás escritores heredaron su tarea de soñar. En la próxima
clase estudiaremos, si lo tolera la indulgencia de ustedes, la gloria y los
tormentos de Poe, en quien el sueño se exaltó a pesadilla.
