René Rebetez
Gyord sabía que ellos creían ser lo que
no eran. Siempre, en la misma época cada año, se preguntaban el porqué de todo
aquello. Y ese día de diciembre del año innumerable su inquietud fue más
grande, pero guardóse muy bien de traslucirla.
Despertó bien dispuesto. Como responsable
de aquel grupo, su deber era llevar a cabo el trabajo a buen término. Sabía
punto por punto lo que tenía que hacer: comprobó el buen estado de sus miembros
y a manera de ablución, tras el prolongado sueño lavó sus extremidades con
aceite detergente y ejecutó la gimnasia ritual: sus miembros de desperezaron
hasta recuperar la elástica movilidad perpetua. Giró sobre sí mismo repetidas
veces hasta asegurarse del buen comportamiento del giróscopo craneano y revisó
con cuidado, uno por uno, los circuitos servomotores y su cámara de
retroalimentación. Al mismo tiempo que movía rítmicamente sus articulaciones
Gyord musitaba una oración: la remota tradición requería ese ritual en momentos
muy precisos: al despertar del largo sueño, antes de empezar el trabajo, antes
y después de ingerir el alimento, al tomar una decisión no programada y al
tornar a dormir, la letanía debía ser repetida fielmente, ciñéndose a las
reglas marcadas indeleblemente en su interior.
Gyord había intuido que todo esto formaba
parte de su manual de mantenimiento. Con la seguridad de alguien que sabe lo
que hace, se dirigió a los controles y apretó los contactos uno y dos. La
cúpula de la Torre de Control tornóse súbitamente transparente, lo suficiente para
dejar ver el espacio exterior, por entre el polvo acumulado durante el año y la
escarcha invernal.
Afuera la nieve caía lentamente, pero no
hasta el suelo: se derretía al contacto del inmenso cubo protector. La ciudad
entera yacía bajo aquel alero invisible y hasta donde la vista acerada de Gyord
podía alcanzar, se extendía el paisaje cilíndrico de los edificios, aderezados
con los helmintos de las aeroestradas. Blanca y brillante, aureolada por la
cúpula invisible, la ciudad era bella.
Gyord observó cómo la luz de un sol
oculto atravesaba la nieve y se traducía en los colores del prisma bajo la
inmensa cúpula. Los colores pendían de las enhiestas cornisas, tejían flecos y
enredaderas en las paredes lisas y colgaban como nidos de oropéndolas bajo la
luz de los puentes. A pesar suyo Gyord sintió algo parecido a la nostalgia y
alguna célula perdida en su programación murmuró una tonada lejana: era como el
sonido de una antigua caja de música, preservado en su interior con el fin de
motivarlo oportunamente. Una asociación vertiginosa de imágenes, olores viejos,
risas y canciones olvidadas le recordó la inminencia de la Navidad.
Inútilmente buscó en su memoria el
significado perdido. La palabra repercutió en sus circuitos sin encontrar más
respuesta que los conceptos ligados al hábito y las costumbres. A los
calendarios y marcadores del tiempo. Una inquietud indigna de su especie lo
invadió.
Borró los reflejos extraordinarios
dirigiendo su atención a los mandos. Movió ahora los controles tres, cuatro,
cinco y seis, con mano experta. Y esperó.
En varios sitios de la ciudad se abrieron
simultáneamente las fauces de los viejos hangares, grandes puertas giraron
silenciosamente sobre sus ejes o corrieron sobre rieles. De sus entrañas
salieron, como brillantes topos verticales, los del pueblo de Gyord.
Sonrió al verlos de pie, desvalidos y
atentos a sus órdenes lejanas. Movió una palanca y la aguja descendió sobre el
afelpado disco, que comenzó a girar muy despacio.
Los altavoces repartieron por la ciudad
la antigua música: coros de niños humanos, voces agudas y ausentes. Al verlos
reaccionar, Gyord volvió a pensar que ellos creían ser lo que no eran.
Ejecutaron la gimnasia mística, exactamente la misma que llevara a cabo Gyord
al despertar y luego saltaron de automática alegría, bailaron en corros, ruedas
grandes y pequeñas de un gran reloj musical.
Cuando el villancico se detuvo y las
últimas voces infantiles revolotearon finalmente sobre la gran ciudad, Gyord se
encontró palmoteando estúpidamente, al compás de una melodía extinguida. Y los
vio detenerse uno a uno, como muñecos sin fuerza, bamboleándose grotescamente
sobre los pesados pies. Casi con furia, Gyord manipuló otra vez los controles,
impartiendo a su pueblo las órdenes de fin de año.
Se dispersaron por la calidoscópica
ciudad, abordaron los pequeños coches sónicos y partieron por las espirales
autoestradas, se internaron en las entrañas mecánicas y escalaron las cimas de
los edificios ojivales en elevadores silenciosos.
Una vez llegados a bodegas y mansardas, abrieron
arcones y alacenas y muchas viejas bisagras chirrearon de contento. Un olor
tenue y añejo invadió la ciudad. Las manos eficientes urgaron en los viejos
rincones, en los lugares olvidados, salvo una vez cada año, buscaron en el
interior más profundo de los closets, en las entrañas de los viejos armarios.
Extrajeron de allí con infinito cuidado las frágiles esferas multicolores,
penachos de cristal, luminosos hongos rojos salpicados de puntos blancos,
venados de celuloide, casa de papel, pájaros azul y plata de largas colas de
esparto, peces dorados y copos de algodón.
Sacaron de su encierro manadas de
corderos, perros y pastores de cerámica, renos de complicada cornamenta
arrastrando pesados trineos, campesinos semitas vestidos de largas túnicas y
centenares de figuritas de arcilla: nacimientos con madres esbeltas hincadas
ante los recién nacidos invariablemente de un tamaño desproporcionado para su
tierna edad y padres putativos y meditabundos, apoyando la barba sobre cayados
eglógicos.
Desdoblaron las telas embreadas y
construyeron con ellas montañas escarpadas y valles idílicos, regados por
arroyos de papel de estaño que desembocaban en lagos de espejos donde patinaban
patos de baquelita. Gyord envió algunos a los bosques cercanos y regresaron
cargados de musgo, quiches frescos y pinitos esbeltos. La ciudad fue
rápidamente tapizada de una mullida alfombra verde y cada hogar, sin excepción,
tuvo pesebre y árbol de Navidad.
Los objetos emergían ininterrumpidamente
de sus recónditos escondites. Ahora una turba de ángeles polimorfos bate sus
alas de crespón y son clavados como mariposas en techos y paredes. Largas
hileras de festón plateado hacen puentes colgantes por encima de los encerados,
salen por las ventanas de los edificios y se derraman en las calles. Allí la
tribu de Gyord se afana colocando globos multicolores, rostros de Santa Claus,
cintas rutilantes, focos estroboscópicos, réplicas en cartón de flores de
nochebuena gigantes. Las poinsitias de un rojo intenso abren sus corolas en los
extremos de grandes letreros que atraviesan las calles de lado a lado. Dicen lo
mismo en diferentes idiomas, feliz Navidad, Joyeux Noël, Merry Christmas, y
muchas veces agregan en un tipo de letra más pequeño: por cortesía de Tracy’s,
o de camisas Ragón. Wiskey H’Ogar les desea una Feliz Navidad. Fume Mambrú y
tendrá una Navidad más feliz. Las calles eran una fiesta gigantesca y
solitaria.
Cuando cayó la noche, un río de luces
desbordó las avenidas evitando las viejas iglesias, apagadas y mustias. Desde
la Torre de Control, Gyord miró el panorama rutilante que ofrecía la inmensa
ciudad e inevitablemente sintió una profunda nostalgia de algo que no pudo
discernir. Un pensamiento inusitado le repitió que algo andaba mal en su
programación. Si así fuese, todo el trabajo era completamente inútil. Había
algo irremediablemente falso en todo aquello. ¿Cuál era el significado de ese
derroche de colores, de los árboles luminosos, de los pesebres encendidos? ¿Por
qué año tras año repetían todo aquello? ¿Por qué? ¿Para quién?
Porque hacía mucho tiempo que los hombres
habían desaparecido de la Tierra.
Observó en la pantalla de su gran monitor
cómo el pueblo daba fin a los preparativos y se aprestaba a comenzar las
fiestas. Durarían nueve días y nueve noches. Gyord, por primera vez, sintió
deseos de reunirse con su pueblo. Durante mucho tiempo habíase limitado a
cumplir con su labor: simplemente despertaba una vez todos los años y dirigía
los trabajos navideños a control remoto, desde la torre de mando. Sus órdenes
subliminales se limitaban a recordar a cada individuo su programa personal,
moviendo resortes inconscientes y atávicos que los llevaban a efectuar su labor
ansiosamente. Era un Supervisor del Instinto como había muchos a quienes no
conocía. Su labor específica era mantener vivo el espíritu navideño. Los seres
humanos lo habían programado y entrenado milenios atrás como capataz del
inconsciente: grabaron en su disco duro los reflejos que debía supervisar, pero
no incluyeron preguntas ni respuestas.
Y ahora las preguntas, después de tanto
tiempo, eran el resultado inevitable de la repetición, del largo trajín
cibernético. Imaginó la amnesia sufrida por los de abajo después de la
desaparición de los humanos. Ahora los de su pueblo se tomaban por lo que no
eran, es decir, creían ser seres humanos y seguramente ignoraban la existencia
de Gyord mismo y de los Supervisores, aislados en sus torres de mando. Las
fábricas seguían produciendo, la sociedad industrial que había hecho al planeta
inhabitable seguía creciendo, la economía mostraba índices de ascenso sin
parangón y seguía siendo planificada escrupulosamente. La sociedad de consumo
consumía y reciclaba, reciclaba y consumía. Los androides efectuaban los
trabajos que los hombres les habían encargado sin detenerse un instante,
disciplinados y fervorosos sin razón alguna. Construían y demolían, renovaban,
progresaban, mantenían, aumentaban o disminuían sabiamente lo que fuese y en
suma, seguían trabajando para sus ausentes amos, sin saber que ya no estaban.
Gyord sabía esto desde hacía tiempo. Pero
podía soportarlo: al fin y al cabo los androides comen como los hombres,
duermen como ellos o más que ellos y utilizan los adelantos técnicos como ellos
lo hacían. Así que no había una razón perentoria para suspender el curso de su
relativa inmortalidad y dejar de albergar algo así como una esperanza de
retorno de los hombres, el regreso a una esclavitud que diera nuevamente una
razón a sus vidas. Pero ese año el ritual navideño se le antojó una absurda
parodia de los tiempos idos, una burla al pueblo de robots.
Distraídamente inició un lento travelling
con su cámara remota por las calles de la ciudad. Estaban tapizadas de
anuncios. productos que no se usaban hacía siglos enarbolaban sus divisas
publicitarias y vendían a través de la fiesta navideña. «Igual lo hacen el día
de las madres», pensó regocijado. Intentó acercar más el zoom, para observar
con detalle el comportamiento de su pueblo. Pero no fue suficiente. Entonces,
con gesto decidido conectó el control automático, atravesó a zancadas el
recinto y abordó el elevador sónico que lo depositó en tierra en un abrir y
cerrar de ojos.
Salió a la calle y se mezcló con ellos.
Apurados, transitaban con regalos bajo el brazo: como antaño, iban envueltos en
papeles multicolores, estampados de estrellas y de flores. Rostros ansiosos y
gesticulantes, algunos tempranamente enrojecidos por el alcohol. Se detuvo
frente a un escaparate profusamente iluminado. Era una armería de juguetes. Se
acercó y observó las pilas de subametralladoras, pistolas automáticas,
granadas, bazukas, aviones bombarderos, misiles y otros souvenirs arqueológicos
y también los rayos de la muerte, las armas químicas, los explosivos lumínicos
de cabeza de alfiler y toda clase de armas coquetamente adornadas con hojas de
laurel y festones navideños. Un anuncio luminoso pregonaba en caracteres
multicolores: «…Juguetería El Arsenal desea a todos sus clientes una Feliz
Navidad, juguetería El Arsenal desea…», en tanto que una turba apreciable de
androides entraba al establecimiento y salía colmada de juguetes letales.
Anduvo un poco más y sonrió en su
interior al ver la disputa publicitaria entre seis marcas diferentes de toallas
higiénicas femeninas que pretendían ser las más adecuadas para la Nochebuena.
Las farmacias exhibían preciosos displays de condones inflados y pintados como
Papá Noel. Recordó el momento en que los hombres decidieron dejar de procrear,
con el fin de protegerse de las pestes sexuales y de evitar la explosión
demográfica. «Ese fue el principio de su fin», se dijo Gyord, aunque luego se
sintió culpable por juzgar a sus antiguos amos.
Más adelante detuvo a una mujer
literalmente atiborrada de paquetes: regalos, latas de conservas y botellas de
licor. Se mostró fastidiada cuando Gyord le preguntó:
-Perdón, señora. ¿Para qué es todo eso?
-Usted debe estar loco. ¡Para celebrar la
Navidad, por supuesto!
-Y… ¿Qué es la Navidad, señora?
El androide femenino enrojeció de furia.
Arrojó ácido tánico por los ojos encendidos y siguió su camino mascullando
insultos.
Gyord perseveró. Detuvo a un transeúnte,
un androide viejo que caminaba lentamente. Repitió la pregunta:
-¿Qué es la Navidad, señor?
El anciano, una réplica de un ser humano
en la tercera edad, pareció verlo desde muy lejos, los ojos brumosos tras una
bruma de nostalgia. Con una leve inclinación de hombros, respondió:
-No lo recuerdo.
Gyord siguió insistiendo. Un androide
niño le dijo que aquel era el día de recibir muchos regalos y un comerciante
amablemente le explicó que esa era la temporada más productiva del año. Una
joven le preguntó para qué revista trabajaba y mientras posaba para una foto
imaginaria expresaba su inefable opinión: «…la Navidad es algo divertido…»,
dijo, mientras se arreglaba coquetamente la peluca rojiza.
Finalmente un policía se le acercó y le
advirtió en tono admonitorio que dejara en paz a los transeúntes:
-Usted es un tipo raro. Esas preguntas no
se hacen y menos en tiempo de Navidad. Sembrar la duda es un delito de
disolución social. Cada quien tiene pleno derecho a ignorarlo todo. Mejor
váyase. Aquí todos están trabajando o cumpliendo con su deber.
Gyord reconoció el tono que empleaban los
Guardianes de la Democracia. Prudentemente se alejó. En su fuero interno
agradeció al destino no haber sido designado como Supervisor Electoral. Pero
durante ocho días con sus noches vagó por la ciudad observando el espectáculo
de la amnesia colectiva y sintió piedad por las máquinas que semejaban hombres.
Al atardecer del día nono, de regreso a la Torre de Control, una idea subversiva
había tomado forma en sus circuitos servomotores. Bastaba mover una palanca y
ya no habría más celebración navideña. Un leve movimiento y la antigua
tradición, que ya no tenía significado, sería borrada de las memorias
cibernéticas y los androides quedarían para siempre tras las puertas metálicas,
descansando eternamente de su trabajo sin rumbo.
Levantó la mirada hacia el firmamento
nocturno. Más allá de la cúpula gigante, otros mundos enviaban la luz de un
pasado remoto hasta la Tierra sin amos. Tal vez de allí vendrían tarde o
temprano otros seres que recordaran el sentido de la Navidad, despertaran a las
máquinas y comenzara todo otra vez.
Una luz más brillante que las otras llamó
su atención. La estrella azulada parecía aumentar de tamaño mientras se
desplazaba inusitadamente de Oriente a Occidente. La miró largamente antes de
proseguir su camino.
«Tal vez regresen», pensó, mientras
echaba a andar.
Entonces los vio: tres siluetas
majestuosas caminando hacia él. Su corazón sintético se llenó de esperanza. Uno
de los tres Reyes Magos, el negro, preguntó con voz cálida:
-¿Dónde está el nacido Rey de los Judíos?
Porque nosotros vimos en Oriente su estrella y hemos venido con el fin de
adorarle.
Pero luego, casi en un susurro que
permitía intuir el juego de los engranajes, agregó:
-Mateo, capítulo dos, versículo dos,
guión, cuatro.
