La mujer que envejece

 J. M. Coetzee



La mujer está de visita en casa de su hija, en Niza; primera visita en años. El hijo vendrá de Estados Unidos y compartirá con ellas unos días, de paso para algún congreso. Interesante la coincidencia de fechas. La madre se pregunta si hubo alguna complicidad, si no tienen un plan, alguna propuesta que hacerle, el tipo de propuesta que hacen los hijos a una madre cuando sienten que ya no puede cuidarse sola. Es obstinada —deben de haber dicho—, tan obstinada, porfiada, testaruda, ¿cómo afrontar esa testarudez si no lo hacen juntos?

La quieren, desde luego, de lo contrario no estarían tramando planes para ella. De todos modos, ella se siente como aquellos aristócratas romanos cuando esperaban que les alcanzaran la copa fatal, cuando aguardaban que alguien les dijera con el aire de mayor confianza y comprensión que, por el bien público, debían bebería sin chistar.

Siempre han sido buenos hijos, solícitos, dado lo que son los hijos. Si ella ha sido igualmente buena y solícita como madre es otra cuestión. Pero en esta vida no siempre recibimos lo que merecemos. Si quieren equilibrar las cosas, sus hijos tendrán que esperar otra vida, otra encarnación.

La hija dirige una galería de arte en Niza. A todos los fines prácticos, ya es francesa. Y el hijo, con su esposa y sus hijos norteamericanos, pronto será norteamericano para todos los fines prácticos. Después de dejar el nido, los dos han volado lejos. Si no fuera incorrecto, incluso se podría pensar que remontaron vuelo para alejarse de ella.

Cualquiera sea la propuesta que quieran hacerle, seguro será ambivalente: por un lado, cariño y preocupación; por el otro, urgencia sin corazón y el deseo de que llegue el final. La ambivalencia no debería desconcertarla. Ha sido su medio de vida. ¿Qué sería del arte de la ficción si no existiera el doble sentido? ¿Qué sería la vida misma si todo fuera cara o ceca, y no hubiera nada entremedio?

—Lo que me inquieta ahora que voy envejeciendo —le dice al hijo— es oír que salen de mi boca palabras que en otros tiempos solía oír en labios de la gente mayor y me juraba que nunca las diría yo misma. Cosas como a qué hemos llegado. Por ejemplo, «nadie parece darse cuenta ya de que no se dice aplicar a una beca, ¡a qué hemos llegado!»; «la gente camina por la calle comiendo pizza y hablando por teléfono, ¡a qué hemos llegado!».

Es el primer día que él pasa en Niza, para ella es el tercero: un día despejado y cálido de junio, un día que atrae a gente ociosa y pudiente de Inglaterra hacia esa franja costera. Justamente, ahí están ellos dos, paseando por la Promenade des Anglais, tal como cien años atrás paseaban los ingleses con sus sombrillas y sombreros de paja mientras deploraban que el último libro de Thomas Hardy no fuera bueno, y deploraban también la cuestión de los bóeres.

—Deplorar —dice ella—: palabra que no se oye mucho hoy en día. Nadie en sus cabales deplora hoy nada, a menos que quiera hacer el ridículo. Es una palabra proscripta, una actividad proscripta. ¿Qué podemos hacer entonces? ¿Reprimir todos esos sentimientos atascados adentro hasta hallarnos a solas con otros viejos y sentirnos cómodos para desembucharlos?

—Conmigo puedes deplorar todo lo que quieras, mamá —dice John, el hijo bueno y solícito—. Te daré un asentimiento comprensivo y no me voy a burlar. ¿Qué otra cosa querrías deplorar hoy, además de la pizza?

—No deploro la pizza; no hay nada malo en la pizza cuando está en su lugar. Lo que me parece una grosería es caminar y comer y hablar, todo al mismo tiempo.

—De acuerdo, es una grosería; al menos es muy poco elegante. ¿Qué más?

—Eso es todo. No importa lo que yo deploro. Lo que importa es lo que años atrás me prometí no hacer jamás y ahora me encuentro haciendo. ¿Por qué sucumbí? Deploro que el mundo esté como está. Deploro el rumbo de la historia. Desde el fondo del corazón, lo deploro. Sin embargo, cuando me escucho, ¿qué oigo? Oigo a mi madre deplorando la minifalda, la guitarra eléctrica. Y recuerdo mi exasperación: «Está bien, mamá», le decía mordiéndome los labios y rogando que se callase. Por eso…

—Por eso crees que estoy mordiéndome los labios y rogando que te calles.

—Exacto.

—Pero no. Para mí es totalmente aceptable deplorar que el mundo esté como está. En privado, yo mismo lo deploro.

—Hablo de los detalles, John, los detalles. No es que deplore el gran movimiento de la historia; son los detalles lo que me exaspera: ¡la mala educación, la gramática defectuosa, el hablar a los gritos! Los detalles me sacan de quicio, y exasperarme por ese tipo de detalles me lleva a la desesperación. ¡Tan triviales! ¿Me entiendes? Por supuesto que no. Te parece que me estoy caricaturizando. ¡Pero hablo en serio! ¿Entiendes que todo esto puede ser serio?

—Por supuesto. Te has expresado con gran claridad.

—¡No y no! ¡De ninguna manera! Me expreso con palabras y todos estamos hartos ya de palabras. La única manera de probar que uno habla en serio es eliminarse. Lanzarse sobre la espada. Levantarse la tapa de los sesos. Sin embargo, apenas lo digo, sonríes a escondidas. Lo entiendo. Pues no hablo en serio, no totalmente: soy demasiado vieja para hablar en serio. Te matas a los veinte y es una pérdida trágica. Te matas a los cuarenta y es un comentario revulsivo sobre la época. Pero te matas a los setenta y la gente dice: «Pobrecita. Seguro que tenía cáncer».

—Nunca te importó lo que decía la gente.

—Nunca me importó lo que decía la gente porque siempre tuve fe en el futuro. La historia me va a reivindicar, eso es lo que me decía, pero estoy perdiendo fe en la historia tal como marcha, no tengo ya fe en su poder de alcanzar la verdad.

—Para ti, ¿en qué se ha convertido hoy la historia? Ya que estamos, puedo señalarte que, una vez más, te las arreglaste para colocarme en el lugar de chico honesto y hombre honesto, lugar que no me gusta demasiado.

—Lo lamento. Realmente lo lamento mucho. Eso me pasa porque vivo sola. La mayor parte del tiempo mantengo estas conversaciones en la cabeza; es un alivio que haya personas a quienes conversar.

—Interlocutores. No personas. Interlocutores.

—Eso. Interlocutores a quienes conversar.

—Con quienes conversar.

—Interlocutores con quienes conversar. Discúlpame. Cambio de tema. ¿Cómo está Norma?

—Bien. Te manda cariños. Los chicos también están bien. ¿Qué sucedió con la historia?

—Perdió su voz. Clío, la musa que en otros tiempos pulsaba la lira y cantaba las hazañas de los grandes hombres, se ha vuelto endeble y frívola, como esas mujeres tontas. Al menos, eso es lo que pienso a veces. En otros momentos pienso que ha caído prisionera de una banda de matones que la torturan y la obligan a decir cosas que nunca se propuso. Imposible contarte los negros pensamientos que tengo sobre la historia. Se han vuelto una obsesión.

—Una obsesión. ¿Eso quiere decir que estás escribiendo sobre el tema?

—No, no estoy escribiendo. Si pudiera escribir sobre la historia, sería mi manera de superar la cuestión. No. Todo lo que hago es refunfuñar y deplorar las cosas. También deploro mi situación. Me quedé atrapada en un cliché y ya no creo que la historia me haga cambiar de opinión.

—¿Qué cliché?

—El cliché del disco rayado, que dejó de tener sentido cuando desaparecieron los gramófonos y las púas. La palabra que me devuelven desde todas partes como un eco es lúgubre. Su mensaje al mundo es invariablemente lúgubre. ¿Qué significa? Una palabra que sugiere un paisaje invernal y que, de alguna manera, se me ha quedado adherida, como un perro vagabundo que se arrastra detrás de mí dando gañidos y que no consigo echar. Me persigue. Me perseguirá hasta la tumba. Se quedará al borde de la tumba, mirando y ladrando: lúgubre, lúgubre, lúgubre.

—Y si no eres lúgubre, mamá, ¿qué eres?

—Lo sabes muy bien, John.

—Por supuesto, pero de toda maneras, quiero que lo digas. Que pronuncies las palabras.

—Soy la que solía reír pero ya no ríe. Soy la que llora.

Helen, la hija, dirige una galería de arte en el casco antiguo de la ciudad. Por lo que todos dicen, la galería tiene éxito. Helen no es la propietaria; es empleada de unos suizos que dos veces por año bajan de su guarida en Berna para verificar las cuentas y llevarse lo recaudado.

Helen, o Hélène, es menor que John, pero parece mayor. Incluso cuando estudiaba tenía aspecto de persona madura, con esas polleras tubo que llevaba, anteojos de lechuza y rodete. Un estilo que los franceses aceptan e incluso respetan: la intelectual severa y sin pareja. Mientras que en Inglaterra enseguida pensarían que es una bibliotecaria ridícula.

En realidad, no tiene ningún motivo para pensar que Helen no tiene pareja: no cuenta nada de su vida privada, pero la madre le ha oído hablar a John de un affaire que mantiene desde hace años con un hombre de negocios de Lyon que la lleva afuera los fines de semana. Quién sabe, tal vez florezca en esos fines de semana.

No está bien hacer conjeturas sobre la vida sexual de los hijos. De todos modos, la madre no puede creer que una persona que consagra su vida al arte, aunque solo sea a la venta de cuadros, esté totalmente desprovista de algún secreto fuego interior.

Había esperado un ataque conjunto: Helen y John sentados frente a ella exponiéndole lo que habían planificado para su salvación. Pero no, la primera velada en común transcurre muy agradablemente. El tema aparece al día siguiente, en el auto de Helen, mientras viajan hacia el norte, hacia los Basses-Alpes, rumbo a un mesón que ha elegido Helen. John se ha quedado para trabajar en su ponencia para el congreso.

—¿Te gustaría vivir aquí? —dice Helen de pronto.

—¿Qué quieres decir? ¿En la montaña?

—No, en Francia. En Niza. En el edificio donde vivo hay un departamento que se desocupa en octubre. Podrías comprarlo, o podríamos comprarlo entre las dos. Está en la planta baja.

—¿Quieres que vivamos juntas? Es una propuesta demasiado brusca. ¿Estás segura?

—No viviríamos juntas. Serías totalmente independiente, pero si hubiera una emergencia, tendrías alguien a quien llamar.

—Gracias, pero tenemos gente muy competente en Melbourne, gente preparada para atender a ancianos y sus pequeñas urgencias.

—Por favor, mamá, dejemos los jueguitos. Tienes setenta y dos años. Tienes problemas cardíacos. No siempre vas a poder ocuparte de ti misma. Si tú…

—No digas nada más. Estoy segura de que los eufemismos te disgustan tanto como a mí. Podría romperme una cadera, podría ponerme senil; podría quedar postrada en la cama durante años: de ese tipo de cosas estamos hablando. Reconozco esas posibilidades, pero la cuestión para mí es esta: ¿por qué habría de imponerle a mi hija la carga de cuidarme? Supongo que la cuestión para ti es si podrás vivir en paz contigo misma si no te ofreces a cuidar de mí y protegerme, si no lo haces por lo menos alguna vez, con toda sinceridad. ¿He planteado nuestro problema con claridad?

—Sí. Mi propuesta es sincera. Practicable también. Lo hablé con John.

—Entonces no arruinemos este hermoso día con discusiones. Me has hecho tu propuesta, la escuché, y te prometo pensarla. Dejémoslo ahí. Es muy poco probable que acepte, como habrás adivinado. Mi pensamiento va en una dirección totalmente distinta. Hay algo en que los viejos superan a los jóvenes: en morir. A los viejos les atañe morir bien, mostrar a los que siguen cómo puede ser una buena muerte. En esa dirección va mi pensamiento. Me gustaría concentrarme en morir bien.

—Podrías tener una buena muerte en Niza tanto como en Melbourne.

—No es verdad, Helen. Reflexiona un poco y te darás cuenta de que no es verdad. Pregúntame qué quiero decir cuando hablo de una buena muerte.

—¿Qué quieres decir, mamá?

—Una buena muerte ocurre lejos, en algún lugar donde gente extraña se hace cargo de los restos mortales, gente que está en el negocio de las funerarias. De una buena muerte, uno se entera por telegrama: Lamento informarle que… etcétera. Es una lástima que los telegramas hayan pasado de moda.

Helen lanza un bufido exasperado. Siguen andando en silencio. Niza está ya lejos y descienden a un largo valle por una carretera vacía. Aunque ya es verano, el aire es frío, como si el sol jamás penetrara en esas profundidades. La madre se estremece y levanta la ventanilla. ¡Como si ese valle frío fuera una alegoría!

—No está bien morir a solas —dice Helen por fin—, sin nadie al lado que te sostenga la mano. Es antisocial. Inhumano. Falto de afecto. Te pido disculpas por las palabras, pero realmente es lo que quiero decir. Me ofrezco para sostener tu mano. Para estar contigo.

De sus dos hijos, Helen siempre fue la más reservada, la que mantuvo más la distancia. Nunca habló así. Tal vez el auto facilite las cosas, porque el que maneja no tiene que mirar directamente a su interlocutor. Debe recordar eso con respecto a los autos.

—Te agradezco que lo hayas pensado. —Inesperadamente, la voz que sale de su garganta es muy débil—. Lo tendré presente. ¿No sería extraño volver a Francia después de todos estos años para morir? ¿Qué le voy a decir al funcionario de la frontera cuando me pregunte si vengo por trabajo o por placer? Peor, si me pregunta cuánto pienso quedarme… siempre? ¿Hasta el final? ¿Por una temporada breve?

—Para réunir la famille. Entenderá. Para reunir a la familia. Pasa todos los días. No te preguntará nada más.

Comen en un auberge que se llama Les Deux Ermites. Seguramente hay toda una historia que explica ese nombre, pero ella prefiere que no se la cuenten. Aunque se trate de una historia interesante, es muy probable que sea inventada. Sopla un vientecito frío como un cuchillo; las protege un vidrio a través del cual ven los picos nevados. Es principio de temporada: aparte de ellas, solo hay dos mesas ocupadas.

—¿Bello? Sí, desde luego, es bello. Un bello, hermoso país, no hay duda. La belle France. Pero no te olvides, Helen, de la suerte que he tenido, el privilegio de seguir una vocación muy especial. Pude ir de un lugar a otro a mi antojo durante la mayor parte de mi vida. Cuando quise, viví en el seno mismo de la belleza. Lo que me pregunto ahora es: ¿de qué me ha servido toda esa belleza? ¿No será la belleza otro objeto de consumo, como el vino? Uno bebe, lo traga y nos da una breve sensación placentera, embriagadora, pero ¿qué queda? Lo que el vino deja como saldo, con tu perdón, es la orina; ¿cuál es el saldo de la belleza? ¿En qué hace bien? ¿Nos hace mejores?

—Así que esa es la cuestión: si el contacto con la belleza nos hace mejores. Antes de que me des tu propia respuesta, mamá, ¿puedo darte la mía? Creo que sé lo que me vas a decir. Me dirás que toda esa belleza que hubo en tu vida no te ha hecho ningún bien apreciable, que cualquiera de estos días te vas a hallar a las puertas del cielo con las manos vacías y un gran signo de interrogación en la frente. Decir algo así sería muy propio de ti, es decir, de Elizabeth Costello. Creérselo también. Lo que no vas a decir —porque no sería propio de Elizabeth Costello— es que lo que has producido como escritora no solo tiene su belleza, una belleza acotada, desde luego —no es poesía— pero belleza al fin: forma agradable, claridad, economía. Lo que no vas a decir es que lo que has escrito ha cambiado la vida de otros, ha hecho de ellos seres humanos mejores, o algo mejores. No soy yo la única que lo dice. Hay otra gente que dice lo mismo, gente que no es conocida nuestra. Me lo dicen a mí, en la cara. No porque tus obras contengan lecciones sino porque son una lección.

—Como el patinador de agua.

—No sé quién es el patinador de agua.

—Es una especie de mosca de patas largas. Un insecto. Él piensa que está cazando para alimentarse pero, en realidad, sus movimientos describen una y otra vez en la superficie del estanque la palabra más hermosa y trascendental, el nombre de Dios. Los movimientos que hace la pluma sobre el papel también trazan el nombre de Dios, y tú, desde cierta distancia lo ves, pero yo no.

—Si te place decirlo así, pero hay más que eso. Le enseñas a la gente cómo sentir. Por obra de la gracia. La gracia de la pluma que sigue al pensamiento en su andar.

A ella, la teoría que expone Helen le suena bastante antigua, bastante aristotélica. ¿La habrá elaborado ella misma o la leyó en alguna parte? ¿Y cómo se aplica al arte de la pintura? Si el ritmo de la pluma es el ritmo del pensamiento, ¿qué es el ritmo del pincel? ¿Y qué pasa con las pinturas hechas con aerosol? ¿Nos enseñarán a ser mejores? Suspira.

—Es muy tierno de tu parte decir lo que has dicho, tratar de tranquilizarme. Decirme que no es una vida desperdiciada, al fin y al cabo, la mía. Por supuesto, no estoy convencida. Como dijiste, si pudiera convencerme no sería yo misma. Lo que no es ningún consuelo. Como ves, no estoy de buen humor. En este momento, mi vida me parece desacertada de cabo a rabo, y de ninguna manera interesante. Me parece ahora que si una quiere realmente ser mejor, hay maneras de lograrlo dando menos rodeos que eso de llenar miles de páginas con textos en prosa.

—¿Qué maneras?

—Helen, esta conversación no es interesante. De un ánimo sombrío no surgen pensamientos interesantes.

—¿Nos quedamos calladas, entonces?

—Sí, es mejor. Hagamos algo realmente anticuado. Quedémonos sentadas en silencio escuchando al cuclillo.

Pues se oye realmente el canto de un cuclillo en el grupo de árboles que hay detrás del restaurante. Si abren apenas la ventana, la brisa trae claramente el canto: un motivo de dos notas, una más alta y otra más baja, que se repite una y otra vez. Reminiscente —palabra propia de Keats, piensa ella—, reminiscente del estío y la molicie estival. Pájaro odioso, pero ¡todo un cantante! ¡Todo un sacerdote! Cucú, nombre de Dios en la lengua de los cuclillos. Un mundo de símbolos.

Mecidos por la suave calidez de la noche mediterránea hacen algo que no hacían desde que los chicos eran chicos. Están sentados en el balcón del departamento de Helen jugando a las cartas. Juegan al bridge para tres y a lo que ellos llamaban sietes que, según Helen/Héléne, en francés se llama rami.

La idea de jugar a los naipes fue de Helen. Al principio parecía algo raro, artificial, pero una vez que entran en calor, la madre se siente complacida. Qué intuitiva, Helen: nunca habría sospechado que era intuitiva.

Lo que la sorprende ahora es la facilidad con que se deslizan en sus respectivos estilos de juego de hace treinta años. Ella pensaba que lo más lo probable era que cada uno hubiera dejado de lado ese estilo una vez librado de los demás: Helen es temeraria y atolondrada; John un tanto estricto, un tanto previsible, y ella misma, sorprendentemente competitiva si se considera que sus dos contrincantes son de su propia sangre, que incluso el humilde pelícano se desgarraría el pecho para alimentar a sus crías en caso de necesidad. Si hubieran apostado, los habría desplumado. ¿Qué revela eso acerca de ella misma? ¿Qué revela acerca de todos ellos? ¿Índica que el temperamento es inmutable, incorregible, o simplemente indica que las familias, las familias felices, se mantienen unidas gracias a un repertorio de juegos que se juegan con una máscara en la cara?

—Parecería que mis talentos no han decrecido —comenta después de otra mano ganadora—. Disculpadme. Me hace sentir incómoda. —Es mentira, desde luego. No se siente incómoda en absoluto. Se siente victoriosa—. Es curioso ver qué talentos conserva uno con los años y cuáles comienzan a menguar.

El talento que conserva, el que está ejercitando en ese preciso instante, es el de visualizar. Sin el menor esfuerzo mental, puede ver las cartas que tienen sus hijos en la mano, cada una de ellas. Puede ver lo que tienen en la mano; puede ver lo que tienen en el corazón.

—¿Y cuáles son los talentos que te parece estar perdiendo, mamá? —dice cautelosamente el hijo.

—Voy perdiendo —contesta ella como si tal cosa— la capacidad de desear. —Ya que están en el baile, hay que bailar…

—Yo no diría que el deseo implica talento —contesta John tomando animosamente la batuta—. Tal vez intensidad. Tensión. Pero no talento, potencia. El deseo puede hacer que quieras ascender a una montaña, pero no te lleva a la cumbre. No en el mundo real.

—¿Y qué te lleva a la cumbre?

—La energía. El combustible. Lo que has acumulado de antemano.

—Energía. ¿Te gustaría conocer mi doctrina sobre la energía? Es esta: a medida que envejecemos, cada porción de nuestro cuerpo se deteriora o sufre los efectos de la entropía, incluso las mismas células. Aunque estén todavía sanas, las células viejas tienen un tono otoñal. También las células del cerebro: tienen un tinte otoñal.

Así como la primavera es la estación que mira hacia adelante, el otoño mira hacia atrás. Los deseos que concibe el cerebro otoñal son deseos otoñales, nostálgicos, estratificados en la memoria. Ya no los anima el calor del verano; aun cuando sean intensos, su intensidad es compleja, polivalente, se vuelven hacia el pasado más que hacia el futuro.

He ahí el eje de lo que pienso, mi aporte a la ciencia del cerebro. ¿Qué te parece?

—Más que a la ciencia —dice su diplomático hijo—, diría que es un aporte a la filosofía, a la rama especulativa de la filosofía. ¿Por qué no decir simplemente que tu humor es otoñal y dejar las cosas ahí?

—Porque si solo se tratara de humor, cambiaría, como suele suceder con el humor. Saldría el sol y mi humor se tornaría más soleado. Pero hay estados del alma más profundos que el humor. La nostalgie de la boue, por ejemplo, no es un humor pasajero sino un estado. Pregunto: ¿en la nostalgie de la boue, la nostalgie es algo del espíritu o del cerebro? Y respondo: del cerebro. De ese cerebro cuyo origen no está en el reino eterno de las formas sino en la suciedad, en el barro, en el lodo primigenio al cual quiere retornar a medida que se va agotando. Un anhelo material que emana de las células mismas. Un impulso de muerte más profundo que el pensamiento.

Suena bien. Suena exactamente como lo que es, cháchara, pero no como algo descabellado. Con todo, no es eso lo que ella está pensando mientas parlotea. Lo que piensa es otra cosa: ¿Quién habla así con sus hijos, con hijos a quienes probable mente no vea nunca más? También piensa: Este es precisamente el tipo de pensamiento que tendría una mujer en el otoño de la vida. Todo lo que veo, todo lo que digo lleva el matiz de esa mirada hacia atrás. ¿Qué me queda? Soy la que llora.

—¿Te estás dedicando a esos temas ahora, a la ciencia del cerebro? —dice Helen—. ¿Sobre eso estás escribiendo?

Pregunta rara, indiscreta. Helen jamás le dice nada acerca de su propio trabajo. No es que sea precisamente un tema tabú, pero sin duda está fuera de los límites convenidos.

—No. Te aliviará saber que todavía me dedico a la narrativa. Todavía no he descendido a andar pregonando mis opiniones. Opiniones de la dama Elizabeth Costello.

—¿Entonces, otra novela?

—No una novela. Cuentos. ¿Quieren escuchar uno?

—Sí. Hace mucho que no nos cuentas un cuento.

—Bien. Un cuento para mis hijos antes de ir a dormir. Había una vez —pero en nuestra época, no en épocas remotas—, había una vez un hombre que viajó a una ciudad que no conocía, la ciudad X, porque tenía una entrevista por un puesto de trabajo. Una vez a solas en el cuarto del hotel se sentía inquieto, se sentía con afán de aventuras, sentía vaya a saber qué, de modo que tomó el teléfono y llamó a una call girl. Llegó una muchacha que pasó algún tiempo con él. Con ella se sintió libre, más libre que con su esposa, y le pidió ciertas cosas.

Al día siguiente, le fue bien en la entrevista. Le ofrecieron el puesto y él aceptó. A su debido tiempo, se mudó a la ciudad X con toda la familia. Cuando llegó a la nueva oficina, vio de inmediato a la misma chica que había estado en su cuarto; trabajaba allí como secretaria. La reconoció y ella lo reconoció a él.

—¿Y entonces?

—No os puedo decir nada más.

—Pero nos prometiste una historia. Lo que nos dijiste no es una historia; son los prolegómenos de una historia, nada más. Si no continúas, habrás roto tu palabra.

—No tiene por qué ser una secretaria. El hombre acepta el trabajo y pasado un tiempo lo invitan a casa de un colega, a él y a su mujer. La hija del colega les abre la puerta y es, precisamente, la chica que fue al cuarto del hotel aquella noche.

—¿Y? ¿Qué pasa entonces?

—Depende. Quizá no pasa nada más. Quizá sea ese tipo de relato que llega a un punto y no se sabe cómo prosigue.

—Tonterías. Depende ¿de qué?

El que habla entonces es John:

—Depende de lo que sucedió entre ellos en el hotel. Depende de las cosas que él le pidió. En tu relato, ¿cuentas explícitamente qué le pidió?

—Sí.

Los tres se quedan callados. Lo que haga después el hombre de la ciudad X o la muchacha que ejerce la prostitución como actividad complementaria carece ya de importancia. La historia real se desenvuelve en ese balcón donde dos hijos de edad madura se hallan frente a una madre cuya capacidad de alterarlos y consternarlos no se ha agotado todavía. Soy la que llora.

—¿Nos dirás qué le pidió el hombre esa noche? —pregunta Helen sin dar tregua, puesto que no hay nada más que preguntar.

Es tarde, pero no demasiado tarde. Ya no son niños, ninguno de los tres. Para bien o para mal, están todos en ese mismo bote averiado que se llama vida, a la deriva, sin ilusiones salvadoras en un mar de indiferente oscuridad (¡qué metáforas se le ocurren esta noche!). ¿Aprenderán a compartir la vida en ese bote sin devorarse mutuamente?

—Cosas que un hombre puede pedir a una mujer y que a mí me parecerían ofensivas. Aunque tal vez a vosotros, que sois de otra generación, no. Quizás el mundo haya continuado viento en popa y yo me haya quedado en la orilla, deplorando… Y quizá sea ese el meollo del relato: que cuando se ve cara a cara con la muchacha, el hombre, un hombre ya mayor, siente vergüenza, pero para la muchacha que fue al hotel lo que ocurrió solo es parte de su oficio, parte de la vida, parte de las cosas como son.

Los dos hijos que ya no son niños intercambian una mirada. ¿Y eso es todo?, parecen decir. Bastante poco para un relato.

—La chica es muy hermosa —dice ella—. Una verdadera flor. Eso sí os puedo decir. Y el hombre de la historia, Mr. Jones, nunca se había visto en una situación similar, en situación de humillar la belleza, de rebajarla. No era su propósito cuando llamó por teléfono. En ese momento, cuando llamó, no habría adivinado que ese afán bullía en él. El impulso apareció cuando la chica llegó y él vio que era, como ya les dije, una flor. El hecho de que en toda su vida le hubiera faltado la auténtica belleza y de que probablemente le habría de faltar también de ahí en adelante le pareció un insulto. Podría haber gritado para sus adentros: ¡no hay justicia en el universo!, y de ahí en más procedió con resentimiento. No muy buena persona, este Mr. Jones.

—Me parecía, mamá, que tenías dudas acerca de la belleza —dice Helen—, dudas acerca de su importancia. Una atracción barata, solías decir.

—¿De veras?

—Algo parecido.

John se inclina y pone una mano sobre el brazo de su hermana.

—El hombre ese, Mr. Jones, todavía cree en la belleza. Todavía está bajo su hechizo. Por eso la odia y lucha contra ella.

—¿Eso es lo que quieres decir, mamá? —pregunta Helen.

—No sé lo que quiero decir. Todavía no escribí esa historia. Habitualmente, me resisto a hablar antes de que las historias salgan totalmente de la botella. Ahora sé por qué —aunque la noche es cálida, se estremece un poco—: hay demasiada interferencia.

—Que salgan de la botella —dice Helen.

—No hagas caso de lo que digo.

—No es interferencia. Podría serlo si se tratara de otra gente, pero nosotros estamos de tu parte. No puedo creer que no lo sepas.

¿De mi parte? Qué estupidez. Los hijos están en contra de los padres, no de su parte. Pero esta es una noche especial de una semana especial. Muy probablemente no vuelvan a estar juntos los tres, no en esta vida. Tal vez deberían superarse. Tal vez las palabras de la hija vengan del corazón, del corazón auténtico, no del falso. Estamos de tu parte. Y su propio impulso de abrazar esas palabras… tal vez nazca también del corazón auténtico.

—Dime entonces cómo continúo la historia.

—Haz que la abrace —dice Helen—. Que la abrace frente a la familia de ella. Por raro que parezca. Hazle decir «Perdóname por lo que te hice pasar». Haz que se ponga de rodillas ante ella. Que le diga: «En ti rindo culto de nuevo a la belleza del mundo». O algo por el estilo.

—Se parece demasiado al crepúsculo celta —murmura ella—. Demasiado dostoievskiano. No sé si está en mi repertorio.

Último día de John en Niza. Al día siguiente, temprano por la mañana, partirá hacia Dubrovnik para asistir a ese congreso en el cual debatirán, según parece, el tiempo anterior al tiempo, el tiempo posterior al fin del tiempo.

—Hace mucho yo no era más que un chico a quien le gustaba mirar por un telescopio —dice él—. Ahora me tengo que reinventar como filósofo. Incluso como teólogo. Un gran cambio en la vida.

—¿Qué es lo que esperas ver cuando observes por el telescopio el tiempo anterior al tiempo?

—No sé. Tal vez a Dios, que no tiene dimensiones. Escondido.

—Bueno, yo también querría verlo, pero parece que no puedo. Salúdalo de mi parte. Dile que voy a andar por allí cualquier día de estos.

—¡Mamá!

—Lo lamento. Como sabes seguramente, Helen me ha propuesto comprar un departamento aquí. Es una idea interesante, pero no creo que lo haga. Me dijo que tú también tienes una propuesta que hacerme. Tantas propuestas causan una especie de embriaguez. Como si a una le hicieran de nuevo la corte. ¿Qué me propones tú?

—Que vengas a vivir con nosotros a Baltimore. La casa es grande, hay mucho lugar; estamos instalando otro baño. A los chicos les encantará. Será bueno para ellos tener cerca a la abuela.

—Les encantará mientras tengan nueve años y seis. No les gustará tanto cuando tengan quince y doce, y traigan amigos a casa y se encuentren con la abuela arrastrando las pantuflas por la cocina, mascullando a solas, haciendo ruido con la dentadura postiza y despidiendo, tal vez, un olor no demasiado agradable. Gracias, John, pero no.

—No tienes por qué decidirlo ahora. No retiro la oferta. Siempre la mantendré.

—John, no estoy en situación de hacer discursos, viniendo como vengo de una Australia que se babea por cumplir con lo que se le antoja a Estados Unidos. Sin embargo, ten en cuenta que me invitas a dejar el país en que nací para vivir en el vientre mismo del Gran Satán, y que puedo abrigar reservas al respecto.

Ese hijo suyo se detiene y ella se detiene a su lado en medio del paseo. Al parecer, él está pesando las palabras, concentrando en ellas esa masa gelatinosa que hay en su cráneo, que le fue legada como don hace cuarenta años, al nacer. Esas células que no están fatigadas, todavía no, que son suficientemente vigorosas para habérselas con ideas grandes y pequeñas; el tiempo anterior al tiempo, el tiempo posterior al tiempo y qué hacer con una madre que envejece.

—Ven lo mismo pese a tus reservas. De acuerdo, no es la mejor de las épocas, pero ven lo mismo. Con ánimo de paradoja. Además, si estás dispuesta a aceptar una pequeña y amable palabra de reconvención, no te fíes de los grandes pronunciamientos. Estados Unidos no es el Gran Satán. Esos tipos que están en la Casa Blanca no son más que un soplo en la historia. Llegará el momento en que tendrán que irse y todo será como antes.

—¿Entonces, puedo deplorar las cosas, pero no denunciarlas?

—Me refiero a ese aire de superioridad moral, mamá. A ese tono y ese espíritu de superioridad moral. Sé que después de una vida entera dedicada a sopesar cada palabra antes de escribirla, puede ser tentador aflojarse y dejarse llevar por el torrente, pero queda un resabio amargo en la boca. Debes darte cuenta.

—Espíritu de superioridad moral. De modo que suena así. Lo voy a tener presente. En cuanto a las paradojas, según mi experiencia, la primera lección de las paradojas es no confiar en las paradojas. Si te fías de ellas, las paradojas te defraudan.

Lo toma del brazo y reanudan en silencio el paseo, pero no todo está bien entre ellos. La madre puede sentir la rigidez del cuerpo de su hijo, su irritación. Solía enfurruñarse de chico. Y los recuerdos la inundan; las horas que llevaba disipar aquel malhumor infantil. Un chico huraño, hijo de padres huraños. ¡Cómo pudo pensar en vivir con él y con la hermética, reprochona mujer que tiene!

Al menos, se dice, no me tratan como a una tonta, mis hijos. Al menos me hacen ese honor.

—Basta de discusiones —dice (¿trata de convencerlo?, ¿es una súplica?)—. No nos amarguemos hablando de política. Estamos a orillas del Mediterráneo, cuna de Europa, en una templada noche de verano. Permíteme decirte una sola cosa: que si tú y Norma y los chicos ya no pueden soportar más a Estados Unidos, si no pueden tolerar esa vergüenza, la casa de Melbourne es también de ustedes, como siempre lo ha sido.

Pueden venir de visita, pueden venir como refugiados, pueden venir para réunir la famille, como dice Helen. ¿Qué te parece si vamos a buscarla, caminamos hasta ese pequeño restaurante de la avenida Gambetta que a ella le gusta tanto y disfrutamos juntos de una linda cena?
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