Hay algo ahí afuera

 Nadine Gordimer


Stanley Dobrow lo fotografió con la Canonball, una de las tres máquinas de fotos que le regalaron por su barmitzvah. De verdad. Te lo prometo, dijo —con la frase con la que los niños juran que dicen la verdad refiriendo al futuro algo que ya ha ocurrido. Sus amigos Hilton y Sharon también lo vieron: Stanley salió disparado de la piscina, atravesó la casa a la carrera, dejando huellas de pies mojados en la alfombra nueva de la escalera y cogió su Canonball Sureshot.

Lo único que salió fueron dos copas de árboles que se agitaban.

Cuando otras personas declararon haberlo visto —o algo parecido: hubo referencias a eso en otras zonas residenciales, muy alejadas— y el hermoso gato persa de una persona y el dachshund de catorce años de otra aparecieron magullados y muertos, el padre de Stanley lo creyó y llamó a un periódico para informar del testimonio de su hijo. Un depredador merodea por los barrios residenciales era el titular que propuso un universitario recién contratado como subredactor.

El jefe de redacción encontró que «depredador» era una palabra demasiado elevada para un periódico dominical de gran tirada y la sustituyó por «animal salvaje», añadiendo el signo de interrogación al titular. El informe aseguraba que un colegial de trece años había sido el primero en ver a la criatura y había intentado fotografiarla. El nombre de Stanley, que había perdido una sílaba cuando su bisabuelo Leib Dobrowsky había llegado de Lituania en 1920, estaba mal escrito y aparecía como «Dobrov». Su madre lo corrigió cuidadosamente en los recortes que envió a su suegra, a una prima en el extranjero y a los parientes que le habían regalado la máquina. La gente llamaba por teléfono: ¡Me he enterado de que vuestro chico ha salido en el periódico! ¿Qué es lo que vio?

Un veterinario dijo que las marcas de dientes en los animales muertos, Natasha, perteneciente a la señora Sheena Me Leod y el amado «Fritzie» de la familia Bezuidenhout, se correspondían con el tipo de mordisco de un gato salvaje. Hace menos de cien años, la viverra civetta debía de haber sido una especie muy común en las colinas que rodeaban la ciudad; a veces la naturaleza volvía por sus fueros, olvidaba el tiempo y sobrevivía a las autopistas de ocho carriles, regresando a sus lugares ancestrales. El veterinario recordó el intento suicida por parte de dos elefantes que salieron en busca de los antiguos territorios de apareamiento y trataron de atravesar a nado el Lago Kariba, bajo cuyos cinco mil kilómetros cuadrados de mar artificial estaban sepultados los senderos de los viejos rumiantes. Un antiguo propietario de una tienda de animales domésticos escribió a la sección de lectores para decir que, en su opinión, el animal era sin duda una mono vervet domesticado que se había escapado. Los que lo habían visto insistían en que pertenecía a una especie más grande, aunque lo más probable es que fuera un mono. Stanley Dobrow y sus dos amigos describieron la cara entre los árboles reflejada al lado de ellos en la superficie de la piscina: una cara oscura con ojos «hundidos». No se pusieron nunca de acuerdo sobre si lo que rompió la imagen fue el salto de Stanley fuera del agua o el avance del aparato que se deslizaba por la superficie limpiando la piscina.

En cualquier caso, era un cambio agradable respecto del tipo habitual de noticias, en estos días. Todo eran huelgas, intercambio de insultos entre facciones de lo que antes había sido un poder en el que se podía confiar, disputas sobre fronteras que, teóricamente, habían dividido la paz y la prosperidad entre todos, revueltas estudiantiles, granjeros descontentos con los bajos precios, consumidores que pagaban más por el pan y el maíz, más insultos, éstos en forma de boicots y censuras del extranjero, más allá de las aguas territoriales agotadas en su riqueza pesquera. Se decía que la industria pesquera local estaba en la ruina a causa de los rusos que invadían esas aguas (las mismas malas noticias de siempre).

Pero este acontecimiento estaba causando sensación en todas las zonas residenciales de Johannesburgo: era el tipo de noticia que se publicaba antes, antes de que los periódicos empezaran a llamar a los negros «señor», y a publicar las cosas terribles que los comunistas les habían enseñado a decir sobre el hombre blanco. Esas viejas y estupendas historias de calabazas gigantes y —la señora Naas Klopper lo recordaba divinamente cuando era pequeña—, ese león que vivía con un foxterrier en su jaula en el zoo de Johannesburgo, este mono o lo que fuera le permitía a uno imaginar cosas de nuevo, tener algo de que hablar, era algo que tenía que ver con la propia vida de uno, te podía ocurrir a ti (imagínate, qué susto, ver una cosa así, una criatura extraña irrumpiendo en tu propio jardín), no como todo lo demás, que ocurría en otras partes, donde uno nunca había estado ni estaría, en las Naciones Unidas allá en Nueva York o en los barrios negros, como Soweto.

La señora Naas Klopper (siempre se presentaba así, aunque su nombre era Hester) leyó en Die Transvaaler lo referente a la criatura de los barrios residenciales de Johannesburgo mientras esperaba que se hiciera el arroz para el almuerzo. Se sentó en el salón de dos niveles de su encantador hogar del cual era serenamente consciente y que Nass había construido según las ideas artísticas de ella cuando había empezado a ganar dinero con su agencia de venta de fincas y parcelas agrícolas, hacía quince años. Rodeada de varios acres en las afueras de una ciudad satélite de provincias, donde prosperaba la Klopper’s Eiendoms Beperk, la casa tenía todas las características de las prósperas casas de las afueras de Johannesburgo o de Pretoria. El arroz hervía en una cocina repleta de electrodomésticos con un horno alto de microondas y un armario congelador. Los cuartos de baño rosa y verde respectivamente, adornados con macetas, estaban incorporados a los dormitorios. El salón donde estaba sentada en un sofá de terciopelo de nylon tenía persianas de plástico así como visillos y cortinas a juego con el sofá y la tapicería de las doce sillas de la zona comedor la había hecho la propia señora Naas Klopper, con un diseño de pastoras y cortesanos; los cuadros de flores secas y conchas eran también obra suya, había hecho a ganchillo las cuerdas de las que pendían las plantas sobre los muebles de médula que había en el porche acristalado y en un viaje a las cataratas de Victoria, cuando Rodesia aún era Rodesia, había comprado las placas de cobre amartillado. El aparato de televisión estaba oculto tras la puerta labrada de un mueble a la medida. Había taburetes en torno al minibar que tenían también un toque original: estaban tapizados no exactamente con piel de cebra más o menos de moda sino con pieles de impalas que el propio Naas había cazado. Fuera había una piscina en forma de paleta de pintor igual a aquélla en la que Stanley y sus amigos, a cuarenta kilómetros de distancia de Johannesburgo, habían visto la cara.

Sin embargo, aunque la casa encantadora era igual de buena que cualquier otra casa encantadora moderna de la ciudad, tenía algo de la opresora melancolía de la granja en la que Naas había pasado su infancia. Nunca traía a la memoria o hacía la menor reflexión sobre esa infancia porque había dejado todo eso atrás; estaba al otro lado de la división que la historia había abierto entre el granjero y el comerciante, el pasado cuando los Boers eran gentes rurales y los Vitlanders[3] se ocupaban del comercio, y el presente cuando los afrikaners gobernaban un estado industrializado y se habían convertido en empresarios, agentes de bolsa, cerveceros millonarios —todos los sinónimos de comerciantes. Cuando empezó a planear las paredes que albergarían las ideas artísticas de su mujer, una concepción de oscuridad, de largos y desolados pasillos que lo habían cercado en la casa de su madre y de su abuela impuso poco a poco sus proporciones en torno a las ideas. Se cruzó con la señora Naas ahora en el oscuro y desnudo pasillo que llevaba a la cocina, a la que ella se dirigía para escurrir el arroz. Nunca usaban la puerta principal, excepto para las visitas; al parecer había visitas: Ah, Hester, ¿puedes hacer rápidamente algo de café o de té?

—Estoy preparando la comida. Está ya todo listo…

Había en él algo poco natural, postizo, que ella asociaba desde hacía mucho tiempo con «el trabajo». No le había dado tiempo de quitárselo, como un hombre se quitaría el sombrero al entrar en la cocina desde el coche en el patio. —Bueno, ¿de qué se trata?

—Gente a la que le interesa la casa de Kleynhans. Están en el coche ahora. Una pareja joven. Abre la puerta principal.

—¿Por qué té?

—Hablan inglés.

Un hombre de negocios piensa en todo, su mujer sonrió. Y una buena ama de casa está siempre preparada. Sus pies arqueados por los altos tacones que llevaba la llevaron a correr el cerrojo de la puerta labrada a mano de estilo español; mientras su marido tiraba de la cadena y salía de nuevo por la cocina, ella bajó las latas de galletas llenas de bizcochos y galletas caseras, cubiertas de azúcar para todos los gustos, ingleses y de cualquier otro tipo. El agua hervía y las tazas estaban colocadas sobre una bandeja con un mantelillo bordado antes de notar los cuerpos que cruzaban la entrada principal. No tenía servicio permanente —la mujer del jardinero venía a limpiar tres veces por semana y la lavandera trabajaba fuera, en el lavadero— y siempre notaba en el acto, incluso si no se hacía ningún ruido, cuando el espacio de su encantadora casa, ambientado con olor a pino, era desplazado por otro cuerpo que no fuera el suyo propio.

La voz de Naas, hablando inglés, como lo hablamos los afrikaners (pensó ella), convirtiéndolo en una lengua más suave, más amable de lo que es, es la única que distinguía procedente del salón. Cuando se detuvo, quizá ellos se limitaban a sonreír para llenar el hueco, quizá eran tímidos.

Un hombre joven se levantó para sujetar la bandeja en el momento en que ella entró; sí, silencioso, torpe, cortés —muy bien educado. Las presentaciones fueron un poco confusas, Naas no parecía seguro de haber entendido bien el nombre y ella, la señora Naas, tuvo que decir en su inglés, acogedor y amistoso, dirigiéndose a la muchacha: ¿Cuál es su nombre, que no lo entendí bien? Y el muchacho contestó por su mujer:

—Anna.

La señora Naas se rió.

—Ah, Anna. Ése es un buen nombre afrikaner también, ¿no? Pero ¿el apellido?

—Mi nombre es Charles Rosser. Buscaba ansiosamente un lugar donde depositar la bandeja. La señora Naas lo guió a una de las mesitas de café retirando un jarrón de flores.

—¿Lo toma usted con leche y azúcar, señora Rosser? También tengo limón, de nuestros propios limoneros…

La joven no esperaba ser servida: era gente verdaderamente bien educada. Estaba ahí, de pie para ayudar a servir a los hombres, alta y ¡qué delgada! Se le notaban los huesos de las caderas a través de la arrugada falda de algodón, una de esas faldas indias que llevan todas las chicas hoy a todas horas. Llevaba gafas. Tenía una nariz larga y estrecha, que estropeaba el conjunto de la cara, que era bastante agradable si no fuera por la nariz; llevaba un poco de sombra azul en los párpados y la frente tirante por el pelo rubio liso cogido en lo alto.

—Resulta muy cansado buscar una vivienda (Naas dominaba el vocabulario del agente inmobiliario, en inglés, rara vez se le pillaba diciendo «casa» cuando existía un término más profesional). Es una tarea que da sed.

El joven se detuvo a mitad del largo trago. Sonrió a la señora Naas:

—Es muy de agradecer.

—Es un placer. Cuando voy de compras por la ciudad, le aseguro que vuelvo a casa agotada. Por eso hemos hecho la casa aquí; le dije a mi marido, no va a haber más que coches, motocicletas…

—¡Y eso era hace quince años! Ahora es la locura, los viernes y los sábados con todos esos autobuses bantúes, que van a la ciudad desde los barrios negros, con papeles y latas de cerveza tirados por todas partes (Naas ofreció bizcochos y galletas de nuevo), por eso es muy acertado que busquen ustedes algo más en las afueras —no aislado, por supuesto, porque su señora tendrá que ir al supermercado, y esas cosas y no conviene estar aislado.

—Yo debo decir que nunca me siento aislada.

A su mujer le gustaba apoyarlo:

—Aquí hay paz y tranquilidad y siempre tengo en qué ocuparme.

Naas dijo como si no se lo hubiera mencionado ya:

—Vamos a echar un vistazo a la casa de Kleynhans.

—Ah, creí que veníais de ahí.

—Vamos a ir ahora mismo. Es que pensé que por qué pasar por delante de nuestra casa sin tomar al menos una taza de té.

—¿Hay alguien allí?

—Sólo el hombre que cuida el jardín y demás.

Cuando hablaban en inglés, les parecía que sonaba como el diálogo de un serial de televisión. Y la pareja estaba ahí muda, como los nietos Klopper ante el mueble de televisión cuando vinieron a pasar una noche.

—¿Le lleno la taza otra vez? De pie junto a ella con la taza en la mano, el muchacho le recordaba no a Dawie, que tenía los ojos castaños de Naas —no se parecía nada a su lado de la familia sino a Herman, el hijo de su hermana Miemie. La misma barba, joven, rubia y reluciente, tan viril, que crecía como una planta al mirarla. La nariz sonrosada y chata. Incluso los labios, rojos y cortados por el sol como los de un niño.

—¡Vamos! Tome más galletas, por favor, sírvase… ¿Y la señora Rosser? Por favor, hay otra lata llena en la cocina. Me olvido de que no hay niños en la casa y siempre hago demasiadas cada vez.

Era una joven tímida: por fin logró que esbozara una sonrisa.

—Gracias, tomaré un bizcocho.

—Me alegro de que le gusten mis bizcochos. Es una vieja receta familiar. Les gustará la casa de Kleynhans, a mí siempre me ha gustado, ¿verdad, Naas? A menudo le digo a mi marido, ése es el tipo de casa que deberíamos tener. Ésta es una casa encantadora, por supuesto que no la cambiaría por nada, pero resulta tan grande, ahora demasiado grande para dos personas. Da mucho trabajo, yo lo hago todo, no quiero a nadie en la casa, no me gusta esa historia de poner bajo llave el azúcar y el té —no, prefiero hacerlo yo todo. No puedo soportar la sensación de que los tengo a mis espaldas todo el tiempo.

—Pero no hay nada que temer en esta zona.

Naas no la miró pero corrigió su derrotero con un toque de las invisibles señales que da la larga familiaridad.

—No, claro que no. Éste es un lugar muy seguro para vivir. Yo estoy sola todo el día, sólo está la perra en el patio y ya es tan vieja —¿se despertó siquiera y fue a la parte delantera cuando llegaron ustedes?— ¡pobre Ounooi! Es un lugar seguro, no como el otro lado de la ciudad, cerca de los barrios negros. Allí no puedes conservar ni la manga de riego, ni la valla en torno a la casa —vienen y se lo llevan todo— pero en este lado nadie les causará molestias.

Quizá el joven no estaba del todo tranquilo. —¿A qué distancia están los vecinos más próximos?

—No, no muy lejos. Está Reynecke a unos tres o cuatro kilómetros, al otro lado de la colina… Hay una bonita colina, un auténtico trozo de veld, en la parte sur de la propiedad.

—¿Y por los otros lados? ¿Frente a la casa? El joven miró a su mujer, que tenía los pies juntos bajo su larga falda, mirando la taza que mantenía en equilibrio sobre el regazo, distraída; entonces sonrió al señor y a la señora Naas.

—No queremos vivir en el campo y que, al mismo tiempo, nos moleste el ruido de los vecinos.

Naas se rió, con una mano en cada rodilla, echando hacia delante su cabeza con aire amistoso; a lo largo de los años había desarrollado un serie de gestos que marcaban cada etapa en la conclusión de un negocio, igual que cada cláusula forma parte de un contrato.

—No oirán otra cosa que los pájaros.

Un jueves por la tarde, los doctores Milton Caro, patólogo, Grahame Fraser-Smith, cirujano maxilo-facial, Arthur Methus, ginecólogo y Dolf van Gelder, cirujano ortopédico, se encontraron en el Campo de Golf de Houghton. Los doctores, Caro, Fraser-Smith, Methus y van Gelder eran todos distinguidos especialistas en sus campos respectivos, con títulos universitarios extranjeros así como del país y no estaban a disposición de los enfermos a todas horas y todos los días, como un médico general cualquiera. En realidad, dado que tantos especialistas más jóvenes han emigrado para ocupar puestos en países más seguros —América, Canadá, Australia— los pacientes sufren a veces el contratiempo de recuperarse espontáneamente antes de acudir a la cita que han tenido que hacer con una antelación mínima de tres meses. Otros puede que se hayan muerto, en cuyo caso no se aplica la regla de la Asociación Médica según la cual las citas a las que no se acude se cobran de todos modos.

Estos médicos no tienen consulta los jueves por la tarde. El cuarteto, miembro desde hace mucho tiempo del Club Houghton, tienen el acuerdo desde hace casi el mismo largo tiempo de empezar a jugar a las dos de la tarde (Caro y van Gelder también dan largos paseos juntos, con gruesos bastones, los domingos por la mañana. A Van Gelder le gustaría que se declarara el jogging como una actividad susceptible de castigo, como conducir borracho, por ejemplo. Está harto de ver demasiados casos de inflamación del tendón de Aquiles, de Chondromalacia patellae causada por el deslizamiento repetido de la rótula sobre el fémur y, por supuesto, de problemas crónicos de ligamentos, especialmente en pacientes con pies planos, dolencias todas atribuibles al jogging). Esta tarde, en concreto, Fraser-Smith y van Gelder estaban en plena forma y Methus estaba resultando una pareja poco eficaz para Caro. Es el hecho de tener un hándicap imprevisible lo que les proporciona el placer de su mutua compañía. El estilo de su comunicación es la burla; sin equivocaciones, no habría motivo para las bromas. Este jueves surgió una oportunidad suprema porque no fue Methus, en su fase de torpeza total, quien lanzó la pelota contra un grupo de árboles, sino Fraser-Smith, quien en el agujero anterior había hecho dos bajo par. Van Gelder gruñó. Fraser-Smith se maldijo a sí mismo con un aire asombrado que aumentó el regocijo bromista de Caro y Methus. Y entonces Caro, que había observado dónde había caído la pelota, en la sombra, se dirigió apaciblemente con Fraser-Smith, que era corto de vista, hacia los árboles. Fraser-Smith, que seguía maldiciendo con buen humor, se metió entre los árboles siguiendo las indicaciones de Caro.

—¿A qué lado de los matorrales? ¿Aquí? Nunca encontraré la puñetera pelota. En el Guy’s Hospital, treinta años antes, adquirió un repertorio de palabrotas británicas que nunca se había permitido olvidar.

Caro, a pesar de la Clínica Mayo y de su distinguida participación en congresos internacionales de medicina forense, lo llamó con el áspero y lento acento del hijo de un tendero judío cuya primera escolarización había sido en afrikaans. —Pero hombre, ¿quieres que vaya y la golpee yo por ti? Tiene que estar ahí mismo, a la izquierda, hombre.

Justamente donde los dos hombres miraban, alguien —algo, que debía haber estado agazapado se levantó, una forma cortada por las formas de los árboles: hubo un instante en que ellos y la cosa tuvieron conciencia de su mutua presencia. Y entonces aquél o aquello desapareció, entre un ruido suave y confuso de ramas y arbustos aplastados. Caro gritó —ridículamente, como fue el primero en advertir: ¡eh, eh!

—Bueno (ahora estaban adornando la historia en el Club), pensé que había cogido la pelota de Grahame e iba a darle las gracias, porque Methus y yo estábamos jugando como un para de payasos, y necesitábamos un poco de jaleo para salir de…

Fraser-Smith estaba seguro de que la criatura se había subido a un árbol, aunque cuando el cuarteto fue a mirar donde él creía que había trepado, no había nada. Methus dijo que si no fuera por todas las historias que estaban leyendo en los periódicos, ninguno de ellos habría concebido la loca idea de que fuera otra cosa que un hombre —uno de esos negros en paro, los dronkies que tenían sus sesiones de bebida ahí; ¿no era cierto que eran un problema para los guardias, porque no había valla capaz de mantenerlos a ellos y sus basuras fuera del terreno? Había las habituales latas vacías de cerveza bajo el árbol donde Fraser-Smith dijo que… —En cualquier caso, los periódicos hablaban de un mono y los cuatro vimos que esto era algo grande… un negro, eso es todo, y se llevó un buen susto… ya sabéis que no se puede distinguir bien una cara negra entre las hojas, en la sombra.

Caro dijo, en un aparte:

—Un negro cagando exactamente…

Pero Van Gelder no estaba seguro. Nadie había visto en el momento en que la criatura había mirado al cuarteto y el cuarteto la había mirado a ella, una cara, ropas discernibles, miembros. Van Gelder había observado el modo de andar y en el modo de andar van Gelder interpretaba los huesos. —No era un mono. No era un hombre. Era un babuino.

La pareja no hablaba mucho, ese día en que Naas Klopper les enseñaba la propiedad de Kleynhans. En su experiencia, eso era una mala señal. Los clientes que se sentían atraídos en el acto por una propiedad siempre se creían muy astutos ocultando su interés en comprar bajo una serie de comentarios negativos calculados para hacer bajar el precio. Saltaban sobre las desventajas de todos y cada uno de los rasgos del aspecto y de la construcción. Esto quería decir que se podía dar por finalizado el contrato. Los que no decían nada eran aquéllos a los que no les había gustado nada la propiedad o —como si pudieran leer sus pensamientos, porque, qué diablos, hombre, él era perro viejo en este juego y nunca se le escapaba una palabra de más— comprendían por alguna extraña razón que era un mal negocio. Cuando la gente le seguía en silencio, Naas llenaba ese silencio él solo, cada paso y cada segundo, golpeando con la mano la bomba de agua de cuyas características, volumen de agua por hora, etc, no ahorraba detalle, abriendo puertas de armarios atascados y rascando las paredes con la uña del pulgar, teñida de blanco en la operación, acompañando todo ello de un parloteo sobre la cantidad de sitio para guardar cosas y la impecable condición, y durante todo ese rato lo único que quería era dar la vuelta y pastorear a la gente fuera de la puerta de entrada para que no le hicieran perder el tiempo.

Pero esta muchacha no tenía la cara ausente de las esposas que han decidido no dejar comprar a sus maridos. Naas sabe lo que interesa a las señoras. No se dan cuenta de si las tuberías están podridas o si la conducción eléctrica es vieja y peligrosa. Lo que les interesa es ver cocinas amuebladas y si el nuevo tresillo quedará bien en lo que será el salón. Cuando señaló el porche acristalado que podría resultar una agradable habitación de costura y cosas así, o un cuarto de juegos (pero supongo que no tienen niños, todavía no, ¿verdad?) la muchacha lo miraba todo obedientemente a través de sus grandes gafas redondas como si estuviera recibiendo instrucciones. Y el salón, que era bastante original (dos habitaciones pequeñas de la vieja granja de los años 20 que se habían unido) con la mitad del techo adornada con motivos de plomo prensado y la otra mitad «modernizada» con vigas de pino y una rueda de carro de bueyes convertida en lámpara —la joven sonrió, enseñando unos dientes magníficos, y asintió lentamente mientras giraba sobre sus talones mirando toda la habitación.

Y lo mismo fuera, con el marido. A éste le interesaban los edificios exteriores, por supuesto. Un estupendo cobertizo, en el que cabían dos coches —ahora, naturalmente, estaba lleno de trastos; cuando una casa lleva tiempo vacía, con sólo un hombre a su cuidado, el viejo empleado de Kleynhans y sus ciento y un adláteres, mujer, niños y todo tipo de parentela… Pero se lo limpiaremos, eso no es problema. Naas llamó al hombre, pero el cobertizo donde se le había permitido vivir estaba cerrado, con un viejo candado en la puerta. —Se ha ido a alguna parte. No está nunca aquí cuando vengo, así es como cuida la propiedad. Bueno, me hubiera gustado enseñarles la habitación, pero me imagino que no importa, es la típica habitación de sirvientes… quizá ustedes no quieran tener a nadie, como la señora Klopper, quizá prefieran arreglárselas solos. Especialmente como son ustedes extranjeros…

El joven marido preguntó qué tamaño tenía la habitación y si, ya que el cobertizo no tenía tejado, no había otro almacén cubierto.

—Ah, como les dije, es la típica habitación del criado, no muy pequeña, no. Pero pueden cubrir con ladrillos el cobertizo si lo desean, les puedo enviar albañiles competentes, no costará mucho. Y están esas dependencias para cerdos, Kleynhans crió cerdos hace tiempo. Limpiarlas no será ningún problema. Pero, hombre, estoy seguro de que si ha sido usted granjero en Inglaterra tendrá usted práctica ¿no? ¿Está usted acostumbrado a hacer reparaciones y tal? Por supuesto. Y aquí no cuesta mucho conseguir que venga alguien a ayudar… Por cierto (levantó la cabeza tímidamente) usted y su mujer no hablan como los ingleses de Inglaterra…, hablan más bien como los ingleses de aquí.

La mujer miró al marido y esta vez fue ella la que contestó inmediatamente en su lugar:

—Bueno, no. Porque en realidad somos australianos. Los australianos hablan un ingles muy parecido al de los sudafricanos.

El marido añadió:

—Hemos vivido en Inglaterra, eso es todo.

—Ah, eso me parecía. Pensé: bueno, si son ingleses, son de alguna parte donde la gente habla de una manera que no conozco. Naas sintió, con un rubor de seguridad, que hacía progresos con la pareja.

—Australianos, eso está muy bien. Un buen país. Muy parecido al nuestro. Sólo que sin nuestros problemas ¿eh? —(Naas se permitió una pausa y meneó la cabeza con una exclamación, aunque tenía la regla de no hablar nunca de política con los clientes)—. Hay mucho intercambio de ganaderos entre Australia y Sudáfrica, de ganado lanar. Creo que fue el año pasado, mi hermano recibió a unos granjeros australianos que lo visitaron en su granja en el Karoo. Ésa es nuestra mejor zona de ganado ovino. Incluso les encargó un carnero. ¡Seis mil dólares australianos! Una barbaridad de dinero ¿no? Ah, pero qué animal. Deberían haberlo visto, ¡una hermosura!

En la casa ni el marido ni la mujer observaron que el borde de porcelana de la cisterna del retrete estaba roto y Naas, generosamente, les llamó la atención sobre ello. —Les pondré una nueva, barata, conozco unos tipos judíos que venden aparatos sanitarios y que siempre me hacen favores. Si necesitan ustedes algo en ese terreno, no tienen más que decírmelo.

En el jardín, finalmente (Naas nunca dejaba que los clientes se entretuvieran en un jardín antes de entrar en una casa que llevaba mucho tiempo vacía, porque un jardín descuidado decepciona mucho a la gente) notó un aumento de interés en la joven pareja. Caminaron alrededor de los muros de la casa, entornando los ojos para mirar la vista desde todos los lados mientras Naas trataba de levantar un arco caído de la pérgola de alambre que quedaba de los días que aún vivía la señora Kleynhans. Para decir la verdad, la vista no era gran cosa. Aparte de la colina detrás de la casa, no había más que veld pelado, con trozos negros, quemados, ahora, antes de las lluvias. Al viejo Kleynhans le gustaba vivir aislado en este desolado terreno, los últimos años ni siquiera había arrendado los cien acres de sus tierras a los hortelanos portugueses, como solía hacer antes. En cuanto al jardín, no quedaba nada, los negros habían talado los árboles frutales para hacer leña, una Blancanieves de escayola había caído en el estanque de peces que estaba seco. Resultaba difícil encontrar un rasgo de interés o de belleza sobre el que comentar mientras permanecía junto a la pareja, tras su paseo en torno a la casa, mirando al otro lado del veld. Señaló:

—Eso que hay allá lejos son las chimeneas de enfriamiento de la central eléctrica—. Miraron cortésmente hacia donde señalaba su brazo.

Naturalmente, debería haber sospechado algo. Es muy improbable que uno pudiese deshacerse por fin tan fácilmente de la granja de Kleynhans. Cuando regresaron a las oficinas de Klopper’s Eiendoms Beperk y Juffron Jansens hubo traído los documentos necesarios a su despacho, resultó que lo que querían era alquilar la casa por seis meses, con opción a compra. No querían comprar inmediatamente. Naas sabía que debía ser porque no tenían el dinero suficiente pero que no lo admitirían. El marido rechazó la sugerencia de que se podía arreglar un compromiso con un depósito muy pequeño, Naas era un experto en estos asuntos.

—Verá, mi mujer está esperando un niño, queremos estar durante algún tiempo en el campo. Pero no estamos seguros de si nos vamos a instalar definitivamente.

Naas adoptó un cálido aire paternal:

—¡Pero si empiezan ustedes a formar una familia, ahora es el momento de instalarse! Pueden criar gallinas, volver a criar cerdos. O pueden alquilar la tierra a alguien que la trabaje. En seis meses ¿quién sabe lo que puede pasar con los precios de la tierra? Ahora están por los suelos. Les conseguiré un crédito del noventa por ciento.

La joven tenía aire impaciente; debía de ser por timidez.

—Ella —mi mujer— ha tenido varios abortos. En una gran medida depende de eso… de si esta vez conseguimos el niño, entonces podemos decidir si queremos dedicarnos a la agricultura aquí o no. Si algo sale mal de nuevo… quizá ella desee volver.

—A Australia. —La joven habló sin mirar a los hombres.

La granja de Kleynhans llevaba casi tres años en los libros de Klopper’s Eiendoms Beperk. Y lo que el marido decía parecía verdad, tenían dinero. Pagaron seis meses de renta por adelantado. De modo que, en lo que se refería a Mathilda Benkes, née Kleynhans, que había heredado la propiedad, no había nada que perder. Ni siquiera quisieron que les limpiaran la propiedad antes de mudarse; jóvenes llenos de energía, lo harían ellos mismos. Les dio un último consejo, junto con las llaves:

—No se queden con el antiguo criado de Kleynhans, les irá a ver con una larga historia, pero ya se lo he dicho antes, tendrá que desalojar el lugar cuando alguien lo ocupe. No sirve para nada.

La pareja se mostró de acuerdo en el acto. De hecho, el marido hizo su primera y única petición. —¿Podría usted ocuparse, entonces, de que se vaya antes de acabar esta semana? Queremos que se haya ido antes de llegar nosotros.

—Ningún problema. Y oigan, si necesitan un hombre, les puedo conseguir uno. Mi jardinero sabe que no me puede enviar skelms. —La joven esposa había estado acariciando una y otra vez con el dedo el pétalo plateado de una protea en un ramillete de flores secas del Cabo que Naas tenía sobre su escritorio desde hacía tanto tiempo como el que llevaba la propiedad de Kleynhans en sus libros. —Le gustan las flores ¿eh? Ya me doy cuenta. Tenga, lléveselas, por favor, quédeselas; los ramilletes los hace la señora Klopper.

Un babuino, improbable.

Aunque la profesión médica desaprueba tácitamente la publicidad gratuita entre sus miembros (¡como si un cirujano ortopédico de la eminencia de Dolf van Gelder necesitase atraer pacientes!) y el doctor van Gelder se negó a dejarse entrevistar por un periódico dominical de gran tirada, el periódico urdió su historia de todos modos. El periodista fue a ver al Jefe del Departamento de Antropología de la Escuela de Medicina y montó a partir de una larga disquisición grabada en cinta un reportaje popular, traducido al vocabulario de las masas, sobre las diferencias en la forma y articulación del esqueleto en el hombre, el mono y el babuino. Las viejas empleadas que amarilleaban a la par que los recortes en la sección de periódicos de la biblioteca de investigación desenterraron uno de esos gráficos que muestran las fases evolutivas del antropoide al homínido, en los que el hombre es un retrato robot compilado de su pasado y su presente. Como no había fotografías de lo que los médicos habían visto, el periódico se las tuvo que arreglar con el gráfico, suprimiendo los genitales humanos pero dejando los de los antropoides. Después de todo, se trataba de un periódico para familias.

¿LO RECONOCERÍA USTED CUANDO SE LO ENCUENTRE? Las familias leyeron que la criatura semejante a un mono que «aterrorizaba» las zonas residenciales del norte no era, en la experta opinión del catedrático de Antropología, con toda probabilidad un babuino, a pesar de las conclusiones que su respetado colega, cirujano ortopédico y traumatólogo, el doctor Dolf van Gelder, hubiera podido sacar de la forma del hueso sugerida por su forma de caminar o su posición.

El Zoo de Johannesburgo declaró una vez más que no faltaba ningún miembro de la familia de los monos, incluido cualquier ejemplar del género anthropopitecus que es el que más fácilmente se confunde con el hombre. Se hacen comprobaciones regulares de todos los habitantes del zoo y de las medidas de seguridad. La SPCA[4] advirtió al público que, fuera o no un babuino, un miembro de la familia de los monos es un peligro para los gatos y los perros y que la gente debería guardar a sus animales domésticos en las casas por la noche.

Como el periódico no era diario, tuvo que pasar una semana entera antes de que el resultado del extraño agitar del fecundo barro de las asociaciones que hace que la gente escriba a los periódicos acerca de las secretas preocupaciones puestas en marcha por el tema de un artículo pudiera ser leído por esa misma gente en letra impresa. «Sólo el Hombre es vil» (Rodenbosch) escribía que desde que había sufrido un ataque al corazón hacía unos años le habían aconsejado que se ocupara de un animal doméstico para disminuir la ansiedad cardíaca. Su tití, un león dorado de América del Sur, vivía en libertad en la casa, donde había también dos gatos y un Schipperke y era como una madre para ellos. Sólo podía aconsejar a los enfermos cardíacos que desdeñaran las advertencias sobre lo peligroso de los animales domésticos. «Ya basta» (Roosevelt Park) invitaba al mono, babuino, primate o lo que fuera a venir a matar al perro de su vecina, que ladraba durante toda la noche y era responsable de la anorexia nervosa de su hija. Howard C. Butterfield III había «disfrutado mucho en su encantador país» hasta que él y su mujer habían sido asaltados a sólo diez metros del Hotel Moulin Rouge en Hillbrow, Johannesburgo. Le gustaría hacer uso de la hospitalidad de su «espléndido periódico» para decir al negro que abofeteó a su mujer antes de arrancarle el bolso que le había roto la dentadura postiza, causando dolor y molestias en lo que iban a haber sido las mejores vacaciones de su vida y que el negro en cuestión no era mejor que un primate salvaje suelto.

La señora Naas Klopper dio un rodeo camino de la casa de su hermana Miemie en Pretoria. Tenía su propio coche, como es lógico, un coche de señora que le había comprado Naas, más pequeño que el Mercedes de él, un Toyota verde muy bonito. La señora Klopper no había visto la granja de Kleynhans desde hacía quizá cuatro o cinco años —antes de que muriera el viejo. Qué horror. Era un verdadero desastre, de verdad que le daba pena de esa joven pareja…

La señora Klopper y su hermana se arreglaban mucho siempre que se visitaban, para presumir de sus ropas nuevas como habían hecho de jóvenes; las limpias suelas de sus nuevos zapatos de pulsera raspaban el camino de piedras cuando plantaba los altos tacones bien separados para no perder el equilibrio y se inclinaba en la parte de atrás del coche para sacar su regalo de bienvenida.

La muchacha apareció en el jardín por el patio trasero. Debía de haber oído el coche.

La señora Naas Klopper caminaba hacia ella entre la maleza, con las plantas de los pies arqueadas como puños orgullosos bajo el complicado entrecruzamiento de tiras amarillas; la curva de sus pechos hacía brillar una serie de cadenas de oro sobre una tela de lunares azules que se hacían más profusos en el jaretón del vestido para formar una cenefa. La muchacha reconoció la cara, vista sólo una vez antes, con una extraña percepción más profunda, como una fotografía retocada, debido al maquillaje que el original no había tenido; los dientes estaban rodeados de labios pintados de rojo vivo, los pestañeantes ojos azules se cubrían con unos párpados a juego. Ante el pecho llevaba una caja grande de galletas de vivos colores metálicos.

La señora Naas vio que había interrumpido a la joven en medio de algún trabajo pesado —claro, se estaban instalando. El pelo sin brillo se escapaba del moño por un lado. Un mechón enganchado detrás de una oreja quedaba pegado al cuello sudoroso. Los pechos (la señora Naas no pudo evitar el darse cuenta, por qué estas chicas jóvenes no usan sostén hoy en día) estaban aplastados por una camiseta que había encogido e iba calzada con takkies rotos. El único testimonio de femineidad al que la señora Naas con su meticuloso arreglo podía responder (como los dueños de un coche de la misma marca, uno humilde y otro lujoso, que se cruzan en la autopista se saludan silenciosamente con las luces) eran los pendientes indios que llevaba la muchacha, que se correspondían con las grandes perlas falsas bien instaladas en los rollizos lóbulos de la señora Naas.

—No voy a entrar. Ya sé lo que es mudarse… Le traigo unos cuantos bizcochos de mantequilla de los que le gustaron.

La muchacha miraba la lata, ahora en sus manos, miraba la cara pintada de una sonriente niña rubia con un perrito y un ramo de rosas que le devolvía la mirada. Murmuró algo, tímidamente, sobre la generosidad de la señora Naas.

—Oh, no. Estaba haciéndolos para mí y siempre le llevo una lata a mi hermana, que vive en Pretoria. En nuestra familia decimos que no es lo que uno compra con dinero lo que cuenta sino aquello en lo que uno pone su corazón cuando lo hace. Aunque sólo sea un bizcocho, ¿no le parece? ¿Va todo bien?

—Sí, muchas gracias, estamos bien.

La señora Naas trataba de mantener el peso en las puntas de los pies; notaba cómo los afilados tacones de sus nuevos zapatos se hundían en la maleza; esas manchas verdes no se quitarían nunca. —¡Mudarse! No me hable. Siempre le digo a Naas que, pase lo que pase, nos quedaremos en esta casa hasta que me muera. No es posible trasladar todo lo que hemos amontonado a lo largo de los años.

Qué chica tan tímida. La señora Naas siempre había oído decir que los australianos eran acogedores, como los afrikaners. La joven apenas sonreía y sus espesas cejas se movían con una especie de inhibición o de agitación.

—Nosotros no tenemos demasiadas cosas, por suerte.

—¿Ya ha llegado todo?

—Pues… Creo que más o menos. Aún nos quedan unas cuantas cajas por desembalar.

La señora Naas asintió, cambiando discretamente de sitio sus tacones.

—Desembalar es lo de menos, lo difícil es dónde poner las cosas, sí. Bueno, pero es una casa vieja muy amplia.

Procedente del patio surgió un hombre negro, por el mismo sitio por el que había aparecido la dueña de la casa, pero no se acercó, se quedó allí un momento, con un martillo en la mano; probablemente necesitaba instrucciones del ama y al ver que ella estaba con otra persona blanca sabía que no debía interrumpir.

—Bueno, por lo menos tienen ustedes alguna ayuda. Eso está bien. Espero que no lo hayan sacado de la calle, querida mía. Hay tipos horrendos que vienen a pedir trabajo, criminales —¡Dios mío!— tienen que tener cuidado.

La muchacha parecía muy solemne, impresionada. —No, no contrataríamos a nadie así.

—¿Se lo encontró alguien conocido?

—No —bueno, nadie de aquí. Unos amigos de la ciudad, tenía informes. Se detuvo un momento y miró a la señora Naas—. Así que no hay problema, yo creo. Estoy segura. Muchas gracias.

Acompañó a la señora Naas hasta el coche, con la lata de galletas apretada contra el pecho.

—Bueno, no le falta en qué ocuparse en este jardín. —¡Qué pena…! la pérgola era tan bonita, pero volverán a trepar las parras, ya lo verá, si hace que quiten toda esa basura. Pero no se ponga usted a cavar y esos cosas… cuídese. ¿Qué tal se siente usted?

Y la señora Naas colocó su mano izquierda, con su diamante elevado sobre una estalagmita de oro (una antigua sortija de compromiso remodelada, desde que Naas había prosperado, por un joyero judío que le hizo un precio) sobre su propio estómago, redondeado sólo por la buena comida.

La muchacha tenía aire asombrado. Y de repente olvidó, por fin, esa timidez suya y se rió, se rió y sacudió la cabeza.

—¿No tiene mareos por la mañana?

—No, no, estoy bien. Ningún malestar, en absoluto.

La señora Naas se dio cuenta de que la joven, embarazada en un país extraño, debía sentirse confortada de poder charlar con una mujer maternal. El cuerpo de la señora Naas que había albergado a Dawie, Andries, Aletta y Klein Dolfie, se expandía dentro de las ropas apretadas de las cuales ya nunca brotaría de nuevo, irresistiblemente, como pronto haría el cuerpo de la muchacha. —Le diré una cosa. Ésta es la mejor época de su vida. El primer bebé. Eso es algo que nunca volverá a vivir, nunca. —Arrancó antes de que la muchacha pudiera ver las lágrimas que le llenaban los ojos.

La joven dio la vuelta hasta el patio, con su caminar majestuoso, alta y con los pies planos calzados con los viejos takkies.

La mirada del hombre negro estaba fija en el lugar por el que tenía que asomar. Todavía tenía en la mano el martillo, inútilmente. —¿Está todo bien?

—Claro que todo está bien.

—¿Qué quería?

—No quería nada. Nos trajo un regalo, esto. —Puso la palma de la mano sobre la sonrisa de la niña de la lata.

El hombre miró la lata, con cuidado de ver de qué se trataba.

—Galletas, Bizcochos. La vrou del agente que nos alquiló esta casa. Charles y yo tuvimos que tomar el té con ella el primer día que vinimos.

—¿Para eso vino?

—Sí. Eso es todo. ¿No es costumbre dar algo —llevar comida a los nuevos vecinos cuando se mudan? Al oírse a sí misma diciendo esto, recordó que fuera la que fuere la costumbre entre los negros —y Dios sabe que son las gentes más hospitalarias, aunque sean las más pobres— él no había vivido en ninguna parte que pudiera llamar «su casa» desde hacía años y que sus «vecinos» habían sido refugiados como él en campos y centros militares de entrenamiento. Le sonrió amplia y culpablemente, para disculparse de su candidez burguesa. Todavía afloraba de cuando en cuando y lo mejor era admitirlo así, abiertamente.

—No hay por qué preocuparse. No quiero decir que sean realmente vecinos… —Hizo un arco con la barbilla y el largo cuello de lado a lado abarcando el aislamiento de la casa y del patio dentro del veld.

El hombre negro no había sugerido que la pareja blanca no supiera hacer su tarea, no había la menor crítica sobre la elección del lugar. ¡En absoluto! No podía haber estado mejor situado. —¿Va a seguir dejándose caer por aquí…? ¿Qué pensará? No debería yo haber entrado en el jardín.

—No, no, Vusi. No pensará nada. No pasa nada porque te haya visto. Da por supuesto que habrá algún negro trabajando en el patio.

—¿Y Eddie?

La joven colocó la lata de galletas sobre la perrera, con su cadena oxidada a la que no había atado ningún perro.

—De acuerdo, dos negros. Después de todo, es tierra cultivable, ¿no? Hay casas en construcción. ¿Dónde está?

—Entró en la casa en cuanto volví y le dije…

La joven hacía palanca con las uñas por debajo de la tapa de la lata.

—¿Puedes abrirla? Yo no tengo bastante fuerza.

El hombre negro se dio cuenta de que tenía el martillo en la mano, lo dejó en el suelo y cogió la lata, arrugando su pequeña nariz oscura con el esfuerzo. La tapa salió volando con un sonido vibrante y rodó patio abajo, mientras la joven corría riéndose tras ella. La tapa hizo un giro hacia el hombre y éste se inclinó grácilmente y la levantó, riéndose.

—¿Y qué es esta comida boere?

—Prueba. Están muy buenos.

Comieron bizcochos juntos al sol, mientras la atención del hombre negro se concentraba contemplativamente, con la mente proyectada hacia lo que aún no estaba ahí, hacia el cobertizo (lo bastante grande como para dos coches) ante el cual se amontonaba el crudo vigor de los ladrillos nuevos, el cemento y las herramientas, en contraste con el estancamiento y el deterioro del patio.

La joven masticaba enérgicamente, para quedarse con la boca libre para hablar. —Tendremos que acostumbrarnos a la idea de que puede venir gente por aquí, por una u otra razón. Tendremos que estar preparados, sin más. Mientras no nos encuentren en la casa… todo irá bien.

El hombre negro ya no veía lo que estaba construido en su imaginación; veía la cadena oxidada, se inclinó de nuevo con el mismo movimiento lateral, con la espalda recta, con el que había cogido la tapa de la lata e hizo sonar los eslabones. —Quizá nos conviniera tener un perro, hombre, para avisar.

—Es una idea. —Luego se nubló el rostro de forma poco atractiva, un sí —pero—. ¿Qué hacemos luego con él?

Él le sonrió condescendientemente; sonrió ante las cosas que ella todavía no comprendía, a pesar de haber elegido estar ahí, en ese lugar, con Eddie y con él.

La pareja blanca sabía que vendrían dos hombres negros, pero no exactamente cuándo o cómo. Charles debía de haber creído que vendrían de noche, que eso sería lo más probable porque era lo más seguro; durante las tres primeras noches que pasaron en la casa, arrastró el colchón de la cama de ella hasta la cocina y el suyo hasta el «salón» al que se abría directamente la puerta principal, de modo que él o ella pudieran oír a los hombres por cualquiera de las puertas por la que trataran de entrar. Charles tenía muchos problemas para dormir con un ojo abierto; podía quedarse despierto hasta muy tarde, pero una vez que ponía la cabeza en la almohada, el sueño lo sepultaba profundamente dentro de la barba caliente y rizada. Ella se adormilaba en cualquier lado, reuniones, cines, fiestas, incluso conduciendo, después de las diez y media, pero podía dar instrucciones a su subconsciente, antes de irse a la cama, para despertarse al menor signo esperado de sonido o movimiento. Tenía un despertador interior que esas tres noches colocó listo para sonar. Una lechuza la llevó inmediatamente junto a Charles; podía ser un hombre imitando su canto. Reaccionó a un eructo de la cañería del fregadero, a un deslizamiento por el tejado (¿ratones?), incluso al débil hilo del maullido de un gato, que podría haber sido un sueño, puesto que no lo volvió a captar una vez despierta.

Pero vinieron a las dos de la tarde, al cuarto día. Una pequeña camioneta desvencijada del tipo que usan los pequeños comerciantes para vender leña y objetos usados, para el tráfico de dagga[5], para el transporte del ganado y de personas entre las comunidades negras a ambos lados de las fronteras de Swazilandia, Lesotho o Bostwana, dio marcha atrás hasta la puerta, que se había pasado. Había mujeres y niñas que se cubrían la boca con mantas para protegerse del polvo, en la parte de atrás que no estaba cubierta. De la cabina saltó un joven y abrió la puerta medio descolgada, de hierro forjado plateado, con su placa en la que se leía «Parcela 185 Koppiesdrif». Charles salió a la puerta principal y tomó la iniciativa en el acto: él era quién se tenía que dirigir al hombre. Sus ojos verdes, a los veintiocho años, estaban ya achicados por el pliegue rollizo del párpado inferior que marca la jovialidad —ya sea cruelmente lúcida, ya bondadosa— en la mediana edad. El joven negro masticaba chicle. No rompió el ritmo de su mandíbula: —Charles.

La pareja no había sido informada de cómo eran los hombres. El hombre se identificó por el procedimiento (preguntas y respuestas específicas) que le habían dicho a Charles que debía esperar. Charles les preguntó si no querían llevar la camioneta hasta el patio. El otro comprendió inmediatamente; era más natural que los negros tratasen cualquier asunto con un hombre blanco en la puerta trasera. El propio Charles organizó la llegada como si se tratase de la entrega ordinaria de más material de construcción como el que ya habían recibido los nuevos ocupantes de la propiedad. Caminó ante la camioneta con aire decidido. En el patio, otro joven se bajó de la cabina y, con el primero, sacó de entre las mujeres dos sacos con cremallera y una bolsa de papel llena hasta arriba. Eso fue todo.

Las mujeres y los niños, como corderos deslumbrados por su último viaje al matadero, sólo se movieron cuando la camioneta se puso en marcha de nuevo, sacudiéndolos.

Charles y la joven no habían sido informados de los nombres o identidad de la pareja que esperaban. Sólo intercambiaron nombres propios —Eddie era el que había abierto el portón, Vusi el que iba sentado junto al desconocido conductor y se había bajado en el patio. La chica se presentó a sí misma como «Joy». Uno de los hombres preguntó si había algo de comer. La pareja blanca, inmediatamente, se puso en movimiento, estorbándose mutuamente, teniendo que improvisar de repente, ahora que la realidad había empezado, intercambiando instrucciones cortantes en la cocina, chocando el uno con el otro para encontrar azúcar, un cuchillo para cortar tomates, una sartén para las salchichas que a ella se le olvidó pinchar. Parecía que no había actitud especial, fórmula social de naturalidad creada por una situación tan alejada de las pautas normales de la convivencia humana, así que había que arreglárselas con la vieja, inadecuada hospitalidad rígida con los invitados inesperados, aunque éstos no eran invitados, los blancos no eran anfitriones, y la llegada se había producido de acuerdo con un plan. Cuando llegó el momento de disponer las camas, los hombres dieron por supuesto que la pareja blanca dormía junta y pusieron sus propias cosas en el segundo dormitorio. Era pequeño y oscuro, sin muebles, a excepción de dos colchones nuevos sobre el suelo separados por un baúl viejo con una lámpara de noche sobre él, pero no se trataba de que los otros dos se estuvieran beneficiando de una habitación mejor; ésta daba al patio, nadie vería a unos negros moviéndose por la noche en el dormitorio de la casa de un hombre blanco.

Los dos sacos de cremallera, imitaciones baratas del equipaje de mano de la gente que va de vacaciones en avión, contenían una muda de vaqueros, un par de camisas estampadas con los brillantes símbolos del ocio del Caribe, unos pocos libros y —en el de Eddie— una chaqueta de imitación de ante, con flecos indios, al estilo del Oeste americano. En cuanto se conocieron lo bastante, le tomaron el pelo con su chaqueta y él contestó ágilmente—. Pero yo no voy a convertirme en una raza extinguida—. La bolsa de papel fuerte era de esas que llevan impresa la cara de una estrella del pop que los chicos negros venden en las esquinas de las calles de Johannesburgo. Lo que salió de ella era tan corriente, pudo comprobar la pareja blanca, como las barras de pan y los litros de cartón de mageu que generalmente se llevan en esas bolsas: un magnetófono de pilas, otro par de zapatos de lona de Vusi, una toalla rosa y una cartera de plástico vacía. Charles debería suministrarles todo lo que pudieran necesitar. A él mismo le habían proporcionado una furgoneta. Fue a los lugares fijados, a las horas fijadas, para recoger lo necesario.

La furgoneta tenía cortinas con aspecto muy doméstico en las ventanas —un adorno práctico muy popular entre las familias de granjeros cuyos niños podían dormir durante los viajes. Cuando Charles salía o volvía, era imposible saber si había algo dentro de la furgoneta. En uno de sus viajes de regreso, se detuvo en el paso a nivel y se encontró al lado de Naas Klopper y la señora Naas en el Mercedes. Pasó a toda velocidad un tren, como una cámara enloquecida que abre y cierra el objetivo, con cada segmento fugaz de mercancía rodante, sobre las instantáneas del veld detrás de él. La explosión óptica llenó de vigor a Charles. Agitó la mano y sonrió al agente inmobiliario y a su mujer.

Habían utilizado ya las tres Holiday Inns de la vecindad. Incluso habían ido a moteles baratos, que eran más seguros: no era probable encontrarse con gente local de su propia clase, pero el tiempo que pasaban en la carretera reducía las tardes que era el único momento en que podían estar juntos. Además, él tenía la sensación de que las camas estaban sucias —un forro superficial de sábanas limpias cubría la sordidez que era la actividad sexual de otra gente. Él le dijo que no podía soportar llevarla a esas habitaciones.

A ella no le importaba donde estuviera, con tal de estar con él y que hubiera una cama. Así lo dijo, lo cual era probablemente un error, pero no deseaba usar con él ninguna astuta estrategia femenina de ser más deseada que deseante:

—Tú eres mi primer y último amante—. No se sintió herida cuando él no dijo, a su vez —por lo menos que nunca había habido nada semejante para él antes, ya que no podía comprometerse sobre lo que podía venir después. Él estaba inquieto ante el peso total, acumulado del precioso privilegio, finalmente, en sus manos. Le preocupaba la seguridad —la seguridad de ella. ¿Qué le ocurriría si su marido se enteraba y se divorciaba de ella? Ella ni lo pensaba, sólo se preocupaba, en su sentido de la responsabilidad, por la carrera de él, de que ocurriría si su mujer se enteraba y armaba un escándalo.

Su mujer estaba en Europa, la casa estaba vacía. Una casa grande con un camino de acceso entre árboles y con la propia casa enclavada entre árboles. Pero uno nunca está solo en este país. Ellos están siempre ahí; el criado, el jardinero cortando el césped. Lo ven todo, sólo puedes hacer, al final, lo que conviene que ellos vean y recuerden. Imposible llevar a esta recién amada mujer a su casa, donde se moría por hacer el amor con ella en su propia cama. Incluso aunque con algún pretexto se las arreglara para deshacerse de ellos, darles a todos un día libre al mismo tiempo. Ellos cambiaban las sábanas y limpiaban las alfombras, una mancha ligera, un solo pelo de otro color —imposible. Así que al final incluso su habitación, su propia cama, en una casa donde él lo pagaba todo —nada es ya propio cuando uno se casa.

¡Ah, a qué imprudencias puede llevar el posponer la gratificación, cuando no produce sublimación! (¡Si Freud lo hubiera sabido!) Había vuelto al aparcamiento desde la recepción de un hotel suburbano, con las piernas y los brazos rígidos de susto; cuando iba a pedir una habitación con desayuno (siempre lo hacían así, pagaban por adelantado y desaparecían al final de la tarde) había visto a un conocido de su mundo profesional y a un periodista que lo conocía muy bien, que venían derechos hacia él desde el restaurante del hotel, aflojándose las corbatas ante el calor exterior. Ella arrancó con él en el acto, pero ¿adónde ir? No había dónde. Sin embargo, nunca habían llegado a una tensión tan dolorosa de excitación, sin tocarse ni hablar mientras ella conducía. En medio de la ola de calor de esa tarde ella tomó una carretera que llevaba a los terreros de las viejas minas. Allí, ocultos de la autopista por pirámides faraónicas de arena de la cual se había extraído oro por el método de la cianurización, ella se quitó la delicada tela de nylon y encaje que llevaba entre las piernas, bajó la cremallera de los hermosos pantalones italianos de él y cubriendo sus cuerpos con el vuelo de su falda, lo instaló dentro de ella. Con sus elegantes ropas, se unieron como dos mariposas en el calor de un jardín en verano. Cuando se relajaron, una vez satisfechos y él se arregló las ropas, se sintió consternado al verla con los labios hinchados, los pómulos al rojo vivo y el pelo sobre las orejas rizado por el sudor. ¡En un coche! El coche nuevo que su marido le había regalado, hacía sólo un mes, para complacerla, porque se había dado cuenta, sin saber por qué, de que él no podía complacerla más. Ella tampoco tenía nada propio; su marido pagaba todo lo que tenía. Ella le dijo sólo una cosa. —Cuando era pequeña, siempre estaba pidiendo que me dejaran ir a deslizarme por los terrenos de las minas. Me prometieron llevarme, pero nunca lo hicieron, siempre me acuerdo de eso cuando veo terrenos de minas.

Pero hoy había pensado en otra cosa. Él decidió que tendría que confiarse a un amigo (del que se sospechaba que tenía aventuras amorosas de vez en cuando) que tenía una casita, vacía en estos momentos, en una de sus propiedades. Allí, entre los abandonados establos de una vieja escuela de equitación, los amantes maduros podían dejar que sus deseos sexuales, su amistad secreta y su dulce camaradería clandestina siguieran su curso en paz y dignidad. La cama había sido ocupada sólo por personas de su propia clase. Había una nevera; hielo y whisky. Algunas veces él llegaba con una rosa que ponía en un vaso junto a la cama. No podía recordar cuándo había leído un poema por última vez, desde sus años escolares; o volvería a leerlo. Ella llevó un libro viejo con su nombre de soltera en la guarda y le leyó a Pablo Neruda. Después se quedaron dormidos y luego se despertaron para hacer el amor una vez más antes de perderse el uno al otro en la seguridad de la hora punta del tráfico vespertino de regreso a la ciudad (tras el encuentro en el hotel habían decidido que era mejor llegar por separado).

En esa casita estaban seguros —por tanto tiempo como necesitaran seguridad. Algunas veces él encontraba la oportunidad de observar: no somos niños. Lo sé, decía ella. Él podía tranquilizarse; ella aceptaba que el amor sólo podía tener un determinado período de duración y debía terminar sin lágrimas. Un atardecer estaban en la cama con el tiempo suspendido, aunque les quedaba menos de media hora (ésa era la forma de manejar una asociación absolutamente restringida a un período de tres a seis), desnudos, callados; la mano de ella acariciaba lánguidamente su pene indolente cuando oyeron algo que arañaba la ventana de ojo de buey que había sobre la cabecera de la cama. Él se sentó de golpe. Se puso rápidamente de pie sobre la cama. Ella se puso boca abajo. Se oía el sonido de algo, unos pies, un cuerpo, dejándose caer sobre la tierra, atrastrándose, golpeando las ramas. Una rama de la vieja buganvilla que llegaba hasta el tejado golpeó la ventana. No había nada tras la ventana.

Él apartó suavemente la cara de ella de la almohada.

—No pasa nada.

Ella quedó allí mirándole. —Ha contratado a alguien para que te siga.

—No seas boba.

—Lo sé. ¿Lo viste? ¿Era un hombre blanco?

Él empezó a vestirse.

—No salgas, mi amor. ¡Por amor de Dios, espera a que se vaya!

Él se sentó en el borde de la cama, en camisa y pantalones. Escucharon, esperando oír el sonido de un coche alejándose. Sabían por qué no lo habían oído llegar; habían estado haciendo el amor.

Pero no se oía ningún coche.

—Debe de haber atravesado los matorrales desde la carretera.

Su amante estaba callado y pensativo, ¡como si esto que les había ocurrido fuera algo para lo que hubiera una salida, una solución!

—Logró trepar por la buganvilla.

Ella empezó a temblar.

—Podría haber sido un gato salvaje, ¿no?, que trataba de entrar. Siempre hay gatos en torno a los establos.

—¡Oh, no, no! —Tiró de las ropas de la cama hasta las axilas, hablando con dificultad. —Le oí reírse. Una especie de tosecilla riente horrible. Por eso me puse contra la almohada. Se le aflojaron las mejillas, con una desesperada falta de expresión.

Él le acarició una mano, negando, negando que alguien hubiera podido reírse de ellos, de que ellos pudieran ser algo risible alguna vez.

Tras un lapso de tiempo prudente, ella se vistió y salieron. La buganvilla formaba una especie de escalera hasta el ojo de buey, pero tenía unas espinas terribles. Ella empezó a poder pensar que lo que había oído era una especie de exclamación ahogada de dolor —y bien merecido se lo tenía el canalla ése. Después escudriñaron el suelo tratando de encontrar huellas de zapatos, pero no encontraron nada. La tierra roja desmoronada con hojas comidas de gusanos se hubiese apelotonado bajo las suelas de unos zapatos pero, como él le hizo notar, podría no mostrar las huellas de unos pies desnudos. ¿Iba un sucio y mirón detective privado a quitarse los zapatos y desgarrarse las ropas en aras de su repugnante profesión? Caminaron en todas direcciones desde la casita (ella un poquito rezagada, pero no lo iba a dejar solo) y a través de los establos abandonados donde había sitios adecuados para esconderse. Pero no había nadie, se notaba que no había nadie y sobre los senderos de piedra donde las lluvias habían acumulado arena, no había más huellas que las de ellos. Camino de sus coches pasaron junto a la granadilla sobre la que habían hecho algún comentario al entrar, que había extendido su reluciente cota de malla sobre unos arbustos debilitados y estaba cargado de fruta verde. Ahora el suelo estaba sembrado de los frutos verdes, mordidos y medios comidos, abandonados. Se separaron y los recogieron para examinarlos. Sólo un animal hambriento y herbívoro haría un saqueo semejante. Él fue el primero en ponerlo en palabras. —No quise decírtelo, pero me pareció oír algo también. No una carcajada, más bien una especie de ladrido o de tos.

De repente ella lo cogió por la cintura, apoyó la cabeza sobre su pecho y se echaron a reír medio mareados. —Pobre mono. Pobre, pobre viejo y solitario mono. Bueno, tiene suerte, puede estar tranquilo de que no le diremos a nadie dónde lo pueden encontrar.

Cuando ella estaba ya en el coche, él se entretuvo contemplando su cara, como siempre, vuelta hacia él desde la ventanilla. Había curiosidad mezclada con ternura en la cara de él:

—¿No te molesta que nos mire un mono mientras hacemos el amor?

Ella le devolvió la mirada con la honradez que se esforzaba por bloquear cualquier tipo de ilusión, preparándose para —algún día su última tarde: —No. No me molesta. No me molesta en absoluto.

Mientras Charles conducía por aquí y por allá recogiendo las cosas necesarias —a veces estaba ausente varios días, recorriendo largas distancias—, Vusi y Edie cubrieron con ladrillos la cuarta pared del cobertizo. La muchacha insistió en ayudar aunque no sabía nada de ese tipo de trabajo. —Pues enseñadme—. Ésa era su humilde pero obstinada petición. Aprendió a mezclar cemento hasta conseguir la consistencia adecuada. Sus largos y flacos brazos en los que se transparentaban las venas en el pliegue del codo eran más fuertes de lo que parecían, era capaz de sujetar las vigas de madera para el marco de la puerta. La única cosa es que no parecía querer cocinar. Ellos hubieran preferido que ella les preparara mejor comida en vez de ayudarlos en las cosas que podían hacer solos. Ella parecía esperar que cada uno se preparara su propia comida cuando tuviera hambre. El hombre blanco, Charles, así lo hacía, o cocinaba con ella, debía de tratarse de algún acuerdo especial entre ellos, porque una mujer negra en cambio siempre cocina para su compañero y, de hecho, para todos los hombres de la casa. La joven iba a la ciudad una vez por semana, cuando podía disponer de la furgoneta, para comprar comida, pero lo que compraba no era lo que ellos querían, lo que les habría apetecido comer en esas pocas semanas en que estaban seguros de poder disponer de comida. Yogur, queso, arroz integral, frutos secos y fruta —la fruta estaba bien (Vusi hacía tanto tiempo que no había visto albaricoques que se comió una bolsa entera de una sentada) pero las salchichas congeladas de cerdo que les traía (ella y Charles eran vegetarianos) no eran carne de verdad. Eddie no quería quejarse pero Vusi, insistía, una noche mientras hablaba de ello en su habitación, en que tenían derecho. —Para eso está ella aquí, ¿no?, para eso están los dos aquí. Cada uno de nosotros cumple con su trabajo. Le dijo al día siguiente: —Y algo de maíz. No traigas arroz todas las veces.

—Ah, a Charles y a mí también nos gustan las gachas de maíz. Pero pensé que os sentíais insultados, que pensaríais que lo había comprado especialmente para vosotros.

Todos se rieron con ella, de ella. Como observó Vusi una vez cuando los dos negros hablaban en la intimidad de su propia lengua, «Joy» era un nombre de militante bien raro para esa chica, sin carne ni coquetería de las que hacen disfrutar a un hombre. Sin embargo, ella era la que de repente aparecía con cosas que los arrancaban a los cuatro de sus existencias separadas, desconocidas del pasado y de las existencias separadas que emprenderían en el futuro y la que creaba una vida en común, en esta casa y en este patio.

Charles, Vusi y Eddie colgaron entre los tres una puerta articulada de garaje en la entrada del cobertizo ya arreglado. La puerta gruñía suavemente y la cerraron con un pesado candado enganchado a una argolla incrustada en el cemento de Joy. Sintieron todos el lógico placer que produce la terminación feliz de una estructura de ladrillo y cemento, una satisfacción que surge por sí sola, con independencia de que pudiera representar una nueva etapa de otro objetivo. Los cuatro se quedaron contemplándola. Charles rodeó con su brazo los hombros de la muchacha y ella hizo lo mismo con Vusi.

Eddie subió y bajó la puerta para que la vieran de nuevo.

—Me recuerda al viejo escritorio de persiana de mi abuelo.

Eddie miró a la muchacha, apartando los ojos de la construcción.

—¿Un escritorio así? Nunca he visto nada parecido.

—¿Qué hacía tu abuelo?

—Era magistrado. Enviaba a la gente a la cárcel.

La joven sonrió.

—¡Caray, Joy, chica! —O bien le maravillaba que el antepasado de la joven hubiera sido un magistrado o bien le maravillaba que un magistrado hubiera tenido semejante nieta.

Una cosa que nunca se le olvidaba traer de la ciudad era cerveza. Los cuatro bebían mucha cerveza; el estante más bajo de la nevera estaba siempre lleno de latas colocadas ordenadamente. Charles entró y trajo unas cuantas latas y se sentaron en el patio ante la puerta reluciente, bebiendo lentamente. Vusi recogió cuidadosamente los anillos metálicos que saltaban de las latas al abrirlas.

Hasta que colocaron la puerta del garaje, las cosas que Charles traía en la furgoneta tenían que almacenarse en la casa. Con el transcurso de las semanas, el dormitorio vacío a excepción de los dos colchones y del baúl con la lámpara se había ido llenando tras las cortinas corridas y una puerta cerrada cuya llave se guardaba en un lugar que sólo Vusi conocía —aunque, como Charles le dijo a Joy, ¿qué sentido tenía eso? Si alguien venía, echarían abajo cualquier puerta cerrada con llave.

Por la noche Eddie y Vusi yacían en sus colchones rodeados de cajas y embalajes como un horizonte de bloques infantiles. Eddie se quedaba dormido enseguida pero Vusi, con su cabeza afeitada y con sus diminutas y cartilaginosas orejas colocadas exactamente al mismo nivel de los pómulos que le estiraban la cara y formaban el plano más ancho de toda la calavera, permanecía despierto, ansioso por fumar. Sin embargo, ese deseo no era más que un apetito, algo sin importancia, aliviado mil veces y fácil de volver a aliviar con algo que se compra en el mostrador de cualquier tienda. A su alrededor, en la oscuridad un horizonte más oscuro que la oscuridad contenía las formas frías en las que las viejas, reales y terribles necesidades de su vida, de la vida de su padre y de la vida del padre de su padre se habían concretado ahora tan extrañamente. Vusi se había sentado en la escuela eructando los gases de un estómago vacío, había visto a padres, tíos, hermanos volver a casa sin trabajo después de haber hecho colas durante varios días, había visto, demasiado joven para comprender, la lata y los cartones que habían constituido la chabola en la que habían nacido demolidos por empleados del gobierno. Sus pies desnudos habían sido calzados con zapatos deformados por los pies de un niño blanco. Había aspirado pegamento para ver un futuro color de rosa. Había obtenido un diploma por correspondencia para mejorar de situación. No había dicho el nombre de nadie cuando fue sometido a interrogatorio. Había dejado a una muchacha y un bebé sin la esperanza de poder volver a presentarse ante ellos nunca más. Uno no podía comerse los rifles AKM de asalto que Charles había traído en bolsas de palos de golf, uno no podía cavar una carretera o usar un torno con minas, no podía calzar y vestir pies y cuerpo con las granadas de mano ofensivas y defensivas, no podía usar las bayonetas AKM para competir con la educación del hombre blanco, o para forzar una salida de la celda de castigo en una prisión de máxima seguridad, y las cajas de madera que contenían cientos de cartuchos no podían construir ni siquiera una chabola para la muchacha y el niño. Pero todas estas hambres encontraban su forma, distorsionada, falseadas como nadie podría concebir que lo pudieran tener que estar, en los objetos amontonados a su alrededor. Estos objetos no estaban hechos para la vida, eran para la muerte. Él y Eddie yacían ahí protegidos por ella como nunca habían sido protegidos por la vida.

Durante el día Vusi instruía a Eddie sobre cómo usar y conservar correctamente esas cosas. Él tenía más experiencia, ya había actuado como ahora en otras ocasiones. Comprobaba los detonadores y las bombas de relojería, así como el estado de las municiones. Las cosas obtenidas como éstas lo habían sido no siempre estaban completas ni funcionaban bien. Él y Charles discutían los mecanismos y las ventajas de las diferentes marchas y clases de cosas; Charles había hecho el servicio militar sudafricano y entendía de esos asuntos.

Una vez instalada la puerta del garaje que parecía el escritorio de persiana de un abuelo, pudieron trasladar todo al cobertizo. Lo hicieron por la noche, en silencio y sin luz. Para entonces ya había llovido. Una rana toro que había esperado bajo tierra toda una estación salió a la superficie esa noche y acompañó la silenciosa actividad con su bramido semejante a una arcada.

Un chimpancé, insisten algunos.

Nada más que un mono grande, dicen otros.

Se le vio de nuevo en la zona residencial de jardines boscosos donde Stanley Dobrow hizo la única fotografía que existía hasta el momento. Si es que se podía llamar a esa imagen de ramas entrelazadas un retrato de algo.

Todas las casas de esa elegante zona residencial tenían varios sirvientes negros —cocineras de confianza a las que se permitía que invitaran a sus nietos a pasar sus vacaciones en el patio trasero, fieles jardineros de los que el perro guardián de la familia era inseparable, una cambiante población de lindas y jóvenes doncellas cuyas largas uñas pintadas de rojo y su vivacidad no sólo subrayaban la indignidad de ser modelos sin trabajo o sin descubrir sino que enarbolaban un descarado orgullo de guerrilleras por estar al servicio de los blancos: hay muchas formas de resistencia no reconocidas en la estrategia revolucionaria ortodoxa. Una de estas chicas dijo que la bestia había salido furtivamente una noche de su habitación, justo mientras ella cruzaba el patio desde la cocina. Había dejado caer su cena, que llevaba en un plato de porcelana vitrificada cubierto con otro plato para que no se enfriara. La cocinera, que llevaba veintiún años en la familia blanca, dijo a la señora de la casa que lo más probable es que fuera uno de los novios de la chica que había entrado en su habitación para comprobar que no había otro novio allí con ella. ¿Por qué no había gritado?

La chica se fue sin preaviso, en cualquier caso, gritando al principio a la cocinera y al viejo jardinero que si a ellos no les importaba vivir «como gallinas en un hok», encerradas en un patio de mierda donde cualquiera podía saltar el muro y robar tus cosas, asesinarte, mientras los blancos tenían una alarma antirrobo que se ponía en marcha con sólo respirar ante sus ventanas —que si les hacía felices pasarse la vida sí amo, sí ama, con esa cosa horrible suelta por ahí, que los babuinos te podían arrancar una mano entera de un mordisco— a ella, no. ¿No se daban cuenta de que los blancos siempre huían y se escondían y dejaban que nos hirieran a nosotros?

Y ni siquiera tuvo el respeto de no sacar a relucir lo que le había pasado al hermano de la cocinera, aunque la cocinera todavía llevaba el brazalete negro en las mangas de los uniformes color pastel que llevaba usando toda la vida. El hermano había sido vigilante de un bloque de pisos y se pasaba toda la noche en un garaje subterráneo cuidando de los coches de los inquilinos. Tenía un abrigo procedente de los excedentes del ejército que le habían dado para que no pasara frío y un Knobkerrie para defenderse. Pero los ladrones tenían un revólver y le dispararon en el estómago mientras los dueños de los coches seguían durmiendo, apilados en los doce pisos, sobre su cadáver.

Otros criados de la zona informaron de que habían visto signos de que había algo allí fuera. Era un tema general de conversación en el sitio donde se reunían para que el apostador chino les dijese qué símbolo había salido en su apuesta diaria al juego de los números, en un sendero entre dos de «sus» casas —después de diez o viente años viviendo justo al otro lado del patio de la casa grande, se desarrolla una especie de sentido reflejo de la propiedad, igual que puede haber un dolor reflejo en una parte del cuerpo humano que no tiene nada que ver con su punto de origen. Dado que, en realidad, nadie había visto a la persona o la cosa de que se trataba (para reducir cualquier poder de maleficio que pudiera poseer) de lo que ellos llamaban —no en propia lengua con su rico vocabulario reconocedor de lo sobrenatural, sino adoptando la palabra infantil afrikaans— un fantasma.

Un fantasma urbano, un espectro de fábrica o de cocina. Impotente como ellos mismos, alejado desde hacía mucho tiempo de la más remota posibilidad de ser un espíritu de los antepasados como ellos mismos, porque esa reflexión interior estaba rota por el ruido y el golpetear de los trenes de cercanías, el trepidar de las taladradoras y el rugido de la música pop, no ofrecían ya la posibilidad de que un oráculo pudiera manifestárseles. Un gran bebedor recordó cómo, hacía dos navidades, en la colina detrás de «tu» casa (señaló a Sophie, la cocinera de los Dobrow) un hombre debió de tropezar con las rocas al volver de la shebeen y lo encontraron muerto al día siguiente de Navidad. Dijeron que ese tipo venía de Transkei. Alguien así se había despertado ahora, sin su cuerpo, y trataba de encontrar el camino de regreso al hotel donde su contrato de trabajo, firmado con la huella de su pulgar, había expirado hacía tiempo. Eso era todo.

Eddie quería que Charles alquilara un aparato de televisión.

—Pero Charlie se ríe, chico, y no hace nada al respecto. —Eddie se le quejaba a través de observaciones dirigidas a los otros. Y todos se reían.

Era la época en la que lo único que había que hacer era esperar. Charles trajo los periódicos del domingo. Había terminado de leer un editorial que trataba de sacar una lección moral tanto para la víctima como para el autor del crimen en una de las pequeñas matanzas de una guerra no declarada e interminable. Su cara entera, la barba, como la cabeza de un león malhumorado descansando sobre sus zarpas, estaba hundida entre sus puños. —¿Queréis ver cómo mienten los ministros del gobierno? ¿Jefes de la patria saludados con veintiún cañonazos? Más vale salir y quitar las malas hierbas al maíz, si estás aburrido, hombre. —Había un trozo de terreno pequeño plantado evidentemente por el hombre que había cuidado de la finca de Kleynhans mientras estuvo vacía y que después de las lluvias, había empezado a crecer brillante como la seda al sol y Eddie vigilaba su progreso como si él, Vusi, Charles y Joy fueran a cosechar las mazorcas dentro de unos meses.

La joven estaba sentada en el suelo bajo la araña de rueda de carro con sus pantallas color de rosa como torcidos sombreros de carnaval, chupando un mechón de pelo mientras leía. Vusi estaba en el único sillón y Eddie y Charles en el sofá, cuya tapicería verde moco Joy no podía soportar, incluso aquí, y la había cubierto con un trozo de algodón indio con un estampado de cacerolas color azul: cada vez que entraba en esa habitación era un recordatorio de que uno tenía realmente un sentido de existir (pero ahora no podía, de ninguna manera) entre objetos hermosos y queridos de uso familiar. Los cuatro intercambiaban hojas de periódico sin descanso, buscando el mundo que los rodeaba y con el que no tenían contacto. El primer ministro había pronunciado otro de sus discursos de reconciliación; todos, excepto Charles, leían en silencio las amenazas que lo componían. Charles hablaba a través de unos labios deformados por la presión de los puños bajo su cara carnosa, una de esas bocas grotescas de las antiguas culturas mediterráneas de las cuales se suponen que brotan manifestaciones sibilinas. Este gobierno no se quedará quieto viendo cómo se destruye la paz de espíritu de sus gentes. No se quedará como un espectador ante la seguridad de vuestros hogares, de vuestros nietos dormidos en sus camas, amenazada por aquellos que acechan, fuera de la ley y del orden, listos para golpear en la oscuridad. No verá cómo arrancan la comida de las bocas de vuestros niños aquellos que buscan la destrucción económica de vuestro país mediante los boicots de la llamada Naciones Unidas y la violencia de nuestra patria. Digo a los países fronterizos con los que hemos tenido y seguiremos teniendo relaciones de buena vecindad: no vacilaremos en golpear con toda nuestra fuerza a aquellos que asilan a los terroristas.

Cuando oían esta retórica en la radio, tenían la costumbre de sonreír como hace la gente cuando tiene que darse cuenta de que aquéllos a los que se llama monstruos son los seres humanos que están bebiendo un vaso de agua, cortándose un padrastro, escribiendo una carta, en la misma habitación: son ellos mismos. Algunas veces recuperaban el sentido de la realidad mediante la burla (los cuatro) o uno de ellos (Vusi o Charles) replicaba al vacío con la otra retórica de la rebelión; pero a medida que se acercaba el momento de actuar, había menos necesidad de usar el lenguaje de los mítines.

—Asustado. Aterrorizado.

Vusi dejaba caer palabras sueltas, como para ver qué ondas de significado sentirían los otros que brotarían de ella.

La joven levantaba la cabeza, sin saber si era una pregunta y si se esperaba que alguien la contestara.

Eddie sorbía torciendo la nariz y levantaba la cabeza con aire indiferente, devolviendo las palabras al organismo público de caras intercambiables, que había hecho el discurso.

El momento pasó y con él quizá una prueba a la que Vusi les había sometido —y a sí mismo. Había abierto una mano sobre el enorme peligro oculto en esta aburrida «sala» dominical, llena de moscas; en ese instante todos lo habían mirado; y su silencio decía, calmosamente: Lo sé.

La alusión se alejó de ellos bruscamente. Vusi seguía hablando. —No puede dar ninguna otra razón para justificar que los tiene en su poder, así que tiene que asustarlos. Asustar. Eso es todo lo que les queda. ¿Qué otra cosa hay en ese discurso? Después de trescientos cincuenta años. ¿Después de cuántos gobiernos? Gente fantasma.

Era una explicación que había consolado, espoleado, adormecido o inspirado durante muchos años. —¿Entonces? —La barba de Charles apuntó hacia adelante. —Eso demuestra el poder del miedo, no el colapso del miedo.

—Exactamente. De lo contrario no necesitaríamos estar aquí. —La referencia de Joy a esta casa, a su presencia y propósito sonaba inocentemente vulgar; estar aquí era haber ido más allá de la discusión del porqué; estar libre de las palabras.

Eddie dio a la explicación de Joy otra diferencia, más general:

—¿Si los blancos pudieran haberse curado de tener miedo de los negros, eso lo habría resuelto todo? —Se reía de la vieja teoría liberal.

Charles se tragó el impulso casi incontrolable de decir a Eddie que no necesitaba que le dieran una lección sobre clases sociales y economía.

—Demonios, hombre… Es sólo que no tiene sentido que nos digamos a nosotros mismos que están acabados, que están debilitándose.

Joy percibió en la nerviosa asperidad de Charles el miedo de vacilar del que se precavía en los demás porque ese miedo estaba en él también. No debería haber relaciones amorosas entre las personas que hacen este tipo de cosa (Joy todavía no podía pensar en ello como desearía, como un trabajo que hay que hacer). No quería, ahora, que él la conociera como ella lo conocía a él; debería de haber algún proceso mental para poder borrar ese tipo de conocimiento.

—No te preocupes. Si se están debilitando, es porque saben quién va tras ellos. —Eddie, dándose importancia, parecía convertirse de nuevo en el chico que debió de haber sido en las pandillas callejeras rivales que habían ensayado, sin saberlo, para su generación de negros, la horrible aventura que se les avecinaba.

—Estaban acabados cuando cogieron al primer esclavo. —La sabiduría de Vusi estaba encerrada en alguna parte entre sus tópicos dichos a media voz y esa cara tan suya. No miraba a ninguno de ellos, ahora, pero Joy había dicho una vez a Charles, en una alusión involuntaria a una cultura esotérica que evitaba cuidadosamente porque ese tipo de referencias los distanciaba de Vusi y de Eddie, que si alguien tuviera que pintar a Vusi, el retrato sería como el Felipe IV de Velázquez, cuyos ojos te miran desde cualquier ángulo que tú mires el cuadro.

Vusi y Eddie no habían hecho viajes de estudios al Prado. La voz de Vusi era prosaica, áspera:

—No importa cuántas veces tengamos que esperar aquí como ahora. No pueden detenernos porque nosotros no podemos detenernos. Nunca. Cada vez que espero, sé que estoy acercándome.

Eddie hizo crujir una hoja al volver sobre ella para mirar algo. —La apertura de Koeberg se va a retrasar meses y meses, dice, ¿has visto, Vusi?

—Sí, lo he visto.

Charles y Joy no sabían si Vusi había sido uno de los que habían atacado las instalaciones del reactor nuclear del Cabo antes de que estuvieran listas para funcionar, a principios de año. Una misión clásica; ésa era la expresión consagrada. Un blanco estratégico alcanzado con éxito; importantes daños materiales, ningún muerto, ningún derramamiento de sangre. Esta terrorífica tarea produce sus figuras sobresalientes como cualquier otra. No sabían si Eddie sabía algo de Vusi que ellos no sabían, si se lo había contado alguna noche en la oscuridad de la habitación de atrás, cuando estaban los dos solos sobre sus colchones. El comentario de Eddie podría indicar que sabía, o que tenía una curiosidad arrolladora y pensaba que Vusi podría ser incitado, sin darse cuenta, a decir algo revelador. Pero Vusi no comprendía la adulación.

Eddie abandonó el intento:

—¿Qué es este comité de blancos de Ciudad del Cabo que quiere que la cierren?

Charles le quitó el periódico. —Koeberg está sólo a treinta kilómetros de Ciudad del Cabo. Un paseo en bicicleta. Imagínate lo que podría ocurrir una vez que esté funcionando. Pero ¿ves cómo está manipulada la historia? Escriben sobre «seguridad» como si el lugar fuera una joyería que podría ser robada, no un blanco en el que ya hemos dado una vez.

Joy leía por encima del hombro de él, en un ángulo que le tensaba feamente los tendones del cuello. —Nadie quiere ir a la cárcel.

Charles sonrió con la dulce sonrisa que expresaba su actitud más crítica, a beneficio de Vusi y de Eddie. —Ah, bueno, pero hay formas y formas, ¿no? Un periodista aprende a decir lo que quiere sin parecer que lo hace. Pero estos tipos se sientan con el código penal bajo sus traseros… bueno, lo que digo —uno necesita astucia para ganar a los astutos.

—¿Qué te hace pensar que quieran hacerlo?

—¡Porque es su trabajo! ¡Dejemos las convicciones fuera de esto!

—No, ella tiene razón, hombre. Si trabajas en esos periódicos, eres parte del sistema. —Eddie guardaba como recuerdos los tópicos de su etapa de Soweto.

—Para ser justos (algo tan importante para la muchacha y que se tomaba tan en serio que no dudaría en contradecirse) hay algunos que quieren… unos pocos que han perdido sus puestos de trabajo.

—Si alguien lee esto, ¿qué es lo que sabe después? —Una hoja salió volando de la mano de Vusi para unirse a las que ya estaban esparcidas por el suelo. —Hay que llamar a un intérprete, como en los tribunales, para saber qué es lo que pasa.

—¿Cómo en los tribunales? ¿Jwaleka tsekisong? —Eddie se lanzó entusiasmado a hacer la representación. Una larga tirada en sesotho; luego en inglés: No puede recordar nada, señoría. Otra larga frase en sesotho, con los gestos, miradas y sacudidas de la cabeza de una negación vehemente: Dice que sí, señoría. La pantomima del perplejo y parlanchín testigo negro, el fiscal blanco afrikaner aficionado a las largas palabras inglesas y no mucho más seguro de su significado que el testigo o el aburrido intérprete negro.

¿No es cierto que finge usted sufrir de una amnesia conveniente?

Dice que no conoce a esa tal Amnesia.

—¿No es cierto que es inconcebible que no recuerde usted si estaba presente en la noche del crimen?

Dice que nunca hizo un hijo con esa mujer, señoría.

La diversión que todas esas tonterías les procuraron hizo que surgiera una animación, un cambio de tono para hablar de lo que se podía o no se podía entender entre líneas de los reportajes y comentarios; en esto —los acontecimientos de su mundo, que se movía bajo los acontecimientos del mundo que reflejaban los periódicos, se descubrió la verdadera intimidad latente en las diferencias mutuas, en la aparentemente extraña asociación que constituían. Se produjo una súbita felicidad —sí, diferente de cualquier felicidad privada dejada atrás, independiente de las circunstancias, porque los cuatro habían dejado atrás, también, los miedos «normales», las repugnancias, los prejuicios, las reservas que las «circunstancias» que habían conocido —el color de su piel, lo que ese color había significado donde habían vivido— habían sido para ellos. Sólo era un brotar de una corriente intermitente: pero el conocimiento de que podría brotar de nuevo hacía posible vivir con las imitaciones y limitaciones que se producían unos a otros ahora, esperando. Charles lo puso en palabras, sonriendo súbitamente después de una discusión, un día: —Sacarnos de quicio unos a otros, aquí es una forma de libertad, ¿no?

Aparte de la política, no había mucho más de interés en los periódicos dominicales de Charles. Un periódico para negros informaba de los acostumbrados asesinatos en los barrios bajos perpetrados con armas muy poco ortodoxas al alcance de la mano; un escándalo en un club de fútbol y muertes en una boda tras beber una cerveza contaminada de fabricación casera. Los periódicos de los blancos —Charles había traído varios y en dos lenguas— hablaban de una quiebra financiera, de los acuerdos de divorcio de un millonario, había un artículo sobre ese mono que nadie había logrado capturar, que había robado la cena de una sirvienta.

El sopor dominical los invadió. Charles se quedó dormido con la boca algo babeante rodeada por la barba, igual que Naas Klopper dormía a diez kilómetros de distancia en su salón de dos niveles. Eddie vagó hasta el patio, se quitó la camisa y se sentó en el escalón trasero al sol, fumando, bebiendo una coca y oyendo las cintas de reggae como podría hacer cualquier joven obrero a la hora de la comida en la acera delante de las tiendas de los blancos.

En un programa de radio «Sobre la naturaleza» un funcionario de la SPCA aprovechó la oportunidad para condenar la crueldad de abandonar a los monos domesticados a su suerte cuando crecen más allá del tamaño adecuado para un animal doméstico. Mariella Chapman lo oía mientras preparaba mermelada de ciruelas según la receta que le había dado durante el fin de semana su flamante suegra. Mariella y su marido habían ido a visitar a los padres de éste a la granja por primera vez desde su matrimonio hacía cinco meses y habían regresado con una bolsa de supermercado llena de ciruelas recién cogidas y una pata de venado. Marais (su nombre propio era el apellido de soltera de su madre) colgó la pata antes de incorporarse al servicio el lunes por la mañana temprano en Johan Vorster Square; tuvo que poner un gancho en la ventana de la cocina porque su casa, moderna, no tenía un gancho trasero como la vieja casa de su familia.

En la comisaría, el sargento Chapman (un fogonero inglés, hacia 1880, abandonó el barco, se casó con una muchacha afrikaans y dejó su nombre grabado en un árbol genealógico Boer) se hizo cargo del turno de las 7 de la mañana en el interrogatorio de una de las personas detenidas. Era un destino bastante bueno, en el centro de la ciudad. Los decorativos paneles azules y las plantas que se veían en la fachada desde la autopista cercana podría haber pertenecido a un bloque de apartamentos; las celdas en que se encerraba a esta gente estaban en el corazón del edificio.

Era un trabajo fatigoso, se necesitaba mucha concentración para observar las caras de los presos políticos, y no digamos nada para sacarles una palabra de la boca. No les ponía las manos encima. A menos, por supuesto, que hubiera recibido instrucciones concretas de sus superiores para hacer ciertas cosas necesarias para conseguir que alguno de ellos hablara. Cuando salían —especialmente los blancos, con sus listos abogados amigos y una buena cantidad de dinero procedente de las iglesias y de los comunistas del extranjero, a menudo ponían denuncias contra el Estado y te podías encontrar ahí acusado de malos tratos, trataban de deshonrar tu nombre ante tu mujer, tu madre y tu padre, que sólo conocían tu bondad y tu ternura. Chapman quería subir, pero no quería eso. Cumplía con su deber. Hacía lo que le mandaban. Y si alguna vez se viera en un pleito —bueno, jong, te lo digo claramente, no había hecho otra cosa que seguir las intrucciones de sus superiores, eso lo podía jurar sobre la biblia.

No era de extrañar que al final la mayoría hablara. Ya era de sobra duro con turnos de día o de noche, con descansos para tomar café, algo que comer y, sobre todo, un paseo por la calle, mientras que la mayoría de ellos, como este tipo duro al que interrogaba ahora con el comandante, era interrogada por equipos que se relevaban durante veinticuatro o treinta y seis horas sin interrupción.

Y, según el comandante les había explicado, incluso cuando les daban café, un cigarrillo, les permitían sentarse, ellos sabían que los estaban observando y tenían que mantenerse en guardia todo el tiempo, no fuera a escapárseles algo. Una de las lecciones elementales de este tipo de trabajo era que la gratificación de una bocanada de humo en los pulmones podía lograr de repente romper la voluntad más férrea y quebrantar la hostilidad revolucionaria para la que se habían preparado y el desprecio hacia los interrogadores. (El comandante era un hombre muy inteligente, de educación superior y muy leído, era necesario alguien así para el tipo de detenido que había estos días, que dan cien vueltas a los que sólo tienen el bachillerato).

El comandante decía que ni siquiera importaba que uno sintiera lástima de ellos —el comandante sabía que eso podía ocurrir, aunque siempre lo ocultaba; «un lazo de simpatía» era el primer paso verdadero hacia la extracción de una confesión. Bueno, el sargento Chapman no tenía esos sentimientos hoy. Dentro de su uniforme, su cuerpo sentía el vigor del sol y del aire fresco; la contemplación de este hombre que no había dormido, sin afeitar, en pie ante él, maloliente (sudaban hasta cuando tiritaban, mientras se les interrogaba) le ponía enfermo (el comandante ya les había advertido que un sentimiento ocasional de repulsión era natural, pero improductivo).

¿Por qué no podía esta gente vivir como una persona normal? Un hombre con la inteligencia de este tipo, con títulos universitarios, que hablaba inglés y lo que fuera, podría llegar a ser alguien importante en el mundo de los negocios, en vez de un sindicalista que dejaba que un puñado de negros fueran a la huelga y le crearan problemas. Cuando interrogabas a un detenido, tenías que familiarizarte con todos los detalles suministrados por los informadores en su ficha; éste tenía un padre en buena posición, una esposa médica, dos niños gemelos y una aventura con una guapa estudiante (se sabía que la había conocido a través de los trabajos de investigación de ella en relación con los sindicatos) y podía ir de vacaciones a la casa de campo de sus suegros, en uno de los mejores sitios de la costa para pescar. ¿Qué más puede querer un hombre blanco? Un negro, de acuerdo, quiere lo que no puede tener y eso puede hacer que un hombre se pase la mitad de su vida pudriéndose en una cárcel. Pero qué agradable es pasear, los sábados, hasta el embalse donde nadabas de niño, ser saludado (esa gente que incita a los negros contra nosotros debería haberlo visto) por los hombres de la granja de Kraal con risas y placer porque te acabas de casar, salir con tu padre a cazar chacales a la caída del sol. Hay algo que no funciona en toda esa gente que se convierte en enemiga de su propio país; esta teoría privada suya era en realidad el único aspecto de su trabajo —por razones de seguridad del que hablaba con su chica, la cual, por supuesto (a veces sonreía como si lo hubiera olvidado) era ahora su mujer. Algo raro en esa gente. Son enemigos porque no pueden disfrutar de sus vidas como hace cualquier persona blanca normal en Sudáfrica.

El sargento podía tomar algo fresco o un café o un tentempié en la cantina de la comisaría pero, a primeras horas de la noche, cuando sabía que tendría que quedarse hasta tarde, para trabajar a este hombre con el comandante, estaba ya harto del lugar. En el rato libre de que disponía fue al sitio que a él y a sus compañeros les gustaba, el restaurante chino que había un poco más abajo en la misma calle.

No tenía nombre y se entraba por una vieja fachada de tienda Se oía el crepitar de las frituras junto con la televisión a todo volumen, mientras el chino y su mujer se movían suavemente de un lado para otro.

A primeras horas del día, cuando no había transmisiones de televisión, una radio pequeña difundía alegres anuncios al mismo volumen por encima de sus pálidos rostros, con sus rasgos duros y ojos planos de los cuales había desaparecido toda expresión, igual que una pastilla de jabón pierde su contorno con el uso diario. Pertenecían al antiguo gremio de esos inofensivos proveedores itinerantes, de todas las nacionalidades, que acercan sus carros a las escenas siniestras de la vida —las ciudades bombardeadas, los campos de refugiados, las ciudades arruinadas— suministrando sopa o ron indiscriminadamente a las víctimas harapientas o a los invasores con sus tanques, mientras unos y otros les paguen una modesta suma por ello.

Muy útiles para los campos de concentración, había parejas semejantes a ésta, ocupándose de sus propios asuntos, vendiendo café y schnapps para entonar a los hombres de uniforme cuando no estaban de servicio. Puede que el chino y su mujer se sintieran protegidos por la comisaría y por lo que allí pasaba y que no querían saber, puede que se sintieran amenazados por su proximidad, dos buenas razones para no querer saber nada. Su restaurante tenía pocas de las habituales pretensiones étnicas —no había dragones aterciopelados ni campanillas, pero había un estante contra la pared donde habían colocado un aparato de televisión en color muy grande, como una pantalla diminuta de cine, que quedaba, incómodamente, al nivel de los ojos de los comensales. Delante de la televisión habían dejado una zona sin mesas y habían alineado una docena de sillas para uso de los policías. No esperaban que los policías consumieran una comida completa, pero por el precio de un paquete de patatas fritas y una bebida fría podían descansar un rato de sus obligaciones, bien cerca de su lugar de trabajo. Aunque no debían tomar alcohol antes de volver a sus deberes, y la pareja china no tenía licencia para venderlo, siempre aparecía silenciosamente una botella de cerveza para aquellos que, sin necesidad de ser preguntados, la deseaban. Los jóvenes policías, gastando bromas mientras comentaban los programas que miraban, creaban un enclave amistoso en el lugar. Los comensales que no tenían gran cosa que decirse se sentían por lo menos parte de un ambiente animado. El restaurante era muy popular para las salidas familiares con niños y abuelas, porque la comida era barata; los niños, fascinados siempre por la excitación y el miedo percibidos en todo lo militar o autoritario, comían su gris sopa de pollo sin quitar el ojo a los policías.

El sargento Chapman encontró a unos pocos compañeros en la zona de sillas y se unió a ellos. El calor dejaba la marca de su profesión en la zona donde sus gorras, colocadas de momento bajo las sillas, habían oprimido sus frentes. La nube de humo de sus cigarrillos mezclada con los humos de las frituras flotaba hacia la pantalla de televisión; el sargento llegó a tiempo de ver los últimos diez minutos de un episodio de un serial histórico francés de pelucas empolvadas, doblado en afrikaans. Terminó con un duelo, con espadas que chirriaban como cuchillos y tenedores. ¡Eh, tú, mira eso!

—Pero no se pelean de verdad, los actores. Están doblados por verdaderos expertos, vestidos igual que ellos.

—Bueno, no digo que sean los actores, pero está de miedo, de todos modos. Poder hacerlo así de rápido y sin herirse el uno al otro.

Luego apareció el primer ministro, hablando rodeado de sus efectos especiales (una mesa fileteada de cuero, con una cortina de terciopelo en segundo plano), acerca de la reconciliación y de la ofensiva total. Los jóvenes policías comenzaron a hablar mientras se proyectaba su imagen sobre sus cabezas y los comensales masticaban con respetuosa atención. Dos policías de paisano, con atuendos desenfadados propios de bares elegantes, entraron para comprar comida para llevar, evidentemente muy satisfechos de sí mismos, sin notar al parecer que su ruidosa conversación hacía que la gente siguiera con dificultad el discurso del primer ministro.

El sargento Chapman aprovechó para telefonear a Mariella, aunque ella ya sabía que regresaría tarde, si es que volvía en toda la noche. Todavía tenía esos impulsos de hablar con ella sin ningún motivo especial, por teléfono, como hace uno diez veces al día con la novia. El teléfono no estaba a disposición de los clientes corrientes, pero los policías sabían que podían usarlo. El pegajoso auricular y la intimidad que ofrecía el ruido circundante mientras marcaba le eran familiares. Pero Mariella no contestó con su voz llena de coquetería. Estaba excitadísima. El sargento no sabía si estaba riéndose o llorando. Cuando había entrado en la cocina hacía un momento para buscar un poco de pan y queso (no iba a molestarse en preparar la cena si él no iba), el venado había desaparecido de la ventana. ¡Desaparecido! Así, sin más. Había salido para ver si se había caído del gancho, pero no.

—No, claro, puse el gancho bien firme.

—Pero, de todos modos, podía haberse caído —no, pero en cualquier caso, el gancho sigue ahí. Así que alguien ha robado la carne. Corrí a la calle y di la vuelta al patio.

—No deberías hacer eso cuando yo no estoy ahí, te pueden dar un navajazo si tratas de cogerlos. Ya te lo he dicho, Mariella, tienes que quedarte en la casa por la noche, y no abrir a nadie.

Pero ella estaba «tan enfadada, tan furiosa» que había cogido la linterna y al perro por el collar y había mirado por todas partes.

—Pero estás loca, mujer. Te dije que no hicieras nunca eso. Podría haber alguien tratando de que salieras de la casa.

—No, espera, no había visto a nadie, Marais, nadie, no había peligro.

—Bueno, pues tuviste suerte de que ya se hubiera ido.

—Te lo repito, Mariella, me preocupas. Debe de haber negros por la vecindad que saben que vuelvo tarde a menudo.

—No, escucha, escucha, lo que te tengo que decir. Buller se me escapó y saltó la valla hasta el sendero, ya sabes, junto a las verduras, y ladraba y arañaba el suelo. Así que trepé y allí estaba en el suelo… sólo que no quedaba carne, sólo el hueso. ¡Toda la carne había desaparecido! ¡Ya verás, ya verás los sitios donde unos dientes enormes la desgarraron! Tiene que haber sido el babuino ése, el mono, ningún perro podría haberlo alcanzado. Y esta mañana hablaron de eso en la radio. Ya lo verás, no queda más que un hueso. —Y ahora empezó a reírse con tono íntimo—. Tu pobre padre. Se pondrá furioso contigo por haberlo colgado así. Tendremos que fingir que nos lo comimos. ¿No crees? En cualquier caso, te comunico que la mermelada me ha quedado muy bien. Cuajó divinamente… ¿qué debería hacer… llamar a la policía? Si te mandaran a ti, ya estaría calentando la cama…

Aunque su voz era seductora, él se puso serio y le hizo prometer que cerraría todas las ventanas. Los monos eran muy listos, tenían manos como los seres humanos. Podría incluso arreglárselas para apalancar una ventana y entrar, ahora que se había vuelto tan descarado. Regresó junto a sus compañeros dándose importancia, porque tenía algo insólito que contar. —¿Os acordáis de ese mono que anda suelto por ahí? ¡Ha venido a nuestra casa y se ha llevado la pata de blesbok que habíamos traído ayer de la granja! Os lo juro. La había colgado yo fuera de la ventana esta mañana.

—Caray, Chapman, tú y tus historias. Se la llevaría un negro. ¡Colgada de la ventana! ¿A quién se le ocurre, hombre?

—No, boet. Era esa maldita cosa, te lo aseguro. Me lo acaba de decir mi mujer: se encontró el hueso en el sendero donde se la comió. Ni siquiera un negro puede desgarrar carne cruda con los dientes.

Este tipo era duro, había que reconocerlo —el detenido. Cuando el sargento Chapman tomó el relevo, el tipo estaba tan fuera de combate como un perdedor después de diez rounds —pero seguía sin hablar, seguía sin hablar. Hacía las diez de la noche se desmayó e incluso el Comandante estuvo de acuerdo en dejarlo ya hasta el día siguiente a las seis de la mañana. El Sargento Chapman le contó lo del venado. El Comandante lo encontró muy divertido, pero al mismo tiempo sugirió que la joven esposa del sargento debería aprender a manejar un arma de fuego. La próxima vez podría haber algo más que un mono en el patio. El sargento Chapman debería hacerse cargo de la situación.

Tenía que haber algún indicio de que la granja se estaba poniendo en explotación. Para eso estaban los negros; así que Eddie preparó con la azada el maizal. Vusi se quedaba dentro de la casa. Se sentaba en su sillón y leía un libro de bolsillo muy gordo cuyas páginas, por la parte de arriba y por la de abajo, estaban estropeadas e hinchadas, bien debido a los cambios climatológicos, bien al haber sido manoseadas muchas veces. África Minada: Historia de las Compañías Mineras y el subdesarrollo de África: algunas veces cogía un bolígrafo de Joy y señalaba un párrafo. Si empezaba a bostezar y a suspirar, era señal de que de repente se levantaría y se metería en la habitación de atrás. Joy oía que estaba trabajando allí dentro por el ruido de las pequeñas herramientas; Joy suponía que hacía cosas en relación con lo que estaba guardado en el cobertizo. Ella ocupaba varias horas del día con un manual de portugués, pero no tenía las cintas aquí, para guiarse con la pronunciación, así que tenía que concentrarse en la gramática. Vusi podría haberla ayudado con el alemán, pero no con el portugués.

—¿Cuánto tiempo estuviste allí? —Él se había entrenado en Alemania Oriental. Eso sí lo sabía Joy.

—Dos años y tres meses. No aprendíamos con libros. No tenías más remedio que empezar a hablar, tienes que lograr que la gente te entienda cuando quieres algo, ése es el mejor sistema. Pero ¿para qué quieres aprender portugués?

—Mozambique. Charles y yo hace un tiempo pensamos en ir allí. A vivir. Quizá yo vaya, de todos modos. A enseñar durante algún tiempo.

Se colocó los mechones de pelo detrás de las patillas de las gafas.

—¿Qué enseñas?

Hizo un gesto de timidez. —No he enseñado gran cosa de momento. Pero puedo enseñar historia. El nuevo sistema educativo que hay allí, me gustaría colaborar… en algo de ese tipo. Algún día—. Añadió esas dos palabras para que él comprendiera que no abandonaba la causa.

—Sí. Te gustaría. Se convertirá en un buen lugar.

Y Charlie, ¿está aprendiendo también?

—Estaba. Pero ahora ya no.

Vusi cogió el manual y leyó una o dos frases, sonriendo ante su torpeza.

—Pero si hablas portugués.

—Unas cuantas palabras. Sólo estuve allí un par de meses, todo el mundo te habla en inglés. —Leyó, con un acento mejor que el de ella, unas cuantas frases más, como diversión para ambos.

Se sentó otra vez en su butaca, con una expresión en su cara como él mismo nunca le vería en ningún espejo ni en ninguna fotografía. Una expresión que lo invadía y lo dejaba fuera del alcance de todo el mundo, tan sumido en su propio pasado, en un dolor que no sentía conscientemente en el brillo acuoso de sus ojos negros hundidos en la antigua caverna de su cráneo, en el tenue hilo de vida que se manifestaba en las delicadas aletas de la nariz, en la forma absolutamente inconsciente que adoptaban sus labios cortados —labios que, cuando no tenía conciencia de sí mismo, cuando no lo usaba para la comunicación semiarticulada en el inglés propio de un negro un poco educado, mantenían en su forma lo que nunca se había dicho pero que podría todavía llegar a decirse.

Ahora, cuando sí habló, consciente de nuevo de que estaban juntos en la habitación, a ella le parecía que él no conocía su propia identidad; Joy tuvo que rectificar rápidamente la percepción que él tenía de sí mismo. —¿No estás casada de verdad?

Ella miró su misterio, mientras él mostraba una simple curiosidad.

—No, nada de verdad.

Él entendió —¿era eso lo que ella quería que entendiera?— que no se acostaba con Charlie. Si eso era así, se trataba de una confidencia que autorizaba las preguntas. —¿Y entonces?

—Bueno. No hay ninguna otra habitación para mí, ¿no?

Él echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sillón y exhaló su aliento hacia el techo, con sus vigas de pino y los adornos de plomo prensado que los cuatro contaban a veces obsesivamente.

—La cosa se terminó. Hace unos cinco meses, después de casi seis años. Pero ya habíamos aceptado hacer esto, cuando aún estábamos juntos, así que no podíamos dejar que eso influyera para nada.

—Eres una mujer bien rara.

Lo dijo con una especie de admiración casual. Ella se rió. —Tú sabes mejor que yo qué cosas son importantes.

—Claro. De todos modos.

—Dices de todos modos porque soy una mujer.

Vusi notó que ella había interpretado recelosamente su admiración como una especie de discriminación en el compromiso. Se apartó del tema. De esa boca suya tan peculiar salió una respuesta irreflexiva, el tipo de frase que los negros de las ciudades oyen a los blancos en las calles. —Eso me supera.

Huyó de ella, llevándose su África minada y volviéndolo a dejar camino de su habitación.

Charles regresó de su carrera cotidiana; parte de la rutina que se había construido para soportar la espera. Su trasero embutido en unos shorts brillantes, azules y rojos se movía acompasadamente ante los automovilistas que lo adelantaban y a menudo lo saludaban con gesto de aprobación por su saludable empleo de tiempo. A Eddie le hubiera gustado acompañarlo (¡cuánto tiempo hacía —cinco años— cuando en Soweto, a los diecisiete años, había corrido para entrenarse en su ambición de convertirse en un peso ligero amateur!), pero un negro y un blanco juntos habrían llamado la atención. Resoplando como un perro feliz, despeinado y sudoroso, Charles se detuvo de golpe al entrar en la habitación, como cuando uno entra en un sitio donde algún acontecimiento acaba de terminar; pero todo lo que percibió, sin poderlo identificar, es que se había hablado de él en su ausencia.

Aunque en otros tiempos ella se habría pinzado la nariz y, con ese gesto, lo habría mandado a ducharse, ahora no tenía derechos sobre el cuerpo de él, como para decirle que apestaba a sudor; se limitó a esbozar una sonrisa leve y siguió con los tiempos del futuro. Él tenía la intención de ir a vestirse, pero la necesidad de saber todo lo que sus compañeros sabían, de seguir sus pensamientos por todas partes, lo que le hubiera convertido en un presidente nato de un consejo si hubiera crecido con reacciones diferentes ante las «circunstancias» propicias, le llevó a echar un vistazo al libro de Vusi, para ver por dónde iba y luego, aunque él ya había leído el libro, a leer de nuevo en los sitios donde el otro hombre había marcado algo con el bolígrafo azul.

De una forma gradual —tuvo que haber una impresión demasiado tenue antes de que Charles y luego Joy tuvieran conciencia de ello— surgió una voz que nunca se había escuchado antes, en esa casa donde nadie más que ellos cuatro entraban ahora. Era inesperada como el débil llanto de algo recién nacido.

Vusi entró en la habitación con un instrumento del que salía una voz. Cruzó delante de Charles y se quedó en pie ante Joy, tocando de una manera apagada, suave y medio murmurada Georgia on My Mind —sí, eso era, se podía identificar como la llamada de un pájaro se puede convertir en sílabas fonéticas que los hombres traducen a palabras. De sus labios, que se apoyaban y contraían en torno a la boquilla, bajo sus dedos y apretaban unos botones primitivos, surgía una canción de un instrumento extrañamente reconocible, absurdo y delicioso. De cuando en cuando Vusi aspiraba una bocanada de aire, como un nadador. Seguía tocando, el sonido iba ganando fuerza, a veces tartamudeaba (los botones se atascaban), otras veces salía una especie de quejido, pero lograba la suave sonoridad —wah, wah—, que se eleva como un cohete hasta la nota más alta y luego baja deslizándose hasta desaparecer, que pertenece a un único instrumento.

Mientras lo que había tenido que hacer era esperar, Vusi había construido un saxofón.

Para eso había coleccionado las anillas de las latas de cerveza. El cuello curvado había sido lo más fácil. Estaba hecho de segmentos articulados procedentes de latas de mermelada empalmadas. Las partes más complicadas debían de haber requerido un material más espeso. Quizá había unos cuantos casquillos de bala transformados en teclado. Había trabajado en el saxofón encerrado en el cobertizo con las cosas allí guardadas, así como en las pocilgas, donde lo había probado sin que nadie lo oyera.

La pareja de blancos se quedó maravillada ante el saxofón. Un artefacto extraordinario, así como un instrumento musical. Una vez que lo hubo tocado para la muchacha la primera vez que se tocaba en público, Vusi no se dejó conmover por los elogios porque nadie entendería lo que realmente veían, igual que los legos se entusiasman con algo que sólo puede ser comprendido por los iniciados.

No sabía que a Charles le recordó el ingenio de los objetos expuestos en los campos de concentración de Europa, convertidos hoy en museos. Esos objetos habían sido hechos por los prisioneros partiendo de la nada, eran efigies de las hermosas posibilidades de una vida para ser vivida.

La galería municipal de arte posee un mono sagrado. Una figura encantadora, una estatuilla india copiada por un artista vienés en cerámica esmaltada, verde como si se hubiera tallado con las profundas aguas del mar. Está guardada en una vitrina. La galería tiene unos fondos muy pobres del arte del continente africano en el que se encuentra y no tiene ningún ejemplar del mono con cara de perro de la mitología del antiguo Egipto, el Cynocephalus, representado a menudo como servidor del dios Thoth, que ella ha visto en museos en el extranjero y le ha divertido ver que es el doble exacto, de dos mil años de edad, de una especie de babuino aún abundante en Sudáfrica.

Un juego de flautas de Pan que sobresalen del agua de la bañera: dedos de los pies. Una cara reflejada en el grifo brillante deformada hasta parecer una jocosa calabaza con una boca de careta. Ella se atreve a mirar eso pero no quiere ver la distorsión de la parte inferior de su torso que se refleja si reclina la cabeza cubierta con el gorro de plástico contra la bañera. Las piernas parecen delgaduchas y torcidas, enganchadas a unos pies gigantescos en un extremo y a una perspectiva curvada que lleva hasta una criatura peluda, agachada. No hay nada más allá de ese pubis voraz; se ha tragado el cuerpo y la cabeza que hay más allá de él. La mujer yace en el baño para relajarse. Nadie le ha dicho que está muriéndose, pero todos van rodeándola, como un león que se introduce en un rebaño, desgarrando la carne de sus víctimas. Un pecho arrancado aquí; un pedazo de pulmón allá; una vejiga reducida. Está echada de espaldas y palpa sus pechos obedientemente.

Toca las costillas, pero no hay bultos. Los pezones no se levantan; eso está bien, a ella no le gusta el aspecto masturbatorio de lo que los médicos le aconsejan a una que haga, como precaución, con el fin de seguir viva. Estos pechos no reconocen sus manos; sólo han conocido manos masculinas. Sus propias manos no les hacen recordar las otras.

A pesar de la imagen de parque de atracciones del grifo, sus muslos verdaderos todavía conservan la firme redondez clásica. No se acumulan como jalea a medio cuajar en torno a las rodillas cuando está de pie. Todavía no.

El delicado dibujo de hojas otoñales sobre su piel —unas pocas marcas de varices— está más o menos cubierto por el bronceado.

Tumbada, sea la que sea su postura, el estómago sobresale como el Leviatán.

¡Siempre ha estado ahí, esperando, aplastado entre los huesos de las caderas, esperando su momento! Ella no se lo toma demasiado mal. Estas fantasías son la consecuencia de despertarse tan temprano y hay una sencilla explicación científica para eso: una actividad hormonal reducida significa que se necesitan menos horas de sueño. Asiente con la cabeza, con dócil comprensión cuando se lo explican; lo que en realidad significa es que, después de hacer el amor, te duermes durante ocho horas. Lo siente, siente a otras personas durmiendo ese sueño en otras habitaciones. Es cierto que a medida que uno se hace mayor, entiende de repente lo que ocurrió en la infancia. Entiende ahora de manera muy diferente, la broma familiar que le solían contar sobre cómo ella se arrastraba al amanecer a la cama de su madre, le levantaba un párpado durmiendo y le escupía en el ojo. Oh, amantes, os envidio el sueño, no el que hagáis el amor, pero nadie me creería. Se me dice que no me lo crea yo tampoco.

«Es algo que un médico no puede recetar en realidad él mismo… pero tienes que dejar de pensar que ya no interesas más a los hombres».

Huesos viejos; los suyos. Los repasa de nuevo, dedos de los pies, muslos, coño (sí, pone en su sitio la gran idea que tenía de sí mismo, templo de placer), bonitos pechos. La cara se puede dejar fuera, gracias a Dios, una no puede comprobar cómo es su propia cara mirando su reflejo en el baño, retorciéndola, haciendo brotar su carne del agua y volviéndola a hundir hasta el ombligo de nuevo. Éste no es un baño con espejos, es mucho más bonito, tiene una pared de cristal que da a un patio diminuto no más grande que un pozo de ventilación, donde crecen plantas y helechos a los que les gusta la sombra, ingeniosa y económicamente regados, en épocas de sequía, con el desagüe del baño. Las plantas prosperan gracias a esa agua honrada con esta carne, igual que los shiítas compran la gracia en forma de agua del baño usado por el Aga Khan. Debería dedicarse a contemplar las plantas en vez de su cuerpo. Nota que no quiere, no quiere distraerse de lo que tiene que ver, pero se fuerza a ello —tiene que dejar de observarse y esto le hace sentir que alguien la está observando, hay una mirada que se forma fuera de la percepción de sí misma, existe durante un instante entre el follaje.

Mira a la mujer en el baño. Ve lo que ella ve.

Pensó en ello como si le hubiera causado la impresión, al principio, de ser la cabeza de la antigüedad, la rigidez del basalto egipcio, alejado dos veces —como animal y como atributo de un dios— del hombre, pero con un brillo de ojos de color marrón dorado, juntos, como los de un ser humano.

No. Un verdadero babuino, un mirón suelto por las zonas residenciales.

Tenía que pensar en él de esa manera. Si no (puesta a remojo hasta quedar sin sentido, viendo visiones) tendría que ser su propia aparición; un hombre.

Eddie encontró algunos excrementos no lejos de la parte de atrás del cobertizo. Le parecían humanos. Los cuatro fueron hasta el lugar para echarles un vistazo. La granja de Kleynhans estaba completamente aislada, excepto por los signos de vida de la carretera, pero los automovilistas no tenían ninguna razón para detenerse. Se habían sentido a salvo de los intrusos.

Los excrementos, duros y retorcidos, contenían piel y nervios. Charles los cogió con la mano.

—¿Véis esto? Comió conejo de cena. Un chacal.

Joy se rió nerviosamente, aunque no había ningún merodeador humano al que temer. ¿Tan cerca de la casa?

Vusi se mostraba incrédulo. —No hay nada que comer por ahí.— El cobertizo arreglado con su puerta metálica de persiana estaba justo detrás de ellos.

—Bueno, merodean, olisquean por todas partes. Me imagino que este lugar todavía huele a gallinas y cerdos. Es bastante frecuente aún hoy que aparezca un chacal perdido merodeando bastante cerca de las ciudades.

—¿Estás seguro? ¿Cómo puedes saber que se trata de un chacal, Charlie?

Charles agitó los excrementos bajo la nariz de Eddie.

—¡Eh, tú! —Eddie se apartó, riéndose nerviosamente.

A Vusi le gustaba comprobar las afirmaciones, no preguntaba porque sintiera una especial curiosidad. —¿Sabes distinguir todas las clases de animales por sus excrementos?

—Desde luego. Primero están la forma y el tamaño, eso es fácil, ¿no?, cualquiera puede distinguir entre los de un elefante y los de un pájaro. —Se reían, pero Charles seguía dando explicaciones precisas, igual que una persona que ya no trabaja en una fábrica coge una herramienta y la usa con la misma habilidad automática adquirida en la cadena de montaje—. Pero incluso si los excrementos están separados, se puede decir a qué animal pertenecen examinando los alimentos que contienen. Los hombres de la llanura —los San, los Khoikhoi— han practicado este análisis durante siglos, forma parte de su habilidad como cazadores.

—¿Es eso lo que te enseñaron los scouts?

—No. No precisamente los scouts.

—Entonces, ¿dónde lo aprendiste? —Eddie se unió a los otros. —¡Un experto de segunda! ¡Qué listo es nuestro Charlie! ¡Qué suerte la nuestra de tener un tipo así!

Joy escuchaba cortésmente, con una media sonrisa, el relato de Charles, que ella ya conocía, lacónicamente autocensurado, de lo que habían sido confidencias de su anterior intimidad.

—Hace tiempo fui guardabosque, aunque no os lo creáis. —Ésa era una de las cosas que había hecho con el fin de evitar otras: para no tener que dedicarse al negocio de papel de embalaje metálico y ondulado en el que su padre y sus tíos poseían el cuarenta por ciento de las acciones, para no trabajar (bueno, así debe ser si uno no vale para los negocios), en una unidad de investigación de petróleo paragubernamental —sin saber, durante mucho tiempo, que no había salida para él, ni en el distanciamiento de la ciencia ni en el consuelo de la naturaleza. Siendo lo que era por nacimiento y lugar, sabiendo lo que sabía, el ultraje se habría convertido en vergüenza si hubiera pensado que su generación seguía teniendo algún derecho en las carreras importantes.

—Estás bromeando, ¿dónde?

—Aquí y allá. Un ignorante en una brillante licenciatura en Ciencias, pero los guardabosques de Shangaan me educaron.

—Ah, te refieres al parque Kruger. Trabajan allí. En ese sitio. —El brusco movimiento de cabeza de Vusi cortó sus palabras como un asustado chasquido de dedos. En otros tiempos, él había atravesado esa vasta extensión salvaje de especies protegidas; él mismo era una especie en peligro que se dirigía a convertirse en especie en acción. Volvió a sentir el miedo de entonces como una capa de líquido frío bajo el cuero cabelludo.

En lo único que se le notó fue en que sus pequeñas y rígidas orejas se le pegaron ligeramente contra el cráneo.

Charles se limpió la palma de la mano en los pantalones y juntó las manos detrás de la cabeza, aflojando el cuello, flexionando sus amplios pectorales para mantenerse en forma mientras esperaban. —Algún día me gustaría aplicar ese método de análisis a los seres humanos— un análisis de clases. (Se quedó encantado con sus risas). Las basuras de una zona residencial blanca y las basuras de un poblado de chabolas ilegales —no se puede encontrar una forma mejor de medir el nivel de alimentación de los diferentes niveles de ingresos, incluso el esnobismo impuesto por las diferentes ocupaciones y aspiraciones. Un barrendero negro que ha almorzado media hogaza de pan y una cerveza Bantú, un ejecutivo blanco que ha digerido ostras y una botella de Fleur du Cap —muéstrame lo que cagas, tío, y te diré quién eres.

Esa tarde apareció un hombre negro en el patio. No era un merodeador, aunque probablemente había estado observando la granja de Kleynhans desde que se habían instalado en ella. Él sabía cómo hacerlo con cuidado, sin molestarlos y sin ser visto.

Era un campesino de mediana edad, vestido con sus ropas de domingo, para que el amo y el ama no lo echaran confundiéndolo con un skelm. Pero no tenía por qué haberse preocupado porque el amo y el ama nunca salían de la casa. Encontró a los dos hombres que trabajaban ahora en la granja de Baas Kleynhans, como él había hecho, obreros agrícolas. Había venido a ver cómo iba su maizal. Sí, sí… Hubo una larga pausa, para dar tiempo a que el corolario de esa observación fuera comprendido; había estado dando vueltas en torno a la granja de Kleynhans, hasta este momento, para ir al grano: conseguir un acuerdo que le permitiera reclamar su cosecha de maíz cuando estuviera lista para su recolección. Estos otros dos, sus hermanos (les habló en Sesotho y le respondieron en esa lengua pero cuando les preguntó de dónde eran dijeron que de Natal) podrían comer lo que quisieran, lo que a él le preocupaba era el granjero blanco. ¿Podrían ellos reclamar ese trozo como el habitual pedazo de terreno que se permitía usar a los negros para plantar sus calabazas y su maíz? Él vendría y quitaría las malas hierbas del maizal muy temprano por la mañana, antes de que se levantara el baas, no crearía ningún problema a sus hermanos.

Pero los jóvenes eran buenos chicos. No podían consentir que el baba se tomase ese trabajo. El que llevaba vaqueros y una camisa con dibujos (los chicos del campo se vestían hoy igual que los de la ciudad) dijo que él estaba cuidando del maíz, que no se preocupara. Mirando en torno a su viejo patio, el hombre admiró el nuevo garaje con la bonita puerta que habían hecho en el cobertizo y preguntó por qué este nuevo hombre blanco no había arado. ¿Qué es lo que iban a plantar? ¿Y cuál era su trabajo (el de Vusi) si este hombre blanco no iba a tener cerdos o gallinas? Le explicaron que no había empezado todavía a explotar la granja en serio. Primero había hecho el garaje y Vusi había estado trabajando dentro. Ayudando al granjero a arreglar cosas. Pintando la casa. Ah, sí, Baas Kleynhans había estado enfermo durante mucho tiempo antes de morir y nadie había cuidado bien la casa.

Los tres hombres negros hablaron en el patio durante más de una hora. Se fueron moviendo hacia un par de cajas que aún estaban ahí, de las cosas que había traído Charles y se sentaron en ellas, cara a cara, gesticulando y fumando, y a veces surgía una exclamación más alta o una mímica o una risotada del pequeño grupo. Cuando el hombre se quitó su sombrero de fieltro, un bulto que tenía justo en el centro de la frente, donde le nacía el pelo polvoriento, brillaba al sol. La pareja blanca los miró desde la ventana del cuarto de baño. Era una abertura de cristal opaco que se abría bajo capas y capas de plantas trepadoras muertas. Lo que pasaba en el patio se podría haber visto y oído más claramente desde las ventanas de la cocina, pero la pareja blanca también habría quedado a la vista y en cualquier caso no podía entender lo que decían.

Al principio sólo sintieron preocupación. Después empezaron a sentirse como escuchas furtivos, como espías: los que no pertenecen a una comunidad, los que están fuera. La lenta cimentación de las últimas semanas que eran ellos cuatro —lo que los contenía: una cacerola, una habitación— se había roto. Eddie y Vusi estaban allí fuera, pero eran Charles y Joy los que estaban solos. No tenían forma de saber de qué eran testigos.

El hombre se alejó tambaleándose en su vieja bicicleta, entre los adioses cada vez más distantes que intercambiaban los negros del campo. Tanto la pareja de dentro como la pareja de fuera esperaron, como estaban, durante unos diez minutos. Vusi estaba callado pero Charles y Joy (que seguía en el cuarto de baño, con su grifo goteante) podían oír el monólogo continuado de Eddie, en un murmullo.

Se reunieron todos en la cocina. Los dos que venían del patio encontraron a la joven sin aliento, lo cual resultaba ridículo, como si hubiera estado subiendo una cuesta.

—Trabajaba antes para el dueño de esta granja. Quiere su maíz.

Las emociones de Charles, como su sangre, afloraban a la superficie. Cuando estaba inquieto se volvía irritable y, ahora, impaciente con Vusi. —¡Y os llevó toda la tarde decir eso! Dios mío, casi nos volvemos locos. Parecía que conocíais al hombre. Pensamos —Dios sabe qué— que teníais que darle explicaciones, que estábais acorralados —no sé qué. ¿Y qué podíamos hacer nosotros? Parecía que lo estábais pasando muy bien, por amor de Dios…

A medida que iba liberando su ansiedad el tono iba haciéndose menos acusador; terminó, lleno de excitación, medio riéndose, enrollando mechones de su brillante barba entre los dedos. Como un resto de comida, en la mesa, un trocito de hoja procedente de la hiedra muerta que rodeaba la ventana del cuarto de baño se le había quedado pegado en los pelos.

Eddie se dirigió a la nevera y sacó cerveza. —Deberíamos haberle dado algo de beber, pero yo no podía entrar en la cocina del baas blanco y coger algo. Se debe de haber preguntado por qué no teníamos nada en su antigua habitación; temí que quisiera entrar y viera que no había camas ni nada. Estuve dándole vueltas a si podría decir que teníamos novias en algún lado, donde dormíamos. Pero conoce a todo el mundo en torno a este lugar.

Analizaron todo lo ocurrido y decidieron que no había nada que hacer excepto esperar que no volviese demasiado pronto. Dentro de muy poco, ya no importaría si volvía.

Joy no miró a Charles pero le comentó:

—Si tenemos que quedarnos mucho más tiempo, tendré que empezar a ponerme una almohada. Cuando me encontré a nuestra amiga, la mujer del agente inmobiliario, la semana pasada, en la farmacia, me miró fijamente y me dijo:

—Todavía no se le nota nada, ¿verdad?

—Demonio. Más vale que no vuelvas a la ciudad.

Ella no se quejó. Llevaba el pelo recogido en un moño extraño a un lado de la cabeza —después de todo era una mujer y hacía experimentos con su aspecto, mientras esperaba. Su peinado era muy poco atractivo; por el lado en que el pelo estaba tirante, el hueso de detrás de la oreja destacaba demasiado y el cráneo parecía aplanado. —¿Y qué era ese ojo de Cíclope que tenía en la frente?

Eddie hizo un gesto de perplejidad. —¿Ese qué?

—Una especie de bulto que brillaba al sol, muy grande.

Charles le respondió con aire ausente, a nadie le interesaba:

—Un quiste, supongo. No me di cuenta.

Como un ojo protuberante en mitad de la cabeza. O como uno de los cuernos de Moisés.

Vusi ya no necesitaba las anillas de las latas de cerveza, así que dejó caer la suya en la lata vacía y la sacudió, haciendo ruido para que le prestaran atención. Kleynhans le pagaba quince rands mensuales.

Trabajó para él durante doce años. Cuando Kleynhans murió, la hija dijo a Klopper que podía quedarse sin paga en esa habitación del patio hasta que se vendiera la granja. Su hijo trabaja en la fábrica de ladrillos y vive con su mujer e hijos y los otros ocupantes ilegales de chabolas no lejos de ella. Ya los han echado dos veces, pero ellos vuelven a construir sus chabolas de nuevo. Desde que vinimos, el viejo vive con ellos. No tiene trabajo. No tiene permiso para buscar trabajo en la ciudad. No tiene donde ir.

—Sí —Charles se pasaba los cinco dedos una y otra vez por la barba—. Sí.

Su mutua presencia había segregado una morada que los contenía de nuevo a los cuatro, esperando. Estaban callados, no abatidos; llenos de vigor. No hacía falta hablar. Un rato después Vusi cogió su saxofón y le hizo hablar suavemente. Se avecinaba una tormenta de verano, primero el dedo de la rama de un árbol, que se agitaba en el aire pesado, luego la tierra que exhalaba grandes bocanadas de aire, los pájaros marrones que huían alocadamente, un aroma crudo, recién cortado, de lluvia que caía en alguna otra parte. Qué hermoso, el temperamento de la tierra. Esperando, vieron la lluvia balanceándose sobre los carretes pálidos que eran las torres de la central eléctrica.

La señora Dot Lamb, presidenta de la Asociación de Residentes de la zona donde, si es que puede decirse eso de un fugitivo, éste parecía haberse instalado ya que seguía volviendo ahí, pidió una entrevista con el concejal a quien los residentes habían votado para proteger sus propiedades y sus intereses. La promesa que les hizo no dio resultado como para demostrar lo poco que le afectaban las amenazas del concejal; la criatura «limpió» como dijo un residente, una plantación entera de alcachofas cultivadas con semillas importadas para su consumo como elegante primer plato. La señora Lamb convocó una reunión de la Asociación. Era una mujer que obtenía resultados; los residentes eran personas que querían que les hicieran las cosas sin tener que molestarse ellos mismos. Ella fue quien los había unido para oponerse a la construcción de una residencia para niños espásticos, en medio de sus casas. Había ganado (para ellos) la batalla contra la construcción de aseos en la estación suburbana de los autobuses negros, apoyándose en que estos servicios, lejos de promover la decencia pública, para lo único que servirían era para aumentar el número de negros que se reunían para beber en medio de la flora natural de las colinas, que era una característica tan apreciada de la zona. Ahora un mono fugitivo usaba también esas colinas. ¿Para eso se había notificado a los contribuyentes un aumento en los impuestos de la contribución urbana que entraría en vigor el año próximo?

Habían muerto valiosos animales domésticos, amados compañeros de los niños. La gente tenía miedo de dejar a los niños pequeños jugando en sus propios jardines.

Los residentes autorizaron a la señora Lamb a tomar otras medidas. Ella no quería más vaguedades por parte de los llamados cauces apropiados. Fue derecha a la comisaría local, armó un jaleo enorme y logró que el propio comisario enviara a dos policías blancos armados y a un par de negros para organizar una búsqueda en las estribaciones de las colinas por detrás de algunas de las mejores casas de la zona. Cogieron a varios vendedores de alcohol sin licencia y arrestaron a quince hombres sin permiso de paso, pero no encontraron lo que se les había ordenado que encontrasen.

La SPCA protestó diciendo que un animal no debería ser perseguido y muerto por la policía, como un criminal. Unos funcionarios del zoo se ofrecieron a tratar de dispararle dardos. Si, como una serie de personas insistía, se trataba de un mono, encontraría un lugar seguro en la nueva casa de monos, donde todos los días a las tres de la tarde, los inquilinos jugaban a tomar el té para diversión de niños de todas las razas.

Eddie llegó a la carretera e hizo autostop al estilo africano, subiendo y bajando el brazo entero desde la cintura, como si estuviera dirigiendo una carrera de coches. Llevaba puesta su chaqueta del oeste americano. Vusi y Charles seguían dormidos —algunas personas pueden pasar el tiempo de la espera durmiendo más pero Joy lo vio marchar. Tenía hormigueos de angustia en las manos, como si fuera a vomitar. No despertó a los otros y no sabía si estaba haciendo lo que debía. No sabía si cuando se despertaran, fingiría que no había visto a Eddie.

A Eddie lo recogió un hombre negro que conducía una furgoneta de una compañía. Hablaron de fútbol. No pidió que lo dejara en el pueblo donde Joy y la señora Ñas Klopper hacían la compra. Siguió adelante —-hasta Johannesburgo.

Eddie no tenía nada que dejar a la entrada del supermercado donde se le pedía a uno que depositara la cartera o la bolsa de la compra a cambio de una ficha numerada. No desenganchó un carrito de la fila que había junto a la pared, ni cogió una cesta de plástico. Caminó por los pasillos como si se tratara de una enorme exposición, pasando ante arsenales de fruta en conserva, mosaicos amarillos de tarros de escabeche, latas planas, redondas y ovaladas de arenques, sardinas, anchoas, mejillones en salmuera y atún en aceite de algodón, botellas de salsas, pulverizadores de salsa de chocolate, latas de café en grano, paquetes de arroz y lentejas, sacos de harina y azúcar, deteniéndose de vez en cuando, como para leer el nombre del artista: Papadums Auténticos, Poivre Vert de Madagascar y pasando a continuación a los alimentos para animales domésticos y aves de corral, detergentes, carne empaquetada como cortes transversales de vísceras vistas al microscopio, cacerolas, copas para café irlandés, abrelatas, hornos eléctricos para pizza, sierras, escoplos, bombillas, estantes giratorios de medias de mujer y tarjetas de felicitación humorísticas, religiosas o sentimentales. Había mujeres blancas que llevaban niños pequeños o perros pequeños en la rejilla superior de los carritos y gente negra, que revolvía los paquetes de carne para estofado. Otros negros, empleados, manejaban los marcadores de precios de mercancías que estaban reponiendo. La música envasada era interrumpida por unas campanillas y una voz que le daba la bienvenida con regularidad (en su calidad de comprador) y anunciaba las ofertas del día. En el mostrador de discos y cintas se pasó media hora revolviendo las pilas de cintas nuevas y relucientes de la misma forma en que otros lo hacían con los paquetes de carne. No había equipos para escuchar cintas o discos, pero conocía a todos los grupos o individuos grabados y su consabida música sellada en su anterior. Un supermercado no iba a tener nada que no hubiera sido reeditado en prensados baratos y masivos —hacía falta una tienda de discos para cosas de verdad nuevas y buenas. Repasar éstas no era más que comprobar lo que no había cambiado.

Hizo cola en una de las salidas sujetando un juego de pilas para un transistor y una lata de ungüento del tamaño de una caja de rapé que no había visto desde que su madre se lo ponía de niño en las heridas. Una mama delante de él, que se volvió para hablar en setswane, a sus anchas en esta ciudad con sus zapatillas, su enorme falda de tweed y su pañuelo de nylon sacado del muestrario de algún vendedor ambulante, dio por supuesto su apoyo, como uno de los suyos, en una discusión sobre el cambio con la fría y casi blanca cajera. Del estante que había a su lado cogió, como un turista coge una última postal, uno de los pares de gafas de sol enganchados en él.

En las calles habían miles como él. Cruzó por los semáforos y caminó por las aceras entre ellos. Los jóvenes que andaban a grandes zancadas en pandillas despreocupadas de tres o cuatro, sin trabajo o sin escuela, rumbo a ninguna parte. Cuando tienes esa edad, la ciudad donde no hay nada para ti, te saca de los pueblos, a los que siempre tienes que regresar. Otros, de su misma edad, que llevaban las cartas y los paquetes de sus patrones a la oficina de correos, casi rozando osadamente sus motocicletas contra los otros vehículos al pasar por entre el tráfico, que entregaban medicinas y película, documentos legales, encargos de hamburguesas. Algunos más viejos con esas gorras de viseras con galones y chaquetas militares con las que la gente blanca decide extrañamente vestir a los más humildes de sus empleados —porteros o conserjes— como a sus héroes militares. La ciudad era más negra de lo que él la recordaba. En el extremo oeste de las calles Jeppe y Bree, las mismas y largas colas del autobús que creaban una línea acompañante de mondaduras de fruta y latas de coca-cola en los arroyos, el mismo restaurante portugués que vendía gachas y estofado, los mismos taxistas que utilizaban Diagonal Street como el patio donde cuidaban sus vehículos como orgullosos dueños de caballos de carrera, las mismas mujeres apiñadas en torno a la salida del callejón del pollero para comprar cubos chorreantes de vísceras de pollo. Pero en la parte blanca de la ciudad, donde no había puestos callejeros sino bancos y bloques de compañías de seguros, paseos ajardinados, escaleras mecánicas que transportaban a la gente de un nivel a otro —en lo que había sido el centro blanco de la ciudad, su propia gente parecía haber entrado en masa. Era sábado y había gente de color de piel clara, pintores y carpinteros del gremio de la construcción, vestidos con pantalones cortos y chaquetas estilo safari tonos pastel, sombreros de paja con cintas estampadas, como los afrikaners que habían sido sus abuelos. Niños negros de familias respetables llevaban deslumbrantes calcetines blancos hasta la mitad de sus pequeñas piernas. Hermosas muchachas negras equilibraban con el movimiento de su trasero el ángulo de las sandalias de tacón alto que según parecía estaba de moda llevar este año con vaqueros; las uñas de sus bonitas manos y de los dedos torcidos de sus pies soltaban destellos de un rojo profundo cuando se le acercaban y pasaban a su lado. Todos tendrían que volver a los lugares de los negros, cuando se hubieran gastado el dinero; pero no había un centro blanco en la ciudad, ya no (se le había olvidado, en cinco años, que esto era así, o había ocurrido en esos cinco años). Entraban y se extendían por todo el centro, éste vivía de ellos y para ellos. Los hombres que limpiaban las oficinas, figuras pequeñas con el pecho desnudo que miraban hacia abajo, en medio del viento y el polvo que soplaba desde los terrenos de las minas, desde la cima de los rascacielos donde lavaban sus ropas y bebían cerveza, debían de poder ver a su propia gente allá abajo, pasando alrededor de la oficina central de la raza blanca.

Pasó un buen rato mirando escaparates llenos de calculadoras de bolsillo de todos los tamaños y clases, equipos de vídeo, cámaras y lo último en magnetófonos portátiles, que, como ya había ocurrido con los relojes, iban siendo reducidos a un formato cada vez más pequeño. Dentro de una tienda esta maravillosa precisión de fabricación le fue demostrada por un joven portugués que probablemente había venido a este país huyendo del poder negro de Mozambique más o menos en la misma época en que Eddie huyó de su casa, aquí en Johannesburgo, escapando a la policía política del bonito edificio con toques de pintura azul, John Vorster Square, a unas cuantas manzanas de la tienda en la que ahora se estaba probando unos auriculares. —Maravilloso, ¿eh? Casi no los sientes de lo ligeros que son. —El joven portugués estaba dispuesto a mostrar todas las características de cada forma, tamaño y modelo. Cuando Eddie se fue sin «decidirse», le dio a Eddie una tarjeta con un nombre escrito con caracteres grandes e historiados debajo del nombre impreso de la tienda Manuel. —Pregunte por mí, yo le atenderé.

En una camisería un empleado indio le enseñó a Eddie una serie de pantalones desenfadados. —Esto es lo que llevan todos los chicos, hombre. Colores alegres. ¿Cuántos años tienes? ¿Veintiocho?—. Midió la cintura de Eddie con la mirada de un cacheador. Admiró la chaqueta de Eddie: ¡eso seguro que no era aquí! Cuando Eddie no vio nada que le gustara, lo tranquilizó: —Pásate la semana que viene, pongamos después del martes. Nos traen continuamente cosas nuevas estupendas. Cuando pases por aquí…

Deambuló de nuevo hacia el oeste, hacia las colas donde podría coger un autobús que lo llevara parte del camino de vuelta. Compró una caja de pollo al curry y comió mientras caminaba. Fuera de un bar para hombres blancos una chica negra se fijó en él con una mirada furtiva y se acercó. Él sonrió y siguió andando: no, gracias, sisi. Con el ojo clínico de la prostituta para calar a uno de fuera, ella fue la única que lo reconoció: uno que destacaba en la multitud de los de su clase de los cuales parecía indistinguible.

Stanley Dobrow presentó su fotografía al concurso «La Foto del Año» organizado por un periódico de la mañana.

Al viejo Grahame Fraser-Smith —lo de «viejo» era un epíteto de camaradería por parte de sus colegas, sólo tenía cuarenta y ocho años— se le metió la idea en la cabeza de que, aunque era corto de vista, había visto a la criatura. En la sala de operaciones, durante esos intervalos entre los arreglos de caras rotas con una habilidad y un ingenio humanos más milagrosos que la creación divina de una mujer a partir de la costilla de un hombre, contaba ahora la historia de forma distinta. Le parecía que al inclinarse para recoger la pelota de golf, vio que la criatura se inclinaba primero, igual que él, pero a más distancia. Y se miraron el uno al otro. ¿Sabéis lo impresionantes que pueden ser unos ojos? Apenas hacía falta llamar la atención sobre esto en un sitio donde todos los que lo rodeaban quedaban reducidos a unos ojos encima de unas mascarillas. No, es cierto, no podía describir el cuerpo, ni desde luego la forma de andar, cosa que van Gelder insistía en que él sí podía. Pero los ojos —¿sabéis lo que pasa a veces, en una habitación llena de gente, que ves de verdad sólo a una persona, miras esos ojos y es como si estuvieras cara a cara, a solas, con esa persona? Fue como encontrarse de pronto con alguien a quien se ha visto muchas veces en una fotografía; o alguien de quien le hubiera hablado de niño; o alguien de quien la gente hubiera estado hablando durante generaciones. Ahí se detuvo. No quería que los cirujanos auxiliares, el anestesista, las enfermeras, los estudiantes de medicina que venían a observar la belleza de su trabajo (acerca del cual era genuinamente modesto) redujeran aquel encuentro a algo fantasioso y por lo tanto divertido. Pero si van Gelder se ocupaba de los huesos, él también, un Hamlet que había contemplado y reconstruido con sus propias manos la estructura maxilo-facial viva de un millar de Yoricks. Continuó en secreto para sus adentros: había mirado hacia atrás a una conciencia de la que procedía parte de la suya. Había afirmaciones dentro de uno mismo que sólo se podían materializar de estas formas no buscadas, en acontecimientos aparentemente triviales o fortuitos que se podían sentir pero no entender. La experiencia le parecía una especie de falla en el engranaje de las ruedas dentadas del tiempo.

Eddie llegó allí antes de oscurecer.

Vusi y Charles estaban jugando al ajedrez y Joy estaba quemando basura en el jardín de delante. De forma que fue la primera que lo vio llegar del mismo modo que fue la primera que supo que se había ido. Tenía una rama rota en la mano y siguió removiendo lo que estuviera ardiendo hasta que él tuvo que pasar a su lado de camino a la casa. Ella levantó una mano cerrada con su gesto tímido de siempre, sonriendo, sin darse cuenta de que se estaba extendiendo la telaraña de cenizas flotantes que se le había posado en la frente. —Hola.

Si ella no iba a preguntar nada, él sí.

Eddie se detuvo. —¿Para qué es eso?

Estaba más guapa con las olas de llamas difundiendo los rasgos estrechamente definidos de su cara, dándole color y redondeándola. —Se ha colado una rata en el cuarto de baño. Tiene un nido en ese montón de basura que sacamos del cobertizo. Tuve que traerlo todo hasta aquí.

Él asintió con la cabeza. Había estado fuera, pero al instante se unió a ella, a los otros, de nuevo, sabiendo que no se podía hacer fuego cerca de lo que estaba detrás de la puerta del nuevo garaje.

Siguió andando hacia la casa.

Debían de haberle oído hablando con Joy. Debían de haber decidido hablar de ello con calma, pero Charles se levantó luchando con su propio autocontrol, las piezas de ajedrez rodaron por el suelo. —¿Es que estás loco de remate?—. Se fue a su habitación.

Vusi no dio la impresión de ver a Charles; abrió la boca secamente y la volvió a cerrar.

Eddie jugueteó con una de las piezas con la punta de su zapatilla de deporte. Fue a la cocina y volvió con una cerveza. Charles estaba allí, recogiendo las piezas.

El escape de gas de la lata de cerveza cuando la abrió fue como una primera exclamación por parte de Eddie. —Bueno, no ha pasado nada. He ido a la ciudad y he vuelto.

Vusi estaba callado, sin demostrar su atención.

Charles tenía su gran cuerpo firmemente afianzado en una banqueta. —Lo siento. Pero está claro que sabes lo que has hecho, el riesgo que nos has hecho correr a todos.

—No hay nada de que preocuparse. No ha pasado nada. — Eddie le hablaba de Vusi. Tenía que llegar a Vusi. Era Vusi ante quien todos eran responsables, incluso en responsabilidad colectiva; Vusi, no Charles, a quien Joy había tenido que decir que había visto a Eddie haciendo autostop, en la carretera, por la mañana temprano. —No fui a ver a nadie. Puedes creerlo.

Vusi bajó los párpados lentamente para desechar cualquier sugerencia de desconfianza. La presencia de Eddie quedaba reconocida. —No se trata de eso, hombre. Te podían haber cogido.

—Bueno, pero no me han cogido.

Joy entró y vio que no estaban discutiendo; era tan poco posible para ellos atreverse a discutir como para ella haber hecho su fogata cerca del cobertizo. La disciplina era el esquema molecular que los arrastraba de nuevo a su especial asociación. Si hubieran cogido a Eddie, aun en el caso de que no hubiera sido reconocido como un exiliado desterrado que se había conseguido infiltrar y hubiera logrado ir a la cárcel como un infractor corriente (los papeles que se le habían proporcionado lo describían como bracero de granja y no le permitían buscar trabajo en una zona urbana), los planes se habrían torcido. Vusi no podía funcionar sin Eddie, Eddie y Vusi sin Charles y Joy, Charles y Joy sin Eddie y Vusi. La entidad se reconstituía a sí misma irresistiblemente, allí entre el sofá forrado de tela con dibujos de caracolas, la butaca que se había convertido en la butaca de Vusi, la rueda falsa de carro de bueyes con sus pantallas rosas aureoladas; no se podía hacerla volar por los aires, desde dentro, atacando (con la clase de reproches francos que cualquier relación corriente aguantaría) al componente —Eddie— que una vez más estaba en su lugar, en la casa de Kleynhans.

La pareja blanca oyó más tarde a Vusi hablando largo rato en su idioma y el de Eddie en el segundo dormitorio. Cada uno hizo una traducción mental, de acuerdo con lo que ellos mismos le habrían estado diciendo a Eddie, de lo que Vusi estaría diciendo con la grave cadencia que parecía hacer vibrar las delgadas paredes de la casa como un enjambre instalado bajo el tejado de zinc. Charles le estaba cantando las cuarenta como no podía hacerlo en voz alta; sobre todo, cómo podía un chiquillo como Eddie exponer a Vusi, a Vusi que ya había estado en otras operaciones antes, que conocía su trabajo, que era necesario que siguiera con vida y había conseguido sobrevivir cuatro veces a la certeza inmediata de la prisión y la muerte que su trabajo acarreaba. Joy estaba preguntando por qué: si Eddie sabía de verdad por qué estaba aquí —las razones de su propia vida, de las vidas de todo su pueblo durante generaciones— entonces ¿cómo podía tener un impulso de regresar a la sumisa o gritona conformidad de las calles, todavía bajo aquella misma autoridad magistral del abuelo blanco de alguien, muerto tiempo ha? Pobre Eddie. Sólo podía ser porque no había comprendido debidamente por qué tenía que estar aquí y en ninguna otra parte; sin aprovechar oportunidades de lenta evolución para subir en la comunidad de negocios negra, o para valerse, en las academias técnicas para negros recién creadas, de lo que, al fin y al cabo, eran artes necesarias para el servicio de su pueblo, o para unirse a la élite de médicos negros a los que se les permitía practicar sólo en zonas negras o de abogados negros a los que se les prohibía poner despachos en zonas blancas donde estaban los tribunales. Ella podía dar fe, por sí misma. No habría estado aquí si no hubiera encontrado su propia reeducación, después del colegio donde había cantado que Dios salvara a la Sudáfrica blanca. Sin esa reeducación no habría llegado a saber por sí misma, con seguridad, que ahora no podría dar a luz niños clasificados (blancos) viviendo entre tanto en una zona residencial blanca como la de la casa con bellas vistas donde había crecido. No podía estar en otro sitio más que en el terreno de Kleynhans con vistas a la central eléctrica.

Aquella noche había en la casa esa atmósfera bastante estirada que rodea a alguien que se ha emborrachado y ahora ya ha dormido la mona. Eddie apareció, despejado de su única repetición, No ha pasado nada. Vusi debía de haberle dicho que si ya no podía aguantar más la casa de Kleynhans, que no se preocupara, porque a partir de mañana los tres hombres estarían fuera todas las noches hasta antes del amanecer. Le había tocado a Charles cocinar (habían resuelto el problema de qué sexo era el apropiado para la cocina mediante los turnos) y, a pesar del día que había pasado, había hecho un estofado de cordero. A Eddie le encantaba el cordero; pero por supuesto no había sido hecho con la idea de darle gusto a él.

Después de comer, los hombres salieron al patio. La luna todavía no había salido. La luz de la ventana de la cocina tocaba superficialmente el destello metálico de la puerta del garaje mientras subía enroscándose lo suficiente como para que ellos se deslizaran dentro. Cayó haciendo ruido tras ellos. A Eddie le parecía que no funcionaba con suficiente suavidad. —Será mejor que nos consigas algo de aceite, Charlie, o no tardará en oxidarse. —Charles enarcó las cejas, desplegó las aletas de la nariz, se tragó un bostezo, un hombre sin ocupación. Mientras revisaban los pesados picos, las palas y el laminado de plástico negro que Charles había colocado dispuesto para el final de la espera, a Joy no le importó fregar los platos por su cuenta por una vez. Si había algo práctico que planear, los hombres preferían hacerlo tras la puerta del cobertizo, donde estaban al alcance táctil de los medios con los que lo que estaban discutiendo se iba a realizar.

Estuvieron fuera mucho tiempo. Se llevó una cerveza de la nevera a la sala de estar y puso el magnetófono de Eddie, que estaba siempre junto a su extremo del sofá igual que un fumador de pipa tiene sus cosas a mano en el brazo de una butaca. Después de haberle dicho a Vusi que había visto a Eddie haciendo autostop, se las había arreglado para quitarse de en medio, durante todo el día. Para no estar con Vusi y Charles, para no estar sentada con ellos en esa misma habitación, o en el dormitorio que era también, después de todo, la habitación de Charles, había arrastrado cajas de cartón, trapos, huesos viejos, periódicos afrikaans destrozados que había coleccionado el hombre negro que vivía en el patio, hasta el jardín de adelante y había hecho su fogata entre los postes rotos de la pérgola. Ahora sentía el alivio de estar con ellos de nuevo —con los tres, Vusi, Charles y Eddie, aunque no estuvieran en la habitación con ella. La música era la que Eddie había dejado en el magnetófono; una cinta con un ritmo muy fuerte. A solas, se puso a bailar, sonriéndose como si sonriera a otros que estuvieran bailando acercándose y alejándose de ella. Se sacó las sandalias sin detenerse y bailó sobre la lanilla de la fea alfombra que Charles había comprado junto con el «mobiliario» de saldo para hacer ver a los Naas Kloppers del distrito que realmente había intención de vivir en la casa. El ritmo agitaba su cabeza, y su moño se soltó y se desenroscó despacio, luego se balanceó de un hombro a otro. Tiró sus gafas sobre la butaca de Vusi. Por la noche, revoloteaban polillas en vez de moscas por encima de las torcidas pantallas rosas, cayendo abrasadas; sus pies descalzos pisaban alguna de vez en cuando. Sus pequeños pechos subían y bajaban contra su tórax como un collar; se dejaba caer, se sacudía, se mecía y cantaba suavemente.

La cara soñadora de Vusi, que tenía tan poco que ver con el nivel temporal de sus pensamientos y acciones, quedó bañada en la cruda luz de 60 vatios de la araña, al aparecer de pronto en el umbral. La cara se le apareció igual que una oleada de fosforescencia en la estela oscura de la casa que rodeaba sus movimientos podría revelar la cabeza de una estatua sumergida. Eddie y el peludo Charles surgieron detrás de él.

Estaba sin aliento, tenía la boca abierta en una sonrisa jadeante. —Vamos. —Sólo podía estar llamando a Eddie.

Siguió bailando.

Eddie estaba allí quieto.

Lentamente, Eddie empezó a cobrar vida, primero desde las caderas, luego con un deslizamiento y golpeteo desordenado de los pies, luego con la pelvis, las nalgas, los codos, las rodillas y cuando todo su cuerpo y su cabeza revivieron, se acercó a ella.

Eddie y Joy bailaban.

Charles sólo bailaba cuando estaba borracho; un oso de circo, dando vueltas y más vueltas; a veces el osito de peluche de alguna chica. Se estiró en el sofá, ocupando también el extremo de Eddie y les sonrió alentadoramente. Podría haber sido un padre felizmente cohibido al ver a una hija desatendida floreciendo por sí misma.

Antes de que acabara la cinta Vusi fue a buscar su saxofón. Esa voz que era extrañamente la suya entró en la habitación por delante de él, siguiendo el ritmo, hablándoles a todos ellos, una última vez.

Cuando no se percibieron señales durante una semana más o menos, en una zona residencial donde el fugitivo había desplegado sus actividades, los que residían allí perdieron interés al momento por conseguir que fuera atrapado. Mientras atacara a los perros y gatos de otras personas, asustara a las doncellas de otras personas —era problema de otras personas. La indignación y las quejas pasaron de una zona residencial a otra, del hombre acaudalado al asalariado. La criatura no era una snob; o no respetaba a las personas, según como se mirara. La carne de venado del policía de un bloque de casas de renta baja, un ShihTzu con pedigrí raptado cuando se le dejó salir para hacer sus necesidades de la noche en un jardín de rosas de Inanda —cada uno servía por igual como medio de supervivencia. Y la criatura nunca sobrepasaba los límites del Johannesburgo blanco. Como los obreros por contrata que tenían que dejar a sus familias para encontrar trabajo donde había trabajo, como los parados que eran relegados a donde no había trabajo y de alguna manera seguían volviendo a través de las alambradas del Control de Inmigración; como todos los que duplican sin que conste las cifras del censo de los pueblos de Soweto, Tembisa, Natalspruit y Alexandra, tenía astucia para saber dónde era posible de alguna manera subsistir con los desperdicios de la abundancia. Y si la caridad no pone en marcha a los que tienen más que de sobra, el miedo sí. Todos los habitantes de las zonas residenciales querían que el animal fuera confinado a su lugar correspondiente, eso es todo, el zoológico o incluso el circo. Estaban dispuestos a pagar para que se hiciera. (Pero el dueño del circo más grande que recorre el país dijo que no era probable que un mono que había aprendido a valerse solo en un entorno hostil llegara alguna vez a ser de nuevo susceptible de domesticación).

Habían pasado casi dos meses desde que un colegial de trece años fuera el primero en ver a la criatura mientras jugaba con unos amigos en la piscina de su casa. Habiendo llegado como resultado de la falta de vigilancia de alguien, a algunas personas les parecía que la amenaza podría quedar atrapada para siempre refugiada entre ellos, igual que una anguila puede caer por azar en un pozo en el curso de su nocturno culebreo migratorio hacia un entorno adecuado y sobrevivir durante muchos años, haciéndose enorme, inalcanzable allá abajo. Era inevitable que, ahora, cuando merecía un par de líneas en los periódicos, la criatura recibiera chistosamente el nombre de King Kong y a veces incluso King Kong del cinturón de visón y estiércol aunque sólo se la había visto en una ocasión y fue por un caballo, haciendo que el caballo huyera con su dueña y amazona, en la zona de fincas de las zonas residenciales del Norte más alejadas. Ex mujer del presidente de una compañía de relaciones públicas, la amazona tenía fama entre sus amigos de ser una mujer muy valiente y como era propio de ella dio la vuelta al caballo y salió en persecución de la cosa a través de una plantación de eucaliptos, pero nunca la alcanzó ni llegó a ver más que un destello de algo oscuro. En cualquier caso, aquello no era ningún King Kong; lo que había perseguido era del tamaño aproximado de un enano normal.

En opinión de un zoólogo, un mono babuino o gorila puede sobrevivir en las colinas de los alrededores de Johannesburgo, en verano, sí. Pero cuando llega el invierno de Highveld… los Simiadae padecen el resfriado común, mueren de pulmonía, como las personas —igual que las personas.

Un día, desaparecieron.

El dormitorio de detrás estaba vacío y nadie dormía en los colchones ni leía África Undermined a la luz de la lámpara de flexo colocada entre ellos. Joy echó las cortinas mal colgadas para tapar las ventanas y cerró la puerta suavemente al salir. Ahora podía trasladarse allí, pero no lo hizo. Charles y ella se hacían compañía, tumbados en la oscuridad en el dormitorio de delante y pensando en silencio en Vusi y Eddie. Él le dijo en una ocasión:

—Oye, tú y yo hemos estado más cerca de esos dos de lo que jamás estaremos de otra persona en nuestra vida, me da igual quién pueda ser esa persona.

Podrían ser los amantes que fueron en tiempos, los amantes por llegar; mujer, marido, hijos.

Una o dos veces durante las noches siguientes Charles fue a ver a Vusi y a Eddie a altas horas. —Dicen que ya no debería. Tienen razón; existe el peligro de que eso conduzca a alguien hasta ellos. —Sólo entonces añadió la conclusión —su conclusión y la de ella— de lo que había dicho en la oscuridad. —Y lo más probable es que nunca los volvamos a ver.

No había mucho que arreglar. Era simplemente una cuestión rutinaria de asegurarse de que no quedaba nada mediante lo cual pudiera identificarse a alguien. Tampoco tenerlo por ahí o en posesión de uno o encima de uno: él pidió que doblara su paño con dibujos de caracolas, ahora familiarmente arrugado por su uso en el sofá. —Bueno, entonces lo dejaré donde está. —No, eso no. ¿No tienes algún vestido o algo con esa tela? ¿Tu vestido de embarazada? Se te ha visto vestida con la misma tela.

Durante las últimas semanas, había tenido la preocupación de hacerse una camisa amplia para disimular su falta de tripa cuando iba de compras y podía encontrarse con la señora Naas Klopper. De modo que hubo otra fogata, esta vez en lo que en tiempos había sido la pocilga de Kleynhans. El paño se quemaba por partes; algunos trozos, modelados por las llamas, no hacían más que escapar de la destrucción. Una vez más, Joy tenía una rama con la que volver a meterlos en el centro abrasador del fuego. Le estaba bien empleado por llevarse cosas innecesarias a una situación demasiado diferente de cualquier cosa conocida para poder imaginarla con antelación. —Pero si ya no puedes ir a verlos, ¿tendrán suficiente comida para resistir? —Y ella, con lo que pensaba que era su estupidez, sus restos de diletantismo de austeridad, sin darse cuenta de que uno come mientras puede, ¡había empezado comprándoles salchichas baratas!

Charles estaba rompiendo los lomos de unos libros, con notas al margen con letra de Vusi, que se habían dejado. Alimentar el fuego con libros era algo que no podría haber creído que iba a hacer jamás.

Se detuvo, con el curioso peso de desamparo a que son propensos los hombres grandes, cuando deben refrenarse. —Eddie dice que se las arreglará.

Ella levantó la vista, alarmada.

—Vusi tiene el pensamiento puesto en una sola cosa. No creo que se preocupe de si come o no, ahora.

El paño de algodón soltaba el olor de su tinte mientras ardía lentamente —el tinte natural hecho con la baya del índigo, le habían dicho como a cualquier turista cuando lo compró en el otro país africano donde había recibido su apellido y pasaporte nuevos al regresar a donde había nacido. Ahora Eddie y Vusi, a quienes entonces no conocía, ni siquiera con esos nombres, estaban en algún sitio que ella no había visto nunca. Charles había tratado de describirlo; a ella le maravillaba que se pudiera haber acomodado el lugar y se preguntaba si podría mantenerse el tiempo suficiente. Charles explicó que Vusi y Eddie tendrían que esperar el día, la hora en que se produjera la coincidencia exacta de su preparación, de las medidas extraordinarias y del fallo en la rutina que Vusi había estudiado. Vusi lo tenía delineado en la cabeza con tanta precisión como el analema de un reloj de sol.

Ahora, Charle y Joy podían sentarse en el porche delantero, por las tardes, como otros propietarios cualesquiera tomando el fresco. Se sentaban bebiendo cerveza y ella intentaba visualizar el sitio que nunca había visto, mirando a lo lejos, como hacia un horizonte de montañas, el único objeto que ofrecía la vista de la casa de Kleynhans, las torres de la central eléctrica cuyos planos curvos al anochecer devolvían señales al sol hundido y por encima de cuyas cimas unas diminutas nubes de humo quedaban congeladas por la distancia.

Y entonces llegó el hombre en su bicicleta para ver cómo iba su maíz. Charles y Joy estaban tomando pan y café, en la cocina, a las siete de la mañana; ni siquiera Charles había dormido bien. Vieron cómo metía cautelosamente la bicicleta detrás del cobertizo y luego apareció, estirando el cuello, metiéndolo, como un gallo nervioso. Llegó a la puerta de su antigua habitación y llamó en voz baja, en su idioma. Lo observaron.

—Oh, Dios.

—Iré yo. —Joy dormía con una camiseta enorme; se puso la falda india por encima y salió al patio con la proporción adecuada de modales de señora blanca, no tanto como para que le resultara repugnante a ella, ni tan poco como para que le pareciera normal al antiguo labriego de Kleynhans.

—¿Sí? ¿Quieres algo?

A pesar de lo apacible que era su aspecto, lo dejó clavado en el sitio; atrapado, se quitó el sombrero y la saludó en afrikaans. —Môre missus, môre missus.

Él movió la cabeza con aire tranquilizador, no quería nada de la señora, no pedía nada, pero ¿dónde estaba su criado? Quería, por favor, hablar con su criado.

Ella era como todas las amas blancas, sabía muy bien a quién se refería pero desconfiaba de él, siempre desconfían de un hombre negro desconocido que aparece en la puerta. Y se negaba a comprender porque sabía que estaba ocultando algo —como su maizal que se había dejado en lo que ahora era propiedad de ella. —¿Qué criado? ¿A qué criado te refieres? ¿Cómo se llama?

No señora, no sabía cómo se llamaba —esos dos hombres que trabajan ahora para el baas en la granja. ¿Podría por favor ver a esos hombres? Eran (por una inspiración, de repente se habían hecho) primos de su mujer.

Ahora el ama blanca sonreía compasivamente. —Ah, ésos. No, ya no trabajan aquí. Se han ido. Mi marido ha terminado con la construcción, ya no los necesitaba.

—¿Qué se han ido?

Sabía que no servía de nada preguntar a dónde. Cuando los negros se van de la casa de un blanco, se han ido, eso es todo; no es asunto del hombre blanco saber dónde encontrarán trabajo a continuación. Entonces tuvo otra idea repentina y de nuevo vio en su cara que ella lo supo tan pronto como él. —¿Necesita el baas un hombre para la granja? Yo soy el criado del viejo Baas Kleynhans, ya he trabajado aquí antes, mucho tiempo.

Ella lo rechazaba sonriendo mientras él rogaba. —No, no, lo siento. No necesitamos a nadie… A mi marido le van a enviar a alguien —el mes que viene, sí, de otra granja, la granja de su hermano.

Sabían exactamente cómo mentirse el uno al otro, de pie en el patio donde ella era la recién llegada y él el antiguo inquilino.

Ella lo volvió a decir: lo sentía… Y esto le dio valor para lanzarse. —Cuando estaba aquí antes —después de que Oubaas Kleynhans muriera—, yo cuidaba de esta casa. Ese maíz (señaló detrás de él) lo he plantado yo. Y entonces llega el otro baas y dice que me tengo que ir. Pero esos hombres —sus hombres— les dije que era mi maíz y dijeron que podían pedirle a usted si puedo venir por ese maíz.

—Ah, ¿el maizal? No, no sé nada de eso. Pero todavía no hay maíz. —Sus dos manos se volvieron mostrando las palmas en un gesto de condescendencia sonriente.

—Ahora no. Pero cuando el maíz esté listo, ese hombre dijo que le iba a preguntar a usted.

—Puedes quedarte con el maíz.

Sonrió con incredulidad nerviosa ante lo fácil de su éxito. -—¿El baas no me echará?

Debía de ser una de esas jóvenes blancas que les dicen a sus maridos lo que tienen que hacer. Estaba segura:

—El baas no te echará.

—Cuando la señora y el baas quieran comer alguna de esas mazorcas, cuando todavía estén tiernas, la señora debe cogerlas.

—Si, gracias. —Y entonces, la frase de costumbre de los blancos, que siempre tienen prisa por acabar las cosas, que no parecen conocer o sacar ningún placer de las largas despedidas que concluyen cortésmente una discusión: —Entonces, muy bien, ¿eh? —Y se fue, otra vez a la cocina, mientras, como no lo habían echado, él se tomaba esto como el permiso que no había pedido para atravesar la propiedad de los blancos y examinar su maíz.

Charles y Joy no dejaban de comprobar si la bicicleta estaba aún allí, detrás del cobertizo. Media hora después ya no estaba, así que él tampoco debía de estar, aunque no lo habían visto marcharse.

Charles calentó el café. No había aparecido ante el hombre; éste no podría describir al baas, sólo al ama y a los dos hombres que habían trabajado para ellos. Joy sopló en su taza. —De verdad que creo que es inofensivo.

Pero eso era exactamente lo que lo hacía sospechoso —su humilde pretexto para haberlos estado vigilando durante semanas; ahora, su inocente razón para tratar de descubrir dónde estaban Eddie y Vusi: oportunidades perfectas para alguno de la secreta para haber escogido a un pobre labriego sin trabajo y haberle ofrecido unos cuantos rands sólo a cambio de contarle qué y a quién veía en una granja donde no crecía nada salvo su maizal ilegal.

—¿Y si lo hubiera echado?

—Eso habría sido mucho peor. ¡Por Dios!

Una vez aprobada, ella tenía base natural para señalar su previsión.

—Le dije que iba a venir otra persona a trabajar para nosotros, pero el mes que viene. Para mantenerlo alejado y al mismo tiempo para que el montaje no parezca demasiado poco normal.

Charles abrió las manos rígida, dubitativamente y luego las volvió a cerrar y se puso los puños debajo de la mandíbula barbuda. —El mes que viene. —Esa parte de la premisa era válida. Al día siguiente de irte de un país éste estará tan lejos, igual que un entorno físico en el que puedes ser percibido, como lo estará dentro de un año. El mes que viene no podría alcanzarlos más que el momento, a meses de distancia, en que el maíz estuviera listo para comer. —Pero ahora estará rodando por aquí, llegará todos los días con su azada y demás. Puede que se traiga amigos.

—Así que habría sido mejor si tú hubieras salido y le hubieras montado las escenas del baas cruel.

—Ya te lo he dicho, podías haber hecho otra cosa.

La ocasional inseguridad de ella, que había despertado su ternura cuando eran amantes, ahora molestaba a Charles. No tenías derecho a haber llegado tan lejos, a ser el apoyo de Vusi y Eddie —con todo lo que eso significaba— si todavía estabas en la fase de permitirte dudar de ti misma. Pero estaban solos; sin Vusi, sin Eddie, y allí se tenían que quedar hasta que Charles, en una de sus salidas en la furgoneta, se enterara de que los planes estaban listos para que se fueran, del mismo modo que los planes, al principio, los había llevado con éxito a la Klopper’s Eiendoms Beperk para buscar una casa en esta zona. Sólo se tenían el uno al otro, incluso aunque fuera con una conciencia muy distinta de la de los amantes que habían sido. Habían perdido el olor de la piel del otro; pero la casa los mantenía unidos, este lugar que habían ocupado, en el que habían vivido, como en las antiguas guerras los soldados ocupaban trincheras y pegaban allí fotos de chicas. Ninguno le dijo al otro lo que los dos sentían mientras pasaban con realismo por esta etapa de lo que había sido emprendido: algunos días, un deseo desolado de escapar de la casa, el cobertizo con la reluciente puerta de persiana, el veld donde, salvo por el maizal, no había más matas que de caqui que rellenaban los surcos donde en tiempos habían crecido judías y patatas; algunas horas, una sensación de apego a la habitación por debajo de la araña en forma de rueda de carro de bueyes y los adornos del techo de plomo prensado donde los cuatro habían pasado un tiempo que nunca podría registrarse en los anales de la vida corriente; al cobertizo que habían cerrado juntos con ladrillos e incluso a un aspecto que ninguno de ellos volvería a percibir en ningún paisaje —la presencia de las torres de la central eléctrica, allá a lo lejos en el veld. Esta sensación de apego era tan fuerte que parecía, mientras duraba, que en ningún sitio podía hallarse ninguna otra realidad.

La familia de los simios no es omnívora exactamente. Como el animal humano, puede adaptar sus hábitos alimentarios a los cambios de entorno. Si la criatura hubiera sido un animal doméstico, o hubiera estado mantenida en cualquier otra forma de cautividad normal para un ser cuyas necesidades deben estar supeditadas a la dominante especie humana, la dieta que se le habría suministrado habría consistido en fruta, verduras y algún tipo de cereal, probablemente pan duro. También habría empezado a tener, como les pasa a los animales en triste compensación por lo que no pueden decirles a los que tienen enjaulados o atados con una cadena a una percha, ansiedades transformadas en adicción a determinadas golosinas. Aunque los miembros de la familia de los simios son generalmente vegetarianos en su estado salvaje, en épocas de sequía, por ejemplo, comen cualquier cosa que su agilidad y la fuerza de sus manos les permitan atrapar; y en cautividad se puede observar cómo este recuerdo atávico (por llamarlo de alguna manera) distrae de la apacible masturbación de un babuino de trasero azul perfectamente alimentado del zoológico de Johannesburgo, cuyo rayo prensil abate a cualquier pichón que cruce volando la jaula en busca de migas —lo hace pedazos al instante. Este instinto debía de ser lo que le volvía al fugitivo cuando, en las primeras semanas de libertad, mataba o hería perros y gatos. Éste fue con seguridad un período de gran temor. Los humanos son la causa del terror a la captura; un perro o un gato es un intermediario que constituye un riesgo menor. Matar a un perro o a un gato de los barrios residenciales es destruir al enviado del enemigo, además de comer.

Pero al cabo de un tiempo la criatura varió sus gustos. ¿O cobró mayor confianza en sí misma? El sargento Abel van Niekerk y los agentes Gqueka, Mcunu y Manaka no habían conseguido atraparla. Se había dado un banquete de venado.

Ahora vivía de asaltar cubos de basura; si no descuidadamente temeraria, sí desesperada. Todavía frecuentaba las acaudaladas zonas residenciales donde había sido vista por primera vez, aunque de vez en cuando se volvía a dar parte de un ataque en los barrios blancos de clase obrera. Lo más probable era que se hubiera escapado de una casa de ese tipo (aunque nadie admitía ninguna responsabilidad) porque junto con palomas mensajeras, conejos, etc., un mono es una mascota de clase baja, que otorga una distinción (ese hombre que pasea con su mono amaestrado) a personas que no tienen demasiadas esperanzas de llegar a ella como directores de firmas o personalidades de la televisión.

Una escritora de izquierdas, asumiendo un desafortunado sentido del deber para manifestarse sobre estas paradojas, escribió un cáustico artículo señalando el sentimentalismo que se derramaba sobre un animal sin hogar, mientras —presentaba cifras exactas— cientos de miles de personas negras no tenían alojamiento adecuado y se las expulsaba con apisonadoras de los refugios que ellas mismas se habían hecho. Algunas personas de opiniones conservadoras tenían una actitud que, no obstante, también reflejaba su irritación con los amantes de los animales y los conservacionistas que se preocupaban más por el bienestar de un cochino mono que por la paz y la seguridad que a uno le costaban un ojo de la cara en una zona residencial de clase alta bien aislada de otras molestias —núcleos de clase obrera blanca, negra, india o mestiza. El mono o lo que fuera estaba, en un exilio autoimpuesto. Si se hubiera conformado con quedarse encadenado en un patio o enjaulado en un zoológico, que era el puesto que le correspondía, no habría tenido que llevar vida de proscrito. Si uno podía pretender hacerlo sin caer en el absurdo hablando en tales términos de una cosa subhumana —bueno, pues le estaba bien empleado al muy estúpido.

Charles había descubierto la cueva. Había explorado el veld que rodeaba la central eléctrica en una extensión de tres o cuatro kilómetros, llevando un martillo y un saco de geólogo como respuesta perfectamente normal para cualquiera que pudiera preguntarse qué estaba haciendo.

Y la había encontrado. La llamaron «la cueva», desde la primera noche en que los llevó hasta allí para ver si podría servir, pero no era una cueva en absoluto. Era el final de un afloramiento rocoso que se metía en declive bajo tierra en la pradera del Highveld, sobresaliendo de la misma discretamente como parte de la cubierta inclinada de un barco hundido que es todo lo que queda visible de un enorme transatlántico sumergido del pasado. Alrededor se había acumulado algo de vegetación por el resguardo de las rocas de color leonado en invierno y la humedad que se condensaba allí en verano. A la luz del día, vieron la capa de hojas correosas, rígidas, de color verde negruzco, con un lustre herrumboso de pelillos donde se curvaban los enveses; para Charles, cuyos hábitos de taxonomista se imponían siempre, sin importar su irrelevancia, ciruelos silvestres en un hábitat predilecto de cuarcita y esquisto. Otro árbol como una soga musculosa con grandes hojas oscuras había partido verticalmente una gran roca pero la mantenía unida; una higuera de roca. Todo este resistente follaje, expuesto al calor y al frío sin las intervenciones protectoras del cultivo, más natural que cualquier vegetación de jardín, tenía exactamente el mismo aspecto que su antítesis —las indestructibles hojas sintéticas de plantas artificiales bajo luces de neón. Oculto por él había una especie de hueco poco profundo que a Charles le parecía que lo había hecho el ganado (que crea fácilmente una hondonada con el peso y la forma de sus cuerpos) en alguna época en que esta extensión de veld había sido cultivada. Pero cuando, en aquellas noches entre la medianoche y el amanecer, Vusi, Eddie y él habían empleado sus picos para cavar un pozo, cayeron por lo que inconfundiblemente era (según comprobó Charles) la antigua galería de una mina. Unos tablones de eucalipto mal debastados contenían la tierra que se filtraba cayéndoles en la cabeza mientras seguían abriendo el túnel un poco más. Eddie encontró una cucharilla de hojalata, cuyo grosor se había duplicado por la herrumbre. El pico de Vusi rompió una vieja botella de licor; había un nombre de fábrica marcado en relieve por el molde en que se había hecho la botella: Hatherley Distillery.

Charles nunca lo había oído: debía de ser una botella muy antigua. Sí… Así que alguien explotó aquí una concesión hace tiempo… Hace mucho tiempo. Yo diría que como unos noventa años. Llegaban corriendo de todo el mundo y explotaban estas pequeñas concesiones.

—Blancos. —Eddie confirmó lo que no hacía falta decir.

—Sí. Ya lo creo. Alemanes, franceses, americanos y australianos. Además de ingleses. Después del descubrimiento del oro entraron en masa en el Transvaal. Cavando debajo de cada piedra, cribando grava en cada cauce. Pero al final sólo los financieros con capital para comprar maquinaria para excavar minas profundas tuvieron oportunidad de hacerse ricos, vaya.

Eddie a la luz de uno de esos faroles que colocan los camioneros cuando se les estropean los vehículos en una carretera, se sacudió el polvo de su espesa mata de pelo.

—¿Crees que todavía hay oro en este sitio?

—No en cantidades comercialmente viables. —Charles puso en broma cara de astucia. —De todas formas, me parece que esto es más bien mineral de hierro…

—Hombre, jamás pensé que esto acabara por hacerme trabajar en las minas.

Vusi dejó de cavar y sonrió despacio, ante el encanto de Eddie y chasqueó la lengua en señal de aplauso.

Igual que durante generaciones sus hermanos habían llevado a cuestas carbón y sacos de patatas, descargaron y colocaron en el pozo que habían cavado las bayonetas y rifles de asalto AKM, las grises minas magnéticas con detonadores y mecanismos de relojería, las granadas de mano para ataque y defensa. El pozo quedó revestido y cubierto de laminado de plástico y se volvió a cubrir con tierra, hierbas y pequeñas matas arrancadas en la oscuridad. El refugio para los dos hombres tenía una construcción mucho menos elaborada. La galería está allí; con la ayuda de Charles colocaron una lámina de plástico por encima para sujetar la tierra suelta y metieron un par de mantas de los colchones del dormitorio de detrás, algunas latas de comida y paquetes de cigarrillos. La entrada a la galería, oculta ya por las rocas por todos los lados menos uno, quedó cubierta con ramas cortadas del único árbol que crecía separado de los demás. (Con otro sector de la mente, Charles identificó, mientras lo cortaba a hachazos, el olmo del Transvaal o almez fétido, que habría sido mucho más alto cerca del agua).

No podían hacer fuego. Pero antes de que Vusi decidiera que sus visitas nocturnas debían terminar, Charles les llevó un hornillo de camping muy pequeño, que no había peligro de utilizar al fondo de la galería y sólo durante el día, cuando cualquier destello de su diminuta corona de llamas azules sería absorbido por la luz del sol. Esa luz jamás le había parecido tan absoluta y sin sombras. Dejaba abiertas sus rocas silenciosas como un altar de sacrificios a un cielo caliente en el que incluso el jirón de nube más leve quedaba abrasado. Los rodeaba con una claridad en la que ellos eran las únicas cosas ocultas, las únicas cosas que no podía alcanzar. Al principio no podían mostrarse en absoluto al ojo colosal del sol, el ojo de una mosca con un millón de facetas, que revelaba la tersura minuciosamente estriada de una brizna de hierba, la combinación de colores que constituían una mota de verdete sobre una piedra, el collar broncíneo del caparazón de un escarabajo que se metía por una bosta de vaca. Luego descubrieron una estrecha grieta donde, uno de cada vez, podían tumbarse escondidos y tomar un poco el aire a través de la capa de hojas ásperas y polvorientas. Imposible que nadie que pasara por allí viera una figura humana allí dentro. Si las vacas habían usado el hueco para descansar, los pastores, los niños o los ancianos que no podían ganar dinero en las ciudades, debían de haber descansado aquí también. Tanto Vusi como Eddie se habían criado en los barrios negros de ciudades industriales y nunca habían vivido días cuyo paso estuviera marcado solamente por el movimiento del ganado sobre el veld y el movimiento del sol sobre el ganado. Eddie se echaba, cuando le tocaba, en la repisa que había entre las rocas, en esta —loca— paz: Ahora. Qué momento para sentir una cosa así; cómo era posible que todavía existiera, con lo que estaba esperando, y enterrado allí en el pozo.

Vusi empleaba esa paz para repasar con los ojos abiertos de par en par (otra vez sin poder fumar, esta vez porque el rastro flotaría como una boya encima de las solitarias rocas) cada detalle de lo que había averiguado por sus contactos, planeado sobre esa base y vuelto a planear para tener en cuenta cualquier obstáculo que pudiera echar a pique los cálculos del primer plan. Sabía por experiencia que nada sale del todo de acuerdo con lo previsto por ningún plan. El alambre que tendría que ser cortado como un pelo por una bayoneta AKM resulta ser un muro de ladrillo, la torre de vigilancia que debería quedar vacía durante dos minutos entre la marcha de un guardia de seguridad y la llegada del siguiente está vacía porque el primer guardia se ha retrasado por sonarse con los dedos. La concentración de Vusi armonizaba con la paz. Un lagarto pasó corriendo suavemente por encima de su pie como si pasara por encima de un cadáver tirado entre las rocas.

Jugaban a las cartas en su cueva. Dormían mucho. Tenían discusiones; indistintamente, sobre asuntos triviales —si los atletas vivían más tiempo que otra gente, si podías dejar de fumar porque un chino te clavara agujas en la oreja— y sobre fragmentos de experiencia que de alguna manera no estaban integrados en una continuidad que es lo que se entiende por «una vida». Vusi contó, como si lo hubiera soñado, que en Rusia, en verano, cuando hacía un calor sofocante se había tumbado en el suelo, así, se había tumbado en la hierba de un parque y había sentido el frío terrible del invierno, todavía clavado en la tierra; y Eddie se acordó de una amistad repentina con un tipo exiliado del Camerún que había conocido en Argelia; sé pasaron dos semanas discutiendo sobre grupos políticos de África —y ahora ya hacía mucho tiempo que no pensaba en las conclusiones que los habían excitado. Volvía el silencio, roto por alguna reflexión flotante de Eddie (—Es cierto… se dice que en estos países tan fríos la tierra se queda congelada en lo hondo—); y después a resistir una vez más.

Después de que Charles, hombre blanco y conspicuo, no pudiera venir a verlos, Eddie cruzaba por la noche todo el veld hasta la carretera principal para coger agua en la fuente del patio trasero de una tienda india.

Iba allí al atardecer y compraba azúcar y cigarrillos, regresando cuando no había peligro, de noche. Vusi podría haberse pasado sin ambas cosas, pero no decía nada para detenerlo. Desde que en aquella ocasión se tomara la libertad de pasear por la ciudad, era como si Eddie diera por sentado que se aceptaba que su vida estaba mágicamente protegida. En cualquier caso, ahora, oliendo a tierra y a ropa sucia, no era más que uno de los braceros que atestaban la tienda para comprar cerillas y harina de maíz, jabón y azúcar, y que recibían caramelos baratos en lugar del cambio en calderilla. Se traía de vuelta chicle, samoosas y algunas revistas publicadas por los blancos para los negros —chicas negras sonrientes abrían las piernas en las portadas—. Vusi no se entretenía con revistas y no echaba de menos los libros que había llevado consigo, ocultos, a través de las fronteras. No necesitaba nada. Si la chica, Joy, lo pudiera haber visto habría observado que había llegado a formar un todo con esa cara suya.

Eddie se divertía abriendo con la uña del pulgar unas diminutas cuentas blancas de forma oval que encontró en un pliegue de roca cálida. Los dos hombres veían salir de ellas miniaturas transparentes pero perfectas del lagarto adulto. Su tierna y húmeda membrana apenas podía contener el pulso de la vida, pero bajo la vista de los hombres se alejaban deslizándose para empezar a vivir.

La señora Lily Scholtz estaba colgando en la cuerda los peinadores de nylon de color lila que se les ponen a los clientes de «Chez Lily», su peluquería, y que ella se trae a casa para meterlos en la lavadora todos los domingos. Su marido, Bokkie, antiguo jefe de cuadrilla en las minas convertido en vendedor de coches, estaba echándole una mano a un vecino con el vehículo que éste se está construyendo para las carreras cortas de bólidos. La señora Scholtz oyó un golpe de la tapa del cubo de la basura y pensó que su gato, bautizado con el nombre de un serial de televisión del que no se había perdido un solo capítulo, años atrás, se había vuelto a meter allí. El cubo de basura está entre el garaje y el cuarto de la criada donde Bokkie Scholtz hace trabajos de carpintería —su pasatiempo; Patience Ngulungu no vive ahí, sino que viene a trabajar desde el pueblo de Naledo sólo en días laborables. La señora Scholtz encontró la tapa fuera del cubo pero no había señales de Dallas. Al inclinarse para volver a colocar la tapa, algo cayó sobre su espalda y la mordió justo bajo el hombro derecho. Surgido de la nada —según lo contaría muchas veces. Antes de que pudiera reaccionar, notó un dolor tremendo, como si le hubieran arrancado el brazo— pero no fue así; sin darse cuenta siquiera de lo que hacía, había echado ese mismo brazo hacia atrás, sujetando la tapa metálica, contra lo que la había mordido, igual que uno aplastaba a una abeja sin pensar.

No golpeó nada; cuando se volvió ahí estaba —vio un gran mono gris que ya estaba subido al tejado del garaje. Estaba parloteando y ella chillaba, Bokkie, Bokkie.

El señor Bokkie Scholtz dijo que se le heló la sangre. Ya sabéis cómo está Johannesburgo en estos días. Están por todas partes, holgazanes, ilegales, ladrones, asesinos, los infractores son de risa, no hay forma de mantenerlos fuera de la zona blanca. Se subió al muro de la casa de su vecino y saltó a su propio patio, sólo Dios sabe cómo no se rompió una pierna. Y allí estaba ella llena de sangre y un gran babuino gris en el tejado. (Su mujer llama monos a todos estos animales). El bicho estaba parloteando, con los labios abiertos mostrando unos largos colmillos —eso es lo que le había clavado en el hombro, unos dientes como de una pulgada y media de largo. —¿Os dais cuenta? Lo único que quería era poner a su mujer a salvo, eso es todo. La empujó a la cocina y corrió a coger su rifle. Cuando volvió al patio, seguía en el tejado (debía de haber trepado por el canalón y de bajar por ese sitio habría quedado a los pies de Bokkie Scholtz). Disparó, pero en menudas condiciones os podéis figurar —con las manos temblando— falló la cabeza y le dio a la mala bestia en el brazo —curioso, casi el mismo sitio donde había mordido a Lily. Y luego, figuraos con un brazo inutilizado, corrió al otro lado del tejado del garaje y saltó —serán unos diez pies— hasta ese árbol viejo y grande que llaman Árbol del Cielo, en el jardín del vecino, al otro lado. Por supuesto fue corriendo a la casa de al lado y los vecinos y él lo persiguieron, pero se escapó, de árbol en árbol (sus patas son como otro par de brazos), subiendo por esa callejuela empinada que lleva a las colinas de Kensington Ridge y no volvió a tener oportunidad de dispararle.

La casa de los Bokkie Scholtz es a prueba de robos, tiene unos alambres finos en puertas y ventanas que activan una alarma que se pone histérica, con unos ruidos como esos que las películas de ciencia ficción han hecho ver que proceden del espacio exterior, siempre que Dallas pretende entrar por un ventilador. Tienen un rottweiler mestizo que estaba dormido, según parece, en el porche de delante, cuando se produjo el ataque. Esto te lo demuestra —hagas lo que hagas, no puedes decir que estés seguro.

Un sábado por la noche hacia las 2 de la madrugada se produjo un extenso corte de electricidad en la zona de Witwatersrand del Transvaal. Unos cuantos individuos fueron eliminados en la oscuridad pendenciera. Dos mujeres y tres hombres se quedaron encerrados en un ascensor mientras subían a un club nocturno. Hubo una pelea a navajazos a la salida de estampía de una discoteca. Un hospital tuvo que recurrir a los generadores de emergencia. La mayoría de la gente estaba en la cama durmiendo y no supieron del corte hasta la mañana siguiente, cuando fueron a enchufar una tetera. Pero los relojes que funcionaban con la red eléctrica doméstica marcaban una hora exacta: 1,36 de la mañana.

Las noticias de la mañana comentaban el corte. Todavía no se había establecido la causa. Se conectarían sin tardanza fuentes de electricidad a los barrios afectados de Johannesburgo y zonas periféricas. Las noticias del mediodía informaban de que no había sospechas de sabotaje. En la televisión, por la noche, no se hacía la menor mención, pero la radio comunicó de fuentes oficiales que a primeras horas de la mañana del domingo varias minas magnéticas habían hecho explosión en una central eléctrica causando serios daños. No se informaba sobre la pérdida de vidas humanas.

Los periódicos, que tenían prohibida por la sección 4 de la Ley de Protección de la Información de 1982 y la Sección 29 de la Ley de Seguridad Interna la publicación de nada de lo que pudieran averiguar sobre el alcance de los daños, cómo y por quiénes habían sido provocados, y a los que no se les permitía sacar fotografías en el escenario de los hechos, estimulaban la tirada con historias de interés humano (Hermoso Bebé Nace a la Luz de una Vela) y, manteniendo el equilibrio de un delicado matiz semántico por encima del nivel en que las palabras atentan contra la ley, recordaban la cantidad, naturaleza y éxito relativo de actos similares de sabotaje urbano a lo largo del presente año comparados con los de los dos años anteriores. Se analizaba todo de forma puramente teórica, como las estrategias militares desarrollaban guerras del pasado sobre el papel. Se presentaban mapas con fechas que indicaban puntos de infiltración de saboteadores de estados vecinos y líneas discontinuas de trazo grueso que terminaban en estrellas negras: la ruta supuesta seguida desde el punto de entrada hasta el blanco. A veces se señalaba la ruta por la que probablemente habían huido los saboteadores, después. Otros habían sido atrapados, muertos mientras las fuerzas de seguridad los perseguían, o llevados a juicio. En uno o dos casos, se aprobó y se ejecutó la sentencia de muerte en la horca.

El Primer Ministro tenía programado pronunciar un importante discurso en un distrito granjero donde se iban a celebrar unas elecciones complementarias. En lugar de tener que contrarrestar la insatisfacción con su «política agrícola», consiguió solicitar el apoyo de todos los sectores de la comunidad para enfrentar la amenaza de más allá de nuestras fronteras que estaba siempre dispuesta a asestar un golpe a nuestro país. No necesitaba hacerlo, por lo que no mencionó este último ataque a sus partes vitales, que había ocurrido sólo tres días antes del discurso; su cara, con una expresión situada entre lo propio para un funeral y un styddag, bastaba para dejar chicas las quejas sobre los precios de la carne y el maíz.

La publicación de declaraciones oficiales va retrasada con respecto a aquello de lo que la gente enterada llega a enterarse. Un buen periodista debe tener contactos tanto en la fuerza de policía normal como en la policía de seguridad Se había organizado una persecución, se estaban empezando a efectuar controles de rutina en las carreteras y una vigilancia intensiva en todos los aeropuertos y puestos fronterizos: no se ofrecería más información al público mientras se estuvieran siguiendo pistas importantes. Las pistas importantes —todo el mundo sabía cuáles eran. Otra rutina en tales casos: cierta cantidad de gente, en su mayoría negros, había sido detenida incluso antes de que pudieran restablecer los suministros normales de electricidad y estaban siendo interrogados, día tras día, noche tras noche, durante los cuales un nombre extraído mediante una agonía de miedo y soledad, y si eso no daba resultado, mediante la provocación de dolor físico, podía ser o no el de alguien que fuera capaz de intentar volar una central eléctrica. John Vorster Square y sus dependencias de las zonas residenciales y rurales estaban funcionando al máximo de su capacidad. Pero el sargento Marais Chapman había sido relevado de su trabajo en los interrogatorios y enviado con un par de agentes de seguridad negros a hacer averiguaciones entre la gente de dentro de la zona en que las torres de la central eléctrica eran el punto destacado del veld. Uno de los periodistas buenos sabía, sin poder publicar una palabra entretanto (la historia estaba archivada) que la policía había ido a ver al indio de la tienda, que no reconoció ninguna de las fotografías que le mostraron, y que habían visitado todos los terrenos y granjas, interrogando a los braceros negros. Fue en el curso de estas visitas cuando descubrieron una casa vacía, un patio abandonado, en el Terreno 185 de Koppiesdrif, donde un anciano que contaba una historia de que estaba allí para cuidar de su maizal les dijo que ésta era la casa del Baas Kelynhans pero que el oubaas había muerto y los hombres que trabajaban allí ahora, ésos se habían ido hacía dos semanas, y las personas blancas que vivían en la casa, la semana pasada había visto al ama pero esta vez cuando llegó para cuidar su maíz también se había ido. El anciano dio el nombre del baas que atendía la granja ahora que el Baas Kleynhans estaba muerto. De forma que Naas Klopper —¡sin comerlo ni beberlo!— se encontró con la policía sentada en la Klopper’s Eiendoms Beperk, esperando para ver qué les podía decir sobre la casa de Kleynhans.

El periodista le hizo una entrevista poco después. Quería hablar también con la mujer de Klopper, porque Klopper había dejado caer que la pareja blanca «nos había tomado el pelo», incluso comido (el refrigerio creció en proporción con el engaño) en su casa —mi mujer había sentido lástima de la chica, que estaba embarazada. Pero la señora Naas no quiso conceder una entrevista a la prensa inglesa; siempre daban un giro desagradable a las cosas inocentes que decían los afrikaners. Sin embargo, sí que habló con un simpático joven de uno de los periódicos afrikaans, ofreciéndole café y aquellos mismos bizcochos que había hecho y ofrecido a la misma pareja justo antes de que se instalaran. Volvió a describir, como ya lo había hecho con la policía, el aspecto del negro que había aparecido desde el patio, un momento, con una herramienta o algo así (no lo recordaba muy bien) en la mano. Como cualquier otro negro —joven, con unos vaqueros que resultaban algo elegantes, sí, para un bracero. No había dicho nada. La chica blanca no había hablado con él. Pero se puso nerviosa cuando la señora Naas —por amabilidad, nada más, la chica decía que era extranjera— comentó que esperaba que el hombre que había aparecido en la puerta de atrás no fuera un holgazán. Se llamaban Rosser. Parecían unos jóvenes tan educados. Siempre que llegaba a ese punto de su historia, la señora Naas se interrumpía con un largo y tembloroso suspiro, como si alguien la hubiera agarrado por la garganta. Ella y quienquiera que fuese la persona a la que le estaba contando la historia se miraban en el silencio un momento; el periodista no fue una excepción. Algo extraño ardía lentamente, como una vara de incienso que soltara el humo en esta habitación, el salón en dos niveles de la señora Naas, que había sido construido con tanto amor, la chimenea de slasto hecha piedra a piedra por el propio Naas, los animales cuyas pieles cubrían los taburetes del bar cazados por él, el tapiz hecho puntada a puntada por la señora Naas como protección contra la pobreza rural del pasado y con la certeza de que estos objetos y artefactos eran lo que es la civilización.

La señora Naas —al ser una mujer, al tener inclinaciones artísticas— se fija más en las cosas que un hombre, le advirtió Naas Klopper a la policía. Fue la descripción de la señora Naas de la chica y el joven la que se llevaron para compararla con sus archivos y fotografías en John Vorster y para emplearla en los interrogatorios que, si no siempre lograban sacar algo de los obstinados (y a veces no se conseguía arrancarles ni un sonido, se les hiciera lo que se les hiciera) sí que podría revelar un cambio involuntario de expresión que hacía que valiera la pena seguir insistiendo para obtener un reconocimiento, nombres, pruebas de confabulación. Resultó que la policía tenía en sus archivos, escribió el periodista en su artículo (esperando el momento propicio para sacarlo un domingo en primera plana) una descripción de la pareja blanca buscada como un hombre rubio con barba, de veintitantos años, y una joven embarazada. El periodista no tenía ninguna descripción de ningún negro que hubiera tomado parte en el atentado, aunque se sabía que el trabajo en sí fue hecho por unos negros. Era la implicación de unos blancos, lo que era digno de noticia; un revolucionario blanco valía por veinte negros.

Si era perjudicial para la seguridad del Estado permitir la publicación de cualquier detalle sobre los sabotajes, sí era útil emplear ciertos detalles del ataque para impresionar al público con pruebas de lo que los amenazaba. Que el Servicio de Información del Estado cogiera las armas de los saboteadores y apuntara con ellas a las cabezas de los ciudadanos: ésa era la forma de callar a los bocazas que hicieran preguntas incómodas sobre cómo habían llegado a estar amenazados; todo el mundo estaría de acuerdo bien deprisa con que debían concederle al Primer Ministro, para salvar el pellejo, cualquier cosa que exigiese. Se envió una fotografía del alijo de armas a todos los periódicos; rifles de asalto AKM, minas magnéticas con detonadores y mecanismos de relojería del tipo que según se había comprobado había volado parte de la central eléctrica, granadas de mano de ataque y defensa con detonadores, varios cientos de balas. Se incluyeron unos fusiles Dragonov de mira telescópica, en realidad de un alijo distinto, anterior, para causar más impresión, igual que unas cuantas hojas y ramitas dan el toque final a un arreglo floral. No se mostraban los lugares donde se habían descubierto estas armas, pero se afirmaba que algunas habían estado enterradas en el veld en un escondrijo entre arbustos donde parecía que habían vivido los saboteadores antes del ataque y algunas habían estado almacenadas en el garaje de la casa de una granja. Se creía que el cobertizo «reforzado» era un arsenal en el que se había aprovisionado más de un grupo de saboteadores. Una lata de galletas que aparecía en una esquina de la fotografía contenía municiones. Cuando la señora Naas Klopper la vio, soltó un grito de reconocimiento. Estaba la niña con el perrito y las rosas; mi propia lata de galletas, en la que había llevado su ofrenda de bizcochos.

Se ha encontrado un babuino muerto en el camino.

El hedor de la putrefacción condujo a unos niños hasta él mientras estaban patinando. Tenía el brazo derecho destrozado y el pelaje pegado con sangre ennegrecida. Alguien le sacó una fotografía, antes de que una bonsella de cincuenta centavos convenciera a la cuadrilla de barredores municipales de Baca para que retiraran el cadáver el lunes por la mañana.

Nadie quiere publicar la fotografía. El babuino muerto fue encontrado el domingo en que hubo un intento de volar la central eléctrica. El atentado acaparó los periódicos y le ha dado a la gente otro tipo de preocupación; al fin y al cabo, alguna de las zonas residenciales que la criatura había incomodado estuvieron sin electricidad durante dieciocho horas.

Ha sido clasificado como un joven macho adulto de la especie de babuino chacma. Sólo un babuino después de todo; ni un orangután, ni un chimpancé —sólo una especie nativa.

La casa de Kleynhans ha sido fotografiada ahora por reporteros para periódicos publicados en inglés, afrikaans y zulú para grupos de lectores específicos, negros, blancos e intermedios, y para la prensa internacional. Ha adquirido una «C» mayúscula para destacar su ominoso rango de nombre propio, el nombre de una amenaza dentro de la comunidad de la ley y el orden. Si la Casa de Kleynhans puede existir, inadvertida, un terreno cultivable como cualquier otro de los libros de la Klopper’s Eiendoms Beperk, ¿qué queda de aquellos viejos tiempos de seguridad?

Al investigar el atentado de la Casa de Kleynhans la policía encontró dos colchones en el suelo de la casa, así como dos camas; periódicos viejos de hacía muchas semanas que recogían aquella historia de un mono visto por unos niños mientras nadaban. Nada con lo que trabajar. Lo único que la pareja blanca parece haberse olvidado era un instrumento musical de fabricación casera, una especie de saxofón (eso no se colocó junto con la muestra de armas de la fotografía enviada por el Jefe de Seguridad a la prensa). El cuerpo de Seguridad ha buscado en sus archivos a un sospechoso político del que se sabe que había sido músico anteriormente. Era evidente que el instrumento lo había hecho un negro —un cierto ingenio infantil, el tipo de cosa que los negros consiguen montar con trozos de chatarra en un campamento minero o mientras cumplen largas penas en prisión. Gracias al contacto con el Departamento de Prisiones a cargo de Robben Island se ha obtenido la información de que a veces los prisioneros políticos con condenas largas encerrados allí construyen objetos similares. Este instrumento en concreto constaba de anillos metálicos de latas de cerveza (había muchas en la cocina) y cartuchos que coincidían con los del alijo de munición cargada.

Muy al principio de sus investigaciones la policía informó de que una de las cuatro personas —dos blancos y dos negros— que según ha quedado establecido eran responsables del atentado de la Casa de Kleynhans, había sido prendida en la frontera de Swazilandia y había muerto en un tiroteo con la policía. Ningún policía resultó herido en este incidente. Un guarda de la central eléctrica perdió dos dedos, pero ningún otro miembro del personal resultó herido por la explosión y no se había producido pérdida de vidas entre el personal o el público. El anciano que había ido a la Casa de Kleynhans a observar el progreso del maizal fue llevado al depósito de la policía para mirar el cadáver del hombre muerto. La cara podía reconocerse aunque no quedaba mucho del cuerpo. Identificó la cara como la de uno de los braceros que habían trabajado para el ama blanca que había visto en la Casa de Kleynhans; este anciano era por tanto la clave de la investigación, al demostrar sin lugar a dudas que la pareja blanca se había instalado en la casa con el propósito de hacerse con una tapadera y un lugar seguro para los cuatro para organizar el atentado y para guardar las armas y las municiones necesarias. (El señor Naas Klopper ha certificado que un cobertizo sin techo había sido transformado descaradamente en un polvorín con una puerta de acero). Los dos hombres negros se hicieron pasar por braceros hasta pocos días antes del atentado, cuando se trasladaron a una antigua mina abandonada cerca de la central eléctrica. Mantas, restos de paquetes de hamburguesas y comida de este tipo delataban que habían estado instalados ahí, en el veld.

Nadie sabe quiénes son en realidad los saboteadores, vivos o muertos. Hay nombres, sí —a medida que la investigación ha ido avanzando, a medida que los interrogatorios en John Vorster han ido dando resultados, ha habido nombres. El hombre muerto llevaba en la muñeca una pulsera barata con una pequeña placa, en la que aparecía grabado el nombre de «Gende» y se ha verificado que éste era uno de los nombres de un hombre conocido como «Eddie», «Maxwell» o «David Koza». Había sido uno de los miles de detenidos en las revueltas del 76, cuando era un colegial. Se había ido del país en secreto, cuando lo soltaron; nadie sabe cuándo se fue y nadie sabe cuándo regresó.

La pareja blanca no estaba casada. No existe ningún matrimonio conocido como el señor y la señora de Charles Rosser, que estuvieron sentados tímidamente en la casa encantadora de la señora Naas. El nombre de pila afrikaans, «Anna» no era el nombre de la chica. Y el señor y la señora Watson, que viven apaciblemente en Port Elizabeth, y que no la han visto desde hace años —cambió «hasta llegar a ser irreconocible» por unas opiniones políticas que ellos no podían tolerar— la bautizaron hace veintinueve años «de acuerdo con la alegría[6]» ante el nacimiento de una hijita. Que ellos sepan nunca ha estado en Australia. El nombre de bautizo de «Charles» era Winston Derocher —uno de esos deslices sentimentales que tienen estos políticos, ¿eh? ¡mira que adoptar un nombre tan parecido como «Rosser», cuando tenía que saber que los informadores de Inglaterra entregarían a John Vorster un expediente sobre él!

El segundo hombre negro, el superviviente, ha sido identificado como Zachariah Makakune, también conocido como Sidney Tluli. Se cree que se ha infiltrado desde el exilio en varias ocasiones y que ha sido responsable de otros actos de sabotaje, ninguno de los cuales causó pérdidas de vidas, antes del ataque de la Casa de Kleynhans. Pero algún día se le tiene que acabar la suerte; matará o lo matarán. Se tenía la esperanza de que hubiera muerto en el curso de uno de los ataques del Ejército de Defensa Sudafricano en las fronteras contra los hombres del Congreso Nacional Africano que recibían asilo en países vecinos, pero se descubrió que el Ejército de Defensa estaba mal informado; se había cambiado de casa y fueron unos nuevos inquilinos, un obrero de la construcción y su familia, ciudadanos de ese país que jamás habían cruzado sus fronteras, los que fueron ametrallados en sus camas en lugar de él.

De forma que en realidad nadie sabe quién era el que murió después del atentado de la Casa de Kleynhans, ni quiénes se creían que eran, los tres que sobrevivieron y desaparecieron. Nadie sabe en realidad qué nombres indican la identidad que cada uno ha aceptado en su interior. Y ni siquiera esto lo conoce plenamente cada uno: todo lo que le llevó a esta situación; este lugar, este momento, esta identidad que siente. «Charles», en una época amante de Joy, «Charlie», hermano de «Vusi» y «Eddie» —Winston Derocher, con el nombre del héroe de su padre como nombre de pila, no sabe que su lejano antepasado francés, de Rocher, que fundó una familia demasiado confusa por los intercambios lingüísticos y culturales de las migraciones y el matrimonio entre distintas razas como para llevar registros, era un misionero, que como él, vivía afirmando la hermandad —de otra clase— fuera de la estrecha comunidad de su piel. «Vusi» no sabe que la botella de licor barato que encontró con el nombre de Hatherley Distillery procedía de Die Eerste Fabriek, aprobada por el presidente Paul Kruger, la fábrica prototipo del veld donde el propio bisabuelo de «Vusi» trabajaba por el poco dinero que se iba a convertir en nivel de salario acostumbrado para los negros, cuando el campamento minero se declaraba pueblo, ciudad, gran complejo industrial.

El doctor Grahame Fraser-Smith, volviendo a contemplar en la imaginación los ojos de la evolución de los homínidos en un campo de golf, ignoraba una etapa más reciente que había contribuido a su formación. No sabe que desciende, desde hace tan sólo tres generaciones humanas, de una sirvienta, Maisie McCulloch, que llegó importada por un magnate minero para vaciar los orinales de una mansión colonial de los últimos tiempos del victorianismo ahora declarada monumento nacional, y que dejó este puesto para pasar a ser empleada por los negros, abriendo ella misma un burdel para todas las razas en Jepe Street.

Nadie ha conseguido averiguar quién soltó al babuino.

El miembro sagrado de la familia de los simios, la obra de arte del museo municipal de Bellas Artes, tiene un origen conocido y misterioso al mismo tiempo. Está declarado como una auténtica copia europea del siglo XVIII de una estatua del siglo VI de Mallapuram, India. La anciana que la donó había emigrado a Sudáfrica para escapar de las persecuciones raciales de Europa. No estaba al tanto de la rareza de su regalo y creía que estaba dando muestras de un generoso patronazgo de las artes sin sacrificar nada valioso del tesoro privado de cultura europea que había salvado, junto con su propia vida, de la destrucción.

La mina donde Eddie y Vusi se escondieron, que Charles dijo que era de finales del siglo XIX es en realidad mucho más antigua. Se remonta en el pasado mucho más que cualquier cosa de la historia convencional o alternativa, o incluso de la tradición oral; se remonta a las presencias humanas que pueblan la antropología y la arqueología, a las manos que dieron forma a los objetos o encendieron el carbón que se pueden someter a las pruebas del carbono. Nadie sabe que con la corta ocupación de Vusi y Eddie y las terribles herramientas que eran todo lo que tenían para trabajar, se cerraba un círculo, porque antes de los buscadores de la fiebre del oro de la década de 1890, siglos antes de que se midiera el tiempo, aquí, con esas unidades, había una antigua mina, donde otros hombres descubrieron metales preciosos para la humanidad, los extrajeron y fundieron, para su propio uso: hombres negros.

 


📤 Compartir