Milan Kundera
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En l935, tres
años antes de su muerte, Edmund Husserl pronunció, en Viena y Praga, las
célebres conferencias sobre la crisis de la humanidad europea. El adjetivo
«europea» señalaba para él una identidad espiritual que va más allá de la
Europa geográfica (hasta América, por ejemplo) y que nació con la antigua
filosofía griega. Según él, esta filosofía, por primera vez en la Historia,
comprendió el mundo (el mundo en su conjunto) como un interrogante que debía
ser resuelto. Y se enfrentó con ese interrogante, no para satisfacer tal o cual
necesidad práctica, sino porque la «pasión por el conocimiento se había
adueñado del hombre».
La crisis de
la que Husserl hablaba le parecía tan profunda que se preguntaba si Europa se
encontraba aún en condiciones de sobrevivir a la misma. Creía ver las raíces de
la crisis en el comienzo de la Edad Moderna, en Galileo y en Descartes, en el
carácter unilateral de las ciencias europeas que habían reducido el mundo a un
simple objeto de exploración técnica y matemática y habían excluido de su
horizonte el mundo concreto de la vida, die Lebenswelt, como decía él.
El desarrollo
de las ciencias llevó al hombre hacia los túneles de las disciplinas
especializadas. Cuanto más avanzaba éste en su conocimiento, más perdía de
vista el conjunto del mundo y a sí mismo, hundiéndose así en lo que Heidegger,
discípulo de Husserl, llamaba, con una expresión hermosa y casi mágica, «el
olvido del ser».
Ensalzado
antaño por Descartes como «dueño y señor de la naturaleza», el hombre se
convirtió en una simple cosa en manos de fuerzas (las de la técnica, de la
política, de la Historia) que le exceden, le sobrepasan, le poseen. Para esas
fuerzas su ser concreto, su «mundo de la vida» (die Lebenswelt) no tiene ya
valor ni interés algunos: es eclipsado, olvidado de antemano.
2
Creo sin
embargo que sería ingenuo considerar la severidad de esa visión de la Edad
Moderna como una simple condena. Yo diría más bien que los dos grandes filósofos
han desvelado la ambigüedad de esta época que es degradación y progreso a la
vez y, como todo lo humano, contiene el germen de su fin en su nacimiento. Esta
ambigüedad no resta importancia, a mi criterio, a los cuatro últimos siglos
europeos, a los que me siento tanto más ligado puesto que no soy filósofo, sino
novelista. En efecto, para mí el creador de la Edad Moderna no es solamente
Descartes, sino también Cervantes.
Es posible que
sea esto lo que los dos fenomenólogos han dejado de tomar en consideración en
su juicio sobre la Edad Moderna. Al respecto deseo decir: si es cierto que la
filosofía y las ciencias han olvidado el ser del hombre, aún más evidente
resulta que con Cervantes se ha creado un gran arte europeo que no es otra cosa
que la exploración de este ser olvidado.
En efecto,
todos los grandes temas existenciales que Heidegger analiza en Ser y Tiempo, y
que a su juicio han sido dejados de lado por toda la filosofía europea
anterior, fueron revelados, expuestos, iluminados por cuatro siglos de novela
(cuatro siglos de reencarnación europea de la novela). Uno tras otro, la novela
ha descubierto por sus propios medios, por su propia lógica, los diferentes
aspectos de la existencia: con los contemporáneos de Cervantes se pregunta qué
es la aventura; con Samuel Richardson comienza a examinar «lo que sucede en el
interior», a desvelar la vida secreta de los sentimientos; con Balzac descubre
el arraigo del hombre en la Historia; con Flaubert explora la terra hasta
entonces incognita de lo cotidiano; con Tolstoi se acerca a la intervención de
lo irracional en las decisiones y comportamiento humanos. La novela sondea el
tiempo: el inalcanzable momento pasado con Marcel Proust; el inalcanzable
momento presente con James Joyce. Se interroga con Thomas Mann sobre el papel
de 105 mitos que, llegados del fondo de los tiempos, teledirigen nuestros
pasos. Et caetera, et caetera.
La novela
acompaña constante y fielmente al hombre desde el comienzo de la Edad Moderna.
La «pasión de conocer» (que Husserl considera como la esencia de la espiritualidad
europea) se ha adueñado de ella para que escudriñe la vida concreta del hombre
y la proteja contra «el olvido del ser»; para que mantenga «el mundo de la
vida» bajo una iluminación perpetua. En ese sentido comprendo y comparto la
obstinación con que Hermann Broch repetía: descubrir lo que sólo una novela
puede descubrir es la única razón de ser de una novela. La novela que no
descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El
conocimiento es la única moral de la novela.
Y añado además
lo siguiente: la novela es obra de Europa; sus hallazgos, aunque efectuados en
distintos idiomas, pertenecen a toda Europa en su conjunto. La sucesión de los
descubrimientos (y no la suma de lo que ha sido escrito) hace la historia de la
novela europea. Sólo en este contexto supranacional puede el valor de una obra
(es decir, el alcance de sus hallazgos) ser plenamente visto y comprendido.
3
Cuando Dios
abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y su
orden de valores, separado el bien del mal y dado un sentido a cada cosa, don
Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo.
Este, en ausencia del Juez supremo, apareció de pronto en una dudosa
ambigüedad; la única Verdad divina se descompuso en cientos de verdades
relativas que los hombres se repartieron. De este modo nació el mundo de la
Edad Moderna y con él la novela, su imagen y modelo.
Comprender con
Descartes el ego pensante como el fundamento de todo, estar de este modo solo
frente al universo, es una actitud que Hegel, con razón, consideró heroica.
Comprender con
Cervantes el mundo como ambigüedad, tener que afrontar, no una única verdad
absoluta, sino un montón de verdades relativas que se contradicen (verdades
incorporadas a los egos imaginarios llamados personajes), poseer como única
certeza la sabiduría de lo incierto, exige una fuerza igualmente notable.
¿Qué quiere
decir la gran novela de Cervantes? Hay una abundante literatura a este
respecto. Algunos pretenden ver en esta novela la crítica racionalista del
idealismo confuso de don Quijote. Otros ven la exaltación de este mismo
idealismo. Ambas interpretaciones son erróneas porque quieren encontrar en el
fondo de la novela no un interrogante, sino una posición moral.
El hombre
desea un mundo en el cual sea posible distinguir con claridad el bien del mal
porque en él existe el deseo, innato e indomable, de y juzgar antes que de
comprender. En este deseo se han fundado religiones e ideologías. No pueden
conciliarse con la novela sino traduciendo su lenguaje de relatividad y
ambigüedad a un discurso apodíctico y dogmático. Exigen que alguien tenga la
razón: o bien Ana Karenina es víctima de un déspota de cortos alcances o bien
Karenin es víctima de una mujer inmoral; o bien K., inocente, es aplastado por
un tribunal injusto, o bien tras el tribunal se oculta la justicia divina y K.
es culpable.
En este «o
bien-o bien» reside la incapacidad de soportar la relatividad esencial de las
cosas humanas, la incapacidad de hacer frente a la ausencia de Juez supremo.
Debido a esta incapacidad, la sabiduría de la novela (la sabiduría de la
incertidumbre) es difícil de aceptar y comprender.
4
Don Quijote
partió hacia un mundo que se abría ampliamente ante él. Podía entrar libremente
en él y regresar a casa cuando fuera su deseo. Las primeras novelas europeas
son viajes por el mundo, que parece ilimitado. El comienzo de Jacques el
fatalista de Diderot sorprende a los dos protagonistas en medio del camino; se
desconoce de dónde vienen ni adónde van. Se encuentran en un tiempo en que no
hay principio ni fin, en un espacio que no conoce fronteras, en una Europa en
la cual el porvenir nunca puede acabar.
Siglo y medio
después de Diderot, con Balzac, el horizonte lejano ha desaparecido como un paisaje
detrás de esas construcciones modernas que son las instituciones sociales: la
policía, la justicia, el mundo de las finanzas y del crimen, el ejército, el
Estado. El tiempo de Balzac ya no conocía la feliz ociosidad de Cervantes o
Diderot. Se había embarcado ya en el tren que llamamos Historia. Es fácil
subirse a él, pero es difícil apearse. Sin embargo este tren aún no tiene nada
de espantoso, hasta tiene encanto; promete aventuras a todos los pasajeros y
con ellas el bastón de mariscal.
Más tarde aún,
para Emma Bovary, el horizonte se estrecha hasta tal punto que parece un cerco.
Las aventuras se encuentran al otro lado y la nostalgia es insoportable. En el
aburrimiento de la cotidianeidad, sueños y ensoñaciones adquieren importancia.
El infinito perdido del mundo exterior es reemplazado por lo infinito del alma.
La gran ilusión de la unicidad irreemplazable del individuo, una de las más
bellas ilusiones europeas, se desvanece.
Pero el sueño
sobre lo infinito del alma pierde su magia en el momento en que la Historia, o
lo que ha quedado de ella, fuerza sobrehumana de una sociedad omnipotente, se
apodera del hombre. Ya no le promete el bastón de mariscal, apenas le promete
un puesto de agrimensor. K. frente al tribunal, K. frente al castillo, ¿qué puede
hacer? No mucho. ¿Puede al menos soñar como en otro tiempo Emma Bovary? No, la
trampa de la situación es demasiado terrible y absorbe como un aspirador todos
sus pensamientos y todos sus sentimientos: sólo puede pensar en su proceso, en
su puesto de agrimensor. Lo infinito del alma, si lo tiene, pasó a ser un
apéndice casi inútil del hombre.
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El camino de
la novela se dibuja como una historia paralela de la Edad Moderna. Si me giro
para abarcarlo con la mirada, se me antoja extrañamente corto y cerrado. ¿No es
el propio don Quijote quien, después de tres siglos de viaje, vuelve a su aldea
transformado en agrimensor? Se había ido, antaño, a elegir sus aventuras, y
ahora, en esa aldea bajo el castillo, ya no tiene elección, la aventura le es
ordenada: un desdichado contencioso con la administración derivado de un error
en su expediente. Después de tres siglos ¿qué ha ocurrido pues con la aventura,
ese primer gran tema de la novela? ¿Acaso ha pasado a ser su propia parodia?
¿Qué significa esto? ¿Que el camino de la novela se cierra con una paradoja?
Sí, podría
pensarse. Y no sólo hay una, esas paradojas son abundantes. El bravo soldado
Svejk es probablemente la última gran novela popular. ¿No es asombroso que esa
novela cómica sea al mismo tiempo una novela de guerra cuya acción se
desarrolla en el ejército y en el frente? ¿Qué ha ocurrido con la guerra y sus
horrores para que se hayan convertido en motivo de risa?
Con Homero y
Tolstoi, la guerra tenía un sentido totalmente inteligible: se luchaba por la
bella Helena o por Rusia. Svejk y sus compañeros iban al frente sin saber por
qué y, lo que es aún más curioso sin interesarse por ello.
¿Cuál es
entonces el motor de una guerra si no lo es Helena o la patria? ¿Unicamente la
fuerza que desea armarse como tal fuerza? ¿Es acaso esa «voluntad de voluntad»
de la que nos hablará más tarde Heidegger? Pero ¿no ha estado ésta siempre
detrás de todas las guerras? Así es, en efecto. Pero, en esta ocasión, con
Hasek, está desprovista de toda argumentación lógica. Nadie cree en la
charlatanería de la propaganda, ni siquiera quienes la fabrican. La fuerza está
desnuda, tan desnuda como en las novelas de Kafka. En efecto el tribunal no
obtendrá provecho alguno de la ejecución de K., al igual que el castillo no
sacará provecho molestando al agrimensor. ¿Por qué ayer Alemania y hoy Rusia
quieren dominar el mundo? ¿Para ser más ricas? ¿Más felices? No. La agresividad
de la fuerza es perfectamente desinteresada; inmotivada; sólo quiere su querer;
es absolutamente irracional.
Kafka y Hasek
nos enfrentan pues con esta inmensa paradoja; en la Edad Moderna, la razón
cartesiana corroía uno tras otro todos los valores heredados de la Edad Media.
Pero en el momento de la victoria total de la razón, es lo irracional en estado
puro (la fuerza que no quiere sino su querer) lo que se apropiará de la escena
del mundo porque ya no habrá un sistema de valores comúnmente admitidos que
pueda impedírselo.
Esta paradoja,
magistralmente resaltada en Los sonámbulos de Hermann Broch, es una de las que
me gustaría llamar terminales. Hay otras. Por ejemplo: la Edad Moderna
cultivaba el sueño de una humanidad que, dividida en diversas civilizaciones
separadas, encontraría un día la unidad y, con ella, la paz eterna. Hoy, la
historia del planeta es, finalmente, un todo indivisible, pero es la guerra,
ambulante y perpetua, la que realiza y garantiza esa unidad de la humanidad
largo tiempo soñada. La unidad de la humanidad signifìca: nadie puede escapar a
ninguna parte.
6
Las
conferencias en las que Husserl trató la crisis de Europa y la posibilidad de
la desaparición de la humanidad europea fueron su testamento filosófico. Las
pronunció en dos capitales de Europa central. Esta coincidencia tiene un
profundo significado: evidentemente, es en esta misma Europa central donde, por
primera vez en su historia moderna, Occidente pudo presenciar la muerte de
Occidente, o, para ser más precisos, la amputación de un trozo de sí mismo
cuando Varsovia, Budapest y Praga fueron deglutidas por el imperio ruso. Esta
desgracia la generó la primera guerra mundial desencadenada por el imperio de
los Habsburgo, que condujo a ese mismo imperio a su destrucción y desequilibró
para siempre la ya debilitada Europa.
Aquellos
últimos tiempos apacibles en los que el hombre sólo tenía que combatir a los
monstruos de su alma, los tiempos de Joyce y Proust quedaron atrás. En las
novelas de Kafka, Hasek, Musil y Broch, el monstruo llega del exterior y se
llama Historia; ya no se parece al tren de los aventureros; es impersonal,
ingobernable, incalculable, ininteligible —y nadie se le escapa. Es el momento
(al terminar la guerra del l4) en que la pléyade de los grandes novelistas
centro-europeos vio, tocó, captó las paradojas terminales de la Edad Moderna.
¡Pero no deben
leerse sus novelas como una profecía social y política, como un Orwell
anticipado! Lo que nos dice Orwell pudo decirse igualmente (o quizá mucho
mejor) en un ensayo o un panfleto. Por el contrario, esos novelistas descubren
«lo que solamente una novela puede descubrir»: demuestran cómo, en las
condiciones de las «paradojas terminales», todas las categorías existenciales
cambian de pronto de sentido: ¿qué es la aventura si la libertad de acción de
un K. es absolutamente ilusoria? ¿Qué es el porvenir si los intelectuales de El
hombre sin atributos no tienen la más insignifìcante sospecha de la guerra que
mañana va a barrer sus vidas? ¿Qué es el crimen si el Huguenau de Broch no
solamente no lamenta, sino que olvida el asesinato que ha cometido? Y si la
única gran novela cómica de esta época, la de Hasek, tiene por escenario la
guerra, ¿qué ha pasado con lo cómico? ¿Dónde está la diferencia entre lo
privado y lo público si K., incluso en su lecho de amor, no puede eludir la
presencia de dos enviados del castillo? ¿Qué es, en este caso, la soledad? ¿Una
carga una angustia una maldición, como han querido hacernos creer o, por el
contrario, el más preciado valor, a punto de ser destruido por la colectividad
omnipresente?
Los períodos
de la historia de la novela son muy largos (no tienen nada que ver con los
cambios hécticos de las modas) y se caracterizan por tal o cual aspecto del ser
que la novela examina prioritariamente. Así las posibilidades contenidas en el
hallazgo flaubertiano de la cotidianeidad no se desarrollaron plenamente hasta
setenta años más tarde, en la gigantesca obra de James Joyce. El período
inaugurado hace cincuenta años por la pléyade de novelistas centroeuropeos
(período de las paradojas terminales) me parece lejos de estar cerrado.
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Se habla mucho
y desde hace tiempo del fin de la novela: fundamentalmente los futuristas, los
surrealistas, casi todas las vanguardias. Veían desaparecer la novela en el
camino del progreso, en beneficio de un porvenir radicalmente nuevo, en
beneficio de un arte que no se asemejaría a nada de lo que ya existía. La
novela sería enterrada en nombre de la justicia histórica, al igual que la
miseria, las clases dominantes, los viejos modelos de coches y los sombreros de
copa.
Así pues, si
Cervantes es el fundador de la Edad Moderna, el fin de su herencia debería
significar aigo más que un simple relevo en la historia de las formas
literarias; anunciaría el fin de la Edad Moderna. Es por lo que la sonrisa
beatífica con la que se pronuncian necrologías de la novela me parece frívola.
Frívola, porque ya he visto y vivido la muerte de la novela, su muerte violenta
(mediante prohibiciones, la censura, la presión ideológica), en el mundo en que
he pasado gran parte de mi vida y al que acostumbramos llamar totalitario.
Entonces, quedó de manifiesto con toda claridad que la novela era perecedera;
tan perecedera como el Occidente de la Edad Moderna. La novela, en tanto que
modelo de ese mundo, fundamentado en la relatividad y ambigüedad de las cosas
humanas, es incompatible con el universo totalitario. Esta incompatibilidad es
aún más profunda que la que separa a un disidente de un apparatchik, a un
combatiente pro derechos humanos de un torturador, porque no es solamente
política o moral, sino también ontológica. Esto quiere decir: el mundo basado
sobre una única Verdad y el mundo ambiguo y relativo de la novela están
modelados con una materia totalmente distinta. La Verdad totalitaria excluye la
relatividad, la duda, la interrogación y nunca puede conciliarse con lo que yo
llamaría el espíritu de la novela.
Pero ¿acaso en
la Rusia comunista no se publican centenares y millares de novelas con enormes
tiradas y gran éxito? Sí, pero estas novelas ya no prolongan la conquista del
ser. No ponen al descubierto ninguna nueva parcela de la existencia; únicamente
confirman lo que ya se ha dicho; más aún: en la confirmación de lo ya dicho (de
lo que hay que decir) consisten su razón de ser, su gloria, su utilidad en la
sociedad a la que pertenecen. Al no descubrir nada, no participan ya en la
sucesión de descubrimientos a los que llamo la historia de la novela; se sitúan
fuera de esta historia, o bien: son novelas de después de la historia de la
novela.
Hace
aproximadamente medio siglo que la historia de la novela se detuvo en el
imperio del comunismo ruso. Es un acontecimiento de enorme importancia, dada la
grandeza de la novela rusa de Gogol a Biely. La muerte de la novela no es pues
una idea fantasiosa. Ya se ha producido. Y ahora ya sabemos cómo se muere la
novela: no desaparece, sale fuera de su historia. Su muerte se produce pues en
forma suave, desapercibida, y no escandaliza a nadie.
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Pero ¿no llega
la novela al fin de su camino por su propia lógica interna? ¿No ha explotado ya
todas sus posibilidades, todos sus conocimientos y todas sus formas? He oído
comparar su historia con las minas de carbón desde hace ya largo tiempo
agotadas. Pero ¿no se parece quizá más al cementerio de las ocasiones perdidas,
de las llamadas no escuchadas? Hay cuatro llamadas a las que soy especialmente
sensible.
La llamada del
juego.– Tristam Shandy de Laurence Sterne y Jacques el fatalista de Denis
Diderot se me antojan hoy como las dos más importantes obras novelescas del
siglo XVIII, dos novelas concebidas como un juego grandioso. Son las dos cimas
de la levedad nunca alcanzadas antes ni después. La novela posterior se dejó
aprisionar por el imperativo de la verosimilitud, por el decorado realista, por
el rigor de la cronología. Abandonó las posibilidades que encierran esas dos
obras maestras y que hubieran podido dar lugar a una evolúcion de la novela
diferente de la que conocemos (sí, se puede imaginar también otra historia de
la novela europea…).
La llamada del
sueño.– Fue Franz Kafka quien despertó repentinamente la imaginación dormida
del siglo XIX y quien consiguió lo que postularon los surrealistas después de
él sin lograrlo del todo: la fusión del sueño y la realidad. Esta es, de hecho,
una antigua ambición estética de la novela, presentida ya por Novalis, pero que
exige el arte de una alquimia que sólo Kafka ha descubierto unos cien años
después. Este enorme descubrimiento es menos el término de una evolución que
una apertura inesperada que demuestra que la novela es el lugar en el cual la
imaginación puede explotar como en un sueño y que la novela puede liberarse del
imperativo aparentemente ineluctable de la verosimilitud.
La llamada del
pensamiento.– Musil y Broch dieron entrada en el escenario de la novela a una
inteligencia soberana y radiante. No para transformar la novela en filosofía,
sino para movilizar sobre la base del relato todos los medios, racionales e
irracionales, narrativos y meditativos, que pudieran iluminar el ser del
hombre; hacer de la novela la suprema síntesis intelectual. ¿Es su proeza el
fin de la historia de la novela, o más bien la invitación a un largo viaje?
La llamada del
tiempo.– El período de las paradojas terminales incita al novelista a no
limitar la cuestión del tiempo al problema proustiano de la memoria personal,
sino a ampliarla al enigma del tiempo colectivo, del tiempo de Europa, la
Europa que se gira para mirar el pasado, para hacer su propio balance, para
captar su propia historia, al igual que un anciano capta con una sola mirada su
vida pasada. De ahí el deseo de franquear los límites temporales de una vida
individual en los que la novela había estado hasta entonces encerrada
incorporando a su ámbito varias épocas históricas. (Aragon y Fuentes ya lo han
intentado).
Pero no quiero
profetizar sobre los futuros derroteros de la novela, de los que nada sé;
quiero decir únicamente: si la novela debe realmente desaparecer, no es porque
esté completamente agotada, sino porque se encuentra en un mundo que ya no es
el suyo.
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La unificación
de la historia del planeta, ese sueño humanista que Dios con maldad ha
permitido que se llevara a cabo, va acompañada de un vertiginoso proceso de
reducción. Es cierto que las termitas de la reducción carcomen la vida humana
desde siempre: incluso el más acendrado amor acaba por reducirse a un esqueleto
de recuerdos endebles. Pero el carácter de la sociedad moderna refuerza
monstruosamente esta maldición: la vida del hombre se reduce a su función
social; la historia de un pueblo, a algunos acontecimientos que, a su vez, se
ven reducidos a una interpretación tendenciosa; la vida social se reduce a la
lucha política y ésta a la confrontación de dos únicas grandes potencias
planetarias. El hombre se encuentra en un auténtico torbellino de la reducción
donde el «mundo de la vida» del que hablaba Husserl se oscurece fatalmente y en
el cual el ser cae en el olvido.
Por tanto, si
la razón de ser de la novela es la de mantener el «mundo de la vida»
permanentemente iluminado y la de protegernos contra «el olvido del ser», ¿la
existencia de la novela no es hoy más necesaria que nunca?
Sí, eso me
parece. Pero, desgraciadamente, también afectan a la novela las termitas de la
reducción que no sólo reducen el sentido del mundo, sino también el sentido de
las obras. La novela (como toda la cultura) se encuentra cada vez más en manos
de los medios de comunicación; éstos, en tanto que agentes de la unificación de
la historia planetaria, amplían y canalizan el proceso de reducción;
distribuyen en el mundo entero las mismas simplificaciones y clichés que pueden
ser aceptados por la mayoría, por todos, por la humanidad entera. Y poco
importa que en sus diferentes órganos se manifiesten los diversos intereses
políticos. Detrás de esta diferencia reina un espíritu común. Basta con hojear
los periódicos políticos norteamericanos o europeos, tanto los de la izquierda
como los de la derecha del Time al Spiegel todos tienen la misma visión de la
vida; que se refleja en el mismo orden según el cual se compone su sumario, en
las mismas secciones, las mismas formas periodísticas, en el mismo vocabulario
y el mismo estilo, en los mismos gustos artísticos y en la misma jerarquía de
lo que consideran importante y lo que juzgan insignificante. Este espíritu
común de los medios de comunicación disimulado tras su diversidad política, es
el espíritu de nuestro tiempo. Este espíritu me parece contrario al espíritu de
la novela.
El espíritu de
la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: «Las
cosas son más complicadas de lo que tú crees». Esa es la verdad eterna de la
novela que cada vez se deja oír menos en el barullo de las respuestas simples y
rápidas que preceden a la pregunta y la excluyen. Para el espíritu de nuestro
tiempo, tiene razón Ana o tiene razón Karenin, y parece molesta e inútil la
vieja sabiduría de Cervantes que nos habla de la dificultad de saber y de la
inasible verdad.
El espíritu de
la novela es el espíritu de la continuidad: cada obra es la respuesta a las
obras precedentes, cada obra contiene toda la experiencia anterior de la
novela. Pero el espíritu de nuestro tiempo se ha fijado en la actualidad, que
es tan expansiva, tan amplia que rechaza el pasado de nuestro horizonte y
reduce el tiempo al único segundo presente. Metida en este sistema, la novela
ya no es obra (algo destinado a perdurar, a unir el pasado al porvenir), sino
un hecho de actualidad como tantos otros, un gesto sin futuro.
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¿Quiere decir
esto que, en el mundo «que ya no es el suyo», la novela desaparecerá? ¿Que va a
dejar a Europa hundirse en el «olvido del ser»? ¿Que sólo quedará la
charlatanería sin fin de los grafómanos, novelas de después de la historia de
la novela? No lo sé. Sólo creo saber que la novela ya no puede vivir en paz con
el espíritu de nuestro tiempo: si todavía quiere seguir descubriendo lo que no
está descubierto, si aún quiere «progresar» en tanto que novela, no puede
hacerlo sino en contra del progreso del mundo.
La vanguardia
ha visto las cosas de otro modo; estaba poseída por la ambición de estar en
armonía con el porvenir. Los artistas vanguardistas crearon obras, cierto es,
realmente valientes, difíciles, provocadoras, abucheadas, pero las crearon con
la certeza de que «el espíritu del tiempo» estaba con ellos y que, mañana, les
daría la razón.
Antaño, yo
también consideré que el porvenir era el único juez competente de nuestras
obras y de nuestros actos. Sólo más tarde comprendí que el flirteo con el
porvenir es el peor de los conformismos, la cobarde adulación del más fuerte.
Porque el porvenir es siempre más fuerte que el presente. El es el que, en
efecto, nos juzgará. Y por supuesto, sin competencia alguna.
Pero, si el
porvenir no representa un valor para mí, ¿a quién o a qué me siento ligado?: ¿a
Dios? ¿a la patria? ¿al pueblo? ¿al individuo?
Mi respuesta
es tan ridícula como sincera: no me siento ligado a nada salvo a la
desprestigiada herencia de Cervantes.
