William Faulkner
1
Estaba de pie, llevando puesto el raído, descolorido y limpio «mono» que Mannie le había lavado hacía sólo una semana, y oyó la primera gleba golpear la caja de pino. Pronto tuvo él una de las palas, que en sus manos (medía más de seis pies y pesaba más de doscientas libras) parecía una de las palas de juguete con la que los niños juegan en la playa, y con ella lanzó medio pie cúbico de tierra como una palita de niño hubiera lanzado un poquito de arena. Uno de los trabajadores del aserradero le tocó un brazo y dijo:
—Déjamela, Rider.
No dudó siquiera. Soltó una mano en mitad del movimiento y la impulsó de revés, golpeando al otro en pleno pecho, empujándole un paso atrás, y volvió a llevar la mano a la pala que seguía en movimiento, echando tierra con una furia tan sin esfuerzo que el montículo parecía elevarse por su propio impulso, no construido desde arriba, sino irrumpiendo visiblemente de la misma tierra, hasta que al fin la fosa, salvo por ser nueva, se pareció a todas las otras señaladas, sin orden en aquel terreno estéril por trozos de barro cocido y botellas rotas y ladrillos viejos y otras cosas insignificantes a la vista, pero realmente con un profundo significado y fatales si se tocaban, que ningún blanco podría interpretar. Entonces se enderezó y con una mano lanzó la pala vibrante como una jabalina a plomo sobre el montículo y se volvió y empezó a alejarse, siguió andando aun cuando una vieja salió del escaso grupo de sus parientes y amigos y de unos pocos viejos que le conocían a él desde su nacimiento, y a su esposa muerta y se aferró a su brazo.
Era su tía. Ella le había criado. A sus padres no los recordaba en absoluto.
—¿Adónde vas? —le dijo.
—Voy a casa —dijo él.
—No debes volver allí solo —le dijo—. Necesitas comer. Ven a nuestra casa a comer.
—Voy a casa —repitió él, liberándose de la mano de ella, su antebrazo como de hierro, como si el peso de la mano de ella no fuera superior al de una mosca, los otros miembros del aserradero cuyo capataz era él, se apartaban en silencio para dejarle pasar. Pero antes de que llegase a la cerca, uno de ellos le alcanzó; no necesitaba decir que era un mensajero de la tía.
—Espera, Rider —dijo el otro—. Tenemos una jarra entre las matas… —Luego, el otro dijo lo que no pretendía decir, lo que nunca había imaginado decir en circunstancias como ésa, aunque todos lo supieran— los muertos que no quieren o no pueden dejar la tierra todavía aunque la carne en la que han vivido una vez haya vuelto a ella, digan lo que quieran los predicadores, y reiteren y afirmen que ellos la dejen no sólo sin pena sino con alegría, al ascender a la gloria:
—No debes volver de noche. Estará ella.
Él no se detuvo, bajó la vista hacia el otro, los ojos rojos en el interior de los ángulos en su alta cabeza, ligeramente echada hacia atrás.
—Déjame solo, Acey —dijo—. No me molestes ahora.
Y continuó, pasando por encima de los tres cables de alambre de la cerca sin interrumpir sus zancadas, y atravesó el camino y entró en los bosques. Era ya casi anochecido cuando salió de ellos y atravesó el último campo, pasando también por encima de aquella cerca de un tranco a la senda. Estaba desierta a aquella hora del atardecer del domingo —ninguna familia en carro, ningún jinete ni peatón que se dirigiese a la iglesia que hablase con él y cuidadosamente se contuviese de mirarle después de haber pasado— el pálido y seco polvo de agosto, del que las huellas de los cascos y las ruedas de una larga semana habían sido borrados por el paso ocioso y sin premura de los zapatos domingueros, con algo por debajo, desvanecido pero no ido, fijado y mantenido en polvo recocido, la marca estrecha de los dedos del pie descalzo de su mujer cuando los sábados por la tarde se dirigía al economato para comprar las provisiones para la semana próxima mientras él se bañaba; las de él, sus propias huellas, fijaban el período en que pasaba ahora, caminando casi tan de prisa como un hombre más pequeño hubiera ido trotando, su cuerpo arremetía contra el aire que el cuerpo de ella había dejado libre, sus ojos tocaban los objetos —el poste y el árbol y el campo y la casa y la colina— que los ojos de ella habían perdido.
La casa era la última del sendero, no suya, sino alquilada a Carothers Edmonds, el terrateniente blanco de la región. Pero el alquiler se pagaba puntualmente y por adelantado, y en seis meses apenas había arreglado el piso de la entrada y reconstruyó y techó la cocina, haciendo el trabajo él mismo los sábados por la tarde y los domingos con la ayuda de su mujer, y compró el hornillo. Porque ganaba bastante: trabajando en el aserradero desde que empezó a ser hombre a los quince o dieciséis años y ahora, a los veinticuatro, capataz de la cuadrilla ya que el grupo que él capitaneaba transportaba un tercio más de madera entre la salida y la puesta del sol que lo que ningún otro transportaba, y él mismo a veces, como una vanidosa demostración de su fuerza, manejaba troncos que corrientemente hubieran necesitado dos hombres con los ganchos; nunca sin trabajo ni siquiera en los viejos días cuando en realidad no tenía necesidad de dinero, cuando mucho de lo que quería, de lo que necesitaba quizá, no le costaba dinero —las mujeres, lustrosas y oscuras y que para todos los designios innominados no tenía necesidad de pagar y no tenía importancia para él la ropa que se ponía y siempre había comida para él a cualquier hora del día o de la noche en la casa de su tía que ni siquiera quería coger los dos dólares que él le daba todos los sábados— de modo que sólo tenía que gastar los sábados y los domingos en los dados y en el whisky hasta aquel día hacía seis meses cuando por primera vez vio a Mannie, a quien había conocido toda su vida, y se dijo a sí mismo: «Basta con todo esto», y se casaron y él alquiló la cabaña a Carothers Edmonds y en su noche de bodas encendió el fuego en la chimenea como se contaba que el tío Lucas Beauchamp, el más viejo inquilino de Edmonds, había hecho en la suya hacía cuarenta y cinco años y que estaba encendido desde entonces; y se levantaba y se vestía y tomaba su desayuno a la luz de la lámpara para hacer a pie las cuatro millas y llegar al aserradero a la salida del sol, y exactamente una hora después del ocaso entraba en la casa de nuevo, cinco días a la semana, hasta el sábado. Entonces, no había pasado una hora del mediodía cuando él subía las escaleras y llamaba, no en el poste o en la puerta, sino en la parte interior del techo de la veranda, y entraba y hacía resonar la cascada luminosa de los dólares de plata sobre la fregada mesa en la cocina, donde su comida hervía a fuego lento sobre la hornilla y le esperaba la bañera de agua caliente y el bote con el suave jabón y la toalla hecho con sacos de harina abiertos y cosidos juntos y su «mono» y su camisa limpios, y Mannie recogía el dinero y marchaba durante media milla hasta el economato y compraba el suministro para la semana siguiente y depositaba el resto en la caja fuerte de Edmonds y volvía y ellos comían otra vez sin prisas ni carreras después de cinco días —la carne de falda, la verdura, el pan de trigo, el suero de mantequilla de la casa grande, y la torta que ella cocía todos los sábados, ya que tenía una cocina con homo.
Pero cuando puso la mano en la puerta le pareció de pronto que detrás no había nada. De todos modos, la casa nunca fue suya, pero hasta el nuevo entarimado y las traviesas del umbral y del techo, la chimenea y la cocina y la cama, eran todos parte del recuerdo de algún otro, por eso se detuvo en la puerta entreabierta.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —dijo en voz alta, como si se hubiese dormido en un sitio y luego se hubiese despertado repentinamente para encontrarse en otro.
Entonces vio al perro. Lo había olvidado. No recordaba haberlo visto ni oído desde que empezó a aullar precisamente antes de amanecer el día anterior, un perro grande, un perro de caza con algo de sangre de mastín (él le había dicho a Mannie un mes después de casados: «Necesito un perro grande. Tú eres la única, cosa que podrás estar a mi lado siempre, no un día, ni sólo unas semanas») salió de debajo de la veranda y se acercaba, no corriendo, sino como si anduviese a la deriva en la luz del crepúsculo hasta que se apoyó ligeramente en su pierna, levantó la cabeza hasta que él la tocó con la punta de los dedos, mirando hacia la casa y sin hacer ningún ruido; entonces, como si el animal la hubiera hecho guardia frente a ella durante su ausencia y sólo en ese momento la abandonase, el armazón de madera y travesaños delante de él se solidificó, se rellenó y, por un momento le pareció que no le sería posible entrar.
—Pero yo necesito comer. Los dos necesitamos comer —dijo avanzando aunque el perro no le seguía hasta que él se volvió maldiciéndole—. ¡Ven aquí! —dijo—. ¿De qué tienes miedo? Ella te quería a ti también, como a mí.
Y subieron los escalones y atravesaron la veranda y entraron en la casa —la única habitación llena de oscuridad en la que todos aquellos seis meses estaban ahora repletos y hacinados en un instante de tiempo hasta no dejar en el aire espacio para respirar, repletos y hacinados en torno a la chimenea donde el fuego que hubiera debido durar hasta el fin de ellos dos, delante de la cual en los días antes de haber podido comprar la hornilla él entraba después de haber cubierto las cuatro millas a pie desde el aserradero y la encontraba, el contorno de su espalda estrecha y sus caderas, acurrucada, una pequeña mano extendida resguardando su casa del fuego sobre el que la otra mano sostenía la cacerola, cuando el sol salió el día anterior se había convertido ya en su seco, leve y tentador abono de cenizas muertas— y él estaba allí mientras el último rayo de luz se apagaba en tomo al fuerte e indomable latido de su corazón y el profundo y regular movimiento del tórax que la rápida marcha por el accidentado camino de los bosques y los campos no habían aumentado y la permanencia en la tranquila borrosa habitación no había moderado.
Luego el perro se apartó de él. La leve presión cesó en su costado: oyó el golpe y el rasguño de sus uñas en el piso de madera cuando se alejó y de pronto le pareció que estaba huyendo. Pero se detuvo precisamente fuera de la puerta, donde podía verlo, y levantando la cabeza empezó a aullar, y entonces la vio a ella también. Ella estaba de pie en la puerta de la cocina, mirándole. Él no se movió. No respiró ni habló hasta estar seguro de que su voz sería normal, su semblante compuesto también para no sobresaltarla.
—Mannie —dijo—. Todo está bien. No tengo miedo.
Luego dio un paso hacia ella, sin siquiera alzar la mano todavía, y se detuvo. Luego dio otro paso. Pero esta vez cuando él se movió ella empezó a desvanecerse. Él se detuvo, sin respirar de nuevo, inmóvil, deseando que sus ojos vieran que ella se había detenido también. Pero ella no se había detenido. Ella se desvanecía, se iba.
—Espera —dijo, hablando tan dulcemente como nunca había oído su voz al hablar a una mujer—: Déjame ir contigo, amor mío.
Pero ella se iba. Se iba de prisa, él podía sentir realmente entre ellos la insuperable barrera de aquella misma fuerza que levantaba un tronco que hubiera necesitado dos hombres para manejarlo, de la sangre y los huesos y la carne demasiado fuertes, insuperable para la vida, habiendo aprendido al menos una vez con sus propios ojos lo resistente que era, hasta en la muerte súbita y violenta, no los huesos y la carne de un hombre joven, quizá, sino la voluntad de aquellos huesos y aquella carne de permanecer vivo, como en efecto estaba.
Luego ella se fue. Cruzó la puerta donde ella había estado, y se dirigió al hornillo. No encendió la lámpara. No necesitaba ninguna luz. Él había colocado el fogón y construido los estantes para los platos; de entre ellos cogió dos a tientas y de la olla que se apoyaba fría sobre la fría homilía vació en los platos la comida que su tía le había llevado el día antes y de la cual había comido aunque no recordaba cuándo la había comido ni lo que era, y llevó los platos a la desnuda y restregada mesa bajo la sola y pequeña ventana y acercó dos sillas y se sentó, esperando de nuevo hasta que estuvo seguro de que su voz sería lo que él quería que fueses.
—Ven aquí, ahora —dijo ásperamente—. Ven aquí y come tu cena. No quiero tener ningún…
Se interrumpió, mirando su plato, respirando con fuerza, jadeando profundamente, su pecho se arqueaba y se hundía hasta que se detuvo de pronto y se mantuvo inmóvil tal vez por medio minuto, y se llevó a la boca una cucharada de los fríos y pegajosos guisantes. La masa congelada y seca pareció rebotar al contacto de sus labios. Ni siquiera entibiados por el calor de su boca, guisantes y cuchara y se esparcieron y resonaron en el plato; su silla cayó hacia atrás y se encontró de pie, sintiendo los músculos de la mandíbula que empezaban a abrirle la boca, tirando con fuerza hacia arriba de la parte superior de la cabeza. Pero detuvo eso también antes de que formase el sonido, se dominó de nuevo mientras rápidamente vaciaba la comida de su plato en el otro y cogió éste y salió de la cocina, atravesó el otro cuarto y la veranda y dejó el plato en el escalón más bajo y fue hacia la valla.
El perro no estaba allí, pero lo alcanzó cuando no había cubierto media milla. Había luna entonces, y sus dos sombras saltaban rotas a intervalos entre los árboles o se extendían largas e intactas a través de los declives de los prados o los viejos campos abandonados sobre las colinas, avanzando el hombre casi tan de prisa como hubiera avanzado un caballo sobre ese terreno, cambiando de dirección cada vez que aparecía una ventana iluminada, el perro trotando a sus talones mientras sus sombras se acortaban según la posición de la luna hasta que al fin las hollaron y la última lámpara lejana se desvaneció y las sombras empezaron a alargarse por el otro lado, siguiendo a sus talones hasta cuando un conejo saltó casi tan bajo los pies del hombre, y luego echándose a la grisácea luz del alba junto al cuerpo extendido del hombre, cerca de la masa fatigada y abatida del tórax, del ronquido áspero y estrepitoso que sonaba no como un gemido de dolor sino como alguien sin armas empeñado en singular combate.
Cuando llegó al aserradero no había sino el fogonero. Un hombre mayor que él que en aquel momento volvía la espalda a la hoguera, observándole silenciosamente mientras él atravesaba el calvero, marchando como si tuviese que pasar no sólo a través del techado de la caldera sino a través (o por encima) de la misma caldera, con el «mono» ayer limpio ahora sucio, manchado y empapado hasta las rodillas por el rocío, la gorra echada a un lado de la cabeza, pendiente de lo alto sobre la oreja como siempre la llevaba, el blanco de los ojos bordeado de rojo y un algo apremiante y esforzado en ellos.
—¿Dónde está tu tartera? —dijo. Pero antes de que el fogonero pudiese responderle él había pasado y descolgado la tartera de un clavo en un poste—. Sólo quiero una galleta —dijo.
—Cómetelo todo —dijo el fogonero—. Yo me serviré de las otras tarteras para el almuerzo. Luego vete a casa y métete en la cama. No tienes buen aspecto.
—No he venido a que me vean —dijo, sentándose en el suelo, la espalda contra el poste, la tartera abierta entre las rodillas.
Con las manos se atiborraba la boca de comida, devorándola —guisantes de nuevo, también helados, un trozo de pollo frito de ayer domingo, algunos pedazos duros de carne frita esta mañana, una galleta del tamaño de la gorra de un chico— sin distinguir, sin saborear. El resto del personal estaba congregado, con un ruido de voces y movimientos, fuera del cobertizo de la caldera; en seguida el capataz se presentó a caballo en el calvero. Pero él no alzó la vista, puso a un lado la tartera vacía, se enderezó sin mirar a nadie, se fue al riachuelo y se echó boca abajo, inclinó la cabeza sobre el agua, sorbiéndola con el mismo ritmo profundo, fuerte, con la misma respiración turbada con la que había roncado, o como cuando había estado en la casa vacía ayer al atardecer, tratando de respirar.
Entonces las carretillas empezaron a rodar. El aire vibró con el rápido latido de los émbolos y el quejido y el rechino de la sierra, las carretillas rodaban una a una sobre los rodillos, y él saltaba sobre las carretillas en movimiento, manteniéndose en equilibrio sobre la carga que debía descargar, quitando de un golpe las cuñas y soltando la cadena de sujeción y con el gancho acomodaba los troncos de ciprés y de abeto y de encina, uno a uno, hacía el plano inclinado de los rodillos, los sostenía hasta que otros dos hombres de su cuadrilla estaban preparados para recibirlos y guiarlos, hasta que la descarga de cada carretilla llegó a ser un largo y retumbante bramido acentuado por gruñidos vociferantes y, a medida que la mañana avanzaba y se empezaba a sudar, frases de canciones lanzadas de un lado al otro. Él no cantaba con los demás. Raramente lo hacía, y esa mañana podía haber sido igual a cualquier otra —él mismo, con su altura por encima de las cabezas de los que cuidadosamente evitaban mirarle, desnudo hasta la cintura, sin camisa, y el «mono» atado en torno a sus caderas con los tirantes, la parte superior de su cuerpo desnudo excepto el pañuelo al cuello y la gorra pegada a la cabeza cayendo sobre la oreja derecha, el sol cada vez más alto daba reflejos de acero sobre los grupos y sus manojos de músculos color de medianoche, hasta que llegó el pitido de mediodía y él dijo a los dos hombres que estaban a la cabeza de los rodillos:
—Cuidado. Quitaos de en medio —y guió el tronco por el declive abajo, manteniéndose en equilibrio sobre él con cortos y rápidos pasos hacia atrás mientras se precipitaba retumbando.
El marido de su tía estaba esperándole. Un hombre viejo, tan alto como él, pero flaco, casi endeble, llevaba un balde de hojalata en una mano y un plato cubierto en la otra, se sentaron los dos a las sombra cerca del riachuelo a poca distancia de donde los otros estaban abriendo las tarteras de su almuerzo. El balde contenía un jarro de fruta y suero de leche bien envuelto en un trozo de saco húmedo y limpio. El plato cubierto era una torta de melocotón, aún caliente.
—La ha hecho para ti esta mañana —dijo el tío—. Te manda decir que vengas a casa.
Él no contestó, un poco inclinado hacia delante, los codos sobre las rodillas, manteniendo la torta con las dos manos, comiendo ávidamente, el almíbar le rebosaba ensuciándole y escurriéndole por la barbilla, parpadeando rápidamente mientras masticaba, un poco más cubierto el blanco de los ojos de rayitas rojas.
—Yo fui a tu casa ayer noche, pero no estabas allí. Ella me ha mandado. Quiere que vayas a casa. Ha dejado encendida la lámpara toda la noche por ti.
—Yo estoy bien —dijo él.
—Tú no estás bien. El Señor da y Él lo quita. Pon tu fe y cree en Él. Y ella te ayudará.
—¿Qué fe y qué creencia? —dijo él—. ¿Qué le había hecho Mannie a Él? Él quiso venir y meterse conmigo y…
—¡Calla! —dijo el viejo—. ¡Calla!
Luego las carretillas rodaron de nuevo. Entonces pudo dejar de sentir la necesidad de inventarse a sí mismo razones para su jadear, hasta que después de un rato empezó a creer que había olvidado lo referente a su jadear ya que no podía oírlo ni siquiera él sobre el continuo retumbar de los troncos rodando; apenas descubrió que lo había olvidado, se dio cuenta de que no, por lo que en vez de impulsar el último tronco en el rodillo se irguió y tiró el gancho como si fuera una cerilla quemada y en la apagada repercusión del último tronco que rodaba por la pendiente se inclinó entre los dos carriles sesgados del rodillo, haciendo frente al tronco que todavía se hallaba en la carretilla. Lo había hecho ya otras veces —coger con sus manos un tronco de la carretilla, balancearlo, y volverse con él y lanzarlo dentro del rodillo, pero jamás con un madero de ese peso, de modo que en una completa suspensión de todos los ruidos salvo la vibración de los tubos de escape y el leve gemido de la sierra que se movía de vacío puesto que todos los ojos hasta los del capataz blanco, estaban sobre él, empujó suavemente el tronco hasta el borde de la carretilla y se agachó y puso sus palmas contra el tronco. Durante un momento no hubo ningún movimiento. Fue como si la irracional e inerte madera hubiese investido, hipnotizado al hombre con algo de su propia inercia. Luego una voz dijo quedamente:
Lo ha cogido. Lo tiene fuera de la carretilla y vieron la grieta y un espacio vacío, observando el infinitesimal estiramiento de las piernas hasta que las rodillas estuvieron firmes, el infinitesimal movimiento ascendiendo a través del vientre, absorbiéndolo, por el arco del tórax, por las cuerdas del cuello, levantando, al pasar, el labio de sobre el blanco nacimiento de los dientes, impulsando toda la cabeza hacia atrás salvo el permanente ensangrentado de los ojos, inaccesible a todo, y subía por los brazos y estiraba los codos hasta que el tronco en equilibrio estuvo más alto que la cabeza.
—Pero no podrá volverse con eso —dijo la misma voz—. Y cuando trate de ponerlo en la carretilla lo matará.
Pero nadie se movió. Luego —no hubo el menor acopio de supremo esfuerzo— el tronco pareció brincar rápidamente hacia atrás por encima de su cabeza como de propio impulso, girando, precipitándose y retumbando pendiente abajo; él se volvió y pasó sobre las vías de una sola zancada y pasó en medio de ellos que retrocedían haciéndole calle y se fue atravesando el calvero hacia los bosques mientras el capataz le llamaba:
—¡Rider! —y de nuevo—: ¡Eh, Rider!
A la puesta del sol el perro y él estaban en el pantanoso río cuatro millas más allá, en otro claro, no mucho más grande que una habitación, un tugurio en parte de madera y en parte de lona, un blanco sin afeitar que estaba de pie en la puerta junto a la cual estaba apoyada una escopeta, le observaban mientras se acercaba con cuatro dólares de plata en la palma de la mano extendida.
—Quiero una jarra —dijo.
—¿Una jarra? —dijo el blanco—. Querrás decir una pinta. Hoy es lunes. ¿No tienes que trabajar toda esta semana?
Esperaba, sin mirar nada en apariencia, con los enrojecidos ojos que parpadeaban rápidamente, la cabeza alta y algo echada hacia atrás, se volvió luego, la jarra le colgaba del dedo medio contra la pierna, en ese momento el blanco le miró repentinamente y con fijeza a los ojos como si le viese por primera vez —los ojos que aquella mañana habían tenido algo forzado y ansioso y que ahora parecían privados de vista y sin mostrar nada blanco— y dijo:
—Oye. Dame esa jarra. Tú no necesitas ningún galón. Yo te daré una pinta, yo te la daré. Luego te vas de aquí y permaneces lejos. No vuelvas hasta…
Entonces el hombre blanco extendió el brazo y acarró la jarra, y entonces el otro se la puso detrás de su cuerpo y adelantó el otro brazo y golpeó al blanco en medio del pecho.
—Cuidado, blanco —dijo—. Es mía. Te la he pagado.
El blanco renegó contra él.
—No es tuya. Toma tu dinero. Suelta esa jarra, negro.
—Es mía —dijo él, su voz era tranquila, hasta amable, su semblante sereno excepto el rápido parpadeo de sus ojos enrojecidos—. La he pagado para tenerla se volvió, volvió la espalda al hombre y a la escopeta, y atravesó el claro donde le esperaba el perro al lado del camino para seguir tras sus talones de nuevo.
Anduvieron de prisa entre las apretadas paredes de las cañas que daban cierta rubicundez al crepúsculo y poseían algo de aquella opresión, de aquella falta de espacio para respirar que habían tenido los muros de su casa.
Pero esta vez, en vez de huir de ello, se detuvo y alzó la jarra y quitó el tapón que refrenaba el violento y oscuro vapor del alcohol no purificado y bebió, tragando el líquido sólido y frío como agua helada, sin saborearlo ni sentir su calor hasta que bajó la jarra y respiró.
—Ah —dijo—. Esto está bien. Prueba, muchacho. Ahora tengo algo que puede levantarte.
Y una vez libre de la incomunicada oscuridad de la hondonada, la luna otra vez, la larga sombra de él y de la jarra inclinada mientras él bebía y luego, la mantenía en equilibrio, sorbiendo con la garganta el aire de plata hasta que podía volver a respirar, hablando a la jarra.
—Ven ahora. Siempre has dicho que eres más hombre que yo. Ven ahora. Pruébalo.
Bebió de nuevo, tragando el líquido frío, insípido de sabor o color mientras duraba el trago, sintiéndolo fluir sólido, de un frío abrasador, y luego envolverle los pulmones en su fuerte y persistente jadeo hasta que de pronto empezaron a moverse libremente lo mismo que su cuerpo en movimiento corría en el sólido muro de plata del aire que respiraba. Y se sentía bien, su sombra que avanzaba a grandes trancos y el paso trotador del perro marchaban ligeras como aquellas dos nubes sobre la colina: la larga forma de su sombra inmóvil y de la jarra levantada atravesaban el talud cuando vio la frágil figura del marido de su tía subir fatigosamente la colina.
—Me han dicho en el aserradero que te habías ido —dijo el viejo—. Yo sabía dónde encontrarte. Vamos a casa, hijo. Eso no puede ayudarte.
—Ya me ha hecho bien —dijo él—. Ya estoy en casa. Me ha mordido la serpiente y el veneno ya no me puede hacer mal.
—Deja eso y ven a verla. Deja que te vea. Es todo lo que quiere: sólo verte… —Pero ya él se alejaba—. ¡Espera! —gritó el viejo—. ¡Espera!
—Tú no puedes seguirme —dijo él, hablando en el aire de plata, arremetiendo contra el sólido aire de plata que empezó a flotar detrás de él casi tan de prisa como hubiera flotado tras un caballo de carrera.
La voz débil y frágil se había perdido ya en la inmensidad de la noche, su sombra y la del perro corrían rápidamente las millas en descampado, y el profundo y fuerte jadeo de su pecho se deslizaba libre como el aire porque él se sentía bien.
Luego, bebiendo, descubrió de pronto que el líquido no entraba en su boca. Al querer tragarlo, no pasaba más allá de su garganta, su garganta y su boca estaban llenas de una columna sólida e inamovible que saltaba sin reflejos ni revulsiones, columnaria e intacta y manteniendo, sin embargo, la forma de la garganta, se reflejaba en la luz lunar, deshaciéndose, desvaneciéndose en las miríadas de murmullos de la hierba húmeda. Bebió de nuevo. De nuevo su garganta se limitó a llenarse de algo sólido hasta que dos chorros helados corrieron de los ángulos de su boca; de nuevo la intacta columna saltó plateada, brillante, vibrante, mientras él respiraba con la garganta el aire fresco, la jarra suspendida delante de su boca a la vez que decía:
—Está bien. Voy a probar otra vez contigo. En cuanto te decidas a quedarte donde yo te ponga, te dejaré en paz.
Bebió, llenándose la garganta por tercera vez, y bajó la jarra un instante antes de que se repitiese el fenómeno, resollando, sorbiendo el aire frío todo lo que podía. Puso cuidadosamente el tapón a la jarra y se quedó quieto, anhelante, parpadeando, la larga forma de su sombra solitaria sesgando a través de la colina y más allá, a través de la intrincada inmensidad de los confines de la noche en la tierra.
—Está bien —dijo—. Sólo he equivocado la señal. Esto me ha dado toda la ayuda que yo necesitaba. Ahora estoy bien. No lo necesito más.
Pudo ver la lámpara en la ventana según atravesaba el prado, pasando por la negra y plateada abertura de la arenosa zanja donde de niño había jugado con latas vacías de rapé y herrumbrosas hebillas de arneses y trozos pequeños de cadenas y de vez en cuando con una rueda de verdad, cruzó la parte del jardín donde había cavado los días de primavera mientras su tía le observaba desde la ventana de la cocina, y atravesó el patio sin hierba sobre cuyo J polvo se había caído y gateado antes de aprender a andar. Entró en la casa, en la habitación, en la luz misma, y se detuvo en la puerta, la cabeza un poco ladeada hacia atrás como si no pudiera ver al lado de su pierna la jarra colgando de su dedo curvado.
—No sólo verte —dijo su tía—. Sino que vengas a casa, donde nosotros podemos ayudarte.
—Yo estoy bien —dijo él—. No necesito ninguna ayuda.
—No —dijo ella. Se levantó de la silla y fue y se aferró a su brazo como se aferró el día antes junto a la tumba. Igual que entonces, otra vez su antebrazo era como de hierro bajo la mano de ella—. ¡No! Cuando Alee volvió y me dijo que te habías ido del aserradero y el sol no se había puesto aún, yo supe por qué y la razón. Y eso no puede ayudarte.
—Ya me ha hecho bien. Ahora estoy bien.
—No mientas —dijo ella—. Tú nunca me has mentido. No mientas ahora.
Entonces él lo dijo. Era su propia voz, sin nada de pena o de asombro, hablando apaciblemente, aparte el tremendo jadeo de su pecho que en seguida empezaría también a chocar contra las paredes del cuarto.
Pero él se iría en seguida.
—No —dijo—, no me ha hecho ningún bien.
—¡No puede hacértelo! ¡Nada puede ayudarte sino Él! ¡Ruégale a Él! ¡Cuéntaselo a Él! ¡Él quiere oírte y ayudarte!
—Si Él es Dios no necesito decírselo. Si Él es Dios, Él ya lo sabe. Está bien. Yo estoy aquí. Que El baje y me haga algún bien.
—¡De rodillas! —gritó ella—. ¡De rodillas y rézale!
Pero sobre el suelo no estaban sus rodillas, estaban sus pies. Y durante un momento pudo oír los pies de ella en el pavimento de la entrada detrás de él, y su voz gritaba tras él, desde la puerta:
—¡Spoot! ¡Spoot! —gritando tras él a través del patio bañado por la luna el nombre que él había tenido en su infancia y en la adolescencia, antes de que los hombres con quienes trabajaba y las brillantes y oscuras mujeres sin nombre que había tenido y olvidado hasta que vio a Mannie aquel día y dijo: «Basta con todo esto», empezaron a llamarle Rider.
Ya era pasada la medianoche cuando llegó al aserradero. El perro se había ido. Esta vez no pudo recordar cuándo ni dónde. Al principio, le pareció recordar que le había arrojado la jarra vacía. Pero más tarde la jarra estaba todavía en su mano y no estaba vacía, aunque cada vez que bebía los dos chorros helados le corriesen por los ángulos de la boca, empapándole la camisa y el «mono» hasta que marchó constantemente sumido en el violento frío de aquel líquido insípido de sabor y de calor y hasta de olor, aun cuando había cesado de beberlo.
—Además —dijo—, yo no le hubiera tirado nada. Le podría dar una patada, si la merecía y estaba cerca. Pero yo no reventaría a ningún perro tirándole nada.
La jarra estaba aún en su mano cuando entró en el calvero y se detuvo entre el montón de maderos que se elevaba silencioso a la luz de la luna. Se hallaba en el centro de su sombra que se extendía sin obstáculos, y la estaba pisoteando de nuevo como la había pisoteado la noche anterior, oscilando un poco, parpadeando hacia el montón de maderos, el rodillo, los troncos apilados para el día siguiente, el cobertizo de la caldera silencioso y blanqueado por la lima. Y luego todo fue como es debido. Él se movía otra vez. Pero no se movía, estaba bebiendo el líquido frío y sin sabor que no necesitaba ser tragado, de modo que él no podía decir si iba dentro o fuera. Pero eso estaba bien. Y se estaba moviendo, la jarra había desaparecido, y él no sabía cuándo ni dónde tampoco. Atravesó el cuadro y entró en el cobertizo de la caldera y fue de un lado a otro, cruzando las curvas de atrás de la rueda de trepanar, sin empalmes, hacia la puerta del cuarto de las herramientas, el débil resplandor de la linterna tras las junturas de la madera, el nacimiento y la caída de las sombras vivas, el murmullo de las voces, el golpe seco y apagado y el escurrimiento de los dados, su mano que golpeaba fuerte en la puerta cerrada con la barra, su voz también fuerte:
—Abrid. Soy yo. Me ha mordido una serpiente y voy a morir.
Luego, cruzó el umbral y estuvo dentro del cuarto de las herramientas. Eran las mismas caras —tres miembros de su cuadrilla, otros tres o cuatro del aserradero—, el blanco que hacía la guardia nocturna con la pesada pistola en el bolsillo de la cadera y el montoncito de monedas y billetes en el suelo delante de él, y uno llamado Rider y era Rider de pie sobre el círculo en cuclillas, balanceándose algo, parpadeando, los muertos músculos de su cara formando una sonrisa mientras el blanco elevaba la vista hacia él.
—Hacedme sitios, jugadores —dijo—. Hacedme sitio. Me ha mordido una serpiente y la picadura no puede hacerme daño.
—Estás borracho —dijo el blanco—. Vete de aquí. Uno de vosotros, negros, abrid la puerta y echadlo de aquí.
—Yo estoy bien, patrón —dijo él, con voz plácida, su rostro aún contraído en la débil y rígida sonrisa bajo el parpadeo de los ojos enrojecidos—. No estoy borracho. Sólo que no puedo andar derecho porque esas monedas me empujan.
También él estaba arrodillado, los otros seis dólares de la paga de su última semana en el suelo delante de él, parpadeaba, seguía sonriendo, observando los dados pasar de mano en mano por todo el círculo mientras el blanco aceptaba las apuestas, observando los sucios y manoseados billetes gradual y constantemente aumentando delante del blanco, observando al blanco tirar y ganar dos apuestas dobles sucesivamente y luego perder una de veinticinco centavos, finalmente los dados llegaron a él y se agitaron en su puño entreabierto. Echó una moneda en el centro.
—Pongo un dólar —dijo, y observó al blanco, que recogía los dados y los tiraba hacia él—. Dejo la apuesta —dijo—. Me ha mordido una serpiente. Puedo pasar por encima de todo —y tiró, y esta vez uno de los negros rechazó los dados—. Dejo la apuesta —dijo y tiró, y se movió cuando se movió el blanco, agarrando la muñeca del blanco antes de que su mano alcanzase los dados, los dos en cuclillas, mirándose uno a otro por encima de los dados y el dinero, su mano izquierda aferrando la muñeca del blanco, en su cara siempre fija la rígida y mortecina sonrisa, su voz plácida, casi respetuosa—: Yo puedo pasar por alto una equivocación. Pero estos otros muchachos… —hasta que la mano del blanco se abrió y otro par de dados cayó resonando el suelo junto a los dos primeros y el blanco se soltó a la fuerza y saltó de pie y retrocedió y echó la mano atrás hacia el bolsillo donde tenía la pistola.
Por dentro de la camisa, la navaja le colgaba entre los omoplatos de un cordoncillo de algodón atado al cuello. El mismo movimiento de la mano que sacó la navaja por encima de sus hombros abrió la hoja y la libertó del cordón, la hoja abierta hasta que el dorso apoyó contra los nudillos del puño, el pulgar oprimiendo el mango entre sus dedos apretados, de modo que un segundo antes de que la pistola hiciese fuego él hirió la garganta del blanco, no con la hoja, sino con el amplio movimiento del puño que continuó su impulso de modo que ni siquiera el primer chorro de sangre le tocó la mano ni el brazo.
2
Después sé acabó —no hizo falta mucho; al día siguiente encontraron al preso, colgado de la cuerda de la campana de una escuela de negros a unas dos millas del aserradero, y el juez pronunció su veredicto de muerte a manos de persona o personas desconocidas y se entregó el cuerpo a los parientes más próximos, todo en cinco minutos— el agente del sheriff que había sido encargado oficialmente del caso estaba hablando a su esposa del mismo. Se hallaban en la cocina. La esposa estaba haciendo la cena. El agente estaba en pie y en movimiento desde la huida de la cárcel bastante antes de la medianoche de ayer, y desde entonces había recorrido mucho camino, y estaba agotado por la falta de sueño y por las comidas apresuradas y en horas extrañas, sentado en una silla cerca del hornillo, un poco histérico también.
—Estos malditos negros —dijo—. Juro por Dios que es asombroso que tengamos con ellos tan pocos disturbios como tenemos. ¿Y por qué? Porque no son humanos. Tienen aspecto de hombres y andan con las patas de atrás como los hombres, y pueden hablar y tú les entiendes y crees que ellos te han entendido, al menos de vez en cuando. Pero cuando se llega a los normales sentimientos humanos y a los sentimientos del alma, son iguales que un maldito rebaño de búfalos salvajes. Fíjate en esto de hoy…
—Me gustaría que tú te fijases —dijo la esposa, bruscamente.
Era una mujer robusta, antaño hermosa, que encanecía y con mi cuello decididamente demasiado corto, que no parecía en absoluto turbada sino realmente tranquila, aunque colérica. Además, había estado por la tarde jugando en el club y había ganado la primera partida, de cincuenta centavos, hasta que otro miembro insistió en un recuento de los tantos y finalmente se anuló todo el juego.
—Llévatelo de mi cocina, sin embargo. ¡Vosotros, los sheriffs! Todo el día sentados en la comisaría, hablando. No es extraño que dos o tres hombres puedan entrar y sacaros a los prisioneros debajo de vuestras propias narices. Se llevarían las sillas y las mesas y los antepechos de las ventanas si tuvierais vuestros pies y vuestros traseros un poco apartados de ellos.
—Esos Birdsong no son dos o tres —dijo el agente—. Tienen cuarenta y dos votos. Maydew y yo cogimos un día la lista electoral y lo contamos. Pero, oye…
La mujer se apartó del hornillo, llevando un plato. Él quitó rápidamente sus pies por donde tenía que pasar ella, y casi pasó por encima de él y entró en el comedor. Él aumentó un poco la voz para superar la distancia:
—Se le murió la mujer. Está bien. Pero, ¿se apena él? Es el hombre más grande y más atareado del funeral. Coge la pala antes de que hayan metido la caja dentro de la fosa, según me dicen, y empieza a echar tierra sobre ella como si hubiera sido una draga. Pero eso está bien…
La mujer volvió. Él movió sus pies de nuevo y de nuevo cambió la voz en relación con la distancia disminuida:
—… tal vez así es como la sentía él. No hay ninguna ley en contra de quien tenga prisa en meter a su mujer bajo tierra, con tal de que no haya hecho hada para apresurar su ida al cementerio también. Pero he aquí que al día siguiente él es el primero en llegar al trabajo excepto el fogonero, llegando al aserradero antes de que el fogonero hubiera encendido y levantado la presión; cinco minutos antes y hubiera podido ayudar al fogonero a despertar a Birdsong y Birdsong se hubiera podido ir a su casa y acostarse, o pudo cortarle el cuello a Birdsong entonces y evitarnos molestias a todos.
»De modo que llega al trabajo, el primero de todos, cuando McAndrews y todos los demás esperaban que se tomase un día de descanso, ya que hasta un negro no podría desear mejor excusa para un día de fiesta que acabar de enterrar a su mujer, cuando un blanco se hubiera tomado el día de asueto por puro respeto humano aparte lo que podía sentir respecto a su mujer, cuando hasta un niño hubiera tenido suficiente juicio para tomarse un día de descanso cuando además se le pagaba lo mismo. Pero él no. Es el primero allí, haciendo saltar un tronco de una carretilla a la otra antes de que la sirena haya acabado de silbar, y aferra con las manos troncos de ciprés de diez pies de largo y los arroja como si fueran cerillas. Y luego, cuando al fin todos se habían convencido de que ésa era la manera de tomarle, la manera como él quería ser tomado, se va del trabajo a mitad de la tarde sin un “con permiso” o “muchas gracias” o “hasta la vista” a McAndrews ni a ningún otro, consigue un galón entero de whisky corriente, vuelve al aserradero y entra en juego con el que Birdsong ha estado explotando a los negros del aserradero durante quince años con los dados amañados, entra en el mismo juego en el que ha estado perdiendo tranquila y continuamente un promedio del noventa por ciento de su paga desde que fue lo bastante mayor para interpretar las manchas en los dados falsos, y cinco minutos después corta la garganta a Birdsong, separándole casi la cabeza del cuerpo.
La mujer pasó de nuevo ante él y se dirigió al comedor. De nuevo él retiró los pies y alzó la voz:
—Por eso yo y Maydew fuimos allá. No es que esperásemos hacer nada, ya que probablemente él había cruzado Jackson en Tennessee, al amanecer; y, además, el modo más sencillo para encontrarlo sería permanecer cerca de los Birdsong. Naturalmente, no quedaría casi nada que valiese la pena de volver a llevar a la ciudad después que ellos le encontrasen, pero se cerraría el caso. De modo que por pura casualidad fuimos a su casa; no puedo recordar por qué fuimos, pero fuimos; y allí estaba. ¿Sentado acaso detrás de una barricada delante de la puerta con una navaja abierta sobre una rodilla? No. Estaba durmiendo. Una gran olla de guisantes completamente vacía sobre el hornillo, y él echado en el patio durmiendo a pleno sol con sólo la cabeza a la sombra bajo el borde del porche y un perro que parecía un cruce de oso y de Polled Angus aullaba rabiosamente desde la puerta de atrás. Y nosotros le despertamos y él se levantó y dijo:
»Está bien, gente blanca. Yo lo hice. Pero no me cierren con llave. Y Maydew dijo—: Los parientes del señor Birdsong no van a encerrarte con llave. Tendrás todo el aire fresco que quieras cuando ellos logren atraparte —y él dijo—: Yo lo hice. Pero no me cierren con llave —aconsejando, advirtiendo al sheriff que no le encerrase bajo llave—; él lo hizo, desde luego, y también está mal, pero no le conviene por el momento que le priven del aire puro. Así, que lo cargamos en el auto, cuando he aquí que llega la vieja —su madre o su tía o algo así— jadeando por el camino con un trotecillo de perro, queriendo ir con nosotros también, y Maydew tratando de explicarle lo que también podría sucederle si la familia Birdsong nos cogía antes de que pudiéramos encerrarle, sólo que ella vino de todos modos, y como dice Maydew, que ella vaya en el auto puede ser también una buena cosa si nos tropezamos con los Birdsong, porque después de todo, obstaculizar a la ley no puede perdonarse aunque el apoyo de los Birdsong hizo que fuera elegido Maydew el pasado verano.
»Así que acarreamos también con ella y le llevamos a la ciudad y a la cárcel como es debido y lo transferimos a Ketcham y Ketcham lo llevó al piso de arriba y la vieja fue también, directamente a la celda, diciéndole a Ketcham: Yo he tratado de criarle bien. Él era un buen muchacho. Nunca había estado en un apuro como ahora. Sufrirá por lo que ha hecho. Pero no permita que los blancos lo cojan —hasta que Ketcham le dice—: Él y tú debíais haber pensado en eso de que él empezara a afeitar a los blancos sin enjabonarles antes—. Así que los encerró a ambos en la celda porque pensó lo mismo que Maydew, que al estar ella con él podía ejercer una buena influencia sobre los muchachos Birdsong si pasase algo y a él le podía suceder tener que ir corriendo a buscar al sheriff o cualquier otra cosa cuando Maydew saliese de la sesión. Así que Ketcham volvió al piso de abajo y poco después llegaron los presos y subieron al toril y él pensó que las cosas se habían arreglado un poco cuando de repente empezó a oír gritos, no alaridos: gritos, aunque sin palabras, y cogió la pistola y subió corriendo al primer piso, al toril, donde estaban los presos, y Ketcham pudo ver dentro de la celda donde la vieja estaba como aplastada en un rincón y el negro había arrancado el catre de hierro que estaba atornillado en el suelo y estaba en medio de la celda, sosteniendo el catre sobre la cabeza como si se tratase de la cuna de un niño, gritando, y diciéndole a la vieja—: Yo no te haré daño —y lanza el catre contra el muro y se adelanta y agarra la puerta de barras de acero y la arranca del muro, con ladrillos, goznes y todo, y sale de la celda llevando la puerta sobre su cabeza como si fuese el enrejado de una ventana, gritando—: Está bien. Está bien. No trato de escaparme.
»Naturalmente, Ketcham hubiera podido dispararle allí mismo, pero como él dijo, si no iba a ser la ley, entonces aquellos muchachos Birdsong podían darle el primer golpe. Por eso Ketcham no disparaba. En cambio, saltó tras los presos que estaban retrocediendo ante la puerta de acero, gritando—: ¡Cogedle! ¡Derribadle! —salvo que los negros vacilaban demasiado al principio hasta que Ketcham llegó donde podía emprenderla a patadas con irnos y a golpes de culata con otros hasta que se abalanzaron. Y Ketcham dice que durante un minuto ese negro los cogía y los estrellaba a través del cuarto como si fuesen muñecos de trapo, diciendo—: No trato de escapar —hasta que al fin lo derribaron— una gran masa de cabezas y brazos y piernas de negro rebullendo sobre el suelo y todavía, según dice Ketcham, de vez en cuando un negro salía volando y se iba navegando por el aire a través de la habitación, con brazos y piernas abiertos como un muñeco de trapo, y con los ojos que le salían de la cabeza como los faros de un auto, hasta que al fin lo tuvieron bajo ellos y Ketcham avanzó y empezó a apartar negros hasta que pudo verle tirado bajo el montón de negros, riendo, con gruesas lágrimas como de cristal jaspeado que le corrían por la cara y se deslizaban por debajo de las orejas y hacían un ruido sordo sobre el piso como el que deja caer huevos de pájaro, riendo y riendo y diciendo:
—Parece que no puedo dejar de pensar. Parece que no puedo. ¿Qué le parece?
—Pienso que si quieres cenar en esta casa, tendrás que hacerlo en cinco minutos —dijo su esposa desde el comedor—. Quitaré la mesa y luego me iré al cine.