Flannery O’Connor
Aparte de la expresión neutral que tenía cuando estaba sola, la señora Freeman tenía otras dos, una ansiosa y, la otra, contrariada, que usaba en todas sus relaciones humanas. Su expresión ansiosa era firme y fuerte como la lenta marcha de un camión pesado. Sus ojos jamás viraban bruscamente a la derecha o a la izquierda, sino que giraban cuando el piso giraba, como si siguieran una línea amarilla pintada en el centro. Raras veces usaba la otra expresión porque no necesitaba retractarse a menudo de lo que decía, pero cuando lo hacía su rostro se detenía en seco, había un movimiento casi imperceptible en sus negros ojos, durante el cual parecían retroceder, y entonces quien la veía se daba cuenta de que la señora Freeman, aun cuando estaba allí, tan real como los sacos de grano apilados, estaba ausente en espíritu. Intentar comunicarse con ella cuando esto sucedía era algo de lo que la señora Hopewell ya había desistido. Podría hablar hasta morirse. Era imposible conseguir que la señora Freeman admitiera que no tenía razón en algo. Si lograban hacer que hablara, entonces decía algo como: «Bueno, no podría decir que sí ni que no». O dejaba que su mirada se posase en el último estante de la cocina, donde había un montón de botellas polvorientas, y decía: «Ya veo que no ha comío muchos de los higos que puso en conserva el verano pasao».
Se ocupaban de los asuntos de mayor importancia en la cocina durante el desayuno. Todas las mañanas, la señora Hopewell se levantaba a las siete, encendía su calentador de gas y el de Joy. Joy era su hija, una muchacha rubia y recia que tenía una pierna artificial. La señora Hopewell la consideraba una niña, aun cuando ya tenía treinta y dos años, y muy culta. Joy se levantaba cuando su madre estaba comiendo, caminaba pesadamente hacia el lavabo y daba un portazo, y al poco tiempo aparecía la señora Freeman por la puerta trasera. Joy oía a su madre decir: «Entre»; luego conversaban un rato entre susurros y desde el lavabo era imposible distinguir sus voces. Cuando Joy se acercaba, por lo general ya habían terminado con las noticias meteorológicas y hablaban de una de las dos hijas de la señora Freeman, Glynese o Carramae. Joy las llamaba Glycerin y Caramel. Glynese, una pelirroja, tenía dieciocho años y muchos admiradores; Carramae, una rubia, tenía sólo quince pero ya estaba casada y embarazada. Su estómago no retenía nada. Todas las mañanas, la señora Freeman contaba a la señora Hopewell las veces que su hija Carramae había vomitado desde su último informe.
A la señora Hopewell le gustaba decir que Glynese y Carramae eran las mejores chicas que conocía, que la señora Freeman era una «dama» y que no le avergonzaba llevarla a cualquier parte o presentarla a cualquiera con quien se encontraran. Luego contaba cómo había llegado a contratar a los Freeman y hasta qué punto eran un regalo del cielo para ella y cómo llevaban cuatro años a su servicio. La razón por la cual hacía tanto tiempo que estaban con ella era porque no eran gentuza. Era buena gente del campo. Había llamado por teléfono al hombre cuyo nombre la pareja había citado en sus referencias y él le había dicho que el señor Freeman era un buen granjero, pero que su esposa era la mujer más entrometida que había pisado la tierra. «Tiene que meterse en todo —explicó el hombre—. Si no llega al lugar de los acontecimientos antes de que se asiente el polvo, puede apostar a que está muerta. Querrá estar al tanto de todos sus asuntos. Yo de él tengo buen concepto, pero ni yo ni mi esposa habríamos aguantado a esa mujer un solo minuto más en esta casa». Eso hizo que la señora Hopewell pospusiera su decisión unos pocos días.
Los había contratado al final porque no había otros candidatos, pero había resuelto de antemano la manera de manejar a esa mujer. Ya que era de esas que tienen que meter las narices en todo, la señora Hopewell decidió que no sólo le permitiría meterse en todo, sino que se ocuparía de que tuviese que meterse en todo: le daría la responsabilidad de todo, la pondría a cargo de todo. La señora Hopewell no tenía defectos, pero podía usar los de los demás de una manera tan constructiva que nunca había sentido esa carencia. Había contratado a los Freeman y hacía cuatro años que los tenía a sus órdenes.
«Na es perfecto». Este era uno de los dichos preferidos de la señora Hopewell. Otro era: «¡Así es la vida!». Y uno más, el más importante, era: «Bueno, los demás también tienen su opinión». Generalmente pronunciaba estas frases en la mesa, con un tono de insistencia amable, como si ella fuera la única que las decía, y la corpulenta y pesada Joy, de cuyo rostro el permanente furor había borrado toda expresión, miraba un poco de lado, con sus ojos de un azul helado y la cara de alguien que ha conseguido la ceguera por un acto de voluntad y se propone conservarla.
Cuando la señora Hopewell le decía a la señora Freeman que la vida era así, la señora Freeman decía: «Yo siempre l’he dicho». Era más lista que el señor Freeman. Nadie podía llegar a alguna conclusión sin que ella lo hubiera hecho antes. Cuando la señora Hopewell le dijo, después de que la pareja llevara cierto tiempo allí: «Usté es la rueda detrás de la rueda», y le guiñó un ojo, la señora Freeman afirmó:
—Ya lo sé. Siempre he sido lista. Es qu’unos son más listos qu’otros.
—To el mundo es diferente —repuso la señora Hopewell.
—Sí, la mayoría lo es —dijo la señora Freeman.
—En este mundo hace falta toda clase de gente.
—Yo siempre l’he dicho.
La muchacha estaba acostumbrada a este tipo de diálogo en el desayuno, que continuaba en el almuerzo; a veces también lo sostenían en la cena. Cuando no tenían invitados, comían en la cocina porque resultaba más cómodo. La señora Freeman siempre se las arreglaba para llegar en algún momento de la comida y observarlas hasta que terminaban. Se quedaba en el umbral de la puerta si era verano, pero en invierno apoyaba un codo sobre la nevera y las miraba, o se ponía al lado del calentador a gas y levantaba apenas la parte posterior de su falda. De tanto en tanto se recostaba contra la pared y movía la cabeza de un lado a otro. Todo esto era muy difícil de soportar para la señora Hopewell, pero era una mujer de una gran paciencia. Pensaba que nada era perfecto y que los Freeman eran gente buena del campo y que si en esos tiempos uno tenía gente buena del campo, lo mejor era mantenerlos al lado.
Había tenido que tratar con mucha gentuza. Antes de los Freeman, había tenido un promedio de una familia arrendataria por año. Las mujeres de esos granjeros no eran de la clase que una quisiera tener cerca mucho tiempo. La señora Hopewell, que se había divorciado de su marido hacía mucho, necesitaba a alguien que caminase con ella por el campo, y cuando tenía que presionar a Joy para que lo hiciera, los comentarios de ésta eran por lo general tan desagradables y su rostro tan hosco que la señora Hopewell le decía: «Si no vienes de buen grado, no quiero que m’acompañes»; a lo cual la muchacha, con los hombros rígidos y el cuello un tanto adelantado, replicaba: «Si quieres que lo haga, aquí estoy: como soy».
La señora Hopewell excusaba esta actitud debido a lo de la pierna (Joy había recibido un disparo en un accidente de caza cuando tenía diez años). A la señora Hopewell le costaba aceptar que su hija ahora tuviera treinta y dos años y que hacía más de veinte que tenía una sola pierna. Todavía la consideraba una niña porque le rompía el corazón pensar en la pobre muchacha corpulenta que nunca había dado un paso de baile o tenido una diversión «normal». Su verdadero nombre era Joy, pero tan pronto como cumplió los veintiún años y se fue de casa se lo cambió legalmente. La señora Hopewell estaba segura de que había pensado y pensado hasta encontrar el nombre más feo en cualquier idioma. Luego se había marchado para cambiarse el nombre —Joy, que era tan bonito—, y no se lo comentó a su madre hasta que lo hubo hecho. Su nombre legal era Hulga.
Cuando la señora Hopewell pensaba en ese nombre, Hulga, le venía a la mente el ancho casco vacío de un barco de guerra. Nunca lo usaba. Siguió llamándola Joy y su hija le contestaba, pero de una manera puramente mecánica.
Hulga había aprendido a tolerar a la señora Freeman, quien la había librado de las caminatas con su madre. Hasta Glynese y Carramae eran de alguna utilidad, pues ocupaban una atención, que, de otra manera, habría estado dirigida hacia ella. Al principio había creído que no podría tolerar a la señora Freeman porque había descubierto que no era posible ser maleducada con ella. La señora Freeman abrigaba extraños resentimientos y luego durante días enteros permanecía malhumorada, pero la fuente de su descontento era siempre oscura; un ataque directo, una mirada malintencionada, un comentario ofensivo hecho en su cara, nada de eso le hacía mella.
Y un día, sin previo aviso, comenzó a llamarla Hulga.
No la llamaba así delante de la señora Hopewell, que se hubiera enfurecido, pero, cuando ella y la muchacha se encontraban juntas por casualidad fuera de la casa, decía algo y agregaba el nombre de Hulga al final, y la corpulenta y miope Joy-Hulga fruncía el ceño y se sonrojaba como si hubieran violado su intimidad. Consideraba que el nombre era algo personal. Lo había adoptado al principio basándose puramente en lo mal que sonaba, y después le había impresionado lo apropiado que quedaba para el caso. Imaginaba un nombre que trabajaba como el feo y sudoroso Vulcano, que vivía en la fragua y a cuya llamada, presumiblemente, debía acudir la diosa. Lo veía como el nombre de su mayor acto creativo. Uno de sus mayores triunfos era que su madre no había podido modelar a Joy, pero aún más importante era que ella había sido capaz de transformarse en Hulga. Sin embargo, el placer de la señora Freeman al usar el nombre la irritaba. Era como si los ojos acuosos y acerados de la señora Freeman hubieran penetrado lo suficiente dentro de su rostro para alcanzar algún acontecimiento secreto. Había algo en ella que fascinaba a la señora Freeman, y un día Hulga se dio cuenta de que era la pierna artificial. La señora Freeman tenía una inclinación especial por los detalles de infecciones secretas, de deformidades escondidas, de atropellos contra niños. De las enfermedades, prefería las persistentes o las incurables. Hulga había oído a la señora Hopewell explicarle los detalles del accidente de caza, de qué manera la pierna había sido literalmente arrancada, que ella en ningún instante había perdido el conocimiento. La señora Freeman podía escuchar esto en cualquier momento como si hubiera sucedido hacía una hora.
Cuando Hulga entraba cojeando en la cocina por la mañana (podía caminar sin hacer ese ruido horrible, pero lo hacía —la señora Hopewell estaba segura— porque el sonido era espantoso), las miraba sin decir palabra. La señora Hopewell estaba vestida con su quimono rojo y llevaba el cabello recogido con un pañuelo. Se hallaba sentada a la mesa, terminando el desayuno, y la señora Freeman, con el codo apoyado sobre la nevera, la miraba. Hulga siempre ponía los huevos a hervir y luego permanecía de brazos cruzados frente a ellas, y la señora Hopewell la miraba —una especie de mirada indirecta que se dividía entre ella y la señora Freeman— y pensaba que, si se cuidara sólo un poco, no sería tan fea. No había nada desagradable en sus facciones y una expresión amable las hubiera transformado. La señora Hopewell decía que las personas que veían el lado positivo de las cosas eran hermosas aunque no lo fueran en realidad.
Siempre que miraba a Joy de esta forma no podía dejar de pensar que habría sido mejor que la niña no hubiese hecho el doctorado. Ciertamente no la había vuelto más sociable, y, ahora que lo poseía, ya no tenía excusa para regresar a la facultad. La señora Hopewell pensaba que estaba bien que las chicas fueran a la universidad y se divirtieran, pero Joy lo había «soportado». De todos modos, no era lo bastante fuerte para volver. Los médicos le habían dicho que Joy, con muchos cuidados, podía llegar a los cuarenta y cinco. Tenía el corazón débil. Joy había dejado bien claro que, de no ser por su estado, estaría lejos de esas colinas rojas y de la gente buena del campo. Estaría en una universidad dando clases a personas que sabrían de qué hablaba. Y a la señora Hopewell no le costaba imaginársela allí, con su pinta de espantapájaros y enseñando a gente como ella. Aquí iba todo el día con una falda de hacía seis años y una camiseta amarilla con un descolorido vaquero a lomos de un caballo estampado en el pecho. Ella opinaba que era divertido; la señora Hopewell, en cambio, pensaba que era estúpido y sólo demostraba que todavía era una niña. Era inteligente, pero no tenía ni una pizca de sentido común. La señora Hopewell tenía la impresión de que cada año se parecía menos a la demás gente y más a sí misma: abotagada, maleducada y bizca. ¡Y decía cosas rarísimas! Le había dicho a su propia madre —sin previo aviso, sin justificación, poniéndose de pie en medio de una comida con el rostro lívido y la boca medio llena—: «¡Mujer! ¿Miras alguna vez en tu interior? ¿Alguna vez miras en tu interior y ves lo que no eres? ¡Dios mío! —había chillado dejándose caer nuevamente y mirando su plato—. Malebranche tenía razón: ¡No somos nuestra propia luz!». Hasta el día de hoy, la señora Hopewell no tenía la menor idea de qué había provocado ese exabrupto. Ella sólo había comentado, con la esperanza de que Joy la escuchara, que una sonrisa nunca hacía mal a nadie.
La muchacha se había doctorado en filosofía y esto había dejado totalmente desorientada a la señora Hopewell. Uno podía decir: «Mi hija es enfermera», o «Mi hija es maestra», o incluso «Mi hija es ingeniera química». Uno no podía decir: «Mi hija es filósofa». Eso era algo que había terminado con los griegos y los romanos. Joy se pasaba el día sentada en un mullido sillón, leyendo. De vez en cuando se iba a caminar, pero no le gustaban los perros ni los gatos, los pájaros ni las flores, la naturaleza ni los jóvenes. Miraba a los jóvenes como si estuviera oliendo su estupidez.
Un día, la señora Hopewell había cogido un libro que la muchacha acababa de dejar y, abriéndolo al azar, leyó: «La ciencia, por otro lado, tiene que afirmar nuevamente su seriedad y declarar que sólo le interesa lo-que-es. La nada… ¿qué otra cosa puede ser para la ciencia, sino horror y fantasmagorías? Si la ciencia es lo que debe ser, entonces hay algo que permanece firme: la ciencia no desea saber nada acerca de la nada. Eso es, después de todo, el enfoque, estrictamente científico de la Nada. Lo sabemos al no desear saber nada acerca de la Nada». Estas palabras estaban subrayadas con un lápiz azul y tuvieron para la señora Hopewell el efecto de un ensalmo diabólico en forma de galimatías. Cerró el libro enseguida y salió de la habitación como si hubiera tenido un escalofrío.
Esa mañana, cuando la muchacha hizo su aparición, la señora Freeman se estaba ocupando de Carramae.
—Devolvió cuatro veces después de la cena —decía— y se levantó dos veces durante la noche después de las tres. Ayer no hizo otra cosa que revisar el cajón de la cómoda. Fue l’único qu’hizo. De pie allí, delante de la cómoda, viendo lo que podía encontrar.
—Tiene que comer —musitó la señora Hopewell, que sorbió su café mientras observaba la espalda de Joy junto a la cocina.
Se preguntaba qué habría dicho la niña al vendedor de biblias. No se podía imaginar qué clase de conversación podrían haber mantenido.
Era un joven sin sombrero, alto y demacrado, que se había presentado el día anterior para venderles una biblia. Había aparecido en la puerta con una enorme maleta negra que pesaba tanto que había tenido que apoyarse contra el dintel. Parecía a punto de desmayarse, pero dijo con voz alegre: «¡Buenos días, señora Cedars!», y dejó la maleta sobre el felpudo. No era mal parecido a pesar de que vestía un traje azul brillante y unos calcetines amarillos que le quedaban cortos. Tenía el rostro huesudo y un mechón de pelo castaño y pegajoso le caía sobre la frente.
—Soy la señora Hopewell —dijo ella.
—¡Oh! —exclamó él simulando contrariedad pero con los ojos chispeantes—. He visto que decía «The Cedars» en su buzón y por eso pensé que usté era la señora Cedars —Y lanzó una carcajada agradable. Levantó la maleta y, fingiendo un jadeo, entró rápidamente en el recibidor. Parecía más bien como si la maleta se hubiese movido primero y lo hubiera arrastrado—. ¡Señora Hopewell! —dijo, y le cogió la mano—. ¡Espero que s’encuentre bien! —Se echó a reír de nuevo y al instante su rostro adoptó una expresión grave. Hizo una pausa, le dirigió una mirada directa y formal y dijo—: Señora, he venío a hablar de cosas serias.
—Bueno, entre usté —murmuró ella, poco entusiasmada porque tenía la comida casi lista. Él entró en el salón, se sentó en el borde de una silla, colocó la maleta entre sus pies y observó la habitación como si a través de ésta se estuviera formando un juicio sobre la señora Hopewell. La platería brillaba en los dos aparadores; ella pensó que él nunca habría estado en una habitación tan elegante como ésa.
—Señora Hopewell —comenzó usando su nombre de una manera que parecía casi íntima—, sé qu’usté cree en los servicios cristianos.
—Pues sí —murmuró ella.
—Sé —dijo, e hizo una pausa, parecía muy sabio con la cabeza ladeada— qu’usté es una mujer buena. Me l’han dicho sus amigos…
A la señora Hopewell no le gustaba que la tomaran por una idiota.
—¿Qué vende usté? —preguntó.
—Biblias —respondió el joven, y recorrió la habitación con la mirada antes de agregar—: No veo ninguna biblia en su salón, ¡ya veo que eso es lo que le falta!
La señora Hopewell no podía decir: «Mi hija es atea y no me permite tener una biblia en el salón». Dijo, un tanto envarada:
—Tengo mi biblia al lao de la cama. —No era verdad. Estaba en el desván.
—Señora —repuso él—, la palabra de Dios debe estar en el salón.
—Bueno, creo qu’es una cuestión de gustos —comenzó ella—. Creo que…
—Señora —prosiguió él—, pa un cristiano, la palabra de Dios debe estar en todas las habitaciones de la casa, aparte de residir en su corazón. Sé qu’usté es cristiana porque lo veo en cada línea de su cara.
Ella se puso en pie y dijo:
—Bueno, joven, no quiero comprar una biblia y por el olor creo que se m’está quemando la comida.
Él no se levantó. Empezó a retorcerse las manos y bajando la vista dijo en voz baja:
—Bueno, señora, le diré la verdad: hoy día no hay mucha gente que quiera comprar biblias y, además, sé que soy un simplón. No conozco otra forma de decir las cosas que diciéndolas. Soy sólo un muchacho del campo. —Levantó la vista hacia su rostro hostil—. ¡La gente como usté no quiere tratos con la gente del campo como yo!
—¡Vaya! —gritó ella—, ¡la gente buena del campo es la sal de la tierra! Además, cada uno tiene su manera de ser, todos somos necesarios pa que el mundo siga girando. ¡Así es la vida!
—Y que lo diga —repuso él.
—Pues sí, creo que no hay suficiente gente buena del campo en el mundo —dijo, emocionada—. ¡Creo qu’ése es el problema!
El rostro del joven se había iluminado.
—No m’he presentao —dijo—. Soy Manley Pointer, de cerca de Willohobie, ni siquiera d’un lugar, sólo de cerca d’un lugar.
—Espere un momento —dijo ella—. Tengo que ir a ver la comida.
Fue a la cocina y encontró a Joy junto a la puerta, desde donde había estado escuchando.
—Deshazte de la sal de la tierra —dijo— y comamos. La señora Hopewell la miró con pena y bajó el fuego de las verduras.
—Yo no puedo ser maleducada con nadie —murmuró, y volvió al salón.
Él había abierto la maleta y tenía sendas biblias en las rodillas.
—Será mejor que las guarde —le dijo ella—, no las quiero.
—Aprecio su honradez —repuso él—. Ya no queda gente honrada, salvo en el campo.
—Lo sé —convino ella—. ¡Auténtica gente del campo! Por la rendija de la puerta oyó un gruñido.
—Supongo que muchos muchachos vienen y le dicen que están trabajando pa pagarse los estudios —explicó él—, pero yo no le diré eso. La verdá —continuó— es que no quiero ir a l’universidá. Quiero dedicar mi vida al cristianismo. Mire —añadió bajando la voz—, tengo una enfermedad cardíaca. Puede que no viva mucho tiempo. Cuando uno sabe que tiene algo malo y que no vivirá mucho… bueno, entonces, señora… —Hizo una pausa, con la boca abierta, y la miró fijamente.
¡Él y Joy tenían la misma enfermedad! La señora Hopewell se dio cuenta de que sus ojos se estaban llenando de lágrimas, pero hizo un esfuerzo, se repuso enseguida y murmuró:
—¿No querría quedarse a comer? ¡Nos encantaría qu’aceptara! —Y se arrepintió al instante de haberlo dicho.
—Sí, señora —dijo él con voz avergonzada—; por supuesto que m’encantaría.
Joy le había echado un vistazo cuando se lo presentaron y luego durante toda la comida no volvió a dirigirle la mirada. Él le habló varias veces, pero ella fingió no oírle. La señora Hopewell no podía comprender esa descortesía deliberada, a pesar de que convivía con ella, y se dio cuenta de que siempre tendría que exagerar su hospitalidad para contrarrestar la falta de cortesía de Joy. Le animó a que hablara de sí mismo y él lo hizo. Dijo que era el séptimo hijo de un total de doce y que su padre había muerto aplastado por un árbol cuando él tenía ocho años. El árbol casi le había partido en dos y quedó prácticamente irreconocible. Su madre había salido adelante trabajando de firme y siempre había procurado que sus hijos fueran a la escuela dominical y leyeran la Biblia todas las tardes. Él tenía ahora diecinueve años y hacía cuatro meses que vendía biblias. En ese tiempo, había hecho setenta y dos ventas y tenía apalabradas dos más.
Quería ser misionero porque pensaba que ésa era la manera en que podía hacer más por la gente. «El que haya perdido su vida, la encontrará», dijo simplemente y se le veía tan sincero, tan auténtico y formal que la señora Hopewell no habría sonreído por nada del mundo. El joven evitó que sus guisantes resbalasen a la mesa bloqueándolos con un pedazo de pan, con el que luego limpió el plato. Ella veía que Joy miraba de reojo cómo manejaba el tenedor y el cuchillo, y también se dio cuenta de que cada pocos minutos el muchacho lanzaba a la chica una intensa mirada apreciativa, como si intentase llamar su atención.
Después de comer, Joy quitó la mesa y desapareció, y la señora Hopewell se quedó sola a conversar con él. Él volvió a hablarle de su infancia, del accidente de su padre y de varias otras cosas que le habían sucedido. Cada cinco minutos, más o menos, ella ahogaba un bostezo. Él se quedó ahí dos horas, hasta que finalmente ella le dijo que debía retirarse porque tenía una cita en el pueblo. Él guardó sus biblias, le dio las gracias y se dispuso a partir, pero en la puerta se detuvo, le dio la mano y dijo que en ninguno de sus viajes había conocido una dama tan bondadosa como ella y le preguntó si podía volver. Ella le dijo que siempre le alegraría verle.
Joy estaba en el camino, al parecer mirando algo en la distancia, cuando él bajó por la escalinata y se dirigió hacia ella, doblado por el peso de la maleta. Se detuvo a su lado y le habló. La señora Hopewell no pudo oír lo que dijo pero tembló al pensar lo que Joy le podría replicar. Vio que después Joy decía algo y que el muchacho empezaba a hablar de nuevo haciendo un gesto vivo con la mano libre. Luego Joy dijo algo más y el muchacho empezó a hablar otra vez. Entonces, para su sorpresa, la señora Hopewell vio que los dos caminaban juntos hasta el portón. Joy había caminado hasta allí con él y la señora Hopewell no podía imaginarse lo que se habían dicho, y hasta ese momento no se había atrevido a preguntar.
La señora Freeman estaba tratando de atraer su atención. Se había trasladado de la nevera al calentador, de manera que la señora Hopewell tenía que darse la vuelta para que pareciera que la escuchaba.
—Glynese salió de nuevo con Harvey Hill anoche —dijo—. Tenía l’orzuelo.
—Hill —dijo la señora Hopewell, distraída—, ¿es ese que trabaja en el garaje?
—No, es el que va a l’escuela de quiropráctica —explicó la señora Freeman—. Ella tenía l’orzuelo. Desde hacía dos días. Dice que cuando la otra noche la trajo le dijo: «Déjame que te quite ese orzuelo», y ella le dijo: «¿Cómo?», y él dijo: «Échate en el asiento d’atrás y te lo mostraré». Entonces ella lo hizo y él l’hizo crujir el cuello. Siguió haciéndolo crujir hasta que ella dijo basta. Esta mañana no tenía el orzuelo. No queda ni rastro d’él.
—Nunca había oído algo así —dijo la señora Hopewell.
—Le pidió que se casara con él ante el juez —continuó la señora Freeman—, y ella le dijo que no s’iba a casar en ninguna oficina.
—Bueno, Glynese es una buena chica —dijo la señora Hopewell—. Glynese y Carramae son buenas chicas.
—Carramae dijo que cuando ella y Lyman se casaron, Lyman dijo que por supuesto ella era sagrada pa él. Ella dijo que él dijo que no aceptaría quinientos dólares pa que lo casara un predicador.
—¿Cuánto aceptaría? —preguntó la muchacha desde la cocina.
—Dijo que no aceptaría quinientos dólares —repitió la señora Freeman.
—Muy bien, todos tenemos algo qu’hacer —dijo la señora Hopewell.
—Lyman dijo qu’era sagrada pa él —afirmó la señora Freeman—. El doctor quiere que Carramae coma ciruelas pasas. Dice que eso en vez de medicinas. Dice que los calambres le vienen por la presión. ¿Sabe dónde pienso qu’está eso?
—Estará mejor en unas pocas semanas —dijo la señora Hopewell.
—En el tubo —dijo la señora Freeman—. D’otra manera, no estaría tan enferma.
Hulga había cascado los dos huevos en un platillo y los llevaba a la mesa con una taza de café que había llenado demasiado. Tomó asiento con cuidado y empezó a comer, con la intención de entretener allí a la señora Freeman por medio de preguntas si por cualquier razón ésta mostraba intención de marcharse. Notaba que su madre no le quitaba el ojo de encima. La primera pregunta indirecta sería sobre el vendedor de biblias, y ella no quería que saliera a relucir.
—¿Cómo le hizo crujir el cuello? —preguntó.
La señora Freeman describió cómo le había hecho crujir el cuello. Dijo que tenía un Mercury del cincuenta y cinco, pero Glynese decía que prefería casarse con un hombre que sólo tuviera un Plymouth del treinta y seis y deseara casarse ante un predicador. La muchacha preguntó qué pasaría si tuviera un Plymouth del treinta y dos y la señora Freeman dijo que lo que Glynese había dicho era un Plymouth del treinta y seis.
La señora Hopewell manifestó que no había muchas chicas con el sentido común de Glynese. Dijo que lo que más admiraba en esas chicas era el sentido común. Dijo que eso le recordaba que el día anterior habían tenido una visita agradable, un joven que vendía biblias.
—Dios santo —dijo—, m’aburrió a más no poder pero era tan sincero y tan auténtico que no pude ser descortés con él. Era de la buena gente del campo, sabe usté —añadió—, la sal de la tierra.
—Le vi llegar —dijo la señora Freeman— y más tarde… le vi marcharse.
Hulga se percató del leve cambio en su voz, la leve insinuación de que no se había ido caminando solo. Su rostro permaneció inexpresivo, pero el rubor le coloreó el cuello y pareció tragárselo con la siguiente cucharada de huevo. La señora Freeman la estaba mirando como si compartiera un secreto con ella.
—Bueno, hace falta toda clase de gente pa que este mundo siga girando —dijo la señora Hopewell—. Está muy bien que no todos seamos iguales.
—Algunos son más iguales qu’otros —sentenció la señora Freeman.
Hulga se puso en pie y se dirigió a su habitación haciendo mucho más ruido del necesario; luego cerró la puerta. Iba a encontrarse con el vendedor de biblias a las diez de la mañana en el portón. Había pensado en ello la mitad de la noche. Al principio lo había considerado una broma y luego había atisbado sus profundas implicaciones. Tendida en la cama, había imaginado diálogos que eran delirantes en la superficie pero que llegaban a profundidades de las que no sería consciente ningún vendedor de biblias. El día anterior, la conversación que habían mantenido había sido de esa clase.
Él se había detenido frente a ella y simplemente se había quedado allí. Tenía la cara huesuda, sudorosa y brillante, con una pequeña nariz respingona en el centro. Su aspecto era diferente del que había tenido durante la comida. La miraba con franca curiosidad, con fascinación, como un niño que mira un nuevo animal fantástico en el zoológico, y respiraba como si hubiera corrido una gran distancia para alcanzarla. Su mirada le resultó familiar, pero no pudo recordar dónde la habían mirado de esa manera. Durante un buen rato él no dijo nada. Luego, en lo que pareció una aspiración de aire, susurró:
—¿Alguna vez has comió un pollo de dos días? La muchacha lo miró con frialdad. Era como si el joven hubiera planteado la pregunta para someterla a su consideración en la reunión de una asociación filosófica.
—Sí —contestó ella al rato, como si lo hubiera considerado desde todos los ángulos posibles.
—¡Debía de ser pequeñísimo! —dijo el joven con aire triunfal; todo él se estremeció con risitas nerviosas, y se puso muy colorado, y cuando se calmó en sus ojos apareció una mirada de completa admiración, mientras que la expresión de la muchacha seguía siendo la misma—. ¿Cuántos años tienes? —preguntó en voz baja.
Ella esperó un poco antes de contestar. Luego, con voz apagada, dijo:
—Diecisiete.
Las sonrisas de él llegaban una tras otra como olas que rompen en la superficie de un pequeño lago.
—Veo que tienes una pierna de palo —dijo—. Creo qu’eres muy valiente. Creo qu’eres muy dulce.
La muchacha permaneció impasible, rígida y silenciosa.
—Camina hasta el portón conmigo —le pidió él—. Eres valiente y dulce y me gustaste en el momento en que te vi cruzar la puerta.
Hulga echó a andar lentamente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él con una sonrisa.
—Hulga —respondió ella.
—Hulga —murmuró él—. Hulga, Hulga. Nunca he conocío a nadie que se llamara Hulga. Eres tímida, ¿verdá, Hulga? —preguntó.
Ella asintió con la cabeza, observando la gran mano enrojecida en el asa de la maleta gigante.
—Me gustan las chicas con gafas —afirmó él—. Pienso mucho. No soy como esa gente en cuya cabeza jamás entra un pensamiento serio. Es porque puedo morir en cualquier momento.
—Yo también puedo morir —dijo ella de sopetón, y alzó la vista hacia él. Los ojos del joven eran muy pequeños y marrones, con un brillo febril.
—Escucha —dijo él—, ¿no crees qu’hay personas que están destinadas a conocerse por to lo que tienen en común? ¿Cuando tienen pensamientos profundos y to eso?
Cambió de mano la maleta y ahora la más próxima a ella era su mano libre. La cogió del codo y se lo sacudió un poco.
—Los sábados no trabajo —dijo—. Me gusta caminar por el bosque y ver cómo está vestida la madre naturaleza. En las colinas y bien lejos. Picnics y esas cosas. ¿No podríamos ir de picnic mañana? Di que sí, Hulga —dijo, y le dirigió una mirada agónica como si sintiera que estaban a punto de salírsele las entrañas. Hasta parecía tambalearse hacia ella.
Esa noche, Hulga se había imaginado que lo seducía. Imaginó que los dos caminaban hasta el granero que había más allá de los dos campos, y allí las cosas llegaban a tal punto que lo seducía con facilidad, y luego, por supuesto, tenía que vérselas con el remordimiento de él. Un genio de verdad podía llegar a hacer entender una idea hasta a un cerebro inferior. Imaginó que ella transformaba su remordimiento en una comprensión más profunda de la vida. Ella le arrancaba toda la vergüenza y la transformaba en algo útil.
Fue al portón a las diez en punto, después de escapar sin que la señora Hopewell se percatara. No llevaba nada para comer, pues había olvidado que, por lo general, a un picnic se llevan alimentos. Vestía pantalones y una camisa blanca sucia; en el último momento, se había aplicado al cuello un poco de vaselina mentolada, ya que no tenía ningún perfume. Cuando llegó al portón, no había nadie allí.
Miró la carretera desierta en ambas direcciones y experimentó la furiosa sensación de que la habían engañado, de que él sólo había pretendido hacerla caminar hasta el portón. Entonces, de improviso, él se puso en pie, muy alto, detrás de unos arbustos en el terraplén del otro lado del camino. Sonriente, se quitó el sombrero, que era nuevo y de ala ancha. El día anterior no lo llevaba y ella se preguntó si lo habría comprado para la ocasión. Era de color tostado con una cinta blanca y roja alrededor y le quedaba un poco grande. Salió de detrás de los arbustos con la maleta negra en la mano. Llevaba el mismo traje y los mismos calcetines amarillos caídos. Cruzó el sendero y dijo:
—¡Sabía que vendrías!
La muchacha se preguntó con acritud cómo lo había sabido. Señaló la maleta y preguntó:
—¿Por qué has traído tus biblias?
La cogió del codo, sonriendo como si le fuera imposible dejar de hacerlo.
—Nunca sabes cuándo necesitarás la palabra de Dios, Hulga —respondió.
Por un momento ella dudó de que eso estuviera sucediendo realmente, y entonces empezaron a subir por el terraplén. Luego bajaron hasta los pastos, camino del bosque. El muchacho caminaba ágilmente a su lado, saltando sobre la punta de los pies. La maleta no parecía ser ese día tan pesada, incluso la balanceaba. Cruzaron la mitad de los pastos sin decir palabra y entonces él le puso la mano sobre la espalda y le preguntó:
—¿Dónde está la juntura de tu pierna de palo?
Ella se puso muy colorada y lo miró furiosa, y por un instante el muchacho pareció avergonzado.
—No pretendía ofenderte —dijo—. Sólo quería decirte qu’eres muy valiente y to eso. Supongo que Dios cuida de ti.
—No —dijo ella, mirando hacia al frente y caminando muy deprisa—, ni siquiera creo en Dios.
Al oírlo, él se detuvo y silbó.
—¿No? —exclamó, como si estuviera demasiado sorprendido para decir otra cosa.
Ella continuó caminando y al cabo de un segundo él estaba a su lado, abanicándose con el sombrero.
—Eso es muy poco común en una chica —dijo mirándola de reojo. Cuando llegaron al borde del bosque, le puso de nuevo la mano en la espalda, la apretó contra sí sin decir una palabra y la besó con fuerza
El beso, en el que había más presión que sentimiento, produjo en la muchacha esa descarga de adrenalina que permite a una persona sacar un pesado baúl de una casa en llamas, pero en su caso toda esa fuerza fue directamente a la cabeza. Aun antes de que él la soltara, su mente, clara, indiferente e irónica, ya lo observaba desde una gran distancia, divertida pero también con lástima. Nunca la habían besado antes y le alegró descubrir que no era una experiencia excepcional y que todo estaba sujeto al control de la mente. Alguna gente podría saborear el agua si les decían que era vodka. Cuando el muchacho, que parecía expectante pero inseguro, la apartó suavemente de sí, ella dio media vuelta y siguió caminando, sin decir nada, como si eso fuese para ella de lo más normal.
Él llegó jadeando a su lado y trataba de ayudarla cuando veía una raíz en la que ella podía tropezar. Sujetaba los largos y oscilantes tallos espinosos y los mantenía apartados del camino hasta que ella pasaba. Ella le guiaba y él la seguía con la respiración agitada. Salieron a una ladera iluminada por el sol que descendía suavemente hasta otra un poco más pequeña. Más allá se veía el techo herrumbroso del granero donde guardaban el heno.
La colina estaba salpicada de hierbajos rojos.
—Entonces, ¿no estás salvada? —preguntó él de pronto, y se detuvo.
La muchacha sonrió. Era la primera vez que le sonreía.
—En mi sistema —dijo—, yo estoy salvada y tú estás condenado, pero ya te he dicho que no creo en Dios.
Nada parecía capaz de destruir la expresión de admiración del muchacho. Ahora la miraba como si el animal fantástico del zoológico hubiera sacado su garra entre las rejas y le hubiera dado un empujoncito cariñoso. Ella pensó que parecía querer besarla de nuevo y siguió caminando antes de que él tuviera la oportunidad.
—¿No hay por aquí ningún sitio donde nos podamos sentar? —murmuró él bajando la voz al final de la frase.
—En el granero —respondió ella.
Apretaron el paso como si fuera a alejarse como un tren. Era un granero grande, de dos pisos, frío y oscuro en el interior. El muchacho señaló la escalerilla que conducía al henal y dijo:
—Lástima que no podamos subir.
—¿Por qué no? —preguntó ella.
—Por tu pierna —dijo él, reverente.
La muchacha le lanzó una mirada despreciativa y, agarrándose con las dos manos a la escalerilla, trepó por ella mientras él permanecía abajo, al parecer pasmado. Ella pasó con habilidad por la abertura y luego lo miró desde arriba y dijo:
—Bueno, ven, si es que vas a venir.
Él comenzó a subir llevando torpemente la maleta.
—No necesitaremos la Biblia —comentó ella.
—Nunca se sabe —dijo él entre jadeos.
Una vez que estuvo en el henil, trató de recuperar el aliento. Ella se había sentado sobre un montón de paja. Una ancha funda de luz de sol, llena de partículas de polvo, caía oblicuamente sobre ella. Se recostó contra un fardo, con la cara vuelta hacia la abertura del frente del granero, por donde se arrojaba el heno desde un camión hasta el henil. Las dos laderas punteadas de rojo se recostaban contra una oscura arboleda. El cielo estaba despejado y era de un azul limpio. El muchacho se dejó caer a su lado, puso un brazo debajo de ella y el otro encima y comenzó a besarle metódicamente el rostro, haciendo ruiditos como un pez. No se quitó el sombrero, pero lo llevaba hacia atrás de modo que no importunara. Cuando le molestaron las gafas de ella, se las quitó y se las guardó en el bolsillo.
Al principio la muchacha no le devolvió ningún beso, pero al rato empezó a hacerlo y después de besarle varias veces en la mejilla se acercó a sus labios y permaneció allí, besándolo una y otra vez como si tratara de dejarlo sin aliento. El aliento del joven era limpio y dulce como el de un niño y los besos eran pegajosos como los de un niño. Murmuró que la quería y que la primera vez que la vio supo que la amaba, pero el murmullo era como las quejas soñolientas de un pequeño al que su madre pone a dormir. La mente de Joy, mientras tanto, no se detuvo ni se entregó por un segundo a sus sensaciones.
—No m’has dicho que me quieres —susurró él tras apartarse de ella—. Tienes que decirlo.
Ella desvió la mirada del joven y la dirigió hacia el cielo despejado y luego hacia abajo, a las arboledas oscuras, y después más allá, a lo que parecían dos lagos verdes crecidos. No se había dado cuenta de que le había quitado las gafas, pero ese paisaje no le parecía excepcional ya que raras veces prestaba atención a su entorno.
—Tienes que decirlo —repitió él—, tienes que decir que me quieres.
Ella siempre procuraba no comprometerse.
—En cierto modo —comenzó a decir—, si utilizas esa palabra en un sentido amplio, lo puedes decir. Pero no es una palabra que yo use. No tengo ilusiones. Soy una de esas personas que penetran la nada.
El muchacho frunció el entrecejo.
—Tienes que decirlo. Yo l’he dicho y tú debes decirlo también.
La muchacha lo miró casi con ternura.
—Pobrecillo —murmuró—. Da lo mismo que no lo entiendas.
Lo cogió por el cuello, con el rostro inclinado, y lo atrajo hacia sí.
—Estamos todos condenados —dijo—, pero algunos nos hemos arrancado las vendas de los ojos y vemos que no hay nada que ver. Es una especie de salvación.
Los ojos atónitos del muchacho miraban sin comprender a través de los cabellos de ella.
—Muy bien —casi gimoteó—, pero ¿me quieres o no me quieres?
—Sí —dijo ella, y agregó—: en cierto sentido. Pero debo decirte algo. No tiene que haber mentiras entre nosotros. —Levantó la cabeza del joven y lo miró a los ojos—. Tengo treinta años —dijo—. Tengo varios títulos universitarios.
El muchacho pareció irritado pero obstinado.
—No m’importa —dijo—, no m’importa na lo qu’hayas hecho. Sólo quiero saber si me quieres o no.
La acercó y la besó apasionadamente hasta que ella dijo:
—Sí, sí.
—Muy bien, entonces —dijo él, dejándola—. Demuéstramelo.
Ella sonrió, mirando ensoñada el cambiante paisaje. Lo había seducido sin que ni siquiera se hubiera decidido a hacerlo.
—¿Cómo? —preguntó, sintiendo que debía retrasarlo un poco.
Él se inclinó y acercó los labios a su oído.
—Muéstrame la juntura de la pierna de palo —susurró.
La muchacha soltó un gritito agudo y su rostro perdió al instante todo color. La obscenidad de la propuesta no era lo que la escandalizaba. De niña, a veces había sido presa de sentimientos de vergüenza, pero la educación había extirpado sus últimas huellas como hace un buen cirujano con un cáncer. No era mayor su sensibilidad a lo que él le pedía que su fe en las biblias. Pero era tan susceptible respecto a su pierna artificial como un pavo real respecto a su cola. Cuidaba de ella como otros cuidaban de sus almas, en privado y casi con la mirada vuelta hacia otro lado.
—No —dijo.
—Ya lo sabía —musitó él—. Me tomas por un imbécil y juegas conmigo.
—¡Oh, no, no! —exclamó—. Llega a la rodilla. Sólo a la rodilla. ¿Por qué la quieres ver?
El muchacho le dirigió una mirada prolongada y penetrante.
—Porque —respondió— es lo que t’hace diferente. Eres como ninguna otra.
Ella se quedó mirándolo. No había nada en su rostro o en sus redondos y fríos ojos azules que indicase que esto la había conmovido, pero tuvo la sensación de que el corazón se le paraba y dejaba que su mente bombeara la sangre. Pensó que por primera vez en su vida tenía frente a sí la verdadera inocencia. El muchacho, con un instinto que nacía más allá de la experiencia, había descubierto la verdad sobre ella. Cuando, después de un momento, ella dijo en voz alta y ronca: «Muy bien», fue como rendirse a él por completo. Fue como perder su propia vida y encontrarla de nuevo, de manera milagrosa, en la de él.
Poco a poco él empezó a subirle la pernera del pantalón. La pierna artificial, con un calcetín blanco y un zapato plano marrón, estaba envuelta en una tela gruesa como lona y terminaba en una juntura desagradable que estaba atada al muñón. La voz y el rostro del muchacho eran totalmente reverentes cuando la dejó al descubierto y dijo:
—Ahora enséñame cómo se quita y se pone.
Ella se la quitó y se la puso nuevamente y luego él mismo la quitó, manipulándola con tanta ternura como si fuera una pierna de verdad.
—¡Mira! —dijo con la expresión de deleite de un niño—. ¡Ahora lo puedo hacer yo mismo!
—Colócala de nuevo —le pidió ella. Estaba pensando que se escaparía con él y que todas las noches él le sacaría la pierna y todas las mañanas se la volvería a poner—. Colócala de nuevo —repitió.
—Todavía no —murmuró él, y la puso de pie lejos de su alcance—. Estate sin ella un rato. Me tienes a mí.
Ella dejó escapar un grito de alarma, pero él la empujó y comenzó a besarla una vez más. Sin la pierna, se sentía completamente dependiente de él. Parecía que su mente había dejado de pensar y que se ocupaba de otras funciones que no se le daban muy bien. Expresiones diferentes recorrieron su rostro. De tanto en tanto, el muchacho, cuyos ojos parecían dos pernos de acero, volvía la cabeza para mirar la pierna. Finalmente ella lo apartó de un empujón y dijo:
—Ahora colócala de nuevo.
—Espera —dijo él.
Se inclinó hacia el otro lado, arrastró la maleta hacia sí y la abrió. Tenía un forro azul pálido y manchado y sólo contenía dos biblias. Sacó una y abrió la cubierta. Estaba hueca; había una petaca de whisky, una baraja de naipes y una cajita azul con algo impreso. Dispuso estas cosas ante ella una a una en una fila regular, como quien presenta ofrendas en el templo de una diosa. Le puso la cajita en la mano, «este producto sólo se usará para prevenir enfermedades», leyó ella, y la dejó caer. El muchacho estaba abriendo la petaca. Se detuvo y señaló, con una sonrisa, los naipes. No era una baraja corriente, sino que había una foto obscena en el reverso de cada carta.
—Echa un trago —dijo él ofreciéndole la petaca primero a ella. La sostuvo delante de la joven, pero ella, como hipnotizada, no se movió.
Su voz, cuando habló, sonó casi suplicante.
—No eres… —murmuró— ¿no eres buena gente de campo?
El muchacho ladeó la cabeza. Parecía como si comenzara a darse cuenta de que tal vez ella trataba de insultarlo.
—Sí —dijo curvando un poco los labios—, pero eso no m’ha frenao. Valgo tanto como tú cualquier día de la semana.
—Dame la pierna —dijo ella.
Él la empujó aún más lejos con el pie.
—Anda, empecemos a divertirnos —dijo con tono zalamero—. Todavía no nos conocemos bien.
—¡Dame la pierna! —gritó ella, y trató de alcanzarla, pero él la empujó hacia atrás con facilidad.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó él, ceñudo, mientras cerraba la botella y la guardaba rápidamente dentro de la biblia—. Hace sólo un rato m’has dicho que no crees en na. ¡Pensaba que eras toda una mujer!
El rostro de Joy estaba casi lívido.
—¡Eres un cristiano! —susurró—. ¡Eres un buen cristiano! Eres como todos ellos…; dices una cosa y haces otra. Eres un perfecto cristiano, eres un…
En la boca del muchacho apareció una mueca de enojo.
—¡Espero que no pienses —dijo con altiva indignación— que yo creo en esa mierda! Puede que venda biblias, pero sé cómo son las cosas, ¡y no nací ayer y sé adónde voy!
—¡Dame la pierna! —gritó ella.
Él se levantó de un salto con tal rapidez que ella apenas le vio arrojar los naipes y la cajita en la biblia y guardarla en la maleta. Le vio coger la pierna y luego colocarla en diagonal y desamparada dentro de la maleta con una biblia a cada lado. El joven cerró con un golpe la tapa, cogió la maleta y la lanzó por el agujero. Luego empezó a bajar por la escalerilla.
Cuando sólo se le veía la cabeza, se volvió y la observó con una expresión que ya no reflejaba la menor admiración.
He conseguío un montón de cosas interesantes —dijo—. Una vez conseguí así un ojo de cristal d’una mujer. Y no pienses que me vas atrapar, porque en realidad no me llamo Pointer. Uso un nombre distinto en cada casa donde voy y nunca me quedo mucho tiempo en ningún sitio. Y te diré algo más, Hulga —añadió, usando el nombre como si no le tuviera ninguna consideraron—; no eres tan inteligente. ¡Desde el día en que nací no creo absolutamente en na!
Luego el sombrero tostado desapareció por el agujero y la muchacha se quedó sentada en la paja bajo la luz polvorienta. Cuando volvió el rostro descompuesto hacia la abertura, vio cómo su figura azul se abría paso sobre el lago salpicado de verde.
La señora Hopewell y la señora Freeman, que estaban en el campo de atrás arrancando cebollas, lo vieron emerger un poco más tarde del bosque y encaminarse por la pradera hacia la carretera.
—Pero si parece ese buen joven aburrido que trató de venderme una biblia ayer —comentó la señora Hopewell achicando los ojos—. Debe de haber estao vendiéndolas a los negros. Era un simplón —dijo—, pero creo qu’el mundo sería mucho mejor si todos nosotros fuéramos así de simples.
La mirada de la señora Freeman lo alcanzó justo antes de que desapareciese detrás de la colina. Luego volvió toda su atención a una cebolla que estaba arrancando del suelo y olía a rayos.
—Algunos no pueden ser así de simples —dijo—. Yo sé nunca podría.