O. Henry
Murray soñó un
sueño.
La psicología
vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro yo inmaterial en sus
andanzas por la región del sueño, «gemelo de la muerte». Este relato no quiere
ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray.
Una de las
fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño es que acontecimientos que
parecen abarcar meses o años ocurren en minutos o instantes.
Murray
aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso
del corredor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría
de un lado a otro y Murray le bloqueó el camino con un sobre. La electrocución
tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más
sabio de los insectos.
En el pabellón
había siete condenados a muerte. Desde que estaba allí, tres habían sido
conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en la trampa; otro, no
menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde,
se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla. Se preguntó cómo responderían
por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que
ya serían casi las nueve. Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente,
estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos
agentes que fueron a arrestarlo.
Muchas veces,
de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su
contrincante invisible.
La gran voz
retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:
—Y, señor
Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?
—Muy bien,
Carpani —dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre
y depositándola con suavidad en el piso de piedra.
—Así me gusta,
señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La
semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el
último partido de damas. Quizá volvamos a jugar otra vez.
La estoica
broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien tentó a
Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.
Los
encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el
extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la
abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank —no, ese era antes, ahora se
llamaba el reverendo Francisco Winston—, amigo y vecino de sus años de miseria.
—Logré que me
dejaran reemplazar al capellán de la cárcel —dijo, al estrechar la mano de
Murray. En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta.
Murray sonrió
levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido
hablar, pero no sabía qué decir. Los presos llamaban a este pabellón de
veintitrés metros de largo y nueve de ancho, Calle del Limbo. El guardián
habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del
bolsillo un porrón de whisky y se lo ofreció a Murray, diciendo:
—Es costumbre,
usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.
Murray bebió
profundamente.
—Así me gusta
—dijo el guardián—. Un buen calmante y todo saldrá bien.
Salieron al
corredor y los condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del
mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los
condenados sabían que eran casi las nueve, que Murray iría a la silla a las
nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen.
El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la
rata humana, a la araña y a la serpiente. Por eso, de los siete condenados,
sólo tres gritaron sus adioses a Murray, cuando se alejó por el corredor, entre
los centinelas: Carpani y Marvin, que al intentar una evasión había matado a un
guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo que matar porque un inspector, en un
tren, no quiso leventar las manos. Los otros cuatro guardaban un humilde
silencio.
Murray se
maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las
ejecuciones había unos veinte hombres, empleados de la cárcel, periodistas y
curiosos que…
Aquí, en medio
de una frase, el sueño quedó interrumpido por la muerte de O'Henry. Sabemos,
sin embargo, el final: Murray, acusado y convicto del asesinato de su querida,
enfrenta su destino con inexplicable serenidad. Lo conducen a la silla
eléctrica. Lo atan. De pronto, la cámara, los espectadores, los preparativos de
la ejecución, le parecen irreales. Piensa que es víctima de un error espantoso.
¿Por qué lo han sujetado a esa silla? ¿Qué ha hecho? ¿Qué crimen ha cometido?
Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato,
el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son un sueño. Aún
trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento lo electrocutan.
La ejecución
interrumpe el sueño de Murray.