Frank Norris
En esta
historia hay un buen número de cosas que debo callar, pues si llegara a
trascender al dominio público qué hacía yo a bordo del carguero de servicio
irregular Glarus a trescientas millas de distancia de las costas de América del
Sur cierto día de verano, hace ahora algunos años, lo más probable es que me
viera obligado a responder al sinfín de preguntas, tan personales como
directas, que me habrían de formular minuciosos e impertinentes expertos en
derecho marítimo, que cobran un sueldo ni más ni menos que por satisfacer su
curiosidad. Y además, por si fuera poco, metería a Ally Bazan, a Strokher y a
Hardenberg en un buen lío.
Supongamos que
ese mismo día de verano alguien hubiera preguntado en la agencia Lloyds’ dónde
se encontraba el Glarus, y cuál era su destino y su carga. Le habrían dicho que
había salido de El Callao hacía veinte días, rumbo al norte, en lastre para San
Francisco. Que había establecido comunicación con el bergantín Medea y con el
vapor Benevento; que, según informes de estos últimos, había estallado el
cabezal de uno de sus cilindros, pero que, conservando su capacidad de
maniobra, proseguía su rumbo a vela.
Eso es lo que
Lloyds’ habría contestado.
Pero, para
cualquiera que sepa algo de los hábitos de los barcos y de lo que de ellos se
espera, el hecho de que el Glarus se encontrara a unas seiscientas millas al
sur de donde Lloyds’ lo suponía, y aún siguiera rumbo al sur a toda máquina, le
habría parecido un escándalo de tal magnitud que sus hermanas y hermanos se
habrían visto forzados a condenarlo al más absoluto ostracismo de una vez por
todas.
Y esto es algo
muy curioso. Los seres humanos pueden permitirse un sinnúmero de vaguedades y
adentrarse incluso en el campo de la mentira tanto como les plazca, pero basta
que un barco responda con una simple evasiva para que, inmediatamente, se haga
sospechoso. El menor lapso de «normalidad», la más mínima dificultad en
conjugar rendimiento e intuición, y ahí lo tenéis ya: en la lista negra. Y su
capitán, armadores, oficiales, agentes, consignadores, hasta sus sobrecargos,
se verán obligados a dar explicaciones.
Y el Glarus
estaba ya desde hacía tiempo en la lista negra. Desde el principio su estrella
había sido maligna. La primera vez que perdió su reputación había sido con el
nombre de Breda, cuando se dejó arrastrar a unas correrías filibusteras por las
costas de América del Sur hasta que, al fin, un agente de los Estados Unidos en
traje de paisano —es decir, un guardacostas— procedió a su detención frente al
puerto de Buenos Aires y lo devolvió a casa como si se tratase de un hijo
pródigo, sin honor y sin honra.
Y después se
había visto envuelto en un tenebroso asunto de trata de esclavos en un remoto
paraje del Pacífico Sur; y, a continuación, ya con el nombre de Glarus, se
dedicó a la pesca furtiva de focas por cuenta de una comunidad de holandeses
establecida en Tacoma, que, con el tiempo, se construyó un club social con las
ganancias que le había proporcionado.
Y después fue
cuando pasó a nuestras manos.
Pasó a
nuestras manos, como digo, por mediación de la Compañía Explotadora del
Pacífico Sur, de un tal Ryder. El presidente les había propuesto a Hardenberg,
a Strokher y a Ally Bazan —los Tres Cuervos— un trabajillo muy tentador que,
juraba, les haría «ricos e independientes» para el resto de sus vidas. Es un
negocio que promete —B.300 aparece en el mapa de Ryder— y si alguien quiere
saber más detalles puede escribir a Ryder y preguntarle qué es exactamente
B.300. Que él quiera contárselo o no, eso ya es cosa suya.
Pues B.300
—todo hay que decirlo— es, en palabras de Hardenberg, algo tan turbio como las
aguas de una ciénaga. Y tan arriesgado como litigar por pobre. Si uno logra su
propósito, después de pagar a Ryder su parte, aún puede dividir sesenta y cinco
o, tal vez, sesenta y siete mil dólares entre sí y sus socios. Pero si no sale
bien, y se dan todos los requisitos para que así sea, puede darse por seguro
que uno o dos compañeros caerán muertos a tiros, que uno mismo se verá obligado
a disparar contra otros tipos, y que, a la postre, acabará haciendo una escala
no deseada en Tahití, prisionero a bordo de una patrullera francesa.
Obsérvese que
se habla de B.300 como de algo que aún está vigente. Y es así por la sencilla
razón de que los Tres Cuervos no lograron su propósito. Sigue todavía marcado
con tinta roja en el mapa que cuelga sobre la mesa de Ryder en su despacho de
San Francisco; y quien quiera volver a intentarlo tendrá que aceptar las
condiciones de Cyrus Ryder. Lo único es que ya no podrá contar con el Glarus
para la aventura.
Pues el viaje
a la isla en busca de B.300 fue la última ocasión en que el Glarus aspiró el
azul olor del mar o probó los alisios. Nunca volverá a pasar la aduana. Ya no
es más que un trasto inútil.
Y, sin
embargo, en este venturoso día de 1902, el Glarus surca la bahía de San
Francisco en dirección a sus boyas frente a Sausalito, sin que le falte
—excepción hecha de un eje roto— el más mínimo detalle; sin un solo cabo de
menos, un tornillo flojo o un tablón fuera de su sitio: un carguero equipado a
la perfección.
Pero, si
alguien se da por casualidad un paseo por el puerto de San Francisco, desde el
muelle de pescadores a la dársena donde atracan los vapores que hacen la ruta
de la China, y agita sus dólares ante las narices de los marineros, tan pronto
como pronuncie en un susurro el nombre Glarus, todos se echarán hacia atrás, lo
mirarán con una mezcla de desconfianza y miedo, y lo más probable es que se den
media vuelta y lo dejen con la palabra en la boca. No encontrará ningún piloto
que quiera sacar al Glarus a dar un paseo, ni un capitán que lo gobierne, ni
fogoneros que alimenten sus calderas, ni marineros que se atrevan a pisar su
cubierta. El Glarus no es de fiar. Ha visto un fantasma.
Ocurrió en
nuestro viaje a la isla en busca del ya mencionado B.300. Al cabo de unos días
nos habíamos distanciado tanto de la costa, y Hardenberg, nuestro patrón, había
marcado un rumbo tan alejado de toda ruta de navegación conocida que, después
de que el Benevento —del cual sólo llegamos a avistar su aparejo— desapareciera
tras el horizonte, no habíamos vuelto a ver la punta de una sola vela, ni el
menor rastro de humo de ningún vapor. La línea del Ecuador había quedado atrás
hacía tiempo, y nos proponíamos dar un largo y tortuoso rodeo hacia el sur para
caer sobre la isla por una ruta más a trasmano. Todo esto era para evitar que
nos localizaran. Era absolutamente esencial que el Glarus no fuese localizado.
Supongo que
era, sin duda, la conciencia de nuestro aislamiento, unido a lo increíblemente
remoto de nuestra posición, lo que tanto me impresionaba. Es obvio que el mar
ofrece el mismo aspecto a cien o a mil millas de la costa. Pero cuando, día
tras día, subía a cubierta al mediodía después de comprobar nuestra posición en
el mapa —una simple marca de alfiler en una gran hoja de papel vacío—, el
panorama del océano pesaba sobre mi ánimo infundiéndome un espanto infinito. Y
por aquel entonces ya no era ningún bisoño en alta mar.
Pues en
aquellos momentos el Glarus surcaba un espacio tan desolado que parecía no ser
de este mundo, que escapaba a toda descripción. Incluso en aguas más
frecuentadas, aunque ninguna vela haga mella en la línea del horizonte, la
proximidad de otros barcos es algo, sin embargo, que no sólo se da siempre por
hecho, sino que es en extremo reconfortante. Allí, no obstante, veía que nos
adentrábamos más y más en el desierto. Ninguna quilla había surcado en muchos
años aquellas aguas; ninguna vela había henchido aquellos vientos. Día tras día
dirigíamos maquinalmente la vista, llevados por la fuerza de la costumbre, al
horizonte. Pero antes de mirar ya sabíamos que la búsqueda sería infructuosa.
Bajo aquel sol implacable y aquel cielo de un azul frío, el suelo añil del
océano se extendía hasta el infinito por todas partes. No es posible que el
éter que flota entre los planetas esté más desolado, más vacío.
Nunca, nunca
hasta aquel entonces había llegado a concebir mi imaginación una soledad
semejante, un estancamiento y desolación tan abominables. En una embarcación
sin cubierta y yo solo, me habría vuelto loco en menos de media hora.
Solamente una
vez antes, en mis años mozos, recuerdo haber experimentado la sensación de una
inmensidad y vacío parecidos, cuando me tumbaba boca arriba en la falda de una
colina desnuda de árboles y vegetación y me dedicaba por espacio de casi una
hora a mirar fijamente al cielo.
El lector ya
habrá adivinado probablemente a lo que me refiero. Si no es así, ha de saber
que si uno se queda mirando fijamente al cielo un buen rato, su plana
superficie empieza poco a poco a expandirse, a ceder aquí y allá, y la vista
viaja de un lado a otro y penetra cada vez más arriba, hasta que al fin
—afortunadamente para uno tal cosa no dura más que una fracción de segundo—
parece como si se flotara en el espacio. Generalmente uno se para llegado a ese
punto, da un grito, se tapa la cara con las manos, y lo que se siente entonces
es una inmensa alegría al ver que se sigue aún pegado a la firme y querida
madre tierra. De modo muy parecido, yo —que contaba en mi haber sólo con
travesías más cortas— apartaba mis ojos de aquel horrible vacío y los fijaba en
nuestros desarbolados mástiles y en nuestra chimenea, o bien me agarraba con
fuerza al pasamano de la borda de la única cosa que se interponía entre mí y
las Tinieblas Exteriores.
Pues al fin
habíamos llegado a esa región de los grandes mares en la que no se aventura
ningún barco, al silencioso mar de Coleridge y el Viejo Marinero, al Horror
primigenio y mudo, jamás sondeado, inexplorado, ignoto, y estábamos tan solos
como una mota de polvo dando vueltas en el espacio vacío más allá de Urano y
del alcance de los más potentes telescopios.
Y el Glarus se
revolvía y proseguía trabajosamente su marcha hacia delante. Día tras día,
durante veinticuatro horas, el mismo cielo azul pálido y el sol implacable se
cernían sobre aquella diminuta partícula en movimiento. Día tras día, las
veinticuatro horas, aquel mismo mundo de aguas azul oscuro y reflejos
opalescentes, que ningún viento conocido agitaba, liso como una losa de
sienita, se extendía a derecha e izquierda más allá del horizonte, delante y
detrás de nosotros, eterno, ilimitado, vacío. Día tras día el humo de nuestras
chimeneas velaba la estriada blancura de la estela que íbamos dejando. Cada día
Hardenberg, nuestro patrón, marcaba a mediodía con un alfiler nuestra situación
en el mapa que colgaba en la cabina del timón y que nos mostraba hasta qué
punto estábamos adentrándonos en aquella inmensidad desierta. Cada día que
pasaba el mundo de los hombres, de la civilización, de los periódicos, de la
policía y de los tranvías daba un paso atrás y nosotros seguíamos navegando,
tan perdidos como olvidados, en aquel silencioso océano.
—Hay tanto
sitio que aquí sí que se puede dar uno la vuelta sin pegarle un pisotón al de
al lado —observó Ally Bazan, el oriundo de las colonias.
—Estamos
absolutamente fuera de cualquier ruta de navegación —le precisó Hardenberg—.
Cosa que a nosotros nos viene a las mil maravillas, por cierto. Nadie se
aventura nunca en estas aguas. Aquí es muy difícil mantener un rumbo fijo. Nada
lleva a ninguna parte.
—Es como si
fuéramos volando en uno de esos globos tan magníficos —añadió Strokher.
De la
naturaleza de la aventura en la que el Glarus se había embarcado me limitaré a
decir, simplemente, que no era legal. Tenía que ver con un terrible suceso
acaecido hacía más de doscientos años. En dicha aventura había en juego dinero,
pero no se podían traspasar ciertos límites, ni entrar en terrenos que mejor
era no pisar.
La isla a la
que nos dirigíamos está asociada en la mente de los hombres con el terror.
Adelantándose doscientos años al Glarus, un barco —no muy distinto a la
estrafalaria carabela de Hudson— con una de aquellas proas tan altas había
hecho allí escala en cierta ocasión, su tripulación había bajado a tierra y una
vez perpetrada la fechoría que los había llevado hasta aquellos parajes
consiguieron volver al barco y hacerse de nuevo a la mar. Y, entonces, un
instante después de que las palmeras de la isla hubieran desaparecido de la
vista tras la línea del horizonte, sucedió lo inexpresable. La Muerte que no
era Muerte emergió del fondo del mar, se irguió ante el barco, envolviéndolo, y
una terrible plaga se propagó por las cubiertas como si fuera musgo. Y el barco
se estremeció de horror ante aquello a lo que, aún hoy en día, no se le ha dado
un nombre.
Veinte hombres
murieron la primera semana y el resto, a excepción de seis, la segunda. Los
seis supervivientes, en el umbral ya de la locura, decidieron echar un bote al
agua, volvieron a la isla y allí murieron, tras dejar un relato escrito de lo
sucedido.
Los seis
abandonaron el barco exactamente tal y como estaba, con todas las velas izadas
y todos los faroles encendidos, dejándolo sumido en las sombras de aquella
Muerte que no era Muerte.
Y allí se
quedó, inmóvil, en aquel mar de calma, viendo cómo se alejaban. Jamás volvió a
saberse nada de él.
O tal vez sí, quién
sabe…
Pero, en mi
opinión, lo principal de toda aquella historia siempre ha sido lo siguiente:
primero, que el barco fue el último amigo de aquellos seis pobres desdichados
que se volvieron a la isla con los inútiles cofres de su botín. Cubrió su retirada
y los habría defendido y ayudado, por decirlo así, hasta el último momento; y
segundo, que a nosotros, a los Tres Cuervos y a mí mismo, no nos asistía el
menor derecho ni a los ojos del cielo ni a los de las leyes humanas para ir a
fisgar y a meter nuestras narices en todo aquel asunto, en aquella historia de
un pasado muerto y enterrado. Había en ello algo de sacrilegio. No éramos
mejores que los ladrones de cadáveres.
Cuando oí a
los demás quejarse de la terrible soledad que nos rodeaba, al principio no dije
nada. Yo no era marinero en sentido estricto y estaba a bordo más por
tolerancia que por otra cosa. Pero cada vez que miraba aquel horizonte
enloquecedor, siempre idéntico a sí mismo, aquel horizonte yermo y vacío que
llevábamos viendo ininterrumpidamente desde hacía dieciséis días, sentía en mi
cerebro y en mis nervios ese grito de protesta y rebeldía que estalla en
nuestro interior cuando oímos la misma nota musical repetida una y otra vez
hasta la saciedad.
Que el simple
hecho de no cruzarnos con ningún otro barco cause tales estragos en el espíritu
podrá parecer un tanto exagerado. Pero el que no lo crea que se embarque en una
aventura como la nuestra, que navegue durante dieciséis interminables días,
adentrándose cada vez más en la nada, sin ver ni oír otra cosa que el
resplandor del sol y el ajetreo de la propia tripulación, y luego que el lector
le pregunte qué tal le ha ido.
Y, sin
embargo, de todas las cosas, lo que menos deseábamos era tener compañía. El
robo era el único y magno propósito de nuestra expedición. Pero creo que hubo
momentos, sobre todo al final, en que los Tres Cuervos habrían dado la
bienvenida hasta a un crucero de la Armada.
Además, había
más causas para sentirse deprimido que el mero aislamiento.
El séptimo
día, Hardenberg y yo nos encontrábamos hacia proa, junto al gaviete, ajustando
el cable con el vago propósito de arponear a alguna de las marsopas que
últimamente habían empezado a aparecer a nuestra proa, y Hardenberg había
estado calculando el número de días que aún nos quedaban de travesía.
—En estos
momentos nos encontramos a unas quinientas millas aproximadamente de esa isla
—concluyó—, y el barco está haciendo sus trece nudos estupendamente. Hasta
ahora todo va bien, pero ¿sabe una cosa?, me gustaría avistar ese pedazo de
tierra cuanto antes mejor.
—¿Y por qué?
—le pregunté, inclinándome sobre la estacha—. ¿Es que espera mal tiempo?
—Señor Dixon
—me respondió mirándome de un modo extraño—, se mire como se mire, el mar es
algo muy raro. Soy marino desde que apenas levantaba un palmo del suelo, y sé
lo que es el mar. Es más, tengo eso que se llama el Instinto del Mar. Ahora
mire hacia allá. No se ve nada, ¿verdad? Nada más que ese horizonte que
llevamos viendo todo el tiempo. La brújula está fija como la aguja de un
campanario y esta vieja carraca parece que se porta tan bien como el primer día
que se hizo a la mar. Total, que me siento como si fuese haciendo el tonto por
el camino de Gloucester hacia casa, montado en mi pequeña escudilla. Pero
¿quiere que le diga una cosa?: pues que me iría a puerto ahora mismo. ¿Que por
qué? Porque yo tengo el Instinto del Mar, señor Dixon. Tengo el Instinto del
Mar.
Ya había oído
con anterioridad a viejos patrones decir algo parecido, y le conté a Hardenberg
el caso de un capitán al que había conocido hacía tiempo, cuyo barco dio una
vuelta de campana en un mar completamente en calma frente a la costa de
Trincomalee. Le pregunté si aquel Instinto del Mar le estaba advirtiendo de
algún peligro —pues en alta mar toda premonición es siempre una premonición de
alguna calamidad, nunca de nada venturoso—, pero no quiso ser más explícito.
—No sé —me
respondió en tono malhumorado y con expresión de absoluta perplejidad mientras
iba enrollando el cable—, realmente no sé, pero es como si hubiera alguna
maldita cosa cerca de nosotros que nos estuviera acechando. Me apostaría el
sombrero. No sabría decir qué es, pero hay un gran Pájaro que se cierne en el
aire fuera del alcance de nuestra vista, en alguna parte, y —añadió de pronto,
dándose una palmada en la rodilla y echando el cuerpo hacia delante— la verdad
es que no me gusta un pelo.
Aquella noche
después de cenar, cuando estábamos reunidos en la cabina fumando nuestras
pipas, la conversación volvió a girar sobre el mismo tema. Lo único es que esta
vez Hardenberg se encontraba de servicio en el puente. Fue Ally Bazan el que
habló en su lugar.
—Tengo la
sensación —aventuró— de que va a ocurrir algo más pronto de lo que nos
pensamos. ¿Sabéis?, no me sorprendería que esta misma noche chocáramos con
alguno de esos malditos arrecifes que no vienen señalados en el mapa y nos
fuésemos a pique sin tener tiempo siquiera de decirnos: «¡Hasta otra,
caballeros!».
Se reía
mientras hablaba, pero cuando en aquel preciso momento una sartén cayó armando
un ligero estrépito en la cocina, saltó de su asiento con un juramento en los
labios y nos dirigió a todos los que estábamos en la cabina una mirada feroz.
También
Strokher confesó sentir un extraño desasosiego. Por lo visto llevaba un par de
días con aquella sensación.
—Y os aseguro
que la brújula va estupendamente —comentó—. Así que no hay por qué preocuparse.
Lo que yo creo —añadió— es que ninguno nos encontramos demasiado bien y estamos
ya hartos de tanto barco.
Bien porque
aquella charla pusiera mis nervios en tensión, bien porque el Instinto del Mar
empezara a hacer también en mí sus efectos, lo cierto es que aquella noche
después de la cena, antes de irme a acostar, me sentí dominado por un temor
extraño, y cuando me retiré a mi camarote, tras mi turno en cubierta, tuve un
verdadero arrebato de furia por el simple hecho de no encontrar en seguida mis
cerillas. Pero lo mío era distinto. Los demás habían confesado sentir una vaga
desazón. Yo podía, en cambio, llamar a mi inquietud por su nombre: sentía que
algo o alguien nos estaba vigilando.
A partir de
aquella noche formamos una tripulación verdaderamente curiosa. Me refiero a los
Cuervos y a mí mismo. En el barco llevábamos una reducida dotación de fogoneros
y había también un ingeniero jefe, pero daba tan pocas señales de vida que era
como si no existiese. Los Cuervos y yo nos pasábamos el día, de sol a sol, en
el alcázar, con aire lúgubre, silenciosos, irritables, crispándonos mutuamente
los nervios, hasta que el chirrido de una polea hacía que uno de nosotros se
pusiese en pie de un brinco como si hubiesen aplicado a su piel una hoja de
frío acero. Nos peleábamos por las mayores nimiedades, nos dirigíamos miradas
coléricas por cualquier tontería, y los cuatro, en sucesivas ocasiones, no
tuvimos el menor empacho en declarar que nunca, en el transcurso de nuestras
carreras, habíamos estado asociados con un trío de acémilas semejantes. Pero
estábamos juntos todo el tiempo y cada uno buscaba la compañía de los otros
tres con penosa insistencia.
Sólo una vez
estuvimos todos de acuerdo y fue cuando el cocinero chino echó a perder cierta
hornada de bizcochos. Prorrumpimos en tales y tan unánimes improperios contra
el pobre infeliz, gritándole como verduleras, que, con auténtico temor por su
integridad física, salió escapado de la cabina, dejándonos presas, de pronto,
de un ataque de estruendosa hilaridad, por primera vez en una semana.
Hardenberg propuso entonces una ronda del único barril de cerveza que nos
quedaba. Nos pusimos en pie, formamos la cadena de la Hermandad del Alce, y
cada uno vació su vaso haciendo votos por la salud de los demás en un tono de
profunda seriedad.
Aquella misma
tarde recuerdo que nos quedamos en el alcázar hasta tarde, contándonos —por
extraño que parezca— la historia de nuestras vidas respectivas hasta aquel
preciso momento y luego bajamos a la cabina para jugar una partida de naipes
antes de irnos a acostar.
Habíamos
dejado a Strokher en el puente —era su turno de guardia— y nos habíamos
olvidado completamente de él, absorbidos como estábamos en el juego, cuando
—supongo que era la una de la noche, más o menos— le oí dar un largo y
penetrante silbido. Tiré mis cartas sobre la mesa y dije:
—¡Escuchad!
En el silencio
que se hizo al principio sólo oíamos en sordina el trote corto de nuestras
máquinas, los acompasados ronquidos de los durmientes y el tictac del gran
reloj de Hardenberg sonando en el chaleco que había dejado colgado por la
bocamanga del respaldo de su silla. A continuación, en el puente, encima de
nuestra cubierta, se oyó, como si entonase una salmodia, como un gemido que
rasgara la noche, la voz de Strokher:
—¡Barco a la
vista!
Y las cartas
se nos cayeron de las manos, y como si nos hubiéramos convertido en estatuas de
piedra, nos quedamos mirándonos unos a otros, con aquel sucio mantel rojo en
medio, un minuto que se nos antojó inconmensurablemente largo.
Y después,
tropezando y blasfemando, atropellándonos con las prisas, ganamos la cubierta.
Brillaba una
luna roja a ras del mar, pero no soplaba nada de viento. La superficie del
océano, más allá del pasamano de la borda, era lisa como la lava y estaba tan
en calma que el ligero oleaje que levantaba el tajamar del Glarus no llegaba a
romper al deslizarse por sus costados.
Recuerdo que
me quedé mirando fijamente el océano vacío, parpadeando, en el que la luz de la
luna se reflejaba como una gruesa franja pintada que se perdía en el horizonte,
con el ceño fruncido, estupefacto, hasta que Hardenberg, que había subido en
cabeza, gritó:
—¡No, aquí no!
¡En el puente!
Llegamos junto
a Strokher y mientras yo subía los otros le preguntaban ya todos a una:
—¿Dónde?
¿Dónde?
Y allí, antes
de que le diera tiempo a señalárnoslo, lo vimos todos. Y oí cómo los dientes de
Hardenberg rechinaban al cerrarse como una trampa de muelle, mientras Ally
Bazan agachaba la cabeza como para esquivar un golpe y murmuraba:
—¡Cielo santo!
¿Qué nombre le daríais a un barco como ése?
Y después,
durante un largo minuto, nadie dijo una sola palabra y allí permanecimos, como
negras sombras inmóviles, apretándonos unos contra otros en una piña, buscando
ese roce del codo que a veces tan incalculable valor tiene, asomados sobre
nuestra aleta de babor.
Pues el barco
que veíamos —oh, estaba a menos de media milla de distancia— no se parecía a
ningún otro barco de los que salen hoy en día de los astilleros.
Era corto de
eslora, y en su popa, muy alta y algo vuelta hacia nosotros, se abrían curiosas
ventanas no muy distintas de las de una casa. Y a ambos lados de esta popa
tenía dos grandes fanales de hierro como los que se usaban antiguamente para
lanzar señales de humo. Tenía tres mástiles, con potentes vergas que se
balanceaban al través sobre las cubiertas, pero todo lo que quedaba de sus
velas eran unos cuantos gallardetes medio podridos. Una inextricable maraña de
cordajes colgaba y se combaba por todas partes.
Y allí estaba,
a la roja luz de aquella luna a punto de ocultarse, en aquel océano solitario,
arcaico, abandonado, sombrío, la cosa más desolada y siniestra que recuerdo
haber visto jamás.
Y entonces
Strokher empezó a explicarse atropelladamente y repitiendo una frase tras otra:
—Es un barco
abandonado, evidentemente. Yo estaba dormido. Sí, me había dormido. Ya sé,
grave abandono del servicio, pero, ya digo, haciendo la guardia me había
quedado dormido. Y de pronto lo teníamos encima. Cuando me desperté, bueno,
pues ya lo veis, ahí estaba —y se rió con una risita nerviosa— y ahora, pues ya
veis, ahí sigue. Me di media vuelta y lo vi, así, de repente, al despertarme.
Eso es todo.
Rió otra vez,
y mientras se reía las máquinas que se encontraban muy por debajo de nuestros
pies empezaron a sonar de pronto como si tuvieran hipo. Después se oyó un estampido
que sacudió los costados del barco y nos hizo temblar. A continuación, el vapor
dio un chillido agudo, se oyó un grito, y después se hizo el silencio.
El ruido de
las máquinas cesó; el Glarus se deslizaba en las tranquilas aguas impulsado tan
sólo por la inercia de su propia marcha.
Hardenberg
murmuró entre dientes: «¡Estad alerta!», y llamó por el tubo a la sala de
máquinas.
—¿Qué ocurre?
Yo me hallaba
lo bastante cerca de él como para oír aquella voz débil y desmayada que
respondió:
—El eje, señor.
Se ha estropeado.
—¿Se ha roto?
—Sí, señor.
Hardenberg nos
miró fijamente.
—Venid abajo.
Hemos de hablar.
No creo que
ninguno de nosotros volviera a echar un vistazo al Otro Barco. Desde luego yo
mantuve mis ojos bien apartados de él. Pero mientras bajábamos por la escalera
de cámara le puse a Strokher la mano en el hombro. Los demás iban delante. Lo
miré fijamente a los ojos y le pregunté:
—¿Estabas de
verdad dormido? ¿Por eso no lo viste hasta que estaba ya encima?
Hace ahora
cinco años que hice aquella pregunta. Y aún sigo esperando la respuesta de
Strokher.
Bueno, se nos
había roto el eje. Eso estaba más claro que el agua. Bajamos a la sala de
máquinas a ver aquella fractura en forma de sierra que era todo un símbolo de
nuestras rotas esperanzas. Y en el curso de la conversación que sostuvimos
durante los cinco minutos siguientes con el maquinista jefe descubrimos que, al
no haber previsto tal contingencia, no había forma alguna de arreglarla. Nada
dijimos de la coincidencia entre el percance y la aparición del Otro Barco,
pero pasados los primeros momentos sé que la rotura no nos pareció a ninguno
nada sorprendente.
Subimos de la
sala de máquinas y nos sentamos alrededor de la mesa de la cabina.
—¿Y ahora qué?
—preguntó Hardenberg, rompiendo el fuego.
Nadie le
respondió en un primer momento.
Eran ya las
tres de la madrugada. Me acuerdo de todo perfectamente. Las portillas que había
enfrente de donde me hallaba sentado estaban abiertas y por ellas veía el
exterior. La luna aún no se había ocultado del todo. El alba empezaba a
despuntar con un resplandor cobrizo sobre el distante filo del mundo. Brillaban
aún todas las estrellas. El mar, a pesar de los rojos reflejos de la luna y de
aquella luz cobre del alba, tenía un color gris, y allí, a menos de media milla
de distancia, seguía aún nuestro consorte. Con cada ligero balanceo del Glarus
podía verlo perfectamente por las portillas.
—Yo voto por
la isla —exclamó Ally Bazan—. Con eje o sin eje. Izamos unas cuantas velas,
¿no?, y…
Y con esto
empezó la discusión, que se prolongó acaloradamente por espacio de más de dos
horas, con voces destempladas, mucho dedo índice agitándose en el aire, y
sonoros puñetazos en la mesa, e ignoro cómo habría acabado si al final —serían
tal vez las cinco de la madrugada— el vigía no se hubiera presentado con el
santo y seña en la cabina.
—Caballeros,
¿les importaría subir a cubierta? —era el contramaestre, que estaba temblando,
eso era algo evidente, hasta la médula de los huesos. Algo sobresaltados, nos
miramos fijamente unos a otros, y observé cómo el pequeño Ally Bazan se ponía
tan pálido que hasta sus labios perdieron el color. Y aun entonces nadie hizo
la menor alusión al barco, salvo, tal vez, Hardenberg con el siguiente
comentario:
—¿Qué será
ahora? Dios todopoderoso, no soy ningún cobarde, pero esto empieza a ser ya
demasiado para mí.
Y a
continuación, sin decir una sola palabra más, subió a cubierta.
El aire era
fresco. El sol aún no había salido del todo. Era ese breve lapso de tiempo,
extraño e inquietante, que media entre la oscuridad y el alba, cuando la noche
ya ha acabado, pero aún no se ha hecho completamente de día, esa hora gris que
no es ni luz ni sombra, bañada por una claridad parpadeante y moribunda que
parece refractada por mundos ya extinguidos.
Nos quedamos
de pie junto al pasamano de la borda, sin despegar los labios, en actitud
vigilante. El silencio era tal que podía oírse con perfecta nitidez el goteo
del vapor de alguna conducción mal ajustada, sonando en aquella silenciosa
inmensidad gris —Dios lo sabe— como el tictac de la Muerte.
—¿Ven?
—inquirió el contramaestre en un tono de voz que era poco más que un susurro—.
No hay error posible. Se está moviendo en esta dirección.
—Ah, pues
claro, hay una corriente que lo empuja hacia nosotros —respondió Strokher,
tratando de aligerar la tensión.
¿Nunca iba a
hacerse de día?
Ally Bazan,
cuyos padres eran católicos, empezó a mascullar entre dientes.
Entonces
Hardenberg tomó la palabra:
—En lo que a
mí respecta, que eso… que está ahí cruce por delante de nuestra proa no me hace
ninguna gracia. Habría que hacer algo por impedirlo. Deberíamos izar unas
velas.
—Muy bien; y
yo, hablando de hombre a hombre —apostilló Strokher—, voy a hacerte una
pregunta: ¿qué viento hay para que tal cosa surta efecto?
Tenía razón.
El Glarus flotaba en un mar absolutamente en calma. En aquella inmensa losa que
era el océano lo único que se movía era el Barco Muerto.
Se iba
acercando lentamente; el tajamar de su proa, aquella proa alta y desgarbada que
apuntaba hacia nosotros, seguía trazando un surco en la superficie del agua.
Cada vez estaba más cerca; lo teníamos casi al alcance de la mano. Podíamos
verlo con todo detalle: las planchas carcomidas, las jarcias hechas pedazos,
los remaches de metal corroídos por el óxido, el roto pasamanos de la borda, la
cubierta llena de boquetes, y al verlo no me extrañaba que el agua se abriera a
su paso y refluyera en ligero oleaje apartándose de sus costados, como si
tratara de evitar el contacto con algo impuro. No hacía el menor ruido. Nada se
movía a bordo de su casco, pero él seguía avanzando.
Nuestra
indefensión era absoluta. El oleaje que levantaba el Glarus no hubiera hecho
balancearse ni a un bote pequeño. Estábamos como clavados en aquel punto. A
nadie se le había ocurrido apagar nuestras luces que seguían extrañamente
encendidas en la claridad del alba, con aquel discordante resplandor rojiverde
tan fuera de lugar, como enmascarados a los que hubiera sorprendido el
amanecer.
Y en el
silencio de aquel océano verde, en aquella extraña media luz entre el alba y el
día, a las seis en punto, silencioso como el descenso de los ahogados al
insondable fondo del océano, gris como la niebla, ciego, sin alma y sin voz, el
Barco Muerto cruzó por delante de nuestra proa.
No sé cuánto
tardó el Barco en perderse de vista, ni qué hora del día era cuando al fin nos
recobramos del trance. Pero, por fin, tomamos una decisión, que fue la de
proseguir nuestra travesía a vela. Estábamos ya demasiado cerca de la isla como
para dar media vuelta nada más que por… ¡un eje roto!
Nos pasamos la
tarde viendo qué tal le sentaban las velas, y cuando después de anochecer se
levantó, finalmente, un viento fresco y favorable, creo que todos nos sentimos
más animados y mucho más intrépidos. Y cuando la última vela estuvo arriba,
Hardenberg empuñó el timón.
Nos habíamos
apartado considerablemente de nuestro rumbo desde la mañana y la proa del
Glarus enfilaba a casa, pero tan pronto como la brisa sopló con fuerza
suficiente como para alcanzar una velocidad mínima que lo hiciera gobernable,
Hardenberg se impuso al timón y, al tiempo que los botalones borneaban sobre
cubierta, puso rumbo de nuevo a la isla.
No llevábamos
media hora de travesía —no, ni veinte minutos tan siquiera— cuando el viento
dio un giro de un cuarto de brújula y embistió al Glarus completamente de
frente, de modo que lo único que podía hacer era virar el rumbo. Y entonces
ocurrió lo más extraño de todo.
Concedo que el
Glarus no tenía ni orza de deriva ni quilla que pudieran llamarse propiamente
tales. Admito que en un carguero de novecientas toneladas las velas no están
calculadas ni para acelerar su marcha ni para que pueda mantener el rumbo.
Admitiré incluso la posibilidad de una corriente procedente de la isla. Todos
estos factores pueden ser ciertos, pero, aun así, algo habría tenido que
avanzar el Glarus. Al menos deberíamos haber dejado una estela.
Y en vez de
tal cosa nuestro viejo barco, tan firme, tan imperturbable, tan digno de
confianza, estaba… ¿cómo lo diría?
Empezaré por
decir que no hay un ser humano, después de todo, que entienda completamente a
un barco. Diré también que los barcos nuevos son antojadizos e inconstantes;
que los viejos y más baqueteados tienen todos sus pequeñas manías, sus pequeños
caprichos, que sus patrones han de saber cómo complacer si quieren sacar algún
partido de ellos; que incluso los barcos mejores pueden enfurruñarse a veces,
escamotearse del trabajo, volverse inestables y díscolos y negarse a obedecer
al timón y al gobierno de la nave. Y también diré que barcos que durante años
han surcado los mares tan tranquilos y dóciles como esos caballos que avanzan
penosamente entre los raíles tirando de los tranvías, se sabe que de pronto se
han plantado de forma tan terca y concluyente como alguna de esas cabras que
arrastran un carrito con un pequeño cencerro colgado al cuello por las calles
de San Francisco. Sé que tales cosas pueden ocurrir porque las he visto. Al
Glarus, por poner un ejemplo, lo vi comportarse de esa forma.
Literal y
verdaderamente, no podíamos hacer nada con él. Diremos, por decir algo, que
todas aquellas arrancadas y sacudidas tan bruscas cuando el eje se partió
debían de haberlo conmocionado y tullido. Pero lo cierto es que, cualquiera que
fuese la causa, éramos incapaces de empujarlo hacia la isla. Todos, por
supuesto, decíamos «la corriente», «la corriente», pero ¿por qué ni siquiera se
deslizaba el cordel de la corredera?
Lo intentamos
durante tres días y tres noches consecutivas. Y el Glarus se encabritaba,
agachaba la cerviz y se rebullía como un caballo al que su jinete quisiera hacer
saltar uno de esos rodillos de vapor que apisonan el césped de los hipódromos.
Puedo asegurar
que sentía cómo temblaba y se estremecía toda su armazón desde la proa al
codaste, como si estuviera capeando un temporal; y también fui testigo de que,
zafándose del viento, se dejó ir completamente a la deriva hasta que su
cobardía nos resultó tan evidente como el chillón resplandor de las luces de a
bordo, y algo verdaderamente penoso de ver.
Lo espoleamos,
hicimos fuerza de vela, lo adulamos, lo amenazamos, le seguimos la corriente,
hasta que los Tres Cuervos, cuya fortuna los esperaba a tan sólo dos días de
navegación, empezaron a delirar y a proferir juramentos como bestias
enloquecidas, o mejor diría, como naires tratando de lanzar a su despavorido elefante
contra un tigre, y todo sin el menor resultado.
—¡Maldita sea
la condenada corriente, maldita la suerte, maldito el eje y maldito todo!
—bramaba Hardenberg al timón, viendo cómo el Glarus esquivaba el viento—.
¡Vamos, adelante, viejo cascarón! ¡Venga, bañera de hierro oxidado! ¡Válgame
Dios! ¡Cualquiera diría que tiene miedo!
Puede que el
Glarus tuviera miedo, puede que no; la cuestión es discutible. Pero lo que
estaba fuera de toda discusión es que Hardenberg sí lo tenía.
Un barco que
se niega a obedecer es sólo un grado menos peligroso que una tripulación
amotinada. Y por el camino que llevábamos íbamos a tener tanto lo uno como lo
otro. Los fogoneros, a los que habíamos reclutado como marineros de primera,
eran, obviamente, supersticiosos; veían cómo estaba comportándose el Glarus y
que se rebelaran era ya sólo cuestión de tiempo.
Era el fin.
Celebramos una última conferencia en la cabina y decidimos que no había otro
remedio: teníamos que dar media vuelta.
Y media vuelta
dimos, y en seguida empezó a soplar un viento favorable, la «corriente» vino en
nuestra ayuda, el agua se agitó bajo el tajamar del Glarus, su popa empezó a
dibujar una blanca estela y la corredera a deslizarse y a tensarse mientras el
barco ponía rumbo a casa.
Desde el
momento en que le hicimos cambiar de rumbo no volvió a ocurrir un solo
percance; y, habida cuenta de las circunstancias, puede decirse que el viaje de
vuelta a San Francisco fue una plácida travesía.
Pero muy poco
después de que hubiéramos virado en redondo ocurrió algo. Llevábamos tal vez
unas cinco millas con el rumbo puesto a casa, empezaba a anochecer y era
Strokher quien montaba guardia. Hacia las siete me llamó para que subiera a
reunirme con él en el puente.
—¿Lo ves? —me
preguntó.
Y allí, muy
lejos detrás de nosotros, en las sombras del crepúsculo, sumido en tal soledad
y desolación que no puede expresarse con palabras, volvía a acechar el Otro
Barco.
Íbamos
dejándolo atrás rápidamente. Strokher y yo seguimos mirándolo hasta que no fue
más que un punto en el horizonte y desapareció. Strokher dijo entonces:
—Vuelve de
nuevo a la carga.
Y cuando meses
más tarde llegamos con dificultad ante el Golden Gate, echamos anclas frente al
puerto, y nuestra tripulación bajó a tierra nada más pasar la aduana, al cabo
de unas horas nuestra historia era la comidilla del día en todas las pensiones
y tabernuchas de marineros desde Barbary Coast a Black Tom’s.
Y aún sigue
siéndolo, y por eso es por lo que no se encontrará ningún piloto que quiera
sacar al Glarus a dar un paseo, ni un capitán que lo gobierne, ni fogoneros que
alimenten sus calderas, ni marineros que se atrevan a pisar su cubierta. El
Glarus no es de fiar. Nunca volverá a aspirar el azul olor del mar ni a probar
los alisios. Ha visto un fantasma.