Stephen King
Título original: Diferent Seasons: 1. Fall from Innocence. The Body, 2. A Winter's Tale. The Breathing Method
Stephen King, 1982
Traducción: J. M. Álvarez Flores y Ángela Pérez
Extracto del libro:
Otoño e invierno
Las cuatro estaciones II (versión epub de la web)
1
Las cosas más
importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno
se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal
algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural.
Claro que eso no es todo, ¿verdad? Todo aquello que consideramos más importante
está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos,
como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces
hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos solo con la mirada
extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni por
qué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz
al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga
siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo.
Tenía yo casi
trece años cuando vi por primera vez a una persona muerta. Ocurrió en mil
novecientos sesenta, hace ya mucho tiempo… aunque, a veces, no me parece tanto.
Sobre todo, cuando despierto de noche tras haber visto en sueños el granizo que
caía en sus ojos abiertos.
2
En Castle Rock
teníamos una casita junto a un olmo que se alzaba en un amplio solar. Ahora hay
allí una empresa de mudanzas y el olmo ha desaparecido. Progreso. Nuestra casa
del árbol era una especie de club social, aunque no tenía nombre. Íbamos al
club unos cinco o seis chavales fijos y algunos otros tontorrones que solían
merodear por allí y a los que solíamos dejar subir cuando había una partida de
cartas y necesitábamos nuevas víctimas. Jugábamos casi siempre a las veintiuna,
cinco centavos límite; pero podías ganar el doble con la jota y cinco cartas… o
triple con seis cartas, aunque Teddy era el único tan demente como para
arriesgarse a eso.
Habíamos hecho
las paredes de la casita con tablones que sacamos del muladar que había detrás
del almacén de madera y material de construcción de Carbine Road (estaban
astillados y llenos de agujeros de los nudos de la madera que habíamos taponado
con papel higiénico y servilletas de papel), y el tejado era de hojalata; lo
sacamos del mismo lugar, sin perder un segundo de vista al perro, que
teóricamente era un gran monstruo devoraniños. En el mismo sitio también, y el
mismo día, encontramos una portezuela de tela metálica. Impedía el paso a las
moscas, pero estaba realmente herrumbrosa; quiero decir absolutamente
herrumbrosa. Fuera cual fuera la hora del día a la que miraras al exterior por
ella, siempre parecía la hora del ocaso.
Además de ser
un buen sitio para jugar a las cartas, nuestro club lo era también para fumar
cigarrillos y mirar libros de mujeres desnudas. Teníamos una media docena de
ceniceros abollados de lata, con la palabra CAMEL en el fondo, una cantidad
considerable de fotos de las páginas centrales de revistas clavadas a las
astilladas paredes, veinte o treinta barajas viejas (a Teddy se las proporcionó
su tío, que llevaba la papelería de Castle Rock; cuando este le preguntó un día
a qué jugábamos, le contestó que a una juego de cartas llamado cribbage, y a su
tío le pareció bien), una serie de fichas de plástico, de póquer, y un montón
de revistas con historias policíacas que dejábamos siempre por allí para cuando
no había otra cosa en que entretenerse. También habíamos hecho un compartimiento
secreto de veinticinco por treinta centímetros bajo el suelo, para esconder
todo este material en las contadas ocasiones en que el padre de alguno de los
chicos decidía que era hora de darse una vueltecita por nuestro club, ya sabes,
esa costumbre de los mayores de «hay-que-ver-qué-buenos-colegas-somos». Estar
en el club cuando llovía era como estar en el interior de un tambor jamaicano…
pero aquel verano no llovió.
Según los
periódicos, era el verano más caluroso y seco desde mil novecientos siete, y el
último viernes de vacaciones, víspera del Día del Trabajo, hasta las varas de
oro de los campos y las cunetas de los caminos, estaban resecas y sedientas.
Aquel verano, ningún huerto había producido lo suficiente para hacer conservas,
y las grandes estanterías de material de enlatado de Red & White de Castle
Rock esperaban en vano acumulando polvo. Nadie tenía gran cosa que conservar
aquel verano, a no ser que quisieran hacer vino de diente de león.
Pues, aquel
viernes que digo, por la mañana estábamos en el club Teddy, Chris y yo,
mirándonos lúgubremente y lamentándonos del inminente principio de curso y
jugando a las cartas e intercambiando los manidos chistes de siempre sobre
vendedores y franceses. («¿Cómo sabes que ha pasado un francés por tu corral?
Bueno, porque los cubos de basura están vacíos y el perro preñado.» Teddy
intentaba hacerse el ofendido, aunque él era el primero en transmitir un chiste
en cuanto lo oía, pero sustituyendo a los franceses por polacos.)
El olmo daba
buena sombra, pero nos habíamos quitado las camisas para no sudarlas demasiado.
Estábamos jugando al scat, uno de los juegos de cartas más estúpidos que se
hayan inventado; hacía demasiado calor para pensar en algo más complicado.
Hasta mediados de agosto se formaban siempre buenas y concurridas partidas,
pero a partir de entonces los chicos se dispersaban. Demasiado calor.
Me tocaba a mí
y pintaba picas. Había empezado con trece, conseguido un ocho para hacer
veintiuna y no había pasado nada desde entonces. Robó Chris. Tomé mi última
mano: nada que mereciera la pena.
—Veintinueve
—dijo Chris.
—Veintidós
—dijo Teddy, con cierto disgusto.
—A la porra
—dije yo, y eché las cartas en la mesa boca abajo.
—Gordie fuera,
el bueno de Gordie agarra la bolsa y se larga —trompeteó Teddy y soltó su
especial risa patentada Teddy Duchamp, iiii, iiii, iiii, que sonaba igual que
un clavo oxidado raspando madera podrida.
Todos sabíamos
que Teddy era raro. Tenía nuestra misma edad, casi trece, pero entre las gafas
gruesas y el aparato del oído, parecía un viejo. Los chicos intentaban siempre
gorrearle cigarrillos en la calle, engañados por el bulto de la camisa, que, en
realidad, era la batería del aparato del oído.
Pese a las
gafas y al botón color piel enroscado siempre en su oído, no veía demasiado
bien ni entendía siempre lo que le decías. Para jugar al béisbol, le
colocábamos entre Chris, que se situaba en el jardín izquierdo, y Billy Greer,
que lo hacía en el derecho. Y luego nos limitábamos a esperar que no le llegara
nunca la pelota, porque, la viera o no, se iría detrás de ella. Alguna que otra
vez, de todos modos, recibía un buen porrazo y en una ocasión se dio de morros
contra la cerca de nuestro club y se desmayó. Se quedó allí de espaldas con los
ojos en blanco casi cinco minutos; yo me asusté. Luego volvió en sí y empezó a
dar vueltas, sangrando por la nariz, con un gran chichón en la frente y
lanzando insultos contra la pelota.
Sus defectos
de visión eran de nacimiento, aunque no así su sordera. Por aquella época
estaba de moda llevar el pelo muy corto, de forma que las orejas parecían las
asas de un cántaro, bien descubiertas; pues Teddy fue el primero en llevar el
pelo estilo Beatles cuatro años antes de que en Estados Unidos se empezara a
oír hablar de este conjunto. Sus orejas parecían dos grumos de cera caliente,
por eso las llevaba tapadas.
Cuando Teddy
tenía ocho años (cuatro años antes de aquel verano) su padre se enfureció con
él porque rompió un plato. Su madre estaba trabajando en la fábrica de calzado
de Sooth Paris cuando esto ocurrió, y cuando se enteró de lo sucedido ya no
podía hacer nada.
Su padre le
agarró, le llevó a la gran cocina de leña que había detrás de la cocina de su
casa y le sujetó la cabeza de lado contra la plancha de hierro ardiente. Le
tuvo así unos diez segundos, le alzó luego la cabeza tirándole del pelo y le
colocó del otro lado. Llamó a continuación al centro médico, a la unidad de
urgencias, para que fueran a buscar a su hijo. Colgó el teléfono, fue al
armario, agarró su 410 y se sentó con él sobre las rodillas a ver la tele.
Cuando llegó la señora Burroughs, la vecina de al lado, a preguntar si le
pasaba algo a Teddy porque le había oído llorar, el padre de Teddy le apuntó
con el arma. La mujer salió disparada de casa de los Duchamp, aproximadamente a
la velocidad de la luz, se encerró con llave en su propia casa y llamó a la
policía. Cuando llegó la ambulancia, el señor Duchamp dejó pasar a los
enfermeros y volvió al porche de atrás para hacer guardia mientras llevaban a
Teddy en camilla a la ambulancia.
El padre de
Teddy explicó a los enfermeros que, aunque los malditos oficiales decían que la
zona estaba ya limpia, seguía habiendo alemanes emboscados por todas partes.
Uno de los enfermeros le preguntó si creía que podría resistir. Él soltó una
sonrisita y repuso que si hacía falta resistiría hasta que el infierno se
convirtiera en concesionario de neveras Frigidaire. El enfermero le saludó y el
padre de Teddy le dio una palmada en la espalda. A los pocos minutos de haber
partido la ambulancia, llegó la policía y relevó del servicio al señor Duchamp.
Llevaba un año
haciendo cosas raras como disparar a los gatos y quemar buzones, y después de
esta última atrocidad, celebraron un juicio rápido y le mandaron a Togus, que
es un hospital para veteranos del Ejército. Togus es donde te corresponde ir
cuando a tu caso se le aplica el artículo ocho. El padre de Teddy había tomado
la playa de Normandía, y esa era la explicación que daba nuestro amigo. A pesar
de todo lo que le había hecho, estaba orgulloso de su viejo y acompañaba
siempre a su madre a visitarle todas las semanas.
Creo que era
el chaval más simple de los alrededores, y además estaba completamente
chiflado. Corría los riesgos más absurdos que puedas imaginar y conseguía salir
indemne de ellos. Lo más increíble era lo que él llamaba «regatear camiones».
Corría delante de ellos por la carretera, a escasos milímetros a veces. Sabe
Dios los infartos que provocaría, y se reía mientras el golpe de viento del
camión agitaba su ropa al pasar. Nosotros nos asustábamos mucho, porque tanto
con las gafas de culo de botella como sin ellas veía bastante mal. Creíamos que
era solo cuestión de tiempo el que uno de aquellos camiones le atropellara. Y
había que tener sumo cuidado a la hora de desafiarle a algo, porque no se le
ponía nada por delante.
—¡Gordie
fuera, iii, iii, iii!
—¡Mierda!
—dije, y abrí una revista para leer mientras ellos seguían jugando. Empecé a
leer «Mató a la linda estudiante a patadas en el ascensor» y a los pocos
minutos estaba enfrascado en la historia.
Teddy recogió
sus cartas, les echó una mirada rápida y dijo:
—Cierro.
—Asqueroso
cuatro ojos de mierda —gritó Chris.
—El asqueroso
cuatro ojos tiene cien ojos —dijo Teddy muy serio, y tanto Chris como yo
soltamos la carcajada.
Teddy nos miró
un poco sorprendido, como si se preguntara de qué nos reíamos. Esa era otra de
sus cosas, siempre tenía salidas como lo de «el asqueroso cuatro ojos tiene
cien ojos» y nunca podías estar seguro de si se proponía hacer gracia o era
pura casualidad. Nos miraba con el ceño fruncido mientras nos reíamos, como
diciendo: «Bueno, ¿y qué pasa ahora?».
Teddy tenía
trío de jotas, dama y rey de trébol. Chris tenía solo dieciséis y quedaba
eliminado.
Teddy estaba
barajando a su modo desmañado y yo estaba llegando a la parte más emocionante
de la historia (en la que el marinero perturbado de Nueva Orleans le hace el
zapateado especial a la estudiante del Bryn Mawr College porque no soporta los
lugares cerrados), cuando oímos que alguien subía a toda prisa la escalera, y,
acto seguido, una llamada en la trampilla.
—¿Quién va?
—gritó Chris.
—¡Vern! —parecía
nervioso y jadeante.
Me acerqué a
la trampilla y solté el cierre. La trampilla saltó hacia arriba y Vern Tessio,
otro de los asiduos del club, saltó al interior. Sudaba a mares y tenía el
pelo, que llevaba siempre en una perfecta imitación de su ídolo de
rock-and-roll Bobby Rydell, chorreante y revuelto.
—¡Ay! ¡Buf!
—resolló—. ¡Esperad que os lo cuente…, esperad!
—¿Que nos
cuentes qué? —le pregunté.
—Dadme un
respiro, por favor. Vengo corriendo desde mi casa sin parar.
—He venido
corriendo todo el camino desde casa —canturreó Teddy, en un espantoso falsetto
Little Anthony—. Solo para decir que lo sieeento.
—Vete a la
mierda —dijo Vern.
—Estoy muy
cerca de ella —le contestó Teddy sagazmente.
—¿Has venido
corriendo desde tu casa sin parar? —preguntó Chris incrédulo—. Oye, tío, estás
chiflado. —Vern vivía a unos tres kilómetros—. La temperatura debe llegar a los
cuarenta grados ahí fuera.
—Merecía la
pena —dijo Vern—. Por Cristo bendito que no os lo vais a creer. En serio.
Hizo un gesto
de jurar, como para asegurarnos su absoluta sinceridad.
—Bueno, bueno,
¿qué? —dijo Chris.
—¿Os dejarían
dormir fuera en la tienda esta noche? —nos miraba serio y anhelante. Sus ojos
parecían dos uvas pasas hundidas en círculos de sudor—. Quiero decir si pedís
permiso a vuestros padres para acampar al aire libre detrás de mi casa, en el
campo…
—Sí, creo que
sí —dijo Chris, tomando las cartas y mirándolas—. Claro que mi padre está de
malas. Bueno, ya sabéis, la bebida.
—Tienes que
conseguir que te deje —dijo Vern—. De verdad que no vais a creerlo. ¿Y a ti,
Gordie, crees que te dejarán?
—Supongo que
sí.
Normalmente
solían darme permiso para cosas así… la verdad es que durante todo el verano
había sido una especie de Chico Invisible. Mi hermano mayor, Dennis, había
muerto en abril en un accidente. Fue en Fort Benning, Georgia, pues estaba en
el Ejército… Iba con otro tipo en jeep al almacén y un camión militar les dio
de costado. Dennis murió en el acto y su pasajero seguía todavía en coma.
Dennis habría cumplido veintidós años a la semana siguiente. Yo ya había
elegido una tarjeta de felicitación para él.
Lloré cuando
me lo dijeron y también lloré en el funeral y no podía creer que Dennis hubiera
muerto, que alguien que solía darme cachetes o asustarme con una araña de goma
hasta hacerme llorar, y darme un beso cuando me caía y me raspaba las rodillas
y sangraba y decirme al oído «Vamos, deja ya de llorar, niño»…, que aquella
persona que me había tocado, pudiera haber muerto… y mis padres parecían
absolutamente vacíos. Para mí, Dennis había sido poco más que un conocido. Me
llevaba diez años, comprendes, y tenía sus propios amigos y compañeros de
clase. Claro que comimos en la misma mesa durante muchos años y que a veces fue
mi amigo y a veces mi torturador, pero la mayor parte del tiempo fue, bueno,
simplemente un individuo. Cuando murió, llevaba un año fuera, quitando un par
de permisos que había pasado en casa. Hasta mucho tiempo después no comprendí
que en realidad había llorado más que nada por papá y por mamá, aunque no creo
que mi llanto nos beneficiara mucho ni a mí ni a ellos.
—Bueno, ¿vas a
decirnos de una puñetera vez de qué se trata o no, Vern? —preguntó Teddy.
—Cierro —dijo
Chris.
—¿Qué? —gritó
Teddy, olvidándose por completo de Vern—. ¡Mentiroso de mierda! ¡Es
absolutamente imposible, no puedes hacerlo!
Chris sonrió
con aire de superioridad.
—Anda, roba,
imbécil.
Teddy tendió
la mano hacia el montón de cartas, Chris tendió la mano hacia los Winstons de
la repisa que había detrás de él. Yo me incliné para recoger mi revista.
Vern Tessio
dijo entonces:
—Bueno,
¿queréis o no queréis ver un cadáver?
Todos quedamos
paralizados.
3
Lo habíamos
oído por la radio, claro. Teníamos en el club una Philco con la caja toda
agrietada, que también habíamos encontrado en el basurero y que siempre estaba
funcionando. Normalmente sintonizábamos una emisora de Lewinston que emitía los
éxitos musicales del momento y los antiguos como «Wath in the World’s Come Over
You», de Jack Scott, y «This Time», de Troy Shondell, y «King Creole», de
Elvis, y «Only the Lonely», de Roy Orbison. A la hora de los noticieros, nos
desconectábamos mentalmente y no oíamos. En general, no era más que un montón
de paparruchas sobre Kennedy y Nixon y Quemoy y Matsu y el fallo de los cohetes
y no sé qué diablos sobre lo que era Castro en realidad. Pero todos habíamos
prestado atención a la historia de Ray Brower, supongo que porque se trataba de
un chico de nuestra edad.
Era de
Chamberlain, un pueblecito que quedaba a unos sesenta kilómetros de Castle
Rock, hacia el este. Tres días antes de que Vern irrumpiera en el club tras una
carrera de tres kilómetros, Ray Brower había salido de casa con una olla de su
madre a buscar arándanos. Por la noche el chico no había regresado, así que los
Brower llamaron al sheriff del condado y la búsqueda se inició. Primero solo
por los alrededores de la casa del muchacho, y luego hasta los pueblos próximos
de Motton y Durham y Pownal. En la búsqueda participaron policías, ayudantes,
guardabosques y voluntarios. Pero a los tres días el niño seguía sin aparecer.
Al oírlo por la radio, daba la impresión de que no iban a encontrar vivo al
pobre infeliz, de que al final la búsqueda terminaría sin que consiguieran
nada. Podía haberse asfixiado bajo un alud de arena o haberse ahogado en un
arroyo y tal vez al cabo de diez años algún cazador tropezara con sus huesos.
Estaban dragando las lagunas de Chamberlain y el embalse de Motton.
Hoy día no
podría ocurrir nada parecido; prácticamente toda la zona está comunicada con
carreteras y pistas y las comunidades dormitorio que rodean Portland y
Lewinston se han extendido como los tentáculos de un calamar gigante. El bosque
sigue allí y se hace más cerrado a medida que te adentras en él hacia el oeste,
hacia las Montañas Blancas; pero, si puedes aguantar de pie el tiempo
suficiente para recorrer ocho kilómetros en la misma dirección, estáte seguro
de que cruzarás alguna carretera de doble sentido. Pero en mil novecientos
sesenta toda la zona entre Chamberlain y Castle Rock era casi virgen y algunos
lugares no se habían explotado forestalmente desde antes de la Segunda Guerra
Mundial. En aquellos tiempos, aún era posible adentrarse en el bosque y
perderse y morir solo allí.
4
Vern Tessio
había estado cavando aquella mañana debajo del porche de su casa.
Cuando nos lo
dijo, todos entendimos de qué se trataba, pero tal vez deba hacer un alto para
explicarlo. A Teddy Duchamp le faltaba alguna hora de sol, pero desde luego
Vern Tessio no le iba muy a la zaga. Aun así, su hermano Billy era todavía más
tonto, como veréis. Pero antes he de contar por qué cavaba Vern bajo su porche.
Cuando tenía
ocho años, hacía cuatro, por tanto, un día enterró un tarro lleno de centavos
bajo el porche de su casa. Vern llamaba «cueva» a la gran zona oscura que
quedaba bajo el porche. Se traía entre manos una especie de juego de piratas y
aquel tarro lleno de centavos era su tesoro enterrado (claro que si jugabas con
él a piratas no podías decir el tesoro enterrado, tenías que decir «el botín»).
Así que enterró bien hondo el tarro con el dinero, volvió a rellenar el agujero
y cubrió la tierra removida con las hojas que se habían ido amontonando bajo el
porche a lo largo de los años. Dibujó un mapa del tesoro y lo guardó en su
cuarto con sus cosas. Y durante meses se olvidó por completo del asunto. Y
luego, un buen día, le hacía falta dinero para ir al cine o para algo parecido,
y se acordó de su tesoro y fue a buscar el mapa. Pero para entonces su madre
había ordenado ya dos o tres veces el cuarto de Vern y había recogido todos los
papeles de deberes escolares atrasados y papeles de caramelos y tebeos y
cuentos, y tal vez los hubiera usado para prender el fuego por la mañana algún
día.
O al menos eso
fue lo que pensó Vern.
Intentó
localizar el lugar del tesoro sin el mapa y se puso a cavar donde creía que
debía estar. Nada. Cavó a derecha e izquierda del lugar. Nada. Al fin renunció
y lo dejó por aquel día; pero seguía intentándolo y cavando de vez en cuando. Y
así llevaba cuatro años, oye. Cuatro años. ¿Qué te parece? No sabías si echarte
a reír o a llorar.
El asunto
había llegado a obsesionarle. El porche delantero de la casa de los Tessio
ocupaba toda la fachada, tendría unos doce metros de largo por dos y medio de
ancho y Vern había cavado toda aquella superficie centímetro a centímetro por
lo menos un par de veces sin encontrar ni rastro de las monedas. Y con el
tiempo, el número de centavos se había ido multiplicando, claro. Al principio,
nos dijo a Chris y a mí que debían de ser en total unos tres dólares. Al cabo
de un año eran ya cinco y últimamente se aproximaban a los diez, según lo mal
que anduviera de pasta.
De vez en
cuando, intentábamos hacerle entender lo que a todos nos parecía evidente: que
su hermano Billy se había enterado y se lo había quitado. Pero Vern se negaba a
creerlo, aunque odiaba a Billy como los árabes a los judíos y le hubiera
encantado condenarle a pena de muerte, por ratero, si alguna vez hubiera tenido
ocasión de hacerlo. También se negaba a preguntárselo directamente. Tal vez
temiera que se echara a reír en sus narices y le dijera: Claro que los apañé,
enano cretino; había unos veinte pavos en centavos en aquel tarro, y me los
gasté todos, hasta el último. Así que, en lugar de preguntárselo, optaba por
dedicarse a cavar en busca de su tesoro siempre que tenía ánimos (y, por
supuesto, cuando Billy no andaba por allí cerca). Y salía siempre a rastras de
debajo del porche, con los pantalones llenos de polvo y el pelo lleno de hojas
y las manos vacías. Le tomábamos el pelo cantidad con este asunto y le
llamábamos Centavo Tessio. Creo que vino tan deprisa con la noticia al club no
solo para comunicárnosla, sino para demostrar que al fin había resultado algo
bueno de su búsqueda del tesoro.
Aquella mañana
se había levantado el primero, había tomado sus copos de maíz y estaba echando
tiros en el aro que había sobre la puerta del garaje y como no tenía gran cosa
que hacer ni nadie con quien jugar decidió una vez más buscar su dinero. Y a
ello estaba entregado cuando oyó la puerta de la casa. Se quedó helado y
procuró no hacer ruido. Si era su padre, saldría a rastras; si era Bill, se
quedaría allí hasta que él y el delincuente juvenil de su amigo se largaran.
Oyó las
pisadas de dos personas en el porche y luego la voz temblona y balbuceante del
mismísimo Charles Hogan, que decía:
—Cielo santo,
Billy, ¿qué vamos a hacer?
Vern nos contó
que solo al oír a Charles Hogan hablar en aquel tono (Charlie era uno de los
chicos más rudos del pueblo) aguzó los oídos. Después de todo, Charlie andaba
con Ace Merrill y Ojo Chambers… y si andas con tipejos de esa ralea has de ser
duro.
—Nada —dijo
Bill—. Eso es lo que vamos a hacer. Nada.
—Pero algo
tenemos que hacer —dijo Charlie; y ambos se sentaron en el porche muy cerca de
donde estaba acurrucado Vern—. ¿No le viste?
Vern se
arriesgó a acercarse un poco más a los peldaños, muerto de miedo. Pensó que tal
vez Billy y Charlie se hubieran emborrachado de veras y hubieran atropellado a
alguien. Vern procuró no aplastar ninguna hoja seca al moverse. Si se daban
cuenta de que estaba allí debajo y de que les estaba oyendo, seguro que lo que
quedara de Vern cuando ellos terminaran cabría en una lata de comida
concentrada de perro.
—No es asunto
nuestro —dijo Billy Tessio—. El chico está muerto, así que tampoco a él le
importa gran cosa. ¿Qué coño puede importar que le encuentren o no? A mí, desde
luego, me tiene sin cuidado.
—Pero es el
chico del que han estado hablando por la radio —dijo Charlie—. Mierda, seguro
que lo es. Brocker, Borwer, Flowers, como diablos se llame. Tuvo que ser el
maldito tren.
—Siií —dijo
Billy. El sonido de una cerilla al rasparla para encenderla. Vern la vio
revolotear en el camino de entrada y enseguida olió el humo del cigarrillo—.
Seguro. Y tú vomitaste.
Silencio; pese
a lo cual, Vern percibió las oleadas de vergüenza emanando de Charlie Hogan.
—Bueno, las
chicas no se dieron cuenta —dijo Billy después de un rato—. Menos mal —por el
sonido, había dado una palmada a Charlie, para animarle—. Les hubiera faltado
tiempo para pregonarlo de aquí a Portland. De todas formas, nos largamos
rápido. ¿Crees que se dieron cuenta de que pasaba algo?
—No —dijo
Charlie—. A Marie no le gusta bajar por el camino de Harlow detrás del
cementerio. Tiene miedo de los fantasmas —añadió. Y luego, con aquel tono de
voz temblón y titubeante—: Dios mío, ojalá no hubiéramos agarrado aquel coche
anoche. Ojalá hubiéramos ido simplemente al cine como teníamos pensado…
Charlie y
Billy salían con dos adefesios llamadas Marie Dougherty y Beverly Thomas. No
era normal ver semejantes espantajos fuera del circo (granos, bigote, el completo).
Y algunas veces, los cuatro (o tal vez seis u ocho si iban también con sus
chicas Bracowitz el Peludo y Ace Merrill), se afanaban un coche del
aparcamiento de Lewiston y se largaban a dar una vuelta por el campo con dos o
tres botellas de vino Wild Irish Rose y media docena de gaseosas de jengibre.
Aparcaban en algún sitio de Castle View o de Harlow o Shiloh, bebían y se
besuqueaban y todo eso. Y luego, dejaban el coche cerca de casa. Emociones de
pacotilla en la jaula de los monos, como decía a veces Chris. No les habían
pescado nunca, aunque Vern no perdía la esperanza. En realidad, abrigaba la
idea de visitar a su hermano los domingos en el reformatorio.
—Si fuéramos a
la poli, nos preguntarían cómo diablos llegamos a Harlow —dijo Bill—. No tenemos
coche. Así que más vale que mantengamos la boca bien cerrada. Así no podrán
tocarnos.
—Podríamos
hacer una llamada anónima —dijo Charlie.
—Pueden
localizar esas malditas llamadas —dijo lúgubremente Billy—. Lo vi en Patrulla
de carretera y en Draget.
—Sí, claro
—dijo Charlie, apesadumbrado—. Santo cielo, ojalá hubiera venido también Ace.
Así podríamos decirles a los guris que habíamos ido hasta allí en su coche.
—Sí. Pero no
vino.
—Ya —dijo
Charlie. Suspiró—. Creo que tienes razón —una colilla de cigarrillo cayó en el
camino—. Y tuvimos que ir a echar una meada junto a las vías, ¿eh? No podíamos
haber ido en la otra dirección, ¿verdad? Y me vomité todos los zapatos —bajó un
poco la voz—. Y el condenado chico estaba allí tendido, ¿sabes? ¿Tú viste bien
a aquel hijoputa, Billy?
—Sí —dijo
Billy, y una segunda colilla aterrizó junto a la primera en el camino—. Vamos a
ver si se ha levantado ya Ace. Tengo la boca seca.
—¿Se lo vamos
a decir?
—Charlie, no
se lo vamos a decir a nadie. Absolutamente a nadie. ¿Me entiendes?
—Sí, Billy, te
entiendo —dijo Charlie—. Santo cielo, ojalá no hubiéramos subido nunca a aquel
maldito Dodge.
—Déjalo ya de
una vez y vámonos.
Dos pares de
piernas enfundadas en pantalones estrechos descoloridos por las lavaduras, dos pares
de pies calzados con botas negras de mecánico con hebillas a los lados, bajaron
los peldaños. Vern permaneció absolutamente inmóvil, paralizado («Se me
pusieron por corbata», nos dijo), convencido de que su hermano le había sentido
allá abajo y se disponía a sacarle a rastras y machacarle; él y Charlie Hogan
hubieran acabado con los pocos sesos que el buen Dios le había concedido, y le
habrían pateado luego a base de bien con sus grandes botas negras. Pero se
limitaron a seguir su camino y cuando Vern se convenció de que se habían
largado, salió a rastras de debajo del porche y no paró de correr hasta que
llegó al club.
5
—Pues tuviste
mucha suerte —le dije—. Te habrían matado.
—Sé donde
queda el camino de Harlow —dijo Teddy—. Muere en la orilla del río. Solíamos ir
allí a pasear.
Chris asintió.
—Antes había
un puente, pero hubo una riada. Hace mucho. Ahora solo está la vía del tren.
—¿Podría
realmente un chico haber hecho todo el camino desde Chamberlain a Harlow? —le
pregunté a Chris—. Hay lo menos cuarenta o cincuenta kilómetros.
—Bueno, creo
que sí. Lo más probable es que diera por casualidad con la vía del tren y que
la siguiera. Seguro que pensó que si la seguía llegaría a algún sitio y que
podría hacer señales al tren si tenía que hacerlo. Pero creo que ahora esa es
una vía de mercancías (del Great Southern & Western Maine, hasta Derry y
Brownsville) y de todas maneras no circulan muchos. Habría tenido que recorrer
todo el camino hasta Castle Rock para salir del bosque. Se hizo de noche y al
fin pasó un tren… y, zas, el topetazo.
Chris golpeó
el puño derecho contra la palma izquierda, produciendo un sonido sordo. Teddy,
veterano de tantas salvaciones milagrosas regateando camiones en la carretera
196, parecía un tanto complacido. Yo me sentí bastante mal imaginándome al
chico tan lejos de su casa, muerto de miedo pero siguiendo tenazmente las vías,
seguramente caminando sobre las traviesas, aterrado por los ruidos nocturnos de
árboles y arbustos… tal vez incluso por los de las alcantarillas de debajo del
firme de la vía férrea. Y aparece el tren y tal vez el gran faro le cegó los
instantes suficientes para impedirle saltar a tiempo. O tal vez estuviera
tirado en la vía, desfallecido de hambre cuando pasó el tren. Poco importaba
ya, de todas formas. Chris estaba en lo cierto: el topetazo había sido el
resultado definitivo. El chico estaba muerto.
—Entonces qué,
¿queréis ir a verle o no? —preguntó Vern. Andaba culebreando a nuestro
alrededor como si no se aguantara las ganas de ir al retrete.
Durante un
largo instante, todos le miramos en silencio. Hasta que Chris tiró las cartas y
dijo:
—¡Claro! ¡Y os
apuesto lo que queráis a que salimos en el periódico!
—¿Eeeh? —dijo
Vern.
—¿Sí? —dijo
Teddy, y lanzó su demencial risita de cuando «regateaba» camiones.
—Bueno —dijo
Chris, inclinándose sobre la astrosa mesa de cartas—. Descubriremos el cadáver
e informaremos de nuestro hallazgo. ¡Y saldremos en los periódicos!
—Oh no —dijo
Vern, claramente desconcertado—. Billy sabría entonces cómo lo averigüé. Me
sacará la maldita verdad a golpes.
—No —dije—,
porque seremos nosotros quienes encontraremos a ese chico, no Billy y Charlie
Hogan en un coche robado. Así que no tendrán que preocuparse más del asunto.
Hasta puede que te pongan una medalla, Centavo.
—¿Siií? —Vern
sonrió, enseñando su espantosa dentadura. Era una sonrisa de aturdimiento, como
si la idea de que algo que hiciera él pudiera complacer a Billy le produjera el
mismo efecto que un directo a la barbilla—. ¿Lo crees de verdad?
Teddy estaba
riéndose también. Luego frunció el ceño y dijo:
—Oh-oh.
—Bueno, ¿qué?
—preguntó Vern. Empezó otra vez a retorcerse, temiendo seguramente que a Teddy
se le ocurriera alguna objeción realmente importante… o solo que se le
ocurriera algo.
—Nuestros
padres —dijo Teddy—. Si encontramos el cadáver de ese chico mañana en Harlow,
se darán cuenta por fuerza de que no pasamos la noche en el campo detrás de
casa de Vern.
—Claro —dijo
Chris—. Y comprenderán que estábamos buscando a ese chico.
—No, no lo
creo —dije. Me sentía extraño: excitado y asustado porque sabía que podíamos
intentarlo y conseguirlo. La mezcla de emociones me hacía sentirme febril y con
la cabeza pesada. Tomé la baraja, para tener las manos ocupadas, y empecé a
barajarlas. Barajar y jugar al cribbage era casi todo lo que me quedaba de mi
hermano mayor Dennis. Los otros chicos envidiaban mi habilidad barajando y creo
que todos los chicos que conocía me habían pedido que les enseñara a hacerlo
igual… todos excepto Chris. Supongo que solo Chris sabía que enseñarle a
barajar de aquel modo a alguien sería como regalar un trocito de Dennis, y me
quedaban muy pocas cosas suyas para dedicarme a repartirlas.
Dije:
—Les diremos
sencillamente que nos aburría estar en el campo de Vern porque ya lo hemos
hecho muchas veces y que decidimos subir por las vías y acampar en el bosque.
Apuesto a que ni siquiera nos zurran, porque todo el mundo estará muy nervioso
con nuestro descubrimiento.
—Mi padre me
zurrará de todos modos —dijo Chris—. Esta temporada está de malas —movió
lúgubremente la cabeza—. Al diablo, creo que bien merece una paliza.
—Muy bien
—dijo Teddy, levantándose. Seguía con aquella sonrisa demencial, amagando con
convertirla en cualquier momento en su risa estridente y cloqueante—. Nos
encontraremos todos en casa de Vern después de comer. ¿Qué diremos de la cena?
—Tú y yo y
Gordie podemos decirles que vamos a cenar en casa de Vern.
—Y yo le diré
a mi madre que voy a cenar en casa de Chris —dijo Vern.
Aquello
serviría si no surgía ningún imprevisto y si no daba la casualidad de que
algunos de nuestros padres coincidieran en algún sitio. Y ni los padres de Vern
ni los de Chris tenían teléfono. Por entonces había muchas familias que seguían
considerando el teléfono como un lujo, especialmente las familias humildes. Y
ninguno de nosotros venia precisamente de las capas superiores.
Mi padre
estaba retirado. El padre de Vern trabajaba en la fábrica y todavía conducía un
DeSoto del cincuenta y dos. La madre de Teddy tenía una casa en la calle
Danberry y siempre que podía alquilaba una habitación. Aquel verano no la había
alquilado. El letrero de SE ALQUILA HABITACIÓN AMUEBLADA llevaba colgado en la
ventana de la sala de estar desde el mes de junio. Y el padre de Chris estaba
prácticamente siempre «de malas»; era un borracho que cobraba el desempleo una
temporada sí y otra también y se pasaba la mayor parte del tiempo en la taberna
de Sukey con Junior Merrill, el padre de Ace Merrill y otros dos borrachines del
pueblo.
Chris no
hablaba mucho de su padre, pero todos sabíamos que le odiaba a rabiar. Cada dos
semanas o así, aparecía todo señalado, con moretones en las mejillas y en el
cuello o con un ojo hinchado y policromado como una puesta de sol y una vez
apareció en la escuela con la cabeza vendada. Otras veces ni siquiera iba a
clase. Llamaba su madre diciendo que estaba enfermo, porque estaba demasiado
mal para asistir a clase. Chris era inteligente, inteligente de veras, pero
hacía muchos novillos y el señor Halliburton, el inspector local de asistencia
a clase, aparecía a cada poco por casa de Chris en su viejo Chevrolet negro con
una pegatina que decía VIAJEROS NO en el parabrisas. Si Chris hacía novillos y
Bertie (que era como llamábamos al señor Halliburton, siempre a sus espaldas,
claro) le descubría, le llevaba a rastras a la escuela y se encargaba de que
saliera más tarde durante una semana. Pero si lo que Bertie descubría era que
Chris estaba en casa porque su padre le había dado una buena tunda, se largaba
sin más y no abría la boca para nada. Hasta unos veinte años después, no se me
ocurrió analizar semejante orden de prioridades.
El curso
anterior, Chris había estado tres días sin ir a clase, como castigo. Había
faltado el dinero de la leche cuando le tocaba a Chris ser el encargado de la
clase de recogerlo y como era un Chambers de los de poca monta, tenía que
recibir una lección, pese a que juró y perjuró que no había tocado el dinero.
Aquella vez, el señor Chambers mandó a Chris a pasar la noche al hospital;
cuando su padre se enteró de que le habían castigado a no ir a clase, le rompió
la nariz y la muñeca derecha. Chris no procedía de una buena familia, de
acuerdo y todo el mundo estaba convencido de que tenía que ser malo… incluso el
propio Chris. Sus hermanos habían cumplido plenamente todo lo que la gente
esperaba de ellos. Frank, el mayor, se fue de casa a los diecisiete años, se
alistó en la Marina y al final tuvo que cumplir una larga condena en Portsmouth
por asalto y violación. El segundo, Richard (que tenía el ojo derecho muy raro
y temblón, por lo que todo el mundo le llamaba Ojo) había dejado la escuela en
el décimo curso y andaba por ahí con Charlie y Billy Tessio y con sus colegas
delincuentes juveniles.
—Creo que eso
servirá —le dije a Chris—. ¿Qué haremos con John y Marty? —John y Marty DeSpain
eran otros dos de la pandilla.
—Todavía no
han vuelto —dijo Chris—. No volverán hasta el lunes.
—Oh, vaya
faena.
—Bueno, ¿vamos
o no? —preguntó Vern, que seguía retorciéndose. No quería que se desviara la
conversación ni siquiera por un minuto.
—Yo creo que
sí —dijo Chris—. ¿Alguien quiere echar otra partida?
Nadie quería
jugar a las cartas. Estábamos demasiado nerviosos para eso. Bajamos de la casa
del árbol, saltamos la cerca y jugamos un rato a lanzar con la vieja pelota de
cinta aislante de Vern, pero nos cansamos enseguida. No podíamos dejar de
pensar en aquel chico Brower al que el tren había golpeado y en que íbamos a
verle… bueno, a ver lo que quedara de él. Hacia las diez, nos marchamos todos a
casa para arreglar las cosas con nuestros padres.
6
Llegué a casa
a las once menos cuarto, después de hacer un alto en la tienda para echar una
ojeada a los libros de bolsillo. Solía hacerlo más o menos cada dos días, para
comprobar si había llegado algo nuevo de John D. MacDonalds. Tenía veinticinco
centavos y pensé que si había llegado alguno nuevo podría comprarlo de paso.
Pero estaban solo los viejos, y ya me los había leído todos por lo menos media
docena de veces.
Cuando llegué
a casa, no vi el coche y recordé que mi madre y algunas de sus amigas de la
tertulia de mujeres habían ido a un concierto a Boston. Una gran aficionada a
los conciertos mi madre, desde luego. ¿Y por qué no? Su único hijo había muerto
y algo tenía que hacer para distraerse. Tal vez esto os parezca excesivamente
amargo. Pero si supierais cómo eran las cosas, creo que comprenderíais
perfectamente mis sentimientos.
Papá estaba en
la parte de atrás, regando con un fino chorro su agostado huerto. Si no
advertías de inmediato que se trataba de una causa perdida por la lúgubre
expresión de su rostro, no tenías más que echar una ojeada al huerto en sí. El
terreno estaba seco y polvoriento. Todo estaba muerto, menos el maíz, que, de
cualquier forma, nunca había producido una sola mazorca comestible. Papá decía
que nunca había aprendido a regar un huerto; o la madre naturaleza se encargaba
de ello, o nada. Echaba demasiada agua en un sitio y ahogaba las plantas. Y en
el surco siguiente, las plantas se morían de sed. Nunca conseguía dar con el
justo medio. Pero no solía hablar de ello. Había perdido un hijo en abril y un
huerto en agosto. Y si no quería hablar ni de lo uno ni de lo otro, creo que
estaba en su derecho. Lo único que me molestaba era que se negara a hablar de cualquier
otra cosa. Eso era llevar la democracia demasiado lejos.
—Hola, papá
—dije, parándome a su lado. Le ofrecí los dulces que había comprado en la
tienda—. ¿Quieres uno?
—Hola, Gordon.
No, gracias —siguió golpeteando con el fino chorro el desolado y lúgubre
terreno.
—¿Puedo dormir
esta noche en la tienda de campaña en la parte de atrás de casa de los Tessio,
con los otros chicos?
—¿Qué chicos?
—Vern. Teddy
Duchamp. A lo mejor también Chris.
Esperaba que
empezara a meterse con Chris… a decir que Chris era una mala compañía, la
manzana podrida, un ladrón, un aprendiz de delincuente juvenil…
Pero se limitó
a suspirar y dijo:
—Bueno. Está
bien.
—¡Estupendo!
¡Gracias!
Me volví para
ir hacia la casa con la intención de mirar qué ponían en la tele, cuando su voz
me hizo detenerme:
—Esa es la
gente con la que te gusta andar, ¿eh Gordon?
Me volví hacia
él, preparándome para una discusión; pero él no tenía ninguna gana de discutir
aquella mañana. Supongo que hubiera sido mejor lo contrario. Estaba encorvado y
ni siquiera me miraba; contemplaba con expresión abatida el huerto; y advertí
en sus ojos un extraño destello, lágrimas tal vez…
—Oh, papá, son
buenos chicos…
—Claro, claro
que lo son. Un ladrón y dos retardados. Excelente compañía para mi hijo.
—Vern Tessio
no es ningún retardado —dije. Era más difícil defender a Teddy.
—Doce años y
sigue en quinto todavía —dijo mi padre—. Y aquella vez que se quedó a dormir…
Cuando llegó el periódico del domingo a la mañana siguiente, tardó hora y media
en leer las hojas de las historietas.
Todo aquello
me ponía malo, porque me parecía injusto. Juzgaba a Vern igual que a todos mis
amigos, solo por haberle visto alguna que otra vez al salir o entrar en mi
casa. No tenía razón. Y cuando llamaba ladrón a Chris me ponía furioso, porque
no sabía nada de él. Tenía ganas de decírselo, pero si se lo decía en aquel
momento y se enfadaba me obligaría a quedarme en casa. Y en realidad no estaba
furioso, no como solía ponerse a veces en la mesa del comedor, despotricando
tan fuerte que ya nadie quería comer. Ahora parecía simplemente triste y cansado
y envejecido. Tenía sesenta y tres años, suficientes como para ser mi abuelo.
Mamá tenía
cincuenta y cinco… tampoco era una pollita ya. Cuando papá y ella se casaron,
intentaron crear una familia normal enseguida, y mi madre quedó embarazada y
tuvo un aborto. Abortó otras dos veces y el médico le dijo que no conseguiría
nunca llevar a buen término un embarazo. Yo me enteré de todo esto, con pelos y
señales, ya sabes, en las ocasiones en que se dedicaban a adoctrinarme. Querían
hacerme ver que era un especial regalo divino y que no apreciaba lo suficiente
mi grandísima fortuna al haber sido concebido cuando mi madre tenía cuarenta y
dos años y empezaba a encanecer. Yo no apreciaba mi grandísima suerte ni
tampoco su inmenso dolor ni sus sacrificios.
Cinco años
después de que el médico le dijera a mamá que nunca podría tener un hijo, quedó
embarazada de Dennis. Lo llevó dentro durante ocho meses y luego sencillamente
él fue y se desprendió… con sus tres kilos seiscientos… Papá solía decir que si
en lugar de ochomesino hubiera nacido a los nueve meses de embarazo habría
pesado siete kilos. El médico dijo: «Bueno, a veces la naturaleza se burla de
nosotros, nos sorprende, pero este será el único hijo que tenga. Agradézcaselo
a Dios y dése por satisfecha». Diez años después, mi madre volvió a quedar
embarazada. Y yo no solo nací a los nueve meses de embarazo sino que el médico
tuvo que sacarme con fórceps. ¿Has visto alguna vez una familia parecida?
Llegué, pues, al mundo como fruto de dos máquinas renqueantes, que no buscaban
precisamente esa meta y mi único hermano era jugador de la liga de béisbol con
los chicos mayores cuando yo todavía llevaba pañales.
En el caso de
mis padres, un regalo divino había sido más que suficiente. No digo que me
trataran mal, y creo que nunca me pegaron, pero fue una sorpresa demasiado
grande y supongo que cuando uno ha cumplido ya los cuarenta no es tan
aficionado a las sorpresas como a los veintitantos. Cuando yo nací, mamá se
hizo esa operación a la que sus amigas de tertulia llamaban «la tirita».
Supongo que quería asegurarse totalmente de que no recibiría más regalos
divinos. Cuando llegué a la facultad descubrí que había sido
extraordinariamente afortunado por no haber nacido retardado… aunque creo que
mi padre tuvo sus dudas cuando vio que mi amigo Vern tardaba diez minutos en
descifrar el diálogo de Beetle Baily.
El asunto ese
de que te ignoren: no pude determinarlo específicamente hasta que tuve que
hacer un trabajo sobre un libro titulado El hombre invisible en el instituto.
Cuando acepté hacer el comentario del texto creía que se trataba de un relato
de ciencia ficción sobre el tipo de las vendas y Foster Grants (cuyo papel
interpretaba en el cine Claude Rains). Cuando descubrí que era una historia
diferente, intenté devolver el libro a la profesora, la señorita Hardy, que no
me lo permitió. Y acabó gustándome muchísimo. Este Hombre invisible trata de un
negro. Nadie se fija en él a no ser que meta la pata. La gente mira a través de
él. Cuando habla, nadie le contesta. Es como un fantasma negro. En cuanto
empecé a leerlo, lo devoré como si fuera una de las historias de John
MacDonalds, porque ese tal Ralph Ellison hablaba de mí. En la mesa del comedor
era siempre la misma historia de Denny cuántos lanzaste y Denny quién te invitó
al baile de Sadie Hopkins y Denny me gustaría que habláramos de hombre a hombre
de aquel coche que estuvimos mirando. Yo decía, por ejemplo: «¿Me pasas la
mantequilla?», y papá decía: «Denny, ¿estás seguro de que es precisamente el
Ejército lo que quieres?». Yo decía: «¿Me pasa alguien la mantequilla, por
favor?», y entonces mamá le preguntaba a Denny si quería que le comprara una de
las camisas Pendleton que vendían en el centro y yo acababa alcanzando yo mismo
la mantequilla. Una noche cuando tenía nueve años, recuerdo que, solo para ver
qué pasaba, dije: «Por favor, pasadme esas malditas patatas», y mamá dijo:
«Denny, hoy llamó tía Grace y preguntó por ti y por Gordon».
Cuando Dennis
se graduó brillantemente en el instituto de Castle Rock, me hice el enfermo y
me quedé en casa. Conseguí que el hermano mayor de Stevie Darabont me comprara
una botella de Wild Irish Rose, me bebí la mitad y por la noche vomité en la
cama.
En una
situación familiar como esa, lo normal es que odies al hermano mayor o que le
idolatres… o al menos eso es lo que enseñan en la escuela de psicología.
Paparruchas, ¿verdad? Por lo que a mí respecta, yo no sentía ni lo uno ni lo
otro por Dennis. Nunca discutimos ni nos peleamos. Habría sido ridículo.
¿Puedes imaginarte a un chaval de catorce años pegando por algo a su hermano de
cuatro? Y nuestros padres estuvieron siempre demasiado impresionados por él
para obligarle a cuidar de su hermano pequeño, así que nunca tuvo en contra mía
eso, como les pasa a muchos chicos con sus hermanos pequeños. Cuando me llevaba
a algún sitio era porque quería hacerlo y tales ocasiones figuran entre las más
felices que recuerdo.
—Eh, Lachance,
¿quién coño es ese?
—Mi hermano
pequeño, y más vale que midas tus palabras, Davis, o le obligarás a hacértelas
tragar. Gordie es de cuidado.
Me rodean un
momento, enormes, increíblemente altos, solo un momento de interés, como un
pedazo de sol. Son altísimos y mayorcísimos.
—Oye, chaval.
¿Ese tontorrón es de verdad tu hermano?
Asiento
tímidamente.
—Es un auténtico
mierda, ¿a que sí?
Vuelvo a
asentir y todos, Dennis incluido, se echan a reír. Dennis da dos fuertes
palmadas y dice:
—Bueno, qué.
¿Vamos a entrenar de una vez o nos vamos a quedar aquí todo el rato como
pasmarotes?
Todos corren a
sus puestos, llevando la pelota por el campo.
—Vete allí y
siéntate en el banco, Gordie. Estáte callado y no molestes a nadie.
Voy a sentarme
al banco. Soy bueno. Me siento minúsculo bajo las dulces nubes estivales. Miro
a mi hermano lanzar la pelota. No molesto a nadie.
Pero eso no se
repitió muchas veces.
A veces me
leía historias para dormir que eran mejores que las de mamá; las de mamá eran
del Hombre fanfarrón y de Los tres cerditos, no estaban mal, pero las de Dennis
eran historias como Barba Azul y Jack el Destripador. Y me contaba también una
versión del Puente del Diablo en la que al final el ganador era el duende de
debajo del puente. Y, como ya he dicho, me enseñó a jugar a eso del cribagge y
a barajar de un modo especial. No es que sea gran cosa, pero, oye, en este
mundo has de aceptar lo que se te ofrece, ¿no es cierto?
Cuando me hice
mayor, mis sentimientos de amor por Dennis dieron paso a un temor reverente
casi clínico, el tipo de temor que los cristianos mediocres sienten por Dios,
supongo. Y cuando Dennis murió me sentí impresionado y triste, tal como supongo
que debieron sentirse esos mismos cristianos mediocres cuando leyeron en el
Times que Dios había muerto. Dejadme explicarlo de este modo: sentí la misma
tristeza por la muerte de Dennis que por la de Dan Blocker cuando oí en la
radio que había muerto. Les había visto a ambos con la misma frecuencia y
además Denny nunca tendría reposiciones.
Le enterraron
en un ataúd cerrado cubierto con la bandera de Estados Unidos (quitaron la
bandera de la caja antes de meterla en la fosa y la doblaron —la bandera, no la
caja— y se la entregaron a mi madre). Mis padres quedaron destrozados. Y cuatro
meses transcurridos no habían sido tiempo suficiente para recuperarse; no sé si
se recuperarán alguna vez. La habitación de Dennis seguía en animación
suspendida, solo a una puerta de mi propio dormitorio, animación suspendida o
tal vez perversión temporal. Aún seguían en las paredes sus banderines de la
universidad y las fotos de las chicas con las que había salido seguían
enganchadas al espejo ante el cual había pasado larguísimas horas peinándose al
estilo Elvis. Y el montón de True y Sports Illustrated seguía en su escritorio
y sus fechas resultaban cada vez más antiguas a medida que el tiempo
transcurría. Exactamente el tipo de cosa que uno ve en las películas
sentimentaloides y lacrimosas. Solo que a mí no me resultaba nada sentimental,
sino terrible. No entraba en la habitación de Dennis a menos que me viera
obligado a hacerlo, porque tenía la impresión de que él estaba detrás de la
puerta o debajo de la cama o en el armario. La idea de que estaba en el armario
era la que me agobiaba con más frecuencia; y cuando mi madre me mandaba
llevarle el álbum de postales de Denny o su caja de fotografías para mirarlas,
siempre imaginaba que la puerta del armario se abría lentamente mientras me
quedaba paralizado de terror. Le imaginaba pálido y ensangrentado en la
oscuridad, la parte en que había recibido el golpe, la cabeza, convertida en
una masa gris sanguinolenta y los sesos esparcidos por su camisa secándose. Le
imaginaba alzando los brazos hacia mí, con las manos ensangrentadas en forma de
garras y graznando: Debieras haber sido tú, Gordon. Debieras haber sido tú.
7
Stud City, de
Gordon Lachance. Publicado en Greenspun Cuarterly, número 45, otoño de 1970.
Reproducido con permiso.
Marzo.
Chico está
junto a la ventana, los brazos cruzados, los codos en el saliente que divide el
panel superior del inferior, mirando el exterior, su aliento empaña la ventana.
El cristal inferior de la derecha se rompió. En su lugar, un trozo de
cartulina.
—Chico.
No se vuelve.
Ella guarda silencio. Él ve su imagen reflejada en el cristal: en la cama,
sentada, las sábanas subidas en aparente desafío a la ley de la gravedad. La
pintura de los ojos se le ha corrido formando en torno suyo profundas sombras.
Chico desvía
la mirada de la imagen de ella en el cristal y mira de nuevo al exterior.
Llueve. Las manchas de nieve se disuelven dejando al descubierto la tierra
pelada que cubrían. Ve la hierba muerta del año anterior, un juguete de
plástico (de Billy), un rastrillo oxidado. El coche de su hermano Johnny está
alzado sobre adoquines con las ruedas asomando como piernas. Recuerda a John
trabajando en el Dodge, escuchando los superéxitos del momento y las viejas
canciones por el viejo transistor, recuerda un par de veces que Johnny le dio
una cerveza. Devorará todo lo que se te ponga por delante en la carretera desde
Gates Falls a Castle Rock. ¡Espera que consigamos instalarle este decalador y
verás!
Pero aquello
había sido entonces y esto era ahora.
Más allá del
coche de Johnny estaba la autopista. Carretera 14, en dirección a Portland y al
sur de New Hampshire, todo el camino hacia el norte de Canadá si girabas a la
izquierda en la U.S. 1 en Thomaston.
—Stud City
—dice Chico al cristal. Fuma su cigarrillo.
—¿Qué?
—Nada,
pequeña.
—¿Chico? —la
voz de la muchacha es confusa.
Chico tendrá
que cambiar las sábanas antes de que regrese papá. La chica las manchó de
sangre.
—Qué.
—Te quiero,
Chico.
—Está bien.
Marzo inmundo.
Eres una vieja ramera, piensa Chico. Inmunda ramera de abolsadas, viejas y
bamboleantes tetas, Marzo, con la cara llena de lluvia.
—Esta era la
habitación de Johnny —dice Chico de pronto.
—¿Quién?
—Mi hermano.
—Ah. ¿Dónde
está?
—En el
Ejército —dice Chico; pero Johnny no está en el Ejército. El verano anterior
estaba trabajando en la pista de carreras Oxford Plains y uno de los coches
perdió el control y atravesó el campo hasta la zona en que estaba Johnny
cambiando los neumáticos traseros de un Chevy trucado. Algunos tipos le
gritaron para que se diera cuenta de lo que pasaba, pero Johnny no les oyó. Uno
de los que le gritaron era su hermano Chico.
—¿No tienes
frío? —pregunta la chica.
—No. Bueno, un
poco en los pies.
Y piensa de
pronto: Bueno, Dios mío. A Johnny no le pasó nada que no vaya a pasarnos a
todos antes o después. No obstante, vuelve a verlo: el Ford Mustang patinando,
resbalando, los bultitos de la columna vertebral de su hermano, agachado,
marcándose en su camisa blanca de manga corta; su hermano allí agachado,
tirando de uno de los neumáticos traseros del Chevy. Le había dado tiempo a ver
la goma de los neumáticos del Mustang descontrolado, de ver el colgante
silenciador del coche soltando chispas. Y golpeó a Johnny cuando Johnny
intentaba incorporarse. Y, acto seguido, el clamor amarillento de las llamas.
Bueno, piensa
Chico, podría haber sido lento, y recuerda a su abuelo: Olores de hospital.
Bellas enfermeras jóvenes portando cuñas. El último aliento entrecortado.
¿Acaso existía algún buen camino?
Tiembla y
piensa en Dios. Acaricia la medallita de plata de san Cristóbal que cuelga en
su cuello de una cadena. No es católico; seguramente tampoco mexicano: en
realidad se llama Edward May, y todos sus amigos le llaman Chico porque tiene
el pelo negro y se lo embadurna con Brylcreem y usa botas de puntera afilada y
tacones cubanos. No es católico, pero lleva una medalla de san Cristóbal al
cuello. Si Johnny hubiera llevado una igual, tal vez el Mustang hubiera pasado
por su lado sin tocarle. ¡Quién podría decirlo!
Fuma, mira por
la ventana; tras él, la chica se levanta de la cama y se le acerca rápida,
melindrosa casi, tal vez con miedo de que él se dé la vuelta y la contemple.
Posa una mano cálida en la espalda de Chico. Aprieta los senos contra su
costado. Su vientre le roza las nalgas.
—¡Oh, hace
frío!
—Es este
lugar.
—Chico, ¿me
quieres?
—¡Puedes estar
segura! —dice Chico sin pensarlo. Luego, con más seriedad, añade—: Tenías
intacto el himen…
—¿Eso qué
quiere…?
—Eras virgen.
Ella sube la
mano. Recorre con un dedo la nuca de Chico.
—Ya te lo
había dicho, ¿no?
—¿Fue difícil?
¿Te hizo daño?
La muchacha
sonríe.
—No. Pero
estaba asustada.
Contemplan la
lluvia. Un Oldsmobile nuevo pasa por la autopista lanzando agua.
—Stud City
—dice Chico.
—¿Qué?
—Aquel tipo.
Se dirige a Stud City. Con su nuevo coche potente.
La muchacha
besa a Chico en el punto que había estado acariciando con suavidad y él la
sacude como si se tratara de una mosca.
—¿Qué pasa?
Se vuelve
hacia ella. Los ojos de la muchacha saltan al pene y alza la mirada
precipitadamente. Se cubre luego con los brazos y entonces recuerda que en las
películas nunca hacían aquello, así que los deja caer a los costados de nuevo.
Tiene el cabello negro y la piel blanco invernal, color crema. Sus senos son
firmes, tal vez un punto demasiado blando el vientre. Un defecto para recordar,
se dice Chico, que esto no es una película.
—¿Jane?
—¿Qué?
Él se siente a
punto. No empezando, no; listo ya.
—Está bien
—dice Chico—. Somos amigos —la contempla deliberadamente, permitiéndose
escrutarla de arriba abajo. Cuando al fin vuelve a mirarla a la cara, la
muchacha está ruborizada—. ¿Te molesta que te mire?
—Yo… oh, no.
No, Chico.
Retrocede, los
ojos cerrados, se sienta en la cama, se echa de espaldas, las piernas abiertas.
Él la contempla toda. Los músculos, los pequeños músculos del interior de sus
muslos… se alzan incontrolados, y esto le excita súbitamente más que los tensos
conos de sus senos o la dulce perla rosada de su sexo. El deseo tiembla en su
interior, como un bozo estúpido en un resorte. Tal vez el amor sea tan divino
como dicen los poetas, piensa Chico, pero el sexo es Bozo del Payaso saltando.
¿Cómo puede una mujer contemplar un pene erecto sin que le dé un ataque de
risa?
La lluvia
golpea el tejado, la ventana, la empapada cartulina que cubre el paño en el que
falta el cristal. Se oprime el pecho con la mano y, por un instante, parece un
romano de teatro a punto de pronunciar un discurso. Tiene la mano fría. La deja
caer al costado.
—Abre los
ojos. Dije que somos amigos.
Obediente, la
chica abre los ojos. Le mira. Ahora sus ojos parecen violeta. El agua de lluvia
al caer por la ventana, forma ondulantes dibujos en su cara, cuello y pecho.
Estirado, su vientre parece ahora más terso. Es perfecta en un instante.
—Oh —dice—.
Oh, Chico, es tan divertido —la recorre un estremecimiento. Ha doblado
involuntariamente los dedos de los pies. Chico puede verle los empeines. Son
rosados—. Chico, Chico.
Avanza hacia
ella. El cuerpo de él se estremece. Ella abre mucho los ojos. Dice algo, una
palabra, pero él no sabría decir qué. No es momento de preguntas. Queda medio
arrodillado ante ella justo un segundo, contemplando el suelo con preocupada
concentración, tocándole las piernas justo sobre las rodillas. Mide la marea de
su interior. Su impulso es precipitado, fantástico. Prolonga un poco más la
pausa.
El único
sonido es el tictac del reloj despertador de la mesita de noche, sobre un
montón de libros de historietas de Spiderman, el Hombre Araña. La respiración
de la chica se acelera. Los músculos de Chico se deslizan con suavidad al subir
y bajar. Empiezan. Esta vez todo es mejor. Fuera, la lluvia sigue lavando la
nieve.
Media hora más
tarde, Chico la saca de su leve adormecimiento.
—Tenemos que
irnos —dice—. Papá y Virginia volverán enseguida.
Ella mira su
reloj de pulsera y se incorpora en la cama. Ya no intenta cubrirse. Todo su
tono ha cambiado. No es que haya madurado (aunque seguramente ella así lo cree)
ni aprendido nada más complicado que atarse los cordones de los zapatos, pero
de todos modos su tono ha cambiado. Le sonríe y asiente vacilante. El alcanza
los cigarrillos que están en la mesita de noche. Cuando ella se pone las
bragas, Chico recuerda un fragmento de una vieja canción: Sigue tocando hasta
que yo pase, Blue… sigue tocando, sigue, de Rolf Harris, «Tie Me Kangaroo
Down». Chico sonríe, John solía cantarla. Terminaba: Así que curtimos su piel
cuando murió, Clyde, y ahí está colgada en el cobertizo.
Se abrochó el
sujetador y empezó a abotonarse la blusa.
—¿De qué te
ríes, Chico?
—De nada
—contesta Chico.
—¿Me subes la
cremallera?
Se le acerca,
aún desnuda; le sube la cremallera. La besa en la mejilla.
—Pasa al
cuarto de baño y arréglate la cara si quieres —le dice—. Pero no tardes mucho,
¿vale?
Camina airosa
hacia el pasillo y Chico la contempla, fumando. Es una chica alta (más alta que
él mismo) y tiene que bajar un poco la cabeza para entrar en el cuarto de baño.
Chico encuentra los calzoncillos bajo la cama. Los echa a la bolsa de ropa
sucia que cuelga en la parte interior de la puerta del armario y saca unos
limpios de la cómoda. Se los pone y luego, mientras vuelve a la cama, resbala y
a punto está de caerse en un charquito de agua que ha entrado por la cartulina
de la ventana.
—Maldita sea
—murmura, furioso.
Mira en torno
suyo la habitación que fuera la de Johnny antes de su muerte (¿Por qué le diría
que estaba en el Ejército, válgame Dios?, se pregunta, con cierta inquietud).
Paredes de cartón, tan finas que puede oír a papá y a Virginia dándole al
asunto por las noches, que ni siquiera llegan hasta el techo. El suelo es irregular,
de forma que la puerta del cuarto solo permanece abierta si la sujetas; si lo
olvidas, se va cerrando furtivamente en cuanto te das la vuelta. En la pared
del fondo hay un cartel de Easy Rider: Dos hombres fueron a buscar América y no
la hallaron en parte alguna. La habitación tenía más vida cuando Johnny vivía
en ella. Chico ignora cómo y por qué; pero sabe que así es. Y también sabe algo
más. Sabe que a veces la habitación le asusta de noche. A veces piensa que la
puerta del armario se abrirá y aparecerá John con el cuerpo chamuscado y
retorcido y ennegrecido, con algunas de sus piezas dentales postizas
amarillentas desprendidas, y susurrándole: Fuera de mi cuarto, Chico. Como
pongas una mano en mi Dodge, te juro que te mato. ¿Entendido?
Entendido,
hermano, piensa Chico.
Se queda
inmóvil un momento, contemplando las arrugadas sábanas manchadas con la sangre
de la chica y luego estira la ropa con rápido ademán. Aquí. Aquí mismo. ¿Cómo
te sienta eso, Virginia? ¿Qué tal? ¿Cómo lo encajas? Se pone los pantalones,
las botas, encuentra un suéter.
Está
peinándose ante el espejo cuando aparece ella. Está elegante. Su vientre algo
blando no se advierte con la ropa. Mira la cama, le da un par de toques aquí y
allá y al instante parece perfectamente hecha, en vez de solo estirada.
—Muy bien
—dice Chico.
Ella ríe con
cierta seguridad y se retira un mechón de pelo por detrás de la oreja. Es un
gesto evocador, conmovedor.
—Vamos —dice
Chico.
Cruzan el
pasillo y la sala de estar. Jane se detiene ante una fotografía en color que
hay sobre la tele. Aparecen en ella su padre y Virginia, Johnny adolescente, un
Chico infantil y un Billy todavía niñito; en la foto, Johnny tiene en brazos a
Billy. Todos muestran estáticas y pétreas sonrisas… todos, excepto Virginia,
cuya expresión es soñolienta e indescifrable. Chico recuerda que cuando
hicieron aquella fotografía aún no hacía un mes que padre se había casado con
aquella zorra.
—¿Son tu padre
y tu madre?
—Es mi padre
—dice Chico—. Ella es mi madrastra, Virginia. Vamos.
—¿Sigue siendo
tan guapa? —pregunta Jane, recogiendo su abrigo y pasándole a Chico la
cazadora.
—Supongo que
al viejo se lo parece —dice Chico.
Salen al
cobertizo, húmedo y frío. Siempre hay corriente porque el viento se cuela por
las grietas de las paredes. Hay una pila de viejas llantas, la bici vieja de
Johnny que heredó Chico a los diez años y que destrozó enseguida, un montón de
revistas policíacas, cascos de Pepsi, un sucio bloque de motor, una caja de
naranjas llena de libros de bolsillo, un viejo dibujo de un caballo en un prado
polvoriento.
Chico la ayuda
a salir. La lluvia persiste con firmeza desalentadora. El viejo sedán de Chico
está en un charco del camino con aire abatido. Incluso sobre los adoquines y
con un plástico cubriendo el lugar que debería ocupar el parabrisas, el Dodge
de Johnny tiene más clase. El coche de Chico es un Buick. La pintura es un
desastre y está llena de herrumbre. La tapicería del asiento delantero está
cubierta con una manta parda del Ejército. Un botón grande clavado a la visera
del lado del viajero dice: LO DESEO TODOS LOS DÍAS. En el asiento de atrás hay
una armazón del mecanismo de arranque oxidada. Si deja de llover alguna vez,
piensa Chico, lo limpiará y tal vez lo instale en el Dodge de Johnny. O tal vez
no.
El Buick huele
a humedad y el motor renquea un rato antes de ponerse en marcha.
—¿Es la
batería? —pregunta la chica.
—Solo la
maldita lluvia, creo.
Sale a la
carretera marcha atrás, accionando los limpiaparabrisas y parándose un momento
para mirar la casa. Es de un desagradable color acuoso. El cobertizo de tablas
se proyecta de la casa en un ángulo irregular, ripias de aspecto pelado y papel
alquitranado.
La radio
empieza a funcionar con estrépito y Chico la apaga de inmediato. Tras su frente
apunta el principio de una jaqueca de domingo por la tarde. Pasan por el salón
de Grange y la estación de bomberos y el almacén de Brownie. El coche T-Bird de
Sally Morrison está aparcado junto a la bomba de Brownie y Chico la saluda con
la mano al girar hacia la vieja carretera de Lewiston.
—¿Quién es?
—Sally
Morrison.
—Bella dama
—muy neutral.
Tantea
buscando los cigarrillos.
—Ha estado
casada dos veces y se ha divorciado dos veces. Ahora es la puta del pueblo, si
crees la mitad de lo que se rumorea en este rincón de mierda.
—Parece joven.
—Lo es.
—¿Has ido
alguna vez…?
Chico desliza
la mano por la pierna de la chica y sonríe.
—No —dice—.
Tal vez mi hermano, pero yo no. Aunque me cae bien. Ha conseguido su pensión y
su gran coche blanco, y no se preocupa por lo que la gente diga de ella.
El viaje
empieza a hacerse largo. El Androscoggin, a la derecha, es pizarroso y lóbrego.
Ya no tiene hielo ahora. Jane está callada y pensativa. Solo se oye el
chasquido constante de los limpiaparabrisas. Cuando el coche cruza las
hondonadas, hay neblina baja que aguarda la noche para salir furtivamente de
estas bolsas y cubrir toda la carretera.
Doblan hacia
Auburn y Chico toma el atajo y entra en Minot Avenue. Los cuatro carriles están
prácticamente desiertos y todas las casitas de la zona parecen paquetitos. Ven
a un niñito de impermeable amarillo, metiéndose meticulosamente en todos los
charcos.
—Venga, hombre
—dice Chico suavemente.
—¿Qué?
—pregunta Jane.
—Nada,
pequeña. Vuelve a dormir.
Ella ríe, un
poco vacilante.
Chico gira
calle Keston arriba y dobla hacia una de las casitas. No apaga el motor.
—Pasa y te
daré pastelillos —dice ella.
El mueve la
cabeza.
—Tengo que
volver a casa.
—Comprendo —le
rodea con los brazos y le besa—. Gracias por el rato más maravilloso de mi
vida.
Él sonríe
súbitamente. Su cara resplandece. Es casi mágica.
—Te veré el
lunes, Janey-Jane. Amigos todavía, ¿no?
—Sabes que sí
—le contesta, y vuelve a besarle… pero cuando él toma su seno palpándolo a
través de la ropa, ella se retira—. No, puede vernos mi padre.
La deja irse,
su sonrisa ya apenas perceptible. Sale rápida del coche y corre bajo la lluvia
hasta la puerta de atrás. Al instante siguiente, ha desaparecido. Chico se para
un momento para encender un cigarrillo y sale del camino de coches marcha
atrás. El motor se cala y el mecanismo del encendido parece resollar una
eternidad antes de que arranque el motor. Tardará un buen rato hasta la casa.
Cuando llega
al fin, el coche de su padre está aparcado en el camino de la casa. Se detiene
junto a él y deja que el motor se apague. Se queda un rato en el coche,
escuchando la lluvia. Es como estar en el interior de un tambor metálico.
En la casa,
Billy mira la televisión, Carl Stormer y sus vaqueros. Al verle entrar, Billy
se levanta de un salto, nervioso.
—Eddie, Eddie,
oye Eddie, ¿sabes lo que nos contó tío Pete? ¡Que él y un montón de tipos
habían hundido un submarino alemán en la guerra! ¿Me llevarás al cine el
sábado?
—No lo sé
—dice Chico, sonriendo—. Tal vez, si me besas los pies todas las noches durante
toda la semana antes de cenar —le da un tirón de pelo. Billy vocifera y ríe y
le da patadas en las piernas.
—Vamos,
quietos ya —dice Sam May, entrando en la sala—. Silencio los dos. Ya sabéis que
a vuestra madre no le gustan las peleas.
Se ha bajado
la corbata y se ha soltado el botón del cuello de la camisa. Porta una bandeja
de perritos calientes rojos. Los perritos calientes están envueltos en pan
blanco y Sam May ha colocado a la derecha la mostaza rancia.
—¿Dónde
estuviste, Eddie?
—En casa de
Jane.
Se oye la
cisterna del cuarto de baño. Virginia. Chico se pregunta un instante si Jane
dejaría algún cabello en el lavabo, o un lápiz de labios o una horquilla.
—Debías haber
venido con nosotros a ver a tu tío Pete y a tu tía Ann —dice su padre. Se come
una salchicha de tres bocados—. Te estás convirtiendo en una especie de extraño
aquí, Eddie. Y eso no me gusta. No mientras nosotros te demos cama y comida.
—Menuda cama
—dice Chico—. Menuda comida.
Sam alza la
vista rápido, dolido al principio, furioso luego. Chico se fija en sus dientes,
manchados del amarillo de la mostaza francesa. Siente leves náuseas.
—Piensa lo que
dices, descarado. No eres demasiado grande todavía, mocoso.
Chico se
encoge de hombros. Toma una rebanada de pan del paquete que hay en la bandeja
de la televisión junto a la butaca de su padre y le pone salsa de tomate.
—Dentro de
tres meses me habré largado.
—¿De qué
diablos hablas ahora?
—Voy a
arreglar el coche de Johnny y me iré a California. A buscar trabajo.
—Ah, sí,
claro. Muy bien.
Es un hombre
grande, corpulento y desgarbado. Pero a Chico le parece que ha empequeñecido
desde que se casó con Virginia, y más aún tras la muerte de Johnny. Y se oye
mentalmente diciéndole a Jane: Mi hermano tal vez, pero yo no. Sigue tocando,
sigue, Blue.
—Con ese coche
no llegarías ni a Castle Rock, no digamos ya California.
—No, ¿eh?
Espera y verás la jodida polvareda que dejo.
Su padre se
queda simplemente mirándole un instante y luego le tira a la cara la salchicha
que tiene en la mano. Le da en el pecho, y le mancha de mostaza el jersey y la
silla.
—Vuelve a
hablarme así y te parto la cara, descarado.
Chico recoge
la salchicha y la mira. Salchicha roja barata untada con mostaza francesa.
Esparce un poco de luz. Se la devuelve a su padre. Sam se levanta, cara color
de ladrillo viejo, la vena del centro de la frente palpitando. Tropieza con la
bandeja que hay sobre la televisión y la vuelca. Billy les mira desde el quicio
de la puerta de la cocina. Tiene en la mano un plato de salchichas y judías,
ladeado, y el jugo de las judías cae al suelo. Abre mucho los ojos, le tiemblan
los labios. En la tele, Carl Stormer y sus vaqueros acometen «Long Black Veil»
a velocidad vertiginosa.
—Te esfuerzas
para criarles y sacarles adelante y luego te escupen a la cara —dice su padre
con voz apagada—. Oh. Así son las cosas —tantea el asiento de la butaca y se
levanta con el perrito caliente a medio comer. Lo aguanta en la mano como un
falo cercenado. E, increíblemente, empieza a comerlo… al tiempo que Chico ve
que ha empezado a llorar—: Oooh, te escupen… así son las cosas.
—Bueno, ¿por
qué diablos tuviste que casarte con ella? —explota de pronto Chico; y luego
tiene que soltar el resto: Si no lo hubieras hecho, si no te hubieras casado
con ella, Johnny seguiría vivo.
—Eso a ti no
te importa en absoluto —ruge Sam entre lágrimas—. ¡Eso es cuestión mía!
—¿Ah sí?
—grita Chico a su vez—. ¿De veras? ¡Claro, yo solo tengo que vivir con ella!
¡Yo y Billy, nosotros tenemos que vivir con ella! ¡Y ver como te destroza! ¡Y
eso que ni siquiera sabes…!
—¿Qué? —ruge
su padre, con voz súbitamente lúgubre y baja. El trocito de salchicha que le
queda en la mano cerrada parece un huesecillo sanguinolento—. ¿Qué es lo que no
sé?
—No sabes de
la misa la mitad —le contesta Chico, consternado por lo que ha estado a punto
de decir.
—Mejor cállate
ya, no sigas —dice su padre—. O te daré una paliza de muerte, Chico.
Solo le llama
Chico cuando está realmente furioso.
Chico se
vuelve; Virginia está al otro lado de la habitación, ajustándose la falda,
contemplándole con sus grandes, serenos, ojos castaños; son bellos sus ojos. El
resto de su persona no lo es tanto, pero aquellos ojos le pertenecerán todavía
durante años, piensa Chico, y siente de nuevo el odio enfermizo. Así que
curtimos su piel cuando murió, Clyde, y está ahí colgada en el cobertizo.
—¡Te tiene
absolutamente dominado y no tienes agallas para hacer nada!
Todas estas
voces acaban con la resistencia de Billy, que da un gemido aterrado, lanza el
plato de salchichas y judías y se cubre la cara con las manos. El jugo de las
judías salpica sus zapatos de domingo y se extiende por la alfombra.
Sam da un solo
paso al frente y se detiene al ver a Chico hacer un gesto lacónico, como
diciendo: Anda, vamos, ¿por qué diablos eres tan condenadamente lento? Se
quedan como estatuas, mientras habla Virginia; lo hace en voz baja, tan serena
como sus ojos castaños.
—¿Has estado
con una chica en tu cuarto, Ed? Ya sabes lo que pensamos tu padre y yo al
respecto —y añade, casi como si lo recordara en el momento—: Se dejó una
pañoleta.
La mira
fijamente, incapaz de expresar sus sentimientos, de decirle la forma en que le
parece sucia, la forma en que ataca certeramente por la espalda, la forma en
que acecha y te corta los tendones paralizándote.
Podrías
herirme si quisieras, dicen los serenos ojos castaños. Sé que sabes lo que
estaba ocurriendo antes de su muerte. Pero esa sería la única forma en que
podrías herirme, ¿verdad, Chico? Y entonces solo en el caso de que tu padre te
creyera. Y si te creyera, el disgusto le mataría.
Su padre reacciona
ante la maniobra de ella, arremetiendo como un oso:
—¿Has estado
jodiendo en mi casa, cabroncete de mierda?
—Por favor,
Sam, mide tus palabras, contrólate —dice Virginia en tono sereno.
—Por eso es
por lo que no quisiste acompañarnos, ¿eh? Para poder jod… para poder…
—¡Suéltalo ya,
anda! —dijo Chico, llorando—. ¡No dejes que lo haga ella por ti! ¡Di de una vez
lo que quieras decir!
—¡Largo! —dice
su padre—. Y no vuelvas hasta que estés dispuesto a pedir perdón a tu madre y a
mí.
—¡No lo hagas!
¡No te atrevas a llamar a esa zorra mi madre! ¡Te mataré!
—¡Por favor,
Eddie, por favor, cállate! —grita Billy. Sus palabras le llegan confusas y
apagadas pues se cubre la cara con las manos—. ¡Deja de gritarle a papá! ¡Por
favor, Eddie, cállate!
Virginia sigue
inmóvil en el quicio de la puerta. Sus ojos tranquilos siguen clavados en
Chico.
Sam retrocede
un paso torpemente y tropieza con el sillón. Se deja caer en él pesadamente y
desvía la cara, apoyándola en su velludo antebrazo.
—¡No puedo
mirarte a la cara cuando dices esas cosas, Eddie! Me haces sentirme tan mal.
—¡Ella es
quien te hace sentirte mal! ¿Es que no lo admitirás nunca?
Su padre no le
contesta. Sigue sin mirarle siquiera. Busca otra salchicha con pan en la
bandeja de la televisión. Busca la mostaza. Billy sigue llorando. Carl Stormer
y sus vaqueros están cantando una canción de camioneros. «Mi carruaje es viejo,
pero eso no quiere decir que sea lento», dice Carl a sus telespectadores de
Maine occidental.
—El muchacho
no sabe lo que dice, Sam —apunta con suavidad Virginia—. Es muy duro a su edad.
Es duro crecer.
Le ha vencido.
Esto es el fin, muy bien.
Se vuelve; se
encamina hacia la puerta que da primero al cobertizo y luego afuera. Cuando la
abre, mira a Virginia; ella aguanta la mirada tranquilamente cuando él
pronuncia su nombre:
—¿De qué se
trata, Ed?
—Las sábanas
están manchadas de sangre —hace una pausa—. La desvirgué.
Cree haber
visto aletear algo en los ojos de Virginia, aunque tal vez solo fuera su propio
deseo.
—Por favor,
Ed, márchate. Estás haciendo daño a Billy.
Se va. El
Buick no quiere arrancar y ya casi está resignado a caminar bajo la lluvia
cuando prende el motor. Enciende un cigarrillo y sale marcha atrás hasta la 14.
Suelta el embrague y está ya pasando la fábrica cuando empieza a dar sacudidas.
La luz de la dínamo parpadea funestamente un par de veces y luego el coche
sigue la marcha con cierta inseguridad. Al fin en marcha, lentamente, carretera
arriba hacia Gates Falls.
Pasa sin
dirigir una última mirada al Dodge de Johnny.
Johnny podría
haber tenido trabajo fijo allí en la fábrica aunque solo en el turno de noche.
No le importaba en absoluto trabajar de noche, se lo había dicho a Chico, y la
paga era mejor que en la pista de carreras, pero su padre trabajaba durante el
día y trabajar en el turno de noche en la fábrica significaba tener que haber
estado en casa con ella, solo en casa con ella, o con Chico en la habitación de
al lado… y las paredes eran muy finas. No puedo dejarlo y ella no me permitirá
que lo intente, le dijo Johnny. Bueno, sé lo que este asunto significaría para
padre. Pero ella es… sencillamente no cortará y yo no puedo hacerlo… No me deja
en paz. Tú sabes lo que quiero decir. Tú ya la has visto; Billy es demasiado
joven para comprenderlo, pero tú la has visto…
Sí. Él la
había visto. Y Johnny se había ido de casa diciéndole a su padre que lo hacía
porque en aquel trabajo podría conseguir piezas baratas para el Dodge. Y así
sucedió que estaba cambiando un neumático cuando aquel Mustang perdió el
control y se lanzó patinando descontrolado con el silenciador echando chispas;
y así fue como su madrastra había matado a su hermano, así que sigue tocando
hasta que yo pase, Blue, porque vamos a Stud City en este maldito Buick; y
recuerda el olor del neumático y las vértebras de Johnny marcándose en su
blanquísima camisa y recuerda a Johnny intentando incorporarse en el momento
justo en que el Mustang arremetió contra él aplastándole contra el coche en que
había estado trabajando y el propio Mustang y el golpe seco y el Chevy
cayéndose de los gatos y el brillante resplandor amarillo de la llamarada, el
olor intenso a gasolina…
Chico pisa los
frenos con ambos pies, haciendo que el coche se pare crujiendo y patinando en
la orilla encharcada. Se inclina precipitada, alocadamente, sobre el asiento de
al lado, abre de golpe la puerta del pasajero y suelta la vomitada amarillenta
sobre el barro y la nieve. El ver el vómito le hace vomitar de nuevo y el
pensar en ello le produce nuevas náuseas. El coche está a punto de calarse,
pero consigue que no suceda. La luz del generador parpadea con renuencia cuando
Chico acelera. Se queda sentado, siente los escalofríos recorriéndole. Pasa
rápido un coche. Un Ford nuevo, blanco, salpicando agua y fango.
—Stud City
—dice Chico—. En su nuevo coche potente. Fantástico.
Siente el
sabor del vómito en los labios y en la garganta y taponándole las fosas
nasales. No desea fumar un cigarrillo. Danny Carter le permitirá pasar la noche
en su casa. Mañana estará a tiempo de tomar decisiones. Vuelve hasta la 14 y
gira.
8
Bastante
melodramático, ¿no?
El mundo ha
visto una o dos historias mejores, lo sé… cien o doscientas mejores, sería más
exacto. Debería llevar en todas las páginas PRODUCTO DE TALLER PREGRADUADO DE
ESCRITURA CREATIVA, pues eso es lo que era, al menos hasta determinado punto.
Me parece lamentablemente inmaduro y flojo ahora; el estilo de Hemingway
(aparte el hecho de que, no sé por qué, toda la historia está en presente), el
tema de Faulkner. ¿Podría ser algo más serio? ¿Más literario?
Pero ni
siquiera su pretensión puede ocultar el hecho de que es un relato sumamente
sexual escrito por un joven sumamente inexperto (cuando escribí Stud City me
había acostado solo con dos chicas y en una de las dos ocasiones había
eyaculado precozmente por encima de la chica… así que no creo que tuviera mucho
que ver con el Chico del relato anterior). Su actitud hacia las mujeres supera
la hostilidad casi hasta el punto de lo desagradable: dos de las mujeres del
relato son putas y la tercera es un mero receptáculo que dice cosas como: «Te
quiero, Chico» y «Pasa y te daré pastelillos». Chico, por otro lado, es un
héroe machista de clase obrera que podría haber alentado y surgido de los
surcos de un disco de Bruce Springsteen (aunque Springsteen no era aún conocido
cuando yo publiqué ese relato en la revista literaria de la universidad, donde
aparecía entre un poema titulado «Imágenes de mí mismo» y un ensayo sobre la
vida universitaria, escrito todo en minúsculas). Es el relato de un joven
absolutamente inseguro e inexperto.
No obstante,
era la primera narración que sentía como mía (la primera que consideré
realmente completa, después de llevar intentándolo cinco años). La primera que
puede todavía sostenerse por sí misma. Desagradable pero viva. Aún cuando ahora
la leo, ahogando una sonrisa provocada por su seudodureza y sus pretensiones,
me es posible ver entre líneas la verdadera cara de Gordon Lachance, un Gordon
Lachance más joven que este que vive y escribe ahora, un Gordon Lachance sin
duda más idealista que el novelista de éxito más capaz de conseguir una
revisión de los contratos de sus libros de bolsillo, pero no tan joven como
aquel que salió aquel día con sus amigos en busca del cadáver de un chico
llamado Ray Brower. Un Gordon Lachance a medio camino de perder su brillantez.
No, no es un
buen relato: su autor estaba demasiado absorto escuchando las voces de los
demás para poder escuchar con la debida atención su propia voz interior. Pero
fue realmente la primera vez que utilizaba los lugares que conocía y mis
propios sentimientos en una narración y sentí una especie de asombroso regocijo
al ver que las cosas que durante años me habían preocupado adoptaban una forma
nueva: una forma que yo dominaba y controlaba. Habían pasado años desde que se
me había ocurrido la idea de que Denny estaba en el armario de su habitación;
yo sinceramente la había creído olvidada. Y, sin embargo, aparece en el relato,
con leves cambios… pero controlada.
He resistido
el impulso de cambiarla, de reescribirla, de revigorizarla… el impulso era
bastante fuerte, pues el relato me resulta ahora bastante embarazoso. Pero aún
me agradan cosas del mismo que sin duda habrían vulgarizado los cambios
introducidos por este Lachance de ahora, que ya ha empezado a encanecer. Cosas
como la imagen de las marcas de las vértebras en la camisa blanca de Johnny, o
la de las ondas de la lluvia sobre el cuerpo desnudo de Jane, que resultan
mejores de lo que lo son por sí mismas.
Fue también el
primer relato que nunca enseñé a mis padres. Hay en él demasiado Denny. Y
demasiado Castle Rock. Y sobre todo, demasiado mil novecientos sesenta. La
verdad siempre la identificas, porque cuando te hieres a ti mismo o a algún
otro con ella, siempre brota la sangre.
9
Mi habitación
quedaba en la segunda planta y la temperatura allá arriba debía llegar casi a
los cuarenta grados. Y después del mediodía llegaría casi a los cuarenta y
cinco, aun con todas las ventanas abiertas. Me alegró de veras pensar que no
dormiría allí aquella noche, y al recordar dónde íbamos a dormir volví a
excitarme. Enrollé dos mantas y las até con un cinturón viejo. Reuní todo el
dinero que tenía, unos sesenta y ocho centavos. Y ya estaba listo para partir.
Bajé por las
escaleras de atrás para no encontrarme a mi padre al salir, pero no había que
preocuparse por ello; seguía todavía en el huerto con la manguera formando en
el aire inútiles arcoiris y mirando a través de ellos.
Bajé la calle
Summer y atajé por un solar hasta Carbine… donde hoy están las oficinas del
Call de Castle Rock. Subía por Carbine hacia el club cuando un coche se subió
al bordillo y de él salió Chris. Llevaba en una mano su vieja mochila de boy
scout y dos mantas enrolladas y atadas con una cinta en la otra.
—Gracias,
señor —dijo y corrió a mi lado al tiempo que el coche se alejaba. La
cantimplora de boy scout le colgaba del cuello bajo el brazo y se balanceaba
junto a su cadera. Le centelleaban los ojos.
—¡Gordie!
¿Quieres ver una cosa?
—Claro,
seguro. ¿Qué?
—Ven, vamos
por aquí —señaló la estrecha calleja que quedaba entre el comedor Blue Point y
el almacén de Castle Rock.
—¿De qué se
trata, Chris?
—¡Te digo que
vengas!
Entró
corriendo en la calleja, y al poco (justo lo que tardé en desdeñar mi sentido
común) le seguí. Los dos edificios se acercaban levemente el uno hacia el otro,
en vez de correr paralelamente entre sí, así que la calleja se estrechaba a
medida que te adentrabas en ella.
Pasamos con
bastante dificultad entre montones de periódicos viejos y centelleantes cascos
rotos de cerveza y soda. Chris atajó por detrás del Blue Point y dejó el
hatillo en el suelo. Había allí unos ocho o nueve cubos de basura en fila y el
hedor era insoportable.
—¡Puaf!
¡Chris! ¡Vamos, dame un respiro!
—Dame el brazo
—dijo Chris.
—No, de veras,
voy a arr…
Me quedé mudo
y olvidé por completo los hediondos cubos de basura. Chris se había soltado la
mochila y la había abierto y revuelto en su interior. Y me mostraba ahora una
gran pistola con la, empuñadura de madera oscura.
—¿Te gustaría
ser el Llanero Solitario o Cisco Kid? —me preguntó, sonriendo.
—¡Por Cristo
bendito, Chris! ¿De dónde la has sacado?
—De la cómoda
de mi padre. Es una cuarenta y cinco.
—Sí, ya lo veo
—dije, aunque, por lo que yo sabía, tanto podía haber sido una 38 o una 357…
Pese a los muchos libros de John D. MacDonalds y Ed McBains que hubiera leído,
la única pistola que yo había visto de cerca era la que llevaba el alguacil
Bannerman; y, por mucho que los chicos le pedíamos que la sacara de la cartuchera,
nunca lo hizo—. Amigo, tu padre te va a dar una buena cuando se entere. Y
además dijiste que anda de malas.
Sus ojos
seguían bailando.
—Precisamente,
amigo. No se dará cuenta de nada, no se enterará. Él y esos otros borrachos
están en Harrison con seis u ocho botellas. Tardarán lo menos una semana en
volver. Malditos borrachos.
Arrugó los
labios; Chris era el único de la pandilla que nunca tomaba un trago, ni
siquiera para demostrar que tenía, ya sabes, huevos. Decía que no iba a ser un
maldito borracho como su viejo. Y una vez me confesó (cuando los gemelos
DeSpain aparecieron con una caja de seis cervezas que habían birlado a su viejo
y todo el mundo tomó el pelo a Chris porque no quiso beber ni siquiera un
sorbo) que le asustaba beber. Dijo que su padre estaba siempre pegado a la
botella y ya no podría librarse de ella, que su hermano mayor estaba como una
cuba cuando violó a aquella chica y que Ojo no hacía más que beber y beber con
Ace Merrill y Charlie Hogan y Billy Tessio. ¿Qué oportunidades creía yo que
tendría, me preguntó, de dejar de beber si empezaba a hacerlo? Tal vez parezca
extraño que un chico de doce años se preocupe por la posibilidad de su
incipiente alcoholismo, pero no lo era para Chris. En absoluto. Él había
considerado largamente tal posibilidad. Había tenido ocasión de pensar mucho en
ello.
—¿Te acordaste
de las municiones?
—Tengo unas
nueve o diez… todas las que quedaban en la caja. Creerá que las gastó
tirándoles a las latas cuando estaba borracho.
—¿Está
cargada?
—¡No! ¡Por
amor de Dios!, ¿pero qué es lo que crees que soy?
Al fin tomé el
arma. Me gustaba sentir su peso en la mano. Me imaginaba como Steve Carella de
la Patrulla 84 persiguiendo a un tipo o cubriendo a Meyer o a Kling mientras
irrumpían en el mugriento apartamento de un peligroso drogadicto. Apunté a uno
de los cubos de basura y apreté el gatillo.
¡BLUAM!
El arma me
rebotó en la mano. El cañón escupió fuego. Sentí como si me acabara de romper
la muñeca. Se me hizo un nudo en la garganta. Apareció un gran agujero en la
superficie metálica del cubo de basura: obra de un mago maligno, sin duda.
—¡Jesús!
—grité.
Chris se reía
sin parar como un loco (no podría decir si con ganas auténticas o por puro
histerismo).
—¡Lo hiciste!
¡Lo lograste! ¡Gordie lo hizo! —gritaba como un loco—. ¡Oh, Gordie Lachance
provoca el pánico en Castle Rock!
—¡Cierra el
pico! ¡Larguémonos de aquí, deprisa! —grité y le agarré por la camisa.
Cuando ya nos
alejábamos corriendo, la puerta trasera del Blue Point se abrió de golpe y
apareció Francine Tupper, con su uniforme blanco de camarera.
—¿Quién anda
por ahí? ¿Eh, quién anda tirando petardos por ahí?
Corrimos como
almas que lleva el diablo, cortando por detrás del almacén y la ferretería y el
Emporium Galorium, que vendía antigüedades y libros baratos y trastos viejos,
saltamos la cerca raspándonos las manos y salimos al fin a la calle Curran.
Según íbamos corriendo, le había pasado el arma a Chris, que no dejaba de
reírse como un loco, pero que agarró la pistola y de algún modo consiguió
guardarla bien en la mochila. Doblamos la esquina de la calle Curran y salimos
por detrás a Carbine, donde aminoramos la marcha para no llamar la atención.
Chris seguía riéndose.
—Amigo, tenías
que haber visto la cara que pusiste. Fue algo digno de verse, algo
absolutamente increíble. Extraordinario —movió la cabeza, se palmeó la pierna y
lanzó un alarido.
—Sabías que
estaba cargada, ¿no es cierto? ¡Eres un imbécil! ¡Ya verás en qué lío me he
metido! ¡La Tupper me vio!
—Mierda, ella
creyó que había sido un petardo. Además, la pobre no puede ver más allá de sus
narices, lo sabes perfectamente. Cree que las gafas estropearían su linda
carita —se colocó la palma en la región lumbar, se palmeó las caderas y empezó
a reírse de nuevo.
—Bueno, es
igual; fue un truco sucio, Chris. De veras.
—Vamos, Gordie
—me puso una mano en el hombro—. Te aseguro que no sabía que estaba cargada, te
lo juro; lo juro por mi madre. La saqué de la cómoda de mi padre. Y siempre la
deja descargada. Debía de estar demasiado trompa la última vez que la usó.
—¿De veras no
la cargaste tú?
—De veras.
—¿No te
importa jurar en falso por tu madre y que se vaya al infierno por tu culpa?
—Te juro que
digo la verdad —se santiguó y escupió, con expresión tan compungida e inocente
como un niñito del coro; pero cuando llegamos junto al club y vio a Vern y a
Teddy sentados en sus hatillos esperándonos, empezó otra vez a reírse y les
contó toda la historia de pe a pa; y cuando al fin todos acabaron con las
bromas, Teddy le preguntó a Chris para qué creía él que necesitábamos una
pistola.
—Para nada
—dijo Chris—. A no ser que aparezca un oso. O algo por el estilo. Bueno, y
además lo de pasar la noche en el bosque es serio.
Todos
asentimos. Chris era el mayor y el más fuerte de la pandilla y se las arreglaba
para salir siempre con razonamientos como ese. Por otro lado, Teddy se habría
cuidado muy mucho de insinuar siquiera que le daba miedo la oscuridad.
—¿Dejaste la
tienda montada en el campo detrás de tu casa? —preguntó Teddy a Vern.
—Claro. Y
coloqué dentro dos linternas encendidas para que cuando oscurezca parezca que
estamos dentro.
—¡Gran idea!
—dije, y le di una palmada en la espalda. Tratándose de él, era realmente una
idea genial. Sonrió y se sonrojó.
—Pues en
marcha —dijo Teddy—. ¡Vamos! Son ya casi las doce.
Chris se
levantó y todos le rodeamos.
—Cruzaremos el
campo de Beeman por detrás del sitio ese de accesorios de Sonny’s Texaco
—dijo—. Luego subiremos hasta las vías bajando por el basurero y cruzando el
puente en dirección a Harlow.
—¿Qué
distancia crees tú que habrá? —preguntó Teddy.
Chris se
encogió de hombros.
—Harlow es
grande. Creo que tendremos que recorrer por lo menos treinta y tantos
kilómetros. ¿Qué dices tú, Gordie?
—Bueno, puede
que sean cuarenta y tantos.
—Aunque fueran
cuarenta y tantos, tendríamos que estar allí mañana a primera hora de la tarde;
eso siempre que no haya por aquí gallinitas que se achiquen.
—Yo no veo
gallinas por aquí —se apresuró a decir Teddy.
Nos miramos un
instante.
—¡Cocorocó!
—dijo Vern, y todos nos echamos a reír.
—Pues en
marcha de una vez —dijo Chris, echándose la mochila al hombro.
Salimos del
solar del club en grupo, Chris un poco adelantado.
10
Cuando
cruzamos al fin el campo de Beeman y nos abrimos paso por el ceniciento
terraplén en dirección a las vías del ferrocarril Great Southern & Western
Maine (GS&WM), todos nos habíamos quitado las camisas y nos las habíamos
atado a la cintura. Sudábamos cómo puercos. Desde el pico del terraplén,
divisamos ya las vías hacia las que nos teníamos que dirigir.
Por muchos
años que viva, jamás olvidaré aquel momento. Yo era el único que tenía reloj:
un Timex barato que me había ganado vendiendo bálsamo Cloverine el año
anterior. Sus manecillas marcaban las doce en punto y el sol caía a plomo sobre
la tierra reseca, y sin sombras, con fuerza implacable. Sentías sus rayos
perpendiculares atravesarte el cráneo y achicharrarte el cerebro.
A nuestra
espalda quedaba Castle Rock, que se extendía sobre la gran colina conocida como
Castle View, que rodeaba sus verdes y umbríos terrenos comunales. Más a lo
lejos, río Castle abajo, podían verse las chimeneas de la fábrica textil que
escupían al cielo humo color acero y desperdicios al agua. A nuestra izquierda
quedaba el almacén de muebles y justo al frente las vías férreas, que brillaban
resplandecientes al sol. Corrían paralelas al río Castle, que quedaba a nuestra
izquierda. A la derecha había una gran extensión de maleza (donde hoy hay un
circuito de motocicletas en el que todos los domingos a las dos en punto hay
carreras). Un antiguo depósito de agua se alzaba en el horizonte, herrumbroso y
un tanto pavoroso.
Nos quedamos
allí aquel justo instante del mediodía; luego, Chris dijo impaciente:
—Vamos.
Sigamos de una vez.
Caminamos
entre las cenizas; pronto teníamos calcetines y zapatos llenos del polvo negro
que levantábamos en oleadas a cada paso. Vern empezó a cantar «Roll Me Over in
the Clover», pero enseguida se calló, lo cual fue un alivio para nuestros
oídos. Solo habían llevado cantimploras Teddy y Chris y todos las atacábamos a
cada poco.
—Podremos
volver a llenar las cantimploras en el basurero —dije—. Mi padre me indicó que
es buena agua. El pozo está a ciento noventa pies de profundidad.
—Perfecto
—dijo Chris, que era el valiente jefe del pelotón—. Allí podremos descansar un
poco, además.
—¿Y qué hay de
la comida? —preguntó súbitamente Teddy—. Seguro que a nadie se le ocurrió
traerse algo para comer. Yo desde luego no traje nada.
Chris se
detuvo.
—¡Mierda!
¡Tampoco yo! ¿Gordie?
Moví la
cabeza, preguntándome cómo podía haber sido tan estúpido.
—¿Vern?
—Nada —dijo
Vern—. Lo siento.
—Muy bien,
veamos cuánto dinero tenemos —dije.
Me desaté la
camisa que llevaba atada a la cintura, la extendí en el suelo y eché encima mis
sesenta y ocho centavos. Brillaron ardorosamente a la luz del sol. Chris tenía
un andrajoso dólar y dos centavos. Teddy tenía dos monedas de veinticinco
centavos y dos de diez. Y Vern, exactamente siete centavos.
—Dos cuarenta
y siete —dije—. No está mal. Al final de ese caminito que va al basurero hay
una tienda. Alguien tendrá que bajar hasta allí y comprar unas hamburguesas y
algunas tónicas mientras los demás descansan.
—¿Quién?
—preguntó Vern.
—Lo echaremos
a suertes cuando hagamos el alto. Vamos.
Me guardé todo
el dinero en el bolsillo del pantalón y estaba atándome otra vez la camisa a la
cintura cuando Chris vociferó:
—¡Tren!
Posé la mano
en el raíl para sentirlo, aunque ya casi podía oírlo. La vía retumbaba con
estruendo. Por un instante, fue como si tuviera el tren en la mano.
—¡Paracaidistas,
a lanzarse! —gritó Vern, y de un brinco demencial y payasesco se plantó casi en
la mitad del terraplén.
Vern se
atrevía a jugar a paracaidistas en cualquier lugar en que el terreno fuera
suave: un cascajal, un henil, un terraplén como aquel mismo. A continuación
saltó Chris. Ahora el tren se sentía verdaderamente fuerte. Lo más seguro es
que se dirigiera a Lewiston por nuestro lado del río. En vez de saltar, Teddy
avanzó en la dirección en que venía el tren: los gruesos cristales de sus gafas
brillaban al sol. Su cabello largo se agitaba alborotado en mechones empapados
de sudor sobre su frente.
—¡Eh, Teddy,
vamos! —dije.
—Oh, oh, qué
va, voy a regatearlo —me miró fijamente, con sus enormes ojos demenciales—. Voy
a regatear el tren, ¿entiendes? ¿Qué significa un camión comparado con un tren?
—Estás de
remate, amigo. ¿O es que quieres que te mate?
—¡Igual que en
la playa de Normandía! —vociferó Teddy, corriendo al centro de las vías. Se
situó en una de las traviesas manteniendo a duras penas el equilibrio.
Permanecí un
instante asustado, paralizado: no podía creer que Teddy se propusiera estupidez
semejante. Pero reaccioné enseguida, le agarré y tiré con fuerza de él, que
protestaba y se debatía; le empujé hacia el terraplén. Salté detrás; consiguió
atizarme un buen golpe cuando aún estaba en el aire. Me cortó la respiración,
aunque pude golpearle el esternón con la rodilla y aterrizar sobre su espalda
sin darle tiempo a incorporarse. Caí cuan largo era; Teddy me agarró por el
cuello; y bajamos así rodando hasta el pie del terraplén golpeándonos y
arañándonos mientras Chris y Vern nos miraban sorprendidos.
—¡Desgraciado
hijo de perra! —gritaba Teddy—. ¡Tú no mandas en mí, yo hago lo que me da la
gana! ¿Te enteras? ¡Te vas a acordar de esto, montón de mierda!
Recobré el
aliento y al fin conseguí ponerme en pie. Retrocedí, mientras Teddy avanzaba,
con las manos abiertas alzadas para parar sus golpes, entre divertido y
asustado. Teddy no era precisamente el tipo al que pudieras irle con bromas
cuando le daban aquellos ataques de furia. Una vez, se había enfrentado en
aquel estado a uno de los mayores y cuando estaba ya con los dos brazos rotos,
hizo morder el polvo al otro.
—Escucha,
Teddy, podrás hacer lo que te dé la gana en cuanto hayamos visto lo que vamos a
ver, pero…
Lanza contra
mí su puño con gran fuerza y consigo esquivarlo, golpe en el hombro,
—… hasta ese
momento, es mejor que no nos vea nadie, tú…
golpe en la
mejilla; en este punto, podríamos habernos lanzado a una pelea en serio si Vern
y Chris
—¡Majadero!
no nos
hubieran agarrado y separado.
Pasó el tren
rugiendo con su atronar de descarga de diesel y el pesado traqueteo de las
ruedas de la locomotora. Cayeron por el terraplén trozos de escoria y la
discusión terminó… al menos hasta que pudiéramos volver a oírnos.
Solo era un
tren de carga; cuando pasó el vagón de cola, Teddy dijo:
—Voy a
matarle. Voy a romperle los morros.
Se debatió
para zafarse de Chris, pero este le sujetó con más fuerza.
—Teddy, por
favor, cálmate —le decía Chris en tono sereno; y se lo siguió diciendo hasta
que Teddy dejó de debatirse y se tranquilizó; tenía las gafas torcidas y el
cordón del aparato del oído le colgaba fláccido sobre el pecho, enganchado a la
batería que se había guardado en el bolsillo de los pantalones.
Cuando al fin
parecía completamente calmado, Chris se volvió y me preguntó:
—¿Qué diablos
ha pasado, Gordon?
—Quería
ponerse a regatear el tren. Y pensé que si lo hacía el maquinista le vería y
lógicamente informaría de ello. Y mandarían un policía en nuestra busca.
—Oooh, estará
demasiado ocupado manchándose los calzoncillos de chocolate —dijo Teddy; ya no
estaba enfadado. Había pasado la tormenta.
—Gordie solo
intentaba hacer lo correcto, Teddy —dijo Vern—. Vamos, haced las paces.
—Haced las
paces —insistió también Chris.
—Bueno, está
bien —dije; y tendí la mano con la palma hacia arriba—. ¿Amigos, Teddy?
—Lo habría
hecho, habría conseguido regatearle; tú sabes muy bien que podía haberlo hecho,
Gordie —me dijo.
—Sí —le
contesté, aunque solo de pensarlo me estremecía—. Lo sé.
—Muy bien,
entonces amigos…
—Chócala de
una vez, amigo —ordenó Chris, soltando al fin a Teddy.
Teddy me dio
una palmada en la mano lo bastante fuerte como para hacerme daño y me ofreció
luego la suya. Le di también una palmada.
—Maldito
gallina Lachance —dijo Teddy.
—¡Cocorocó!
—añadí yo.
—Venga,
chicos, vámonos ya, ¿no?
—Vámonos a
donde sea, pero no sigamos aquí —dijo Chris solemnemente, y Vern se volvió como
si fuera a pegarle.
11
Hacia la una y
media llegamos al basurero. Vern abrió la marcha con su «¡Paracaidistas,
abajo!» y llegamos al fin con grandes brincos; saltamos el nauseabundo regato
que rezumaba de la alcantarilla que salía de entre la escoria. Un poco más
adelante de esta zona cenagosa se encontraba la zona arenosa y llena de
desperdicios que lindaba con el basurero propiamente dicho.
Lo rodeaba una
valla de unos dos metros todo alrededor. Cada cinco o seis metros había
letreros, descoloridos por el tiempo, en los que podía leerse:
BASURERO DE
CASTLE ROCK
HORARIO: 4-8
TARDE
CERRADO LOS
LUNES
PROHIBIDO EL
PASO
Subimos la
valla, pasamos por encima y saltamos al otro lado. Teddy y Vern se encaminaron
hacia el pozo que se accionaba con una de esas anticuadas bombas a las que hay
que dar con ahínco para conseguir que el agua salga al fin. Había junto a la
misma una lata llena de agua; y había que acordarse de dejarla llena para la
siguiente persona que pasara. El mango de hierro de la bomba se proyectaba en
un ángulo que semejaba un pájaro de una sola ala a punto de alzar el vuelo.
Había sido verde en tiempos, pero los miles de manos que lo habían asido desde mil
novecientos cuarenta apenas habían dejado rastro de pintura.
El basurero es
uno de mis recuerdos más intensos de Castle Rock. Cuando pienso en él, recuerdo
siempre a los pintores surrealistas, esos tipos que pintaban fláccidas esferas
de reloj colgando de horcaduras de árboles o salas de casas victorianas en el
centro del Sahara o locomotoras de vapor saliendo de chimeneas. Para mis ojos
infantiles, cuanto veía en el basurero de Castle Rock estaba allí fuera de
lugar.
Entramos por
la parte posterior. Llegando por el frente, había un amplio camino sucio y
polvoriento que cruzaba la puerta y que terminaba en una amplia zona
semicircular que habían dejado tan llana como una pista de aterrizaje y que
quedaba cortada abruptamente al borde de la zanja de descarga. La bomba (junto
a la cual estaban ya Vern y Teddy, discutiendo quién bebía primero) quedaba
detrás de esta gran zanja. Tendría unos veinte metros de profundidad y estaba
llena de todo tipo de objetos vacíos, viejos o averiados. Había tal cantidad de
cosas que solo verlo hacía daño a la vista… o tal vez a lo que hacía daño en
realidad fuera al cerebro, porque no acababas de decidir en cuál de ellos posar
la mirada. Luego tu mirada se detenía, o quedaba apresada, en algo que
resultaba tan fuera de lugar como las esferas de reloj o los salones
victorianos en el desierto. La armadura de latón de una cama inclinándose ebria
al sol. Una muñeca contemplando sorprendida sus muslos mientras alumbraba su
propio relleno. Un automóvil volcado con el morro de cromo brillando al sol
apuntando como un cohete tipo Buck Rogers. Un garrafón de agua de los que usan
en las oficinas, transformado por gracia del sol estival en un ardiente y
deslumbrante zafiro.
Y también
había allí abundante vida salvaje: aunque no precisamente del tipo de la que
puedes ver en las películas de Walt Disney ni en los zoos domésticos en que
puedes acariciar a los animales. Ratas rollizas, marmotas robustas alimentadas
a base de exquisiteces como hamburguesas podridas y verduras agusanadas; gaviotas
a millares, y, entre ellas, acechando como atentos ministros introspectivos,
algún que otro gran cuervo. Allí acudían también los perros vagabundos cuando
no encontraban cubos de basura que volcar ni venados que perseguir; eran perros
cruzados, miserables y de mal genio; solían atacarse entre sí ferozmente
disputándose un trozo podrido de salchichón o menudillos de pollo que
fermentaban al sol.
Pero estos
perros no atacaban nunca a Milo Pressman, el encargado del basurero, porque
Milo llevaba siempre a Chopper pegado a los talones. Y Chopper era (al menos
hasta que Cujo, el perro de Joe Camber, cogiera la rabia veinte años más tarde)
el perro más temido e incomprendido de Castle Rock. Era el más fiero en sesenta
kilómetros a la redonda y tan feo como para parar un reloj de campana. Los
chicos contaban leyendas sobre su maldad y fiereza. Algunos decían que era
medio pastor alemán, otros que era prácticamente bóxer y un chico de Castle
View proclamaba que Chopper era un Doberman al que habían extirpado quirúrgicamente
las cuerdas vocales para que no le oyeran cuando se disponía a atacar. Y había
también quienes decían que era un borzoi o galgo ruso chiflado, y que Milo
Pressman le alimentaba con una mezcla especial de sangre de pollo y otras cosas
raras. Los mismos chicos decían que Milo no se atrevía a sacar a Chopper de su
caseta sin llevarlo encaperuzado como un halcón de caza.
Una de las
historias más repetidas sobre el perro era que Milo no le había entrenado solo
para atacar, sino para atacar partes específicas y concretas de la anatomía
humana. Así que el desdichado chaval que saltara ilegalmente la valla del
basurero para buscar tesoros ilícitos, podía oír a Milo Pressman gritar:
«¡Chopper! ¡Ataca! ¡Mano!». Y Chopper agarraría aquella mano y la sujetaría
rasgando piel y tendones, pulverizando huesos entre sus babeantes quijadas
hasta que Milo le diera la orden de parar. Se rumoreaba que Chopper podía
arrancar una oreja, un ojo, un pie o una pierna… y que quien repitiera el
delito y por segunda vez fuera sorprendido por Milo y su siempre fiel Chopper,
oiría el terrible grito: «¡Chopper! ¡Ataca! ¡Huevos!». Y aquel chaval sería
soprano el resto de su existencia. Se le consideraba al propio Milo más normal
y corriente. No era más que un infeliz trabajador medio tonto que complementaba
su pequeño salario municipal arreglando cosas que la gente desechaba y
vendiéndolas luego.
Aquel día no
había por allí rastro de Milo ni de Chopper.
Chris y yo
contemplamos a Vern preparando la bomba mientras Teddy accionaba frenético el
manubrio. Al final fue recompensado con un chorro de agua clara. Al instante,
ambos tenían la cabeza bajo el conducto, mientras Teddy seguía bombeando a toda
pastilla.
—Teddy está
loco —dije suavemente.
—Desde luego
—respondió Chris con toda naturalidad—. No vivirá para cumplir el doble de los
años que tiene ahora, estoy seguro. Creo que es por lo de las orejas. Solo un
loco haría lo de regatear camiones como lo hace él. Y tanto con gafas como sin
ellas, no ve cuatro en un burro.
—¿Te acuerdas
de aquella vez en el árbol?
—Claro.
El año
anterior, Teddy y Chris habían estado gateando el gran pino que había detrás de
mi casa. Habían llegado casi al pico cuando Chris dijo que no podían seguir
subiendo porque todas las ramas más altas estaban podridas. Teddy puso entonces
aquel gesto demencial y obstinado y dijo que a la porra, que tenía todas las
manos llenas de resina y que seguiría subiendo. De nada sirvieron las protestas
de Chris. Así que allá se fue y realmente lo consiguió; claro que no pesaba más
de unos treinta kilos. Y se quedó allí agarrando el pico del pino con una mano
enresinada y gritando que era el rey del universo o cualquier otra memez por el
estilo. Luego, la rama en que se apoyaba se quebró con un crac y él cayó a
plomo. Lo que ocurrió en los segundos siguientes es una de esas cosas que te
convencen de que tiene que haber Dios. Chris estiró la mano, por puro acto
reflejo, y se encontró agarrando con fuerza un puñado de pelo de Teddy Duchamp.
Se le hinchó la muñeca y no pudo volver a utilizar bien la mano derecha hasta
pasadas dos semanas, pero aguantó a Teddy hasta que este, maldiciendo y
gritando, apoyó los pies en una rama firme y sana que aguantó su peso. De no
haber sido por Chris, habría caído en picado hasta el suelo, a unos cuatro
metros. Una vez ambos en tierra, Chris, lívido, se sintió medio mareado y con
ganas de vomitar por el susto. Y Teddy quería pelearse con él porque le había
tirado del pelo. Y seguro que se hubieran pegado si yo no hubiera estado allí
para evitar que sucediera.
—Aún sueño con
aquello de vez en cuando —dijo Chris, y me miró con ojos extrañamente
desvalidos—. Solo que en los sueños nunca consigo sujetarle. Agarro solo dos
cabellos y Teddy grita y allá se va. Extraño, ¿verdad?
—Sí —admití.
Y por un
instante, nos miramos directamente a los ojos y vimos algunas de las cosas
verdaderas que nos hacían ser amigos. Luego, ambos desviamos la mirada y
miramos a Teddy y a Vern que se estaban tirando agua, gritando y riéndose y
llamándose gallinas.
—Sí, pero le
sujetaste —dije—. Chris Chambers nunca falla, ¿no es cierto?
—Ni siquiera
cuando las damas dejan bajada la parte de abajo de la tapa —dijo.
Me hizo un
guiño, formó una O con el pulgar y el Índice y lanzó un escupitajo blanco a su
través.
—Eres único,
Chambers —dije.
—Y que lo
digas, Gordie —dijo, y ambos nos echamos a reír.
Vern gritó:
—¡Venid ya de
una vez antes de que el agua se derrame!
—Te echo una
carrera —dijo Chris.
—¿Con este
calor? Tú no estás bien.
—Vamos
—insistió, riéndose todavía—. Venga.
—De acuerdo.
—¡Ya!
Echamos a
correr, pisando con fuerza el duro y seco suelo requemado por el sol, los
torsos adelantados sobre nuestras veloces piernas, los puños cerrados. Llegamos
a la vez, Vern junto a Chris y Teddy junto a mí, alzando al tiempo la mano en
señal de victoria. Nos echamos a reír en el quieto hedor humoso del lugar, y
Chris tiró la cantimplora a Vern. Una vez llena, Chris y yo nos acercamos a la
bomba y primero bombeó él para mí y luego yo para él; él agua,
sorprendentemente fría, borró de golpe hollín y calor, trasladándonos al helado
y crudo enero. Volví a llenar luego la lata y volvimos a sentarnos a la sombra
del único árbol que había en el recinto del basurero, un fresno enano a escasa
distancia de la caseta de papel alquitranado de Milo Pressman. El fresno se
inclinaba levemente hacia el oeste, como si deseara alzar las raíces como alza
una anciana las sayas y alejarse a toda prisa del basurero.
—¡Extraordinario!
—dijo Chris, riéndose aún y retirándose el pelo revuelto de la frente.
—¡Increíble!
—dije yo, asintiendo y riéndome también.
—Todo esto es
estupendo —dijo Vern.
Y no se
refería solo a que estuviéramos tan tranquilos en el basurero, ni a que
hubiéramos engañado a nuestros padres, ni a nuestra proyectada caminata por las
vías hacia Harlow; se refería a todo ello, por supuesto, pero yo percibí que
había algo más y que todos lo sabíamos. Todo estaba allí y en torno nuestro.
Sabíamos exactamente quiénes éramos y a dónde íbamos. Era grandioso.
Permanecimos
sentados bajo el fresno un rato, hablando de los temas habituales: quién tenía
el mejor equipo (todavía los Yankees, con Mantle y Maris, por supuesto), cuál
era el mejor coche (el Thunderbird del cincuenta y cinco, aunque Teddy votaba
tercamente por el Corvette del cincuenta y ocho), quién era el tipo más
valiente de Castle Rock que no perteneciera a nuestra pandilla (todos estábamos
de acuerdo en que Jamie Gallant, que dio un corte de manga a la señorita Ewing
y salió tranquilamente de la clase con las manos en los bolsillos mientras ella
le gritaba), el mejor programa de la tele (si Los Intocables o Peter Gunn;
ambos excelentes, con Robert Stack como Eliot Ness y Craig Stevens como Gunn);
bueno, toda esa cháchara.
Teddy fue el
primero en advertir que la sombra del árbol se iba alargando y me preguntó la
hora. Miré el reloj y me sorprendió ver que eran ya las dos y cuarto.
—Bueno, chicos
—dijo Vern—. Alguien tendrá que ir a buscar provisiones. El basurero abre a las
cuatro. Y, no es por nada, pero no me gustaría estar aquí cuando aparezcan Milo
y Chopper.
Hasta Teddy
estaba de acuerdo en esto. No es que temiera a Milo, que era barrigudo y tenía
por lo menos cuarenta años; pero todos los chicos de Castle Rock se arrugaban
nada más oír el nombre de Chopper.
—Muy bien
—dije—. Irá el que saque distinto.
—Seguro que te
toca a ti, Gordie —dijo Chris—. Que eres el más raro.
—Vete a la
mierda —dije, y entregué una moneda a cada uno—. Venga, tiremos.
Las cuatro
monedas brillaron al sol en el aire. Cuatro manos las arrebataron al vuelo.
Cuatro golpes secos sobre cuatro sucias muñecas. Abrimos los puños. Dos caras y
dos cruces. Tiramos de nuevo y sacamos cruz los cuatro.
—¡Oh Dios! Mal
asunto —dijo Vern, sin decirnos nada que no supiéramos. Se creía que cuatro
caras traía muy buena suerte. Y que cuatro cruces significaban desastre.
—Déjate de
pijadas —dijo Chris—. Eso no significa nada. Volvamos a tirar.
—No, amigo
—dijo Vern, nervioso—. Sabes muy bien que cuatro cruces traen mala suerte.
¿Recuerdas lo que les pasó a Clint Bracken y a los otros en Sirois Hill, en Durham?
Billy me contó que estuvieron echando a suertes quién iba a por cervezas y les
salió todo cruces; justo antes de subirse al coche. Y luego, ¡bang! Quedaron
hechos mierda. No me gusta nada. En serio.
—Nadie se
traga esas tonterías sobre buena y mala suerte —dijo Teddy con impaciencia—.
Son bobadas de críos, Vern. ¿Quieres lanzar, o no?
Vern lanzó,
aunque de bastante mala gana. Esta vez él, Chris y Teddy sacaron cruces. Mi
moneda mostraba a Thomas Jefferson. Sentí un súbito temor. Como si un nubarrón
hubiera cubierto algún sol interior. Al parecer, sobre ellos tres seguía
pesando la mala suerte, como si, en silencio, el destino les hubiera señalado
por segunda vez. Recordé de repente las palabras de Chris: Agarro solo dos
cabellos de Teddy en la mano y él grita y allá se va. Extraño, ¿verdad?
Tres cruces.
Una cara.
Y acto seguido
Teddy estaba soltando su risa cloqueante y demencial y apuntándome y mi
aprensión se esfumó.
—Tengo
entendido que solo los maricas se ríen de ese modo —dije y le hice un corte de
manga.
—Iiiii, iiiii,
iiiii, te fastidias, Gordie —se reía Teddy sin parar—. A por provisiones,
jodido hermafrodita.
La verdad es
que no me molestaba tener que ir. Había descansado y no me importaba recorrer
el camino hasta la tienda.
—No me
dediques los nombres cariñosos de tu madre —le dije a Teddy.
—Iiiii, iiii,
iiii, pero qué tonto eres, Lachance.
—Anda, Gordie
—dijo Chris—. Te esperamos junto a la vía.
—Más valdrá
que no os vayáis sin mí —dije.
Vern se echó a
reír.
—¡Cómo íbamos
a dejar sola a la más guapa, Gordie!
—Anda, cierra
el pico.
Todos cantaron
entonces a coro:
—No cierro el
pico, ni me achico; pero si te miro, vomito.
—¡Y luego
llega vuestra mami amada, a limpiar con la lengua la vomitada! —dije, y salí
pitando, alzando hacia ellos por encima del hombro el dedo corazón.
No he vuelto a
tener amigos como aquellos que tenía a los doce años, de veras. ¿Y tú?
12
Una misma
palabra evoca cosas distintas a cada individuo. Si yo digo, por ejemplo,
verano, la palabra te sugerirá una serie de imágenes distintas a las que la
misma palabra provoca en mí. Está bien. Para mí, verano irá siempre ligado al
camino hacia el Florida Market con la calderilla tintineando en el bolsillo, a
unos treinta y tantos grados de temperatura, con zapatos de lona. La palabra
conjura una imagen de las vías del ferrocarril GS&WM perdiéndose a lo
lejos, tan ardientes y blanquecinas bajo el sol que cuando cerrabas los ojos
las seguías viendo, solo que azules en vez de blancas. Hubo más cosas aquel
verano que nuestro viaje a través del río en busca de Ray Brower, aunque eso es
lo más relevante. Los
Fleetwoods cantando «Come Softly to Me» y Robin Luke atacando «Susie Darlin» y
Little Anthony vociferando «I Ran All the Way Home». ¿Fueron
todos ellos éxitos de aquel verano de mil novecientos sesenta? Sí y no. En su
mayor parte, sí. En aquellos largos atardeceres púrpura de béisbol y rock and
roll, el tiempo cambió. Creo que fue todo mil novecientos sesenta y que aquel
verano se prolongó por espacio de años, conservándose mágicamente intacto en un
entramado de sonidos: el dulce zumbido de los grillos, el ruido de
ametralladora de los naipes que traqueteaban contra los radios de las bicis de
algunos chicos que pedaleaban rumbo a casa para una tardía cena de fiambre y té
helado, la monótona voz lejana de Buddy Knox cantando «Acompáñame, sé mi pareja
y te haré el amor, te haré el amor», y la voz del cronista deportivo
mezclándose con la canción y con el olor a yerba recién cortada: «Tres dos en
estos momentos. Whitey Ford se inclina hacia delante… se lanza… ahora lo
consigue… Ford se detiene… tira… ¡y allá va! ¡Williams lo ha conseguido otra
vez! ¡Despídete! ¡RED SOX A LA CABEZA, TRES A UNO!». ¿Jugaba todavía con los
Red Sox Ted Williams en mil novecientos sesenta? Puedes apostar lo que quieras
a que sí. Era mi favorito. Lo recuerdo muy bien. Hacía un par de años que había
empezado a interesarme por el béisbol realmente, desde que tuve que afrontar la
idea de que los jugadores de béisbol eran personas de carne y hueso como yo
mismo. Lo supe cuando el coche de Roy Campanella volcó y los periódicos
publicaron la cruda realidad a los cuatro vientos: había concluido su carrera,
permanecería en una silla de ruedas el resto de su vida. Volví a recordarlo,
con la misma sensación angustiosa, cuando me senté ante esta máquina de
escribir una mañana hace dos años, puse la radio y oí que Thurman Munson había muerto
cuando intentaba tomar tierra en su aeroplano.
Hubo también
aquel verano películas que fuimos a ver al Gem, hace muchísimo ya demolido;
películas de ciencia ficción como Gog, con Richard Egan, y del Oeste, con Audie
Murphy (Teddy vio todas las películas que hizo Audie Murphy por lo menos tres
veces; para él, Murphy era casi un dios) y películas de guerra, con John Wayne.
Y hubo también partidos y comidas interminables, pradillos que segar, lugares a
donde ir, paredes contra las cuales lanzar monedas, gente que te palmeaba la
espalda. Y ahora me siento aquí intentando mirar a través del teclado de una
IBM y ver de nuevo aquella época, intentando recordar todo lo bueno y lo malo
de aquel verano verde y pardo y casi puedo sentir aún a aquel chico flaco y mentiroso
en el interior de este cuerpo maduro y oír todavía aquellos mismos sonidos.
Pero la apoteosis del recuerdo y la época es Gordon Lachance corriendo por el
camino a buscar provisiones con la calderilla en el bolsillo y la espalda
chorreándole sudor.
Pedí kilo y
medio de carne picada y unos bollos para las hamburguesas, cuatro botellas de
soda y un abridor de dos centavos para abrirlas. El propietario, un individuo
llamado George Dusset, preparó la carne y se inclinó luego junto a la caja
registradora con una mano rolliza apoyada en el mostrador junto al gran frasco
de huevos duros, un palillo en la boca y su gran vientre de cerveza hinchando
su blanca camisa de manga corta como vela hinchada por un gran viento. Se quedó
allí sin moverse mientras yo compraba para asegurarse de que no intentaba
birlar nada. No abrió la boca hasta que estaba ya pesando la carne picada.
—Te conozco.
Eres hermano de Denny Lachance. ¿Verdad?
El palillo
pasaba de una de las comisuras de sus labios a la otra como impulsado por un
resorte. Se estiró tras la caja registradora, agarró una botella de soda y la
agitó.
—Sí, señor,
pero Denny…
—Sí, ya lo sé.
Es triste, muchacho. La Biblia dice: «En mitad de la vida nos topamos con la
muerte». ¿Lo sabías? Sí. Yo perdí un hermano en Corea. Te pareces muchísimo a
Denny, ¿te lo dice siempre la gente? ¿Eh?
—Sí señor, a
veces.
—Recuerdo el
año en que fue de los mejores del fútbol. Jugaba de medio. ¿Eh? Podía correr.
¡Dios santo y su santo hijito! Seguramente eres demasiado joven para recordarlo.
Mientras
hablaba, miraba por encima de mi cabeza a través de la contrapuerta hacia la
calle ardiente y soleada, como si contemplara una bella visión de mi hermano.
—Sí que me
acuerdo. Eh, señor Dusset.
—¿Sí,
muchacho? —sus ojos seguían empañados por el recuerdo; el palillo temblaba
levemente entre sus labios.
—Tiene usted
el pulgar en la balanza.
—¿Qué? —bajó
la vista, asombrado, hasta el punto en que su pulgar presionaba con firmeza el
esmalte blanco. Si no me hubiera apartado un poco de él cuando empezó a hablar
de Dennis, la carne picada me hubiera impedido verlo—. Oh, es verdad. Vamos,
creo que me distraje pensando en tu hermano, Dios le tenga en su gloria.
George Dusset
se santiguó. Cuando retiró el dedo de la balanza, la aguja retrocedió ciento
cincuenta gramos. Colocó un poquito más de carne sobre la que ya estaba en el
peso, y luego la envolvió con papel de carnicería.
—Muy bien
—dijo, a través del palillo—. Veamos lo que hay aquí. Kilo y cuarto de carne
picada, un dólar cuarenta y cuatro. Panecillos, veintisiete. Cuatro sodas,
cuarenta centavos. Un abridor, dos centavos. Total… —lo sumó todo en la bolsa
en la que iba a colocar la compra—. Dos dólares veintinueve centavos.
—Trece —dije.
Alzó muy
despacio la vista hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Cómo?
—Dos dólares
trece centavos. Se ha equivocado en la suma.
—Oye, chaval,
acaso eres…
—Se ha
equivocado al sumar —dije—. Primero, puso usted el dedo en la balanza y luego
me cobra de más por la compra, señor Dusset. Necesitaba algo más, pero creo que
ya no lo compraré —tiré dos dólares trece centavos en el mostrador delante de
él.
Se quedó
mirando el dinero; luego me miró a mí. Su ceño era ahora mucho más marcado, las
arrugas de su rostro tan profundas como fisuras.
—¡Pero qué es
lo que eres tú, chaval! —dijo, en voz baja, en un tono siniestramente
confidencial—. Te crees muy listo, ¿eh?
—No, señor
—dije—. Pero no va a engañarme y quedarse tan tranquilo. ¿Qué cree usted que
diría su madre si se enterara de que se dedica a engañar a los niños pequeños?
Metió todo lo
que había comprado en la bolsa a trompicones, sin preocuparse de si las
botellas de Coca-Cola entrechocaban o no. Y me entregó furioso la bolsa sin
preocuparse de si se me caía y se me rompían las botellas de soda o no. Su
atezado rostro estaba rojo y embotado, su expresión ceñuda parecía ya algo
permanente en él.
—Muy bien,
chaval. Hemos terminado. Ahora lárgate de mi tienda como un tiro. Si vuelvo a
verte por aquí, te echaré a patadas. ¿Oíste? Sabihondo hijoputa.
—Tranquilo, no
pienso volver —dije, dirigiéndome hacia la puerta y abriéndola de golpe. Fuera,
la tarde tórrida susurraba soñolienta marcando su ritmo establecido, que sonaba
a verde y dorado y a luz silenciosa—. Y tampoco vendrá ninguno de mis amigos. Y
debo tener unos cincuenta o así.
—¡Tu hermano
no se creía tan sabihondo! —vociferó George Dusset.
—¡Váyase a la
mierda! —grité yo y salí disparado.
Oí la puerta
abriéndose de golpe y su mugido siguiéndome:
—¡Si vuelves a
aparecer por aquí, te rompo los morros, enano miserable!
Corrí sin
parar hasta coronar la primera loma, asustado y riéndome para mis adentros, el
corazón golpeteándome enloquecido en el pecho. Aminoré entonces la marcha
mirando hacia atrás por encima del hombro de vez en cuando por si acaso se le
había ocurrido seguirme en el coche o algo por el estilo.
No lo hizo, y
al poco rato llegué a la puerta del basurero. Guardé la bolsa con la compra
dentro de la camisa, escalé la puerta y salté al otro lado. Había cruzado
aproximadamente la mitad del recinto del basurero cuando vi algo que no me
gustó: el Buick del cincuenta y seis de Milo Pressman aparcado detrás de su
cabaña. Si Milo me veía no iba a pasarlo lo que se dice bien. Aunque no se advertía
rastro de él ni de Chopper por parte alguna, de repente me pareció que la valla
metálica del fondo del basurero estaba lejísimos. Empecé a pensar que más me
habría valido dar la vuelta por fuera, pero ahora la entrada también me quedaba
lejos para salir por donde había entrado. Si Milo me veía saltando la valla,
tendría problemas cuando volviera a casa, pero eso me preocupaba menos que la
posibilidad de que me echara el perro.
Una alarmante
música de violín empezó a resonar en mi cabeza. Seguí caminando con decisión,
procurando adoptar un aire natural, intentando dar la impresión de que era
normalísimo que estuviera allí con la bolsa de la tienda asomándose fuera de mi
camisa y encaminándome a la valla que separaba el basurero de la vía.
Estaría a unos
quince metros de la valla y ya empezaba a creer que después de todo no iba a
pasar absolutamente nada, cuando oí a Milo que gritaba:
—¡Eh, eh, tú,
chaval! ¡No te acerques a la valla! ¡Sal inmediatamente de aquí!
Lo más
razonable habría sido darle la razón, volverme y salir de allí, pero yo ya
estaba tan nervioso que, en vez de hacer lo más sensato, corrí hacia la valla
con un grito enloquecido. Vern, Teddy y Chris salieron de entre la maleza y se
quedaron mirándome nerviosísimos a través de la alambrada.
—¡Vuelve aquí
ahora mismo! —vociferaba Milo—. ¡Vuelve de inmediato o te echo el perro,
maldita sea!
No me pareció
que aquella fuera precisamente la voz de la cordura y la sensatez, así que
corrí aún más deprisa hacia la valla, agitando los brazos, mientras la bolsa de
la compra me golpeteaba el pecho. Teddy empezó a soltar su risilla cloqueante,
iii-iii-iii, que más bien parecía un instrumento de viento tocado por un
lunático.
—¡Vamos,
Gordie, vamos! —gritaba Vern.
Y Milo
vociferaba:
—¡Atácale,
Chopper, a él, Chopper!
Lancé por
encima de la valla la bolsa con las viandas y Vern dio un empujón con el codo a
Teddy para recogerla. Podía oír a mi espalda a Chopper avanzando, haciendo
temblar la tierra, echando fuego por una de sus fosas nasales y hielo por la
otra, rezumando sulfuro de sus impacientes quijadas. Llegué casi a la mitad de
la valla de un salto, gritando. La coroné en menos de tres segundos y
sencillamente salté: no pensé en lo que hacía, ni siquiera miré abajo para ver
dónde iba a aterrizar. Y casi aterrizo sobre Teddy, que tampoco me veía porque
estaba doblado riéndose como un loco. Se le habían caído las gafas y le
lloraban los ojos… No caí sobre él por milímetros y aterricé en el terraplén de
grava y arcilla a su izquierda. En el justo momento en que yo aterrizaba del
otro lado de la valla, Chopper se daba contra ella desde el interior, y lanzaba
un alarido de dolor y disgusto. Me volví, con la piel de una rodilla levantada
y vi por primera vez al famoso Chopper y comprendí por vez primera la
diferencia entre mito y realidad. En vez de un monstruo gigantesco con
furibundos ojos enrojecidos y los dientes saliendo de su boca como tubos de
escape de un coche de carreras, me encontré frente a un perro mestizo de tamaño
medio absolutamente vulgar, blanco y negro, que ladraba y saltaba contra la
valla alzándose sobre las patas traseras para agarrarse a la misma.
Teddy daba
brincos frente a él del otro lado de la valla, jugueteando con las gafas en la
mano y enfureciéndole aún más.
—¡Anda,
Choppie, guapo, come mierda! —invitaba Teddy, escupiéndole—. ¡Toma, Choppie,
toma, come mierda!
Y acercaba el
trasero hasta pegarlo bien a la valla y el pobre Chopper intentaba alcanzarle,
sin conseguir más que darse buenos golpes en los morros. Empezó a aullar
enloquecido echando espuma por la boca. Teddy seguía acercando las nalgas a la
valla y Chopper seguía arremetiendo contra ella, fallando siempre,
despellejándose el hocico, que había empezado ya a sangrarle. Teddy seguía
exhortándole, llamándole Choppie y Chris y Vern estaban en el suelo y se reían
tanto que ya apenas podían más que jadear.
Y llegó hasta
la valla Milo Pressman, vestido con su mono manchado de sudor y la gorra de
béisbol de los Gigantes de Nueva York y la boca crispada por la furia.
—Vamos, vamos
—vociferaba—. ¡Ya está bien, muchachos, dejad de molestar a mi perro! ¿Me oís?
Parad ya de una vez.
—¡Muerde,
Choppie! —gritaba Teddy, corriendo arriba y abajo de nuestro lado de la valla
como un prusiano loco pasando revista a sus tropas—. ¡Anda, atácame! ¡Atácame!
Chopper estaba
absolutamente enloquecido. De verdad. Corría formando un amplio círculo,
ladrando y aullando y espumarajeando, levantando pequeños terrones secos con
las patas traseras. Dio la vuelta unas tres veces, supongo que haciendo acopio
de valor, y luego se lanzó contra la valla de seguridad. Debía ir a unos ciento
cincuenta kilómetros hora cuando se dio contra ella, no es broma, tenía los
labios perrunos abiertos, con los dientes al descubierto, y las orejas le flotaban
hacia atrás. Toda la valla produjo un sordo sonido musical cuando el alambre no
solo fue empujado hacia atrás contra los postes, sino estirado hacia atrás. Fue
como una nota de cítara: yimmmmmmmm. Chopper emitió un alarido estrangulado,
puso los ojos en blanco, hizo un tonel rápido invertido absolutamente
sorprendente, aterrizando de espaldas con un golpe seco que alzó polvo a su
alrededor. Se quedó un instante allí tirado y luego se arrastró con la lengua
colgando a un lado de la boca.
En este punto,
el propio Milo estaba ya prácticamente enloquecido por la furia. Su tez había
adquirido un tono ciruela alarmante: hasta el cuero cabelludo se le había
sonrojado bajo su pelo erizado. Sentado en el suelo, aturdido, con las dos
rodilleras de los pantalones rotas, el corazón trompeteándome aún en el pecho
tras el salto, vi a Milo. Parecía como la versión humana de Chopper.
—¡A ti te
conozco! —bramó Milo—. ¡Eres Teddy Duchamp! ¡Os conozco a todos! ¡Hijo, te juro
que me las pagarás por asustar a mi perro de esa forma!
—Me gustaría
verlo —bramó Teddy a su vez—. ¡Anda, salta la valla y demuéstramelo, bola de
sebo!
—¿CÓMO? ¿QUÉ
ES LO QUE ME HAS LLAMADO?
—¡Bola de
sebo! —gritó Teddy encantado—. ¡CUBO DE MANTECA! ¡Anda, anda, decídete!
—saltaba con los puños apretados y el sudor chorreándole por la cara—.
¡APRENDERÁS A ECHARLE TU MALDITO PERRO A LA GENTE! ¡ANDA! ¡ÁNIMO! ¡ME GUSTARÁ
VER CÓMO LO INTENTAS!
—Maldita sea,
¡el cretino este, hijo de un loco desgraciado y miserable! Ya me encargaré yo
de que tu madre reciba una invitación para presentarse a declarar por lo que le
has hecho a mi pobre perro.
—¿Cómo has
dicho? —preguntó Teddy con aspereza.
Había dejado
de saltar. Tenía los ojos vidriosos y muy abiertos y la cara color plomizo.
Milo le había
dicho muchas cosas a Teddy, que fue perfectamente capaz de repasarlas y elegir
entre todas, sin problema, precisamente aquella que le afectaba; desde entonces
he observado muchísimas veces esto, la habilidad de la gente para eso… para
encontrar el botón LOCO, pulsarlo, y no solo pulsarlo, sino matraquearlo
incesantemente.
—Tu papá
estaba loco —dijo, riéndose—. Y por eso está en Togus. Más loco que un rebaño,
peor que un cencerro, peor que un gato de rabo largo en un cuarto lleno de
mecedoras. Completamente loco. No es raro que hagas tú lo que haces teniendo un
loco por pad…
—¡Tu madre
comía ratas muertas! —gritó Teddy—. ¡Y si vuelves a llamar loco a mi padre, te
juro que te mataré, maldito chupapollas!
—¡Loco! —dijo
Milo, muy ufano. Había encontrado la clave—. Tu padre es un loco. Tu padre está
completamente abarrenado, como un cencerro, chaval.
Vern y Chris
habían empezado a dominar su ataque de risa, tal vez al advertir la gravedad de
la situación, y llamaron a Teddy; pero cuando Teddy le dijo a Milo que su madre
comía ratas muertas, volvió su ataque de risa histérica y siguieron allí
desternillándose, pataleando y sujetándose el estómago con las manos.
—No sigas, por
favor —suplicaba Chris—. Por favor, no sigas. ¡No puedo soportarlo, voy a
reventar!
Chopper daba
vueltas aturdido describiendo un gran ocho detrás de Milo. Parecía el luchador
que ha perdido la pelea unos diez segundos después de que el árbitro declare
ganador al contrario por nocaut técnico. Teddy y Milo proseguían, entretanto,
su discusión sobre el padre de Teddy, nariz contra nariz, separados por aquella
alambrada que Milo no podía saltar por ser demasiado viejo y demasiado gordo.
—¡No vuelvas a
nombrar a mi padre, ni una palabra más! ¡Mi padre tomó la playa de Normandía,
maldito imbécil!
—¿Ah, sí? ¡No
me digas! ¿Y dónde está ahora, enano cuatroojos? Allá en Togus, ¿no es cierto?
¡Y está en Togus porque le aplicaron el artículo ocho!
—Muy bien, ya
está, se acabó. ¡Tú te lo has buscado! —dijo Teddy—. ¡Voy a matarte!
Se agarró a la
valla y empezó a escalarla.
—Anda, vamos,
inténtalo, cabroncete asqueroso.
Milo
retrocedió y aguardó, sonriendo.
—¡No! —grité.
Me levanté,
agarré a Teddy por la culera de los pantalones y tiré de él. Ambos caímos de
espaldas, él encima. Me aplastó las pelotas a base de bien y di un alarido. No
hay nada más doloroso que el que te aplasten las bolas, ¿lo sabías? Pero no le
solté.
—¡Suéltame!
—decía Teddy sollozando y retorciéndose entre mis brazos—. ¡Déjame, Gordie! ¡No
voy a consentir que se meta con mi viejo! ¡Suéltame, maldita sea, suéltame!
—Eso es
precisamente lo que él quiere —le grité al oído—. Quiere que saltes, agarrarte por
su cuenta, darte la gran paliza y luego llevarte a la poli.
—¿Eh? —Teddy
se volvió, estirándose para mirarme con expresión de aturdimiento.
—No te metas
donde no te llaman, chaval —dijo Milo, acercándose otra vez a la valla, con sus
musculosos puños apretados—. Déjale que libre sus propias batallas.
—¡Sí, hombre!
—dije—. Total, solo le ganas unos doscientos kilos…
—También a ti
te conozco —dijo Milo lúgubremente—. Te llamas Lachance —señaló en la dirección
de Vern y Chris, que al fin habían logrado ponerse en pie, jadeantes aún de
tanto reírse—. Y esos de ahí son Chris Chambers y uno de esos estúpidos chicos
Tessio. Todos vuestros padres tendrán noticias mías, menos el loco ese que está
en Togus. Y os veréis en el reformatorio, todos y cada uno de vosotros.
¡Delincuentes juveniles!
Se quedó
quieto, muy erguido, las grandes manos pecosas extendidas como si quisiera
jugar a «una patata, dos patatas», respirando con dificultad, los ojos
entrecerrados, esperando que nos echáramos a llorar o le pidiéramos perdón, o,
tal vez, que le entregáramos a Teddy para poder alimentar con él a Chopper.
Chris formó
una O con el pulgar y el índice y escupió limpiamente a su través.
Vern se puso a
canturrear mirando el cielo.
Teddy dijo:
—Vamos,
Gordie. Larguémonos de aquí antes de que empiece a vomitar.
—Oh, te
acordarás de esto, chulillo deslenguado. Ya verás cuando te lleve a la policía.
—Oímos todos
lo que dijiste de su padre —dije yo—. Somos todos testigos. Y además me echaste
al perro. Y eso va contra la ley.
Milo parecía
titubear.
—Habías
traspasado el límite.
—Y un cuerno.
El basurero es propiedad pública.
—Saltaste la
valla.
—Hombre,
claro. Después de que azuzaste al perro contra mí —dije, con la esperanza de
que Milo no recordara que también había saltado para entrar porque la puerta
estaba cerrada—. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que me quedara esperando y le
dejara destrozarme? Vámonos, chicos, larguémonos de una vez. Aquí apesta.
—El formatorio
—prometió amenazante Milo con voz temblona—. El formatorio es donde acabaréis
por sabihondos.
—¡Tengo unas
ganas de contarle a los polis que llamó maldito demente a un ex combatiente!
—le gritó Chris por encima del hombro, cuando nos alejábamos—. ¿Qué es lo que
hizo usted en la guerra, señor Pressman?
—¡Qué diablos
os importa a vosotros! —vociferó Milo—. ¡Os metisteis con mi perro!
—Póngalo en
una bandeja y mándeselo al capellán —susurró Vern, y acto seguido estábamos ya
trepando por el terraplén de la vía.
—¡Volved!
—gritaba Milo, pero su voz era ya más débil y parecía haber perdido interés.
Teddy le hizo
un corte de manga. Yo me volví a mirar por encima del hombro cuando coronamos
el terraplén. Milo seguía allá quieto tras la valla de seguridad: un hombre
grande con una gorra de béisbol, con su perro sentado al lado; se había
agarrado a la alambrada mientras nos gritaba y de repente sentí una gran
lástima por él. Parecía el alumno de tercero más grande del mundo, que se
hubiera quedado encerrado en el patio por error, gritando para que alguien
fuera a sacarle. Siguió vociferando un rato y luego o bien se calló o dejamos
de oírle al alejarnos. No volvimos a ver ni a oír a Milo Pressman ni a Chopper
aquel día.
13
Discutimos un
poco (en tonos correctos que realmente eran una especie de sondeo forzado)
sobre la forma en que habíamos demostrado al rastrero de Milo Pressman que no
éramos un grupo de mariquitas. Les conté cómo había intentado engañarnos el
tipo de la tienda y todos guardamos un lúgubre y pensativo silencio.
Personalmente,
estaba pensando que tal vez tuviera algo que ver con aquella tontería de la
mala suerte, después de todo. Las cosas no podían haber ido peor. En realidad,
pensé que tal vez fuera mejor volvernos atrás en aquel momento y ahorrar a mis
padres el dolor de tener un hijo en el cementerio de Castle View y otro en el
correccional de South Windham. Estaba seguro de que Milo acudiría a la policía
en cuanto la idea de que en el momento de nuestro incidente el basurero estaba
cerrado se filtrara en su espesa mollera. Momento en el cual caería en la
cuenta de que yo realmente había transgredido los límites, sin que importara
que el basurero fuera o no propiedad pública. Lo cual, seguramente, le daría
todos los derechos del mundo a echarme a su estúpido perro. Y aunque Chopper no
era el monstruo que se decía, sin duda me habría arrancado los fondillos de los
pantalones de no haber ganado la carrera y haber conseguido saltar la valla.
Todo esto me entristeció y estropeó el día. Y había también otra lúgubre idea
rodándome en la cabeza: la de que en realidad aquello no era divertido y que
tal vez mereciéramos la mala suerte. Tal vez fuera un aviso de Dios para que
volviéramos a casa. ¿Qué pretendíamos, en realidad, al ir a ver el cadáver de
un chico destrozado y machacado por un tren carguero?
Pero lo
estábamos consiguiendo y ninguno de los cuatro deseaba volverse.
Habíamos
llegado ya casi al puentecillo que cruzaba el río, cuando Teddy se echó a
llorar. Parecía que una gran marejada interior hubiera roto el dique mental
cuidadosamente construido. En serio, era exactamente lo que parecía por lo
súbito e intenso de su irrupción. Los sollozos le hacían doblarse como si se tratara
de puñetazos, parecía destrozado, llevándose las manos del vientre a los
mutilados barujos de carne que habían sido sus orejas. Lloraba con gritos y
fuertes sollozos.
Ninguno
sabíamos qué diablos hacer. No era un llanto como cuando te lesionabas jugando
al béisbol o al fútbol o cuando te caías de la bici. No existía ninguna lesión
física. Nos alejamos un poco y nos quedamos mirándole con las manos en los
bolsillos.
—Mira, hombre…
—empezó a decir Vern en tono muy suave.
Chris y yo
miramos esperanzados a Vern. «Mira, hombre» era siempre un buen comienzo; pero
Vern no supo seguir.
Teddy se
inclinó sobre las traviesas y se colocó una mano sobre los ojos. Parecía estar
haciendo una parodia, una broma, solo que aquello no era divertido.
Al fin, cuando
se había calmado un poquito, Chris se le acercó. Era el más fuerte y el más
valiente de la pandilla (puede que incluso más que Jamie Gallant, según mi
opinión personal), y también era el más hábil para calmar a la gente y para
conseguir que se hicieran las paces. En realidad, poseía una habilidad
especial. Le había visto en el bordillo junto a un niño pequeño que sangraba
por la rodilla, un chico al que ni siquiera conocía, y hacerle hablar de
cualquier cosa: el circo que estaba a punto de llegar al pueblo, o los dibujos
animados de la tele, hasta que el chaval se olvidaba de que se había hecho
daño. Chris sabía hacerlo. Y era valiente, además, para saber hacerlo bien.
—Escúchame,
Teddy, ¿qué puede importante a ti lo que un viejo montón seboso de mierda diga
de tu padre? ¿Eh? En serio, ¿qué puede importarte? Lo que él diga no cambia
absolutamente nada, digo yo. ¿Qué puede importar lo que diga un montón de
mierda como él? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?
Teddy movió la
cabeza con firmeza. No cambiaba nada, desde luego. Pero el oírlo en un día
luminoso como aquel, algo que él debía haber mascullado una y otra vez mientras
yacía despierto en la cama contemplando la luna descentrada en un paño de ventana,
algo en lo que él había pensado a su forma lenta y torpe hasta considerarlo
casi como algo sagrado, intentando darle algún sentido y luego enterarse de que
los demás sencillamente consideraban a su padre loco… aquello le había
impresionado, sin duda. Aunque no cambiara nada. Nada.
—Tomó la playa
de Normandía, ¿no es cierto? —dijo Chris. Agarró una sucia y sudorosa mano de
Teddy y se la palmeó.
Teddy asentía
con firmeza, sin dejar de llorar. Le colgaban los mocos.
—¿Tú crees que
ese montón de mierda estuvo en Normandía?
Teddy movió la
cabeza con violencia.
—¡No-no-no-no!
—¿Crees que
ese tipejo te conoce?
—¡No, no! No,
pero…
—¿Crees que
conoce a tu padre? ¿Es uno de los colegas de tu viejo?
—¡NO!
Furioso,
aterrado. Solo de imaginarlo, Teddy hinchó el pecho y emitió nuevos sollozos.
Se había retirado el pelo por detrás de las orejas, y el botoncito redondo de
plástico color castaño del aparato del oído estaba en el centro de su oído
derecho. La forma del aparato tenía más sentido que la de su oreja, si es que
entiendes lo que quiero decir.
Chris dijo con
calma:
—Hablar es
fácil.
Teddy asintió,
aún con la vista baja.
—¿Y qué me
dices de lo que hay entre tú y tu padre? Las palabras no pueden cambiarlo.
Teddy movió la
cabeza, indeciso ahora, como si no estuviera seguro de si esto era o no cierto.
Alguien había redefinido su dolor, y lo había redefinido en términos
sorprendentemente normales. Que tendría
(loco)
que examinar
(maldito
artículo ocho)
más adelante.
A fondo. En profundidad. En las largas noches de insomnio.
Chris le
sorprendía.
—Él te estaba
tanteando, hombre —le dijo, con suaves cadencias, casi como un arrullo—. Te
estaba provocando para que saltaras la valla, ¿no te das cuenta? Él no sabe
absolutamente nada de tu viejo. No sabe más que los comentarios que haya podido
oír en el Mellow Tiger. Pura mierda, ¿no crees, Teddy? ¿Eh? ¿No te parece?
Se había
calmado bastante. Casi no sollozaba. Se secó los ojos, dejando dos cercos
tiznados a su alrededor; se levantó.
—Estoy
perfectamente —dijo, y el sonido de su propia voz pareció convencerle—. Sí, ya
estoy bien. —Se irguió y volvió a ponerse las gafas, vistiendo su cara desnuda,
según pensé. Sonrió tímidamente y se limpió los mocos en el brazo desnudo—. Soy
un imbécil llorón, ¿eh?
—No, hombre,
no —dijo Vern, incómodo—. Si alguien se metiera con mi padre…
—¡Le matarías!
—se apresuró a decir Teddy, casi con arrogancia—. Le matarías sin pensarlo,
¿verdad, Chris?
—Desde luego
—dijo Chris amablemente, y dio una palmada a Teddy en la espalda.
—¿Y tú,
Gordie?
—Sin duda
alguna —dije, preguntándome cómo podría importarle tanto a Teddy su padre, que
había estado a punto de matarle, y, en cambio, a mí parecía importarme un
pimiento mi propio padre, quien, por lo que podía recordar, no me había puesto
la mano encima desde un día a los tres años o así, que saqué de debajo del
fregadero un blanqueador y empecé a comérmelo.
Recorrimos
otros doscientos metros de vía y Teddy dijo, con voz más calmada:
—Bueno, si os
he fastidiado el día lo siento. Creo que no tuvo ninguna gracia toda la escena
de la valla.
—No estoy muy
seguro de querer pasarlo bien —dijo Vern de pronto.
—¿Estás
diciéndonos que te gustaría volver? —preguntó Chris mirándole fijamente.
—Oh, no, no
—frunció el ceño, pensativo—. Pero el ir a ver el cadáver de un chico… no es
que sea precisamente una fiesta. Digo yo, vamos. Quiero decir… —nos miró con
cierta tensión—. Quiero decir que es muy probable que me asuste algo.
Todos
guardamos silencio, y Vern prosiguió:
—Me refiero a
que a veces tengo pesadillas. Como… bueno, seguro que todos os acordáis de
cuando Danny Naughton nos dejó aquel montón de cuentos, los de los vampiros y
gente despedazada y toda esa mierda. Madre mía, me despertaba por la noche en
medio de una pesadilla sobre alguien colgado en una casa con la cara verde o
algo parecido, ya sabéis, esas cosas, lo de pensar que hay algo debajo de la
cama y que si dejas caer la mano te la agarrará…
Cabeceamos
todos, asintiendo. Sabíamos muy bien de lo que estaba hablando. Aunque supongo
que me habría reído entonces si me hubieran dicho que algún día, no muchos años
después, convertiría todos aquellos temores y pesadillas infantiles en un
millón de dólares, más o menos.
—Y cuando me
pasa no me atrevo a decir nada porque mi maldito hermano… bueno, ya conocéis a
Bill… le faltaría tiempo para pregonarlo —se encogió de hombros, abatido—. Así
que me da miedo mirar a ese chico porque si está… bueno, ya sabéis, si está
realmente mal…
Tragué saliva
y miré a Chris. Él miraba con gran seriedad a Vern y cabeceaba, animándole a
continuar.
—Si está
realmente mal —concluyó Vern—, soñaré con él y despertaré pensando que está
debajo de mi cama, despedazado en un charco de sangre, como si acabara de pasar
por una trituradora, solo las cuencas de los ojos vacías y el pelo, pero
moviéndose, no sé si me explico, moviéndose, sabéis, y disponiéndose a agarrar…
—Santo cielo
—dijo Teddy con voz apagada—. Vaya una maldita historia para la hora de dormir.
—Yo no puedo
evitarlo —dijo Vern, en tono defensivo—. Pero siento como si tuviera que verle,
aunque el hacerlo me cueste luego pesadillas. ¿Comprendéis? Como si tuviéramos
que hacerlo. Aunque… aunque seguro que no lo pasaremos bien.
—Ya —dijo
Chris, en tono suave—. Seguro.
—No se lo
contaréis a los otros chicos —dijo Vern en tono suplicante—. ¿Verdad? No me
refiero a las pesadillas, que todo el mundo las tiene. Quiero decir lo de que
pienso que hay algo debajo de mi cama. Soy demasiado grande para tener miedo
del coco.
Le aseguramos
que no lo contaríamos y cayó sobre nosotros un sombrío silencio. Eran solo las
tres y cuarto, pero parecía mucho más tarde. Hacía demasiado calor y habían
sucedido demasiadas cosas. Ni siquiera habíamos llegado a Harlow. No teníamos
más remedio que olvidarnos de todo y empezar a caminar en serio si queríamos
recorrer unos kilómetros antes de que se hiciera de noche.
Pasamos el
empalme del ferrocarril y un letrero en un poste alto y herrumbroso y todos nos
detuvimos para lanzar piedras a la banderola metálica que había arriba, pero
nadie le dio. Y hacia las tres y media llegamos al río Castle y al puente de
caballete del ferrocarril que lo cruzaba.
14
En aquel
punto, y en mil novecientos sesenta, el río tenía más de cien metros de
anchura; volví tiempo después al lugar y descubrí que en los años transcurridos
se ha estrechado bastante. Siempre lo han utilizado para conseguir que hiciera
funcionar mejor las fábricas y han hecho tantas presas que prácticamente está
domado. Pero en aquellos días solo había tres presas a todo lo largo del río,
que cruza New Hampshire y la mitad de Maine. En aquella época el Castle era
prácticamente libre y más o menos cada tres primaveras se desbordaba e inundaba
la carretera 136 en el cruce de Harlow o Danvers o ambos.
Aquel día, a
finales del verano más seco que Maine occidental conociera desde la Depresión,
aún era ancho. Desde donde estábamos nosotros de la orilla de Castle Rock, el
inmenso bosque del lado de Harlow parecía un país completamente distinto. Los
pinos y los abetos parecían azulados a la ardiente calina de la primera hora de
la tarde. La vía cruzaba el río a unos quince metros del agua sobre un soporte
apuntalado de postes de madera embreada y vigas entrecruzadas. El agua era tan
poco profunda que mirándola podía verse la parte superior de las espitas de
cemento colocadas a treinta metros de profundidad en el lecho del río para
aguantar el puentecillo.
El puente en
sí mismo era bastante curioso: las vías corrían por una plataforma de madera,
larga y estrecha. Había una separación de diez centímetros entre traviesa y
traviesa, por donde se podía mirar todo el rato el agua. A los lados, solo
quedaban unos cincuenta centímetros entre el raíl y el borde del puente. Tal
vez si pasaba un tren hubiera espacio suficiente para que no te aplastara… pero
el viento generado por la velocidad del carguero sin duda alguna te
arrastraría, llevándote a una muerte segura contra las piedras del río poco
profundo.
Mientras
contemplábamos el puentecillo, todos sentimos el miedo hormigueándonos en la
boca del estómago… y, extrañamente mezclada con el miedo, sentíamos también la
emoción de un gran desafío, un reto de veras importante, algo de lo que
podríamos ufanarnos durante mucho tiempo después… si es que había un después.
Aquella extraña luz tintineaba de nuevo en los ojos de Teddy y pensé que no
veía en absoluto el puentecillo, sino una inmensa playa arenosa, un millar de
lanchas de desembarco varadas en las espumeantes olas, diez mil infantes de Marina
cargando playa adentro y las botas de combate hundiéndose en la arena. ¡Había
rollos de alambre de púas! ¡Granadas contra los pequeños vehículos! ¡Nidos de
ametralladoras tomados!
Estábamos
junto a las vías, en el punto en que el terraplén bajaba hasta la orilla del
río: donde terminaba el terraplén y empezaba el puentecillo. Mirando hacia
abajo pude ver dónde empezaba a hacerse escarpado el declive. El terraplén daba
paso a ralos matorrales de aspecto resistente y a rocosas losas grises. Más
abajo, había unos cuantos abetos enanos cuyas raíces al aire se abrían
tortuosamente paso entre las fisuras del terreno rocoso; parecían estar
contemplando su propia imagen lastimosa en la corriente de agua.
En aquel
trecho, el río parecía limpísimo; en Castle Rock era donde entraba en el
cinturón industrial textil de Maine. Mas, pese a ser tan clara el agua que
podía verse el fondo, no se veían peces (había que recorrer otros quince
kilómetros río arriba en dirección a New Hampshire para poder ver algún pez).
Así pues, no había peces. Y a las orillas del río podían verse sucios cercos de
espuma color marfil viejo rodeando las rocas. Tampoco el olor del río era
particularmente agradable. Olía como un canasto de la lavandería lleno de
toallas mohosas. Las libélulas punteaban su superficie y depositaban con
absoluta impunidad sus huevos en ella. No había truchas que pudieran
comérselas. Válgame Dios, ni siquiera había carpas.
—Caramba —dijo
Chris, con suavidad.
—Vámonos —dijo
Teddy, en tono enérgico y arrogante—. Adelante —avanzaba ya entre los
brillantes raíles, pisando con cuidado en las traviesas.
—Oíd —dijo
Vern inquieto—, ¿alguno de vosotros sabe a qué hora debe pasar el siguiente
tren?
Todos nos
encogimos de hombros.
—Allá está el
puente de la carretera 136 —dije yo.
—Oh, vamos,
por favor —gritó Teddy—. Eso significa que tenemos que caminar unos ocho
kilómetros río abajo por esta orilla y luego otros ocho subiendo por la otra
orilla… nos llevará hasta la noche. Si utilizáramos el puentecillo llegaríamos
al mismo punto en unos diez minutos.
—Pero si
pasara un tren no tendríamos dónde meternos —dijo Vern.
No estaba
mirando a Teddy mientras hablaba. Estaba mirando al río, rápido e
imperturbable.
—¡Y qué diablos
más da! —dijo Teddy con indignación.
Saltó el arcén
y sujetó uno de los soportes de madera que había entre los raíles. No había ido
muy lejos (sus pies casi tocaban el suelo), pero la idea de hacer aquello mismo
en el centro del río, con una distancia de caída de ciento cincuenta metros
hasta abajo y un tren bramando justo sobre mi cabeza, un tren que sin duda
alguna lanzaría ardientes chispas al pasar que podrían caerme en el pelo o en
la nuca… la verdad es que no había nada en todo aquello que me hiciera
particularmente feliz.
—Ya veis lo
fácil que es —dijo Teddy.
Saltó al
terraplén, se sacudió el polvo de las manos y volvió a subir hasta donde
estábamos nosotros.
—¿Quieres
decirme que te vas a quedar así colgado mientras pasa, por ejemplo, un mercancías
de unos doscientos vagones? —preguntó Chris—. No creo que aguantaras ni
siquiera cinco o diez minutos colgado así…
—¿Te
acobardas? —gritó Teddy.
—No, solo
estoy preguntando lo que harías tú —contestó Chris, sonriendo—. Tranquilo,
muchacho.
—Dad el rodeo
si es lo que queréis —gritó Teddy con voz ronca—. ¿A quién diablos le importa?
Ya os esperaré sentado. ¡Dormiré una siesta!
—Uno de los
trenes ya ha pasado —dije yo, molesto—. Y tal vez no pasen más de dos diarios
en dirección a Harlow. Mirad, fijaos —moví con el pie las yerbas que crecían
entre las traviesas. En la vía que iba de Castle Rock a Lewinston, no había
yerbas.
—¿Veis? ¿Os
dais cuenta? —dijo Teddy triunfante.
—Claro que,
aun así, existe la posibilidad de que pase un tren —añadí.
—Sí —dijo
Chris. Me miraba solo a mí, con los ojos muy brillantes—. Atrévete, Lachance.
—Los valientes
primero.
—De acuerdo
—dijo Chris, e introdujo en su campo de visión a Teddy y a Vern—. ¿Alguien se
achica?
—¡NO! —gritó
Teddy.
Vern
carraspeó, gruñó, volvió a carraspear y al fin dijo también que no con voz muy
débil. Nos miraba con una sonrisa leve y triste.
—Muy bien
—dijo Chris.
Pero todos
vacilamos un instante, incluso Teddy, mirando cautelosamente primero en una y
luego en la otra dirección de la vía. Me arrodillé y así firmemente una de las
vías férreas con una mano, sin importarme que estuviera tan caliente que podía
abrasarme la mano. Estaba silenciosa.
—Muy bien
—dije; y en el mismo instante sentí como si alguien me hundiera un palo en la
boca del estómago. Sentí como si el palo se hundiera hasta los mismos huevos y
acabara luego sentándose a horcajadas sobre mi corazón.
Iniciamos la
marcha por el puentecillo, en fila india: Chris el primero, Teddy luego, Vern a
continuación y yo cerrando la marcha porque era el que había dicho que los
valientes primero. Pisábamos en las traviesas de la plataforma que había entre
las vías, y había que irse fijando en dónde se ponían los pies tanto si te daba
miedo la altura como si no. Si fallabas, quedarías con una pierna colgando,
seguramente con un tobillo roto por añadidura. El terraplén se alejaba debajo
de mí, y cada nuevo paso parecía sellar nuestra decisión más firmemente… y
hacerla parecer más suicida y estúpida. Me detuve para mirar arriba cuando vi
que las piedras daban paso al agua allá abajo. Chris y Teddy se habían
adelantado bastante, habían recorrido ya casi la mitad del camino y Vern les
seguía de cerca asegurándose bien de dónde ponía los pies. Parecía una vieja
dama probando unos zancos con la cabeza inclinada, la espalda doblada, y los
brazos extendidos para mantener el equilibrio. Demasiado lejos, oye. Tenía que
seguir avanzando, y no solo porque pudiera llegar un tren. Si retrocedía, sería
un cobardica durante el resto de mi vida.
Así que me
puse de nuevo en marcha. Después de caminar con la vista fija en las
interminables traviesas durante un buen rato, con un atisbo del agua corriendo
entre ellas, empecé a sentirme mareado y desorientado. Cada vez que posaba un
pie sobre la traviesa, una parte de mi mente me aseguraba que se hundiría en el
espacio abierto, aunque podía ver que no era así.
Me hice
extraordinariamente consciente de todos los ruidos exteriores e interiores,
semejantes en conjunto a una orquesta demencial afinando para empezar a tocar.
El golpeteo firme de mi corazón, los latidos en los oídos, como un tambor
tocado con escobillas, el crujido de los tendones, como cuerdas de violín
tensadas al máximo, el constante silbido del río, el zumbido vehemente de una
cigarra convirtiéndose en grito fijo, el chillido monótono de un pájaro
carbonero y, en algún lugar muy lejos, el ladrido de un perro. Tal vez Chopper.
Y me llegaba intenso el olor mohoso del río. Me temblaban los largos músculos
de los muslos. Pensaba que sería mucho más seguro (y también más rápido)
recorrer todo el camino a gatas. Pero no podía hacerlo. Ninguno de los cuatro
podría hacerlo. Si las películas matinales del Gem nos habían enseñado algo,
ese algo era que «Solo los perdedores se arrastran». Este era uno de los
principales dogmas del «Evangelio según Hollywood». Los buenos caminan siempre
bien erguidos y si te crujen los tendones como cuerdas de violín supertensadas
por el flujo de adrenalina de tu organismo, y si te tiemblan los músculos
largos de los muslos, por idéntica razón, bueno, aguanta, así ha de ser.
Tuve que
pararme en medio del puentecillo y mirar el cielo un rato. Aquella desagradable
sensación de mareo se había intensificado. Veía traviesas fantasmas… parecían
flotar justo delante de mis narices. Se desvanecieron al poco rato y volví a
sentirme bien. Miré al frente y vi que casi había alcanzado a Vern, que se iba
demorando más cada vez. Chris y Teddy casi habían llegado al final del puente.
Aunque he
escrito desde entonces siete libros sobre personas que pueden hacer cosas tan
extrañas como leer la mente y preconizar el futuro, fue aquella la primera y la
última vez que sentí el chispazo psíquico. Estoy seguro de que fue eso; ¿cómo
podría explicarse, si no? Me acuclillé y agarré la vía de mi izquierda con la
mano. La sentí retumbar. Retumbaba con tal fuerza que era como si tuviera en la
mano un manojo de serpientes metálicas.
¿Has oído
alguna vez eso de «se le soltaron las tripas»? Pues yo sé lo que significa; sé
lo que significa exactamente. Tal vez sea el tópico más exacto que se haya
acuñado. Muchas veces desde entonces he sentido miedo y me he asustado
muchísimo, pero nunca tanto como en aquel momento en que agarré aquel raíl
vivo. Por un instante, pareció como si todo el mecanismo de mi garganta para
abajo se debilitara de pronto y quedara sumido en una especie de desmayo
interno. Un hilillo de orina se deslizó indiferente pierna abajo. Se me abrió
la boca. Yo no la abrí, sencillamente se abrió ella misma por su cuenta,
cayéndoseme el mentón como una trampilla a la que se quitan de golpe las
bisagras. La lengua se me pegó al paladar. Todos mis músculos se tensaron. Eso
era lo peor. Todo mi mecanismo interno estaba como en suspenso, pero mis
músculos estaban como petrificados y no me podía mover en absoluto. Fue solo un
instante, pero en el flujo temporal subjetivo me pareció toda una eternidad.
Todo mi
potencial sensorial se intensificó, como si se hubiera producido un exceso de
voltaje en el flujo eléctrico de mi cerebro pasando todo de ciento diez a
doscientos veinte voltios. Oí un avión que pasaba cerca por el cielo y tuve
tiempo de desear estar en él, tranquilamente sentado en un asiento de
ventanilla, con una Coca-Cola en la mano, contemplando allá abajo la brillante
línea de un río cuyo nombre ignoraba. Podía ver todas las astillas y las mellas
de la traviesa en la que estaba agachado. Y podía ver por el rabillo del ojo el
chispeante raíl y mi propia mano asiéndolo. La vibración de aquel raíl penetró
con fuerza tal en mi mano que cuando la retiré seguí sintiendo la vibración,
las terminaciones nerviosas entrechocándose, hormigueando tal como hormiguea
una mano o un pie cuando se nos ha quedado dormido y empieza a despertar. Podía
saborear mi propia saliva, súbitamente eléctrica y amarga y como coagulada en
las encías. Y algo aún peor, lo más espantoso de todo: podía oír el tren,
aunque no podía saber de qué dirección venía ni a qué distancia estaba. Era
invisible. Y únicamente sabía de su llegada por el raíl retumbante. Solo
aquello anunciaba su inminente llegada. La imagen de Ray Brower espantosamente
destrozado y lanzado como un trapo bailó ante mis ojos. Pronto nos uniríamos a
él, al menos Vern y yo; o al menos yo. Nosotros mismos nos habíamos invitado a
nuestro propio funeral.
Este último
pensamiento rompió mi parálisis y me puse en pie de un salto. Si alguien me
hubiera estado mirando, seguramente le habría parecido un muñeco de resorte,
aunque yo personalmente me sentí como un chico que avanza bajo el agua a cámara
lenta, ascendiendo no a través de aire sino de agua, moviéndose muy despacio,
avanzando con espantosa languidez y dificultad, con horrible lentitud hacia
arriba.
Pero al final
toqué la superficie.
—¡TREN!
—grité.
Dejé atrás
definitivamente la parálisis y eché a correr.
Vern se volvió
a mirarme por encima del hombro. La sorpresa que distorsionaba su expresión era
casi cómicamente exagerada, clara y grande como las letras de la primera
cartilla. Me vio corriendo, saltando desmañada y torpemente de una traviesa a
la siguiente y comprendió que no estaba bromeando. También él se echó a correr.
Pude ver a lo
lejos a Chris saltando de las vías a la sólida seguridad del terraplén y le
odié con odio tan fresco, amargo y jugoso como la savia de una hoja de abril.
Estaba a salvo. Aquel mamón estaba a salvo. Le vi arrodillarse y agarrar la
vía.
Estuve a punto
de meter el pie izquierdo en el hueco que quedaba entre las traviesas, agité
las manos, mis ojos tan ardientes como cojinetes de bolas de alguna pieza de
maquinaria, incontrolable, mantuve el equilibrio y seguí corriendo. Ahora
estaba justo detrás de Vern. Acabábamos de pasar aproximadamente la mitad del
camino cuando oí por vez primera el tren. Venía detrás de nosotros, del lado de
Castle Rock. Era un sonido bajo retumbante que se fue intensificando poco a
poco y el ruido monótono del motor diesel y el más fuerte y más siniestro de
las grandes ruedas acanaladas girando pesadamente sobre los raíles.
—¡Ohhhhhhh,
mierda! —gritaba Vern.
—Corre,
imbécil —le grité empujándole por detrás.
—¡No puedo!
¡Me caeré!
—¡Corre más
deprisa!
—¡OHHHHHH,
MIERDA!
Pero corrió
más deprisa, como un espantapájaros arrastrando torpemente los pies con la
espalda desnuda abrasada por el sol, el cuello de la camisa colgando y
balanceándose por debajo del tronco. Podía ver el sudor de sus omoplatos
formando perfectas gotitas redondas. Podía ver la fina pelusa de su nuca. Sus
músculos se contraían y se distendían, se contraían y se distendían. Su columna
vertebral resaltaba en una hilera de bultitos, cada uno de los cuales formaba
su propia sombra (podía verlos aproximándose cada vez más a medida que se
acercaban al cuello). Todavía portaba su hatillo y yo portaba el mío. Sus
pisadas resonaban en las traviesas. Casi falló una, se inclinó hacia delante
con los brazos extendidos y le empujé otra vez para que siguiera avanzando.
—¡Gordiiiie,
no puedo! ¡OHHHH, MIEEEERDA!
—¡CORRE MÁS
DEPRISA, IMBÉCIL! —vociferé.
¿Acaso
disfrutaba yo con todo aquello? En cierto modo, de un modo peculiar,
autodestructivo, que he experimentado a partir de entonces solo cuando estoy
completa y absolutamente borracho, sí. Guiaba a Vern Tessio igual que lleva un
ganadero a una vaca especialmente buena al mercado. Y tal vez él disfrutara
igual de su propio miedo, berreando como lo haría la misma vaca, vociferando y
sudando, con el tórax subiendo y bajando como los fuelles de un herrero a toda
prisa, manteniendo la marcha con torpeza, tambaleándose.
El ruido del
tren era muy intenso ahora, la locomotora emitía un retumbar constante y firme.
Oímos su pitido cuando cruzó el empalme en el que nos habíamos detenido para
tirar piedras a la banderola metálica. Me gustara o no, había conseguido al fin
mi Cancerbero. Esperaba que el puentecillo empezara a temblar bajo mis pies.
Cuando eso ocurriera, estaría justo detrás de nosotros.
—¡MÁS DEPRISA,
VERN! ¡MAAÁS DEPRISA!
—¡Santo Dios
Gordie OH Dios mío Gordie Oh Dios OHHHH MIERDAAA!
La bocina
eléctrica del carguero rompió en aquel punto el aire en mil pedazos con un
largo y estruendoso pitido, convirtiendo todo cuanto hubieras visto en el cine
o en un tebeo o en tus propios ensueños en nada, permitiéndote saber lo que
tanto héroes como cobardes oían realmente cuando la muerte inexorable caía
sobre ellos:
¡JUUUUNNNNK!
¡JUUUUNNNNK!
Y luego Chris
estaba bajo nosotros a la derecha y Teddy detrás suyo, con las gafas reflejando
arcos de luz del sol y ambos estaban formulando una misma palabra, y esa
palabra era: ¡Saltad!, pero el tren había borrado todo su significado, dejando
solo la forma en sus labios al formularla. El puentecillo empezó a temblar
cuando el tren entró en él. Saltamos.
Vern aterrizó
cuan largo era entre ceniza y polvo y yo aterricé a su lado. Yo no vi el tren,
ni sé tampoco si el maquinista nos vería a nosotros: cuando, unos dos años
después, mencioné a Chris la posibilidad de que no nos hubiera visto, él dijo:
«No pitan de aquel modo sin más ni más, Gordie». Pero tal vez lo hiciera, tal
vez se pusiera a pitar de aquel modo solo porque sí. Supongo. Pero en aquel
momento, todo esto no importaba absolutamente nada. Me apreté las manos contra
los oídos y hundí la cara en el suelo cálido mientras el carguero pasaba,
emitiendo un sonido de metal rozando contra metal. No sentía el impulso de
mirarlo.
Era un
carguero muy largo, pero yo no lo vi, no lo miré. Antes de que hubiera pasado
del todo, sentí una mano cálida en el cuello y supe que era la de Chris.
Cuando pasó
del todo (cuando estuve bien seguro de que había pasado del todo), alcé la
cabeza como el soldado que sale de la trinchera tras una larga jornada de
andanadas artilleras. Vern seguía pegado al suelo, temblando. Chris estaba
sentado entre ambos, con las piernas cruzadas, con una mano apoyada en el
sudoroso cuello de Vern y la otra aún en el mío.
Cuando al fin
Vern se incorporó, temblando de pies a cabeza y lamiéndose compulsivamente los
labios, Chris dijo:
—¿Qué os
parecería si nos tomáramos esas cocas? ¿Le apetece a alguien tomarse una? A mí
sí.
A todos nos
apetecía.
15
Como a medio
kilómetro en el lado de Harlow, las vías del ferrocarril penetran directamente
en el bosque. El terreno, tupidamente arbolado, desciende hacia una zona
pantanosa. Estaba plagada de mosquitos casi tan grandes como avionetas, pero
era fresca… deliciosamente fresca.
Nos sentamos a
beber los refrescos a la sombra. Vern y yo nos echamos la camisa por los
hombros para mantener alejados a los insectos, pero Teddy y Chris se sentaron
desnudos de cintura para arriba, con un aire tan apacible e indiferente como el
de los dos esquimales en un iglú. No llevábamos allí cinco minutos, cuando Vern
se alejó entre los matorrales y se agazapó por allí, lo que nos llevó a un
montón de bromas y codazos cuando regresó.
—¿Te asustaste
mucho con el tren, Vern?
—No
—contestó—. Iba a hacerlo de todas formas cuando llegáramos al otro lado. Tenía
que hacerlo igualmente, tenía ganas antes, ¿comprendéis?
—¿Verrrrn?
—corearon Chris y Teddy.
—Venga ya, que
es cierto. En serio.
—Entonces, ¿no
te importa que examinemos los fondillos de tus calzones para comprobar si hay
chorretadas, eh? —preguntó Teddy. Vern se echó a reír, comprendiendo al fin que
le estaban tomando el pelo.
—A la porra.
Chris se
volvió hacia mí.
—¿Te
asustaste, Gordie?
—Nada de nada
—dije y di un sorbo a mi coca.
—¿Nada de
nada? ¡No me digas! —me dio un golpe en el brazo.
—En serio. No
me asusté lo más mínimo.
—¿En serio?
¿No te asustaste? —Chris me miró de arriba abajo.
—En serio.
Sencillamente estaba petrificado.
Esto les hizo
gracia a todos, incluso a Vern, y nos reímos un buen rato con ganas. Luego nos
tendimos de espaldas, sin bromear ya, limitándonos a beber el refresco,
callados. Sentía el cuerpo cálido, relajado y en paz consigo mismo. Todo en él
era armonioso. Estaba vivo y contento de estarlo. Todo parecía destacarse con
una especial dulzura, y aunque no podría decirlo muy alto, no creo que
importara. Tal vez aquella sensación de dulzura era algo que deseaba solo para
mí.
Creo que aquel
día empecé a comprender un poco lo que hace a los hombres temerarios. Hace un
par de años, pagué veinte dólares para ver a Evel Kneivel intentar saltar el
Cañón del Río Snake y mi esposa se horrorizó. Me dijo que, si hubiera sido
romano, habría estado en el Coliseo mascando tranquilamente uvas y viendo cómo
los leones destripaban cristianos. No tenía razón, pero no me era fácil
explicárselo (en realidad creo que se habría creído que me burlaba de ella). No
pagué aquellos veinte pavos para ver a aquel individuo morir en un circuito
cerrado de televisión, aunque estaba absolutamente seguro de que era lo que
ocurriría. Fui precisamente por las sombras que hay siempre en un lugar tras
nuestros ojos, por eso que Bruce Springsteen llama en una de sus canciones la
oscuridad que bordea una ciudad, y creo que siempre hay un momento en el que
todos deseamos penetrar en esa oscuridad, pese a los torpes y limitados cuerpos
que algún dios bromista nos concedió a los seres humanos. No… no a pesar de
nuestros torpes cuerpos, sino precisamente por ellos.
—Eh, oye,
cuéntanos esa historia —dijo de pronto Chris, incorporándose.
—¿Qué
historia? —le pregunté, aunque estaba casi seguro de saber a cuál se refería.
Me sentía
siempre incómodo cuando se hablaba de mis escritos, aunque parecía que a todos
les gustaban: desear contar historias, desear incluso escribirlas… no era mucho
más peculiar o audaz que querer ser inspector de alcantarillas o mecánico del
Grand Prix. Richie Janner, un chaval que había pertenecido a nuestra pandilla
hasta que su familia se trasladó a Nebraska en mil novecientos cincuenta y
nueve, fue el primero que descubrió que yo quería ser escritor, que quería
dedicarme a escribir como trabajo exclusivo, profesionalmente. Estábamos un día
allá arriba en mi cuarto, sencillamente pasando el rato, y encontró por
casualidad un montón de hojas escritas debajo de los tebeos en una caja en mi
armario. ¿Qué es esto?, pregunta Richie. Nada, le contesto yo, e intento
quitarle las hojas de la mano. Richie las retira para mantenerlas fuera de mi
alcance… y, bueno, he de admitir que no puse gran empeño en recuperarlas.
Deseaba que las leyera y, al mismo tiempo, no quería que lo hiciera: una
inquietante mezcla de orgullo y timidez que sigo sintiendo aún hoy cuando
alguien quiere ver lo que estoy escribiendo. El acto mismo de escribir es algo
que se hace en secreto, como la masturbación… Bueno, yo tengo un amigo que hace
cosas como escribir relatos en los escaparates de librerías y grandes
almacenes, pero es un caso de valor fuera de lo normal, es el tipo de individuo
con quien te gustaría poder contar si alguna vez te da un ataque al corazón en
una ciudad en la que nadie te conoce. Para mí quiere siempre ser sexo y no
llega nunca a serlo… es siempre esa masturbación adolescente en el lavabo,
encerrado.
Richie se pasó
sentado al borde de mi cama prácticamente toda la tarde leyendo todos aquellos
papeles míos, inspirados casi todos por el mismo tipo de historietas que las
que habían producido a Vern sus pesadillas. Y cuando al fin terminó, me
contempló de un modo extraño y nuevo que me hizo sentirme muy especial, como si
se viera forzado a reconsiderar y revalorar toda mi personalidad. Lo haces muy
bien, me dijo. ¿Por qué no le enseñas estos relatos a Chris? Le dije que no,
que quería que fuera un secreto; Richie me dijo: ¿Por qué? No es ninguna
debilidad. Tú no eres ningún marica. Quiero decir que no es poesía.
De todos
modos, le obligué a prometerme que no se lo contaría a nadie, promesa que, por
supuesto, no cumplió; y resultó que a casi todos les gustaba lo que yo
escribía, que prácticamente eran todos relatos sobre enterrados vivos o
malhechores que regresaban de la muerte y mataban a los miembros del jurado que
les habían condenado, o sobre maníacos que enloquecían y se dedicaban a hacer
chuletas de un montón de gente antes de que el héroe, Curt Cannon, «despedazara
al vociferante loco infrahumano con una andanada tras otra de su humeante
automática del 45».
En mis relatos
había siempre andanadas, nunca tiros.
Y, para
variar, estaban los relatos de Le Dio. Le Dio era una ciudad de Francia que,
durante mil novecientos cuarenta y dos, un tétrico pelotón de soldados
estadounidenses intentaba tomar a los nazis (esto era dos años antes de que me
enterara de que los Aliados no llegaron a Francia hasta mil novecientos
cuarenta y cuatro).
Intentaban
tomar la ciudad, ganándola calle a calle, a todo lo largo de unos cuarenta
relatos que escribí entre los nueve y los catorce años. A Teddy le
entusiasmaban los relatos de Le Dio y creo que por lo menos escribí unos doce
solo para él (cuando estaba ya más que harto de Le Dio y de escribir cosas como
Mon Dieu y Cherchez le boche! y Fermez la porte). En Le Dio, los paisanos
franceses andaban siempre diciendo a los soldados estadounidenses Fermez la
porte! Pero Teddy se inclinaba sobre las hojas con los ojos muy abiertos, la
frente moteada de gotitas de sudor y el rostro contraído. Algunas veces, casi
podía oír yo las Brownings y los silbantes 88 resonándole en el cráneo. Su forma
de clamar pidiéndome más relatos de De Lio era a un tiempo agradable y
aterradora.
En la
actualidad, mi trabajo es escribir, y el placer ha disminuido, y el placer
masturbatorio y la culpabilidad se asocian cada vez más a menudo en mi mente
con las imágenes fríamente clínicas de la inseminación artificial. Concluyo el
asunto según las normas y reglas de mi contrato editorial. Y, aunque nadie me
llamará nunca el Thomas Wolfe de mi generación, no me siento en absoluto un
tramposo: doy el máximo de mí mismo cada maldita vez. El no hacerlo así sería,
de un modo extraño, volverme marica… o lo que significara eso para nosotros
entonces. Lo que me espanta es la frecuencia con que hiere en estos días. En
aquel entonces, a veces me disgustaba lo malditamente bien que me hacía sentir
la escritura. Ahora, contemplo a veces esta máquina de escribir y me pregunto
cuándo se le agotarán las buenas palabras. No deseo que eso suceda, claro.
Supongo que podré estar tranquilo mientras tenga cosas que contar, ¿no?
—¿Qué historia?
—preguntó Vern, preocupado—. No será un relato de terror, ¿eh, Gordie? Creo que
no me apetece mucho en estos momentos oír relatos de terror. No estoy preparado
para eso, amigo.
—No, no es un
relato de terror —dijo Chris—. Es uno muy divertido. Interesante, pero
divertido. Anda, Gordie, cuéntanoslo de una vez.
—¿Es de Le
Dio? —preguntó Teddy.
—No, no es de
Le Dio, psicópata de mierda —le dijo Chris, y le dio un golpe en la nuca—.
Trata de un concurso de comer tartas.
—¡Oye! Ese
relato todavía no lo he escrito —dije yo.
—Bueno, pero
cuéntanoslo.
—¿Vosotros
queréis que os lo cuente?
—Seguro, jefe
—dijo Teddy.
—Bueno… Se
desarrolla en un pueblo llamado Gretna, un lugar ficticio, claro. Gretna,
Maine.
—¿Gretna?
—preguntó Vern con una sonrisilla—. ¿Pero qué nombre es ese? En Maine no hay
ningún Gretna.
—Cállate,
imbécil —dijo Chris—. Acaba de decirte que es un lugar de ficción, ¿no?
—Sí… pero
Gretna parece muy estúpido…
—Un montón de
nombres auténticos parecen estúpidos —dijo Chris—. Por ejemplo, ¿qué me dices
de Alfred, Maine? ¿Y de Saco, Maine? ¿Y de Jerusalem’s Lot? ¿Y de
Castle-malditasea-Rock? ¿Eh? Aquí no hay ningún castillo. Casi todos los
nombres de ciudades y pueblos son absurdos. Ni siquiera se para uno a pensarlo
porque estamos acostumbrados a ellos. ¿No es cierto, Gordie?
—Sin duda
—dije, aunque para mis adentros creía que Vern tenía razón, que Gretna era un
nombre bastante tonto para un pueblo. Pero la verdad era que no había sido
capaz de inventarme otro—. Bueno, el caso es que en aquel pueblo celebraban las
fiestas de los pioneros, igual que se celebran aquí en Castle Rock…
—Oh sí, las
fiestas de los pioneros… ¡menudas juergas! —dijo Vern con seriedad—. Metí a
toda mi familia en esa cárcel sobre ruedas que tienen, hasta al cretino de
Billy. Duró solo media hora y me costó toda la paga, aunque mereció la pena
solo por saber dónde estaba ese hijoputa…
—¿Querrás
cerrar el pico de una vez y dejarle que siga? —vociferó Teddy.
—¡Claro! Por
supuesto. Desde luego —titubeó Vern.
—Sigue, Gordie
—dijo Chris.
—En realidad
no es gran cosa…
—Vamos,
tampoco es que esperemos gran cosa de un majadero como tú —dijo Teddy—. Pero
cuéntanoslo, anda.
Carraspeé.
—Bueno. Pues
estamos en la fiesta de los pioneros; la última noche celebran estos tres actos
importantes: hay rollos de primavera para los niñitos más pequeños y una
carrera de sacos para los chicos de ocho o nueve años y luego el concurso de
comer tartas para todos. Y el personaje principal de la historia es un chico
gordísimo que cae mal a todos y que se llama Davie Hogan.
—Como el
hermano de Charlie Hogan, si tuviera un hermano —dijo Vern, y se calló cuando
Chris le dio un capón en el cogote.
—Bien, pues
este chico, que tiene nuestra misma edad, es muy gordo. Pesa unos setenta kilos
y siempre le pegan y se ríen de él. Y en lugar de llamarle Davie, todos los
chicos le llaman Gordinflón Hogan y aprovechan cualquier ocasión para ponerle
en ridículo.
Todos asentían
con seriedad, demostrando simpatía y comprensión por Gordinflón, aunque si
alguna vez hubiera aparecido un chico semejante por Castle Rock nos habríamos
dedicado a meternos con él y a fastidiarle y tomarle el pelo.
—Así que
decide vengarse porque, bueno, ya está harto, ¿comprendéis? Él solo participa
en el concurso de comer tartas, que es como el broche final de las fiestas de
los pioneros y en realidad todo el mundo lo entiende. El premio consiste en
cinco pavos…
—Y va y lo
gana y le da un corte de manga a todo el mundo —dice Teddy—. ¡Grandioso!
—No, es mucho
mejor que todo eso —dijo Chris—. Limítate a escuchar, ¿quieres?
—Gordinflón
hace sus cálculos y se dice: cinco pavos, ¿qué son cinco pavos? Si alguien
recuerda aún algo después de dos semanas será solo que el maldito cerdo de
Hogan comió más que nadie, así que vayamos a su casa y démosle una buena, solo
que ahora le llamaremos Zampatartas Hogan en vez de Gordinflón.
Siguen todos
asintiendo, todos convencidos de que Davie Hogan era un tipo sesudo. Empiezo a
cogerle gusto a mi propia historia.
—Pero todos
esperan que él participe en el concurso, ¿comprendéis? Hasta sus padres. Bueno,
prácticamente ya han gastado por él los cinco dólares.
—Claro. Seguro
—dijo Chris.
—Así que está
pensándolo y le disgusta todo el maldito asunto, porque el ser gordo en
realidad no es culpa suya. Él no tiene la culpa de tener esas malditas
glándulas… lo que sea, y…
—¡A mi prima
le pasa lo mismo! —dijo Vern, con gran excitación—. ¡De veras! ¡Pesa casi cien
kilos! Creen que es la glándula hiboide o algo parecido. Yo no sé nada de esas
glándulas, pero qué horrible, mierda, la pobre parece un pavo relleno, y una
vez…
—¿Quieres
cerrar el pico de una maldita vez, Vern? —gritó Chris muy enfadado—. ¡No te
aviso más! ¡Te lo juro! —había terminado la Coca-Cola y la agarró con firmeza
blandiéndola sobre la cabeza de Vern.
—Bueno, está
bien, lo siento. Sigue, Gordie. Es una historia macanuda.
Sonreí. En
realidad, no me molestaban en absoluto las interrupciones de Vern, pero, claro,
no podía decírselo a Chris. Él era el autodesignado Guardián del Arte.
—Así que se
estuvo toda la semana de las fiestas dándole vueltas y vueltas al asunto. En el
colegio, los chavales seguían acercándosele y preguntándole: «Eh, Gordinflón,
¿cuántas tartas vas a comerte? ¿Conseguirás comerte diez? ¿O veinte? ¿Serás
capaz de llegar a ochenta?». Y Gordinflón, él, dice: «¿Cómo podría saberlo? Ni
siquiera sé de lo que serán». Y, en fin, hay bastante interés este año en el
concurso, porque el campeón es un grandullón que creo que se llama… esto… Bill
Traynor, me parece. Y este Traynor ni siquiera es gordo. En realidad es un
auténtico fideo. Pero zampa tartas como un fenómeno; el año anterior comió seis
en cinco minutos.
—¿Enteras?
—preguntó Teddy, asombradísimo.
—Exactamente.
Y Gordinflón es el más joven de los participantes del concurso, de siempre.
—Ánimo,
Gordinflón —gritó emocionado Teddy—. ¡Acaba con esas malditas tartas!
—Cuenta lo de
los otros participantes —dijo Chris.
—De acuerdo.
Además de Gordinflón Hogan y de Bill Traynor, también participaba en el
concurso Calvin Spier, el tipo más gordo de la ciudad (el encargado de la
joyería).
—Joyería
Gretna, seguro —dijo Vern, y sonrió con disimulo. Chris le dedicó una mirada
asesina.
—Y un tipo que
hace de disquero o pinchadiscos, como quieras, en una emisora de radio de
Lewiston y que no es exactamente gordo sino, digamos, rechoncho, ya me
entendéis. Y el último participante es Hubert Gretna Tercero, que era el
director del colegio de Gordinflón Hogan.
—¿Tenía que
competir contra su propio director? —preguntó Teddy.
Chris se
agarró las rodillas y se balanceó atrás y adelante con gran regocijo.
—¿No es
extraordinario? Sigue, Gordie.
Les tenía
absortos. Todos estaban inclinados hacia delante. Sentía esa intoxicante
sensación de poder. Lancé la botella de refrescos vacía entre los matorrales y
divagué un poco más para regodearme. Recuerdo que oí otra vez al pájaro
carpintero allá en el bosque, más lejos ahora, desgranando su monótono grito
interminable, lanzándolo al cielo: diii-diii-diii.
—Y al fin se
le ocurrió —dije—. La mejor venganza que jamás se le ocurriera a un chico. Y
llega al fin la gran noche: la clausura de las fiestas de los pioneros. El
concurso de comer tartas se celebra justo antes de los fuegos artificiales. La
calle Mayor de Gretna se ha cerrado al tráfico para que la gente pueda pasear
por ella; han montado en la calle un tablado, adornado con banderolas, frente
al cual se congrega una gran multitud. Asiste también un reportero gráfico para
tomar una foto del ganador con toda la cara llena de arándanos, pues resulta
que este año las tartas son de arándanos. Ay, casi se me olvidaba decíroslo:
los concursantes han de comer las tartas con las manos debidamente atadas a la
espalda. Así que suben al entarimado…
16
De La venganza
de Hogan el Gordinflón, por Gordon Lachance. Publicado originalmente en la
revista Cavalier, marzo de 1975. Reproducido con permiso.
Subieron uno a
uno al entarimado y se colocaron tras una larga mesa de caballetes cubierta con
un mantel de hilo. La mesa estaba completamente abarrotada de tartas y colocada
en el extremo delantero del tablado. Sobre ella había sartas de bombillas sin pantalla,
de cien vatios, aureoladas por polillas y mariposas nocturnas que se golpeaban
contra ellas. Sobre el entarimado, vivamente iluminado, podía leerse el
siguiente letrero: GRAN CONCURSO DE GRETNA DE 1960. De cada lado del letrero
colgaban abollados altavoces que Chuck Day había facilitado de su tienda de
aparatos eléctricos. Bill Travis, el actual campeón, era primo de Chuck.
Según iban
subiendo al entarimado los concursantes, con las manos atadas a la espalda y la
camisa abierta como Sydney Carton camino de la guillotina, el alcalde
Charbonneau anunciaba sus nombres por el sistema de altavoces de Chuck y les
colocaba un gran babero blanco. Calvin Spier recibió solamente un aplauso
simbólico; pese a su barriga, del tamaño de un tonel de cien litros, se le
consideraba muy por debajo del chico de Hogan (el Gordinflón era el favorito de
la mayoría, aunque demasiado joven e inexperto para conseguir mucho aquel mismo
año).
Después de
Spier, se anunció a Bob Cormier. Cormier era un disquero que hacía un popular
programa de sobremesa en la WLAM de Lewiston. Le dieron un aplauso mayor,
acompañado de gritos de las jovencitas del público. Las chicas le consideraban
«encantador». John Wiggins, director del colegio de enseñanza primaria de
Gretna, seguía a Cormier. Recibió un caluroso aplauso del sector más adulto del
público y algunos abucheos de miembros reacios de su alumnado. Wiggins logró
sonreír paternalmente y fruncir el ceño con severidad al mismo tiempo.
A
continuación, el alcalde Charbonneau presentó a Gordinflón.
—Y he aquí un
nuevo concursante de nuestro gran concurso anual, del cual esperamos grandes
cosas en el futuro… el joven ¡David Hogan!
Gordinflón
recibió un gran aplauso mientras el alcalde le ataba el babero, y cuando ya
estaba casi apagándose el aplauso, un coro teatral ensayado fuera del alcance
de las bombillas de cien vatios gritó al unísono:
«¡Adelante,
Gordinflón!».
Se oyeron
carcajadas apagadas, carreras, algunas sombras que nadie podría (ni querría)
identificar, algunas risillas nerviosas, algunos ceños severos y
recriminatorios (el mayor el de Hizzoner Charbonneau, la representación más
visible de la autoridad). En cuanto al propio Gordinflón, parecía no inmutarse
ni siquiera darse cuenta de nada. La sonrisita que animaba sus gruesos labios y
plegaba su gruesa papada permaneció inmutable cuando el alcalde, aún con un
gran ceño, le ató el babero y le dijo que no hiciera ningún caso de los necios
que había entre el público (como si el alcalde tuviera el más leve indicio de
las monstruosas tomaduras de pelo que Hogan el Gordinflón había soportado y
seguiría soportando mientras avanzara por la vida con el estruendo de un tanque
alemán). El aliento del alcalde era cálido y olía a cerveza.
El último
concursante en ser presentado fue el que recibió el aplauso más fuerte y
prolongado: se trataba del legendario Bill Travis, uno noventa de altura,
delgaducho y voracísimo. Travis era mecánico del taller de Amoco junto a la
estación del tren, un tipo afable y agradable como el que más.
Era del dominio
público en el pueblo que en el concurso de comer tartas se jugaba uno algo más
que los cincos dólares del premio: al menos, Bill Travis. Primero: la gente
pasaba luego por el taller para felicitar a Travis por haber ganado el concurso
y prácticamente todos los que pasaban a felicitarle, le pedían de paso que les
llenara el depósito. Y los dos tanques de gasolina se vaciaban algunas veces
durante un mes después del concurso. La gente solía acudir para que le
cambiaran un silenciador o le engrasaran los cojinetes y se quedaban sentados
en las sillas de teatro alineadas a lo largo de una pared (Jerry Maling, el
propietario del Amoco, las había salvado del cine viejo cuando lo derribaron en
mil novecientos cincuenta y siete), bebiendo refrescos de la máquina y
charlando con Bill del concurso mientras él se dedicaba a cambiar las bujías o
a indagar arrastrándose debajo de alguna camioneta buscando agujeros en el tubo
de escape. Bill siempre parecía estar dispuesto a conversar, y esta era una de
las razones de que cayera tan bien en Gretna.
En el pueblo
aún no se habían puesto de acuerdo sobre si Jerry Maling le daba a Bill una
prima fija por los beneficios extra que la fiesta (o el festín) anual le
proporcionaba o si conseguía un aumento proporcional. De cualquier modo, era
indudable que a Travis le iba mucho mejor que a la mayoría de los mecánicos de
pueblos pequeños. Tenía un rancho de dos plantas en la carretera de Sabbatus, a
la que algunos sarcásticos se referían como «la casa que levantaron las
tartas». Seguramente eso era una exageración, pero Bill no esperaba otra cosa;
lo cual nos lleva a la segunda razón de que se jugaban más que cinco simples
dólares en aquel concurso.
Me refiero a
las apuestas. Tal vez la mayoría de la gente fuera solo a reírse, pero una
sustanciosa minoría acudía al concurso para apostar su dinero. Los apostadores
estudiaban y analizaban a los concursantes con tanto celo como observan a los
caballos quienes se dedican a vender información sobre los caballos de
carreras. Acosaban a los amigos de los participantes en el concurso, a los
parientes, e incluso a los conocidos. Indagaban todos y cada uno de los hábitos
alimentarios de los concursantes. Y se dedicaba mucho tiempo a estudiar y
discutir y elucubrar sobre la clase de tarta del año: la de manzana se
consideraba una tarta «pesada», «ligera» la de albaricoque (aunque el
concursante hubiera de resignarse a uno o dos días de carreritas urgentes
después de haberse liquidado tres o cuatro tartas de albaricoque). La tarta
oficial de aquel año, la de arándanos, se consideraba bastante neutra. Los
apostadores, por supuesto, estaban especialmente interesados en los gustos de
su hombre en cuanto a los arándanos. ¿Le gustaban? ¿Prefería el dulce de
arándano al de fresa? ¿No le gustaría, por casualidad, echar arándanos en el
cereal del desayuno? ¿Optaba exclusivamente por los plátanos-y-crema?
Había también
otras preguntas de relativa importancia. ¿Era un comedor rápido que luego iba
más despacio o un comedor lento que iba acelerando a medida que las cosas se
ponían serias, o sencillamente un buen comilón que seguía al mismo ritmo todo
el rato? ¿Cuántas salchichas podía ventilarse mientras veía un partido de
béisbol en el campo de St. Dom? ¿Era un gran bebedor de cerveza? Si lo era,
¿cuántas botellas solía ventilarse en el transcurso de una tarde? ¿Era
eructador? Un buen eructador se consideraba más duro de pelar.
Todos estos y
otros datos se intercambiaban, se ofrecían las cantidades y se cerraban las
apuestas. ¿Cuánto dinero cambiaba de mano en la semana siguiente al concurso de
comer tartas? No tengo ni idea, pero si me pusierais una pistola en la sien y
me obligarais a hacer un cálculo, yo lo situaría alrededor de los mil dólares,
lo cual puede parecer una minucia, pero era una gran cantidad para circular en
un pueblecito hace quince años.
Y como el
concurso era limpio y se respetaba estrictamente un límite de tiempo de diez
minutos, no se hacía ninguna objeción a que el competidor apostara por sí
mismo, y Bill Travis lo hacía todos los años. Cuando saludó sonriendo a su
público aquella noche estival de mil novecientos sesenta, se rumoreaba que
había vuelto a apostar a su favor una suma sustancial aquel año y que lo más
que había sido capaz de hacer aquel año eran apuestas de uno a cinco. Si no
sois apostadores, permitidme explicároslo de este modo: Tenía que apostar
doscientos cincuenta dólares para poder ganar cincuenta. No era gran cosa, pero
era el precio del éxito: y mientras permanecía allí, embebido en el aplauso y
sonriendo cordialmente, no parecía realmente muy preocupado por ello.
—Ante ustedes
el actual campeón que defenderá su título —vociferó el alcalde—. ¡El mismísimo
Bill Travis de Gretna!
—¡Vete a por
las diez, Billy, muchacho!
—¡Bravo por
Billy!
—¿Cuántas te
piensas ventilar esta noche, Billy?
—¡He apostado
dos por ti, Bill! ¡No me dejes en la estacada, muchacho!
—¡Guárdame una
tarta, Bill!
Cabeceando y
sonriendo con absoluta modestia, Bill Travis dejó que el alcalde le colocara el
babero y se lo atara. Se sentó a continuación en el extremo de la derecha de la
gran mesa, cerca de donde permanecía el alcalde durante el concurso. Así pues,
los comensales eran, de derecha a izquierda: Bill Travis, David Hogan el
Gordinflón, Bob Cormier, el director del colegio John Wiggins y, en el extremo
izquierdo, Calvin Spier.
A continuación,
el alcalde presentó a Sylvia Dodge, que era incluso más popular dentro del
concurso que el propio Bill Travis. Había sido presidenta de la Asociación de
Mujeres de Gretna la tira de años (según algunos graciosos locales, desde la
primera batalla de Manassas[1]) y era la encargada de supervisar el horneado de
las tartas sometiéndolas a un estricto control personal de calidad, que incluía
la ceremonia de pesarlas en la balanza de la carnicería del señor Bancichek
para asegurarse que todos los pasteles se atenían a un margen determinado de
variación de peso.
Sylvia sonrió
majestuosamente a la multitud, su cabello azul tintineando bajo el ardiente
brillo de las bombillas. Pronunció unas palabras sobre lo mucho que la
complacía el que acudiera tanta gente a festejar a sus esforzados antepasados
pioneros, aquellos que habían hecho grande el país, pues era grande no solo al
nivel superficial en el que el alcalde Charbonneau llevaría a los republicanos
de la localidad a los asientos sagrados del gobierno municipal nuevamente en
noviembre, sino al nivel nacional, en el que el equipo de Nixon y Lodge
tomarían la antorcha de la libertad de nuestro gran general amado y la
mantendrían alta para…
El estómago de
Calvin Spier rugió sonoramente, ¡goinnnnng! Hubo un suave aplauso. Sylvia
Dodge, que sabía perfectamente que Calvin era demócrata y católico (una sola de
las dos cosas podía ser perdonable, pero jamás ambas combinadas), logró
sonrojarse, sonreír y adoptar al mismo tiempo una expresión furiosa. Carraspeó
y concluyó con una resonante exhortación a los chicos y chicas presentes
diciéndoles que conservaran siempre alto el rojo, blanco y azul, no solo en sus
manos sino también en sus corazones y que recordaran que fumar era un hábito
sucio y pernicioso que provocaba tos. Y los chicos y chicas que la escuchaban,
casi todos los cuales al cabo de otros ocho años llevarían insignias pacifistas
y no fumarían Camels sino mariguana, arrastraban los pies y esperaban
emocionados que la acción comenzara.
—¡Menos charla
y más comida! —gritó alguien al fondo, y se oyó un gran aplauso… más fuerte
esta vez.
El alcalde
entregó a Sylvia Dogde un cronómetro y un silbato plateado de policía, que
tendría que utilizar al concluir los diez minutos de tiempo. En cuyo momento el
alcalde se adelantaría y alzaría la mano del ganador.
—¿¿Estáis
listos?? —atronó triunfal la voz del alcalde por los altavoces en toda la calle
Mayor.
Los cinco
concursantes declararon que estaban listos.
—¿¿Todos
dispuestos?? —insistió Hizzoner.
Los comensales
gruñeron que estaban realmente dispuestos. Calle abajo, un chico hizo estallar
una retumbante sarta de fuegos artificiales.
El alcalde
Charbonneau alzó una mano rechoncha y la bajó luego.
—¡¡¡ADELANTE!!!
Cinco cabezas
se hundieron de golpe en cinco bandejas de tartas. El sonido semejaba el de
grandes pies chapoteando en el fango. Estos sonidos chapoteantes se alzaron en
el cálido aire nocturno y quedaron luego borrados cuando apostadores y espectadores
del público empezaron a animar a sus favoritos. Y hasta que la primera tarta
desapareció, la mayoría de la gente no advirtió que podría estarse fraguando un
resultado sorprendente.
Hogan el
Gordinflón, del que no se esperaba que ganase, debido a su edad e
inexperiencia, comía como un poseso. Sus mandíbulas trituraron la corteza con
insólita potencia y rapidez (las normas del concurso solo exigían que se
comiera la corteza superior de la tarta, pero no la capa inferior) y cuando
acabó con ella se oyó un estruendoso sonido de absorción, semejante al de una
aspiradora industrial cuando se pone en marcha. A continuación toda su cabeza
desapareció en la bandeja. Y a los quince segundos se irguió para indicar que
había concluido. Tenía frente y mejillas embadurnadas de arándanos y parecía un
payaso listo para salir a escena. Había terminado, había acabado con la primera
antes incluso que el legendario Bill Travis hubiera acabado siquiera la mitad.
Un asombroso
aplauso se alzó en la calle cuando el alcalde examinó la bandeja de la tarta de
Hogan y declaró que estaba suficientemente limpia. Señaló otra tarta en el
marcador. Gordinflón se había engullido una tarta del tamaño reglamentario en
solo cuarenta y dos segundos. Un récord.
Se lanzó a la
segunda tarta aún con más furia, hundiendo la cabeza en el suave relleno y,
mientras pedía su segunda tarta, Bill Travis le miró. Confesaría a los amigos
que tuvo la impresión de participar en un auténtico concurso por primera vez
desde mil novecientos cincuenta y siete, año en el que George Gamache devoró
tres tartas en cuatro minutos y acto seguido perdió el conocimiento,
desplomándose. Se preguntó, según contó luego, si aquel contrincante sería un
chico o un diablo. Recordó el dinero que se jugaba en aquello y redobló sus
esfuerzos.
Pero si Travis
redobló sus esfuerzos, Gordinflón los triplicó. Los arándanos saltaban de la
bandeja de su segunda tarta, manchando todo el mantel como un cuadro de Jackson
Pollock. Tenía arándanos en el pelo, arándanos en el babero, arándanos por toda
la frente como si, en un paroxismo de concentración, hubiera empezado a sudar
arándanos.
—¡Acabé!
—gritó, retirando la cabeza de su segunda bandeja de tarta antes incluso de que
Billy Travis hubiera terminado la corteza de la segunda.
—Mejor más
despacio, chico —murmuró Hizzoner. El propio Charbonneau había apostado diez
dólares a Billy Travis—. Tendrás que aminorar un poco si es que quieres
aguantar.
Como si no le
hubiera oído, Gordinflón atacó la tercera tarta, sin demorarse un segundo, moviendo
las mandíbulas con rapidez demencial. Y entonces…
Pero debo
hacer un alto para contaros lo de la botella vacía que había en el botiquín de
la casa de los Hogan. Anteriormente, aquella botella estaba llena, en unos tres
cuartos de su capacidad, con aceite de ricino amarillo perlado, tal vez el
líquido más infame que el Buen Dios haya permitido aparecer sobre o bajo la faz
de la tierra. Gordinflón había vaciado aquella botella, bebiéndose hasta la
última gota y lamiéndola luego, retorciendo la lengua y sintiendo náuseas
mientras pensaba en la dulce venganza.
Y cuando
avanzaba en la devoración de la tercera tarta (Calvin Spier, que según las
predicciones quedaría el último, ni siquiera había terminado todavía la
primera), Gordinflón empezó deliberadamente a torturarse con espeluznantes y
desagradables fantasías. No, no estaba comiendo tartas; estaba comiendo tripas
de vacas. Estaba devorando una inmensa cantidad de sucias y grasientas tripas.
Estaba devorando las entrañas de una tortuga cubiertas con dulces arándanos.
Dulce de arándano podrido.
Acabó la
tercera tarta y pidió la cuarta; ahora le llevaba una tarta de ventaja al
legendario Bill Travis. La inconstante multitud, percibiendo la presencia de un
nuevo e inesperado campeón, empezó a vitorearle y a animarle.
Pero
Gordinflón ni esperaba ni tenía la menor intención de ganar. No podría haber
seguido a aquel ritmo ni aunque estuviera en ello la vida de su madre. Y
además, para él, ganar era perder; la venganza era el único galardón que
perseguía. Su estómago gruñía lubricado con aceite de ricino, las náuseas
subían y bajaban; concluyó la cuarta tarta y pidió la quinta, la Tarta
Definitiva, Arándanos le sientan bien a Electra, como si dijéramos. Hundió la
cabeza en la tarta, rompiendo la corteza de la misma, y se le llenó la nariz de
arándanos. Se manchó toda la camisa de arándanos. El contenido de su estómago
pareció adquirir de repente consistencia y peso. Masticó la corteza pastosa y
la tragó. Inhaló arándanos.
El momento de
la venganza llegaba, estaba al alcance de la mano. Su sobrecargado estómago se
sublevó. Lo sentía como si le atenazara una mano fuerte embutida en un guante
de goma resbaladizo. Abrió la garganta.
Gordinflón
alzó la cabeza.
Sonrió a Bill
Travis, con todos los dientes color arándano.
El vómito
retumbó garganta arriba como un camión de seis toneladas pasando como un tiro
por un túnel.
Salió rugiendo
de su boca en un chorro azul amarillento, caliente y humeante. Cayó sobre Bill
Travis, que solo tuvo tiempo de pronunciar una sílaba absurda, algo así como
«¡Guuj!». Las mujeres gritaron. Calvin Spier, que había contemplado este
imprevisto suceso con una expresión de sorpresa y aturdimiento, se inclinó
sobre la mesa, como si fuera a hablar, a explicar a los boquiabiertos
espectadores lo que estaba sucediendo, y vomitó en la cabeza de Marguerite
Charbonneau, esposa del alcalde. Este gritó y retrocedió, manoteando en vano en
dirección a su cabello, cubierto ahora de una pasta de fresas, alubias cocidas
y salchichas a medio digerir (las dos últimas sustancias habían constituido la
cena de Cal Spier). Se volvió entonces hacia su buena amiga María Lavin y
depositó su propia cena en la elegante chaqueta de ante de María.
En rápida
sucesión, como una repetición de los cohetes:
Bill Travis
lanzó un gran y al parecer sobrecargado chorro de vómito sobre las dos primeras
filas de espectadores con una expresión de desconcierto que parecía decir:
Amigos, sencillamente me resulta imposible creer lo que estoy haciendo.
Chuck Day, que
había recibido una generosa porción del regalo sorpresa de Bill Travis, vomitó
por encima de su calzado Hush Puppies y parpadeó contemplándolos sorprendido,
totalmente seguro de que aquellos zapatos no volverían a ser de ante.
John Wiggings,
director de la escuela de enseñanza primaria de Gretna, separó sus amoratados
labios y dijo en tono reprobatorio:
—¡Verdaderamente
esto es… UUUAAAKKKJ!
Como
corresponde a un hombre de su alcurnia y posición, lo depositó en su propia
bandeja de tarta.
Hizzoner
Charbonneau, que se encontró de pronto presidiendo lo que más habría parecido
un pabellón hospitalario de enfermos del estómago que un concurso de comer
tartas, abrió la boca para dar el asunto por concluido de una vez por todas e
inundó el micrófono de vomitada.
—¡Que Dios nos
asista! —suplicó Sylvia Dodge, y a continuación lo echó todo: almejas, ensalada
de col, maíz con mantequilla y azúcar (por lo menos dos mazorcas), y una
generosa porción del pastel de chocolate de Muriel Harrington, que abrió de
golpe la salida de emergencia y aterrizó con un gran plaf húmedo en la espalda
de la chaqueta Robert Hall del alcalde.
Gordinflón
Hogan, en el pináculo de su joven existencia, desbordaba alegría ante el
público. El vómito reinaba ahora por doquier. La gente se tambaleaba
describiendo círculos beodos, llevándose las manos a la garganta y emitiendo
débiles graznidos. Un lindo pequinés cruzó corriendo el escenario ladrando
enloquecido y un hombre con tejanos y camisa de seda estilo oeste le echó
encima una gran vomitada que a poco le ahoga. La señora Brockway, esposa del
ministro metodista, soltó un prolongado regüeldo, seguido de un chorro de carne
asada en descomposición, puré de patatas y pastel de manzana. Por cierto que el
pastel de manzana parecía que no debía haber estado nada mal cuando fue
ingerido. Jerry Maling, que se había acercado a ver su artilugio mecánico preferido,
se retiró, decidido a poner terreno por medio entre él y aquel manicomio. Había
recorrido unos quince metros cuando tropezó con un cochecito rojo de juguete y
comprendió que había aterrizado en un charco de cálido bilis. Jerry arrojó en
su propio regazo y explicó luego a sus padres que agradecía al cielo el haber
llevado puesto el mono. Y la señorita Norman, que daba clase de latín e inglés
en el instituto de Gretna, en un paroxismo de corrección, vomitó en su propio
bolso.
Hogan el
Gordinflón lo contemplaba todo resplandeciente y sereno, el estómago tranquilo
y reposado, cálido bálsamo que jamás volvería a conocer: la absoluta y plena
satisfacción.
Se levantó,
tomó el pringoso micrófono con cuidado, de la mano temblona del alcalde, y
dijo…
17
—«Declaro nulo
el concurso.»
»Depositó
luego el micro sobre la mesa, salió por detrás del tablado y se encaminó
directamente a casa.
Allí estaba su
madre, que no había podido encontrar una niñera que cuidara a la hermana
pequeña de Gordinflón, que tenía solo dos años. Y nada más verle, todo lleno de
vómito y de tarta, todavía con el babero puesto, le dice: «¿Ganaste, Davie?»,
pero él no le contesta maldita palabra, ¿comprendéis? Se limita a subir a su
cuarto, cierra la puerta y se echa en la cama.
Tomé el último
sorbo de la botella de Chris y la lancé a los arbustos.
—Vaya, está
bien, estupendo. ¿Y qué ocurrió luego? —preguntó con gran interés Teddy.
—No sé.
—¿Qué quieres
decir con lo de que no lo sabes? —preguntó Teddy.
—Pues que
termina así. Cuando no sabes lo que pasa después, pues ese es el fin.
—¿Queeeeé?
—gritó Vern. Su expresión era de disgusto y recelo, como si se sintiera
timado—. ¿Qué majaderías estás diciendo? ¿Cómo podría terminar?
—Has de usar
tu imaginación —dijo Chris pacientemente.
—No, de eso
nada —dijo Vern furioso—. Es a él a quien le corresponde usar la suya. Él se
inventó la maldita historia, ¿no?
—Claro. ¿Qué
le ocurrió al tipo? —insistió Teddy—. Vamos, Gordie, cuéntanoslo.
—Creo que su
padre estaba en el concurso y que cuando volvió a casa le dio una buena tunda.
—Ya, claro
—dijo Chris—. Apuesto a que fue exactamente eso lo que sucedió.
—Y —añadí— los
chicos siguieron llamándole Gordinflón, excepto algunos que empezaron a
llamarle también Echa-las-Tripas.
—Pues vaya un
final —dijo Teddy, con tristeza.
—Por eso no
quería yo contároslo.
—Podrías haber
hecho que disparara contra su padre y se largara y se uniera a los Rangers de
Tejas —dijo Teddy—. ¿Eh? ¿Qué tal ese final?
Chris y yo
intercambiamos una mirada. Chris se encogió de hombros, en un gesto
prácticamente imperceptible.
—No está mal
—dije.
—Oye, ¿tienes
más historias de Le Dio, Gordie?
—Todavía no. A
lo mejor se me ocurre alguna más —no quería disgustar a Teddy, pero en realidad
no me interesaba gran cosa averiguar lo que estaba ocurriendo en Le Dio—.
Lamento que no te haya gustado más esta.
—Bueno, no
estuvo nada mal —dijo Teddy—. En realidad, hasta el final es buena. Todo eso de
las vomitadas es realmente bueno.
—Sí, es bueno,
estupendo en realidad —convino Vern—. Pero Teddy tiene razón en lo del final.
Resulta como una especie de timo.
—Ya —dije, y
suspiré.
—Caminemos un
rato —dijo Chris levantándose. Era todavía completamente de día, aunque
nuestras sombras habían empezado a alargarse; el cielo aún era de un luminoso
azul plomizo. Recuerdo que de niño siempre me parecía que los días de
septiembre terminaban demasiado pronto, tomándome por sorpresa; era como si
algo en mi interior esperara que fuera siempre junio, que la luz del día
permaneciera en el cielo casi hasta las nueve y media—. ¿Qué hora es, Gordie?
Miré el reloj
y me sorprendió ver que ya pasaba de las cinco.
—Sí, vámonos
ya —dijo Teddy—. Tenemos que acampar antes de que anochezca para ver, para
recoger leña y todo. Y además, tengo hambre.
—A las seis y
media —prometió Chris—. ¿Todos de acuerdo?
Desde luego.
Nos pusimos de nuevo en marcha, caminando ahora junto a las vías. Pronto el río
quedaba ya tan lejos a nuestra espalda que ni siquiera podíamos oír su sonido.
Zumbaban los mosquitos a nuestro alrededor. Aplasté uno en el cuello. Vern y
Teddy caminaban delante de nosotros, tratando algún tipo de complicado
intercambio de libros de historietas. Chris caminaba a mi lado, con las manos
en los bolsillos, la camisa golpeándole rodillas y muslos como si fuese un
mandil.
—Tengo Winston
—dijo—. Los birlé de la cómoda de mi viejo. Uno para cada uno. Para después de
la cena.
—¿Sí?
¡Estupendo!
—Es cuando
sabe mejor un cigarrillo —dijo Chris con suficiencia—. Después de haber comido.
—Desde luego.
Caminamos un
rato en silencio.
—Es un buen
relato —dijo Chris de repente—. Esos son un poco duros de mollera.
—No, no es
eso. Es realmente un galimatías.
—Siempre dices
lo mismo. No me vengas con historias que ni tú mismo te crees. ¿Vas a
escribirlo? ¿El relato?
—Seguramente.
Pero no hasta que pase un tiempo. No puedo escribirlos nada más haberlos
contado. Tendrá que esperar.
—¿Qué dijo
Vern? ¿Que el final era como un timo?
—Sí.
Chris se echó
a reír.
—La vida es un
timo, ¿no lo sabías? Míranos por ejemplo a nosotros ahora.
—Vamos, lo
estamos pasando en grande.
—Seguro —dijo
Chris—. Extraordinariamente, majadero.
Me eché a
reír. También Chris.
—Salen de ti
como las burbujitas de la gaseosa —dijo al cabo de un rato.
—¿El qué?
—pero creía saber a qué se refería.
—Los relatos.
La verdad es que me deja perplejo, chico. Es como si pudieras contar un millón
de historias y no haber usado más que una mínima parte de las que tienes. Creo
que algún día serás un gran escritor, Gordie.
—No, no lo
creo.
—Claro que sí.
Lo serás. Hasta puede que escribas sobre nosotros si alguna vez andas escaso de
material.
—Tendría que
estar más bien escasísimo —le di un codazo.
Continuamos de
nuevo en silencio y al cabo de un rato me preguntó de pronto:
—¿Estás
preparado para volver a clase?
Me encogí de
hombros. ¿Lo estaba alguien alguna vez? Te apetecía un poco lo de volver y ver
a los amigos; sentías cierta curiosidad por los nuevos profesores y cómo
serían: tiernas y lindas cositas recién salidas de la escuela de profesores,
por las que podrías interesarte, o vejestorios que llevaban allí desde El
Álamo. De un modo extraño, uno podía hasta interesarse por las largas clases
monótonas, porque cuando las vacaciones de verano tocaban a su fin, a veces
sentías aburrimiento suficiente para creer incluso que podrías aprender algo.
Pero el aburrimiento veraniego no tenía nada que ver con el aburrimiento
escolar, que aparecía siempre al final de la segunda semana; y al principio ya
de la tercera semana llegabas a la verdadera cuestión: ¿Podrías acertarle a
Fiske el Maloliente en el cogote mientras el profesor escribía en el encerado
las principales exportaciones de Sudamérica? ¿Cuántos sonidos conseguirías
arrancar de la superficie barnizada del pupitre si tuvieras las manos realmente
sudadas? ¿Quién podría soltar los pedos más fuertes en los vestuarios cuando
nos cambiábamos para gimnasia? ¿A cuántas chicas conseguirías convencer para
jugar al escondite a la hora del almuerzo? Enseñanza superior, pequeño.
—Enseñanza
media —dijo Chris—. ¿Y sabes una cosa, Gordie? El próximo junio todos tendremos
que irnos.
—¿Pero de qué
estás hablando? ¿Por qué tendría que ocurrir eso?
—Porque no
será igual que la primaria, sencillamente por eso. Tú harás el bachillerato
superior, y Teddy, Vern y yo, todos, haremos formación profesional, y nos
dedicaremos a jugar a los chinos con los demás retardados y a hacer ceniceros y
jaulitas. Hasta puede que Vern tenga que ir a clases especiales para
retrasados. Tú conocerás a muchos chicos nuevos. Chicos inteligentes. Las cosas
son así, Gordie. Es así como las han organizado.
—Conoceré a un
montón de memos, si es eso a lo que te refieres —le dije.
Me agarró el
brazo.
—No, amigo, no
digas eso. No lo pienses siquiera. Ellos entenderán tus relatos, no como Vern y
Teddy.
—Al cuerno los
relatos. Yo no voy a andar con un montón de memos. De eso nada.
—No seas tan
imbécil.
—¿Es de
imbécil querer estar con tus amigos?
Me miró
pensativo, como si estuviera considerando si decirme algo o no. Caminábamos más
despacio; Vern y Teddy nos habían adelantado casi un kilómetro. El sol estaba
ya bajo y sus rayos nos llegaban en haces quebrados y polvorientos entre los
árboles, dando un tono dorado, pero de un dorado deslucido y como de oro falso,
¿comprendes lo que quiero decir? Las vías se perdían a lo lejos en la penumbra,
que justo estaba empezando a cubrir las cosas: parecía que pestañearan.
Puntitos de luz destellaban aquí y allá en ellas como si un rico chiflado
disfrazado de obrero se hubiera dedicado a incrustar un diamante en el acero cada
sesenta metros o así. Todavía hacía calor. El sudor seguía recorriendo y
puliendo nuestros cuerpos.
—Es de imbécil
si tus amigos pueden hundirte —dijo al fin Chris—. Te conozco a ti y a tus
padres. Les importas un carajo, ya lo sé. Solo les importaba tu hermano mayor.
Igual que mi padre cuando Frank «tuvo que veranear» en Portsmouth. Fue entonces
cuando empezó a meterse todo el día con los otros hijos y a pegarnos
continuamente. Tu padre no te pega, pero tal vez sea peor. Le importas un
bledo. Seguro que si le dices que quieres hacer formación profesional, pasa la
hoja del periódico y te contesta: «Bueno, está bien, Gordon, pregúntale a tu
madre qué hay de cena». Y no me digas que no es así, porque le conozco.
No intenté
contradecirle. Es realmente espantoso descubrir que otra persona, aunque sea un
amigo, conoce exactamente tu situación.
—No eres más
que un niño, Gordie…
—¡Caramba!
Gracias, papi.
—¡Ojalá fuera
yo tu padre, maldita sea! —dijo irritado—. ¡No andarías por ahí hablando de
hacer esos malditos cursos de formación profesional si lo fuera! Puede que Dios
te diera algo, Gordie, todos esos relatos que puedes inventarte, y te dijera:
esto es lo que hemos conseguido para ti, chico. Procura no perderlo. Pero los
niños lo pierden todo, a no ser que alguien vele por ellos; y si tus viejos
están demasiado destrozados para hacerlo, tal vez tenga que hacerlo yo.
Puso una cara
como si esperara que le diera un golpe. Una expresión fija y desdichada, a
aquella luz verde oro del atardecer. Acababa de violar la norma esencial de los
chicos de aquellos tiempos. Podías decir lo que fuera de otro chico, podías
criticarle y meterte con él, pero jamás criticarías a su padre ni a su madre,
ni te meterías para nada con ellos. Aquello era algo sabido y aceptado, lo
mismo que lo era el no invitar a tus amigos católicos a cenar a casa un viernes
sin haberte asegurado previamente de que no había carne de cena. Si algún chico
se metía con tu padre o con tu madre, no te quedaba más remedio que zurrarle la
badana.
—Esas
historias que cuentas, Gordie, solo son válidas para ti mismo. Si siguieras con
nosotros solo porque no quieres que la pandilla se deshaga, acabarías como
todos los demás, como carne de cañón, sacando aprobadillos para seguir en los
equipos, y todo eso. Si lo hicieras, Gordon, si hicieras los mismos malditos
cursos de formación profesional, acabarías como todos los demás… Castigos,
suspensos, y al poco tiempo lo único que te importará será cómo conseguir un
coche para poder llevar a alguna tía a los bailes o a la Twin Bridges Tavern. Y
luego la dejarás embarazada y te pasarás el resto de la vida en la fábrica o en
algún taller de zapatería de Auburn o hasta puede que en Hillcrest desplumando
pollos. Y nadie escribirá jamás ese relato de las tartas; nadie escribirá nada.
Y todo porque no eres más que un presuntuoso de mierda con la cabeza llena de
idioteces.
Cuando me dijo
todo esto, Chris Chambers tenía doce años. Pero mientras me lo estaba diciendo,
su rostro se fue contrayendo y transformándose en el de un adulto, en el de
alguien mucho mayor, en el de alguien sin edad. Hablaba en un tono monótono y
maquinal, a pesar de lo cual sus palabras me llenaron de espanto. Era como si
él ya hubiera vivido todo aquello, aquella vida en la que te dicen que te
acerques y que hagas girar la Rueda de la Fortuna y gira perfectamente y el
tipo pisa un pedal y sale doble cero, gana la casa, todo el mundo pierde. Te
dejan pasar gratis y luego te echan la soga al cuello, muy divertido, eh.
Me agarró el
brazo y apretó con fuerza. Sus dedos se hundieron en mi carne. Se le marcaban
los nudillos. De pronto vi sus ojos cenicientos y mortecinos… tan muertos,
amigo, en realidad, que podrían acabar de salir de su propio ataúd.
—Sé lo que
piensa la gente de mi familia en este pueblo: Sé lo que piensan y lo que
esperan de mí. Nadie me preguntó siquiera aquella vez si había agarrado el
dinero de la leche. Se limitaron a darme tres días de «vacaciones».
—¿Lo hiciste?
—le pregunté.
Nunca se lo
había preguntado, y si me hubieras dicho que alguna vez lo haría, te habría
dicho que estabas loco. Las palabras salieron de mi boca sin pensarlo.
—Claro —dijo—.
Claro que lo tomé —se quedó un momento en silencio, mirando a Teddy y a Vern—.
Tú sabías que lo tomé, Teddy lo sabía, todo el mundo lo sabía. Hasta creo que
Vern lo sabía.
Iba a negarlo,
pero decidí no hacerlo. Tenía razón. No importaba lo que yo les hubiera dicho a
mis padres de que a una persona se la consideraba inocente hasta que se
demostrara su culpabilidad, tenía razón; yo le había creído culpable.
—Luego, tal
vez me arrepintiera e intentara devolverlo —dijo Chris.
Le miré
fijamente, con los ojos muy abiertos.
—¿Intentaste
devolverlo? —pregunté.
—Dije tal vez.
Solo tal vez. Y tal vez hablara con la vieja señora Simons y se lo entregara, y
tal vez el dinero estuviera allí, pero me dieron de todas formas los tres días
de «vacaciones», porque el dinero no apareció. Y puede que a la semana
siguiente la vieja señora Simons se presentara en el colegio con una flamante
falda.
Miré a Chris,
demasiado asombrado para poder pronunciar una sola palabra. Me sonrió, pero era
una sonrisa torva, terrible, que no incluía sus ojos.
—Solo tal vez
—dijo, pero yo recordé la falda nueva: una falda de algodón en tonos pardos muy
bonita, muy amplia. Recordé haber pensado que la señora Simons parecía más
joven, casi bonita, con ella.
—Chris,
¿cuánto dinero era?
—Casi veinte
pavos.
—¡Chris!
—dije, en un susurro.
—Así que
digamos que robé el dinero de la leche y que luego la vieja señora Simons me lo
robó a mí. Imagínate que salgo con esa historia. Yo, Chris Chambers. Hermano de
Frank Chambers y de Ojo Chambers. ¿Crees que alguien me habría creído?
—Ni hablar
—dije, en un susurro—. ¡Santo cielo!
Volvió a
ofrecerme su sonrisa helada y atroz.
—¿Y crees que
aquella zorra se habría atrevido a hacer algo parecido si se hubiera tratado de
alguno de esos niñitos de The View? ¿Si hubiera sido uno de ellos quien hubiera
tomado el dinero?
—No —dije.
—Claro que no.
Si hubiera sido uno de ellos, la Simons habría dicho: «Muy bien, muy bien, lo
olvidaremos por esta vez, pero tendrás un buen castigo, y si se te ocurre
volver a hacerlo, el castigo será doble». Pero tratándose de mí… en fin, tal
vez llevara mucho tiempo deseando comprarse aquella falda. En cualquier caso,
vio la ocasión y la aprovechó. Fui un imbécil por intentar devolverlo. Pero
cómo iba a ocurrírseme siquiera… cómo… que una profesora, oh, qué más da ya, de
todas formas. ¿Por qué diablos estoy ahora contándotelo?
Se pasó el
brazo, con irritación, por los ojos y me di cuenta de que estaba a punto de
echarse a llorar.
—Chris —le
dije—. ¿Por qué no haces los cursos del instituto y vas luego a la universidad?
Puedes hacerlo perfectamente, eres inteligente.
—Oh, todo eso
lo deciden ellos en su despacho. Y en sus reuniones. Los profesores, ya sabes,
se sientan todos juntitos formando un círculo y todos ellos dicen: «Ya, ya,
claro, claro». Lo único que les importa algo es cómo te portaste en la primaria
y lo que piensan en el pueblo de tu familia. En realidad, de lo que se trata y
lo que ellos están determinando es si contaminarás o no a esos preciosos
niñitos que se preparan para la universidad. Pero puede que lo intente por mi
cuenta. No sé si podré conseguirlo, pero puedo intentarlo. Porque quiero
largarme de Castle Rock e ir a la universidad y no volver a ver a mi viejo ni a
mis hermanos nunca. Quiero irme a algún sitio donde nadie me conozca y no tenga
cosas en mi contra antes siquiera de empezar. Pero, claro, no sé si podré
conseguirlo.
—¿Por qué no?
—La gente,
Gordie. La gente te hunde.
—¿Quién?
—pregunté, pensando que debía referirse a los profesores, o a monstruos adultos
como la señora Simons, que había deseado tener una falda nueva, o tal vez a su
propio hermano, que andaba con Ace y Billy y Charlie y los demás, o tal vez a
sus propios padres.
—Tus amigos te
hunden, Gordie. ¿Es que no lo sabes? —me dijo. Y señaló a Vern y a Teddy, que
se habían parado a esperarnos; se estaban riendo por algo. En realidad, Vern
parecía a punto de reventar de risa—. Tus amigos, Gordie. Son como náufragos
ahogándose que se agarran a tus piernas. No puedes salvarles. Solo puedes
hundirte con ellos.
—¡Venga ya,
tardones! —gritó Vern, todavía riéndose.
—¡Venga,
vamos! —gritó Chris, y, antes de que yo pudiera decir nada, echó a correr. Hice
otro tanto, pero él alcanzó a los otros antes de que yo le alcanzara a él.
18
Seguimos
caminando casi otros dos kilómetros y entonces decidimos acampar para pasar la
noche. Había todavía suficiente luz, pero en realidad ninguno quería usarla.
Estábamos agotados por todo lo ocurrido, la escena del basurero, el susto del
puente; pero sin duda había algo más. Estábamos ya en Harlow, en el bosque. En
algún lugar, ya no muy lejos, había un chico muerto, seguramente destrozado y
cubierto de moscas. Y de gusanos, también, para entonces. Nadie deseaba
acercarse a él demasiado, pues la noche estaba avanzando. Yo había leído en
algún sitio (creo que en un relato de Algernon Blackwood) que el espíritu de
una persona permanece cerca de su cadáver hasta que el cuerpo recibe cristiana sepultura,
y no deseaba en absoluto despertarme por la noche y encontrarme frente al
incandescente y desencarnado espíritu de Ray Brower, gimiendo y disparatando y
flotando entre los negros y susurrantes pinos. Calculamos que acampando allí,
nos separarían de él lo menos unos quince kilómetros; sin duda alguna, los
cuatro sabíamos perfectamente que no existían cosas tales como espíritus y
fantasmas, aunque, de cualquier forma, quince kilómetros seguían pareciéndonos
una distancia razonable entre nosotros y aquello en lo que no creíamos.
Vern, Chris y
Teddy recogieron leña y consiguieron hacer un modesto fuego de campamento sobre
un lecho de cenizas. Chris limpió completamente de yerbas el terreno todo
alrededor del fuego, pues el bosque estaba tan absolutamente seco por la sequía
que era mejor tomar todas las precauciones. Mientras ellos hacían todo esto, yo
afilé unos palos e hice lo que mi hermano Denny solía llamar «palillos de
pioneros», que consistían en trozos de carne picada colocados en los extremos de
ramitas verdes. Los tres se reían y discutían sobre su conocimiento de la vida
en los bosques (que era prácticamente nulo; en Castle Rock había un grupo de
boy scouts, pero casi todos los chicos de nuestra pandilla la consideraban una
organización de cobardicas), discutiendo si era mejor cocinar sobre las llamas
o sobre las brasas (punto discutible; estábamos demasiado hambrientos para
esperar que se formaran brasas), si el musgo seco podría servir como leña, qué
podrían hacer si se les acababan las cerillas sin haber conseguido avivar la
hoguera. Teddy decía que él podía hacer fuego frotando dos palitos. Chris
argüía que de alguna forma se las ingeniarían. Pero no hubo necesidad de ello.
Vern consiguió que a la segunda cerilla el musgo seco prendiera y también la
pequeña pila de leña. El día era perfectamente calmo; el aire estaba
absolutamente quieto. Alimentamos por turnos la débil hoguera hasta que empezó
a animarse y empezaron a arder unos troncos que habían traído de una trampa que
estaba a unos treinta metros bosque adentro.
Cuando las
llamas empezaron a ceder un poquito, clavé los palos en que había colocado los
«palillos de pionero» asegurándolos bien en el suelo formando ángulo con la
hoguera. Nos sentamos alrededor contemplándolos mientras rielaban y goteaban y,
por último, empezaban a dorarse. Nuestros estómagos iniciaron el canturreo
previo a la ingestión.
Sin podernos
esperar a que se hicieran bien, agarramos cada uno nuestra ración
correspondiente, la metimos en los bollos y le arrancamos el palillo del
centro. La carne estaba achicharrada por fuera, cruda por dentro y
absolutamente deliciosa. La devoramos en cuestión de segundos; nos limpiamos la
boca con la mano. Entonces, Chris abrió su mochila y sacó una cajita de vendas
(la pistola estaba al fondo de la mochila, y como no le había dicho nada a Vern
ni a Teddy, yo creía que era nuestro secreto). Abrió la cajita y nos dio un
Winston abollado a cada uno. Los encendimos con ramitas del fuego y luego nos
echamos hacia atrás, dueños del mundo, contemplando el humo del cigarrillo
perdiéndose en el crepúsculo. Ninguno nos tragábamos el humo, pues de hacerlo
toseríamos y eso supondría uno o dos días de aguantar las bromas de los otros.
Y era bastante agradable simplemente chupar y soplar, escupiendo en la hoguera
para oír el chisporroteo (aquel verano aprendí a descubrir a una persona que no
sabe fumar: si no eres un experto, escupes muchísimo). Nos sentíamos muy bien.
Fumamos los Winstons hasta el filtro, que echamos luego a la hoguera.
—No hay como
un cigarrillo después de comer —dijo Teddy.
—Y que lo
digas —convino Vern.
Los grillos
habían empezado a canturrear en la verde penumbra. Alcé la vista hacia el trozo
de cielo visible a través del corte de las vías; el azul se estaba tornando
púrpura. La última luz del crepúsculo me produjo tristeza y serenidad a un
tiempo, valiente aunque no realmente valiente, agradablemente melancólico.
Preparamos un
lugar en la maleza junto al terraplén y colocamos allí nuestros sacos de
dormir. Luego nos dedicamos durante más o menos una hora a alimentar el fuego y
a charlar: el tipo de conversación que no volverás a recordar en cuanto pases
de los quince y descubras a las chicas. Hablamos de cuál era el mejor bote de
pesca de arrastre de Castle Rock, de si Boston quedaría eliminado aquel año y
de que el verano se acababa. Teddy contó que una vez había estado en White
Beach, en Brunswick, y un chico se había golpeado mientras nadaba bajo el agua
y casi se había ahogado. Repasamos durante bastante tiempo los méritos de los
profesores que habíamos tenido. Todos estábamos de acuerdo en que el señor
Brooks era el individuo más débil de todo el colegio: parecía a punto de
echarse a llorar solo porque le contestaras con descaro. Y allí teníamos
también a la señorita Cote (que se pronunciaba Cody) que era sin duda alguna la
zorra más despreciable que Dios hubiera colocado sobre la faz de la tierra.
Vern contó que le habían dicho que hacía unos dos años le había dado una paliza
tal a un niño que casi le deja ciego. Miré a Chris, preguntándome si hablaría
de la señorita Simons, pero no dijo nada en absoluto y ni me vio que le estaba
mirando; él estaba mirando a Vern, asintiendo tranquilamente a lo que Vern
decía.
Mientras la
noche se echaba encima, no hablamos de Ray Brower, pero yo pensaba en él. Hay
algo terrible y fascinante en la forma en que cae la noche en el bosque, donde
su llegada no queda mitigada por las luces de las casas ni de los coches ni de
las calles. Llega sin que las voces maternas llamando a sus hijos la anuncien.
Si estás acostumbrado al pueblo, la llegada de la noche en el bosque parece más
un desastre natural que un fenómeno natural; crece igual que el río Castle se
hincha en primavera.
Y mientras
pensaba en el cuerpo de Ray Brower en aquella luz (o en aquella falta de luz)
no sentía temor alguno de que se nos apareciera de repente, un espíritu
farfullante cuyo propósito era devolvernos al lugar de donde habíamos venido
para que no perturbáramos su paz, sino una súbita e insólita oleada de
compasión por el hecho de que estuviera solo e indefenso en la oscuridad que se
estaba adueñando ahora de nuestro lado de la tierra. Estaba absolutamente
desvalido, sin su madre que le protegiera, sin su padre, ni Jesucristo con toda
su corte celestial. Estaba muerto y estaba absolutamente solo, tirado allá en
la zanja; comprendí que si no dejaba de pensar en ello, acabaría echándome a
llorar.
Así que conté
un cuento de Le Dio, inventado sobre la marcha y no muy bueno; y cuando le puse
fin, como a la mayoría de historias de Le Dio, con un soldado estadounidense
soltando una agonizante declaración de patriotismo y amor por la chica que le
esperaba allá en casa, en la cara triste y sabedora del sargento de la compañía,
no era la cara blanca y asustada de ningún soldado raso de Castle Rock ni de
White River Junction la que veía mentalmente, sino la cara de un muchacho mucho
más joven, muerto ya, con los ojos cerrados, los rasgos contraídos, un
arroyuelo de sangre corriéndole hacia la barbilla desde la comisura izquierda
de los labios. Y tras él, en lugar de las destrozadas tiendas e iglesias de mi
Le Dio, solo el bosque oscuro y la vía férrea alzándose contra el cielo
estrellado como un túmulo funerario prehistórico.
19
Desperté en
plena noche totalmente desorientado, preguntándome cómo haría tanto fresco en
mi dormitorio y quién habría dejado abiertas las ventanas. Tal vez Denny. Había
estado soñando con Denny, que estábamos en el parque estatal de Harrison. Pero
aquello había sido cuatro años antes.
No estaba en
mi dormitorio; estaba en algún otro lugar. Alguien me sujetaba con fuerza en un
abrazo osuno, alguien más se apoyaba en mi espalda y una tercera persona estaba
agazapada a mi lado, con la cabeza inclinada, como escuchando.
—¿Qué diablos
pasa? —pregunté, realmente asombrado.
Un largo
gruñido como respuesta. Parecía Vern.
Eso me hizo
comprender, me devolvió a la realidad, recordé dónde estaba… pero ¿qué estaban
haciendo todos despiertos en plena noche? ¿O habría estado dormido solo unos
segundos? No, era imposible, porque una fina franja de luna flotaba en el
centro justo de un cielo negrísimo.
—¡No dejes que
me agarre! —gimoteaba Vern—. Juro que seré bueno, me portaré siempre bien,
levantaré la tapa de abajo antes de hacer pis, yo… yo…
Con cierto
asombro, comprendí que estaba oyendo una plegaria… o al menos el equivalente a
una plegaria para Vern Tessio.
Me incorporé
deprisa, asustado.
—¿Chris?
—Cállate, Vern
—dijo Chris. Era el que estaba agazapado y como escuchando—. No es nada.
—Oh, sí que lo
es —dijo Teddy lúgubremente—. Es algo.
—¿Qué es?
—pregunté.
Seguía
soñoliento y desorientado, completamente descentrado de tiempo y lugar. Me
asustaba el haber llegado demasiado tarde a lo que hubiera sucedido… quizá
demasiado tarde para defenderme como era debido.
Entonces, como
en respuesta a mi pregunta, un grito sordo y prolongado resonó lánguidamente en
el bosque: era idéntico al grito que daría una mujer muerta de miedo y dolor.
—¡Oh, Dios mío
bendito! —lloriqueó Vern lastimeramente.
Y volvió a
atenazarme con aquel abrazo osuno que me había despertado, casi impidiéndome
respirar y acrecentando mi propio terror. Conseguí con gran esfuerzo que me
soltara y gateó y se colocó pegado a mi espalda como un cachorrillo incapaz de
pensar en ningún otro sitio adonde ir.
—Es ese chico
Brower —dijo Teddy con voz ronca—. Su espíritu está libre por el bosque.
—¡Santo cielo!
—gritó Vern, como si tal idea no le sorprendiera lo más mínimo—. ¡Prometo que
no volveré a coger libros sucios de la tienda de Shalie! ¡Prometo que no le
daré mis zanahorias al perro nunca! Yo… Yo… Yo… —forcejeaba, esperando sobornar
a Dios con lo que fuera e incapaz de pensar en algo realmente bueno, en el
paroxismo de su terror—. ¡No volveré a fumar cigarrillos sin filtro! ¡No diré
palabrotas! ¡No echaré el chicle en la bandeja de limosnas! ¡No volveré a…!
—Cállate, Vern
—dijo Chris, y bajo su habitual rudeza autoritaria pude advertir, oír, el
sonido retumbante del espanto. Me pregunté si tendría la carne de gallina y los
pelos de punta como yo, si su miedo seria tan intenso como el mío.
Bajó la voz
hasta que solo fue un susurro y en tal tono siguió exponiendo las reformas que
se proponía establecer si Dios le permitía seguir con vida después de aquella
noche.
—Es un pájaro,
¿no? —pregunté a Chris.
—No. Al menos
a mí no me lo parece. Creo que es un lince. Mi padre dice que gritan de un modo
espantoso cuando se disponen a aparearse. Parece una mujer, ¿verdad?
—Oh, sí —dije.
Se me quebró
la voz y dos cubos de hielo cayeron en el vacío que hubo entre ambas palabras.
—Pero ninguna
mujer gritaría tan fuerte… —dijo Chris—. ¿Lo haría, Gordie? —añadió débilmente.
—¡Es el
fantasma de ese chico! —volvió a susurrar Teddy; los cristales de sus gafas
reflejaban la luz de la luna en débiles manchas un tanto nebulosas—. Voy a
buscarlo.
No creo que
hablara en serio, pero no podíamos esperar a averiguarlo. Cuando hizo ademán de
levantarse, Chris y yo le agarramos y le obligamos a echarse de nuevo. Puede
que lo hiciéramos con demasiada rudeza, pero, debido al miedo, teníamos los
músculos como cables.
—¡Dejadme
levantar, imbéciles de mierda! —gritó Teddy, debatiéndose—. Si digo que voy a
buscarle, es que voy a buscarle. ¡Quiero verle! ¡Quiero ver al fantasma!
¡Quiero ver si…!
El salvaje
grito sollozante volvió a rasgar la noche, cortando el aire como un cuchillo de
hoja de cristal, dejándonos otra vez petrificados, con las manos sobre Teddy
(si Teddy hubiera sido una bandera habríamos parecido el cuadro de los infantes
de Marina de Iwo Jima). El grito escaló con asombrosa facilidad octava tras
octava, alcanzando alturas increíbles, permaneció un instante en un punto
máximo y volvió luego a bajar hasta desaparecer en un registro insólitamente
bajo semejante al zumbido de una abeja monstruosa: siguió a esto la explosión
de lo que pareció una risotada demencial… y luego, otra vez el silencio.
—¡Que Dios se
apiade de nosotros! —susurró Teddy, y no volvió a mencionar lo de adentrarse en
el bosque para averiguar qué era lo que emitía aquel grito lastimero.
Los cuatro nos
apretujamos los unos contra los otros; yo pensé en escapar, en echar a correr.
Y dudo mucho que fuera yo el único… Si hubiéramos acampado de veras detrás de
la casa de Vern (donde nuestros padres creían que estábamos) seguro que
habríamos escapado. Pero Castle Rock estaba demasiado lejos de donde nos
encontrábamos realmente y solo pensar en cruzar aquel puente de las vías de
noche me ponía la carne de gallina. Y correr adentrándonos más en Harlow y
aproximándonos más al cadáver de Ray Brower era igualmente inconcebible.
Estábamos atrapados. Si en verdad había algo allá en el bosque que quería
agarrarnos, con toda seguridad lo haría…
Chris propuso
que mantuviéramos la vigilancia durante toda la noche y a los demás nos pareció
bien. Lo echamos a suertes y a Vern le tocó hacer el primer turno. A mí, el
último. Así que Vern se sentó con las piernas cruzadas junto a los restos de la
hoguera, mientras los otros tres volvíamos a echarnos. Nos apretujamos los tres
juntitos como ovejas.
Yo estaba
convencido de que me sería imposible dormir, pero lo conseguí; un sueño ligero,
inquieto, que recorría el inconsciente como un submarino con el periscopio
alzado. Mis sueños de duermevela estuvieron poblados de gritos salvajes que tal
vez fueran reales o únicamente producto de mi imaginación. Vi (creí ver) algo
blanco e informe moviéndose entre los árboles como una sábana grotescamente
ambulante.
Y al final me
deslicé en algo que sabía que era un sueño. Chris y yo estábamos nadando en
White Beach, un cascajal de Brunswick que habían convertido en un lago en
miniatura cuando las excavadoras llegaron al agua. Era el lugar en que viera Chris
a aquel chico que se golpeó la cabeza y estuvo a punto de ahogarse.
En mi sueño
estábamos nadando tranquilamente bajo el ardiente sol de julio cayendo sobre
nosotros. De lejos, de la balsa nos llegaban los gritos y risotadas de los
chicos que subían y se tiraban o subían y los empujaban. Oía los cilindros
vacíos de petróleo que mantenían la balsa a flote retumbando y entrechocando:
un sonido no muy distinto al de campanadas de las iglesias, que son tan
solemnes y tienen un tono tan profundo. En la playa de arena y grava, los
cuerpos aceitados reposaban boca abajo sobre frazadas; niñitos con cubos se
agachaban a la orilla del agua o se sentaban dichosos echándose porquería en el
pelo con palas de plástico y los adolescentes se apiñaban en grupitos gesticulando
y mirando a las chicas que paseaban incansables arriba y abajo en parejas o en
tríos, jamás solas, con las zonas secretas de sus cuerpos cubiertas con
inexpugnables trajes de baño. La gente corría a saltitos sobre los talones para
llegar al bar. Y volvían con patatas fritas, pinchitos y bocadillos.
La señorita
Cote pasó por nuestro lado en una balsa hinchable de goma. Estaba echada boca
arriba, vestía su típico uniforme escolar de septiembre a junio: un traje gris
dos piezas con un grueso jersey en vez de blusa bajo la chaqueta, una flor
prendida sobre un pecho prácticamente inexistente y gruesos calcetines. Los
zapatos negros de tacón alto rastrillaban el agua tras de sí formando pequeñas
uves. Se había teñido el pelo en un tono azulado, como mi madre, y lo llevaba
recogido en esos rizos tupidos de olor medicinal que parecen muelles de reloj.
Las gafas le brillaban brutalmente al sol.
—A ver dónde
ponéis los pies, chicos —dijo—. Mucho cuidado u os pegaré hasta dejaros ciegos.
Puedo hacerlo; la junta directiva me ha concedido esa facultad. Vamos, señor
Chambers, «El arreglo del muro», por favor. De memoria.
—Intenté
devolver el dinero —decía Chris entonces—. ¡La vieja dama Simons dijo que de
acuerdo, pero se lo quedó! ¿Me oye? ¡Se lo quedó! ¿Qué va a hacer usted ahora?
¿Le pegará hasta que se quede ciega?
—«El arreglo
del muro», señor Chambers, por favor. De memoria.
Chris me
dirigía una mirada de desvalimiento, como diciéndome: ¿No te lo dije? ¿No te
dije lo que pasaría?, y luego empezó a nadar y a recitar. «Algo hay que no
quiere al muro / Que hace hincharse bajo él el suelo helado…» Luego se hundió,
llenándose de agua la boca.
Sacó de pronto
la cabeza del agua, gritando:
—¡Ayúdame,
Gordie! ¡Ayúdame!
Y desapareció
de nuevo bajo el agua. Mirando en el agua clara vi dos cadáveres hinchados,
desnudos, unidos a sus tobillos. Uno era Vern y el otro Teddy, y tenían los
ojos abiertos tan vacíos y sin pupilas como los ojos de las estatuas griegas.
Sus penes pequeños y prepúberes flotaban fláccidamente hacia arriba como
tiritas de algas blancas. La cabeza de Chris volvió a asomar en el agua. Alzó
hacia mí una mano y emitió un grito lastimero y femenino que fue llenando
ululante la atmósfera estival soleada y ardiente. Miré enloquecido hacia la
playa, pero nadie había oído. El salvavidas (cuyo cuerpo bronceado y atlético
se recostaba de modo muy atractivo en la silla de lo alto de su torre de madera
cruciforme enjalbegada) se limitó a seguir sonriéndole a una chica que llevaba
un traje de baño rojo. El grito de Chris se convirtió en un gorgoteo ahogado
por el agua al hundirse de nuevo arrastrado por los cadáveres. Y mientras le
hundían hasta lo más profundo, pude ver sus ojos agitados y distorsionados
volverse suplicantes hacia mí. Pude verle alzar las blancas manos como
estrellas marinas desvalidamente hacia la superficie del agua bañada por el
sol. Pero en lugar de lanzarme al agua para intentar salvarle, nadé con frenesí
hacia la orilla, o al menos hacia una zona donde el agua no me cubriera. Antes
de que pudiera llegar (ni aproximarme siquiera), sentí que una mano blanda,
implacable y descompuesta se cerraba en torno a mi pantorrilla y empezaba a
tirar de mí hacia abajo. Un grito se alzó en mi pecho, pero antes de que
saliera de mi boca, el sueño se desvaneció en un veteado facsímil de realidad.
Era Teddy, que tenía una mano puesta en mi pierna. Estaba zarandeándome para
despertarme.
Me tocaba
hacer la guardia.
Aún medio
dormido, casi hablando en sueños, le pregunté con voz apagada:
—¿Estás vivo,
Teddy?
—Qué va. Estoy
muerto y tú eres un negro miserable —dijo de mal humor.
Sus palabras
me despejaron del todo. Me senté junto a la hoguera y Teddy se echó.
20
Durmieron los
tres profundamente el resto de la noche. Yo lo pasé entrando y saliendo del
sueño, dormitando, despertando, dormitando de nuevo… La noche no era silenciosa
en absoluto. Oí el chillido-graznido triunfante de una lechuza, el débil grito
de un animal pequeño, tal vez a punto de perecer devorado, el de algo un poco
más grande moviéndose torpemente entre la maleza. Y bajo todo esto, el
persistente y monótono canto de los grillos. No hubo más gritos. Yo dormitaba y
despertaba, despertaba y dormitaba; supongo que, si me hubieran encontrado en
tan negligente vigilancia en Le Dio, sin duda me habrían formado un consejo de
guerra y me habrían fusilado.
Al despertar
de uno de estos períodos de semisueño, noté de pronto, más despierto ahora, que
algo había cambiado. Tardé unos segundos en descubrirlo: aunque la luna estaba
baja, podía verme las manos reposando sobre las perneras de mis pantalones. Mi
reloj marcaba las cinco menos cuarto. Estaba amaneciendo.
Me puse en
pie, sintiendo el crujir de mi columna vertebral, me alejé un poco de los
cuerpos amontonados de mis amigos y meé sobre un montón de hojas de zumaque.
Empezaba a liberarme del nerviosismo nocturno. Podía sentirlo. Y era una
sensación agradable.
Trepé hasta
las vías y me senté en uno de los raíles, jugueteando con la grava entre los
pies, sin prisa ninguna por despertar a los otros. En aquel preciso instante,
el nuevo día resultaba algo demasiado bueno para compartirlo.
La mañana
llegaba con presteza. El canto de los grillos empezaba a decaer, y las sombras
de árboles y arbustos desaparecían como charcos tras un chaparrón. El aire
poseía esa peculiar insipidez que presagia el último día caluroso de una
destacada sucesión de días calurosos. Los pájaros, que habían permanecido
acurrucados en silencio toda la noche, igual que nosotros, empezaron a gorjear,
dándose tono. Un abadejo se posó encima de la trampa de la presa de la que
habíamos cogido leña para la hoguera, se atildó, y salió volando.
No sé cuánto
tiempo permanecí sentado en la vía, contemplando el púrpura desaparecer del
cielo tan en silencio como lo hiciera por la tarde. De todos modos, el
suficiente para que mi trasero empezara a resentirse. Iba a incorporarme,
cuando miré hacia la derecha y, a no más de diez metros de distancia, vi una
cervatilla en el firme de las vías.
El corazón me
dio un vuelco con tal fuerza que creí que iba a salírseme por la boca. Sentí
una gran excitación en estómago y genitales. No me moví. No podría haberlo
hecho aunque hubiera querido. Los ojos de la cervatilla no eran pardos, sino de
un negro intenso como el terciopelo que usan en las joyerías para exponer las
joyas. Sus orejitas eran ante arañado. Me miraba con serenidad, con la cabeza
levemente inclinada en lo que tomé por curiosidad, al ver a un chico con el
pelo enmarañado, con pantalones con vueltas y camisa caqui con los codos
remendados y el cuello subido al estilo de la época. Lo que yo estaba viendo
era una especie de regalo, algo que se me ofrecía con una despreocupación
realmente pasmosa.
Nos quedamos
largo rato mirándonos… creo. Luego, la cierva se volvió y se alejó hasta el
otro lado de las vías, moviendo despreocupadamente su rabo corto y blanco.
Encontró yerba y se puso a pacer. No podía creerlo. Se había puesto a pacer. No
se volvió a mirarme; ni necesitaba hacerlo; yo estaba petrificado.
El raíl empezó
entonces a retumbar debajo de mi trasero a los pocos segundos, la cervatilla
alzó la cabeza en dirección a Castle Rock, olisqueando el aire con su negra
naricilla partida, y luego dio tres gráciles saltos y desapareció, perdiéndose
en el bosque sin más sonido que el de una rama muerta que se quebró con un
sonido seco y apagado.
Seguí sentado
mirando como hipnotizado el lugar donde había estado la cierva, hasta que el
verdadero ruido del carguero quebró la quietud y el silencio. Me deslicé
entonces hasta donde los otros dormían.
El estruendoso
y lento paso del tren les despertó; bostezaban y se rascaban. Bromeamos un
poco, con ciertos nervios aún, sobre «el caso del fantasma llorón», según le
llamó Chris, aunque no creas que demasiado. A la luz del día resultaba más
divertido que interesante… casi un poco vergonzoso. Mejor olvidarlo.
Tenía en la
punta de la lengua lo de la cervatilla, pero al fin decidí no contárselo. Es
algo que me guardé solo para mí. Nunca lo he contado, ni siquiera escrito,
hasta este momento, hasta hoy. Y he de deciros que una vez escrito desmerece,
parece algo casi insignificante. Para mí fue lo mejor de todo el viaje, la
parte más limpia; y es algo a lo que vuelvo sin poder evitarlo cuando tengo
algún problema: mi primer día entre la maleza en Vietnam y el tipo que salió al
claro en que estábamos, con la mano cubriéndose la nariz y cuando retiró la
mano no tenía nariz debajo porque se la habían arrancado de un tiro; y cuando
el médico nos dijo que nuestro hijo menor podría ser hidrocefálico (aunque,
gracias a Dios, resultó ser solo un poco cabezón); y las largas semanas de
locura que precedieron a la muerte de mi madre. Me sorprendía de pronto
volviendo a aquella mañana, viendo de nuevo sus suaves orejas y el blanco
destello de su rabo. Pero qué importan ochocientos millones de chinos rojos,
¿verdad? Las cosas más importantes son las más difíciles de explicar, porque,
de alguna forma, las palabras las minimizan, las degradan. Es muy difícil
conseguir que los extraños se interesen por las cosas agradables e importantes
de nuestra vida.
21
Las vías
corrían hacia el suroeste y se internaban en un laberinto de retoños de abeto y
tupido monte bajo. Desayunamos a base de moras tardías, pero las moras nunca te
hartan; simplemente, te calman un poco el hambre una media hora o así, y luego
el estómago empieza a rugir de nuevo. Volvimos a las vías (serían
aproximadamente las ocho, entonces) e hicimos un breve descanso. Teníamos los
labios manchados de moras y los torsos llenos de arañazos. Vern clamaba a voz
en grito por un par de huevos fritos con beicon.
Aquel fue el
último día de calor, y creo que fue el peor de todos. La calina se fue
desvaneciendo; y hacia las nueve, el cielo era color acero claro, exactamente
de ese tono que solo mirarlo te hace sentir más calor.
El sudor nos
caía en regueros por el pecho y la espalda, dejando huellas sobre tizne y
suciedad. Mosquitos y moscas revoloteaban en torno nuestro en nubes
exasperantes. El saber que aún teníamos por delante largos kilómetros no nos
hacía sentirnos mejor. Pero la fascinación que sentíamos por todo el asunto nos
hacia caminar más deprisa que si tuviéramos que hacer algo, con aquella
temperatura. Estábamos completamente locos por ver el cadáver de aquel chico:
no puedo expresarlo de forma más lisa y llana. Tanto si era inofensivo como si
resultaba poseer poder para asesinar el sueño con cien pesadillas monstruosas,
queríamos verlo. Creo que habíamos llegado a creer que merecíamos verlo.
Eran
aproximadamente las nueve y media cuando Teddy y Chris descubrieron agua. Nos
llevaban bastante delantera. Nos gritaron para decírnoslo. Echamos a correr
hasta donde estaban. Chris se reía muy contento.
—¡Mirad, lo
hicieron los castores! —indicó.
Era obra de
los castores, desde luego. Bajo el terraplén del ferrocarril corría una
alcantarilla bastante ancha un poco más allá y los castores habían sellado su
extremo derecho con uno de sus pulcros e industriosos diques: palos y ramitas
unidos con hojas, ramitas y barro seco. Los castores son cabroncetes
hacendosos, desde luego. Tras el dique había un límpido estanque
resplandeciente, y los árboles que lo bordeaban tenían mordisqueada toda la
corteza hasta casi una altura de un metro en algunos lugares.
—El
ferrocarril eliminará este lugar de inmediato —dijo Chris.
—¿Por qué?
—preguntó Vern.
—Aquí no puede
haber un estanque —dijo Chris—. Podría socavar su preciosa vía férrea. En
primer lugar, por eso es por lo que colocaron ahí la alcantarilla. Se cargarán
a unos cuantos castores, aterrorizarán a los demás y luego vaciarán de golpe su
dique. Y entonces esto volverá a ser una ciénaga, que seguramente es lo que era
antes.
—Creo que
tienes razón —dijo Teddy.
Chris se
encogió de hombros.
—¿A quién le
importan los castores? Desde luego al Great Southern & Western Maine, no;
eso seguro.
—¿Crees que
será bastante profundo para nadar? —preguntó Vern, contemplando ávidamente el
agua.
—Hay una forma
de averiguarlo —dijo Teddy.
—¿Quién va
primero? —pregunté.
—¡Yo! —dijo
Chris. Alcanzó la orilla, dejó caer las zapatillas sacudiendo los pies y se
soltó de un tirón la camisa que llevaba atada a la cintura. Dejó caer
pantalones y calzoncillos con un solo empujón de los pulgares. Se apoyó primero
en una pierna y luego en la otra para sacarse los calcetines. Y luego se lanzó
al agua en una profunda zambullida. Emergió, sacudiendo la cabeza para
retirarse de los ojos el pelo mojado—. ¡Está buenísima! —gritó.
—¿Es muy
profundo? —le gritó Teddy a su vez. Nunca había aprendido a nadar.
Chris hizo pie
en el agua y esta le cubría hasta los hombros. Advertí algo en uno de ellos:
algo gris negruzco. Decidí que sería barro y lo olvidé. Si me hubiera fijado
con más detenimiento, me habría ahorrado muchas pesadillas posteriores.
—Venga, venid,
gallinas.
Se volvió y
surcó el agua nadando con torpeza a brazadas de pecho, se volteó y volvió.
Todos nos habíamos desnudado ya. Vern se lanzó el segundo. Yo a continuación…
La zambullida
era increíble: el agua estaba limpia y fresca. Nadé hasta donde estaba Chris,
disfrutando de la suavísima sensación de no tener nada más que el agua sobre la
piel. Me puse de pie en el agua y todos nos sonreímos.
—¡Fantástico!
—lo dijimos casi al unísono.
—¡Mamón! —me
dijo, echándome agua en la cara y alejándose a nado.
Jugamos en el
agua casi durante media hora antes de darnos cuenta de que la charca estaba
llena de sanguijuelas. Nos zambullíamos, nadábamos bajo el agua, nos hundíamos
unos a otros. En ningún momento vimos las sanguijuelas. Luego, Vern entró en la
parte más profunda, se tiró de cabeza e hizo el pino. Cuando, formando una
trémula y triunfante uve, alzó en el aire las piernas, vi que estaban
completamente cubiertas de burujos gris negruzcos iguales al que viera antes en
el hombro de Chris. Eran sanguijuelas… de las grandes.
Chris se quedó
con la boca abierta y yo sentí helárseme la sangre en las venas. Teddy dio un
alarido y palideció. A continuación, los tres braceábamos hacia la orilla todo
lo deprisa que podíamos. Hoy día sé más sobre las sanguijuelas de agua dulce de
lo que sabía entonces, pero el hecho de que sean prácticamente inofensivas no
ha servido de mucho contra el terror casi patológico que me producen desde
aquel día. Su extraña saliva contiene un anestésico anticoagulante, de forma
que su anfitrión no siente nada cuando se le pegan. Si no las ves, siguen
alimentándose hasta que sus repulsivos cuerpos hinchados se desprenden por sí
mismos o hasta que explotan.
Una vez en la
orilla, Teddy bajó la vista, se vio, y le dio un ataque de histeria. Gritaba
mientras se iba arrancando las sanguijuelas de la piel.
Vern salió a
la superficie y nos miró asombrado.
—¿Qué diablos
pasa con…?
—¡Sanguijuelas!
—gritó Teddy, arrancándose dos de los muslos temblones y lanzándolas lo más
lejos posible—. Malditas cabronas —se le quebró la voz en un chillido en la
última palabra.
—¡DiosmíoDiosmíoDiosmíoDiosmío!
—gritaba Vern. Chapoteó cruzando la charca y salió del agua tambaleante.
Aún estaba
helado. Había cesado el calor del día. Yo no hacía más que decirme que tenía
que controlarme. Que no podía ponerme a gritar. Que no podía ser un cobarde. Me
quité una media docena de los brazos y algunas más del pecho.
Chris se
colocó de espaldas a mí y me dijo:
—¿Gordie?
¿Tengo alguna más por detrás? ¡Quítamelas si me queda alguna, por favor,
Gordie!
Tenía más en
la espalda, sí. Unas cuatro o cinco, que semejaban una especie de grotescos
botones negros. Desprendí de la espalda de Chris sus blandos y suaves cuerpos.
Me quité aún
más de las piernas y luego Chris me quitó a mí las que tenía en la espalda.
Estaba
empezando a tranquilizarme un poco en el preciso instante en que bajé la vista
y vi al abuelito de todas ellas pegado a mis testículos, su cuerpo cuatro veces
el tamaño normal. Su piel gris negruzca había adquirido un tono rojo púrpura. Y
entonces empecé a perder el control. No exteriormente, a gran escala, sino
interiormente, que es lo grave.
Rocé su cuerpo
terso y pegajoso con el dorso de la mano. Siguió fijo. Intenté repetirlo y no
pude obligarme a tocarlo. Me volví hacia Chris, intenté explicárselo, no pude.
Le hice un gesto, señalando para que viera. Sus mejillas, ya intensamente
pálidas, palidecieron aún más.
—No puedo
quitármela —dije, con labios entumecidos—. Po… podrías… tú…
Pero
retrocedió moviendo la cabeza; le temblaban los labios.
—No puedo,
Gordie —dijo, sin poder apartar la vista del bicho—. Lo siento de verdad, pero
no puedo. No. Oh. No.
Se volvió, se
dobló apretándose el vientre con una mano como el mayordomo de una comedia
musical, y vomitó sobre unas matas de enebro.
Contrólate, me
decía yo, mirando la sanguijuela pegada a mí como una absurda barba. Su cuerpo
seguía hinchándose a ojos vistas. Tienes que armarte de valor y quitártela.
Ánimo. Sé valiente. Es la última. La última.
Volví a
intentarlo; la arranqué y, al hacerlo, se me reventó entre los dedos. Mi propia
sangre me recorrió la palma de la mano y la muñeca en un cálido flujo. Empecé a
llorar.
Seguí llorando
mientras caminaba hacia donde había dejado la ropa y me vestía. Quería dejar de
llorar, pero sencillamente parecía incapaz de cerrar el grifo. Llegaron luego
los escalofríos y temblores, empeorando aún más todo.
Vern llegó a
mi lado corriendo, todavía desnudo.
—¿Me queda
alguna, Gordie? ¿Me queda alguna? ¿Me queda alguna?
Se retorcía
delante de mí como un bailarín enloquecido en un tablado de feria.
—¿Se han ido?
¿Eh? ¿Eh? ¿Se han ido, Gordie?
Mantenía los
ojos fijos más allá de mí, tan abiertos y blancos como los del caballo de
cartón de un tiovivo.
Asentí y seguí
llorando. Parecía que el llorar fuera a ser mi nueva profesión. Me puse la
camisa y me abotoné hasta el último botón del cuello. Me puse calcetines y
zapatos. Poco a poco, las lágrimas empezaron a amainar. Al fin solo me quedaban
sollozos y estremecimientos y también estos cesaron.
Se me acercó
Chris, secándose la boca con un puñado de hojas de olmo. Su mirada era amplia,
muda y apologética.
Cuando todos
acabamos de vestirnos, permanecimos mirándonos un momento y luego empezamos a
subir hacia las vías. Me volví una vez más a contemplar la sanguijuela
reventada que yacía sobre las matas en que habíamos estado danzando y gritando
y quitándonoslas. Parecía desinflada, pero aún siniestra.
Catorce años
después, vendí mi primera novela e hice mi primer viaje a Nueva York. «Será una
fiesta de tres días —me dijo por teléfono mi nuevo editor—. Se fusilará
sumariamente a todo el que diga bobadas». Pero fueron sin duda tres días de
bobadas continuas.
Quise hacer,
mientras estuve allí, todas las cosas propias del forastero: ver el programa
escénico del Radio City Music Hall, subir al edificio del Empire State (a la
mierda el World Trade Center; el edificio que King Kong escaló en mil
novecientos treinta y tres siempre será para mí el más alto del mundo); visitar
de noche Times Square. Keith, mi editor, parecía contentísimo enseñándome su
ciudad. El último recorrido turístico que hicimos fue un paseo en el ferry de
State Island. Y mientras estaba apoyado en la barandilla, bajé por casualidad
la vista y vi cantidad de condones usados flotando en el apacible oleaje. Por
un instante, el recuerdo fue casi absoluto: o tal vez fuera un caso real de
viaje en el tiempo. De cualquier forma, por un segundo, estuve realmente en el
pasado, haciendo un alto a la mitad de aquel terraplén y volviéndome a mirar la
sanguijuela reventada: muerta, desinflada… pero aún siniestra.
Algo debió
advertir Keith en mi expresión, porque dijo: «No es muy agradable, ¿verdad?».
Me limité a
mover la cabeza; deseaba decirle que no hacía falta llegar hasta allí y tomar
el ferry para ver condones usados; deseaba decirle: el único motivo por el que
alguien escribe cuentos es poder entender el pasado y prepararse para cierta
mortalidad futura. Por eso, en los cuentos se emplea normalmente el tiempo
pasado, Keith, mi buen amigo, hasta en aquellos de los que se venden millones
de ejemplares en ediciones de bolsillo. Las únicas formas artísticas útiles son
la religión y los cuentos.
Como ya
habréis imaginado, aquella noche yo estaba borrachísimo.
Lo que en
realidad le dije fue: «Oh, estaba pensando en otra cosa».
Las cosas más
importantes son siempre las más difíciles de expresar…
22
Seguimos
avanzando por las vías (no sé realmente hasta dónde llegamos) y yo empecé a
pensar: Bueno, muy bien, creo que podré controlarlo; de todas formas, ya ha
pasado, qué tontería, no eran más que sanguijuelas; y seguía pensando esto
cuando, de repente, se me nubló la vista y me desmayé.
Debí caer con
fuerza, pero aterrizar en las traviesas fue como zambullirme en un cálido lecho
de plumas. Alguien me dio la vuelta. Sentía débil el roce de sus manos. Sus
rostros eran globos desencarnados que me miraban desde kilómetros de distancia.
Me miraban con la misma expresión con que mira el árbitro al luchador que ha
recibido un golpe insignificante y aprovecha para tomarse un descanso de diez
segundos sobre la lona. Sus palabras me llegaban en suaves fluctuaciones, en
oleadas que se acercaban y se alejaban.
—… a él?
—… estar
completamente…
—… si crees
que el sol…
—Gordie,
estás…
Luego, debí
decir algo completamente absurdo, porque empezaron a mostrarse realmente
preocupados.
—Será mejor
que volvamos con él, amigo —dijo Teddy, y perdí de nuevo el conocimiento por
completo.
Al recobrarlo
de nuevo, me sentía perfectamente. Chris estaba acuclillado a mi lado diciendo:
—¿Puedes
oírme, Gordie? ¿Me oyes, amigo?
—Sí —le dije,
y me incorporé. Un enjambre de puntitos negros estalló delante de mis ojos y
desapareció luego. Esperé por si volvían; como no lo hicieron, me levanté.
—Maldita sea,
Gordie, me has dado un susto de muerte —dijo Chris—. ¿Quieres un poco de agua?
—Sí.
Me pasó su
cantimplora, mediada de agua. Di tres sorbos y sentí el agua cálida bajarme por
la garganta.
—¿Por qué te
desmayaste, Gordie? —preguntó Vern con avidez.
—Cometí el
terrible error de mirarte a la cara —dije.
—¡Iiiii-iiiii-iiiii!
—cloqueó Teddy—. ¡Condenado Gordie! ¡Qué tonto eres!
—¿De verdad te
encuentras bien? —insistió Vern.
—Claro.
Seguro. Pasé… un mal momento, pensando en las sanguijuelas.
Los tres
asintieron con seriedad.
Descansamos un
poco a la sombra y luego reanudamos la marcha, de nuevo Vern y yo a un lado de
las vías y Chris y Teddy al otro. Creíamos que estábamos acercándonos.
23
No estábamos
tan cerca como imaginábamos; si hubiéramos tenido la idea de dedicar dos
minutos a consultar un mapa de carreteras, habríamos averiguado por qué.
Sabíamos que el cadáver de Ray Brower tenía que encontrarse cerca del camino de
Harlow, que muere en la ribera del río Royal. Las vías del tren cruzan el río
Royal en otro puente de caballetes. Y nosotros nos hicimos el siguiente
cálculo: en cuanto nos acercáramos al Royal, estaríamos aproximándonos al
camino de Harlow en el que Billy y Charlie habían aparcado cuando vieron el
cadáver. Y como el Royal estaba solo a unos quince kilómetros del Castle,
calculamos que teníamos que estar ya cerca.
Pero esos
quince kilómetros eran en línea recta y el curso de las vías entre el Castle y
el Royal no es precisamente recto, sino que, por el contrario, hacen una curva
muy pronunciada para eludir una zona montañosa de terreno poco firme, conocida
como Los Riscos. De cualquier forma, si hubiéramos consultado un mapa habríamos
visto con toda claridad esa curva y habríamos comprendido que teníamos que
recorrer unos veinticinco kilómetros en vez de quince.
Chris empezó a
sospechar la verdad cuando el mediodía llegó y pasó, y no divisábamos el Royal
por parte alguna. Paramos entonces y él subió a un pino alto a echar una
ojeada. Cuando bajó nos dio un informe bastante simple: no llegaríamos hasta el
Royal por lo menos hasta las cuatro de la tarde, y eso solo en el caso de que
nos diéramos bastante prisa.
—¡Vaya una
mierda! —gritó Tedd—. ¿Y qué vamos a hacer ahora?
Nos miramos;
estábamos todos cansados y sudorosos. Y hambrientos y desanimados. La gran
aventura se había convertido en un gran esfuerzo… desagradable y terrorífico a
veces. Y a aquellas alturas ya nos habrían echado de menos en casa, además, y
si Milo Pressman no había mandado a la policía tras nosotros, seguro que lo
había hecho el maquinista del tren que nos habría visto cruzando el
puentecillo. Habíamos estado planeando regresar a Castle Rock en autoestop,
pero a las cuatro solo faltaban unas tres horas para que se hiciera de noche, y
nadie recoge a cuatro chicos en un camino vecinal cuando ya ha oscurecido.
Intenté evocar
la imagen de mi corza paciendo en la verde yerba matinal, pero hasta aquello
resultaba poco agradable, artificial, no mucho mejor que un trofeo disecado
sobre la chimenea de un pabellón de caza, con los ojos pintados para darles
aquel vivaz brillo falso.
—Llegaremos
antes si seguimos las vías. Venga, vamos —dijo al fin Chris.
Se volvió y
empezó a caminar siguiendo las vías, con la cabeza baja, los zapatos
polvorientos y su sombra un pequeño charquito bajo él. Al cabo de un minuto o
así, los tres le seguimos en fila india.
24
En los años
transcurridos entre entonces y el momento en que escribo esto, he pensado muy
poco, al menos de un modo consciente, en aquellos dos días de septiembre. Las
asociaciones que producen los recuerdos son tan desagradables como cadáveres de
ahogados en el río sacados a la superficie a cañonazos al cabo de una semana.
En consecuencia, nunca he analizado realmente nuestra decisión de seguir las
vías. En otras palabras, he considerado a veces qué decidimos hacer pero nunca
cómo tomamos la decisión.
Pero ahora es
mucho más simple. Estoy seguro de que si hubiera surgido la idea de hacer
autoestop la habríamos desechado: seguir las vías habría parecido más razonable,
más inteligente. Pero si la idea hubiera surgido y no la hubiéramos desechado
enérgicamente, ninguna de las cosas que ocurrieron después hubiera ocurrido.
Hasta puede que Chris y Teddy y Vern estuvieran hoy vivos. No, no murieron en
el bosque ni en las vías. En esta historia solo mueren algunas sanguijuelas y
Ray Brower, y en realidad él ya estaba muerto antes incluso de que empezara.
Pero es cierto que de los cuatro que lanzamos la moneda al aire para ver a
quién le tocaba bajar hasta el Florida Market a buscar provisiones, solo aquel
al que le tocó bajar sigue hoy vivo: el Viejo Marinero de treinta y cuatro
años, como en el poema de Coleridge, que está aquí contigo, Amable Lector, en
el papel de Invitado de Boda (¿no debieras en este punto recurrir a la foto de
la solapa para comprobar si mi mirada te atrapa en su hechizo?). Si adviertes
cierta presunción por mi parte, estás en lo cierto, aunque tal vez tenga
motivos. A una edad en la que a los cuatro se nos consideraría demasiado
jóvenes e inexpertos para ser presidentes, tres de los cuatro han muerto; y si
los sucesos insignificantes se agigantan con el tiempo, si tal vez hubiéramos
hecho lo elemental y sencillamente, hubiéramos hecho autoestop hasta Harlow,
hoy estarían vivos.
Podríamos
haber recorrido en coche todo el trayecto de la carretera 7 hasta la iglesia de
Shiloh, que está en la intersección de la autopista y el camino de Harlow (al
menos lo estaba hasta mil novecientos sesenta y siete, en que la destruyó un
incendio, debido, al parecer, a una colilla que algún vagabundo tiró). Con
suerte razonable, podríamos haber llegado a donde estaba el cadáver al
atardecer del día anterior.
Pero la idea
no habría perdurado. No habría sido desechada con argumentos firmemente
apoyados y profunda retórica social, sino con ceños y gruñidos y pedos y cortes
de manga. La parte verbal de la discusión se habría desarrollado con
aportaciones tan agudas y brillantes como «Mierda», «Porras, no» y el viejo
argumento eficaz de «¿Vive alguno de los hijos de tu madre?».
Estaba por
debajo, inexpresada (tal vez por ser demasiado elemental) la idea de que
aquello era algo grande. No se trataba de andar tirando petardos o atisbando
por los agujeros de la madera de la parte de atrás del excusado de chicas del
parque estatal de Harrison. Aquello era algo equiparable a hacerlo con una
chica por vez primera o a ingresar en el Ejército o a comprar la primera botella
de licor: entrar estruendosamente en la tienda, ya me entiendes, elegir una
botella de buen escocés, mostrar al dependiente tu tarjeta de reclutamiento y
tu permiso de conducir y salir luego con una sonrisa y la bolsa de papel en la
mano, miembro de un club con pocos derechos y privilegios más que nuestra vieja
casa del árbol de tejado de hojalata.
Todos los
acontecimientos fundamentales tienen un importante ritual, los ritos de
iniciación, el pasillo mágico en el que se produce el cambio. Comprar condones.
Plantarte delante del sacerdote. Alzar la mano y prestar juramento. O, si lo
prefieres, bajar por las vías férreas para encontrar a medio camino a un amigo
de tu misma edad, igual que yo subía por la calle Pine al encuentro de Chris si
él iba a venir a mi casa o como bajaba Teddy por la calle Gates para salirme al
encuentro cuando yo iba a ir a la suya. Parecía correcto hacerlo de esta forma
porque el rito de iniciación es un pasillo mágico y así siempre proporcionamos
un pasadizo: que es el que recorres cuando te casas, por el que te bajan cuando
te entierran. Nuestro pasillo eran aquellos raíles y caminábamos entre ellos,
avanzando con dificultad hacia nuestra meta, fuera lo que fuese. No puedes ir
en autoestop a una cosa así. Y quizá también nos pareciera que era lógico
también que nos resultase más difícil de lo que esperábamos. Todos los sucesos
que rodearon nuestra excursión la habían convertido al fin en lo que nosotros
creímos todo el tiempo que era: algo de suma importancia.
Lo que
nosotros ignorábamos cuando bordeábamos Los Riscos era que Billy Tessio,
Charlie Hogan, Jack Mudgett, Norman Bracowicz el Peludo, Vince Desjardins, el
hermano mayor de Chris, Ojo, y el propio Ace Merrill estaban de camino para
echar una ojeada al cuerpo del chico (Ray Brower se había hecho famoso, de una
forma extraña, y nuestro secreto se había convertido casi en un secreto a
voces). En el momento en que nosotros iniciábamos la última etapa de nuestro
viaje, ellos se apretujaban en el cuarteado y destrozado Ford del cincuenta y
dos de Ace y en el Studebaker rosa de Vince.
Billy y
Charlie habían conseguido guardar su gran secreto durante aproximadamente unas
treinta y seis horas. Luego, Charlie se lo reveló a Ace mientras jugaban al
billar; y Billy se lo había contado a Jack Mudgett mientras pescaban en el
puente de Boom Road. Tanto Ace como Jack habían jurado solemnemente guardar el
secreto poniendo a sus madres por testigos; y así, al mediodía, toda la
pandilla estaba ya en el secreto. Supongo que deduciréis la consideración que a
semejantes imbéciles les merecían sus madres.
Se congregaron
todos en la sala de billares y Bracowicz el Peludo expuso la teoría (que ya has
oído, Amable Lector) de que podrían convertirse en héroes (por no decir en
personajes de radio y televisión) «descubriendo» el cuerpo del chico Brower.
Todo lo que tendrían que hacer, sostenía Bracowicz, era disponer de dos coches
con los maleteros llenos de pertrechos de pesca. En cuanto encontraran el
cuerpo, su historia sería un éxito completo. «Nosotros simplemente nos
disponíamos a recoger algunos sollos en el río Royal, oficial, je-je-je, y mire
lo que encontramos.»
Estaban ya
devorando los kilómetros que separaban Castle Rock de la zona de Harlow en el
preciso instante en que nosotros al fin empezábamos a aproximarnos al lugar.
25
Hacia las dos
empezó a nublarse el día; en un principio, ninguno de los cuatro le dimos
importancia. No llovía desde principios de julio, ¿por qué iba a llover ahora?
Pero hacia el sur las nubes eran cada vez más espesas y empezaron a formar
grandes cúmulos color púrpura, como cardenales, que empezaron a avanzar
lentamente hacia nosotros. Los contemplé con detenimiento, intentando divisar
bajo ellos esa especie de membrana que indica que ya ha empezado a llover a
treinta kilómetros, o a ochenta. Pero no había aún rastro de lluvia. Solo se
estaban formando las nubes.
Vern tenía una
ampolla en el talón y tuvimos que pararnos y descansar mientras rellenaba el
talón de su zapatilla con musgo que arrancó de la corteza de un viejo roble.
—¿Crees que
lloverá, Gordie? —preguntó Teddy.
—Me parece que
sí.
—¡Vaya mierda!
—dijo, y suspiró—. ¡Un final asqueroso de un día asqueroso!
Me eché a reír
y él me hizo un guiño.
Nos pusimos de
nuevo en marcha, un poco más despacio ahora en consideración al pie herido de
Vern. De las dos a las tres, empezó a cambiar la luz del día; ya no había duda:
iba a llover. Seguía haciendo el mismo calor, incluso más pegajoso, pero
estábamos seguros de que iba a llover. También lo estaban los pájaros.
Aparecieron como surgidos de la nada y empezaron a cruzar el cielo farfullando
y gritándose en tonos chillones. Y la luz: la firme luminosidad punzante
pareció dar paso a una claridad como filtrada, perlada casi. Y también nuestras
sombras, que habían empezado a crecer de nuevo, se volvieron borrosas e
indefinidas. El sol había empezado a navegar entre nubes cada vez más densas,
apareciendo y desapareciendo, y el cielo había adquirido hacia el sur un matiz
cobrizo. Veíamos acercarse cada vez más la masa de cúmulos, fascinados por sus
dimensiones y por su muda amenaza. De vez en cuando, parecía como si en su
interior se encendiera una inmensa bombilla de magnesio, tornando su tono
púrpura momentáneamente en una luz grisácea. Vi una horqueta mellada de luz
salir de la parte inferior de las nubes más próximas. Tenía brillo suficiente
para imprimir un tatuaje azul en mis retinas. Le siguió el prolongado y
trepidante retumbar del trueno.
Nos lamentamos
un poco de que fuera a pillarnos la lluvia, pero solo porque era lo que se
esperaba que hiciéramos: por supuesto, todos esperábamos con interés que
lloviera. Estaría fría, sería refrescante… y sin sanguijuelas.
Eran poco más
de las tres y media cuando vimos, por un claro entre los árboles, una corriente
de agua.
—¡Ahí está!
—gritó alborozado Chris—. ¡Ese río es el Royal!
Apretamos el
paso, con fuerzas renovadas. La tormenta estaba más cerca ya. Se levantó un
poco de aire y, en cosa de segundos, la temperatura pareció descender unos diez
grados. Bajé la vista y vi que mi sombra había desaparecido por completo.
Caminábamos
ahora de dos en dos, vigilando cada pareja una orilla del terraplén del
ferrocarril. Sentía la boca seca, palpitante de tensión enfermiza. El sol
navegaba tras otra masa de nubes y ya no volvió a salir. Por un momento, vi los
bordes del cúmulo bordados de oro, como la nube de una ilustración del Antiguo
Testamento, y luego el vientre rojo oscuro y rastreante de la masa de cúmulos
borró todo rastro del sol: el día estaba completamente encapotado: las nubes
cubrían voraces los restos de azul. Podíamos oler el río tan nítidamente como
si fuéramos caballos… o tal vez fuera también el olor de la lluvia que se
cernía en el aire. Rendía sobre nosotros un océano, contenido en una finísima
bolsa que podría romperse y desatar el diluvio en cualquier instante.
Procuraba
mirar a la maleza, pero mis ojos volvían continuamente a aquel cielo turbulento
y cargado; podía leerse en sus tonos oscuros toda la fatalidad que se quisiera:
agua, fuego, viento, granizo. La fresca brisa que se había levantado arreció,
silbando entre los abetos. Cayó un rayo impresionante, que pareció caer justo
sobre nosotros y que me hizo gritar y taparme los ojos con las manos. Dios
acababa de retratarme: un niñito con la camisa atada a la cintura, todo el
pecho desnudo sucio y las mejillas llenas de polvo. Oí la desgarrante caída de
algún árbol grande a no más de sesenta metros. El fragor del trueno que siguió
me hizo encogerme. Deseé estar en casa leyendo un buen libro, en un lugar
seguro… por ejemplo, en la bodega de las patatas.
—¡Oh, Dios
mío! —gritó Vern, en tono medroso y fuerte—. ¡Oh, Dios mío bendito, mirad eso!
Miré en la
dirección que indicaba Vern y vi una bola de fuego rodando por el raíl de la
izquierda de las vías, avanzando a gran velocidad y silbando exactamente como
un gato escaldado. Nos pasó a toda pastilla cuando nos volvíamos para mirarla,
absolutamente pasmados, conscientes por primera vez de que tales cosas podían
existir realmente. A unos diez metros de nosotros, hizo un súbito ¡plaf! y
desapareció sin más, dejando tras de sí un intenso olor a ozono.
—¿Qué diablos
estaré yo haciendo aquí, Dios mío? —murmuró Teddy.
—¡Increíble!
—exclamó Chris, encantado, con la cara alzada—. ¡Esto va a ser algo
absolutamente increíble!
Pero yo estaba
con Teddy. Mirar el cielo me producía una desalentadora sensación de vértigo.
Era como mirar por un despeñadero misterioso e insondable. Cayó otro rayo que
nos hizo agacharnos. Esta vez el olor a ozono era más fuerte, más apremiante,
más sofocante. El trueno llegó sin pausa perceptible.
Aún resonaba
en mis oídos el trueno, cuando Vern empezó a chillar triunfal:
—¡AHÍ! ¡ESTÁ
AHÍ! ¡AHÍ MISMO! ¡LE ESTOY VIENDO!
Podría ver a
Vern ahora mismo, si quisiera. Solo tendría que recostarme un momento y cerrar
los ojos. Se alza en el raíl de la izquierda, como un explorador en la proa de
su barco, protegiéndose con una mano los ojos del rayo plateado que acaba de
caer y apuntando y señalando con la otra mano.
Nos acercamos
corriendo a él y miramos en la dirección que indicaba. Yo pensaba para mí: La
imaginación de Vern se ha desbocado con él, eso es todo. Las sanguijuelas, el
calor, ahora esta tormenta… Los ojos le están jugando malas pasadas… eso es
todo. Pero no se trataba en absoluto de eso, aunque, por una fracción de
segundo, lo deseé. Y en aquella precisa fracción de segundo supe que jamás
había deseado ver un cadáver, ni siquiera el de una marmota atropellada.
En el lugar en
que nos encontrábamos, las lluvias de primavera habían arrastrado parte del
terraplén, dejando una bajada de guijarros insegura, en perpendicular. Las
cuadrillas ferroviarias de mantenimiento no habían llegado hasta allí en sus
carretones amarillos a diesel, o bien había ocurrido tan recientemente que no
se había informado todavía. El derrumbe terminaba en un cenagoso laberinto de
maleza. Entre la maleza y las zarzas asomaba una única mano blanca y pálida.
¿Nos quedamos
sin respiración? Yo sí, desde luego.
La brisa era
ya viento: áspero e irregular; no llegaba de ninguna dirección concreta;
saltaba y remolineaba y arremetía contra nuestra piel sudorosa y nuestros poros
abiertos. Yo apenas me daba cuenta. Creo que una parte de mi mente esperaba oír
gritar a Teddy: ¡Paracaidistas… abajo! y pensé que si le oía decirlo realmente,
sencillamente me volvería loco. Habría sido mucho mejor ver todo el cuerpo de
una vez; pero, en su lugar, allí estaba únicamente aquella mano fláccida,
abierta, espantosamente blanca, con los dedos lánguidamente separados, como la
mano de un ahogado. Aquella mano nos contó la verdad de todo. Explicaba todos
los cementerios del mundo. Siempre que me entero de alguna atrocidad, vuelve a
mi mente la imagen de aquella mano. En algún lugar, unido a aquella mano, estaba
el resto de Ray Brower.
El relámpago
flameó y cayó. Los truenos seguían a los relámpagos como si sobre nuestras
cabezas se hubiera iniciado una carrera automovilística.
Chris emitió
un sonido que no llegaba siquiera a ser una imprecación, que era solo una larga
sílaba monótona sin sentido alguno; un suspiro que, por casualidad, había
pasado por sus cuerdas vocales.
Vern se lamía
los labios de forma bastante compulsiva, como si hubiera probado algún manjar
desconocido, algo tan raro que le repugnara y deleitara al mismo tiempo.
Teddy se
limitaba a mirar. El viento agitaba su pelo graso y revuelto, retirándoselo
primero de las orejas, cubriéndoselas después. Su rostro era absolutamente
inexpresivo. Podría deciros que vi allí algo… quizá lo viera en percepción
retrospectiva… pero no entonces.
Las hormigas
negras recorrían la mano en todas direcciones.
Empezó a
alzarse en el bosque un ruido cuchicheante, intenso, a ambos lados de las vías,
como si la floresta acabara de advertir nuestra presencia y estuviera
comentándolo. Y había empezado ya a llover.
En la cabeza y
los brazos empezaron a caerme gotas del tamaño de monedas de diez centavos.
Caían sobre el terraplén, y la tierra se oscurecía un instante, y volvía a su
color de antes en cuanto absorbía la humedad.
Cayeron
aquellas gruesas gotas quizá durante unos cinco segundos y luego cesaron. Miré
a Chris, que a su vez me miraba, pestañeando.
Luego, la
tormenta arreció de golpe, como si alguien hubiera tirado de la cadena en el
cielo. El sonido cuchicheante de la lluvia se convirtió en el de una discusión
violenta. Era como si nos censuraran por nuestro descubrimiento, lo cual
resultaba aterrador. Nadie te habla de la falacia patética hasta que llegas a
la universidad… e incluso entonces advertí que solo los muy sabihondos creían
de verdad que era una falacia.
Chris saltó
abajo; tenia ya el pelo empapado y pegado a la cabeza. Le seguí. Vern y Teddy
se apresuraron también en seguirnos, pero Chris y yo llegamos los primeros
junto al cuerpo de Ray Brower. Estaba boca abajo. Chris me miró a los ojos, con
expresión rígida e inflexible… la cara de un adulto. Moví levemente la cabeza,
como si me hubiera hablado en voz alta.
Creo que se
encontraba en aquel lugar y relativamente intacto, en vez de estar en la vía y
completamente destrozado, porque, cuando el tren le dio, intentaba apartarse,
salirse de la vía, y le lanzó dando vueltas. Había aterrizado con la cabeza
apuntando en dirección a las vías, con los brazos estirados como un buceador a
punto de lanzarse al agua. Había aterrizado en aquel hueco cenagoso de terreno
que estaba convirtiéndose en un pequeño pantano. Tenía el pelo rojo oscuro. La
humedad ambiental le había rizado levemente las puntas. Tenía sangre en la
cabeza, pero no mucha. Eran peor las hormigas. Llevaba una camisa verde oscuro
y pantalones vaqueros. Estaba descalzo; a poca distancia del cadáver, entre
unos zarzales, vi un par de astrosas zapatillas. Permanecí un momento confuso.
¿Por qué estaba él aquí y allá su calzado? Luego comprendí; y tal comprensión
fue como un golpe bajo. Mi esposa, mis hijos, mis amigos, todos creen que el
tener una imaginación como la mía ha de ser muy agradable; aparte de darme tanta
pasta, me permite pasarme una película mental cuando me aburro… Tienen razón en
parte; pero de vez en cuando se vuelve y te ataca con esos largos dientes, esos
dientes afilados como los de un caníbal. Y ves cosas que preferirías no ver,
cosas que te mantienen en vela hasta el alba. En aquel instante del que hablo
vi una de esas cosas; y la vi con absoluta certeza, con claridad absoluta: al
darle, el tren le había lanzado fuera de sus zapatillas, exactamente igual que
había arrancado la vida de su cuerpo.
Para mí,
aquello fue la culminación de todo. El chico estaba muerto. El chico no estaba
enfermo; el chico no estaba dormido. El chico ya no se levantaría nunca por la
mañana, ni se pondría malo por comer demasiadas manzanas verdes ni le saldría
sarpullido del zumaque venenoso ni gastaría del todo la goma del extremo de su
lápiz durante un examen difícil de matemáticas. El chico estaba muerto; muerto
del todo. Ya nunca saldría en primavera con el saco de yute al hombro a recoger
con sus amigos los cascos de botella que la nieve al derretirse dejaba al
descubierto. Ya no despertaría a las dos de la madrugada el primero de
noviembre este año para vomitar un gran trozo de dulce barato de la fiesta de
Todos los Santos. No le tiraría de las trenzas a ninguna niña en el salón de
actos del colegio. No le rompería a nadie la nariz, ni a él se la romperían ya
nunca. El chico ya no podía, no, no haría, nunca ya, no podría, no tendría que,
no. Era la parte de la batería en que la terminal dice HEC. La ranura en que has
de meter una moneda. La papelera junto a la mesa del profesor, que huele
siempre a virutas de madera del sacapuntas y a mondas de naranja del almuerzo.
La casa encantada de las afueras del pueblo con los cristales de las ventanas
rotos, los letreros de PROHIBIDO EL PASO derrumbados en los campos, el desván
lleno de murciélagos, el sótano lleno de ratas. El chico estaba muerto, señor,
señora, señorito, señorita. Podría seguir el día entero y no aproximarme
siquiera a aclarar la distancia exacta entre sus pies descalzos sobre la tierra
y sus zapatillas sucias colgando en los matorrales. Eran setenta y tantos
centímetros, eran un número infinito de años luz. El chico estaba desconectado
de sus zapatillas ya sin esperanza alguna de reencuentro. Estaba muerto.
Le pusimos
boca arriba, de cara a la lluvia, al relámpago y al firme estruendo de la
tormenta.
Tenía cara y
cuello completamente llenos de hormigas y de bichos, que entraban y salían
rápidos por el cuello de su camisa de manga corta. Tenía los ojos abiertos,
pero horriblemente desincronizados: tan alzado uno que apenas podíamos ver un
diminuto arco de su iris, mientras que el otro miraba recto al frente, a la
tormenta. Sobre la boca y en la barbilla tenía sangre seca (de la nariz,
supuse) y tenía un lado de la cara desgarrado y amoratado. Aun así, pensé, su
aspecto no era desagradable. Yo me había golpeado una vez contra una puerta que
abrió mi hermano Dennis de golpe y los moretones resultantes fueron mucho
peores que los de aquel chico, más la nariz rota; y todavía me tomé dos
raciones de todo para cenar después.
Teddy y Vern
estaban de pie detrás nuestro y si a aquel único ojo que miraba fijo al frente
le hubiera quedado la más mínima visión, supongo que a Ray Brower le habríamos
parecido portaféretros de una película de terror.
Le salió de la
boca un escarabajo que le recorrió la mejilla sin vello, pasó a una ortiga y
desapareció.
—¿Has visto?
—preguntó Teddy, en un tono extraño, alto y desmayado—. ¡Apuesto a que está
lleno de bichos! Seguro que tiene la cab…
—Cállate,
Teddy —dijo Chris, y Teddy se calló, como aliviado.
El relámpago
surcó el cielo, encendiendo el único ojo del chico. Daba casi la impresión de
que estuviera contento de que le hubieran encontrado, y de que le hubieran
encontrado precisamente chicos de su misma edad. Tenía el torso hinchado y
había en torno suyo un vago olor viciado, como un olor a pedos rancios.
Me di la
vuelta, seguro de que iba a vomitar, pero tenía el estómago vacío, tranquilo,
en calma. Me metí los dedos en la garganta para provocarme el vómito, pues lo
necesitaba; era como si pudiera devolverlo todo y liberarme. Mi estómago
respondió solo con un leve movimiento; y quedó de nuevo en calma.
El ruido firme
del aguacero y el retumbar de la tormenta habían apagado por completo el sonido
de los coches aproximándose por el camino de Harlow, que queda a pocos metros
de la zona pantanosa en que nos encontrábamos nosotros. Y también nos había
impedido oír el crujir de la maleza bajo pisadas acercándose desde el final del
camino donde habían aparcado.
Y la primera
noticia que tuvimos de ellos fue la voz de Ace Merrill por encima del estruendo
de la tormenta, diciéndonos:
—¿Pero qué
diablos hacéis vosotros aquí?
26
Saltamos todos
como impulsados por un resorte y Vern dio un grito (más tarde admitiría que,
por un instante, creyó que quien hablaba era el chico muerto).
Al otro lado
de la zona pantanosa, donde el bosque empezaba de nuevo, ocultando el final del
camino, se alzaban Ace Merrill y Ojo Chambers, borrosos y desdibujados por la
cortina de lluvia. Vestían ambos cazadoras rojas del instituto, el tipo de
prenda que puedes comprar en secretaría si estudias en el centro, y el mismo
tipo que regalan a los jugadores de los equipos universitarios. Todos llevaban
el pelo aplastado, y la mezcla del agua de lluvia y Vitalis les chorreaba por
la cara como lágrimas sintéticas.
—¡No te
joroba! —dijo Ojo Chambers—. ¡Pero si ese es mi hermano pequeño!
Chris miraba a
Ojo con la boca abierta. Aún llevaba la oscura camisa chorreante atada
alrededor de la cintura. La mochila, ahora verde oscuro por la lluvia, aún
colgaba de sus desnudos omoplatos.
—Largo, Rich
—dijo, con voz temblona—. Nosotros le encontramos. Tenemos derecho.
—A la mierda
vuestros derechos. Daremos parte de que le encontramos nosotros.
—No; de eso
nada —dije yo. Me sentí de repente furioso con ellos, apareciendo así en el
último minuto. Si hubiéramos pensado en ello, habríamos comprendido que
ocurriría algo parecido… pero esta vez, de alguna manera, los mayores, los
chicos más grandes, no se saldrían con la suya… no agarrarían sin más lo que
querían, como si por derecho divino les correspondiera, como si su forma cómoda
de hacer las cosas fuera la única forma. Ellos habían ido hasta allí en coche
(y creo que fue eso lo que más me enfureció, que habían llegado en coche)—.
Nosotros somos cuatro, Ojo. Intentadlo y veréis.
—Oh, claro que
lo intentaremos, no te preocupes —dijo Ojo; y los árboles se movieron tras
ellos.
Y allí
aparecieron Charlie Hogan y Billy, el hermano de Vern, maldiciendo y secándose
los ojos. Sentí un gran peso en el vientre, que se acrecentó aún más cuando
Bracowicz y Desjardins aparecieron detrás de Charlie y de Billy.
—Ya estamos
todos —dijo Ace—. Así que…
—¡VERN! —gritó
Billy Tessio en ese tono terrible y acusador de
mi-juicio-llegará-y-sin-tardanza. Apretó los puños chorreantes—. ¡Enano hijoputa!
¡Estabas debajo del porche! ¡Mamón asqueroso!
Vern vaciló.
Charlie Hogan
se puso claramente lírico:
—¡Enano mirón,
lamecoños cabrón! ¡Te daré una paliza de impresión!
—¿En serio?
¡Anda, prueba! —dijo bruscamente Teddy con voz ronca. Los ojos le brillaban de
furia tras las gafas mojadas—. ¡Venga, vamos, hombretones, luchad por él!
Vamos, vamos…
Billy y
Charlie no necesitaban que se lo dijeran dos veces. Empezaron a avanzar juntos
y Vern volvió a vacilar, visualizando sin duda los fantasmas de Palizas Pasadas
y Palizas Futuras. Vaciló… pero se mantuvo firme. Estaba con sus amigos y nos
había costado mucho llegar hasta allí; nosotros no habíamos llegado en coche.
Pero Ace
detuvo a Billy y a Charlie, sencillamente tocándoles en el hombro.
—Vamos,
chicos, escuchad —dijo. Hablaba con paciencia, como si no estuviéramos allí en
medio de la lluvia—. Nosotros somos más que vosotros. Y además somos mayores.
Os damos la oportunidad de marcharos sin más y se acabó. Y me importa un bledo
a dónde. Convertíos en árboles y echad hojas.
El hermano de
Chris soltó una risilla y Bracowicz dio a Ace una palmada en la espalda como
reconocimiento a su gran ingenio. El gran jefe de la crema de la delincuencia
juvenil.
—Porque
nosotros nos lo llevaremos —dijo Ace, sonriendo afablemente, y uno podía
imaginárselo sonriendo exactamente con la misma sonrisa afable antes de asestarle
una gran patada en la cabeza a algún maleducado que hubiera cometido el
espantoso error de abrir la boca mientras Ace estaba preparando una jugada—. Si
os marcháis, nosotros nos lo llevaremos. Si os quedáis, os daremos la gran
paliza y nos lo llevaremos de todas formas. Además —añadió, intentando dorar su
pillaje con un poco de justicia—, Charlie y Billy fueron quienes le
encontraron; así que, de todos modos, ellos tienen todos los derechos.
—Ellos se
acobardaron —soltó Teddy—. ¡Vern nos lo contó todo! ¡Estaban desesperados y
aterrados! —contrajo la cara en una aterrada y gimoteante parodia de Charlie
Hogan—: «¡Ojalá no hubiéramos cogido aquel coche! ¡Ojalá no hubiéramos ido para
nada por el camino de Harlow! Oh, Billiii, ¿qué vamos a hacer? ¡Oh, Billiii,
creo que voy a empezar a cagarme de miedo de un momento a otro! ¡Oh, Billiii…»
—¡Basta ya!
—dijo Charlie, empezando otra vez a avanzar. La furia y un súbito embarazo
crispaban su cara—. Chaval, como quiera que te llames, seguro que la próxima
vez te morderás la lengua antes de abrir la boca. Vas a ver.
Miré furioso a
Ray Brower, que contemplaba sereno la lluvia con su único ojo, tirado allí en
el suelo, pero por encima de todo. La tormenta seguía rugiendo, pero la lluvia
había empezado a amainar.
—¿Qué dices
tú, Gordie? —me preguntó Ace. Sujetaba a Charlie del brazo igual que un buen
amaestrador sujetaría a un perro arisco—. Tendrás al menos algo de la sensatez
de tu hermano. Diles que se vuelvan. Dejaré que Charlie muela a palos al
cuatroojos y luego nos ocuparemos de nuestro asunto. ¿Qué dices?
Se equivocó al
mencionar a Denny. Yo estaba dispuesto a razonar con él, a indicarle lo que ya
sabía perfectamente, que puesto que Billy y Charlie habían renunciado a sus
derechos, estos nos correspondían ahora a nosotros. Quería contarle lo del tren
de mercancías que casi nos atropella a Vern y a mí en el paso del río Castle. Y
también lo de Milo Pressman y su intrépido (y estúpido) compañero, el
Perro-Prodigio. Y lo de las sanguijuelas también. Supongo que lo que en
realidad quería decirle era: Vamos, compréndelo, lo que es justo es justo. Tú
lo sabes. Pero tuvo que meter a Denny en el asunto, y en lugar de un
razonamiento sensato, pronuncié mi propia sentencia de muerte:
—¡Chúpame la
gorda, matón de pacotilla!
La boca de Ace
formó una perfecta O de sorpresa (la expresión era tan insólitamente remilgada
que en otras circunstancias habría significado un aluvión de carcajadas, por
decirlo de algún modo). Todos los demás, a ambos lados de la ciénaga, me miraban
fijamente, pasmados.
Luego, Teddy
gritó alborozado:
—¡Así se
habla, Gordie! ¡Muy bueno, amigo!
Yo permanecía
aturdido, sin creérmelo del todo. Era como si algún actor suplente enloquecido
hubiera irrumpido en escena en el momento crítico y hubiera declamado algo que
ni siquiera figuraba en el guión. Decirle a alguien que te la chupara era lo
peor que le podías decir sin recurrir a su madre. Vi por el rabillo del ojo que
Chris se había quitado la mochila y hurgaba frenéticamente en ella, pero no caí
en la cuenta de lo que estaba haciendo, al menos no en aquel momento.
—Muy bien
—dijo Ace suavemente—. A por ellos. Pero cuidado con el chico Lachance. A ese
mierda voy a partirle yo los dos brazos.
Yo estaba
muerto de miedo. No me meé por encima como en el paso del ferrocarril, pero
debió ser porque no tenía nada en absoluto en la vejiga. Porque Ace se proponía
exactamente lo que había dicho. Hablaba completamente en serio. Los años
transcurridos desde aquel día me han hecho cambiar de opinión sobre muchas
cosas, pero no sobre eso. Cuando dijo que iba a romperme los dos brazos, eso
era precisamente lo que se proponía hacer.
Empezaron a
avanzar hacia nosotros entre la lluvia, más floja ahora. Jackie Mudgett sacó
del bolsillo una navaja automática y tocó el cromo. Quince centímetros de acero
revolotearon a la media luz de la tarde. Vern y Teddy se aprestaron a colocarse
en posición de lucha a mi lado. Teddy lo hizo afanosamente, Vern con una
expresión desesperada de acorralamiento en la cara.
Los grandes
avanzaban en fila, chapoteando en la ciénaga, que se había convertido en una
poza de lodo con tanta lluvia. El cadáver de Ray Brower yacía a nuestros pies
como un barril saturado de agua. Me dispuse a pelear… y justamente entonces se
oyó el disparo.
¡KA-BLAM!
¡Dios mío, fue
un sonido maravilloso! Charlie Hogan dio un bote. Ace Merrill, que en el
instante en que se oyó el disparo me miraba fijamente, dio un respingo y miró a
Chris. Sus labios volvieron a formar una O. Ojo parecía absolutamente atónito.
—¡Oye, Chris,
es de papá! —dijo—. ¡Te has ganado una buena!
—Pues eso no es
nada comparado con la que te vas a ganar tú —dijo Chris.
Estaba
terriblemente pálido; toda la vida parecía habérsele concentrado en los ojos
que le llameaban en la cara.
—Gordie tiene
razón. Solo sois un montón de matones de pacotilla. Charlie y Billy no tienen
ningún derecho, y todos lo sabéis. No habríamos sido tan imbéciles como para
venir hasta aquí si hubieran dicho que iban a hacerlo ellos. Ellos se limitaron
a ir a cualquier sitio, soltar toda la historia y dejar que Ace Merrill actuara
por ellos —alzó la voz hasta el grito—. ¡Pero no vais a llevároslo!, ¿me oís?
—Escúchame
—dijo Ace—. Será mejor que bajes eso antes de que te arranques un pie de un
tiro. No serias capaz de darle ni a una marmota —empezó de nuevo a avanzar
sonriendo con su dulce sonrisa—. Eres un enano asqueroso de mierda y voy a
hacer que te comas esa maldita pistola.
—Ace, quédate
donde estás o disparo. Te lo juro por Dios.
—Irás a la
cárcel —canturreó Ace, sin titubear.
Seguía
sonriendo. Los otros le miraban con aterrada fascinación… tal como Teddy y Vern
y yo mirábamos a Chris. Merrill era el tipo más duro en varios kilómetros a la
redonda, y yo no creía que Chris le amilanara. ¿Entonces, qué posibilidad
quedaba? Él no creía realmente que un chaval de doce años fuera a dispararle.
Pero se equivocaba; creo que Chris hubiera disparado contra él antes de
permitirle quitarle la pistola de su padre. En el espacio de aquellos pocos
segundos, estuve convencido de que habría problemas, los más graves en que yo
me había visto. Cuestión de asesinato, quizá. Y todo por los derechos sobre un
cadáver.
Chris dijo
suavemente, con gran pesar:
—¿Dónde lo
prefieres? ¿En el brazo o en la pierna? Yo no puedo elegir. Elige tú por mí.
Y Ace se
detuvo.
27
Pude ver en su
cara crispada un súbito terror, debido, según creo, más al tono de Chris que a
sus palabras; parecía absolutamente convencido de que las cosas iban a ir de
mal en peor, y de lamentarlo sinceramente. Si se trataba de un farol, sigue
siendo aún el mejor que he visto en mi vida. También los otros chicos mayores
le creyeron. Tenían la cara torcida como si alguien acabara de prender un petardo
potentísimo de mecha corta.
Ace consiguió
dominarse, poco a poco. Tenía tensos los músculos de la cara; apretó los labios
y logró mirar a Chris tal como mirarías a un individuo que acaba de proponerte
un negocio importante como fusionarse con tu empresa, negociar tus derechos o
darte una patada en los huevos; era una expresión casi curiosa de espera que te
permitía saber que el miedo había desaparecido o estaba controlado. Ace había
reconsiderado sus probabilidades de salir ileso y había decidido que no tenía
tantas como creía. No obstante, seguía siendo peligroso, tal vez más que antes.
Creo que fue la representación más cruda y real de guerra fría que haya
presenciado. Ni uno ni otro faroleaban. Ambos hablaban completamente en serio.
—Muy bien —dijo
Ace suavemente dirigiéndose a Chris—. Pero sé perfectamente dónde vas a ir a
parar, cabrón.
—No, no lo
sabes —dijo Chris.
—Enano
asqueroso —gritó Ojo—. Esto te va a costar muy caro. Te lo aseguro.
—¡Tócame los
huevos! —contestó Chris.
Ojo avanzó con
un sonido inarticulado de furia; Chris disparó al agua a unos diez metros de
él; saltó el agua con un chapoteo. Ojo retrocedió, maldiciendo.
—Muy bien. ¿Y
ahora qué? —preguntó Ace.
—Pues ahora os
metéis todos en los coches y volvéis como tiros por donde vinisteis. Luego, ya
es cosa vuestra. Pero no os lo llevaréis.
Tocó
levemente, casi reverentemente, a Ray Brower con la punta de la empapada
zapatilla y concluyó:
—¿Entendido?
—Ya te
engancharemos —dijo Ace. Estaba empezando a sonreír de nuevo—. ¿Es que no lo
comprendes?
—Puede que sí
y puede que no.
—Puedes estar
seguro —dijo Ace, sonriendo—. Y te atizaremos. No, creo que no lo comprendes.
Os mandaremos a todos al maldito hospital con un montón de malditas fracturas.
En serio.
—Vamos ya,
¿por qué no te largas de una vez y vas a joder un poco más a tu madre? Creo que
le encanta cómo se lo haces.
A Ace se le
heló la sonrisa en la cara.
—Te mataré por
esto. Nadie insulta a mi madre.
—Tengo
entendido que tu madre jode por dinero —le informó Chris. Y cuando Ace empezaba
a palidecer, cuando su tez se aproximaba a la blancura fantasmal de la de
Chris, este añadió—: En realidad, me contaron que las chupa por monedas para el
tocadiscos. Tengo entendido…
Entonces la
tormenta arreció de nuevo, con intensidad súbita. Solo que ahora granizaba en
vez de llover. En vez de un susurro o un parloteo, invadió el bosque el
repiqueteo de selváticos tambores absurdos de una mala película: el sonido
producido por las grandes piedras de granizo al repiquetear contra los árboles.
Las punzantes piedras empezaron a golpearme los hombros (parecía que las
arrojaran con fuerza malévola e intencionada). Y el granizo empezó a golpear la
cara de Ray Brower con un horrendo sonido chapoteante que nos hizo acordarnos
de él, y de su inmensa e ilimitada paciencia.
Primero falló
Vern, con un grito sollozante. Subió corriendo el terraplén con inmensas
zancadas. Teddy aguardó un segundo más, y luego echó también a correr, detrás
de Vern, cubriéndose la cabeza con las manos. Por parte de los mayores, Vince
Desjardins retrocedió con torpeza hasta unos árboles próximos y Bracowicz le
siguió. Pero los demás permanecieron firmes, y Ace volvió a sonreír.
—Quédate
conmigo, Gordie —me dijo Chris con voz trémula y baja—. Quédate a mi lado,
amigo.
—Estoy aquí.
—Vamos —le
dijo entonces Ace, y no sé mediante qué mágica fuerza pudo hablar con firmeza,
sin que se advirtiera el más leve temblor en su voz. Parecía estar dando instrucciones
a un niñito tonto.
—Ya os
atraparemos —dijo Ace—. No lo vamos a olvidar así como así, si es eso lo que te
crees. Esto es muy importante, chaval.
—Muy bien.
Ahora largo de una vez; ya nos atraparéis otro día.
—Estaremos al
acecho, Chambers. Estaremos…
—¡Largo!
—gritó Chris y apuntó con la pistola. El otro dio un paso atrás.
Miró un
instante más a Chris, cabeceó y se dio la vuelta.
—Vamos —dijo a
los otros. Y se volvió a mirar una vez más a Chris por encima del hombro—. No
te perderemos de vista.
Volvieron
atrás por entre los árboles. Chris y yo permanecimos inmóviles pese al granizo
que caía sobre nosotros con fuerza irritándonos la piel y amontonándose a
nuestro alrededor como nieve de verano. Permanecimos, pues, quietos y atentos
y, sobre el trepidante sonido de calipso de las piedras golpeando los troncos
de los árboles, oímos arrancar los coches.
—No te muevas
de aquí —me dijo Chris y él empezó a cruzar la ciénaga.
—¡Chris! —le
grité, aterrado.
—¡Espérame
ahí!
Me pareció que
tardaba una eternidad. Acabé convencido de que los otros estaban emboscados y
le habían agarrado. Seguí firme en mi puesto sin más compañía que Ray Brower,
deseando que alguien (cualquiera) volviera. Al cabo de un rato, volvió Chris.
—Lo
conseguimos —dijo—. Se largaron.
—¿Seguro?
—Claro. Los
dos coches.
Alzó las manos
sobre la cabeza, las unió con la pistola entre ambas y movió el doble puño en
un irónico gesto de victoria. Bajó luego las manos y me sonrió. Creo que fue la
sonrisa más triste y aterrada que he visto en mi vida.
—«Chúpame la
gorda…» ¿Quién te dijo que la tenías gorda, Lachance?
—La más grande
de cuatro condados —le dije. Temblaba de pies a cabeza.
Nos miramos un
instante con afecto. Luego, tal vez avergonzados por lo que veíamos, bajamos la
vista a un tiempo. Un desagradable escalofrío de miedo me recorrió y el súbito
plas plas plas de las pisadas de Chris me indicó que también él se había dado
cuenta. Los ojos de Ray Brower se habían agrandado y miraban fijos y vacíos
como los que nos contemplan desde las estatuas griegas. Tardamos solo un
segundo en comprender lo sucedido, pero el comprenderlo no disminuyó nuestro
terror: se le habían llenado los ojos de granizo, que al convertirse en agua
rodaba por sus mejillas; parecía que llorara por su propia y grotesca
situación: un miserable premio por el que competían dos pandillas de chicos
estúpidos. También su ropa estaba cubierta de blanco granizo. Parecía envuelto
en su propio sudario.
—Oh Gordie,
oye —dijo Chris, con voz temblorosa—. ¡Qué horrible, amigo! Vaya un espectáculo
desagradable para él.
—No creo que
él sepa…
—Tal vez lo
que oímos anoche fuera su espíritu. Tal vez supiera que iba a ocurrir esto.
Vaya un espectáculo. Te lo digo en serio.
Las ramas
crujían bajo nuestros pies. Me volví, seguro de que nos habían rodeado, pero
Chris volvía a contemplar el cadáver, tras una mirada breve y casi indiferente.
Eran Vern y Teddy, los dos con los pantalones empapados pegados a las piernas,
ambos sonriendo como perros que han estado sorbiendo huevos.
—¿Qué vamos a
hacer, amigo? —preguntó Chris.
Y sentí que me
recorría un extraño escalofrío. Tal vez estuviera hablando conmigo… o tal vez
estuviera… pero seguía contemplando el cadáver de Ray Brower.
—Nos lo
llevaremos, ¿verdad? —preguntó Teddy, confuso—. Seremos héroes, ¿no es cierto?
—miró a Chris, luego a mí, y de nuevo a Chris.
Chris alzó la
vista como si acabara de despertar de un sueño. Torció los labios. Avanzó hacia
Teddy con grandes zancadas, le plantó ambas manos en el pecho y le dio un gran
empujón. Teddy se tambaleó, extendió los brazos para guardar el equilibrio y
cayó de culo, con un chapoteo. Contempló atónito a Chris como una rata almizclera
sorprendida. Vern contemplaba cautelosamente a Chris, como si temiera que se
hubiera vuelto loco. Tal vez no le faltara mucho.
—Tuviste el
pico bien cerrado —le dijo Chris a Teddy—. Paracaidistas abajo, yo solo.
Cobardica piojoso.
—Fue el
granizo —gritó Teddy, irritado y avergonzado—. No fue por los chicos, Chris.
¡Me asustan las tormentas! ¡No puedo evitarlo! Les habría atacado a todos a la
vez, ¡lo juro por mi madre! ¡Pero me asustan las tormentas! ¡Mierda! ¡No puedo
evitarlo! —y se echó a llorar, allí sentado en el agua.
—¿Y tú qué?
—preguntó Chris, volviéndose a Vern—. ¿También a ti te asustan las tormentas?
Vern movió la
cabeza fatuamente, asombrado aún por la furia de Chris.
—Oh, bueno, yo
creí que íbamos a correr todos.
—Pues debes de
leer el pensamiento. Porque corriste el primero.
Vern tragó
saliva dos veces y no contestó.
Chris le miró
con ojos taciturnos y desquiciados. Luego, se volvió a mí.
—Vamos a
hacerle una camilla, Gordie.
—Si tú lo
dices, Chris.
—¡Claro! Como
los exploradores.
Su voz había
empezado a alcanzar extraños registros agudos.
—Como hacen
los malditos exploradores. Una camilla… palos y camisas. Como en el manual.
¿Conforme, Gordie?
—Bueno, si
quieres. Pero, ¿y si esos chicos…?
—¡A la mierda
con ellos! —gritó—. ¡No sois más que un montón de gallinas! ¡Oh, qué asco!
—Chris,
podrían avisar al alguacil. Para que nos hiciera volver.
—¡Él es
nuestro y nos lo llevaremos de aquí!
—Esos chicos
son capaces de decir cualquier cosa con tal de crearnos problemas —le dije. Mis
palabras resultaban débiles, estúpidas y en absoluto convincentes—. Dirían
cualquier cosa y harían correr la bola. Sabes muy bien que la gente es capaz de
crear problemas a otros a base de mentiras, amigo. Igual que con el dinero de la
leche…
—¡NO ME
IMPORTA! —gritó, y arremetió contra mí con los puños en alto.
Pero tropezó
con el cuerpo de Ray Brower, con un ruido sordo; el cadáver se movió. Tropezó y
cayó cuan largo era y yo esperé a que se levantara y tal vez que me diera un
puñetazo en la boca; pero en vez de hacerlo, se quedó allí tirado con la cabeza
hacia el terraplén y los brazos extendidos sobre la cabeza como un buceador a
punto de saltar, exactamente en la misma postura en que estaba Ray Brower
cuando le encontramos. Miré frenético los pies de Chris para ver si llevaba aún
las zapatillas puestas. Luego, empezó a llorar y a gritar, sacudiendo el cuerpo
en el agua enfangada, chapoteando a su alrededor, alzando y bajando los puños,
moviendo violentamente la cabeza de un lado al otro. Teddy y Vern le miraban
con curiosidad porque nadie había visto nunca llorar a Chris Chambers. Tras uno
o dos minutos, volví hasta el terraplén, subí hasta la vía y me senté en uno de
los raíles. Teddy y Vern me siguieron. Y allí nos quedamos sentados bajo la
lluvia, en silencio, como esos tres Monos de la Virtud que venden en los
grandes almacenes y en esas tiendas míseras de regalos que parecen estar
siempre al borde de la quiebra.
28
Chris tardó lo
menos veinte minutos en subir hasta la vía y sentarse a nuestro lado. Habían
empezado a disiparse las nubes y el sol asomaba en algunos claros. Parecía que
en los últimos cuarenta y cinco minutos el tono de los arbustos se hubiera
intensificado. Estaba lleno de barro. Tenía el pelo todo embarrado y de punta.
Solo tenía limpios los círculos que le rodeaban los ojos.
—Tienes razón,
Gordie —dijo—. En realidad, nadie tiene derecho a llevárselo. Mala suerte, ¿eh?
Asentí.
Pasaron cinco minutos. Nadie decía nada. Y se me ocurrió una idea… solo por si
avisaban de verdad a Bannerman. Bajé de nuevo hasta donde había estado Chris de
pie. Me puse de rodillas y empecé a barrer cuidadosamente el agua y los
yerbajos con los dedos.
—¿Qué haces?
—me preguntó Teddy, poniéndose a mi lado.
—Me parece que
está a tu izquierda —dijo Chris, señalando.
Busqué por
allí y al cabo de uno o dos minutos encontré los dos casquillos. Centellearon a
la nueva luz del sol. Se los di a Chris. Cabeceó y se los guardó en el bolsillo
de los pantalones.
—Vámonos ya
—dijo Chris.
—Eh, ¿qué
dices? —vociferó Teddy, con verdadera aflicción—. Yo quiero que nos lo
llevemos.
—Escucha,
tonto —dijo Chris—. Si le lleváramos, podríamos acabar todos en el
reformatorio. Gordie tiene razón. Esos tipos podrían inventarse cualquier
historia. ¿Y si se les ocurre decir que le matamos nosotros? ¿Qué te parecería
eso?
—¡Me importa
un bledo! —dijo Teddy malhumorado. Nos miró luego, con absurda esperanza—.
Además no pueden echarnos más de un par de meses o así. Como mucho. Solo
tenemos doce años, diablos, no van a mandarnos a la cárcel de Shawshank.
—Si tienes
antecedentes, no te admiten en el Ejército, Teddy —dijo Chris con calma.
Yo estaba
seguro de que no era más que una mentira descarada, aunque no parecía
precisamente aquel el momento oportuno para decirla. Teddy se quedó mirando a
Chris un buen rato; le temblaban los labios. Al fin consiguió decir, con voz
chillona:
—¿En serio?
—Pregúntaselo
a Gordie.
Se volvió a
mí, esperanzado.
—Tiene razón
—dije yo, sintiéndome un auténtico mierda—. Tiene razón, Teddy. Lo primero que
hacen cuando te presentas voluntario es averiguar si tienes antecedentes.
—¡Válgame
Dios!
—Ahora
volveremos hasta el paso sobre el río —dijo Chris—, y allí nos desviaremos,
bajando de las vías para entrar en Castle Rock como si llegáramos por la otra
dirección. Si nos preguntan de dónde venimos, diremos que acampamos en
Brickyard Hill y que nos perdimos.
—Milo Pressman
sabe que eso es mentira —dije—. Y el majadero del Florida Market también.
—Bueno,
diremos que Milo nos asustó y que entonces fue cuando decidimos ir hasta la
fábrica de ladrillos.
Asentí.
Aquello serviría. Siempre que Vern y Teddy no lo desmintieran, claro.
—¿Y si nuestros
padres se han visto? —preguntó Vern.
—Puedes
preocuparte de eso si quieres —dijo Chris—. Mi papaíto estará trompa todavía.
—Pues vamos
entonces —dijo Vern, atisbando la cortina de árboles que había entre nosotros y
el camino de Harlow. Parecía estar esperando que Bannerman, acompañado de un
par de sabuesos, cayera sobre nosotros en cualquier momento—. Vamos mientras
aún estamos a tiempo.
Ya estábamos
de pie todos, dispuestos a partir. Los pájaros cantaban enloquecidos,
encantados con la lluvia y el sol y los gusanos y creo que absolutamente con
todo lo que en el mundo existe. Todos nos volvimos, como movidos por un
resorte, a mirar a Ray Brower.
Seguía allí
solo de nuevo. Se le habían desviado los brazos al darle la vuelta y ahora los
tenía extendidos como dando la bienvenida al sol. Por un instante pareció
perfecto, la escena más natural dispuesta por un funerario. Luego te fijabas en
el cardenal, en la sangre coagulada de la barbilla y del labio superior y
advertías que el cadáver estaba empezando a hincharse. Y veías que los moscones
azules habían aparecido con el sol y revoloteaban a su alrededor, zumbando
indiferentes. Y recordabas aquel olor nauseabundo de aire viciado, a pedo en un
cuarto cerrado. Era un chico de nuestra misma edad, estaba muerto y yo me
negaba a admitir la idea de que pudiera haber en todo ello algo natural; la
rechazaba aterrado.
—De acuerdo
—dijo Chris, queriendo indicar que había que espabilarse, pero la voz salió de
su garganta como un puñado de cerdas de un cepillo de ropa viejo—. Tardaremos
el doble.
Iniciamos la
marcha, casi al trote, hacia el camino por el que habíamos llegado. No
hablábamos. No sé los demás, pero yo estaba demasiado ocupado pensando para
hablar. Había cosas que me intrigaban del cuerpo de Ray Brower: me intrigaban
entonces y me intrigan ahora. Un gran cardenal a un lado de la cara, una herida
en la cabeza, sangre en la nariz. Y nada más: al menos nada más visible. Mucha
gente acaba en peores condiciones en peleas de bar y siguen bebiendo. Pero
tenía que haberle golpeado el tren; ¿cómo, si no, habrían quedado sus
zapatillas en un sitio y él en otro? ¿Pero cómo no le había visto el
maquinista? ¿Podría ser que el tren le hubiera dado con fuerza suficiente para
lanzarle lejos pero no para matarle? Creo que, con la adecuada concurrencia de
circunstancias, eso es lo que podría haber ocurrido. ¿Le habría golpeado el
tren con fuerza de costado, cuando él intentaba retirarse? ¿Le habría dado y le
habría lanzado hacia atrás en un rápido salto mortal por el terraplén? ¿Habría
permanecido tal vez tendido despierto durante horas temblando en la oscuridad,
ya no únicamente solo sino además desorientado, completamente separado del
mundo? Tal vez muriera de miedo. Así había muerto una vez un pájaro con las
plumas de la cola aplastadas en mis manos. Su cuerpecito temblaba y se agitaba
débilmente, abría y cerraba el pico, sus ojos brillantes y oscuros me miraban
con fijeza. Luego, la vibración cesó, se inmovilizó su pico medio abierto, y
sus ojos perdieron el brillo. Podría haberle pasado lo mismo a Ray Brower. Tal
vez hubiera muerto sencillamente porque le aterraba seguir vivo.
Pero había
también otra cosa que me preocupaba e inquietaba aún más, creo. El chico había
salido a buscar arándanos. Creía recordar que las noticias decían que llevaba
una olla para echar los arándanos. Cuando regresamos, fui a la biblioteca y
miré en los periódicos solo para asegurarme; estaba en lo cierto. Cuando salió
a buscar arándanos llevaba consigo una olla o un cubo… algo parecido. Pero no
lo habíamos encontrado. Le encontramos a él y encontramos sus zapatillas. Lo
debía haber tirado en algún punto entre Chamberlain y la zona pantanosa de
Harlow en que murió. Quizá al principio lo asiera con más fuerza, como si le
uniera al hogar y la seguridad. Y luego, a medida que su terror aumentaba y,
con él, aquella sensación de estar absolutamente solo, sin más posibilidad de
salvación que lo que él pudiera hacer por sí mismo, cuando el auténtico terror
se apoderó de él, tal vez lo arrojara a uno u otro lado de las vías, sin darse
cuenta casi de que lo hacía.
He pensado en
volver allá y buscarlo; ¿os parece muy morboso? He pensado en ir con mi Ford
casi nuevo y salir de él una clara mañana de verano, yo solo, mi esposa e hijos
en otro mundo lejano donde si das a un interruptor las luces se encienden en la
oscuridad. Y he pensado cómo sería. Sacar mi mochila de la parte de atrás y
apoyarla en el parachoques mientras me quito con cuidado la camisa y me la ato
a la cintura. Me embadurno pecho y hombros con Muskol insecticida y luego
avanzo por el bosque hacia el lugar pantanoso en que le encontramos. ¿Se habría
marchitado la yerba donde reposó su cuerpo? Claro que no, no habrá ni rastro,
pero aun así te lo preguntas, y te das cuenta de que solo una delgada película
separa tu disfraz de hombre racional (el escritor por coderas de cuero en la
chaqueta de pana) y los cabrioleantes mitos gorgónicos de la infancia. Subir
luego el terraplén, ahora cubierto de malas yerbas, y caminar lentamente junto
a las vías herrumbrosas y las traviesas podridas, hacia Chamberlain.
Estúpida
fantasía. Una expedición en busca de un cubo de arándanos de hace veinte años,
que probablemente se habría hundido en el bosque o habría quedado enterrado por
una máquina excavadora que allanó un solar de medio acre para una inmobiliaria,
o estaría tan cubierto de yerbas y zarzas que sería ya imposible dar con él.
Pero estoy seguro de que sigue allí, en algún lugar a lo largo de la vieja
línea ferroviaria, y, a veces, siento el impulso casi frenético de ir a
buscarlo. Suelo sentirlo por la mañana, cuando mi esposa está duchándose y mis
hijos están viendo Batman y Sccoby-Doo en el canal 38 de Boston y yo me siento
muy parecido al Gordon Lachance preadolescente que pisara una vez la tierra,
caminando y arrastrándose a veces sobre el vientre como un reptil. Aquel chico
era yo, creo. Y la idea que sigue, que me hiela como un chorro de agua fría,
es: ¿A qué chico te refieres?
Sorbiendo una
taza de té, mirando al sol que se filtra por las ventanas de la cocina, oyendo
la televisión desde un extremo de la casa y la ducha del otro, sintiendo
palpitarme las sienes, lo que significa que tomé demasiada cerveza anoche, creo
firmemente que podría encontrarlo. Vería el claro metal brillando a través de
la herrumbre, el brillante sol estival reflejándolo para mí. Bajaría de las
vías, retiraría las yerbas que hubieran crecido y entrelazado estrechamente su
mango y entonces podría… ¿qué? Bueno, sencillamente arrancarlo del tiempo. Le
daría vueltas y vueltas en la mano, maravillándome de su tacto, asombrándome
por el hecho de que la última persona que lo tocó lleva muchos años en su
tumba. ¿Y si hubiera una nota dentro? Ayudadme, me he perdido. Claro que no la
habría. Los chicos no salen a buscar arándanos con lápiz y papel… pero
supongámoslo. Imagino que mi temor, el temor que sentiría, sería tan oscuro
como un eclipse. Sin embargo, es principalmente la simple idea de tener en mis
manos aquel cubo, supongo, símbolo tanto de mi existencia como de su muerte, lo
que prueba que realmente sé qué chico era, cuál de los cinco. Agarrarlo. Leer
todos los años en su capa de herrumbre y el desvanecimiento de su brillo.
Sentir su contacto, intentar comprender los soles que brillaron sobre él, las
lluvias que cayeron sobre él y las nieves que lo cubrieron. Y preguntarme dónde
estaba yo cuando cada una de tales cosas le ocurría en su solitario lugar,
dónde estaba, qué hacía, a quién amaba, cómo me iba, dónde estaba. Lo sujetaría
en mis manos, lo interpretaría, lo sentiría… y contemplaría mi propio rostro en
cualesquiera reflejo que quedara. ¿Podéis entenderlo?
29
Eran poco más
de las cinco de la mañana del domingo, víspera del Día del Trabajo, cuando
llegamos a Castle Rock. Habíamos estado caminando toda la noche. Nadie se
quejó, aunque todos teníamos ampollas en los pies y estábamos muertos de
hambre. La cabeza me latía con una jaqueca espantosa y las piernas me fallaban
y me ardían de cansancio. Habíamos tenido que bajar en dos ocasiones gateando
el terraplén para quitarnos de en medio cuando pasaban los cargueros. Uno de
ellos venía en nuestra dirección, pero avanzaba demasiado deprisa para saltar.
Clareaba ya cuando llegamos al puentecillo del río Castle otra vez. Chris se
quedó mirándolo, miró luego el río y se volvió a mirarnos a nosotros.
—A la mierda.
Yo cruzaré por aquí. Si me pilla un tren ya no tendré que preocuparme del
maldito Merrill.
Pasamos todos
por allí (sería más apropiado decir que nos arrastramos laboriosamente). No
pasó ningún tren.
Cuando
llegamos al basurero, saltamos la valla (ni rastro de Milo ni del perro, no a
aquellas horas, y menos siendo domingo por la mañana) y fuimos directamente al
pozo. Vern bombeó el agua y todos pusimos por turno la cabeza bajo el chorro de
agua fresca, echándonos agua por el cuerpo y bebiendo hasta no poder más. Luego
tuvimos que ponernos las camisas porque la mañana parecía fresca. Caminamos
(renqueamos) hasta el pueblo y nos quedamos un poco en la acera contemplando
nuestro club. Para no tener que mirarnos los unos a los otros, miramos nuestra
casita del árbol.
—Bueno —dijo
al fin Teddy—. Os veré el miércoles en clase. Creo que estaré durmiendo hasta
entonces.
—Yo también
—dijo Vern—. Estoy demasiado agotado para cohetes.
Chris emitió
un monótono sonido entre los dientes y no dijo nada.
—Oye, amigo
—dijo torpemente Teddy—. Nada de resentimientos, ¿de acuerdo?
—Claro —dijo
Chris, y su rostro agotado y sombrío se iluminó súbitamente con una sonrisa
tierna y luminosa—. Lo conseguimos, ¿no? Les dimos una lección a los cabrones.
—Claro —dijo
Vern—. Eres brillantísimo. Ahora Billy me dará la lección a mí.
—¿Y qué? —dijo
Chris—. Richie se echará en cuanto pueda sobre mí y seguro que Ace le dará un
buen repaso a Gordie y algún otro se consagrará a Teddy. Pero lo conseguimos.
—Eso es cierto
—dijo Vern. Pero aún no parecía feliz.
Chris me miró.
—Lo
conseguimos, ¿no es cierto? —preguntó, con suavidad—. Y mereció la pena, ¿no?
—Seguro —dije.
—A la porra
con ello —dijo Teddy, con aire de indiferencia—. Este se despide. Me voy a
llamar a casa y ver si mamá me ha incluido en la Lista de los Diez Más
Buscados.
Todos nos
echamos a reír; Teddy nos dedicó su mirada sorprendida y confusa. Nos
despedimos. Luego, él y Vern partieron en su dirección y a mí no me quedaba más
remedio que irme en la mía… Dudé un instante.
—Te acompaño
—dijo Chris.
—De acuerdo,
estupendo.
Caminamos en
silencio una manzana o así. Castle Rock estaba asombrosamente tranquilo a
aquellas horas y yo sentí una sensación casi sagrada de que el cansancio se
esfumaba. Nosotros estábamos despiertos y todo el mundo estaba durmiendo, y al
doblar la esquina casi esperaba ver a mi corza al fondo de la calle Carbine,
por donde la vía del tren pasa por el patio de carga de la fábrica.
Al final,
Chris dijo:
—Lo contarán.
—Puedes estar
seguro. Pero no hoy ni mañana, si es eso lo que te preocupa. Creo que pasará
mucho tiempo antes de que lo cuenten. Tal vez años.
Se volvió a
mirarme, sorprendido.
—Tienen miedo,
Chris. En especial Teddy, de que no le admitan en el Ejército. Pero también
Vern tiene miedo. Les quitará horas de sueño, claro, y algunas veces, durante
este otoño, estarán a punto de contárselo a alguien, pero de verdad creo que no
llegarán a hacerlo. Y después… ¿sabes qué? Parece una idiotez, pero… creo que
casi se olvidarán de que alguna vez sucedió.
Chris asentía
moviendo lentamente la cabeza.
—No me lo
había planteado así. Tú ves las intenciones de las personas, Chris.
—Ojalá fuera cierto,
amigo.
—Lo haces
realmente.
Caminamos otra
manzana en silencio.
—No conseguiré
salir nunca de este pueblo —dijo Chris, y suspiró—. Cuando vuelvas de la
universidad a pasar las vacaciones de verano, podrás vernos a Teddy y a Vern y
a mí en lo de Suckey después del turno de siete a tres. Si es que te apetece
vernos, claro; aunque supongo que lo más seguro es que no te apetezca —se echó
a reír; una risa tétrica.
—Acaba ya con
esa monserga, ¿quieres? —le dije, procurando parecer más fuerte de lo que me
sentía (estaba pensando en cuando estábamos allá en el bosque y cuando Chris
dijo: Y tal vez hablara con la vieja señora Simons y se lo entregara, y tal vez
el dinero estuviera allí y me dieron de todas formas los tres días de
«vacaciones» porque el dinero no apareció. Y puede que a la semana siguiente la
vieja señora Simons se presentara en el colegio con una flamante falda nueva…
La mirada. La expresión de sus ojos).
—No es ninguna
monserga, papaíto —dijo Chris.
Me rasqué el
pulgar con el índice.
—He aquí el
violín más pequeño del mundo interpretando «Mi corazón bombea rojo pis por ti».
—Era nuestro
—dijo Chris, con los ojos lúgubres a la luz matinal.
Habíamos
llegado a la esquina de mi calle y nos paramos. Eran las seis y cuarto. Pudimos
ver hacia el pueblo la camioneta del Telegram del domingo deteniéndose frente a
la papelería del tío de Teddy. Un hombre con vaqueros y camisa de manga corta
tiró un fardo de periódicos. Cayeron al revés en la acera mostrando las tiras
cómicas en color (siempre Dick Tracy y Blondie en primera página). Luego la
furgoneta siguió su marcha, empeñado su conductor en llevar el mundo exterior a
los otros pueblecitos de la ruta: Otisfield, NorwaySouth Paris, Waterford,
Stoneham. Quería decirle algo más a Chris, pero no sabía cómo hacerlo.
—Bueno, amigo,
chócala —dijo, en tono cansado.
—Chris…
—Chócala.
Lo hice.
—Te veré.
Sonrió…
aquella sonrisa suya tierna y luminosa.
—No si yo te
veo primero, cara tonto.
Se alejó,
riéndose todavía, moviéndose ágil y airosamente, como si no estuviera reventado
como yo ni tuviera ampollas como yo, y picaduras y mordeduras de mosquitos y
niguas y jejenes, como yo. Como si no tuviera preocupación de ningún tipo, como
si se encaminara a un lugar realmente importante en vez de simplemente a una
casa (correspondería más a la verdad decir choza) de tres habitaciones, sin
instalaciones sanitarias y con los cristales rotos cubiertos con plástico y con
un hermano que seguramente le estaba esperando escondido en el porche de
delante. Aunque yo hubiera sabido decir lo correcto, seguramente no habría
podido decirlo. Las palabras destruyen las funciones del amor (supongo que es
terrible que un escritor diga esto, pero creo que es cierto). Si hablas para
decirle a una cierva que no le deseas ningún daño, se esfumará con un simple
meneo del rabo. Lo malo es la palabra. El amor no es lo que los poetas cretinos
como McKuen quieren hacerte creer. El amor tiene dientes que muerden; y las
heridas jamás cicatrizan. Ninguna palabra, ninguna combinación de palabras
puede curar esas mordeduras del amor. Pero también lo contrario es cierto, esa
es la ironía. Si esas heridas cierran, las palabras se mueren con ellas. Podéis
creerme. Me gano la vida con las palabras y sé que es cierto.
30
La puerta de
atrás estaba atrancada, así que saqué la llave de reserva de debajo del felpudo
y entré en casa. La cocina estaba vacía, silenciosa, suicidamente limpia. Pude
oír el zumbido de los tubos fluorescentes al dar el interruptor. Hacía
literalmente años que no estaba levantado antes que mi madre; ni siquiera podía
recordar la última vez que tal cosa había sucedido.
Me quité la
camisa y la eché en el cubo de plástico para la ropa que había detrás de la
lavadora. Tomé un paño limpio de debajo de la pica, lo mojé y me froté bien con
él (cara, cuello, pecho, vientre). Me bajé luego la cremallera de los
pantalones y me restregué bien la entrepierna (especialmente los testículos)
hasta que empezó a dolerme la piel. Parecía que no pudiera quedar bien limpio
allí, pese a que la roncha rojiza que me había hecho la sanguijuela ya casi no
se notaba. Aún tengo ahí una marca diminuta en forma de semicírculo. Mi esposa
me preguntó una vez de qué era, y, sin darme siquiera cuenta de que lo hacía,
le mentí.
Cuando terminé
de restregarme, tiré el trapo. Estaba asqueroso.
Saqué una
docena de huevos y me preparé seis revueltos. Cuando estaban cuajados a medias
en la sartén, añadí un plato de piña triturada y medio litro de leche. Me
disponía a sentarme para empezar a comer cuando apareció mi madre, su cabello
gris recogido atrás en un moño. Vestía una bata rosa desvaído y fumaba un
Camel.
—Gordon,
¿dónde has estado?
—De acampada
—dije, y empecé a comer—. Primero en el campo de casa de Vern y luego subimos
hasta Brickyard Hill. La madre de Vern quedó en decírtelo. ¿No lo hizo?
—Seguramente
hablaría con tu padre —dijo, y pasó a mi lado hacia el fregadero. Parecía un
fantasma rosado. La luz de los fluorescentes no la favorecía en absoluto; daba
un tono casi amarillento a su piel. Suspiró… casi un sollozo—. Por las mañanas
es cuando más echo en falta a Dennis —dijo—. Miro siempre en su cuarto y está
siempre vacío, Gordon.
—Claro. Es
horrible —dije.
—Dormía
siempre con la ventana abierta y las sábanas… ¿Gordon? ¿Decías algo?
—Nada
importante, mamá.
—… y las
sábanas subidas hasta la barbilla —concluyó.
Luego se quedó
mirando por la ventana, de espaldas a mí. Seguí comiendo. Temblaba de pies a
cabeza.
31
La verdad
nunca se descubrió.
Oh, no quiero
decir que no encontraran el cuerpo de Ray Brower; sí que lo encontraron. Pero
ninguno de nuestra pandilla ni de la de los mayores se llevó el mérito de
encontrarlo. Al final, Ace debió decidir que lo más seguro era la llamada
anónima, pues fue así como se comunicó el lugar en que se encontraba el
cadáver. Me refería a que nuestros padres nunca supieron dónde habíamos estado
aquel fin de semana.
El padre de
Chris seguía bebiendo, tal como había dicho Chris. Y su madre se había ido a
Lewiston a casa de su hermana, como solía hacer casi siempre que el señor
Chambers andaba de borrachera. Se fue y dejó a Ojo al cuidado de los niños
pequeños. Y él había cumplido con su obligación largándose con sus colegas delincuentes
juveniles y dejando a Sheldon (de nueve años) a Emery (de cinco años) y a
Deborah (de dos años) apañárselas por su cuenta.
A la segunda
noche de ausencia, la madre de Teddy empezó a preocuparse y llamó a la madre de
Vern. La madre de Vern se limitó a decirle que seguíamos en la tienda. Lo sabía
porque la noche anterior había visto luz dentro. La madre de Teddy dijo que
esperaba que no estuviéramos fumando cigarrillos allá dentro y la madre de Vern
dijo que le había parecido luz de linterna y que además estaba segura de que
ninguno de los amigos de Vern ni de Billy fumaban.
Mi padre me
hizo algunas preguntas vagas, mostrándose levemente preocupado por mis
respuestas evasivas, dijo que teníamos que ir a pescar juntos algún día y eso
fue todo. Si nuestros padres se hubieran encontrado en los ocho o quince días
siguientes, seguramente que habrían descubierto todo; pero no se encontraron.
Milo Pressman
tampoco habló. Supongo que pensaría dos veces que iba a ser su palabra contra
la nuestra y que todos juraríamos que me había echado el perro.
Así que la
historia nunca salió a la luz; aunque claro está que no acabó ahí.
32
Casi ya a
finales de mes, un día en que volvía del colegio, un Ford negro del cincuenta y
dos se detuvo a mi lado. Era inconfundible. Neumáticos gansteriles de banda
blanca y tapacubos giratorios, altas defensas de cromo y, en el volante, una
calavera de Lucite con una rosa engastada en ella. Pintados en la parte
posterior había dos naipes: un dos y una jota tuerta; y debajo, en letras
góticas, las palabras NAIPE SALVAJE.
Se abrieron
violentamente las puertas y aparecieron Merrill y Bracowicz.
—¿Matón de pacotilla,
verdad? —dijo Ace sonriendo, con su afable sonrisa—. A mi madre le gusta la
forma en que se lo hago, ¿verdad?
—Vamos a
machacarte, pequeño —dijo Bracowicz.
Tiré los
libros en la acera y eché a correr. Corría como un desesperado, pero me agarraron
antes de llegar a la esquina. Ace me derribó de un golpe; y caí al suelo de
bruces. Me di contra el cemento en la barbilla y no solo vi las estrellas; vi
constelaciones enteras, nebulosas completas. Estaba llorando ya cuando me
levantaron, no tanto por las heridas y la sangre de codos y rodillas, ni
siquiera por el miedo sino por una inmensa e impotente rabia. Chris tenía
razón. Había sido nuestro.
Me debatí, me
revolví y estuve a punto de soltarme y librarme de ellos. Entonces Bracowicz me
hundió la rodilla en la entrepierna. El dolor fue asombroso, increíble,
absolutamente insólito. Amplió los horizontes del dolor de la antigua pantalla
lisa a la Vistavisión. Empecé a gritar. Gritar parecía ser mi mejor
alternativa.
Ace me dio dos
puñetazos en la cara, dos buenos golpes. El primero me cerró el ojo izquierdo.
Hasta pasados cuatro días no pude volver a ver bien por aquel ojo; el segundo
me partió la nariz con un crujido que me sonó como los cereales crujientes al
masticarlos resuenan en el interior de la cabeza. Luego, la anciana señora
Chalmers salió de la galería con su bastón asido con una de sus artríticas
manos y un cigarrillo Herbert Tareyton asomando de la comisura de sus labios.
Empezó a gritarles, diciendo:
—¡Eh, eh, oíd,
chicos! ¡Quietos! Policía. ¡Policiiiiiía!
—Más valdrá
que no te me acerques, ratero de mierda —dijo Ace sonriendo, y me soltaron y se
fueron. Me levanté y me doblé, tanteando con cuidado mis doloridos testículos,
absolutamente convencido de que acto seguido empezaría a vomitar y me moriría.
Todavía estaba gritando, además. Pero cuando Bracowicz empezó a dar vueltas a
mi alrededor, al ver sus piernas de palillo saliendo de sus botas de
motociclista, me enfurecí. Le agarré y le mordí la pantorrilla por encima de
los pantalones. Le mordí con todas mis fuerzas. También él empezó a gritar. Y
empezó a brincar sobre una sola pierna e, insólitamente, a llamarme tramposo.
Yo estaba mirándole saltar a la pata coja cuando Ace me pisoteó la mano
izquierda; me destrozó dos dedos. Los oí romperse. No sonaban a cereales
crujientes, sino a galletitas saladas. Luego, los dos volvieron al coche. Ace
contoneándose con las manos en los bolsillos de atrás, el otro saltando a la
pata coja y lanzando maldiciones contra mí, por encima del hombro. Yo me encogí
y me acurruqué en la acera, llorando. Tía Evvie Chalmers avanzó hacia mí, dando
golpes irritada con su bastón al caminar. Me preguntó si necesitaba un médico.
Me incorporé y casi conseguí dejar de llorar. Le dije que no necesitaba ningún
médico.
—Tonterías
—vociferó ella. Tía Evvie era sorda, siempre hablaba a voces—. Vi dónde te dio
aquel bravucón. Muchacho, tus frutillas van a hinchársete hasta alcanzar el
tamaño de tarros de confitura.
Me hizo entrar
en su casa, me dio un paño húmedo para que me limpiara la nariz (que para
entonces ya había empezado a parecer un calabacín) y me dio un vaso de café con
sabor medicinal que me tranquilizó algo. Siguió diciéndome a voces que debería
llamar al médico y yo insistí en que no lo hiciera. Al final, se dio por
vencida y yo me fui a casa. Muy despacio, caminé hasta mi casa. Todavía no
tenía los huevos del tamaño de tarros de confitura, pero estaban en camino.
Mamá y papá me
echaron una ojeada y se pusieron a despotricar (si he de ser sincero, ya era
bastante sorprendente incluso el que se fijaran). ¿Quiénes habían sido? ¿Podría
identificarles en una rueda de sospechosos? (Esta última pregunta la hizo mi
padre, que nunca se perdía Los intocables ni Naked City.) Le contesté que creía
que no podría identificarles en una rueda de sospechosos. Les dije que estaba
cansado. En realidad, creo que estaba conmocionado (conmocionado y más que algo
borracho por el café de tía Evvie, que debía de ser coñac en más de un sesenta
por ciento). Les dije que creía que eran de otro pueblo, de «la parte alta», lo
que todo el mundo entendía por Lewiston-Auburn.
Me llevaron al
doctor Clarkson. El doctor Clarkson, que aún vive, era ya entonces lo bastante
viejo como para tratar a Dios de igual a igual. Me escayoló la nariz y dedos y
dio a mi madre una receta para un calmante. Luego, con algún pretexto,
consiguió hacer salir a mis padres de la sala de reconocimiento y volvió
arrastrando los pies a mi lado, la cabeza inclinada, como Boris Karloff
abordando a Igor.
—¿Quién fue,
Gordon?
—No lo sé,
doctor Clar…
—Mientes.
—No, señor.
Oh-oh.
Sus mejillas
cetrinas empezaron a colorearse.
—¿Por qué
tienes que encubrir a los cretinos que te hicieron esto? ¿Crees que te
respetarán por ello? Se reirán de ti y te llamarán idiota. «Oh —dirán—, ahí va
el idiota ese al que pateamos el otro día. ¡Ja, ja! ¡Jooo, jooo! ¡Jua, jua,
jua, jua!»
—No sé quiénes
son. De verdad.
Pude ver sus
manos disponiéndose a sacudirme, pero, claro, no podía hacerlo. Así que me
mandó con mis padres, sacudiendo la cabeza y murmurando no se qué sobre
delincuentes juveniles. Seguramente se lo contaría todo aquella noche a su buen
amigo Dios mientras se tomaban su jerez y se fumaban sus puros.
No me
importaba que aquella pandilla de cretinos de Ace y los demás me respetaran o
creyeran que era idiota, o el que ni siquiera pensaran en mí. Pero estaba Chris
para preocuparse. Su hermano Ojo le había roto un brazo por dos sitios y le
había puesto la cara como una salida de sol canadiense. Le tuvieron que meter
una punta de acero en el brazo. La señora McGinn vio carretera abajo a Chris
arrastrándose por el arcén, sangrando de los dos oídos y leyendo una historieta
de Richie Rich. Le llevó a la sala de urgencias de un hospital, donde Chris
dijo al médico que le atendió que se había caído por las escaleras del sótano,
a oscuras.
—Muy bien
—dijo el médico, tan disgustado con Chris como el doctor Clarkson conmigo; y
llamó al alguacil Bannerman.
Mientras el
médico hacía esta llamada desde su despacho, Chris avanzó lentamente por el
vestíbulo, sujetando el cabestrillo provisional contra el pecho para que no se
le moviera el brazo y los huesos rotos se rozaron unos con otros; y utilizó una
moneda para llamar por teléfono a la señora McGinn (más tarde me contó que era
la primera llamada a pagar en destino que hacía en su vida y que le aterraba la
idea de que la señora McGinn pudiera negarse a aceptarla. Pero la aceptó).
—Chris, ¿estás
bien? —le preguntó.
—Sí, gracias
—contestó Chris.
—Lamento no
haberme podido quedar contigo, pero tenía pasteles en el…
—No se
preocupe, señora McGinn —dijo Chris—. ¿Puede ver usted el Buick en nuestro patio
de entrada?
El Buick era
el coche que conducía la madre de Chris. Tenía diez años y cuando se calentaba
el motor olía a zapatos fritos.
—Sí, ahí está
—dijo la señora McGinn con cautela. Mejor sería no meterse mucho en los asuntos
de aquellos Chambers. Basura blanca pobre; irlandeses miserables.
—¿Podría ir
usted a casa y decirle a mamá que baje al sótano y quite la bombilla del
portalámparas?
—Oye, Chris,
en realidad… mis pasteles…
—Dígale —dijo
Chris, implacable— que lo haga de inmediato. A menos que quiera que mi hermano
vaya a la cárcel.
Hubo una larga
y prolongada pausa, tras la cual la señora McGinn aceptó dar el recado. No hizo
preguntas y Chris no le dijo mentiras. El aguacil Bannerman fue a la casa de
los Chambers, pero Richie Chambers no fue a la cárcel.
También Vern y
Teddy recibieron lo suyo, aunque no tanto como Chris y yo. Cuando Vern llegó a
casa, Billy estaba esperándole. Se le acercó por detrás con un tubo y le atizó
con bastante fuerza como para dejarle inconsciente con cuatro o cinco porrazos.
Vern solo estaba atontado, pero Billy temió haberle matado y le dejó. Y una
tarde, cuando Teddy volvía del club a casa, le agarraron entre tres. Le dieron
de puñetazos y le rompieron las gafas. Él les hizo frente, pero dejaron de
pegarle cuando vieron que les buscaba a tientas como un ciego.
Vagábamos
juntos por el colegio como los restos de una fuerza de asalto coreana. Nadie
sabía con exactitud lo que había pasado, pero todos entendían que habíamos
tenido un encontronazo muy grave con los mayores y que nos habíamos portado
como hombres. Corrieron algunos rumores. Todos ellos absolutamente falsos.
Cuando nos
quitaron las escayolas y desaparecieron las marcas de los porrazos, Vern y
Teddy se alejaron. Habían descubierto a un grupo de chavales de su edad a los
que podían dominar. Casi todos eran tontos de verdad, lelos, pequeños cretinos
de quinto curso, pero Vern y Teddy seguían trayéndoles a la casa del árbol
mandándoles de allá para acá y pavoneándose con ellos como generales nazis.
Chris y yo
empezamos a ir cada vez menos al club y al cabo de un tiempo el lugar era suyo
por abandono. Recuerdo que fui una vez en la primavera del sesenta y uno, y el
lugar no me gustó nada. No recuerdo haber vuelto. Vern y Teddy se fueron
convirtiendo lentamente en dos caras más en los estudios o los castigos de las
tres y media. Nos saludábamos con un gesto, nos decíamos hola. Y eso era todo.
Sucede. Los amigos entran y salen de tu vida como ayudantes de camarero en un
restaurante, ¿no te has fijado nunca? Pero cuando pienso en aquel sueño, los
cadáveres tirando de mí implacablemente bajo el agua, me parece bien que así
sea. Algunos se ahogan, eso es todo. No es justo, pero sucede. Algunas personas
se ahogan.
33
Vern Tessio
murió en un incendio que destruyó un edificio de apartamentos de Lewiston en
mil novecientos sesenta y seis (en Brooklyn y en el Bronx llaman a ese tipo de
edificios de apartamentos «casas pobres», creo). El departamento de bomberos
comunicó que el incendio se inició hacia las dos de la madrugada y para el
amanecer todo el edificio era solo un montón de ceniza en el hueco del sótano.
Había habido una gran juerga; y Vern estaba allí. Alguien se durmió en uno de
los dormitorios con el cigarrillo encendido, tal vez el propio Vern,
completamente ido, pensando en sus monedas enterradas bajo el porche. A Vern y
a otros cuatro que murieron en el incendio, les identificaron por la dentadura.
Teddy terminó
en un sórdido accidente de coches. Creo que fue en el setenta y uno, o tal vez
a principios del setenta y dos. Cuando yo era pequeño había un dicho que decía:
«Si sales adelante solo eres un héroe. Lleva a alguien contigo y serás una mierda».
A Teddy, que lo único que había deseado, desde que tuvo edad suficiente para
desear algo, fue ingresar en el Ejército, le rechazaron en las Fuerzas Aéreas y
le declararon no apto en la oficina de reclutamiento. Solo hacía falta verle
las gafas y el aparato del oído para saber que ocurriría aquello; cualquiera se
habría dado cuenta… cualquiera, salvo Teddy. En su primer año de instituto le
castigaron a no ir durante tres días a clase por llamar saco de mierda al
tutor. Él había observado que Teddy iba con mucha frecuencia (casi todos los
días) a inspeccionar nuevas informaciones sobre el Ejército. Así que le dijo a
Teddy que sería mejor que pensara en otra carrera y fue precisamente entonces
cuando Teddy perdió los estribos.
Iba un año
retrasado por faltas repetidas, faltas de puntualidad y asistencia a cursos de
retrasados… pero consiguió graduarse. Tenía un Chevrolet Bel Air antiguo y lo
usaba para recorrer los mismos lugares que antes que él habían frecuentado Ace
y Bracowicz: la sala de billares, el salón de baile, Suckey’s Tavern, que ahora
está cerrada, y Mellow Tiger, que no lo está. Con el tiempo, consiguió un
trabajo en el Departamento de Obras Públicas de Castle Rock, para rellenar
agujeros.
El accidente
ocurrió en Harlow. El coche de Teddy iba lleno de amigos suyos (dos de los
cuales habían pertenecido al grupo aquel que él y Vern se habían dedicado a
mangonear allá por mil novecientos sesenta), y se estaban pasando un par de
porros y un par de botellas de Popov. Chocaron contra un poste, que arrancaron,
y dieron seis vueltas de campana. Una de las muchachas resultó técnicamente
viva. Permaneció seis meses en lo que las enfermeras y enfermeros del Hospital
General de Maine llaman «Sala de Coles y Nabos», hasta que algún alma
caritativa le desconectó el aparato de respiración artificial. Teddy Duchamp
recibió a titulo póstumo el premio del Cerote de Oro del Año.
Chris se
apuntó a los cursos para la universidad en su segundo año de la primera etapa
del instituto (los dos sabíamos que, si esperaba más para hacerlo, sería
demasiado tarde; no podría ponerse al día). Todos le riñeron por ello: sus
padres, que consideraban que estaba dándose tono; sus amigos, la mayoría de los
cuales le tildaron de mariquita; el tutor, que no le consideraba capacitado para
conseguirlo, y casi todos los profesores, a quienes no agradaba precisamente su
presencia (peinado con un gran flequillo de lado, chaqueta de cuero, botas de
mecánico) materializándose en sus clases sin previo aviso. Se advertía a simple
vista que el ver aquellas botas y aquella cazadora con tantas cremalleras les
ofendía por considerarlas irreconciliables con materias tan elevadas como el
álgebra, el latín y las ciencias naturales; semejante atuendo solo era
concebible en los muchachos que seguían la formación profesional. Chris se
sentaba entre aquellos chicos y chicas vivarachos y bien vestidos de las
familias de clase media de Castle View y Brickyard Hill cual un Grendel mudo y
caviloso que en cualquier momento pudiera volverse contra ellos rugiendo
estruendosamente y engullirlos con sus caros zapatitos, sus vistosas camisas y
sus jerséis Peter Pan incluidos.
Estuvo a punto
de renunciar por lo menos una docena de veces aquel año. Le acosaba
especialmente su padre, que le acusaba de creerse mejor que él, y de querer «ir
a la universidad para poder arruinarme». Una vez, le rompió una botella de
Rhinegold en la nuca y Chris terminó otra vez en la sala de urgencias del
hospital, donde le tuvieron que dar cuatro puntos para cerrar la herida. Sus
antiguos amigos, la mayoría de los cuales se estaban ahora especializando en el
Área del Humo, se reían de él por la calle. El tutor intentó convencerle de que
hiciera al menos algunas asignaturas de formación profesional para que luego no
tuviera que partir de cero. Y, por supuesto, lo peor era esto: había estado
haciendo el vago durante los primeros siete años de sus estudios y ahora le
llegaba el momento de pagar la factura con creces.
Estudiábamos
juntos casi todas las noches, a veces hasta seis horas seguidas. Después de
aquellas sesiones acababa siempre agotado, y, a veces, incluso asustado:
asustado por su incrédula rabia por lo espantosamente elevada que era aquella
factura. Antes incluso de que pudiera empezar a entender los principios del
álgebra, tenía que aprender de nuevo los quebrados, de los que él y Vern y
Teddy ni siquiera se habían enterado por pasarse la clase jugando al «billar de
bolsillo».
Antes de
empezar siquiera a entender el Pater noster qui est in caelis, tenía que
aprender lo que eran los sustantivos, y las preposiciones y los complementos.
Dentro de su libro de gramática, con letras bien claras, estaban las palabras:
A LA MIERDA LOS GERUNDIOS. Tenía buenas ideas para las redacciones, pero su
ortografía era realmente infame y en cuanto a la puntuación, parecía que
puntuase con una escopeta. Destrozó un ejemplar de Warriner’s y se compró otro
en una librería de Portland, que fue el primer libro de pasta dura que poseyó
realmente, y que se convirtió para él en una especie de Biblia.
Pero para
nuestro primer curso de la segunda etapa en el instituto, ya le habían
aceptado. Ninguno logró grandes honores, pero yo quedé en séptimo lugar y él en
el decimonoveno. A ambos nos admitieron en la Universidad de Maine, pero yo fui
al campus de Orono y él se matriculó en el de Portland. En Derecho. ¿Te
imaginas? Más latín.
Salimos
durante todo el bachillerato, pero no hubo jamás una chica entre nosotros.
¿Puede dar eso la impresión de que éramos maricas? Eso habrían pensado casi
todos nuestros antiguos amigos, incluidos Vern y Teddy. Pero era solo cuestión
de supervivencia. Ambos estábamos en apuros y nos aferrábamos el uno al otro.
Creo que ya he explicado el caso de Chris; mis motivos para aferrarme a él no
eran tan precisos. Su deseo de salir de Castle Rock y de la sombra de la
fábrica me parecía que era lo mejor de mí, mi mejor parte, y no podía dejarle
flotar o hundirse a su suerte. Si él se hubiera ahogado, creo que aquella parte
mía se habría ahogado también con él.
Casi a finales
de mil novecientos setenta y uno, Chris entró un día en un bar de Portland a
tomar un plato combinado. Justo delante suyo, dos individuos empezaron a
discutir sobre quién de los dos iba primero en la cola. Uno de ellos sacó una
navaja. Y Chris, que siempre había sido el mejor de la pandilla en lo de
conseguir que hiciéramos las paces, se interpuso entre los dos y recibió un
navajazo en la garganta. El hombre de la navaja había cumplido condena en
varias instituciones penitenciarias; hacía solo una semana que acababa de salir
de la prisión estatal de Shawshank. Chris murió casi instantáneamente.
Leí la noticia
en el periódico (Chris estaba terminando su segundo año de estudios para
graduados). Yo, por mi parte, llevaba año y medio casado y era profesor de
inglés en un instituto de enseñanza media. Mi esposa estaba embarazada y yo
estaba intentando escribir un libro. Cuando leí la noticia: ESTUDIANTE RECIBE
CUCHILLADA MORTAL EN RESTAURANTE DE PORTLAND, le dije a mi esposa que salía a
tomar un batido de leche. Salí del pueblo en el coche, aparqué a un lado de la
carretera y lloré por Chris. Lloré durante casi una maldita media hora, creo. No
podía hacerlo delante de mi esposa, pese a lo mucho que la quiero. Hubiera sido
una debilidad.
34
¿Y yo?
Como ya dije,
ahora soy escritor. Muchísimos críticos creen que lo que escribo es una mierda.
Y muchas veces creo que tienen razón… pero aún me entusiasma poner esas dos
palabras «Escritor independiente» en el apartado de profesión de los
formularios que hay que rellenar en los despachos de los médicos y en las
oficinas de créditos. Mi historia se parece tantísimo a un cuento de hadas que
resulta absurda.
Vendí mi libro
e hicieron una película, que tuvo excelentes criticas y además fue un éxito
extraordinario. Y todo esto había ocurrido ya cuando yo tenia veintiséis años.
También de mi segundo libro se hizo una película. Y del tercero. Ya os lo dije:
es absolutamente absurdo. De momento, a mi esposa no le molesta que yo esté
durante el día por la casa y ya tenemos tres hijos. Los tres me parecen
perfectos y soy bastante feliz.
Pero, como ya
he dicho, escribir no es tan fácil ni divertido como antes. A veces tengo
fortísimos dolores de cabeza, y entonces tengo que quedarme echado en una
habitación a oscuras hasta que se me pasan. Dice el médico que no son
verdaderas migrañas; él los llama «dolores de tensión» y me aconseja que
trabaje menos. A veces me obsesiono. Es un hábito absurdo, pero no puedo
evitarlo. Y me pregunto si tendrá algún sentido lo que estoy haciendo, y qué es
lo que me corresponde hacer en un mundo en el que un hombre puede hacerse rico
jugando a «imaginemos».
Pero es
curioso cómo volví a ver a Ace Merrill. Mis amigos han muerto, pero Ace está
vivo. Le vi saliendo del aparcamiento de la fábrica nada más sonar las tres, la
última vez que bajé a mis hijos a visitar a mi padre.
Ya no tenía el
Ford del cincuenta y dos, sino una rubia Ford del setenta y siete. Una desvaída
pegatina decía REAGAN/ BUSH 1980. Llevaba el pelo cortado al cepillo y estaba
gordo. Los rasgos afilados y agradables que yo recordaba habían desaparecido
bajo un alud de carne. Yo había dejado a los niños con papá el tiempo
suficiente para ir al centro y comprar el periódico. Esperaba en la esquina de
las calles Maine y Carbine y él me lanzó una mirada mientras yo esperaba para
cruzar. No hubo indicio alguno de reconocimiento en el rostro de aquel
individuo de treinta y dos años que, en otra dimensión temporal, me había
partido la nariz.
Le observé
mientras dejaba su Ford en el sucio aparcamiento que hay junto al Mellow Tiger,
salir, tironearse de los pantalones y entrar en el local. Podía imaginarme el
breve fragmento de Oeste rural cuando abrió la puerta, la breve vaharada de
Knick y Gansert de barril, los gritos de recibimiento de los otros parroquianos
cuando cerró la puerta y posó su inmenso trasero en el mismo taburete que
seguramente le había aguantado al menos durante tres horas todos los días de su
vida (excepto los domingos) desde que tenía veintiún años.
Así que ahora
Ace es eso, pensé.
Miré hacia la
izquierda: más allá de la fábrica podía verse el río Castle, no tan caudaloso
ya, pero algo más limpio, corriendo aún bajo el puente entre Castle Rock y
Harlow. El viaducto de caballetes que había río arriba ha desaparecido, pero el
río sigue aún su curso. Yo también.