Denis Johnson
Conocí al
primero de los hombres cuando volvía a casa tras un baile en el Salón de
Veteranos de Guerras en el Extranjero. Me sacaban del lugar mis dos buenos
amigos. Había olvidado que ellos me habían acompañado, pero ahí estaban. Una
vez más, volví a odiarlos. Los tres habíamos formado un grupo basado en algo
erróneo, uno de esos malentendidos básicos que todavía no se había hecho del
todo evidente, así que seguíamos haciéndonos compañía y yendo a bares y
teniendo conversaciones. Por lo general, estas falsas coaliciones morían
después de un día o día y medio, pero esta ya duraba más de un año. Tiempo
después, uno de ellos acabó herido cuando estábamos robando una farmacia y los
otros dos lo dejamos tirado y sangrando en la entrada trasera de un hospital y
entonces lo arrestaron y todo vínculo se disolvió. Pagamos su fianza más tarde,
y todavía más tarde fueron retirados todos los cargos en su contra, pero
habíamos abierto nuestro pecho para mostrar nuestros cobardes corazones, y no
es fácil seguir siendo amigos después de algo así.
Esa noche en
el Salón de Veteranos de Guerras en el Extranjero yo me había arrimado a una
mujer y bailábamos junto al inmenso aparato de aire acondicionado y la besé y
le desabroché los pantalones y metí mi mano por la parte delantera. Ella había
estado casada con un amigo mío hasta hacía alrededor de un año, y yo siempre
pensé que acabaríamos liados; pero su novio, un malvado, raquítico, inteligente
hombre ante el cual yo siempre me sentía poca cosa, apareció por una de las
esquinas de la máquina y nos miró con el ceño fruncido y le dijo a ella que
saliera de allí y se metiera en su auto. Temí que fuera a tomar algún tipo de
medida, pero acabó desapareciendo tan rápido como su mujer. El resto de la
noche me la pasé preguntándome, segundo tras segundo, si volvería con algunos
amigos para hacerme algo doloroso y degradante. Yo llevaba una pistola, lo que
no quería decir que fuese a usarla. Era una pistola tan barata que estaba
seguro de que acabaría estallando en mi mano con solo apretar una vez el
gatillo. Así que eso solo podía contribuir a hacer todo el asunto todavía más
humillante. Con el tiempo las personas, por lo general hombres que conversan
con mujeres en mi imaginación, dirían: «Tenía una pistola, pero nunca llegó a
sacarla de sus pantalones». Bebí todo lo que pude hasta que la banda de música
country dejó de cantar y tocar y todas las luces se encendieron.
Mis dos amigos
y yo salimos a meternos en mi pequeño Volkswagen verde y ahí descubrimos al
hombre del que les hablaba, el primer hombre, durmiendo profundamente en el
asiento de atrás.
—¿Quién es
este? —les pregunté a mis dos amigos. Pero ninguno de ellos lo había visto
antes.
Lo despertamos
y se sentó. Era uno de esos tipos bastante grandotes, aunque no tan alto como
para que su cabeza golpeara el techo, pero realmente ancho, con un rostro un
poco estúpido y el cabello muy corto. Se negaba a salir del auto.
Este hombre se
señaló primero las orejas y después la boca, explicando por señas que no podía
oír ni hablar.
—¿Qué se hace
en una situación así? —dije.
—Bueno, yo voy
a entrar. Haz sitio —le dijo Tom al hombre y se sentó junto a él.
Richard y yo
nos subimos delante. Los tres nos giramos para mirar a nuestro nuevo
acompañante.
Señaló hacia
delante y entonces se llevó las manos a las mejillas queriendo decir que tenía
sueño.
—Solo quiere
que lo llevemos a su casa —supuse.
—Bueno —dijo
Tom—. Entonces llévalo a su casa.
Tom tenía unos
rasgos tan marcados que cuando lo invadía uno de sus ataques de mal humor
parecía todavía más enojado de lo que en realidad estaba.
Valiéndose del
lenguaje de señas, el pasajero nos mostró adonde quería ir. Tom me transmitía
las instrucciones porque yo no podía girarme para ver al hombre mientras
conducía.
—Dobla a la
derecha… aquí a la izquierda… quiere que vayas más despacio… está buscando el lugar…
Y así.
Íbamos con las
ventanillas bajadas. La suave noche de primavera, después de varios meses de
gélido invierno, era como una mujer extranjera respirando en nuestras caras.
Llevamos a nuestro pasajero hasta una calle residencial donde los retoños se
forzaban a sí mismos a salir por las puntas de las ramas y las semillas gemían
en los jardines.
Cuando salió
del auto vimos que era fornido como un simio, y las manos le colgaban como si
en cualquier momento fuera a agacharse para empezar a caminar apoyado en los
nudillos. Se deslizó calle arriba hasta dirigirse a una casa en particular y
llamó a la puerta. Una luz se encendió en el segundo piso, la cortina se agitó
y la luz se apagó. Estaba otra vez junto al auto, golpeando el techo con la
mano, antes de que yo hubiera tenido tiempo suficiente para arrancar y dejarlo
allí.
Se colgó del
parabrisas de mi VW y pareció desmayarse.
—Tal vez era
la casa equivocada —sugirió Richard.
—No puedo
maniobrar con él ahí encima —dije yo.
—Acelera y
frena de golpe —dijo Richard.
—Los frenos no
funcionan —le dijo Tom a Richard.
—El freno de
mano funciona —les aseguré a todos.
Tom no tenía
paciencia.
—Lo único que
tienes que hacer es mover el auto y él se caerá.
—No quiero
lastimarle.
Acabamos
cargándolo otra vez en el asiento de atrás, y se apoyó contra la ventanilla.
Lo teníamos
pegado a nosotros una vez más. Tom rió con sarcasmo. Los tres encendimos
cigarrillos.
—Aquí viene
Caplan a llenarme las piernas de balas —dije, mirando aterrorizado a un auto
que doblaba la esquina hacia nosotros y después pasaba de largo.
—Estaba seguro
de que era él —dije mientras las luces traseras se perdían calle abajo.
—¿Todavía
estás preocupado por lo de Alsatia?
—Yo estaba
besándola.
—No hay
ninguna ley en contra de eso —dijo Richard.
—No es su
abogado quien me preocupa.
—No creo que
Caplan se la tome tan en serio. Por lo menos no lo suficientemente en serio como
para matarte por ella o algo por el estilo.
—¿Qué piensas
tú de todo esto? —le pregunté a nuestro colega borracho.
Empezó a
roncar ostentosamente.
—Este tipo no
es sordo de verdad… Oye, ¿lo eres? —dijo Tom.
—¿Qué vamos a
hacer con él?
—Llevémoslo a
casa con nosotros.
—No contéis
conmigo —dije.
—En cualquier
caso, uno de nosotros debería hacerlo.
—Vive ahí.
Estaba bien claro por el modo en que golpeaba la puerta.
Salí del auto.
Fui hasta la
casa y toqué el timbre y retrocedí unos pasos en el porche, mirando en la
oscuridad hacia la ventana de arriba. La cortina blanca volvió a agitarse y una
mujer dijo algo.
Toda ella era
invisible, excepto la sombra de su mano en el borde de la cortina.
—Si no se lo
llevan de nuestra calle voy a llamar a la policía.
Me cubrió el
torrente de un anhelo tan poderoso que pensé que me ahogaría. Su voz se quebró
y descendió flotando.
—Ya estoy
junto al teléfono. Ahora estoy marcando el número —dijo suavemente.
Creí oír el motor
de un auto en alguna parte, no demasiado lejos. Corrí de regreso por la calle.
—¿Qué pasa?
—dijo Richard cuando yo entraba.
Los faros
venían doblando por la esquina. Un espasmo me corrió por el cuerpo con tal
fuerza que sacudió el auto.
—Jesús —dije.
El interior se
llenó con tanta luz que por dos segundos podrías haber leído un libro. Las
sombras de polvo en el parabrisas dibujaron rayas en el rostro de Tom.
—No es nadie
—dijo Richard, y la oscuridad volvió a cerrarse sobre nosotros después de que
quienquiera que fuese siguiera su camino.
—De todos
modos, Caplan no sabe dónde estás.
La sacudida de
miedo me había hecho arder la sangre en las venas. Ahora era como caucho.
—Iré por él,
entonces. Ajustaremos cuentas.
—Tal vez a él
no le importa o… no lo sé. ¿Qué sé yo? ¿Por qué estamos hablando sobre él?
—dijo Tom.
—Tal vez te
haya perdonado —dijo Richard.
—Oh, Dios, si
lo hiciera, entonces seríamos camaradas y todo eso. Lo único que pido es que me
castigue y a otra cosa —dije.
El pasajero no
se daba por vencido. Gesticulaba en todo el espacio del que disponía, tocándose
la frente y las axilas y arreglándoselas para girar sobre su propio eje, como
un entrenador de baloncesto impartiendo instrucciones a sus jugadores.
—Mira, ya sé
que puedes hablar. No actúes como si fuéramos estúpidos —le dije.
Nos condujo a
través de esa parte del pueblo y después cerca de las vías del ferrocarril,
donde apenas vivía alguien. Aquí y allá había unas chozas débilmente
iluminadas, hundidas en el fondo de toda aquella oscuridad. Pero la casa en que
me hizo detenerme no tenía luz alguna, exceptuando la del farol de la calle. No
ocurrió nada cuando hice sonar el claxon. El hombre al que estábamos ayudando
se quedó allí sin hacer nada. Durante todo el rato había estado enunciando
muchos deseos, pero no había dicho una sola palabra. Se parecía más y más al
perro de alguien.
—Iré a echar
un vistazo —le dije haciendo que mi voz sonara peligrosa.
Era una
pequeña casa de madera con dos postes y una cuerda para colgar la ropa en la
parte delantera. La hierba había crecido para ser aplastada por la nieve y
después ser descubierta por el deshielo. Sin molestarme en llamar a la puerta,
me acerqué a una de las ventanas de atrás y miré hacia dentro. Había una sola
silla junto a una mesa ovalada. La casa parecía abandonada, sin cortinas, sin
alfombras. Por todo el suelo había cosas brillantes que me parecieron bombillas
quemadas o casquillos de bala vacíos. Pero estaba oscuro y nada se veía con
claridad. Espié desde allí hasta que mis ojos se cansaron y entonces me pareció
que podía ver dibujos sobre el suelo como esas siluetas de tiza que se dibujan
alrededor de las víctimas o esos símbolos para la práctica de extraños
rituales.
—¿Por qué no
vas y entras? —le pregunté al tipo cuando regresé al auto.
—Ve a echar un
vistazo. Impostor, perdedor.
Levantó un
dedo. Uno.
—Qué.
Uno. Uno.
—Quiere ir a
un último lugar —dijo Richard.
—Ya hemos ido
a un último lugar. Este. Y era otra mentira.
—¿Qué quieres
hacer? —dijo Richard.
—Oh,
llevémoslo a donde quiera ir.
Yo no quería
volver a casa. Mi esposa se estaba comportando de un modo diferente al
habitual, y teníamos un bebé de seis meses que me daba miedo, un hijito.
El siguiente
lugar al que lo llevamos se alzaba solitario junto a la vieja autopista. Yo
había conducido por este camino en más de una ocasión, un poco más lejos cada
vez, y no había encontrado allí nada que me hubiera hecho feliz. Algunos amigos
habían tenido una granja por aquí, pero la policía había allanado la propiedad
y los había metido a todos en la cárcel.
Esta casa no
parecía ser parte de una granja. Estaba a medio kilómetro de la vieja
autopista, su porche llegaba justo al borde del camino. Cuando nos detuvimos
frente a ella y apagamos el motor oímos música procedente del interior de la
casa: jazz. Sonaba a algo sofisticado y solitario.
Caminamos
hasta el porche junto al hombre silencioso. Llamó a la puerta. Tom, Richard y
yo rodeamos sus flancos manteniendo una leve y muy sutil distancia.
Entró en
cuanto se abrió la puerta. Lo seguimos y nos quedamos ahí, pero él ya iba
derecho hacia la siguiente habitación.
No llegamos
hasta más adentro que la cocina. La siguiente habitación estaba casi a oscuras
y apenas iluminada por una luz azul y, desde la puerta, vimos un gran recinto
en el que había una casi gigantesca cama en la que yacían varias mujeres de
aspecto fantasmal. Una de ellas vino caminando y salió por la puerta de la
habitación y se quedó mirándonos con el maquillaje corrido y la pintura de
labios borrada a besos. Llevaba una falda pero iba sin blusa, nada más que un
sujetador, como las chicas de los anuncios de ropa interior de las revistas
para adolescentes. Pero ella era algo mayor que eso. Al mirarla pensé en cómo
era ir por los campos junto a mi mujer cuando estábamos tan enamorados que no
sabíamos qué era lo que nos pasaba.
Se restregó la
nariz, un gesto adormilado. Dos segundos después estaba siendo atendida por un
hombre negro que golpeaba la palma de su mano con un par de guantes, un hombre
muy alto que me miraba de arriba abajo sin verme y con la invulnerable sonrisa
de alguien drogado.
—Si hubieran
llamado antes les hubiéramos animado a que no lo trajeran aquí —dijo la mujer
joven.
Su acompañante
estaba encantado:
—Esa es una
bonita manera de decirlo.
En la
habitación, a espaldas de la mujer, el hombre que habíamos traído estaba de pie
como una mala escultura, posando con poca naturalidad con sus hombros como
marchitándose, como si ya no pudiera seguir llevando sus manos de gigante más
lejos de allí.
—¿Cuál es el
maldito problema? —preguntó Richard.
—No importa
cuál sea su problema hasta que él mismo pueda comprenderlo en su totalidad
—dijo el hombre.
Tom se rió, de
algún modo.
—¿Qué es lo
que hace? —le preguntó Richard a la chica.
—Es un muy
buen jugador de fútbol. O al menos lo era. —El rostro de la chica parecía
cansado. Nada podía importarle menos.
—Sigue siendo
bueno. Sigue siendo parte del equipo —dijo el hombre negro.
—Ni siquiera
está en la universidad.
—Pero estaría
en el equipo si volviera allí.
—Pero nunca va
a estar en la universidad, hombre, porque está jodido. Y tú también.
Le dio
golpecitos a uno de sus guantes.
—Ahora ya
estoy al tanto de ello, gracias, nena.
—Se te ha
caído el otro guante.
—Gracias,
nena, también estoy al tanto de eso —dijo.
Un chico
enorme y musculoso con mejillas sonrosadas y el cabello rubio aplastado con
gomina se acercó a nosotros. Me pareció que era el anfitrión, porque sostenía
por el asa un jarro verde para cerveza del tamaño de una papelera en el que
había pintados una esvástica y el signo del dólar. Este toque personal le daba
un aire como de encontrarse en casa, como Hugh Hefner dando vueltas en pijama
por una de esas fiestas de Playboy.
Me sonrió y
negó con la cabeza.
—No puede
quedarse. Tammy no lo quiere por aquí.
—Vale, sea
quien sea Tammy… —dije.
Esta gente me
daba hambre. Olí algún tipo de desmadre, el aroma de una poción que desterraría
a todo aquello que me había venido infestando.
—Ahora sería
un buen momento para sacarlo de aquí —dijo el enorme anfitrión.
—¿Cuál es su
nombre, ya que estamos?
—Stan.
—Stan. ¿De
verdad está sordo?
La chica lanzó
un bufido.
El chico rió y
dijo:
—Esa sí que es
buena.
Richard golpeó
mi brazo y miró hacia la puerta como diciéndome que era hora de irse. Comprendí
que él y Tom estaban asustados de estas personas; y entonces me di cuenta de
que yo también lo estaba. No era que nos fueran a hacer algo; pero junto a
ellos nos sentíamos como estúpidos fracasados.
La mujer me
hacía daño. Parecía tan suave y perfecta como un maniquí hecho de piel, piel de
arriba abajo.
—Dejémoslo
aquí… ahora —grité corriendo hacia la puerta.
Ya estaba en
el asiento del conductor y Tom y Richard venían a mitad de camino cuando Stan
salió de la casa.
—¡Déjalo!
¡Déjalo! —aulló Tom entrando después de Richard, pero cuando empezamos a
movernos el hombre ya estaba agarrado a una de las manijas de la puerta.
Aceleré, pero
no se daba por vencido. Incluso se las arregló para correr un poco por delante
del auto y mirarme a través del parabrisas, manteniendo conmigo un psicótico
contacto visual y luciendo una sonrisa sarcástica, como diciendo que se
quedaría para siempre a nuestro lado, corriendo más y más rápido, lanzando
nubes de aliento. Después de cien metros, cuando nos acercábamos a la señal de
stop junto a la carretera principal, aceleré a fondo esperando librarme de él,
pero lo único que conseguí fue estrellarlo contra la señal de stop. Su cabeza fue
lo primero que la golpeó, y el poste que la sostenía se quebró como un tallo
verde y él se derrumbó sobre todo el estropicio. La madera debía de estar
podrida. Suerte para él.
Lo dejamos
atrás, un hombre tambaleándose en un cruce de caminos en el que alguna vez hubo
una señal de stop.
—Yo creía
conocer a todos en este pueblo, pero estas personas son completamente nuevas
para mí —dijo Tom.
—Eran
deportistas, pero ahora son drogadictos —dijo Richard.
—Gente del
fútbol. Nunca pensé que se pondrían así. —Tom miraba hacia atrás, carretera
abajo.
Detuve el auto
y todos miramos hacia atrás. A medio kilómetro, Stan se detuvo en medio de los
campos bajo la luz de las estrellas, en la postura de alguien que tiene una de
esas resacas bestiales o que intenta volver a encajar la cabeza alrededor del
cuello. Pero no era solo su cabeza, era como si todo él hubiera sido cortado y
arrojado a un lado. No en vano no oía ni hablaba, no en vano no tenía ninguna
relación con las palabras. Todo lo que podía servirle para esas cosas ya había
sido consumido.
Lo miramos y
todos nos sentimos como ancianas doncellas. Él, por otra parte, era la esposa
de la Muerte.
Nos fuimos.
—No hemos
conseguido que dijera ni una palabra.
Todo el camino
de regreso al pueblo, Tom y yo nos lo pasamos criticándolo.
—Es que no te
das cuenta. Si eres una de esas animadoras o si estás en un equipo, eso no es
garantía de nada. Cualquiera puede acabar mal —dijo Richard, que había jugado
como quarterback en la secundaria o algo por el estilo.
Tan pronto
como llegamos a los límites de la ciudad, donde comenzaba la hilera de farolas,
volví a preguntarme por Caplan y a tener miedo de Caplan.
—Lo mejor será
que vaya a buscarlo en lugar de quedarme esperando —le sugerí a Tom.
—¿A quién?
—¿Tú qué
crees?
—¿Vas a
olvidarte de eso? Está terminado. En serio.
—Ya, vale,
vale.
Fuimos por la
calle Burlington. Pasamos junto a la gasolinera abierta toda la noche en la
esquina de Clinton. Un hombre le estaba dando dinero al empleado, los dos
estaban parados en medio de una extraña luz sulfurosa —esas lámparas de sodio
eran toda una novedad en nuestro pueblo por aquel entonces— y el pavimento a su
alrededor estaba manchado de un petróleo que parecía de color verde, mientras
que su viejo Ford no era de color alguno.
—¿Sabes quién
era ese? —les dije a Tom y a Richard—. Ese era Thatcher.
Hice un giro
en U tan pronto como me fue posible.
—¿Y qué?
—Y esto —dije,
sacando mi treinta y dos, que nunca había disparado.
Richard se
rió, no sé por qué. Tom puso las manos sobre sus rodillas y suspiró.
Thatcher ya
estaba dentro de su auto. Me acerqué a los surtidores, me detuve junto a su
auto en dirección opuesta y bajé la ventanilla.
—Compré uno de
esos kilos falsos que vendías a doscientos diez a finales del año pasado. No me
conoces, porque como-se-llame los vendía por ti. —Dudo que me oyera. Le mostré
mi pistola.
Los neumáticos
de Thatcher lanzaron un chirrido cuando salió disparado en su Falcon
herrumbrado. No creí poder alcanzarlo con mi VW, pero de todos modos giré y
salí detrás de él.
—Lo que me
vendió era una mierda.
—¿No lo
probaste primero? —dijo Richard.
—Era una cosa
rara.
—Bueno, si lo
probaste… —dijo.
—Parecía estar
bien, y entonces ya no lo estaba. Yo no fui el único. Todos los demás dijeron
lo mismo.
—Te está
dejando atrás.
De golpe,
Thatcher dobló abruptamente entre dos edificios.
No lo vi por
ninguna parte cuando salimos por el callejón hacia otra de las avenidas. Pero
más adelante vi cómo un montón de nieve vieja se volvía rosada por el reflejo
de las luces de los frenos.
—Ha girado en
esa esquina —dije.
Cuando dimos
la vuelta al edificio encontramos su auto estacionado, vacío, en la parte de
atrás de un edificio de apartamentos. Una luz se encendió en uno de los
apartamentos, y luego se apagó.
—Estoy a dos
segundos de distancia.
La sensación
de que tenía miedo de mí era vigorizante. Dejé el VW en medio del aparcamiento
con la puerta abierta, el motor funcionando y los faros encendidos.
Tom y Richard
venían detrás de mí mientras subía hasta el primer piso por las escaleras y
golpeaba la puerta con la pistola. Sabía que estaba en el sitio correcto. Volví
a golpear. Una mujer con un camisón blanco abrió y retrocedió diciendo: «No lo
hagan. De acuerdo. Está bien. Está bien».
—Thatcher te
debe haber dicho que abrieras, si no fuera así jamás habrías abierto la puerta
—dije.
—¿Jim? Está
fuera de la ciudad. —Llevaba el pelo negro y largo recogido en una coleta. No
había duda de que los ojos le giraban en las órbitas.
—Ve a buscarlo
—dije.
—Está en
California.
—Está en el
dormitorio.
Hice que fuera
delante de mí apoyándole el cañón de la pistola en el trasero.
—Tengo dos
niños ahí dentro —suplicó.
—¡No me
importa! ¡Al suelo!
Se tumbó en el
suelo, y le pegué la mejilla contra la alfombra y apoyé la pistola en su sien.
Thatcher iba a
tener que salir o no sabía qué iba a suceder.
—¡La tengo
aquí tirada en el suelo! —dije en voz alta mirando al dormitorio.
—Mis hijos
están durmiendo —dijo ella.
Las lágrimas
salían de sus ojos y le corrían por la nariz.
De improviso y
estúpidamente, Richard avanzó por el pasillo y entró en el dormitorio. Gestos
flagrantes y autodestructivos; era bien conocido por ellos.
—No hay nadie
aquí dentro, salvo dos niños.
Tom fue a su
lado.
—Se ha
descolgado por la ventana —me dijo desde dentro.
Caminé dos
pasos hasta la ventana de la sala y miré hacia el aparcamiento. No podía estar
seguro, pero parecía que el auto de Thatcher ya no estaba allí abajo.
La mujer no se
había movido. Seguía allí, sobre la alfombra.
—En serio, no
está aquí —dijo.
Sabía que no
estaba.
—No me
importa. Vas a lamentarlo —dije.