Kelly Link
La mujer que vendía cestos de enea y remolacha encurtida en
el mercado de Berfil, se apiadó de la tía de Cebolla.
—¿Estás sola, querida?
La tía de Cebolla asintió. Aún mostraba en la mano los
pendientes que había esperado que alguien le comprara. Había un tren que partía
por la mañana hacia Qual, pero los billetes eran caros. Su hija Halsa, la prima
de Cebolla, estaba de morros. Quería esos pendientes. Los gemelos se cogían de
la mano y miraban el mercado.
Cebolla pensó que las remolachas eran más bonitas que los
pendientes, que habían sido de su madre. Las remolachas eran sabrosas,
aterciopeladas y misteriosas como estrellas encurtidas en tarros brillantes.
Cebolla no había comido nada en todo el día. Tenía el estómago vacío, y la
cabeza llena de los pensamientos de la gente del mercado: Halsa pensando en los
pendientes, la desinteresada amabilidad de la mujer del mercado, la apagada
preocupación de su tía. En otro puesto, había un hombre que tenía la mujer
enferma. Estaba tosiendo sangre. Pasó una chica. Estaba pensando en un hombre
que se había ido a la guerra. El hombre no volvería. Cebolla volvió a pensar en
las remolachas.
—Sólo tú para cuidar de todos estos niños —decía la mujer
del mercado—. Son malos tiempos. ¿De dónde venís?
—De Labbit, y antes de eso de Larch —contestó la tía de
Cebolla—. Intentamos llegar a Qual. Mi esposo tenía familia allí. Tengo esos
pendientes y estos candelabros.
La mujer meneó la cabeza.
—Nadie te comprará eso —le dijo—. No por un buen precio. El
mercado está lleno de refugiados que venden todo lo que les queda.
—¿Y qué puedo hacer? —exclamó la tía de Cebolla. No parecía
esperar una respuesta, pero la mujer se la dio.
—Hay un hombre que viene hoy al mercado; compra niños para
los magos de Berfil. Paga bien, y dicen que a los niños los tratan muy bien.
Todos los magos son raros, pero los magos de Berfil son los
más raros de todos. Construyen altas torres en los pantanos de Berfil, y viven
allí como anacoretas, en pequeñas habitaciones solitarias en lo alto de sus
torres. Casi nunca bajan, y nadie sabe muy bien para qué sirve su magia. Por la
noche, luces temblorosas como bolas de un fuego verde y enfermizo danzan y
corren por las marismas, cazando quién sabe qué. A veces una torre se
desmorona, y entonces los punzantes juncos y los lirios de agua, que parecen
manos blancas y fantasmales, crecen sobre las piedras caídas y el lodo del
pantano engulle las ruinas.
Todo el mundo sabe que hay huesos de mago bajo el lodo del
pantano, y que los peces y los pájaros que allí viven son criaturas extrañas.
Tienen magia. Los niños se desafían a ir a los pantanos y coger algún pez. A
veces, cuando un muchacho valiente coge un pez en los estanques lodosos y
sucios del pantano, el pez llama al chico por su nombre y le ruega que lo suelte.
Y si no deja ir al pez, le dirá, tratando de coger aire, cuándo y cómo morirá.
Y si cocina el pescado y se lo come, soñará lo que sueñan los magos. Pero si
deja ir al pez, éste le contará un secreto.
Eso es lo que la gente de Berfil dice sobre los magos de
Berfil.
Todo el mundo sabe que los magos de Berfil hablan con los
demonios, odian la luz del sol y tienes largos hocicos como las ratas. Nunca se
bañan.
Todo el mundo sabe que los magos de Berfil tienen cientos y
cientos de años. Se sientan y dejan caer sus sedales de pescar por las ventanas
de sus torres y usan la magia para poner cebo en el anzuelo. Comen el pescado
crudo y tiran las raspas por la ventana, de la misma forma que vacían sus
orinales. Los magos de Berfil tienen costumbres muy sucias y carecen de
modales.
Todo el mundo sabe que los magos de Berfil comen niños
cuando se cansan del pescado.
Eso fue lo que Halsa le contó a sus hermanos y a Cebolla
mientras la tía de Cebolla negociaba en el mercado de Berfil con el secretario
del mago.
El secretario del mago era un hombre llamado Tolcet, y
llevaba una espada al cinto. Era negro con manchas de un blanco rosado en la
cara y en el dorso de las manos. Cebolla nunca había visto antes a un hombre de
dos colores.
Tolcet dio a Cebolla y a sus primos trozos de caramelo.
—¿Alguno sabe cantar? —le preguntó a la tía de Cebolla.
La tía de Cebolla dijo a los niños que cantaran. Los
gemelos, Mik y Bonti, tenían voz de soprano, fuerte y clara, y cuando Halsa
cantó, todo el mundo en el mercado calló y escuchó. La voz de Halsa era como la
miel y la luz del sol y el agua dulce.
A Cebolla le gustaba mucho cantar, pero a nadie le gustaba
oírle. Cuando le tocó el turno y abrió la boca para cantar, pensó en su madre,
y los ojos se le llenaron de lágrimas. La canción que le salió de la boca no
era una que supiera. Ni siquiera era un idioma de verdad. Halsa bizqueó y le
sacó la lengua. Cebolla siguió cantando.
—Basta —dijo Tolcet. Señaló a Cebolla—. Cantas como una
rana, muchacho. ¿Acaso sabes cuándo callar?
—Es callado —repuso la tía de Cebolla—, sus padres han
muerto. No come mucho y es bastante fuerte. Hemos caminado desde Larch hasta
aquí. No tiene miedo de los brujos, si me permite decirlo. No había magos en
Larch, pero su madre podía encontrar cosas cuando las perdías. Podía encantar a
las vacas para que siempre volvieran a casa.
—¿Qué edad tiene? —preguntó Tolcet.
—Once años —contestó la tía de Cebolla, y Tolcet gruñó.
—Es bajo para su edad —replicó, y miró a Cebolla. Luego miró
a Halsa, que se cruzó de brazos y puso un gran ceño—. ¿Vendrías conmigo,
muchacho?
Su tía dio un codazo a Cebolla.
Éste asintió.
—Lo siento —le dijo su tía a Cebolla—, pero no hay otra
manera. Prometí a tu madre que me ocuparía de que te cuidaran. Eso es lo mejor
que puedo hacer.
Cebolla no dijo nada. Sabía que su tía hubiera vendido a
Halsa al secretario del mago y que esperaba que eso fuera un golpe de suerte
para su hija. Pero también, en parte, su tía se alegraba de que Tolcet quisiera
a Cebolla en vez de a Halsa. Cebolla lo podía ver en su mente.
Tolcet pagó a la tía de Cebolla veinticuatro peces de cobre,
que era un poco más de lo que había costado enterrar a los padres de Cebolla,
pero algo menos de lo que el padre de Cebolla había pagado por su mejor vaca
lechera, dos años antes. Era importante saber cuánto costaban las cosas. La
vaca estaba muerta, igual que el padre de Cebolla.
—Pórtate bien —le dijo su tía a Cebolla—. Ten. Toma esto.
—Le dio a Cebolla uno de los pendientes que habían sido de su madre. Tenía la
forma de una serpiente. La ondeante cola metida en la estrecha boca, y Cebolla
siempre se había preguntado si a la serpiente le habría sorprendido eso de
acabar con un bocado de sí misma, para toda la eternidad. O tal vez estuviera
eternamente furiosa, como Halsa.
Halsa apretó la boca con desagrado.
—Chaval. Dámelo —dijo cuándo abrazó a Cebolla para
despedirse.
Halsa ya se había quedado con el caballo de madera que había
tallado el padre de Cebolla, y con el cuchillo de Cebolla, el que tenía el
mango de hueso.
Cebolla trató de zafarse, peo ella lo agarró con fuerza,
como si no soportara la idea de verlo partir.
—Quiere comérsete —le dijo—. El mago te pondrá en un horno y
te asará como a un cerdito. Dame el pendiente. Los cerditos no necesitan
pendientes.
Cebolla se le escapó de entre los brazos. El secretario del
mago le estaba observando, y Cebolla se preguntó si habría oído a Halsa. Claro
que cualquiera que quisiera a un niño para comérselo se habría llevado a Halsa,
no a Cebolla. Halsa era mayor, más grande y más rellena. Pero también
cualquiera que mirara a Halsa sospecharía que tendría una sabor agrio y desagradable.
Lo único dulce en Halsa era su forma de cantar. Incluso a Cebolla le gustaba
escuchar a Halsa cuando cantaba.
Mik y Bonti le dieron a Cebolla besitos tímidos en la
mejilla. Él sabía que ellos hubieran preferido que el secretario del mago
comprara a Halsa. Sin Cebolla, Halsa pellizcaría, ridiculizaría y esclavizaría
a los mellizos.
Tolcet pasó una larga pierna sobre el lomo de su caballo.
Luego se inclinó hacia abajo.
—Vamos, muchacho —dijo, y le tendió la salpicada mano a
Cebolla. Éste se la cogió.
El caballo estaba caliente y el lomo era ancho y alto. No
había silla ni riendas, sólo una especie de arnés trenzado con una especie de
cesto a cada lado, llenos de productos del mercado. Tolcet mantuvo al caballo
quieto con la presión de las rodillas, y Cebolla se agarró con fuerza de su
cinturón.
—Esa canción que has cantado —preguntó Tolcet—, ¿dónde la
has aprendido?
—No lo sé —contestó Cebolla. De repente supo que esa canción
era una que la madre de Tolcet le había cantado cuando era pequeño. Cebolla no
estaba seguro de que significaban las palabras porque Tolcet tampoco lo estaba.
Era algo sobre un lago y un bote, algo sobre una niña que se había comido la
luna.
El mercado estaba lleno de gente vendiendo cosas. Con la
ventaja que le daba la altura, Cebolla se sintió, durante un momento, como un
príncipe; como si pudiera permitirse comprar cualquier cosa que viera. Miró un
puesto que vendía manzanas, patatas y tartas de puerros calientes. Se le hizo
la boca agua. Más allá estaba el puesto del vendedor de incienso, y también
había una mujer diciendo la buenaventura. En la estación del tren, la gente
hacía cola para comprar los billetes para Qual. Por la mañana, el tren
partiría, y la tía de Cebolla, Halsa y lo gemelos estarían en él. Era un viaje
peligroso. Entre Berfil y Qual había ejércitos hostiles. Cuando Cebolla miró la
espalda de su tía, supo que no serviría de nada, que ella pensaría que le
estaba rogando que no lo dejara con el secretario del mago, pero lo dijo
igualmente.
—No vayáis a Qual.
Pero incluso mientras lo decía sabía que irían de todos
modos. Nunca nadie hacía caso a Cebolla.
El caballo agitó la cabeza. El secretario del brujo hizo un
ruidito tranquilizante y luego se enderezó. Parecía indeciso. Cebolla se volvió
para mirar una vez más a su tía. No la había visto sonreír ni una vez en los
dos años que había vivido con ella, y tampoco sonreía en ese momento, aunque
veinticuatro peces de cobre no era una suma pequeña, y aunque creía que había
cumplido la promesa que había hecho a la madre de Cebolla. La madre de Cebolla
había sonreído a menudo, a pesar de que no tenía una dentadura en muy buen
estado.
—Se te comerá —le gritó Halsa a Cebolla—. ¡O te ahogará en
el pantano! ¡Te cortará en trozos y hará servir tus dedos de cebo en su sedal!
—Pateó el suelo con el pie.
—¡Halsa! —la riñó su madre.
—Pensándolo bien —dijo Tolcet—, me llevaré a la chica. ¿Me
la venderías en lugar del muchacho?
—¿Qué? —exclamó Halsa.
—¿Qué? —exclamó la tía de Cebolla.
—¡No! —exclamó Cebolla, pero Tolcet sacó su monedero. Al
parecer, Halsa valía más que un chico pequeño con mala voz. Y la tía de Cebolla
necesitaba el dinero desesperadamente. Así que Halsa se subió al caballo detrás
de Tolcet, y Cebolla se quedó mirando mientras el criado del mago y su
malhumorada prima se alejaban cabalgando.
Había una voz en la cabeza de Cebolla.
«No te preocupes, muchacho. Todo irá bien».
Sonaba como Tolcet, un poco burlón, un poco triste.
Hay una historia sobre los magos de Berfil y de cómo uno se
enamoró de la campana de una iglesia. Primero trató de comprarla con oro, y
luego, cuando la iglesia rechazó su dinero, la robó usando magia. Mientras el
mago volaba de vuelta sobre el pantano, con la campana entre los brazos, voló
demasiado bajo; el diablo alzó la mano y lo agarró por el talón. El mago dejó
caer la campana en el pantano, y ésta se hundió y se perdió para siempre. Su
voz está apagada por el barro y el musgo, y aunque el mago nunca se cansó de
buscarla y de llamarla, la campana no le respondió. El mago se quedó muy
delgado y murió de pena. Los pescadores dicen que el mago muerto aún vuela
sobre el pantano, llorando por la campana perdida.
Todo el mundo sabe que los magos son tercos y que acaban
mal. Ningún mago ha servido de nada con su magia, o si alguno lo ha intentado,
sólo ha conseguido empeorar las cosas. Ningún mago ha parado nunca una guerra o
ha arreglado una valla. Es mejor que se queden en sus pantanos, sin molestar a
la gente corriente como los granjeros, los soldados, los mercaderes y los
reyes.
—Bien —dijo la tía de Cebolla. Su espalda se encorvó. Ya no
podía ver a Tolcet o a Halsa—. Vámonos entonces.
Regresaron a través del mercado, y la tía de Cebolla compró
pasteles de arroz endulzado para los tres niños. Cebolla se comió el suyo sin
saber que lo hacía, desde que el secretario del mago se había llevado a Halsa
en su lugar, se notaba como si hubiera dos Cebollas, un Cebolla allí en el
mercado y otro Cebolla cabalgando con Tolcet y Halsa. Estaba quieto y lo
llevaban al mismo tiempo, y eso hacía que ambos Cebollas se sintieran muy
mareados. El Cebolla del mercado trastabilló, con la boca llena de arroz, y su
tía lo sujetó por el codo.
—No nos comemos a los niños —estaba diciendo Tolcet—. Hay
muchos peces y pájaros en los pantanos.
—Lo sé —contestó Halsa. Parecía enfadada—. Y los magos viven
en casas con muchas escaleras. Torres. Porque se creen que son mucho mejores
que todos los demás. Que están por encima del resto del mundo.
—¿Y cómo sabes de la existencia de los magos de Berfil?
—preguntó Tolcet.
—La mujer del mercado —contestó Halsa—. Y otra gente en el
mercado. Algunos tienen miedo a los magos, y algunos creen que no hay tales
magos, que son un cuento de niños. Y que los pantanos están llenos de esclavos
escapados y desertores. Nadie sabe por qué los magos van y construyen torres en
los pantanos de Berfil, donde el suelo es como queso y nadie puede
encontrarles. ¿Por qué a los magos les gustan los pantanos?
—Porque el pantano está lleno de magia —contestó Tolcet.
—¿Y por qué hacen las torres tan altas? —inquirió Halsa.
—Porque los magos son curiosos —respondió Tolcet—. Les gusta
poder ver las cosas que están muy lejos. Les gusta estar lo más cerca posible
de las estrellas. Y no les gusta que les moleste gente que hace un montón de
preguntas.
—¿Por qué los magos compran niños? —quiso saber Halsa.
—Para que suban y bajen las escaleras —explicó Tolcet—, para
que les lleven agua para bañarse, les lleven mensajes y les traigan los
desayunos, las comidas y las cenas. Los magos siempre tienen hambre.
—Y yo también —repuso Halsa.
—Toma —dijo Tolcet. Le dio una manzana a Halsa—. Ves cosas
que están en la cabeza de la gente. Puedes ver cosas que van a suceder.
—Sí —afirmó Halsa—. Algunas veces. —La manzana estaba
arrugada, pero era dulce.
—Tu primo también tiene un don —dijo Tolcet.
—¿Cebolla? —soltó Halsa desdeñosa.
Cebolla vio que a Halsa nunca le había parecido un don. No
era raro que lo escondiese.
—¿Puedes ver qué tengo ahora en la cabeza? —preguntó Tolcet.
Halsa miró, y Cebolla también miró. No había curiosidad ni
miedo en la cabeza de Tolcet. No había nada. No había Tolcet, no había ningún
criado de mago. Sólo agua salobre y solitarios pájaros blancos volando sobre
ella.
—Es hermoso —dijo Cebolla.
—¿Qué? —preguntó su tía, en el mercado—. ¿Cebolla? Siéntate,
niño.
—Hay gente que así les parece —dijo Tolcet, respondiendo a
Cebolla.
Halsa no dijo nada, pero frunció el ceño.
Tolcet y Halsa atravesaron la ciudad y salieron por las
puertas al camino que conducía hacia Labbit y el este, donde había más
refugiados yendo y viniendo, día y noche. Sobre todo eran mujeres y niños, y
tenían miedo. Corrían rumores de que los ejércitos avanzaban tras ellos. Se contaba
que, en un ataque de locura, el rey había matado a su hijo pequeño. Cebolla vio
un juego de ajedrez, un muchacho de rostro delgado y ansioso, cabello rubio, y
de la edad de Cebolla, que movía una reina negra en el tablero, y luego las
piezas del ajedrez esparcidas por un suelo de piedra. Una mujer decía algo. El
niño se agachó para recoger las piezas caídas. El rey reía. Tenía una espada en
la mano, y la bajó, y luego había sangre en ella. Cebolla nunca antes había
visto a un rey, aunque sí había visto hombres con espadas. Había visto hombres
con espadas ensangrentadas.
Tolcet y Halsa salieron del camino y siguieron un ancho río,
que era menos un río que una serie de anchos estanques de poca profundidad. Al
otro lado del río, senderos embarrados desaparecían entre espesos matorrales y
juncos cargados de bayas. Había una sensación de vigilancia, y de la curiosa y
astuta quietud de algo vivo, algo medio dormido, medio acechante, un zumbido
invisible y escondido, como si hasta el aire estuviera saturado de magia.
—¡Bayas! ¡Maduras y dulces! —cantaba una niña, una y otra
vez en el mercado. Cebolla deseó que se callara. Su tía compró pan, sal y queso
seco. Se lo puso todo a Cebolla en los brazos.
—Al principio será incómodo —estaba diciendo Tolcet—. Los pantanos
de Berfil están tan cargados de magia que se tragan otros tipos de magia. Los
únicos que pueden hacer magia en los pantanos de Berfil son los magos de
Berfil. Y hay bichos.
—No quiero saber nada de magias —replicó Halsa.
De nuevo, Cebolla trató de ver la mente de Tolcet, pero lo
único que vio fue los pantanos. Flores blancas con pétalos gordos y cerosos, y
árboles retorcidos, que dejaban colgar sus largos dedos marrones como si
pescaran.
Tolcet rió.
—Noto que estás mirando —le dijo—. No mires mucho rato o te
caerás dentro y te ahogarás.
—¡No estoy mirando! —exclamó Halsa.
Pero sí que lo hacía. Cebolla la notaba mirar, como si
estuviera dando la vuelta a la llave en una puerta.
Los pantanos tenían un olor penetrante y salado, como un
cuenco de caldo. El caballo de Tolcet seguía avanzando; los cascos se le
hundían en el camino. Tras ellos, el agua surgía y cubría las huellas. Gruesas
moscas enjoyadas colgaban, vibrando, de los juncos, y una vez, en un claro
charco de agua, Cebolla vio a una serpiente ondeando como una cinta verde entre
las hierbas acuáticas, suaves como una nube de pelo.
—Espera aquí y vigila a Bonti y Mik —dijo la tía de
Cebolla—. Voy a la estación de tren. Cebolla, ¿estás bien?
Cebolla asintió ensimismado.
Tolcet y Halsa se adentraron más en el pantano, lejos del
camino, del mercado de Berfil y de Cebolla. Era muy diferente del camino a
Berfil, que había sido apresurado, polvoriento, seco y a pie. Siempre que
Cebolla o uno de los mellizos tropezaba o se quedaba atrás, Halsa los había ido
a buscar como un perro detrás de las ovejas, pellizcándolos y abofeteándolos.
Era difícil imaginar a la cruel, avarienta e infeliz Halsa siendo capaz de ver
cosas en la mente de otra gente, aunque siempre parecía saber cuándo Mik o
Bonti habían encontrado algo comestible; dónde habría suelo blando para dormir;
cuándo debían salir del camino porque llegaban los soldados.
Halsa estaba pensando en su madre y sus hermanos. Estaba
pensando en la expresión de su padre cuando los soldados le dispararon detrás
del granero; en los pendientes con forma de serpiente; en cómo los saboteadores
volarían el tren a Qual. Se suponía que ella habría estado en ese tren, y lo
sabía. Estaba furiosa con Tolcet por llevársela; con Cebolla porque Tolcet
había cambiado de opinión sobre él.
De vez en cuando, mientras esperaba en el mercado a que su
tía regresara, Cebolla podía ver los puntiagudos tejados de las torres de los
magos, recortadas contra el cielo como si lo esperaran, justo más allá del
mercado de Berfil, y luego las torres se alejaban, y él iba con ellas, y se
encontraba de nuevo con Tolcet y Halsa. Su camino corría paralelo a un canal de
agua muy tranquilo, se torcía hacia matorrales cargados con el peso de bayas de
color amarillo brillante, y luego regresaba. Cortaba otros caminos, más
estrechos y retorcidos, llenos de maleza y con aspecto de ocultar secretos. Al
final, avanzaron a través de un plantel de árboles de olor dulzón y llegaron a
un prado oculto y herboso, que no parecía mucho más grande que el mercado de
Berfil. De cerca, las torres no eran muy esplendidas. Estaban destartaladas y
cubiertas de líquenes, y parecía como si fueran a derrumbarse de un momento al
otro. Estaban tan juntas que se podría haber tendido un cable para tender la
ropa de una torre a la siguiente, si a los magos les hubiera preocupado cosas
como lavar la ropa. Se habían hecho esfuerzos para apuntalar las torres;
algunas tenían largos contrafuertes curvados hechos de piedras estratégicamente
apiladas. Había doce torres en pie, que parecían estar habitadas. Otras estaban
medio en ruinas o sólo eran montones de piedras que ya habían sido saqueadas en
busca de materiales aprovechables.
Por el pantano había más caminos; gastados senderos sucios y
canales que se hundían en una maraña de ramas y pinchos, algunas tan bajas que
un bote nunca habría pasado sin encallarse. Incluso un nadador hubiera tenido
que agachar la cabeza. Había niños sentados en los muros ruinosos de torres
caídas, y observaron a Tolcet y Halsa acercarse. Había una hoguera donde un
anciano removía algo en un pote. Dos mujeres estaban enrollando una bola de
áspero cordel. Iban vestidas como Tolcet. Más criadas de magos, pensaron Halsa
y Cebolla. Era evidente que los magos eran muy perezosos.
—Desmonta —dijo Tolcet, y Halsa se alegró de bajarse del
caballo. Luego bajó Tolcet y sacó el arnés al caballo. Éste se convirtió de
repente en una chica desnuda y oscura de unos catorce años. Estiró la espalda y
se limpió las embarradas manos en las piernas. No parecía importarle estar
desnuda. Halsa la miró boquiabierta.
La chica frunció el ceño.
—Más te vale ser buena —le dijo a Halsa—, o te convertirán
en algo incluso peor.
—¿Quién? —preguntó Halsa.
—Los magos de Berfil —contestó la chica, y se echó a reír.
Era una risa caballuna, como un relincho. Todos los otros niños comenzaron a
soltar risitas.
—Oooh, Essa le ha dado un paseo a Tolcet.
—Essa, ¿me has traído un regalo?
—Essa como caballo es más guapa que como chica.
—Oh, callaos —exclamó Essa. Cogió una piedra y la tiró.
Halsa admiró su economía de movimientos y su puntería.
—¡Au! —chilló su objetivo, mientras se llevaba una mano a la
oreja—. Eso duele, Essa.
—Gracias, Essa —dijo Tolcet.
Essa hizo una reverencia sorprendentemente elegante,
considerando que hasta hacía un momento había tenido cuatro patas y ninguna
cintura que doblar. Había una camisa y unas medias dobladas sobre una roca.
Essa se las puso.
—Ésta es Halsa —anunció Tolcet a los niños, y al hombre y a
las mujeres—. La he comprado en el mercado.
Se hizo el silencio. Halsa se puso muy roja. Por una vez, no
supo qué decir. Miró al suelo y luego a las torres, y Cebolla miró también,
tratando de ver un mago. Todas las ventanas de las torres estaban vacías, pero
podía notar a los magos de Berfil, notaba el peso de su mirada. El blando suelo
bajo sus pies estaba cargado de la magia de los magos, y las torres despedían
magia como las oleadas de calor que lanza un horno. La magia se enganchaba
incluso a los niños y a los sirvientes de los magos de Berfil, como si los
hubieran marinado en ella.
—Ven a comer algo —dijo Tolcet, y Halsa fue tambaleándose
tras él.
Había pan ácimo, cebollas y pescado. Halsa bebió agua que
tenía el sabor tenue y un tanto metálico de la magia.
Cebolla notó el sabor en la boca.
—Cebolla —dijo alguien—. Bonti. Mik. —Cebolla alzó la
mirada. Volvía a estar en el mercado y su tía estaba frente a él—. Hay una
iglesia aquí cerca donde nos dejarán dormir. El tren sale mañana temprano.
Cuando Halsa acabó de comer, Tolcet la metió en una de las
torres, que tenía un pequeño cubículo bajo las escaleras. Había un jergón de
cañas y una manta de lana apolillada. El sol seguía en el cielo. Cebolla, su
tía y sus primos fueron a la iglesia, que tenía un patio donde los refugiados
podían acurrucarse y dormir unas horas. Halsa se quedó despierta, pensando en
el mago en la sala sobre la que ella dormía. La torre estaba tan cargada de
magia que Halsa casi ni podía respirar. Se imaginó a un mago de Berfil bajando
sigilosamente, yendo bajo las escaleras hasta su cubículo, y aunque el jergón
era blando, se pellizcó los brazos para no dormirse. Pero Cebolla se durmió al
instante, como si estuviera drogado. Soñó con magos que volaban sobre los
pantanos como solitarios pájaros blancos.
Por la mañana, Tolcet fue y despertó a Halsa.
—Ve a buscar agua para el mago —le dijo. Tenía un cubo vacío
en la mano.
A Halsa le hubiera gustado decir «ve a buscarla tú mismo»,
pero no era estúpida. Ahora era una esclava. Cebolla volvía a estar en su
cabeza, diciéndole que tuviera cuidado.
—Oh, márchate —soltó Halsa. Se dio cuenta de que lo había
dicho en voz alta y se encogió de miedo. Pero Tolcet sólo se echó a reír.
Halsa se frotó los ojos, cogió el cubo y lo siguió. Fuera,
el aire estaba lleno de bichos que picaban, demasiado pequeños para verlos. Al
parecer les gustaba el sabor de Halsa. Eso le pareció divertido a Cebolla,
aunque ella no le veía ninguna gracia.
Los otros niños estaban alrededor de la hoguera y comían
gachas.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Tolcet. Halsa asistió—. Trae
el agua y luego coge algo para comer. No es buena idea hacer esperar al mago.
La condujo por un camino muy marcado que enseguida bajaba
hacia un pequeño estanque y luego desaparecía.
—El agua de aquí es buena —explicó él—. Llena el cubo y
llévalo a lo alto de la torre del mago. Yo tengo que hacer un recado. Regresaré
antes de que caiga la noche. No tengas miedo, Halsa.
—No tengo miedo —repuso Halsa. Se arrodilló y llenó el cubo.
Casi estaba de vuelta en la torre cuando se dio cuenta de que el cubo estaba de
nuevo medio vacío. Había una raja en el fondo de madera. Los otros niños la
estaban observando, y ella cuadró los hombros.
«Así que es una prueba», dijo en su cabeza, a Cebolla.
«Podrías pedir un cubo sin agujero», repuso él.
«No necesito que nadie me ayude», replicó Halsa. Retrocedió
por el sendero y cogió un puñado de lodo arcilloso del camino que llevaba al
estanque. Lo emplastó en el fondo del cubo y luego emplastó musgo sobre el
lodo. Esa vez el cubo aguantó el agua.
Había tres ventanas rodeadas de teselas rojas en la torre
del mago de Halsa, y un nido que algún pájaro había construido en un saliente
de la piedra. El techo era redondo y rojo, con forma de gorro de obispo. La
escalera de dentro era estrecha. Los escalones estaban gastados, lisos y
resbaladizos como la cera. Cuanto más subía, más le pesaba el cubo de agua.
Finalmente lo dejó en un escalón y se sentó junto a él.
«Cuatrocientos veintidós escalones», dijo Cebolla.
Halsa había contado quinientos noventa y ocho. Parecía haber
muchos más escalones dentro de lo que parecía mirando la torre desde fuera.
—Trucos de mago —dijo Halsa disgustada, como si no esperara
nada mejor—. Pensarías que harían que fueran menos, en vez de más. ¿De qué
sirven más escalones?
Cuando se puso en pie y cogió el cubo, se le rompió el asa
en la mano. El agua se derramó y cayó por los escalones, y Halsa tiró el cubo
detrás con toda su fuerza. Luego bajó la escalera y fue a arreglar el cubo y
coger más agua. No era bueno hacer esperar a un mago.
En lo alto de la escalera de la torre del mago había una
puerta. Halsa dejó el cubo en el suelo y llamó. Nadie le respondió, así que
volvió a llamar. Probó con el picaporte: la puerta estaba cerrada con llave.
Allí arriba, el olor a magia era tan denso que a Halsa se le llenaron los ojos
de lágrimas. Trató de ver a través de la puerta. Y vio esto: una sala, una
ventana, una cama, un espejo, una mesa. El espejo estaba lleno de juncos, luz y
agua. Un zorro de ojos brillantes estaba acurrucado en la cama, durmiendo. Un
pájaro blanco entró por la ventana abierta, y luego otro y otro. Volaron en
círculos y círculos por la sala, y luego comenzaron a posarse sobre la mesa.
Uno se lanzó contra la puerta donde estaba Halsa mirando. Ella se echó hacia
atrás. La puerta vibró con golpes y picotazos.
Halsa dio la vuelta y corrió escalera abajo, dejando el cubo
y dejando a Cebolla tras ella. Al bajar, el número de escalones había
aumentado. Y no quedaban gachas en la olla junto al fuego.
Alguien le tocó en el hombro y Halsa pegó un bote.
—Toma —dijo Essa, y le pasó un trozo de pan.
—Gracias —contestó Halsa. El pan estaba pasado y duro. Era
la cosa más deliciosa que había comido jamás.
—Así que tu madre te ha vendido —comentó Essa.
Halsa tragó saliva. Era raro no poder ver dentro de la
cabeza de Essa, pero también era un descanso. Como si Essa pudiera ser
cualquiera. Como si Halsa pudiera convertirse en cualquiera que deseara ser.
—No me importa —repuso—. ¿Quién te vendió a ti?
—Nadie —contestó Essa—. Me escapé de casa. No quería ser la
puta de un soldado, como mis hermanas.
—¿Y son los magos mejores que los soldados? —preguntó Halsa.
Essa la miró de forma rara.
—¿Tú qué crees? ¿Has visto al mago?
—Era viejo y feo, claro —respondió Halsa—. No me ha gustado
la forma en que me ha mirado.
Essa se llevó una mano a la boca como si estuviera
conteniendo la risa.
—Oh, vaya —exclamó.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Halsa—. Nunca he sido la
criada de un mago.
—¿No te lo ha dicho tu mago? —inquirió Essa—. ¿Qué te ha
dicho que hagas?
Halsa resopló irritada.
—Le he preguntado qué necesitaba, pero no me ha dicho nada.
Creo que es un poco sordo.
Essa rió largo y tendido, exactamente como un caballo, pensó
Halsa. Se habían reunido tres o cuatro niños más, que las observaban.
—Admítelo —recomendó Essa—. No has hablado con el mago.
—¿Y qué? —replicó Halsa—. He llamado, pero nadie me ha
contestado. Así que es evidente que es un poco sordo.
—Claro —dijo un niño.
—O quizá el mago sea tímido —sugirió otro niño. Tenía los
ojos verdes, como Bonti y Mik—. O estuviera durmiendo. Los magos hacen siestas.
Todos volvieron a reír.
—Dejad de burlaos de mí —ordenó Halsa. Trató de parecer
feroz y peligrosa. Cebolla y sus hermanos se hubiera achantado—. Dime cuáles
son mis obligaciones. ¿Qué hace el sirviente de un mago?
—Subes y bajas cosas por la escalera —contestó alguien—.
Comida. Leña. Kaffa, cuando Tolcet la trae del mercado. A los magos les gustan
las cosas raras. Las cosas viejas. Así que vas al pantano y buscas cosas.
—¿Cosas? —preguntó Halsa.
—Botellas de vidrio —repuso Essa—. Duendes petrificados.
Cosas raras, cosas fuera de lo normal. O cosas normales, como las plantas, las
piedras o los animales, o cualquier cosa que te dé una buena sensación. ¿Sabes
a lo que me refiero?
—No —contestó Halsa, pero sí que lo sabía. Algunas cosas se
notaban más empapadas en magia que otras. Su padre había encontrado una punta
de flecha en su campo. La había guardado para llevársela al maestro, pero
aquella noche, cuando todos dormían, Halsa la había envuelto en un trapo y la
había llevado de nuevo al campo para enterrarla. Culparon a Bonti. A veces,
Halsa se preguntaba si era eso lo que había llevado a los soldados a matar a su
padre, la mala suerte de esa punta de flecha. Pero no se podía culpar a una
punta de flecha de toda una guerra.
—Mira —dijo un niño—. Ve a pescar si eres tan estúpida que
no reconoces la magia cuando la ves. ¿Has pescado alguna vez?
Halsa cogió la caña de pescar.
—Ve por ese camino —le dijo Essa—. El que tiene más barro. Y
síguelo. Hay un malecón por allí donde la pesca es buena.
Cuando Halsa se volvió para mirar la torre del mago, le
pareció ver a Cebolla mirándola, desde una alta ventana. Pero era ridículo.
Sólo se trataba de un pájaro.
El tren estaba tan abarrotado que algunos de los pasajeros
se hartaron y fueron a sentarse en el techo de los vagones. Los vendedores
ambulantes ofrecían paraguas para protegerse del sol. La tía de Cebolla había
conseguido dos asientos, y ella y Cebolla estaban sentados con un gemelo encima
cada uno. Dos mujeres ricas se hallaban frente a ellos. Se veía que eran ricas
porque llevaban zapatos de cuero verde. Tenían finos pañuelos con bordados de
pétalos de rosas que apretaban contra sus narices de conejo. Bonti las miraba
con los ojos entrecerrados. Bonti siempre flirteaba.
Cebolla nunca había estado en un tren. Olía a la caldera del
tren, cargada de carbón y magia. Los pasajeros se movían tambaleantes por los
pasillos, bebiendo y riendo como si estuvieran en una fiesta. Había hombres y
mujeres junto a las ventanillas, con la cabeza fuera. Gritaban mensajes. Una
mujer que se apoyaba contra su asiento cayó sobre Cebolla y Mik cuando alguien
la empujó al pasar.
—Perdona, ricura —dijo, y le dedicó una sonrisa brillante.
Tenía joyas incrustadas en los dientes. Llevaba al menos cuatro vestidos de
seda, uno encima del otro. Un hombre al otro lado del pasillo tosió con flema.
Llevaba el cuello vendado, manchado de rojo. Unos bebés lloraban.
—He oído que llegarán a Berfil en tres días o menos —comentó
un hombre en la siguiente fila.
—Los hombres del rey no saquearán Berfil —dijo su
compañero—. Vienen a defenderla.
—El rey está loco —repuso el primer hombre—. Dios le ha
dicho que todos los hombres son sus enemigos. Hace dos años que no paga a su
ejército. Cuando se rebelan, recluta otro ejército y lo envía a luchar contra
el primero. Lo más seguro es marcharse.
—Oooh —exclamó una mujer, en algún lugar detrás de Cebolla—.
Por fin partimos. ¡Qué divertido! ¡Qué salida más agradable!
Cebolla trató de pensar en los pantanos de Berfil, en los
magos. Pero de repente, era Halsa la que estaba allí en el tren.
«Tienes que decírselo», le dijo.
«¿Decirles qué? —preguntó Cebolla, aunque ya lo sabía.
Cuando el tren estuviera en las montañas, habría una explosión. Habría soldados
que atacarían el tren. Nadie llegaría a Qual—. Nadie me creería».
«De todas formas tienes que decírselo», insistió Halsa.
A Cebolla se le dormían las piernas. Movió a Mik.
«¿Por qué te importa? —le preguntó a Halsa—. Odias a todo el
mundo».
«¡No es cierto!», negó Halsa. Pero era verdad. Odiaba a su
madre. Su madre había visto morir a su marido y no había hecho nada. Halsa se
había puesto a gritar y su madre la había abofeteado. Odiaba a los gemelos
porque no eran como ella, no «veían» cosas como lo hacía ella. Porque eran
pequeños y se cansaban, y mantenerlos a salvo requería mucho esfuerzo. Halsa
había odiado también a Cebolla, porque era como ella. Porque había tenido miedo
de ella, y porque el día que había ido a vivir con su familia, ella había
sabido que algún día sería como él, sola y sin familia. La magia daba mala
suerte, la gente como Cebolla y Halsa traían mala suerte. La única persona que
había mirado a Halsa y la había visto realmente, había sabido cómo era, había
sido la madre de Cebolla. La madre de Cebolla era amable y buena, y había
sabido que iba a morir. «Cuidad de mi hijo», les había dicho a los padres de
Halsa, aunque había mirado a Halsa al decirlo. Pero Cebolla tendría que
cuidarse solo. Halsa le obligaría a hacerlo.
«Díselo —insistió Halsa. Notó el tirón de un pez en el
sedal. No le prestó atención—. Díselo, díselo, díselo».
Ella y Cebolla estaban en el pantano y en el tren al mismo
tiempo. Todo olía a carbón, a sal y a fermento. Cebolla no le prestaba atención
de la misma forma que ella no prestaba atención al pez. Él seguía sentado,
balanceando los pies en el agua, aunque en realidad no estaba allí.
Halsa pescó cinco peces. Los limpió, los envolvió en hojas y
los llevó a la hoguera de cocinar. También llevo la llave de cobre verduzco que
se le había enredado en el sedal.
—He encontrado esto —dijo a Tolcet.
—Ah —exclamó Tolcet—. ¿Puedo verla?
Parecía más pequeña y más corriente en la mano de Tolcet.
—Burd —dijo Tolcet—. ¿Dónde está la caja que encontraste y
que nadie puede abrir?
El chico de los ojos verdes se levantó y desapareció dentro
de una de las torres. Volvió a salir al cabo de unos minutos y dio a Tolcet una
caja de metal no mayor que un tarro de encurtidos. La llave encajaba. Tolcet
abrió la caja, aunque a Halsa le pareció que tendría que haber sido ella quien
lo hiciera, no Tolcet.
—Una muñeca —dijo Halsa, decepcionada. Pero era una muñeca
con un aspecto muy raro. Estaba tallada en una madera negra y grasa, y cuando
Tolcet le dio la vuelta, no tenía espalda, sólo dos partes delanteras, así que
siempre estaba mirando adelante y atrás al mismo tiempo.
—¿Qué crees tú, Burd? —preguntó Tolcet.
—No es mía —contestó Burd, encogiéndose de hombros.
—Es tuya —dijo Tolcet a Halsa—. Llévala arriba de la
escalera y dásela a tu mago. Y vuelve a llenar el cubo con agua fresca, y
llévale también algo para comer. ¿Has pensado en subirle el almuerzo?
—No —contestó Halsa. Ella tampoco había almorzado. Cocinó el
pescado con algunas verduras que le pasó Tolcet y se comió dos. Los otros tres
y el resto de las verduras las llevó a lo alto de la escalera de la torre. Tuvo
que parar a descansar dos veces, de tantos escalones que había esta vez. La
puerta seguía cerrada, y el cubo en lo alto estaba vacío. Pensó que quizá se
habría escapado toda el agua, lentamente. Pero dejó el pescado, bajó, sacó más
agua y volvió a subir el cubo.
—Le he traído la comida —dijo Halsa, cuando recuperó el
aliento—. Y algo más. Algo que he encontrado en el pantano. Tolcet dice que
debo dárselo a usted.
Silencio.
Halsa se sintió tonta, hablando a la puerta de un mago.
—Es una muñeca —continuó—. Quizá sea una muñeca mágica.
De nuevo silencio. Ni siquiera Cebolla estaba allí. No había
notado cuando se había marchado. Pensó en el tren.
—Si le doy la muñeca —dijo Halsa—, ¿hará algo por mí? Usted
es un mago, así que debería ser capaz de hacer cualquier cosa, ¿verdad?
¿Ayudará a la gente del tren? Van a Qual. Algo muy malo les va a pasar si usted
no lo impide. ¿Sabe lo de los soldados? ¿Puede detenerlos?
Halsa esperó durante mucho rato, pero el mago al otro lado
de la puerta no dijo nada. Dejó la muñeca en los escalones, pero luego la
volvió a coger y se la metió en el bolsillo. Estaba furiosa.
—Creo que es usted un cobarde —exclamó—. Por eso se esconde,
¿verdad? Yo hubiera ido en ese tren y sé lo que va a pasar. Cebolla está en ese
tren. Y usted podría detenerlo, pero no lo hará. Bueno, pues si usted no lo
detiene, entonces no le daré la muñeca.
Escupió en el cubo de agua y casi de inmediato se arrepintió
de haberlo hecho.
—Si salva el tren —dijo—, le daré la muñeca, se lo prometo.
Y le traeré más cosas. Y siento haber escupido en el agua. Le traeré más.
Cogió el cubo y bajó la escalera. Le dolían las piernas y
tenía un montón de marcas donde los bichitos mordedores le habían hecho sangre.
—Lodo —dijo Essa. Estaba en el prado, fumando en pipa—. Las
moscas sólo molestan por la mañana y al atardecer. Si te pones barro en la cara
y los brazos, te dejarán en paz.
—Apesta —repuso Halsa.
—Y tú también —replicó Essa. Partió la pipa de arcilla en
dos, lo que a Halsa le pareció muy extravagante, y se fue a donde los otros
niños jugaban a un juego que parecía muy complicado de coger palitos y dados.
Bajo un árbol que florecía de noche, se hallaba sentado Tolcet en un viejo
trono de roble, que parecía haber sido escupido por el pantano. También estaba
fumando en pipa, una más larga de lo que había sido la de Essa.
—¿Le has dado la muñeca al mago? —preguntó.
—Oh, sí —contestó Halsa.
—¿Qué te ha dicho?
—Bueno —respondió Halsa—, no estoy segura. Es una chica
joven y bastante encantadora. Pero tartamudeaba terriblemente. Casi no he
podido entenderla. Creo que ha dicho algo de la luna, de cómo le gustaría que
le cortara un trozo. Y con él tengo que hacer una tarta.
—A los magos les gustan mucho las tartas —afirmó Tolcet.
—Claro que sí —replicó Halsa—. Y a mí me gusta mucho mi
culo.
—Vigila tu lenguaje —dijo Burd, el niño de los ojos verdes.
Estaba haciendo el pino, sin motivo alguno que Halsa pudiera ver. Movía las
piernas en el aire lentamente, como haciendo señales—. O el mago hará que te
arrepientas.
—Ya me arrepiento —replicó Halsa. Pero no dijo nada más.
Subió el cubo lleno de agua hasta la puerta cerrada. Luego corrió escaleras
abajo hasta el cubículo y esa vez se durmió al instante. Soñó que un zorro se
acercaba y la miraba. Le puso el morro en la cara. Luego trotó escalera arriba
y se comió los tres pescados que Halsa había dejado allí.
«Lo lamentarás —pensó Halsa—. Los magos te transformarán en
un cuervo de una sola pata».
Pero luego estaba persiguiendo al zorro por el pasillo del
tren que iba a Qual, donde su madre, sus hermanos y Cebolla estaba durmiendo
incómodos en sus asientos, con las piernas bajo el cuerpo y los brazos colgando
como si estuvieran muertos; el olor a carbón y magia era más fuerte de lo que
lo había sido por la mañana. El tren trabajaba duro. Jadeaba como un zorro con
una jauría de perros detrás, arrastrándose por las vías. Le sería imposible
llegar a lo alto de la escalera del mago de Berfil. Y si lo hacía, de todas
formas el mago no estaría allí, sólo la luna, alzándose sobre las montañas,
ronda y gorda como un hueso con grasa.
Por regla general, los magos de Berfil no escriben poesía.
Por lo que todos saben, no se casan, ni aran campos, ni les importa mucho
hablar con educación. Se dice que los magos de Berfil aprecian un buen chiste,
pero contarle un chiste a un mago es un asunto peligroso. ¿Y si el mago no
encuentra divertido el chiste? Los magos son sibilinos, avarientos,
despistados, obsesionados con las estrellas y los bichos, parsimoniosos,
frívolos, invisibles, tiranos, indignos de confianza, dados a los secretos,
inquisitivos, entrometidos, longevos, peligrosos, inútiles y tiene una opinión
muy buena de sí mismos. Los reyes se vuelven locos, la tierra se pudre, los
niños mueren de hambre o enferman o mueren ensartados en el puntiagudo extremo
de una pica, y todo pasa desapercibido a los magos de Berfil. Los magos de
Berfil no luchan en guerras.
Era como tener una piedra en el zapato. Halsa estaba siempre
allí, insistiéndole. «Díselo, díselo, díselo». Llevaban en el tren un día y una
noche; Halsa estaba en el pantano, alejándose cada vez más. ¿Por qué no lo
dejaba en paz? Mik y Bonti habían seducido a las dos damas ricas que se
sentaban enfrente. Ya no había más ceños o pañuelos, sólo sonrisas, bocados de
comida y amor, amor, amor por todas partes. El tren seguía adelante por campos
quemados y ciudades que un ejército u otro habían pasado por la espada. El tren
y sus pasajeros adelantaban a gente a pie, o que escapaba en carromatos con sus
bienes apilados: colchones, armarios, una vez un piano, cocinas, sartenes,
batidoras de mantequilla, cerdos y gansos de aspecto enfadado. A veces, el tren
se detenía mientras salían hombres a examinar las vías y repararlas. No paraba
en ninguna estación, aunque a veces había gente esperando, que gritaba y corría
tras el tren. Nadie bajaba. Había menos gente en las montañas, cuando llegaron
allí. Pero había nieve. Una vez, Cebolla vio un lobo.
—Cuando lleguemos a Qual —dijo una de las mujeres, la mayor,
a la tía de Cebolla—, mi hermana y yo montaremos un establecimiento.
Necesitaremos a alguien que cuide de la casa. ¿Eres ahorrativa? —Tenía a Bonti
en el regazo, medio dormido.
—Sí, señora —contestó la tía de Cebolla.
—Bueno, ya veremos —continuó la mujer.
Estaba medio enamorada de Bonti. Cebolla nunca había tenido
oportunidad de ver qué pensaban los ricos. Se decepcionó un poco al ver que era
más o menos lo mismo. La única diferencia parecía ser que la mujer rica, como
el secretario del mago, pensaba que todo acabaría bien. El dinero, al parecer,
era como la suerte, o la magia. Cualquier cosa iría bien, excepto que no iba a
ser así. Si no fuera por lo que iba a sucederle al tren, quizá la tía de
Cebolla hubiera podido vender más hijos.
«¿Por qué no se lo dices? —insistió Halsa—. Pronto será
demasiado tarde».
«Díselo tú», le replicó Cebolla con el pensamiento.
Tener a una Halsa invisible, diciéndole siempre cosas que él
ya sabía, era peor que tener a la Halsa real. La Halsa real estaba a salvo,
dormida en un jergón bajo la escalera del mago. Cebolla debería haber estado
allí en vez de ella. Cebolla estaba seguro de que los magos de Berfil
lamentaban que Tolcet hubiera comprado a una niña como Halsa.
Halsa apartó a Cebolla de un empujón. Puso sus manos
invisibles sobre los hombros de su madre y la miró a la cara. Su madre no alzó
la vista.
«Tienes que salir del tren —dijo Halsa. Gritó—: ¡Baja del
tren!».
Pero era como hablarle a la puerta en lo alto de la torre
del mago. Había algo en el bolsillo de Halsa, apretándole tanto la barriga que
casi le dolía como un morado. Halsa no estaba en el tren, estaba durmiendo
sobre algo con una carita puntiaguda.
—Oh, deja de gritar. Vete. ¿Cómo se supone que voy a detener
el tren? —dijo Cebolla.
—¿Cebolla? —dijo su tía.
Cebolla se dio cuenta de que había hablado en voz alta.
Halsa parecía satisfecha.
—Va a pasar algo malo —contestó Cebolla, capitulando—.
Tenemos que parar el tren y bajar.
Las dos mujeres ricas lo miraron como si estuviera loco. La
tía de Cebolla le palmeó el hombro.
—Cebolla —le dijo—. Estabas durmiendo. Tenías una pesadilla.
—Pero… —protestó Cebolla.
—Mira —repuso su tía, mirando a sus compañeras de viaje—.
Lleva a Mik a dar una vuelta. Olvida el sueño.
Cebolla se rindió. Las mujeres ricas estaban pensando que
quizá sería mejor que buscaran a una mujer en Qual para que les llevara la
casa. Halsa estaba con los brazos cruzados en el pasillo, tamborileando con el
pie.
«Vamos —le dijo—. No sirve de nada hablar con ellas. Sólo
pensarán que estás loco. Será mejor que hables con el maquinista».
—Perdón —dijo Cebolla a su tía—. He tenido una pesadilla.
Iré a dar un paseo. —Cogió a Mik de la mano.
Se fueron por el pasillo, pasando por encima de gente que
dormía, de gente atontada o agresiva porque estaba bebida y de gente que jugaba
a las cartas. Halsa siempre delante de ellos.
«Date prisa, prisa, prisa. Estáis casi allí. Lo has dejado
para muy tarde. Ese mago inútil. Debería haberlo sabido y no molestarme en
pedirle ayuda. Debería haberlo sabido y no esperar que te ocuparas de esto.
Eres tan inútil como ellos. Los estúpidos e inútiles magos de Berfil».
Cerca de la cabecera del tren, Cebolla notó las cargas de
dinamita, pequeños grupos encajados en las traviesas de las vías. Era como
tener una piedra en el zapato. No tenía miedo, sólo estaba irritado; con Halsa,
con la gente del tren que no sabía lo suficiente para tener miedo, con los
magos y con las mujeres ricas que pensaban que podían comprar niños, sin más.
También estaba enfadado. Estaba enfadado con sus padres, por morirse, por
dejarlo colgado allí. Estaba enfadado con el rey, que se había vuelto loco; con
los soldados, que no se querían quedar en casa con sus familias, que iban por
ahí apuñalando, disparando y volando por los aires a las familias de otros.
Estaban en el principio del tren. Halsa llevó a Cebolla a la
cabina, donde dos hombres estaban echando enormes paladas de carbón a un horno
rojo y bullente. Estaban sucios como diablos. Los brazos con los músculos
hinchados, y los ojos rojos e inflamados. Uno se volvió y vio a Cebolla.
—¡Oh! —exclamó—. ¿Qué está éste haciendo aquí? Tú, niño,
¿qué haces?
—Tenéis que parar el tren —contestó Cebolla—. Va a pasar
algo. He visto soldados. Van a volar el tren.
—¿Soldados? ¿Allá atrás? ¿Hace cuánto rato?
—Están delante de nosotros —contestó Cebolla—. Tenemos que
parar ahora.
Mik lo estaba mirando.
—¿Ha visto soldados? —preguntó el otro hombre.
—No —contestó el primer hombre. Cebolla vio que no sabía si
enfadarse o echarse a reír—. El maldito crío se inventa cosas. Pretende ver
cosas. ¡Eh, quizá sea un mago de Berfil! ¡Qué suerte, tenemos un mago en el
tren!
—No soy un mago —replicó Cebolla. Halsa resopló asintiendo—.
Pero sé cosas. Si no paráis el tren, todos morirán.
Ambos hombres se lo quedaron mirando.
—Tú, sal de aquí —dijo entonces el primero, enfadado—. Y no
vayas diciendo esas cosas a la gente o te tiraremos al horno.
—Vale —repuso Cebolla—. Ven, Mik.
«Espera —dijo Halsa—. ¿Qué estás haciendo? Tienes que hacer
que lo entiendan. ¿Quieres morirte? ¿Crees que me podrás demostrar algo estando
muerto?».
Cebolla se subió a Mik a hombros.
«Lo siento —le dijo a Halsa—, no quiero morir. Pero ves lo
mismo que yo veo. Tú ves lo que va a pasar. Quizá deberías marcharte.
Despierta. Pesca. Lleva agua al mago de Berfil».
El dolor que sentía Halsa en el estómago se hizo más
intenso. Cuando bajó la mano, cogió a la muñeca de madera.
—¿Qué es eso? —preguntó Cebolla.
—Nada —contestó Halsa—. Una cosa que he encontrado en el
pantano. Dije que se la daría al mago, pero ¡no lo haré! ¡Toma, cógela tú!
Halsa se la lanzó a Cebolla. Le atravesó de lado a lado. Fue
una sensación incómoda, aunque en realidad no estaba allí.
«¡Halsa!» —exclamó Cebolla. Bajó a Mik.
«¡Cógela! —repuso ella—. ¡Toma! ¡Cógela!».
El tren rugía. Cebolla sabía dónde se hallaban; reconoció la
luz. Alguien estaba contando un chiste delante del tren, y en un minuto una
mujer reiría. En un minuto, la luz sería mucho más brillante. Alzó la mano para
detener la cosa con la que Halsa le estaba pinchando, y algo le dio en la
palma. Sus dedos rozaron los de Halsa.
Era una muñeca de madera con una naricilla afilada. Tenía
otra nariz en la parte de atrás de la cabeza.
«¡Oh, cógela!» —insistió Halsa. Algo manaba de ella, a
través de la muñeca, hacia Cebolla. Cebolla cayó de espaldas contra una mujer
que tenía una jaula de pájaros en el regazo.
—¡Sal de aquí! —le gritó la mujer.
Dolía. Lo que manaba de Halsa era como vida, como si la
muñeca le estuviera arrancando la vida como una madeja de lana pesada, empapada
y negra. También le dolía a Cebolla. Algo negro manaba y manaba a través de la
muñeca, y se metía en él, hasta que no hubo espacio para Cebolla, ni espacio
para respirar, ni para pensar, ni para ver. La cosa negra le llenaba la
garganta, le presionaba tras los ojos.
—¡Halsa —exclamó él—, suelta!
—Yo no soy Halsa —replicó la mujer de la jaula.
—¿Qué pasa? —preguntó Mik—. ¿Qué pasa?
La luz cambió.
«Cebolla», llamó Halsa, y soltó la muñeca. Él se fue hacia
atrás. Las vías bajo el tren cantaban tara-ta tara-ta tara-ta. Cebolla tenía la
nariz llena de agua del pantano, de carbón, de metal y de magia.
—No —dijo Cebolla. Tiró la muñeca a la mujer de la jaula y
empujó a Mik al suelo—. No —repitió Cebolla más fuerte.
La gente lo miraba. La mujer que había estado riendo el
chiste había dejado de reír. Cebolla cubrió a Mik con su cuerpo. La luz se hizo
más brillante y más negra, todo al mismo tiempo.
«¡Cebolla!», gritó Halsa. Pero ya no lo podía ver. Estaba
despierta en el cubículo debajo de la escalera. La muñeca había desaparecido.
Halsa había visto hombres que regresaban de la guerra.
Algunos estaban ciegos. Otros habían perdido una mano o un brazo. Había visto a
un hombre envuelto en trapos y subido a un carrito, que su hijita arrastraba
con una cuerda. No tenía brazos ni piernas. Cuando la gente lo miraba, él los
maldecía. Había otro hombre que criaba pollos en Larch. Volvió de la guerra y
pagó a un hombre para que le tallara una pierna de un nudoso pino. Al principio
estaba inestable sobre la pierna de pino, tratando de aprender a equilibrarse
de nuevo. Fue divertido verlo correr tras sus pollos, como ver a un juguete de
cuerda. Pero cuando el ejército volvió a pasar por Larch, corría como el que
más.
Se sentía como si la mitad de ella hubiera muerto en el tren
en las montañas. Le pitaban los oídos. No podía mantener el equilibrio. Era
como si le hubieran cortado una parte, como si estuviera ciega. La parte de
ella que sabía cosas, que veía cosas, ya no estaba allí. Pasó todo el día en
una triste niebla ensordecedora.
Subió agua por la escalera, y se puso barro en los brazos y
las piernas. Pescó, porque Cebolla había dicho que debía pescar. Por la tarde,
miró y vio a Tolcet sentado junto a ella en el embarcadero.
—No deberías haberme comprado —dijo ella—. Deberías haber
comprado a Cebolla. Él quería venir contigo. Yo tengo mal humor, soy desagradable
y no tengo buena opinión de los magos de Berfil.
—¿De quién tienes mala opinión? ¿De ti o de los magos de
Berfil? —preguntó Tolcet.
—¿Cómo puedo servirles? —repuso Halsa—, ¿cómo puedo servir a
hombres y mujeres que se esconden en torres y no hacen nada para ayudar a la
gente que necesita ayuda? ¿De qué sirve la magia si no ayuda a nadie?
—Estos son tiempos peligrosos —contestó Tolcet—. Para los
magos igual que para los niños.
—¡Tiempos peligrosos! ¡Malos tiempos! ¡Tiempos difíciles!
—exclamó Halsa—. Las cosas han ido mal desde el día en que nací. ¿Por qué veo
cosas y sé cosas, cuando no puedo hacer nada para cambiarlas? ¿Cuándo llegarán
tiempos mejores?
—¿Qué ves? —preguntó Tolcet.
Cogió a Halsa por la barbilla y le inclinó la cabeza para un
lado y para el otro, como si su cabeza fuera una bola de cristal en la que
pudiera ver su interior. Le puso la mano en la cabeza y le alisó el cabello
como si fuera su propia hija. Halsa cerró los ojos. La desesperación creció en
su interior.
—No veo nada —dijo ella—. Parece como si alguien me hubiera
envuelto en una manta de lana, me hubiera dado una paliza y me hubiera dejado
en la oscuridad. ¿Es esto lo que se siente no viendo nada? ¿Han sido los magos
de Berfil los que me han hecho esto?
—¿Es mejor o peor? —inquirió Tolcet.
—Peor —contestó Halsa—. No. Mejor. No lo sé. ¿Qué debo
hacer? ¿Qué voy a ser?
—Eres una sirvienta de los magos de Berfil —respondió
Tolcet—. Ten paciencia. Todavía es posible que todo vaya bien.
Halsa no dijo nada. ¿Qué podía decir?
Subía y bajaba la escalera de la torre, llevando agua,
tostadas y queso, cosas que se encontraba en el pantano. La puerta en lo alto
de la escalera nunca estaba abierta. No podía ver a través de ella. Nadie le
hablaba, aunque a veces se sentaba allí, conteniendo la respiración para que el
mago pensara que se había vuelto a marchar. Pero no era tan fácil engañar al
mago. Tolcet también subía la escalera, y quizá el mago lo dejara entrar. Halsa
no lo sabía.
Essa y Burd y los otros niños eran amables con ella, como si
supieran que estaba rota. Halsa sabía que ella no habría sido amable con ellos,
si la situación fuera al revés. Pero quizá ellos también supieran eso. Las dos
mujeres y el hombre delgado mantenían la distancia. Ni siquiera sabía sus
nombres. Desaparecían para hacer mandados, regresaban y desaparecían en el
interior de las torres.
Una vez, cuando Halsa volvía del embarcadero con un cubo
lleno de peces, se encontró un dragón en el camino. No era muy grande, sólo del
tamaño de un mastín. Pero la miró con ojos malvados y enjoyados. Ella no podía
pasar. Se la comería, y no había más. Casi era un alivio. Dejó el cubo en el
suelo y se quedó esperando a que se la comiera. Pero entonces apareció Essa,
con un palo en la mano. Pegó al dragón en la cabeza, una vez, dos, y luego le
dio una patada para acabar.
—¡Y ahora te vas! —gritó Essa. El dragón se fue, lanzándole
a Halsa una última mirada de reproche. Essa cogió el cubo de pescado—. Tienes
que ser firme con ellos —explicó—. Si no, se te meten en la cabeza y te hacen
pensar que mereces que se te coman. Son demasiado vagos para comerse nada que
se les resista.
Halsa se sacudió un último lamento por no haber sido comida.
Fue como despertarse de un sueño, algo hermoso, noble, triste y totalmente
falso.
—Gracias —dijo a Essa. Le temblaban las rodillas.
—Los más grandes no vienen al prado —le contó Essa—. Son los
pequeños, que sienten curiosidad por los magos de Berfil. Y por curiosidad, lo
que quiero decir es que sienten hambre. Los dragones se comen las cosas que les
despiertan la curiosidad. Ven, vamos a bañarnos.
A veces, Essa o alguno de los otros le contaban a Halsa
historias sobre los magos de Berfil. La mayoría de ellas eran tonterías o
claramente falsas. Los niños parecían casi indulgentes, como si sus amos les
resultaran más divertidos que aterradores. Había otras historias, historias
tristes de magos de tiempos pasados, que habían luchado en grandes batallas o
habían emprendido largos viajes. De magos que habían perecido por traición o
que habían sido encerrados por gente a la que creían amigos.
Tolcet le talló un peine. Halsa encontró ranas con los lomos
marcados con extrañas fórmulas matemáticas, y las puso en un cubo y las subió a
lo alto de la torre. Cogió un topo con ojos como alfileres y una nariz como una
carnosa mano rosada. Encontró la empuñadura de una espada; una moneda con un
agujero; el caparazón de un dragón, pequeño como un tejón y casi sin peso, pero
muy duro. Cuando limpió el barro que lo cubría, brilló un poco, como un
candelabro. Llevó todo eso a lo alto de la escalera. No podía decir si las
cosas que encontraba tenían algún sentido. Pero de todas formas, sentía un
placer privado en encontrarlas.
El topo había vuelto a bajar la escalera, rápido,
serpenteante y furtivo. Las ranas seguían en el cubo, haciendo sus tristes
pronunciamientos, cuando Halsa volvió con la comida del mago, pero las otras
cosas habían desaparecido tras la puerta del mago de Berfil.
La cosa que Tolcet había llamado el don de Halsa fue
volviendo, poco a poco. De nuevo, volvió a ser consciente de los magos en sus
torres, de cómo la observaban. Y había algo más. A veces, ese algo se sentaba a
su lado, mientras pescaba, o cuando remaba en la piragua abandonada que Tolcet
le había ayudado a reparar. Pensaba que sabía quién, o qué, era. Era la parte
de Cebolla que él había aprendido a enviarle. Era lo que quedaba de él: una
sombra, sutil y silenciosa. No hablaba con Halsa. Sólo observaba. Por la noche,
se quedaba junto a su jergón y la contemplaba mientras dormía. Ella se alegraba
de que estuviera allí. Que la rondara un fantasma era una especie de consuelo.
Ayudó a Tolcet a reparar una parte de la torre del mago
donde las piedras habían perdido el mortero. Aprendió a hacer papel de los
juncos y la corteza. A parecer, los magos necesitaban una gran cantidad de
papel. Tolcet empezó a enseñarle a leer.
Una tarde cuando volvía de pescar, se encontró a todos los
criados de los magos reunidos en un círculo. En medio había un lebrato quieto
como una piedra. El fantasma de Cebolla estaba agachado con los otros niños.
Así que Halsa también se quedó a mirar. Algo manaba entre el lebrato y los
sirvientes de los magos de Berfil. Era lo mismo que había pasado con Halsa y
Cebolla cuando ella le había dado la muñeca de dos caras. Los costados del
lebrato subían y bajaban. Tenía los ojos vidriosos, oscuros y sabios. El pelaje
se le tensaba por la magia.
—¿Quién es? —preguntó Halsa a Burd—. ¿Es un mago de Berfil?
—¿Quién? —repitió Burd. No apartó los ojos del lebrato—. No,
no es un mago. Sólo una liebre. Sólo una liebre. Ha salido del pantano.
—Pero —dijo Halsa—, pero puedo notarlo. Casi puedo oír lo
que dice.
Burd la miró. Essa también.
—Todo habla —repuso él, hablando lentamente, como a un niño
pequeño—. Escucha, Halsa.
Había algo en la manera en que Burd y Essa la miraban, como
si fuera una invitación, como si le estuvieran pidiendo que mirara dentro de
sus cabezas, para ver lo que estaban pensando. Los otros también observaban;
observaban a Halsa, en vez de la del lebrato. Halsa dio un paso atrás.
—No puedo —dijo—. No puedo oír nada.
Fue a buscar agua. Cuando salió de la torre, Burd y Essa y
los otros niños ya no estaban allí. Liebres jóvenes corrían entre las torres,
saltando unas sobre otras, peleándose en el aire. Cebolla estaba sentado en el
trono de Tolcet, mirando y riendo en silencio. Halsa no creía haber visto reír
a Cebolla desde la muerte de su madre. Saber que un niño muerto podía estar tan
alegre le causó una rara sensación.
Al día siguiente, Halsa encontró a un zorrito herido en el
zarzal. Trató de morderla cuando fue a liberarlo, y las zarzas la hirieron en
la mano. El zorro tenía un tajo en la barriga, y Halsa pudo verle el lazo gris
brillante de los intestinos. Se arrancó una tira de la camisa, y envolvió al
zorrito con ella. Se puso el zorro en el bolsillo. Corrió todo el camino hasta
la torre del mago, y todos los escalones hasta arriba. No los contó. No se paró
a descansar. Cebolla la siguió, rápido como una sombra.
Cuando llegó a la puerta en lo alto de la escalera, la
golpeó con fuerza. Nadie respondió.
—¡Mago! —llamó.
Nadie respondió.
—Por favor, ayúdame —dijo Halsa.
Sacó el zorro del bolsillo y se sentó en los escalones con
él envuelto en el regazo. No trató de morderla. Necesitaba todas sus fuerzas
para morir. Cebolla se sentó a su lado. Acarició al zorrito en la garganta.
—Por favor —insistió Halsa—. Por favor, no lo dejes morir.
Por favor, haz algo.
Pudo notar al mago de Berfil, junto a la puerta. El mago extendió
una mano, como si, por fin, la puerta fuera abrirse. Halsa vio que el mago
amaba a los zorros, y a todas las cosas salvajes del pantano. Pero el mago no
dijo nada. El mago no amaba a Halsa. La puerta no se abrió.
—Ayúdame —pidió Halsa una vez más. Notó aquel terrible tirón
negro de nuevo, como le había pasado en el tren con Cebolla. Era como si el
mago le estuviera tirando de los hombros, sacudiéndola con una oscura rabia.
¿Cómo se atrevía alguien como Halsa a pedir ayuda a un mago? Cebolla también la
sacudía. Cuando la mano de Cebolla la agarró, Halsa pudo notar algo que manaba
por ella y hacia fuera de ella. Sentía al zorro, notaba el lugar donde tenía el
estómago abierto. Notaba su corazón bombeando sangre, su pánico, su miedo, y la
vida que se le estaba yendo. La magia fluyó de arriba abajo por la escalera de
la torre. El mago de Berfil estaba tejiendo como una madeja de lana negra y
pegajosa, y luego la soltaba de nuevo. Manaba a través de Halsa y Cebolla y el
zorro hasta que Halsa pensó que iba a morir.
—Por favor —rogó, y lo que quería decir era’basta’. La
mataría. Y de repente volvía a estar vacía. La magia la había atravesado, y ya
no le quedaba nada dentro. Le había convertido los huesos en mantequilla. El
zorro comenzó a luchar, arañándola. Cuando ella lo desenvolvió, él le clavó los
dientes en la muñeca y luego corrió escalera abajo como si nunca hubiera estado
agonizante.
Halsa se puso en pie. Cebolla había desaparecido, pero aún
podía notar al mago al otro lado de la puerta.
—Gracias —dijo. Siguió al zorro escalera abajo.
A la mañana siguiente, se despertó y se encontró a Cebolla
en el jergón junto a ella. Esta vez parecía estar más cercano, de alguna
manera. Como si no estuviera muerto del todo. Halsa tuvo la impresión de que si
trataba de hablarle, él le contestaría. Pero le daba miedo lo que le diría.
Essa también veía a Cebolla.
—Tienes una sombra —dijo a Halsa.
—Se llama Cebolla —le informó ésta.
—Ayúdame con esto —le pidió Essa. Alguien había cortado
trozos de bambú. Essa los estaba clavando en el suelo, usando una mezcla de
piedras y barro para mantenerlos rectos. Burd y algunos de los otros niños
estaban entrelazando los juncos con el bambú, formando muros, por lo que vio
Halsa.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó.
—Viene un ejército —contestó Burd—. Para quemar la ciudad de
Berfil. Tolcet ha ido a avisarles.
—¿Qué pasará? —inquirió Halsa—. ¿Los magos protegerán la
ciudad?
Essa puso una barra de bambú en lo alto de dos palos rectos.
—Pueden venir a los pantanos, si quieren —contestó Essa—, y
refugiarse. El ejército no vendrá aquí. Tienen miedo a los magos.
—¡Miedo a los magos! —exclamó Halsa—. ¿Por qué? Los magos
son cobardes y estúpidos. ¿Por qué no salvan Berfil?
—Ve y pregúntaselo tú misma —replicó Essa—. Si te atreves.
—¿Halsa? —la llamó Cebolla. Halsa apartó la vista de la
mirada fija de Essa. Por un momento, hubo dos Cebolla. Uno era la sombra
fantasma del tren, lo suficientemente cerca para tocarlo. El segundo Cebolla
estaba junto al fuego. Estaba sucio, delgado y era real. El Cebolla sombra
parpadeó y desapareció.
—¿Cebolla? —preguntó Halsa.
—He venido de las montañas —explicó Cebolla—. Hace cinco
días, me parece. No sabía adónde iba, pero te podía ver. Aquí. He caminado y
caminado, y tú estabas conmigo y yo contigo.
—¿Dónde están Mik y Bonti? —preguntó Halsa—. ¿Dónde está mi
madre?
—Había dos mujeres en el tren con nosotros. Eran ricas. Han
prometido cuidar de Mik y Bonti. Lo harán. Sé que lo harán. Iban a Qual. Cuando
me diste la muñeca, Halsa, salvaste al tren. Pudimos ver la explosión, pero la
atravesamos. Las vías quedaron destruidas, y había nubes y nubes de humo negro
y fuego, pero nada tocó el tren. Los salvamos a todos.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó Halsa de nuevo. Pero ya lo
sabía. Cebolla guardaba silencio. El tren se detuvo junto a un arroyuelo para
coger agua. Hubo una emboscada. Soldados. Había una botella de la que goteaba
agua. La madre de Halsa la había dejado caer. Tenía una flecha clavada en la
espalda.
—Lo siento, Halsa —dijo Cebolla—. Todos me tenían miedo, por
cómo se había salvado el tren. Porque yo sabía que iba a haber una explosión.
Porque no sabía lo de la emboscada y hubo gente que murió. Así que bajé del
tren.
—Toma —dijo Burd a Cebolla. Le pasó un cuenco de gachas—.
No, come despacio. Hay muchas más.
—¿Dónde están los magos de Berfil? —preguntó Cebolla con la
boca llena.
Halsa se echó a reír. Rió hasta que le dolieron los costados
y hasta que Cebolla se la quedó mirando y hasta que Essa la sacudió.
—No tenemos tiempo para esto —la riñó Essa—. Coge al chico y
búscale algún lugar donde dormir. Está exhausto.
—Ven —dijo Halsa a Cebolla—. Puedes dormir en mi cama. O si
lo prefieres, puedes ir a llamar a la puerta en lo alto de la torre y pedir al
mago de Berfil si puedes usar su cama.
Enseñó a Cebolla el cubículo bajo la escalera y él se tumbó
allí.
—Estás sucio —dijo ella—. Ensuciarás las sábanas.
—Lo siento —repuso Cebolla.
—No pasa nada —dijo Halsa—. Podemos lavarlas después. Aquí
hay mucha agua. ¿Sigues teniendo hambre? ¿Necesitas algo?
—Te he traído algo —dijo Cebolla. Tendió la mano y ahí
estaban los pendientes que habían sido de su madre.
—No —repuso Halsa.
Halsa se odiaba. Se estaba rascando el brazo, ferozmente, no
como si le hubiera picado un bicho, sino como si quisiera escarbar hasta debajo
de la piel. Cebolla vio algo que nunca antes había sabido, algo sorprendente y
terrible: que Halsa no era más amable consigo misma que con los demás. No era
raro que Halsa hubiera querido los pendientes; igual que las serpientes, Halsa
se mordía a sí misma si no había nada más que morder. Cómo deseaba Halsa haber
sido más amable con su madre.
—Cógelos —insistió Cebolla—, tu madre fue muy buena conmigo,
Halsa. Así que quiero dártelos. Mi madre también hubiera querido que los
tuvieras.
—Muy bien —repuso Halsa. Quería llorar, pero en vez de eso,
se rascó y se rascó. Tenía el brazo blanco y rojo de tanto rascarse. Cogió los
pendientes y se los metió en el bolsillo—. Ahora duerme.
—He venido aquí porque tú estabas aquí —explicó Cebolla—. Quería
contarte lo que había pasado. ¿Qué haré ahora?
—Dormir —contestó Halsa.
—¿Les dirás a los magos que estoy aquí? ¿Cómo salvamos el
tren? —preguntó Cebolla. Bostezó abriendo tanto la boca que Halsa pensó que se
le partiría la cabeza en dos—. ¿Puedo ser un criado de los magos de Berfil?
—Ya veremos —respondió Halsa—. Ahora duerme. Subiré la
escalera y les diré que estás aquí.
—Es curioso —comentó Cebolla—, los noto por todas partes. Me
alegro de que estés aquí. Me siento seguro.
Halsa se sentó en la cama. No sabía qué hacer. Cebolla
guardó silencio durante un rato.
—¿Halsa? —la llamó después.
—¿Qué?
—No puedo dormir —dijo él, como disculpándose.
—Shhh —siseó Halsa. Le acarició el sucio cabello. Le cantó
una canción que a su padre le gustaba cantar. Le cogió la mano hasta que oyó
que respiraba más despacio y estuvo segura de que se había dormido. Luego subió
la escalera para decirle al mago lo de Cebolla.
—No te entiendo —dijo a la puerta—. ¿Por qué te escondes del
mundo? ¿No te cansas de estar oculto?
El mago no dijo nada.
—Cebolla es más valiente que tú —continuó Halsa hablando a
la puerta—. Essa es más valiente. Mi madre era… —Tragó saliva y continuó—. Era
más valiente que tú. Deja de no hacerme caso. ¿De qué sirves, aquí arriba? No
hablas conmigo, y no vas a ayudar a la ciudad de Berfil, y Cebolla va a sufrir
una gran decepción cuando se dé cuenta de que lo único que haces es estar
encerrado en tu habitación, esperando a que alguien te traiga el desayuno. Si
te gusta tanto esperar, entonces puedes esperar todo lo que quieras. No voy a
traerte más comida o más agua o nada de lo que encuentre en el pantano. Si
quieres algo, puedes conseguirlo por magia. O puedes ir tú a buscarlo. O puedes
convertirme en un sapo.
Espero a ver si el mago la convertía en un sapo.
—Muy bien —dijo finalmente—. Bien, entonces adiós. —Bajó la
escalera.
Los magos de Berfil son vagos e inútiles. Odian subir
escaleras y nunca te escuchan cuando hablas. No responden preguntas porque
tienen los oídos llenos de escarabajos y cera, y sus rostros son arrugados y
horrorosos. Las hadas del pantano viven en lo profundo de las arrugas de la
cara de los magos de Berfil, y las hadas del pantano cabalgan por los cañones
sin fondo de las arrugas sobre pulgas domadas, que se engordan chupando la
sangre mágica de los magos. Los magos de Berfil se pasan toda la noche
rascándose las picadas de pulgas y duermen todo el día. Preferiría ser una
fregona que una sirvienta de los invisibles, babosos, casi ciegos, pulgosos,
mohosos, de dedos pegajosos y creídos, magos de Berfil.
Halsa fue a ver a Cebolla para asegurarse de que estaba
dormido. Luego fue a buscar a Essa.
—¿Me agujerearías las orejas? —preguntó.
—Te dolerá —contestó Essa, encogiéndose de hombros.
—Bien —repuso Halsa.
Así que Essa hirvió agua y puso una aguja dentro. Luego le
hizo agujeros a Halsa en las orejas. No le dolió, y Halsa se alegró. Se puso
los pendientes de la madre de Cebolla, y luego ayudó a Essa y a los otros a
cavar letrinas para la gente de la ciudad de Berfil.
Tolcet regresó antes de la puesta de sol. Con él llegaron
media docena de mujeres con sus hijos.
—¿Dónde están los otros? —preguntó Essa.
—Algunos no me han creído —contestó Tolcet—. No confían en
la gente de los magos. Hay algunos que quieren quedarse y defender la ciudad.
Otros están saliendo a pie hacia Qual, siguiendo las vías.
—¿Dónde está ahora el ejército? —preguntó Burd.
—Cerca —contestó Halsa.
Y Tolcet asintió.
Las mujeres de la ciudad habían llevado comida y jergones.
Parecían abatidas y ansiosas, y era difícil decir si era el ejército que se
acercaba o los magos de Berfil lo que las asustaba más. Las mujeres miraban al
suelo. No miraban las torres. Si pillaban a sus hijos mirándolas, los regañaban
en voz baja.
—No seáis tontas —dijo Halsa a una mujer, cuyo hijo había
estado cavando un agujero cerca de una torre caída.
La mujer lo sacudió hasta que se puso a llorar y llorar, y
no paraba. ¿En qué estaba pensando? ¿Que a los magos les gustaba comerse a los
niños embarrados que hacían agujeros?
—Los magos son asociales y vagos e inofensivos. Se mantienen
apartados y no molestan a nadie.
La mujer se quedó mirando a Halsa, y Halsa se dio cuenta de
que le tenía tanto miedo a ella como a los magos de Berfil. Halsa estaba
asombrada. ¿Acaso era ella tan terrible? Mik, Bonti y Cebolla siempre le habían
tenido miedo, pero tenían buenas razones. Y ella había cambiado. Ahora era
suave y dócil como la mantequilla.
Tolcet, que estaba ayudando con la comida, resopló como si
le hubiera leído el pensamiento. La mujer agarró a su hijo y se alejó deprisa,
como si Halsa pudiera abrir de nuevo la boca y comérselos a los dos.
—Halsa, mira. —Era Cebolla, despierto y tan sucio que se le
podía oler a dos metros. Tendrían que quemar su ropa. Halsa se sintió muy
contenta, porque Cebolla había ido a buscarla y porque él estaba allí, y porque
estaba vivo. Había salido de la torre de Halsa, donde había dejado su jergón
sucio y maloliente, qué maravilla pensar en ello, y estaba señalando al este,
hacia la ciudad de Berfil. Se veía un brillo rojo sobre el pantano, como si el
sol estuviera saliendo en vez de poniéndose. Todo el mundo estaba en silencio,
mirando hacia el este como si fueran capaces de ver lo que estaba sucediendo en
Berfil. De repente, el viento llevó un humo ceniciento y desolado sobre el
pantano.
—La guerra ha llegado a Berfil —dijo una mujer.
—¿Qué ejército es? —preguntó otra mujer, como si la primera
pudiera saberlo.
—¿Acaso importa? —contestó la primera mujer—. Todos son
iguales. Mi hijo mayor fue a unirse al ejército del rey, y el más pequeño fue a
unirse a los hombres del general Balder. Han quemado muchas ciudades, y matado
a otros hijos de otras madres, y quizá un día se maten el uno al otro, y nunca
piensen en mí. ¿Qué diferencia hay, para la ciudad que están atacando, saber o
no qué ejército la ataca? ¿Le importa a una vaca quién la mata?
—Nos seguirán —dijo alguien más con voz resignada—. Nos
encontrarán aquí y nos matarán a todos.
—No lo harán —replicó Tolcet. Habló muy alto. Su voz era
tranquila y confiada—. No os seguirán y no os encontrarán aquí. Sed valientes
por vuestros hijos. Todo irá bien.
—Oh, por favor —exclamó Halsa para sí. Se puso en pie, con
los brazos en jarras, y miró furiosa a las torres de los magos de Berfil. Pero
como de costumbre, los magos de Berfil no hacían nada. No la fulminaron por su
mirada llena de odio. No se asomaron a sus ventanas para ver, al otro lado de
los pantanos, la ciudad de Berfil que ardía mientras ellos se limitaban a
contemplar. Quizá ya estuvieran durmiendo en sus camas, soñando con el
desayuno, la comida y la cena. Halsa fue a ayudar a Burd, Essa y los otros a
preparar las camas para los refugiados de Berfil. Cebolla cortó cebollas
silvestres para la olla del estofado. Iba a tener que bañarse pronto, pensó
Halsa. Era evidente que necesitaba a alguien como Halsa para decirle lo que tenía
que hacer.
Ninguno de los sirvientes de los magos de Berfil durmió
aquella noche. Había demasiado que hacer. Las letrinas no estaban acabadas. Un
niño se perdió en los pantanos y tuvieron que buscarlo antes de que se ahogara
o se encontrara con un dragón. Una niña pequeña se cayó al pozo, y tuvieron que
sacarla.
Antes de que el sol saliera de nuevo, llegaron más
refugiados de la ciudad de Berfil. Llegaron al campamento en grupos de dos o
tres, hasta que hubo casi cien habitantes de la ciudad en el prado de los
magos. Algunos de los recién llegados estaban heridos o quemados o en shock.
Essa y Tolcet tomaron el mando. Había compresas que aplicar, ropa que ya se
había cortado para hacer vendas, bebidas calientes que olían amargas y
medicinales y no especialmente mágicas. La gente iba de un lado a otro,
tratando de averiguar noticias sobre parientes o amigos que se habían quedado
en la ciudad. Los niños pequeños que se habían quedado dormidos, se despertaron
y comenzaron a llorar.
—Han pasado por la espada al alcalde y a su esposa —decía un
hombre.
—Van a marchar sobre la siguiente ciudad del rey —dijo una
anciana—. Pero nuestro ejército los detendrá.
—Ése era nuestro ejército; vi al hijo del carnicero y al
mediano de Philpot. Dicen que hemos estado comerciando con los enemigos de
nuestro país. El rey los ha enviado. Para enseñarnos una lección. Han quemado
la iglesia del mercado y han colgado al pastor del campanario.
Había una niña tumbada en el suelo que parecía de la edad de
Mik y Bonti. Tenía el rostro gris. Tolcet le tocó el estómago con cuidado, y
ella soltó un grito fino y agudo, un sonido que no era humano en absoluto,
pensó Cebolla. Los pantanos hacían tanto ruido de magia, que él no podía oír lo
que la niña estaba pensando, y se alegraba.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Tolcet al hombre que la había
llevado al campamento.
—Se cayó —contestó el hombre—. La han pisoteado.
Cebolla observó a la niña, y respiró despacio y de manera
regular, como si de alguna manera pudiera respirar por ella.
Halsa contempló a Cebolla.
—Ya es suficiente —dijo luego—. Ven, Cebolla.
Halsa se apartó de Tolcet y la niña, abriéndose paso a
empujones entre los refugiados.
—¿Adónde vamos? —preguntó Cebolla.
—A hacer que bajen los magos —contestó Halsa—. Estoy hasta
las narices de hacer todo el trabajo por ellos. De cocinar y de llevarles
cosas. Voy a derribar esa estúpida puerta. Voy a hacerlos bajar a rastras sus
estúpidas escaleras. Voy a hacer que ayuden a esa niña.
Había muchísimos escalones en esta ocasión. Claro que los
malditos magos de Berfil debían saber lo que Halsa tramaba. Aquélla era su
broma favorita, hacerla subir y subir y subir. Esperarían hasta que Cebolla y
ella llegaran a lo alto y luego los convertirían en lagartos. Bueno, quizá no
fuera tan malo ser un pequeño lagarto venenoso. Podría colarse por debajo de la
puerta y morder a uno de los malditos magos de Berfil. Subieron y subieron,
medio corriendo, medio a trompicones, hasta que pareció que Cebolla y ella
habían subido hasta el cielo. Cuando la escalera acabó de golpe, Halsa aún
corría. Se estrelló contra la puerta con tanta fuerza que vio las estrellas.
—¿Halsa? —la llamó Cebolla. Se inclinó sobre ella. Parecía
tan preocupado que Halsa casi se echó a reír.
—Estoy bien —contestó ella—. Sólo son los magos con sus
trucos. —Golpeó la puerta con fuerza, luego le dio unas cuantas patadas por si
acaso—. ¡Abre!
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Cebolla.
—Nunca sirve de nada —repuso Halsa—, debería haber subido un
hacha.
—Déjame probarlo —dijo Cebolla.
Halsa se encogió de hombros.
«Niño estúpido», pensó, y Cebolla pudo oírla perfectamente.
—Adelante —dijo en alto.
Cebolla puso la mano sobre la puerta y empujó. La puerta se
abrió. Él miró a Halsa y se encogió.
—Perdón —dijo.
Halsa entró.
En la habitación había un escritorio y una única vela, que
estaba encendida. Había una cama, bien hecha, y un espejo en la pared sobre el
escritorio. No había ningún mago de Berfil, ni siquiera escondido bajo la cama.
Halsa lo comprobó, por si acaso.
Fue hasta la ventana vacía y se asomó. Veía el prado y el
campamento improvisado, y más abajo, el pantano. Los canales, brillantes como
plata. Estaba el sol que salía, como siempre. Era raro ver todas las ventanas
de las otras torres desde allí, tan arriba, todas vacías. Pájaros blancos
planeaban sobre el pantano. Halsa se preguntó si serían los magos, y deseó
tener un arco y flechas.
—¿Dónde está el mago? —preguntó Cebolla. Clavó un dedo en la
cama. Quizá el mago se hubiera trasformado en cama. O en escritorio. Quizá el
mago fuera el escritorio.
—No hay magos —afirmó Halsa.
—Pero ¡los puedo notar! —Cebolla olisqueó una vez, luego
otra, con más intensidad. Prácticamente podía oler al mago, como si el mago de
Berfil se hubiera transformado en una niebla o en un vapor que Cebolla
estuviera inhalando. Estornudó con fuerza.
Alguien subía la escalera. Halsa y él esperaron a ver si era
un mago de Berfil. Pero era Tolcet. Parecía cansado y molesto, como si hubiera
tenido que subir muchos, muchos escalones.
—¿Dónde están los magos de Berfil? —preguntó Halsa.
Tolcet alzó un dedo.
—Un minuto para recuperar el aliento —dijo.
Halsa tamborileó con el pie. Cebolla se sentó en la cama. En
silencio se disculpó, por si acaso la cama era el mago. O tal vez la vela fuera
el mago. Se preguntó qué pasaría si trataba de apagar al mago. Halsa estaba tan
enfadada que Cebolla pensó que iba a estallar.
Tolcet se sentó en la cama junto a Cebolla.
—Hace mucho tiempo —comenzó a contar—, el padre del rey
actual visitó a los magos de Berfil. Había tenido ciertos sueños sobre su hijo,
que entonces sólo era un bebé. Tenía miedo de esos sueños. Los magos le dijeron
que tenía razón al sentir miedo. Su hijo se volvería loco. Habría guerra y
hambre, y más guerra, y el culpable sería su hijo. El viejo rey se puso
furioso. Envió a sus hombres para que arrojaran a los magos de Berfil desde sus
torres. Y eso hicieron.
—Espera —dijo Cebolla—. Espera. ¿Qué les pasó a los magos?
¿Se transformaron en pájaros blancos y salieron volando?
—No —contestó Tolcet—. Los hombres del rey les cortaron el
cuello y los arrojaron desde las torres. Yo no estaba. Cuando regresé, habían
saqueado las torres. Los magos estaban muertos.
—¡No! —exclamó Halsa—, ¿por qué mientes? Sé que los magos
están aquí. Escondidos. Son unos cobardes.
—Yo también puedo notarlos —añadió Cebolla.
—Venid y ved —dijo Tolcet. Fue a la ventana. Cuando miraron
hacia abajo, vieron a Essa y a los otros sirvientes de los magos de Berfil que
se movían entre los refugiados. Las dos ancianas que nunca hablaban estaban
organizando los montones de ropa y las mantas. El hombre delgado estaba atando
la vaca de alguien. Los niños perseguían pollos mientras Burd aguantaba abierta
la verja de un improvisado gallinero. Una de las niñas más pequeñas, Perla,
estaba cantando una nana al hijo de alguna madre. Su voz, áspera y dulce al
mismo tiempo, se alzaba hasta la ventana de la torre, donde Halsa, Cebolla y
Tolcet estaban asomados. Era una canción que todos conocían. Era una canción
que decía que todo saldría bien.
—¿No lo entendéis? —preguntó Tolcet, el mago de Berfil, a
Halsa y Cebolla—. Estos son los magos de Berfil. Son jóvenes, la mayoría. Aún
no tienen todos sus poderes. Pero aún puede que todo salga bien.
—¿Essa es un mago de Berfil? —preguntó Halsa. Essa, con una
pala en la mano, alzó la mirada hacia la torre, como si hubiera oído a Halsa.
Sonrió y se encogió de hombros, como diciendo: «Quizá lo soy, quizá no, pero
¿no es un buen chiste? ¿Nunca lo imaginaste?».
Tolcet hizo que Halsa y Cebolla se dieran la vuelta y
quedaran de cara al espejo que colgaba de la pared. Les puso sus fuertes manos
moteadas sobre los hombros durante un minuto, como para infundirles valor.
Luego señaló al espejo, a los reflejos de Halsa y de Cebolla, que les devolvían
atónitos la mirada. Tolcet comenzó a reír. A pesar de todo, rió tanto que se le
saltaron las lágrimas. Resopló. Cebolla y Halsa comenzaron también a reír. No
podían evitarlo. La habitación del mago estaba cargada de magia, igual que los
pantanos, y que Tolcet, y el espejo donde los niños y Tolcet se reflejaban, y
los niños, también estaban cargados de magia.
Tolcet señaló de nuevo al espejo. Y su reflejo señaló
directamente a Halsa y Cebolla.
—¡Aquí están ante vosotros! —dijo Tolcet—. ¡Ja! ¿Los
conocéis? ¡Aquí están los magos de Berfil!
