Rosario Castellanos
Al caminar por las calles de Jobel (con los párpados bajos
como correspondía a la humildad de su persona) Teodoro Méndez Acubal encontró
una moneda. Semicubierta por las basuras del suelo, sucia de lodo, opaca por el
uso, había pasado inadvertida para los caxlanes. Porque los caxlanes andan con
la cabeza en alto. Por orgullo, avizorando desde lejos los importantes negocios
que los reclaman.
Teodoro se detuvo, más por incredulidad que por codicia.
Arrodillado, con el pretexto de asegurar las correas de uno de sus caites,
esperó a que ninguno lo observase para recoger su hallazgo. Precipitadamente lo
escondió entre las vueltas de su faja.
Volvió a ponerse de pie, tambaleante, pues lo había tomado
una especie de mareo: flojedad en las coyunturas, sequedad en la boca, la
visión turbia como si sus entrañas estuvieran latiendo en medio de las cejas.
Dando tumbos de lado a lado, lo mismo que los ebrios,
Teodoro echó a andar. En más de una ocasión los transeúntes lo empujaban para
impedir que los atropellase. Pero el ánimo de Teodoro estaba excesivamente
turbado como para cuidar de lo que sucedía en torno suyo. La moneda, oculta
entre los pliegues del cinturón, lo había convertido en otro hombre. Un hombre
más fuerte que antes, es verdad. Pero también más temeroso.
Se apartó un tanto de la vereda por la que regresaba a su
paraje y se sentó sobre el tronco de un árbol. ¿Y si todo no hubiera sido más
que un sueño? Pálido de ansiedad, Teodoro se llevó las manos al cinturón. Sí,
allí estaba, dura, redonda, la moneda. Teodoro la desenvolvió, la humedeció con
saliva y vaho, la frotó contra la tela de su ropa. Sobre el metal (plata debía
de ser, a juzgar por su blancura) aparecieron las líneas de un perfil.
Soberbio. Y alrededor letras, números, signos. Sopesándola, mordiéndola,
haciéndola que tintinease, Teodoro pudo —al fin— calcular su valor.
De modo que ahora, por un golpe de suerte, se había vuelto
rico. Más que si fuera dueño de un rebaño de ovejas, más que si poseyese una
enorme extensión de milpas. Era tan rico como… como un caxlán. Y Teodoro se
asombró de que el calor de su piel siguiera siendo el mismo.
Las imágenes de la gente de su familia (la mujer, los tres
hijos, los padres ancianos) quisieron insinuarse en las ensoñaciones de
Teodoro. Pero las desechó con un ademán de disgusto. No tenía por qué
participar a nadie su hallazgo ni mucho menos compartirlo. Trabajaba para
mantener la casa. Eso está bien, es costumbre, es obligación. Pero lo demás, lo
de la suerte, era suyo. Exclusivamente suyo.
Así que cuando Teodoro llegó a su jacal y se sentó junto al
rescoldo para comer, no dijo nada. Su silencio le producía vergüenza, como si
callar fuera burlarse de los otros. Y como un castigo inmediato crecía, junto a
la vergüenza, una sensación de soledad. Teodoro era un hombre aparte,
amordazado por un secreto. Y se angustiaba con un malestar físico, un calambre
en el estómago, un escalofrío en los tuétanos. ¿Por qué sufrir así? Era
suficiente una palabra y aquel dolor se desvanecería. Para obligarse a no
pronunciarla Teodoro palpó, a través del tejido del cinturón, el bulto que
hacía el metal.
Durante la noche, desvelado, se dijo: ¿qué compraré? Porque
jamás, hasta ahora, había deseado tener cosas. Estaba tan convencido de que no
le pertenecían que pasaba junto a ellas sin curiosidad, sin avidez. Y ahora no
iba a antojársele pensar en lo necesario, manta, machetes, sombreros. No. Eso
se compra con lo que se gana. Pero Méndez Acubal no había ganado esta moneda.
Era su suerte, era un regalo. Se la dieron para que jugara con ella, para que
la perdiera, para que se proporcionara algo inútil y hermoso.
Teodoro no sabía nada acerca de precios. A partir de su
siguiente viaje a Jobel empezó a fijarse en los tratos entre marchantes. Ambos
parecían calmosos. Afectando uno, ya falta de interés, otro, ya deseo de
complacencia, hablaban de reales, de tostones, de libras, de varas. De más
cosas aún, que giraban vertiginosamente alrededor de la cabeza de Teodoro sin
dejarse atrapar.
Fatigado, Teodoro no quiso seguir arguyendo más y se abandonó
a una convicción deliciosa: la de que a cambio de la moneda de plata podía
adquirir lo que quisiera.
Pasaron meses antes de que Méndez Acubal hubiese hecho su
elección irrevocable. Era una figura de pasta, la estatuilla de una virgen. Fue
también un hallazgo, porque la figura yacía entre el hacinamiento de objetos
que decoraban el escaparate de una tienda. Desde esa ocasión Teodoro la rondaba
como un enamorado. Pasaban horas y horas. Y siempre él, como un centinela,
allí, junto a los vidrios.
Don Agustín Velasco, el comerciante, vigilaba con sus
astutos y pequeños ojos (ojos de marticuil, como decía, entre mimos, su madre)
desde el interior de la tienda.
Aun antes de que Teodoro adquiriese la costumbre de
apostarse ante la fachada del establecimiento, sus facciones habían llamado la
atención de don Agustín. A ningún ladino se le pierde la cara de un chamula
cuando lo ha visto caminar sobre las aceras (reservadas para los caxlanes) y
menos cuando camina con lentitud como quien va de paseo. No era usual que esto
sucediese y don Agustín ni siquiera lo habría considerado posible. Pero ahora
tuvo que admitir que las cosas podían llegar más lejos: que un indio era capaz
de atreverse también a pararse ante una vitrina y contemplar lo que allí se
exhibe no sólo con el aplomo del que sabe apreciar, sino con la suficiencia, un
poco insolente, del comprador.
El flaco y amarillento rostro de don Agustín se arrugó en una
mueca de desprecio. Que un indio adquiera en la Calle Real de Guadalupe velas
para sus santos, aguardiente para sus fiestas, aperos para su trabajo, está
bien. La gente que trafica con ellos no tiene sangre ni apellidos ilustres, no
ha heredado fortunas y le corresponde ejercer un oficio vil. Que un indio entre
en una botica para solicitar polvos de pezuña de la gran bestia, aceite guapo,
unturas milagrosas, puede tolerarse. Al fin y al cabo los boticarios pertenecen
a familias de medio pelo, que quisieran alzarse y alternar con las mejores y
por eso es bueno que los indios los humillen frecuentando sus expendios.
Pero que un indio se vuelva de piedra frente a una joyería …
Y no cualquier joyería, sino la de don Agustín Velasco, uno de los
descendientes de los conquistadores, bien recibido en los mejores círculos,
apreciado por sus colegas, era —por lo menos— inexplicable. A menos que…
Una sospecha comenzó a angustiarle. ¿Y si la audacia de este
chamula se apoyaba en la fuerza de su tribu? No sería la primera vez, reconoció
el comerciante con amargura. Rumores, ¿dónde había oído él rumores de
sublevación? Rápidamente don Agustín repasó los sitios que había visitado
durante los últimos días: el Palacio Episcopal, el Casino, la tertulia de doña
Romelia Ochoa.
¡Qué estupidez! Don Agustín sonrió con una condescendiente
burla de sí mismo. Cuánta razón tenía Su Ilustrísima, don Manuel Oropeza,
cuando afirmaba que no hay pecado sin castigo. Y don Agustín, que no tenía
afición por la copa ni por el tabaco, que había guardado rigurosamente la
continencia, era esclavo de un vicio: la conversación.
Furtivo, acechaba los diálogos en los portales, en el
mercado, en la misma Catedral. Don Agustín era el primero en enterarse de los
chismes, en adivinar los escándalos y se desvivía por recibir confidencias, por
ser depositario de secretos y servir intrigas. Y en las noches, después de la
cena (el chocolate bien espeso con el que su madre lo premiaba de las fatigas y
preocupaciones cotidianas), don Agustín asistía puntualmente a alguna pequeña
reunión. Allí se charlaba, se contaban historias. De noviazgos, de pleitos por
cuestiones de herencia, de súbitas e inexplicables fortunas, de duelos. Durante
varias noches la plática había girado en torno de un tema: las sublevaciones de
los indios. Todos los presentes habían sido testigos, víctimas, combatientes y
vencedores de alguna. Recordaban detalles de los que habían sido protagonistas.
Imágenes terribles que echaban a temblar a don Agustín: quince mil chamulas en
pie de guerra, sitiando Ciudad Real. Las fincas saqueadas, los hombres
asesinados, las mujeres (no, no, hay que ahuyentar estos malos pensamientos)
las mujeres… en fin, violadas.
La victoria se inclinaba siempre al lado de los caxlanes
(otra cosa hubiera sido inconcebible), pero a cambio de cuán enormes
sacrificios, de qué cuantiosas pérdidas.
¿Sirve de algo la experiencia? A juzgar por ese indio parado
ante el escaparate de su joyería, don Agustín decidió que no. Las habitantes de
Ciudad Real, absortos en sus tareas de intereses cotidianos, olvidaban el
pasado, que debía servirles de lección, y vivían como si no los amenazara
ningún peligro. Don Agustín se horrorizó de tal inconciencia. La seguridad de
su vida era tan frágil que había bastado la cara de un chamula, vista al través
de un cristal, para hacerla añicos.
Don Agustín volvió a mirar a la calle con la inconfesada
esperanza de que la figura de aquel indio ya no estuviera allí. Pero Méndez
Acubal permanecía aún, inmóvil, atento.
Los transeúntes pasaban junto a él sin dar señales de alarma
ni de extrañeza. Esto (y los rumores pacíficos que llegaban del fondo de la
casa) devolvieron la tranquilidad a don Agustín. Ahora su espanto no encontraba
justificación. Los sucesos de Cancuc, el asedio de Pedro Díaz Cuscat a Jobel,
las amenazas del Pajarito, no podían repetirse. Eran otros tiempos, más seguros
para la gente decente.
Y además, ¿quién iba a proporcionar armas, quién iba a
acaudillar a los rebeldes? El indio que estaba aquí, aplastando la nariz contra
la vidriera de la joyería, estaba solo. Y si se sobrepasaba nadie más que los
coletos tenían la culpa. Ninguno estaba obligado a respetarlos si ellos mismos
no se daban a respetar. Don Agustín desaprobó la conducta de sus coterráneos
como si hubiera siso traicionado por ellos.
—Dicen que algunos, muy pocos con el favor de Dios, llegan
hasta el punto de dar la mano a los indios. ¡A los indios, una raza de
ladrones!
El calificativo cobraba en la boca de don Agustín una
peculiar fuerza injuriosa. No únicamente por el sentido de la propiedad, tan
desarrollado en él como en cualquiera de su profesión, sino por una
circunstancia especial.
Don Agustín no tenía la franqueza de admitirlo, pero lo
atormentaba la sospecha de que era un inútil. Y lo que es peor aún, su madre se
la confirmaba de muchas maneras. Su actitud ante este hijo único (hijo de Santa
Ana, decía), nacido cuando ya era más un estorbo que un consuelo, era de
cristiana resignación. El niño —su madre y las criadas seguían llamándolo así a
pesar de que don Agustín había sobrepasado la cuarentena— era muy tímido, muy
apocado, muy sin iniciativa. ¡Cuántas oportunidades de realizar buenos negocios
se le habían ido de entre las manos! ¡Y cuántas, de las que él consideró como
tales, no resultaron a la postre más que fracasos! La fortuna de los Velascos
había venido mermando considerablemente desde que don Agustín llevaba las
riendas de los asuntos. Y en cuanto al prestigio de la firma, se sostenía a
duras penas, gracias al respeto que en todos logró infundir el difunto a quien
madre e hijo guardaban todavía luto.
¿Pero qué podía esperarse de un apulismado, de un “niño
viejo”? La madre de don Agustín movía la cabeza suspirando. Y redoblaba los
halagos, las condescendencias, los mimos, pues éste era su modo se sentir
desdén.
Por instinto, el comerciante supo que tenía frente a sí la
ocasión de demostrar a los demás, a sí mismo, su valor. Su celo, su
perspicacia, resultarían evidentes para todos. Y una simple palabra —ladrón— le
había proporcionado la clave: el hombre que aplastaba su nariz contra el
cristal de su joyería era un ladrón. No cabía duda. Por lo demás el caso era
muy común. Don Agustín recordaba innumerables anécdotas de raterías y aun de
hurtos mayores atribuidos a los indios.
Satisfecho de sus deducciones don Agustín no se conformó con
apercibirse a la defensa. Su sentido de la solidaridad de raza, de clase y de
profesión, le obligó a comunicar sus recelos a otros comerciantes y juntos
ocurrieron a la policía. El vecindario estaba sobre aviso gracias a la
diligencia de don Agustín.
Pero el suscitador de aquellas preocupaciones se perdió de
vista durante algún tiempo. Al cabo de las semanas volvió a aparecer en el
sitio de costumbre y la misma actitud: haciendo guardia. Porque Teodoro no se
atrevía a entrar. Ningún chamula había intentado nunca osadía semejante. Si él
se arriesgase a ser el primero seguramente lo arrojarían a la calle antes de
que uno de sus piojos ensuciara la habitación. Pero, poniéndose en la remota
posibilidad de que no lo expulsasen, si le permitían permanecer en el interior
de la tienda el tiempo suficiente para hablar, Teodoro no habría sabido exponer
sus deseos. No entendía, no hablaba castilla. Para que se le destaparan las
orejas, para que se le soltara la lengua, había estado bebiendo aceite guapo.
El licor le había infundido una sensación de poder. La sangre corría, caliente
y rápida, por sus venas. La facilidad movía sus músculos, dictaba sus acciones.
Como en sueños traspasó el umbral de la joyería. Pero el frío y la humedad, el
tufo de aire encerrado y quieto, le hicieron volver en sí con un sobresalto de
terror. Desde un estuche lo fulminaba el ojo de un diamante.
—¿Qué se te ofrece, chamulita? ¿Qué se te ofrece?
Con las repeticiones don Agustín procuraba ganar tiempo. A
tientas buscaba su pistola dentro del primer cajón del mostrador. El silencio
del indio lo asustó más que ninguna amenaza. No se atrevía a alzar la vista
hasta que tuvo el arma en la mano.
Encontró una mirada que lo paralizó. Una mirada de sorpresa,
de reproche. ¿Por qué lo miraban así? Don Agustín no era culpable. Era un
hombre honrado, nunca había hecho daño a nadie. ¡Y sería la primera víctima de
estos indios que de pronto se habían constituido en jueces! Aquí estaba ya el
verdugo, con el pie a punto de avanzar, con los dedos hurgando entre los
pliegues del cinturón, prontos a extraer quién sabe qué instrumento de
exterminio.
Don Agustín tenía empuñada la pistola, pero no era capaz de
dispararla. Gritó pidiendo socorro a los gendarmes.
Cuando Teodoro quiso huir no pudo, porque el gentío se había
aglomerado en las puertas de la tienda cortándole la retirada. Vociferaciones,
gestos, rostros iracundos. Los gendarmes sacudían al indio, hacían preguntas,
lo registraban. Cuando la moneda de plata apareció entre los pliegues de su
faja, un alarido de triunfo enardecía a la multitud. Don Agustín hacía ademanes
vehementes mostrando la moneda. Los gritos le hinchaban el cuello.
—¡Ladrón! ¡Ladrón!
Teodoro Méndez Acubal fue llevado a la cárcel. Como la
acusación que pesaba sobre él era muy común, ninguno de los funcionarios se dio
prisa por conocer su causa. El expediente se volvió amarillo en los estantes de
la delegación.
