Arturo Uslar Pietri
La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho
y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como de lluvia. En la
sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo
zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se
oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre
del rincón. La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los
árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente
terroso y sólido.
Se oía en el hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre
girando ansiosamente.
La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió, trató
de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró un chinchorro
quieto y pesado, y llamó con voz agria:
-¡Jesuso!
Calmó la voz esperando respuesta y entretanto, comentó
alzadamente:
-Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si
estuviera muerto… El dormido salió a la vista con la llamada, desperezose y
preguntó con voz cansina:
-¿Qué pasa, Eusebia? ¿Qué escándalo es ése? ¡Ni a la noche
puede dejar en paz a la gente!
-Cállate, Jesuso, y oye.
-Qué.
-Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! Y ni lo oyes. ¡Hasta
sordo te has puesto!
Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a
la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio
desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la
ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.
Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una
gota. Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostose en el marco de la
puerta.
-¿Ves, vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la
paciencia.
La mujer quedose con los ojos fijos mirando la gran claridad
que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó la mejilla.
El vaho cálido inundaba el recinto.
Jesuso tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el
chinchorro, estirose y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida.
Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.
La tierra estaba seca como una piel áspera, seca hasta el
extremo de las raíces, ya como huesos, se sentía flotar sobre ella una fiebre
de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.
Las nubes oscuras como sombra de árbol se habían ido, se
habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el
sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de
luces fijas y metálicas.
En los cerros y en los valle pelados, llenos de grietas como
bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del
agua, mirando señales, escudriñando anuncios…
Sobre los valles y cerros, en cada rancho, pasaban y
repasaban las mismas palabras:
-Cantó el carrao. Va a llover.
-¡No lloverá!
Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.
-Se callaron las chicharras. Va a llover.
-¡No lloverá!
La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.
-Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?
Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre,
comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso
hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se
sintió entrando en el sueño.
Con la primera luz de la mañana, Jesuso salió al conuco y
comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas
vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y
tostadas, los escasos árboles desnudos, y en lo alto de la colina, verde y
profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de
frijol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los
granos rugosos y malogrados.
A medida que subía el sol, la sensación y el calor de aridez
eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul de llama. Jesuso, como
todos los días, iba sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida,
recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en
parte para descansar de la hostil murmuración de Usebia.
Todo lo que dominaba del paisaje, desde la colina, era una
sola variedad de amarillo sediento sobre valles sedientos y estrechos y cerros calvos,
en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.
No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto,
la luz fulgurante. Apenas la sombra sí se iba empequeñeciendo. Parecía
aguardarse un incendio.
Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un
animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo
mismo.
-¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con
esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se
pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se
llevó el puente… Está visto que no hay manera… Si no llueve, porque llueve… Si
no llueve, porque no llueve…
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha
perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado en el
fondo de la vereda y alzó los ojos.
Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en
cuclillas, fijo y abstraído mirando hacia el suelo.
Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo
advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que
hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y
turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese
instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.
-Y se rompió la represa… ya ha venido la corriente… bruum…
bruum, y la gente corriendo… y se lo llevó la hacienda de tío sapo… y después
el hato de tía tara… y todos los palos grandes… zaas… bruuuum… ya y ahora tía
hormiga metida en ese aguazón…
Sintió la mirada, volviose bruscamente, miró con susto la
cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.
Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el
pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza
inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo
cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humando de uso, plegando sobre las
orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño
animal inquieto y ágil. Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonríe.
-¿De dónde sales, muchacho?
-De por ahí…
-¿De dónde?
-De por ahí…
Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se
alcanzaban.
-Caminando.
La impresión de la respuesta dábale cierto tomo autoritario
y alto, que extrañó al hombre.
-¿Cómo te llamas?
-Como me puso el cura.
Jesuso arrugó el gesto, desagradado por la actitud terca y
huraña. El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión
confiada y familiar.
-No seas malcriado -comenzó el viejo, pero desarmado por la
gracia bajó a un tono más íntimo-. ¿Por qué no contestas?
-¿Para qué pregunta? -replicó con candor extraordinario.
-Tú escondes algo.
-No, señor.
Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando
un juego.
-O has hecho alguna lavativa.
-No, señor.
Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:
-O te empezaron a comer las patas y te fuiste, ¿ah,
vagabundito?
El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies,
los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.
-¿Y para dónde vas ahora?
-Para ninguna parte.
-¿Y qué estás haciendo?
-Lo que usted ve.
-¡Buena cochinada!
El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados
frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos.
Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo
romper, empezó a caminar lentamente como un animal fantástico, advirtió que lo
estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al
niño.
-¿Vienes? -le preguntó simplemente.
Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.
En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada
encendiendo fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón
de papeles amarillos.
-Usebia, mira -llamó con timidez-, mira lo que ha llegado.
-Ujú -gruñó sin tornarse, y continuó soplando.
El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como
presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.
-¡Mira, pues!
Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con
esfuerzo por los ojos llorosos de humo.
-¿Ah?
Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.
-Ajá. ¿Quién es?
Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.
-¿Quién eres?
-Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinvergüenza
no contesta.
Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole,
pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a
un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta
amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras éste
mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al
viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.
Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de
recuerdo.
-¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.
La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una
compungida emoción los acercaba.
-Ca-ci-que… -dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.
El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y
pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.
A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz
situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho.
El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los
ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.
Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose
para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa,
el pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque
de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.
Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se
atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la
olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a
ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.
Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las
piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle
un silbido menudo y libre que no recordaba: música.
Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:
-¿Quién es el grillo que chilla?
Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta
sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto
de los pájaros.
-¡Cacique! -insinuó casi con vergüenza- ¡Cacique!
Mucho gusto le produjo al oír el ¡ah! del niño.
-¿Como que te está gustando el nombre?
Una pausa y añadió:
-Yo me llamo Usebia.
Oyó como un eco apagado:
-Velita de sebo…
Sonrió entre sorprendida y disgustada.
-¿Como que te gusta poner nombres?
-Usted fue quien me lo puso a mí.
-Verdad es.
Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra
que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil,
casi dolorosa, la expresión.
Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria
tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño
recomenzó el silbido. La luz crecía, haciéndose más pesado el silencio. Hubiera
querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la
cabeza, o huir a la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.
Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la
tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que
fluía como la sangre de una vena rota.
-Tú vas a ver cómo todo cambiará ahora, Cacique. Yo ya no
podía aguantar más a Jesuso…
La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las
palabras. Le pareció que el muchacho había dicho “lechuzo”, y sonrió con
torpeza, no sabiendo si era la resonancia de sus propias palabras.
-…no sé cómo lo he aguantado por toda la vida. Siempre ha
sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí…
El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el
recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.
-…ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros
hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año,
Cacique… Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como
si quisiera que la oyese alguien más lejos:
-… no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo
quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!
La voz cálida en el aire tórrido trajo una ansia de frescura
imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada. Las hojas
secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las
demás preocupaciones.
Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz
dolorosa:
-Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.
Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y
sentía un contento íntimo como si preparara una ceremonia extraordinaria, como
si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.
Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más
hermosas, parecían vivir por primera vez.
-¿Está buena la comida, Usebia?
La respuesta fue extraordinaria como la pregunta.
-Está buena, viejo
El niño estaba fuera, pero su presencia llegaba hasta ellos
de un modo imperceptible y eficaz.
La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les
provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que
antes nunca habían tenido importancia. Alpargaticas menudas, pequeños caballos
de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irisado.
El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos
parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban
hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlo solamente.
-Jesuso…
-Usebia…
Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa
ligera, como fuente que brotaba.
Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó
la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una
cerbatana.
-¡Cacique, vente a comer!
El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto
verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la
veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y
monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz
del muchacho, que canturreaba interminablemente:
-“Cerbatana, cerbatanita, ¿de que tamaño es tu conuquito?”.
El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras,
como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de
la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el
aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.
-Cacique, vente a comer.
Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un
largo viaje. Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el
almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se
destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.
Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando
por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo.
Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos
consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en
que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso
inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que
entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa.
Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echose a lo largo. Oyó sin
extrañeza cómo lo interpelaba.
-¡Ajá! ¿Como que arreció la flojera?
Buscó una excusa.
-¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?
Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más
simpatía.
-¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un buen
aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!
-La calor es mucha y el cielo putiro. No se mira venir agua
de ningún lado.
-Pero si lloviera se pudiera hacer otra siembra.
-Sí, se podría.
-Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.
-Sí, daría.
-Con un solo aguacero, se pondría verdecita toda esa falta.
-Y con plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace
mucha falta. Y unos camisones para ti, Usebia.
