Walter De la Mare
Hay en este mundo, estoy segura, mucha gente excelente que
niega que exista algo de naturaleza trágica en conexión con los niños. Sobre
todo si es algo que lleve en sí lo que ellos consideran como indicios de
morbosidad. Mi propia convicción, no obstante, es que la infancia es un estado
de extremos, tanto para la felicidad como la desgracia. Y hablo por propia
experiencia —derivada de la observación y estudio profundo, mucho antes de que
esa «psicosis» se vuelva locura— cuando digo no sólo que algunas de las más
tristes, graves, terribles y profundas experiencias de la vida pueden ocurrir
en la más tierna edad, sino que, si tienen lugar, sus efectos persisten a lo
largo de toda la vida.
No soy madre de familia. Soy lo que suele llamarse «una
solterona», pero incluso «las solteronas» tenemos derecho a sustentar nuestras
propias convicciones.
Antes que nada debo decir que soy la última de mi familia.
En mi juventud tenía tres hermanas. Philip era hijo único —y póstumo— de la más
joven de ellas, Rachel. Y su madre fue la única de nosotras que se casó. Si las
demás tuvimos o no oportunidad de seguir su ejemplo es cosa que no se discute
aquí. Sea como quiera, permanecimos solteras. La elección de mi hermana fue
funesta; siempre se dejó llevar más por el corazón que por la cabeza. No hay
más que una palabra en el mundo para describir a su marido: inicuo. Era egoísta,
malicioso y vengativo. En el momento en que le conocí advertí a mi hermana
contra él, pero fue en vano. Él fracasó incluso en conseguir una muerte
decente. Menciono todo esto porque su carácter pudo haber influido en lo que
voy a relatar, aunque no podría asegurarlo. Philip nació tres meses después de
que su padre muriera. A pesar de los disgustos y aflicciones que mi pobre
hermana tuvo que soportar en su breve vida matrimonial, no parecía haber nada
malo en el chiquillo. Era un niño tranquilo y tratable, aunque a veces fuera
travieso y tuviera accesos de rabia. Era lo que se dice una criatura
encantadora y yo le quería entrañablemente. Era pequeño para su edad y de
complexión delicada. Al principio, su pelo, que cubría una cabeza larga y
estrecha, era de color de oro pálido, de color de paja, en realidad, pero luego
fue oscureciéndosele hasta quedar en un bonito color castaño claro, y muy fino.
Los peluqueros hacían hincapié en eso muy frecuentemente. Tenía la nariz
pequeña, los ojos un poco hundidos pero gris claro, color que muy raramente
acompaña al de su pelo. Parecía delicado pero en realidad no lo era.
Esa apariencia —y el hecho de que fuera un niño sensible y
solitario— sugería afeminamiento, pero, en su caso, no era más que delicadeza
de espíritu así como de cuerpo. De todos modos, considero un pobre cumplido,
para una mujer, ser considerada hombruna y masculina. Seamos todos lo que
somos. Teniendo eso en cuenta, no obstante, aconsejé a su madre que no lo
llevara a ningún colegio hasta que cumpliera nueve años. Ella se sentía
inclinada a ser indulgente, pero yo creo firmemente en la influencia de una
honrada vida hogareña. Por supuesto, el cariño no siempre es un mentor
perfecto, pero no conozco otro mejor. Y como mi hermana, una mujer todavía
joven, había quedado en muy mala situación, yo tuve el placer y el privilegio
de pagar la educación de Philip.
Contraté una joven y excelente institutriz con carácter. Le
daba clase cinco mañanas a la semana y le enseñó, con facilidad, los
conocimientos básicos. Le advertí especialmente que se mantuviera lo más
apartada posible de todo lo prosaico. Más adelante le mandé a un colegio —un
colegio preparatorio— que una amiga me recomendó diciendo que incluso el
chiquillo más sensible y difícil podía desenvolverse bien e incluso sentirse
feliz. Sus primeros informes —yo insistí en que me tuvieran al corriente de
todo lo que hacía en el colegio, desde lo más insignificante a lo más
importante, en unas palabras que tuve a solas con la directora— eran muy
prometedores. Tanto es así que al final del tercer trimestre ganó un premio de
buena conducta; un premio que, en estos días, siento decirlo, se gana muy poco
frecuentemente. Y no es que considere que esa clase de premios sean prueba de
superioridad, al menos para los inteligentes. Mucho depende, naturalmente, de
lo que se entienda por buena conducta.
Según mi punto de vista, es un error vigilar y proteger
demasiado estrechamente a un niño, aunque sea muy pequeño. Noten que he dicho
demasiado estrechamente. No creo en la eficacia de los mimos. Un niño tiene que
saber enfrentarse con la vida; ha recibido sus propios recursos y defensas para
ello. No es necesario decir que tampoco apruebo el descuido y la estupidez.
Recuerdo, como si lo estuviera viendo, una fiesta infantil a la que asistía una
niña vestida con un trajecito de muselina —una chiquilla preciosa, por cierto—
que tenía todos los síntomas de estar incubando el sarampión: lánguida, febril,
con los ojos y las narices húmedos; lo clásico. Procuré mantenerla a mi lado,
avisé a su niñera, pero ya era demasiado tarde; trece niños que asistieron a la
fiesta cayeron víctimas de la estupidez. Y lo mismo que decimos sobre los
riesgos que corre la salud física, puede decirse de enfermedades y debilidades
mentales. Los terrores nocturnos y otras sobreexcitaciones nerviosas pueden ir
arraigando en las mentes infantiles a causa de una niñera estúpida o por una
disciplina demasiado rigurosa o pueden ser fruto de una oscura herencia. Por
supuesto, también pueden ser defectos connaturales. Cuando era una niña, yo
tampoco era inmune a estos defectos. Me aterrorizaba la gente, por ejemplo; era
tímida, no me atrevía a dar una opinión ni a demostrar afectos. Solía
despreciar y envidiar, a la vez, a la gente «efusiva». Pero la oscuridad jamás
me inspiró miedo. Los hechos demostraron que todos esos terrores no sólo
afectaban a Philip más que a los otros niños, sino que lo hacían en forma muy
especial. En realidad, nunca me he vuelto a encontrar con un caso igual.
Aquel año, hacia finales de diciembre, vino, como siempre, a
pasar conmigo las vacaciones de Navidad. Aquél era un arreglo que yo no había
pedido, sino sólo insinuado, y al que mi hermana consintió muy de su agrado.
Subieron su baúl a su habitación y él y yo nos sentamos a tomar el té al cual
mi cocinera, que lleva muchos años a mi servicio, añadió un huevo pasado por
agua, para él. ¡Nunca he conocido un hombre, ni siquiera viejo, que no
considere que un huevo pasado por agua es una delicia con el té! Cuando estaba
sentado frente a mí, ante la mesa de té, bajo la luz de la lámpara, noté en
seguida que estaba más pálido que de costumbre. Incluso tenía la cara más
delgada y la expresión ansiosa. «Ansiosa» no es una palabra que uno use a gusto
con relación a la expresión de un niño, pero es la que lo definía exactamente.
Además tenía los ojos cansados y rodeados de las sombras moradas de las ojeras.
Eso significa que duerme mal por las noches, me dije para mí.
—No tienes muy buen aspecto, Philip —comenté—. Apenas has
comido, después de un viaje tan largo. ¿A qué hora os acostáis? ¿Cenáis bien?
¿Te aburren las clases? ¿Te has peleado con alguno de tus profesores?… No, no
creo que sea eso.
Si no recuerdo mal, esas fueron, más o menos, las preguntas
que le hice. Como la mayoría de los niños, no se molestó en contestar. Ni
tampoco esperaba que lo hiciera; solamente estaba buscando alguna pista.
—¡Gracias, tía Caroline! —dijo dos o tres veces con su
estilo un poco relamido, ya que era un muchacho muy serio y a mí no me gusta el
idioma infantil artificial—. ¡Gracias tía Caroline! —repitió—. Estoy muy bien.
Soy el tercero o cuarto en todas las asignaturas menos francés y aritmética. Y
soy el primero en inglés. —Después de una pausa, durante la cual yo le sonreía,
añadió que algunas veces no dormía muy bien—. A veces, me quedo despierto de
noche y eso me pasa también de día, algunas veces, tía Caroline.
Extraño: ni siquiera me atreví a preguntarle qué quería
decir aquel eso.
—Bueno, Philip —dije—. Supongo que tiene fácil remedio.
—Estaba preocupada, porque no lograba comprender a qué se refería el niño al
decir eso me pasa también—. Procuraremos que tengas suficiente aire puro en la
habitación y las mantas que necesites; tomarás un vaso de leche caliente con
bizcochos y un poco de agua, de cena, y en caso de que te despiertes por la
noche, Pattie (mi excelente doncella) procurará que tengas una lamparilla en tu
mesita de noche. ¿Tienes luz en la mesilla en tu casa?
—Sí, tía; pero en el colegio no. Y no es una lamparilla,
sino un globo de gas. Es azul y, algunas veces, cuando me despertaba a
medianoche, parecía un ojo que me estaba mirando desde el fondo de la
oscuridad. Pero no era un ojo, claro, sino sólo un globo de gas.
—Bueno, pues tendrás una lamparilla; y nadie podría
confundirla con un ojo, Philip.
Al día siguiente, durante la comida, noté que tenía mejor
aspecto. Era dos días antes de Navidad, para ser exactos; era nuestro Primer
día de la Fiesta, como solíamos llamarlo, y la comida consistía en pollo asado
con verduras, seguido de un flan excelente y ciruelas en dulce. En aquellos
días podían aún encontrarse pequeñas ciruelas francesas. Philip era
aficionadísimo al pudín de pan, que, si no es muy sabroso, en cambio es muy
sano y alimenticio. Durante aquellos días su aspecto mejoró mucho y disfrutó
con la clásica pantomima y una o dos reuniones navideñas. No obstante, observé
que, por muy animado que estuviera durante el día, se iba quedando callado y
taciturno a medida que se acercaba la noche.
La hija pequeña de uno de nuestros vecinos, cuyo nombre no
hace al caso, venía algunas veces, con su niñera, a jugar con Philip. Era una
de esas niñas de suaves ademanes y carita de manzana que son tan raras en
nuestros días. En las primeras horas de la tarde los dos niños jugaban juntos,
completamente felices, pero, hacia el crepúsculo, cuando el día empezaba a
caer, el humor de Philip languidecía visiblemente. Entonces ya no prestaba
atención al juego y a la hora del té sólo charlábamos Rosie y yo, aunque, estoy
segura, la niña hacía lo que podía, a su manera infantil, para que el chico
saliera de su concha y sonriera otra vez. Pero un niño de nueve años que rehúsa
una porción de tarta de manzana y no está enfermo ni siente nostalgia alguna,
ha de tener preocupaciones mentales. Yo lo comprendía así y no le quitaba la
vista de encima. Muy pronto salieron a relucir sus problemas.
Cuando Rosie se fue, Philip cogió un libro de ilustraciones
—un regalo de Navidad— y se sentó en un taburete, cerca del fuego, mientras yo
cogía de nuevo mi labor de punto. Una o dos miradas furtivas que le lancé, me
demostraron que ya no leía, a pesar de que mantenía los ojos fijos en él libro.
Suspirando, volvía a empezar, pero pronto su imaginación erraba de nuevo.
Aquella noche fui dos veces a su habitación. Estaba dormido, muy tranquilo,
mientras la lamparilla ardía en la mesilla. De madrugada me pareció oír un
grito; escuché pero no pasó nada, y dejé la puerta de mi habitación abierta de
par en par. A la mañana siguiente, después de desayunar, pisó sin querer la
cola de mi gato. Aquél fue un accidente afortunado, al menos para Philip. El
gato y él se llevaban muy bien, pero el aullido que lanzó el pobre animal
produjo un efecto muy extraño en Philip: se puso a temblar y de pronto se echó
a llorar. Consideré que aquél era un síntoma inequívoco de un desarreglo
nervioso. Esperé a que levantaran la mesa y entonces le llamé y le dije, usando
un subterfugio:
—Me parece que esta noche no has dormido muy bien. ¿Se
acuerda Pattie de dejarte una lamparilla?
Todavía le estoy viendo, con un traje que se le estaba
quedando pequeño, de pie ante mí sobre la alfombra de piel, con su mano en la
mía, ante el guardafuegos de latón. Un retrato de su abuelo materno, que fue un
clérigo activo y muy erudito, colgaba encima de la chimenea, sobre su cabeza, y
resultaba evidente el parecido que con él tenía. La luz de la ventana —era una
hermosa mañana de invierno, helada— daba de lleno en su cara.
—Sí, tía —replicó—, me la pone.
Pero mientras me hablaba, mirándome de frente, noté que sus
ojos se movían, como involuntariamente, hacia la derecha, y que tenía que hacer
un verdadero esfuerzo para volverlos hacia mí otra vez, sin poder disimular una
desmayada expresión de alarma en sus delicadas facciones. ¿Qué podría significar
todo aquello?, me dije.
—¿Tienes miedo de algo? —pregunté.
Enrojeció y se estremeció violentamente. Afirmó con la
cabeza.
—¿Aquí, en esta habitación? —dije, al tiempo que echaba una
mirada al rincón hacia el que se había vuelto. Allí no había nada que pudiera
producirle aprensión. Por lo menos, nada que no fuera lo de siempre: un busto
de Cicerón en un pedestal, cerca de la librería. Una posesión preciosa para mi
padre, pero con un niño nunca se sabe.
—¿Qué es lo que te inquieta? Dímelo, Philip.
Hablé naturalmente, con voz suave, acariciando sus dedos.
—Me asusta lo que veo, tía Caroline.
—¿Lo que ves? ¿Dónde? —le presioné—. Mira al jardín, limpio
y resplandeciente; a los árboles, con sus ramas cubiertas de escarcha, casi tan
espesa como la nieve. La oscuridad, ya lo sabes, puede hacer que no los veamos,
pero ellos seguirán siendo los mismos… No hay nada malo en el jardín. Y
nosotros también somos siempre los mismos, haya luz o no. ¿Hay algo que
perturba tu mente, Philip? Mira al gato; sabe tan bien como nosotros que lo que
ha ocurrido antes no es más que un accidente.
—No es eso —me dijo—. Es lo que veo… en mi interior. Cuando
muevo los ojos así, tía Caroline. —Apenas se movió—. Empezó hace mucho tiempo;
pero… sólo ocurre a veces.
—¿Cómo, a veces? ¿De noche también?
A fuerza de irle sonsacando cuidadosamente, llegué a
averiguar que lo que le turbaba no era más, así lo creí entonces, que una pura
fantasía. Me dijo que cuando volvía los ojos en cierta dirección, hasta el
extremo de las órbitas —y después de unos experimentos de esa especie se
atrevía a hacerlo muy raras veces —veía una silueta, una figura. Un ser oscuro,
pequeño, raquítico, con la espalda jorobada y la cabeza torcida, según creí
entender, y que le miraba fijamente. Me sentí muy preocupada. Fantasía o no, no
cabía duda de que un niño tan sensible tenía que turbarse profundamente con la
visión de una cosa tan desagradable, aunque no fuera más que pura ilusión.
—Vamos a ver, Philip —le insté—. Estamos tú y yo solos, dime
la verdad. Todo eso no son más que figuraciones tuyas, ¿no? Si quisiéramos
podríamos ver la cara de tu madre en seguida; en la imaginación, quiero decir,
¿no es eso? Pero sólo sería imaginación, y al momento siguiente habría
desaparecido. Tú no puedes ver nada; prueba otra vez.
—¡Oh, tía! —exclamó echándome los brazos al cuello y
rompiendo de nuevo en llanto—, es igual, igual que aquel espantoso demonio.
Me alarmé, lo confieso; pero procuré que no trasluciera.
—¿Y quién te ha hablado a ti del demonio?
—Nadie, nadie —gritó apasionadamente—. Le vi en un libro.
—¡Ah! —dije—. En un libro. Un dibujo. Entonces todo viene de
ahí.
—Sí, tía —suspiró—; ahora. Pero la silueta de que te estoy
hablando la vi antes de leer el libro.
Yo deseaba ardientemente tranquilizar al chiquillo, y volví
a asegurarle que todo debían ser fantasías; que no era más que un sueño que le
tenía encandilado incluso en pleno día; que Dios protege a los niños y que los
inocentes no tienen nada que temer. Tuve muy buen cuidado de no decir nada más
que lo que realmente creía.
—Y ahora sé valiente y prueba —le dije—. Prueba otra vez.
—Pero comprende, tía —se lamentó—, no siempre está ahí. Y no
puedo. ¡No me atrevo!
Hice que mi médico de cabecera le viera. Declaró que el niño
estaba flojo, muy nervioso, y todo eso. Ya lo sabía. Le recetó una sobrealimentación
y, para mi sorpresa, sugirió que podríamos darle una copita de vino por la
mañana y por la tarde. Cuando me dan un consejo que creo, o que me parece tener
razones para considerarlo bueno, lo sigo. Y confiando en que el tratamiento
pondría las cosas en su sitio, no consideré necesario escribir a su madre. Las
cosas mejoraron. Ninguno de los dos volvimos a hacer referencia a sus
problemas, ni la más mínima. ¡No hay que llamar a la desgracia!
Al año siguiente todo parecía estar en orden. Philip celebró
conmigo su décimo cumpleaños y, contrariamente a mis propias convicciones, pero
teniendo en cuenta lo mucho que había mejorado y que parecía más seguro de sí
mismo, le pregunté, como en broma, en el momento en que traían a la mesa su
flan favorito, una jalea de frutas, si seguían molestándole aquellas antiguas
imaginaciones. En el acto supo a qué me refería, y enfrentó el problema con
bastante soltura, según me pareció:
—Sí, de vez en cuando —me dijo—. Pero ahora nunca miro,
realmente. Está ahí pero pienso que, a menos que me empeñe mucho, no puedo
verle. Claro que de noche… Uno no puede evitarlo cuando está dormido, ¿verdad,
tía Caroline?
Qué diferentes eran su voz y sus modales, en comparación con
el año anterior. Teniendo eso en cuenta, tuve en la punta de los labios
aconsejarle que probara de mirar de vez en cuando. Y también hablarle sobre mi
profunda creencia en los seres llamados ángeles de la guarda. Pero aunque no
deseo ser poco caritativa, la gente incluso la que cree firmemente en ellos, les
presta muy poca atención. Y por miedo de que pudieran reírse de él en el
colegio a causa de ello, me callé. Los adultos, desgraciadamente, no siempre
tienen suficiente valor, ni siquiera por el bien de los demás.
—Bueno —le dije—, todos tenemos nuestros problemas, Philip,
y tenemos que aprender a enfrentarlos.
Me miró y sonreímos; nos habíamos entendido muy bien.
—Pattie —añadí—, sirva un poco más de jalea al señorito
Philip.
Cuando reflexiono sobre aquello, me asombra que nunca se me
ocurriera consultar con un oculista. Tal vez se hubieran solucionado las cosas
en un momento. Incluso gentes de gran sentido común se creen, ocasionalmente,
víctimas de ilusiones —duendes y tonterías así—. Charles Wesley, por ejemplo. Y
qué fácil es, con el menor pretexto, dar forma y significado a lo que no es más
que pura fantasía. ¿No dijo el poeta Shakespeare, en uno de sus libros, algo
relativo a las «aéreas nonadas», o algo por el estilo? Un oculista bueno y
hábil —y yo me hubiera preocupado de que lo fuera— podría haber atribuido las
fantasías del niño a desarreglos del hígado, como lo son esas motas flotantes
que se ven a veces, al mirar a un techo blanco. En cuanto a los especialistas
mentales, que están tan en boga en nuestros días, confieso que siento hacia ellos
cierta prevención y muy poca fe. Puede que esté equivocada, pero considero que
hurgar en una mente infantil es un experimento muy peligroso y, puesta en malas
manos, la operación puede ser tan chapucera como la de un chiquillo arreglando
su reloj con un cortaplumas, y el resultado suele ser el mismo.
Aquí tengo que añadir un pequeño detalle. Descubrí que aquel
ser, aquella sombra vigilante que Philip aseguraba ver en ciertas ocasiones, no
tenía forma estacionaria. La joroba de la espalda podía tomar forma de alas
plegadas, las cuales, por lo menos en una ocasión, según me dijo, se
desplegaban, como las de los cuervos y los buitres que vemos en las
ilustraciones de Gustavo Doré, para el Paraíso Perdido de Milton, ¿o era de
Dante? Pero hay, no cabe duda, un dibujo a propósito de ello…
El año siguiente, Philip se portó admirablemente en el
colegio. Tuvo una enfermedad de la que se recuperó completamente. Seguía
pareciendo poco robusto, pero sólo en «apariencia». Era un encantador muchacho
inglés, honrado y bastante guapo; no parecía capaz de agenciarse muchos amigos,
pero los que tenía eran muy buenos, y eso es lo principal. Y me siento feliz de
reconocer que no había heredado ninguna tara desagradable de su padre. No
obstante, mi confianza y las esperanzas que había puesto en él —y no hay
palabras que puedan expresar mis sentimientos, ni siquiera ahora, después de
tantos años de lo que pasó— estaban destinados a hacerse pedazos.
Unas semanas después de su doceavo cumpleaños, el siete de
junio, recibí un telegrama del director del colegio. Sólo cuatro palabras que
me impresionaron mucho más de lo que pueda decir: «Venga en seguida, enfermedad
grave». «Grave», aquella palabra era suficiente. Veinticuatro horas después de
recibir el mensaje estaba en el colegio y fui recibida en seguida por el
director, que, para consternación mía, me dijo que Philip había intentado huir
del colegio dos días antes.
—¿Huir? —repetí, palideciendo, mirando fijamente a mi
informante—. ¿Philip? ¿Por qué? ¿A dónde?
Por dos o tres pequeños detalles, a pesar de sus atildadas
maneras y de las palabras que elegía cuidadosamente, comprendí que el director,
Mr. Morgan, estaba profundamente impresionado por lo que había ocurrido. Y no
tengo intención de ser injusta. Sencillamente, yo trataba de analizar los
hechos, y un par de preguntas pusieron pronto en claro que la información no
estaba muy en «armonía» con los hechos. Desde luego no había duda de que Philip
había tenido intención de escaparse ya que apareció, encerrada en su armario,
una cuerda vieja del gimnasio, escondida entre sus ropas domingueras.
Lo que al parecer ocurrió es lo siguiente: Por una razón u
otra, el pobre chico llevaba unos días descuidando su trabajo en el colegio.
Nada de mayor importancia que falta de atención y tendencia a quedarse
abstraído, a soñar despierto, con aquella mirada lejana que yo conocía tan
bien. También había tenido disgustos por dejar comida en el plato. Falta de
apetito, sugerí. Por otra parte, no había dado muestras positivas de sentirse
desgraciado y, desde luego no hizo nada deliberadamente malo. Ni, a lo que
parecía, había hablado con alma viviente en el colegio de lo que pensaba hacer,
ni siquiera a su amigo más íntimo, un muchacho pecoso, con cara de buena
persona, llamado Ollit.
El martes último, no obstante, unos minutos antes de
medianoche, sin despertar ni estorbar a ninguno de los cuatro muchachos que
compartían el dormitorio con él, se levantó de la cama, abrió la ventana y se
deslizó por el borde de piedra que había más allá. Era, según recuerdo yo
misma, una noche dulce y tranquila iluminada por la serena luz de la luna. La
cuerda no había sido usada, eso era cierto: se quedó encerrada en el armario.
—Si estaba despierto, o por lo menos medio despierto, ¿por
qué no usó la cuerda? —sugerí.
El director me miró fijamente, pero no encontró palabras
para expresar sus sentimientos.
—Mi propia convicción —y no veo razón ninguna para cambiarla
ahora— es que, arrastrado quizá por alguna pesadilla, Philip empezó a andar
dormido. No había ni una brizna de aire aquella noche ni nada que pudiera haber
alarmado al pobre chiquillo. Y entonces, la luz de la luna, o una íntima
consciencia de peligro, o algo así, se desarrolló en su mente dormida y le
impulsó a obrar. Frenética y desesperadamente, intentó trepar hacia arriba,
hacia la seguridad. Pero en vano. El niño, inconsciente, Dios lo quiera así, de
lo que le rodeaba y bajo la influencia de sus sueños, se cayó de cabeza en el
sendero de piedra que corría bajo la ventana del dormitorio. Unos minutos
después le encontraron allí, desmayado, muy mal herido. La cara del director,
sentado frente a mí, expresaba claramente cuán pocas esperanzas había de
salvación. Los dos permanecimos en silencio. El director no tenía la culpa de
cuanto había ocurrido, nadie podía culparle, y así se lo dije sin la menor
vacilación.
Me llevaron a la enfermería: una habitación blanca, muy
cuidada y soleada. Sobre la mesa había un ramillete de flores —recuerdo que
rosas—. La habitación tenía tres camas; más allá de la última de ellas, en un
pequeño recinto, estaba el cuarto de la enfermera, del cual acababa de salir
ella hacía solamente unos minutos. Estaba leyendo un libro, en voz baja, con la
cabeza inclinada; tenía la cara pequeña y pálida y parecía más joven de lo que
creo que debía ser, su pelo era claro y sus ojos grises y tranquilos. En
ocasiones como esas uno es más observador de lo corriente. Realmente, ella
parecía apenas un poco más que una niña. Al verme dejó el libro, se levantó de
su silla, hizo una reverencia —cosa que hoy día hacen muy raras veces las
muchachas de ninguna clase— y abandonó la habitación.
Mi querido muchacho yacía de espaldas, sin sufrimiento
alguno, afortunadamente, por entonces. Estaba tranquilo, parecía estar
durmiendo, o a punto de quedarse dormido. Me senté en la silla que había
quedado vacante y le contemplé. No dijimos una palabra en toda la tarde. Al día
siguiente llegó una enfermera especializada para cuidar de él. A mí me
permitieron verle inmediatamente después de la comida. Su madre no podría
llegar hasta el otro día y existía el temor de que llegara demasiado tarde. Él
no me oyó llegar hasta su cama, silenciosamente, y sentarme a su lado, en la
silla. Yacía con los ojos cerrados, mortalmente pálido, moviendo la cabeza en
la almohada, sin descanso. Permanecí a su lado, contemplándole con el corazón
encogido. Sus labios empezaron a murmurar y las niñas de sus ojos se movieron,
bajo los párpados cerrados.
Tanto si estaba dormido como despierto, sólo había una
interpretación para la expresión de su cara: pesadumbre y, así lo imaginé,
miedo. No pude soportar el verlo.
—Philip —murmuré, inclinándome hacia él. Sus rasgos se
inmovilizaron en el acto.
Aparte de eso, no dio señal alguna de haber oído. Parecía
estar escuchando algo, presa de aguda expectación. Sus ojos grises se abrieron
lentamente y me vio. Fue demasiado tarde; la sonrisa de bienvenida con que me
obsequió no bastó a borrar la fugaz y penetrante desilusión que brilló en lo
profundo de su mirada.
—Tía Caroline —murmuró, después de unos momentos de pausa—.
¿Estoy muy enfermo?
Le sonreí, me agaché y besé sus pálidos dedos.
—Hola, cariño mío —le dije—. Estate quietecito y te pondrás
pronto bien. Y no hay necesidad de que digas nada, si no quieres.
El doctor nos había advertido que no debíamos forzar al
chiquillo a nada, y comprendí muy bien lo que quería decir. En la breve y
entrecortada charla que tuvimos me confió, espontáneamente, que unos días antes
había decidido escaparse. Ir con su madre, lo confieso, no conmigo, y que por
fin decidió que no.
—¿Por qué, Philip? ¿Qué es lo que te hacía tan desgraciado?
—Desgraciado no —me aseguró—. Era demasiado feliz. Pero… ya
sabes, es inútil.
Aquello me dejó completamente perpleja. ¡Pero cómo preguntar
a un niño por qué es feliz!
—¿No hay nada…? Te he estado contemplando mientras dormías…
¿No hay nada en tu imaginación, que te asuste?
Otra vez se revolvieron sus ojos, sin descanso, en sus
órbitas.
—¡Miedo, tía! ¡Oh, no! No me refiero a eso ahora. Quiero
decir que ahora ya no me da miedo. Sigue ahí, pero ya… ya no me importa.
Y, en efecto, lo que en aquel momento vi en su cara no era,
por cierto, miedo, ni terror, ni siquiera desagrado; nada de eso… sino un
deseo, una languidez dolorosa y profunda.
—Oye, Philip —le dije—. Tu madre vendrá pronto; muy pronto.
—Será estupendo —me contestó. Pero, para mi consternación,
puesto que puedo decir sinceramente que nunca, ni de pensamiento, ni de acción,
me había interpuesto entre ellos, faltaba algo, un poco de calor, en aquel
«estupendo», aunque lo decía sinceramente. ¿Qué otra cosa podía estar deseando?
¿Qué podría decir para calmar su mente? Me rompí la cabeza en vano.
La enfermería estaba radiante de luz. Era un encantador día
de verano; el aire fluía desde la ventana, perfumado por las flores del jardín
y el olor del heno recién segado. Desde lejos llegaban las voces de los
muchachos jugando en los campos de recreo. Si el día hubiera sido oscuro,
cubierto de pesadas nubes y con una lluvia persistente, la cosa sería más fácil
de llevar. Yo me creía endurecida, capaz de soportar muchas cosas en el mundo;
pero ahora se me escapaba de las manos una vida que, puedo asegurarlo
sinceramente, me era más preciosa que la mía propia. Y no podía hacer nada.
Nunca, excepto una vez antes, me había sentido tan abandonada y sin esperanzas.
¡Quién consuela a un niño con eso!
Y de pronto, como si fuera una respuesta a mis preguntas, la
pálida carita apoyada en la almohada se suavizó de nuevo. Los ojos, bajo los
párpados, se movieron hacia el extremo, alejándose de mí. Se oyeron pasos y la
puerta se abrió; yo miré hacia allá.
Era la joven encargada de la enfermería. Venía a decirme que
mi hermana había llegado y deseaba reunirse conmigo en el despacho del
director. La miré… Su cara me recordaba vagamente un cuadro antiguo que había
visto. Era una cara no precisamente bonita, pero serena, con algo ingenuo y
remoto en el fondo de los ojos. Por un instante no pude manifestar mis
pensamientos; no sentía el menor deseo de marcharme. Sonreí a la enfermera lo
mejor que pude.
—¿Puedo dejar tranquilo a mi sobrino con usted por unos minutos?
—le dije.
Ella le miró… y yo también.
¿Cómo describir lo que vi? Ya no había expectación, ni
presentimientos, ni ansiedad en la cara que yacía en la almohada. Ni rastro de
todo eso. Sólo una mirada fija en ella, tan cerca del éxtasis como pueda estarlo
una expresión humana. Yo detesto todo lo que se parezca a sentimentalismos,
pero el corazón me dio un vuelco en el pecho. Jamás expresión alguna, ni
siquiera de dolor o desesperada angustia, me había afectado tanto, en forma más
aguda. Hasta aquel trágico momento —y fue, además, la única vez que la pude
observar— no me di cuenta de su profundo e íntimo significado. Pero no había la
menor duda. El pobre chiquillo estaba enamorado.
