Erskine Caldwell
1
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Lonnie. Apartó la mano
de su barbilla al recordar lo que Clem le había dicho. Le hizo sentirse como si
el mero hecho de estar en presencia de Arch Gunnard y mostrar su cara fuera un
delito.
Esa tarde él y Clem habían subido la carretera juntos, de
camino a la estación de servicio. Él le explicó a Clem lo mucho que necesitaba
un par de raciones. Clem se había detenido un instante a apartar de una patada
una piedra del camino y le había dicho que si alguien trabajaba el tiempo
suficiente para Arch Gunnard la cara se le afilaba lo bastante como para rajar
su propio ataúd.
Cuando Lonnie se fue a sentar encima de una caja vacía junto
al surtidor, no pudo menos que desear no tener miedo de Arch Gunnard, como
Clem. A pesar de ser negro, Clem jamás vacilaba cuando pedía las raciones de
comida que necesitaba. O cuando él y su familia no obtenían lo suficiente, Clem
no dudaba en decírselo a Arch. Arch lo consentía, pero juraba que echaría a
Clem de sus tierras en cuanto tuviera una oportunidad.
Lonnie sabía, sin necesidad de darse la vuelta, que Clem
estaba en una esquina de la estación de servicio con otros dos o tres negros, y
que lo estaba mirando. Pero por alguna razón no era capaz de mirar a los ojos
de Clem.
Arch Gunnard estaba sentado al sol, afilando la cuchilla de
su navaja en el borde superior de su bota. Miró una o dos veces a la perra de
Lonnie, Nancy, que estaba echada en medio de la carretera esperando a Lonnie
para regresar a casa.
—¿Es tu perra, Lonnie?
Lonnie se levantó de un salto asustado y se llevó la mano a
la barbilla para ocultar la enjuta cara que acusaría a Arch de ofrecer unas
raciones ridículas.
Arch chasqueó los dedos y la perra se levantó, meneando la
cola. Esperó a que la llamasen.
—Señor Arch, yo…
Arch llamó a la perra. Esta empezó a arrastrarse hacia ellos
sobre su barriga, meneando la cola más rápidamente cada vez que Arch chasqueaba
los dedos. Cuando estuvo a pocos pies de distancia, se dio la vuelta y se quedó
echada con las cuatro patas en el aire.
Dudley Smith y Jim Weaver, ambos holgazaneando en la
gasolinera, rieron. Habían estado apoyados contra la pared, pero ahora se
habían incorporado para averiguar las intenciones de Arch.
Este escupió un poco de tabaco de mascar sobre la bota y
humedeció la cuchilla de su navaja.
—¿Qué clase de sabueso es, Lonnie? —dijo Arch—. Me parece
que podría ser un perro de presa.
Lonnie podía notar los ojos de Clem Henry clavados en la
nuca. Se preguntó lo que Clem haría si Arch Gunnard chasqueara los dedos y
llamara a su perra de esta manera.
—Tiene la cola demasiado larga para un rastreador o un
cobrador, ¿verdad Arch? —dijo alguien detrás de Lonnie, riendo en voz alta.
Todos rieron, incluido Arch. Y miraron a Lonnie esperando a
ver lo que tuviera que decirle a Arch.
—¿Es un sabueso, Lonnie? —dijo Arch volviendo a chasquear
los dedos.
—Señor Arch, yo…
—Lonnie, no te debe dar vergüenza si no muestra señales de
ser un perro cobrador o un raposero. Todo el mundo necesita una perra en casa
que vaya detrás de los cerdos y los conejos. Un perro de presa es un animal muy
respetable. Hubo un tiempo en que fui el orgulloso propietario de uno.
Todos rieron.
Arch Gunnard estaba a punto de coger a Nancy por la cola.
Lonnie se incorporó y torció el cuello hasta que alcanzó a ver a Clem Henry en
la otra esquina de la estación de servicio. La mirada de Clem lo decía todo.
Era la misma mirada que tenía la tarde en que le dijo que nadie que trabajara
para Arch Gunnard debería consentir que le dieran raciones tan pequeñas. Lonnie
bajó la mirada. No podía entender cómo un negro podía ser más valiente que él.
Muchas veces habría dado todo lo que poseía por ser capaz de meterse en la piel
de Clem y cambiar sus papeles.
—El problema con esta perra, Lonnie, es que pesa demasiado.
¿No crees que sería un buen truco aligerar un poco su peso, dado que se trata
de un perro de presa?
Lonnie se acordó entonces de lo que dijo Clem Henry que
haría si Arch Gunnard intentaba alguna vez cortarle la cola a su perro. Lonnie
sabía, y Clem sabía, y todos sabían que eso le proporcionaría a Arch la
oportunidad que estaba buscando. Arch había dicho que lo único que necesitaba
para actuar era que Clem Henry se sobrepasara un poquitín, o que le respondiera
con una sola palabra de más. Todos sabían a lo que se refería Arch,
especialmente si Clem no se daba la vuelta y echaba a correr. Y no se conocía
que Clem hubiera echado a correr por nadie en los quince años que llevaba en el
lugar.
Mientras Lonnie estaba pensando en Clem. Arch alargó la mano
y cogió la cola de Nancy. Esta pensó que Arch estaba jugando con ella. Giró la
cabeza hasta que alcanzó la mano de Arch y la empezó a lamer. Él la golpeó con
el mango de la navaja en el caballete de la nariz.
—Es una perra muy juguetona, Lonnie —dijo Arch agarrando la
cola más cerca del cuerpo—, pero su cola es demasiado larga para un perro de
este tamaño, especialmente si ha de ser un perro de presa.
Lonnie tragó saliva.
—Señor Arch, es una buena rastreadora de conejos. Yo…
—¡Caramba, Lonnie! —dijo Arch mientras afilaba la cuchilla
de la navaja en la cola de la perra—, en mi vida he visto un perro que
necesitara una cola tan larga para cazar conejos. Es demasiado larga para un
perro de presa común, ordinario y corriente.
Lonnie miró expectante a Dudley Smith y a los demás. Ninguno
ofreció ayuda. Era inútil tratar de parar a Arch, porque Arch Gunnard no dejaba
que nada se interpusiera en su camino una vez se le metía en la cabeza hacer
algo. Lonnie sabía que si él mismo se mostraba enfadado o resentido, Arch lo
sacaría de la granja antes del atardecer. Clem Henry era la única persona que
podría ayudarle, pero Clem…
Los hombres blancos y los negros en ambas esquinas de la
estación de servicio esperaban a ver la reacción de Lonnie. Todos esperaban que
peleara por su perra. Si alguien tuviera alguna vez la osadía de impedir que
Arch Gunnard le cortara la cola a un perro, quizás llegara a acabar con esa
práctica. Pero estaba claro que Lonnie, que era uno de los aparceros de Arch,
tenía miedo de decir lo que pensaba. Clem Henry quizás. Clem era el único que
podría intentar parar a Arch, incluso si eso significaba tener problemas. Y
todos sabían que Arch insistiría en expulsar a Clem de la zona aunque para eso
tuviera que llenarle el cuerpo de plomo.
—Imagino que estás de acuerdo ¿no es así, Lonnie? —dijo
Arch—. No estoy oyendo ninguna objeción.
Clem Henry dio unos pasos y se detuvo.
Arch se rio mirando la cara de Lonnie y tiró de la perra
hasta ponerla de pie. La perra aulló de dolor y sorpresa, pero Arch la hizo
callar dándole patadas en la barriga.
Lonnie hizo un gesto de dolor. Apenas podía soportar que
nadie le diera patadas a un perro.
—Señor Arch, yo…
Una contracción en la garganta casi lo ahogó durante unos
instantes y tuvo que abrir la boca para recuperar el aliento. Los hombres
blancos a su alrededor estaban callados. A nadie le gustaba que le dieran una
patada así a un perro.
Lonnie pudo ver por el rabillo del ojo la otra esquina de la
estación de servicio. Vio a un par de negros ir detrás de Clem y cogerle por
los pantalones. Clem escupió al suelo, entre sus pies abiertos, pero no intentó
moverse.
—Viendo que no tienes ninguna objeción, entiendo que puedo
cortarle la cola al animal —dijo Arch escupiendo.
Lonnie adelantó la cabeza y lo único que pudo ver fueron las
patas traseras de Nancy. Había venido a la estación de servicio para pedir un
pedazo de cerdo salado y un poco de melaza, o algo así. Ahora no sabía si sería
capaz de pedir ninguna ración a pesar de lo hambrientos que estarían en casa.
—Siempre tengo la costumbre de preguntar primero —dijo
Arch—. No voy a cortarle la cola a un animal si el propietario pone alguna
objeción. No estaría bien. No señor, no sería justo.
Arch agarró la cola más cerca del cuerpo y colocó la
cuchilla de la navaja a dos o tres pulgadas de las ancas. A los que lo miraban
les pareció que estaba salivando, porque le empezó a gotear jugo de tabaco por
las comisuras. Levantó el dorso de la mano y se limpió la boca.
Un ruidoso automóvil surcó la carretera levantando una
polvareda roja. Todos echaron una mirada para ver quién iba en él.
Lonnie miró, pero no pudo mantener la mirada levantada. La
cabeza le volvió a caer hasta que notó su afilada barbilla clavándosele en el
pecho. Se preguntó si Arch se había dado cuenta de lo enjuta que tenía la cara.
—Tengo dos o tres perros de presa en casa —dijo Arch
poniendo a punto la cuchilla en la cola de la perra como si fuera una tira de
cuero. Sus movimientos hicieron que los hombres de alrededor sonrieran—. Pero
nunca he visto que tuviera sentido que un perro de presa tuviera una cola
larga. Les molesta cuando los envías a cazar un cerdo o un conejo para la cena.
Arch Gunnard —tirando con la mano izquierda y empujando con
la derecha— cortó la cola del sabueso tan rápida y fácilmente como si hubiera
estado en un prado cortando una vara de sauce para conducir las vacas a casa.
La perra dio un salto hacia delante cuando le cercenaron la cola y salió
huyendo lejos del alcance de Arch. Entonces empezó a soltar unos alaridos tan
fuertes que se la pudo oír a media milla de distancia. Nancy se detuvo una vez
a mirar a Arch y saltó a la carretera donde empezó a brincar y a moverse en
círculos. Durante todo ese tiempo no dejó de aullar y morderse el muñón
sangrante.
Arch se inclinó hacia atrás e hizo girar la cola amputada
con una mano mientras limpiaba la cuchilla de la navaja en la suela de su bota;
eso sin dejar de mirar como la perra de Lonnie se perseguía el muñón en medio
del polvo rojo.
Nadie dijo nada entonces. Lonnie intentó no ver la agonía de
su perra y se obligó a no mirar a Clem Henry. Entonces, con los ojos cerrados,
se preguntó por qué se había quedado todos estos años en la plantación de Arch
Gunnard, haciendo de aparcero por meras raciones de comida y adelgazando cada
vez más. Entonces vio la verdad de las palabras de Clem cuando decía que las
caras de los aparceros de Arch acababan siendo tan afiladas que rajaban sus
propios ataúdes. Se llevó la mano a la barbilla sin darse cuenta. La volvió a
bajar cuando notó los huesos de la mandíbula y los tendones visibles de sus
mejillas.
Hambriento como estaba, sabía que incluso si Arch le diera
ahora unas cuantas raciones, no serían suficientes para comer durante toda la
semana. Hatty, su esposa, ya se había venido abajo por el hambre y el trabajo
en los campos, y su padre, Mark Newsome, sordo durante los últimos veinte años,
siempre le estaba preguntando por qué nunca había suficiente comida en la casa.
Lonnie bajó la cabeza un poco más y notó cómo se le humedecían los ojos.
La presión de su barbilla afilada contra el pecho le molestó
de tal manera que tuvo que levantar la cabeza para calmar el dolor.
Lo primero que vio cuando levantó la vista fue a Arch
Gunnard haciendo girar la cola de Nancy con su mano izquierda. Arch Gunnard
tenía un baúl lleno de colas en su casa. Llevaba cortando colas de perros desde
hacía mucho tiempo y durante todos esos años había acumulado una colección de
la cual estaba muy orgulloso y que guardaba en un baúl cerrado con llave. La
llave la llevaba colgada al cuello. Los domingos por la tarde, cuando lo iba a
visitar el pastor, o cuando había visitas en el porche delantero y se
explicaban historias, Arch las mostraba y nombraba cada cola de memoria, como
si hubieran llevado identificación.
Clem Henry abandonó la estación de servicio y caminó en
solitario por la carretera que llevaba a la plantación. La casa de Henry estaba
dentro de un grupo de cabañas para negros justo debajo de la casa de Arch. Para
llegar allí tenía que pasar por delante de la casa de Lonnie. Este estaba a
punto de levantarse e irse cuando vio que Arch lo miraba. No sabía si Arch le
estaba mirando la cara enjuta o si estaba esperando a ver si se levantaría e
iría de regreso a su casa acompañando a Clem.
La idea de irse le recordó la razón por la que había venido.
Tenía que conseguir unas cuantas raciones para la cena de esa noche, sin
importar lo pequeñas que fueran.
—Señor Arch, yo…
Arch lo miró fijamente durante un rato y pareció como si
estuviera escuchando un sonido nunca antes oído.
Lonnie se mordió el labio y se preguntó si Arch iba a
decirle algo de su aspecto enjuto y hambriento. Pero Arch estaba pensando en
otra cosa. Se dio una palmada en la pierna y se puso a reír.
—A veces desearía que los negros tuvieran colas —dijo Arch
enrollando la cola de Nancy y metiéndosela en un bolsillo—. Preferiría cortarle
la cola a los negros que a los perros. Para empezar habría más que cortar.
Dudley Smith y alguien más detrás de él rieron brevemente.
La risa se extinguió casi tan repentinamente como había comenzado.
Los negros que habían oído las palabras de Arch arrastraron
los pies por el polvo y se movieron hacia atrás. En pocos minutos ya no había
ninguno en la estación de servicio. Subieron por la carretera que había detrás
del edificio de madera roja y desaparecieron.
Arch se levantó y se estiró. El sol estaba descendiendo y el
aire de octubre ya no era tan agradable.
—Bueno, supongo que ya he de ir a casa a que me den algo de
cenar —dijo.
Caminó lentamente hacia el centro de la carretera y se paró
a mirar a Nancy, que estaba retirándose por la cuneta.
—¿Nadie va por el mismo camino? —preguntó—. ¿Qué te pasa,
Lonnie? ¿No vas a cenar a casa?
—Señor Arch, yo…
Lonnie se levantó de un salto. Su primer pensamiento fue
pedir el cerdo salado y la melaza y quizás un poco de harina de maíz. Pero
cuando abrió la boca las palabras se negaron a salir. Dio varios pasos hacia
delante y negó con la cabeza. No sabía lo que Arch haría o diría si llegaba a
decir «no».
—Hatty te estará esperando —dijo Arch, dándole la espalda y
alejándose.
Se metió la mano en el bolsillo de la cadera y sacó la cola
de Nancy. Empezó a darle vueltas mientras bajaba por la carretera hacia la casa
grande que había a lo lejos.
Dudley Smith entró en la estación de servicio y los demás se
alejaron.
Cuando Arch hubo caminado varios cientos de yardas, Lonnie
cayó sentado encima de la caja que había junto al surtidor. La misma caja de la
que se había levantado cuando le habló Arch. Se sentó pesadamente, con los
hombros encorvados y los brazos caídos entre sus piernas abiertas.
Lonnie no sabía durante cuánto tiempo había permanecido con
los ojos cerrados. Pero cuando los abrió tenía a Nancy entre sus pies
lamiéndose el muñón. Mientras la miraba, notaba la afilada barbilla
clavándosele en el pecho de nuevo. Entonces oyó un portazo a sus espaldas y un
minuto más tarde oyó cómo Dudley Smith se alejaba de la estación de servicio en
dirección a su casa.
2
Lonnie había estado durmiendo de manera irregular durante
varias horas cuando de repente se despertó por completo. Hatty le volvió a
zarandear. Se incorporó sobre un codo e intentó ver en la oscuridad de la
habitación. Sin saber la hora exacta, pudo determinar que faltaban dos horas
para el amanecer.
—Lonnie —dijo Hatty de nuevo, tiritando por el aire frío—,
Lonnie tu padre no está en la casa.
Lonnie se sentó.
—¿Cómo sabes que no está? —dijo.
—He estado despierta desde que me metí en la cama y le he
oído cuando salía. Ha estado fuera de la casa todo este tiempo.
—Quizás solo haya salido un ratito —dijo Lonnie dándose la
vuelta y tratando de ver por la ventana.
—Sé lo que digo, Lonnie —insistió Hatty—. Tu padre lleva
fuera demasiado rato.
Los dos permanecieron en silencio varios minutos, esperando
oír a Mark Newsome.
Lonnie se levantó y encendió una lámpara. Tiritó mientras se
ponía la camisa, los pantalones y los zapatos. Se ató los cordones con nudos
apretados porque apenas veía en la penumbra. Afuera estaba oscuro como la boca
del lobo y Lonnie notó en la cara el aire húmedo de octubre.
—Te ayudaré a buscarlo —dijo Hatty apartando las mantas y
empezando a levantarse.
Lonnie se acercó a la cama. Hizo que Hatty se echara de
nuevo y la volvió a tapar con las mantas.
—Trata de dormir, Hatty —dijo—. No puedes quedarte despierta
toda la noche. Traeré a Pa de vuelta.
Dejó a Hatty en la cama, apagó la lámpara y caminó a
trompicones por el pasillo. Fue a tientas hasta el porche delantero, tocando
las paredes con las manos. Cuando finalmente llegó, apenas veía nada en la
distancia, pero sus ojos ya se estaban empezando a acostumbrar a la oscuridad.
Esperó un minuto, escuchando atentamente.
Bajó los escalones a tientas hasta el patio y fue hasta la
esquina de la casa. Allí se detuvo a escuchar de nuevo antes de llamar a su
padre.
—¡Pa! —dijo en voz alta—. ¡Eh! ¡Pa!
Estaba junto a la ventana del dormitorio cuando se dio
cuenta de lo que había estado haciendo.
—Esto sí que es una idiotez —dijo reprendiéndose a sí
mismo—. Pa no oye ni los truenos.
Oyó un crujido en la cama.
—Lleva fuera el tiempo suficiente como para haber llegado
hasta el cruce, o más allá —le dijo Hatty desde el otro lado de la ventana.
—Acuéstate y trata de dormir, Hatty —le dijo Lonnie—. Le
traeré de vuelta en seguida.
Pudo oír a Nancy rascarse las pulgas debajo de la casa, pero
sabía que no estaba en condiciones de ir a buscar a Mark. Pasarían varios días
antes de que se recuperara del shock de perder la cola.
—Hace mucho rato que se ha ido —dijo Hatty incapaz de
quedarse quieta.
—Eso no importa —dijo Lonnie—. Le encontraré tarde o
temprano. Ahora vete a dormir como te he dicho, Hatty.
Lonnie se dirigió al establo sin dejar de escuchar
atentamente. En la casa grande se oían los cerdos gruñendo y chillando, y deseó
que se callaran para poder oír otros sonidos. Los perros de Arch Gunnard
aullaban de vez en cuando, pero no hacían más ruido de lo que era habitual por
la noche y él estaba acostumbrado a sus alaridos.
Lonnie entró en el establo. Miró dentro y fuera. Después de
rodear el edificio entró en el prado hasta llegar al cobertizo del algodón.
Sabía que era inútil, pero no pudo evitar llamar a su padre una y otra vez.
—¡Pa! —dijo, tratando de penetrar la oscuridad.
Se adentró en el prado.
—¿Qué diantres puede haberle pasado a Pa? —se dijo, deteniéndose
y preguntándose dónde mirar a continuación.
Después de volver al patio delantero de la casa empezó por
primera vez a sentirse intranquilo. Mark no se había comportado de manera más
extraña la semana anterior de lo que era habitual en él. Pero Lonnie sabía que
estaba disgustado por la forma en que Arch Gunnard distribuía sus míseras
raciones. Mark incluso había dicho que al ritmo en que eran alimentados
acabarían todos muertos en tres meses.
Lonnie se alejó del patio y bajó por la carretera hacia las
cabañas de los negros. Cuando llegó delante de la casa de Clem subió por el
sendero que llevaba a su puerta. Llamó varias veces y esperó. No hubo respuesta
y llamó con más fuerza.
—¿Quién es? —dijo Clem desde la cama.
—Soy yo —dijo Lonnie—. He de verte un minuto, Clem. Te
espero en el patio.
Se sentó y esperó a que Clem se vistiera y saliera. Mientras
esperaba forzó los oídos para ver si oía algún ruido. Al otro lado de los
prados, cerca de la casa grande, pudo oír a los cerdos cebados gruñir y
chillar.
Clem salió y cerró la puerta. Se quedó en el umbral hablando
a su esposa que estaba en la cama y le dijo que ahora volvía y que no se
preocupara.
—¿Quién es? —dijo Clem bajando al patio.
Lonnie se puso en pie y fue a encontrarse con Clem.
—¿Qué problema tienes? —le preguntó Clem mientras se abotonaba
el peto de los pantalones.
—Pa no está en su cama —dijo Lonnie—, y Hatty dice que ha
estado fuera de la casa durante casi toda la noche. Le he buscado en los prados
y en el establo, pero no he visto señal de él por ninguna parte.
Clem acabó de abotonarse los pantalones y empezó a liar un
cigarrillo. Bajó lentamente el sendero que llevaba a la carretera. Todavía era
oscuro y faltaba al menos una hora para el amanecer.
—Quizás tenía tanta hambre que no pudo quedarse más tiempo
en la cama —dijo Clem—. Cuando lo vi ayer me dijo que había encogido tanto y
estaba tan debilitado que no sabía si duraría mucho más tiempo. No parecía que
su piel y sus huesos pudieran apergaminarse mucho más.
—Ayer le pedí a Arch unas cuantas raciones después de cenar.
Tan solo un pedazo de cerdo salado y un poco de melaza. Me dijo que me haría el
favor de darme algo a primera hora de la mañana.
—¿Por qué no le dijiste que te diera raciones enteras o que
no te diera nada? —le dijo Clem—. Si supieras que no te iba a dar nada podrías
irte y encontrar a un hombre mejor para el que hacer de aparcero, ¿no?
—He sido fiel a Arch Gunnard durante mucho tiempo —dijo
Lonnie—. No me gustaría largarme y dejarle así.
Clem miró a Lonnie, pero no dijo nada más. Siguieron la
carretera hacia la avenida que llevaba a la casa grande. Los cerdos cebados
seguían gruñendo y chillando en la pocilga y uno de los sabuesos de Arch se
acercó desde una hilera de algodón que había plantado junto al camino y les
olió los zapatos.
—Esos cerdos siempre tienen suficiente para comer —dijo
Clem—. No hay ni uno que no pese al menos seiscientas libras y cada día están
más gordos. Además de comerse lo que les dan, muchas de sus comidas incluyen
las gallinas que se acercan a la pocilga a picotear.
Lonnie oyó los gruñidos de los cerdos mientras subían la
carretera que llevaba a la casa grande.
—Supongo que será mejor que llamemos a Arch para que nos
ayude a encontrar a Pa —dijo Lonnie—. No me gusta la idea de despertarle, pero
tengo miedo de que Pa se aleje hacia los pantanos y se pierda para siempre. Ni
siquiera puede oír los truenos. Nunca más lo encontraría si llegara a entrar en
ese laberinto.
Clem dijo algo en voz baja y se dirigió hacia los establos y
la pocilga. Llegó allí antes que Lonnie.
—Será mejor que vengas aquí rápido —dijo Clem dándose la
vuelta para ver dónde estaba Lonnie.
Lonnie corrió hacia la pocilga. Se detuvo y trepó por los lados
de la valla de madera y alambre. Primero no vio nada, pero poco a poco fue
capaz de ver una masa de cerdos negros bien cebados en el lado opuesto. Estaban
mordiéndose y gruñéndose mutuamente como una manada de perros hambrientos
peleando por un conejo muerto.
Lonnie alcanzó el final de la valla, pero Clem lo agarró y
tiró de él.
—No entres así en la pocilga —dijo—. Esos cerdos te harán
pedazos. Están peleándose por algo.
Los dos corrieron alrededor de la pocilga y se acercaron a
la esquina donde estaban todos los cerdos. Lonnie alcanzó a ver bajo sus patas
una masa oscura con manchas blancas. Solo vio la masa brevemente porque uno de
los cerdos la pisoteó.
Clem abrió y cerró la boca varias veces antes de poder decir
nada. Agarró a Lonnie por el brazo y lo zarandeó.
—Me parece que es tu padre —le dijo—. Lo juro por Dios,
Lonnie, ese parece tu padre.
Lonnie no se lo podía creer. Trepó a la parte superior de la
valla y empezó a dar patadas a los cerdos para que se alejaran. No le prestaron
atención.
Mientras Lonnie seguía encaramado allá arriba, Clem fue al
cobertizo donde estaba el carro y volvió corriendo con dos yugos que había
logrado encontrar en la oscuridad. Golpeteó a Lonnie con uno hasta que este
dejó de prestar atención a los cerdos y se lo pudo dar.
Clem saltó encima de la valla y empezó a sacudir a los
cerdos con el yugo. Lonnie estaba más abajo y gritaba. Un cerdo se dio la
vuelta y quiso morder a Lonnie. Clem lo golpeó en la nuca con la fuerza
suficiente para que por un momento se alejara.
Para entonces Lonnie ya se había dado cuenta de lo que había
pasado. Corrió hacia la masa de cerdos y empezó a darles patadas con sus botas
rígidas y pesadas. Los golpeó en la cabeza con el yugo de puntas de hierro. Una
vez notó una sensación de dolor aguda y al bajar la mirada vio a uno de los
cerdos mordiéndole la pantorrilla. Tuvo el tiempo justo de golpear al cerdo y
apartarlo antes de que le destrozara la pierna. Sabía que le había arrancado la
mayor parte de la pernera del pantalón porque notó el aire frío de la noche en
la pantorrilla desnuda.
Mientras, Clem había continuado golpeando y había logrado
apartar a los cerdos. No había otra manera de hacerlo. Los cerdos los rodeaban
y los dos tenían que seguir blandiendo los yugos para mantener a los animales a
distancia. Finalmente Lonnie se agachó y pudo agarrar una pierna de Mark. Con
la ayuda de Clem, Lonnie logró acercar a su padre a la valla y ambos lo
levantaron para llevarlo al otro lado.
Apenas les quedaba aliento para decir nada ni hacer nada
más. Los cerdos estaban junto a la valla gruñendo, mordiendo la madera y el
alambre y haciendo más ruido que nunca.
Justo mientras Lonnie buscaba una cerilla en sus bolsillos,
Clem encendió una. Sostuvo la llama junto a la cabeza de Mark Newsome.
Miraron incrédulos y luego Clem apagó la cerilla. No dijeron
nada mientras permanecían en la oscuridad.
Clem se alejó varios pasos y luego se dio la vuelta y se
acercó a Lonnie.
—Es él —dijo Clem sentándose en el suelo—. Es él, sin duda.
—Creo que sí —dijo Lonnie. No podía pensar en nada más que
decir.
Se sentaron en el suelo, uno a cada lado de Mark, mirando el
cuerpo. No había habido una señal de vida en él desde que lo tocaron por
primera vez. La cara, el cuello y el estómago habían sido completamente
devorados.
—Será mejor que vayas a despertar a Arch Gunnard —dijo Clem
al poco rato.
—¿Para qué? —dijo Lonnie—. Ya no me puede ayudar. Es
demasiado tarde.
—No importa —insistió Clem—. Será mejor que le vayas a
despertar y le enseñes lo que hay que ver. Si esperas a mañana quizás se le
meta en la cabeza que no lo hicieron los cerdos. Ahora mismo es el momento de
despertarle para que vea lo que han hecho sus cerdos.
Clem se dio la vuelta y miró hacia la casa grande. El
contorno del oscuro edificio contra el cielo oscuro le hizo titubear.
—Un hombre que les da raciones míseras a sus aparceros
debería como mínimo sentarse a mirar esto.
Lonnie miró a Clem con temor. Sabía que tenía razón, pero
tenía miedo de escuchar a un negro decir algo así sobre un hombre blanco.
—No deberías hablar así sobre Arch —dijo Lonnie—. Está en la
cama durmiendo. No ha tenido nada que ver con esto. Ha tenido tanto que ver con
esta desgracia como nosotros.
Clem rio bajito y tiró el yugo al suelo, entre sus pies.
Después de dejarlo un rato, lo recogió y empezó a golpear el suelo con él.
Lonnie se puso en pie lentamente. Nunca había visto a Clem
actuar así y no sabía qué pensar. Se alejó sin decir nada y caminó en la
oscuridad hacia la casa grande para despertar a Arch Gunnard.
3
Arch era difícil de despertar. Pero incluso después de
despertar no se daba prisa por levantarse. Lonnie estaba afuera, debajo de la
ventana de su dormitorio, y Arch estaba en la cama, a seis u ocho pies de
distancia. Lonnie lo podía oír agitarse y rezongar.
—¿Quién te ha dicho que podías venir a despertarme en mitad
de la noche? —dijo Arch.
—Bueno, Henry Clem está ahí fuera y ha dicho que quizás le
gustaría saber lo que ha pasado.
Arch siguió dando vueltas en la cama, sacudiendo la almohada
con los puños.
—Dile a Henry Clem que he dicho que uno de estos días va a
encontrarse vuelto del revés, como la manga de un abrigo.
Lonnie esperó obstinadamente. Sabía que Clem tenía razón al
insistir en que Arch debía levantarse y ver lo que había ocurrido. Lonnie tenía
miedo de volver al establo y decirle a Clem que Arch no iba a venir. No lo
sabía con certeza, pero tenía la sensación de que Clem era capaz de entrar en
el dormitorio de Arch y arrastrarlo fuera de la cama. No le gustaba la idea de
que algo así pudiera llegar a ocurrir.
—¿Sigues ahí, Lonnie? —gritó Arch.
—Estoy aquí, señor Arch. Yo…
—Si no tuviera tanto sueño saldría ahí afuera, cogería una
vara y… no sé que acabaría haciendo.
Lonnie se encontró con Arch en los escalones traseros. De
camino a la pocilga Arch no le habló. Caminaba pesadamente por delante de
Lonnie y ni siquiera miraba si aquel lo seguía. La linterna que llevaba Arch
proyectaba largos rayos planos de luz amarilla sobre el suelo. Cuando llegaron
adonde Clem los esperaba, junto al cuerpo de Mark, la cara del negro brilló en
la oscuridad como una reja de arado muy pulida.
—¿Y qué estaba haciendo Mark en plena noche en la pocilga?
—dijo Arch gritándoles a los dos.
Ni Clem ni Lonnie respondieron. Arch les lanzó una mirada
feroz por no responderle. Pero no importaba cuántas veces los mirara, sus ojos
siempre regresaban al cuerpo desgarrado de Mark Newsome que yacía a sus pies.
—No hay nada que podamos hacer ahora —dijo finalmente Arch—.
Tendremos que esperar a que amanezca y llamar a un enterrador. —Dio unos
pasos—. De todas formas podríais haber esperado a que amaneciera. No hacía
falta despertarme.
Se dio la vuelta y miró de reojo a Clem. Clem se levantó y
lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué quieres, Clem Henry? —dijo—. ¿Quién te ha dicho que
puedes venir a mi casa en mitad de la noche? No quiero que los negros vengan
aquí excepto si los llamo yo.
—No podía soportar ver a alguien ser devorado por los cerdos
y no hacer nada —dijo Clem.
—No te metas en lo que no te importa —le dijo Arch—. Y
cuando me hables, sácate el sombrero, o te arrepentirás. No me costaría nada
darte tu merecido.
Lonnie retrocedió. Había cierto malestar en el aire. Así
empezaban siempre los problemas entre Clem y Arch. Lo había visto una docena de
veces antes. Siempre y cuando Clem se diera la vuelta y se largara, nada
ocurriría. Pero a veces se quedaba y le respondía a Arch como si fuera un
hombre blanco.
Lonnie esperó que no ocurriera esta vez. Arch ya estaba suficientemente
enfadado por haber sido despertado en mitad de la noche y Lonnie sabía que no
había límites a lo que Arch podía llegar a hacer si se enfadaba con un negro.
Nadie lo había visto matar a un negro, pero decía que lo había hecho, y que no
temería volver a hacerlo.
—Supongo que sabe por qué ha acabado comido por los cerdos
—dijo Clem mirando directamente a Arch.
Arch se dio la vuelta.
—¿Me estás hablando a mí?
—Le he hecho la pregunta —afirmó Clem.
—Maldito seas, mulato de… —gritó Arch.
Lanzó la linterna a la cabeza de Clem. Este esquivó el
golpe, pero la parte inferior le golpeó el hombro y la linterna se rompió en
pedazos. El aceite salpicó el suelo y se encendió en el aire debido a la llama
ardiendo. Clem tuvo suerte de que no le salpicara en la cara y los pantalones.
—Oiga… —dijo Clem.
—Negro de mierda —dijo Arch lanzándose sobre él—. Voy a
darte una lección por ser un respondón. Es la última vez que te creces. He
estado aguantando mucho de ti, pero no voy a hacerlo más.
—Señor Arch, yo… —dijo Lonnie metiéndose un poco entre
ellos. Ninguno lo oyó.
Arch se alejó y miró como se apagaba el keroseno en el
suelo.
—Sabe perfectamente por qué se lo han comido los cerdos
—dijo Clem sin ceder un ápice—. Tenía tanta hambre que se levantó de la cama en
mitad de la noche y vino aquí en plena oscuridad a ver si encontraba algo que
comer. Quizás quería llegar al cobertizo de ahumar. No importa. Ha estado
viviendo de las míseras raciones que usted da, como el resto de los que
trabajan para usted, y era tan viejo que no sabía dónde buscar comida, excepto
en su cobertizo de ahumar. Sabe perfectamente que es así como se ha perdido y
ha caído en la pocilga.
El keroseno se había extinguido completamente. Aprovechando
el último destello, Arch se había agachado y había agarrado el yugo que había
soltado Lonnie hacía un rato.
Arch levantó el yugo por encima de su cabeza y golpeó a Clem
con todas sus fuerzas. Clem esquivó el golpe, pero Arch volvió a levantarlo y
logró darle un golpe en el brazo justo por encima del codo antes de que Clem
pudiera esquivarlo. El brazo de Clem cayó a un lado, oscilando inánime.
—¡Maldito negro! —gritó Arch—. Te ha llegado la hora,
bastardo. He estado esperando la oportunidad de darte una lección. Y esta va a
ser una que no vas a olvidar.
Clem tanteó el suelo con los pies hasta que encontró el
otro. Lo levantó, pero no trató de golpear a Arch sino que la sostenía delante
para protegerse de los golpes. Continuaba sin ceder terreno, ni una pulgada.
—Suelta ese yugo —dijo Arch.
—No voy a quedarme aquí y dejar que me pegue de esta manera
—protestó Clem.
—Por Dios, es lo que quería oírte decir —dijo Arch frunciendo
la boca—. Por Dios, te ha llegado tu hora, negro.
Volvió a golpear a Clem, pero este se dio la vuelta y corrió
hacia el establo. Arch fue detrás de él, pero luego se detuvo. Soltó el yugo,
se dio la vuelta y corrió hacia la casa grande.
Lonnie fue hacia la valla y trató de pensar en lo que podía
hacer. Sabía que no podía ponerse abiertamente del lado de un negro, incluso si
Clem lo había ayudado, y sobre todo después de que Clem hubiera contestado a
Arch de la forma en que lo había hecho. Era un hombre blanco y por salvar su
vida no podía volverse contra Arch. No importaba lo que llegara a ocurrir.
Una luz se encendió junto a una de las ventanas de la casa
grande y Lonnie oyó a Arch gritar a su esposa que se despertara.
Cuando vio que la esposa de Arch se dirigía al teléfono,
Lonnie entendió lo que iba a pasar. Estaba llamando a los vecinos y a los
amigos de Arch. A ellos no les importaría levantarse en mitad de la noche
cuando supieran lo que iba a tener lugar.
Detrás del establo pudo oír como Clem lo llamaba. Se alejó
del patio y fue a tientas hasta el establo.
—¿Qué ocurre, Clem? —dijo.
—Me ha llegado la hora —dijo Clem—. Arch Gunnard solo habla
así cuando está realmente enfadado. Habló justo así cuando se llevó a Jim
Moffin a los pantanos… Y Jim jamás regresó.
—Arch no te haría nada parecido, Clem —dijo Lonnie excitado,
pero sabía que no era cierto.
Clem no dijo nada.
—Quizás sea mejor que te vayas a los pantanos hasta que se
calme un poco —dijo Lonnie—. Quizás tengas razón.
Lonnie notó como Clem le clavaba los ojos.
—No tendría que hacerlo si me ayudaras —dijo Clem—. ¿No te
pondrías de mi lado?
—No sé lo que Arch diría —dijo Lonnie entrecortadamente.
Clem se alejó un poco. Le dio la espalda a Lonnie cuando se
puso a mirar hacia el otro lado del prado, hacia su casa.
—Podría ir a esa zona de bosque y quedarme ahí hasta que se
cansara de buscarme —dijo Clem dándose la vuelta para ver a Lonnie.
—Será mejor que vayas a otro sitio —dijo Lonnie con
inquietud—. Conozco a Arch Gunnard. Es difícil hacerle cambiar de opinión una
vez que se le mete en la cabeza hacer algo. No podría pararle. Quizás sea mejor
que te vayas del pueblo.
—No puedo hacer eso. No puedo dejar a mi familia ahí, al
otro lado del prado —dijo Clem.
—Si no te vas te atrapará.
—Si me ayudaras un poco no lo lograría. Solo tendría que
esconderme en ese bosque durante un tiempo. Podrías hacer esto por mí. Yo te he
ayudado a encontrar a tu padre y a sacarlo de la pocilga.
Lonnie asintió mientras escuchaba atentamente los ruidos
procedentes de la casa grande. Continuó asintiendo mientras Clem esperaba
ciertas garantías.
—Si me defiendes —dijo Clem—, me puedo ir al bosque y
esperar a que cambien de opinión. Tú no les digas dónde estoy y diles que me he
ido a los pantanos. No me encontrarán sin los sabuesos.
—Es verdad —dijo Lonnie, prestando atención a los sonidos de
Arch procedentes de la casa. No quería que lo encontraran ahí, detrás del
establo, donde Arch lo pudiera acusar de hablar con Clem.
En cuanto Lonnie respondió, Clem se dio la vuelta y
desapareció en medio de la noche. Lonnie fue detrás de él, como si de repente
hubiera cambiado de opinión respecto a lo de ayudarlo, pero Clem ya había
desaparecido en la oscuridad.
Lonnie esperó unos minutos y oyó a Clem correr entre la
maleza en dirección al bosque que había a un cuarto de milla. Cuando dejó de
oír a Clem rodeó el establo para encontrarse con Arch.
Justo entonces salía Arch de la casa con su escopeta de
doble cañón y un farol. Los bolsillos los tenía repletos de cartuchos.
—¿Dónde está ese negro, Lonnie? —le preguntó Arch—. ¿Adónde
ha ido?
Lonnie abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
—Tú sabes adónde ha ido, ¿verdad?
Lonnie trató de decir algo, pero no salió de él un solo
sonido. Se sobresaltó al darse cuenta que estaba asintiendo a Arch.
—Señor Arch, yo…
—Está bien —dijo Arch—. Es todo lo que necesito saber.
Dudley Smith, Tom Hawkins, Frank y Dave Howard y el resto llegarán en un
minuto. Quédate aquí para que nos puedas decir dónde se está escondiendo.
Lonnie trató desesperadamente de decir algo. Había agarrado
a Arch por la manga para detenerle, pero Arch se había ido.
Arch fue a la parte delantera de la casa. Al poco rato llegó
un coche por la carretera. Los faros iluminaban todo el lugar, la pocilga,
todo. Lonnie sabía que se trataba probablemente de Dudley Smith, porque su casa
era la primera en esa dirección, a tan solo media milla. Mientras este entraba
por el camino llegaron varios automóviles más procedentes de ambas direcciones.
Lonnie tembló. Tenía miedo de que Arch le exigiera saber
adónde había ido Clem a esconderse. Sabía que Arch lo obligaría. Había
prometido a Clem que no lo haría. Por mucho que lo intentara, no podía creer
que Arch se limitara a azotar a Clem.
Clem no había hecho nada que exigiera un linchamiento. No
había violado a una mujer blanca ni había disparado a un hombre blanco. Solo
había respondido a Arch con el sombrero puesto. Pero Arch estaba lo
suficientemente enfadado como para hacer cualquier cosa. Estaba suficientemente
enfadado con Clem como para no quedarse corto y organizar un linchamiento.
Antes de darse cuenta ya tenía a todo el grupo de hombres
revoloteando a su alrededor. Y ahí estaba Arch, agarrándolo por el brazo y
gritándole a la cara.
—Señor Arch, yo…
Lonnie reconoció a todos los hombres a la débil luz del
amanecer. Estaban excitados y tenían el aspecto que tienen los hombres durante
la última etapa de una noche cazando zorros. Tenían las escopetas y pistolas en
la cintura, preparadas para caer sobre su presa.
—¿Qué te pasa, Lonnie? —dijo Arch gritándole en la oreja—.
Despierta y dinos adónde se ha ido a esconder Clem Henry. Estamos listos.
Lonnie levantó los ojos y vio a Frank Howard metiendo
cartuchos amarillos del calibre doce en la recámara. Frank se inclinó hacia
delante para poder oír a Lonnie decirle a Arch dónde se escondía Clem.
—¿No irá a matar a Clem, verdad, señor Arch? —dijo Lonnie.
—¿Matarlo? —repitió Dudley Smith—. ¿Qué crees que he estado
esperando todo este tiempo si no una oportunidad de cargarme a Clem? Ese negro
se lo estaba buscando desde que llegó al condado. Es un mal negro y se va a
llevar su merecido.
—No ha sido exactamente culpa de Clem —dijo Lonnie—. Si Pa
no hubiera venido aquí arriba y no hubiera caído en la pocilga, Clem no habría
tenido nada que ver. Solo me estaba ayudando.
—Cállate, Lonnie —alguien le gritó—. Estás tan alterado que
no sabes lo que dices. Cuando hablas así es que estás tomando partido por un
negro.
La gente se aglomeró a su alrededor tan estrechamente que
era como si lo estuvieran ahogando. Necesitaba aire, recuperar el aliento, salir
de entre este montón de gente.
—Verdad —dijo Lonnie.
Se oyó a sí mismo hablar, pero no sabía lo que decía.
—Pero Clem me ha ayudado a encontrar a Pa cuando se ha
perdido buscando algo que comer.
—Cállate Lonnie —le volvió a decir alguien—. ¡Maldito
idiota, cállate!
Arch lo agarró por los hombros y lo zarandeó hasta que sus
dientes empezaron a hacer ruido. Entonces Lonnie se dio cuenta de lo que había
estado diciendo.
—Mira, Lonnie —le gritó Arch—. Debes de haber perdido el
juicio porque no hablarías como un amante de los negros si estuvieras en tu
sano juicio.
—Verdad —dijo Lonnie temblando de arriba abajo—. Es verdad
que no me gustaría hablar así.
Seguía notando el lugar en el hombro donde Arch lo había
agarrado con sus fuertes dedos y le había hecho daño.
—¿Se ha ido a los pantanos, Lonnie? —dijo Dudley Smith—. ¿Es
eso, Lonnie?
Lonnie trató de negar con la cabeza, luego trató de asentir.
Los dedos de Arch empezaron a apretar su delgado cuello. Lonnie miró a los
hombres con los ojos desorbitados.
—¿Dónde se ha escondido, Lonnie? —exigió saber Arch,
apretando más.
Lonnie dio tres o cuatro pasos hacia el establo. Cuando se
detuvo, el hombre que tenía detrás lo empujó de nuevo hacia adelante. Lonnie se
vio empujado en dirección al establo y más allá.
—Está bien, Lonnie —dijo Arch—. ¿Y ahora hacia dónde?
Lonnie señaló la zona boscosa que había junto al arroyo. El
pantano estaba en la dirección opuesta.
—Dijo que se iba a esconder en el bosque junto a aquel
arroyo, señor Arch —dijo Lonnie—. Supongo que está ahí ahora.
Lonnie se vio empujado hacia delante. Tropezó en el suelo
lleno de baches y trató de evitar caer y ser pisoteado. Nadie hablaba. Todos
parecían caminar de puntillas. La luz gris del amanecer era suficiente tanto
para esconderlos como para mostrarles el camino.
Justo antes de alcanzar las lindes del bosque los hombres se
separaron y Lonnie se encontró formando parte del círculo que estaba rodeando a
Clem.
Lonnie estaba solo y no había nadie que lo detuviera. Pero
era incapaz de moverse, ni hacia delante ni hacia atrás. Empezó a darse cuenta
de lo que había hecho.
Clem estaba probablemente subido a un árbol en la
profundidad del bosque, pero ya debía de estar rodeado por todas partes. Si
intentara bajar y escapar corriendo, le dispararían como a un conejo.
Lonnie se sentó en un tronco y trató de pensar en lo que
podía hacer. El sol estaría en lo alto en pocos minutos y en cuanto estuviera
arriba los hombres cercarían el arroyo y a Clem. No tendría ninguna oportunidad
con todas esas pistolas y escopetas.
Una o dos veces vio el resplandor de una cerilla a través de
la maleza donde algunos hombres se habían echado a esperar. Una ráfaga de humo
de cigarrillo le llegó a los orificios de la nariz y se preguntó si Clem podía
olerlo dondequiera que estuviera en el bosque.
No se oía ningún ruido alrededor y sabía que Arch Gunnard y
el resto de hombres estaban esperando a que amaneciera, que tardaría unos pocos
minutos en salir el sol por detrás de él, por el este.
Entonces ya habría suficiente luz para ver claramente el
suelo desigual y la maleza enmarañada y la corteza formando volutas en los
pinos.
Los hombres ya habían empezado a moverse hacia delante,
agachados con la escopeta alzada, como si fueran tras un ciervo. El bosque no
era grande y el círculo de hombres podía recorrerlo en pocos minutos al ritmo
que avanzaban. Todavía había una oportunidad de que Clem hubiera escapado
atravesando el círculo antes del amanecer, pero Lonnie presintió que seguía
allí. Empezó a sentir que Clem estaba porque él lo había colocado allí para
facilitar a los hombres la tarea.
Lonnie se dio cuenta de que iba avanzando y de que era
arrastrado hacia el círculo que se iba estrechando. Entonces pudo ver los
contornos borrosos de los hombres. Sus ojos registraban las copas verdes y espesas
de los pinos mientras avanzaban de árbol en árbol.
—¡Pa! —susurró con voz ronca—. ¡Pa!
Dio unos pasos, mirando entre la maleza y en las copas de
los árboles. Al ver a los demás hombres, se dio cuenta de que no estaban
buscando a Mark Newsome. No sabía qué era lo que le había hecho olvidar eso.
El avanzar agachado empezó a introducirse en los movimientos
del cuerpo de Lonnie. Se dio cuenta de que saltaba sobre las puntas de los pies
y de que su cuerpo se inclinaba hacia delante. Era como acercarse sigilosamente
a un conejo sin escopeta.
De nuevo olvidó qué estaba haciendo allí. El movimiento ágil
de sus piernas parecía fortalecerse a cada paso. Se inclinaba tan hacia delante
que casi tocaba el suelo con la punta de los dedos. Ahora no podía detenerse.
Iba al mismo paso que el círculo de hombres.
Los quince hombres iban cerrando el círculo más y más. Ya
había amanecido lo suficiente como para poder ver la hora en la esfera de un
reloj. El sol empezaba a dar color al cielo.
Para entonces Lonnie era el más adelantado. No podía
detenerse. La fuerza de sus piernas era tan grande que no la podía controlar.
Hacía tanto tiempo que no podía comprar cartuchos para su
escopeta que había olvidado lo mucho que le gustaba cazar.
El sonido de los hombres acechando se había convertido en un
ritmo en sus oídos.
—¡Aquí está el bastardo! —gritó alguien y se oyó una
concentración de hombres corriendo por entre la maleza seca. Lonnie se lanzó
hacia delante llegando al árbol tan rápido como casi todos los demás.
Vio a todos con las escopetas levantadas y miró más allá,
hacia el cielo que había encima del contorno de la cara de Clem Henry brillando
al sol naciente. Su cuerpo abrazaba la parte más delgada del pino.
Lonnie no supo quién fue el primero en disparar, pero el
resto no lo dudó un instante. Hubo un estruendo ensordecedor cuando las
escopetas y revólveres estallaron y humearon alrededor del árbol.
Cerró los ojos. Tenía miedo de mirar de nuevo a la cara que
había arriba. Los disparos continuaron sin pausa. Clem se abrazó al árbol con
todas sus fuerzas y entonces, con el sonido lejano de la madera astillándose,
la copa del árbol y Clem se estrellaron contra el suelo atravesando las ramas
inferiores. El cuerpo despatarrado y desgarrado se estrelló con un sonido seco
que paró por un momento el corazón de Lonnie.
Cuando los disparos volvieron a empezar se dio la vuelta y
se agarró a un árbol para no caer. El cuerpo era sacudido una y otra vez, como
si estuvieran disparando con un rifle automático a unos gatos metidos en un
saco. Las balas de plomo procedían de todas partes. Se levantó una asfixiante
nube de polvo que apestaba a pólvora quemada.
Lonnie no se acordaba luego de cuánto duraron los disparos.
De repente se vio a sí mismo corriendo de árbol en árbol, agarrándose a las
ásperas cortezas de pino, tropezando violentamente mientras corría hacia el
claro. Cuando salió a campo abierto el cielo había pasado de gris a rojizo.
Mientras corría tropezaba con los terrones duros del campo arado. Trató de
mantener la vista en la casa que tenía delante.
Una vez cayó y le fue casi imposible volver a levantarse.
Con dificultad logró ponerse de rodillas, de cara al sol. El calor le
proporcionó la fuerza suficiente para ponerse en pie y murmuró algo. Trató de
decir cosas que nunca pensó que diría.
Cuando llegó a casa, Hatty le estaba esperando en el patio.
Había oído los disparos en el bosque, le había visto tropezar con los terrones
en el campo y le había visto arrodillado mirando directamente al sol. Hatty
temblaba cuando corrió hacia Lonnie para averiguar lo que había pasado.
Cuando llegó al patio, Lonnie se dio la vuelta y miró por
encima del hombro durante un segundo. Vio a los hombres trepar la valla de Arch
Gunnard. La esposa de Arch estaba de pie en el porche trasero y les estaba
hablando.
—¿Dónde está Pa, Lonnie? —preguntó Hatty—. ¿Y qué demonios
eran todos esos disparos en el bosque? —Lonnie avanzó a trompicones hasta el
porche delantero. Cayó de bruces en las escaleras.
—¡Lonnie, Lonnie! —dijo Hatty—. Despierta y dime qué
demonios pasa. Nunca había visto nada parecido.
—Nada —dijo Lonnie—. Nada.
—Bueno, si no pasa nada, ¿puedes ir a la casa grande y pedir
un pedazo de carne magra? No tenemos nada para preparar el desayuno. Tu padre
estará más hambriento que nunca después de pasar toda la noche fuera.
—¿Qué? —dijo Lonnie. Su voz se convirtió en un grito al
ponerse de pie de un salto.
—He dicho que vayas a la casa grande y pidas un pedazo de
carne magra, Lonnie. Eso es todo.
Agarró a su esposa por los hombros.
—¿Carne? —gritó mientras la zarandeaba con brutalidad.
—Sí —dijo ella con cara de sorpresa e intentando zafarse—.
¿No podrías pedirle a Arch Gunnard un poco de carne magra?
Lonnie se desplomó de nuevo sobre los escalones y dejó caer
las manos entre las piernas. Clavó la barbilla en el pecho.
—No —dijo con voz casi inaudible—. No. No tengo hambre.
