Jessica Amanda Salmonson
Un solo monumento marcaba la extensión de la seca pradera:
un bloque de terreno llano inexplicablemente montañoso. En su parte superior se
destacaba lo que parecía ser un castillo de retorcidas espirales y torres
inclinadas. La gente de la comunidad agrícola de Ausper, situada bajo las
sombras matutinas del monolito, aseguraba que nadie, excepto las águilas,
anidaban en los huecos de las torres a aquellas alturas, y que tampoco había
vivido allí nadie en el pasado. Pero por todo el aspecto peculiar de aquel
racimo de torres, hasta un tonto podría haberse dado cuenta de que había un
propósito tras la composición. Por ello, los pocos extranjeros que se
aventuraban hasta Ausper solían verse impulsados a preguntar qué clase de
obreros inhumanos habían construido la estructura a aquella altitud. Cuando se
les preguntaba, los campesinos murmuraban una ronca contestación, mezclada con
toses y acariciándose pensativamente las barbas, y hablaban entrecortadamente,
de modo que sus respuestas parecían falsas y poco claras. Si se les pedía
amablemente que la repitieran, volvían a murmurar una contestación
ininteligible. Si se les pedía que volvieran a repetirlo por tercera vez, la
gente mostraba tendencia a la provocación, y podía espetar en voz alta:
—¡Eres un tonto! ¡Límpiate los oídos o no hagas más
preguntas!
La verdad, como fácilmente puede suponerse, es que no tenían
respuestas. Aquellos elevados capiteles con ventanas redondas y negras habían
estado allí desde antes de la fundación de Ausper. Las más antiguas leyendas
locales no ofrecían teoría alguna que explicara cómo se había construido High
Place.
La mentalidad propia de los campesinos restringía toda
predisposición a la curiosidad, pues mantenía su atención centrada en la
fertilidad del suelo y nunca en las cosas misteriosas. Sin embargo, un joven
frágil llamado Hode había observado High Place antes de aprender a andar, y no
dejaban de fascinarle los riscos cortados a pico y las águilas sobrevolando las
delgadas agujas. De pequeño, se le había castigado tanto por preguntar por
aquel desfavorable monumento, que pronto aprendió a no hablar nunca de sus
decisiones privadas, puesto que aquello no estaba bien visto entre la gente
supersticiosa de su pueblo.
Ausper se hallaba alejada de toda capital grande, pero
ocasionalmente la gente llegaba desde el otro lado de la pradera sin otro
propósito que admirar una montaña enigmática con una corona de agujas. Hode
recordaba un tiempo en que tales viajeros llegaban en carretas de bueyes. No se
trataba de simples visitantes que lo contemplaban todo como bobos. Tenían la
intención de asaltar la elevada fortificación.
Uno de ellos era un poeta que tenía la intención de hacer
algo valeroso para que sus versos le sobrevivieran, recordando la tortura y el
tumulto de su propia vida heroica. Tras su llegada a Ausper, elevó la mirada
hacia el cielo sin nubes y al ver cómo el puntiagudo castillo parecía querer
separar en dos el sol del mediodía, declaró:
—¡Si ascendiéramos a ese risco, seríamos quemados por el fuego
dorado del cielo!
Y se marchó en busca de aventuras más plausibles sobre las
que componer su vanagloriosa poesía.
El segundo era un mercader pobre y barrigudo que se
imaginaba a sí mismo como un hombre de negocios astuto y sabio. Su aspiración
consistía en escalar hasta lo alto y arrojar desde allí los tesoros que sin
duda debían de estar guardados a buen recaudo. Pero cuando se encontró frente a
la elevada escarpadura, le salieron todos los colores y aseguró llorando que no
sobreviviría para invertir la fortuna que le esperaba en lo alto. De modo que
arreó a su buey y se unió al poeta en la búsqueda de oportunidades menos
mortíferas.
El otro fue un guerrero llamado Sarx-unlo el Asesino
Hechicero, que se echó a reír al ver la partida de sus compañeros, pues él era
el verdadero aventurero. Se sentó en las afueras del pueblo, cerca del
monumento y estudió a su enemigo mientras masticaba un poco de carne de buey
seca. Su estúpido animal ramoneaba las malas hierbas entre los cactus de
saguaro que separaban Ausper de la roca maciza. Hode apareció para contemplar
la altura con ojos atentos cuando se aproximaron los tres extranjeros. Se unió
al guerrero, dispuesto a esforzarse con él.
Cuando Hode preguntó por qué un hombre con tal prestancia de
luchador como él acudía a una región tan insignificante, Sarx-unlo dijo que
«esa piedra es un adversario más temible que cualquier hombre», o unas palabras
similares. Cuando le preguntó qué ganaría, escalando riscos tan traicioneros,
el aventurero habló de recompensas imaginadas, incluyendo la buena suerte de
asesinar al ermitaño hechicero que suponía debía de residir en una ciudadela
como aquella. Hode sólo escuchó a medias al hombre que fanfarroneaba llamándose
a sí mismo el Asesino Hechicero, de quien nunca había oído hablar. Sus
pensamientos estaban en otra parte. De pronto, le interrumpió y aseguró:
—¡Un día dominaré High Place!
Ese anuncio hizo que el atezado Sarx-unlo se echara a reír,
dándose palmadas en las rodillas. Pero cuando ofreció a Hode un trozo de carne de
buey, el Asesino Hechicero habló seriamente:
—Si está preordenado, el dueño de High Place seré yo.
Posteriormente, Sarx-unlo murió en la misma base del risco,
y Hode no se sintió desilusionado por ello. Se habría sentido celoso en el caso
de que otro hombre hubiera alcanzado primero la cumbre de High Place. Sin
embargo, el intento del guerrero endureció aún más el firme propósito de un
muchacho campesino común, y Hode tomó la inquebrantable resolución de alcanzar
el éxito allí donde habían fracasado hombres más fuertes que él.
Escaló rocas amontonadas para ver dónde había caído el
guerrero, tras dar un salto sin grito, convertido en un montón de carne
extrañamente contorsionada. Cerca del lugar donde había caído Sarx-unlo, Hode
descubrió una pequeña entrada que daba a una caverna. Extrajo la espada intacta
del cuerpo retorcido de Sarx-unlo y la utilizó como palanca para apartar las
rocas que cubrían casi por completo el agujero de entrada. A continuación, se
arrastró durante un trecho, pero se vio repelido por el olor nauseabundo del
estiércol de murciélago y por la silenciosa oscuridad. Tras haber memorizado el
lugar donde se encontraba aquella entrada de acceso tan difícil, dejando la
espada allí cerca, como señalización, Hode regresó a su casa.
Transcurrieron muchos días. Todas sus ideas cuando estaba
despierto, todos sus sueños y pesadillas, e incluso sus fantasías
masturbatorias estaban obsesivamente relacionadas con el incontrolable deseo de
ascender aquellas torres negras y peladas. Sin embargo, también sentía miedo,
pues sabía que no era más que un niño, más pequeño y menos fuerte que otros de
su misma edad. Seguramente, High Place se reiría de él con mayor facilidad de
lo que se había reído de Sarx-unlo el Asesino Hechicero.
Un mediodía, mientras la madre de Hode servía una taza de
caldo humeante a su esposo y a su hijo, comentó que el chico comía como un
pájaro y se hacía cada vez más introvertido, en proporción directa con su
creciente delgadez. Su esposo la hizo callar y dijo que todo joven en
crecimiento pasa por un período letárgico, y que Hode también pasaría el suyo.
Y palmeó al chico en la espalda. Pero secretamente sentía los mismos temores
que su esposa, pues Hode siempre había estado enfermo y débil y no había
llevado una vida ruda en el campo.
Más tarde, Hode y su padre trabajaron en los campos
polvorientos, aunque Hode no fue de gran ayuda. Su atención se distraía de las
tareas que tenía que realizar, atraída por la arquitectura antinatural de High
Place. Hasta entonces, su padre nunca le había regañado por su inutilidad, pero
ese día la carga del chico era más pesada de lo habitual. Le había encargado la
más ligera de las tareas, pero ni siquiera había podido terminarla. Eso, unido
a lo improductivo del suelo, a un verano sin lluvias y a las poco engordadas aves
de corral, hizo que el padre de Hode se desmoronara bajo las presiones a que se
veía sometido. Mimado hasta entonces en cuanto a su ineptitud, a Hode no le
sentó bien el ligero rapapolvo que le dio su padre.
Aquella noche, su padre acudió a disculparse por haberle
llamado cosas tan desagradables, pero ya no pudo encontrar a Hode. Éste había
llenado una caja con comida, pedernal para hacer fuego y otros objetos de
supervivencia, y se había marchado. Su madre se lamentó, pensando que las
bestias de la pradera devorarían a su único hijo. El padre, que se sentía
culpable, aseguró que saldría en busca de Hode, y que no abandonaría la
búsqueda hasta encontrar o bien sus huesos, o bien sano y salvo para
reintegrarlo a la familia.
En el centro de aquella enorme y fétida caverna, Hode
encendió un fuego. Estaba sentado sobre la estalagmita redondeada, observando
un delgado hilo de humo que se elevaba hacia la oscuridad del techo. Estaba
dispuesto a vivir allí para siempre, alimentándose de los murciélagos que colgaban
de sus perchas como las espinas de un cactus, bebiendo el agua que contenía
piedra caliza y que goteaba incesante de las puntas de las estalactitas
azuladas, y buscaría raíces para encender sus fuegos sólo en las noches más
oscuras, y no volvería a salir jamás a la luz del día.
Permaneció cavilando de este modo entre el azulado bosque de
asombrosos dientes, como un parásito en las fauces de una esfinge colosal.
Observó las sombras móviles producidas por el fuego, que se tambaleaban como
mil demonios detrás de las extrañas formaciones rocosas. Siguió así sentado
toda aquella noche y el día siguiente, hasta que se acostumbró a la cámara y
adquirió un sentido de pertenencia a la misma que nunca había experimentado
antes en la triste vivienda de sus padres.
Al oscurecer del segundo día, se aventuró a salir a la noche
para recoger combustible para el fuego. Antes de que apareciera el sol, se las
arregló para hacerse una cama en una depresión de la pared, utilizando un musgo
amarronado que había sobrevivido en los peñascos situados en la base del
acantilado. Durmió durante las horas del día y se despertó aquella noche,
adaptándose así con una extraña rapidez a los hábitos nocturnos.
Durante la tercera noche escuchó por primera vez entre otras
muchas ocasiones los gritos de su padre que le llamaba. No era probable que, a
pesar de la antorcha que llevaba encendida, descubriera la entrada de la cueva,
y mucho menos que penetrara en un lugar tan oscuro en el caso de que la
encontrara por casualidad. Sin embargo, Hode esperó, lleno de temor a ser
descubierto, hasta que los gritos se apagaron en la distancia y se
desvanecieron. Hode llegó a la conclusión de que no tardarían en pensar que
había sido devorado por algún depredador de la pradera, y pronto le olvidarían
tras lamentar mínimamente su desaparición. Mientras tanto, tendría que llevar
cuidado para no ser descubierto por las noches, cuando salía a buscar leña. Más
tarde, cuando las gentes del pueblo se hubieran convencido de su desaparición,
podría arriesgarse a robarles algo de lo que necesitaba Pero, por el momento,
no debía dar ninguna pista sobre su situación.
El monumento siempre había sido para él como una especie de
fetiche, y experimentaba un gran estímulo sexual al encontrarse dentro de la
caverna. El cuarto día, cuando se encontraba tumbado en su jergón de musgo,
Hode alcanzó la pubertad, pues, tras su orgasmo habitual, el semen y el esperma
aparecieron en su mano. Hode contempló la sustancia con curiosidad y un cierto
temor infantil, preguntándose si era normal que él exudara aquella especie de
ungüento con aspecto de cuajada. Se limpió con el musgo y permaneció tendido,
inexpresivo.
Sin que él se diera cuenta, el olor de su fertilidad se
extendió por las profundidades de la caverna, despenando la sensibilidad
olfativa de un habitante de los mundos inferiores. Algo espantó a los
murciélagos más alejados. Momentos después, el sonido de la perturbación se
acercó más. Los roedores, llenos de pánico, echaron a volar desde las alturas,
atravesando la guarida de Hode y saliendo al exterior.
Hode se incorporó, sabiendo que no era normal que los
murciélagos salieran a volar a la luz del día. Debían permanecer colgados,
durmiendo, tal y como él mismo se disponía a hacer. Aquello le preocupó. Estaba
a punto de huir él también cuando escuchó el sonido de una canción de sirena
que le resultó repulsiva por su tono pero al mismo tiempo atractiva por lo
insólito de su melodía. Como cautivado en pleno sueño, Hode bajó de la
depresión de la pared y se abrió paso por entre las estalagmitas azuladas. El
único paso de la cámara al otro lado de la salida exterior se dirigía hacia
abajo, formando un ángulo pronunciado. Hode nunca había logrado encontrar la
fortaleza necesaria para explorar las regiones inferiores, pues sus aspiraciones
se dirigían hacia arriba, y no hacia abajo. Pero ahora se encontró caminando
hacia aquellas profundidades, atraído hipnóticamente por una música sardónica,
demoníaca.
Un ráfaga de aire frío llegaba desde los niveles inferiores,
cargada de un olor metálico picante. A pesar de lo helado del aire, Hode sonrió
tontamente y se sintió caliente por estar en el vientre del monumento. El
pasillo se hacía más inclinado y más estrecho. Dejó atrás la luz de su hoguera.
Y entonces, tan repentinamente que Hode se detuvo en seco, el sonido que le
atraía cesó por completo. Sacudió la cabeza, confundido y aturdido, y se dio
cuenta de que se encontraba sobre una especie de repisa que, por lo que podía
distinguir, podría ser un pozo sin fondo. Conmocionado por lo cerca que había
estado de la caída, y liberado de la música seductora, se volvió y huyó
tambaleándose hacia su cámara, ocultándose profundamente en la depresión donde
se había preparado la cama. Se enrolló, formando una bola y se sintió
irracionalmente a salvo de todo mal.
Tenía muy poco que hacer cuando estaba despierto. Tras
algunos días, descubrió un método con el que entretenerse. Se dio cuenta de que
si golpeaba una estalactita con la amplia hoja de la espada de Sarx-unlo, ésta
producía una reverberación musical. Tras diversos experimentos, observó que
cada aguja de piedra poseía un tono distintivo, como si fueran campanas. Lleno
de júbilo, Hode corrió alocadamente por la cámara, golpeando cada estalactita
que se encontraba a su alcance y saltando para alcanzar las más altas. Así
produjo una melodía sin armonía que acabó por convertirse en un rugido
ensordecedor. Los murciélagos huyeron de la cámara al tiempo que Hode iba de un
lado a otro golpeando las rocas de vez en cuando, sin permitir la desaparición
de aquel tañido. Todo el monumento montañoso reverberaba y aquella noche las
gentes de Ausper se despertaron asustadas por el terrible zumbido.
Cautivado por su juguetona travesura, Hode no se dio cuenta
de que empezaban a agrietarse las bases de algunas estalactitas grandes,
debilitadas sus raíces a causa de la vibración. Con una insospechada fortuna se
cansó de aquel juego antes de que los trozos de piedra cayeran sobre él.
Una vez que se hubieron apagado los ecos del estruendo,
permaneció un sonido y la alegría de Hode se vio rápidamente sustituida por una
sensación de temor. Volvía a escucharse la canción de sirena de pesadilla, tal
y como había sucedido la primera noche de su fertilidad. Y en esta ocasión
escuchó los ecos no procedentes de profundidades desconocidas, sino bastante
cerca.
Debilitado por su reciente ejercicio, le resultó aún más
difícil mantener la fuerza de voluntad necesaria para desobecer la llamada que
le impulsaba a internarse por el pasaje. Llevándose las manos a los oídos, Hode
se puso a cantar en voz alta para no escuchar la llamada. Y, para no quedar
nuevamente frustrada, la criatura surgió del pasaje. Hode no pudo distinguirla
bien desde su posición. Ansioso y temeroso, arrojó un montón de cactus secos a
la hoguera para no quedarse en la oscuridad, y después se metió en la imaginada
protección de su cama, entre la pared.
La canción se había convertido en un sonido gangoso. Hode se
apartó las manos de los oídos y trató de descubrir por el sonido dónde se
hallaba el intruso. Lo mismo procedía de un lugar oculto que de otro, y Hode no
podía saber su lugar de procedencia por el eco que producía. Captó extrañas
visiones fugaces de una figura informe que se confundía con las sombras.
Esperó, escuchando y observando, escondido en su depresión, temeroso, sin estar
seguro de ver nada, apretado contra su cama, deseando convertirse en un ser
invisible. Y entonces, de repente, el cubo que había colocado bajo una estalactita
para recoger agua de beber cayó o fue arrojado con un chasquido y un
chisporroteo, y el fuego se apagó. La caverna se encontró repentinamente
inmersa en la más profunda oscuridad. Hode aún se adentró más en el hueco donde
estaba su cama.
El sonido estaba terriblemente cerca: inmediatamente debajo
del borde de su cama. Hode gimió, esforzándose inmediatamente por guardar
silencio, preguntándose por qué habría arrojado la espada de Sarx-unlo cuando
se tapó los oídos. Sin defensa alguna, como un estúpido, se dio cuenta de que
el demonio había subido al lugar que había creído inviolable. Le escuchó
husmear como un cerdo, con la nariz a ras de suelo; cerca, cada vez más cerca,
hasta que un apéndice húmedo y frío tocó su pierna. ¡Y se agarró a él!
Gritó, forcejeó, pateó, se defendió, rogó, pero todas
aquellas acciones terminaron por transformarse en un pánico gimoteante. Una
masa gelatinosa se abalanzó sobre él, indiferente a sus golpes, apagando su
defensa del mismo modo que el agua había apagado el fuego. Y entonces sintió
algo esperado y agradable: unas suaves y rítmicas constricciones en sus
genitales. Volvió a escucharse la extraña y dulce canción de sirena, con un
tono más alto y excitado, que ahora penetraba en su mente, arrullándole
emocionalmente, agotándole físicamente, dejándole finalmente para que se
retorciera él solo, anhelando el regreso de aquel éxtasis, pero sabiendo de
algún modo que el demonio había tomado de él lo que deseaba y que nunca
regresaría.
Permaneció allí inmóvil durante dos días, como alguien que
ha perdido a su amada y ha visto desaparecida su pasión. Ni siquiera se levantó
para encender fuego o para beber, ni cazó murciélagos para comer. Su delgada
estructura se hizo aún más esquelética. Con el pelo largo y alborotado, las
ropas destrozadas, parecía un ser demoníaco tumbado en la depresión de la pared
de una caverna. Finalmente, fue encontrando ánimos surgidos desde las
profundidades de su apatía, allí donde había sido abandonado por el exigente
organismo ectoplásmico. Con las piernas tambaleantes, se levantó para encender
el fuego. Puso en él toda la leña de que disponía y hasta quemó la caja que
tenía, con el propósito de alejar todos sus temores y desembarazarse de
aquellas frías emociones de sú-cubo.
A medida que el fuego adquiría fuerza, Hode inclinó la
cabeza bajo una estalactita para tragar unas pocas gotas de líquido amargo.
Así, su cabeza se giró, esperando pacientemente la caída de la gota siguiente,
observando inexpresivamente el humo que se colaba por entre las formaciones
rocosas. Cuando la hoguera ya era grande, pudo ver débilmente las zonas más
altas de la cámara. Observó entonces la existencia de una fisura negra y
estrecha por la que se escapaba el humo y una sucesión lógica de pensamientos
atravesó su mente aturdida, hasta que se escuchó a sí mismo decir en voz alta:
—Si no se puede escalar esta montaña desde el exterior, ¡la
ruta hacia High Place tiene que estar en el interior de esta gran roca!
Cierto, cierto, razonó, conmocionado por una absurda sensación
de felicidad: sólo necesitaba subir hasta aquella fisura y seguir el mismo
camino que seguía el humo.
En aquella idea había un problema evidente, pues él no era
humo. ¿Qué clase de criatura podría escalar las grandes paredes, o subir por
las estalactitas cónicas, o caminar cabeza abajo por el techo? No serviría de
nada caer en los pozos que conducían a cavernas aún más profundas, pero ¿acaso
podría un cuerpo caer hacia arriba, hacia los niveles más altos?
Distraído por todos estos pensamientos no se dio cuenta de
una perturbación que se produjo en la entrada de la caverna. Sólo tomó
conciencia de que no estaba solo cuando escuchó que alguien gritaba su nombre:
—¡Hode!
Miró por entre las rocas hacia el lugar donde se encontraba
su padre. Llevaba una parpadeante antorcha que arrojaba sombras que se oponían
a las producidas por su hoguera.
—¡Por todos los dioses, sabía que tenías que estar vivo!
—exclamó el padre, avanzando hacia él con un brazo abierto.
Hode retrocedió tambaleante, con los ojos muy abiertos y
llenos de una expresión que podría haber sido de temor o desesperación. ¡Su
cueva secreta había sido descubierta! Fue un momento muy triste, ser obligado a
regresar adonde ya no sería dueño de sí mismo, adonde todos le tratarían como
un débil, y donde ya no estaría rodeado por aquellas fabulosas paredes de
piedra. Cayó sobre la estalagmita redondeada y se puso a gritar una y otra vez:
—¡Déjame solo! ¡Déjame solo! ¡Déjame solo!
El preocupado padre se acercó más, temiendo que su vástago
sufriera una enfermedad mucho peor que cualquier otra: la locura. Por encima de
la cabeza del intruso, una estalactita, debilitada en sus raíces días antes,
cuando Hode la golpeó para hacerla resonar, empezó a soltarse ante los ecos
producidos por los gritos repetidos del muchacho.
El padre sólo tuvo tiempo de escuchar un crujido y mirar
hacia arriba. Arrojó la antorcha y trató en vano de detener la flecha que caía
hacia él con ambas manos, pero ésta se le clavó en el pecho. La alta y delgada
estalactita empezó a ladearse de un lado a otro y golpeó otras estalactitas con
una fuerza atronadora. Estas se rompieron a su vez y cayeron sobre otras que se
rompieron también y arrastraron a otras muchas. Enormes proyectiles caían
alrededor de Hode, chocando contra las estalagmitas del suelo. Fue la segunda
noche que las gentes de Ausper despertaron con un sonido como de campanas, y
aún sintieron mucho más temor pues en, esta ocasión el ruido fue más fuerte. El
calamitoso estruendo resultó mucho más ruidoso de lo que Hode hubiera podido
imaginar conseguir con el golpe de una pequeña espada, y el rugido resultante
le reventó los tímpanos. Así, asistió a la catástrofe envuelto en el más
extraño silencio. Unos dientes enormes y silenciosos caían a su alrededor.
Todo duró escasos momentos y Hode salió milagrosamente
ileso. La sangre que le salía de los oídos indicaba las únicas heridas
sufridas. Avanzó sobre el montón informe de estalactitas y estalagmitas rotas,
cuarteadas, destrozadas o dañadas de cualquier otra forma. La caída de una gran
formación rocosa había obturado la salida de la caverna, pero eso no le
preocupó a Hode. Se abrió paso hacia el lugar donde yacía su padre, destrozado
y empalado, y se sintió algo desilusionado al encontrarle muerto, sin
sufrimiento alguno. Pero la frustración no tardó en desaparecer porque elevó la
mirada a lo largo de aquella primera estalactita que había caído y vio que su
extremo superior se inclinaba hacia un corte parcialmente resquebrajado de pequeñas
estalactitas que formaban un grupo compacto. Y a la izquierda de éstas pudo
distinguir el borde de la oscura fisura.
Inspirado por su buena suerte, Hode ascendió el ángulo de la
piedra alta, como una sombra esbelta a la luz temblorosa de la hoguera que se
iba apagando. Desde la parte superior rota del cono invertido, alcanzó una de
las estalactitas que formaban grupo y se aupó hacia el techo, agarrándose a la
piedra como un mono. Alcanzó así otra lanza que se extendía hacia abajo, y a
continuación otra, y así fue ascendiendo lentamente hacia la estrecha
resquebrajadura que conducía hacia arriba. Faltaba un trozo en la fisura y tuvo
que saltarlo, respirando apresuradamente a causa del esfuerzo. Permaneció allí
sentado durante un rato, oscilando las piernas desde las alturas. Recuperado el
aliento, se apoyó con los brazos en ambos lados de la grieta y comenzó a
serpentear hacia arriba. Fue una tarea difícil, pero la musculatura que le
faltaba quedó compensada por una fuerza de voluntad perversa. Se esforzó y
gruñó durante media hora, avanzando con mucha lentitud, tosiendo ante aquel
aire enrarecido, sin el sentido del oído y sin luz que le guiara. Toda su
seguridad dependía únicamente de su sentido del tacto.
Cuando llegó a un nivel más alto, se arrastró por lo que
ahora era un suelo nuevo, respirando pesadamente e incapaz de levantarse
durante largo rato.
Allí se desarrollaba un maravilloso y celestial jardín de
hongos, que más bien parecían estupendos moldes de color rojo y dorado, con
cabezas de esporas de una brillantez aún más deslumbrante. A pesar de su
aspecto, Hode razonó que este jardín debió de proporcionar frutos domésticos a
los seres humanos o semihumanos que hubieran vivido anteriormente en el
castillo que esperaba arriba. Hambriento como estaba, partió la cabeza
brillante de un retorcido hongo y la mordió como si fuera un melón de origen
conocido. Su sabor era razonablemente bueno. Probó algunos otros. Los más
secos, que ya tenían esporas, no brillaban, y tenían sabor a madera. Pero los húmedos
eran bocados exquisitos que calmaban tanto la sed como el hambre. Supuso que
las secas cabezas de esporas serían un buen combustible si decidía encender un
fuego.
Unos delicados insectos fosforescentes vivían entre las
plantas nocturnas: eran polinizadores quitinosos más brillantes que las gemas;
unos pequeños gusanos igualmente brillantes progresaban lentamente a lo largo
de los tallos; y también había unas grandes y exquisitamente frágiles mariposas
con antenas en forma de plumas y ojos de un color ámbar brillante. Igualmente
distinguió tortugas con caparazones decorados con puntos blancos. Hode supuso
que aquellos reptiles de seis patas fueron, igual que los hongos, la comida de
una sociedad ahora desaparecida. No había rastro de los murciélagos que
habitaban los niveles inferiores, puesto que aquel espacio configuraba una
nueva ecología que antiguamente podía haber sido cultivada, pero que ahora
crecía independientemente de sus cuidadores.
Fortalecido por la ingestión de los hongos, Hode investigó
más allá del pintoresco jardín y pronto descubrió un túnel que ascendía en
espiral. El corazón le dio un vuelco cuando lo descubrió, pues llegó a la
conclusión de que debía de conducir hacia High Place.
Sin embargo, no penetró inmediatamente en el túnel. Se
sintió invadido por un temor que no tenía nada que ver con lo fantástico de
todo lo que le rodeaba. Allí estaba, en el umbral de su objetivo, y ahora temía
que, una vez alcanzado, ya no quedara ningún propósito en su vida egoísta y
miserable. ¿Qué encontraría allá arriba como no fueran grandes y vacíos
pasillos y escaleras de caracol que conducían a las habitaciones de las torres?
Por primera vez, reconoció que la posesión de un objeto nunca produce el mismo
éxtasis que la búsqueda; la realidad nunca es tan agradable como el sueño.
Fueron revelaciones terribles, más atemorizantes que cuando
fue violado por el demonio, peores que la lluvia de estalactitas. Porque este
era un temor intangible que no podía ser afrontado físicamente. Resultaba
difícil superar una cosa que no podía verse ni tocarse. No obstante, superó
estas sensaciones y se lanzó hacia delante, hacia el túnel. Giró y giró y subió
y subió por el pasadizo hasta que llegó al último recodo, siendo saludado
entonces por una forma de luz que ya le resultaba extraña a su retina: la del
sol. Se protegió los ojos con la sombra del brazo y vio a un águila enorme
remontar el vuelo, saliendo de un nido construido de modo descuidado. El ave
desapareció por una ventana redonda.
Parpadeando y bizqueando con ojos acuosos, Hode miró hacia
abajo desde High Place, viendo todo el pueblo de casas tristes, un puñado de
masas informes como dados sobre la llanura reseca, entre las que se extendían
unos campos miserables que parecían menos verdes que el duro terreno que se
extendía hasta el horizonte. Los saguaros se elevaban abajo como centinelas
erectos.
Hode decidió quedarse allí, en High Place, pues ahora no
tenía ningún sitio adonde ir y ningún lugar donde prefiriera estar mejor que
allí. Se apartó de la ventana redonda e inspeccionó el nido de águila
construido sobre un estrado de obsidiana. En su interior encontró tres
aguiluchos sin plumas con los picos curvados abiertos, en petición de alimento,
que le miraban con unos feos ojos de color púrpura en unas cabezas de tamaño
desproporcionado. Aleteaban con sus diminutas alas todavía no desarrolladas del
todo en el nido. Hode no podía escuchar sus llamadas pero estaba seguro de su
aspereza pues percibía la vibración de sus gritos en su propio pecho.
Aquellos tres aguiluchos podrían convertirse algún día en
magníficos cazadores y voladores, pero ahora resultaban animales feos. Hode
sintió una afinidad con ellos. Extendió los dedos hacia los animales y éstos
hicieron inofensivos esfuerzos por comer los dedos. Por primera vez en su vida,
Hode se echó a reír ante la alegría que le producía un ser vivo. Serían capaces
de tragarse un dedo entero, regurgitarlo por no tener buen sabor, y elegir
cuidadosamente otro para intentarlo de nuevo.
Sordo como estaba, con la sangre ya seca que le había salido
por los oídos perforados, Hode no escuchó el aleteo de unas grandes alas a su
espalda. Únicamente percibió una rápida brisa procedente de la ventana, a la
que no prestó atención hasta que las garras del águila hembra estuvieron en su
nuca.
El ave se quejó ásperamente, al tiempo que Hode vociferaba
por toda Ja estancia, gimiendo y revolviéndose furiosamente contra el animal
que no dejaba de graznar sin soltarse de su nuca. A pesar del ruido, Hode se
hallaba en una pesadilla de silencio. Ni siquiera escuchó sus propios gritos
cuando el gran animal inclinándose por encima de su hombro le mutiló el ojo
derecho con su enorme pico curvado. Se lo arrancó de raíz, tragándoselo
inmediatamente después de haberlo mantenido colgando del pico por un instante.
El pico volvió a bajar en busca del otro ojo, pero Hode le
agarró del cuello con ambas manos y empezó a retorcérselo. El ave mantenía las
garras firmemente sujetas a sus hombros, batiendo las alas con violencia, hasta
que logró elevar al esquelético Hode del suelo. Ambos contendientes cayeron
cuando el ave no logró hacer pasar el oxígeno por el cuello retorcido. Aleteó
un poco más, pero Hode mantuvo su férrea presión durante varias horas hasta que
hubieron pasado los últimos estertores de la muerte, hasta que él mismo perdió
el conocimiento para despertar mucho más tarde con la promesa de un desayuno
compuesto de carne de águila.
Entregó a los aguiluchos una parte de la carne. El resto la
cocinó haciendo un fuego con los hongos secos y leñosos, utilizando para ello
un horno en forma de cuenco que descubrió en una zona del castillo que
antiguamente había sido una cocina.
Insensible al dolor, no se sintió agitado por la cuenca de
su ojo mientras exploraba las miríadas de agujas. Ninguna de ellas tenía
interés alguno, excepto una. En la más alta de las agujas encontró una cámara
diminuta que contenía algo que él incluso temió mirar, y mucho menos tocar.
Bajó apresuradamente las incontables escaleras, tratando de borrar de su mente
lo que acababa de ver, y pasaron muchos años antes de que volviera a
aventurarse a seguir aquel mismo camino.
Lentamente, volvió a adaptarse a las costumbres diurnas.
Descendía periódicamente a los jardines repletos de hongos en busca de comida,
compuesta tanto de carne de tortuga como de verduras, y también capturaba
insectos para alimentar a sus tres guardianes, que pronto desarrollaron alas
para volar. Los insectos, junto con las entrañas y los restos de las tortugas
fueron suficientes para mantener fuertes a los aguiluchos y permitirles
desarrollarse.
Durante los meses que siguieron el cuenco del ojo de Hode
sanó por completo, hasta el punto de que podría haberse creído que sólo había
nacido con un ojo. Sus aves se hicieron más grandes y pesadas. Las entrenó para
que atacaran otros nidos de aves situados en los farallones por debajo del
castillo, incluyendo los nidos de otras águilas. Hasta se atrevían a apoderarse
de lagartos de la pradera y de algún ocasional roedor o conejo. Toda la familia
comía bien y de modo variado. Los tres guardianes se convirtieron en ejemplares
magníficos, siniestros a causa de su entrenamiento, mientras que sólo Hode
siguió siendo pequeño y feo.
Ocurrió que, por accidente, una de las águilas trajo a las
alturas a una niña recién nacida, que pataleó y lloró, destrozada y sangrienta.
Hode, encantado con aquel festín atroz, alabó al águila y dijo que ninguna
carne le había parecido tan sabrosa como aquella. Las otras dos águilas se
sintieron celosas de la atención dedicada a la primera. Y en los dos días
siguientes cada una de ellas llegó al castillo con bebés recién nacidos,
sacados de sus cunas. Hode no prestó la menor atención al pánico que se desató
en el pueblo. De hecho, lo único que pensaba de Ausper era que en un pueblo tan
pequeño como aquel no debían de haber más de tres recién nacidos, por lo que no
podría disfrutar de una nueva comilona como aquella en mucho tiempo.
Pero las águilas no conocían límites en su deseo de
complacer a su dueño. Dos de ellas, actuando juntas, se las arreglaron para
matar y mutilar a un joven de buenas dimensiones, llevando su cuerpo al
castillo. Hode se echó a reír v acarició afectuosamente a los dos orgullosos
animales. Aunque ya se había cansado de comer carne humana con tanta
regularidad, sentía un gran placer al observar los esfuerzos que hacían las
aves para lograr su aprobación. No cocinó aquel último cuerpo, sino que
permitió que las tres aves comieran de él todo cuanto quisieran y arrojó por la
ventana los restos, que cayeron al pie de los acantilados.
Un grupo de hombres, encolerizados por los ataques de las
águilas llegaron al pie de los acantilados, en donde aparecieron desparramados
y brillantes los huesos procedentes de los festines de Hode y de las aves. Aquellos
hombres no eran muy inteligentes, pero no se necesitaba gran inteligencia para
llegar a la conclusión de que la mayoría de aquellos huesos habían sido
cocinados. Los hombres dirigieron sus miradas hacia aquellas elevadas y
retorcidas agujas, experimentando un nuevo temor. Sus temores supersticiosos
sobre High Place empezaban a convertirse en realidad; y ni siquiera existía un
camino mediante el que un hombre valiente pudiera alcanzar la cima de High
Place para enfrentarse a la inicua criatura que se había instalado allí, fuera
lo que fuese.
Hode, a salvo de la gente, no se preocupó lo más mínimo. En
cierta ocasión en que un estúpido pueblerino intentó la escalada, Hode ni
siquiera esperó a que se matara de una caída, sino que envió a sus águilas para
que le hicieran caer al fondo rocoso. Libre como estaba de toda sujeción a la
ley y a la necesidad de ganarse la vida, Hode no sentía remordimientos por sus
actos, ni temores de represalias.
Un día, el águila más grande y preferida de las tres aleteó
ante la ventana débilmente, con un ave de corral entre las garras y una flecha
clavada en la pechuga. Por primera vez, Hode experimentó algo del sufrimiento
por el que ya habían pasado las gentes del pueblo. Cuidó al ave, que gritó todo
el tiempo, alabándola exageradamente por haberle traído un ave de corral tan
exquisita. El águila murió con su cabeza entre las mano de Hode. Mientras
caminaba por entre los salones del castillo, sintiéndose solitario, las otras
dos águilas devoraron a su hermana pues eran aves de rapiña que, después de
todo, eran incapaces de lamentarse.
Una tortuosa escalera condujo a Hode a la pequeña cámara
donde ni siquiera él, pequeño de estatura, podía mantenerse erecto. Este era el
único lugar de sus dominios al que nunca acudía, pues había espantosos
caracteres rúnicos escritos sobre el arco de entrada, y Hode, que no podía
comprenderlos, temía el poder de la palabra escrita. Sentía miedo ante aquella
estancia, del mismo modo que hombres menos monstruosos temen a los demonios y
la oscuridad, pero sus temores se vieron superados ahora por una misión de
venganza.
En la torre más alta de High Place, en una estancia del
tamaño de un armario y situado sobre una mesa de ébano, había un extraño objeto
cincelado en un rubí de un color carmesí sangriento que formaba un solo bloque.
Tenía la figura de un hueso, con una serpiente enroscada a su alrededor, el
signo universal utilizado en los tarros de veneno que indicaba advertencia y
prohibición y que, cuando se marcaba en los mapas, indicaba a los viajeros
aquellos lugares a los que no debían ir. Previamente, Hode había estado muy
poco dispuesto a tocar la talla. Aunque de una antigüedad olvidada, tenía la
sospecha de que aquel cetro antiguo era la fuente original de la serpiente como
señal de corrupción.
La mano temblorosa de Hode cogió el cetro prohibido y lo
sostuvo cerca de su pecho, esperando a ver si iba a ser mortal-mente golpeado
al contacto con aquel objeto infame. Al ver que aún seguía con vida contempló
con su único ojo las rojas profundidades de la talla. Inmerso en aquella
situación encantada, vio civilizaciones arruinadas ahogadas en sangre, armadas
hundidas bajo mareas rojas, bosques primitivos devorados por enormes llamas...
y finalmente se vio a sí mismo en la ruina. Esta última visión no fue nada
imaginaria, sino sólo un reflejo: una gárgola de un solo ojo, con la cara llena
de cicatrices y dientes amarillentos y podridos surgiendo de encías en
retroceso. Al contemplarse en el pulido rubí, se preguntó si siempre había sido
tan feo, o si las cavernas y aquel castillo y su vida y su dieta salvajes le
habían hecho de aquel modo. Había perdido todo sentido del tiempo y ni siquiera
sabía su propia edad, pero parecía imposible que fuera más viejo de lo que le
mostraba su imagen.
Sujetando su botín, descendió la escalera caminando como un
viejo. Se sintió incongruentemente anciano, pero trató de convencerse de que
aún seguía siendo un joven. Regresó a la ventana desde donde se divisaba
Ausper, subió al portal redondo y permaneció allí de pie bajo la luz del sol de
la tarde. Comenzó entonces a pronunciar atroces maldiciones, sosteniendo el
cetro de hueso con la serpiente por encima de su cabeza.
Allá abajo, un campesino escuchó un grito agudo y distante y
levantó la cabeza de su azadón. Observó una figura diminuta y frenética en una
de las ventanas de las torres. Dejó caer su herramienta y salió corriendo y
gritando hacia el pueblo. La gente no tardó en asomarse a las puertas,
contemplando el espectáculo de algo semihumano que les lanzaba maldiciones. El
viento seco se aquietó de un modo nada natural, de modo que cada imprecación
llegó a sus oídos con toda su fuerza, como si la simple vista no fuera
suficientemente aterradora.
Una mujer ojerosa permaneció de pie en el umbral de su casa
y creyó distinguir algo familiar en la voz de aquella figura momificada.
Comprendiendo de pronto, se llevó las manos a la boca y se desmoronó, muerta
allí mismo, sin que hubiera en la casa nadie que pudiera ayudarla.
Después de aquello, Ausper sufrió plagas, langosta, sequías,
tornados y tormentas de polvo. El ganado de los campesinos sufrió todas las
enfermedades imaginables. Los niños nacían muertos. Durante los años que
siguieron, todos aquellos que pudieron abandonaron Ausper, llevándose consigo
sus escasas pertenencias tiradas por bueyes. Unos pocos cuyos bueyes habían
muerto trataron de abandonar el pueblo a pie, pero aquellas gentes desesperadas
no tenían la menor posibilidad de sobrevivir en la reseca llanura. Quienes no
pudieron huir de Ausper se resignaron a experimentar un ocaso lento y
persistente.
Finalmente, los que se habían quedado murieron de sed,
hambre, enfermedad o de un trabajo duro e inútil, hasta que en Ausper sólo
quedó una mujer, que deambuló por la desierta comunidad enfundada en su túnica
gris azotada por el viento, como una pordiosera loca, con los ojos negros y
hundidos observándolo todo llena de terror.
Inesperadamente, Hode descubrió que él mismo no estaba
exento de sus malvadas maldiciones. La misma enfermedad que exterminó todas las
aves de corral de Ausper mató también a las aves que anidaban en los
acantilados. Cuando sus en otro tiempo magníficas águilas se vieron reducidas a
llevar una vida de buitres, picoteando los huesos de las criaturas muertas por
la enfermedad y la sequía, las aves de plumas desgastadas se vieron abrumadas
por la enfermedad y el contagio. Una de ellas cayó del cielo, en espiral,
estrellándose contra el suelo. La otra perdió el equilibrio desde la elevada
posición donde se encontraba, en el interior de las torres.
Pero durante todos aquellos años, Hode había perdido sus
últimos vestigios de humanidad. No se lamentó por aquella pérdida. Había
olvidado hacía tiempo al pueblo condenado, hasta el punto de que ni siquiera
disfrutó de su venganza. Pues la venganza, al fin y al cabo, también era una de
aquellas emociones humanas de las que se había desprendido completamente. En su
sordera, nunca escuchó el rugir de los vientos atraídos por sus maldiciones, y
mucho menos los ruegos de los ahora desaparecidos campesinos que habían llegado
a pedirle misericordia y a celebrar sacrificios en la base del precipicio.
Se pasó la mayor parte del tiempo en los laberintos de las
cavernas situadas bajo High Place, donde comía en los jardines fantasmagóricos
y deambulaba por aquel dédalo de pasadizos. Utilizaba su brillante rubí a modo
de lámpara. Descubrió con bastante frecuencia signos de la presencia de un
intruso, que dejaba huellas limosas allí por donde pasaba. Hode siguió aquellas
huellas durante varios meses, caminando sobre puentes naturales, a través de
túneles bajos, a lo largo de repisas estrechas, pero nunca pudo distinguir su
presencia. Las huellas llegaban inevitablemente a lugares por los que él no
podía seguirlas, pues aquel ser podía arrastrarse como un caracol pared arriba
o bajar a los abismos.
A veces se sintió como si estuviera viéndose burlado por
alguna clase de inteligencia, pues las huellas limosas se complacían en
retroceder, o en hacerle seguir el camino más peligroso. Sabía que era
imperativo encontrar a aquel intruso antes de que se convirtiera en un
intelecto superior al suyo y, en consecuencia, en un adversario terrible.
Evidentemente, aquel ser estaba creciendo pues a cada semana que transcurría
dejaba una huella algo más ancha, del mismo modo que aumentaban las secciones
de hongos devorados por su voraz apetito.
Así pues, Ausper se convirtió en un pueblo de fantasmas
mientras Hode deambulaba por las cavernas. A cada mes y a cada año que pasaban
sintió que iba convirtiéndose en un hombre prematuramente viejo. Llegó un
momento en que se descorazonó ante aquella búsqueda infructuosa y se sintió
demasiado viejo para continuarla. Subió entonces de las cavernas, apartó de un
puntapié los huesos de su última águila y se reclinó contra el borde de la
ventana. Sentía su ojo pesado, las manos débiles, las piernas temblorosas. La
mano que descansaba sobre el alféizar se sacudió como paralizada, y después
quedó sin fuerza y soltó el cetro de rubí que sostenía. El cetro rodó al otro
lado del borde. Hode no pareció darse cuenta de nada. Suspiró, abatido por el
cansancio de la vida.
No se dio cuenta del pueblo invadido por las zarzas, ni de
su único habitante que deambulaba de un lado a otro, aprovechándose de aquellos
que ya no tenían necesidad alguna.
La continuación de la vida se había convertido en un penoso
trabajo. Y entonces pensó en saltar en busca de la muerte. Pero se sintió
demasiado cansado, incluso para subirse al alféizar.
Su delgada estructura le parecía tan pesada que apenas podía
sostenerse en pie. Se dejó caer lentamente sobre el suelo, para sentarse, con
la espalda apoyada en la pared. Por el rabillo de su único ojo captó un
movimiento en el túnel que conducía a las cuevas. Supo que se trataba de
aquella criatura elusiva que acudía a saborear su victoria. No podía
distinguirla con claridad a causa de las oscuras sombras, pero tenía la figura
de un hombre, aunque el bulto se tambaleaba como si la figura fuera únicamente
tenue.
Incapaz de moverse, sin voluntad para ello, Hode observó
fijamente la figura en la oscuridad. Evidentemente, aquel ser esperaba la
llegada de la noche para salir de su escondite y devorar al pasivo e
indiferente Hode. Y él ni siquiera era capaz de imaginar un plan de batalla.
Miró dentro de sí mismo y vio que estaba vacío y sin alma, como un hombre a
quien ya no le queda la menor traza de amor ni simpatía por los amigos o la
familia, como un recluso colérico y depravado, ahíto de murciélagos y hongos,
devorador de niños, como un loco sin emociones, e incluso como un amante de los
demonios.
Ante este último pensamiento levantó la cabeza de golpe y
dijo con voz ronca:
—¡Engendro del demonio!
Contempló aquella cosa que avanzaba, surgiendo de la
oscuridad. Porque la oscuridad había llegado. El medio hombre, medio demonio,
avanzó hacia él, dejando tras de sí un rastro limoso producido por el arrastre
de lo que parecían pies. Era algo gelatinoso y transparente. A la débil luz de
las estrellas que entraba por las ventanas, Hode distinguió en él órganos
similares a los humanos: un corazón pulsante, un montón de amasijos por
intestinos, unos pulmones que se contraían y expandían. Su rostro era elástico
y siempre cambiante, pero hasta en su fealdad Hode distinguió cierta
familiaridad.
No gritó, ni siquiera sintió el dolor, a excepción de una
apagada palpitación que le quemaba cuando aquella cosa semihumana rezumó sobre
sus pies, ingiriendo su carne directamente en su plasma y royendo los trozos
con dientes pequeños y puntiagudos. Hode lo observó, fascinado, insensible, a
medida que trozos de su propia piel iban siendo desgarrados y masticados y
otras partes de su cuerpo se fundían como corroídas por el ácido.
Mientras era devorado y digerido vivo, Hode dijo sus últimas
palabras, dirigiéndose a la monstruosidad que le envolvía poco a poco.
—Eres mi heredero —le dijo—. Tú eres el dueño de High Place.
Y a continuación murió, acompañado únicamente por el sonido
del babeante festín que era llevado por el viento, saliendo por las ventanas de
High Place, hacia donde la gente decía que ya no vivía nadie.
