EL DUELO PROHIBIDO

Zeuxis Vargas




Habían decidido juntarse y desde hacía ocho años no habían hecho otra cosa que amarse como se aman los honestos, dejando a un lado el mundo y dedicándose a salir adelante. Para ello, se trasladaron a la casa de bareque a medio embarrar y comenzaron a construir su nido de amor como un par de mirlas en el tumbado de un techo.
Toda la juventud estaba siendo fulminada en crear un hogar y sintieron, al inicio, que ese esfuerzo, del cual ya tenían dos frutos, era una bendición y todo, entonces, estaba bien. Las niñas crecieron acostumbrándose a seguir por largas jornadas a la pareja que, para sobrevivir, se prestaban como peones en los cultivos de los vecinos. Allí, él aprendió a aserrar, a domeñar el campo con sus manos, a quemar, rozar, trazar y sembrar y se dio cuenta que cada día se hacía más hombre, que los músculos, más duros y tensos ahora, que las venas brotadas como raíces y la piel cuarteada y quemada como barro reseco, eran evidencias de aquello en lo que estaba transformándose. No quedaba vestigio alguno del niño, ni del muchacho que con palabras tímidas se había sonsacado a la Nicolasa de la casa.
De hecho, las manos ahora convertidas en un par de zarpas honestas y pesadas, les costaba ser violentas, algo de buey manso se le había metido por los tobillos descalzos desde la tierra humeda y sin consentir alguna aduana imperceptible entre su piel, ahora, todo su cuerpo, fornido era una declaración obediente de una bondad primigenia entregada al campo.
En la casa, las trenzas de la mujer danzaban a cada oficio doméstico estableciendo una especie de instrucción invisible que los trastos absortos admiraban de aquí para allá. Nada, tampoco, quedaba de la niña, y ahora Nicolasa, experta en soplar fogón, preparar mote y arreglar el jardín, conseguía graduarse con esmero en los oficios de arreglar a las niñas y mantener la casa como si fuera la morada de un duende.
Las niñas eran felices, ayudaban a cargar la leña, a traer agua de la quebrada y solas, se desperdigaban en juegos a los que les daban las proporciones de empresas inauditas.
La casa fue poblándose: tres perros, un gato, una oveja, cinco patos, ocho gallinas, trece cascos de armadillo, dos marranos, dos caballos y un remedo de jardín de Babilonia eran ahora el fruto de un amor acostumbrado a las leyes naturales de la vida. Los agujeros de las paredes desaparecieron, y el piso de tanta agua y pisoteadera adquirió una textura lisa y resistente de la cual no brotaban ya los cucarrones ni las hormigas.
El hombre cambió el techo con vigas de un árbol que él mismo había aserrado, y sin preparación alguna, fue poniendo una a una, las tejas de barro. No tenían electricidad, por lo tanto, el sueño llegaba temprano para dormir con la conciencia tranquila.
A veces Nicolasa era la que salía y el hombre se quedaba con las niñas medio atolondrado sin saber cómo. Pero las niñas sí sabían y llevaban a cabo la rutina diaria de los oficios ante su padre como si representaran una obra de teatro.
Cuando el hombre quedaba así de solo, llegaban a la casa, lo suegros y de vez en cuando la cuñada. Las niñas, al ver a la india esbelta y risueña, saltaban felices a recibirla, porque entendían que, con esa visita, el almuerzo estaría mejor preparado.
El hombre se iba para el solar y atendía con esmero los palos de guayaba y níspero o se ponía a podar la cerca viva de resucitado. Todos los días encontraba algo que hacer en la pequeña huerta donde crecían las matas de tomate y el frijol y, la cuñada, con cariño mimaba la casa como si se tratara de la mismita Nicolasa.
Risueño y pícaro, con la escopeta y el machete siempre a la mano, el hombre se perdía por los caminos del páramo buscando apaciguar la soledad o buscando el silencio real de la naturaleza para acompañar ese aislamiento secreto que le permitía comulgar con una paz única.
Las pocas cicatrices que marcaban su piel se las había ganado aprendiendo a manejar el machete, el serrucho, la sierra y el hacha, no le salía barba, y la planta de sus pies era dura como los cascos de un caballo. Aficionado a cazar guacharacas, pasaba mañanas enteras atisbando desde un caucho, el menor ruido en el bosque. Guaras y armadillos eran las presas predilectas y a las niñas les encantaba pelearse el casco de los armadillos que les recordaba el sabor del chicharrón del marrano.
Cuando Nicolasa se quedaba en casa, y el hombre se metía de peón una o dos semanas en fincas vecinas, la energía extrema de mujer hogareña se concentraba en aprender a sobar tronchaduras, matarles piojos a las niñas y en descubrir el don de matrona que su abuela le había heredado.
Se vivía bien, las dos familias de la pareja los visitaban a menudo, se tomaba chancuco o chicha para festejar algún cumpleaños y sin muertos aún en la vereda, todos tenían la sensación de que iban a vivir para siempre.
Pero nada dura para siempre, y poco a poco el cielo se hizo menos claro. En invierno el hambre llegaba con toda su ansia y se pegaba a la casa como una babosa gigante. Escaseaba el agua, la leña y el frío, hacía berrear a las muchachitas que decían que el hielo se les metía por las canillas.
El hombre podía trabajar la tierra con insistencia, pero eso no apaciguaba las necesidades, así que Nicolasa una noche le dijo mientras le besaba el pecho y le acariciaba el cabello a esa mole de macho acostada sobre el colchón, que se iba para la ciudad a trabajar en alguna casa donde los ricos. Él no dijo nada. Sabía que eso era lo que se tenía que hacer y aquella noche mientras hacían el amor, sintieron que sus cuerpos olían a adolescencia, y que la piel se había templado y puesto suavecita para que las caricias fueran inolvidables.
Aliria se quedará para ayudar en las cosas de la casa. Las niñas ya tienen fuerzas para colaborar, no te va tocar duro y pronto volveré con lo suficiente para que podamos estar tranquilos. Le susurró para tranquilizarlo.
La respiración del hombre se apaciguó y poco a poco se fue quedando dormido.
Con la cuñada se sentía incómodo, era una mujer esbelta y bella como su mujer, pero no se le habían caído las tetas y su piel prieta y soltera, realzaban la curiosidad que el hombre sentía.
Un día sin querer se metió de afán, al baño, y pudo verla como Dios la trajo al mundo, su sexo tupido por un enredo de pelitos diminutos le hicieron sentir un temblor en el vientre y salió rogando perdón y explicando lo obvio, pero que para él ahora era cosa de una pena tremenda.
La cuñada, entendió las cosas tal y como habían pasado y salió envuelta en la toalla avisándole que pronto estaría el mote para que no se fuera pal monte sin almorzar.
Lo inevitable y lo que cualquiera podría predecir sucedió. Tras espiarla todas las noches para ver cómo se desvestía, y aprenderse de memoria las curvas que se creaban en sus senos y en sus nalgas, comenzó a sentir que algo raro le crecía por dentro. No era el amor, porque bien, creía él, lo conocía. Era una cosa distinta, como una pasión, como esa pulsión de cazar que lo llevaba sin miedo y con avidez hacia los montes.
Aliria se percató de ello y un día se le acercó por detrás hasta apretar su cuerpo tan perfecto y codiciado, y tras el temblor de la carne supo lo que era capaz de hacer sentir en el hombre.
Del juego a escondidas y del buscarse como el gato y el ratón pasaron pronto a enredarse y chocarse y trabarse en los espacios más inesperados y estrechos de la casa. La carne erizada y estremecida les fue avisando del peligro inminente de aquello. Pero las ganas pudieron más que el miedo y una noche el hombre se le pasó a la cama y se enredaron el uno con el otro en una guerra apretujada de ganas clandestinas.
Las cosas resultaron como se esperaba, un arrepentimiento risueño y una angustia empotrada como culpa entre los pechos. Les tocó aprender a encubrir lo que no podía ser invisible y con cada nuevo día, fueron haciéndose más descuidados. Y como Nicolasa nada que venía, el lugar de ella se le fue metiendo a Aliria en las ganas cocinándole más rico a las niñas y arreglando la casa.
Cuando regresó la dueña del hogar, la usurpadora, le besó las mejillas y la abrazó con tal esmero que Nicolasa llegó a creer que la hermana había sentido más la ausencia de ella, que las hijas y el marido. Quizás le había tocado muy duro, qué pena haberla puesto a cuidar aquello que era su responsabilidad.
Pero las noches siguientes, aquel pensamiento se transformó en una masa de emociones encontradas. Durante la mesa, a las niñas se les soltaban comentarios raros de la cercanía que habían visto entre su papá y su tía. Aquello la indispuso, en la cama, las manos que antes la hacían tiritar de placer, ya no la buscaban y era como si el hombre que había dejado al cuidado de sus hijas hubiera desaparecido en un sueño.
La hermana comenzó a visitar la casa y a dejar postres y panes, frutas y aromas. Que para las niñas le decía. Es que me encariñé mucho con las niñas, le decía mientras la acosaba para que le contara cómo era la ciudad.
El hombre trazó entre los días nuevas rutinas y los vecinos poco a poco se dieron percatando que aquellas salidas se emparejaban con los paseos de Aliria.
El suegro comenzó a sospechar y cuando ya no pudieron resistir y ocultar más aquello que los hacía comportarse como criaturas desesperadas, se confesaron, llorando e intentando hacer visible entre su desesperanza y desasosiego que no habían tenido la culpa, que todo era el resultado de la naturaleza.
Al hombre lo fuetearon, y a ella la castigaron con trabajo comunitario. Se les prohibió saludarse, dirigirse la mirada, pero nada valía. Nicolasa, sufría, pero muy adentro se compadecía de aquel martirio que los amantes sufrían.
En algo tenían razón, la carne es débil y la soledad una mala compañía. Ella nunca debió dejarlo.
Las niñas no comprendían esas cosas de adultos y los animales flacos y sin atender, menos.
De un día para otro Aliria comenzó a enfermar, dejó de salir. Un dolor de cabeza, el arrepentimiento, decían, el remordimiento, comentaban. Brujería, pensaba.
Trabajo o no, Aliria empeoró, en las noches se escuchaban los gritos de dolor, el sufrimiento. Fue necesario traer a dos médicos tradicionales. Nada encontraron salvo un desconsuelo enterrado en lo más profundo del pecho de la mujer que poco a poco agravaba.
Nicolasa tuvo que visitarla y, llorando y abrazándola al verla en el estado que se encontraba, le dijo que la perdonaba. Al día siguiente Aliria murió, para que no se pensara que había sido cosa de amor, la familia regó el cuento de que a la niña se le habían encontrado gusanos en la cabeza. Todos abrieron la boca para tragar entero, pero tras el velorio y el entierro, se fueron cada uno a su casa confirmando que eso había sido una muerte por desamor.
Al hombre no lo dejaron ni visitarla en la enfermedad ni llorarla en el lote que inauguraron como cementerio. Decidido a afrontar con toda la fuerza el peso del mundo, se echó a la espalda el dolor y sin soltar una lágrima, con las vísceras desgarradas, se iba todos los días y se partía el espinazo jornaleando al doble, sin casi prestarle atención a las pagas, sin ver a la gente o a las cosas, ido, como si fuera un alma en pena empecinada en rasgar la tierra.
Zarpazo tras zarpazo se fueron pasando los días. Nicolasa lo contemplaba y rezaba por él, las niñas comenzaron a guardar distancia porque la mirada de aquel que fuera su padre ahora les daba tristeza.
La casa siguió mejorando en arreglos, un día hizo el baño y el lavadero y al otro un secadero. Cada día era una excusa para no hablar, para no ver, para ser un fantasma.
En las tardes se escuchaban cinco, siete disparos, y ante de anochecer regresaba el hombre cargado de presas. La gente comenzó a temerle, ya que esa nube de dolor lo agrandó hasta convertirlo en un gigante desconsolado.
Salvo la de hacerle el amor a su mujer, no faltaba a ninguna de sus obligaciones. Todo lo hacía con ímpetu y con una rabia que, hasta las cosas; la madera o el metal, temblaban cuando el hombre se les acercaba.
Para reconfortarlo, Nicolasa se le pegó como una costra a la espalda y las niñas como una sombra alagada.
No voy a dejar que te destruyas, de ahora en adelante me voy contigo a todas partes, nos partiremos juntos el espinazo. Le dijo mientras sus brazos lo buscaban en la noche para abrazarlo y consolarlo.
La procesión que llevaba el hombre por dentro comenzó a verla toda la vereda. Ahora se la pasaban los cuatro de arriba para abajo, jornaleando aquí y allá en silencio.
Cargar madera se convirtió en un ritual y como si todos los dias cargara la cruz de cristo, el hombre, con dos maderos al hombre, con la escopeta y el machete y seguido por su mujer y sus dos hijas, subían por la peña como cabras hasta llegar a la casa.
Por qué sigue así, mira a tus hijas, mírame a mí, es que, acaso te olvidaste de nosotras. Le gritó mientras le daba palmadas y puños anegados en furia, sobre el pecho. Nada le contestó, pero ese día fue el único que la volvió a mirar a los ojos.
Los días siguieron pasando y el hombre aprendió a estar en las tardes, en algunos momentos, solo en el filo de un peñasco. Allí, en silencio, contemplaba el gran cañón como añorando algo. Los comuneros le dijeron a Nicolasa que eso, que él tenía, era pena de amor prohibido, que eso no tenía cura y que lo mejor era que estuviera preparada para lo peor.
Pero lo peor ya había sucedido, Nicolasa se había dado cuenta que, de verdad, ese hombre ya no la quería, que no la amaba, que el corazón de ese hombre ya no era suyo.
Lo mejor era decirle que se fuera, que comenzara una nueva vida. Eso meditó una tarde, mientras subía por la peña con la leña al hombro, mirando la espalda de aquel que tanto ella, sí amaba.
El hombre, indiferente, ido, escaló como un escarabajo pelotero la cuchilla y antes de torcer hacia la vereda, dejó caer los maderos a un lado y se sentó sobre una piedra.
Nicolasa lo vio acomodar la escopeta entre los pies, con el cañón hacia el estómago y lo vio partirse en dos, contra la boquilla. Nicolosa lo observó atentamente quitarse la bota con el pie derecho y observó, como en cámara lenta, cómo el hombre, con el dedo pulgar del pie izquierdo, apretaba el gatillo y se hacía un agujero en el abdomen.
Nicolasa gritó a la mayorcita, Apúrese Etelvina, vaya y mire a su papá mientras voy a traer agua con azúcar. La niña subió volando del susto la cuchilla hasta llegar donde se hallaba el hombre. Una mancha roja le crecía en la camisa a la altura del estómago y un chorro de sangre muy espesa le salía del agujero.
Cuídala, cuida mucho a tu mamita y dile que me perdone. Eso fue lo que dijo. Lo último que dijo. Lo que recuerda.
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