Tomás Carrasquilla
Entre mis paisanos criticones y
apreciadores de hechos es muy válido el de que mis padres, a fuer de bravos y
pegones, lograron asentar un poco el geniazo tan terrible de nuestra familia.
Sea que esta opinión tenga algún fundamento, sea un disparate, es lo cierto que
si los autores de mis días no consiguieron mejorar su prole no fue por falta de
diligencia: que la hicieron, y en grande.
¡Mis hermanas cuentan y no acaban de
aquellas encerronas de día entero en esa despensa tan oscura donde tanto
espantaban! Mis hermanos se fruncen todavía al recordar cómo crujía en el cuero
limpio, ya la soga doblada en tres, ya el látigo de montar de mi padre. De mi
madre se cuenta que llevaba siempre en la cintura, a guisa de espada, una
pretina de siete ramales, y no por puro lujo:
que a lo mejor del cuento, sin fórmula de juicio, la blandía con gentil
desenfado, cayera donde cayera; amen de unos pellizcos menuditos y de sutil
dolor con que solía aliñar toda reprensión.
¡Estos rigores paternales, bendito sea
Dios, no me tocaron!
¡Sólo una vez en mi vida tuve de probar
el amargor del látigo!
Con decir que fui el último de los hijos,
y además enclenque y enfermizo, se explica tal blandura.
Todos en la casa me querían a cual más,
siendo yo el mimo y la plata labrada de la familia; ¡y mal podría yo
corresponder a tan universal cariño cuando todo el mío lo consagré a Frutos!
Al darme cuenta de que yo era una persona
como todo hijo de vecino, y que podía ser querido y querer, encontré a mi lado
a Frutos, que, más que todos y con especialidad, parecióme no tener más destino
que amar lo que yo amase y hacer lo que se me antojara.
Frutos corría con la limpieza y arreglo
de mi persona; y con tal maña y primor lo hacía, que ni los estregones de la
húmeda toalla me molestaban cuando me limpiaba “esa cara de sol”, ni sufría
sofocones cuando me peinaba, ni me lastimaba cuando con una aguja y de un modo
incruento extraía de mis pies una cosa que ... no me atrevo a nombrar.
Frutos me enseñaba a rezar, me hacía
dormir y velaba mi sueño; despertábame a la mañana con el tazón de chocolate.
¿Qué más? Cuando, antes del almuerzo,
llegaba de la escuela, ya estaba Frutos esperándome con la arepa frita, el
chicharrón y la tajada.
Lo mejor de las comidas delicadas en cuya
elaboración intervenía Frutos –que casi siempre consistían en chocolate sin
harina, conservón de brevas y longanizas–, era para mí.
¡Válgame Dios! ¡Y las industrias que
tenía! Regaba afrecho al pie del
naranjo; ponía en el reguero una batea recostada sobre un palito; de éste
amarraba una larga cabuya cuyo extremo cogía, yendo a esconderse tras una mata
de caña a esperar que bajara el “pinche” a comer... Bajaba el pobre, y no bien
había picoteado, cuando Frutos tiraba, y ¡zas!... ¡Debajo de la batea el
pajarito para mí!
Cogía un palo de escoba, un recorte de
pañete y unas hilachas; y, cose por aquí, rellena por allá, me hacía unos caballos
de ojo blanco y larga crin, con todo y riendas, que ni para las envidias de los
otros muchachos.
De cualquier tablita y con cerdas o
hilillos de resorte me fabricaba unas guitarras de tenues voces; y cátame a mí
punteando todo el día.
¡Y los atambores de tarros de lata! ¡Y
las cometillas de abigarrada cola!
Con gracejo para mí sin igual contábame
las famosas
aventuras de Pedro Rimales –Urde, que
llaman ahora–, que me hacían desternillar de risa; transportábame a la “Tierra
de Irasynovolverás”, siguiendo al ave misteriosa de “la pluma de los siete
colores”, y me embelesaba con las estupendas proezas del “patojito”, que yo
tomaba por otras tantas realidades, no menos que con el cuento de “Sebastián de
las Gracias”, personaje caballeresco entre el pueblo, quien lo mismo echa una
trova por lo fino, al compás de acordada guitarra que empunta alguno al otro
mundo de un tajo, y cuya narración tiene el encanto de llevar los versos con
todo y tonada, lo cual no puede variarse so pena de quedar la cosa sin autenticidad.
Con vocecilla cascada y sólo para
solazarme entonaba Frutos unos aires del país –dizque se llamaban “Corozales”–,
que me sacaban de este mundo: ¡tan lindos y armoniosos me parecían!
Respetadísimos eran en casa mis fueros.
Pretender lo contrario estando Frutos a mi lado era pensar en lo imposible. Que
“¡Este muchacho está muy malcriado!”, decía mi madre; que “¡Es tema que le
tienen al niño!”, replicaba Frutos; que “¡Hay que darle azote!”, decía mi
padre; que “¡Eso sí que no lo verán!”, saltaba Frutos, cogiéndome de la mano y
alzando conmigo; y ese día se andaba de hocico, que no había quién se le
arrimase.
¡Y cuando yo le contaba que en la escuela
me habían castigado! ¡Virgen Santa! ¡Las cosas que salían de esa boca contra
ese judío, ese verdugo de maestro; contra mamá, porque era tan madre de caracol
y tan de arracacha que tales cosas permitía; contra mi padre, porque era tan de
pocos calzones que no iba y le metía unos sopapos a ese viejo malaentraña! Con
ocasión de uno de mis castigos escolares se le calentaron tanto las enjundias a
Frutos, que se puso a la puerta de la calle a esperar el paso del maestro; y
apenas lo ve se le encara midiéndole puño, y con enérgicos ademanes exclama:
“¡Ah, maldito! ¡Pusiste al niño com’un Nazareno! Mío había de ser... pero mirá:
¡ti había di’arrancar esas barbas de chivo!”.
Y en realidad parecía que al pobre maestro no le iba a quedar pelo de
barba. El dómine, que fuera de la escuela era un blando céfiro, quedóse tan
fresco como si tal cosa; y yo “me la saqué”, porque Frutos en los días de azote
o férula me resarcía con usura, dándome todas las golosinas que topaba y
mimándome con mil embelecos y dictados a cual más tierno: entonces no era yo
“El niño” solamente, sino “Granito di’oro”, “Mi reinito”, y otras cosas de la
laya.
En casa el de más ropa que relevar era
yo, porque Frutos se lamentaba siempre de que “el niño” estaba en cueros, y
empalagaba tanto a mi madre y a mis hermanas, que, quieras que no, me tenían
que hacer o comprar vestidos; no así tal cual, sino al gusto de Frutos.
De todo esto resultó que me fui abismando
en aquel amor hasta no necesitar en la vida sino a Frutos, ni respirar sino por
Frutos, ni vivir sino para Frutos; los demás de la casa, hasta mis padres, se
me volvieron costal de paja.
¿Qué vería Frutos en un mocoso de ocho
años para fanatizarse así? Lo ignoro. Sólo sé que yo veía en Frutos un ser
extraordinario, a manera de ángel guardián; una cosa allá que no podía definir
ni explicarme, superior, con todo, a cuanto podía existir.
¡Y venir a ver lo que era Frutos!
Ella –porque era mujer y se llamaba
Fructuosa Rúa– debía de tener en ese entonces de sesenta años para arriba.
Había sido esclava de mis abuelos maternos. Terminada la esclavitud se fue de
la casa, a gozar, sin duda, de esas cosas tan buenas y divertidas de la gente
libre. No las tendría todas consigo, o acaso la hostigarían, porque años
después hubo de regresar a su tierra un tanto desengañada. ¡Y cuenta que había
conocido mucho mundo, y, según ella, disfrutado mucho más!
Encontrando a mi madre, a quien había
criado, ya casada y con varios hijos, entró a nuestra casa como sirvienta en lo
de carguío y crianza de la menuda gente. Por muchos años desempeñó tal encargo
con alguna jurisdicción en las cosas de buen comer, y llevándola siempre al
estricote con mi madre a causa de su genio rascapulgas y arriscado, si bien muy
encariñada con todos allá a su modo, y respetando mucho a mi padre a quien
llamaba “Mi Amito”.
Mi madre la quería y la dispensaba las
rabietas y perreras.
Frutos había tenido hijos; pero cuando mi
crianza no estaba con ella, y no parecía tenerles mucho amor, porque ni los
nombraba ni les hacía gran caso cuando por casualidad iban a verla. Por causa
de la gota que padecía casi estaba retirada del servicio cuando yo nací; y al encargarse
del benjamín de la casa hizo más de lo que sus fuerzas le permitían. A no ser
porque su corazón se empeñó en quererme de aquel modo no soportara toda la
guerra que la di.
Frutos era negra de pura raza; lo más
negro que he conocido; de una negrura blanda y movible, jetona como ella sola,
sobre todo en los días de vena que eran los más, muy sacada de jarretes y
gacha. No sé si entonces usarían las hembras, como ahora, eso que tanto las
abulta por detrás; sí lo usarían, porque a Frutos no le había de faltar; y era
tal su tamaño que la pollera de percal morado que por delante barría le quedaba
tan alta por detrás, que el ruedo anterior se veía blanquear, enredado en
aquellos espundiosos dedos; de aquí el que su andar tuviese los balanceos y
treguas de la gente patoja.
Camisa con escote y volante era su
corpiño; en primitiva desnudez lucía su brazo roñoso y amorcillado; tapábase
las greñudas “pasas” con pañuelo de color rabioso que anudaba en la frente a
manera de oriental turbante; sólo para ir al templo se embozaba en una
mantellina, verdusca ya por el tiempo; a paseo o demás negocio callejero iba
siempre desmantada. Pero eso sí: muy limpia y zurcida, porque a pulcra en su
persona nadie le ganó.
¡Muy zamba y muy fea! ¿No? Pues así y
todo tenía ideas de la más rancia aristocracia, y hacía unas distinciones y
deslindes de castas de que muchos blancos no se curan: no me dejaba juntar con
muchachos mulatos, dizque porque no me tendrían el suficiente respeto cuando yo
fuera un señor grande; jamás consintió que permaneciese en su cuarto, aunque
estuviera con la gota, “porqui un blanco –decía– metido en cuarto de negras, s’emboba y se
güelve un tientagallinas”; iguales razones alegaba para no dejarme ir a la
cocina, y eso que el tal paraje me atraía: cuestión bucólica. Sólo por
Nochebuena podía estarme allí cuanto quisiera, y hasta meter la sucia manita en
todo; pero era porque en tan clásicos días toda la familia pasaba a la cocina.
Mi padre y mis hermanos grandes, con toda su gravedad de señores muy principales,
se daban sus vueltas por allí, y sacaban con un chuzo, de la hirviente cazuela,
ya el dorado buñuelo, ya la esponjosa y retorcida hojuela; o bien haciendo del
mecedor revolvían el pailón de natilla, que, revienta por aquí, revienta por
más allá, formaba cráteres tamaños como dedales.
Las horas en que yo estaba en la escuela,
que para Frutos eran de asueto, las pasaba ésta en hilar, arte en que era muy
diestra; pero no bien el escolar se hacía sentir en la casa, huso, algodón y
ovillo, todo iba a un rincón. “El niño” era antes que todo; sólo “el niño” la
ponía de buen humor; sólo “el niño” arrancaba risas a esa boca donde palpitaban
airadas palabras y gruñidos.
Admirada de este fenómeno, decía mi
madre: “¡Este muchacho lo tendrá mi Dios para santo, cuando desde niño hace de
estos milagros!”.
Al amparo de tal patrocinio iba sacando
yo un geniecillo tan amerengado y voluntarioso, ¡que no había trapos con qué
agarrarme! Ora me revolcaba dándome de calabazadas contra todo lo que topaba;
ora estallaba en furibundos alaridos acompañados de lagrimones, cuando no me
daba por aventar las cosas o por morder.
Tía Cruz, persona muy timorata y cabal,
al ver mis arranques, se permitió una vez decir delante de Frutos que “el niño”
estaba “falto de rejo”. ¡Más le hubiera valido ser muda a la buena señora!
Frutos la hartó a desvergüenzas y la cobró una malquerencia tan grande, que
siempre que la veía resoplaba de puro rabiosa.
Viendo los hilos que yo llevaba, solía
protestar mi padre, y hasta manifestaba conatos de zurra; pero mamá lo
aplacaba, diciéndole con las manos en la cabeza: “¡No te metás, por Dios!
¡Quién aguanta a Frutos!”.
Y como de todo lo malo casi siempre me
daba cuenta, comprendí que por este lado bien cogidos los tenía, y me
aprovechaba para hacer de las mías. Cuando veía la cosa apurada “las prendía” a
asilarme en los brazos de Frutos; tomábamos camino del jardín, lugar de
nuestros coloquios, y una vez allí... ¡como si estuviéramos en la luna!
A medida que yo crecía, crecían también
los cuentos y relatos de Frutos, sin faltar los ejemplos y milagros de santos y
ánimas benditas, materia en que tenía grande erudición; e íbame aficionando
tanto a aquello, que no apetecía sino oír y oír. Las horas muertas se me
pasaban suspenso de la palabra de Frutos. ¡Qué verbo el de aquella criatura! Mi
fe y mi admiración se colmaron; llegué a persuadirme de que en la persona de
Frutos se había juntado todo lo más sabio, todo lo más grande del universo
mundo; su parecer fue para mí el Evangelio; palabras sacramentales las suyas.
Narrando y narrando llególes el turno a
los cuentos de brujería y de duendería. ¡Y aquí el extasiarse mi alma!
Todo lo hasta entonces oído, que tanto me
encantara, se me volvió una vulgaridad. ¡Brujas!... ¡Eso sí era la atracción de
la belleza! ¡Eso sí merecía que uno le consagrara todita su vida en cuerpo y
alma!
Ser payasito o comisario me había
parecido siempre grande oficio; pero desde ese día me dije: “¡Qué payaso ni qué
nada! ¡Como brujo no hay!”.
Cuanto entendía por hazañoso, por
elevado, por útil, todo lo vi en la brujería. Las calenturas del entusiasmo me
atacaron.
A fuerza de hacer repetir a Frutos las
embrujadas narraciones, pude grabarlas en la memoria con sus más nimios
detalles.
Del cuento pasábamos al comentario.
–¡Coger brujas –me dijo una vez– es de lo
más fácil! ¡Nu’es más qui agarrar un puñao de mostaza y regala por toíto el
cuarto: a la noche viene la vagamunda! Y echa a pañar, a pañar frut’e mostaza;
y a lo qu’está bien agachada pañando, nu’es más que tirale con el cintu’e San
Agustín... ¡y ai mesmito qued’enlazada de patimano, enredad’en el pelo! Un
padrecito de la villa de Tunja cogía muchas asina, y las amarraba de la pata
di’una mesa; ¡pero la cocinera del cura era tan boba que les daba güevo tibio,
y las malditas s’embarcaban en la coca! ¡Consiá, cuandu’a las brujas no se les
puede ni an mentar coqu’e güevo porqui al momentico se güelven ojo di hormiga.
¡Y se van!
–¡Ajáa! –dije yo–. ¿Y comu’hacen pa
caber?...
–¡Pis! –replicó–. ¡Anté que si’achiquitan
en la coca a como les da la gana! ¡María Santísima!
–¿Y no se pueden matar? –la pregunté.
–Eso sí; peru’al sigún y conjorme: si se
les meti una cortada bien jonda se mueren; pero como son tan sabidas, ellas
mesmas se meten otra y s’empatan y güelven a quedar güenas y sanas.
–¿Y matadas comu’hacen?
–¡Tan bobo! ¿No ve qu’ellas no se mueren
del tiro sin’una qui’otra vez? Hay que
tirales a toda gana la primerita cortada pa que queden ai tendidas. ¡Pero con
el cinto de mi Padre San Agustín sí ni les valen marrullas!
–¿Y ondi’hay d’eso? –prorrumpí.
–¿Cinto? –dijo mi interlocutora con gesto
de cosa dificultosa–. Eso es muy trabajoso conseguir: tan solamente el obispo
se lu’impresta a los curitas jormales.
–¡Amalaya que mamá se lo mandara a
prestar!... –exclamé entusiasmado.
–¡Ave María, muchacho! ¿Y qué vas hacer
con cinto?
–¡Eh! ¡Pues pa coger brujas y amarralas
de los palos!
A pesar de lo difícil que era conseguir
el cinto, salí en busca de mi madre con la empresa. Halléla muy empecinada
jugando al tute con otras señoras.
–Mamá... –le dije–. Oigami’ un
escuchito... –y poniendo mi boca en su oreja la expuse mi demanda, con ese
secreteo susurrante de los niños.
Las señoras, que no eran sordas, largaron
la carcajada.
–¡Quitáte di’aquí, empalagoso! –exclamó
mi madre–. ¡De dónde sacará este muchacho tanto embeleco!
Salí rezongando y muy corrido. En muchos
días no pensé sino en cómo se conseguiría el cinto.
La “brujomanía” se me desarrolló con
tanta furia, que no hablaba sino del asunto.
–¿Quién ti ha metido todas esas levas?
–díjome una vez mi hermana Mariana, que era la más sabia de la casa–. ¡Nu’hay
tales brujas! ¡Esas son bobadas de la negra Frutos! ¡No creás nada!
–¡Mentirosa! ¡Mentirosa! –le grité
furioso– ¡Sí hay! ¡Sí hay! ¡Frutos me dijo!
–Y lo que dice Frutos no puede faltar...
¡Como si Frutos fuera la Madre de Dios!... ¡Animal!...
–¡Pecosa! ¡Pecosa! –aullé, embistiendo
hacia ella con ánimo de morderla.
Me detuvo cogiéndome por los molledos y
estrujándome de lo lindo.
–¡Voy a contarle a papá –dijo– para que
te meta una cueriza, malcriado, que ya nu’hay quien ti’aguante!
Corrí en busca de Frutos, y, casi ahogado
por el llanto, le grité al verla:
–¡Qué te parece, Frutos!... ¡ji! ¡ji!
¡ji!... qu’esa boba Mariana me dijo quizque nu’hay brujas!... ¡ji! ¡ji!...
¡quizque son cuentos que me metés!
Ella hizo una cara como de susto; me
enjugó las lágrimas; y cogiéndome de una mano con agasajo, fuimos en silencio a
sentarnos en un poyo detrás de la cocina.
–Vea, m’hijito –me dijo–: es muy cierto
qui’hay brujas... ¡puú!... ¡De que las hay, las hay! Pero... ¡nu’hay que creer
en ellas!
Mis ojos ya enjutos debieron abrirse
tamaños: tal fue mi sorpresa.
Aquello no podía acomodarlo; pero Frutos
lo decía, y así tenía que ser.
Hablamos de largo sobre el tema, y como
yo no perdía ocasión de desentresijarla, la pregunté:
–Y decime: ¿las brujas son gente que se
vuelve bruja, go es mi Dios que las hace?
–¡No siá bobito! Mi Dios nu’hace sino
cristianos; pero se güelven brujas si les da gana.
–¿Y también hay brujos?
–¡Nu’ha di’haber!... ¡Pues los
duendes!... ¿No l’he contao pues? Pero como no tienen pelo largo como las
brujas, no s’encumbran por la región sino que güelan bajito.
– ¿Y cómo si’aprendi a ser brujo?
Guardó corto silencio, y luego, con aire
de quien revela lo más íntimo, me dijo a media voz:
–Pues la gente s’embruja muy facilito: la
mod’es qui’uno si’unta bien untao con aceite en toítas las coyonturas; se
qued’en la mera camisa y se gana a una parti’alta; y’así qu’está uno encaramao
abre bien los brazos como pa volar, y dici’uno, ¡pero con harta fe! ¡No creo en
Dios ni en Santa María! ¡Y güelvi’a decir hasta qui’ajuste tres veces sin
resollar; y antonces si’avienta uno pu’el aire y s’encumbra a la región!
–¿Y no se cai’uno?
–¡Ni bamba! Con tal qu’el unto’sté bien
hecho y se diga comu’es.
Sentí escalofríos. No debía de saber que
el arrodillarse fuera señal de adoración; que de saberlo, viérame Frutos de
hinojos a sus pies. Me había hecho el hombre más feliz; había hallado mi ideal.
Esa noche, cuando después de rezar me
metí en la cama, repetía muy quedo: “¡No creo en Dios ni en Santa María! ¡No
creo en Dios ni en Santa María!” y me dormí preocupado con esta declaración de
ateísmo.
Al día siguiente muy de mañana corría yo
por los corredores con los brazos abiertos y repitiendo la embrujada fórmula.
Mariana, que tal oye, grita: “¡Mamá! ¡Venga y verá las cosas qu’está diciendo
este ocioso!”. Pero mi madre no alcanzó a “ver” mi “dicho”, porque antes que
llegara había yo tendido el vuelo a la calle, camino de la escuela. No sé por
qué, pero me dio recelillo de que mi madre me viera haciendo tales cosas.
A mi vuelta no salió Frutos a recibirme.
Fui a buscarla y a reclamar sus obsequios, y por primera vez la encontré hecha
la ira mala conmigo: que mamá había ido a querérsela comer viva por las cosas
que me contaba y enseñaba; que yo tenía la culpa por “icendario”; y que ya
sabía que no volviera a “jorobarla” diciéndole que me contara cuentos, porque
así como era tan “picón” ...
Al almuerzo me dijo mi padre con una cara
muy arrugada: “¡Cuidadito, amigo, cómo se le vuelven a oír las cositas que dijo
esta mañana!... ¡Le cuesta muy caro!”.
Tales razones me desconcertaron.
¡Amenazarme mi padre! ¡Ponerme Frutos
casi en entredicho! ¡Y precisamente cuando tenía tanto qué consultarle!
¡Quedarme sin saber a qué atenerme en lo del pelo largo, en lo del aceite!
Por tres días rogué a Frutos que tan
siquiera me dijera dos cositas, prometiéndola no decir esta boca es mía.
¡Andróminas inútiles! No pude sonsacarle una palabra.
¡Qué malas! Y lo peor era que eso que al
principio no pasaba de un capricho me fue alborotando con el obstáculo; que se
tornó en deseo, en deseo apremioso, irresistible.
¡Ser brujo!... ¡Volar de noche por los
techos, por la torre de la iglesia, por la “región”!... ¿Qué mayor dicha? Qué tal cuando yo diga en casa: “¿Qué
m’encargan, que me voy esta noche pa Bogotá?”. Y conteste mamá: “Traéme
manzanas”. ¡Y que al momento vuelva yo con un gajo bien lindo, acabadito de
coger! ¡Y cuando me encumbre serenito, como un gallinazo, tejado arriba!...
¡Sí! Yo tenía que ser brujo; ¡era una
necesidad! ¡Si hasta sentía aquí abajo la nostalgia del aire! “¡Por la gran
«pica»
–pensaba–, que aquí en casa me regañan y
que Frutos ya no me cuenta nada, yo sabré qué hago! ¿Y al primero que se
embrujó, quién le enseñó?... Yo siempre consigo aceite... manque sea de palma-
christi... pero ese cuento del pelo largo, como las mujeres... ¡quién sabe!”.
Aquí el rascarme la cabeza.
Yo, que desde el último amén del rezo
hasta las seis dormía a pierna suelta, tuve entonces mis ratos de velar. En la
excitación del insomnio veía sublimidades facilísimas de llevar a cabo: dos
veces soñé que en apacible vuelo giraba y giraba, alto, muy alto; que divisaba
los pueblos, los campos, allá muy abajo, como dibujados en un papel.
Pepe Ríos, hijo de un señor que vivía
vecino a nuestra casa, era un mi compinche; y al fin determiné abrirme con él y
comunicarle mis proyectos. En un principio no pareció participar de mi
entusiasmo, y me salió con el mismo cuento de que sí había brujas, pero que no
había que creer en ellas, lo que me hizo afianzar más, viendo cuán de acuerdo
estaba con Frutos. Pero le pinté la cosa con tal fuego, que al fin hube de
trasmitírselo.
Pepe no era de los que se ahogan en poca
agua: su inventiva todo lo allanó.
–¡Mirá! –me dijo– Mañana qui hay salve en
l’iglesia tengo que ir de monarcillo. Yo sé onde tiene el sacristán guardao el
aceite, cuando vaya a vestime le robo. Conseguite un frasco bien bueno pa que
lo llenemos.
–¿Y de pelo qui’hacemos? –le repuse–.
¡Porque la gracia es que volemos bien altísimo!... Bajito como los duendes...
¡pa qué!
–¡Eso sí qu’es lo pilao! –exclamó Pepe–.
Las muchachas de casa y mi máma se ponen pelo y se lo robamos. Qué li’hace que
no sea pelo de nosotros; ¡en siendo largo y que se gulungué harto, con esu’hay!
“Este sí es el muchacho –pensaba entre
mí, mientras abría la boca pasmado–. ¡Hast’ai! ¡Qué tal que si’ajuntara con
Frutos!”.
Al otro día, en son de buscar un perico
que dizque se nos había perdido, invadíamos Pepe y yo las alcobas de las
señoritas Ríos. Rebuja por aquí, ojea por más allá, dimos con un espejo de gran
cajón, y en éste una cata de cabellos de todos colores, enredados y como en
bucles unos, otros trenzados y asegurados con cáñamo, otros lacios y flechudos,
cuáles en ondas rizosas y bien pergeñadas, el cual “pelerío” se hacinaba entre
grasientas y desdentadas peinetas desportilladas y horquillas nada bonitas y
perfumadas. Un frasquito de tinta colorada me tentó, y como fuese a echarle
mano con mucha golosina, me dijo Pepe:
–¡No lo cojás! Esu’es las chapas de mi
máma, y... ¡hasta nos mata!
¡Qué pocos pelos le quedaron al cajón!
–¡Pero eso sí! –me dijo al entregármelo–.
¡Escondé bien todo en tu casa, y que no vayan a güeler nada! ¡Ve que vos sos
muy cuentero!... Y si nos cogen... ¡Ni digás tampoco nada de lo que vamos
hacer!...
–¡Eh! ¡Vos si crés! –repliquéle con gran
solemnidad–. ¡Mirá que nu’hay ni riesgo que yo cuente!...
Desde ese día se nos vio juntos. Y nada
que le agradaba a Frutos mi compañía con “ese Caifás”, como llamaba a Pepe.
Esa noche declaré en casa que no me
acostaría sino cuando se acostaran los grandes, porque iba a cumplir diez años.
Y así fue. Para distraer mis veladas me pasaba cerca a la vela, volteando como
una mariposa, quemando papeles o despavesando, lo que incomodaba a Mariana,
única que en casa me hacía oposición.
–¡Ah, mocoso! –decía–. ¡Ya ni’an de noche
nos dej’en paz!... ¡And’acostáte, sangripesao!
Mas yo me sentía, entonces, tan
gratamente preocupado, que sólo respondía a tales apóstrofes sacándole la
lengua y haciéndole “bizcos”.
–¡Ah, muhán! –gritaba Mariana–. ¡Que si
papá no te da una tollina... yo sí te cojo!... ¡Peru’he de tener el gusto
di’amasate!...
Aumento de “bizcos”.
Doña Rita, madre de Pepe, asistía con sus
hijas a la lotería que se jugaba en casa algunas noches, y Pepe no faltaba;
pero desde nuestra alianza dejaba éste las delicias del apunte para irse
conmigo. Así a nuestras anchas pudimos concertar el plan: la elevación quedó
fijada para el domingo siguiente por la noche.
¡Faltaban dos días! ¡Qué expectación
aquélla! Hasta la gana de comer se me quitó; hasta Frutos, que en ésas le atacó
la gota, se me olvidó.
“¡En qué inguandias andarán!”, decía con
aire de mal agüero, cuando pasábamos cerca de su cuarto.
Al fin ese domingo tan deseado amaneció.
Desde las doce ya estábamos en el solar de casa apercibiéndonos para arreglar
los cabellos. Un forro viejo de paraguas, que pudimos arbitrar, nos sirvió para
pergeñar sendos peluquines, que, como Dios nos dio a entender, aseguramos con
cera negra y con amarradijos de cabuya.
Terminada la grande obra verificamos la
prueba ante el espejo de Mariana, que fue sacado clandestinamente. ¡Qué bien
nos quedaban! ¡Cuán luengos nos caían los mechones! Convinimos, no obstante,
que, más que a brujos, nos parecíamos al “Grande Hojarasquín del Monte”.
Guardamos todo con gran cuidado y nos
salimos a la calle a disimular. Pero eso sí; devorados por dentro.
Después de angustiosa espera apareció por
la noche Pepe con su madre; y no bien la lotería se estableció... ¡como
pajaritos para el solar!
Trabóse, entonces, reñida disputa sobre
cuál sería el punto adonde debíamos trepar para tender el vuelo. Pepe decía que
sobre el horno, que estaba en el corredor del solar; yo, que sobre la tapia del
corral, alegando que el horno no era bien alto, y que, como estaba bajo tejado,
se torcía el vuelo y no podíamos encumbrarnos. Al fin nos decidimos por el
chiquero, que reunía todas las condiciones. De él volaríamos al “Alto de las
Piedras”, que domina el pueblo por el sur, y del Alto a la “región”. La
elevación debía ser simultánea.
Aunque hacía luna llevamos cabo de vela, y,
encendido éste, principiamos en el comedor el “brujístico” tocado. Colgados que
fueron de un palo los vestidos de dril, remangadas las camisas, tomamos sendas
plumas de gallina y principió la unción. ¡Válgame Dios! ¡Y qué efluvios los de
aquel aceite!
Agotado el frasco y luego que las
coyunturas nos quedaron hechas un melote, nos colocamos la rebujina de cabellos
asegurados con barboquejo de cabuya.
Trémulos de emoción salimos solar abajo,
con la bizarría de acróbatas que salen al circo saludando al público.
En lo más remoto del solar, allá tras el
movible follaje del platanar, al principiar un declive que llamábamos “el
rumbón”, estaba el chiquero de recios palos y techumbre de helecho; desaguaba
por la pendiente aquélla, formando cauce de negro y palúdico fango que
fertilizaba los lulos, las tomateras, el barbasco, allí nacidos
espontáneamente.
Amenazantes por demás fueron los gruñidos
con que a manera de protesta nos recibió el cerdo, cuando en tan desusadas
horas vio invadidos sus dominios; pero nosotros proseguimos impertérritos,
haciendo caso omiso de tales roncas.
Adelantándomele a Pepe no paré hasta
poner el pie en el último travesaño. Allí, apoyado en uno de los palos que
sostienen el techo, cual otro Girardot con su bandera, me detuve un segundo.
¡Mis ojos abarcaron la inmensidad!
Toda la fe que atesoraba la gasté
entonces, y, con voz precipitada, por temor de faltar al precepto, con un
resuello intempestivo, dije:
“¡No creo en Dios ni en Santa María! ¡No
creo en Dios ni en Santa María! ¡No creo en Dios ni en Santa María!”.
¡Y me lancé!
¡Cosa rara! En el vértigo me pareció no
volar hacia el Alto convenido. Sentí frío; no sé qué en la cabeza, y.… nada
más.
Abrí los ojos. Alguien que me cargaba
tendióme en una tarima; algo como sangre sentí en la cara; me miré: estaba casi
desnudo y enlodado. Por el desorden de los muebles; por las tablas y fichas de
la lotería, dispersas por el suelo; por los regueros de maíz; por el movimiento
de alarma, sospeché lo que pasaba. Una ráfaga glacial me heló el corazón; cerré
los ojos para no verme, para no presenciar no sé qué espantoso que iba a
suceder.
–¡Toñito! ¡Antoñito! ¿Se aporrió? ¿Está
herido? –preguntaban.
Sentí que me tocaban, que me acercaban la
vela.
–¡No es nada! ¡No es nada!... –clamaban.
– ¡No fue nada... es que está aturdido!
–¡Abra los ojos!... ¡Antonio! ¡Antoñito!
–¡Cálmese! ¡Cálmese, mi siá Anita! ¡Nu’es
nada!...
Un ruido como chasquido de dientes me
llegó al alma. ¡Abrí los ojos, y vi!... Mi madre estaba tendida en una butaca,
con los brazos rígidos, los puños contraídos y apretados, la cara lívida,
torcida hacia un lado; los ojos en blanco, la nariz ensanchada como buscando
aire; anhelaba gritar y se quedaba seca, agitada por opresora convulsión; unas
señoras la tenían, la rociaban, la friccionaban, la hacían aspirar esencias.
Mis hermanas lloraban.
Salté de la tarima prorrumpiendo en
gritos: “¡Mamita! ¡Mamita!”.
–¡No tiene nada! –vociferaron–. No tiene
nada!
–¡No está ni descompuesto!
–¡Cómo fue eso, por Dios!... ¿Cómo se
puso así?...
–Pero si se hirió la cara!... Toñito, no
se arrime... que está imposible.
Horrorizado fui a huir.
Me atajaron en la puerta con un platón de
agua tibia; la cocinera me paró en medio del humeante baño sin que yo tratara
de hacer resistencia; quitóme la inmunda camisa, y así hecho un Adán
automático, principió el lavatorio ayudada de unas señoras.
–¡Eh! ¡Pero en qué se cayó este niño,
qu’esto no despega!
–dijo una.
–¡Si está apestao! –replicó otra,
tapándose las narices y haciendo extremos de asco.
–¡Traigan jabón, a ver si esto sale!
Pronto la pelota de jabón de la tierra
corrida por hábil mano untó todo mi cuerpo.
–¡Pues mis queridas! –exclamó la
enjabonadora–. Esto es aceite de higuerillo, y no cosas de chiquero.
–¡Pues verdá! ¡Pues verdá! –repitieron
las demás.
–¡Eh! ¡Pero cómo puede ser eso!
Del platón fuí trasladado a la tarima, y
me enjugaron con una colcha. Mariana, ya sosegada, trajo camisa e iba a
vestírmela cuando con gran tropel se llenó la pieza de gente. Mi padre venía
allí.
–¿Se mató? –preguntó con voz que nunca le
había oído.
Sin esperar respuesta salió. No había
transcurrido un segundo cuando volvió: traía una soga.
–¡No le vaya a pegar! –prorrumpen
mujeriles voces.
–¡Pobrecito! –dice la del jabón– Qué
culpa tiene él!
–¡Es una injusticia, papá!... ¡Véalo
herido! –plañían las
de casa.
Papá no atendió: se acercó a mí; y,
cogiéndome de un brazo con una mano, levantó con la otra un extremo doble de la
soga y dijo trémulo:
–¡Te he tolerado todas las que has hecho;
pero con ésta se llenó la medida!... ¡Tomá, vagamundo, pa que aprendás!... –y
la soga crujió en mis carnes.
Un grito como aullido de animal resonó en
la pieza: era Frutos que entraba.
–¡Mi Amito! ¡Mi Amito! –gimió, tratando
de cogerle la soga, e interponiéndose entre él y yo–. ¡Mi Amito, por Dios! ¡No
le pegue, por los clavos de Cristo! –y se arrodilla; le abraza las piernas,
casi lo tumba–. ¡El no tiene culpa!... ¡No tiene!... ¡No tiene!...
Mi padre la rechaza; pero Frutos se pone
en pie, y, saltando hacia mí, me envuelve en sus faldas.
–¡Vieja bruja! –grita él arrancándole el
pañuelo y cogiéndola de las greñas–. ¡Largálo!... ¡O te mato!... –la arrastra
con una mano, mientras que con la otra me saca del envoltorio.
–¡Quítenmela que la mato! –vocifera con
coraje.
Ella se endereza, y, como un fardo, se va
de espaldas contra el entablado suelo lanzando extraños sonidos.
El entonces toma la soga como la vez
primera, y, contando, uno... dos... tres... hasta doce, va asentando azotes
sobre mi desnudo cuerpo, que se zarandea como maniquí colgado.
No lancé un ay, ¡yo que ponía los gritos en
el cielo porque una mosca se me asentara!
Frutos seguía en el suelo retorciéndose;
de repente se levanta y torna a caer; en impúdica rebujina se revuelca,
haciendo apartar la gente y tropezando con los muebles; algunos van a cogerla,
y los rechaza a puñetazos, a patadas y mordiscos. Pudo, entonces, articular con
voz espantosa:
–¡Déjenme que ahora mesmo me largo d’esta
maldita casa!
Todos los hombres la acometen, y,
arremolinándose en apretada lucha en que se sentían respiraciones de cansancio
y traquear de huesos, logran sacarla al corredor.
En el desorden pude verla y se me antojó
no obstante mi amor a ella cosa diabólica. Estaba desgreñada, con los ojos
crecidos y sanguinolentos, echando espumarajos por la boca.
El médico entra, me examina; declara no haber
fractura ni dislocación del hueso, ni cuerda encaramada; tocóme el rasguño de
la mejilla, sacó un instrumento, y sin dolor extrajo del rasguño aquel la
pequeña astilla de palo; me dio a tomar un bebistrajo que tenía aguardiente;
tomó una copa, puso en ella un papel encendido, y, asentándomela en la espalda
la fue corriendo, inflándome las carnes en dolorosa tensión; manos femeniles
empapadas en
aguardiente alcanforado frotaron mi
cuerpo; y, por último, pegáronme en varios puntos pingos de trapo mojados en
una agua amarillenta.
Aún no habían terminado estas faenas,
cuando se oyeron pasos precipitados acompañados del crujir de almidonadas
faldas. Doña Rita apareció en la puerta: traía en las manos uno de los
peluquines de marras.
–¡Vengo muerta de pena! –exclamó sofocada
haciendo visajes–. ¡Allá le hice dar de Ríos una cueriza a aquel bandido!...
¡Vean las cosas de estos diablos! –y exhibió la peluca–. ¡Pues no estaban de
brujos!...¡ Y esto fue lo que se pusieron en la cabeza dizque pa volar! ¡Qué
les parece: el pelo que teníamos pa la cabellera de... Jesús Nazareno!...
Todos se agruparon para examinar la cosa,
prorrumpiendo en mil extremos de admiración. También el doctor tomó el peluquín
en las manos, riendo a carcajadas.
–¡Ave María, dotor!... –siguió doña Rita–
¡Pues no ve! ¡Un milagro patente fue qu’estos enemigos no si hubieran desnucao!
¡Qué le parece, dotor: ¡Y a aquel rumbón!... ¡La fortuna que cayó entr’el
pantanero, y que s’enredo en una mata!... ¡Que si no, tiesecito lo levantan del
zanjón! Estábamos jugando la lotería muy a gusto; ¡mi acababa de cerrar por las
tres pelotas, cuando, dotor!... oímos qui aquel mío grita: “¡Corran qui’Antonio
se mató!...”. ¡Li’aseguro, dotor, que me quedé muerta!... Corrieron todos con
las velas... cuando a un rato nos lo traen en guandos... con la mera
camisita... ¡con porquería de chiquero hasta los ojos!... ¡Chorriando
sangre!... Muertecito... ¡Muertecito... mismamente! El mío s’escapó, porque
comu’es tan haragán, no si atrevió a volar primero. ¡Pero qué le parece, dotor,
que tuvieron cara, los indinos, d’empuercase todos con aceite d’higuerillo que
le robaron al sacristán!... ¡Dizqu’es preciso pa ser brujos!... ¡Peru así bien
untao... se chupó su buena cueriza! ¡No le digo! ¡Si estos muchachos di hoy en
día aprenden con el Patas!
–¡No es con el Patas! –prorrumpe mi padre
desde el cuarto vecino, saliendo a la escena– ¡No es con él! ¡Este diablo de
negra Frutos que ha tolerado Anita es la que los ha metido en ésas! ¡Y no crean
ustedes que este niño escapa; puede morir de las consecuencias; el cimbronazo
debió se horrible!...
–El peligro es muy remoto y el caso no se
presenta alarmante –repuso el esculapio–. Tanto es así, que no he tenido que
apelar a un tratamiento enérgico.
–Ojalá así sea... –dijo mi padre–. ¡Pues
sí! –agregó–. La maldita negra es la de todo. Desde que me llamaron y supe que
la caída había sido del chiquero, todo lo adiviné. ¡Ya él se había chupado su
regaño!
Contó, entonces, lo del ensayo de vuelo
por los corredores y lo de las palabras aquéllas.
Aclarado el misterio llovieron las
admiraciones y preguntas.
Estas pláticas me sacaron del
sonambulismo. Me sentí el hombre más desgraciado. “Qué li’hace que me muera –me
decía–. ¡Siempre que Frutos m’engaña con mentiras!... ¡Siempre qu’es tan
mala!... ¡Siempre que uno no puede volar!... Así como así, mamá se murió
–porque la creía muerta–. ¡Así como así, papá me ha pegado con rejo delante de
tanta gente!... Así como me han desnudado... Siempre que Pepe es tan traicionero
que contó...”.
Sentíame como si todos los resortes de mi
alma se hubiesen roto: sin fe, sin ilusiones... Cerraba bien los ojos para irme
muriendo y descansar; pero no: tristezas espantosas pasaban por mi cabeza.
Exhalaba hondos suspiros.
Muy tarde, cuando ya se había ido toda la
gente, me dormí. ¡Más me valiera velar! Cosas horribles y extravagantes
estremecieron mi espíritu: veía a Frutos que volaba, que se reía de mí,
haciéndome contorsiones; oía que las campanas doblaban tristes... muy tristes;
en esa vaguedad de los sueños aspiraba el olor del ciprés, de luces ardiendo, y
veía a mi madre en un ataúd negro... muy negro. Luego estuve en un pantano,
sumergido hasta el pescuezo; quería salir, quería gritar, y no podía.
Al fin, merced a extraño impulso pude
salir; lancé un grito y desperté temblando, con el cabello parado y empapado en
frío sudor. Había luz en la pieza; mi madre, teniéndome de las manos, me
sacudía.
–¡Toñito!... ¡Toñito!... –me gritaban.
–No si’asute m’hijito; es una pesadilla.
–¡Mamá viva! –pensé–. ¿Todavía estaré
soñando?
Me
tomó como a un chiquitín, y estrechándome contra su pecho, me besó la frente y
me dijo llorando:
–¡No ve, m’hijo, las cosas que hace para
que papá lo castigue!... Y si se ha matado... ¡qué había hecho yo!... –seguía
llorando.
–¡Mamita querida!... ¿Usté no si ha
muerto? ¿Nu’es cierto que no?
–No, m’hijito; ¿no ve qu’estoy aquí con
usted? Eso fue que me dio la pataleta del susto... pero ya estoy aliviada...
Tóme otra vez la pócima que dejó el doctor; ¡está muy sabrosa!...
¡Sí estaba viva!
Incorporeme para recibir el vaso; mi
padre estaba sentado al extremo de la cama.
¡También lloraba!
Me pasó la mano por la frente, me tomó el
pulso, y me dijo muy triste:
–¡Tiene mucha fiebre!... ¡Pero mucha!
Fue a despertar al doctor, que se había
acostado en la pieza contigua; me dieron unas gotas en agua azucarada.
Sosegué por completo y lloré mucho; pero
lloré con alegría.
Seis días estuve en cama, oyendo a doña
Rita y a las visitas los comentarios, ya cómicos, ya tristes, de mi propia
aventura. Por ellos supe que Frutos se había ido de casa y que había mandado
por los corotos. Esto que el día antes me hubiera trastornado, me fue entonces
indiferente.
Don Calixto Muñetón, lumbrera del pueblo,
que arengaba siempre en los veintes de julio y cuando venía el obispo; que leía
muchos libros y que compuso novena del Niño Dios, vino también a visitarnos.
Sin ser veinte de julio se dejó arrebatar de la elocuencia a propósito de mi
caída; disertó sobre las grandezas humanas poniendo verdes a las gentes
orgullosas; y, al fin se planta en pie, toma en su siniestra su bastón de
guayacán, levanta la diestra a la altura de su cara como manecilla de imprenta,
y como quien resume, se encara conmigo con aire patético, y dice:
–Sí, mi amiguito: todo el que quiere volar, como usted... ¡chupa!
