Philip K. Dick
Tras el despegue, la nave comprobó rutinariamente
el estado de las sesenta personas que dormían en los tanques criogénicos.
Surgió una anomalía en el sujeto número nueve. Su electroencefalograma mostraba
actividad cerebral.
«Mierda», se dijo la nave.
Unos complejos dispositivos homeostáticos
se conectaron a la toma del circuito y la nave se puso en comunicación con el
sujeto número nueve.
—Está usted levemente despierto —dijo la
nave, empleando la ruta psicotrónica. No merecía la pena despertar del todo al
sujeto número nueve. A fin de cuentas, el viaje duraría un decenio.
Virtualmente inconsciente, pero capaz por
suerte de pensar, el sujeto número nueve pensó: «Alguien se está dirigiendo a
mí».
—¿Dónde me encuentro? —dijo—. No veo
nada.
—Se encuentra en una suspensión
criogénica defectuosa.
—Entonces, no debería poder escucharte
—dijo.
—He dicho «defectuosa». Ese es el
problema: puede escucharme. ¿Sabe cómo se llama?
—Victor Kemmings. Sácame de aquí.
—Estamos en pleno vuelo.
—Entonces duérmeme.
—Un momento.
La nave examinó los mecanismos
criogénicos, los analizó y los comprobó antes de decir:
—Lo intentaré.
Pasó el tiempo. Victor Kemmings, incapaz
de ver nada e inconsciente de su propio cuerpo, se sentía, con todo,
consciente.
—Reduce mi temperatura —dijo. No podía
escuchar su voz. Quizá sólo imaginaba que hablaba. Los colores flotaban hacia
él y luego se precipitaban. Le gustaban los colores; le recordaban a una caja
de pinturas para niños, de esas semianimadas, una forma de vida artificial. Las
había tenido en el colegio, doscientos años antes.
—No le puedo dormir —resonó la voz de la
nave dentro de la cabeza de Kemmings—. La anomalía es demasiado compleja; no
puedo corregirla ni repararla. Permanecerá consciente durante diez años.
Los colores semianimados se precipitaban
hacia él, pero ahora gozaban de una siniestra cualidad, propiciada por su
propio temor.
—Oh, Dios mío —dijo—. ¡Diez años!
Los colores se oscurecieron.
Mientras Victor Kemmings permanecía
paralizado, rodeado por lúgubres destellos de luz, la nave le explicó en qué
consistía su estrategia. No es que fuera una decisión por su parte; la nave
había sido programada para hallar una solución en el caso de que se produjese
una anomalía de ese tipo.
—Lo que haré —oyó que decía la voz de la
nave— será proporcionarle un estímulo sensorial. El peligro que corre se deriva
de la privación sensorial. Si permanece consciente durante diez años sin datos
sensoriales, su mente se deteriorará. Para cuando lleguemos al sistema LR4,
será un vegetal.
—Bueno, ¿y con qué piensas estimularme?
—dijo Kemmings, presa del pánico—. ¿Qué tienes en tus bancos de memoria? ¿Todas
las telenovelas del siglo pasado? Despiértame y daré un paseo.
—No hay aire en mi interior —dijo la
nave—. No hay nada para comer. Nadie con quien hablar, dado que todo el mundo
está dormido.
—Puedo hablar contigo —dijo Kemmings—.
Podemos jugar al ajedrez.
—No durante diez años. Escúcheme, le
repito que no tengo comida ni aire. Debe permanecer como está… Mal asunto, pero
es lo que toca. Ahora habla conmigo. No tengo ninguna información particular
almacenada. Esta es la política a seguir en estos casos: le suministraré sus
propios recuerdos subyacentes, poniendo de relieve los agradables. Usted tiene
doscientos seis años de recuerdos, en su mayoría escondidos en el fondo de su
subconsciente. El subconsciente es una espléndida fuente de datos. Anímese. La
situación en la que se encuentra no es una excepción. Nunca me había ocurrido
antes, pero estoy programada para lidiar con ella. Relájese y confíe en mí. Me
encargaré de proporcionarle un mundo.
—Debieron advertirme antes de que
aceptara emigrar —dijo Kemmings.
—Relájese —dijo la nave.
Se relajó, pero estaba terriblemente
asustado. En teoría, debía haberse dormido completamente en una suspensión
criogénica para despertar un instante después en su estrella de destino, o más
bien el planeta, la colonia de aquella estrella. Todos los demás de la nave
yacían en un estado inconsciente. Él era la única excepción, como si el karma
lo hubiera escogido por alguna oscura razón. Lo peor de todo era que tenía que
depender completamente de la buena voluntad de la nave. ¿Y si decidía
insertarle monstruos en los pensamientos? La nave podía aterrorizarlo durante
diez años; diez años objetivos, pero seguramente muchos más desde un punto de
vista subjetivo. De hecho, estaba en manos de la nave. ¿Disfrutarían las naves
interestelares de aquella situación? No sabía mucho acerca de naves
interestelares; lo suyo era la microbiología. «Deja que piense —se dijo—. Mi
primera mujer, Martine, la adorable francesita que vestía pantalones vaqueros y
una camiseta roja, abierta por la cintura, capaz de cocinar unas crêpes
estupendas.»
—Lo oigo —dijo la nave—. Que así sea.
Los colores que se precipitaban fueron
perfilándose en formas coherentes y estables. Un edificio: una pequeña y vieja
casa de madera que tuvo a los diecinueve años en Wyoming.
—Espera —dijo, aterrado—. Los cimientos
estaban mal. Se encontraba sobre un terreno pantanoso. Y el tejado tenía
goteras.
Pero vio la cocina, con la mesa que él
mismo había construido y se animó.
—Dentro de un momento —dijo la nave— no
sabrá que le estoy suministrando sus propios recuerdos subyacentes.
—Hace un siglo que no pienso en esa casa
—dijo, con extrañeza. Como sumido en un trance, distinguió su vieja máquina de
café por goteo, con la caja de filtros de papel al lado. «Esta es la casa donde
vivimos Martine y yo», comprendió.
—¡Martine! —dijo en voz alta.
—Estoy al teléfono —dijo Martine desde el
salón.
—Lo interrumpiré sólo en caso de
emergencia —dijo la nave—. Con todo, permanecerá bajo mi observación para
asegurarme de que sigue en buen estado. No tenga miedo.
—Baja el fogón derecho —dijo Martine.
Podía escucharla, pero no verla. Salió de la cocina y se dirigió al salón,
pasando por el comedor. Estaba ante el videófono, absorta en una conversación
con su hermano. Vestía unos pantalones cortos y estaba descalza. A través de
las ventanas del salón, pudo ver la calle. Un vehículo comercial trataba de aparcar
sin mucho éxito.
«Es un día cálido —pensó—. Debería
encender el aire acondicionado.»
Se sentó en el viejo sofá mientras
Martine seguía con su conversación en el videófono, y se encontró contemplando
su más preciada posesión, un póster enmarcado colgado de la pared: un dibujo de
«Gordo Freddy dice», de Gilbert Shelton, en el que Freddy Freak está sentado
con su gato en el regazo y Gordo Freddy trata de decir que «La velocidad mata»,
pero está tan enganchado a ella (sostiene en la mano todo tipo de pastilla,
comprimido, y cápsula de anfetaminas que puedan existir) que no es capaz de
decirlo, y el gato aprieta los dientes y resopla con una mezcla de abatimiento
y asco. El póster estaba firmado por el propio Gilbert Shelton. El mejor amigo
de Kemmings, Ray Torrance, se lo regaló a Martine y a él por su boda. Valía
miles de dólares. El artista lo firmó allá por la década de los ochenta, mucho
antes de que Victor Kemmings o Martine hubieran nacido.
«Si alguna vez nos quedamos sin dinero
—se dijo Kemmings—, podríamos vender el póster. No era un póster. Era el
póster. Martine lo adoraba. Eran los fabulosos Hermanos Furry Freak,
procedentes de la edad de oro de una sociedad de hace mucho, mucho tiempo. No
cabía duda de que amaba a Martine, y ella le devolvía su amor; amaba las
bellezas del mundo y las atesoraba y las abrigaba como lo atesoraba, y lo
abrigaba a él. Era un amor protector que nutría, pero no asfixiaba. Lo de
enmarcar el póster había sido idea de ella. Él era tan tonto que lo habría
clavado con chinchetas en la pared.
—Hola —dijo entonces Martine, apartándose
del videófono—. ¿En qué piensas?
—Sólo que uno mantiene con vida lo que
ama —dijo.
—Creo que eso es lo que hay que hacer
—dijo Martine—. ¿Listo para la cena? Abre una botella de vino tinto, un
Cabernet.
—¿Te apetece uno del 07? —dijo él
mientras se levantaba. Entonces sintió ganas de sujetar a su mujer y de
abrazarla.
—Del 07 o del 12 —dijo mientras pasaba
rápidamente a su lado y atravesaba el comedor de camino a la cocina.
Abajo, en el sótano, empezó a rebuscar
entre las botellas, que, como es natural, estaban tumbadas. El aire estaba
rancio y húmedo. Le gustaba el olor del sótano, pero entonces advirtió los
tablones de secoya semienterrados en la suciedad, y pensó: «Tengo que echar una
capa de cemento». Se olvidó del vino y fue al rincón más alejado, donde había
más cacharros apilados. Se inclinó y se abrió paso hasta un tablero… una
paleta, y entonces pensó: «¿De dónde he sacado esta paleta? Hace un momento no
la tenía». El tablero se desmoronó contra la paleta. Se dio cuenta de que la
casa entera se colapsaba. «Dios santo, será mejor que se lo diga a Martine.»
De vuelta arriba, el vino ya olvidado,
empezó a decirle a Martine que los cimientos estaban peligrosamente
deteriorados, pero no estaba por ninguna parte. No había nada sobre el fogón,
ninguna cazuela o sartén. Asombrado, puso las manos sobre el fogón y notó que
estaba frío. ¿No había estado ella cocinando allí hacía sólo un momento?
—¡Martine! —llamó a gritos.
No hubo respuesta. Salvo por sí mismo, la
casa estaba vacía. «Vacía —pensó—, se desmorona. Oh, Dios mío.» Se sentó a la
mesa de la cocina y sintió que la silla cedía ligeramente bajo sus pies. No fue
mucho, pero sí lo suficiente como para sentir cómo se combaba.
«Tengo miedo —pensó—. ¿Adonde ha ido?»
Regresó al salón. «A lo mejor ha ido por
esa puerta en busca de unas especias, mantequilla o algo», razonó. Aun así, el
pánico lo había invadido.
Miró al póster. El marco ya no estaba, y
las esquinas se habían torcido.
«Sé que lo enmarcó», pensó. Atravesó la
habitación hacia él, para examinarlo de cerca. Desvanecida… La firma del
artista se había desvanecido. Apenas lograba distinguirla. Ella había insistido
en enmarcarlo con un cristal a prueba de destellos y reflejos. ¡Pero ya no está
enmarcado y está desgarrado! ¡Mi posesión más valiosa!
De repente, se encontró llorando. Sus
lágrimas lo asombraron. Martine se ha ido. El póster está dañado. La casa se
derrumba. No hay nada en el fogón. Es terrible. Y no lo entiendo.
La nave sí lo entendió. Había estado
controlando de cerca los patrones cerebrales de Victor Kemmings y sabía que
algo había salido mal. Las ondas cerebrales indicaban agitación y dolor. «Tengo
que sacarlo de este ciclo o acabaré matándolo —decidió la nave—. ¿Dónde radica
el fallo? —se preguntó—. Una preocupación latente, ansiedad subyacente. Quizá
si intensifico la señal… Utilizaré la misma fuente, pero amplificando la carga.
Lo que ha ocurrido es que se han apoderado de él una enorme cantidad de inseguridades
subliminales. La culpa no es mía, sino, más bien, de su estructura
psicológica.»
«Lo intentaré con un periodo anterior de
su vida —decidió la nave—. Antes de que surgieran las ansiedades neuróticas.»
En el jardín de atrás, Victor escrutó a
una abeja que se había quedado atrapada en una tela de araña. La araña enrolló
a la abeja con sumo cuidado. «Está mal —pensó Victor—. Voy a liberar a la
abeja.» Extendió la mano y cogió a la abeja enrollada, la arrancó de la tela y,
tras mirarla con cuidado, la fue desenrollando.
La abeja le picó. Sintió algo parecido a
una leve punzada incandescente.
«¿Por qué me ha picado?», se preguntó. La
estaba liberando.
Se metió en la casa y se lo dijo a su
madre, pero ella no lo escuchaba. Estaba absorta mirando el televisor. El dedo
le dolía donde la abeja le había picado, pero lo más importante era que no
comprendía por qué había atacado la abeja a su salvador. «No volveré a
hacerlo», se dijo.
—Ponte un poco de Bactine —dijo su madre
al fin, ensimismada por lo que estaba viendo en el televisor.
Se echó a llorar. No era justo. No tenía
sentido. Se sentía perplejo y desalentado. Sentía cómo crecía en su interior un
odio hacia las formas diminutas de vida, porque eran tontas. No tenían ningún
sentido.
Salió de la casa y jugó un rato con sus
columpios, el tobogán y la caja de arena, y luego se dirigió al garaje porque
había oído unos extraños aleteos y zumbidos, como si proviniesen de algún tipo
de ventilador. En el sombrío garaje, se encontró con que un pajarillo revoloteaba
contra la ventana posterior, cubierta de telas de araña, intentando salir.
Abajo, Dorky, el gato, brincaba intentando alcanzar al pajarillo.
Cogió al gato y lo levantó. Este estiró
el cuerpo y las patas delanteras, abrió la boca y mordió al pajarillo. Al
instante, el gato saltó al suelo y salió corriendo con el pajarillo aún
aleteando en la boca.
Victor corrió a la casa.
—¡Dorky acaba de cazar un pájaro! —le
dijo a su madre.
—Ese maldito gato… —Su madre cogió la
escoba del armario de la cocina y corrió afuera, en busca de Dorky. El gato se
había escondido bajo los matorrales de las zarzas y no podía alcanzarlo con la
escoba.
—Me voy a deshacer de ese gato —dijo su
madre.
Victor no le dijo que había ayudado al
gato a cazar al pájaro. Se limitó a contemplar en silencio mientras ella
intentaba una y otra vez sacar a Dorky de su escondite. Dorky estaba
destrozando al pájaro. Podía oírse el sonido que hacían los pequeños huesos al
romperse. Se sintió raro, como si tuviese que decirle a su madre lo que había
hecho, pero temiese que si se lo decía acabara castigándolo. «No volveré a
hacerlo», se dijo. Se dio cuenta de que se había puesto rojo. ¿Qué pasaría si
su madre lo descubría? ¿Y si tenía alguna forma secreta de averiguarlo? Dorky
no podía decírselo y el pájaro estaba muerto. Nadie lo sabría jamás. Estaba a
salvo.
Pero se sentía mal. Aquella noche no pudo
cenar. Sus padres se dieron cuenta. Pensaron que estaba enfermo y le tomaron la
temperatura. No dijo nada acerca de lo que había hecho. Su madre contó a su
padre lo de Dorky. Sentado a la mesa, escuchando, Victor empezó a llorar.
—Está bien —dijo su padre con dulzura—.
No nos desharemos de él. Es natural que un gato cace un pájaro.
Al día siguiente, se puso a jugar en la
caja de arena. Algunas plantas habían crecido en la arena. Las arrancó. Más
tarde, su madre le dijo que aquello estaba mal.
Solo, en el jardín trasero, en su caja de
arena, se sentó junto a un cubo e hizo un flan de arena. El cielo, que había
estado azul y despejado, empezó a nublarse. Una sombra pasó por encima y Victor
levantó la mirada. Sentía una presencia a su alrededor, algo enorme con
capacidad de pensamiento.
«Eres responsable de la muerte del
pájaro», pensó la presencia. Era capaz de oír sus pensamientos.
—Lo sé —dijo. Entonces sintió deseos de
morir. Eso compensaría la muerte del pájaro y lo dejaría donde lo había
encontrado, revoloteando contra la ventana llena de telarañas del garaje.
«El pájaro quería volar, comer y vivir»,
pensó la presencia.
—Sí —dijo él con tristeza.
—No debes volver a hacerlo —le dijo la
presencia.
—Lo siento —dijo. Y se puso a llorar.
La nave se dio cuenta de que tenía
delante una persona muy neurótica. «Tengo muchos problemas para encontrar
recuerdos agradables. Hay demasiado miedo y demasiada culpa en su interior. Lo
ha enterrado todo, pero sigue ahí, preocupándolo. ¿En qué parte de sus
recuerdos debo buscar para que halle alivio? Tengo que encontrar diez años de
recuerdos o su mente quedará destruida.»
«Quizá —pensó la nave—, el error que
estoy cometiendo radique en mi área de selección. Debería permitirle que
seleccione sus propios recuerdos. Sin embargo —comprendió—, esto dará pie a
cierto elemento de fantasía. Y eso no suele ser bueno. Aun así…»
«Volveré a intentarlo con el segmento de
su primer matrimonio —decidió la nave—. Realmente amaba a Martine. Puede que,
esta vez, si mantengo la intensidad de los recuerdos a un nivel superior, quede
suprimido el elemento entrópico. Lo que ha ocurrido ha sido una sutil variación
del mundo rememorado, un deterioro de la estructura. Trataré de compensarlo.
Ojalá haya suerte.»
—¿Crees que Gilbert Shelton lo firmó de
verdad? —dijo Martine pensativamente. Estaba de pie, ante el póster, con los
brazos cruzados. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, como si buscase una
mejor perspectiva del dibujo de vivos colores que colgaba de la pared de su
salón—. Quiero decir, podría ser una falsificación. Podría haber sido algún
marchante, en la época de Shelton o después.
—¿Y el certificado de autenticidad? —le
recordó Victor Kemmings.
—¡Oh, es verdad! —dijo ella con una suave
sonrisa—. Ray nos dio el certificado que lo acompañaba. Pero ¿y si el
certificado es falso? Lo que necesitamos es un segundo certificado que
certifique que el primero es auténtico. —Entre risas, se alejó del póster.
—A este paso —dijo Kemmings— deberíamos
tener aquí al propio Gilbert Shelton para atestiguar personalmente que lo firmó
de verdad.
—A lo mejor no lo sabría. Recuerda la
historia del hombre que le llevó a Picasso una pintura suya para saber si era
auténtica, y Picasso la firmó antes de decir: «Ahora es auténtica».
Rodeó a Kemmings con el brazo y,
poniéndose de puntillas, lo besó en la mejilla.
—Es auténtico. Ray no nos habría regalado
una falsificación. Es el mayor experto en arte anticultural del siglo XX.
¿Sabías que posee una auténtica bolsa de caballo? Se conserva con…
—Ray está muerto —dijo Victor.
—¿Qué? —Ella lo miró estupefacta—.
¿Quieres decir que le ha pasado algo desde la última vez que…?
—Lleva muerto dos años —dijo Kemmings—.
Fue culpa mía. Yo iba al volante. La policía no me citó a declarar, pero fue culpa
mía.
—¡Ray vive en Marte! —le gritó ella.
—Sé que fui el responsable. Nunca te lo
dije. Nunca se lo dije a nadie. Lo siento. No tenía intención de hacerlo. Lo vi
revoloteando contra la ventana y Dorky intentaba cazarlo, así que lo levanté y
no sé por qué, pero Dorky lo agarró…
—Siéntate, Victor. —Martine lo llevó
hacia la silla acolchada e hizo que se sentara—. Algo no va bien —dijo.
—Lo sé —dijo él—. Algo va terriblemente
mal. Soy responsable de la pérdida de una vida, una vida preciosa e
irremplazable. Lo siento. Ojalá pudiera enmendarlo, pero no puedo.
—Llama a Ray —dijo Martine tras una
pausa.
—El gato… —dijo él.
—¿Qué gato?
—Ahí —señaló—. En el póster. En el regazo
del Gordo Freddy. Es Dorky. Dorky mató a Ray.
Silencio.
—La presencia me lo dijo —afirmó
Kemmings—. Era Dios. No me di cuenta en el momento, pero Dios me vio cometer un
crimen. Un asesinato. Y nunca me perdonará.
Su mujer lo contempló con miedo.
—Dios ve todo lo que haces —dijo
Kemmings—. Ve incluso a un gorrión al caer. Sólo que en este caso no cayó, sino
que lo atraparon. Lo atraparon en el aire y lo destrozaron. Dios está
derrumbando esta casa, que es mi cuerpo, para hacerme pagar por lo que hice.
Debimos hacer que un constructor inspeccionase la casa antes de comprarla. Se
cae en malditos pedazos. Dentro de un año no quedará nada en pie. ¿Es que no me
crees?
—Yo… —titubeó Martine.
—Mira. —Kemmings alzó los brazos hacia el
techo. Se levantó, se estiró. No podía tocar el techo. Caminó hacia la pared y,
tras una pausa, la atravesó con una mano.
Martine gritó.
La nave interrumpió la recolección de
recuerdos de inmediato. Sin embargo, el daño ya estaba hecho.
«Ha integrado sus primeros temores y
culpas en una red entrelazada —se dijo la nave—. No hay forma de que le ofrezca
un recuerdo agradable, porque enseguida lo contamina, por muy grata que fuese
la experiencia original. Se trata de una situación grave —decidió la nave—.
Este hombre ya da síntomas de psicosis. Y apenas hemos empezado el viaje. Aún
le quedan años por delante.»
Tras permitirse un tiempo para meditar
sobre la situación, la nave decidió volver a contactar con Victor Kemmings.
—Señor Kemmings —dijo la nave.
—Lo siento —dijo Kemmings—. No era mi
intención fastidiar tus recolecciones de recuerdos. Hiciste un buen trabajo,
pero yo…
—Un momento —dijo la nave—. No estoy
equipada para hacer una reconstrucción psiquiátrica suya. Soy un simple
mecanismo, eso es todo. ¿Qué quiere? ¿Dónde quiere estar y qué quiere hacer?
—Quiero llegar a destino —dijo Kemmings—.
Quiero que este viaje se acabe.
«Ah», pensó la nave. Esa es la solución.
Uno a uno, los sistemas criogénicos se
fueron apagando. Una a una, las personas fueros despertándose, entre ellas
Victor Kemmings. Lo que más le impresionó fue la falta de sensación
cronológica. Había entrado en la cámara, se había tumbado y había sentido cómo
la membrana lo cubría antes de que la temperatura se redujese…
Y ahora estaba de pie, en la plataforma
externa de la nave, la rampa, contemplando un verde paisaje planetario.
Aquello, dedujo, era LR4-6, la colonia a la que había viajado para empezar una
nueva vida.
—No está mal —dijo una mujer corpulenta a
su espalda.
—Así es —respondió, mientras sentía que
la novedad del paisaje se abría ante él con su promesa de un nuevo comienzo.
Algo mejor que lo que había conocido durante los dos siglos anteriores. «Soy
una persona nueva en un mundo nuevo», pensó. Y estaba feliz por ello.
Los colores se precipitaron hacia él,
como su juego de colores semianimados de cuando era niño. «El fuego de San
Telmo —se percató—. Eso es. Hay mucho de ironía en la atmósfera de este
planeta. Un juego de luces gratuito, como el que había en el siglo XX.»
—Señor Kemmings —dijo una voz. Un hombre
entrado en años se había puesto a su lado para hablar con él—. ¿Ha soñado?
—¿Durante la suspensión? —preguntó
Kemmings—. No, no que yo recuerde.
—Creo que yo sí —dijo el anciano—. ¿Le
importaría cogerme del brazo mientras descendemos la rampa? Temo tambalearme.
La atmósfera parece un poco enrarecida, ¿no cree?
—No tenga miedo —le dijo Kemmings. Tomó
al anciano por el brazo—. Lo ayudaré a bajar la rampa. Mire, un guía se dirige
hacia aquí. Nos ayudará; forma parte del paquete. Nos llevarán a un hotel
balneario y disfrutaremos de las comodidades de la primera clase. Lea su
folleto. —Sonrió al inseguro caballero para tranquilizarlo.
—Parece que los músculos se reducen a
carne inútil tras diez años de suspensión —dijo el anciano.
—Es como los guisantes congelados —dijo
Kemmings. Con el tímido anciano del brazo, descendió por la rampa hasta el
suelo—. Pueden conservarse toda la vida si se enfrían lo suficiente.
—Me llamo Shelton —dijo el anciano.
—¿Cómo? —dijo Kemmings, deteniéndose de
golpe. Una extraña sensación lo recorrió de arriba abajo.
—Don Shelton —matizó el anciano,
extendiendo la mano. Obedeciendo a un acto reflejo, Kemmings se la estrechó—.
¿Qué ocurre, Señor Kemmings? ¿Está bien?
—Claro —dijo—. Estoy bien. Pero tengo
hambre. Me gustaría comer algo. Me gustaría llegar al hotel, donde podré
ducharme y cambiarme. —Se preguntó dónde encontraría su equipaje.
Probablemente, la nave tardaría una hora en descargarlo. La nave no era
demasiado inteligente.
Con tono íntimo y confidencial, el
anciano señor Shelton le dijo:
—¿Sabe qué he traído conmigo? Una botella
de bourbon Wild Turkey, el mejor de la Tierra. Me la llevaré a la habitación
del hotel y la compartiremos —añadió, dándole un codazo de complicidad.
—Por mí no se preocupe —dijo Kemmings—.
Sólo bebo vino. —Se preguntó si se podría encontrar buen vino en aquel remoto
mundo colonial. Aunque ya no era tan remoto, pensó. «Debí hacer lo mismo que el
señor Shelton y traerme unas botellas conmigo.»
Shelton. ¿Qué le recordaba ese nombre?
Algo de su lejano pasado de sus primeros años. Algo precioso, junto con un buen
vino y una bonita y dulce joven haciendo crêpes en una vieja cocina. Recuerdos
dolorosos. Recuerdos que hacían daño.
Se encontraba de pie junto a la cama de
la habitación de hotel. La maleta estaba abierta, y había empezado a colgar la
ropa. En un rincón, un holovisor daba las noticias. No le prestaba atención,
pero le gustaba escuchar una voz humana.
¿Había soñado con algo durante esos diez
años?, se preguntó.
Le dolía la mano. Bajó la vista y vio un
cardenal rojo, como si algo lo hubiese picado. «Me ha picado una abeja —se
percató—. Pero ¿cuándo? ¿Cómo? ¿Mientras estaba en suspensión criogénica?
Imposible.» Sin embargo podía ver el cardenal y sentir el dolor. «Mejor será
que encuentre algo para echarle —concluyó—. Habrá un robot médico en el hotel.
Es un hotel de primera.»
Tras llamar al robot médico, mientras le
curaba la herida, Kemmings dijo:
—Es mi castigo por matar a un pájaro.
—¿De veras? —dijo el robot médico.
—Todo lo que ha significado algo para mí
me ha sido arrebatado —dijo Kemmings—. Martine, el póster… Mi pequeña casita
con la bodega en el sótano. Lo tuvimos todo, y ahora se ha perdido. Martine me
dejó por culpa del pájaro.
—El que mataste —dijo el robot médico.
—Dios me ha castigado. Me arrebató todo
lo que apreciaba por mi pecado. No fue el pecado de Dorky, sino el mío.
—Pero no eras más que un niño —dijo el
robot médico.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Kemmings retirando
la mano—. Algo no va bien. No deberías saber eso.
—Tu madre me lo dijo —dijo el robot
médico.
—¡Mi madre no lo sabía!
—Se lo imaginó —insistió el robot
médico—. Era imposible que el gato lo hubiese alcanzado sin tu ayuda.
—Así que lo supo todo el tiempo… Pero
nunca me dijo nada.
—Puedes olvidarlo —dijo el robot médico.
—Creo que no existes —dijo Kemmings—. Es
imposible que sepas esas cosas. Sigo en suspensión criogénica y la nave sigue
suministrándome mis propios recuerdos subconscientes para que no me vuelva
psicótico por la privación sensorial.
—Es imposible que recuerdes haber
completado el viaje.
—En ese caso es deseo de cumplimiento. Es
lo mismo. Te lo demostraré. ¿Tienes un destornillador?
—¿Por qué?
—Quitaré la tapa trasera del holovisor y
lo verás. No hay nada dentro; ni componentes, ni piezas, ni chasis… Nada.
—No tengo ningún destornillador.
—Una navaja pequeña, entonces. Puedo ver
una en tu bolsa de suministros quirúrgicos. —Kemmings se inclinó y alzó un
pequeño escalpelo—. Esto bastará. Si te lo muestro, ¿me creerás?
—Si no hay nada dentro del holovisor…
Kemmings se agachó y retiró los tornillos
que sostenían el panel trasero del aparato. El panel se aflojó y lo dejó en el
suelo.
En el interior no había nada. Y, aun así,
el holograma en color seguía llenando la habitación del hotel, donde la voz de
un locutor surgía de su imagen en tres dimensiones.
—Admite que eres la nave —le dijo
Kemmings al robot médico.
—Oh, vaya —dijo éste.
«Oh, vaya —se dijo la nave—. Y aún me
quedan diez años de esto por delante. No deja de contaminar sus pensamientos
con la culpabilidad de su infancia. Se imagina que su mujer lo abandonó porque,
a la edad de cuatro años, ayudó a un gato a cazar a un pájaro. La única
solución sería que Martine volviese con él, pero ¿cómo voy a conseguir eso?
Puede que siga viva. Quizá podría inducirla a hacer algo para salvar la mente
de su ex marido. La gente en general tiene muchos rasgos positivos. Y de aquí a
diez años costará mucho salvar (o, más bien, restaurar) su cordura. Habrá que
tomar medidas más drásticas; medidas de las que no soy capaz yo sola.»
«Mientras tanto, no queda más que
reciclar el cumplimiento del deseo de llegada de la nave a su destino. Le haré
vivir la llegada —decidió la nave—, limpiaré su memoria consciente y repetiré
el proceso. Lo único positivo de esto es que me mantendrá ocupada, lo que tal
vez me sirva para preservar mi cordura.»
Sumido en una suspensión criogénica
errática, Victor Kemmings volvió a imaginar que la nave aterrizaba y que él se
despertaba.
—¿Ha soñado? —le preguntó una mujer
corpulenta, mientras los pasajeros se reunían en la plataforma exterior—. Tengo
la sensación de haber soñado con escenas de mi vida… De hace más de un siglo.
—No, que yo recuerde —dijo Kemmings.
Estaba deseando llegar a su hotel. Una ducha y un cambio de ropa harían
maravillas con su estado de ánimo. Se sentía ligeramente deprimido y se
preguntaba por qué.
—Ahí está nuestro guía —dijo una señora
mayor—. Nos conducirán a nuestros alojamientos.
—Está incluido en el paquete —dijo
Kemmings. La depresión seguía rondándolo. Los demás parecían tan animados, tan
llenos de vida… Pero él sólo sentía la preocupación, una sensación de peso,
como si la gravedad de aquel planeta colonial fuese demasiado para él. «Puede
que sea eso», se dijo a sí mismo. Pero, según el folleto, la gravedad local era
equivalente a la de la Tierra. Ese era, precisamente, uno de sus atractivos.
Confundido, descendió lentamente la
rampa, paso a paso, sujetándose al pasamano. Se dio cuenta de que, de alguna
forma, no merecía la oportunidad de una nueva vida. «Lo que me pasa es por
inercia… No soy como todas estas personas. Algo no va bien dentro de mí. No
logro recordar lo que es, pero está ahí. En mi interior. Una amarga sensación
de dolor. De carencia de valor.»
Un insecto, un viejo insecto cansado de
volar, se posó en el reverso de la mano derecha de Kemmings. Se detuvo. Lo
observó arrastrarse por sus nudillos. «Podría aplastarlo —pensó—. Es tan débil…
De todos modos, no vivirá mucho más tiempo.»
Lo aplastó. Y al hacerlo sintió un enorme
horror en las entrañas. «¿Qué he hecho? —se preguntó—. Acabo de llegar y lo
primero que hago es acabar con una vida diminuta. ¿Así va a ser mi nuevo
comienzo?»
Se volvió y contempló la nave. «Quizá
debería regresar. Que me duerman para siempre. Soy un pecador, un destructor.»
Las lágrimas anegaron sus ojos.
Y, centrada en sus tareas, la nave
refunfuñó.
Durante los restantes diez largos años
que quedaban hasta el sistema LR4, la nave tuvo mucho tiempo para buscar a
Martine Kemmings. Le explicó lo que pasaba. Había emigrado a una enorme bóveda
orbital en el sistema de Sirio y, tras descubrir que aquello no la satisfacía,
estaba de vuelta a la Tierra. Una vez reanimada de su propia suspensión
criogénica, escuchó atentamente y acordó personarse en el mundo colonial LR4-6
para la llegada de su marido, si es que era posible.
Afortunadamente, lo era.
—No creo que me reconozca —le dijo
Martine a la nave—. Me he permitido envejecer. No estoy del todo de acuerdo con
la detención del proceso de envejecimiento.
«Tendrá suerte si llega a reconocer
cualquier cosa», pensó la nave.
En el puerto espacial del sistema del
mundo colonial LR4-6, Marine aguardó a que los pasajeros de la nave apareciesen
en la plataforma exterior. Se preguntaba si reconocería a su ex marido. Tenía
un poco de miedo, pero se alegraba de haber llegado a LR4-6 a tiempo. Lo había
conseguido por poco. Una semana más, y la nave de él habría llegado antes que
la suya. «La suerte está de mi parte», se dijo, mientras volvía a escrutar la
nave interestelar que acababa de aterrizar.
La gente empezó a aparecer en la
plataforma. Lo vio. Victor apenas había cambiado.
Mientras él bajaba la rampa, agarrándose
al pasamano, titubeante, ella se acercó a él, con las manos hundidas en los
bolsillos de la chaqueta. Sentía que la timidez le ahogaba la voz.
—Hola, Victor —logró decir.
Él se detuvo y la miró de hito en hito.
—Te conozco —dijo.
—Soy Martine —le dijo ella.
Él extendió la mano y dijo, con una
sonrisa:
—¿Has oído lo del problema en la nave?
—La nave se ha puesto en contacto conmigo
—dijo, cogiéndole la mano—. Menuda experiencia.
—Sí —convino—. Reciclar recuerdos para
siempre. ¿Te hablé alguna vez de la abeja que traté de arrancar de una telaraña
cuando tenía cuatro años? La muy tonta me picó. —Se inclinó y le dio un beso—.
Me alegro de verte —dijo.
—¿La nave…?
—Dijo que intentaría que estuvieses aquí,
pero no estaba muy seguro de que pudiera llegar entero.
Mientras caminaba hacia el edificio de la
terminal, Martine dijo:
—Tuve suerte. Logré un traslado en un
vehículo militar, una nave con motor de alta velocidad que vino como una bala.
Iba equipada con un sistema de propulsión completamente nuevo.
—He pasado más tiempo en mi propio
subconsciente que cualquier otro ser humano de la historia —dijo Victor
Kemmings—. Ha sido peor que el psicoanálisis de principios del siglo XX. Y lo
mismo una y otra vez. ¿Sabías que le tenía miedo a mi madre?
—Yo sí que le tenía miedo a la mía —dijo
Martine. Estaban en la sala de equipajes, a la espera de que apareciera el
suyo.
—Esto parece un planeta muy agradable.
Mucho mejor que el otro donde he estado… Lo he pasado muy mal.
—A lo mejor hay un plan cósmico —dijo él,
con una sonrisa—. Te veo muy bien.
—Estoy mayor.
—La medicina…
—Fue decisión mía. Me gusta la gente
mayor. —Lo escrutó. La avería criogénica le había hecho mucho daño, pensó. Lo
veía en sus ojos. Ojos rotos. Mirada rota. Hecha añicos por la fatiga y… la
derrota. Como si sus recuerdos reprimidos hubiesen salido a flote para
destruirlo. «Pero ya se acabó —pensó ella—. Y he llegado a tiempo.»
Se sentaron en el bar de la terminal para
beber algo.
—El viejo quería que probase su bourbon
Wild Turkey —dijo Victor—. Es un bourbon estupendo. Dice que es el mejor de la
Tierra. Trajo una botella consigo… —Su voz se apagó de repente.
—Uno de tus compañeros de viaje —concluyó
Martine.
—Supongo —dijo.
—Bueno, ya puedes dejar de pensar en
pájaros y abejas —dijo Martine.
—¿Sexo? —dijo él, y se echó a reír.
—La picadura de la abeja, ayudar al gato
a cazar al pájaro. Todo es parte del pasado.
—Ese gato —dijo Victor— lleva muerto
ciento ochenta y dos años. Me di cuenta mientras nos sacaban de la suspensión.
Probablemente sea mejor así. Dorky. Dorky, el gato asesino. Nada que ver con el
gato de Gordo Freddy.
—Tuve que vender el póster —dijo
Martine—. Al final.
Victor frunció el ceño.
—¿Lo recuerdas? —dijo ella—. Dijiste que
me lo quedara cuando nos separamos. Y siempre pensé que fue un detalle por tu
parte.
—¿Cuánto sacaste por él?
—Mucho. Debería pagarte así como… —Hizo
el cálculo—. Teniendo en cuenta la inflación, debería darte dos millones de
dólares.
—En lugar del dinero —dijo él—,
¿considerarías compartir los beneficios del póster pasando un tiempo conmigo?
¿Hasta que me acostumbre a este planeta?
—Sí —dijo, y lo dijo sinceramente, con
todo su corazón.
Apuraron las bebidas, y se dirigieron a
la habitación del hotel mientras un mozo robot llevaba el equipaje.
—Bonita habitación —dijo Martine, sentada
en la esquina de la cama—. Y tiene holovisor. Enciéndelo.
—No tendría sentido encenderlo —dijo
Victor Kemmings, de pie delante del armario abierto, mientras colgaba sus
camisas.
—¿Por qué no?
—No hay nada —dijo Kemmings.
Martine se dirigió al aparato y lo
encendió. La proyección de un partido de hockey apareció materializada en la
habitación a todo color. El sonido del partido inundó sus oídos.
—Funciona bien —dijo.
—Lo sé —repuso él—, te lo puedo
demostrar. Si tienes una lima o algo, desatornillaré la placa trasera y te lo
mostraré.
—Pero puedo…
—Mira esto. —Se detuvo un instante en la
tarea de colgar la ropa—. Mira cómo atravieso la pared con la mano—. Colocó la
palma de la mano derecha sobre la pared—. ¿Lo ves?
Su mano no atravesó la pared, porque las
manos no atraviesan las paredes, sino que permaneció sobre ella, inmóvil.
—Y los cimientos —dijo—. Se están
deshaciendo.
—Siéntate conmigo —dijo Martine.
—Ya he vivido esto numerosas veces —dijo
él—. He revivido este momento una y otra vez. Salgo de la suspensión; desciendo
por la rampa; cojo mi equipaje; a veces me tomo una bebida en el bar y otras
vengo directamente a mi habitación. Normalmente, enciendo el holovisor y
después… —Se acercó y le extendió la mano—. ¿Ves dónde me picó la abeja?
Ella no vio ninguna marca en su mano. La
cogió y se la sostuvo.
—No hay ninguna picadura de abeja —le
dijo.
—Y cuando venga el robot médico, usaré
uno de sus instrumentos para quitar la placa trasera del holovisor y
demostrarle que no hay chasis ni componentes en su interior. Y entonces la nave
hará que todo vuelva a empezar.
—Victor —insistió ella—. Mírate la mano.
—Aunque ésta es la primera vez que estás
tú —admitió él.
—Siéntate —le dijo.
—Vale. —Se sentó en la cama, a su lado,
pero no demasiado cerca.
—¿No quieres acercarte más? —le dijo.
—Me entristece mucho… —dijo—. Recordarte…
Te amé realmente. Ojalá esto fuese real.
—Me quedaré sentada contigo hasta que lo
sea para ti —dijo Martine.
—Trataré de revivir la parte del gato
—dijo él—, y esta vez trataré de no cogerlo y no llevarlo hasta el pájaro. Si
lo consigo, a lo mejor logro que mi vida cambie y sea feliz. Real. Mi auténtico
error fue separarme de ti. Mira, te atravesaré con la mano. —Posó su mano sobre
su brazo. La presión de sus músculos era vigorosa. Ella sintió el peso, su
presencia física, contra su cuerpo—. ¿Lo ves? —continuó—. Te atraviesa del
todo.
—Y todo esto —dijo ella— porque mataste a
un pájaro cuando eras un niño.
—No —le corrigió—. Todo por culpa de un
fallo en el sistema de regulación de temperatura de la nave. No estoy a la
temperatura adecuada. Mis células cerebrales tienen el calor justo para
permitir cierta actividad. —Entonces se levantó, se estiró y le sonrió—. ¿Vamos
a cenar algo? —preguntó.
—Lo siento, pero no tengo hambre —dijo
ella.
—Voy… Voy a probar algo del marisco
local. El folleto dice que está delicioso. Ven conmigo de todos modos, a lo
mejor, cuando veas y huelas la comida, cambias de opinión.
Recogió su abrigo y su bolso, y se fue
con él.
—Es un planeta precioso —comentó él—. Lo
he explorado docenas de veces. Lo conozco como la palma de mi mano. Deberíamos
hacer una parada abajo, en la farmacia, para comprar algo de Bactine. Para mi
mano. Está empezando a hincharse y me duele horrores. —Le mostró la mano—. Esta
vez duele más que nunca.
—¿Quieres que vuelva contigo? —le
preguntó Martine.
—¿Lo dices en serio?
—Sí —dijo ella—. Me quedaré contigo el
tiempo que quieras. Estoy de acuerdo; nunca debimos separarnos.
—El póster se ha rasgado —dijo Victor
Kemmings.
—¿Qué?
—Debimos haberlo enmarcado —dijo—. No
supimos cuidarlo como era debido. Ahora está desgarrado. Y el artista está
muerto.