Gabriel Zaid
Nota editorial: los llamados a pie 1 y 2, pertenecen al ensayo "MALTHUSIANA", debido a esto, el siguiente texto inicia las notas al pie con el # 3.
La gente que quisiera ser culta va con temor a las librerías, se marea
ante la inmensidad de todo lo que no ha leído, compra algo que le han dicho que
es bueno, hace el intento de leerlo, sin éxito, y cuando llega a una docena de
libros sin leer se siente tan mal que no se atreve a comprar otros.
En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa
miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo ni dejar de seguir
comprando más.
«Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura»[3]. La observación
es tan exacta que, para ser también irónica, requiere la complicidad del lector
bajo una especie de imperativo moral que todos más o menos acatamos: un libro
no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como girar
cheques sin fondos: un fraude a las visitas.
Ernest Dichter[4], habla de esta mala conciencia en los clubes de
libros. Hay gente que se inscribe como si entrara a un festival. Pero, a medida
que los libros llegan y se acumula el tiempo necesario para leerlos, cada nueva
remesa y el montón se vuelven un reproche muy poco festivo: una acusación de
incumplimiento. Hasta que rompe con el club, decepcionada y resentida de que le
siga enviando libros, a pesar de pagarlos.
Por eso prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden
tener a la vista impunemente, sin sentimientos de culpa: diccionarios,
enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas.
Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo
cual demuestra aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de
responder a la pregunta: «¿Ya lo leíste? ¿Qué te pareció?» —lo cual demuestra
lo mismo—. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser: «Regale un
libro. Es como regalar una obligación».
Los autores de libros no son tan discretos. Dejando aparte los casos
extremos (los que llaman para ver en qué página va uno, cuándo terminará y,
sobre todo, cuándo publicará una reseña digna del acontecimiento), se sienten
obligados a repartir obligaciones cada vez que publican. Ya se sabe que la
elegancia torera en estos casos consiste en responder de inmediato con una
tarjeta que diga: «Acabo de recibir su libro. ¡Qué estupenda sorpresa! Lo
felicito y me felicito de antemano por la alegría que me dará leerlo»[5]. Si
no, la deuda se triplica y crece a interés compuesto, conforme pasa el tiempo,
hasta que llega un momento en que el deber pendiente de leer el libro, de
escribir una carta, que ya no puede ser tan breve, y de formular un elogio que
no sea falso ni mezquino, se vuelve una pesadilla. No se sabe qué es peor, si
esto o la tarjeta a vuelta de correo.
Pero hay más: ¿Qué hacer físicamente con el libro? El autor puede
presentarse un día y encontrarlo sin abrir. Otra buena rutina es desflorar las
primeras páginas en el momento de recibirlo, y dejar un separador que muestre
la intención. O hacerlo desaparecer, explicando, si es necesario, que un amigo
se entusiasmó tanto que se lo llevó prestado, antes de que pudiésemos leerlo.
En este caso, es prudente arrancar la dedicatoria. Los libros dedicados
tienen la extraña vocación de acabar en las librerías de viejo, y hay esas
historias horribles de libros de Darío o de Rilke dedicados melosamente a
Valéry y encontrados después con los buquinistas del Sena, sin abrir. O aquella
historia del libro de Valle-Arizpe que encontró, intonso, en una librería de
viejo, y que compró y envió de nuevo a su amigo: «Con el renovado afecto de
Artemio de Valle-Arizpe».
Una pésima solución consiste en conservarlos diciendo: En realidad, no
tengo tiempo de leerlos, lo hago para dejarles una biblioteca a mis hijos.
Excusa cada vez más débil, hoy que las ciencias adelantan que es una
barbaridad. Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que
se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned
obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones
críticas) para acabar con la ruinosa trasmisión de gustos de una generación a
la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.
La formación de bibliotecas obsoletas para los hijos se justifica como
la preservación de ruinas: por razones puramente arqueológicas. Y hay excusas
mejores para acumular libros sin leerlos. Si se forma una biblioteca sobre
Tlaxcala o, mejor aún, de ediciones del Quijote, nadie tiene derecho a exigir
que el bibliófilo haya leído mil veces el Quijote, una por edición. Aunque no
falten visitas inocentes que se escandalicen de ver tantas veces el mismo
título. ¿No es como retratarse y exhibirse bajo mil ángulos con el único pez
gordo que se ha pescado en la vida?
Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una
sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da
prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al
África. ¿Y qué decir del león que le guiñó un ojo al cazador antes de rodar a
sus pies? Así, quien tiene las memorias de Churchill dedicadas y sin abrir
dice: ¡Pobre Winston! Por respeto, las guardo como las recibí. ¡Qué formidable
león británico! Le supliqué al taxidermista que conservara cuidadosamente el
guiño…
Los cazadores tienen fama de exagerados. Por eso el lector que aspira a
ser culto tiene como principio ético no exhibir jamás piezas cazadas
indebidamente. Menos aún piezas que, en realidad, leyó un amigo, o el guía, en
el safari cultural. De ahí también que un libro sólo pueda ser visto como un
cadáver disecado, no un animal de presa vivo. ¿Tigres en el tanque de la
gasolina? Pase. Pero ¿rugiendo por toda la casa, echados en el cuarto de baño o
en la cama, estirándose y bostezando en las ventanas, encaramados en los
anaqueles? ¡Jamás! Por respeto a las visitas.
El culto de ser culto viene de los libros sagrados. Karl Popper[6]
supone que la cultura democrática nace con la aparición del mercado del libro
en Atenas, en el siglo V antes de Cristo. El libro comercial acaba con el
libro sagrado. Pero ¿acaba? El mercado es ambivalente. Tener en casa y a la
mano lo que antes sólo se veía en el templo es atractivo para la demanda,
porque los libros tienen todavía el prestigio del templo. La desacralización
democrática prospera como simonía: permite vender lo que no tiene precio. No
acaba con los libros sagrados: los multiplica.
Sócrates criticó el fetichismo del libro[7]. Dos siglos después, dijo el
Eclesiastés[8]: «Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado
daña la salud. Basta de palabras. Todo está escrito». En el siglo I,
escribe Séneca: «La multitud de libros disipa el espíritu»[9]. En China, en el
siglo IX, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: «De sabios es callar,
los que hablan nada saben»[10]. En Argelia, en el siglo XIV, Ibn Jaldún:
«Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo»[11]. En Alemania,
en el siglo XVI, Lutero: «La multitud de libros es una calamidad»[12]. Don
Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote: «Hay algunos que así
componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos»[13]. Montaigne: «Se
busca más interpretar interpretaciones que interpretar las cosas. Hay más
libros sobre libros que sobre cualquier otro tema. No hacemos más que glosarnos
los unos a los otros»[14]. Samuel Johnson: «Es extraño que se escriba tanto y
se lea tan poco»[15]. «Para convencerse de la vanidad de las esperanzas humanas
no hay lugar más deprimente que una biblioteca pública: verla tapizada de
imponentes volúmenes, cuidadosamente meditados y documentados, que no pasaron
del catálogo»[16].
Alguna vez propuse un guante de castidad para los autores que no se
puedan contener. Pero también es útil un baño de agua fría: sumergirse en una
gran biblioteca, para desanimarse, como Johnson, ante la multitud de autores
desconocidos.
El progreso ha logrado que todas las personas, no sólo los profetas
elegidos, puedan darse el lujo de hablar en el desierto. Y nada puede detener
la multiplicación de libros. Por un momento parecía que iba a ser la
televisión. Marshall McLuhan escribió (¡escribió!) libros proféticos sobre el
fin de los tiempos librescos. Pero la explosión del libro lo dejó hablando en
el desierto.
El despegue comercial de la televisión en los Estados Unidos fue de 1947
a 1960. Pasó de siete a 517 estaciones trasmisoras y de 16 mil a 45 millones de
aparatos receptores; prácticamente de cero al 88% de los hogares[17]. Todo
estaba, pues, listo para acabar con el libro. Sin embargo, el número de títulos
anuales publicados en el mismo período (1947 a 1960) subió al doble: de 7 mil a
15 mil. Como si fuera poco, de 1960 a 1968 volvió a doblar, y en un período
menor, mientras que el porcentaje de hogares con receptores, naturalmente, ya
no podía subir más que a la saturación: 98%[18].
Según la Wikipedia[19], los cinco países que más libros publican son el
Reino Unido (206,000 en 2005), los Estados Unidos (172,000 en 2005), China
(136,000 más 42,000 de Taiwán en 2007), Alemania (96,000 en 2007) y España
(86,000 en 2008). Estos números suman 738,000.
A mediados del siglo XV apareció la imprenta de caracteres móviles. No
sustituyó de inmediato a los copistas, ni la impresión con placas de madera,
pero multiplicó los títulos disponibles. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin[20]
estiman que los incunables (los libros impresos entre 1450 y 1500) fueron unos
10 mil o 15 mil títulos en unas 30 mil o 35 mil ediciones (dos o tres ediciones
por título) de unos 500 ejemplares por edición. O sea que se publicaron unos
250 títulos por año en promedio, lo cual pudo empezar en unos 100. Robert
Escarpit[21] estima que se publicaron unos 250 mil en 1952. Esto implica mil
veces más que los incunables y un ritmo anual de crecimiento (1.6% anual) cinco
veces mayor que la población (0.3%) a lo largo de cinco siglos.
Se decía que la televisión también iba a acabar con la explosión
demográfica. Pero ambas explosiones continuaron (sobre todo la del libro), como
puede verse en las cifras para el año 2000[22]. En medio siglo (de 1950 a
2000), la población mundial creció al 1.8% anual y la publicación mundial de
libros al 2.8% anual.
A partir de estas cifras gruesas, pueden hacerse interpolaciones también gruesas. Se publicaron unos 500 títulos en 1550, unos 2,300 en 1650, unos 11,000 en 1750 y unos 50,000 en 1850. La bibliografía acumulada desde 1450 hasta 1550 fue de unos 35,000 títulos, hasta 1650 de 150,000, hasta 1750 de 700,000, hasta 1850 de 3.3 millones, hasta 1950 de 16 millones, hasta el año 2000 de 52 millones. En el primer siglo de la imprenta (1450-1550) se publicaron unos 35 mil títulos; en el último medio siglo (1950-2000) unos 36 millones: mil veces más.
La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio
medio de 30 dólares y un grueso medio de 2 centímetros, harían falta 30
millones de dólares y 20 kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la
biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera escribir:
¡Helás! La carne es triste y he leído todos los libros.
Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más
incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4,000
publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4,000 veces más que sus
libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura.
«Hay mucho que saber, y es poco el vivir» —dijo Gracián[23]. El aforismo
tiene ese dejo melancólico, más allá de su verdad cuantitativa, porque remueve
los sentimientos de culpa que nos da nuestra finitud frente a las tareas
infinitas que exige el imperativo de haber leído todo. Sí, hay algo
profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que
no leeremos jamás. Algo que trae a la memoria aquellos versos de Borges:
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay algunos que ya nunca abriré.
¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez
mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: Yo sólo sé que no he
leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia:
es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no
es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían
enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser
simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.
Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la
totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias.
Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente,
experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el
número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.
¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros?
Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si
la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si
leer nos hace, físicamente, más reales.
NOTAS
[3] Dice un aforismo
de José Gaos (Confesiones profesionales). <<
[4] En su
Handbook of consumer motivations <<
[5] Alfonso Reyes las
usaba impresas, con espacios en blanco para la fecha, nombre y título. <<
[6] En busca de un
mundo mejor <<
[7] Fedro <<
[8] XII 12 <<
[9] Segunda de las
Cartas a Lucilio <<
[10] —Dicen que dijo
Lao-Tsé, en un librito de ochocientas páginas—. <<
[11]
Almuqaddimah, VI, 27 <<
[12]
Charlas de sobremesa, 4691 <<
[13] (II,
3). <<
[14]
Ensayos III, 13 <<
[15]
Boswell, Life of Johnson, May 1, 1783 <<
[16]
Rambler 106, March 23, 1751 <<
[17] Warde
B. Orden, The television business <<
[18]
Statistical Abstract of the United States <<
[19] Books
published per country per year. <<
[20] La aparición del
libro <<
[21] La revolución del
libro <<
[22] Estimadas a
partir del Anuario Estadístico de la Unesco 1999 (que ese año fue
descontinuado). <<
[23] Oráculo manual y
arte de prudencia <<

