John Cheever
Jim e Irene Westcott pertenecían a esa
clase de personas que parecen disfrutar del satisfactorio promedio de ingresos,
dedicación y respetabilidad que alcanzan los ex alumnos universitarios, según
las estadísticas de los boletines que ellos mismos editan. Eran padres de dos
niños pequeños; llevaban casados nueve años; vivían en el piso doce de un
bloque de apartamentos cerca de Sutton Place; iban al teatro una media de 10,3
veces al año y confiaban en residir algún día en Westchester. Irene Westcott
era una muchacha agradable y no demasiado atractiva, de suave pelo castaño y
frente fina y amplia sobre la que nada en absoluto había sido escrito; en
tiempo frío solía usar un abrigo de turón teñido de tal forma que parecía
visón. No podía afirmarse que Jim Westcott aparentase ser más joven de lo que
era, pero al menos podía asegurarse que parecía sentirse más joven. Llevaba muy
corto el pelo ya grisáceo, se vestía con la clase de ropa que su generación
solía llevar en los campus de Andover, y su porte era formal, vehemente y
deliberadamente ingenuo. Los Westcott se diferenciaban de sus amigos, vecinos y
compañeros de estudios únicamente en su común interés por la música seria.
Asistían a un gran número de conciertos, aunque raramente se lo decían a nadie,
y pasaban gran parte de su tiempo escuchando música en la radio.
Tenían un aparato anticuado, sensible, imprevisible e imposible de
reparar. Ninguno de los dos entendía sus mecanismos, ni tampoco el de los
restantes artefactos domésticos; cuando la radio fallaba, Jim golpeaba con la
mano uno de los lados de la caja. A veces servía de algo. Un domingo por la
tarde, en mitad de un cuarteto de Schubert, la música se desvaneció por
completo. Jim aporreó la caja varias veces, pero no hubo respuesta; habían
perdido a Schubert para siempre. Prometió a Irene comprarle una radio nueva, y
el lunes, al volver a casa después del trabajo, le dijo que había adquirido
una. Se negó a describírsela, y añadió que cuando llegase le daría una
sorpresa.
La tarde siguiente les entregaron la radio
por la puerta de servicio y, con ayuda del portero y la sirvienta, Irene la
desembaló y la llevó a la sala. Le disgustó en el acto la fealdad de la amplia
caja de madera encolada. Estaba orgullosa de su cuarto de estar; había escogido
el mobiliario y los colores con el mismo cuidado con que elegía sus vestidos, y
ahora le parecía que la nueva radio era una intrusa agresiva en medio de sus
pertenencias íntimas. Se quedó perpleja ante la cantidad de interruptores y
botones del panel de mandos, y los examinó minuciosamente antes de insertar el
enchufe en la pared y encender la radio. Una malévola luz verde bañó los
botones, y como a distancia, percibió la música de un quinteto de piano. Los
compases sonaron lejanos nada más que un segundo; luego se abatieron sobre
Irene a una velocidad mayor que la de la luz e inundaron la casa con tanta
potencia que un objeto de porcelana cayó de una mesa al suelo. Corrió hacia el
aparato y bajó el volumen. Las violentas fuerzas agazapadas dentro de la fea
caja de madera encolada la hacían sentirse incómoda. Entonces los niños
volvieron del colegio, y se los llevó al parque. Hasta última hora de la tarde,
Irene no pudo volver a ocuparse de la radio.
La sirvienta ya había dado de cenar a los niños y supervisado su baño
cuando Irene la encendió de nuevo, bajó el volumen y se sentó a escuchar un
quinteto de Mozart que conocía y amaba. La música salía nítida. El sonido del
nuevo aparato, pensó, era mucho más puro que el del antiguo. Decidió que lo más
importante era el sonido y que podía esconder la fea caja detrás de un sofá.
Pero tan pronto hubo hecho las paces con la radio empezaron las interferencias.
Un crujido similar al chisporroteo de una mecha encendida acompañaba el cántico
de las cuerdas. Más allá de la música se oía un susurro que a Irene, molesta,
le recordó el mar, y a medida que el quinteto avanzaba, más y más ruidos iban
sumándose al primero. Pulsó todos los interruptores y botones, pero nada atenuó
las interferencias. Se sentó otra vez, presa de la frustración y el
desconcierto, e intentó seguir el hilo de la melodía. El hueco del ascensor del
inmueble daba a la pared de la sala, y precisamente el ruido de éste le dio una
pista sobre la causa de las interferencias. El chasquido de los cables del
ascensor y el abrir y cerrar de sus puertas se reproducían en el altavoz del
aparato, y, percatándose de que la radio era sensible a toda suerte de
corrientes eléctricas, empezó a discernir a través de la música de Mozart el
repiqueteo del teléfono, la acción de marcar el número y el lamento de una
aspiradora. Escuchando con mayor atención, fue capaz de captar los timbres, los
ruidos del ascensor, las máquinas de afeitar eléctricas y las batidoras,
sonidos capturados de los apartamentos circundantes y transmitidos por el
altavoz. La fea y potente radio, con su equívoca sensibilidad para la
disonancia, escapaba a su dominio, así que apagó el cacharro y fue a ver qué
tal estaban los niños.
Esa misma noche, al volver a casa, Jim Westcott se dirigió a la radio
confiadamente y manipuló los mandos. Vivió una experiencia parecida a la de
Irene. Un hombre hablaba en la emisora que Jim había elegido, y su voz creció
al instante desde la lejanía hasta una potencia tal que estremeció la casa. Jim
giró el botón del volumen y redujo el torrente de aquella voz. Las
interferencias comenzaron un minuto o dos más tarde. Empezó el campanilleo de
teléfonos y timbres, junto con el chasquido de las puertas de ascensor y la
rotación de los electrodomésticos. El tipo de ruidos que la radio registraba
había cambiado desde que Irene la había probado; habían desenchufado la última
máquina de afeitar, las aspiradoras habían vuelto a sus armarios y las
interferencias reflejaban el cambio de ritmo que impera en la ciudad tras la
caída del sol. Jugueteó con los botones del aparato pero no logró eliminar las
interferencias; lo apagó por fin y le dijo a Irene que por la mañana llamaría a
la gente que se la había vendido y que lo iban a oír.
La tarde siguiente, cuando Irene volvió a casa después de un almuerzo
fuera, la sirvienta le dijo que un hombre había venido y había arreglado la
radio. Irene fue a la sala de estar antes de quitarse el sombrero y las pieles
y probó el aparato. Por el altavoz empezó a oírse un disco; era el Missouri
Waltz. Le recordó la chirriante y floja música de un anticuado fonógrafo que a
veces podía oírse desde el otro lado del lago donde solía veranear. Esperó
hasta que el vals hubo acabado, suponiendo que habría algún comentario sobre la
grabación, pero no hubo ninguno. El silencio siguió a la música, y luego se
repitió el chirriante y quejumbroso disco. Giró el sintonizador, y del aparato
salió una agradable ráfaga de música caucasiana —golpeteo de pies desnudos en
el polvo, tintinear de alhajas—, pero del fondo venían timbrazos y una
algarabía de voces. Los niños llegaron entonces del colegio; Irene apagó la
radio y se reunió con ellos en su habitación.
Cuando aquella noche Jim llegó a casa, estaba cansado; se dio un baño y
se cambió de ropa. Luego se reunió con Irene en la sala. Acababa de poner la
radio cuando la sirvienta anunció la cena, así que la dejó encendida y él e
Irene se sentaron a la mesa, Jim estaba tan fatigado que ni siquiera simuló
deseos de mostrarse sociable. No hubo nada en la cena que atrajese la atención
de Irene, de modo que su atención se centró en la comida para después desviarse
al brillo plateado que cubría los candelabros y más tarde a la música en la
otra habitación. Escuchó unos minutos un preludio de Chopin y se sintió de
pronto sorprendida al oír que irrumpía la voz de un hombre:
«Por el amor de Dios, Kathy —dijo—, ¿siempre tienes que tocar el piano
justo cuando llego a casa?»
La música cesó bruscamente.
«Es el único momento que tengo —dijo una mujer—. Estoy todo el día en la
oficina.»
«Y yo también», dijo el hombre.
Agregó algo obsceno sobre un piano vertical y salió dando un portazo. La
apasionada y melancólica música sonó de nuevo.
—¿Has oído eso? —preguntó Irene.
—¿Qué?
Jim estaba tomando el postre.
—La radio. Un hombre ha dicho algo mientras la música seguía sonando.
Una palabrota.
—Una obra de teatro probablemente.
—No lo creo —dijo Irene.
Dejaron la mesa y tomaron el café en la sala de estar. Irene pidió a Jim
que pusiera otra emisora. Él giró el botón.
«¿Has visto mis ligas?», preguntó un hombre.
«Abróchame», pidió una mujer.
«¿Has visto mis ligas?», repitió el hombre.
«Primero abróchame y luego buscaré tus ligas», dijo la mujer.
Jim cambió de emisora.
«Me gustaría que no dejases los corazones de las manzanas en los
ceniceros —dijo un hombre—. Detesto el olor.»
—Es extraño —dijo Jim.
—Sí, ¿verdad? —dijo Irene.
Jim volvió a girar el botón.
«En las orillas de Coromandel, donde crecen las tempranas calabazas
—dijo una mujer con marcado acento inglés—, en medio de los bosques vivía el
Gran Patazas. Dos antiguas sillas, la mitad de una vela, una jarra sin asas más
vieja que mi abuela...»
—¡Dios mío! —exclamó Irene—. Es la niñera de los Sweeney.
«Ninguna otra cosa tenía en el mundo», prosiguió la voz inglesa.
—Apaga la radio —dijo Irene—. Quizá puede oírnos.
Jim la apagó.
—Era la señorita Armstrong, la niñera de los Sweeney —expresó Irene—. Le
estará leyendo a la niña pequeña. Viven en el 17-B. He hablado con la señorita
Armstrong en el parque. Conozco muy bien su voz. Seguramente estamos captando
lo que ocurre en otras casas.
—Imposible —dijo Jim.
—Te digo que era la niñera de los Sweeney —repitió Irene, acalorada—.
Conozco su voz. La conozco muy bien. Me pregunto si nos oyen los vecinos.
Jim encendió la radio. Primero a lo lejos y después más cerca, cada vez
más cerca, como transportado por el viento, se oía otra vez el diáfano acento
de la niñera:
«“¡Mi María, mi María!, sentado entre estas calabazas, ¿vendrás y serás
mi esposa?”, dijo triste el Gran Patazas.»
Jim se acercó a la radio y dijo: «Hola», muy alto junto al altavoz.
«“Estoy harto de vivir sin compañía —siguió la niñera—, en esta ribera
tan salvaje y umbría, la vida me resulta muy penosa; si tú vienes y quieres ser
mi esposa, mi existencia se volverá muy hermosa...”»
—Creo que no puede oírnos —dijo Irene—. Busca otra cosa.
Jim puso otra emisora, e inundó la habitación el alboroto de una fiesta
que se había salido de madre. Alguien tocaba el piano y cantaba
Whiffenpoofsong; las voces que lo acompañaban eran alegres, enérgicas. «Come
más bocadillos», gritó una mujer. Se oyeron carcajadas, y un plato o algo
semejante se estrelló contra el suelo.
—Deben de ser los Fuller, en el 2-E —dijo Irene—. Sé que esta tarde
daban una fiesta. La vi a ella en la tienda de licores. ¡Es como un fenómeno
sobrenatural! Pon otra cosa. Trata de captar a los del 18-C.
Los Westcott oyeron esa noche un monólogo sobre la pesca del salmón en
Canadá, una partida de bridge, comentarios directos sobre una película casera,
al parecer filmada durante una estancia de dos semanas en Sea Island, y una
agria disputa doméstica a propósito de unos números rojos en un banco. Apagaron
la radio a medianoche y se fueron a la cama, cansados de tanto reír. En un
momento dado de la noche, su hijo empezó a llamar pidiendo un vaso de agua, e
Irene se levantó y se lo llevó a su cuarto. Era muy temprano. Todas las luces
del vecindario estaban apagadas, y por la ventana de la habitación del niño
Irene vio la calle vacía. Fue a la sala y encendió la radio. Se oyeron toses
débiles, un gemido, y luego habló un hombre:
«¿Estás bien, cariño?», preguntó.
«Sí —respondió una mujer, con voz cansada—. Sí, estoy bien, supongo. —Y
luego añadió muy sentidamente—: Pero, ¿sabes, Charlie?, ya no me siento yo
misma. En una semana me siento yo misma, como mucho, quince o veinte minutos.
No quiero que me vea otro médico, porque los honorarios que debemos pagar son
ya demasiados, pero no me siento yo misma, Charlie. Nunca volveré a sentirme
como antes.»
No eran jóvenes, pensó Irene. Adivinó por el timbre de sus voces que
eran personas de mediana edad. La contenida melancolía del diálogo y una
corriente de aire que entró por la ventana del dormitorio le dieron
escalofríos, y volvió a acostarse.
A la mañana siguiente, Irene preparó el desayuno para su familia —la
sirvienta no subió hasta las diez de su habitación en el sótano—, hizo las
trenzas a la niña y esperó en la puerta hasta que sus hijos y su marido se
alejaron en el ascensor. Luego fue a la sala y puso la radio.
«No quiero ir al colegio —gritó un niño—. Odio el colegio. No quiero ir
al colegio. Lo odio.»
«Irás al colegio —dijo una mujer, furiosa—. Pagamos ochocientos dólares
para que vayas, e irás aunque te mueras.»
El siguiente número que probó en el dial
le trajo el gastado disco del Missouri Waltz. Cambió de emisora e invadió la
intimidad de varias mesas de desayuno.
Sorprendió muestras de indigestión, de amor carnal, de insondable
vanidad, de fe y de desesperación. La vida de Irene era casi tan simple y
protegida como aparentaba serlo, y el lenguaje franco y en ocasiones brutal que
emitía el altavoz aquella mañana le produjo asombro y malestar. Siguió
escuchando hasta que llegó la sirvienta. Entonces apagó a prisa la radio,
consciente de que aquella invasión de intimidades ajenas era algo furtivo.
Irene tenía aquel día una cita para comer con una amiga, y salió de casa poco
después de las doce. Había unas cuantas mujeres en el ascensor cuando éste se paró
en su piso.
Miró con fijeza sus rostros bellos e impasibles, sus pieles y las flores
de tela en sus sombreros. ¿Cuál de ellas había estado en Sea Island? ¿Cuál
había tenido un descubierto en su cuenta bancaria? El ascensor se detuvo en la
décima planta y entró una mujer con un par de perros terrier. Llevaba un
peinado alto y lucía una capa de visón. Tarareaba el Missouri Waltz.
Irene tomó dos martinis durante el almuerzo, miró de forma inquisitiva a
su amiga y se preguntó cuáles serían sus secretos. Habían planeado ir de
compras después de comer, pero Irene se disculpó y regresó a casa. Dijo a la
sirvienta que nadie la molestara; luego entró en la sala, cerró las puertas y
encendió la radio. A lo largo de esa tarde, escuchó la conversación entrecortada
de una mujer que entretenía a su tía, el epílogo histérico de una comida con
invitados, y a una anfitriona que daba instrucciones a su criada a propósito de
ciertos asistentes al cóctel.
«No des el mejor whisky a los que no tengan el pelo blanco —dijo—. Trata
de deshacerte de ese paté de hígado antes de servir los platos calientes. Y
otra cosa: ¿podrías prestarme cinco dólares? Quiero darle una propina al
ascensorista.»
A medida que la tarde declinaba, las conversaciones ganaban en intensidad.
Desde donde Irene se había sentado, veía el cielo abierto sobre el East River.
Había cientos de nubes en el firmamento, como si el viento del sur hubiese roto
en pedazos el invierno y lo transportara al norte, y en la radio oía la llegada
de los invitados al cóctel y el retorno de los niños y los hombres de negocios
de colegios y oficinas.
«Esta mañana encontré un diamante de tamaño considerable en el suelo del
baño —dijo una mujer—. Seguramente se cayó de la pulsera que la señora Dunston
llevaba anoche.»
«Lo venderemos —dijo un hombre—. Llévaselo al joyero de Madison Avenue y
véndeselo. A la señora Dunston no va a suponerle nada, y a nosotros nos vendrán
bien un par de cientos de dólares...»
«Naranjas y limones, dice la campana de Santa Ana —cantaba la niñera de
los Sweeney—. Medio penique y un chelín, dice la campana de San Martín. ¿Cuándo
tu deuda habrás saldado?, dicen las campanas del viejo juzgado...»
«No es un sombrero, es un asunto sentimental —gritaba una mujer, y a su
espalda se oía el bullicio del cóctel—. No es un sombrero, es un idilio. Es lo
que dijo Walter Florell. Dijo que no es un sombrero, sino un idilio. —Y luego,
en voz más baja, la misma mujer añadió—: Habla con alguien, por el amor de
Dios, cariño, habla con alguien. Si ella te pilla aquí parado sin hablar con
nadie, nos borrará de su lista de invitados, y me encantan estas fiestas.»
Los Westcott cenaban fuera aquella noche, y cuando Jim llegó a casa,
Irene se estaba vistiendo. Parecía triste y ausente, y él le sirvió una copa.
Cenaban con unos amigos de la vecindad, y fueron andando hasta su domicilio. El
cielo estaba despejado y lleno de luz. Era uno de esos espléndidos atardeceres
de primavera que excitaban la memoria y el deseo, y el aire que rozaba su cara
y sus manos era muy suave. En la esquina, una banda del Ejército de Salvación
tocaba Jesús es más dulce. Irene cogió por el brazo a su marido y le retuvo
allí durante un minuto, para escuchar la música.
—Son gente buena de verdad, ¿no te parece? —dijo—. Tienen una cara tan
agradable... En realidad, son mucho más agradables que mucha otra gente que
conocemos.
Sacó un billete de su monedero, se aproximó a ellos y lo depositó en la
pandereta. Cuando regresó junto a su marido, en el rostro de Irene había una
radiante melancolía que a él no le era familiar. Y su comportamiento durante la
cena de aquella noche también pareció extrañar a Jim. Ella interrumpió de
manera descortés a su anfitriona y miró a las personas del otro lado de la mesa
con una intensidad por la que habría castigado a sus hijos.
Seguía haciendo buen tiempo cuando volvieron a casa caminando, e Irene
contempló las estrellas primaverales.
—Qué lejos envía sus rayos aquella lucecita —exclamó—. Así brilla una
buena acción en un mundo malvado.
Esa noche aguardó hasta que a Jim lo venció el sueño. Se levantó, fue a
la sala y encendió la radio.
La tarde del día siguiente, Jim regresó del trabajo a eso de las seis.
Emma, la sirvienta, le abrió la puerta, y él ya se había quitado el sombrero y
se estaba quitando el abrigo cuando Irene llegó corriendo al recibidor. Tenía
la cara arrasada por las lágrimas y el pelo desordenado.
—¡Sube al 16-C, Jim! —chilló—. No te quites el abrigo. Sube al 16-C. El
señor Osborn le está pegando a su mujer. Han estado riñendo desde las cuatro en
punto, y ahora le está pegando. Sube y detento, Jim.
Jim oyó alaridos, palabrotas y ruidos procedentes de la radio que estaba
en la sala.
—Sabes que no deberías escuchar esas cosas —dijo.
Entró a zancadas en la sala y giró el interruptor.
—Es indecente —dijo—. Es como fisgar por las ventanas. Sabes muy bien
que no debes escuchar cosas como éstas. Puedes apagar la radio.
—¡Oh, es tan horrible, tan espantoso! —Irene sollozaba—. He estado
escuchando todo el día, y es tan deprimente.
—Bien, si es tan deprimente, ¿por qué escuchas? Compré esa maldita radio
para que te distrajeras —dijo—. Pagué un montón de dinero. Pensé que te haría
feliz. Quería hacerte feliz.
—No, no, por favor, no nos peleemos —gimió ella, y descansó su cabeza en
el hombro de él—. Todo el mundo ha estado riñendo todo el día. Todo el mundo se
ha estado peleando. Todos tienen problemas de dinero. La madre de la señora
Hutchinson está muriéndose de cáncer en Florida y no tienen suficiente dinero
para enviarla a la clínica Mayo. Por lo menos eso dice el señor Hutchinson;
dice que no tiene el dinero que hace falta. Y una mujer de este edificio está
liada con el portero, con ese repugnante portero. Da náuseas. Y la señora
Melville padece del corazón, y el señor Hendricks va a perder su empleo en
abril, y su mujer está inaguantable a causa de ese asunto, y la chica que toca
el Missouri Waltz es una puta, una puta vulgar, y el ascensorista tiene
tuberculosis, y el señor Osborn ha estado pegándole a la señora Osborn.
Gimoteó, tembló de congoja y frenó con el dorso de la mano el río de
lágrimas que surcaba su cara.
—Bueno, pero ¿por qué tienes que escuchar? —preguntó Jim de nuevo—. ¿Por
qué tienes que oír todas esas cosas si te entristecen tanto?
—¡Oh, no, no, no! —gritó ella—. La vida es tan terrible, tan sórdida y
espantosa. Pero nosotros nunca hemos sido así, ¿verdad que no, cariño? ¿Verdad
que no? Me refiero a que siempre hemos sido buenos, decentes y cariñosos el uno
con el otro, ¿no es cierto? Y tenemos dos niños, dos niños preciosos. Nuestra
vida no es sórdida, ¿verdad, cielo? ¿Verdad que no?
Le echó los brazos al cuello y atrajo la cara de Jim hacia la suya.
—Somos felices, ¿no es así, cariño? Somos felices, ¿verdad?
—Claro que somos felices —dijo él, cansado. Empezaba a olvidar su
enfado—. Por supuesto que lo somos. Mandaré que arreglen esa maldita radio, o
les diré que se la lleven. —Acarició el suave cabello de su mujer—. Mi pobre
niña —dijo.
—Me quieres, ¿verdad? —preguntó ella—. Y no andamos siempre criticando
ni preocupados por el dinero, y somos honrados, ¿verdad?
—Sí, cariño.
Un hombre llegó por la mañana y arregló la radio. Irene la encendió con
cautela y oyó con gozo un anuncio del vino de California y una grabación de la
Novena Sinfonía de Beethoven, incluida la Oda a la alegría, de Schiller. Dejó
puesta la radio todo el día y nada inconveniente salió por el altavoz.
Retransmitían una suite española cuando Jim volvió a casa.
—¿Todo va bien? —preguntó.
Está pálido, pensó Irene. Bebieron algunos cócteles y se pusieron a
cenar oyendo el Coro de los Gitanos de Il Trovatore. Luego radiaron La Mer, de
Debussy.
—Hoy he pagado la factura de la radio —dijo Jim—. Cuatrocientos dólares.
Espero que la disfrutes.
—Oh, seguro que sí —dijo Irene.
—Cuatrocientos dólares es bastante más de lo que puedo permitirme
—prosiguió Jim—. Quería comprar algo que tú disfrutaras. Es el último lujo que
podemos permitirnos este año. He visto que no has pagado todavía las facturas
de tus vestidos. Las he visto sobre tu tocador. —La miró de frente—. ¿Por qué
me dijiste que ibas a pagarlas? ¿Por qué me has mentido?
—No quería preocuparte, Jim —dijo. Bebió un poco de agua—. Pagaré esas
cuentas con mi subsidio de este mes. El mes pasado hubo que pagar las fundas y
la fiesta aquella.
—Tienes que aprender a emplear el dinero que te doy de un modo un poco
más inteligente, Irene —dijo—. Tienes que entender que este año no disponemos
de tanto dinero como el año pasado. Hoy he tenido una conversación muy seria
con Mitchell. Nadie compra nada. Nos pasamos el tiempo promoviendo nuevos
artículos, y ya sabes que todo eso va muy despacio. No soy precisamente joven,
ya me entiendes. Tengo treinta y siete años. Tendré el pelo gris el año que
viene. No todo me ha salido tan bien como esperaba. Y no creo que las cosas
mejoren.
—Sí, cariño —asintió ella.
—Tenemos que empezar a hacer recortes en los gastos —dijo Jim—. Hay que
pensar en los niños. Para ser del todo sincero contigo, el dinero me preocupa
mucho. No tengo ninguna seguridad respecto del futuro. Nadie la tiene. Por si
me ocurre algo tenemos mi seguro de vida, pero con eso hoy día no se puede ir
muy lejos. He trabajado muy duro para daros una vida confortable a ti y a los
niños —declaró amargamente—. No quiero ver todas mis energías, toda mi
juventud, desperdiciada en abrigos de pieles, radios, fundas y...
—Por favor, Jim —dijo ella—. Por favor. Pueden oírnos.
—¿Quién puede oírnos? Emma no puede.
—La radio.
—Oh, ¡estoy harto! —gritó—. Me asquean tus aprensiones. La radio no
puede oírnos. Nadie puede oírnos. ¿Y qué si nos oyen? ¿A quién le importa?
Irene se levantó de la mesa y fue a la sala. Jim se acercó a la puerta y
le gritó desde allí.
—¿Por qué te has vuelto tan mojigata de repente? ¿Qué ha hecho que te
conviertas de golpe en una monjita? Robaste las joyas de tu madre antes de que
legalizasen su testamento. No le diste a tu hermana ni un céntimo de ese dinero
que se suponía que era para ella, ni siquiera cuando lo necesitaba. Hiciste
desgraciada a Grace Howland, y ¿dónde estaban tu piedad y tu virtud cuando
fuiste a abortar? Nunca he olvidado lo tranquila que estabas. Preparaste tu
bolsa y te fuiste a que asesinaran a un niño como quien se va de vacaciones a
Nassau. Si por lo menos hubieras tenido alguna razón, si hubieras tenido un
buen motivo...
Irene permaneció un minuto ante la monstruosa caja, avergonzada,
asqueada, pero mantuvo su mano en el interruptor antes de apagar la música y
las voces, confiando en que el aparato quizá le hablase amablemente, en que tal
vez oyese a la niñera de los Sweeney. Jim seguía gritándole desde la puerta. La
voz de la radio era suave, inofensiva:
«Un desastre ferroviario en Tokio esta mañana temprano causó la muerte de veintinueve personas —se oyó por el altavoz—. A primera hora de la mañana, las monjas de un hospital católico extinguieron el fuego que se produjo en el centro, situado cerca de Buffalo y consagrado a la asistencia de niños ciegos. La temperatura es de ocho grados centígrados. La humedad es del ochenta y nueve por ciento.»