Jack London
No obstante la pesada torpeza de sus
líneas, el Aorai maniobró fácilmente en la brisa ligera, y su capitán lo
condujo hacia adelante antes de virar apenas fuera del oleaje. El atolón de
Hikueru —un círculo de fina arena de coral de un centenar de metros de ancho,
con una circunferencia de veinte millas— se extendía bajo el agua, y emergía
entre un metro y un metro y medio del límite de la alta marea. En el lecho de
la inmensa laguna cristalina existía abundancia de ostras perlíferas, y desde
el puente de la goleta, a través del ligero anillo del atolón, podía verse
trabajar a los buzos. Pero la laguna no tenía acceso, ni siquiera para una
goleta mercante. Con brisa favorable, los cúters podían penetrar a través del
canal tortuoso y poco profundo, pero las goletas anclaban fuera y enviaban sus
chalupas adentro.
El Aorai descendió con destreza una chalupa, a la que saltaron media
docena de marineros de piel cobriza, vestidos sólo con taparrabos color
escarlata. Tomaron los remos, mientras en la popa, empuñando el timón,
permanecía un joven ataviado de blanco, según la moda de los europeos en el
trópico. Pero no era totalmente europeo. La ascendencia polinesia se revelaba
en el tono dorado de su piel clara, y mezclaba resplandores luminosos al
centelleo azul de los ojos. El joven era Alejandro Raoul, el hijo menor de
Marie Raoul, una acaudalada mujer con un cuarto de sangre polinesia,
propietaria y administradora de una media docena de goletas mercantes
semejantes al Aorai. Atravesando un remolino apenas fuera de la entrada, y el
torbellino de la hirviente marejada, el barco se abrió camino hacia la calma
espejada de la laguna. El joven Raoul saltó a la blanca arena y estrechó la
mano a un nativo de elevada estatura. El pecho y las espaldas del hombre eran
magníficos, pero el muñón del brazo derecho, bajo el que el hueso, blanqueado
por el tiempo, se proyectaba varias pulgadas, testimoniaba el encuentro con un
tiburón, que había puesto fin a sus días de buzo, y lo había convertido en un
individuo servil y un intrigante de pequeños favores.
—¿Te enteraste, Alec? —fueron sus primeras palabras—. Mapuhi encontró
una perla. ¡Y qué perla! Jamás se pescó una perla como ésa ni en Hikueru, ni en
todas las Paumotus, ni en el mundo entero. Cómprasela. La tiene ahora. Y
recuerda que te lo dije primero a ti. Mapuhi es un tonto y te la dará por poco
dinero. ¿Tienes un poco de tabaco?
Caminando en línea recta por la playa, Raoul se dirigió hacia una cabaña
construida bajo un árbol de pandano. Era el agente comercial de su madre, y su
trabajo consistía en rastrillar todas las Paumotus buscando la riqueza de la
copra, las ostras y las perlas que estas islas producían. Era nuevo en el
oficio, y aquel era el segundo viaje que hacía con esa misión; le preocupaba
mucho su falta de experiencia para tasar perlas. Pero cuando Mapuhi le mostró
la suya, se las ingenió para contener el sobresalto que le provocó, y para
mantener la expresión indiferente, comercial, de su rostro. Porque aquella
perla le había causado una profunda impresión. Era grande como un huevo de
paloma, una esfera perfecta, de una blancura que reflejaba luces opalescentes
de todos los colores en torno a ella. Estaba viva. Jamás había visto nada
semejante. Cuando Mapuhi la dejó caer en su mano, le sorprendió su pesó, que
demostraba que la perla era buena. La examinó detenidamente, con una lente de
aumento de bolsillo. No tenía defectos ni imperfecciones. Su pureza parecía
casi disolverse en la atmósfera, fuera de su mano. A la sombra era suavemente
luminosa, como una tierna luna. Su blancura era tan traslúcida que cuando la
dejó caer en un vaso tuvo dificultad para encontrarla. Se había dirigido al
fondo tan directa y rápidamente, que él comprendió que su peso era excelente.
—Bueno, ¿cuánto quieres por ella? —preguntó con un sutil aire de
indiferencia.
—Yo quiero… —empezó Mapuhi, y detrás de
él, enmarcando su propio rostro moreno, los de dos mujeres manifestaban acuerdo
con su petición. Animadas de contenida impaciencia, los ojos destelleando
avaricia, inclinaban las cabezas hacia adelante.
—Quiero una casa —prosiguió Mapuhi—. Tiene que tener el techo de hierro
galvanizado, y un reloj de colgar, octogonal. Tiene que tener seis brazas de
largo y un porche todo alrededor. En el medio, una habitación grande, con una
mesa redonda en el centro y el reloj octogonal colgando en la pared. Tiene que
tener cuatro dormitorios, dos a cada lado de la habitación grande, y en cada
dormitorio tiene que haber una cama de hierro, dos sillas y un lavabo. Detrás
de la casa tiene que haber una cocina, una buena cocina, con ollas, cacerolas y
un fogón. Y debes construir la casa en mi isla, que es Fakarava.
—¿Eso es todo? —preguntó Raoul con incredulidad.
—Tiene que haber una máquina de coser —dijo en voz alta Tefara, la
esposa de Mapuhi.
—Y no te olvides del reloj colgante octogonal —añadió Nauri, la madre de
Mapuhi.
—Sí, eso es todo —dijo Mapuhi.
El joven Raoul se rió. Se rió un largo rato, y de todo corazón. Pero
mientras se reía, resolvía secreta y mentalmente problemas de aritmética. No
había construido una casa en su vida, y sus ideas al respecto eran vagas.
Mientras se reía, calculaba el costo del viaje a Tahití, para buscar
materiales, el de los materiales mismos, el del viaje de vuelta a Fakarava, y
el costo del desembarco de materiales y de la construcción de la casa. Sería de
unos cuatro mil dólares franceses, dejando un margen de seguridad. Cuatro mil
dólares franceses equivalían a veinte mil francos. Era imposible. ¿Cómo podía
saber él el valor de semejante perla? Veinte mil francos era mucho dinero —y
dinero de su madre, por añadidura.
—Mapuhi —dijo—, eres un gran tonto. Dime un precio en dinero.
Pero Mapuhi sacudió la cabeza, y lo mismo hicieron las tres cabezas que
estaban detrás de él.
—Quiero la casa —dijo—. Tiene que tener seis brazas de largo y un porche
alrededor…
—Sí, sí —lo interrumpió Raoul—. Ya sé todo sobre tu casa, pero es
imposible. Te daré mil dólares chilenos.
Las cuatro cabezas opusieron a coro una negativa silenciosa.
—Y cien dólares chilenos en
mercadería.
—Quiero la casa —comenzó Mapuhi.
—¿De qué te va a servir la casa? —preguntó Raoul—. El primer huracán que
venga te la va a arrasar. Tendrías que saberlo. El capitán Raffy dice que es
probable que venga uno ya mismo.
—No en Fakarava —dijo Mapuhi—. La tierra es más alta allí. En esta isla,
sí. Cualquier huracán puede barrer Hikueru. Mi casa va a estar en Fakarava.
Tiene que tener seis brazas de largo con un porche todo alrededor…
Y Raoul escuchó una vez más todo el cuento de la casa. Pasó varias horas
tratando de desterrar de la mente de Mapuhi la obsesión de la casa; pero la
madre y la esposa de Mapuhi, y Ngakura, su hija, lo apoyaban en su
determinación de obtener la casa. Mientras escuchaba por vigésima vez la
descripción detallada de la casa que querían, Raoul vió, a través de la entrada
de la cabaña, la segunda chalupa de su goleta, detenida en la playa. Los
marineros reposaban en los remos, evidenciando prisa por partir. El primer oficial
del Aorai saltó a tierra, cambió algunas palabras con el nativo de un solo
brazo, y luego se apresuró al encuentro de Raoul. El día se había oscurecido
súbitamente, porque la borrasca estaba cubriendo el sol. A través de la laguna
Raoul podía ver la línea amenazadora de las ráfagas que se aproximaban.
—El capitán Raffy dice que hay que salir de aquí por todos los diablos
—fue el saludo del oficial—. Si hay alguna perla, debemos correr el riesgo de
venir a buscarla más tarde, así ha dicho. El barómetro ha descendido a
veintinueve con setenta.
La ráfaga de viento acometió la copa del árbol de pandano y sopló con
violencia contra las palmeras de cocos maduros, que cayeron al suelo con un
sonido sordo.
Después apareció la lluvia, que avanzaba con el rugir de la tempestad,
haciendo que el agua de la laguna, barrida por el tumulto del viento, se
levantara como en hileras de humo. Cuando las primeras gotas caían ruidosamente
sobre las hojas, Raoul se levantó.
—Mil dólares chilenos, dinero en mano, Mapuhi —dijo—. Y doscientos en
mercaderías.
—Quiero una casa… —comenzó el otro.
—¡Mapuhi! —gritó Raoul para hacerse oír—. ¡Eres un tonto!
Se precipitó fuera de la casa y, junto con el oficial, se abrió camino
trabajosamente por la playa hacia el bote, que no podían divisar. La lluvia
tropical caía salpicando alrededor de ellos de modo tal que sólo podían ver la
arena bajo sus pies y las maliciosas olitas de la laguna que rompían contra la
playa y la mordían. Una figura atravesó el diluvio. Era Huru - Huru, el hombre
de un solo brazo.
—¿Conseguiste la perla? —gritó al oído de Raoul.
—¡Mapuhi es un tonto! —fue el grito de respuesta, y un momento después
se habían perdido mutuamente de vista en el agua que caía. Media hora después,
Huru - Huru, que miraba desde el atolón hacia el mar, vio al Aorai izar las dos
chalupas y volver la proa al mar abierto. Y cerca de la nave, recién venida del
mar en alas de la tempestad, vio otra goleta que se ponía al pairo y dejaba
caer un bote al agua. La conocía. Era la Orohena, propiedad de Toriki, el
comerciante mestizo que hacía las veces de su propio sobrecargo, y que sin duda
se encontraba en la popa de la chalupa. Huru - Huru se rió entre dientes. Sabía
que Mapuhi le debía a Toriki dinero en mercaderías que éste le había adelantado
el año anterior.
La borrasca había pasado. El sol ardiente llameaba y la laguna era de
nuevo un espejo. Pero el aire estaba pegajoso como mucílago, y su peso parecía
oprimir los pulmones, dificultando la respiración.
—¿Te enteraste de la novedad, Toriki? —preguntó Huru - Huru—. Mapuhi
encontró una perla. Nunca nadie pescó una perla así en Hikueru, ni en ningún
lugar de las Paumotus, ni en el mundo entero. Mapuhi es un tonto. Además, te
debe dinero. Recuerda que te lo dije a ti primero. ¿Tienes un poco de tabaco?
Y Toriki se dirigió a la choza de paja de Mapuhi. Era un hombre
autoritario y, por otra parte, bastante estúpido. Observó con indiferencia la
maravillosa perla —la observó sólo un instante; y con indiferencia la dejó caer
en su bolsillo.
—Tienes suerte —le dijo—. Es una linda perla. Te abriré un crédito en
los libros.
—Quiero una casa —comenzó Mapuhi consternado—. Tiene que tener seis
brazas de largo…
—¡Seis brazas tu abuela! —fue la respuesta del comerciante—. Tú quieres
pagar tus deudas, eso es lo que quieres. Me debías mil doscientos dólares
chilenos. Muy bien; ya no me los debes. La deuda está saldada. Además, te fiaré
mercaderías por otros doscientos chilenos. Si cuando llegue a Tahití la perla
se vende bien, te fío otros cien, y ya son trescientos. Pero recuerda, sólo si
la perla se vende bien. Hasta puedo perder dinero con ella.
Mapuhi se cruzó de brazos entristecido y se sentó con la cabeza gacha.
Le habían robado su perla. En lugar de la casa, había pagado una deuda. No
tenía nada que reemplazara a la perla.
—Eres un tonto —dijo Tefara.
—Eres un tonto —dijo Nauri, su madre—. ¿Por qué dejaste que te quitara
la perla?
—¿Qué podía hacer? —protestó Mapuhi—. Le debía el dinero. Él sabía que
yo tenía la perla. Ustedes mismas lo oyeron pedírmela para verla. Yo no se lo
dije. Él lo sabía. Alguien se lo debe haber dicho. Y yo le debía dinero.
—Mapuhi es un tonto —remedó Ngakura.
Tenía doce años y lo único que sabía hacer era imitar a la madre y a la
abuela. Mapuhi mitigó su ira dándole una bofetada en la oreja que la hizo
tambalear, mientras Tefara y Nauri se echaban a llorar y continuaban
vituperándolo como sólo saben hacerlo las mujeres.
Huru - Huru, observando desde la playa, vio cómo una tercera goleta que
él conocía se ponía al pairo fuera de la entrada a la laguna, y dejaba caer una
chalupa al agua. Era el Hira, un nombre adecuado, pues pertenecía a Levy, el
judío alemán, el mayor comprador de perlas del archipiélago y, como era sabido,
Hira era el dios tahitiano de los pescadores y los ladrones.
—¿Te enteraste de las noticias? —le preguntó Huru - Huru apenas Levy, un
hombre gordo de rostro enorme y asimétrico, bajó a la playa.
Mapuhi encontró una perla. Jamás se vio una perla así en Hikueru, en
todas las Paumotus o en el mundo entero. Mapuhi es un tonto. Se la vendió a
Toriki por mil cuatrocientos dólares chilenos —yo estaba escuchando afuera y lo
oí—. Toriki también es un tonto. Se la puedes comprar a él por poco. Recuerda
que yo te lo dije a ti primero. ¿Tienes un poco de tabaco?
—¿Dónde está Toriki?
—En casa del capitán Lynch, bebiendo ajenjo. Hace una hora que está
allí.
Y mientras Levy y Toriki bebían ajenjo y regateaban el precio de la
perla, Huru - Huru escuchaba y los oía convenir el fantástico precio de
veinticinco mil francos.
Fue a esta altura que tanto el Orohena como el Hira, acercándose
rápidamente a la playa, comenzaron a disparar salvas de cañones y a hacer
señales frenéticamente. Los tres hombres salieron a tiempo para ver que las dos
goletas viraban con rapidez y se dirigían a corta distancia de la costa,
soltando las velas mayores y enarbolando los foques, mientras se metían en la
boca de la tormenta que los escoraba lejos, en las aguas emblanquecidas.
Después, la lluvia los borró.
—Van a volver cuando haya pasado la tormenta —dijo Toriki—. Será mejor
que nos vayamos de aquí.
—Calculo que el barómetro ha bajado más todavía —dijo el capitán Lynch.
Era un capitán de mar con la barba blanca, demasiado viejo para navegar,
y que había descubierto que la única manera de llevarse bien con su asma era
vivir en Hikueru. Entró a mirar el barómetro.
—¡Gran Dios! —lo oyeron exclamar, y se le unieron precipitadamente para
mirar como hipnotizados el cuadrante, que marcaba veintinueve y veinte.
Salieron otra vez, ahora para consultar ansiosamente el mar y el cielo.
La tormenta se había alejado, pero el cielo permanecía cubierto. Las dos
goletas, a las que se había unido una tercera, volvían con las velas
desplegadas. Un cambio en el viento las indujo a soltar la escotilla, y cinco
minutos después un súbito salto en el cuadrante opuesto llevó a las tres
goletas hacia atrás, y los que estaban en la costa pudieron ver cómo los avíos
de botalón se aflojaban y soltaban al vuelo. El sonido del oleaje era
turbulento, hueco y amenazador, y se estaba formando una fuerte marejada. Ante
sus ojos estalló un terrible relámpago, que iluminó la oscuridad del día,
mientras el trueno retumbó salvajemente a su alrededor.
Toriki y Levy echaron a correr en dirección a sus chalupas, este último
galopando como un hipopótamo aterrorizado. Mientras las dos embarcaciones
recorrían rápidamente el canal, se cruzaron con la chalupa del Aorai que
entraba. En el timón, alentando a los remeros, estaba Raoul. Incapaz de
obliterar de su mente la visión de la perla, volvía para aceptar como precio la
casa solicitada por Mapuhi.
Desembarcó en la playa mientras la lluvia fragorosa azotaba, y era tan
densa que tropezó con Huru - Huru antes de verlo.
—Demasiado tarde —aulló Huru - Huru—. Mapuhi se la vendió a Toriki por
mil cuatrocientos chilenos, y Toriki se la vendió a Levy por veinticinco mil
francos. Y Levy la va a vender en Francia a cien mil francos. ¿Tienes un poco
de tabaco?
Raoul se sintió aliviado. Sus preocupaciones acerca de la perla habían
terminado. Ya no tenía por qué preocuparse, aun si no había obtenido la perla.
Pero no le creyó a Huru - Huru. Mapuhi bien podía haberla vendido por mil
cuatrocientos chilenos, pero que Levy, que entendía de perlas, hubiese pagado
veinticinco mil francos, era demasiado. Raoul decidió interrogar al capitán
Lynch al respecto, pero cuando llegó a la casa del viejo marinero lo encontró
mirando el barómetro con los ojos desencajados.
—¿Qué lees aquí? —preguntó ansiosamente
el capitán Lynch, frotándose los lentes y mirando fijamente el instrumento.
—Veintinueve con diez —dijo Raoul—. Nunca lo había visto tan bajo.
—¡Ya lo creo! —respondió el capitán—. Cincuenta años en el mar, y ni de
joven ni de adulto lo he visto tan bajo. ¡Escucha!
Permanecieron callados un momento, mientras el oleaje rugía con
estruendo, sacudiendo la casa. Después salieron. La tormenta había pasado. A
una milla de distancia podían ver el Aorai al pairo, inclinándose y
bamboleándose enloquecido en medio de las tremendas olas que rodeaban en
majestuosa procesión fuera del horizonte hacia el nordeste, y se lanzaban con
fuerza sobre la costa de coral. Uno de los marineros de la chalupa señaló a la
desembocadura del pasaje y sacudió la cabeza. Raoul miró y vio una anarquía
blanca de oleaje y espuma.
—Supongo que me voy a quedar con usted esta noche, capitán —dijo—.
Después se volvió hacia el marinero y le dijo que halara la chalupa y buscara
albergue para él y sus compañeros.
—Veintinueve netos —anunció el capitán Lynch, que venía con una silla en
la mano después de echar otra ojeada al barómetro.
Se sentó y contempló el espectáculo del mar. Salió el sol, lo que
aumentó el bochorno del día, mientras reinaba una calma mortal. El oleaje
continuaba creciendo en magnitud.
—Lo que no puedo comprender es qué hace que el mar esté tan agitado
—rezongó Raoul con petulancia—. No hay viento, y sin embargo, ¡mírelo, mire
allí a ese compañero!
Extendiéndose a lo largo de millas y millas, llevando decenas de miles
de toneladas de agua, su impacto sacudió el frágil atolón como un terremoto. El
capitán Lynch se sobresaltó.
—¡Válgame Dios! —exclamó, levantándose a medias de la silla, luego
dejándose caer nuevamente.
—Pero no hay viento —insistió Raoul—. Yo lo entendería si junto con el
oleaje hubiese viento.
—Tendrás el viento pronto, sin que tengas que preocuparte por él —fue la
cortante respuesta. Los dos hombres se sentaron en silencio. El sudor les salía
de la piel en miríadas de pequeñas gotitas que corrían juntas, formando manchas
de humedad, que a su vez se unían en arroyuelos que chorreaban hasta el suelo.
La respiración de ambos era jadeante, y los esfuerzos del viejo resultaban
especialmente penosos. El oleaje barrió la playa, lamiendo los troncos de los
cocoteros, y hundiéndose luego a sus pies.
—Ha superado los límites de la alta marea —observó el capitán Lynch— y
yo estoy aquí desde hace once años. —Miró el reloj—. Son las tres de la tarde.
Un hombre y una mujer, seguidos por una abigarrada corte de chiquillos y
perros, pasaron desconsolados. Se detuvieron cerca de la casa, y tras muchas
vacilaciones, se sentaron en la arena. Minutos más tarde, llegó otra familia en
dirección opuesta; los hombres y las mujeres llevaban una variedad heterogénea
de objetos. Y pronto varios cientos de personas de todas las edades y sexos se
congregaron alrededor de la vivienda del capitán. Este interpeló a una recién
llegada, una mujer que llevaba a un niño de pecho en los brazos, y como
respuesta recibió la información de que su casa acababa de ser arrasada por la
tempestad y se había hundido en la laguna.
Éste era el lugar más elevado en muchas millas, y ya en varias partes,
de ambos lados, las enormes olas estaban abriendo una clara brecha en el anillo
sutil del atolón y rompían en la laguna. El anillo del atolón tenía una
extensión de veinte millas, y su ancho no superaba en ninguna parte a los cien metros.
Era la culminación de la temporada del buceo, y los nativos venían de todas las
islas circundantes, inclusive de Tahití.
—Hay mil doscientos hombres, mujeres y niños aquí —dijo el capitán
Lynch—. Me pregunto cuántos habrá mañana por la mañana.
—Pero, ¿por qué no sopla el viento? Eso es lo que quiero saber —inquirió
Raoul.
—No te preocupes, muchacho, no te preocupes; bien pronto vendrán tus
problemas.
Mientras el capitán Lynch hablaba, una gran masa líquida castigó violentamente
el atolón. El agua de mar se agitó en torno a ellos y se depositó hasta una
profundidad de ocho centímetros bajo sus sillas. Un gemido sofocado de miedo se
elevó entre las numerosas mujeres. Los niños, con las manos aferradas, miraban
con fijeza las olas inmensas, y lloraban lastimeramente. Pollos y gatos,
vadeando con dificultad en el agua, se refugiaron como de común acuerdo,
volando y trepando, en el techo de la casa del capitán. Un nativo, con una
camada de cachorros recién nacidos en una cesta, se trepó a un cocotero y una
vez que estuvo a seis metros de altura, dejó caer la cesta. La madre se
precipitó al agua, gimiendo y gruñendo. Mientras tanto, el sol brillaba
restallante, y la calma chicha continuaba.
Raoul y el capitán, sentados, miraban las olas y la enloquecida
inclinación del Aorai. El viejo marino contemplaba las inmensas moles de agua
que avanzaban, hasta que ya no pudo mirar más. Se cubrió la cara con las manos
para no ver ese espectáculo. Después entró a la casa.
—Veintiocho y sesenta —dijo tranquilamente cuando volvió.
Llevaba en el brazo un rollo de soga delgada. Lo cortó en trozos de
cuatro metros, le dio uno a Raoul, guardó otro para él, y el resto lo
distribuyó entre las mujeres, con el consejo de que eligieran un árbol y se
treparan.
Empezó a soplar una leve brisa del noroeste, y ese soplo en su mejilla
pareció alegrar a Raoul. Podía ver al Aorai que orientaba las velas y se
alejaba de la costa, y lamentó no estar a bordo. La goleta siempre podía huir, pero
en cuanto al atolón… El oleaje se abrió camino y lo embistió hasta hacerle casi
perder el equilibrio, y entonces eligió un árbol. En ese momento se acordó del
barómetro y volvió corriendo a la casa. Encontró al capitán Lynch que volvía
por la misma razón, y entraron juntos.
—Veintiocho con veinte —dijo el viejo marinero—. Esto se va a convertir
en un verdadero infierno. ¿Qué fue eso?
El aire parecía estar lleno de algún ímpetu desconocido. La casa vibró y
tembló, y escucharon el estrépito de un sonido poderoso. Las ventanas
tintinearon con violencia. Los vidrios de dos de ellas se rompieron; una ráfaga
de viento se precipitó dentro, golpeándolas y haciéndolas bambolear. La puerta
del lado opuesto se cerró con violencia, haciendo pedazos el cerrojo. El
picaporte blanco cayó al suelo, deshecho en fragmentos. Las paredes del cuarto
se combaron como un globo de gas inflado demasiado rápido. Entonces vino un
nuevo sonido, como una descarga de fusilería, mientras la espuma del mar
golpeaba las paredes de la casa. El capitán Lynch miró su reloj. Eran las
cuatro de la tarde. Se puso una chaqueta de tela de piloto, descolgó el
barómetro y se lo metió en un amplio bolsillo. Una ola embistió de nuevo la
casa con un violento impacto, y la ligera construcción se inclinó, giró sobre
sus cimientos, y se hundió, con el piso inclinado en un ángulo de diez grados.
Raoul salió primero. El viento lo atrapó y lo hizo rodar. Observó que se
había desplazado hacia el este. Haciendo un gran esfuerzo, se arrojó sobre la
arena, agazapándose y tratando de resistir. El capitán Lynch, arrastrado como
un puñado de paja, cayó sobre él. Dos de los marineros del Aorai, abandonando
el cocotero al que se habían trepado, acudieron en su ayuda, recostándose
contra el viento en ángulos imposibles, peleando y arañando cada centímetro de
terreno.
Como las articulaciones del viejo estaban rígidas y no podía trepar, los
marineros, atando cortos trozos de cuerda, lo izaron al tronco, lentamente al
principio, luego más rápido, hasta llegar a la copa, a unos quince metros del
suelo. Raoul pasó su cuerda alrededor de la base de un árbol vecino, y siguió
mirando. El viento era terrible. Jamás había soñado que pudiera soplar tan
fuerte. Una ola rompió contra el atolón, empapando a Raoul hasta la rodilla
antes de desaparecer en la laguna. El sol se había ocultado, dejando un cielo
de plomo débilmente iluminado. Unas gotas de lluvia que caían horizontalmente
lo golpearon. El impacto fue como de perdigones. Una salpicadura de rocío de
sal le golpeó la cara. Fue como si un hombre le hubiera dado una bofetada. Las
mejillas le ardían y lágrimas involuntarias de dolor asomaron a sus ojos.
Varios cientos de nativos habían trepado a los árboles, y él podría haberse
reído al ver los racimos de fruta humana que se apiñaban en las copas. Entonces
Raoul, que había nacido en Tahití, dobló su cintura, se aferró al tronco del
árbol con las manos, presionó con las plantas de los pies en la corteza, y
comenzó a caminar árbol arriba. En la copa se encontró con dos mujeres, dos
niños y un hombre. Una niñita aferraba un gato doméstico entre los brazos.
Desde su nido saludó con la mano al capitán Lynch, y el valeroso patriarca
retribuyó el saludo. Raoul estaba aterrado ante el estado del cielo. Se había acercado
mucho más —en realidad, éste parecía estar justo sobre su cabeza—; y había
cambiado del color plomo al negro. Muchos estaban todavía en tierra, agrupados
alrededor de la base de los árboles. Algunos grupos rezaban, y en uno de ellos
el misionero mormón dirigía las plegarias. Un misterioso sonido rítmico, débil
como el chirrido de un grillo lejano, llegó a sus oídos, pero sólo por un
instante, sugiriéndole vagamente la idea del cielo y de una música celestial.
Miró en torno suyo y vio, en la base de otro árbol, un grupo numeroso de
personas que se sostenían unas a otras, todas tomadas de una cuerda. Pudo ver
cómo cambiaba la expresión de sus rostros, mientras sus labios se movían al
unísono. No le llegaba ningún sonido, pero sabía que estaban cantando himnos.
El viento continuaba soplando con más fuerza. No podía medirlo mediante
ningún proceso consciente, porque hacía mucho que había superado su experiencia
en cuanto a vientos; pero no obstante, de alguna manera sabía que estaba
soplando más fuerte. No lejos de allí un árbol fue descuajado, despidiendo a su
carga humana en la caída, y ésta desapareció bajo una enorme ola que asoló esa
franja de playa. Los acontecimientos estaban sucediendo rápidamente. Vio una
espalda morena y una cabeza negra perfiladas contra el blanco espumoso de la
laguna. Un instante después habían desaparecido. Otros árboles desaparecían,
cayendo entrecruzados como fósforos. La violencia del viento lo asombró. Su
propio árbol oscilaba peligrosamente, una mujer lloraba y estrujaba a la niñita
que a su vez todavía aferraba al gato.
El hombre, que tenía al otro niño, tocó el brazo de Raoul y le señaló
algo. Miró y vio la iglesia mormona, corriendo a toda velocidad, como si
estuviera borracha, a unos treinta metros de distancia. Había sido arrancada de
sus cimientos, y el viento y el mar la levantaban y la empujaban hacia la
laguna. Una espantosa pared de agua la acometió, la volteó y luego la lanzó
contra media docena de cocoteros. Los racimos de fruta humana cayeron como
cocos maduros. La ola, al retirarse, los mostró en el suelo, algunos inmóviles,
otros retorciéndose contorsionados. Extrañamente, le recordaron a las hormigas.
No estaba conmovido, sino más allá del horror. Observó como una cosa natural a
la ola siguiente, que barrió la arena hasta dejarla limpia de despojos humanos.
Una tercera ola, más colosal que cualquiera de las que hubiera visto, lanzó la
iglesia a la laguna, donde flotó en la oscuridad a sotavento, semisumergida,
recordándole exactamente al arca de Noé.
Buscó con la mirada la casa del capitán Lynch, y le sorprendió no
hallarla más. Los acontecimientos se sucedían con rapidez. Notó que muchos de
los que estaban en los árboles habían bajado a tierra. El viento había
aumentado. Su propio árbol lo demostraba. Ya no se balanceaba más, ni se
doblaba hacia un lado y hacia otro. En cambio, permanecía prácticamente
estacionario, curvado en un ángulo rígido, y tan sólo vibraba. Pero la
vibración le hacía daño. Era como la de un diapasón o la lengüeta de un
birimbao. Lo que lo hacía insoportable era la rapidez de la vibración. Aun
cuando las raíces resistieran, el árbol no podría soportar el esfuerzo durante
mucho tiempo. Algo tendría que romperse.
Ah, otro árbol más que caía. No lo había visto romperse, pero ahí
estaba, el resto, con el tronco quebrado por la mitad. No se sabía qué estaba
sucediendo, a menos que uno lo viera con sus propios ojos. En medio de ese
estrépito ensordecedor, el sonido de un árbol que se quebraba, o los gemidos de
desesperación humana no podían captarse. Se hallaba mirando por casualidad en
dirección al capitán Lynch, cuando sucedió. Vio el tronco del árbol hacerse
pedazos y desprenderse sin ruido. La parte superior, con tres marineros del
Aorai y el viejo capitán, salió disparada por sobre la laguna. No cayó a tierra
pero voló por el aire como una brizna de paja. Raoul siguió su vuelo unos cien
metros, hasta que vio el árbol precipitarse en el agua. Forzó la vista y creyó
ver que el capitán Lynch hacía un gesto de adiós con la mano.
Raoul no esperó más. Tocó al nativo y le hizo señas con la mano,
invitándolo a descender a tierra. El hombre estaba dispuesto a hacerlo, pero
sus mujeres parecían paralizadas por el terror, y decidió permanecer con ellas.
Raoul pasó su cuerda alrededor del árbol, y se deslizó hacia abajo. Un torrente
de agua salada le pasó sobre la cabeza. Contuvo el aliento y se aferró
desesperadamente a la soga. El agua se retiró y respiró de nuevo. Se aseguró la
cuerda más firmemente y fue sumergido por otra ola. Una de las mujeres se
deslizó hacia abajo y se le unió, mientras el nativo permanecía arriba con la
otra mujer, los niños y el gato.
El agente comercial había notado que los grupos que se aferraban a las
bases de los otros árboles disminuían constantemente. Ahora podía indagar por
sí mismo cuál era el motivo. Debía apelar a todas sus fuerzas para permanecer
sujeto, y la mujer que estaba a su lado se estaba debilitando. Cada vez que
emergía de una ola le maravillaba encontrarse todavía allí, como también el
hecho de que allí estuviera la mujer. Finalmente, al retirarse una ola, se
encontró solo. Miró hacia arriba. La copa del árbol había desaparecido. A la
mitad de la altura original, vibraba el tronco despedazado. Estaba a salvo. Las
raíces todavía resistían, porque el árbol había sido liberado de su peso.
Empezó a trepar. Estaba tan débil que lo hizo lentamente; una tras otra, las
olas lo alcanzaron hasta que logró elevarse por encima de ellas. Entonces se
ató al tronco y se armó de coraje para enfrentar la noche y lo desconocido.
Se sentía muy solo en la oscuridad. A veces le parecía que aquello era
el fin del mundo y que él era el último sobreviviente. El viento seguía
aumentando. Aumentaba hora tras hora. Cuando, según sus cálculos, debían ser
las once de la noche, el viento se había convertido en algo increíble. Era una
cosa horrible, monstruosa, una furia ululante, una oleada que azotaba y pasaba,
pero volvía a golpear y a pasar —un muro sin fin. Raoul se sentía leve y
etéreo; le parecía que el que estaba en movimiento era él, que viajaba a una
velocidad incontenible atravesando una interminable solidez. El viento ya no
era aire en movimiento. Había adquirido consistencia, como el agua o el
mercurio. Tenía la sensación de poder alcanzarlo y desgarrarlo, en pedazos,
como a la carne del esqueleto de un ternero; de poderlo aferrar y permanecer
suspendido de él como si fuera un acantilado.
El viento lo sofocaba. No podía enfrentarlo y respirar, porque se le
precipitaba en la boca y la nariz, distendiéndole los pulmones como si fueran
vejigas. En esos momentos le parecía que su cuerpo estaba hinchado y repleto de
tierra sólida. Sólo lograba respirar si apretaba los labios al tronco del
árbol. El impacto incesante del viento lo dejaba exhausto. El cuerpo y la mente
debilitadas, ya no observaba ni pensaba, y estaba semiinconsciente. Una sola
idea constituía su conciencia: Así que esto era un huracán. Esa única idea
persistía irregularmente. Era como una débil llama que fluctuaba de tanto en
tanto. Volvía a ella de un estado de estupor: Así que esto era un huracán.
Entonces caía en otros estados de estupor.
El apogeo del huracán duró desde las once de la noche hasta las tres de
la mañana, y fue a las once cuando se quebró el árbol en que estaba Mapuhi con
las mujeres. Mapuhi salió a la superficie de la laguna, aferrando todavía a su
hija Ngakura. Sólo un isleño de los mares del Sur hubiera podido sobrevivir. El
tronco al que estaba sujeto giraba y giraba en el remolino de espuma, y sólo
aferrándose a él unos segundos para soltarlo después y asirse a él de nuevo por
un lugar diferente, logró sacar su cabeza y la de Ngakura a la superficie, a
intervalos lo suficientemente regulares como para poder respirar. Pero el aire
era sobre todo agua: una nube de espuma de mar y de lluvia que caía de todos
los lados.
Atravesando la laguna hasta el otro lado del anillo de arena había una
extensión de diez millas. Aquí, los troncos de árboles que caían, los restos de
embarcaciones, las ruinas de las casas, habían matado a nueve de cada diez de
los seres miserables que habían sobrevivido al cruce de la laguna.
Semiahogados, exhaustos, se veían lanzados a este mortero enloquecido de los
elementos, y reducidos a una masa informe de carne. Pero Mapuhi fue afortunado.
Tenía una probabilidad entre diez, y, por un capricho del destino, le había
tocado a él. Emergió en la arena, sangrando de una veintena de heridas. Ngakura
tenía el brazo izquierdo quebrado; los dedos de la mano derecha estaban
triturados; una mejilla y la frente estaban partidas hasta el hueso. Se aferró
a un árbol que estaba todavía en pie, sosteniendo a la chica y tratando
desesperadamente de respirar, mientras las aguas de la laguna lo cubrían hasta
la rodilla y a veces hasta la cintura.
A las tres de la mañana la espina dorsal del huracán se quebró. A las
cinco sólo soplaba una brisa obstinada. Y a las seis reinaba una calma chicha y
brillaba el sol. El mar se había calmado. En una orilla de la laguna todavía
inquieta, Mapuhi vio los cuerpos destrozados de los que habían fracasado en el
descenso a tierra. Sin duda Tefara y Nauri se hallaban entre ellos.
Caminó por la playa examinándolos, y se encontró con su esposa, que
estaba mitad dentro, mitad fuera del agua. Se sentó en el suelo y lloró,
emitiendo ásperos sonidos animales para expresar su primitivo dolor. Entonces
ella se movió con dificultad y gimió. Mapuhi la observó con detenimiento. No
sólo estaba viva, estaba ilesa. Simplemente, dormía. También a ella le había
tocado esa posibilidad entre diez.
De los mil doscientos de la noche anterior, sólo quedaban trescientos.
El misionero mormón y un gendarme hicieron el censo. La laguna estaba repleta
de cadáveres. No quedaba en pie ni una casa ni una cabaña. En todo el atolón no
había quedado piedra sobre piedra. De cada cincuenta cocoteros, sólo quedaba
uno en pie, y los que quedaban estaban destrozados, sin un solo coco. No había
agua fresca. Los pozos poco profundos que recogían el agua de lluvia filtrada
estaban llenos de sal. De la laguna se recuperaron unas pocas bolsas de harina,
empapadas. Los sobrevivientes cortaban la parte interna de los cocoteros caídos
y la comían.
Aquí y allá excavaban en la arena pequeñas cuevas y las cubrían con los
fragmentos de metal de los techos. El misionero construyó un alambique
elemental, pero no pudo destilar agua suficiente para trescientas personas. Al
final del segundo día, Raoul descubrió, mientras se daba un baño en la laguna,
que su sed se aliviaba. Gritó a todos las noticias, y por consiguiente se pudo
ver a trescientos hombres, mujeres y niños sumergidos en la laguna hasta el
cuello y tratando de absorber agua a través de la piel. Los muertos flotaban
alrededor de la gente o eran pisoteados, ya que todavía yacían en el fondo. El
tercer día los enterraron y se sentaron a esperar las lanchas de rescate.
Mientras tanto, Nauri, separada de su familia por el huracán, había sido
arrastrada lejos a una aventura solitaria. Aferrada a un tosco tablón que la
lastimaba y se le clavaba en la carne, había sido arrojada lejos del atolón y
llevada por el mar. Aquí, bajo los golpes de olas altas como montañas, había
perdido el tablón. Era una anciana de casi sesenta años; pero había nacido en
las Paumotus y en toda su vida no se había alejado del mar. Mientras nadaba en
la oscuridad, sofocada, asfixiada, luchando por un poco de aire, un coco la
había golpeado con violencia en un hombro. En un instante había formulado un
plan y se había aferrado al coco.
Durante la hora siguiente, había capturado siete cocos. Atados juntos, formaron
una boya salvavidas que le había conservado la vida, aunque al mismo tiempo
amenazaba convertirla en gelatina. Era una mujer gorda y se magullaba con
facilidad; pero tenía experiencia en huracanes, y mientras oraba a su dios
tiburón para que la protegiera de los tiburones, esperó que el viento cesara.
Pero a las tres estaba en tal estado de aturdimiento que no se daba cuenta de
nada. Tampoco se dio cuenta cuando a las seis se había instalado la calma
chicha. Recién recobró la conciencia cuando las olas la arrojaron en la arena.
Se abrió camino con las manos y los pies ensangrentados, en carne viva, y
manoteó en el agua hasta que quedó lejos del alcance de las olas.
Sabía dónde estaba. Aquella tierra no podía ser otra que la diminuta
isla de Takokota. No tenía laguna. Allí no vivía nadie. Hikueru estaba a quince
millas de distancia. No alcanzaba a verla pero sabía que estaba hacia el sur.
Los días pasaban y Nauri se alimentaba de los cocos que la habían mantenido a
flote. Le proporcionaban agua para beber y comida. Pero Nauri no comía ni bebía
cuanto hubiera querido. El rescate se hacía problemático. Vio el humo de las
lanchas de auxilio en el horizonte, pero, ¿qué lancha iba a venir a la
solitaria, deshabitada Takokota?
Desde el principio la habían atormentado los cadáveres. El mar persistía
en arrojarlos a su parcela de arena, y ella, hasta que las fuerzas le faltaron,
en devolvérselos al mar, donde los tiburones los destrozaban y los devoraban.
Cuando las fuerzas le faltaron, los cadáveres adornaron su playa en un
espectáculo horrendo, y ella se apartó todo lo que pudo, que no era mucho. Al
décimo día ya se había comido todos los cocos, y estaba consumida por la sed.
Se arrastró en la arena, buscando cocos. Le resultaba extraño que flotaran
tantos cadáveres y ningún coco. ¡Tenía que haber más cocos que cadáveres
flotando! Finalmente abandonó la búsqueda y se dejó caer, exhausta. El fin
había llegado. Sólo quedaba esperar la muerte.
Mientras salía de un letargo, se dio cuenta con lentitud de que estaba
contemplando unos cabellos rojizos de la cabeza de un cadáver. El mar arrojaba
el cuerpo cerca de ella, después lo retiraba. Las olas lo dieron la vuelta y
ella se dio cuenta de que no tenía cara. Sin embargo, había algo familiar en esos
cabellos rojizos. Pasó una hora. No se preocupó por identificarlo. Estaba
esperando la muerte, y le importaba poco saber qué hombre podría haber sido
aquel horror.
Pero después de un rato se sentó lentamente y observó el cadáver con
atención. Una ola desmesuradamente grande lo había arrojado lejos del alcance
de las olas menores. Sí, tenía razón, ese pelo colorado sólo podía pertenecer a
un hombre en las Paumotus. Era Levy, el judío alemán, el hombre que había
comprado la perla y se la había llevado en el Hira. Bueno, una cosa resultaba
evidente: el Hira se había perdido. El dios de los pescadores y de los ladrones
había traicionado al comprador de la perla.
Se arrastró hasta el muerto. Tenía la camisa arrancada y se le veía el
cinturón de cuero con el dinero. Conteniendo la respiración, luchó para
desprenderle la hebilla. Cedió más fácilmente de lo que había esperado, y se
arrastró de prisa por la arena, llevando el cinturón tras de sí. Uno tras otro
soltó los bolsillos del cinturón, y los encontró vacíos. ¿Dónde podía haberla
puesto? La encontró en el último bolsillo, la primera y única perla que había
comprado en el viaje. Se arrastró unos pocos metros, para huir de la
pestilencia del cinturón y examinó la perla, era la que Mapuhi había encontrado,
la que Toriki le había robado. La sopesó en la mano y la hizo rodar
acariciadoramente en la palma. No vio en ella ninguna belleza intrínseca. Lo
que vio fue la casa que Mapuhi, Tefara y ella habían construido tan
cuidadosamente en la imaginación. Cada vez que miraba la perla veía la casa con
todos sus detalles, incluyendo el reloj octogonal colgando de la pared. Era un
motivo para vivir. Cortó una tira de su propio ahu y ató la perla firmemente en
torno a su cuello. Después fue a la playa, jadeando y gimiendo, pero buscando
cocos con resolución. Muy pronto encontró uno y, mirando alrededor, un segundo.
Quebró uno, se bebió el agua, que tenía gusto a moho, y se comió hasta la
última partícula de la carne. Un poco después encontró una piragua averiada. Le
faltaba el tangón, pero la vieja estaba llena de esperanzas y lo encontró antes
de que terminara el día. La perla era un talismán. Cada hallazgo era un
augurio. Al atardecer vio una caja de madera que flotaba en el agua. Cuando la
arrastró hasta la playa notó que su contenido hacía ruido, y encontró adentro
diez latas de salmón. Abrió una martillándola contra la canoa. Cuando hubo
practicado un pequeño orificio, sacó el aceite. Después de eso dedicó varias
horas a extraer el salmón, martillando y arrancando un bocado por vez.
Esperó el rescate ocho días más. Mientras tanto, aseguró el tangón en la
parte posterior de la canoa, utilizando como ligadura las fibras de todos los
cocos que pudo encontrar y también lo que quedaba de su ahu. La canoa estaba
muy agrietada, y no logró hacerla a prueba de agua, pero depositó a bordo una
media cáscara de coco para desagotarla. El problema de los remos le resultó de
difícil solución. Con un trozo de lata se cortó los cabellos al ras, y los
trenzó para hacer una cuerda. Con la cuerda ligó un pedazo de mango de escoba
de un metro a una tabla de la caja de salmón. Con los dientes royó cuñas, y con
ellas fijó las ligaduras.
El decimoctavo día, a medianoche, botó la canoa en la marejada y partió
rumbo a Hikueru. Era una mujer vieja. Las privaciones la habían despojado de
grasa hasta tal punto que sólo le quedaban los huesos, la piel y unos pocos
músculos correosos. La canoa era grande y hubiera necesitado tres remeros
fuertes. Pero lo hizo ella sola, con un remo improvisado. Además la canoa hacía
agua, y había que dedicar un tercio del tiempo a desagotarla. Cuando se hizo de
día buscó Hikueru en vano. A popa, Takokota había desaparecido bajo el
horizonte. El sol crecía en su desnudez, obligando a su cuerpo a despojarse de
su humedad. Quedaban dos latas de salmón, y en el curso del día les practicó
agujeros y se bebió el líquido. No pudo dedicar tiempo a extraer la carne. La
corriente iba hacia el oeste; aunque ella remara hacia el sur, la arrastraba
consigo. En las primeras horas de la tarde, de pie en la canoa, divisó Hikueru.
Su riqueza de cocoteros había desaparecido.
Sólo aquí y allá, a grandes intervalos, podían verse los restos de
algunos cocoteros estropeados. La vista la alegró. Estaba más cerca de lo que
hubiera pensado. La corriente la arrastraba hacia el oeste. Luchó contra ella y
siguió remando. Las cuñas de la ligadura del remo se aflojaron, y perdió mucho
tiempo en repararlas a intervalos frecuentes. Además había que desagotar: cada
tres horas debía perder una para desagotar. Y mientras tanto la corriente la
llevaba al oeste.
Hacia el ocaso, Hikueru estaba al sudeste, a tres millas de distancia.
Había luna llena, y a las ocho de la noche la tierra estaba en dirección al
este, y a dos millas. Luchó una hora más, pero la tierra estaba siempre
igualmente lejana. Estaba en poder de la corriente; la canoa era demasiado
grande; el remo demasiado inadecuado; y debía emplear demasiado tiempo en
desagotar. Además, estaba muy débil y cada vez se debilitaba más. Pese a todos
sus esfuerzos, la piragua continuaba llevándola hacia el oeste.
Susurró una plegaria a su dios tiburón, se deslizó al agua y empezó a
nadar. El agua realmente la refrescó, y muy pronto la canoa quedó lejos.
Después de una hora, la tierra estaba perceptiblemente más cercana. Entonces
vino el espanto. Delante de sus ojos, a menos de seis metros de distancia, una
gran aleta cortaba el agua. Nauri nadó con decisión hacia la aleta, y ésta se
alejó lentamente, describiendo una curva a la derecha, y girando alrededor de
ella. La vieja siguió nadando, mientras vigilaba la aleta. Cuando ésta
desaparecía, se tendía cara al agua, con los ojos bien abiertos. Cuando
reaparecía, continuaba nadando. Era evidente que el monstruo era perezoso. Sin
duda había estado bien alimentado desde el huracán. Ella sabía que si hubiera
estado muy hambriento, no hubiera dudado en atacarla. Tenía casi cinco metros
de largo, y con un solo mordisco la podía cortar por la mitad.
Pero Nauri no tenía tiempo para perder con el tiburón. Nadase o no, la
corriente la alejaba de tierra de todos modos. Pasó media hora, y el tiburón
empezó a hacerse más audaz. Como no vio en ella ningún peligro, el monstruo se
le acercó más, nadando en círculos que se hacían más estrechos; al pasarle
cerca, le lanzaba miradas frontales. Tarde o temprano, ella lo sabía bien,
juntaría coraje suficiente para atacarla.
Resolvió adelantársele. Lo que estaba meditando era una tentativa
desesperada. Ella era una mujer vieja, sola en el mar y debilitada por las
privaciones y las penurias; y sin embargo, ella, frente a ese tigre del mar,
debía anticiparse a su ataque atacando primero. Siguió nadando mientras
esperaba el momento apropiado. Finalmente, el tiburón pasó lánguidamente, apenas
a dos metros de distancia. Ella se precipitó contra él, fingiendo que lo
atacaba. El monstruo sacudió violentamente la cola mientras escapaba, y su
áspero pellejo, al golpearla, le arrancó la piel desde el codo hasta el hombro.
Nadó rápidamente, en un círculo cada vez más amplio, y finalmente desapareció.
En un agujero en la arena, cubierto con fragmentos de techo metálico,
Mapuhi y Tefara estaban acostados disputando.
—Si hubieras hecho como yo te dije —repitió Tefara por milésima vez— y
escondido la perla, y no se lo hubieras contado a nadie, ahora la tendrías.
—Pero Huru - Huru estaba conmigo cuando yo abrí la ostra. ¿No te lo dije
ya infinidad de veces?
—Y ahora no vamos a tener la casa. Raoul me dijo ayer que si no hubieras
vendido la perla a Toriki…
—Yo no la vendí. Toriki me la robó.
—… que si no hubieras vendido la perla, él
te habría dado cinco mil dólares franceses, que equivalen a diez mil chilenos.
—Estuvo hablando con la madre —explicó Mapuhi—; ella sí que entiende de
perlas.
—Y ahora la perla está perdida —se quejó Tefara.
—Pagó mi deuda con Toriki. De todos modos son mil doscientos dólares.
—Pero Toriki está muerto —gritó ella—. No han sabido nada de su goleta.
Se perdió junto con el Aorai y el Hira. ¿Te va a pagar Toriki los trescientos
dólares de crédito que te prometió? No, porque Toriki está muerto. Y si no
hubieras encontrado ninguna perla, ¿le deberías hoy a Toriki los mil
doscientos? No, porque Toriki está muerto y no puedes pagarle a un muerto.
—Pero Levy no le pagó a Toriki —dijo Mapuhi—. Le dio un pedazo de papel
que servía para el dinero, en Papeete; y ahora Levy está muerto y no puede
pagar, y Toriki está muerto y el papel se perdió con él, y la perla se perdió
con Levy. Tienes razón, Tefara. Yo perdí la perla y no obtuve nada a cambio.
Ahora vamos a dormir.
Levantó la mano y súbitamente escuchó. De afuera les llegó un ruido,
como de alguien que respiraba pesadamente y con dolor. Una mano tanteó la
estera que servía de puerta.
—¿Quién está ahí? —gritó Mapuhi.
—Nauri —fue la respuesta—. ¿Puede decirme dónde está mi hijo Mapuhi?
Tefara dio un grito y se aferró al brazo de su marido.
—¡Un fantasma! —gritó mientras los dientes le castañeteaban—. ¡Un
fantasma!
El rostro de Mapuhi había tomado un color lívido. Se prendió débilmente
de su mujer.
—Buena mujer —dijo en un tono tembloroso, tratando de disfrazar su voz—.
Conozco bien a su hijo. Vive en el lado oriental de la laguna.
De afuera les llegó un suspiro. Mapuhi comenzó a sentirse triunfante.
Había engañado al fantasma.
—Pero, ¿de dónde vienes, anciana? —le preguntó.
—Del mar —fue la abatida respuesta.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —gritó Tefara mientras se balanceaba en un
frenético vaivén.
—¿Desde cuándo duerme Tefara en casa extraña? —llegó la voz de Nauri a
través de la estera.
Mapuhi miró a su esposa con miedo y reproche. Era su voz la que los
había traicionado.
—¿Y desde cuándo Mapuhi, mi hijo, ha renegado de su vieja madre?
—continuó la voz.
—No, no, yo no he…, Mapuhi no ha renegado de ti —gritó—. Él está en el
lado oriental de la laguna, te digo.
Ngakura se sentó en la cama y se puso a llorar. La estera empezó a
temblar.
—¿Qué estás haciendo? —requirió Mapuhi.
—Entro —dijo la voz de Nauri.
Un extremo de la estera se levantó. Tefara trató de meterse bajo las
mantas, pero Mapuhi se le aferraba. Tenía que aferrarse a algo. Juntos,
luchando uno contra otro, con los cuerpos temblorosos y los dientes que les
castañeteaban, miraron con ojos desorbitados la estera que se movía. Vieron a
Nauri, chorreando agua, sin su ahu, que se deslizaba dentro. Rodaron dándole la
espalda, mientras se peleaban por la manta de Ngakura para taparse la cabeza.
—Podrías darle a tu vieja madre un poco de agua para beber —dijo el
fantasma quejumbrosamente.
—Dale un poco de agua —exigió Tefara con voz temblorosa.
—Dale un poco de agua —Mapuhi le pasó la orden a Ngakura.
Y juntos sacaron a Ngakura a puntapiés de abajo de la manta. Un minuto
más tarde Mapuhi espió y vio al fantasma bebiendo agua.
Cuando tendió una mano temblorosa y la puso sobre la suya, sintió su
peso y se convenció de que no era ningún fantasma. Entonces salió afuera,
arrastrando a Tefara tras de sí, y en pocos minutos todos escuchaban el relato
de Nauri. Y cuando les contó acerca de Levy y depositó la perla en la mano de
Tefara, hasta ella se reconcilió con la realidad de que su suegra hubiera
vuelto.
—Mañana a la mañana —dijo Tefara— le vas a vender la perla a Raoul por
cinco mil franceses.
—¿Y la casa? —objetó Nauri.
—Él va a construir la casa —respondió Tefara—. Él dice que va a costar
cuatro mil franceses. También va a dar mil franceses a crédito, que son dos mil
chilenos.
—¿Va a tener seis brazas de largo? —indagó Nauri.
—Sí —replicó Mapuhi—. Seis brazas.
—¿Y en el cuarto del medio va a estar el reloj octogonal de colgar?
—Sí, y la mesa redonda también.
—Entonces denme algo para comer, porque tengo hambre —dijo Nauri con
satisfacción—. Y después vamos a dormir, porque estoy cansada. Y mañana, antes
de vender la perla, vamos a hablar más sobre la casa. Sería mejor que nos
dieran los franceses al contado. El dinero siempre es mejor que el crédito
cuando se trata de comprarles mercaderías a los comerciantes.