Louise Erdrich
Mi madre es la mitad que sobrevivió de un número de trapecio con los ojos vendados, algo en lo que no suelo pensar a menudo, ni siquiera ahora que se ha quedado ciega, fruto de unas obstinadas cataratas que han ido ganando terreno. Camina lentamente por nuestra casa aquí en New Hampshire, tanteando levemente las paredes y recorriendo con las manos estanterías, libros, el amontonamiento de pertenencias y desechos de una niña convertida ahora en una adulta. Nunca ha volcado el menor objeto, ni siquiera rozado o tirado una revista al suelo. Nunca ha perdido el equilibrio ni se ha golpeado con la puerta de un armario que hubiera quedado abierta por algún descuido.
La precisión felina de sus movimientos de anciana podría ser el resultado de su entrenamiento de juventud, pero hace tan poca gala del estilo y la teatralidad que uno podría esperarse de una artista que tiendo a olvidarme de los Avalon Voladores. No ha conservado ningún traje de lentejuelas, ninguna fotografía, ningún folleto o cartel de esa parte de su juventud. De hecho, yo tendería a pensar que todo recuerdo de dobles saltos mortales y cogidas de infarto ha abandonado sus brazos y piernas, si no fuera porque de vez en cuando, mientras coso sentada en la habitación de la casa reconstruida en la que dormía de niña, oigo el crepitar y percibo una vaharada de humo procedente de la estufa de la planta de abajo. De pronto la habitación se vuelve oscura, los puntos de costura queman bajo mis dedos y me encuentro cosiendo con una aguja de plata ardiente y un hilo de fuego.
Le debo tres veces la vida. La primera fue cuando se salvó a sí misma. En la plaza de nuestro pueblo se eleva ahora, clavada en el cemento, una réplica de un poste de circo, agrietado y resquebrajado. Conmemora la catástrofe que llevó al pueblo a ocupar las portadas de los periódicos sensacionalistas de Boston y Nueva York. De aquellos viejos diarios, ahora documentos históricos, consigo la información, y no de Anna de los Avalon Voladores, ni de ninguno de sus parientes, ahora fallecidos y, desde luego, tampoco de la otra mitad de su número singular, Harold Avalon, su primer marido. En una de las noticias, se cuenta que «Ese día el cielo estaba levemente cubierto, pero nada en el aire ni la temperatura hacía presagiar la repentina fuerza con la que golpearía la letal tormenta».
He vivido en el oeste, donde puede avistarse la llegada del mal tiempo desde kilómetros, y es cierto que en el pueblo estamos un poco en desventaja. Cuando las temperaturas extremas entran en colisión, un frente frío con uno caliente, surgen inmediatamente unos vientos detrás de una colina y nos azotan sin previo aviso. Eso, creo yo, fue probablemente lo que sucedió aquel día de junio. Lo más seguro es que la gente intercambiase comentarios sobre la agradable brisa que hacía, agradecidos de que no pegara ningún sol abrasador en la carpa de rayas que ocupaba todo el parque central. Compraron sus entradas y, expectantes, las entregaron. Tomaron asiento. Comieron palomitas caramelizadas y cacahuetes tostados. Hubo tiempo para tres actos antes de la tormenta. Los caballos árabes blancos de Ali-Khazar se alzaron sobre sus patas traseras y bailaron un vals. Bernie el Misterioso se dobló dentro de una caja metálica de galletas pintada, y la Dama de las Brumas apareció y desapareció en lugares sorprendentes. Mientras las nubes iban amontonándose fuera, sin que nadie lo advirtiese, el maestro de ceremonias hacía chasquear el látigo, voceaba la presentación y señalaba el techo de la carpa, donde los Avalon Voladores se habían encaramado.
Les encantaba dejarse caer grácilmente desde ninguna parte, como dos pájaros centelleantes, y lanzar besos mientras se quitaban el casco destellante adornado con plumas y la capa de cuello alto. Reían y coqueteaban abiertamente mientras remontaban las barras de los trapecios. En el último cuadro de su número, se besaban de verdad en mitad del aire, deteniéndose, planeando casi al cruzarse. En el suelo, entre dos saludos, Henry Avalon se acercaba con paso ligero a las primeras filas y señalaba la huella dejada por el pintalabios de Anna, justo en la comisura de sus labios. Formaban una pareja muy romántica, sobre todo en el número de los ojos vendados.
Aquella tarde, a medida que aumentaba la expectación, mientras el señor y la señora Avalon se ataban el uno al otro cintas brillantes alrededor de la cara y fruncían los labios fingiendo un beso (unos labios destinados «a no rozarse nunca más», tal y como alguien escribió en un largo y sobrecogedor artículo), se levantó el viento, a solo unos pocos kilómetros de distancia, se enroscó hasta formar un cono y aulló. Hubo un rugido de energía eléctrica, ahogado por el brusco redoble de tambores. Un detalle, que la prensa no mencionó y tal vez fuese desconocido: Anna estaba embarazada de siete meses, pero apenas se le notaba por la firmeza de los músculos de su vientre. Parece increíble que hubiese trabajado a tanta altura, ya que la menor caída podía resultar muy peligrosa, pero la explicación (lo sé al verla quedarse ciega) es que mi madre vive a gusto en medio de situaciones límite. Ahora forma un solo ser con la oscuridad, del mismo modo que el aire era su hogar, un lugar familiar y seguro hasta que estalló la tormenta aquella tarde.
Cada uno en un extremo de la carpa, saludaron con la mano, sonrientes y con los ojos vendados, al público sentado abajo. El maestro de ceremonias se quitó el sombrero y pidió silencio para que allí arriba los dos acróbatas pudieran concentrarse. Se frotaron las manos con polvos de talco y entonces Henry se lanzó y se balanceó una y dos veces, en enormes y calibradas oscilaciones a través del vacío. Colgaba sujeto por las rodillas y, en el tercer balanceo, abrió los brazos y extendió las manos para recoger a su embarazada mujer, que se tiraba de cabeza desde su refulgente barra.
Fue en el momento en que ambos se hallaban en medio del aire con sus manos a punto de juntarse cuando el trueno cayó sobre el poste principal y bajó con un chisporroteo por los cables, llenando el ambiente de una luz azulada que Harry Avalon debió de notar incluso a través de la venda que le cubría los ojos mientras la carpa se desplomaba y el edificio lo arrojaba hacia adelante. El trapecio continuó su camino sin volver atrás, y Harry cayó, cayó sobre la muchedumbre con su último pensamiento, quizá tan solo un hormigueo de sorpresa ante sus manos vacías.
Mi madre me contó una vez que me asombraría la cantidad de cosas que puede hacer una persona mientras cae. Es posible que entonces me estuviera enseñando a tirarme de cabeza en la piscina municipal, porque asocio esa idea con saltos mortales. Pero también creo que ella quería decir que, incluso en ese espantoso y fatídico segundo, uno era capaz de pensar. Ella desde luego lo hizo. Cuando sus manos no encontraron las de su marido, mi madre se arrancó la venda de los ojos. Cuando él pasó junto a ella del lado equivocado, ella podía haberle agarrado el tobillo o la punta de su malla, y haberse caído aferrada a él. En lugar de eso, cambió de rumbo. Torció el cuerpo hacia un grueso cable y consiguió sujetarse al metal trenzado, todavía caliente tras la descarga del trueno. Fue tal la abrasión en las palmas de sus manos que cuando cicatrizaron se le borraron todas las líneas y solo quedaron los tejidos cicatrizados y en blanco de un futuro más apacible. La bajaron con cuidado hasta la pista cubierta de serrín justo debajo de la cúpula del techo de lona, que no se había desplomado por completo y permanecía en pie en un extremo, agujereado, roto e incluso en llamas en algunas partes a causa de la chispa gigantesca, aunque la lluvia y las chaquetas de los hombres pronto se encargaron de apagar el fuego.
Murieron tres personas, pero, salvo las manos, mi madre no había resultado herida de gravedad hasta que un miembro del equipo de rescate con exceso de celo le rompió el brazo al liberarla y provocó, al mismo tiempo, que se derrumbase una parte de la carpa, que llevaba una enorme anilla que la golpeó y dejó inconsciente. La trasladaron al hospital local y allí debió de sufrir una hemorragia porque la mantuvieron en cama durante un mes hasta que su bebé vino muerto al mundo.
Harry Avalon siempre había querido que lo enterraran en el cementerio del circo al lado del primer Avalon, su tío, y por eso ella lo envió de regreso junto a sus hermanos. El bebé, sin embargo, fue enterrado a la vuelta de la esquina, un poco más allá de esta casa y muy cerca de la carretera principal. Yo solía pasear hasta allí a veces, simplemente para sentarme un rato. Era una niña, pero nunca he pensado en ella como en una hermana, ni siquiera como un ser aparte, la verdad. Supongo que podría verse en ello el egocentrismo de una niña, de todos los niños, pero siempre la he considerado como una versión menos acabada de mí misma.
Cuando caía la nieve y proyectaba sus sombras sobre las lápidas, podía distinguir la suya fácilmente desde la carretera, ya que es más grande que las demás y tiene la forma de un verdadero cordero en posición de descanso, con las patas recogidas bajo su cuerpo. Con el paso de los años, el cordero esculpido se alza más y más amenazante en mi mente, aunque sin duda eso no se deba más que a mis ojos, a mi vista que se nubla poco a poco como le sucedió a mi madre, y lo que está cerca se difumina y lo que está lejos se torna más nítido. De vez en cuando pienso que es el borde lo que se aproxima, el borde de todas las cosas, el horizonte del que no se habla mucho en los bosques del este. Y también se me antoja, aunque probablemente no sean más que imaginaciones mías, que los detalles de la estatua se perfilan ahora mejor, como si, en lugar de erosionarse en una masa porosa, esta se endureciera en la ladera de la colina con cada nevada para perfeccionarse.
Fue durante su ingreso hospitalario que mi madre conoció a mi padre. Lo mandaron llamar para que examinara el estado de su brazo, que presentaba complicaciones. Permaneció sentado a su cabecera, ya que tenía algo de viajero de sillón, y había pasado la guerra tranquilamente en un campo de entrenamiento de las Fuerzas Aéreas donde se convirtió en un especialista en piernas y brazos rotos durante los ejercicios de salto en paracaídas. Anna Avalon había estado en muchos de los lugares que él ansiaba conocer (Venecia, Roma, México, España entera y también Francia entera). Ella no tenía familia y había sido adoptada por los Avalon, quienes la entrenaron para actuar en espectáculos desde su más tierna infancia. Hicieron giras por Europa antes de la guerra, y luego se establecieron en Nueva York. Era analfabeta.
En el hospital aprendió a leer y escribir, como manera de superar el aburrimiento y el desánimo de aquellos meses, y fue mi padre quien insistió en enseñarle. A cambio de historias de sus aventuras, le puso nota a sus primeros ejercicios. Le compró su primer libro, y sobre su intrépida escritura, que los pálidos renglones de los cuadernos de caligrafía no podían contener, se enamoraron.
Me pregunto si mi padre sopesó el intercambio que le había propuesto: un tipo de vuelo por otro. En efecto, después de aquello y desde que tengo memoria, nunca vi a mi madre sin un libro. Hasta el día de hoy, y sigue siendo el mayor inconveniente de su ceguera. Después de la reciente muerte de mi padre, no hay quien le lea, motivo por el que yo he vuelto, de hecho, de mi fallida existencia donde la tierra es plana. He vuelto a casa para leerle a mi madre, leer en voz alta, leer hasta el corazón de las tinieblas si hiciera falta, leer toda la noche.
En cuanto mis padres se casaron, se mudaron a la vieja granja que él había heredado pero que le traía sin cuidado. Aunque había pensado en trasladarse a vivir a una ciudad más grande, se instaló y amplió su consulta en este valle. Todavía me resulta extraño que hubiesen elegido permanecer en el pueblo donde sucedió la catástrofe, y que mi padre había encontrado tan limitado en un principio. Fue mi madre quien insistió en ello, tras perder a su bebé. Y además, también le encantaba la desvencijada granja con lo poco que quedaba de las numerosas hectáreas de bosque y con sus campos de trigo escondidos, que se extendían hasta la reserva natural.
Debo por tanto mi existencia, por segunda vez, a ambos y al hospital que los unió. Es la deuda que todos contraemos dándolo por sentado, ya que ninguno de nosotros pide venir al mundo. Solo cuando tenemos la vida nos aferramos a ella con todas nuestras fuerzas.
Yo tenía siete años cuando la casa se incendió, seguramente por unas brasas mal apagadas. A veces pueden avivarse y mi padre, que siempre andaba despistado en casa y constantemente agotado tras sus largas horas de guardia nocturna, vaciaba a menudo lo que para él eran cenizas de estufa frías dentro de cajas de madera o cartón. El fuego pudo originarse en una caja que se prendiera. O tal vez el culpable fuese una acumulación de creosota en el tiro de la chimenea. Comenzó alrededor de la estufa, y el corazón de la casa quedó reducido a cenizas. La niñera, que se había quedado dormida en el pequeño despacho de mi padre, en la planta baja, se despertó y descubrió que la escalera que conducía a mi dormitorio estaba cortada por las llamas. Llamó por teléfono y luego salió corriendo fuera para esperar debajo de mi ventana.
Cuando mis padres llegaron, los voluntarios del pueblo habían sacado agua del estanque antincendios y regaban el exterior de la casa con la intención de entrar a buscarme, sin saber en ese momento que solo había una escalera y que había quedado destruida. Al otro lado de la vivienda, la gran y viejísima escalera se partió en dos. Tal vez fuera el estruendo que provocó al chocar contra las paredes lo que me despertó, porque hasta ese momento había estado durmiendo.
En cuanto me espabilé, percibí el olor a humo. En aquellos tiempos yo era muy concienzuda y se me daba bien memorizar instrucciones, así que hice exactamente lo que se me había enseñado en los simulacros de incendios de segundo curso. Me levanté. Toqué la puerta de mi habitación sin abrirla. La encontré caliente, la dejé cerrada, enrollé la alfombra y la encajé contra la rendija. No me escondí debajo de la cama ni me metí en el armario. Me puse mi bata de franela y me senté a esperar.
Fuera, mi madre, de pie bajo mi ventana oscura, vio con toda claridad que no había rescate posible. Las llamas habían atravesado un muro lateral y el resplandor del fuego iluminaba las descomunales ramas y el tronco del vigoroso y viejo arce que, seguramente, había sido plantado el mismo año en que se construyó la casa. Ninguna hoja tocaba el muro y solo una delgada rama rozaba el tejado. Desde abajo, parecía que incluso una ardilla tendría problemas para saltar del árbol a la casa, pues aquella ramita no era más gruesa que la muñeca de mi madre.
Ahí de pie, mi madre pidió a mi padre que le bajara la cremallera del vestido.
Cuando él la trató con demasiado mimo, como si se hubiese vuelto loca, se lo hizo comprender. Él fue incapaz de usar las manos, de modo que ella se arrancó el vestido y se quedó con tan solo sus perlas y sus medias. Ordenó a uno de los hombres que apoyara la mitad de la escalera extensible rota contra el tronco del árbol. Sorprendido, obedeció. Ella trepó. Desapareció. Después fue fácil distinguirla entre las ramas sin hojas de finales de noviembre conforme iba subiendo más y más, arrastrándose bocabajo, y avanzando poco a poco por una larga rama que se curvaba sobre la ramita que rozaba el tejado.
Una vez allí, balanceándose, se puso de pie y se quedó en equilibrio. Se había agolpado mucha gente, y muchas personas todavía recuerdan, o así lo creen, cómo mi madre se deslizó por el aire gélido y oscuro hacia aquella delgadísima extensión, cómo al caer partió la rama que se rompió en sus manos con un crujido mayor que el de las llamas mientras ella saltaba hacia el borde del tejado, cómo en un torbellino la rama se precipitó al suelo sin ella, y cómo alzaron los ojos de nuevo para ver el lugar adonde ella había volado.
Yo no la vi saltar en el aire, solo oí el brusco golpe y miré por la ventana. Estaba colgando, sujeta por los talones, del nuevo canalón que habían instalado ese mismo año, y sonreía. No me sorprendió nada verla; era tan pragmática. Dio un golpecito en la ventana. También recuerdo cómo lo hizo; era un golpecito de lo más cariñoso, un poco vacilante, como si temiera haber llegado demasiado pronto a casa de una amiga. Después, me señaló el pestillo y, cuando abrí la ventana, me dijo que la subiera más y la sujetara con un palo, para que no le aplastara los dedos. Saltó, se agarró al alféizar y se deslizó por la abertura. Una vez en mi habitación, advertí que solo llevaba puesta la ropa interior: un ceñido sujetador de algodón grueso y costuras redondeadas, que las mujeres solían usar entonces, y unas bragas de encaje. Recuerdo haberme sentido mareada, por supuesto, enormemente aliviada y, después, incómoda por ella, porque la gente la viera en ropa interior.
Seguía incómoda cuando salimos volando por la ventana, hacia el suelo, yo en su regazo, sus dedos de los pies en punta mientras volábamos hacia la diana pintada en la lona que los bomberos sujetaban más abajo.
Sé que ella tiene razón. Lo sabía ya entonces. Mientras caes, hay tiempo para pensar. Encogida contra su vientre como yo me hallaba, no me asustaron los gritos de la multitud ni los rostros que se dibujaban de forma difusa. El viento rugía y azotaba nuestra espalda con su abrasador aliento; las llamas siseaban. Me pregunté lentamente qué sucedería si fallábamos y no caíamos en el círculo o si botábamos fuera de él. Apreté las manos de mi madre entre las mías. Sentí el roce de sus labios y oí el latido del corazón en mis oídos, sonoro como un trueno, largo como un redoble de tambores.