Jorge Luis Borges
Hace ya tantos años
que Carlos Reyles, hijo del novelista, me refirió la historia en Adrogué, en un
atardecer de verano. En mi recuerdo se confunden ahora la larga crónica de un
odio y su trágico fin con el olor medicinal de los eucaliptos y la voz de los
pájaros.
Hablamos, como
siempre, de la entreverada historia de las dos patrias. Me dijo que sin duda yo
tenía mentas de Juan Patricio Nolan, que había ganado fama de valiente, de
bromista y de pícaro. Le contesté, mintiendo, que sí. Nolan había muerto hacia
el noventa, pero la gente seguía pensando en él como en un amigo. Tuvo también
sus detractores, que nunca faltan. Me contó una de sus muchas diabluras. El
hecho había ocurrido poco antes de la batalla de Manantiales; los protagonistas
eran dos gauchos de Cerro Largo, Manuel Cardoso y Carmen Silveira.
¿Cómo y por qué se
gestó su odio? ¿Cómo recuperar, al cabo de un siglo, la oscura historia de dos
hombres, sin otra fama que la que les dio su duelo final? Un capataz del padre
de Reyles, que se llamaba Laderecha y "que tenía un bigote de tigre",
había recibido por tradición oral ciertos pormenores que ahora traslado sin
mayor fe, ya que el olvido y la memoria son inventivos.
Manuel Cardoso y
Carmen Silveira tenían sus campitos linderos. Como el de otras pasiones, el
origen de un odio siempre es oscuro, pero se habla de una porfía por animales
sin marcar o de una carrera a costilla, en la que Silveira, que era más fuerte,
había echado a pechazos de la cancha al parejero de Cardoso. Meses después
ocurría, en el comercio del lugar, una larga trucada mano a mano, de quince y
quince; Silveira felicitaba a su contrario casi por cada baza, pero lo dejó al
fin sin un cobre. Cuando guardó la plata en el tirador, agradeció a Cardoso la
lección que le había dado. Fue entonces, creo, que estuvieron a punto de irse a
las manos. La partida había sido muy reñida; los concurrentes, que eran muchos,
los desapartaron. En esas asperezas y en aquel tiempo, el hombre se encontraba
con el hombre y el acero con el acero; un rasgo singular de la historia es que
Manuel Cardoso y Carmen Silveira se habrán cruzado en las cuchillas más de una
vez, en el atardecer y en el alba, y que no se batieron hasta el fin. Quizá sus
pobres vidas rudimentarias no poseían otro bien que su odio y por eso lo fueron
acumulando. Sin sospecharlo, cada uno de los dos se convirtió en esclavo del
otro.
Ya no sé si los hechos
que narraré son efectos o causas. Cardoso, menos por amor que por hacer algo,
se prendó de una muchacha vecina, la Serviliana; bastó que se enterara Silveira
para que la festejara a su modo y se la llevara a su rancho. Al cabo de unos
meses la echó porque ya lo estorbaba. La mujer, despechada, quiso buscar amparo
en lo de Cardoso; éste pasó una noche con ella y la despidió al mediodía. No
quería las sobras del otro.
Fue por aquellos años
que sucedió, antes o después de la Serviliana, el incidente del ovejero.
Silveira le tenía mucho apego y le había puesto Treinta y Tres como nombre.
Lo hallaron muerto en
una zanja; Silveira no dejó de maliciar quién se lo había envenenado.
Hacia el invierno del
70, la revolución de Aparicio los encontró en la misma pulpería de la trucada.
A la cabeza de un piquete de montoneros, un brasilero amulatado arengó a los
presentes, les dijo que la patria los precisaba, que la opresión gubernista era
intolerable, les repartió divisas blancas y, al cabo de ese exordio que no
entendieron, arreó con todos. No les fue permitido despedirse de sus familias.
Manuel Cardoso y Carmen Silveira aceptaron su suerte; la vida del soldado no
era más dura que la vida del gaucho. Dormir a la intemperie, sobre el recado,
era algo a lo que ya estaban hechos; matar hombres no le costaba mucho a la
mano que tenía el hábito de matar animales. La falta de imaginación los libró
del miedo y de la lástima, aunque el primero los tocó alguna vez, al iniciar
las cargas. El temblor de los estribos y de las armas es una de las cosas que
siempre se oyen al entrar en acción la caballería. El hombre que no ha sido
herido al principio ya se cree invulnerable. No extrañaron sus pagos. El
concepto de patria les era ajeno; a pesar de las divisas de los chambergos, un
partido les daba lo mismo que otro. Aprendieron lo que se puede hacer con la
lanza. En el curso de marchas y contramarchas, acabaron por sentir que ser
compañeros les permitía seguir siendo rivales. Pelearon hombro a hombro y no
cambiaron, que sepamos, una sola palabra.
En el otoño del 71,
que fue pesado, les llegaría el fin.
El combate, que no
duraría una hora, ocurrió en un lugar cuyo nombre nunca supieron.
Los nombres los ponen
después los historiadores. La víspera, Cardoso se metió gateando en la carpa
del jefe y le pidió en voz baja que si al día siguiente ganaban, le reservara
algún colorado, porque él no había degollado a nadie hasta entonces y quería
saber cómo era. El superior le prometió que si se conducía como un hombre, le
haría ese favor.
Los blancos eran más,
pero los otros disponían de mejor armamento y los diezmaron desde lo alto de un
cerro. Al cabo de dos cargas inútiles que no llegaron a la cumbre, el jefe,
herido de gravedad, se rindió. Ahí mismo, a su pedido, lo despenaron.
Los hombres depusieron
las armas. El capitán Juan Patricio Nolan, que comandaba a los colorados,
ordenó con suma prolijidad la consabida ejecución de los prisioneros. Era de
Cerro Largo y no desconocía el rencor antiguo de Silveira y Cardoso. Los mandó
buscar y les dijo: —Ya sé que ustedes dos no se pueden ver y que se andan
buscando desde hace rato. Les tengo una buena noticia; antes que se entre el
sol van a poder mostrar cuál es el más toro. Los voy a hacer degollar de parado
y después correrán una carrera. Ya sabe Dios quién ganará.
El soldado que los
había traído se los llevó.
La noticia no tardó en
cundir por todo el campamento. Nolan había resuelto que la carrera coronaría la
función de esa tarde, pero los prisioneros le mandaron un delegado para decirle
que ellos también querían ser testigos y apostar a uno de los dos. Nolan, que
era hombre razonable, se dejó convencer; se cruzaron apuestas de dinero, de
prendas de montar, de armas blancas y de caballos, que serían entregados a su
tiempo a las viudas y deudos. El calor era inusitado; para que nadie se quedara
sin siesta, demoraron las cosas hasta las cuatro. (Les dio trabajo recordar a
Silveira.) Nolan, a la manera criolla, los tuvo esperando una hora. Estaría
comentando la victoria con otros oficiales; el asistente iba y venía con la
caldera.
A cada lado del camino
de tierra, contra las carpas, aguardaban las filas de prisioneros, sentados en
el suelo, con las manos atadas a la espalda, para no dar trabajo. Uno que otro
se desahogaba en malas palabras, uno dijo el principio del Padrenuestro, casi
todos estaban como aturdidos. Naturalmente, no podían fumar. Ya no les
importaba la carrera, pero todos miraban.
—A mí también me van a
agarrar de las mechas —dijo uno, envidioso.
—Sí, pero en el montón
—reparó un vecino.
—Como a vos —el otro
le retrucó.
Con el sable, un
sargento marcó una raya a lo ancho del camino. A Silveira y a Cardoso les
habían desatado las muñecas, para que no corrieran trabados. Un espacio de más
de cinco varas quedaba entre los dos. Pusieron los pies en la raya; algunos
jefes les pidieron que no les fueran a fallar, porque les tenían fe y las sumas
que habían apostado eran de mucho monto.
A Silveira le tocó en
suerte el Pardo Nolan, cuyos abuelos habían sido sin duda esclavos de la
familia del capitán y llevaban su nombre; a Cardoso, el degollador regular, un
correntino entrado en años, que para serenar a los condenados solía decirles,
con una palmadita en el hombro: "Ánimo, amigo; más sufren las mujeres
cuando paren".
Tendido el torso hacia
adelante, los dos hombres ansiosos no se miraron.
Nolan dio la señal.
Al Pardo, envanecido
por su actuación, se le fue la mano y abrió una sajadura vistosa que iba de
oreja a oreja; al correntino le bastó con un tajo angosto. De las gargantas
brotó el chorro de sangre; los hombres dieron unos pasos y cayeron de bruces.
Cardoso, en la caída, estiró los brazos. Había ganado y tal vez no lo supo
nunca.