René Rebetez
Lo esperó sentada en el reborde de la
fuente de Netzahualcóyotl, acodada a la pequeña muralla que rodea el agua,
mirando reflejarse sus catorce años en la superficie tranquila. Dejó los libros
abandonados al sol, uno abierto exhibiendo impúdicamente un texto de historia
del Medio Oriente. Su mano derecha palpó la rugosa superficie del muro, tropezó
con un terrón que dejó caer a plomo sobre esos ojos que la miraban desde el
agua. Una espiral nació en su frente y se expandió haciendo zozobrar su rostro
unos segundos.
Cuando el agua se aquietó, otro rostro
emergió apareado con el suyo, los ojos como guijarros sonrientes. Ella se vio
virar despacio, para verlo, sintió el contacto de las manos en sus hombros y el
agua titiló nuevamente, estremecida.
-Parecemos acuanautas -dijo él y ella rió
y se sintió segura al recordar que Ignacio era dos-años-menor-que-ella, y el
agua se aquietó nuevamente y con ella su piel, que tenía esa premonitoria
actitud de estremecerse a su contacto. Giró sobre sí misma y se colgó a su cuello.
El muchacho se desdobló y resultó ser alto, muy alto para sus doce años y ella
subió con él en vilo, dejando sus trenzas verticales y sus pies le vitando,
milagrosamente, del asfalto.
Giraron como una peonza' sobre los
grandes mosaicos. (Un transeúnte hubiera creído ver una gigantesca libélula de
élitros escoceses, festejando su abandono de crisálida. La simbiosis
vertiginosa se deshizo.) Y se fueron tomados de la mano por el sendero que
conduce al tótem que regaló el gobierno del Canadá.
Dos adolescentes que conspiran para no ir
a la escuela, ella melenuda y no tan frágil, él lánguido y anacrónico si no
fuera por los Beatles. El cabello ensortijado desciende en bucles renacentistas
ocultando la nuca. La nariz larga y una frente amplia que se abre para recibir
esos ojos, hundidos como guijarros en la arena. Uno piensa en Shelley, en Lord
Byron tal vez, o en los personajes de Dickens, al mirarlo. La boca es fina y
casi no sonríe, afortunadamente, porque al hacerlo hay algo en ella que
produce náuseas. Porque es amplia, vital esa sonrisa, pero deja al descubierto
una dentadura de pátina amarilla y la forma de esos dientes es como una sierra;
mejor que no se ría, a duras penas que sonría sin entreabrir los labios,
formando en las mejillas descarnadas ese par de hoyuelos cónicos, tan viejos.
¡Solo tiene doce años!, recuerda y sigue
trotando a su lado dócilmente la dama de catorce, un poco rolliza, es cierto,
pero sana y dinámica como una potranca, el rostro pecoso y las trenzas doradas
tejiendo su estela tras de sí. La atrae como una bujía anémica a una mariposa
de colores abigarrados. Gira en torno de sí, a su cetrino encanto y a sus
movimientos verticales, hasta caer en un beso para el cual debe quedarse en
puntas mucho tiempo; para salir del encuentro con el rostro nimbado2 y los
ojitos turbios.
Un testigo inesperado baja repentinamente
de un árbol cercano: un gato joven, atigrado. Ignacio, ágil, mueve el
prodigioso cuerpo lubricado y lo atrapa en un santiamén. El gato maúlla y ella
se acerca diciéndole cosas en el idioma de los gatos y lo calma haciéndole
cariños en la base del cráneo.
Algo le sucede a Ignacio porque ríe muy
fuerte, enunciando los filosos dientecillos. Inmotivadamente arrebata el gato y
lo lanza al aire como una pelota. Un maullido viene en crescendo desde el aire,
agrandándose hasta tomar forma de gato girando sobre sí mismo al caer. Ignacio
se aposta convenientemente como buen jugador de béisbol y lo atrapa, solo para
volver a arrojar más fuerte aún, más y más alto, al maullido que se pierde
hasta convertirse nuevamente en punto. Ella suplica en todos los tonos que
suspenda el extraño deporte. Se cuelga de sus brazos, resbala a lo largo de su
cuerpo, implora desde la altura de las rodillas. Ignacio ríe por toda respuesta
y continúa el odioso pasatiempo improvisado. La pelotita animal ha enmudecido.
Ella, de rodillas, lleva sus manos al
rostro y llora convulsivamente, no quiere ver más. Súbitamente oye un ruido
sofocado, una pisada suave, una corteza de algo cayendo sobre la hierba. Abre
los ojos y ve el pequeño cuerpo dislocado. La cabeza echada hacia atrás, los
ojos en blanco y un hilillo de sangre surcando el hocico rosado que ahora está
más pálido.
Su risa sonó como un graznido en la
mañana de nc-escuela y ella echó a correr, abandonando los libros, lejos, lo
más lejos posible.
No lo vio en toda la semana, hasta el
sábado, en una fiesta en casa de unos condiscípulos, Ella estaba aislada
(bailando con alguien, pero aislada). Repentinamente dio una vuelta y lo vio
tras ella bailando a su vez con una niña extraordinariamente pálida de ojos de
almendra y pelo lacio, negro, reluciente. "Son de la misma especie, pensó,
originarios de algún otro planeta donde la sangre es escasa." (Recordaría
después tal pensamiento.) Bailaban un surf lento y sus movimientos eran
lánguidos y sensuales, muy egipcios por los ángulos que formaban las manos con
el cuerpo y el cuello con la quijada, pero ondulantes también como anguilas
sumergidas en un medio oleaginoso. Parecían nadar en el interior de un gran estanque
y ella recordó la frase infantil que él tuvo: parecemos ama-nautas, para-nautas
acuacemos. Él había dejado de bailar y la miraba.
Algo sucedió en esa mirada increíblemente
tierna, desamparada como una manta sagrada cuyos padres acaban de morir, sola desde
el otro lado de cualquier mal posible, y podría haber jurado que sus ojos
brillaban tras de una cortina de lágrimas que no llegaron a caer.
Sin saber cómo se encontró en sus brazos
(ojos de almendra se escurrió en silencio) mirando hacia arriba en busca de esa
cara frágil como la de un Cristo, y se detuvo en la boca, que gracias-a-Dios no
sonreía. Este rostro transparente bajó hacia ella, lo vio pasar de largo frente
a su boca entreabierta y sintió frías cosquillas en el pabellón de la oreja
cuando la palabra golpeó su tímpano como un gong de terciopelo:
-Perdóname.
Han pasado muchos días, semanas, un mes.
El profesor mira a su abigarrado auditorio, reclinado, acostado, despatarrado
sobre los
pupitres. Hace calor y las moscas forman
un tornado de zumbido en medio del salón; ellas también quieren estar fuera,
como 1' muchachos, poniendo en movimiento el aire quieto.
El profesor revisa los rostros uno a uno,
gravemente. Sus labios tiemblan y de sus ojos se escapa la ira en rayos
intermitentes: i
- ¡Quiero saber quién hizo esto!
-preguntó, introduciendo la mano en el interior del envoltorio colocado
previamente sobre; el piso. La mano emergió de allí sosteniendo algo que
pareció en, primera instancia un tembloroso cascabel ensangrentado. El profesor
lo sostenía entre el índice y el pulgar, tal como si hubiese tomado una rata
por la punta de la cola. Su nerviosismo hacía bailotear aquello,
zangoloteándolo, esparciendo un pequeño ¡olor naciente a muerto. Estiró el
brazo, fabricando entre sí mismo y el objeto el máximo espacio posible, al
mismo tiempo que lo acercaba más a los muchachos que se miraron entre ellos.
Ignacio solamente quedo impasible,
mirando la piltrafa que el viejo maestro exhibía grotescamente. Su voz retumbó
nuevamente como un trueno:
- ¿Quién demonios hizo esto?
- ¿Qué es eso, profesor?
- ¿Quién demonios hizo qué, maestro?
-Esto es, o fue, mejor dicho, parte de un
perro.
-No nos diga que Raffles...
-Sí, señor; Raffles. Esta es una oreja de
Raffles, señores (murmullo general). Tengo buenas razones para creer que fue
uno de ustedes quien hizo esto... Y esto, y esto, y esto.
Mientras hablaba, sacaba de la bolsa más
pedazos de perro, la otra oreja, una pata, los genitales, uno, dos, tres, la
cola, un ojo como botón de oso de felpa, y los fue arrojando a los alumnos
(entre los bancos cayeron unos, otros sobre los pupitres mismos, ¡plafl).
-Ustedes fueron el grupo que salió más
tarde anoche, y antes el perro estaba completo y después apareció así, tal como
lo ven ahora. Todo el personal de la escuela sabe que ustedes son el demonio
mismo. Han estado a punto de enloquecer a sus maestros, de romper todos los
vidrios de la casa y los huesos de todos los alumnos de la preparatoria.
El maestro se santiguó rápida y
eficazmente.
-Hay un demonio entre ustedes -señaló los
trozos de acertijo canino dispersos en la habitación. Alguien graznó como un
grajo.
Él mismo se lo dijo, al atardecer de
aquel día fatídico. Aborda-ion el cochecillo que Ignacio solía traer y llevar
cuando lo permitía papá, y en él se fueron hasta el recodo del parque que se
llama "El rincón del enano moro", lo que vale decir del enamoro.
La luna empezaba a pespuntear el
horizonte y los arbustos brillaban siniestramente a su contacto. Ignacio
estacionó el coche bruscamente, de cara a la luna, en el sitio acostumbrado.
Tenía el ceño fruncido y por las comisuras de los labios asomaban apenas los
puntiagudos dientes.
-Yo le hice eso al perro -confesó.
Ella se sorprendió al escuchar su propia
risa, un poco alta de tono.
-Claro que fuiste tú -se oyó decir-.
Naturalmente. ¿Quién otro podría haber sido?
Ignacio giró la cabeza lentamente. (Uno
piensa en Shelley, tal vez en Byron o en los personajes de Dickens, al
mirarlo.)
El gesto adusto de su rostro desapareció
como un soplo y la ternura infinita de sus doce años hizo burbujas de aceite en
los ojos entornados. Se acercó lentamente y ella esperó anhelante. El
estremecimiento llegó, pero esta vez fue más fuerte y más
profundo...
Y sintió un infinito placer cuando los
afilados colmillos se hundieron cerca de su yugular.
