ASPECTOS DE LO GROTESCO EN LA LITERATURA SUREÑA (1)

Flannery O’Connor


¿Es útil oír hablar a un escritor? Yo diría que sí, siempre que venga a testimoniar su experiencia, y no a teorizar. Mi forma de abordar los problemas literarios es muy parecida a la que seguía la ciega ama de llaves del Dr. Johnson² para servir el té: metiendo el dedo en la taza.

Ya no vivimos tiempos en los que los escritores de este país puedan hablar unos en nombre de otros. En los años veinte estaban los de la Universidad de Vanderbilt, que sentían la suficiente afinidad entre sus ideas como para publicar un panfleto titulado I’ll Take My Stand³, y en los años treinta, hubo escritores cuya conciencia social los llevó más o menos a comprometerse en la misma dirección. Pero hoy no hay buenos escritores que, incluso teniendo algo en común, sean tan atrevidos como para decir que hablan en nombre de una generación, o en nombre de los demás. Hoy cada escritor habla sólo en su propio nombre, aun cuando no esté seguro de que la importancia de su obra lo merezca.

Creo que todo escritor, cuando habla de su modo de abordar la literatura, espera mostrar que, de manera decisiva y profunda, es realista. Y para algunos de entre nosotros, para quienes los aspectos banales de la vida cotidiana no resultan de un gran interés literario, esto es muy difícil. Me he dado cuenta de que si el héroe juvenil que uno ha creado no puede identificarse con el chico medio americano, o ni siquiera con el delincuente medio americano, su creador⁴ tendrá que dar muchas explicaciones.

La primera necesidad a la que tendrá que enfrentarse será la de decir qué es lo que no hace. Porque si bien hoy no hay auténticas escuelas, siempre hay algún crítico que acaba de inventarse una y está dispuesto a incluirte en ella. Si eres un escritor sureño, te pegarán enseguida esa etiqueta, con todas las confusiones que acarrea, y te abandonarán para que después te la desprendas lo mejor que puedas. Me he dado cuenta de que cuando un escritor utiliza el escenario sureño, al margen de la finalidad específica de sus necesidades dramáticas, el lector común seguirá pensando que escribe del sur, y lo juzgará por la fidelidad de su literatura a la vida típica sureña.

Me dicen continuamente que la vida en Georgia no es en absoluto como yo la pinto, que los criminales fugados no vagan por las carreteras exterminando familias⁵, ni los vendedores de biblias merodean al acecho de chicas con patas de palo⁶.

Las ciencias sociales han extendido una tenebrosa plaga sobre el modo en que el público entiende la literatura. Cuando empecé a escribir, mi bête noire⁷ era esa entidad mítica conocida como «The School of Southern Degeneracy»⁸. Cada vez que oía hablar de ella me sentía como el Hermano Conejo atrapado por el Muñeco de Alquitrán⁹. Hubo un tiempo en que el lector medio leía una novela buscando una moraleja, y por ingenuo que pudiera parecer, era un propósito muchísimo menos ingenuo que algunos de los objetivos más limitados que tiene ahora. Hoy se considera que las novelas tratan exclusivamente de las fuerzas sociales, económicas o psicológicas —que obligatoriamente han de mostrar—, o bien de esos detalles de la vida cotidiana que para el buen novelista son sólo una manera de alcanzar un fin más profundo.

Hawthorne conocía bien sus problemas y anticipó quizá los nuestros cuando dijo que él no escribía novelas, sino romances¹⁰. Hoy muchos lectores y críticos han establecido una especie de ortodoxia para la novela. Exigen un realismo basado en hechos que, más que ampliar, puede limitar a largo plazo el alcance de la novela. Entienden que el único material legítimo de la novela está ligado al movimiento de las fuerzas sociales, a lo típico, y a la fidelidad a las cosas tal como aparecen y suceden en la vida normal. Esto suele ir acompañado de un generoso tratamiento de aquellos aspectos de la existencia que los novelistas victorianos no podían abordar directamente. Es sólo durante los últimos cincuenta o sesenta años cuando los escritores han conseguido una presunta emancipación de la moral victoriana. Ésta era una licencia que abría muchas posibilidades en literatura, pero nunca es bueno para la cultura el día en que una libertad así entendida se acepta como algo general. El escritor carece completamente de derechos, salvo aquellos que se forja dentro de su propia obra. Nos han inundado con tanta literatura deplorable, basada en libertades inmerecidas, o en la noción de que la literatura debe representar lo típico, que las formas más profundas de realismo son cada vez más incomprensibles para el público.

Es posible que el escritor que escribe dentro de lo que podría llamarse la tradición del romance contemporáneo¹¹ no escriba novelas que se ajusten totalmente a una ortodoxia de la novela. Pero siempre que estas novelas tengan vitalidad, siempre que presenten algo que esté vivo, por excéntrica que esa vida parezca al lector medio, habrá que tomarlas en consideración, y hacerlo según sus propias reglas.

Cuando examinamos una buena parte de la narrativa contemporánea seria, y en especial, de la narrativa sureña, encontramos en ella una cualidad que suele definirse como grotesca en sentido peyorativo. Por supuesto, me he dado cuenta de que el lector del norte de los Estados Unidos llamará grotesco a cualquier cosa que venga del sur, a no ser que sea grotesco de verdad, en cuyo caso lo llamará realista. Pero dejemos hoy al margen estas calificaciones erróneas y consideremos el tipo de obras que pueden llamarse grotescas con razón, porque responden a una intención precisa del autor en ese sentido.

En estas obras grotescas, advertimos que el escritor ha dado vida a alguna experiencia que no estamos acostumbrados a ver todos los días, o que el hombre corriente puede no llegar a experimentar jamás en la vida. Vemos que las conexiones que esperaríamos en el realismo al uso se ignoran, que hay extraños saltos y lagunas que alguien que estuviese intentando describir los usos y costumbres nunca habría dejado sin explicar. Y aun así, los personajes tienen una coherencia interior, si bien no son siempre coherentes con su marco social. Sus cualidades literarias se apartan de los modelos sociales típicos hacia el misterio y lo inesperado. Éste es el tipo de realismo que quiero considerar.

Fundamentalmente, los novelistas buscan y describen lo real, pero el realismo de cada uno dependerá de la visión que tenga del alcance último de la realidad. Desde el siglo XVIII, el espíritu popular de cada nueva generación ha tendido cada vez más a considerar que los males y los misterios de la vida terminarán por caer ante los avances científicos del hombre, un pensamiento que sigue en pie hoy, a pesar de que ésta es la primera generación que se enfrenta a la extinción total a causa de esos avances. Si el novelista sintoniza con este espíritu, si cree que las acciones están predeterminadas por la constitución psíquica o la situación económica o cualquier otro factor determinable, entonces se ocupará sobre todo de la precisa reproducción de las cosas que preocupan más inmediatamente al hombre, de las fuerzas naturales que siente que controlan su destino. Un escritor así puede crear un gran naturalismo trágico, pues por su sentido de la responsabilidad hacia lo que ve puede trascender las limitaciones de su estrechez de miras.

Por el contrario, si el escritor cree que nuestra vida es y seguirá siendo esencialmente misteriosa, si nos considera como seres que existen en un orden creado a cuyas leyes respondemos libremente, entonces lo que ve en la superficie será de su interés sólo en la medida en que pueda vivir, a su través, una experiencia del misterio. Este tipo de literatura siempre empujará sus límites hacia los límites del misterio, porque para este tipo de escritor, el significado de un relato sólo comienza en esas profundidades donde la motivación adecuada, la psicología adecuada y los distintos factores determinantes se han agotado. A tal escritor le interesará más lo que no entendemos que lo que entendemos. Le interesará más la posibilidad que la probabilidad. Le interesarán más esos personajes que se ven obligados a salir al encuentro del mal y la gracia, y que actúan empujados por una confianza que va más allá de ellos mismos, sepan o no con claridad lo que los mueve a obrar. La mentalidad actual considera que este tipo de personaje y su creador son típicos quijotes¹², arremetiendo con su lanza contra algo que no está ahí.

No quisiera sugerir que este tipo de escritor descuida lo concreto porque su principal interés es el misterio. La literatura comienza donde comienza el conocimiento humano, en los sentidos, y todo escritor está sujeto a este aspecto fundamental de su medio de expresión. Sin embargo, sí que creo que el tipo de escritor que estoy describiendo usará lo concreto de forma más drástica. Su camino será, evidentemente, el camino de la deformación.

Henry James dijo que Conrad escribía del modo que exige la máxima elaboración¹³. Pienso que el escritor de literatura grotesca lo hace del modo que exige la mínima, debido a la amplitud de las distancias de su obra. Está buscando una imagen que conecte, combine o encarne dos puntos: uno está arraigado en lo concreto; el otro es invisible a simple vista, pero el escritor cree firmemente en él, tan innegablemente real como el punto que todo el mundo ve.

No es necesario señalar que esta literatura será salvaje, será violenta y cómica casi por necesidad, por las oposiciones que intenta reunir.

Aun cuando el escritor de literatura grotesca considera que sus personajes no son más monstruosos¹⁴ que el hombre caído, su público, que no piensa lo mismo, le preguntará o, más a menudo, le contará, por qué ha elegido dar vida a esas almas mutiladas. Thomas Mann dijo que lo grotesco es el verdadero estilo antiburgués, pero creo que los lectores de este país se las han arreglado para relacionar lo grotesco con lo sentimental, porque cuando hablan bien de lo grotesco parecen asociarlo con la compasión del escritor.

Hoy se considera una necesidad absoluta que los escritores tengan compasión. Compasión es una palabra que suena bien en boca de cualquiera y de la que las solapas de los libros no pueden prescindir. Es una cualidad que nadie puede criticar, de modo que cualquiera puede usarla sin peligro. Me parece que lo que quieren decir con esta palabra es que el escritor justifica toda debilidad humana porque es humana y ya está. Esta vaga compasión que se exige hoy al escritor le impide ser antinada. Sin duda, cuando se usa lo grotesco de forma legítima, los juicios intelectuales y morales implícitos primarán sobre los sentimientos¹⁵.

En la narrativa americana del siglo XIX hay bastante literatura grotesca que procede de los territorios del oeste¹⁶ y es supuestamente divertida, pero nuestros personajes grotescos actuales, por cómicos que sean, no lo son esencialmente. Parecen llevar una carga invisible; su fanatismo es un reproche, no una mera excentricidad. Creo que surgen de la visión profética propia de cualquier novelista con las preocupaciones que vengo describiendo. Para el novelista, la profecía consiste en ver las cosas próximas en toda la extensión de su significado, y por tanto, en ver cerca las cosas lejanas. El profeta es un realista de distancias, y es éste el realismo que se encuentra en los mejores ejemplos de la literatura grotesca contemporánea.

Siempre que me preguntan por qué los escritores sureños tenemos debilidad por los monstruos, respondo que es porque todavía somos capaces de reconocerlos. Para poder reconocer un monstruo hay que tener alguna concepción del hombre, y la concepción del hombre que predomina en el sur es todavía teológica en lo esencial. Esta afirmación que acabo de hacer es muy seria y peligrosa, porque cualquier cosa que se diga de las creencias sureñas puede negarse igualmente un segundo después. Pero si se aborda el tema desde el punto de vista del escritor, creo que es prudente decir que aunque Cristo no es el centro del sur, sí que lo atormenta. El sureño, aunque no está convencido, mucho se teme que ha podido ser creado a imagen y semejanza de Dios. Los fantasmas pueden ser muy fieros e instructivos. Proyectan extrañas sombras, especialmente en nuestra literatura. En cualquier caso, el personaje monstruoso sólo alcanza profundidad literaria cuando se percibe como representación de nuestro exilio esencial.

Hay otra razón que explica la tendencia hacia lo grotesco en el sur, y es que hay muy buenos escritores sureños. Al principio, creo que al escritor lo pone en marcha más la literatura que la vida. Cuando hay muchos escritores, todos empleando el mismo lenguaje, todos observando más o menos el mismo ambiente social, cada escritor, a título personal, tendrá que cuidarse mucho de no hacer mal lo que ya se ha completado a la perfección. La sola presencia de Faulkner entre nosotros ha cambiado considerablemente lo que el escritor puede permitirse o no. Nadie quiere que su mula y su carro se queden parados en los raíles por los que viene bramando la Dixie Limited¹⁷.

Al escritor sureño se le empuja por todas partes para que extienda su mirada más allá de la superficie, más allá de los simples problemas, hasta poder tocar ese ámbito del que se ocupan los profetas y los poetas. Cuando Hawthorne dijo que escribía romances¹⁸, en realidad estaba intentando salvar del determinismo social, al menos en parte, la libertad de su literatura, y orientarla hacia la poesía. Creo que esta tradición de la oscura y controvertida novela-romance se ha combinado con la tradición cómico-grotesca, y con las lecciones que todos los escritores han aprendido de los naturalistas, para evitar, por lo menos durante un tiempo, que nuestra literatura sureña se convierta en esa cosa que Mr. Van Wyck Brooks¹⁹ quería, que nuestra siguiente etapa literaria restableciese esa literatura que combina los grandes temas de la cultura intermedia²⁰ con la pericia técnica legada por los new critics²¹, lo que equivaldría por tanto al restablecimiento de la literatura como espejo y guía de la sociedad.

A los ojos del escritor que estoy describiendo, una literatura que fuese espejo de la sociedad no sería una guía adecuada; y una que sí lograse, sin otro recurso que el arte, ser ambas cosas, tendría que recurrir a instrumentos más violentos, más allá de los problemas de la cultura intermedia y de la mera pericia técnica.

En nuestro tiempo no se comprende al realista de distancias ni se piensa bien de él, aun cuando pertenece a la tradición dominante de las letras americanas. Cada vez que el público se hace oír es para pedir una literatura que sea equilibrada y que de algún modo cure los estragos de nuestro tiempo. En nombre del orden social, del pensamiento liberal, y a veces incluso del cristianismo, se pide al novelista que sea la criada de su época.

He llegado a la conclusión de que esta criada es muy parecida a la portera negra que dejó la bolsa de viaje de Henry James en un charco cuando James salía del hotel de Charleston. A continuación se vio obligado a sentarse en el carruaje abarrotado con la cartera en las rodillas. El pobre Henry James, a lo largo de su viaje por el sur, fue innoblemente servido, y escribió después que nuestros sirvientes eran las últimas personas en el mundo que deberían emplearse en este oficio: eran incompetentes por naturaleza. Lo mismo sucede con el novelista: cuando le asignan la función de empleado doméstico, irá dejando el equipaje del público de charco en charco.

El novelista no debe caracterizarse por su función, sino por su visión, y debemos recordar que esta visión ha de transmitirse, y que las limitaciones y puntos ciegos de su público afectarán, sin la menor duda, a su forma de poder mostrar lo que ve. Esto también acentúa la tendencia de la literatura a lo grotesco en nuestros días.

Los escritores que hablan en nombre de su época y conforme a ella pueden hablar con muchísima más facilidad y gracia que los que hablan contra las actitudes dominantes. Una vez recibí una carta de una anciana de California en la que me comunicaba que cuando el cansado lector llega por la noche a su casa, desea leer algo que le alegre el corazón. Y parece que ninguna de mis obras le había alegrado el corazón. Creo que si hubiese tenido el corazón en su sitio se le habría alegrado.

Podría decirse que el escritor serio no tiene por qué preocuparse del lector cansado, pero sí se preocupa, porque todos lo están. Una anciana que quiere que le alegren el corazón no sería algo malo, pero si la multiplicamos por doscientos cincuenta mil sale un club de lectura. Antes pensaba que era posible escribir para una supuesta élite, para la gente que va a las universidades y a veces sabe leer, pero después me he dado cuenta de que aunque uno publique sus relatos en Botteghe Oscure²², si tienen algo bueno, terminará recibiendo una carta de alguna anciana de California, o de algún recluso de la penitenciaría federal, o del psiquiátrico estatal, o del albergue municipal, diciendo dónde no ha logrado cumplir sus expectativas.

Y, por supuesto, lo que necesitan es que los animen. Hay algo en nosotros, como narradores y oyentes de historias que somos, que pide redención, que reclama que a cada caída se le ofrezca al menos la oportunidad de la restauración. El lector de hoy busca un impulso de este género, y hace bien, pero lo que ha olvidado es su coste. Su sentido del mal está difuminado o ausente del todo, y así ha olvidado el precio de la restauración. Cuando lee una novela quiere que le atormenten los sentidos o que lo animen. Quiere que lo transporten, en un instante, a un simulacro de condena o de inocencia.

A menudo me dicen que el modelo de equilibrio para el novelista debería ser Dante, que repartió su territorio, más o menos a partes iguales, entre el infierno, el purgatorio y el paraíso. No tengo nada que objetar, pero tampoco se puede dar por hecho que en estos tiempos el resultado vaya a ser la equilibrada imagen de entonces. Dante vivió en el siglo XIII, cuando ese equilibrio se lograba en la fe de la época. Ahora vivimos en una época que duda de los valores y de los hechos, que se ve zarandeada de un lado a otro por convicciones pasajeras. En vez de reflejar un equilibrio procedente del mundo que lo rodea, el novelista tiene que alcanzarlo ahora a partir del que siente dentro de sí.

No existe una ortodoxia literaria que pueda prescribirse para el escritor como algo establecido, ni siquiera la de Henry James, que tan admirablemente equilibraba los elementos del realismo tradicional y el romance en cada una de sus novelas. Pero poco más se puede decir. Las grandes novelas que se escriban en el futuro no serán las que el público cree que quiere, o las que exigen los críticos. Serán las novelas que interesan al novelista. Y las novelas que interesan al novelista son las que no se han escrito todavía. Son las que le imponen las mayores exigencias, las que le requieren operar con toda la inteligencia y todos y cada uno de sus talentos, y ser fiel al carácter específico de su vocación. Muchos nos dirigiremos más hacia la poesía que hacia la novela tradicional.

El problema para este novelista será saber hasta dónde puede deformar sin destruir, y a fin de no destruir, tendrá que realizar un descenso profundo por su interior hasta alcanzar los manantiales subterráneos que dan vida a su obra. Este descenso a su interior será, a la vez, un descenso a su región. Será un descenso a través de la oscuridad de lo familiar hasta un mundo donde, como el ciego de los evangelios cuando recupera la vista, ve a los hombres como si fueran árboles, pero que andan²³. Éste es el comienzo de la visión, y siento que es una visión que al menos debemos intentar entender en el sur, si es que queremos participar en la continuidad de una literatura sureña vital. Me resulta odioso pensar que dentro de veinte años quizá también los escritores sureños escriban sobre hombres con trajes de franela gris, y que puedan haber perdido la capacidad de ver que esos caballeros son más monstruosos que los personajes de los que escribimos ahora nosotros. Me resulta odioso pensar en el día en que el escritor sureño complazca al lector cansado.

NOTAS

¹ Según figura en la nota de los Fitzgerald, Flannery O’Connor leyó este ensayo en el otoño de 1960 en el Wesleyan College para mujeres en Macon, Georgia. Entonces la autora pidió que sólo se distribuyese a nivel local, puesto que «antes o después lo revisaría para publicarlo». Nunca llegó a hacerlo. Tras su muerte, su albacea permitió que se publicase en 1965 en la revista Cluster Review de la Universidad de Macon y en The Added Dimension, un libro esencialmente dedicado al estudio crítico de la obra de O’Connor, editado por Melville J. Friedman y Lewis A. Lawson, publicado en 1966. En el último caso, el texto contenía algunos errores. Los Fitzgerald publican una versión manuscrita de O’Connor. Además hay testimonios de que fue una conferencia que pronunció en otras universidades americanas: Susan Balée consigna la noticia de que esta conferencia fue pronunciada en 1957 en la Universidad de Notre-Dame; la escritora aceptó la invitación de su amigo Robert Fitzgerald que había sido profesor visitante en ella. Asistieron 250 personas (cf. Susan Balée, Flannery O’Connor. Literary Prophet of the South, Chelsea House Publishers, New York 1995, pp. 69-70). Por su parte, Ralph C. Wood en el prefacio de su libro Flannery O’Connor and the Christ-Haunted South, (William B. Eerdmans Pub. Co., Estados Unidos 2004) refiere cómo la escritora pronunció esta lección en noviembre de 1962 en el East Texas State Campus, invitada por el profesor Paul Barrus (pp. viii-ix). En 1987 apareció una traducción al español de este ensayo en la revista Un ángel más, 2, Otoño, pp. 53-64, realizada por Luis M. Marigómez (nde).

² Samuel Johnson (1709-1784), poeta, ensayista, biógrafo, crítico literario y lexicógrafo inglés, compilador del primer Diccionario de la lengua inglesa. Flannery O’Connor se refiere a él en términos elogiosos en diversas ocasiones en su correspondencia, cf. F. O’Connor, El hábito de ser, Sígueme, Salamanca 2004 (ndt).

³ Colección de doce ensayos publicada en 1930 por un grupo de escritores conocidos como los Agrarians de Vanderbilt, que defendían los valores tradicionales sureños frente al industrialismo y la modernización del norte. Recoge las contribuciones de John Crowe Ransom, Donald Davidson, Frank Lawrence Owsley, John Gould Fletcher, Lyle H. Lanier, Allen Tate, Herman Clarence Nixon, Andrew Nelson Lytle, Robert Penn Warren, John Donald Wade, Henry Blue Kline y Stark Young. El título revela el carácter de manifiesto colectivo, puesto que puede traducirse como «Adoptaré una postura» o «Me pronunciaré». También apunta inequívocamente al contenido de su reivindicación, en la medida en que alude al estribillo de una canción popular americana del siglo XIX «(I Wish I Was in) Dixie Land», adoptada como himno por los confederados durante la Guerra de Secesión: «In Dixie Land, I’ll take my stand, to live and die in Dixie» («En Dixie Land, mantendré mi posición, para vivir y morir en Dixie»). El origen del término «Dixie» no está claro, pero gracias a esta canción ha entrado en el diccionario y designa a los estados del sudeste de los Estados Unidos y, especialmente, a los que formaban parte de la Confederación. En una carta fechada el 16 de febrero de 1964, Flannery O’Connor comenta lo siguiente al respecto: «Estoy leyendo por primera vez I’ll Take My Stand [...], que está publicado en rústica. Es un documento muy interesante. Por supuesto, es igual de inútil que decir ‘leñador, perdona a este árbol’, pero bueno, es la única vez que eminentes cabezas se han reunido para hablar sobre el sur...», cf. El hábito de ser, op. cit., p. 426 (ndt).

⁴ «Perpetrator» en el original, persona que comete o consuma un delito. También puede usarse figuradamente, como sucede aquí, para sugerir que una interpretación o creación, en razón de su cuestionable calidad, puede rayar en el delito (por ejemplo, perpetrar una canción). Flannery O’Connor quiere llamar irónicamente la atención sobre las críticas a las que se exponían los escritores que no se ajustasen a cierto realismo ramplón entonces vigente (ndt).

⁵ Se refiere a uno de los cuentos más famosos de la escritora, titulado «Un hombre bueno es difícil de encontrar», F. O’Connor, El negro artificial y otros escritos, Ediciones Encuentro, Madrid 2000, pp. 110-130. Traducción de Mª José Ramos Calero (nde).

⁶ Alusión a «La buena gente del campo», F. O’Connor, Un encuentro tardío con el enemigo, Ediciones Encuentro, Madrid 2006, pp. 57-80. Traducción de Gretchen Dobrott (nde).

⁷ Bestia negra, en francés en el original (ndt).

⁸ Literalmente, Escuela de la Degeneración Sureña. Ésta fue la denominación utilizada inicialmente para referirse a escritores que recurren a la pintura de personajes grotescos y deformes y el planteamiento de situaciones inusuales. Además de a la propia Flannery, suele incluirse en este grupo a William Faulkner, Eudora Welty, Carson McCullers, Erskine Caldwell, Tennessee Williams, Truman Capote o Harper Lee. En el caso de Flannery O’Connor esta forma de degeneración desemboca en lo grotesco, tal y como se señala en el título de esta charla, y que Broncano (Mundos breves, mundos infinitos, Universidad de León, Secretariado de Publicaciones, León 1992) define como «un método que permite investigar problemas metafísicos a través de construcciones ficticias», p. 57. Lo grotesco consiste en la construcción de mundos ridículos y desproporcionados que producen horror y perplejidad, y en los que la distorsión está encaminada a producir un efecto cómico y una pregunta por el misterio. Lo que es considerablemente distinto a lo «gótico» moderno que quiere producir el horror hacia lo sobrenatural (nde).

⁹ El Hermano Conejo (Br’er Rabbit) es el protagonista de una serie de cuentos de la tradición oral afroamericana sureña, adaptados y recogidos junto con otros relatos en 1881 por Joel Chandler Harris (Georgia, 1848-1908) bajo el título de Tales of Uncle Remus. En el cuento aquí aludido, el Hermano Zorro (Br’er Fox) pone un muñeco de alquitrán (Tar Baby) en el camino del conejo para poder atraparlo. El Hermano Conejo intenta entablar conversación con el muñeco y, ante su falta de respuesta, comienza a golpearlo, con el resultado de que cuanto más lo golpea más pegado se queda. Una de las ediciones más recientes es Uncle Remus: the complete tales, Phyllis Fogelman Books, Nueva York 1999. En España se publicaron varias ediciones entre 1957 y 1980 —ocho de ellas, en Edigraf— bajo el título Cuentos del Tío Remus: de la película ‘Canción del Sur’, que recoge «El muñeco de alquitrán», entre otros. También ha aparecido posteriormente como El Hermano Rabito (S.A. de Promociones y Ediciones, Madrid 1994). En cualquier caso, la edición de estos cuentos en España parece deberse exclusivamente a la película de dibujos animados de Disney, La canción del sur (1946), estrenada aquí en 1955. Tanto es así, que las bases de datos de la Biblioteca Nacional y del ISBN atribuyen la autoría a Walt Disney (ndt).

¹⁰ La cursiva pertenece a esta edición para señalar el particular significado que tiene la palabra romance. En las letras anglosajonas, la palabra «romance» designa una narración en prosa que presenta personajes imaginarios y acciones de corte heroico, misterioso o aventurero en espacios y tiempos remotos, y en este sentido lo utiliza la escritora habitualmente. Sin embargo, en este caso, Flannery O’Connor se refiere al concepto de romance que Hawthorne expone en «La agencia de aduanas», ensayo incluido a modo de introducción en La letra escarlata, y que implica un punto de encuentro entre lo imaginario y lo real. Hawthorne también abordó la diferencia entre novela y romance en los prefacios de otras de sus obras, como La casa de los siete tejados. El crítico Charles Feidelson, en Symbolism and American Literature (University of Chicago Press, Chicago 1953, p. 7), considera que Hawthorne buscaba con esta distinción reservar para el romance un espacio a medio camino entre el pensamiento personal y el mundo objetivo, y concederle un estatus casi metafísico. Flannery O’Connor revela su afinidad con el concepto de romance de Hawthorne en varios pasajes de su correspondencia: «Hawthorne decía que él no escribía novelas, que escribía romances; yo soy una de sus descendientes»; «Creo que aceptaría que escribo lo que Hawthorne llamaba romances, pero no creo que tenga nada que ver con una mentalidad romántica. Hawthorne me interesa bastante. Siento una familiaridad con él mayor que con cualquier otro estadounidense, aunque no soy capaz de terminar de leer algunas de las cosas que escribió», cf. El hábito de ser, op. cit., pp. 314 y 349 (ndt).

¹¹ Aquí la palabra «romance» tiene el significado más general descrito al comienzo de la nota anterior (ndt).

¹² En el original, «typical Don Quixotes, tilting at what is not there». La alusión al quijotismo de este empeño se ve reforzada por el eco que hay en esta frase de la expresión hecha «tilt at windmills», acometer molinos de viento, con el significado de combatir enemigos imaginarios. «Lo que no está ahí» no equivale aquí a lo que no existe, sino a lo que no todos ven, al misterio (ndt).

¹³ Flannery O’Connor cita libre pero fielmente un pasaje del ensayo «The New Novel, 1914», publicado junto con otras reflexiones literarias de Henry James en Notes on Novelists. Puede consultarse este pasaje en español en «Joseph Conrad», El futuro de la novela, Taurus, Madrid 1975, p. 225. Traducción de Roberto Yahni (ndt).

¹⁴ «Freakish» en el original: adjetivo derivado a partir de «freak», palabra que, en el sentido en que Flannery O’Connor lo utiliza, se usa para calificar algo extremadamente extraño, inusual. En este caso, se refiere a personajes que presentan profundas anomalías en el orden físico o mental y que resultan por ello chocantes. También se utiliza este término para referirse a las personas y animales con deformidades físicas que se exhiben en ferias y circos, como la mujer barbuda, por ejemplo. Ante la dificultad que este término plantea —podría optarse por personaje anormal, raro, grotesco— y para respetar el uso de la escritora de esta palabra, se ha preferido utilizar siempre que ha sido posible «monstruo» o algunos de sus derivados cuando en el original figura «freak» o algún derivado de «freak» (nde) (ndt).

¹⁵ Esta afirmación está desarrollada en «Introducción a ‘En memoria de Mary Ann’», último ensayo de este volumen, en el que a propósito de la vida y la muerte prematura de una niña enferma, la escritora hace un juicio sobre el valor de la vida más insignificante o más breve e, implícitamente, ofrece una alternativa al pensamiento dominante del siglo XX, al que considera ofuscado cuando hace primar la sensibilidad sobre la visión (nde).

¹⁶ Se refiere a la literatura de Mark Twain, el llamado «Frontier Humor», que era una característica de este tipo de novela realista (nde).

¹⁷ Dixie Limited es el nombre de una de las locomotoras que formaban parte de la Dixie Fleet, formada por trenes de pasajeros que recorrían el sur de los Estados Unidos. Operó en diversas líneas ferroviarias entre mediados de los veinte y comienzos de los cincuenta del siglo pasado, entre ellas, la Central of Georgia Railway. Esta metáfora de Flannery O’Connor ha sido particularmente bien acogida, puesto que la asimilación de Faulkner con una locomotora transmite muy gráficamente el impacto y potencial transformador de su obra (ndt).

¹⁸ Cf. nota 10 de este mismo ensayo (nde).

¹⁹ Brooks, Van Wyck (1886-1963): crítico, historiador de la literatura y biógrafo estadounidense. Su serie Finders and Makers reconstruye la historia literaria americana con gran detalle biográfico desde 1800 hasta 1915. La serie recibió algunas críticas por querer buscar una tradición cultural intermedia, asequible, lejos de contradicciones y conflictos. Para justificar su postura escribió The Writer in America (1953), traducido al español como El escritor en los Estados Unidos (Limusa-Wiley, México 1966). En la correspondencia de Flannery O’Connor, la escritora relata a Sally y Robert Fitzgerald un encuentro con este crítico. Flannery está en Connecticut con Caroline Gordon Tate y otros invitados, entre los que figuraba «el buen Van Wyck Brooks», que pide a Flannery que lea un relato. Ella escoge «Un hombre bueno es difícil de encontrar». Cuando termina, Brooks comenta «que era una pena que alguien con tanto talento contemplara la vida como una historia de terror», cf. El hábito de ser, op. cit., p. 87 (ndt).

²⁰ Se ha optado por traducir el término «middlebrow» que figura en el original por «cultura intermedia», puesto que en inglés designa el nivel cultural que se sitúa entre la alta cultura («highbrow», literalmente, de ceño alto) y la cultura baja («lowbrow»). Se trata de un tipo de cultura que no está reñida con la calidad y es a menudo popular, pero que no exige grandes esfuerzos de comprensión (ndt).

²¹ El New Criticism fue una escuela de crítica literaria predominante en EE UU desde los años veinte hasta 1960. Abogaba por la no distinción entre forma y fondo y por lo que se llamó la close reading o interpretación estrictamente textual. Aquí, Flannery O’Connor los cita como ejemplares en el rigor del análisis de las técnicas literarias (nde).

²² Botteghe Oscure es una revista literaria publicada en Roma entre 1948 y 1960. Fundada y financiada por Marguerite Caetani, princesa de Bassiano —nacida Marguerite Gilbert Chapin en New London, Connecticut, en 1880—, esta publicación contribuyó al descubrimiento y difusión de autores contemporáneos de las letras italianas, francesas, inglesas, alemanas y españolas. En los veinticinco números que se editaron figuran contribuciones de Giorgio Bassani, Italo Calvino, Albert Camus, George Steiner, W. H. Auden, Tennessee Williams, Truman Capote, Bertolt Brecht, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Octavio Paz, Carlos Fuentes... Flannery O’Connor probablemente tuvo noticia directa de esta publicación a través de Robert Fitzgerald, que colaboró con Marguerite Caetani, cf. Stefania Valli (ed.), La rivista Botteghe Oscure e Marguerite Caetani. La corrispondenza con gli autori italiani, 19481960, Fondazione Camillo Caetani, L’Erma di Bretschneider, Roma 1999 (ndt).

²³ El pasaje al que se refiere Flannery O’Connor es de Marcos —Mc 8,22-26—, aunque sea mucho más conocido el de Jn 9,1-41. Además resulta coherente con la reflexión posterior ya que Flannery O’Connor desea, al menos, este comienzo de la visión para el futuro de la literatura sureña: «Llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: ‘¿Ves algo?’ Él, alzando la vista, dijo: ‘Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan’. Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: ‘Ni siquiera entres en el pueblo’». Como se ve, la visión es defectuosa tras el primer gesto de Jesús y se hace perfecta y clara tras la segunda imposición de las manos (nde).


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