Robert E. Howard
Un viento errante levantaba pequeños
remolinos de polvo allí donde el camino a California se confundía, durante unos
pocos cientos de yardas, con la calle principal de ciudad Capitán. Unos cuantos
perros mestizos descansaban a la sombra de los edificios de frente porticado;
los caballos atados a los bebederos pateaban y espantaban las moscas; un niño
holgazaneaba en una de las maltrechas aceras de tablones… A excepción de estos
signos de vida, ciudad Capitán podría haber sido un pueblo fantasma, abandonado
al sol y al viento del desierto.
Un carruaje cubierto crujía lentamente
desde el este a lo largo de la polvorienta carretera. Los caballos, flacos y
viejos, se inclinaban hacia adelante con cada una de sus renqueantes zancadas.
La muchacha en el pescante llevóse una mano a la frente para protegerse del sol
y habló con el anciano sentado junto a ella.
—Padre, estamos entrando en un pueblo.
El interpelado asintió con la cabeza y
dijo:
—Es Capitán. No perderemos mucho tiempo
aquí. Es un mal lugar; he oído hablar de él desde que cruzamos el Pecos. No
impera ninguna ley aquí. Es un refugio de fugitivos y renegados. Sin embargo,
deberemos detenernos el tiempo suficiente para comprar tocino y café.
Su voz vieja y cascada animó a los
esforzados jamelgos; el polvo incrustado tras el larguísimo camino se
desprendía del bastidor de la carreta, conforme esta se internaba rechinando en
ciudad Capitán.
Cociéndose bajo un frente de
incandescentes ondas caloríficas emanado por un sol implacable se alzaba
Capitán. Dormitando entre los llanos páramos al sur y los desnudos Guadalupes
se hallaba aquel pueblucho: hogar de fugitivos de toda ralea; mas no su
santuario final, no el último y definitivo refugio para los desesperados y los
condenados.
No obstante, no todos los que antaño
acudieron a Capitán estaban marcados con el hierro de la senda del lobo.
Precisamente, uno de sus escasos ciudadanos honrados se encontraba en ese
instante en el saloon Cuatro Ases, frunciendo el ceño al hombre que se
encontraba frente a él. Se trataba de Gran Mac, un vaquero texano de hombros
anchos, amplio pecho y tendones como cordones de acero, templados durante años
en las vías pecuarias que se extienden desde los robles de los pantanos del
Golfo a las praderas de Canadá. Una figura habitual allí donde se reunieran los
vaqueros; con su gran rostro moreno, sus volcánicos ojos azules y su pelo negro
y rizado como la maleza rebelde. No se apreciaban muescas en la culata del
pesado Colt del 45 que sobresalía de la vaina en su cadera derecha, pero aquellas
cachas parecían gastadas por un uso abusivo. No, Gran Mac no marcaba su
revólver, pero este había ardido en disputas entre rancheros y guerras entre
poblados vaqueros desde Sabine a Milk River.
—Tú eres Bill McClanahan, ¿no es así?
—preguntó el otro hombre al vaquero con una extraña ansiedad, que su fingido
tono casual no consiguió ocultar—. ¿Acaso no te acuerdas de mí?
—Pues claro que me acuerdo —un hombre con
muchos enemigos debe tener una gran memoria para las caras—. Tú eres Checotah
Kid; te vi en ciudad Hayes, hace tres años.
—¡Bebamos! —a una indicación de Kid, el
barman les envió vasos y una botella que llegaron hasta ellos deslizándose
sobre la barra húmeda. Kid era como el negativo de Mac en fisonomía: delgado
aunque duro como el acero, lampiño y rubio; sus ojos grises podían parecer
ingenuos a primera vista, pero cualquier conocedor de los gestos de los hombres
podría ver la crueldad y la traición asesina acechando en sus vidriosas
profundidades.
Pero algo más ardía allí en aquel
momento, algo temible y hambriento. Había una tensión nerviosa detrás de los
gestos de Kid que desconcertaba a Gran Mac, que recordaba a aquel tipo como un
joven pendenciero y pagado de sí mismo, frecuentador de los pueblos carreteros
de Kansas. Sin duda trataba de disimular algo y, sin embargo, eso no explicaba
su nerviosismo, pues no había ninguna ley en Capitán y la frontera se
encontraba a menos de cien millas cabalgando hacia el sur.
De pronto el muchacho se inclinó hacia él
y bajó la voz, aunque solo el camarero y un holgazán local en una mesa se
encontraban en el saloon en aquel momento.
—Escucha, Mac, ¡necesito un socio! He
encontrado colorado en los Guadalupes: ¡Oro puro, tan seguro como el infierno!
—No tenía ni idea de que fueras buscador
—gruñó desconfiado Gran Mac.
—¡Un hombre puede llegar a ser un montón
de cosas en la vida! —la risa de Kid sonaba triste—. Pero hablo muy en serio.
—Entonces ¿por qué no te quedas y
explotas el filón? —preguntó el otro.
—La banda de El Bravo me persigue. ¡Pensé
que aquí habría un sheriff o algo así! —una vez más Kid rio con amargura, casi
histéricamente—. ¿Has oído hablar alguna vez de El Bravo? Lidera una banda de
forajidos que campan a sus anchas en los Guadalupes. ¡Pero con un hombre
vigilando mientras otro trabaja, podríamos sacar un buen montón! El filón está
en un cañón situado justo en el borde de las colinas. ¿Qué me dices? —Una vez
más ardió aquella intensa llamarada. Sus ojos brillaban clavados en Gran Mac
como los de un condenado a muerte buscando alivio en el capellán.
El texano vació su vaso y sacudió la
cabeza.
—No soy un buscador de oro —gruñó—. Pero
estoy harto de trabajar; nunca en toda mi vida he disfrutado de unas
vacaciones, salvo unos pocos días en la ciudad al final de la trashumancia o
antes de la reunión de la cabaña. Dejé mi trabajo en el Lazy B hace tres
semanas y planeo irme a San Francisco a disfrutar de la vida durante una buena
temporada. Estoy cansado de los poblados vaqueros; ¡ya es hora de que vea cómo
es una ciudad de verdad!
—¡Pero Mac, se trata de una fortuna en
oro! —exclamó Kid apasionadamente, y sus ojos grises brillaron con una extraña
luz—. ¡Serías un loco si la dejaras escapar!
Gran Mac se sobresaltó. Además, nunca le
había gustado Checotah; pero el vaquero se limitó a responder tranquilamente:
—Bueno, tal vez lo sea, pero así es como
ella se presenta siempre.
—¿No vas a ayudarme? —era casi un
susurro. El sudor perlaba la frente de Kid.
—¡No! Pero estoy convencido de que
encontrarás fácilmente otro socio.
Mac le volvió la espalda para alcanzar la
botella.
Fue un reflejo fugaz en el gran espejo en
la pared de detrás de la barra, captado con el rabillo del ojo, lo que le salvó
la vida. En esa efímera imagen vio a Checotah Kid desenfundando su pistola; su
rostro era una lívida máscara de desesperación. Gran Mac se giró, desviando el
arma con un golpe de la botella que sostenía en la mano. La rotura violenta del
vidrio se mezcló con el estruendo del disparo. La bala atravesó la holgura de
la camisa del texano, haciendo un ruido sordo al incrustarse en la pared. Casi
de forma simultánea, Mac estrelló su puño libre en el rostro de Kid.
El pistolero se echó hacia atrás
tambaleándose; el humeante revólver se escurrió de sus dedos agarrotados. Mac
fue tras él como un gran gato montés. No podía haber cuartel en una lucha como
esa. El texano no escatimó fuerzas, pues sabía que el muchacho era un letal
asesino… no era un secreto que había matado ya a media docena de hombres, y a
muchos de ellos a traición; podría tener otra arma oculta en algún sitio.
Pero era un cuchillo lo que estaba
buscando a tientas mientras reculaba aturdido por el impacto de los puñetazos
propinados por el vaquero. Lo encontró, justo cuando un meteórico porrazo en la
mandíbula lo arrojaba de cabeza a través de la puerta, para estrellarse en la
calle polvorienta y quedar tendido boca arriba.
Permaneció inmóvil, anonadado, con la
sangre goteando de su boca. Gran Mac se dirigió rápidamente hacia él para saber
si estaba o no fingiendo.
Pero no llegó a alcanzarlo. Se produjo un
rápido golpeteo de pies ligeros, un rumor de faldas y, cuando Mac vio a la
chica saltar delante de él, recibió una sonora bofetada en su sorprendido
rostro.
Retrocedió, mirando con asombro la
esbelta figura que se enfrentaba a él, vibrante de cólera.
—¡No te atrevas a tocarlo de nuevo, gran
matón! —jadeó, sus ojos negros llameaban—. ¡Cobarde! ¡Bruto! ¡Atacar a un
muchacho que tiene la mitad de tu tamaño!
No encontró palabras para responder. Mac
no era del todo consciente de su propio aspecto salvaje e imponente, con sus
ojos feroces y oscuros y su cara surcada de cicatrices, mientras permanecía
allí parado con los puños apretados como mazos, mirando al hombre que había
derribado. El texano parecía un ogro al lado del delgado cuerpo del Kid;
Checotah, por el contrario, recordaba a un niño inocente. Para la joven,
ignorante de la conducta masculina, era como presenciar el brutal ataque de un
rufián a un inofensivo muchacho. Mac lo comprendió vagamente, pero fue incapaz
de reunir argumentos para defenderse. La joven no había visto el cuchillo de
caza que había quedado cubierto por el polvo de la calzada.
Una pequeña multitud, silenciosa e
inescrutable, se estaba congregando en torno a la escena. El ocioso que
holgazaneaba en el saloon estaba entre ellos. Un anciano, con manos nudosas y
hombros huesudos y encorvados, surgió del almacén contiguo al saloon portando
bultos en sus manos. Echó a andar hacia la carreta polvorienta estacionada
junto a una cerca un poco más allá del establecimiento, vio la multitud y
corrió hacia ella con la inquietud ensombreciendo sus ojos.
La muchacha se volvió ágilmente y se
arrodilló junto a Kid, que se esforzaba por sentarse en el suelo. Este vio
piedad en sus ojos oscuros y húmedos y comprendió… Checotah jugaría sus cartas
mientras permanecía caído en tierra.
—No permita que me mate, señorita
—gemía—. ¡Yo no estaba haciendo nada malo!
—Esta bestia no te tocará más —le
aseguró, encarándose a Gran Mac con una expresión desafiante. Limpió la sangre
de la boca de Kid y miró malhumorada a los taciturnos hombres de rostros
coriáceos congregados alrededor.
—¡Deberíais estar avergonzados! —les
recriminó ella con el irresponsable coraje de los más jóvenes—. ¡Permitir que
un matón como él abuse de un muchacho!
Nadie respondió, pero los labios de los
presentes se torcieron en una siniestra y sardónica mueca, que ella no podía
comprender. Con su rostro enorme y curtido claramente avergonzado, Gran Mac
masculló entre dientes algo ininteligible y, girando sobre sus talones, volvió
a entrar en el saloon. Allí las voces le llegaban solo como un murmullo
incoherente: la vacilante e hipócrita voz de Kid, seguida rápidamente por los
tonos suaves y consoladores de la desconocida jovencita.
—¡Por las calderas del infierno! —Gran
Mac agarró una botella de whisky.
—Las mujeres son unas criaturas muy
curiosas —comentó el barman mientras fregoteaba la barra. El gruñido de Mac
cortó cualquier posibilidad de conversación. El texano se llevó la botella a
una mesa en la parte más oscura de la cantina. Se sentía mentalmente herido. La
bofetada que la chica le había propinado no suponía para él más que el roce de
una pluma… pero su profundo y urticante escozor persistía. Se sentía furioso y
humillado. Un berrinche de una muchacha lo había dejado hundido como un
perrillo abandonado. Como la mayoría de los hombres curtidos en los caminos
ganaderos, era extremadamente sensible en lo que a las féminas se refería.
Refractario a las opiniones de los miembros de su mismo sexo, el desprecio o la
ira de una mujer podían lacerarlo profundamente. Al igual que todos los hombres
de su raza, Mac tenía en alta estima a la mujer y deseaba su buena opinión.
Pero aquella jovencita lo había condenado solo por las engañosas apariencias.
Su sentido de la justicia había sido ultrajado; su alma sufría una comezón que
no se veía aliviada por el peso de los mil y pico dólares en billetes que
lastraba su bolsillo, ni por la anticipación del derroche de los mismos en esa
lejana ciudad que nunca había pisado.
Bebió y volvió a beber. Su rostro tornóse
más oscuro y sus ojos azules ardieron más salvajemente aún. Mientras estaba
allí sentado, enorme, sombrío y melancólico, parecía capaz de cometer cualquier
acto salvaje y feroz. O eso pensaba el hombre que después de un rato entró
furtivamente y se acomodó en una silla frente a él. Gran Mac frunció el ceño.
Lo conocía como Slip Ratner, uno de los muchos personajes funestos que
merodeaban por ciudad Capitán.
—Yo estaba aquí cuando Kid te atacó —dijo
Ratner con una leve y maligna sonrisa curvando sus labios delgados—. Seguro que
esa chica te arrastró sobre las brasas, ¿me equivoco?
—¡Cállate! —gruñó Gran Mac agarrando la
botella de nuevo.
—¡Claro, claro! —lo tranquilizó Ratner—.
Entre tú y yo y sin ánimo de ofender: se comportó como una descarada; deberías
haberle devuelto la bofetada. ¡Escucha! —Se inclinó hacia delante y bajó la
voz—: ¿Te gustaría vengarte de esa pequeña ramera?
El texano se limitó a gruñir. Estaba
prestando muy poca atención a lo que le decía Ratner. ¿Hacer daño a una mujer?
Aquel pensamiento jamás había entrado en su mente. Su código, el código rígido
y grabado a fuego de la frontera de Texas, no contemplaba represalias contra
una mujer, fuera cual fuese la provocación. Pero Ratner estaba hablando de
nuevo, apresuradamente.
—No me imagino por qué Kid trató de
agujerearte, pero ese cuento suyo sobre el oro era una condenada mentira. Ha
estado en los Guadalupes, sí, pero no buscando oro. Estaba tratando de unirse a
la banda de El Bravo. Tengo recursos para enterarme de muchas cosas…
»Checotah abandonó Capitán hace apenas
unos días. Iba solo a unos pocos pasos por delante de los agentes federales que
lo perseguían. Además de eso, hay pasquines anunciando una suculenta recompensa
por su cabeza por todo México. Tanto ha matado y robado a ambos lados de la
raya, que solo hay un lugar seguro para él: el santuario de El Bravo en los
Guadalupes. Ahí es donde van a parar los fugitivos de la justicia de México y
los Estados Unidos.
»Sin embargo El Bravo no acepta
gratuitamente a ningún hombre. Todos deben comprar su puesto en la banda. ¿Te
acuerdas de Stark Campbell, el que robó el banco en Nogales? Se levantó diez
mil dólares y tuvo que dar hasta el último centavo a El Bravo para unirse a sus
filas. Fue duro, pero era eso o su pellejo. Dicen que El Bravo posee un
fabuloso tesoro escondido en algún recóndito lugar de los Guadalupes.
»Pero Checotah no tenía ni un centavo y
El Bravo se negó a enrolarlo. Kid está desesperado. Si se queda aquí los
federales pueden trincarlo en unos días y no tiene ningún otro lugar adonde ir.
Cuando lo vi lloriquear con esa estúpida muchacha pensé que escondía algo bajo
la manga. ¡Y así era! Les rogó que lo llevaran con ellos fuera de la ciudad;
dijo que tenía miedo de ser asesinado si permanecía en Capitán. ¿Y sabes qué
hicieron esos dos primos? ¡Invitarlo a ir a California con ellos! Lo pusieron
en el carro, pues Kid fingía estar herido, y se marcharon; la joven le enjugaba
la sangre de la cara, y su caballo ensillado iba atado a la parte trasera del
carruaje.
»Pues bien, cuando lo subían a la carreta
me aposté furtivamente detrás de la lona y los escuché hablar. La muchacha se
lo contó todo a Checotah. Su apellido es Ellis; ella es Judith Ellis. El viejo
lleva encima mil dólares que ahorró trabajando en una granja en Illinois o
algún lugar similar, y pretende usarlos como primer pago de un pedazo de tierra
de regadío en California.
»Mira Mac, conozco bien a Kid: él no irá
a California. Ni siquiera se atrevería a dejarse ver en la siguiente ciudad,
más allá del Scalping Knife River. En algún lugar a lo largo del sendero matará
al viejo Ellis y se dirigirá luego hacia los Guadalupes con el dinero y la
chica. ¡Pagará su ingreso en la banda de El Bravo con ambas cosas! A El Bravo
le gustan las mujeres, y ella es lo suficientemente atractiva como para
encandilar a cualquiera.
»Y aquí es donde entramos nosotros
—prosiguió Ratner—. No creo que Checotah ataque hasta que hayan pasado Siete
Mulas. Eso está a unas nueve millas de aquí. Si nos llevamos los caballos y
cabalgamos a través de los campos de espinos, podremos adelantarlos y
emboscarlos en el paso. O podemos esperar hasta que Kid asesine al hombre y
acabar luego con él. Muerto Kid, tú limpias tu honor. Luego nos dividimos el
botín. Yo me quedo con el dinero y tú te llevas a la chica. Nadie lo sabrá
nunca. Hay un montón de lugares en las montañas adonde puedes llevarla y…
Por un instante Gran Mac permaneció
sentado en silencio, mirando con incredulidad el astuto rostro que tenía frente
a él conforme iba desgranando su monstruosa propuesta. Ratner no acertaba a
interpretar correctamente su atónito silencio; pensaba que todos los hombres
compartían sus instintos carroñeros.
—¿Qué me contestas? —insistió.
—¿Cómo…? ¡Maldito loco! —Los ojos de Gran
Mac arrojaron llamaradas rojizas al tiempo que se incorporaba. La mesa se
estrelló de costado, haciendo trizas las botellas en el suelo de tablas.
Ratner, casi petrificado debajo de Mac, gritó de miedo y furia dando un salto.
Echó mano a su revólver mientras el enloquecido vaquero se abalanzaba sobre su
cuerpo; pero este no malgastó plomo con él. Su movimiento fue como el golpe de
una garra de oso cuando su mano se crispó sobre la muñeca de Ratner. El
renegado gritó y un hueso se quebró. La pistola voló a un rincón y Gran Mac
lanzó tras ella al miserable, que quedó inmóvil en un aturdido y arrugado
montón. Los parroquianos se dispersaron cuando Gran Mac salió de la cantina y
se dirigió hacia el bebedero donde había amarrado a su corpulento caballo
castrado.
Unos instantes más tarde el gigante
texano salía de la ciudad como un trueno en medio de un torbellino de polvo, y
tomaba el camino que conducía al oeste.
Al este de Capitán, el camino se extendía
a través de un polvoriento páramo y era visible desde varias millas; lo cual
resultaba muy ventajoso para sus habitantes, pues era por allí por donde los
sheriffs y agentes federales llegaban cabalgando las más de las veces. Pero
hacia el oeste, el terreno se convertía en una región quebrada en la que el
camino quedaba fuera de la vista de la ciudad a escasamente una milla. Y unas
millas más allá, en dirección suroeste, los siniestros contornos de los
Guadalupes brillaban bajo un cielo teñido de un blanco acerado por el sol de la
mañana. Siempre habían servido de guarida a feroces criminales del desierto
—salvajes pintarrajeados de rojo antaño y bandidos con sombrero más tarde—,
pero jamás albergaron a asesinos más letales que los de aquella misteriosa
banda de El Bravo. Gran Mac había oído hablar de él; había escuchado, también,
que muy pocos conocían su verdadera identidad, tan solo se sabía que se trataba
de un hombre blanco.
La ciudad desapareció detrás de él, y
después de ella el texano pasó tan solo frente a una construcción: la choza de
adobe de un pastor mexicano a unas cinco millas al oeste de Capitán. Una milla
más adelante el camino se hundía en el ancho y profundo cañón cortado por el
Scalping Knife River en su curso hacia el sur —ahora solo un hilillo de agua en
su escasamente profundo cauce—. Tres millas más allá del cañón se elevaba una
cadena de colinas; un espolón de los Guadalupes a través del cual el camino
discurría por el paso de las Siete Mulas. Allí era donde Ratner pretendía
tender su emboscada. Gran Mac esperaba adelantar al lento carromato antes de
que este llegara al paso.
Pero cuando cabalgaba hacia la vertiente
oriental del cañón, comenzó a gruñir y aguzó la vista sobre una forma tendida
patéticamente sobre el lecho del mismo: al parecer, Kid no había esperado a
cruzar el paso. Al cabo de un rato Mac se inclinaba sobre el cuerpo del viejo
Ellis. Tenía una bala alojada en el hombro izquierdo y estaba inconsciente.
Había perdido una gran cantidad de sangre pero el repiqueteo de su viejo
corazón era fuerte. El carro aún estaba a la vista. Las rodadas se alejaban
cañón arriba; las huellas de un caballo solitario bajaban por el cañón. Gran
Mac comprendió el significado de aquellas señales. Slip Ratner lo había
profetizado certeramente, con la sabiduría de un lobo en lo tocante a las
costumbres de los lobos. Checotah abrió fuego contra el anciano; probablemente
sin previo aviso. El tiro de animales, asustado, había escapado con la carreta.
Kid huyó al galope por el cañón con la chica y, sin duda, los ahorros del pobre
anciano.
Mac restañó el flujo de sangre con su
pañuelo. Recostó al anciano inconsciente sobre la silla y dio media vuelta,
guiando el caballo a pie y maldiciendo sonoramente cuando las rocas del
pedregoso camino se volteaban bajo sus botas de alto tacón. De vuelta en la
choza del pastor de ovejas, a milla y media del cañón, levantó al herido y lo
trasladó al interior, tendiéndolo sobre una litera. El viejo mexicano lo miraba
atónito.
Mac partió en dos pedazos un billete de
diez dólares y le entregó uno al peón.
—Si está vivo cuando regrese te daré la
otra mitad. Si no lo está, te pondré muy difícil conservar esta. Hay un carro
con su tiro vagando por el cañón; envía a un muchacho a por él y tráelo aquí de
vuelta.
—Sí, señor —el viejo prestó de inmediato
sus cuidados al hombre herido; como medio indio que era, sus conocimientos
médicos y quirúrgicos eran toscos y primitivos, pero eficaces.
Mac se dirigió de nuevo hacia el cañón.
Kid no se había molestado en ocultar sus huellas. No existía la ley en ciudad
Capitán; había empero hombres allí que no le habrían permitido secuestrar a una
muchacha de haber podido evitarlo. Pero nadie intentaría seguirlo a los
Guadalupes, infestados como estaban de sanguinarios forajidos.
El camino que llevaba al lecho de la
garganta era llano; lo siguió durante tres millas. Las paredes se hacían cada
vez más altas y escarpadas conforme el cañón se hundía más y más entre las
colinas. En un determinado punto el sendero se desviaba hacia un estrecho
barranco y, siguiéndolo, Mac salió a un bancal seco y arenoso rodeado por las
laderas de las montañas. En el borde sur de aquel llano los buitres extendían
sus alas y volaban lejos… no habían comido: estaban esperando, con espeluznante
paciencia, para darse un festín. Momentos después Gran Mac miró hacia abajo y
distinguió la figura tendida de Checotah Kid. Le habían disparado a campo
abierto, y un rastro de sangre en la arena dibujaba el agónico camino que había
seguido hasta alcanzar la sombra de una gran roca.
El disparo le había atravesado el cuerpo
muy cerca del corazón. Tenía los ojos vidriosos y en cada bocanada estallaban
sanguinolentos espumarajos entre los labios amoratados.
Gran Mac lo miró con ojos duros y
despiadados.
—¡Despreciable alimaña! ¡Cómo siento que
otro se me haya adelantado! ¿Dónde está la muchacha?
—El Bravo se la llevó —jadeó Kid—. Me vio
cabalgando… con la bandera. Vino a mi encuentro. Yo le entregué a la chica…
como pago por mi ingreso en la banda. Traté de quedarme los mil dólares… se, se
los quité al viejo. Me registraron… los encontraron… El Bravo me disparó como
castigo por intentar ocultárselos.
—¿Adónde se la llevaron?
—A su escondite. No sé dónde está. Nadie
salvo ellos lo sabe —la voz de Kid era cada vez más débil y pastosa—. Ellos
vigilan los senderos… todo el tiempo. Nadie puede internarse en… los Guadalupes
sin que lo sepan. Yo llevaba la bandera como señal de tregua… la única manera
de ir más allá… —Hizo un gesto vago hacia una rama de álamo con un fragmento de
tela blanca atado a ella, que yacía cerca de él.
La curiosidad le dictó a Gran Mac su
siguiente pregunta:
—¿Por qué trataste de pegarme un tiro?
Nunca tuvimos ninguna disputa en Kansas.
—Tú ibas a ser mi boleto de entrada
—boqueó Kid—. Por eso traté de atraerte a las colinas. El Bravo te necesita
vivo… Pero cuando dijiste que no vendrías, pensé que si le llevaba una prueba
de que te había matado tal vez me dejaría ingresar de todos modos. ¡El Bravo es
Garth Bissett!
¡Garth Bissett! Eso explicaba muchas
cosas. Sobraban razones para que Bissett odiara a Gran Mac. Se conocieron en un
poblado vaquero de Kansas, al final de una caravana de ganado desde Texas.
Bissett era el comisario de ese poblado. Un hombre duro, receloso como un lobo,
rápido como un rayo de verano con las pistolas de marfileñas cachas que le
colgaban de ambas caderas. Y al mismo tiempo el mayor desalmado y sinvergüenza
que haya dirigido un refugio carretero de buitres carroñeros. Fue Gran Mac
quien acabó con su reinado, acudiendo en ayuda de un joven vaquero engañado por
uno de los ayudantes-pistoleros de Bissett; el enorme texano había dejado al
ayudante muerto sobre la pista de un salón de baile después de un tiroteo, y en
los bolsillos del fiambre se hallaron cartas que revelaban el lado perverso de
Bissett: pruebas de robos y asesinatos. Fue entonces cuando un agente federal
entró en el juego. Bissett podría haber escapado, pero se detuvo en el
campamento vaquero a las afueras del pueblo para ajustarle las cuentas al corpulento
vaquero.
Gran Mac salió del consiguiente tiroteo
con un balazo incrustado en su musculoso pecho, mientras que Bissett, con la
pierna fracturada por una bala del 45 de Mac, fue detenido por el agente
federal. Fue juzgado y condenado a cadena perpetua, pero durante su traslado a
la penitenciaría escapó y su pista se perdió para siempre. Se rumoreó que había
huido a México para participar en una revuelta.
Absorto como estaba, Gran Mac no se dio
cuenta de que Kid estaba ya en el otro barrio. Sin dedicarle otra mirada montó
y cabalgó internándose más en las montañas, siguiendo las débiles huellas que
los asesinos habían dejado. Su rostro aparecía sombrío y amenazador, pero la
sombra de una sardónica sonrisa temblaba en las comisuras de su dura boca, mientras
sostenía en una mano la enseña de tregua que portara Checotah Kid. Había
trazado un plan, un plan delirante y desesperado con una probabilidad de éxito
de uno entre mil: ¡pero el único posible! Sabía que no valdría de nada entrar a
tiros en los Guadalupes. Si trataba de abrirse paso a la fuerza hacia la
guarida de los bandidos, aunque fuera capaz de encontrarla, moriría acribillado
en una emboscada antes de llegar. No había más que un camino para llegar al
corazón de la fortaleza de El Bravo, y era el que acababa de emprender.
No se preguntó por qué seguía el rastro
de una muchacha que no significaba nada para él. Era parte de su personalidad
hacer cosas como aquella; parte del código de la Frontera de Texas, fruto de
medio siglo de guerra sin cuartel contra hombres de piel roja y piel morena,
para quienes las mujeres de los blancos constituían un precioso botín. Un
hombre blanco debe socorrer a una mujer en peligro, independientemente de quién
sea ella; eso es todo lo que había que saber. Así pues, Gran Mac iba en auxilio
de la chica que le había despreciado, en vez de encaminarse a la lejana ciudad
donde esperaba derrochar el fajo de billetes que llevaba en el bolsillo. Solo
él sabía la cantidad de sacrificio y trabajo duro que representaba aquel dinero.
Había dejado el llano a unas pocas millas
a su espalda, y cabalgaba a través de un accidentado desfiladero, cuando una
voz ronca le ordenó que detuviera su marcha. Obedeció al instante y levantó las
manos. El vozarrón provenía de un grupo de rocas a su derecha.
—¿Quién eres tú y qué diablos quieres?
—preguntó la áspera voz.
—Soy Gran Mac —respondió tranquilamente
el texano—. Vengo en busca de El Bravo.
—¿Qué traes para él? —fue la siguiente
pregunta; una pregunta rutinaria, evidentemente.
Gran Mac se echó a reír:
—¡A mí mismo!
—¿Estás loco? —gruñó sorprendida la voz.
—No. Llévame hasta Bissett. Si no te
recompensa por ello entonces es a él a quien le falta un tornillo.
—Está bien, ¡él no es ningún loco! —gruñó
el centinela entre los arbustos—. ¡Desmonta! Ahora desabróchate el cinturón
canana y déjalo caer. ¡Aléjate de él o disparo! Mantén las manos levantadas.
Tengo una carabina del calibre 45-70 apuntándote al corazón.
Gran Mac hizo exactamente lo que le
dijeron. Estaba allí de pie, desarmado y con las manos en el aire, cuando el
forajido salió de detrás de las rocas; un hombre alto que caminaba con los
pasos ágiles y elásticos de un puma. Mac lo reconoció al instante.
—¡Stark Campbell! —dijo entre dientes—.
¡Así que es por esto que nunca te cogieron!
—¡Y nunca lo harán! —replicó el rufián
con un rotundo juramento—. Los federales no pueden cogernos aquí, en los
Guadalupes. Un hombre tiene que pagar un precio muy alto para entrar —una rabia
amarga vibraba en su voz cuando dijo eso—. ¿Qué barbaridad has cometido tú para
desear hacerlo?
—Eso no importa ahora. Solo llévame ante
Bissett.
—Tendré que escoltarte hasta su santuario
privado, si es que quieres verlo —dijo Campbell—. Acaba de llevarse allí a una
muchacha. Nadie que vea su lugar de recreo vive para contarlo, a menos que
forme parte de su banda. Si no te deja ser miembro te matará. Sin embargo, aún
puedes regresar si lo deseas. No te detendré. No eres un agente de la ley.
—Quiero ver a Bissett —respondió tajante
el texano. Campbell se encogió de hombros y sacó una pistola, dejando el rifle
a un lado. Ordenó a Gran Mac que se diera la vuelta, le puso las manos a la
espalda y le ató torpemente las muñecas (con una mano, pues con la otra
mantenía clavado el cañón de su pistola en la espalda de Mac), mas cuando las
manos del texano estuvieron parcialmente inmovilizadas, completó su tarea con
ambas manos. A continuación, Campbell sacó su caballo (un ruano larguirucho) de
detrás de las rocas y colgó el cinturón canana de Mac del cuerno de la silla
del animal.
—Monta en tu caballo —gruñó—. Yo te
ayudaré a auparte.
Se pusieron en marcha, con Campbell en
cabeza tirando del castrado del texano. Durante tres o cuatro millas siguieron
un tortuoso camino, que atravesaba la región más salvaje y agreste que Gran Mac
había visto en su vida, hasta que entraron en un cañón de paredes verticales
que, al parecer, se cegaba delante de ellos debido a la convergencia de las
escarpaduras laterales. Pero a medida que se acercaban al final, Gran Mac vio
una hendidura en un ángulo a quince pies por encima del suelo del cañón,
accesible por un sendero estrecho y sinuoso. Un hombre los saludó desde arriba.
—¡Soy yo, Campbell! —gritó su captor, y
una voz cascada les ordenó que avanzaran—. Este es el único camino posible
hasta nuestra guarida —le informó Campbell—. Ya ves que son escasas las
probabilidades de que nos capturen aquí, aunque nos encuentren. Un hombre con
un puñado de granadas podría detener un ejército ante esa hendidura.
Ascendieron por el camino en fila india.
Los caballos se apretaban contra la pared interior, indecisos ante la estrechez
del sendero. Campbell tenía razón —Mac lo sabía— al asegurar que ninguna
partida podría remontar ese camino si era acosada con fuego desde arriba.
Al entrar en la hendidura, un hombre de
negros bigotes surgió de detrás de un saliente rocoso y los miró con
suspicacia.
—Está bien, Wilson. Estoy escoltando a
este sujeto hasta el santuario de Bissett.
—¿No es ese Gran Mac? —preguntó Wilson, a
quien Mac reconoció como otro conocido criminal de Capitán, también
misteriosamente «desaparecido»—. ¿Qué tiene para Bissett? ¿Lo has registrado?
—Sabes perfectamente que no; solo lo
suficiente para desarmarlo —refunfuñó Campbell—. Conoces las reglas igual que
yo. Nadie más que Bissett puede tocar el dinero —escupió—. Vamos, Mac. Si
tienes algo de interés para Bissett te desataré. Si no es así, no tendrás nada
de lo que preocuparte; no con una bala en tu cabeza.
La hendidura era como un túnel horadado
en la roca. Se extendía unos cuarenta pies y luego se ensanchaba hasta
desembocar en un paraje que parecía una continuación del cañón que habían
dejado atrás. Semejaba una especie de cuenco; su fondo era más alto que el del
cañón exterior en unos quince pies, rodeado de una pared vertical e
ininterrumpida de trescientos pies de altura, y aparentemente imposible de
escalar. Campbell confirmó este extremo:
—Nadie puede llegar hasta nosotros
descolgándose por esos acantilados —explicó—. Son tan escarpados por fuera como
lo son por dentro. Es como si alguien hubiera excavado un hoyo en medio de una
meseta rocosa. Pues bien, el hoyo es este cuenco. ¡Vamos, desmonta!
Gran Mac, con las manos atadas, se las
arregló como pudo mientras Campbell dejaba los caballos a la sombra de la
pared, con las riendas colgando. Mantuvo al texano por delante de él mientras
se encaminaban hacia el edificio de adobe que se alzaba en el centro del cráter,
rodeado de un cercado de piedra cuadrangular que a un hombre alto le llegaría a
la altura del pecho.
—«La última línea defensiva», como le
gusta decir a Bissett —exclamó Campbell—. Incluso si una partida armada logra
llegar a la hondonada, lo que de por sí es imposible, podríamos resistir
durante largo tiempo tras ese muro. Hay un manantial dentro de la empalizada y
provisiones y municiones para todo un año.
El comisario renegado siempre había sido
un maestro de la estrategia. Gran Mac no creía que aquel bastión de forajidos
pudiera caer por un ataque directo, independientemente del número de los
asaltantes… eso si llegaba a ser descubierto algún día por un cuerpo de
defensores de la ley.
Un hombre al que Campbell se refirió como
Garrison se acercó a la pared desde el interior del cercado, donde pastaba una
docena de caballos, y otro los recibió en la pesada puerta metálica construida
a prueba de balas.
—¡Qué demonios! —exclamó este último—.
¡Pero si es Gran Mac! ¿Dónde lo atrapaste?
—Cabalgaba con la bandera de tregua,
Emmett —respondió Campbell—. ¿Se encuentra Bissett en la cabaña?
—Sí, está con esa chica —gruñó Emmett—.
¡Por Dios, no sé qué pensar de todo esto!
Evidentemente Emmett conocía algo de la
antigua vida de Bissett. Los tres hombres siguieron a Mac mientras caminaba por
el patio hacia la choza. Stark Campbell, John Garrison, Red Emmett, más allá,
en el túnel, Wolf Wilson… había penetrado en el santuario de los malditos; el
último asilo para los renegados más desesperados a ambos lados de la frontera,
para quienes todas las demás puertas permanecían cerradas y contra quienes las
manos de todos los hombres estaban alzadas. Solo en aquel cañón perdido de los
Guadalupes podían esperar encontrar refugio; un refugio junto a la guarida del
lobo al que habían sacrificado todas sus ganancias teñidas de sangre.
Semejante alianza solo era comparable a
una gran coalición de manadas de lobos. Bissett las dominaba a todas gracias a
una inteligencia más aguda y a una mano más rápida con las armas. Lo odiaban
por la brutal avaricia que les había despojado hasta de la última migaja de sus
saqueos, a cambio de la oportunidad de una vida segura y desnuda de riquezas;
pero le temían demasiado y reconocían su superioridad, sabían que sin su
dirección la gran manada perecería a pesar de todas sus ventajas naturales.
Campbell empujó la puerta abierta. Cuando
Gran Mac atravesó el umbral, el ocupante de la habitación se volvió con la
velocidad de un felino empuñando una pistola con cachas de marfil, incluso
durante el instante que tardó en ver que el forastero era un cautivo con las
manos atadas a la espalda.
—¡Tú! —era el rasposo aullido de una
hiena. Bissett era tan grande como Gran Mac aunque no tan corpulento. Era
enjuto, alto y delgado; sus bigotes amarillentos caían por debajo de una boca
fina como el tajo de un cuchillo. Sus ojos claros brillaban con un
escalofriante fuego helado.
—¡Pero qué diablos! —parecía aturdido por
la sorpresa. El texano vio detrás de él a la chica, encogida en un rincón con
los ojos desmesuradamente abiertos por el terror.
No había esperanza en ellos cuando se
encontraron con los suyos. Para ella no era más que otro animal de presa. Gran
Mac sonrió a Bissett sin alegría.
—Vengo a unirme a tu banda, Garth —dijo
con calma—. He oído que es necesario hacerte un regalo. Bueno, ¡yo soy el
regalo! Tengo entendido que pagas generosamente por mi piel.
Estaba jugando con su conocimiento de la
naturaleza de Bissett, confiando en que el protector de los peores criminales
de la frontera no dispararía sobre él inmediatamente. Se enfrentaron cara a
cara. El grandullón texano sonreía con expresión algo sombría pero relajada;
Bissett gruñía, tenso y receloso como un ave rapaz.
—¿Dónde lo encontraste, Campbell? —dijo
bruscamente.
—Llegó portando la enseña de tregua —se
justificó el interpelado—, igual que cualquiera que desee unirse a nosotros.
Dijiste que te alegrarías de verlo.
Bissett se volvió hacia Mac, sus ojos
llameaban como los de un coyote que hubiera olido una presa.
—¿Por qué has venido hasta aquí? —le
espetó—. Tú no eres precisamente un loco; no te pondrías en mi poder a menos
que tuvieras un motivo condenadamente bueno, ¿o se trata de un farol? —Se giró
hacia sus hombres como espoleado por una súbita sospecha—. ¡Salid del cercado,
maldita sea! ¡Vigilad los acantilados! ¡Registradlo todo! Este texano del
demonio no vendría aquí solo a menos que tuviera un as bajo la manga.
—Bueno, yo… —empezó a decir Campbell,
pero la sombría voz de Bissett cortó su balbuceo como lo haría un golpe de
látigo.
—¡Cállate, maldito seas! ¡Sal ahí fuera!
¡Yo soy quien piensa en la banda!
Mac vio el odio desnudo en los ojos de
Campbell mientras salía cabizbajo y en silencio detrás de los otros; reparó
también en los ojos ardientes de Bissett clavándose en el hombre: ¡allí había
mala sangre! Campbell temía a Bissett menos que los demás, y por lo tanto era
el blanco de las sospechas del «macho alfa» de la manada.
Cuando los hombres salieron del edificio,
Bissett recogió una escopeta de dos cañones y la armó.
—No sé a qué juegas —siseó entre sus
dientes amarillentos—. Debes tener una partida de cazarrecompensas siguiéndote
o algo así. Pero pase lo que pase no olvides que yo te tengo a ti.
Mac, desarmado y con las manos atadas,
parecía indefenso; pero el recelo lobuno de Bissett era al mismo tiempo su
fuerza y su debilidad.
—Tú no eres un forajido —gruñó—. No has
venido aquí para unirte a mi banda. Sabías que te desollaría vivo o te
enterraría en un hormiguero. Te lo preguntaré una vez más: ¿a qué has venido
aquí?
Gran Mac se echó a reír en su cara. Un
hombre que guiaba cabañas por largos caminos año tras año aprendía a juzgar a
hombres y animales. Bissett reaccionó exactamente como Mac esperaba. El texano
estaba jugando a ciegas con ese conocimiento intuitivo, esperando algún tipo de
brecha. Un juego muy peligroso, pero ya estaba acostumbrado a las partidas
donde el diablo tentaba con apuestas letales.
—No tienes una banda muy numerosa,
Bissett —dijo al fin.
—No estamos todos aquí —explicó el
forajido—. La mayoría de mis buitres está fuera en una incursión, cerca de la
frontera. Pero eso no te incumbe. ¿Cuál es tu juego? Si desembuchas tu final
será más… rápido.
Mac volvió a mirar a Judith Ellis,
patéticamente acurrucada en un rincón; el terror marcado en sus ojos le dolía.
Para aquella muchacha, no acostumbrada a la violencia, la experiencia debía ser
como una pesadilla.
—¿Mí juego dices, Bissett? —respondió
Gran Mac con frialdad—. ¿Cuál podría ser? Nadie puede atravesar el túnel sin
que Wilson lo vea, ¿no es así? Por otra parte es imposible que nadie pueda
escalar esos acantilados, ¿me equivoco? ¿De qué serviría hacerlo si tengo una
banda siguiéndome, como tú crees?
—Insisto, no vendrías aquí sin un as
escondido en la manga —murmuró Bissett.
—¿Y qué pasa con tus hombres? —Gran Mac
jugó su as.
Bissett palideció. Sus recelos
cristalizaron de pronto: las sospechas sobre la misteriosa aparición de Gran
Mac y la desconfianza en sus propios hombres que siempre había roído su
cerebro. Sus ojos, clavados en Mac sobre el negro hocico de una escopeta de dos
cañones, estaban inyectados en sangre.
—¡Estás atrapado Bissett! —fanfarroneó
Gran Mac, que jugaba su mano de minuto en minuto juzgando que sería lo más
oportuno—. ¡Tus propios hombres te han vendido por haberlos despojado
miserablemente a cambio de tu protección!
Y en ese momento llegó la oportunidad que
esperaba el texano. Campbell regresaba a la choza de adobe y Mac, al verlo, le
gritó:
—¡Campbell, ayuda! —Bissett se giró como
un relámpago apuntando los cañones de su escopeta hacia su asombrado seguidor.
Fue solo un movimiento instintivo y, aun así, no habría apretado los gatillos;
habría descubierto la endeble treta de Mac… de haber tenido un instante para
pensar.
Pero Mac sí lo tuvo y decidió
arriesgarse. Se lanzó de cabeza contra Bissett y, en el impacto, los percusores
de su escopeta, ajustados para responder a la mínima presión de los gatillos,
cedieron con el involuntario y convulsivo tirón de los dedos del rufián. Ambos
cañones bramaron cuando el cuerpo de Mac estrellóse contra el de Bissett y una
nube de perdigones pulverizó el cráneo de Stark Campbell. Murió de pie sin
saber por qué. Así es la suerte a veces; no fue un capricho de Mac, él no había
planeado su muerte.
Al tiempo que ambos caían al suelo, Mac
propinó un salvaje rodillazo a Bissett en el vientre y se alejó rodando de él,
mientras el renegado jadeaba doblado por la agonía. Mac se incorporó
trabajosamente, rugiendo en dirección a la muchacha:
—¡Su cuchillo, rápido! ¡Corta las
cuerdas!
El impacto de su voz hizo que la
aterrorizada muchacha pasara a la acción. Saltó a ciegas, le arrebató a Bissett
el cuchillo que llevaba en la bota y serró las cuerdas que sujetaban las
muñecas de Mac, cortando indistintamente rodajas de piel y de cáñamo. Los
acontecimientos se habían precipitado vertiginosamente. En el exterior,
Garrison y Emmett corrían hacia la casa con las armas en la mano. Algunas
fibras de las ligaduras se partieron bajo la acción del cuchillo y Mac rompió
el resto. Se agachó y tiró de Bissett hasta ponerlo en pie. El renegado, solo a
medias consciente, manoseaba torpemente sus revólveres. Mac los apartó de él de
un manotazo y zarandeó violentamente la flácida figura frente a él.
—¡Diles a tus hombres que se retiren! —le
gritó, clavando una dura bocacha en la espalda de Bissett—. ¡Te obedecerán!
¡Díselo, rápido!
Pero la orden nunca fue pronunciada. Los
hombres de fuera ignoraban lo que había sucedido en la choza. Tan solo habían
visto a Campbell atravesar volando el umbral con el cráneo acribillado, y
pensaban que su líder se habría vuelto contra ellos. Emmett alcanzó a ver a
Bissett a través de la puerta y disparó. Al punto, Mac sintió que el cuerpo del
maestro de lobos temblaba convulsivamente en sus manos. La bala había perforado
de lado a lado su cabeza.
Mac arrojó el cadáver a un lado y disparó
con su arma a la altura de la cadera. Emmett, alcanzado en el morro, cayó
pesadamente sobre su espalda. Garrison, al ver caer a su compañero y a Mac
asomando por la puerta, comenzó a avanzar de nuevo sin dejar de disparar.
Buscaba la protección de la cerca de piedra. Una vez allí podría mantener la
lucha durante largo tiempo. Wilson estaría en esos momentos a punto de llegar
desde el túnel. Si emprendían un asedio, la chica correría un gran peligro bajo
la lluvia de plomo resultante.
Mac salió temerariamente a campo abierto
disparando a dos manos. Sentía el ardiente plomo desgarrándole la camisa,
quemándole la piel sobre las costillas. Garrison gruñó, giró y saltó la pared.
En medio de una zancada se tambaleó como si estuviera borracho, sacudiéndose
violentamente. Dio la vuelta y comenzó a disparar de nuevo mientras se
desplomaba, sosteniendo sus revólveres con ambas manos. Siguió apretando el
gatillo; disparó una y otra vez; sus proyectiles golpeaban la tierra delante de
las botas de Gran Mac.
Sus percusores encontraron sendas cámaras
vacías antes de caer al suelo y quedar inmóvil, en medio de un creciente charco
de sangre roja y espesa.
Mac oyó gritar a Judith, y al mismo
tiempo notó un rumor a sus espaldas y el impacto de un golpe que lo dejó tambaleándose.
Describió un semicírculo como si estuviera ebrio, vislumbrando confusamente el
barbado rostro de Wilson. El bandido se ahorquillaba sobre el muro aprestándose
a saltar al interior, antes de que Mac volviera a disparar. Su última bala
atravesó el cuello de Wilson haciéndole caer a los pies del murete, donde
permaneció temblando una docena de segundos como un pollo decapitado.
En el silencio ensordecedor que siguió al
estruendo de las armas, Mac se volvió hacia la choza; la sangre que manaba de sus
heridas teñía de rojo su camisa. La pálida muchacha se acurrucaba junto a la
puerta, temiendo aún por su suerte. Las primeras palabras del texano la
tranquilizaron.
—No tema, señorita. Vengo a llevarla de
nuevo junto a su padre.
Entonces ella se aferró a él, llorando
histéricamente de alivio.
—¡Oh, lo han herido! ¡Está sangrando!
—Solo una bala en el hombro —gruñó él muy
seguro de sí—. No es nada.
—Déjeme vendárselo —suplicó, y él la
siguió al interior de la choza. La chica evitaba mirar a Bissett, tendido en
medio de un charco carmesí, mientras vendaba el hombro de Mac con tiras
arrancadas, tosca y torpemente, de su propio vestido.
—Yo, yo… le he juzgado mal —tartamudeó
ella—. Lo siento mucho. Kid, ¡esa sucia bestia!… mi padre… —se le atragantaron
las palabras.
—Su padre está bien —aseguró Mac—; tan
solo tiene un agujero en el hombro, igual que el mío. A algunos miserables les
gusta disparar desde ese ángulo. Hay un par de caballos ensillados en la boca
del túnel. Vaya allí y espéreme.
Después de que ella se fuera emprendió
una desesperada búsqueda. Y al poco desistió, jurando sonoramente. Ni los
bolsillos del líder muerto ni un apresurado registro de las habitaciones lo
recompensaron con lo que buscaba. El dinero robado al viejo Ellis habría ido a
reunirse con el resto del botín de Bissett, escondido solo Dios sabe en qué
hedionda y profunda cripta. Seguramente ya habría planeado fugarse —algún día
no muy lejano— a otro continente con su botín. En cualquier caso estaría bien
escondido; un hombre podría buscarlo en vano durante años y ¡Gran Mac no tenía
tiempo para prospecciones! Bissett podría haber estado mintiendo cuando dijo
que poseía más hombres, ocupados temporalmente en una incursión; pero con la
muchacha allí no podía correr el riesgo de ser descubierto si tales forajidos
regresaban. Salió apresuradamente de la choza.
La muchacha era ya jinete sobre el ruano
de Campbell. Minutos después ambos cabalgaban por el cañón exterior.
—Encontré esos mil dólares que Checotah
le robó a su padre —le explicó entregándole un fajo de billetes sucios—. La
próxima vez no le diga nada a nadie al respecto.
—Es usted un ángel de la guarda —dijo
ella con voz débil—. Era todo lo que teníamos… habríamos pasado hambre sin ese
dinero. No sé cómo puedo darle las gracias.
—¡Ah, caramba, ni lo intente!
Le ardía el hombro, pero otro escozor más
profundo había desaparecido y Gran Mac sonreía satisfecho mientras se palmeaba
el flácido bolsillo y reflexionaba sobre las millas de polvo de regreso al Lazy
B en Texas, donde el trabajo que había dejado aún lo esperaba; después de todo,
podría aguantar un año más sin vacaciones.