René Rebetez
Una
vez más
acepte
mi cordial agradecimiento,
mi
querido y viejo amigo.
Ojalá
hubiera en el mundo
más
autómatas como usted.
Carta
de Charles Darwin a Tomás Huxley.
La
imagen del Amigo
está
colocada en el espejo del corazón
Siempre
que voltees a mirarlo,
Allí
lo podrás ver.
De
un poeta anónimo Urdu.
El expreso que
conecta a la ciudad de Ankara con Estambul se deslizaba en la noche
silenciosamente. En el compartimento que me había tocado en suerte apenas se
notaba el movimiento del tren y recostado en dirección a la ventanilla miraba
distraídamente hacia la oscuridad exterior, iluminada a trechos por las
amarillentas luces de alguna granja. Vencido por el sueño, el libro que había
estado leyendo, una edición turca del Masnevi la obra cumbre de JALALUDIN RUMI,
se deslizó de entre mis manos y cayó silenciosamente al suelo del vagón.
Cuando me
apresté a recogerlo, en medio del sopor que me inundaba pude ver que había
quedado abierto en una página donde se podía leer como epígrafe el aparte de
uno de los poemas más significativos del autor:
En la amplitud
de la Tierra de Dios
¿Por qué te
has dormido en una prisión?
No alcancé a
recoger el libro, porque alguien se me adelantó. Casi había olvidado al
pasajero que estaba sentado frente a mí: a primera vista era un hombre común y
corriente, el típico turco del centro del país, de estatura mediana, tez
oscura, espeso bigote y nariz prominente sobre la cual brillaban unos ojos de
impenetrable negrura. Vestía formalmente de traje y corbata y las puntas del
cuello de su camisa habían sido ostensiblemente mal planchadas. Sobre el
hirsuto cabello y sin lograr cubrirlo totalmente, un gorro turco de fieltro
coronaba el conjunto. Llevaba consigo un portafolio Samsonite y había acomodado
en el compartimento de equipajes un abultado maletín, todo lo cual le daba un
sospechoso aspecto de vendedor ambulante.
Las manos
nudosas del hombre, a todas luces provinciano, tomaron el libro y en lugar de
regresármelo inmediatamente le dio vuelta para leer. Impuesto del epígrafe y
del título, me lo extendió obsequiosamente dirigiéndose a mí en un inglés
gutural:
-Veo que gusta
de la buena lectura, caballero. Mevlana es nuestro poeta más grande[1]
Asentí dando
las gracias brevemente, temiendo que mi compañero de viaje intentara aprovechar
la oportunidad para entablar conversación. El sueño se había despabilado, así
que intenté sumirme en la lectura nuevamente, pero evidenciando su propósito de
socializar, el hombre continuó diciendo:
-También veo
que JALALUDIN RUMI, Mevlana , lo ha hecho despertar. Su pequeño gran poema
sobre el sueño ha venido muy al caso. Estaba usted a punto de roncar como un
bendito. ¡Ahora ya no podrá usted dormir!
Debió
parecerle muy gracioso lo que dijo porque soltó una estruendosa carcajada en
tanto que palmoteaba como un niño. Luego, recobrando la compostura y atusándose
el bigote agregó seriamente:
-Le ruego
disculpe la intrusión. Mi nombre es MEHMET YAVUZ, oriundo de Konia y soy
comerciante de profesión.
No me había
equivocado. Dentro de un momento el hombre intentaría venderme algo. Sin
embargo la mención de Konia despertó algo mi curiosidad. Era esa, casualmente,
la ciudad donde había pasado la mayoría de su vida JALALUDIN RUMI quien había
nacido en la provincia persa de Khorasán, hoy Afganistán, en el mes de
septiembre de 1.207. Desde muy niño el futuro poeta y filósofo fue trasladado a
Konia por su padre, quien huía con toda su familia de una persecución local y
también de las hordas invasoras de GENGHIS KHAN, hasta que finalmente encontró
protección en Turquía bajo la égida de la dinastía de los Selyudides.
Así que allí,
en Konia, el poeta había compuesto el MASNEVI, impartido su enseñanza y
compartido con su maestro y amigo, el misterioso SHAMS de Tabriz. La añeja
ciudad se convirtió en un centro de peregrinaje y en la legendaria sede tradicional
de los MEVLEVI, la orden de los llamados derviches giratorios que el mismo RUMI
había fundado en el siglo XIII. Hoy en día sus integrantes sólo están
autorizados por el gobierno turco para efectuar cada año una representación
pública de la ceremonia del Sema, como se denomina la danza de los MEVLEVI, ya
que a principios de este siglo KEMAL ATATURK la había proscrito, en su inútil
afán de occidentalizar a Turquía y barrer de su geografía toda expresión
tradicional.
-Las
casualidades no existen, estimado amigo -dijo el turco adivinando mis
pensamientos-. No es el azar lo que ha hecho que yo viaje en este tren rumbo a
Estambul, como usted también lo hace, ni que esté sentado enfrente suyo, ni que
el libro que usted lee haya caído de sus manos en un momento de inconsciencia,
ni que haya quedado abierto precisamente en esa página. Alguna vez MEVALANA
dijo refiriéndose a la forma en que impartía su sabiduría: Las personas acuden
a mí y yo las amo. A fin de que puedan comprender, les doy poesía. Siglos
después de su desaparición, el numen del Maestro sigue cumpliendo su misión.
Todo está unido por hilos invisibles, estimado señor, sólo que no podemos ver
el principio ni el fin de cada uno de ellos, ni el origen ni el destino de las
cosas, ignorando por lo tanto su verdadera utilidad.
Estaba seguro
de que el hombre iba derecho a venderme algo. Sólo que ya se perfilaba como uno
de esos singulares magos, merolicos o culebreros de feria cuya mercancía suelen
ser ungüentos y panaceas, yerbas, chochos y brebajes para curar desde la
impotencia hasta la tuberculosis galopante, aromaterapias para los malos
humores y placebos de colores para vivir mejor. Así que suspiré en espera de lo
peor. Pero nuevamente el hombre se me adelantó:
-Con el perdón
suyo, caballero, puedo ver que su mente está llena de prejuicios hacia mí. Sin
embargo recuerde que el hábito no hace al monje sino a quien lo mira. En
efecto, como yo mismo se lo he dicho, soy un comerciante y usted se pregunta
qué puedo vender. Cuando lo descubra, a lo mejor usted mismo va a rogarme que
le venda algo del material que tráfico. La vida está de sorpresas, mi estimado
señor.
Comencé a
sentirme incómodo. La forma de expresarse del señor MEHMET YAVUZ era algo
pedante y por los tiempos que corren, la palabra "tráfico" podía
implicar cosas relacionadas con la droga. Por mi mente pasaron en rápida
secuencia las imágenes del Expreso de Oriente y las pavorosas prisiones turcas.
Lo más recomendable era cortar por lo sano antes de verme envuelto en algo que
desconocía. Así que anuncié en un tono cuya inflexión no dejaba lugar a dudas:
-Lamento
mucho, señor MEHMET, pero me temo que no necesito nada de usted. Si me lo
permite, regresaré a mi libro.
Dicho lo cual,
intenté de nuevo enfrascarme en la lectura. Inútilmente. La curiosidad rondaba
en mi cabeza sin dejarme concentrar. El estado de sueño y la inexistencia del
azar no eran temas que abordara un ignorante. Y la referencia que el turco
había hecho acerca del hábito, del monje y de quien lo mira, podía ocultar más
que un banal doble sentido. Además, el hombre parecía leer mis pensamientos y
hasta lograba adelantarse a ellos. En ese mismo instante, yo sabía que él sabía
lo que estaba pensando.
-Todo es
previsible, mi estimado señor. Pero especialmente en un hombre como usted. Sus
reacciones obedecen a un cierto tipo de estandarización, responden a lo que
usted denomina sus valores y que yo llamaría su programa. Usted es lo que en
occidente se llama un hombre culto. Lo cual para nosotros quiere decir que
tiene ciertos prejuicios sólidamente establecidos y que reacciona ante los
estímulos exteriores maquinalmente, como una computadora previsible.
Y en efecto,
como si estuviera contestando a una pregunta mía agregó:
-Conozco la
inquietud que expresó el doctor TOMÁS HUXLEY con relación a lo que él llamaba
"la máquina biológica". En realidad ni él ni su asociado el señor
DARWIN se equivocaban en aseverar que el hombre es solamente un aparato sin
voluntad propia, un androide manejado a control remoto por muchas cosas, entre
ellas la herencia genética, el medio ambiente y la química del carbono. La
teoría de la evolución de las especies es una prueba palpable de ello: el ser
humano es prisionero de un destino prefabricado de antemano por sus ácidos
nucleicos... lo que no supieron ver es que hay una forma de salir de esa
prisión y que el hombre puede ser dueño de su propio destino.
-No vaya tan
rápido, mi estimado señor MEHMET -le interrumpí-. El asunto no es tan fácil.
Una simple máquina no puede ser genial. Se requiere una gran dosis de
creatividad para ser un gran artista, un músico o un escritor, por ejemplo. Y a
decir verdad, para ser usted un comerciante, no lo hace nada mal con la
filosofía, pero todavía le hace falta recorrer mucho camino...
-Gracias por
su indulgencia. Enseguida se echa de ver que es usted un académico. Yo en
cambio no tengo ningún diploma que exhibir. Sin embargo, creo que lo que usted
anota respecto a la genialidad de los intelectuales y los artistas no corresponde
para nada a la realidad. Si bien es cierto que las máquinas, hasta el momento,
carecen de la inspiración necesaria para escribir por su propia cuenta obras
maestras de la música o la literatura, no es menos cierto que lo mismo sucede
con el común de los mortales. Lo que usted sostiene implica una discriminación,
quiere decir que la mayoría de los hombres nunca han escrito una novela ni
compuesto una sonata y sin embargo se toman por humanos.
El cinismo del
turco pasaba de la raya. Sin quererlo me había involucrado en una absurda
discusión con el desconocido. Pensé que lo mejor sería hacer caso omiso de lo
que decía y tratar de volver a la lectura de mi libro. Pero algo en mi forma de
ser me lo impidió. Diríase que aquel hombre sabía cuales resortes mover en mi
interior para llevarme a donde él quería, porque me sorprendí respondiendo en
un tono de voz ligeramente alterado:
-Nunca he
dicho semejante cosa. Jamás he discriminado a nadie, me precio de ser un
liberal y un demócrata.
-Pues
francamente hablando, no lo parece. Usted considera a los artistas y a los
intelectuales como una élite, piensa que son una clase separada de los demás
seres humanos. Me imagino que también considerará seres superiores a los
científicos y seguramente a los políticos. Pero una vez más. La inmensa mayoría
de las personas nunca han sido presidentes, ministros, ni siquiera.
-Ergo, la
posesión de una inteligencia superior implica una superioridad sobre los demás.
¿Y cuáles son sus parámetros para medir la inteligencia de los hombres? ¿Cree
realmente que BEETHOVEN o GOETHE fueron más inteligentes que el jardinero de su
casa o el peluquero de la esquina? Seguramente usted gana más dinero y es más
famoso que su secretaria. ¿Pero es por eso más inteligente que ella?
Sin darme
tiempo a interrumpir, el hombre continuó:
-Nosotros
creemos que no hay ninguna desigualdad real entre los seres humanos. La única
distinción que hacemos es aceptar que hay hombres que permanecen dormidos toda
la vida y unos pocos que han logrado despertar. y este despertar depende
íntegramente de su voluntad. Las otras diferencias se deben simplemente a una
variedad de programaciones. Pero esto no implica ninguna distinción esencial.
Por el contrario, significa una espantosa estandarización. En realidad, no hay
ninguna diferencia entre usted y el hombre que recoge la basura, ambos obedecen
a programas distintos, eso es todo.
Me abstuve de
preguntarle a quién se refería cuando hablaba de nosotros y de preguntarle qué
era eso de hombres dormidos y hombres despiertos. Evitando verme envuelto en
una discusión emocional, preferí señalar, en tono neutro:
-Entonces
digamos que unos programas son mejores que otros...
-En absoluto.
Ese en un error de apreciación. Las diferencias económicas, sociales y
culturales son apenas archivos diferentes que pertenecen al mismo directorio
general: el de hombres-máquinas, esclavos de un determinismo total, que sueñan
la ilusión de vivir en libertad.
-¿Y qué decir
de las inteligencias frustradas por motivos de orden social y económico? Este
mundo está lleno de violinistas que trabajan como ascensoristas y de estupendos
ascensoristas que tocan horrendamente el violín. Algunos tienen muy mala
suerte...
El hombre
pareció enojarse seriamente. Sobreactuando, como buen meridional, dio un
puñetazo sobre el portafolio en tanto que vociferaba:
-¡Por todos
los demonios! La palabra suerte debería ser borrada de los diccionarios. La
gente sigue achacando a la mala o buena suerte lo que sólo atañe a su propia
responsabilidad. No hay nada que obedezca a la casualidad, ni siquiera este
encuentro aparentemente fortuito. Todo obedece a un programa trazado de
antemano.
-Su
contradicción es muy obvia -le atajé-. Por un lado habla de responsabilidad y
por el otro de un determinismo absoluto. ¿Cómo pueden la libertad y la
esclavitud ir de la mano?
-Nunca dejarán
de hacerlo, pedazo de tonto.
Mi indignada
reacción ante su falta de respeto se vio inhibida porque la entonación del
hombre tuvo una inflexión inesperada: había adoptado un tono casi paternal y su
voz tenía ahora una modulación persuasiva. Así que me contuve y el hombre
continuó diciendo:
-Así como el
día y la noche no pueden separarse, la vida no puede existir sin la muerte ni
la libertad sin la cárcel. A eso ustedes lo llaman dialéctica, pero en la
práctica sólo quieren quedarse con el lado bueno o con el lado malo de las
cosas. Eso es vivir fuera de la realidad. La vida, en esta dimensión, está
literalmente hecha de contradicciones, pero no es buena ni es mala, solamente
es.
No agregué
nada por considerarlo inútil. Tampoco intenté proseguir la lectura, simplemente
volví a contemplar la noche a través de la ventanilla. Estaba ansioso por
llegar a Estambul. Una vez terminada mi labor en la universidad me había
prometido unos días maravillosos en esa ciudad de las mil y una noches,
pletórica de historia y de misterio. y aunque parezca tonto, uno de mis más
grandes deseos, aparte de volver a la catedral de Santa Sofía y visitar el
Topkapi, antiguo palacio de sultanes que guarda entre sus vetustos muros
maravillosas joyas, era tomar un largo baño en el Cagaloglu, el hamami[2]
más antiguo del mundo, que se encuentra a unas pocas cuadras de la Mezquita
Azul. Construido en mármol blanco durante el Imperio Romano, sus enhiestas
cúpulas y extraordinarios relieves abrigan un escenario tan evocador y
misterioso que ha sido escogido varias veces como locación cinematográfica.
A partir de
ahí estos pensamientos míos dieron pábulo a toda una secuencia de hechos
imaginarios y mi mente viajó hacia un pasado remoto en donde bellas huríes
danzaban en el serrallo del Topkaki, con el maravilloso paisaje de un atardecer
sobre las aguas del Bósforo, como telón de fondo. La bailarina más bella tenía
las facciones y el cuerpo de una mujer que por ese entonces se adueñaba
frecuentemente de mis pensamientos. Las imágenes que siguieron se encadenaron
una tras otra a gran velocidad y como sucede siempre en estos casos, perdí la
noción del tiempo mientras navegaba con la imaginación.
Esta vez el
silencio me sacó del ensueño. Ante mi sorpresa, el otro ocupante del
compartimento no había interrumpido mis divagaciones. En cambio pude advertir
que me miraba de soslayo, con una expresión intensa que subrayaba en su rostro
una sonrisa burlona.
-Parece usted
muy divertido observándome, señor Yavuz. ¿No tiene otra cosa que hacer?
-Nada mejor,
estimado amigo. El espectáculo del sueño ajeno siempre me ha embargado. Es muy
interesante observar a un individuo que carece de existencia real. Cuando usted
sueña despierto no está en ninguna parte. El pasado ha muerto, el futuro no ha
nacido y el presente está agonizando. Sin embargo ese presente que muere y nace
a cada instante es lo único que tenemos a nuestra disposición. ¿En dónde estaba
usted entonces? En la nada absoluta. Aunque su cuerpo estaba ahí sentado, usted
estaba ausente. No existía, simplemente soñaba. A esto se refiere Rumi cuando
pregunta: ¿Por qué te has dormido en una prisión?
Habíamos
retornado al principio de la conversación. Era Rumi quien había dado pie para
que comenzara y era Rumi quien volvía a reanudarla. El turco, a quien ahora
miraba con más respeto, sabía atar cabos. Es bien sabido que los poetas sufíes
se expresan en diferentes niveles: bajo la constelación de orgías, vino y
mujeres del Rubayata de Omar Khayam, por ejemplo, se esconden significados
ocultos que atañen a conocimientos que son proverbialmente perseguidos por
racionalistas y fundamentalistas de toda laya. Yo había oído antes en alguna
parte y leído entre líneas también, que algunas escuelas filosóficas orientales
sostenían que la vida es sueño, como lo había enunciado obviamente también
Calderón de la Barca entre nosotros. El famoso cuento chino de Chuang Tzú quien
soñó ser una mariposa y al despertar no supo ya si era Tzú quien había soñado
ser una mariposa o si era una mariposa que había soñado ser Tzú, ilustra a la
perfección el gran interrogante que algunos hombres de excepción se han
planteado con relación a su consciencia. Era el mismo dilema que ahora abordaba,
en forma muy pragmática, un comerciante turco de quién sabe qué cosa, en un
vagón del tren expreso a Estambul. Sin embargo mi arraigada formación
cartesiana sólo me llevó a decir:
-Pienso luego
existo... expresó un gran filósofo, mi estimado Mehmet.
-Pamplinas
-dijo el turco-. Yo más bien diría: pienso luego sueño que existo -agregó
mientras me dirigía una mirada singularmente intensa. Una absurda idea me
asaltó: evidentemente ese hombre quería comunicarme algo inexpresable en
palabras e intentaba fijarlo por otros medios en mi corazón. Luego agregó, como
quien no quiere la cosa:
-Debo serle
sincero, mi estimado amigo. En realidad soy un comerciante y por lo tanto un
vendedor. Yo vendo lo que produzco: soy un fabricante de almas.
Aquello llegaba
a extremos de presunción inesperados. Todo lo que había dicho el turco hasta
ahora sonaba muy extraño, pero razonable. Ahora esta declaración espontánea de
insania evidenciaba una mente esquizofrénica.
-Como de
costumbre, usted pensará muy mal de mí y decidirá que estoy loco, distinguido
profesor -su voz sonó cansada, algo lejana, como de alguien aburrido de repetir
una historia que ha narrado muchas veces.
-Cuando
alguien no entiende algo, resuelve que ese algo no es verdad. No estoy loco,
estimado amigo. Lo que sucede es que todo lo que yo digo contradice una
programación que usted tiene entasada en su disco duro desde hace mucho tiempo.
Pero esa información es espuria, no pertenece a su programa original. Le ruego
que me escuche detenidamente aunque mis palabras causen automáticamente en
usted una reacción natural de rechazo.
Había
subrayado la palabra automáticamente con una entonación muy especial. Carraspeó
aclarándose la garganta y luego continuó diciendo:
-Cuando se
dice, ante el atroz espectáculo de las guerras, los desastres ecológicos y
otras calamidades ocasionadas por los hombres, cuando se dice, repito, que esta
es una humanidad desalmada no es un eufemismo, es una aserción literal. Los
hombres, estimado profesor, no tienen alma. Y si alguien quiere una yo puedo
fabricársela.
Mi risa no
pareció molestarle. El turco me había hecho pasar por muchos estados
emocionales y ahora me estaba divirtiendo genuinamente. Según su forma de ver,
una máquina biológica también podía reír automáticamente, así mi jolgorio
carecía de importancia.
-Ustedes han
sido convencidos de que el alma (algo que nadie sabe a ciencia cierta qué
demonios es) viene incorporada al ser humano desde su nacimiento. Nada más
falso. El hombre no viene completo a este mundo. Procedente de las capas más
bajas de la naturaleza, en su evolución biológica ha llegado a adquirir la
forma humana, pero está lejos de ser un hombre concluido, Insan Camil, "un
hombre perfecto", como dicen los musulmanes. Esa es precisamente la misión
que debe cumplir todo proyecto de hombre recién llegado a este planeta,
perfeccionarse a sí mismo. Es algo que debe lograr por un esfuerzo continuado
de su voluntad. y en ese esfuerzo radica la única posibilidad que tiene de ser
realmente dueño de sus actos y de su destino. Yo solamente me limito a
introducir en un proyecto de hombre la semilla del despertar. Lo demás es cosa
suya.
Acto seguido
pareció perder interés en la conversación, echó un vistazo a un antiguo reloj
de bolsillo que sacó de las profundidades de su chaqueta y procedió a extraer
de su maletín un paquete que abrió cuidadosamente. Contenía un gran sándwich de
pescado ahumado y queso fresco. Con un ademán me insinuó que podía compartirlo
conmigo, pero ante mi negativa procedió a devorarlo concienzudamente. Yo había
enmudecido. Los filósofos naturales tienen la virtud de no respetar ningún
tabú, pensé para mis adentros. Sin embargo, las extrañas ideas del turco
rondaban en mi cabeza y la desazón causada por su intensa mirada persistía
causándome una inquietud extraordinaria.
Un poco para
evitar el espectáculo gastronómico y también porque el apetito del turco había
despertado el mío, decidí que un cambio de ambiente me vendría muy bien así que
después de desearle un buen provecho salí del compartimento en busca del vagón
restaurante.
Una vez allí
encontré sitio en una mesa vacía y me acomodé nuevamente al lado de la ventanilla.
Ordené al mesero antipastos turcos acompañados de una botella de Rasé d' Anjou
y procedí a mirar en torno mío. El vagón restaurante estaba casi vacío, eran
pasadas las diez de la noche e imaginé que la mayoría de los pasajeros ya
habrían cenado. No pude localizar ninguna mujer bonita, que es lo primero que
automáticamente suele capturar mi atención en los lugares públicos y observé
apenas a dos parejas jugando a las cartas y constaté que no había nadie digno
de interés. Así que procedí a consumir las viandas, al mismo tiempo que
degustaba el estupendo vino.
Como es
inevitable al comer solo, mi imaginación comenzó a vagar otra vez. Así que al
terminar la comida, no supe en dónde había estado realmente todo ese tiempo.
Ante mí tenía los platos vacíos y en la copa restaba algo de vino. Si bien
podía recordar vagamente algunos momentos de presencia, cuando había llamado al
mesero para pedirle algo y otros en que mis sentidos me habían sacado de mis
pensamientos, por primera vez en la vida constataba que había comido
mecánicamente sin que a ciencia cierta pudiera haber dicho dónde había estado
mi conciencia mientras lo hacía. Comprobé que ese era mi estado habitual. y no
pude menos que reconocer que había pasado la mayor parte de mi vida en esa
lamentable condición de enajenación y ausencia de mí mismo.
Me invadió la
certeza de ser un robot con apariencia humana y me encontré como un extraño
dentro de mi propio cuerpo.
Experimenté
cierta dificultad para moverme y algo en mí comprendió que había hecho parcialmente
conscientes algunos mecanismos servomotores de mi organismo y la reacción que
esto producía era de una cierta torpeza mezclada con asombro. Podía verme a mí
mismo como un androide que pugnaba por ser hombre.
A mi alrededor
constaté que las personas estaban evidentemente dormidas a la realidad y
percibí que actuaban como sonámbulos. Uno de los hombres que estaban jugando
cartas se enfureció por algún motivo baladí y con el rostro enrojecido por la
cólera tiró los naipes y manoteó sobre la mesa, rompiendo un vaso. Luego se
levantó y en actitud soberbia, abandonó el vagón: era la patética imagen de un
muñeco de carne. No se veían mejor los que quedaron, las sonrisillas nerviosas
y las grotescas actitudes que tomaron eran la representación de una tragicomedia
barata. Se diría que todos traían puesta alguna máscara.
La certeza
vívida y punzante de que somos marionetas movidas por hilos invisibles, me
acompaña desde entonces. Comprendí que el vendedor ambulante era una especie de
derviche trashumante.[3]
Me había "vendido" la idea del despertar y de alguna forma me había
conducido a vivenciar el constante estado de ensueño en el que había estado
sumido desde siempre.
Entendí
entonces por qué es imposible liberar a un prisionero que no sabe que está preso,
o despertar a un durmiente que sueña que está despierto.
En ese preciso
instante supe por qué Darwin había sido un enfermo crónico de melancolía. Con
excepción de su amigo Tomás Huxley, nadie antes que él había observado tan
detenidamente el condicionamiento esclavizante al que nos tiene sometidos la
llamada evolución de las especies, en cuyo desarrollo y resultados consecuentes
nuestra conciencia no interviene para nada. La visión de esa tenebrosa prisión
debió causar en él las crisis depresivas que lo atormentaron hasta el día de su
muerte.
Por un momento
creí ver reflejado en el cristal de la ventanilla del tren el rostro burlón de
Mehmet Yavuz y sentí su mirada de acero clavada en mis ojos. Di la vuelta,
pensando que aquel era un auténtico reflejo pero no había nadie tras de mí. De
repente supe que mi compañero de viaje conocía el secreto de la liberación y
sentí la imperiosa necesidad de hacer al señor Mehmet Yavuz partícipe de mi
extraña experiencia y plantearle mil preguntas. Me paré corno un resorte, dejé
unas cuantas liras turcas sobre la mesa y salí corriendo torpemente en busca
suya.
Cuando abrí la
puerta del compartimento lo encontré vacío. El derviche no estaba, su
portafolio y el maletín habían desaparecido. Comprendí que nunca lo volvería a
ver. Yo quedaba entre dos aguas, siendo testigo de mis sueños y tratando de
despertar al mismo tiempo. Ahora me encontraba solo ante la ignota tarea de
fabricarme un alma. Del libro colocado sobre mi asiento sobresalía un trozo de
papel. Me apresuré a abrirlo en la página marcada. Hallé subrayado este poema
en donde se canta el más grande anhelo al que un ser humano puede aspirar.
No soy de agua
o de fuego
Ni del viento
que aturde mi cabeza
No soy de la
tierra cerámica marcada
Yo me río de
todos ellos.
[1] Mevlana, Nuestro Maestro: En el Medio Oriente Jalaludin Rumi es
conocido por el apelativo de Mevlana.
[2] Baño de vapor.
[3] Derviche, del persa “darwish”, pobre. se refiere a los sabios
mendigos itinerantes que impartían su
conocimiento en los lugares que
visitaban.
